DEMOCRACIAS EN DECLIVE

Juan Diego García

Exodo 107 (ener.-febr) 2011
– Autor: Juan Diego García –
 
El sistema democrático experimenta un notable desgaste en las denominadas democracias consolidadas de Europa mientras en los Estados Unidos padece un proceso de deterioro acusado que restringe los espacios democráticos con prácticas que se creían sepultadas tras la pesadilla del macartismo y la discriminación racial institucionalizada.

En el Viejo Continente, aunque se mantienen las formas del sistema democrático se vive desde hace más de una década un paulatino proceso de desmantelamiento del Estado de Bienestar, una limitación cada vez mayor de los derechos civiles, un incremento del rechazo a las minorías con expresiones crecientes de racismo y xenofobia, el repunte electoral de la extrema derecha y la renovación de un espíritu colonialista de nuevo tipo que va desde las aventuras individuales en ultramar hasta el compromiso cada vez más estrecho con la estrategia imperialista de los Estados Unidos, principalmente a través de la OTAN, convertida ya en una especie de brazo armado del capitalismo occidental.

La burguesía europea renuncia a un modelo de capitalismo con rostro humano alcanzado con tantos esfuerzos después de la Segunda Guerra Mundial y en lugar de la Europa de la ciudadanía se levanta sin prisa pero sin pausa la Europa de los mercaderes procediendo a desmantelar el entramado de seguridades en todos los órdenes que si bien no anula la lucha de clases sí proporciona cierta estabilidad y un control así sea temporal de las tendencias más dañinas del sistema. Con independencia del color político de los gobernantes se avanza en el desmonte del fundamento institucional en el cual se desarrolla el juego democrático. La estrategia en curso intenta regresar al capitalismo clásico, a la plena libertad del capital, a un estado de cosas que si bien asegura enormes e inmediatas ganancias a las clases propietarias también agudiza las contradicciones naturales del sistema y engendra tensiones revolucionarias, tal como sucedió en el pasado. Ni siquiera las voces sensatas del reformismo burgués que ven con claridad estos riesgos merecen la menor atención, y envalentonada por la debilidad temporal de las fuerzas del trabajo la derecha continúa aplicando las mismas fórmulas que han llevado a la presente debacle, a una crisis cuyas dimensiones aún no se pueden calibrar y que bien puede calificarse como igual o peor que la Gran Depresión de 1929.

El deterioro de la democracia empieza por su base material cuando fallan los mecanismos que garantizan la satisfacción de las necesidades básicas comunes (empleo, salud, educación, pensiones, vivienda, etc.). En contraste con la seguridad de antaño ahora se impone un mundo de competencia despiadada y cálculo frío en el cual la condición del ciudadano –ese logro fundamental del humanismo– se reemplaza por la del simple consumidor. El deterioro del valor de la persona como tal es evidente y en su lugar el mercado en su “sabiduría” establece el dogma conocido de “tanto tienes, tanto vales”. Pero el desgaste de la base material de la democracia se produce al tiempo que se vienen abajo otros elementos claves del sistema y el panorama se transforma sin cesar en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

La política llega a su punto más bajo de valoración por parte de la ciudadanía. Es común que se asocie esta actividad con la corrupción, el engaño y la inconsecuencia. Las promesas electorales se formulan a sabiendas de su incumplimiento posterior y líderes que en su momento despiertan las esperanzas de amplios sectores de la ciudadanía (Obama o Zapatero, por ejemplo) terminan convertidos en simples instrumentos en manos de fuerzas minoritarias pero muy poderosas; esas que realmente deciden. Si el voto de millones de personas vale menos que el de un banquero, el elector caerá primero en el desaliento o la indiferencia para pasar luego a la indignación, la protesta y la búsqueda de caminos diferentes (no necesariamente los mejores).

Los partidos ya no son los canales idóneos de la participación política; de hecho, han perdido sus señas de identidad ideológica y sus estructuras internas son todo menos democráticas. Socialistas y socialdemócratas ya no abogan siquiera por las fórmulas más moderadas del keynesianismo mientras los democrata-cristianos abandonaron hace años el ideal de un capitalismo reformado y de rostro humano. Ambos han claudicado y actúan hoy como los más convencidos neoliberales y proceden en consecuencia. Los gobiernos y los parlamentos deciden poco o nada; las decisiones importantes las dictan abiertamente minoritarios grupos de banqueros y especuladores, las grandes fortunas, la burguesía parasitaria y decadente y las empresas multinacionales que acumulan riqueza y poder a veces muy por encima de naciones enteras. No resulta extraño entonces que la ética pública también se deteriore. La ciudadanía observa atónita el espectáculo de gobernantes histriónicos, corruptos, de un machismo vulgar y una vida licenciosa opuesta al más elemental respeto por la moral. No faltan aquellos a quienes se vincula abiertamente con la mafia o con los entramados del delito de cuello blanco (las mafias de salón). El cinismo, la mentira y el juego sucio se ponderan más que el comportamiento consecuente y limpio, por lo común valorado como muestra de debilidad o falta de liderazgo. Los gobernantes se aseguran la total impunidad por sus actos públicos y el juego de saltar de la política a los negocios y de éstos a la política ya es pan de cada día diluyendo la indispensable distancia entre los asuntos públicos y los privados. La política, más que un servicio se convierte en una inversión de réditos seguros y no falta el dirigente que afirme sin ruborizarse que “vine a la política a forrarme”. Y efectivamente, lo alcanzó con creces. En estas condiciones ¿no es entonces explicable que colectivos cada vez más amplios de ciudadanos se abstengan de participar en los eventos electorales y hagan oídos sordos a los llamados de los políticos? ¿Resulta extraño acaso que más y más personas pasen del enfado y el estupor iniciales al convencimiento de la necesidad de buscar caminos alternativos que superen el orden existente?

Las calles de Francia, Reino Unido, Italia, Grecia, Chequia, España, Portugal y otros lugares de Europa son hoy escenario de gigantescas manifestaciones de descontento, de huelgas generales, movilizaciones populares y abiertos rechazos a las medidas gubernamentales. El malestar ya es inocultable y nadie comprende cómo, precisamente en el momento en que se genera más riqueza que nunca antes en la historia humana, se intente convencer a la ciudadanía de la inevitabilidad de un futuro con más trabajo y menos bienestar. Resulta todo un sarcasmo que hoy, cuando hay riqueza suficiente para todos (inclusive para la periferia pobre del sistema mundial), se imponga la reducción aún mayor de la parte que corresponde a las clases laboriosas mientras crecen sin medida los beneficios del capital.

Una respuesta más contundente y eficaz por parte de la ciudadanía obedece a varios factores, empezando por la falta de un programa común que dé forma a las propuestas y concrete soluciones, aunque hay que registrar que se han dado avances en esta dirección. Como reacción primera es comprensible que se proponga detener el proceso de deterioro veloz de lo actual (en todos los ámbitos) y se busque la reivindicación de lo perdido. Es ciertamente atinado y realizable exigir, por ejemplo, el control riguroso del capital financiero por parte de las autoridades y la creación de un sólido sistema bancario de carácter público; lo es igualmente una profunda reforma del sistema fiscal de suerte que el capital aporte de manera proporcional a sus beneficios y se cumpla el principio democrático según el cual debe pagar más impuestos quien más renta percibe o que se incrementen los salarios y en general el gasto social no solo por razones de justica sino porque, como se sabe, es una manera demostrada de aumentar el empleo, el consumo y, por ende, la actividad económica. Desde una perspectiva más global, habría que destacar la exigencia de una Europa diferente en la cual no solo se buscara igualar los niveles de bienestar tomando como punto de referencia los estándares más altos (y no los más bajos, como hasta ahora), para lo cual sería necesario poderes estatales y supranacionales que tengan la capacidad de controlar la dinámica patológica del capitalismo (en particular del capital financiero). Una Europa diferente debería, en consecuencia, apostar con entusiasmo por una política de paz y neutralidad. Por el momento, reivindicaciones como éstas surgen como la expresión dispersa de muy diversos grupos e iniciativas ciudadana pero van calando cada vez más en sectores amplios de la población.

La conciencia ciudadana avanza pero en su contra opera el papel alienante de los medios de comunicación que aún engañan a demasiados, deformando la realidad. Funcionando como una enorme fábrica de mentiras, los llamados mass media (en particular la televisión) están muy lejos de ser entes neutrales y “profesionales” dedicados a informar con objetividad. En lugar de ello, hasta las entidades públicas –que se financian con el dinero de todos– deforman y acomodan según el interés, ya sea de los gobiernos, ya sea de sus propietarios y de las grandes empresas multinacionales. Los medios que no se acomodan a este perfil pueden contarse con los dedos de una mano o sencillamente sobreviven en una cierta marginalidad. El deterioro de la democracia está muy bien reflejado en esta negación evidente de la llamada libertad de prensa y del derecho ciudadano a la información. Medios novedosos como la red (internet) aún permiten un cierto juego pero ya están siendo controlados y no está lejano el momento en que también se cierren estos espacios de libertad. El sistema “echelon” de los Estados Unidos hace de moderno Gran Hermano; al menos del que se tiene noticia, pues la tecnología moderna permite que la vigilancia llegue ya a niveles que ni Beria ni Macarthy imaginaron.

Contra una reacción más contundente de la ciudadanía también conspiran las reservas materiales que aún conservan las familias (por cierto, cada vez más reducidas) dejando aún un cierto margen a la esperanza de que las cosas mejoren en el futuro inmediato aunque ya las encuestas de opinión indican que el pesimismo crece y las familias reestructuran sus consumos y limitan al máximo sus gastos en previsión de días peores. Pero la pobreza y la miseria, aunque en expansión, todavía no afectan a la mayoría de la población. Sin embargo, los conocidos como “tres tercios” que componen el tejido social –los integrados al sistema, los amenazados de exclusión y los marginados– han cambiado sus proporciones en los últimos años reduciendo a los integrados y aumentando al resto, con cuadros ya muy preocupantes de pobreza y hasta de miseria en el seno de estas sociedades ricas en las cuales se supone que el orden democrático garantiza unos mínimos indispensables para todos y suficientes oportunidades para avanzar en el bienestar. Este desgaste de las bases materiales de la democracia introduce angustia y desazón en quienes siempre creyeron imposible su descenso social, miedo creciente en aquellos que se ven amenazados de exclusión y sentimientos de impotencia y rabia en la masa creciente de miserables para los cuales ya nadie augura una salida. Tiene un sabor amargo la democracia con hambre. Si por ahora las explosiones sociales de descontento no constituyen amenazas inmediatas, el deterioro de esa reserva acumulada tras dos o tres décadas de mejoramiento material puede sorprender a los más optimistas. El señor Strauss-Kahn, director del FMI –ciertamente bien informado–, llamaba hace poco la atención sobre este particular y venía a decir que de no corregirse estas dinámicas, Europa podría vivir explosiones sociales de grandes dimensiones. De hecho, ya está ocurriendo.

Pero probablemente el factor que más limita una respuesta ciudadana más contundente es el escaso desarrollo de una organización adecuada a las circunstancias del presente. La dispersión es su característica más notoria. La crisis de los partidos políticos ha permitido que en su lugar aparezcan mil iniciativas sectoriales o regionales que si bien recogen reivindicaciones muy sentidas y legítimas, por su particularismo no consiguen coordinar esfuerzos y dar a sus protestas una forma política conforme a las circunstancias. Las luchas obreras, las exigencias regionales, las reivindicaciones de tipo étnico o de género –entre las más destacadas– no encuentran por el momento una forma de coordinación que les permita traducir su enorme presencia social en una fuerza política que consiga detener el rumbo suicida de los acontecimientos, el desgaste de la democracia y, más aún, imponer soluciones. Todo ello permite que el sistema siga haciendo de las suyas sin preocuparse por la ola de descontento que genera. Todo trascurre como si la clase dominante asumiera que aunque la democracia se deteriore y crezca la protesta, ya habrá suficientes policías para asegurar el control.

Y la guerra, esa maldición bíblica que se creía superada en la modernidad y tras el fin del comunismo no solo no ha desaparecido sino que permanece y se profundiza como una realidad que ya no golpea tan solo allende los mares. Las guerras de rapiña y las guerras imperialistas son, como se sabe, parte constitutiva de la democracia estadounidense y en medida creciente en esa vorágine de muerte y destrucción también se precipita la civilizada Europa que volviendo a sus tradiciones colonialistas abandona no solo la idea de construir una UE de prosperidad compartida, un continente de pacífica convivencia con el mundo, sino que se sube al carro de guerra de los Estados Unidos. Desaparece la bandera de la paz y en su lugar surge la enseña siniestra de la muerte. Se convierte pues en un reto fundamental que los pueblos de la vieja Europa y –por qué no– también las gentes de Norteamérica rescaten lo mejor de su tradición democrática y se decidan a detener el proceso actual que conduce a la barbarie.

No están muy descaminados quienes comparan la presente coyuntura con aquella de la Gran Depresión. En efecto, luego de los “alegres años veinte” de repente todo se vino abajo, las calles se llenaron de hordas nazis, la escasa democracia de entonces se ahogó en sus propias contradicciones y el mundo se vio abocado al fascismo y la guerra. Por supuesto, nada de esto es inevitable y una formidable movilización ciudadana puede detener a la derecha enloquecida y conjurar la guerra con una profunda revolución social. Ahora bien, si se concluye que definitivamente el mal reside en el sistema mismo y que tarde o temprano la democracia y la paz resultan incompatibles con el capitalismo, se habrá iniciado el camino de la búsqueda de alternativas diferentes. Podríamos estar a las puertas de un nuevo amanecer.

Un tal convencimiento parece ampliarse con gran rapidez porque el sistema no solo avanza arrollando todas las instituciones democráticas que los pueblos se han dado en las últimas décadas sino porque en su dinámica cancerosa –ligada a un consumismo enfermizo– el capitalismo destruye la naturaleza en una medida que en muchas ocasiones pone en peligro a la misma especie humana. Los llamados de atención de científicos y de grupos de activistas de la ecología sobre los cambios drásticos que impone a la naturaleza el carácter depredador de la actividad económica desenfrenada alcanzan hoy su plena confirmación y, aunque a regañadientes, los mismos gobiernos asumen como tarea tomar medidas radicales para cambiar los parámetros de la producción y del consumo. Sin embargo, está en la naturaleza misma de este sistema que las utilidades del capital sean siempre prioritarias de suerte que las solemnes declaraciones oficiales se convierten en papel mojado y el consumismo feroz y la destrucción generalizada del medio ambiente no se detienen.

Si el sistema se vuelve incompatible con la convivencia democrática y destruye no solo a los seres humanos sino al medio y los recursos que aseguran la existencia a éstas y las futuras generaciones, es un imperativo inaplazable buscar una alternativa que ya no solo es posible sino urgente y necesaria