Desde San Carlos Borromeo

Javier Baeza

Siendo una palabra que el pasado año entronizó el diccionario “Oxford”[1], parece más que conformaría eufemismos del lenguaje. Seguramente porque, hablar de posverdad, es referirnos a la mentira[2]. Los caminos intermedios despistan y adolecen de coherencia con la realidad. Pero esta convivencia entre verdades, mentiras y medias verdades o medias mentiras, es posible gracias a que, precisamente, la “posverdad es una mentira que ansiamos creer porque confirma nuestro punto de vista”[3]. Esto evidencia que la posverdad es causa y efecto del narcisismo social e individual en que nos movemos.

1ª En el mundo de la exclusión estas situaciones son muy antiguas. Seguro que mucho más arcaicas que la utilización o entronización académica. Quienes habitan los márgenes de la inclusión y la normalización social, han sido sometidos muchas veces a la disociación entre lo que ellos vivían –y cómo se les trata- y aquellos marcos teóricos o normativos que supuestamente defendían su dignidad, prosperidad y bienestar social. Seguimos amparados en el mundo de los “derechos”, sin percatarnos que las personas previamente tenemos “necesidades”[4]. Y mientras estas segundas no sean satisfechas, los primeros serán quimeras sobre las que se asiente el aburguesamiento de nuestras sociedades o sobre los que repose el malestar individual frente a la realidad.

Otro elemento importante de este momento que vivimos es la posesión. Al haberse pontificado como absoluto el capital, la financiarización de la existencia, todo lo que no se posea no existe, no tiene validez. Nuestra relación con los otros no depende de nuestra pertenencia al grupo, colectivo o barrio. Ni siquiera nuestra pertenencia a un club significa vinculación con el mismo. Sólo si tenemos certeza de poseer algo o todo de ello, tendremos sentimiento de dominio sobre la realidad. Por eso es tan importante desvelar –desvelarnos- que la pertenencia “es mucho más rico, más complejo y perfecto que la simple posesión”[5].

2ª Y esta rica pertenencia nos lleva a la solidaridad. Empeñada ésta en hacerse hueco en una sociedad consternada por las tragedias ajenas, pero igualmente hipnotizada ante la imposibilidad real de actuar y acometer transformaciones. Y mientras, en sectores sociales precarios, donde las necesidades perentorias parecen ahogar la existencia, resurgen esos gestos “reales y serios” de complicidad entre iguales que genera redes de solidaridad, ahora llamadas de autoayuda, que colaboran eficazmente en aminorar los destrozos de esta crisis en la que muchos vivimos. Esas relaciones tan asimétricas que pasaron de pedir ayuda a intentar prestarnos ayuda y juntos atisbar otros horizontes.

[1] Rubén Amón, El País, 17-11-2016

[2] Javier Gallego, eldiario.es, 14-12-2016

[3] Javier García Martínez, El Mundo, 10-3-2017

[4] Enrique Martínez Reguera. Cadena Ser, 19-3-2017

[5] Almudena Grandes, El País Semanal, 21-8-16