EDITORIAL

Éxodo 91 (nov.-dic.’07)
 
EL neoliberalismo en el que vivimos ya comienza a flaquear. Aunque beneficioso y eficaz para unos pocos, nunca ha sido “el dorado” ni para la sociedad ni tampoco para el planeta que habitamos. Apoyado en la lógica del capitalismo, ha resultado abiertamente contrario a la deseable lógica de la humanización. Usa los enormes medios científicos y técnicos que él mismo ha creado, pero los está utilizando con fines partidistas y corporativos en detrimento de la colectividad. No es de extrañar que, visto desde los excluidos y empobrecidos, sea calificado abiertamente como “sistema perverso”. Y aunque en este número de Éxodo vamos a centrarnos específicamente en la economía, tampoco deberíamos olvidar la arbitrariedad con que el neoliberalismo organiza el poder, ni la desorientación que afecta a su tabla de valores.

Pero, si el sistema comienza a resquebrajarse, ¿disponemos ya de algún repuesto inspirado en una lógica alternativa? Desde el ángulo de la economía no parece fácil poner en funcionamiento otro sistema de producción, distribución y consumo que pueda ser globalizado. Indudablemente que se han dado y se están dando muchos intentos que pretenden racionalizar un poco más las cosas. Pero cabe preguntarse si estos nobles esfuerzos llegan a superar la dinámica individualista y mercantil del actual sistema o no son, en última instancia, más que loables intentos de reforma. Porque tenemos la sensación de que el capitalismo es el big brather a cuyo control hegemónico nada se escapa, o como el dios griego, Cronos, que acaba devorando siempre a sus propios hijos.

Las alternativas que se nos ofrecen para una vida humanamente digna y éticamente consecuente parecen encerrarse en esta disyuntiva : o reforma en profundidad del actual sistema o apuesta decidida por una revolución que lo vuelva patas arriba y empiece, con paciencia y humildad, a cultivar algo que nos resulte más coherente con los recursos de la tierra y más honesto con las necesidades de los humanos. En este sentido, nos hacemos preguntas como las siguientes: ¿qué pasaría en el mundo si, por consenso universal, decidiéramos un día abolir el sacrosanto derecho de la propiedad privada, al menos en ese nivel que afecta a los medios de producción?; ¿qué pasaría en el mundo si decidiésemos conjuntamente socializar los recursos económicos, que son de tod@s, para ponerlos a disposición de su verdadera dueña, la humanidad?; ¿soportaría este mundo nuestro esa propiedad colectiva y sabría organizarla de forma rentable y respetuosa con los limitados recursos del planeta?

Sin ir quizás tan lejos, las reflexiones de este número tratan de entrar por esas grietas que está dejando un sistema que se está resquebrajando y situarse en esas zonas desde donde aún es posible mantener con la dignidad la tensión utópica y unas prácticas éticas que intentan caminar hacia la alternativa. ¿Reformismo transitorio?