El Evangelio en San Carlos: desde la parroquia al centro pastoral

Javier Baeza

Éxodo 122

-Autor:  Javier Baeza-

El cambio de denominación surge a raíz del conflicto mantenido con el Arzobispo de Madrid en 2007 cuando, unilateralmente, decidió clausurar la parroquia y ceder el local –proponiéndonos a los tres curas reconvertirnos en trabajadores sociales de dicha institución– a Caritas Madrid. Después de nueve meses intentando vanamente entrevistarnos con el Sr. Cardenal, D. Antonio María Rouco, en diciembre del mismo año –tras una cena conjunta– decidió cambiar la nominación canónica de la parroquia pasando a denominarse Centro Pastoral.

Quiero con esto señalar que dicha nominación no tiene, para la asamblea comunitaria, mucha más trascendencia que la salida de aquel silencio por parte de la jerarquía y del conflicto público que habíamos mantenido, y en el que no teníamos ninguna necesidad de enquistarnos.

En esos meses fueron aflorando elementos constitutivos de lo que en estos años se ha ido constituyendo como comunidad de San Carlos Borromeo.

“Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio”. (EVANGELII GAUDIUM 20)

Uno de los primeros es el quiénes conforman la comunidad. Desde los inicios la parroquia/territorial y el centro pastoral/misma realidad han sido lugar de llegada y acogida al mundo de la exclusión social. Nunca la territorialidad fue obstáculo para que gentes necesitadas y empobrecidas acudiesen en busca de pan, consuelo y abrazo. Así, aunque desde la jerarquía se pretendiera establecer una idiosincrasia específica marcada por la territorialidad, la comunidad inmediatamente sintió cómo sus límites territoriales -al estar abierta a todas las personas- eran marcados por todo aquel que viniese sin tener en cuenta el lugar geográfico de donde procediera. De ahí que San Carlos Borromeo lo forman quienes están en él y, por distintas razones, se sienten a él vinculado. Desde el vecino de la calle Buendía hasta la señora que vive en la calle Larra de Madrid. Desde quien suma a su maltrecha vida los problemas con las drogas, hasta quien holgadamente pretende compartir su patrimonio conseguido en la dirección de un importante banco español. Desde quien busca celebrar sin ritualismo hasta quien siente que el único posible es la práctica del amor. Desde quien comienza a organizar letras en palabras pasados los 50 a quien lleva varias décadas como catedrático universitario. Desde quien ha esterilizado toda su juventud en un presidio a quien, por imperativo legal, condenó a ese mismo mozuelo como juez. Desde quien viene a “esta misa” después de haber visto la de la tele y acudido a la parroquia vecina, a quien se reconoce atea.

La pertenencia, como señalaba al inicio, está marcada por la necesidad vital (cualquiera que esta sea) y por el empeño militante en celebrar la vida y las luchas por una sociedad más habitable. “Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña”. (EVANGELII GAUDIUM 84).

Otro segundo elemento es la formulación de nuestra fe. ¿En qué creemos? ¿Qué fe es la que nos convoca, vincula y fortalece? Ya en la primera rueda de prensa para comunicar la decisión arzobispal surgió la pregunta ¿por qué el Obispo no cree en nuestra fe? E inmediatamente la respuesta no fue un tratado dogmático o literario sino la confirmación de nuestro compromiso con los empobrecidos y ponernos manos a la obra. Si pretendían cerrarnos la parroquia, esta debía estar permanentemente abierta. Convertirla en espacio ocupado por el pueblo, por el mundo excluido y sus amigos solidarios.

Desde ese momento, fruto de la historia y proyecto de futuro, se formularon dos claves fundamentales para entender el qué y cómo vivimos: “Para esta comunidad, y para todos los que nos sentimos vinculados a ella, proclamar la fe es la atención al hermano pobre y pequeño así como el encuentro en torno a la mesa de Jesús. La expresión de nuestra fe no es solo atender las necesidades que se nos presentan sino comprometernos desde el lugar social que configura la entraña del Evangelio, abrirnos a sus vidas y caminar juntos“ 1.

Si en alguna unión indisoluble creemos es en aquella compuesta por el Anuncio y la Denuncia. Dar buenas noticias de parte del Dios de Jesús a quienes las reciben malas de parte de este mundo, tiene que conllevar necesariamente compartir la suerte de los excluidos, asumir su vida y las consecuencias de esta. Acompañar los procesos del pueblo desde el mismo. Sin imposiciones absolutistas sobre su vida, sin la oferta de certezas que nadie posee… Siendo cómplices de su propia autonomía y facilitadores de aquellos recursos e infraestructuras que colaboren en la dignificación de la propia vida. La fe, por tanto, no es una exclusiva religiosa, de esta confesión o aquella. La fe es una constitución natural del ser humano. Fe en el otro, al estilo de Jesús: “tu fe te ha salvado”. Desde ahí todos podemos participar en la celebración dominical por la vida. Todos, por tanto, estamos convocados a realizar aquel gesto (milagro/ revolución) de Jesús: “dadles vosotros de comer”.

Como dice Carlos, un compañero de camino en esta travesía, no somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan. Y son los necesitados de pan, cariño y horizontes quienes han de ir marcando nuestro ritmo, indicando las formas litúrgicas, señalando nuestros compromisos y posicionamiento.

“El substrato cristiano de algunos pueblos —sobre todo occidentales— es una realidad viva. Allí encontramos, especialmente en los más necesitados, una reserva moral que guarda valores de auténtico humanismo cristiano. (EVANGELII GAUDIUM 68)

Y el tercer elemento que emerge es el compromiso con la realidad. Lógicamente la realidad que conforman los excluidos y empobrecidos de nuestra sociedad. De aquellos muchachos jóvenes con problemas con las drogas a quienes arriban a nuestras costas, principalmente de África, buscando un porvenir negado en su país.

Y es esta realidad cotidiana que vivimos, la que nos hace transitar diferentes caminos, visitar variados lugares y enfrentarnos con distintas administraciones. Siempre la realidad configurando nuestra vida personal, los espacios y expresiones celebrativas.

Si algo hemos identificado como prioritario ha sido el entendimiento. Y este en su más amplia expresión. Comprender para caminar juntos. Desde la comprensión del lenguaje, la cercanía y simbología de los signos, hasta la creación de espacios de acogida donde el otro pueda, con libertad y confianza, mostrar tal cual es y con transparencia cómo vive.

Esta heterogeneidad de procedencias, … – más que vincularnos a la realidad del otro. Quizás no acabo de concebir, no se pretende justificar pero propiciar la escucha y el encuentro personal para poder seguir juntos, en asamblea y buscando aquello que nos constituya como personas y exprese nuestra dignidad como hijos de Dios para los creyentes y ciudadanos en igualdad para todas las personas.

En ocasiones nos adjetivan como rojos. Decía Diamantino García, cuando le acusaban de ser de extrema izquierda, que él era “de extrema necesidad”. Esa extrema necesidad que estamos viviendo en la persecución de los migrantes pobres, en la expulsión de quienes no pueden pagar su casa, quienes son privados de libertad por no disponer de unos papeles, a quienes se arrebatan sus hijos por no poder darles de comer, quienes arrastran su miseria mendigando comida y ropa en estos fríos temporales y humanitarios que vivimos, quienes entierran su impotencia en la ficticia prepotencia que auguran las drogas y son encerrados en presidios de por vida… estos son los sujetos de San Carlos Borromeo. Ellos son quienes nos acogen y permiten vivir este privilegio de formar asamblea comunitaria, iglesia pueblo de Dios, con los preferidos y primeros para Jesús: los pobres y pequeños.

114. ·Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. (EVANGELII GAUDIUM).

1. Comunicado de la asamblea de San Carlos Borromeo, ante la decisión de cerrar esta parroquia. 4 de abril de 2007.