El agua, como factor ecológico de humnidad, de espiritualidad y cooperación

Leonardo Boff

Cambio climático y crisis del agua

La Carta de la Tierra condensa una visión del planeta que va más allá de una visión científica y actual. Contiene exigencias de orden espiritual y éti­co, que a todos nos atañen. Habla de que es preciso aumentar la responsabi­lidad colectiva, entender tierra y humanidad como una gran unidad, en la que todos nosotros participamos y de cuyo futuro somos responsables.

Los datos del PICC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático) muestran que no es que vayamos al encuentro del calentamiento global, sino que ya estamos en él. Si antes la pre­ocupación era cómo preservar, cómo cuidar del patrimonio común que alber­ga la tierra y no ultrapasar los límites, la novedad de este Panel Intergubernamental es el decir que, de hecho, ya hemos pasado los límites. La nueva situación puede impli­car una enorme devastación de la biodiversidad, un cambio muy significati­vo de los climas, de las sequías y de las inundaciones; puede hacer desaparecer, hacia el final del actual siglo, millones de personas, cuyos terri­torios y países serán inhóspitos, no adecuados a la vida humana.

El documento del PICC dice que el fenómeno es antropogénico en un 90%, que las causas de lo que sucede residen en la actividad de los seres humanos; que cuando empezamos hace cuatro siglos el gran proceso de industrialización, se comenzó a contaminar el aire y a crear esa nube de dió­xido de carbono que va calentando lentamente la tierra. Ahora que estamos dentro de la nueva situación, nos toca adaptarnos a ella y aminorar los efec­tos dañinos; no se puede parar la rueda, la rueda está corriendo.

A mi juicio, este hecho va-a cambiar la conciencia colectiva de la humanidad, porque el problema es global: o nos salvamos todos o perecemos todos.

La otra crisis, que no es menor que la anterior, es la crisis del agua pota­ble. El agua, que puede ser un principio de solidaridad, de colaboración, pue­de ser también un motivo de guerras, de gran devastación. Sabe­mos que el agua potable es escasa, el agua asequible al ser humano es uno de los bienes más escasos del mundo, más que el petróleo, más que el uranio, más que el oro, más que la plata.

De toda el agua del mundo, solamente el 3% es agua dulce, el 97% es agua salada; y de ese 3% solamente el 0,7% es asequible al uso humano, por­que el resto está en acuíferos profundos, en los casquetes polares o en los interiores de las grandes florestas húmedas como el Amazonas. Es decir, no está asequible al ser humano, de manera inmediata.

Estamos, pues, frente a situaciones dramáticas que nos hacen pensar. Sé que la solución no cabe dentro del sistema actual, que tenemos que cambiar de sistema y por eso nos enfrentamos a profundas modificaciones civilizacionales. Con los recursos del sistema actual, no alcanzamos a dibujar un futuro de esperanza para la humanidad. Hemos de vivir con otros valores, otros principios, otra forma de conducción, otra for­ma de distribución, de consumo. Si no cambiamos, podemos conocer el cami­no ya recorrido por los dinosaurios.

Nuevo comienzo: planeta tierra y humanidad una gran unidad

Todos tenemos que aportar nuestra contribución. Yo, personalmente, creo que las religiones, las instituciones académicas, tienen una capacidad pedagógica enorme

Como dice la Carta de la Tierra, tene­mos que intentar un nuevo comienzo, mudar mentes y corazones, ya que en el arsenal de valores y principios de la actual civilización no encontramos soluciones inmediatas que nos garanticen un futuro de esperanza.

Ahora la crisis es global, del conjunto de las relaciones. Y como toda crisis, tiene la función de acrisolar, de purificar, de dejar el mundo libre de todos los añadi­dos que no son esenciales, que pueden caer.

Hay un nudo esencial, que a mi juicio está centrado en dos grandes temas: el tema del planeta y el tema de la humanidad. El planeta es la casa común, y hemos de darnos cuenta de que sólo tenemos este planeta, y no otro, para habitar en él. En cuanto al tema de la humanidad, los hijos e hijas de la Tierra, habitantes de este planeta común, en el cual todos debemos caber, hemos de vivir no con una economía de la abundancia, de la acumulación, sino con una economía de la decencia, una economía que permita a todos tener lo suficiente.

En este contexto, el agua es fundamental. Casi el 80% del total del agua está en ocho grandes países, Brasil es uno de ellos, es una potencia de agua. Brasil tiene el 13% de toda el agua dulce del mundo, especialmente en la par­te Amazónica y son muchos los que hoy dicen que Brasil va a pagar toda su deuda externa exportando agua dulce al resto del mundo.

El problema que tenemos, y eso hay que pensarlo, es que se están con­frontando dos modelos. Vivimos dentro de una sociedad mundial, y también nacional, donde lo que efectivamente cuenta no es lo político sino lo econó­mico. La economía es el eje estructurador de todas las sociedades modernas, ésa fue la gran transformación que los teóricos del análisis moderno de la economía denunciaron, y cito un nombre, Lukacs, que fue el primero en denunciarlo. El hecho de que la economía haya ganado centralidad, la ha dejado al margen de la política, ha hecho que todo sea mercantilizable, que todo sea transformado en una mercancía, desde la oración, la Santísima Trinidad, la sexualidad, hasta el agua, todas las cosas. Con todas las cosas se pue­de tener lucro, tener ganancia.

La lógica del sistema económico mundial, la macroeconomía, la lógica del mercado, no es la cooperación, es únicamente la competencia. Y en el mercado solamente sobrevive quien es más fuerte en la competencia.

El sistema ha convertido en mercancía

La crisis está en que el sistema ha ocupado todos los espacios, no ha dejado ningún espacio a la gratuidad, al amor, a cosas que valen pero que no tienen precio, ha convertido todo en mercancía. Hoy vemos exactamente eso, que una de las mercancías que está más buscada y privati-zada del mundo, es el agua. Hay una carrera mundial por la privatización de agua. Porque quien controla el agua tiene poder y quien tiene poder controla la vida, porque no existe vida sin agua. Por eso la primera afirmación que hay que hacer es que el agua es un bien natural, vital, insustituible y común. Creo que eso es indiscutible: ningún ser vivo, humano o no humano puede vivir sin agua.

El agua es un bien común natural, que la naturaleza nos da. La da para todos los seres vivos que necesitan de agua para vivir. Podemos hacer huel­gas de hambre de hasta 10, 12, 13 ó 15 días, pero no podemos quedarnos sin agua por más de 3 ó 4 días, porque nos deshidratamos y morimos. Entonces el agua es fundamental para todo tipo de ser y, desde luego, para el ser huma­no. ¿Por qué esta carrera mundial, en la que están metidas grandes empresas, para la privatización del agua?

La carrera por la privatización del agua está dirigida por grandes multi­nacionales como las francesas Vivendi y Suez Lyonnaise, la alemana RWE, la inglesa Thames Water y la americana Bechtel. Se ha creado un mercado de agua que involucra ya negocios con el agua de cien mil millones de dólares. Ahí está presente con fuerza, en la comercialización del agua mineral, Nes-tlé, Coca Cola, que originalmente no tenían nada que ver con el agua, y aho­ra sí, porque es un gran negocio.

Desde el año 2000, organismos de financiación como el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el Banco Mundial empezaron a condicionar la renegociación de nuevos préstamos, a 40 países, concediéndoselos bajo la condición de privatizar el agua que tienen, con todos sus servicios. Ocurrió con Cochabamba, Solivia, en el 2000, en donde en 2 meses, subieron las tasas del precio del agua un 35%, motivo que dio lugar a una rebelión de los indígenas. Decían que el agua es dada por la Pachamama, y expulsaron a la compañía americana Bechtel que tuvo que marcharse del país.

En la India gran parte de las ciudades tienen agua privatizada y a muchas de ellas solamente se llega con los coches cercados por la policía.

El agua se está convirtiendo en un factor de inestabilidad en todo el pla­neta, nos dice la FAO. Pueden ocurrir guerras por este motivo, porque se tra­ta de garantizar la vida, frente a la visión del mercado que trata de imponer su lógica al agua.

Hay un desprecio por el uso racional equitativo del agua, como ocurre en Turquía, de un lado, y Siria e Irak, del otro, o Israel y Jordania, de un lado, y Palestina del otro, o entre Estados Unidos y México. El desperdicio, el des­pilfarro del agua sin ninguna responsabilidad, en lavar los coches, los jardi­nes, los parques, fugas y reventones no reparados, es la exasperación del carácter privado de todo. Como hay agua en abundancia, el despilfarro del agua en Brasil es tan grande que puede decirse que el 46% del agua potable de Brasil se desperdicia. Con ese agua se podrían atender las necesidades de Francia, Suiza, Holanda, Bélgica y todo el norte de Italia.

Si concedemos espacio a la globalización y a la privatización del agua, vamos a tener escasez, un escasez de agua cada vez más creciente en la tierra.

Ésa es la visión que creo que está dominando, la que reduce el agua a una mercancía como cualquier otra. Pero el agua no es una mercancía como cualquier otra. Al ser tratada como recurso hídrico o como mercancía, se produce una gran tensión entre dos alternativas: o el agua es buena para el lucro, para la ganancia, o el agua es buena para la vida.

El agua desde la razón sensible y cordial

Hay que insistir: el agua no es un bien económico como cualquier otro, porque está tan íntimamente ligada a la vida que debe ser entendida como la misma vida, como los alimentos. No se pueden tener alimentos, ni digerirlos, sin agua. Yo personalmente llevo esta discusión a la FAO, que es el organismo mundial para la alimentación, porque la FAO todavía no entiende el agua como alimento, como el arroz, el trigo, el maíz. Es una discusión importante en la FAO. Sabemos que sin agua ningún alimento es posible.

Si queremos entender mejor el agua, tenemos que cambiar de registro. Todos somos rehenes de un tipo de racionalidad instrumental, analítica, que trasformá todas las cosas en objeto. Ésa es la típica razón de la modernidad, la razón instrumental, la razón del interés utilitario, pejro no es la única utili­zación de la razón. Si queremos comprender las varias signifícaCíólíés del alma, del agua, tenemos que darnos cuenta de otras utilizaciones, de otras expresiones de la razón. La razón simbólicaT^omo dicen muchos teóricos, filósofos modernos, la razón sensitrtcT-te^zón sacramental, la razón vital, la razón cordial como habla aquí en España Adela Cortina. Así, desde estas sig­nificaciones, el acceso al agua no se hace con el ojo del negocio y el interés, sino que se siente el agua como parte de nuestra propia realidad, como parte de nuestra vida.

La relación con algo que ya existe desde hace millones y millones de años, de donde venimos, pues sabemos que la vida, hace ya como ocho mil millones de años, viene del agua. Sabemos que gran parte de nuestra realidad corporal, más del 70%, es agua, que fundamentalmente somos agua, que el planeta Tierra sería mejor llamarlo continente agua, por­que más de dos tercios es agua.

Hemos perdido la capacidad de sentir la naturaleza

Utilizando una razón más humanística, vemos el agua como valor, el agua como símbolo de expresión de vida, el agua como algo sagrado, como toda la vida es sagrada, el agua como fue tratada por todas las grandes tradiciones reli­giosas y espirituales, como la expresión de la pureza, de lo que se puede lavar, de lo que se puede purificar y de’lo que produce vida. Los grandes místicos hablan no solamente del sol interior, hablan de la fuente interior don­de brotan aguas que dan sentido, vitalidad a la vida, irradiación a la vida. Todas estas dimensiones desaparecen completamente en esa perspectiva globalizadora de privatización y comercialización del agua.

Hay muchos pensadores de la cultura hoy que dicen que tal vez la crisis más importante de nuestro tiempo es esa crisis de civilización, que hemos perdido la capacidad de sentir, de sentir al otro, de sentir la naturaleza, de sen­tir la vida, que hemos sufrido, con siglos de racionalidad fría instrumental, analítica, hemos sufrido una especie de lobotomía, y por eso no sentimos la vida que sufre, la naturaleza degradada, los millones y millones de personas que tienen sed, más de mil millones de personas que no tienen agua suficien­te y son maltratadas.

La Organización Mundial de la Salud, el año pasado, dijo que el 73% de las enfermedades de los pobres vienen de aguas maltratadas, contaminadas.

Por otra parte, tenemos que admitir que hay una inversión necesaria en el agua porque hay que captar agua, hay que purificarla, hay que distribuirla. De las muchas utilizaciones que tenemos del agua, el 70% de ese 0.7% de agua dulce asequible, es utilizada por la agroindustria, por la agricultura. Las aguas para las grandes industrias deben ser tasadas, deben ser cobradas y legadas, pero el agua para matar la sed humana y de los animales, que es |Jif©eho y función de vida, ésa tiene que ser garantizada por el Estado, por el úblico, porque es algo tan sagrado como proteger la vida. Al igual que pernos la vida, hemos de proteger también el agua.

Necesario un contrato mundial sobre el agua

Por eso hay grupos que están en el Forum Mundial Alternativo del Agua (FAME), que se creó en 2003, en Florencia, bajo la influencia de esa perso­na que tiene liderazgo europeo, también un poco mundial, en la cuestión del agua, que es Ricardo Petrella. Fue jefe de las investigaciones del agua en la Comunidad Europea, en Bruselas, y ahora sigue como profesor en la Univer­sidad de Lovaina. Es un cristiano comprometido, que va por todas partes del mundo, fue incluso al parlamento brasileño, para llamar la atención sobre la responsabilidad que Brasil tiene con la Amazonia para mantener el equilibrio de la unidad de toda la tierra y habló al Parlamento, a los ministros. Él pro­pone una especie de contrato mundial del agua, dice que hace falta en el mun­do un contrato social sobre este tema.

Como no existe este contrato, la potencia más fuerte, económica, política y militar­mente, los Estados Unidos, imponen los rumbos a la globalización y definen los destinos de la humanidad, deciden cuáles son los países o pueblos cana­llas, cuáles son los buenos, cuáles los malos, cuáles los aceptables. Se preci­sa un contrato social mundial, hecho alrededor de algo que todos necesitamos sin ninguna excepción, alrededor del agua potable, como también una autoridad mundial del agua para que se pueda hacer una distribución equitativa de la misma y aten­der colectivamente a las necesidades humanas.

Necesitamos una coordinación central. El agua sería el elemen­to fundamental, alrededor del cual sería fácil conseguir un consenso mínimo que unificara la humanidad y garantizara a todos los seres humanos al menos, al menos, 50 litros de agua, por persona y día. La cuestión es cómo hacer que la humanidad encuentre una forma de hacer viable que toda la humanidad pueda garantizar su futuro bio­lógico mediante el agua.

Todos los pueblos del planeta como una familia

El riesgo está en que, como ‘dicen algunos datos, en el año 2020, unos 4.000 millones de personas puedan estar afectadas por escasez de agua pota­ble, una cifra que equivale prácticamente a dos tercios de la humanidad. El problema es también lo que eso puede significar en convulsión social, en con­flictos como los que ya existen ahora.

Diariamente mueren 6.000 niños por sed, los medios no dicen nada de eso, pero 6.000 niños equivalen a 10 enormes aeronaves cayendo y desapare­ciendo en los océanos cada día, muriendo todos los pasajeros, eso sería noti­cia en todos los periódicos, pero como son niños de la periferia del mundo, nadie dice nada de ellos.

Hay como 18 millones de niños y niñas que dejan de ir a la escuela por­que son obligados a ir a buscar agua, a 5 ó 10 kilómetros de distancia. Garan­tizándoles el acceso al agua, estaríamos garantizándoles la escuela y una vida mínimamente digna.

No hay alimentación, no hay ningún alimento que pueda existir y pueda ser consumido sin el agua. A partir del agua podemos tener una visión más fiiimana de la globalización. Sabemos que vivimos bajo la edad de hielo de la gfebaHzación, que es la globalización neoliberal económico-financiera. Pero fl sentido más profundo de la globalización, yo diría casi filosófico, es la glo-balízación como etapa nueva de la Tierra, de la humanidad. Cuando los pueblos que están distribuidos en todas las partes del mundo se mueven y se encuentran en un único lugar, y ese lugar es el planeta Tierra, van lentamen­te descubriendo que son una especie, una especie humana, que son una fami­lia humana, y que como familia tienen derecho a ser huéspedes unos de otros, derecho a ser hospedados y deber de hospedar, unos a otros, tener reciproci­dad y sentarse juntos a la mesa, para celebrar la generosidad de la tierra, con las aguas y los alimentos.

Todo esto es ahora una utopía pero no debemos dejar que continúe como utopía, sino transformarla en una realidad concreta de los seres humanos, que ahora llegan a esa fase nueva de la historia, de la tierra de la humanidad. En los años treinta, desde China, donde estaba exiliado, Fierre Teilhard de Chardin decía proféticamente que estábamos inaugurando la noosfera, la etapa nueva de la humanidad, porque nos interconectamos por todos los medios, porque las necesidades son comu­nes, tenemos la misma naturaleza, los mismos anhelos, las mismas búsque­das, las mismas necesidades básicas.

El agua es el punto donde convergen todas esas realidades. Tenemos que asumirlas como formas más fundamentales de sentir la dimensión no sola­mente material de la vida humana, sino la dimensión espiritual de la vida humana. El agua no es solamente algo material, está cargada de valores, car­gada de significaciones que alimentan nuestro espíritu y que dan sentido a nuestra vida.

Quisiera terminar con el texto de las escrituras cristianas del Libro del Deuteronomio. Ahí dice Dios: «Yo tomo el cielo y la tierra como testigos, yo os propongo la vida o la muerte, la bendición o la maldición, elegid por tan­to la vida para que vosotros tengáis vida y también vuestros descendientes, que podáis vivir bien y mucho». Creo que ligado a esta vida, a esta promesa, está el agua. Por eso, tenemos que protegerla, cuidarla, impedir que sea una mera mercancía, que sea bendición, que sea algo que nos hable de lo sagra­do y de lo divino. Nosotros hemos elegido la vida. Puedo hablar en nombre de todos, decir que todos hemos elegido la vida y por eso somos herederos de las bienaventuranzas y las promesas