EL PRE-JUICIO EN POLÍTICA

Benjamín Forcano

Éxodo 87 (ener.-febr.’07)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
La vida política es un campo privilegiado para descifrar la condición y pasiones del ser humano. Yo hace tiempo que, cuando me asomo a un programa de televisión , me interesa primero de todo los nombres de los que intervienen. De muchos, sabemos algo de su biografía. Y he llegado a la decisión de cerrar o desconectar sin son nombres que intervienen en nombre de los partidos.

Prescindo de ellos porque ya sé lo que me van a decir –llevan consignas y estrategia preparadas– y porque me resulta insoportable su irracionalidad. Irracionalidad que proviene de no hablar por sí mismos, de no valorar los razonamientos del contrario, de no proyectar análisis de la realidad, de no preocuparse por los derechos de la mayoría, de intentar ante todo contradecir y desacreditar al opositor. Un ejercicio éste pre-racional, prehumano (porque lo racional es lo específicamente humano) dictado por la adhesión al propio partido o bandera y con el único objetivo de que el propio partido salga invicto.

Guían esta irracionalidad intereses individuales o de partido, no del pueblo. Porque los intereses del pueblo –el único que delega el poder y tiene derecho a que se le represente con honestidad, obediencia y eficacia–, son siempre los mismos, se trate del partido que sea. No es consecuente, por tanto, que los políticos se ataquen obstinadamente como si de intereses distintos se tratara. En unos o en otros, o en ambos a la vez, reside la voluntad enceguecida de hacer de la política un coto de intereses privados, intentando, eso sí, recabar la legitimación del pueblo.

Esta postura es hoy común, inalterable y pestilente en ciertos debates políticos. El televidente capta rápido: ¡Ya hieden! No van a informar, a reconocer lo bueno o lo malo, a dialogar, sino a denigrar y triturar, contra toda evidencia. Y, encima, los hay que, tachonados de oportunismo, no tienen pudor en acudir una y otra vez como si de modelos a seguir se tratara.

En el ámbito de la convivencia, la perduración de esta dialéctica partidista produce confusión y malestar y subrepticiamente va inoculando fobias de exclusión y menosprecio. El fenómeno no por ser cotidiano deja de ser preocupante. Un clima democrático no debiera ofrecer en sus instituciones cancha a estos falsos maestros de la política y de la convivencia. La misma ciudadanía debiera retirarles audiencia y demostrarles que la boca por la que ellos hablan no es altavoz del alma del pueblo.

Desgraciadamente, muchos ciudadanos piensan por lo que algunas de estas personas dicen en estos programas. Es hasta cierto punto lógico cuando el canal informativo es siempre el mismo. Pero es que la cosa va hasta el extremo de que, aún siendo evidente la falsedad, se les presta incondicional y regocijado asentimiento. Algo pasa ahí, que hace posible ese pacto, sellado sin razones, comportamiento típico del que procede con pre-juicio,es decir, sin criba de la razón.

Sería bueno, no obstante, no confundir el cinismo de los que proceden a sabiendas de ocultar y mentir, con la acrítica receptividad de muchos televidentes. Es inevitable que, en nuestro interior personal, aniden las ideas, pautas y sentimientos que desde diversas instancias se nos fueron introyectando. No todos han dispuesto luego de medios y circunstancias adecuadas que les permitieran valorar ese contorno, despojándolo de elementos exagerados, unilaterales e incluso falsos.

Dicho esto, considero escandaloso y un atentado contra la salud pública esa mediocraciapolítica, en la que se mueven ciertos periodistas, como investidos para pontificar sobre todo. Distorsionan la realidad y no tienen como deber primario informar lealmente, es decir, sin pre-juicios, y alimentan el tanque de visiones obsesivamente partidistas y rencorosas. Esta mediocraciapolítica ha olvidado que su misión no es halagar ni dar alas a un poder político desnaturalizado, sino acompañarlo críticamente, con apertura de reales alternativas posibles.

La insolencia, además de estúpida, es antidemocrática, y arranca de profesar que tan solo tal o cual partido es vehículo de verdad y de soluciones. Insolencia que trastueca hechos básicos como son los de pensar que sólo la derecha define bien la realidad de España, sólo la derecha asume y respeta la religión, sólo la derecha garantiza los valores morales, sólo la derecha gobierna y legisla de acuerdo a la herencia cultural de la católica España; o, por el contario, que sólo la izquierda es sospechosa de todos los males.

Vamos a ser sinceros, en este pre-juicio se agita el fantasma de las dos Españas: la de que por ser español hay que ser de derechas (neoliberal), la de que por ser de derechas hay que ser católico y la de que por ser católico hay que rechazar toda izquierda (socialismo). Esta división dual pura, apriorística , es la que está en la base del pre-juicio. Por las venas de muchos españoles corren todavía los miedos de enfrentamientos seculares, vividos casi siempre entre tradición y avance, imperialismo políticoreligioso y proyecto social revolucionario, entre sociedad premoderna y sociedad abierta pluralista.

Los tiempos no están ya para guerras fratricidas. Hemos avanzado, pero renacen los fantasmas, porque hay quien los agita.

Los católicos estamos aprendiendo a sentir y demostrar que, no por ser españoles, debemos ser católicos y que no por no ser católico se deja de ser verdadero español. Confesamos que hemos coaccionado muchas veces hasta imponer la fe y hemos prostituido el Evangelio legitimando intereses de los más ricos y poderosos, callando ante la injusticia e induciendo a resignación al pueblo. Eso no es la Buena Nueva del Evangelio. Han pasado décadas donde ha quedado claro que la libertad religiosa es un derecho de toda persona: cada uno es libre de ser creyente o ateo. Una buena o mala convivencia no depende de ser creyente o ateo, sino de ser un mal creyente o un mal ateo.

Los no católicos y, entre ellos los que sean ateos, deben admitir que la religión católica en sí, tal como brota del Evangelio, no es alienante, ni es opresora, ni cómplice del precapitalismo, del capitalismo o de ninguna otra suerte de neoliberalismo, sino defensa y lugar nato de los más pobres: los preferidos y auténticos vicarios del Dios de Jesús. Eso explica precisamente que los mismos católicos podamos denunciar y combatir todo desvío eclesiástico en contra.

Artículo completo en edición impresa. Pídela aquí