EL CAMBIO CLIMÁTICO

Ladislao Martínez

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Ladislao Martínez –
Un problema urgente
 
El cambio climático es, con toda probabilidad, el problema ambiental más grave que enfrenta la humanidad. El último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), fechado en 2007, es concluyente al respecto. Once de los doce años más cálidos desde 1850 están entre 1995 y 2006. La temperatura media global ha aumentado 0,74ºC de 1906 a 2005. Al tiempo que la tendencia al aumento de la temperatura de los últimos cincuenta años prácticamente dobla la de los cien anteriores. El incremento de gases de invernadero, lejos de reducirse, sigue creciendo y lo hace a velocidad mayor de la prevista.

Pero esto no es ni mucho menos un informe alarmista, sino el informe de conclusión redactado para lograr el consenso científico. Muchísimos especialistas, entre los que se cuentan los más prestigiosos expertos, tienen una percepción aún más pesimista. Es claro también el consenso sobre que es preciso empezar a reducir las emisiones mundiales en este decenio y hacerlo de forma rápida, si se quiere evitar que la temperatura aumente más de 2ºC, cifra a partir de la cual pueden desencadenarse fenómenos catastróficos irreversibles.

También en el año 2007 se produjeron significativas novedades relacionadas con el cambio climático. La primera de ellas fue la presentación por parte del Gobierno británico del llamado “informe Stern”, que dibujaba un escenario catastrófico en caso de no actuar para solventar este problema. Poco después fue la aparición en muchos cines del documental “Una verdad incómoda” en el que el ex vicepresidente de los EE.UU., Albert Gore, desmenuzaba de forma clara y sencilla las causas y previsibles consecuencias del problema. Todo ello fue acompañado en nuestro país de una masiva presencia mediática que se ha traducido en una creciente preocupación social. Hay que resaltar que desde esa fecha las noticias sobre el cambio climático son motivo de editoriales frecuentes, noticias de portada, amplios despliegues informativos, referencias tangenciales en muchas noticias de distintas secciones y comentarios en los artículos de opinión. Ante esta secuencia de acontecimientos, buena parte de la izquierda ha reaccionado colocando el cambio climático como uno de los más graves problemas que debe enfrentar la humanidad, pero no han faltado reacciones sorprendentes de algunos sectores que se autoproclaman más radicales. Hay quien señala que, aunque el problema existe, está siendo deliberadamente exagerado por sectores de las elites políticas y económicas para servir de cortina de humo ante los “de verdad” graves y viejos problemas sociales. La prueba del “9” sería que tanto Blair como Gore son políticos a los que sus actuaciones pasadas no colocan precisamente en la izquierda consecuente.

Para quien escribe estas notas es evidente que lo que procede es la lectura contraria y que más bien, ante este tipo de comportamientos, lo que toca preguntar es el motivo por el que sectores de la izquierda son tan reticentes a incorporar a su discurso las críticas sociales que vienen del ecologismo. En mi opinión este rechazo obedece a tres claves: muchos problemas ecologistas tienen una notable dificultad objetiva que los hace incomprensibles para quien no dispone de un mínimo de cultura científica (el cambio climático es uno de ellos), además su toma en consideración con coherencia impide el despliegue de discursos trillados que en sus orígenes eran de izquierda, y por último, una cierta intuición de que el grueso de la ciudadanía –también muchos izquierdistas– disfruta de privilegios que no son universalizables y a los que, en un mundo más igualitario, tendría que renunciar. Paradójicamente tras una fraseología que se pretende de izquierdas hay un sustrato material objetivo de derechas.

Y es que, volviendo al debate del cambio climático, si bien es cierto que los antes citados aldabonazos sobre la dimensión del problema provienen de ciertas elites político-económicas, no es menos cierto que los mismos hechos vienen siendo voceados desde hace años por el movimiento ecologista y descritos por la comunidad científica.

Pero sobre todo es que la descripción de las consecuencias del cambio climático dejan poco margen para la duda sobre cuál debe ser la actitud de una izquierda que sea consecuente. ¿Debe ser la izquierda indiferente al hecho de que el cambio climático afecte preferente a los pobres? ¿No debe preocupar que el calentamiento resulte en cambios repentinos en las tónicas meteorológicas regionales, tales como las lluvias monzónicas del sur de Asia o el fenómeno de El Niño, cambios que tendrían graves consecuencias para la disponibilidad de agua y para las inundaciones en las regiones tropicales, además de amenazar los medios de subsistencia de millones de personas? ¿Es poco de izquierdas remarcar que como consecuencia de la reducción en el rendimiento de las cosechas, especialmente en África, cientos de millones de personas podrían quedar sin capacidad para producir o adquirir alimentos suficientes? ¿Se debe ser indiferente al hecho de que inicialmente, la fusión de los glaciares aumentará el peligro de inundaciones y, a continuación, el suministro de agua se verá considerablemente reducido y que, no mucho después, ello amenazará al 16,5% de la población mundial y, en particular, a la del subcontinente indio, ciertas partes de China y la región andina de Sudamérica?

O por recurrir a fenómenos ya ocurridos descritos por un organismo como la OMS, el cambio climático provoca en la actualidad más de 160.000 víctimas cada año. También, en su informe correspondiente al año 2008, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) señala, entre otras muchas cosas: “El ciclón tropical que más muertes causó en 2008 fue Nargis, que se formó en el norte del océano Índico y asoló Myanmar a principios de mayo, causando la muerte de casi 78.000 personas y destrozando miles de hogares. Fue el ciclón más devastador que pasó por Asia desde 1991 y provocó el peor desastre natural jamás registrado en Myanmar”. O…: “En 2008 la temporada de huracanes en el Atlántico fue devastadora, pues causó numerosas víctimas y una destrucción generalizada en el Caribe, América Central y los Estados Unidos de América. Por primera vez en la historia seis ciclones tropicales (Dolly, Edouard, Fay, Gustav, Hanna e Ike) llegaron a tierra en los Estados Unidos de forma consecutiva y, también por primera vez en la historia, tres huracanes de gran intensidad (Gustav, Ike y Paloma) asolaron Cuba. Hanna, Ike y Gustav fueron los huracanes que provocaron mayor mortandad en la temporada, ya que causaron varios cientos de víctimas en el Caribe, entre las que se cuentan 500 muertos en Haití”. Los ciclones son fenómenos naturales en ciertas regiones, pero el aumento de su número y su intensificación son debidos al cambio climático.

En el mismo informe se añade: “En varios países de Asia meridional, entre ellos la India, Pakistán y Viet Nam, las fuertes lluvias monzónicas y lluvias torrenciales provocaron crecidas repentinas que causaron la muerte de más de 2.600 personas y causaron el desplazamiento de 10 millones de personas en la India. Al oeste de Colombia, precipitaciones continuas superiores a lo habitual desembocaron 30 A FONDO en graves inundaciones que afectaron por lo menos a medio millón de personas y causaron amplios daños y deslizamientos de tierras durante la segunda mitad del año”. La intensificación de los fenómenos extremos (lluvias torrenciales o sequías) son otras consecuencias del cambio climático.

No parece por tanto en modo alguno exagerado afirmar que se trata de una agresión de los países industrializados a los países pobres comparable a la que representa el pago de la deuda.

La tarea de la izquierda no es en modo alguno minusvalorar la importancia del cambio climático porque ahora es reconocido como problema por sectores que no lo son. Antes al contrario debe esforzarse por generalizar y asentar el conocimiento que se tiene del mismo. No resulta previsible que “pase de moda” 5 ya que, por su propia naturaleza, sus manifestaciones serán más y más visibles y su incidencia sobre la vida cotidiana de las personas será tan marcada que en modo alguno podrá ignorarse. Es importante ahora organizar a la sociedad para luchar con el problema y evitar la tentación, común a “expertos” y ONG ambientalistas, de dejar en manos de “los que saben” un problema tan complejo. Se trata de mostrar su relación con miles de luchas sectoriales (por el territorio, contra las infraestructuras de transporte, contra las centrales térmicas, luchas de solidaridad con los países empobrecidos…) y crear las condiciones que apunten a su solución.

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