EL HAMBRE EN EL MUNDO

Éxodo 97 (ener.-febr.’09)
 
DESDE la atalaya del mundo civilizado y opulento, decir ‘hambre’ es de mala educación: los ricos no comen, se alimentan. Desde el abismo del hambre, Occidente se enriquece con el hambre de los pobres.

Malas noticias. “Lamento profundamente informar que la situación sigue siento intolerable e inaceptable”. Con estas palabras el Presidente de la F.A.O, J. Diouf presentó el informe de la organización sobre ‘El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo’ en la Cumbre Mundial sobre Alimentación’ (Roma, 2006). En enero de 2009, en Madrid, el mismo presidente de la FAO proclama que “se necesita un cambio drástico en el modelo de gobernación del hambre. Hoy hay 963 millones de personas que no comen (…). El desafio actual ya no sólo es dar de comer a casi mil millones de hambrientos, sino lograr producir alimentos para conseguir la seguridad alimentaria de nueve mil millones de personas en 2050”.

¿Cómo es posible esta situación en un mundo de despilfarro, tan harto como nunca de productos y riqueza?, nos preguntamos tantos ciudadanos lejos del otro mundo del hambre.

¿Existe la buena nueva?

La lucha de interpretaciones ha estado presente en la Reunión de Alto Nivel de Madrid, 2009: el clamor de las víctimas del mundo frente al interés del comercio mundial, ante la mirada atónita de millones de ciudadanos-consumidores, meros espectadores del debate y ante la inoperancia declarada de las Organizaciones de la ONU como la FAO.

Desde la proclamación de “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán hartos” han ido surgiendo nuevas proclamas en la marcha por la dignidad de los pueblos, como soberanía alimentaria, ética ecológica o suficiencia que se oponen a sobreproducción, sobreconsumo o desarrollo insostenible. La hartura en el siglo XXI intenta compaginarse con la austeridad, sea ésta voluntaria o impuesta democráticamente como ejercicio responsable para evitar lo inevitable: la destrucción del hábitat en el planeta.

Nos encontramos con grandes desafíos en horizontes nuevos, donde la ética ecológica es ya ética social. Recuperada la idea de situación de límite, la humanidad se enfrenta colectivamente a la tarea de no transgredir los límites ecológicos y de respetar el espacio de los otros. Es una tarea compartida, sea por propio egoísmo o por ideal ético; sólo existe el objetivo de salvarnos juntos o perecer todos. Llegar a estar ‘hartos de justicia’ podría traducirse por comportarse amigablemente con el planeta y con todos sus habitantes y, quizá también, ser considerados hijos de Dios y parteros esforzados de un futuro no asegurado.