De los refugiados bosnios al Aquarius. La voluntad de ayudar como antídoto contra la normalización de la política de muerte. El caso valenciano

Esma Kucukalic

Un cuarto de siglo separa la experiencia de acogida en la Comunitat Valenciana de los refugiados procedentes de Bosnia y Herzegovina, y el recibimiento del Aquarius, que atracó en aguas valencianas el pasado 17 de junio. 25 años en los que la sociedad valenciana se volcó en la acogida del que, en aquel momento (1992), suponía el mayor contingente de personas refugiadas en la historia de España, y que nuevamente, en 2018, hizo de puerto seguro a un barco de salvamento a la deriva, con 629 personas a bordo.

Aquarius no es la primera lección de solidaridad

La guerra de Bosnia y Herzegovina marcó tristemente el final del siglo xx a pesar de que la Comunidad Internacional se había comprometido a que nunca volvería a permitir que se repitieran los desastres de la II Guerra Mundial. Un conflicto que dejaba más de cien mil muertos y dos millones de refugiados, ante el que vecinos de siete localidades de la provincia de Alicante, ciudadanos de a pie, se movilizaron para dar cobijo a personas que veían por televisión y que eran protagonistas de un éxodo en toda regla. Corrían años duros en la maltrecha economía española de finales de los noventa, en la que la tasa de paro superaba casi los 25 puntos, pero eso no fue impedimento para la solidaridad de gente corriente que no querían contribuir a uno de los episodios más negros de Europa.

“Era la primera vez que España –históricamente país de desplazados de guerra– iba a acoger a más de un millar de refugiados que tenían que ser distribuidos por el Estado en apenas un mes. El programa, además, no iba a ser costeado por la administración, sino por los ciudadanos, apoyados espontáneamente por los ayuntamientos. España estaba en un momento económico peor que el actual. No teníamos la red social como la que existe hoy y nos atrevimos a hacerlo», comenta Paca Sauquillo, presidenta de Movimiento Por la Paz (MPDL). «Recibimos la autorización del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Interior, planificamos el reparto de las personas en diferentes comunidades autónomas, dimos preferencia de llegada a mujeres y niños, pero todo eso fue posible porque hubo voluntad política. Si entonces el gobierno facilitó las cosas, ahora también podría hacerlo permitiendo, por ejemplo, fletar un barco desde Valencia para traer a las personas. La experiencia ya la tenemos», aseguraba telefónicamente en una entrevista previa al caso Aquarius, como si de una premonición se tratase.

En aquella ocasión, vecinos de las localidades de Villena, Beneixama, Biar, Onil, Castalla, Sax, Petrer, Elda y Banyeres, pertenecientes a la provincia de Alicante, crearon la Asociación de Ayuda para la Población Infantil de Bosnia y Croacia con el objetivo de acoger a personas que huían de la guerra.

Y de aquella solidaridad en caliente cristalizó uno de los proyectos de acogida más exitosos que se llevó en el ámbito nacional. Ubicados en el albergue social de Biar, una cincuentena de familias bosnias entre las que había una treintena de niños, encontraba al fin la paz lejos de las bombas, y únicamente gracias al compromiso social, pues no era el gobierno el que costeaba el proyecto. «La solidaridad era abrumadora. Todo el mundo quería ayudar. Fabricantes de calzado, juguetes, supermercados de los pueblos, el gremio de panaderos. Tuvimos que hacer turnos de voluntarios y víveres para que no sobraran excedentes», recuerda Cristina Hernández, concejala de este municipio.

La escolarización de los menores fue toda una hazaña. En una localidad con poco más de 3.000 habitantes y una única escuela, se desarrolló un desafiante programa educativo de inmersión e integración plena de los pequeños. El director del colegio, Antonio Doménech aún guarda el buen recuerdo de aquella proeza en la que colaboró profesorado, estudiantes y hasta el AMPA, pero también las madres refugiadas que prestaban su apoyo en el proceso de adaptación y el aprendizaje del idioma. Algunas de ellas, recuerdan que su prioridad después de poner a salvo a sus hijos era intentar brindarles una vida lo más normal posible y para ello era clave la escuela. Era la vuelta a la rutina que había minado la guerra.

Otras guerras, mismos refugiados

Su periplo para llegar hasta aquel puerto seguro era bien distinto al de los refugiados a bordo del buque Aquarius, pero no lo era la arbitrariedad ni sus circunstancias. Los refugiados que llegaron a Valencia por tierra en el año 1992 huían de la guerra, de una muerte segura, del hambre, la indefensión, la esclavitud, la violencia sexual y un largo etcétera de atrocidades. Que fuera Valencia la que les ofreciera cobijo era una casualidad, como lo fue la suerte que tuvieron los rescatados por el barco de salvamento de la ONG Sos Mediterrannée y Médicos sin Fronteras. Y una vez más la sociedad valenciana respondió a la llamada de auxilio.

Exhaustos tras días a la deriva sin un destino claro, como aquellos refugiados de los años noventa. “Algunos habían pasado hambre y querían guardar alimentos para más tarde. Otros tenían la mirada perdida pensando en la familia que habían dejado y de la que no sabían nada», recuerda Mari Carmen García Martínez, concejala del ayuntamiento de Villena, y voluntaria en el proyecto de acogida de refugiados bosnios. Pero ha sido gracias al Aquarius cuando por primera vez, aquellas personas, que una vez fueron refugiadas, y miles de migrantes que viven en la Comunidad Valenciana han podido ver cómo se moviliza una sociedad para dar la bienvenida a aquellos que más lo necesitan y a los que nadie parece querer.

Y es que la movilización y el despliegue organizado en torno al Aquarius no tiene precedentes. Numerosos municipios valencianos pertenecían, desde el estallido de la llamada crisis de refugiados en el año 2015, a la red española de ciudades refugio. Han sido constantes las llamadas de la sociedad civil por permitir la entrada de las personas que esperan y mueren a las puertas de Europa. No es casualidad que mientras el ministro italiano Salvini espetaba que no acogería a ningún refugiado del Aquarius, un centenar de organizaciones internacionales, entre ellos la valenciana Fundación Asamblea de Ciudadanos y Ciudadanas del Mediterráneo (FACM), lanzaban el Movimiento Euromediterráneo de Solidaridad con las personas en el exilio que exige que se pare de criminalizar el socorro y la acogida de las mismas. Desde el momento en que el gobierno español vio la posibilidad real de que aquel barco –que, tras una semana a la deriva, era todo un símbolo del sinsentido y el atropello de los derechos fundamentales– pudiera atracar en aguas valencianas, la solidaridad se disparó. 150 municipios de esta comunidad se ofrecieron a acoger a los rescatados. El equipo de respuesta inmediata que se desplegó por parte de Cruz Roja para la atención en la llegada contó con más de dos mil voluntarios, aunque fueron casi tres mil las llamadas ciudadanas que tenían como fin ayudar. Médicos, traductores, abogados y vecinos, muchos de ellos migrantes, esperaban en el puerto impacientes la llegada del buque. Una vez en tierra, la emoción era máxima. Cánticos a bordo para celebrar la vida, y lágrimas en una abarrotada rueda de prensa en la que estábamos desplegados más de trescientos medios de comunicación internacionales. Aquellas imágenes colocaban a la Comunidad Valenciana en el centro del mundo con una operación de rescate bautizada “Esperanza del Mediterráneo”.

Personas de 26 nacionalidades distintas tocaban tierra. Hombres abatidos, menores no acompañados, mujeres con niños pequeños y embarazadas. De ellas había cuidado durante la travesía Amoin Soulemane, la matrona del Aquarius. Una vez en Valencia, emocionada contaba que “todas las mujeres del barco han sido violadas durante el camino. Están desesperadas porque vienen de lejos, han perdido la esperanza. Cuando las rescatamos caen en un estado de depresión por el alto grado de estrés que han sufrido. Están aterrorizadas, tienen un miedo inimaginable. Entonces nuestro papel es estar con ellas y repetirles que no es su culpa”.

3 meses después

Testimonios de una dureza extrema que han servido al personal técnico para poder abrir expedientes administrativos y realizar las oportunas tramitaciones de asilo. Al igual que para los refugiados bosnios, es ahora cuando se abre una nueva y dura etapa para los llegados del Aquarius. Han pasado tres meses desde que el buque humanitario tocase tierra, pero ninguna de estas solicitudes ha sido resuelta. De los 629 llegados, 493 permanecen en España bajo el sistema estatal de acogida hasta que se resuelva su situación legal. De éstos, 79 fueron trasladados a Francia, 73 son menores no acompañados de cuya tutela se encarga la Generalitat Valenciana, y 60 personas renunciaron al sistema español de acogimiento. La ley marca que en un plazo de tres a seis meses se resuelva una petición de asilo. Es el tiempo de cobertura por el sistema de acogida en un centro o piso que puede prolongarse hasta 24 meses. Según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), España registra cifras récord de solicitudes de asilo. El año 2015 tuvo 15.780 casos y en el 2016, 30.445, el doble. Una cifra que sin embargo no representa ni el 1% con respecto a otros países de la Unión Europea. De esta suma, 2.300 han sido realizadas en la Comunitat Valenciana, pero los tiempos de resolución de los expedientes son muy lentos. La entidad explica que las solicitudes tardan aproximadamente entre un año y medio y dos en ser resueltas, y son pocas las concesiones de protección internacional que finalmente se otorgan. Una vez pasado este periodo, y sin una cobertura de asilo, son “las entidades colaboradoras con la administración las que asumen casi todo el peso de la acogida e integración de las personas solicitantes de asilo y refugiadas”, explica Amnistía Internacional en su informe de 2016 denominado “El asilo en España: un sistema poco acogedor”.

«La primera fase de un techo no es tan complicada. Lo difícil es conseguir tejer redes para que toda la estructura que se le ha roto a un refugiado, su familia o su integridad económica pueda rehacerse. Aquí la sociedad es fundamental», comenta María Jesús Vega, portavoz de ACNUR España. A pesar de que los desafíos en política de asilo eran grandes, aquella experiencia bosnia sirvió de lección para hacer las cosas mejor, añade. Una lección que ha superado con creces la ciudadanía. Que, en el caso de Aquarius, ha vuelto a ratificar que la voluntad de ayudar es el antídoto a la política que normaliza la muerte, haciéndonos creer que no hay otra opción.