Cuatro respuestas para un dibujo de Rufino Velasco

Miguel Ángel de Prada

Éxodo 154
– Autor: Miguel Ángel de Prada –

Preguntar es la base de la entrevista, extrayendo las mejores respuestas de la persona entrevistada. Dado que en esta ocasión especial las preguntas no van dirigidas a Rufino, las respuestas son novedosas porque las proclaman cuatro personas que tuvieron una relación especial con el Rufino profesor de teología y animador de comunidades de base. Se trata del testimonio de coetáneos. Escuchémoslo:

1. Fuentes del pensar en el quehacer teológico
Por Gilberto Canal (profesor de teología junto con Rufino Velasco en el Teologado claretiano de Salamanca)

Doble eje sobre el que pivotó la reflexión teológica de Rufino Velasco: la Iglesia nuevo pueblo de Dios y el Evangelio como fermento en el mundo de los pobres.

El pensamiento de Rufino sobre la Iglesia parte fundamentalmente de un estudio metódico y profundo de la doctrina del Vaticano II, que supone un giro radical sobre toda la dogmática del pasado. Estructura la nueva visión de la Iglesia desde la Constitución Lumen Gentium, que en su número 9 define a la Iglesia como “nuevo pueblo de Dios”, cargando el acento en lo más básico, lo popular, eso en lo que todos coincidimos. Así se empieza a perfilar una eclesiología desde abajo. Esta visión adquiere un mayor rigor en el número 12 de la Constitución, que habla de la función profética del Pueblo Santo de Dios: «la totalidad de los fieles… no puede equivocarse cuando cree. Por eso “el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe…”»
La Iglesia aparece aquí como una realidad dinámica en la que Cristo se presenta no ya como su fundador sino como su “fundamento”(LG 6), sobre el que luego se irán construyendo sus estructuras en la medida en que los signos de los tiempos y el Espíritu de Cristo lo requieran: Lo “básico” es por tanto “popular”; lo jerárquico, derivado…
La Iglesia y los pobres: Conocemos la constante presencia de los pobres en el pensamiento teológico de Rufino. La primera fuente de inspiración de esta presencia es el Evangelio: «Evidentemente que la Iglesia con la actual situación económico-social, como presencia en el mundo de Cristo pobre, evangelizador de los pobres y libertador de los oprimidos (Lc 4,18) ha de ponerse de parte de los pobres y débiles, y luchar cuando sea necesario para defender sus derechos y su promoción humana». Esta visión evangélica se refuerza con la doctrina del Vaticano II sobre la relación Iglesia- Mundo en la Gaudium et Spes (nn 4,9,63), la Pacem in terris, de Juan XXIII, y la Populorum Progresio, de Pablo VI. La conclusión a la que desde aquí llega Rufino es: «En la dinámica concreta del mundo se encarna la gracia y fuera de ella es una abstracción. Si la Iglesia no es fermento evangélico en medio del mundo, no es nada» (apuntes de Rufino).
• Doble fuente de inspiración:
Entre las lecturas que han podido influir el pensamiento de Rufino hay que citar a teólogos que, a su vez, han estado presentes en la doctrina del Vaticano II, como Chenu, Congar, Rahner, De Lubac, H. Küng, etc. Pero Rufino también ha tenido gran sintonía con teólogos de la liberación, como Ellacuría, Jon Sobrino, Leonardo Boff. Y esta sintonía se basa en que también ellos han bebido en las mismas fuentes que Rufino.

2. Cambios que propició en el modelo de Iglesia
Por José Luis Segovia Bernabé (vivió el magisterio de Rufino en el Seminario de Madrid, años 80)

Redacto estas líneas, apresuradas pero cariñosas, en memoria de Rufino Velasco. Las hilvano a través de varios temas que, a mi juicio, fueron la pasión de su vida y que sirven muy bien para contextualizar su aportación teológico-pastoral.

Haciendo un ejercicio de memoria agradecida, inevitablemente resuenan en mis oídos las palabras con que enfáticamente repetía con una pasión poco disimulada: «El Concilio Vaticano II ha supuesto un giro copernicano en la autocomprensión de la Iglesia». Rara era la clase en la que no salía alguna vez esta afirmación. Estábamos en las clases de eclesiología que nos impartía en el seminario de Madrid a mediados de los años 80. A algunos de sus jóvenes oyentes nos faltaba perspectiva, y todavía no éramos capaces de atisbar la magnitud de sus afirmaciones. Sin embargo, los seminaristas vivíamos en pisos y en comunidades parroquiales de barrio, muy próximos a las cuitas de la gente sencilla, y ese contexto ayudaba a entender mejor afirmaciones como la comentada.

Otro tema al que era muy afín el bueno de Rufino era el de los pobres y el papel protagonista que deben tener en la eclesiología. En efecto, probablemente porque su reflexión sobre la Iglesia era ‘reinocéntrica’ y muy centrada en una aproximación a la figura de Jesús y a su praxis, los pobres ocupaban un lugar muy relevante en sus clases y en sus publicaciones. Adelantándose al papa Francisco, que habla de la “amistad” con los pobres, categoría que muestra aún más la horizontalidad relacional con ellos, Rufino mostró cómo esto había de ser posible: los pobres no eran en su discurso solo destinatarios preferentes de la Buena Nueva del Reino, son también protagonistas, actores y hermeneutas de la humanidad nueva a la que nos convoca Jesús de Nazaret. Sin ellos, la Iglesia puede ser muchas cosas, pero nunca será la Iglesia de Jesús. Frente a una Iglesia eurocéntrica que venía acumulando “el polvo imperial de siglos”, cercana a opresores y poderosos, Rufino bebía de la Iglesia latinoamericana, desplegada en múltiples comunidades de base y ubicada en el que llegó a definir como “ continente para la Iglesia”. Una Iglesia Pueblo de Dios, fraternal, encaminada imparable con los empobrecidos, en continuo anhelo de justicia era el referente que tenía en su mente y en su corazón. No era un postulado de la razón teórica, sino una experiencia muchas veces sellada con el marchamo del martirio, como tuvo ocasión de comprobar in situ el propio Rufino a través de personas muy queridas por él.

Aunque no era muy dado a prodigarse en latines, sí recuerdo su repetición de la máxima Ecclesia semper reformanda est. La necesidad de una continua autocrítica, de superar la cultura del siempre-se-ha-hecho-así, la burocratización pastoral o el clericalismo (temas hoy muy presentes, por ejemplo, en Evangelii gaudium) eran cuestiones tratadas por él en sus clases, que siempre convocaban a no perder de vista el horizonte de lo esencial, del evangelio de Jesús sin glosa. Su docencia vinculaba de continuó eclesiología y cristología.

Descansa, Rufino, en paz de todos tus afanes y que el buen Dios te regale en plenitud aquello que anhelaste durante toda tu vida.

3. Pensar el compromiso y actuarlo
Por Enrique Arnánz Villalta (recibió el magisterio de Rufino Velasco en Salamanca y compartió la construcción de la comunidad de base en San Ambrosio, Palomeras, Madrid)
Hace 36 años que dejé el sacerdocio y la parroquia de San Ambrosio, en Vallecas. Viví allí durante 8 años y fue, sin duda, una de las etapas de mi vida espiritual y de mi conciencia social, ética y política más intensas e influyentes. Desde la parroquia, y en coordinación con el resto de las parroquias del arciprestazgo y con las asociaciones cívicas ya existentes, nuestro trabajo fundamental era de acompañamiento de la gente; creación de conciencia de barrio y comunidad; búsqueda de soluciones y recursos para situaciones límite que se daban cada día y de todo tipo; creación de tejido asociativo, sobre todo en el ámbito de la juventud, de los mayores, de la educación de adultos, y en el escenario de lo sociocultural; afirmación de un modelo de iglesia inclusiva y con una clara opción por la defensa de los derechos de los pobres en la vivencia diaria del espíritu de las Bienaventuranzas. Queríamos demostrar –sin pretenderlo expresamente, sino como algo natural a nuestra propia identidad cristiana, eclesial y cívica– que Dios y la comunidad, son afines; que el uno es imagen y semejanza del otro; que el Dios en el que creíamos es vida, comunión, amor, compromiso y opción definida por los pobres y lo pobre de la Tierra.
Una de las almas mentoras de todo esto fue, sin ninguna duda, Rufino Velasco. Había sido profesor de Eclesiología en el teologado claretiano de Salamanca de todos los que componíamos esa pequeña comunidad religiosa vallecana. Había sido asesor, valedor y apoyo incondicional –él y toda su admirable comunidad de Misión Abierta– cuando, enfrentados a la jerarquía claretiana pensábamos en la creación de formas de vida religiosa fuera de las comunidades clásicas, y encarnadas en los barrios periféricos de las ciudades. Y había sido un referente en la elaboración conceptual de nuestro proyecto de vida comunitaria con tres ideas/ fuerza que él consiguió grabar en nuestro disco duro mental y vital:
La idea –ahora evidente–de que no hay que entender y comprender el mundo desde la Iglesia, sino al revés, la iglesia desde el mundo. Entendimos, porque él nos lo enseñó con su eclesiología y su ejemplo, que el centro del mundo… es la comunidad local donde vivimos, y en la que había que implicarse con absoluta lealtad. Era un error el pensamiento anterior: Dios está en el más allá, y el mundo/la iglesia en el más acá. Dios y el mundo, nos enseñó Rufino, son afines; el uno es o debe ser imagen y semejanza del otro.
La idea de “lo inter”, de lo intercultural, de lo interreligioso, del ecumenismo religioso y laico… Fue muy revelador oírle a Rufino decirnos aquello de: «El Dios de Jesús no es ni católico, ni español». Era una forma absolutamente sencilla de enseñarnos, que es lo profundamente humano, el lugar verdadero de encuentro con Dios, y esto jamás puede encorsetarse en siglas, religiones, iglesias, sinagogas o mezquitas. Nos invitaba a trabajar por una Iglesia de y con mirada de luces largas y anchas.
La tercera idea potente que Rufino nos enseñó y nos ayudó a asimilar es la de que en la comunidad eclesial la autoridad es servicio, y por lo tanto, la gran tarea del “líder” es la de trabajar para que la comunidad a la que sirve sea cada vez más capaz de pensar, decidir y actuar por sí misma, en orden a la transformación de su propia realidad.

Rufino era, en su pensamiento, y en aquella época, un antisistema, y nos invitaba a ello. Sé que su eclesiología había nacido de “creerse” con sinceridad el espíritu del Vaticano II. Pero sé, también –lo hablamos en diferentes ocasiones– que un espacio de creación y contraste teológicos muy importantes para él había sido el contacto con estas comunidades eclesiales de barrios. Puedo hablar de Vallecas, porque fui testigo directo de su presencia allí y con nosotros, pero seguro que tuvo en su escenario vital otras referencias.
Participaba en las eucaristías domésticas –de horas– que teníamos los martes en nuestra casita de 57 metros cuadrados, con otros agentes pastorales y vecinos del barrio, y compartía después la cena. Muchos domingos participaba –o celebraba– la única eucaristía que teníamos en la Parroquia, hablando como uno más lo que le habían sugerido las lecturas. Se integró en la coordinación y animación de algún grupo de adultos donde se debatían temas relacionados con la vida diaria de la comunidad. En la asociación cultural Al Alba participó en cursos de educación de adultos y en grupos de estudio bíblico desde la mirada de la problemática sociopolítica del momento.
Y siempre, siempre… era “el hombre bueno”, sonriente, asertivo, cercano que disfrutaba de la compañía, la conversación, la comida compartida y el acompañamiento en los sufrimientos y dificultades de la vida cotidiana de la gente. Los miembros de la comunidad claretiana de Misión Abierta fueron para nosotros unos hermanos mayores que nos quisieron mucho y nos apoyaron siempre. Y Rufino dentro de dicha comunidad fue un referente especial, porque quiso acercarse a la experiencia de vivir en Vallecas el sufrimiento y la alegría infinita que comporta participar de la pasión dolorosa de los pobres.
Ahora, estoy convencido que, desde el lado misterioso de la vida, nos sigue apoyando en el esfuerzo diario por hacer que este mundo sea menos estúpido y más justo.

4. Implicación en comunidades cristianas de base
Por la Coordinadora de Iglesia de Base de cristianas y cristianos de Madrid.
Cristianas y cristianos de Base de Madrid y, en su nombre, la Coordinadora siempre está agradecida a Rufino Velasco. Persona muy cercana, afable en el trato, cariñoso y siempre con su sonrisa. Pero, sobre todo, persona muy comprometida. Cuando te encuentras con él, lo primero es interesarse por tu vida: ‘cómo te va, qué estás haciendo, cómo marcha tu comunidad, en qué estáis embarcados, qué es lo que nos preocupa y, de modo especial, cómo nos va en la Iglesia de Base de Madrid. En su interés recogía todos los aspectos de nuestra vida.
Desde los primeros encuentros de las Asambleas de preparación, Rufino participó activamente en el proceso de construcción de lo que somos en Cristianas y cristianos de Base de Madrid como miembro activo de la comunidad parroquial de San Ambrosio (Alto del Arenal, Madrid) y la comunidad religiosa de Fernández de los Ríos. Sus aportaciones fueron muy positivas y sugerentes, abiertas a la reflexión, desde la realidad que vivimos cada día, para poder interrogarnos cuál es el camino al que nos comprometemos en defensa de los más desfavorecidos en nuestra sociedad.
Para nuestra formación, Rufino fue el primero en escribir, en 1991, un libro de los seis publicados en la colección La Iglesia de Base (Nueva Utopía). En él recoge y reflexiona cómo desde la base hacemos el camino para construir la Comunidad de Comunidades; la importancia de la participación en este caminar y lo central que es el encuentro comunitario. A partir de estos principios hace teología desde la base y nos sirve para descubrir la importancia en nuestras vidas y en la sociedad del proceso que llevamos y sentimos. El texto ha servido para nuestra formación y la de tantas personas que han querido acercarse a formar parte de nuestras comunidades de Base.
Siempre dispuesto a ayudar. Así se mostró desde el principio. Se ofrecía a ir y estar en cualquier comunidad que lo requiriera para aportar su experiencia de vida. El encuentro con nuestras comunidades era lo más importante; el cuidado de esta red de comunidad de comunidades, que es para él la iglesia de base, nos fortalece, transmitiéndonos su testimonio y su compromiso con los más pobres, con la vida de las comunidades. Su participación con alegría en las celebraciones, encuentros y asambleas por poder encontrarse con todas las personas. Venía al encuentro con talante cercano, interesándose por la situación de todas las personas, alegrándose de compartir la comida y bebida comunitaria.
En un blog de teología nos habla de Jesús de Nazaret, que siempre fue un judío permanentemente laico. Desde las Bienaventuranzas nos dijo: «los privilegiados de Dios son los pobres». Hasta tal punto se distancia este Jesús del sacerdocio del templo que le obliga a preocuparse por los pobres de su pueblo. En el ‘buen samaritano’, Jesús presenta como ‘prójimo’ a toda la inmensa mayoría de los pobres que forman parte del pueblo de Israel. Ese prójimo que obliga al sacerdote y al levita a dar un rodeo y pasar de largo, a Jesús le dio lástima, es decir, ‘le conmovió las entrañas’. Y Rufino termina la reflexión diciendo: «el criterio determinante del juicio de Dios sobre la historia no va a ser un criterio religioso, sino estrictamente laico». Estos principios nos siguen motivando hoy y nos mantienen en nuestro trabajo a través de la ‘comisión de Laicidad’, que tanto aporta a las comunidades.

Gracias, Rufino, por poder compartir contigo desde el principio hasta el final tu vida de compromiso y acogida; por dejarnos una teología de la Iglesia del Vaticano II y tu poesía cristiana. Seguro que nos sigues sonriendo donde estás.