Desmaterializar, desmercantilizar, despatriarcalizar y descolonizar

Santiago Álvarez Cantalapiedra

Las mujeres, la naturaleza y los pueblos y países explotados son las colonias del Hombre Blanco. Sin esa colonización, o sea, sin su subordinación en aras de la apropiación predatoria (explotación), no existiría la famosa civilización occidental ni su paradigma de progreso (María Mies y Vandana Shiva)[1]

El capitalismo es un sistema económico que vive de la explotación de sus colonias y que genera un modo de vida imperial. Como señalan María Mies y Vandana Shiva, esas colonias son las mujeres, la naturaleza y los países del Sur. Su desarrollo histórico ha conducido a la crisis ecosocial en la que nos encontramos. La dinámica expansiva capitalista, impulsada por el ánimo de lucro y el individualismo competitivo, choca con los límites naturales y desbarata los vínculos sociales, afectando de esa manera las condiciones materiales que permiten la reproducción de la vida y de la existencia social.

Para comprender esta dinámica colonial del capitalismo hay que tener en cuenta que la economía se encuentra inserta en la sociedad y en los sistemas naturales. No es posible una comprensión cabal de la economía sin referirnos a esa dimensión social y ambiental. Es algo que ponen de manifiesto tanto la economía feminista como la economía ecológica. La primera, al resaltar que la mayor parte del trabajo real de provisión del sustento se realiza en el marco del hogar y que las personas, ya sea como trabajadoras o como consumidoras, no aparecen por ensalmo en el ámbito mercantil. Alguien las ha cuidado, las ha alimentado y las ha educado previamente. La segunda, cuando señala que los ecosistemas sostienen la vida y juegan un papel básico para el propio funcionamiento económico: proveen recursos que se transforman en bienes y servicios a través de la actividad económica y absorben los residuos que esa actividad genera.

Para lograr aprovecharse del trabajo doméstico desempeñado mayoritariamente por mujeres y conseguir apropiarse del trabajo y los recursos naturales de los países del Sur, el capitalismo –siendo el mismo un sistema de explotación y dominación de clase– se apoya en otros sistemas de opresión. Así ha sido históricamente. No hay más que constatar cómo a lo largo de su existencia se ha desarrollado con la ayuda del colonialismo y el patriarcado. El fin del colonialismo histórico abrió la puerta a nuevas formas coloniales, de manera que la colonialidad persistió tanto en el interior de los Estados surgidos de lo que antaño fueron colonias como en las relaciones que aquellos establecieron desde entonces con sus antiguas metrópolis. Viejos y nuevos colonialismos que marcan tanto continuidades como rupturas en relación con las modalidades de apropiación de los recursos naturales y la fuerza de trabajo de los países del Sur. Las nuevas reglas neocoloniales han facilitado que los países del Norte puedan eludir en gran medida sus tensiones distributivas internas trasladando las contradicciones y los conflictos al Sur, a los territorios a los que se encarga el papel de suministradores de fuerza de trabajo y recursos. Algo similar ocurre con el ámbito doméstico, al que se trasladan buena parte de las tensiones y contradicciones generadas en la esfera productiva. Así, por ejemplo, la disminución de los ingresos del hogar se suele compensar habitualmente intensificando el trabajo doméstico y de cuidados para intentar evitar un deterioro en el bienestar familiar.

Estas dinámicas, emanadas de unas estructuras e instituciones asentadas en desiguales relaciones de poder, dan lugar a un modo de vida que podríamos calificar de ‘imperial’ al ser un modelo que genera bienestar a unos pocos a costa del malestar de la mayoría. Es un modo de vida que revela las profundas relaciones existentes entre la riqueza del Norte y el deterioro de las condiciones de vida y los conflictos en el Sur, entre la comodidad de los varones y el ‘desvivirse’ por la familia de las ‘abnegadas’ esposas y madres, entre la opulencia material de las sociedades industriales y la destrucción global del planeta. El bienestar que disfruta una parte de la población mundial no se puede extender al resto sin empeorar las condiciones de vida de toda la humanidad, amenazando de forma inmediata la vida de los más pobres.

Crisis ecológica y de cuidados

El modo de vida imperial ha provocado la actual crisis ecosocial que padecemos. Ha ocasionado, por un lado, una fractura metabólica con la naturaleza y, por otro, una fractura social con la comunidad y el hogar. Cada fractura merece un breve comentario.

Con anterioridad a la revolución industrial, las sociedades se organizaban en el plano material básicamente a partir de los recursos bióticos, siguiendo un modelo de desarrollo acorde con la naturaleza, concebida no sólo como el hogar que alberga la vida y proporciona los recursos, sino también como la maestra que enseña a organizarlos. El funcionamiento de las sociedades agrarias tradicionales se basaba en una economía solar y circular: se aprovechaba una fuente prácticamente inagotable de energía, el flujo solar, y apenas existían residuos porque la mayor parte de la cosecha no utilizada, así como los excrementos humanos y del ganado, eran utilizados como abono para la tierra, permitiendo con ello el inicio de un nuevo ciclo de cultivo. Sin embargo, estos criterios biomiméticos fueron abandonándose progresivamente en el tránsito hacia la sociedad industrial que se inicia hace más de dos siglos en las economías centrales del capitalismo, y se expande posteriormente por todo el mundo. Esta falla en los intercambios de materia y energía con la naturaleza da origen a la crisis ecológica global, convertida hoy en la principal amenaza existencial.

La segunda fractura adquiere la forma de una crisis de cuidados. En el interior de los hogares las personas, mayoritariamente mujeres, realizan una enorme cantidad de trabajo. A lo largo de la vida, el tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados es considerablemente superior al del trabajo de mercado. Mediante esta actividad se producen bienes y servicios que, aunque no aparecen en las estadísticas económicas, son importantísimos a la hora de satisfacer las necesidades de las personas. Especialmente relevante es la actividad destinada a cuidar a las personas a lo largo del ciclo vital. En la actualidad se da una combinación de factores que tensa las articulaciones tradicionales entre las esferas productiva y reproductiva. Los principales son los siguientes: el envejecimiento de la población y los cambios demográficos que experimentan las sociedades de occidente; el cuestionamiento del papel del Estado de bienestar y, en concreto, la permanencia de las políticas de ajuste del gasto social; finalmente, y no menos relevante, las dificultades propias con las que se encuentran las mujeres a la hora de insertarse en el mundo laboral. Es un cóctel explosivo que ha provocado una crisis de cuidados y, como consecuencia, un grave deterioro del bienestar social y la calidad de vida.

El incremento de la esperanza de vida siempre se ha visto como una bendición. España es uno de los cinco países del mundo con valores más altos: 80,1 años en el caso de los hombres y 85,5 en el de las mujeres. La evolución positiva de este indicador viene acompañada, sin embargo, de otros fenómenos: el progresivo envejecimiento de la población y el aumento de las necesidades de cuidados de las personas. Entre el 80 y el 90 por ciento de las personas mayores de 65 años que obtuvieron atención en su hogar la recibieron de cuidadores informales, esto es, de personas que desempeñaron su trabajo de cuidados sin especialización profesional ni ningún tipo de remuneración. Los cambios en la estructura y relaciones familiares (familias más pequeñas, sin hijos, incremento de las tasas de divorcio y segundas nupcias, aumento de la participación laboral femenina, etc.) afectan a la disponibilidad de cuidadores informales. Por otro lado, el descenso de la natalidad ahonda en el desequilibrio. En la era del baby boom (entre los años 1958 y 1977) se producían alrededor de 650.000 nacimientos anuales; en la actualidad, sin embargo, el número de nacimientos anuales apenas supera los 400.000 en nuestro país [2].

Esta situación de mayor necesidad de cuidados y menores efectivos de cuidadores tradicionales podría compensarse con un mayor compromiso de toda la sociedad a través de la acción del Estado y, en particular, con una mayor asunción de responsabilidades por parte de los hombres en el interior del hogar. Sin embargo, no se ha producido ni lo uno ni lo otro. Desde la esfera estatal, apenas se ha compensado esta merma con servicios de asistencia pública, mientras que el patriarcado sólo ha retrocedido en el campo retórico sin traducción sustancial en las prácticas de los varones. Únicamente el mercado ha ido ampliando su oferta de atención a los mayores, pero esta solución sólo resulta accesible para quien se la pueda pagar. Además, esta expansión mercantil de los trabajos y tareas de cuidados se está realizando bajo unas condiciones laborales extremadamente precarias en unos sectores muy feminizados. El ánimo de lucro presente en las empresas que operan en el sector tampoco ayuda a incrementar la calidad y calidez de los servicios de cuidado que se prestan a las personas.

Además, la globalización ha hecho que la crisis de cuidados adquiera dimensiones globales. Varios factores contribuyen a ello básicamente. Uno de ellos es la erosión que sufre el Estado como consecuencia de la globalización de orientación neoliberal. Como se ha señalado, la esfera estatal también interviene en la reproducción a través del gasto social, principalmente en educación, sanidad y servicios sociales. La globalización deteriora la capacidad de acción y las bases fiscales que permiten financiar los sistemas públicos de protección social. Por otro lado, otro factor de la dimensión global de esta crisis tiene relación con la cadena global de cuidados. Un rasgo de la globalización es el incremento de los flujos migratorios desde el Sur hacia el Norte y, más específicamente, el fenómeno de la feminización de la emigración. La crisis del cuidado en los países del Norte ha creado una demanda privada de servicios domésticos que pretende cubrir las necesidades no resueltas. En las últimas décadas, esta demanda ha sido cubierta en gran medida con fuerza de trabajo foránea procedente de la migración. Así pues, en los países receptores la crisis del cuidado se ha solventado, al menos parcialmente, con la llegada de esa migración femenina. Pero esa solución se logra a costa de los países emisores, debido a que al emigrar desaparecen de esos lugares las cuidadoras, aunque no así las necesidades que cubrían.

De esta manera la crisis de cuidados del Norte se traslada al Sur. Es un rasgo habitual del capitalismo trasladar tensiones no resueltas de un lugar a otro o demorarlas en el tiempo. Si ponemos ahora el foco en la clase social llegamos a la misma conclusión: las soluciones que encuentran las familias adineradas suelen traducirse en nuevos problemas para los hogares de las clases subalternas. Son conflictos que surgen de unas relaciones atravesadas tanto por la dimensión de género como por la existencia de clases sociales y escalas espaciales. Tensiones que parecen difíciles de superar de forma satisfactoria para todas las partes en conflicto si no se logra subvertir conjuntamente el orden patriarcal, la sociedad clasista y las relaciones desiguales entre los países.

Otra economía

Para resolver estos problemas tenemos que desatar el nudo de contradicciones en el que nos sumerge este tipo de economía, es decir, tenemos que desmaterializar, desmercantilizar, despatriarcalizar y descolonizar las relaciones sociales en todos los ámbitos (en el internacional, en el nacional y en el de las relaciones interpersonales).

A la hora de presentar alternativas, hay que recordar que la cooperación en la búsqueda del bien común (frente al individualismo competitivo que sólo busca el interés propio) ha estado presente en casi todas las iniciativas que, a lo largo del siglo xix y hasta la primera mitad del xx, fueron surgiendo en Europa como respuesta a las consecuencias sociales que se iban desprendiendo del desarrollo industrial capitalista. Desde los planteamientos de los llamados socialistas utópicos –con la idea de Henri de Saint Simon sobre la ‘sociedad de productores’, las cooperativas de Robert Owen o el falansterio de Fourier–, pasando por las propuestas de estatalización de los medios de producción que Marx y Engels plantean en el Manifiesto Comunista (1848), y por las comunidades campesinas que defienden los narodnikis o populistas rusos, la comuna de París en 1871 o las comunas anarquistas concebidas como municipios autónomos que se unen a otros distritos por el principio federativo, hasta llegar a los consejos obreros que se definen como una forma de democracia en el lugar de trabajo.

En la actualidad reaparece en las iniciativas que conocemos como economía solidaria y subyace en la mayoría de las propuestas procedentes del ecologismo, el feminismo, las comunidades indígenas y campesinas y, en general, de aquellos movimientos que perciben la contradicción entre las relaciones capitalistas y las condiciones que garantizan la reproducción de la vida humana.

Los mercados de trueque, los bancos de tiempo, las iniciativas que comparten herramientas de trabajo o parcelas de tierra para plantar huertos comunitarios, los bosques y pastos de aprovechamiento común, los trabajos y las tareas comunitarias, las cesiones temporales de bienes, los consumos compartidos, los favores, etc., han estado siempre presentes en la comunidad como expresión de los vínculos familiares y vecinales existentes entre sus miembros. Con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información, el crowdfunding ha permitido financiar proyectos que se encontraban excluidos de los canales convencionales de crédito, las plataformas de alojamiento gratuito han ofrecido a sus usuarios intercambios de hospitalidad y los espacios de coworking han facilitado el desarrollo de diferentes proyectos sobre la base de unos recursos compartidos. El software libre y el movimiento por un código abierto (open source), el sistema operativo Linux, las licencias Creative Commons, las wiki o páginas web cuyos contenidos pueden ser editados por múltiples usuarios, junto a muchas otras iniciativas colaborativas, apuntan hacia formas nuevas de producción preocupadas por la economía de lo común.

La economía solidaria implica otras motivaciones, propósitos y reglas de funcionamiento. No le basta con nuevos aportes tecnológicos si no van acompañados de transformaciones profundas en las estructuras de poder empresarial y en las relaciones coloniales, de género y de propiedad. Ahí se encuentra la clave de todo.

[1] María Mies y Vandana Shiva, Ecofeminismo (teoría, crítica y perspectivas). Icaria, Barcelona, 2015, p. 103.

[2] Véase las Estadísticas del movimiento natural de población del Instituto Nacional de Estadística y el número 28 de la revista Panorama Social dedicado el envejecimiento de la población, la familia y la calidad de vida (FUNCAS, segundo semestre 2018).