Dejar hablar al sufrimiento, condición de toda verdad. Hacia otro modo de ver, pensar y actuar…para que no se repita

Juanjo Sánchez

Estos dos pensamientos no son de Reyes Mate, sino de Adorno, pero son el nervio que atraviesa su último libro. Un libro sorprendente desde el título, El tiempo, tribunal de la historia, pero sobre todo extraño, es decir singular, interpelante… por su contenido. Un atrevido desafío al pensamiento y a la praxis, a la cultura y la política dominantes en nuestro tiempo, en Occidente.

Un libro en completa sintonía con su producción anterior y, a la vez, completamente nuevo. Una obra de madurez y sin embargo sumamente original: vertebrada por la noción de tiempo, más exactamente, por la reivindicación de un tiempo nuevo para nuestro tiempo, un tiempo alternativo, que interrumpa y quiebre la lógica del tiempo dominante, que se haga cargo del desafío del sufrimiento en la historia (y de su expresión máxima en el Holocausto) y tome en serio el deber de recordarlo –el deber de memoria– para que no se repita…, un tiempo “que salve”, como el “ángel de la historia” que evocaba Walter Benjamin…

Ese tiempo nuevo, dice Reyes. es el tiempo bíblico, mesiánico, apocalíptico, tiempo que viene de lejos, y nace “como respuesta al sufrimiento”. Tiempo nuevo que obliga a re-pensar y a pensar de otra manera todo, la historia y el presente, “los problemas de nuestro tiempo”; un tiempo que comporta “otro tipo de racionalidad”, una racionalidad que cuestiona al pensamiento dominante, al conservador pero también al crítico que no es suficientemente radical: un tiempo, “tribunal de la historia”.

El libro lo divide el autor en dos partes: en la primera desnuda y deconstruye el tiempo que finalmente se impuso en la historia sobre el tiempo mesiánico y que ha hecho historia hasta nuestros días: el tiempo del progreso, cuyo éxito fue posible al precio de dar la espalda al sufrimiento en la historia. Por eso en la segunda parte sale “al rescate” del tiempo mesiánico-apocalíptico y del nuevo pensamiento que suscita y alimenta, un pensamiento invertido, el único que puede alumbrar ”otro mundo posible”.

El impulso que lleva a desmontar el tiempo dominante brota, en efecto, de la conciencia del “precio” del progreso: el sufrimiento de las víctimas. El progreso, como ha subrayado Baumann, genera pirámides de “residuos humanos”. Y eso obliga a rebajar los humos del hombre moderno y a remontarse a otros orígenes, más allá de la Modernidad, en busca de inspiración. Reyes no tiene reparo alguno en hacerlo hasta … el mismo “mito”, donde se guarda una sabiduría tan extraña como lúcida: el relato bíblico –recuerda– inicia la historia, el tiempo, con una acción libre, pero transgresora, del ser humano, causa del mal y el sufrimiento. El sufrimiento no es algo natural, sino obra humana, es decir, una injusticia. Y la historia se abre para responder del mismo y al mismo. Ahí radica, como decíamos, el sentido del tiempo mesiánico: reparar el sufrimiento en la historia

Es por eso un mesianismo diferente, pobre, débil… y difícil. Tras el retraso de la llegada del Mesías entró en una crisis profunda y solo fue restablecido al precio de su “espiritualización”. Tal fue la obra, en parte, de Pablo y sobre todo de Marción, que sustituyó el tiempo mesiánico, apocalíptico, por el tiempo gnóstico. Un tiempo que, desinteresándose del mundo, puso paradójicamente las bases para su afirmación. La historia dejó de ser lucha contra el sufrimiento y se convirtió en ideología del progreso.

Y esa fue la idea fuerza que dio origen a las modernas filosofías de la historia y filosofías políticas que se convirtieron en el pensamiento dominante en Occidente: la conversión de la debilidad del mesianismo (y del Dios de Jesús – podríamos añadir) en poder, como denunció con toda lucidez Horkheimer. Y justamente en ese momento histórico el hombre desplaza a Dios de la historia porque no responde al escándalo del sufrimiento humano. Pero ¿y él? ¿responde él, el hombre ilustrado, emancipado, secularizado, al sufrimiento humano? ¿se hace cargo de él? ¿carga con él? ¿lo salva? …Con gran fuerza abre Reyes Mate en los capítulos centrales de esta primera parte del libro esos graves interrogantes y con ellos alcanza su relato toda su hondura y seriedad. Porque, en su opinión, esos interrogantes –en definitiva, la pregunta decisiva por la injusticia del sufrimiento y su futuro– “siguen sin respuesta”.

Y ante ellos no valen excusas ni mítico consuelo, ni recurso a patrones dominantes en nuestra cultura moderna, como la utopía ilustrada, secular, la vuelta a Marx, la ciencia o la reivindicación de los derechos humanos…, que han dado muestras suficientes de fallos y déficits importantes. El caso de Marx es especialmente paradigmático. Marx –observa críticamente Reyes– privilegia al proletariado no tanto por ser el “despojo” de la historia, cuanto por ser la clase ascendente, la fuerza del futuro…

Diferente es, en cambio, para Reyes, el caso Albert Camus. Frente a la mayoría de sus contemporáneos intelectuales, él, Camus, sí cargó con la responsabilidad ante el sufrimiento humano y con “la tarea de la compasión”. Y lo hizo con radicalidad: como “el modo de ser humano”, y de forma incondicional: tomando absolutamente en serio el desafío de la universalidad del sufrimiento. Y de ahí la relevancia para él del sufrimiento de los inocentes y su interpelación a Dios –a la “justicia divina”– precisamente él, el gran agnóstico, junto con Dostoievski…

La figura de Camus se convierte en paradigmática porque estuvo a la altura de la responsabilidad que se pedía a un intelectual ante el sufrimiento: antes del desastre (Auschwitz), ser “avisador del fuego” y después, ser consecuente con el deber de memoria y “re-pensar todo desde la perspectiva de sus víctimas.

Es justamente, como decíamos, a lo que Reyes dedica la segunda parte de su libro: a rescatar la dimensión mesiánica, apocalíptica, del tiempo, y con ella configurar aquel pensamiento nuevo, capaz de alumbrar “otro mundo posible”. Y lo hace en tres pasos.

El primero, un re-planteamiento radical de la relación entre religión y razón, más precisamente, de la génesis y por tanto de la constitución de la racionalidad, labor fundamental que Reyes viene haciendo desde muy pronto en todas sus publicaciones, por lo menos desde La razón de los vencidos, de 1991. Es, sin duda, un nervio y una de las claves de su “nuevo” pensamiento, apoyado en Max Weber, pero sobre todo en Walter Benjamin, su gran inspirador. La primera de sus Tesis sobre la historia, en la que propone la singular y sorprendente alianza entre razón (materialismo histórico) y teología (mesianismo), marca la pauta. No, evidentemente, una “vuelta atrás” al mito, sino un “salto mortale” hacia otra dimensión, hacia el futuro que viene de más atrás, del “pasado de los vencidos”: la “reserva de sentido” guardada en la memoria. Esa que reivindicaba Kafka con toda lucidez ante su padre, tan asentado en la modernidad.

De ese primer paso sigue inmediato el segundo: una visión invertida, alternativa de la historia como “historia de sufrimiento” y de lucha contra él, sostenida por la esperanza en el Mesías, por la “estrella de la redención” (Rosenzweig), cuya luz evocó Adorno tan certeramente.

Y desde estos dos pasos despliega Reyes finalmente algunas de las claves del nuevo pensamiento que surge del tiempo apocalíptico rescatado contra el tiempo gnóstico del progreso. Un pensamiento que exige ante todo un “giro epistémico”: “pensar desde y contra la injusticia del sufrimiento”, es decir, aquella racionalidad alternativa a la razón occidental dominante evocada más arriba, que expresaron de forma lapidaria Horkheimer y Adorno en un aforismo de la Dialéctica de la Ilustración: “solo hay una expresión de la verdad: el pensamiento que niega la injusticia”, y que había adelantado ya lúcidamente Benjamin en su profunda convicción: “La esperanza nos es dada por aquellos que carecen de ella.”

Es este un pensamiento amasado en la memoria del sufrimiento, un pensamiento por eso radicalmente lúcido frente a la tentación de la inocencia y a las trampas de la victimación, y un pensamiento que se expresa y verifica en la praxis de la compasión (“el sufrimiento nos es dado por mor de la compasión”, decía Hermann Cohen), del “hacerse cargo del sufrimiento del otro”, del “hacerse prójimo”, como también decía Jesús, y así, del hacerse sujeto, del hacerse humano.

En cuanto tal, es un pensamiento singular, extemporáneo, pero justo por ello, sumamente actual y necesario. Frente a la religión dominante del capitalismo que lleva “al desastre”, a la negación de lo humano, el pensamiento impulsado por el tiempo mesiánico, apocalíptico, juzga, niega la historia y el presente para afirmar –para “salvar”– lo humano que está en peligro. “Donde hay peligro, allí crece también la salvación”, dijo esperanzado el poeta Hölderlin.

El libro culmina en una evocación, tan excelente como inquietante, de la muerte que, en el horizonte del “tiempo mesiánico”, no podía ser sino “un alegato en pro de una vida antes de la muerte”, es decir, una apuesta decidida, teórica y práctica, por “otro mundo posible”.

Al entregarme su libro para la reseña, Reyes Mate me decía: “Es mi filosofía de la historia”. Lo es, sin duda, pero es mucho más. En este libro, Reyes nos entrega las claves de su obra completa (hasta el momento), la propuesta de aquel modo de pensar diferente, alternativo, que brota del impulso del tiempo mesiánico y que puede poner las bases para hacer realidad esa propuesta. “Si otro mundo es posible –advierte convencido– será porque hay una alternativa al tiempo de nuestro tiempo.” Un libro provocador, sin duda, que dará que pensar.