Cristianismo, religión secular. Una mirada al Nuevo testamento

Xavier Pikaza

Desde un judaísmo secular. En principio, judaísmo y cristianismo son religiones seculares, pues no crean poderes sagrados, ni instauran una jerarquía de mediadores divinos sobre el pueblo y separan ni sacralizan espacios de Dios, por encima de la vida, sino que descubren y expresan su propuesta en la misma vida real secular (personal, social y económica) del hombre. No tienen ni ritos separados ni templos, pues el hombre como tal es rito y templo, como ratifica el Concilio de Calcedonia (451 d. C.), al decir que Cristo es divino siendo humano.

El judaísmo había superado el culto de los sacrificios a través de una larga historia de rupturas creadoras que empezaron tras la primera “destrucción” de su templo (587 a.C.) y culminaron en la segunda (70 d. C.). En esa línea, a lo largo de ese tiempo se fue convirtiendo en religión de la Ley y Vida humana, de forma que cesaron los sacrificios, y su religión se hizo religión de laicos, dirigida y representada por padres de familia y estudiosos de la Ley.

La comunidad israelita se convirtió en federación de sinagogas donde los rabinos (maestros laicos) expandieron una religión de la Palabra, que sustituyó a la del Templo. Siguió existiendo un ritual, centrado en ceremonias signos de paso y comunión que marcan la identidad de los judíos (circuncisión, baños purificadores, fiestas, etc.), pero un ritual secular, identificándose con la misma vida del pueblo, sin dominio político-sacral de unos sobre otros: Cada padre es “sacerdote” de familia; cada miembro de la sinagoga es ministro de la Palabra leída y comentada; cada judío, un elegido de Dios.

El judaísmo ha corrido sin duda el riesgo de sacralizar al propio pueblo (frente a las naciones paganas o no judías), pero desde su misma raíz ha iniciado, fecundado y potenciado el mayor proceso de secularización universal de la cultura y vida de occidente, que no podría haberse dado sin hombres como Marx y Freud, Polanyi o Adorno.

El cristianismo de Jesús, es también una religión secular, pero en sentido universal, como expresión de una esperanza profética abierta a todos, partiendo de los pobres. Jesús no fue sacerdote, sino laico, en la línea de los profetas y pretendientes mesiánicos, de los sanadores carismáticos y los sabios populares de su entorno. Tampoco fue un gobernante o mesías político, empeñado en tomar e imponer un poder sagrado, como querían algunos celotas políticos, y como habían logrado ser los macabeos, siglo y medio antes, para imponer su religión de un modo sacral.

A lo largo de su ministerio no se enfrentó de un modo directo con sacerdotes y celotas, sino que hizo algo más hondo: Les dejó de lado (en especial a los sacerdotes), para proclamar e iniciar una religión de pueblo, sin imposición de sacral o política. No se atribuyó títulos de honor, pues títulos y honores los tenían otros (sacerdotes y emperadores/reyes), sino que actuó como un simple ser humano (hijo de hombre), sin tareas oficiales, ordenaciones jurídicas, ni documentaciones acreditativas, pues lo más grandes (signo de Dios) es el mismo ser humano.

Había sido por un tiempo discípulo de Juan Bautista, profeta del juicio de Dios que actuaba en el desierto (allende el Jordán), impartiendo un bautismo de conversión a quienes quisieran resguardarse de la catástrofe inminente. Pero a Juan le mataron, y Jesús tuvo la certeza de que el tiempo de prueba y desdicha se había cumplido, y que Dios le impulsaba a proclamar y adelantar la llegada del Reino de Dios, que es el Reino de los Hombres, en justicia, perdón y concordia, a partir de los enfermos, marginados y excluidos de Israel (judíos), para abrirse después por medio de ellos (se estaba abriendo ya) hacia todos los hombres y mujeres de la tierra.

Se sintió mesías, enviado de un Dios Abba, creador y amigo de los hombres, pero no como superior a los demás e imponerse sobre ellos, de un modo sagrado, sino para poner en marcha un camino de vida y comunión, no para someterse a Dios, sino para ser presencia de Dios desde la misma vida. Era laico o seglar, predicador espontáneo, sin estudios oficiales, al interior de las tradiciones de Israel (en línea profética), pero sin asumir ni imponer unas instituciones sacrales que también formaban parte de su pueblo; no fue mesías de templo o de mando superior, no quiso imposición social ni religiosa de unos sobre los otros).

Creía en Dios, Padre de todos, y así promovió un proyecto de sabiduría (conocimiento), curación integral (salud) y comunión universal, a partir de los marginados (cf. Mt 5, 3; 11, 5; Lc 6, 20; 7, 22), a quienes iba despertando, acompañando y animando para recibir y expandir el Reino, pues ellos eran sus destinatarios y herederos

Por estado y vocación, era un marginal. Estaba convencido de que sólo desde fuera de las instituciones del sistema se podía extender la obra de Dios, la verdadera humanidad, porque el Reino se identifica con los mismos hombres, no viene desde poderes superiores No apeló a medidas de separación clasista, como algunos en su entorno. No adiestró a un posible grupo de guerreros (como los celotas posteriores), ni fundó una agrupación de especialistas de la ley, un «resto» de puros, separados (como los esenios), unos sacerdotes mejores que los de aquel Templo.

No apeló al dinero, ni educó un plantel de funcionarios, sino que inició su movimiento directo de Vida en el espacio abierto de la vida. No buscó poderes, ni edificios propios, ni funcionarios a sueldo, ni una doctrina especial, sino que habló con imágenes que todos podían entender (imaginar) y actuó con gestos que todos podían asumir, abriendo cauces personales de solidaridad desde los excluidos y necesitados, como sanador y exorcista, amigo de los pobres. Compartió la comida a campo abierto con aquellos que iban y venían, buscando salud, compañía o esperanza, ocupándose en especial de los niños, enfermos y excluidos de la sociedad.

No fue hombre del sistema, pero tampoco un outsider utópico, como algunos apocalípticos y bautistas de su entorno, sino profeta y hombre carismático, al margen del poder sagrado (romano o judío), pero en el centro de la gran plaza de la vida, en nombre de un Dios de todos, a quien concibió como perdón, libertad y concordia directa entre hombres. Se dirigió a las gentes de Israel (era judío), pero, al centrarse en los pobres, tanto su enseñanza (Sermón de la Montaña) como su acción (sanaciones, comidas) se abrieron de hecho a todos los pueblos.

No estableció discursos de universalidad teórica, ni creó instituciones administrativas internacionales, sino que fundó una experiencia universal de humanidad, desde las zonas campesinas donde habitaban los excluidos del orden establecido. De esa forma volvió a los orígenes de la vida humana (en la línea del libro del Génesis), de manera que en su mensaje podían caber (con el Israel de los pobres) todos los hombres y mujeres de la tierra.

Los primeros destinatarios de su proyecto fueron pobres, publicanos y prostitutas, hambrientos y enfermos, expulsados del sistema (huérfanos, viudas, extranjeros de la tradición judía), pero tenía simpatizantes y amigos de las clases medias, y también con ellos inició un camino de Reino, instituyendo a Doce como signo del nuevo Israel universal, pero sin hacerles autoridad administrativa o sacral. Ni él ni sus primeros seguidores fueron sacerdotes, sino laicos y como tales establecieron una vinculación comunitaria centrada en el valor del ser humano, sin templos y ceremonias sacrales, de forma que los romanos pudieron llamarles ateos, pues carecían de culto religioso externo, expresado de un modo político, junto al palacio de los gobernadores y el ágora de los comerciantes.

Sus signos (bautismo, eucaristía) eran en principio seculares. Su evangelio no necesitaba templo, ni sacrificio expiatorio, ni funcionarios separados, de manera que en su grupo no podían elevarse unos escribas separados por su sabiduría de libro, ni unos funcionarios destacados por su poder sacral, como sigue diciendo en el siglo II la Carta a Diogneto: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. No tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto…» (Diog 4-5).

Resacralización. A pesar de eso, desde finales del siglo II y a lo largo del III-IV el cristianismo se hizo religión sagrada y pública, a través de un triple cambio que ha marcado la historia de occidente:

  • Retorno sacerdotal. Los rabinos judíos de la Misná abandonaron desde el siglo I d.C. el culto sacral con sacerdotes. Los cristianos, en cambio, recrearon en el siglo III d.C. un tipo de sacralidad semi-judía, con sumos sacerdotes (obispos), sacerdotes y levitas (presbíteros y diáconos), organizando una jerarquía de tipo vétero-judío y helenista, desde la perspectiva de una filosofía de los “grados” de ser y de una jerarquización sagrada de la autoridad.
  • Hegemonía en vez de fraternidad. Así sacralizaron un tipo de orden jerárquico pagano, en el que Dios aparece como cima de una pirámide sacral más que como impulso original de vida, partiendo de los pobres. Así dice ya Ignacio de A. en el II d. C. «Como el Señor no hizo nada sin el Padre, ni por sí, ni por sus apóstoles, así vosotros nada hagáis sin contar con el Obispo y los presbíteros… Someteos al Obispo y unos a los otros, como Jesucristo al Padre según la carne, y los apóstoles a Cristo y al Padre… para unidad corporal y espiritual» (Mag 7, 1; 13, 2).
  • Toma de poder social. Tras el edicto de tolerancia de Constantino (313 d.C.), los responsables de la administración cristiana, antes perseguidos, acabaron re-sacralizando el orden del imperio, de forma que el cristianismo se convirtió en Religión del Estado y así ha definido la vida de Europa hasta la Ilustración (siglo XVIII) y aún después, hasta el siglo XX.

Nueva secularización. Desde el Renacimiento, con la Reforma Protestante y, en especial, desde la Ilustración (siglo XVIII) se ha producido un intenso proceso de secularización, que, en un sentido, tiene rasgos negativos, pues se ha vinculado de hecho con un fuerte poder colonial imperialista y con un capitalismo que puede destruir las mismas bases de la vida humana, pero que en otros sentidos ha sido y puede ser muy positivo.

En general, las iglesias se han opuesto a su marcha, quizá por miedo a perder sus privilegios político-económico-sacrales. Pero ese proceso resulta inseparable del judeo-cristianismo (con otros impulsos como el pensamiento griego y la racionalidad jurídica romana), de manera que, por su bien, para recuperar su impulso original, el cristianismo debe no sólo recuperar sino animar los elementos más significativos del proceso de secularización, para formar una sociedad laica, es decir, humana, sin la “tutela” de poderes exteriores, pues, por principio, como he dicho, el Dios cristiano se expresa en la misma vida humana.

Según eso, la Iglesia ha de promover el surgimiento de una sociedad que sea plenamente laica, es decir, humana, sin injerencia de poderes y principios extra-humanos, aunque recordando que no todos los impulsos y opciones de los hombres se sitúan en la línea de la igualdad fraterna de todos. En ese contexto, el cristianismo puede y debe ofrecer su germen o semilla de humanidad, desde el evangelio de Jesús, no para mantener o imponer un neo-sacralismo, sino para aportar su experiencia.

Conclusión. En ese contexto pueden, y quizá deben, ponerse de relieve los siguientes rasgos. (a) A favor de la esperanza. Frente a los fracasos y los miedos de la modernidad, el cristianismo debe mantener su “apuesta de futuro”, por una libertad y comunión más alta, en línea secular, no neo-sacral. Frente a los agoreros que dicen que “la historia ha terminado”, que no hay más futuro que el capitalismo, los seguidores de Jesús han de seguir aportando su experiencia de utopía, en apertura al Reino de Dios. (b) A favor de la comunicación. Muchos piensan que los hombres y mujeres del siglo XXI son incapaces de comunicarse. Pues bien, en contra de eso, el cristianismo puede y debe apostar por versión “mesiánica” de razón dialogal, en la línea de Jesús, poniendo de relieve la apertura del hombre hacia su prójimo, en línea de gratuidad, sin buscar el poder o supremacía sacral el propio grupo, sin el despliegue secular de todos.

En esta perspectiva pueden destacarse tres principios: (a) En plano teológico, debemos recordar que Jesús es logos y que el Dios trinitario es diálogo. Por eso, creer en Dios significa creer en la comunicación universal, pues los hombres son imagen de Dios y así pueden abrirse en gratuidad unos a otros. (2) En plano simbólico, la iglesia debe presentarse como mediación humana (social) de ese diálogo fundante (sin al poder sacral ni al capital superior), como instancia secular de diálogo universal. (3) Este diálogo cristiano se puede y debe estructurar en forma personal, social y política, buscando las mediaciones necesarias en los diversos planos, pero siempre desde (y a favor) de los débiles, como muestra Jesús en el evangelio.

Según eso, cristianismo sólo tiene sentido en la medida en que pone de relieve el valor de cada uno de los hombres en su aspecto personal (individual), destacando su responsabilidad y su dignidad inalienable, pero siempre en apertura de escucha y de diálogo con todos. En esa línea podemos decir que el futuro del hombre implica una fuerte “fe” en los hombres. O creemos unos en otros, o nos destruimos todos como humanos.