Evangelizar desde la memoria histórica

Juan A. Estrada

Éxodo 122 (enr.-febr.) 2014

-Autor: Juan A. Estrada-

EL CRISTIANISMO ARRANCA DE UN JESÚS CRUCIFICADO

“Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Co 1,23). Toda la predicación de Pablo está centrada en el binomio crucificado y resucitado, contra los que querrían centrarse en lo segundo, a costa de lo primero. El cristianismo arranca de un Jesús crucificado, al que Dios resucitó. A partir de ahí, hay que entender su concepción del seguimiento y la imitación de Jesús, su teología del bautismo y el significado que Pablo da a su apostolado. La tensión entre crucifixión y resurrección es constitutiva de su teología.

Sin embargo, Pablo no se interesó por la vida terrena de Jesús, ya que puso todo el acento en la revelación que había tenido del resucitado (Ga 1,11-12), que le interesa más que “Cristo según la carne” (2 Co 5,16-17). Y añade que si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe (1 Co 15,17). Parece que todo lo centra en la resurrección, que de ella depende su revelación y que todo lo demás, lo que dijo e hizo Jesús, que le causó la muerte es secundario. Por supuesto, no renegó de Jesús, fijó el criterio de que nadie inspirado en el espíritu puede rechazarlo (1 Co 12,3). Pero desplazó el acento hacia Cristo resucitado, a costa de las causas históricas de la cruz.

Lo que le falta a Pablo es un análisis de la vida de Jesús para captar qué le llevó a la muerte. Y con esto se pierde algo importante en su seguimiento 1. La cruz no es el resultado del destino, de un plan divino trazado de antemano. Dios lo envía con una buena noticia, la de instaurar el señorío divino en la sociedad judía, cambiando la religión y las imágenes de Dios del Antiguo Testamento.

Esto es lo que no pudieron aceptar las autoridades religiosas y lo que tampoco comprendía Juan Bautista. Jesús ofreció una interpretación divergente de las escrituras judías, que relativizaba la ley religiosa y el culto en el templo, y fue acusado por la autoridad sacerdotal y los rabinos de blasfemo (Mt, 9,3; 26,65; Mc 14,63-64; Lc 5,21; Jn 10,33). Sobre la base de su experiencia personal entró en conflicto con las autoridades religiosas y con las interpretaciones oficiales arraigadas. En cuanto judío participaba de la religión de su pueblo, la cual buscaba reformar desde su propia concepción de Dios y de las Escrituras. Muchos elementos de su planteamiento doctrinal tenían precedentes en otras corrientes judías, aunque su síntesis personal fuera original y remitiera a su relación con Dios. Jesús no fue un revolucionario religioso, ni pretendió fundar una nueva religión, sino más bien un reformador que desafió a las autoridades y cuestionó el poder religioso constituido.

CONSECUENCIAS DE LA AUTO DIVINIZACIÓN DE LA RELIGIÓN

Todas las religiones tienen una patología de endurecimiento doctrinal y jerárquico, de absolutización de normas y mandamientos, que acaban siendo cargas pesadas y no mediaciones de salvación. La imposición doctrinal y la intransigencia con los disidentes es una de las consecuencias de la auto-divinización de la religión, que acaba suplantando al mismo Dios. Contra esto reaccionó Jesús. Su heterodoxia acabó convirtiéndose en un problema religioso y político, uniendo en contra suya a poderes fácticos con intereses diversos y contrapuestos. Fue la religión la que lo mató, por medio de sus representantes, junto con los del Estado romano. Prefirió seguir su propia conciencia y ser fiel a sus convicciones religiosas, antes que someterse a las autoridades.

Uno de los elementos que más sorprenden es que se habla de la obediencia de Jesús como modelo para la vida religiosa, sin mencionar nunca que fue un desobediente, que quebrantó tanto la doctrina como las prácticas judías 2. El legado de Jesús es obedecer a Dios antes que a los hombres, eclesiásticos incluidos, y que la fidelidad a la propia experiencia y a la conciencia personal es anterior a toda norma y mandamiento.

LA HETERODOXIA DE JESÚS

La heterodoxia de Jesús respecto a la fe de sus mayores, que fue una de las causas de su ajusticiamiento, no fue mitigada por el cristianismo primitivo, sino radicalizada, contraponiendo su autoridad a la de Moisés, proclamándolo hijo de Dios y calificando su revelación de divina (Jn 8, 24.28.58; 13,19). Sus seguidores asumieron su comportamiento, intentaron la conversión del pueblo y desarrollaron una postura crítica respecto del conjunto de creencias y prácticas judías. Pablo pasó de ser un perseguidor de la herejía cristiana (Ga 1,13.23; 1 Co 15,9; Fi, 3,6; Hch 8,3; 9,2.21; 22,4.19; 26,5.10) a convertirse en un hereje. No sólo para los judíos sino también para muchos judeocristianos (Ga 2,11-14) por su radicalización de la crítica jesuana al judaísmo.

La conciencia que discierne es más importante que la obediencia a cualquier norma religiosa (Ga 5,1.13.18). Someterse a la ley genera permanente conciencia de culpa, que asfixia a la persona y la angustia. Jesús practicaba una heterodoxia constructiva, porque no sólo criticaba tradiciones y autoridades de su religión, sino que ofrecía alternativas. Su interpretación se convirtió en un desafío a la religión constituida, potenciando su transformación. En ambos casos, Jesús y Pablo, lo que comenzó como una alternativa o camino dentro del judaísmo, se convirtió, finalmente, en una herejía rupturista, que generó una nueva religión, la de filiación y del Espíritu.

EL PASO DEL JUDAÍSMO A LA SOCIEDAD ROMANA

El nuevo grupo al constituirse como religión, también vivió un proceso de pluralismo, enfrentamientos y disidencias. El paso del judaísmo a la sociedad romana llevó consigo una transformación del mensaje de Jesús, una reelaboración de su enseñanza, en la que perdió peso la escatología y la instauración del reinado de Dios. Hubo un proceso de institucionalización y de jerarquización, con el que no todos estaban de acuerdo. El canon del Nuevo Testamento refleja bien la variedad de cristologías y eclesiologías. La unidad de la Iglesia se entendía desde la comunión y no desde la uniformidad. Tanto los escritos más tradicionales (las cartas pastorales, la carta a los Hebreos, etc.) como los más radicales (el evangelio de Marcos, la carta de Santiago, los escritos juaneos) tuvieron cabida en el cristianismo.

Lo que vivió e hizo Jesús no podía ser asumido por una única teología, de ahí la necesidad de distintas perspectivas e interpretaciones, no siempre convergentes. Por eso no hubo una clara demarcación, en el cristianismo primitivo, entre ortodoxia y heterodoxia, dado que lo que en un momento dado se veía como ortodoxo posteriormente podía dejar de serlo.

DIFERENCIAS SIGNIFICATIVAS EN MATERIAS ECLESIOLÓGICAS

Las diferencias eran especialmente significativas en materias eclesiológicas, ya que la estructura jerárquica e institucional del cristianismo fue el resultado de un largo proceso de asimilación e inculturación, sin que muchas de las instituciones creadas pudieran vincularse a la acción de Jesús. La Iglesia es el resultado de un largo proceso, inicialmente marcado por la acción de los apóstoles, que también tenían divergencias entre ellos, en el que influyeron las tradiciones judías y las estructuras de la sociedad romana. La escuela paulina, las tradiciones judeocristianas, las corrientes juaneas, las pastorales y la carta a los hebreos reflejan diversas teologías, e incluso confrontaciones entre ellas, pero todas fueron asumidas por el cristianismo. El mayor problema vino de las corrientes gnósticas, del cristianismo helenizado, y de los radicales judaizantes.

DELIMITACIÓN ENTRE ORTODOXIA Y HETERODOXIAS

Hubo que enfrentarse al peligro de un sincretismo que dejaría las enseñanzas de Jesús en un segundo plano. Por eso, en el último cuarto del siglo I abundaron los avisos ante las reiteradas apostasías de la fe (Hbr 6,6; 10,29; 12,15; 1Jn 5,16-19; Apc 2,10), motivadas por las persecuciones. Se puso el acento en la lucha contra los herejes (1 Tim 1,6s; 4,1; 6,4s; 2 Tim 3,1-7; Tit 1,10-12; Jud 4.8.10- 13; 2 Pe 2,1-2.10-22), que desde doctrinas difundidas en la sociedad romana amenazaban la transmisión de la fe. Sólo en la medida en que se fue creando un cuerpo doctrinal y una autoridad aceptada por todos, resultó posible determinar la ortodoxia y graduar las disidencias. La delimitación posterior entre ortodoxia y heterodoxias no suprimió esta pluralidad constitutiva, pero hizo cada vez más difícil vivir en la heterodoxia respecto a la interpretación mayoritaria oficial, sin que la primera deviniera cisma o herejía.

La pluralidad organizativa y doctrinal inicial se fue estrechando cada vez más, en el marco de un cristianismo helenizado en la sociedad romana, aunque las divergencias persistieron, como muestran los conflictos dogmáticos de los siglos cuarto y quinto. Se fue desplazando el acento de la santidad de vida a la ortodoxia doctrinal; de la tensión escatológica a la identificación con la iglesia; de la mística y experiencia del Espíritu a la ética y la ascética como diferenciales en la sociedad romana.

Aumentaron las medidas defensivas respecto de los herejes y se hicieron catálogos cada vez más extensos de ellos. El proceso de conversión de una corriente inicialmente herética, respecto a la religión madre, en una iglesia institucional con un credo oficial, escrituras, dogmas y una autoridad jerárquica encargada de velar por la ortodoxia y de evaluar las heterodoxias es muy complejo, histórica e ideológicamente. Se luchó por la ortodoxia y la unidad, pero vista desde la homogeneidad, desconfiando de la pluralidad teológica.

DE LA UNIDAD UNIFORME A LA COMUNIÓN EN LA PLURALIDAD

No es posible trazar aquí la memoria de los conflictos y disidencias en el cristianismo histórico. La historia muestra una proliferación de confesiones e iglesias que han mantenido divergencias en torno a puntos doctrinales, prácticas religiosas y celebración de los sacramentos. Tuvieron especial relevancia los movimientos populares y laicales del siglo XII, que llevaron consigo la institución de la inquisición y la persecución violenta de los herejes, así como la reforma y contrarreforma religiosa del siglo XVI. Fue entonces cuando se creó el modelo tridentino que ha durado hasta el Concilio Vaticano II. Se caracterizó por la centralización y uniformización doctrinal en torno al magisterio pontificio; por el estricto control de los obispos y teólogos, sobre todo desde el siglo XIX; y por una concepción de la fe como adherencia a un depósito de verdades, en nombre del cual se rechazaban las innovaciones y la evolución teológica.

El cambio se dio en el Vaticano II que recogió buena parte de las aportaciones de la nueva teología de la década de los cincuenta, de la renovación litúrgica, que se había preparado desde comienzos del siglo XX, de la potenciación de la misión de los laicos, y de las nuevas corrientes teológicas del área francófona y alemana, que contribuyeron decisivamente al Concilio.

EL CONCILIO VATICANO II LEGITIMA LA PLURALIDAD DE CORRIENTES

El Concilio Vaticano II abrió un nuevo espacio a la teología, legitimando la pluralidad de corrientes y la validez de la evolución teológica. Se pasó de una teología “a la contra”, la hegemónica desde Trento al siglo XIX (anti protestantismo, antimodernismo, antiliberalismo anti socialismo), a otra dialogante y ecuménica; de la lucha contra los derechos humanos (libertad de religión, de conciencia y de expresión) a su legitimación y defensa; del cuerpo doctrinal rígido y global, que no permitía ninguna disidencia, a la jerarquía de verdades y a distinguir entre contenido y expresión. Teólogos criticados y destituidos de sus cátedras resurgieron como peritos y asesores conciliares y las otras confesiones se vieron como hermanos separados.

Hubo un nuevo clima con la reforma de la Sagrada Inquisición como Congregación para la fe y la suspensión de los procedimientos inquisitoriales contra los teólogos sospechosos. Fue la época de la primavera eclesial, con nuevas esperanzas de una Iglesia en diálogo con el mundo (Gaudium et Spes) y con una reforma centrada en el pueblo de Dios, y no sólo en la jerarquía, como anteriormente. El Vaticano II ha sido el acontecimiento más importante del siglo XX y, visto retrospectivamente, quizás también de los últimos siglos. Con él, comenzó a plantearse un nuevo modelo de Iglesia y otro paradigma del cristianismo, que tenía que reformarse para ser una Iglesia católica universal, en contraste con el eurocentrismo anterior. La unidad en la comunión dejaba paso a la diversidad litúrgica, doctrinal, sacramental y organizativa. No todo lo que era conveniente para Roma y Europa tenía que serlo para otras cristiandades.

Comenzó el desarrollo autónomo de las teologías del tercer mundo, sobre todo en América Latina, y el desplazamiento del centro de gravedad del cristianismo de Europa a la periferia.

EL BLOQUEO DE ESTA NUEVA FASE CONCILIAR

Esta nueva fase quedó pronto bloqueada con el invierno eclesial y la involución teológica a la que hemos asistido en las últimas décadas. Los teólogos del Vaticano II se dividieron en dos bloques, simbolizados por las revistas Concilium y Communio; comenzó a darse un magisterio pontificio restrictivo y minimalista, respecto de las dinámicas del Vaticano II.

El liderazgo de Juan Pablo II, sus viajes internacionales y la lucha contra el comunismo fueron el aval para reformas internas de la Iglesia, que retrocedían respecto de las que se habían promovido en el Concilio. La nueva dirección llevó consigo el refuerzo del magisterio papal y un control mucho más estricto de los obispos y teólogos, aumentando los sancionados y excluidos incluso respecto de los años anteriores al Vaticano II. La exigencia de obediencia se extendió de los dogmas y pronunciamientos infalibles del papa, a cuestiones discutidas en la Iglesia (como la problemática sobre el control de la natalidad y el acceso de la mujer al ministerio ordenado). Toda la jerarquía se reorganizó apartando a los que más habían seguido la línea innovadora conciliar y se impulsó a nuevos movimientos (Comunión y liberación, neocatecumenales, Opus Dei, Legionarios de Cristo, etc.), desconfiando de las congregaciones y órdenes religiosas. Las Congregaciones de la Fe y la de los Obispos fueron los instrumentos claves para la nueva orientación eclesiológica y doctrinal.

EL PLURALISMO SUBSISTIÓ A PESAR DE LAS MEDIDAS REPRESIVAS

Si embargo el pluralismo eclesial y doctrinal siguió subsistiendo, a pesar de las medidas represivas y las sanciones. Se extendió la teología de la liberación latinoamericana a otros países; surgieron nuevas teologías feministas, indígenas, africanas y asiáticas; se potenció el diálogo ecuménico de la base de la iglesia, entre los católicos y las otras confesiones, a pesar del bloqueo jerárquico; comenzó a desarrollarse una teología postmoderna, que tomaba conciencia de la secularización y de la laicización. Se mantuvo la eclesiología del pueblo de Dios; las comunidades de base; la potenciación de los laicos; el desarrollo de una teología de la comunión de las conferencias episcopales y los sínodos. Y se mantuvo el ansia de reforma eclesial; de un papado descentralizado y respetuoso de la diversidad en la comunión; la exigencia de transformar la curia romana y el funcionamiento de sus congregaciones, el deseo de que aumentara la libertad de expresión en la iglesia y de que la opinión pública y la recepción jugaran un papel en el magisterio eclesial. “La retirada de la Iglesia a los cuarteles de invierno” (K. Rahner) no ha acabado con el pluralismo eclesial y doctrinal, aunque lo ha intentado. El ciclo parecía cerrarse en torno a la celebración del tercer milenio del cristianismo, marcado por una crisis interna y externa, que ponía en cuestión la identidad y la misión de la Iglesia, después de decenios de gobierno de las corrientes conservadoras. Todo pareció agravarse con la elección del Prefecto de la Congregación de la Fe como nuevo papa, lo cual auguraba la continuidad y el cierre eclesial.

LA SORPRESA DE LA DIMISIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI

La sorpresa vino cuando Benedicto XVI dimitió de su ministerio, después de una serie de escándalos financieros, sexuales y curiales, que llevaron a calificar su pontificado como el de “pastor rodeado de lobos”. Las luchas internas de poder; las aberraciones sexuales y la pederastia del clero; el papel del Banco Vaticano en el blanqueo de capitales y la evasión de impuestos; el silencio y la protección episcopal a los causantes de escándalos, fueron el marco que llevó a la dimisión papal, la primera tras casi cinco siglos.

El viejo guardián de la ortodoxia, sucesor del Gran Inquisidor, tuvo la valentía de dimitir ante una crisis eclesial que no se sabía cómo solucionar. Esta vez ya no se podía achacar a las corrientes progresistas la crisis de la Iglesia, como se había hecho durante decenios, sino que ésta emergía desde la cúspide jerárquica y romana. Se revelaba el invierno eclesial, mucho peor de lo que parecía a primera vista, y la misma figura de Juan Pablo II quedó tocada al conocerse que se le habían revelado abusos a los que no puso remedio. Era necesario un cambio de orientación, que paradójicamente sólo podía ser promovido por un episcopado conservador (el nombrado por Juan Pablo II y por Benedicto XVI).

LA ELECCIÓN DE UN PAPA LATINOAMERICANO

Y esto es lo que ha llevado a la elección en marzo del 2013 de un papa latinoamericano, el papa Francisco. Surge así una nueva oportunidad para un concilio ignorado por los más jóvenes y silenciado y olvidado por muchos mayores.

Cuando el Vaticano II parecía ser una oportunidad histórica perdida, surge de nuevo la memoria histórica de lo que aportó y de las orientaciones que dio, que ahora tienen una nueva oportunidad. El lenguaje del nuevo Papa no deja lugar a dudas, aunque hay que esperar sus concreciones institucionales y sus reformas estructurales. En su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” afirma que hay que reflexionar con libertad sobre los problemas de la Iglesia y que la variedad de las teologías, contra los que defienden una doctrina monolítica, ayuda a preservar la riqueza del evangelio (EG 40); que los cambios culturales exigen expresar verdades de siempre con un nuevo lenguaje (EG 41); que hay normas que fueron necesarias en otra época y hoy han dejado de serlo, además de que los mandatos eclesiales deben ser pocos y necesarios (EG 43).

No podemos analizar aquí los planteamientos del papa Francisco en esta exhortación y en otros pronunciamientos, sólo hacer notar que algunas de sus afirmaciones actuales hubieran sido motivo de expulsión de sus cátedras a teólogos, a los que se acusaría de “desafección eclesial”, y hubieran impedido nombramientos episcopales para los que las expresaran.

HA SURGIDO UN TIEMPO DE ESPERANZA

¿Estamos ante una nueva evangelización con un cambio de rumbo? ¿Asistimos a la paradoja de que un papa de teología tradicional, como Juan XXIII, va a renovar a un Concilio que no lo fue? ¿Es posible que la experiencia pastoral de Bergoglio como arzobispo le haya descubierto problemas que exigen una nueva forma de ser Iglesia, como pasó a los obispos latinoamericanos en el Concilio Vaticano II?

Es pronto para hablar de una nueva evangelización y otro modelo de Iglesia, respecto al predominante en la época pasada. Pero no cabe duda de que ha surgido un tiempo de esperanza, de que el papa tiene otro estilo y de que sus actitudes y discurso suscitan una añoranza de evangelio y de vuelta al proyecto inicial de Jesús de construir el reinado de Dios en la sociedad y en la misma religión. Se respira un nuevo clima, de más libertad y pluralidad, respecto del catolicismo monolítico que se intentó imponer en el postconcilio.

No se trata de que triunfen ahora los progresistas respecto de los conservadores, ya que el papa no se cuenta entre los primeros y es visto con desconfianza, cuando no franca hostilidad, por los segundos. Pero sí se abre una posibilidad que renueva el clima conciliar, que permite que personas de distinta orientación cultural, social y política, vivan como cristianos en una iglesia más fraterna, plural y abierta al diálogo.

LA BASE ES CONOCER LA HISTORIA Y TENER MEMORIA DEL PASADO

El problema no es tanto el de progresistas y conservadores, cuanto el de aquellos que tienen sentido histórico y están abiertos a la evolución, como intentó la teología nueva de los cincuenta, respecto de los que defienden un depósito esencialista, ahistórico, inmutable a cualquier cambio y al diálogo con la cultura y las ciencias. La gran paradoja es que el cristianismo fundamentalista e integrista no se basa en el cristianismo inicial, el condensado en el Nuevo Testamento, que es pluralista, sino en una absolutización del modelo tridentino y del Vaticano I, en nombre del cual rechazan ahora reformas que remiten al evangelio y no a una época histórica posterior: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.

En esta exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” (EG 1). Ojalá que no sean sólo una parte de los cristianos los que sigan esta dinámica, sino que en ella se encuentren los que piensan de forma distinta pero están dispuestos a abrirse a la interpelación del evangelio. Conocer la historia y tener memoria del pasado es la base para abordar las reformas del presente.

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1 Juan A. Estrada, De la salvación a un proyecto de sentido. Por una cristología actual, Bilbao, 2013, 331-345.

2 Juan A. Estrada, Religiosos en una sociedad secularizada. Por un cambio de modelo, Madrid, 2008, 251- 256.