DESFASE DE LA IGLESIA ANTE EL DESAFÍO CIENTÍFICO-TECNOLÓGICO

Juan Masiá

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Juan Masiá –
 
Desfase sería la metáfora clave para describir la situación incómoda de las iglesias cada vez que se han visto confrontadas con los retos de los nuevos saberes. Lo retrata la historieta de la carreta de bueyes y el carro de mulas. Érase un campesino que se resistía a abandonar la carreta tirada por bueyes, con la que había trabajado toda su vida. Sus hijos, que pertenecían ya a la generación siguiente progresista, tardaron años en persuadirle para que cambiase la carreta de bueyes por el carro moderno tirado por mulas. La historia se repitió cuando los nietos compraron el primer automóvil familiar, hasta que se aficionó el abuelo a pedir que le llevaran en coche a recorrer la finca. Decidió entonces comprarse uno con sus ahorrillos, pero era demasiado tarde. El ayuntamiento expropió su terreno, porque tenía que pasar por allí la autopista. Dejó el coche en herencia a sus nietos, pero ya no les servía. Por las nuevas autopistas se circulaba a más velocidad y el antiguo vehículo se había quedado desfasado.

Semejante ha sido la historia de los desfases de las iglesias ante los nuevos saberes. Se ha repetido el esquema de la reacción inadecuada: primero, el miedo; a continuación, la agresividad apologética; al fin, un compromiso a regañadientes, que llega demasiado tarde. Ocurrió así ante el reto del evolucionismo en el siglo XIX y ante el desafío del psicoanálisis en el siglo XX, por no citar más que dos ejemplos.

CIENCIAS, RELIGIONES E IDEOLOGÍAS

Un doble reto se plantea hoy: los nuevos saberes y las religiones se dan qué pensar mutuamente. Los desafíos de la tecnociencia incitan a revisar enseñanzas y normas a la luz de nuevos datos. Las religiones, sin imponer normas, podrían contribuir a la búsqueda interdisciplinar e intercultural de criterios. El enriquecimiento será mutuo, pero el reto es fuerte para ambas partes.

Se quejaba Unamuno del “odio teológico” cuando le combatían algunos teólogos dogmatizadores; pero también le dolía el “odio antiteológico” por parte de anticlericales beligerantes, típicas ambas agresividades del ambiente extremista hispánico. Quienes convierten la fe en ideología y quienes hacen de la ciencia una religión no dejan pensar. Ciencias y religiones se han convertido a menudo en ideologías. Una ciencia y una religión que no se convirtieran en ideologías coincidirían en salir de sí y abrirse a la realidad por caminos diferentes. Ambas se dejarían cambiar por cada nuevo descubrimiento de la realidad. Las actitudes de preguntar, buscar, reconocer la propia ignorancia, no pretender valor absoluto para el propio punto de vista, y bajar la cabeza ante la realidad deberían ser comunes a las ciencias y a las religiones.

IGLESIAS Y TEOLOGÍAS ANTE LOS NUEVOS SABERES

Todavía existen áreas de la sociedad y la iglesia ancladas en el pasado. Ante los desafíos de los nuevos saberes y sus aplicaciones tecnológicas, se enfrentan portavoces del “moralismo teológico” contra quienes abanderan un “ amoralismo antiteológico”.

Un planteamiento crítico de la relación entre la reflexión creyente y los retos científico-tecnológicos evitaría los dogmatismos teológicos o los reduccionismos científicos. Se resume en dos puntos:

1. Las religiones deberían incorporarse al movimiento de diálogo ético cívico en busca de valores comunes, pero sin entrometerse a dictar normas de moralidad que frenen el aprovechamiento de los resultados científico-tecnológicos según unos valores consensuados en la sociedad civil, plural y democrática.

2. La aplicación tecnológica de los resultados de los nuevos saberes debería realizarse en el marco de un diálogo cívico sobre ética, que tenga en cuenta diversas tradiciones culturales, sin imponer ni excluir la aportación de las perspectivas cosmovisionales, filosóficas o religiosas.

La teología católica llega tarde a estos debates, además de verse frenada por parte de autoritarismos eclesiásticos. Haría falta tomar más en serio ciencias y tecnologías; perder el miedo a repensar radicalmente mucho de lo que iglesias y teologías han venido diciendo durante siglos, en un lenguaje demasiado mítico o ingenuo, sobre cuestiones que requieren atención a los datos científicos.

Dicha revisión no debería ser obstáculo para que la reflexión teológica aporte, no imponiendo sino proponiendo, perspectivas que amplíen el horizonte de los debates sobre los nuevos desafíos, pero sin sofocar desde instancias eclesiásticas la justa laicidad de las sociedades plurales y democráticas.

¿Es demasiado utópica esta visión? Efectivamente. Esta relación ideal se ha frustrado a menudo. Pondré tres ejemplos, tomados del campo de la bioética.

1. En el caso del debate sobre trasplantes de órganos, el desafío de medicina y tecnociencia fue bien acogido por la reflexión teológica.

2. En el caso de los debates sobre limitación del esfuerzo terapéutico y afrontamiento de la muerte con dignidad, el desafío de los nuevos logros biomédicos no acaba de ser bien acogido por la reflexión teológica, demasiado condicionada por el miedo infundado a la llamada con ambigüedad “pendiente resbaladiza de la eutanasia”.

3. En el caso de los debates sobre reproducción asistida, medicina regenerativa e investigación con células madre o sobre cuestiones que afectan a los primeros estadios de la embriogénesis, la acogida de los desafíos de los nuevos saberes por parte de la reflexión teológica sigue siendo muy deficiente, a causa del atolladero en que se encuentran las posturas eclesiásticas en los temas relativos a la sexualidad humana.

PRIMER EJEMPLO: LOS TRASPLANTES

En el caso de los trasplantes, el cambio de paradigma de pensamiento, requerido para una buena relación de integración entre el desafío de los nuevos saberes y la teología, se llevó a cabo rápidamente. En los años cincuenta se discutía si era justificable la donación de un órgano, según los criterios tradicionales sobre mutilación quirúrgica y apoyándose en el llamado principio de totalidad. Pero pronto se pasó a repensar este principio y a hablar de donación, en vez de mutilación. Enseguida se llegó, no sólo a permitir, sino hasta a recomendar los trasplantes. En el caso de la ley española, las recomendaciones a su favor vinieron, cosa inusitada, hasta de labios de obispos que deseaban ser donantes por solidaridad.

Llama la atención el enfoque favorable a los trasplantes en una fecha tan temprana como 1956, por parte de Pío XII. Aunque el tema central era el trasplante de córnea, a partir de ahí se extiende el discurso a los criterios para la obtención de tejidos u órganos de un cadáver con finalidad terapéutica o científica. Se dio en este caso un cambio de paradigma decisivo. En los manuales tradicionales de teología moral, la amputación de un órgano se trataba como mutilación y se justificaba solamente por el llamado principio de totalidad. Por ejemplo, si había que amputar una pierna para salvar la vida de una persona, se justificaba la operación por el beneficio para el conjunto de su cuerpo. Pero con ese paradigma no era posible justificar la donación de un órgano en vivo para beneficio de otra persona. La manera tradicional de entender el principio de totalidad habría exigido que la amputación redundase en beneficio del cuerpo del donante. Pero se cambió de paradigma y se reinterpretó el principio de totalidad, entendiendo la donación como un beneficio, no sólo para la persona recipiente, sino también para la donante, ya que ambas forman parte de la totalidad solidaria. Si semejante cambio de paradigmas se hubiese usado al tratar los problemas del manejo biomédico de situaciones al comienzo y final de la vida o en los debates sobre regulación de la natalidad, habría sido más fácil responder a los desafíos de los nuevos avances tecnocientíficos. Desafortunadamente en esos otros casos no fue así y seguimos con esa asignatura pendiente hoy día.

SEGUNDO EJEMPLO: SITUACIONES LÍMITE AL FINAL DE LA VIDA

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