De la posmodernidad a la posverdad. Retorno de la religión-Crisis de Dios

Juanjo Sánchez

El deseo de verdad es inseparable de la voluntad  de una sociedad libre.” “Dejarse interpelar por el sufrimiento de los otros es condición de toda verdad.” (Adorno)

 

Cuando comenzaba el nuevo siglo xxi, una revista me pidió una colaboración con el título: Posmodernidad, la caída de las utopías: “Sin Dios no hay futuro”. El título resultaba atrayente, pero a la vez profundamente ambiguo, y por eso peligroso. Me costó un triunfo aceptarlo, pero al fin lo hice: justamente como reto para desenmascarar esa ambigüedad y a la vez desentrañar su “verdad”.

Este reto me parece más imperioso aún en nuestros días, en esta hora de máxima ambigüedad y confusión, de cruce y amalgama indiscriminada de tendencias, ideas y creencias no solo diferentes, sino contrarias e incluso contradictorias: desde los fundamentalismos religiosos y políticos más extremos hasta el desenlace –¿final?– de la posmodernidad en la singular derrota de la verdad que se anuncia en el actual auge de la denominada posverdad.

La primera parte del título mencionado no dejaba lugar a dudas: vivimos tiempos de profunda decepción, de desencanto ante las grandes utopías de la Modernidad. La “barbarie del siglo xx” (Hobsbawn) la había desmentido y desacreditado brutalmente, generando el derrumbe del pensamiento utópico, la caída de las utopías.

La denominada posmodernidad y su pensamiento débil (G. Vattimo) son fruto de ese desencanto. Cincuenta años antes, los filósofos Horkheimer y Adorno se habían adelantado ya lúcidamente a la conciencia crítica de esta quiebra, en su Dialéctica de la Ilustración. Pero el pensamiento posmoderno tomó nota de ese derrumbe sin el menor rasgo de tragedia, más bien con serenidad e incluso con manifiesta satisfacción y alivio, como quien se ha quitado un fardo de encima… Y, ciertamente, razones no le faltaban para ello, como veremos.

El problema lo suscitaba la segunda parte del título: “Sin Dios no hay futuro”. Porque, ¿qué se quería decir con ello? ¿Que la posmodernidad levantaba acta de que por haber querido realizar la utopía “sin Dios” o incluso “contra Dios” la modernidad había terminado conduciendo a la barbarie? En ese caso, ciertamente, la posmodernidad expresaría la verdad de ese eslogan: “sin Dios no hay futuro”. De hecho, no han dejado de aumentar, en este sentido, los síntomas que apuntan a un “retorno de la religión”, de lo sagrado, en nuestras avanzadas sociedades occidentales secularizadas, hasta el punto de llevar a cuestionar la teoría de la secularización, como hace el sociólogo conservador norteamericano Peter Berger.

Pero ese eslogan no deja por eso de seguir siendo profundamente ambiguo, como se manifiesta en una llamativa paradoja que desde hace unos años viene anunciando y denunciando, con gran lucidez, el gran teólogo crítico-político alemán Juan Bautista Metz: vivimos, en efecto, un floreciente “retorno de la religión”, pero en medio de una profunda “crisis de Dios”, lo cual debería darnos que pensar detenidamente.

Para hacernos cargo y entender el momento actual, esta hora inquietante del auge de la posverdad, es preciso, sin duda, pensar y repensar detenidamente el largo y complejo proceso histórico de la modernidad y la posmodernidad que han conducido hasta nuestra situación. O se corre el riesgo de no entender nada y de ceder a los anunciadores de verdades baratas o fundamentalistas…

A tal fin, comencemos tomando conciencia de las dos caras de la crítica posmoderna. Porque no todo en ella ha sido negación indiscriminada, como tiende a pensar el pensamiento dogmático, particularmente el religioso y eclesiástico.

Posmodernidad, crítica a la verdad idolatrada

La posmodernidad es, sin duda alguna, la conciencia crítica que se abre paso en el último cuarto del siglo xx de que la modernidad, que surgió como crítica y emancipación del catolicismo dogmático medieval, se ha impuesto en la historia afirmando a su vez absoluta y dogmáticamente la utopía que la dio a luz: la utopía de la ilustración, de la racionalidad, la libertad y la emancipación,  pretendiendo con ello desplazar del mundo la esperanza trascendente y ocupar el lugar vacío dejado por el Dios destronado y muerto. La crítica postmoderna es, en este sentido, una crítica certera a esta perversión idolátrica de la utopía, es decir, de la verdad de la modernidad.

Esta crítica hunde sus raíces en la conciencia radical que Nietzsche, el filósofo lúcido y maldito, expresó en su buena/mala noticia de la “muerte de Dios”. Una noticia que –¡todo un símbolo!– abre el siglo xx. Pero una noticia que llegó demasiado pronto. Sus contemporáneos no estaban preparados para recibirla y menos para soportar el peso de sus consecuencias. Por eso, a ella no siguió el “ateísmo consumado” proclamado por el filósofo, sino “el crepúsculo de los ídolos”. No se atrevieron a vivir “el vacío de Dios”.

Y es el pensamiento posmoderno y débil el que cree que ha llegado la hora de beber hasta el fondo el cáliz de esa buena/mala noticia. Ahí está su seriedad y verdad, que sin duda hubiera saludado Nietzsche. Y con razón. Su ateísmo, serio y grave, dio pie a la crítica anti-idolátrica posmoderna, como sostuvo con toda convicción el filósofo italiano G. Vattimo.

De los muchos momentos que integran esa crítica, bastaría con asumir seriamente tres de ellos:

“Dios ha muerto”: cayeron también los ídolos

La crítica posmoderna es, ante todo, una crítica radical a la metafísica en cuanto “saber del Absoluto”, y por tanto en cuanto saber absoluto, que ha sustentado y legitimado todo el edificio del poder y todos los sucedáneos que han pretendido ocupar el lugar vacío dejado por la muerte de Dios, es decir: todos los “ídolos”. Es, en efecto, una crítica anti-idolátrica, guiada por la decidida voluntad de escribir “con minúscula”, es decir, de des-idolatrar la utopía de la modernidad, que se había pervertido en poder, como bien lo experimentaron y sufrieron las víctimas en la periferia de la modernidad, en la conquista de América. “Solo el poder puede cometer la injusticia”, subrayaron con fuerza Horkheimer y Adorno. Y “el ídolo exige sacrificios, e incluso mata”, corrobora con la misma lucidez nuestro teólogo social Joaquín G. Roca. La crítica posmoderna es, en ese sentido, una liberación, una aproximación a la verdad de un mundo sin dominación.

“Dios ha muerto”: cayeron también las grandes palabras

Pero con la muerte de Dios cayeron para los posmodernos también las grandes palabras, los “grandes relatos”, como anunció el filósofo francés Lyotard. Ante todo, la propia Razón endiosada y el Dios monoteísta que la precedió. Y con ellos se derrumba el mito de la Unidad, de la única visión del mundo, que sirvió de base a la hegemonía del poder político y religioso.

Con la muerte de Dios, el monoteísmo deja paso al politeísmo de dioses, al pluralismo de visiones del mundo y de valores, como vaticinó el gran sociólogo alemán Max Weber: un des-centramiento radical que también significa una gran liberación del mito y del ídolo del poder. Otra aproximación a la verdad de un futuro más tolerante y humano.

“Dios ha muerto”: cayó el mito del progreso

Una de las grandes palabras que cayeron con la muerte de Dios fue, sin duda, la del progreso, el gran “metarrelato” de la emancipación en cuyo altar se sacrificaron pirámides de víctimas: todas las que no cupieron en sus vagones… hasta el día de hoy. Por eso, donde los ideólogos aupados a ese tren de los vencedores veían progreso y riqueza, el “ángel de la historia” del genial filósofo crítico Walter Benjamin no veía sino cúmulos de sufrimiento, montones de ruinas. Y también la crítica postmoderna se afila especialmente contra este mito. El pensamiento “débil” del postmoderno Vattimo se hace insólitamente “fuerte” y anuncia incluso “el fin de la modernidad”. La verdad se revela, una vez más, en la negación de la utopía idolatrada.

La verdad “débil” de la utopía des-idolatrada

Conviene hacerse cargo de esta verdad de la crítica postmoderna, y valorarla en su momento de verdad, pues, aunque “débil”, ha despejado el camino para una recuperación de la verdadera experiencia religiosa. La verdad no es monopolio de la religión. Jesús de Nazaret escandalizó una y otra vez a los ideólogos del judaísmo dominante al reconocer haber encontrado más fe y más auténtica fuera que dentro de Israel.

Con la muerte de Dios, la postmodernidad reclama la muerte de todos los ídolos, sucedáneos de Dios y afirma la voluntad positiva de vivir sin apoyos ni fundamentos últimos, sin la seguridad que da reposar en el poder. Y a su vez, esa actitud posmetafísica, liberada de la querencia al dominio, permite descubrir y valorar el ser de cada realidad finita, relativa y fragmentaria, como experiencia del sentido de la gratuidad. Y así, a diferencia de la “hybris” de la modernidad, posibilita una aproximación a una renovada experiencia religiosa tras la muerte de Dios, a una nueva experiencia verdadera de Dios como gratuidad, como misterio de la realidad. El nihilismo consumado que se sigue de la muerte de Dios podría ser, en este sentido, como sostiene con gran lucidez el teólogo mallorquín Gabriel Amengual en sus valiosos libros Presencia elusiva y La religión en tiempos de nihilismo, un “kairós”, una oportunidad para la verdad de una nueva apertura a Dios como misterio insondable, como sentido último. Lo que ciertamente es muy distinto del sentido apologético de aquel eslogan: “Sin Dios no hay futuro”.

Cuando la utopía degenera en banalidad

El problema, sin embargo, es que esa oportunidad se vio malograda por la propia posmodernidad al convertirse en “negación fuerte“, no dialéctica, de la modernidad, es decir, en afirmación fuerte de “lo otro de la modernidad”. De este modo, la postmodernidad deja de ser crítica anti-idolátrica, resistencia al mito de la modernidad, protesta liberadora contra la utopía idolatrada, y degenera en la consumación de ese mito en la más chata dis-utopía, confirmando, ahora sí, aquella dudosa sospecha de que “sin Dios no hay futuro”.

Tres momentos bastan también para evocar esta degeneración.

“Dios ha muerto”: queda el vacío

Cuando a finales de los años 60 del siglo xx los postmodernos saludaban gozosos y despreocupados la vieja noticia nietzscheana de la muerte de Dios, uno de los pensadores más genuinamente ilustrado crítico, Max Horkheimer, ya citado, expresaba en alto, para escándalo de mucho ilustrado no tan crítico, el serio temor a que la muerte de Dios, el “desencantamiento radical del mundo” (Weber), no estuviera alumbrando precisamente un mundo “luminoso”: ilustrado, justo y por tanto verdadero, sino más bien un mundo sombrío, vacío de sentido y de verdad, enteramente administrado.

Los postmodernos leyeron la Dialéctica de la Ilustración “sin” dialéctica y arrojaron en su crítica al niño con el agua de la bañera. Con excesiva ligereza pasaron de la crítica a la negación sin más, como aquellos contemporáneos de Nietzsche que se mofaban de la noticia de la muerte de Dios. También ellos, los postmodernos, no vieron en el temor de Horkheimer a que con la muerte de Dios muriera también la verdad otra cosa que un síntoma de nostalgia propio del desencanto y la vejez, un lastre de la vieja metafísica.

Entretanto, sin embargo, ese temor de Horkheimer no solo se ha visto confirmado por la historia, por la realidad social, sino ampliamente superado. La sociedad y la cultura postmodernas han sustituido con creces la utopía por la banalidad y la insignificancia, el vacío occidental, como ya lo denunció a finales del siglo pasado el viejo marxista crítico C. Castoriadis, o por “las vacaciones y las rebajas”, como lo expresaba con tino el teólogo vasco Javier Vitoria. El desencantamiento del mundo está conduciendo, ha conducido ya realmente a la “insoportable levedad del ser”, que dijera bellamente el escritor checo M. Kundera, a “la sordidez de lo real existente”, al “imperio de lo efímero”, como lo identificó Gilles Lipovetsky, el filósofo crítico de la postmodernidad, a la primacía del espectáculo, del consumo convertido en mito, de la felicidad reducida a diversión.

Y es en esta grave deriva donde, ciertamente, la postmodernidad ha consumado su crítica a la modernidad en la negación plana, no dialéctica sino fundamentalista, de la misma, llevándose con ella por delante la Razón y la Verdad, no ya como falsos absolutos idolatrados, que con razón ya lo había hecho antes, sino también como “horizonte utópico” de la mirada y de la acción humana, reivindicado lúcidamente por Kant, o como “anhelo de justicia universal consumada”, en palabras del mencionado Max Horkheimer.

La hora (o la era) de la posverdad. Del nihilismo radical al nihilismo cínico

Este es el lugar donde se ubica exactamente el término, mejor ya, el fenómeno de la posverdad. Esta es la era de la posverdad, la consumación del largo y tortuoso proceso de la modernidad a la postmodernidad, y con ella, a todos los “pos” (poshistoria, postsecular, poscristianismo…) que se han impuesto.

Desde su lanzamiento a la esfera pública por parte del periodista norteamericano David Robert, esta palabra, posverdad, comporta en su significado su “desvinculación” de la razón y a la vez de la realidad y su vinculación con las emociones, los deseos, los impulsos ciegos e irracionales. La posverdad deja atrás a la verdad, es decir, la supera sin más, y no, como hacía Hegel en su dialéctica, “conservando” su momento verdadero, sino negándola enteramente, como la postmodernidad hizo finalmente con la modernidad. En este sentido, posverdad es mentira, aunque mentira con velo de verdad. Es decir, una verdad cínica. El nihilismo radical de Nietzsche es desplazado por un nihilismo cínico desvinculado astutamente de la verdad. En definitiva, una doble derrota de la verdad. No solo no importa que algo sea verdad o mentira, ni siquiera importa esa pregunta. La modernidad se ha hecho completamente líquida, como denuncia lúcidamente el sociólogo polaco-norteamericano Z. Baumann.

Es lo que hemos querido expresar con el título que lleva este número de nuestra revista. La famosa pregunta que Pilato hace a Jesús, según el evangelio de Juan, en la escena de su proceso (Jn 18,38): “¿Qué es la verdad?” descansa en ese nihilismo cínico. No es la pregunta de alguien interesado en la verdad, sino la típica pregunta retórica de quien no quiere re-conocer la verdad (“Yo no encuentro en él ningún delito”) porque lo que le importa de verdad es el poder, que no quiere perder. Evoca la verdad cínicamente, para despreciarla a continuación en una condena injusta. Es lo que había ya denunciado Pablo al inicio de su carta a los romanos: “Los hombres…aprisionan la verdad en la injusticia.” (Rom 1, 18). La posverdad se desvincula, en efecto, no solo de la razón y de la realidad, de los hechos, sino también de la justicia, con la que se identifica estrechamente la verdad. Y de ahí sus graves consecuencias.

“Dios ha muerto”: quedan los mitos

Una de esas consecuencias es la despedida de la razón y la recaída en el mito, en la mitología, como anunciaron y denunciaron certeramente Horkheimer y Adorno en la Dialéctica de la Ilustración: no solo que la postmodernidad “liquide estúpidamente la metafísica” y la sustituya por el coche y el chicle, sino que el coche y el chicle se conviertan, ellos mismos, en metafísica, bajo la cual se oculte la miseria y la injusticia. La “muerte de Dios” y el “desencantamiento radical del mundo” han conducido no tanto al genuino politeísmo y pluralismo, sino a la banalidad mitificada, idolatrada, al relativismo desaforado, en definitiva, a la absolutización del mundo, de “lo que hay”, del status quo, no a su superación en un mundo justo y humano. De ahí el interesado y cínico eslogan de los apologetas del capital y el poder: “No hay alternativa”.

La posverdad está entrelazada por eso con una tupida red de mentira e idolatría, de cinismo y engaño, que tejen y cultivan descarada o astutamente los protagonistas del poder político dominante, con el beneplácito de sus seguidores y la inconsciencia y/o la impotencia de las mayorías.  Era lo que Horkheimer expresaba también como un serio temor: que “con Dios muere también la verdad eterna”, es decir, la verdad “en sentido enfático, incondicional” y se impone el ateísmo prosaico de la adoración de los mitos y los ídolos, de las rebajas del consumo.

“Dios ha muerto”: hay lo que hay

Y mientras los posmodernos reivindicaban alegremente el fin “del sentido emancipador de la historia” (Vattimo), el fin de “la retórica de la emancipación” (Lyotard), el ilustrado crítico Horkheimer se atrevía a expresar también abiertamente, para escándalo de muchos, el temor a que con la muerte de Dios y la liquidación de toda teología, la moral terminaría disolviéndose en pura convención y la política en mero negocio. Temor que la sociedad posmoderna, por lo que vamos viendo, y de manera pronunciada en esta hora de la “posverdad”, está confirmando alarmantemente. En efecto, en esta sociedad “no hay alternativa”, solo hay “más de lo mismo”.

Solo hay una expresión de la verdad: el pensamiento que niega la injusticia

La posmodernidad, pues, no es alternativa a la Modernidad, no lleva más allá de ella, es “más de lo mismo”, a pesar de que en sus inicios se anunciaba, como vimos, una “superación” de su mentira, de su “no verdad”: de su idolatría. Pero esta decepción estaba ya también anunciada en sus mismos orígenes, en la “alternativa” que Nietzsche propuso al nihilismo radical de la “muerte de Dios”. Aunque también él tuvo lúcida conciencia de las graves consecuencias de esa buena/mala noticia, en el mismo o semejante sentido del temor expresado después por Horkheimer (“¿Qué hemos hecho…? ¿Quién nos dio una esponja capaz de borrar el horizonte?… ¿Hacia dónde nos movemos ahora…? ¿No vamos errantes…? ¿No nos absorbe el vacío…?” El gay saber, 125), su propuesta no fue, en efecto, una verdadera alternativa a la lógica que llevó a ese acontecimiento epocal, sino, lamentablemente, “más de lo mismo”: la voluntad de poder.

Lamentablemente, sí, pues él mismo había desenmascarado con lucidez y denunciado radicalmente esa misma lógica del poder oculta en la idea dogmática de verdad, y, en definitiva, también en la idea de Dios. Pero su rechazo visceral al Dios cristiano le cegó la salida del mito, de la mentira, de la “no verdad” de la modernidad. Más allá de esa “no verdad” no lleva la voluntad de poder, sino justo la quiebra de la lógica de poder.

Esto lo vieron con más lucidez Horkheimer y Adorno cuando afirmaron: “Solo hay una expresión de la verdad: el pensamiento que niega la injusticia”. Sin justicia no hay verdad. De ahí que la genuina crítica a la mentira de la modernidad haya venido, no de la posmodernidad, sino de “la otra cara” de la modernidad, de su “periferia”, del “reverso de la historia”, del mundo de la impotencia de los pobres, como subrayan con toda razón los teólogos de la liberación de todas las periferias, también de las del mundo del poder. En ellas queda en evidencia que la posverdad es también una “excepción occidental”, una invención del mundo de los satisfechos que en verdad es un sarcasmo para el mundo de los pobres.

La verdad de un “Dios diferente”

Nada debe extrañarnos, en efecto, el hecho insoportable de que los que se guían por la lógica de la posverdad no puedan soportar a los pobres, a los desahuciados, a los desechos del mundo de la riqueza y el poder. El fenómeno Trump, encarnación paradigmática de esa lógica, lo manifiesta diariamente sin tapujos. No la justicia, sino el poder, la “grandeza” (“America great again”) mueven su política. Esa es su única verdad.

Lo insoportable de esta verdad llega al paroxismo cuando, como suele suceder, se conjuga cínicamente con una cálida y efusiva reivindicación de la religión, o peor aún, con el nombre de Dios. La verdad de Dios ha sido desde siempre manipulada y pervertida como legitimación del poder. Lo cual, siendo insoportable para cualquier religión que se precie, lo es de modo radical para el cristianismo. El Dios cristiano, el Dios de Jesús, no es un Dios de poder, por más que también haya sido pervertido como legitimación del imperio y de todos los poderes, particularmente de todos los totalitarios y autoritarios. Esta ha sido no su verdad, sino su mentira y su tragedia, su negación.

El Dios de Jesús es, como dijo el gran teólogo francés Christian Duquoc, “un Dios diferente”, un Dios de justicia y misericordia, no de poder; no un Dios trascendente, sino un Dios “descendente”, como reivindica desde el mundo de los pobres el teólogo Jon Sobrino, un Dios del descenso y el despojo, del que habla la carta a los Filipenses. Pero por eso esta verdad no se descubre en cualquier lugar, sino solo en el lugar del “no poder”, en la impotencia y la debilidad, en la experiencia y la lucha contra el sufrimiento, en la compasión y la solidaridad, como lo hizo el teólogo protestante D. Bonhoeffer desde la cárcel de la Gestapo: “Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente solo así está con nosotros y nos sustenta y libera”.

Solo esta verdad del Dios diferente es la que haría creíble la posible verdad de aquel eslogan del que partíamos: “Sin Dios no hay futuro”. Porque, ciertamente, sin justicia y compasión no hay futuro humano.