Emmanuel Rodríguez

Miguel Ángel de Prada y Carlos Pereda

El interés de la revista Éxodo por la gestión común de la sociedad, por reivindicar la necesidad  de participar en la política se ha ido recogiendo a lo largo de los años. Últimamente se ha dedicado el Nº 123 (abril, 2014) ‘Recrear la política’ y el nº 128 (abril, 2015) ‘Para que otra democracia sea posible. Tú decides’,  a esta preocupación. En el presente nº 133 deseamos indagar con la ayuda de Emmanuel Rodríguez en el nuevo ciclo político español y en las perspectivas que se abren con la llegada a las instituciones de nuevas propuestas políticas.

Emmanuel Rodríguez es una voz autorizada en el panorama español, historiador e impulsor de proyectos colaborativos novedosos: Traficantes de Sueños, no sólo librería, no sólo editorial sino proyecto impulsor de nuevas formas de edición y difusión que adoptó y popularizó la licencia ‘creative commons’ para sus productos; la Fundación de los comunes, poniendo en la agenda pública la reivindicación de lo público frente a la tendencia populista a la externalización de la gestión y la depredación de bienes y servicios públicos; el Observatorio metropolitano de Madrid y su continuador Instituto para la democracia y el municipalismo (IDM) como base de análisis territorial y municipalista del poder frente al modelo desarrollista madrileño; impulsor también, junto a otras personas y colectivos, de la Carta por la Democracia en los momentos previos al surgimiento de nuevas propuestas electorales como el Partido X o Podemos. Se trataba de actuar en la innovación y reflexionar colectivamente. Autor de varios textos de referencia como Hipótesis Democracia. Quince tesis para la revolución anunciada (2013), reseñado en nº 123 de Éxodo, y el más reciente Por qué fracasó la democracia en España. La transición y el régimen del ’78 (2015).

En 2015 España ha vivido un nuevo ciclo electoral en un ambiente de novedad de propuestas electorales. En tu opinión, ¿qué han supuesto los resultados de las elecciones municipales y autonómicas?

El 15M nos trajo una situación inédita en la política del país en los últimos 30 o 40 años, con miles de personas queriendo ser protagonistas en la vida colectiva. Cuando el 15M se encuentra con límites, como proceso de movilización social o como movimiento permanente, hay sectores del mismo que se plantean iniciativas para llegar a las instituciones. Éstas fueron más o menos imaginativas y algunas cuajaron electoralmente de modo más o menos clásico, como fue en su momento el Partido X o el propio Podemos. Pero lo interesante desde el punto de vista del municipalismo es que se ensayaron nuevos caminos: la mayoría de las iniciativas no han sido partidos sino  candidaturas que se constituyen en completa autonomía unas respecto de otras, con sus propias pautas y que son reflejo de la riqueza de las bases sociales que había en cada lugar, en cada ciudad. Esto en su fase inicial es el invento más original que se ha dado desde la II República.

 Y la llegada a las instituciones de algunas de estas nuevas propuestas ciudadanas, ¿de qué modo han logrado transformarlas?

Lo que se produjo, una vez que llegaron a las instituciones, sobre todo con Podemos, fue una explosión. Se podía decir que buena parte del 15M se metió en Podemos o que incluso Podemos fue una especie de calco o de reproducción política de lo que fue el 15M más que un mero seguimiento, dado que a veces los actores de ambos no coinciden. Pero la cuestión es que todo ese proceso de entrada en las instituciones que, en principio, es muy novedoso, muy fresco e interesante, realmente en muy poco tiempo ha derivado en lo que podemos decir los viejos vicios de la institucionalización. Y nos hemos encontrado que la política como campo de acción colectiva volvió a ser un espacio de minorías, de expertos. Se ha dado esa paradoja porque no se han conseguido generar, dicho en términos clásicos, organizaciones que recojan las ansias de participar de esa parte de la población movilizada; no se han consolidado. En suma, no se ha generado una nueva tradición, fiel a su propia historia.

 

El 15M refleja la crítica a la tradición política clásica a través del municipalismo: se propone que el estado se construya de abajo arriba, democráticamente; se critica la política reducida a expertos y los mecanismos de representación separados de los gobernados, etc. El municipalismo sería el inicio de esa posibilidad de la construcción democrática de las instituciones según la tradición federal, republicana y radicalmente democrática. En muchas ciudades de tamaño pequeño o medio ese ideal o experiencia se ha podido poner en marcha con experiencias creativas. Otra cosa es en las macrociudades, en donde hay que enfrentarse a las oligarquías locales, grandes y complejas, controlar aparatos burocráticos enormes… y en las que existe una gran presión hacia la institucionalización clásica. Se han producido máquinas electorales exitosas pero éstas no han sido homogéneas: por un lado hay experiencias más parecidas a los partidos tradicionales y, por otro, esas tradiciones municipalistas plurales. Ambas perspectivas están presentes en el nuevo ciclo postelectoral y se pueden combinar y recombinar de formas distintas. No se puede prever qué dirección pueden tomar de forma mayoritaria; lo que sí se puede afirmar es que no sólo estamos ante un momento de cierre institucional, también hay posibilidad de apertura.

 

Pero entonces, ¿los resultados de las elecciones generales del 20D reflejan sobre todo esa descomposición social o suponen una apertura a la mayor participación de la ciudadanía?

Los resultados electores en las generales han sido espectaculares y reflejan que una parte de la población ha salvado la pantalla de todas las confianzas en el sistema de viejos partidos y apuesta por nuevas situaciones. ¿Cuánta parte de la población está dispuesta a dar ese salto?: pues quizá un 20 ó un 25%, y eso es una muy buena noticia. Sin embargo, para llegar a un cambio real no sólo basta ganar elecciones, hay que poner en marcha una nueva fase de conquistas sociales. Y eso es lo que debería inaugurar una nueva fase política, algo que está todavía por ver.

DEMOCRACIA REAL es una idea que ha guiado la confección de este número. Partimos de la constatación del consenso de que el capitalismo actual es incompatible con una democracia real, dado que los mercados quieren gobernar sobre los estados; también de que se ha ido estableciendo un consenso en España sobre el contenido de los derechos básicos sociales y políticos, que han enfrentado la privatización de los bienes públicos y han desafiado, por ejemplo, la denominada ley mordaza. Sin embargo no parece observarse un consenso tan amplio sobre las formas del nuevo estado, los canales de control del poder político o las formas de elección de los representantes. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Quizá todavía somos poco conscientes de la profunda crisis política en que nos encontramos y que la salida es aún muy incierta. Las respuestas neoliberales pierden legitimación por arriba,  como simples algoritmos de control del gasto, pero insisten en hacer desaparecer el estado del bienestar y buscan beneficios de carácter predatorio a costa de los bienes comunes. Las bases sociales que soportaban ese modelo, las clases medias, también están desapareciendo. Y en esta situación puede surgir la nostalgia de una democracia que respondía a esos viejos tiempos. Ahí podemos situar las discrepancias que señaláis. Sería la nostalgia por una situación social que no volverá porque lo que hay hoy son sociedades quebradas. Y lo que no pueden pretender los nuevos partidos es recomponer la vieja sociedad idílica pacificada, sino que deben ponerse del lado de los perdedores en el modelo neoliberal, de los desposeídos por el capital. No se trataría de recuperar mitos, como el de la participación en igualdad, como si existiera una posibilidad de consenso habermasiano  en donde nos vamos a reunir todos  y participar. No. La nueva democracia no va a ser eso. Si existe alguna posibilidad será en la creación de contrapoderes, de sujetos colectivos capaces de organizarse y arrancar conquistas. Estamos en una zona de transición. Buena parte de la denominada nueva política se ha  nutrido de esa clase media en descomposición que se imagina a ella misma que puede ocupar esos espacios y hacerlo mejor, es decir convertirse en buenos gestores de la crisis. Como si se tratara de una cuestión meramente ética, cuando la cuestión  es principalmente política. En mi opinión, lo que se precisa es una perspectiva distinta a buena parte de lo que  han planteado como estrategia de legitimación estas nuevas élites.

Entre las cuestiones pendientes para llegar a realizar una transformación social de calado, suele plantearse el tema de la unidad o el conseguir frentes amplios de quienes están por el cambio. En la situación española actual, ¿en qué medida crees que esto es posible?

Sobre los frentes amplios… Esto exigiría contestar con cierta complejidad. En el ciclo político que hemos vivido hay dos grandes fases. Una es el 15M, las expectativas que abre una fase de movilización generalizada, y luego otra fase, que podríamos llamar de carácter institucional, que recibe toda su gasolina en la fase anterior. Sería largo explicar por qué la fase inicial de movimiento se va agostando al no ser capaz de obtener más conquistas, lo que tiene mucho que ver con la dureza de la crisis y con la falta de tradiciones políticas organizativas. Pero en cualquier caso podemos constatar de forma muy clara que existen esas dos fases y que no tienen traducción automática de una a otra, es decir, la segunda construye mecanismos o máquinas de representación de tipo electoral pero también demandas del movimiento. Eso implica necesariamente la construcción de élites, distintas formas de élites que juegan en ese terreno. Entonces, el problema que se observa es que esas élites han sido siempre débiles respecto a la ola que las ha arrastrado, o sea, tienen dificultad para llegar a una confluencia más amplia y generar mecanismos democráticos al asumir esas nuevas herramientas electorales. Además se constata la ausencia de tradiciones organizativas, de organizaciones capaces de dar forma a las aspiraciones del movimiento; organizaciones que existían previamente en la socialdemocracia clásica, incluso existían en los viejos partidos comunistas en la tradición del centralismo democrático.

Respondiendo directamente a la pregunta sobre la incapacidad de no haber construido ese frente amplio, creo que tiene que ver con esa dinámica del movimiento, esa falta de organización y esa dinámica de competencias entre las distintas élites. Y, sin embargo, hay que señalar una diferencia grande entre los distintos polos que han estado negociando en un lugar y en otro. Por ejemplo, ¿por qué se llega a una confluencia en Galicia y en otros lugares no? Bueno, pues a eso responden razones que tienen que ver con el distinto peso de las marcas en cada lugar. De hecho, una de las invenciones de esta fase ha sido la construcción del partido empresa, ¿no?, que es fundamentalmente la construcción de una marca más que una organización. Son debilidades del ciclo.

Pero hay una segunda constatación. Y es que ahora mismo en confluencia se obtienen mejores resultados. Lo que se puede comprobar sencillamente viendo cómo donde se fue en confluencia se ha obtenido más o menos un 24% de votos y donde no se fue, se quedó en el 17, 18%. Entonces la cosa es clara porque la diferencia es grande. Ahora bien, si queremos mantener esa capacidad de seguir interviniendo en el juego institucional, lo fundamental es que se construya algo parecido, salvando muchísimas distancias, a lo que era en el viejo movimiento obrero la dualidad entre el partido y el sindicato o, si se quiere, entre el partido y el movimiento. Porque sin movimiento no hay política, eso es algo que tenemos que asumir. Sin un espacio que es conflictivo, abrupto, no definido, no perfectamente jerarquizado, que está abierto continuamente a nuevos nichos de enfrentamiento, de cambio, etc., los juegos institucionales y electorales se verán atenazados y asediados por toda clase de poderes, que son los que realmente gobiernan y que no es exactamente el gobierno institucional. Es preciso  generar una contraparte que fuerce a esas nuevas élites políticas a operar en otra dirección. El reto fundamental en la nueva fase que se abre es cómo se construyen esos espacios, vamos a llamarlos así, de contrapoder, esos espacios de movimiento. Porque es lo que permitirá que podamos hablar de que el ciclo político no se agotó en 2016 sino que puede continuar después.

Durante los dos últimos años una parte del debate político español ha contrapuesto lo que sería una reforma parcial de la constitución a un proceso constituyente en profundidad. En el momento actual, ¿sigue vigente esta contraposición o la nueva situación la va postergando?

Esta cuestión también hay que situarla históricamente para poder entenderla. Cuando sucede la crisis, parecía que ésta podía tener una expresión política directa en términos de un proceso constituyente, es decir, de cambio de lo que son las reglas desde las que se organiza el estado, el juego político, etc. Y que ese cambio podía ser una vía de solución para llevar el ciclo político más allá y abrir una posibilidad de mayor apertura, mayores conquistas sociales. Realmente esa no fue una apuesta asumida por la mayor parte del movimiento 15M y por eso no tuvo eco. Y no fue asumida por distintas razones. En mi opinión, una importantísima fue por su propia inmadurez, por decirlo en términos clásicos, por la propia ausencia de tradiciones políticas, de discusiones, de debates, que podrían haber articulado una expresión mejor a lo que allí se daba. Eso que era el contenido de las plazas, que tenían esa capacidad de expresar cómo queremos que se organice lo social, el estado y, por eso, daba lugar a todo tipo de comisiones que prácticamente eran comisiones constituyentes. Pero lo que finalmente se produjo fue que, en vez de apostar por ese juego de proceso constituyente, se apostó por una solución institucional de llegar al gobierno, que además era la vía más fácil, en términos pedagógicos, de convencer a la población de que realmente el cambio se podía lograr. Esto  fue una ingenuidad por parte de muchos y una oportunidad política, también, para otros de constituirse en un polo político fuerte, con lo bueno y con lo malo que tiene eso.

Desde entonces la preocupación por el proceso constituyente no está ya en la agenda del cambio. Está bien que se mantenga como preocupación pero la situación en la que estamos es a la expectativa de que se negocien gobiernos, de que haya pactos, porque se han encontrado vehículos electorales que, aunque sea con todas las diferencias, matices y debilidades, se erigen en representantes de la oportunidad de ese cambio. Por decirlo en términos históricos, ese debate no llegó a cuajar del todo, no pudo construirse como oportunidad aunque tenía muchos elementos para darse. A futuro, creo que es mucho más importante pensar cómo vamos a conseguir que todo este ciclo de movilización se articule en formas organizativas abiertas, plurales, en red o como se quieran llamar pero democráticas y capaces de generar conflicto y de forzar a los nuevos gobiernos del cambio.

 

¿Observas el surgimiento de movimientos o redes capaces de generar esa fuerza autónoma?

En cierto modo se están dando. Hay señales de disposición a buscar líneas de enfrentamiento, de demanda, lanzar iniciativas… Es todavía muy temprano y estamos en una fasecomo de calma chicha, que parece que está todo supertranquilo, aunque simultáneamente vienen recortes anunciados por Europa, o sea, la situación en España sigue una deriva de precarización.  El próximo gobierno va a tener que poner freno otra vez a la máquina del gasto público, ¿cómo se va a enfrentar esto sin nuevas reivindicaciones y organizaciones?

Un último punto, enlazando con la alusión hecha a Europa. Planteas en el libro ‘Hipótesis democracia’ que la crisis era crisis profunda y revolucionaria, y que la salida tenía que ser europea. ¿Sigue vigente este análisis?

– El libro Hipótesis democracia (2013) es un libro optimista, construido básicamente en un momento en que parecía que todo era posible y donde el estado estaba viviendo una crisis profunda. Tenía ese componente de colapso institucional y, a la vez, era también la crisis de la prima de riesgo, etc. Claro, además esta crisis era una crisis provincial que no se podía  separar de Europa. Yo no diría que ahora estemos en una crisis que se pudiera llamar revolucionaria, en el sentido que pudiera generar un marco de democratización radical, eso que  llamábamos antes proceso constituyente, sino en un proceso relativamente largo, donde hemos visto que en el Sur ha producido gran desestabilización al aplicarse medidas durísimas de control por programas de ajuste. Y también vemos ahora cómo esa crisis se está manifestando con formas de expresión política muy dispares y no necesariamente positivas. Lo estamos viendo en Francia en estos días, con esa especie de réplica aplazada del 15M, pero lo vemos también con el auge de la extrema derecha y el racismo en la propia Europa ante la llegada de refugiados.

¿Cómo se va a decantar esto en el futuro? Realmente lo veo con la misma incertidumbre que la gran mayoría. Observo que hay una batalla en ciernes y que probablemente este ciclo político, que será muy largo, se mueve entre dos polos: o la Europa entregada a sus viejos demonios, las viejas potencias imperiales pero implosionadas, minorizadas y provincializadas a escala global, dentro de un bloque económico realmente decadente; o la posibilidad de marcos de regeneración democrática que permitan construir soluciones, incluso si queréis civilizatorias, a medio plazo, en las cuales lo que es la crisis capitalista pueda tener un horizonte de posibilidad, vamos a decir, positivo, democrático. Apostar por un polo u otro es también decisión nuestra.