En busca del Jesús de la historia

Ariel Álvarez Valdés

 

Un pleito desconcertante

En el año 2002, el ingeniero agrónomo Luis Cascioli se presentó ante la justicia italiana en Viterbo, para denunciar a su párroco. ¿Por cuál delito? Por hablar todos los domingos de Jesús de Nazaret. Como, según Cascioli, no hay pruebas de que él haya existido, el sacerdote había violado dos leyes penales italianas: la de “abuso de credibilidad popular” (enseñar cosas falsas) y la de “sustitución de persona” (inventar la existencia de un personaje irreal).

Los jueces le respondieron que los Evangelios prueban la existencia de Jesús. Pero según Cascioli, esos libros se contradicen, con lo cual pierden toda credibilidad. Además, fueron escritos por creyentes, de manera que no son una prueba objetiva de su existencia. Los jueces entonces citaron al párroco para que demostrara la existencia de Jesús. Pero el pobre sacerdote no pudo hacerlo. Finalmente los jueces desestimaron la demanda, y dieron por terminado el pleito judicial.

Pero una duda quedó flotando: ¿se puede demostrar la historicidad de Jesús? Fuera del Nuevo Testamento, ¿hay algún autor contemporáneo que lo nombre o lo mencione?

Como piedra en el océano

Solemos pensar que Jesús de Nazaret, el fundador de la religión más importante y numerosa de occidente, debió de haber sido muy conocido en su tiempo; que durante su vida llamó la atención de las multitudes; que con sus extraordinarias enseñanzas y sus increíbles milagros mantuvo fascinada a la sociedad entera; que su fama se extendió incluso a los que no lo conocieron personalmente; y que preocupadas por estos hechos, las más altas autoridades gubernamentales, incluido el Emperador de Roma, ordenaron su arresto y su muerte, en el año 30.

Es decir, creemos que el impacto de Jesús en la sociedad de su tiempo fue semejante al de un cometa que choca contra la tierra, y que podemos hallar numerosos testimonios históricos sobre él.

Sin embargo, no existe ni un escritor, ni un autor, ni un historiador, ni un cronista, ni un ensayista, ni un poeta, ni un contemporáneo suyo, que hable de él. Nadie parece haber reparado en su existencia; ni para criticarlo ni para alabarlo. El impacto de Jesús en su sociedad más bien se asemejó a una piedrita arrojada en el océano.

El primer escritor

Si extendemos nuestra investigación a las décadas siguientes a su muerte, tampoco encontramos mención alguna de Jesús. En los años 50, 60, 70 y 80, hay un completo silencio sobre su figura. Debemos esperar a los 90 para hallar la primera referencia de un documento no cristiano. Es del historiador judío Flavio Josefo. En sus Antigüedades Judías, obra en 20 tomos, compuesta en torno al año 93, menciona dos veces a Jesús.

La primera, en el tomo 18. Dice: “Por aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio (si es que se le puede llamar hombre). Fue autor de hechos asombrosos, y maestro para quienes reciben con gusto la verdad. Atrajo a muchos judíos y griegos. (Él era el Mesías). Y cuando Pilatos, debido a una acusación hecha por nuestros dirigentes, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. (Él se les apareció al tercer día, vivo otra vez, tal como los profetas habían anunciado de Él, además de muchas otras cosas maravillosas). Y hasta hoy los cristianos, llamados así por él, no han desaparecido”.

Este texto, conocido como “el Testimonio Flaviano”, provoca sorpresas. ¿Cómo un judío religioso no cristiano, puede confesar que Jesús era el Mesías, que resucitó al tercer día, que se apareció vivo ante la gente, y que era más que un simple ser humano? Hoy los especialistas sostienen que este texto contiene tres pasajes añadidos por una mano cristiana anónima. Son los pasajes puestos entre paréntesis. Si los eliminamos, el resto sería auténtico de Flavio Josefo.

De esta referencia se desprende que: a) existió en Palestina un hombre llamado Jesús: b) era un sabio; c) realizó prodigios; d) la gente lo escuchaba con gusto; e) atraía a muchos judíos y griegos; f) las autoridades judías lo acusaron; g) Pilatos lo condenó a muerte; h) murió crucificado; i) sus seguidores se llaman cristianos en honor a él; j) el movimiento que él fundó siguió existiendo después de su muerte.

Por el asesinato de Santiago

Lo que vuelve más creíble el Testimonio Flaviano es que no se trata de un texto neutral, sino negativo sobre Jesús. Figura en el contexto de una lista de personajes nefastos para el pueblo judío, que por sus ideas mesiánicas provocaron la sublevación, y la posterior destrucción de Jerusalén. Incluso al terminar su descripción sobre Jesús, Flavio Josefo continúa: “Y otro terrible mal (además de la aparición de Jesús) le ocurrió a nuestro pueblo…” No puede ser, pues, un añadido cristiano.

La segunda mención de Josefo aparece en el tomo 20 de su obra. Al contar cómo mataron a Santiago, primer obispo de Jerusalén, en el año 62, dice: “Mientras tanto subió al pontificado Anás. Era feroz y muy audaz. Pensando que había llegado el momento oportuno, porque (el procurador) Festo había muerto y Albino aún no había llegado, reunió al Sanedrín y llevó ante él al hermano de Jesús, que es llamado Mesías, de nombre Santiago, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley, y los entregó para que fueran apedreados”.

Esta segunda referencia afirma que: a) existió un hombre llamado Jesús; b) tenía un hermano llamado Santiago (lo cual coincide con lo que dice Marcos 6,3 y Gálatas 1,19); c) algunos lo consideraban el Mesías.

Las dos citas constituyen la primera prueba (fuera de la Biblia) de que Jesús de Nazaret realmente existió. Además, demuestran que Flavio Josefo disponía de bastante información sobre la persona de Jesús, en el momento de escribir.

Un volumen que falta

Tenemos un segundo escritor que menciona a Jesús. Es el historiador romano Tácito. Su obra más importante es Anales, compuesto en el año 117. En ella, al hablar de la persecución de Nerón a los cristianos de Roma, dice: “Nerón sometió a torturas refinadas a los cristianos, un grupo odiado por sus horribles crímenes. Su nombre viene de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio fue ejecutado por el procurador Poncio Pilatos. Sofocada momentáneamente, la nociva superstición volvió a difundirse no sólo en Judea, su país de origen, sino también en Roma, a donde confluyen todas las atrocidades de todo el mundo. Primero, los inculpados que confesaban; después, denunciados por estos, una inmensa multitud, todos fueron convictos, no tanto por el crimen de incendio sino por el odio del género humano”.

Hallamos aquí varios elementos importantes para situar históricamente a Jesús. Dice que: a) existió un hombre al que llamaban Cristo; b) su patria era Judea; c) su muerte ocurrió cuando Tiberio era emperador (o sea, entre los años 14 y 37) y Poncio Pilatos gobernador (entre los años 26 y 36); d) Pilatos lo mandó a matar, lo cual implica que lo crucificaron, pues el castigo normal de las autoridades romanas en Judea era ése; e) antes de morir, Jesús ya había formado un grupo de seguidores.

Otros candidatos abolidos

Los estudiosos suelen citar a otros dos escritores romanos que, según dicen, hablarían también de Jesús: Plinio el Joven y Suetonio. Pero ninguno de ellos habla de Cristo, sino de los cristianos que creían en la existencia de Jesús. Por lo tanto, no sirven como fuentes para afirmar la realidad histórica de Jesús.

En conclusión, estos dos escritores, Flavio Josefo y Tácito, son los únicos testimonios no cristianos conocidos, que hablen de la existencia histórica de Jesús de Nazaret. Ninguna otra fuente no cristiana, anterior al año 130 (o sea, en un período de cien años desde la muerte de Jesús), menciona al iniciador del cristianismo. Sin embargo, los historiadores están de acuerdo en que esos dos textos bastan para probar, de manera concluyente y definitiva, su existencia histórica.

Primero, porque tenemos dos autores muy antiguos que de manera imparcial, objetiva y desinteresada afirmaron su existencia.

Segundo, porque hay muchos otros textos cristianos más antiguos, que hablan de Jesús, como las cartas de Pablo (escritas alrededor del año 50, que reflejan una tradición de los años 40), que si bien fueron compuestos por un creyente en Jesús, pretende remontarse a un personaje real. Y negar su existencia histórica traería más dificultades que aceptarla.

No podemos negar a los otros

Tercero, porque en la antigüedad ningún adversario de los cristianos, por más encarnizado que fuera, puso en duda la existencia de Jesús. Sí cuestionaron que fuera el Mesías, o el Hijo de Dios, pero jamás que hubiera existido. Las primeras dudas sobre su existencia histórica surgieron recién en el siglo xviii.

Cuarto, porque los textos del Nuevo Testamento hacen interactuar a Jesús con otros personajes históricos, cuya existencia está demostrada por documentos arqueológicos y literarios no cristianos, como Juan el Bautista, Poncio Pilatos, Herodes el Grande, Herodes Antipas o Caifás.

Y quinto, porque si los evangelistas hubieran inventado a Jesús de la nada, lo habrían hecho de un modo tal que no produjera tantas dificultades y dolores de cabeza a los lectores. Y hoy no habría ninguna diferencia entre el Jesús de los Evangelios y el Jesús histórico. El hecho de que los evangelistas hayan reinterpretado su figura, demuestra que están tratando de contar la vida de un personaje real.

Escasa atracción

Cuando buscamos en la antigüedad los datos sobre la existencia histórica de Jesús, descubrimos con asombro que sus contemporáneos no dijeron casi nada de él. Que su vida fue absolutamente insignificante en el plano de la escena mundial. Esto demuestra que Jesús durante su vida fue un judío marginal, que fundó un movimiento marginal, en una aldea marginal, de una provincia marginal del imperio romano. Su vida y su muerte fueron el acontecimiento menos importante de la historia romana de ese tiempo, y sus contemporáneos ni siquiera le prestaron atención.

Por eso, lo asombroso no es que nadie hable de él. Lo asombroso hubiera sido que algún historiador de la época se hubiera interesado en él. Sería una casualidad increíble que los escritores de ese tiempo se sintieran atraídos por contar la ejecución de un carpintero palestino. Lo más natural del mundo es que ningún contemporáneo lo recuerde ni mencione. Sin embargo, y a pesar de ello, tenemos varias referencias de él. Más aún: hay más información sobre Jesús de Nazaret que sobre otros personajes de la historia cuya existencia nadie cuestiona. Por eso, su existencia constituye hoy un hecho histórico cierto e irrefutable.

Pero sus contemporáneos se interesaron poco en él. Sólo se habló de su persona cuando los cristianos comenzaron a “molestar” en la sociedad. Cuando sus seguidores empezaron a hablar del amor al prójimo, del perdón a los enemigos, del servicio a los demás como actitud de vida, de no criticar, de defender a los más pobres.

Hoy el interés por la figura de Jesús ha vuelto a ser escaso. Tal vez porque los cristianos hemos dejado de “molestar”. Ya no somos un ejemplo llamativo de amor ante la sociedad. No somos los testigos y representantes de la doctrina más asombrosa que oyó la humanidad. Quizás si volviéramos a encarnar su mensaje, los historiadores, pensadores, filósofos y periodistas, se sentirían otra vez atraídos por el carpintero de Nazaret.