Personas que huyen de la violencia, las guerras y el hambre

Javier Baeza Atienza

Ámbito

La realidad de personas que, en distintas situaciones legales, llegan o pasan por España son muy variadas. Quizás las distinciones que se hacen responden más a la definición que pretende exonerar nuestra responsabilidad sobre esas personas que al intento de dar respuestas a sus circunstancias; al margen de las condiciones de estancia en nuestro estado o las maneras de haber llegado aquí. Así se ha hablado de “refugiados”, “migrantes irregulares”, “reubicados”, migrantes económicos”…

Por tanto, más allá del intento de definir dicha realidad, no podemos obviar que quien pone su vida en “jaque”, abandona su cultura, se desarraiga de su familia y abandona su país… son personas en huida: del hambre, las guerras, la violencia…

Esos augurios catastróficos que asimilan la migración al efecto llamada, están tremendamente equivocados cuando lo que está ocurriendo es precisamente lo contrario.

Esta realidad de las migraciones nos ha puesto en la encrucijada más radical de este comienzo de siglo: apostamos por la humanidad, por una sola humanidad o agudizamos las diferencias entre seres humanos anquilosándonos en la cultura del “descarte” que dice el Papa Francisco.

Si bien la llegada de personas en busca de vida ha sido una constante “llamativa y mediatizada” en nuestro país desde comienzos de este siglo, no es menos verdad que la dureza y crueldad con que se les ha tratado ha sido inversamente proporcional al aseguramiento de sus derechos.

Leyes de extranjería cada vez más severas y criminalizadoras, medidas físicas de contención en frontera Sur altamente “lesivas y crueles” personas en expresión de Amnistía internacional, fiereza irracional en los controles policiales sobre población “con aspecto migrante”, aumento del tiempo de privación de libertad por faltas administrativas en los CIE, espacios donde los derechos y la legalidad parecen un sueño…

Y todo este incremento persecutorio y criminalizador de quienes huyen de los no-espacios de vida, lo han sumado al hecho de la crisis en nuestro país, dando como resultado el resurgimiento de políticas y leyes contra los otros, los migrantes, contra aquellos que han sido y son utilizados con fines laborales en trabajos mal remunerados que nadie “autóctono” quería realizar. Se habla de los migrantes como mano de obra “necesaria” regulando los oficios no cubiertos por los nacionales y, expandiendo a toda la clase obrera, que la necesidad obra milagros. Así entramos en una veloz carrera de disminución de derechos a toda la sociedad y de abajamiento de las condiciones dignas de los trabajadores. Todo cínicamente tramado por el gran capital de la mano de gobernantes más preocupados en no molestar o seguir enriqueciendo a la banca que en mantener los derechos ciudadanos y asegurar el precario estado de bienestar existente.

Así se ha ido consolidando, en muchos de nuestros barrios, esa “guerra silenciosa” de los pobres contra los pobres. La migración como catalizador del inconformismo de la clase media trabajadora. Pero cuya denuncia, en muchas ocasiones, no tiene como objetivo a los responsables de las actuales políticas.

Muchos viejos vecinos fueron migrantes, hoy nuestro país lleva años siendo lugar de llegada, puerta de entrada a Europa… país de migración. Y esta realidad hecho entrar a muchos en dinámicas de rechazo al otro. Como si en el otro no nos jugáramos nuestro propio ser, personal y colectivo.

Propuesta de acción

Mes de mayo de 2015. Un joven palestino aparece por San Carlos Borromeo, preocupado por la situación en que se encuentran otros paisanos. Llevan meses en Madrid, nadie les atiende, solo otros jóvenes que, acogidos en pisos por distintas entidades, comparten con ellos la comida, el dinero de bolsillo y, en algún caso excepcional (y sin que se enteren los responsables de dicha entidad) les han dado cobijo nocturno, sobre todo en el duro invierno madrileño.

Comenzamos trasladando a este muchacho el desconocimiento de dicha realidad y el ofrecimiento del apoyo que estimemos, entre todos, puedan necesitar. Así él se encargará de citar a los jóvenes a quien conoce y nosotros a quienes estamos dispuestos a echar una mano. Se pone en marcha la rueda de la solidaridad. Esa que nos ocupa e implica en las situaciones que vamos conociendo o nos van llegando.

Esta solidaridad espontánea, generosa y creativa, hace que comiencen a aparecer no solo jóvenes susceptibles de asilo, y por tanto objeto de la prestación social y de acogida que nuestro Estado dice poseer y ofrecer a cuantos ciudadanos soliciten dicho estatuto: refugiado; sino también muchas familias. Estaban por nuestra ciudad, vagando sin apoyo, sin futuro y con una vida “muy cansada”…

Las primeras asambleas se tornan en una ocasión de encuentro y en un ejercicio ciudadano de corresponsabilidad. Unas familias se ofrecen a acoger a algunos jóvenes… Siguen las asambleas semanales y aparecen, cada día, nuevas situaciones y más personas abandonadas a su “mala” suerte o presas de la burocracia que esclerotiza cualquier atención pública, por buena que esta sea.

La realidad nos desborda y, además, no podemos dejar que quienes son responsables directos de semejante atrocidad sigan viviendo en su torre de marfil. El bienestar individual suele estar reñido con el bien colectivo de quienes más soportan la exclusión. Así, en asamblea, descubrimos que no hay mejor manera de ejercitar la solidaridad que comenzar por destrozar esos estereotipos que a unos nos hacen ayudadores y a otros ayudados. Como decía Galeano, “es horizontal e implica respeto mutuo”.

Pues junto a ese espléndido ejercicio humanizador de la solidaridad acogiendo a personas y familias e intentar ofrecer aquello que necesitan para poder acceder a otros derechos, surge la necesidad de visibilizar esta realidad y, sobre todo, el silencio cómplice de una administración empeñada en el no reconocimiento de la misma. Lo que no reconozco no existe.

La propia asamblea donde la mezcla es evidente, dispone hacer algo más. Recordar a quienes nos gobiernan que sus responsabilidades no puede acabar en su control y persecución, sino que también conlleva la atención y cumplimiento de las leyes de acogida y refugio. En pleno mes de julio, nos concentramos ante la Secretaría de Estado de Migración para que escuchen la realidad de las personas migrantes abandonadas y la de la ciudadanía solidaria que exigimos responsabilidad.

Fruto de estos encuentros, con sus asambleas, el ejercicio de responsabilidad de quienes sufren la migración y la corresponsabilidad de quienes nos consideramos ciudadanos del mundo provocó que los responsables escuchasen, intentasen enmendar una situación provocada por su ceguera y tuviesen claro que la solución puntual de algunas circunstancias no nos callaría la boca a la hora de seguir reclamando derechos.

Es preciso además constatar que esta desatención ha sido también denunciada por el Defensor del Pueblo cuando señala: “esta institución considera que el sistema de acogida para solicitantes de protección internacional no se ha reforzado suficientemente, ni con la necesaria rapidez, lo que ha provocado que algunas personas se hayan encontrado en una situación de desprotección” [1].

Reflexión

Constatamos la realidad de las migraciones, en sí y para quien quiera estar cercana a ella, como conflictiva. Porque son muchos los intereses que causan las mismas. Y conflictiva porque no podemos estar mirando solo las responsabilidades de quien tiene poder, sin escudriñar nuestras parcelas “intocables”.

El impacto mediático que tiene la muerte “evitable” del niño Aylan en una playa turca no puede dejarnos impasibles. Cuántos Aylan pueblan hoy ese gran cementerio en que se ha convertido el Mediterráneo. Si antaño fue lugar de vinculación entre culturas que lo bañan, hoy es el espacio trágico de la desolación a la que hemos abocado a miles de personas. Camposanto creado por las políticas que han impuesto, no solo en los estados particulares, sino en aquel gran sueño que fue la construcción europea. El cierre de fronteras, la inversión millonaria en sistemas de detección de personas, la financiación de tapones en países “¿amigos?” para la retención de personas migrantes y la amenaza económica de no ayudar a quienes no se sometan a estas inhumanas políticas, hacen que –de manera silenciosa– estemos asistiendo a una tercera guerra mundial contra personas, familias y pueblos.

Frente a esa irracionalidad en la que se pretende convertir el trato a las personas migrantes, no podemos olvidar nuestra misión como ciudadanos y creyentes (al menos en mi caso las dos pretendo que converjan): la acogida. Cuando dejamos que la realidad nos aprese, no podemos dejar de ejercer la protección. Y esta concretarla en la acogida de personas migrantes con dificultad. Sabiéndonos compañeros de una misma travesía en la que hoy el salvavidas puede estar en mi cuello, pero ¿y mañana?

Esta acogida debe prevalecer sobre leyes, normas y protocolos. En el mundo de lo social se lleva mucho la protocolización. Esto es que el otro se desnude (cuente toda su vida) y yo (desde mi atalaya) valore si lo que ofrezco es lo que le conviene.

Reconocer al otro –migrante– que es igual de persona que yo. Que además de necesidades materiales tiene otras necesidades que no se ven, imperceptibles. Que podemos intuir por su rostro, sus silencios o quebradizas seguridades. Para detectarlas hace falta tiempo, confianza y fidelidad. Precisamente el mundo de los sentimientos es tan sagrado, que la entrada en él requiere unas disposiciones muy determinadas y determinantes.

Por eso tenemos que cuidarnos. Porque la acogida no es un ejercicio unidireccional. Acojo si me dejo acoger. Me acogen si soy capaz de disponerme a la acogida. Esos cuidados recíprocos son los que nos constituyen como comunidad [2]. Y lo comunitario es lo que nos obliga.

Termino recordando a Adela Cortina [3]: “Hay una “obligación” que nace cuando descubrimos que estamos ligados unos a otros y por eso estamos mutuamente ob-ligados.»

Acogida, cuidados, comunidad, obligación, gratuidad… adjetivos que pueden hacer la vida algo completamente diferente…

[1] Respuesta en Nº Expediente: 15009618, de 28 de Diciembre de 2015

[2] Luis García Montero, “El valor de los cuidados“, Público, pp. 9-10-11.

[3] “Alianza y Contrato. Política, ética y religión” Madrid, Trotta, 2005, p. 171.

Derecho a la alimentación

José Ramón González Parada

La emergencia alimentaria, que afecta en el conjunto del Estado Español a dos millones de personas (año 2014), no tenía ni presencia ni visibilidad en las intensas movilizaciones populares contra la crisis. Para poner en la agenda política y reclamar el derecho a la alimentación surge la Carta contra el Hambre, plataforma que agrupa a más de 40 organizaciones sociales, exigiendo a las administraciones públicas que garanticen a la población su derecho a disfrutar de una alimentación adecuada, e insistiendo en que “la solidaridad ciudadana no debe servir de excusa para no abordar el problema de fondo y, mucho menos, para acostumbrar a la administración a la privatización de la ayuda”. Pero todavía quedaba un largo camino por recorrer: llevar a la práctica, materializar los compromisos.

Sin embargo, no resultó fácil llegar a un propósito común sobre cómo abordar el problema, pues nos encontrábamos con una fundada crítica: que centrarse en eso es una operación reduccionista, ya que nos quedamos en las ramas y no abordamos el meollo de la cuestión. La respuesta frente a esta crítica es que partimos de una realidad concreta formulando nuevas posibilidades para la acción que contribuyan a cambiar la situación, no para hacerla más funcional al sistema, sino para darle la vuelta. Se analiza y conoce el impacto de la desnutrición en la población, sus efectos sociales y económicos. Se identifica bien la naturaleza política del problema del hambre. Pero no se acaba de hacer un diagnóstico sobre el impacto social y político de las respuestas a la emergencia alimentaria que atraviesa el país. No existe contradicción entre reclamar la renta básica u otras medidas semejantes, con la intervención en la adquisición de alimentos y con la organización del acceso a los mismos por parte de la población que hoy hace cola en centros religiosos y de las ONGs. Desde la perspectiva de un servicio social más, no es asistencialismo pretender que la emergencia alimentaria sea tratada desde políticas públicas, pretender mejorar en cantidad y calidad la dieta de los que ahora dependen del reparto de alimentos.

Tras un año de reuniones y preparativos –en el que más de una vez surgió la duda de que lo que hacíamos era pura teoría ajena a las necesidades de la gente– cristalizan en un resultado bien concreto, la Primera Conferencia contra el Hambre y el Pacto contra el Hambre. La Conferencia, celebrada el día 10 de Abril de 2015 en la sede de la Unión Europea de Madrid, que cedió sus locales a la Carta contra el Hambre, reunió a representantes de Caritas, Banco de Alimentos, Cruz Roja, Mensajeros de la Paz, e iniciativas populares como las Despensas Solidarias, Pan para Todos o el Banco Popular de Alimentos de Tetuán, en un salón atiborrado de público, en el que se dio espacio para testimonios de familias receptoras de alimentos. El impacto político de la Conferencia será casi inmediato, y se concretó en la firma del Pacto contra el Hambre –coincidiendo con la campaña a las elecciones municipales y autonómicas de mayo del 2015– firmado por los principales partidos madrileños, a excepción del PP.

Desde altos cargos del PP de Madrid se venía negando sistemáticamente el problema alimentario, en ocasiones hasta con expresiones despectivas hacia los padres de los niños desnutridos. Era por tanto necesario combatir el negacionismo, reclamando por el contrario que los poderes públicos están obligados según el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, a “Cumplir el derecho a la alimentación de forma directa cuando existan individuos o grupos incapaces, por razones que escapen a su control, de disfrutar el derecho a la alimentación adecuada por los medios a su alcance”, poniendo desde la Administración los medios necesarios para identificar la situación real, base imprescindible para el diseño de las medidas necesarias, atendiendo a la necesidad de seguir aportando alimentos a la población afectada.

EL ACCESO A LOS ALIMENTOS EN LA POLÍTICA MUNICIPAL

Concretamos esta idea en la promoción de una Iniciativa Legislativa Municipal, (prevista en la Ley 6/1986, de 25 de junio, de la Comunidad de Madrid) cuya finalidad es regular la responsabilidad de los Ayuntamientos y la Comunidad en la provisión de un servicio social para paliar la insolvencia alimentaria que sufren muchas familias (dentro del conjunto de necesidades que se derivan de la situación de creciente pobreza). En el momento de redactar este artículo apoyan la iniciativa los ayuntamientos de Leganés, Fuenlabrada, Collado Villalba y Velilla de San Antonio, estando a la espera de otros ayuntamientos que lo llevarán al Pleno Municipal, entre ellos el Ayuntamiento de Madrid.

Con el Ayuntamiento de Madrid preparamos también la II Conferencia contra el Hambre, para aunar criterios y mejorar la intervención municipal en pro del derecho a la alimentación. Y seguimos trabajando en iniciativas que sirvan para mejorar el sistema de reparto de alimentos, una de las cuales es el proyecto de Centro Municipal de Cultura Alimentaria, una idea que parte de considerar que los centros de distribución de alimentos deberán a su vez ser nodos de organización social y potenciadores de conciencia crítica. El reparto de alimentos es también un laboratorio que busca una transformación de la vida social. Pasar de un espacio físico en el que se distribuyen alimentos a un espacio social, donde el derecho a la alimentación y la soberanía alimentaria sea el instrumental con el que operen unos y otros, que ya no son beneficiarios y benefactores, sino actores unidos por una misma necesidad de cambiar el estado de cosas.

Un espacio no exclusivo de los receptores de alimentos, sino también abierto a los vecinos que quieran, donde acceder gratuitamente a alimentos no es ningún estigma, y donde como en cualquier mostrador de nuestro pequeño comercio comparten charla y adquisición de alimentos el que paga con dinero y el que paga con un bono. Pero a la vez un centro de organización social y proveedor de otros servicios, una escuela de aprendizaje colectiva, y una experiencia de cogestión popular/municipal. Y, por último, una actividad económica que no compite con el comercio de proximidad, sino que lo refuerza. Este centro no quitará clientes al comercio local, como ocurre cuando se instala una gran superficie, sino que le aporta un cliente más, en la medida en que ciertos productos pueden ser ofrecidos por los pequeños comerciantes que se ubican en los mercados tradicionales.

EL DERECHO A LA ALIMENTACIÓN

Si partimos del derecho a la alimentación como una columna básica de la justicia social, facilitar el acceso a los alimentos de la gente empobrecida –bien sea de forma directa, bien mediante algún mecanismo compensatorio– deja de ser una tarea privada relegada a la solidaridad de los particulares, y pasa a formar parte de las políticas públicas que combaten la exclusión social. Y cuando esto existe –políticas públicas contra la exclusión– entonces abordar el problema del acceso a los alimentos, junto con los itinerarios a medio plazo, se impone también como tarea urgente en los servicios sociales municipales; pues efectivamente al defender el derecho a la alimentación defendemos también un municipalismo activo y participativo. Una política social que debe atender a preservar la dignidad de los afectados, incorporándolos como sujetos activos que tienen algo que decir sobre su situación y sobre las acciones que se toman a cabo.

La asistencia alimentaria –mientras no sea resuelta definitivamente como una política pública– seguirá dependiendo de la aportación de trabajo voluntario de la solidaridad popular, pero esta aportación no debe ser excluyente del objetivo de participación directa de los afectados ni de la defensa del derecho a la alimentación. En la organización del reparto de alimentos está también el germen del cambio social, pero, claro, no como se hace ahora.

La carencia de respuesta desde los servicios públicos se compensa socialmente con la transferencia de responsabilidad voluntaria al sector privado empresarial, que puede hacer donaciones masivas y además contribuir logísticamente en el acopio y reparto. Las organizaciones filantrópicas son intermediarios imprescindibles que acaban ocupando el espacio de lo público, reconstruyendo un modelo de sociedad civil plenamente compatible con la destrucción del estado de bienestar. Esta inversión social vuelve la responsabilidad a los individuos en cuya mano está apoyar a estas instituciones privadas.

La responsabilidad de los individuos debe ser colectiva, reclamando y presionando para que las instituciones públicas actúen, criticando su inhibición, solidarizándose de forma activa con los que sufren la pobreza, pero sin fiar a la acción espontánea –inestable en el tiempo y circunscrita a una acción paliativa muy localizada– la solución de un problema de naturaleza política, y la pobreza lo es, que demanda la mediación institucional.

La democracia ayer y hoy

Antonio García Santesmases

Desde hace años asistimos a una impugnación de la democracia establecida. Son muchos los que ponen en cuestión los procedimientos y los resultados de los regimenes políticos vinculados a la democracia liberal. En el caso  de España se concreta esta crítica en una puesta en cuestión del régimen constitucional del 78 y en la necesidad de proceder a una segunda transición que logre superar las deficiencias, los errores y las carencias de la transición producida en los años setenta. Intentaré en este artículo exponer los parámetros de la transición del 78 y mostrar los nuevos elementos que aparecen a partir de la crisis económica del 2.007; centrándome  especialmente en lo ocurrido a partir de la llegada a la esfera pública de una nueva generación que vive en un contexto muy distinto al que tuvieron que afrontar los dirigentes políticos que lideraron el consenso de 1.978.

I- LA TRANSICION DEL 78  Y EUROPA COMO SOLUCION.

La transición a la democracia remite a un proceso que comienza con la muerte del dictador y concluye con la victoria del Partido socialista el 28 de octubre del 82.  La salida de la dictadura tenía una serie de condicionantes y de límites,  que fueron respetados escrupulosamente por las fuerzas políticas de la oposición. El fundamental tuvo que ver con la pervivencia de la institución monárquica para establecer una continuidad entre la dictadura y la democracia sin que hubiera ruptura con la legalidad establecida;  la pervivencia de la monarquía  permitió el triunfo de la reforma política y poder transitar de la ley a la ley, como defendían entonces los reformistas del franquismo,  protagonistas principales de aquel proceso.

Salvada la permanencia de la monarquía había una serie de temas que habían dividido a los españoles que había que intentar solventar; fundamentalmente la articulación del poder territorial, la cuestión religiosa y el sistema electoral. La posición que mantenían los reformistas del régimen franquista era evitar la republica como forma de Estado, impidiendo  la recuperación del laicismo y  la puesta en cuestión de la unidad nacional. La monarquía parlamentaria, el Estado de las autonomías y el Estado aconfesional  fueron las fórmulas que permitieron el consenso constitucional. Atrás quedaban las propuestas de una república laica y  el reconocimiento del derecho de autodeterminación de las nacionalidades.

La ley electoral aprobada permitía asegurar un bipartidismo corregido que ha funcionado durante años; es cierto que ha sido un bipartidismo donde han jugado un papel muy relevante los partidos nacionalistas. Hoy asistimos a la emergencia de nuevas fuerzas que ponen en cuestión el modelo y nos permiten experimentar las paradojas  del multipartidismo. Si por democracia entendiéramos solo la competencia por el liderazgo político este sería el tema esencial. Pero la democracia era entonces y es hoy algo más;  en el caso español estaba muy vinculada a la aspiración a encontrar un lugar  en el mundo europeo; hoy a sobrevivir ante la crisis del propio modelo europeo.

El proceso de la transición se produce en un momento en el que la inmensa mayoría de las fuerzas políticas coinciden en que es el momento de   conseguir la incorporación al proyecto europeo. Si en algún momento de nuestra historia aparece con inequívoca claridad que España  – la España de la dictadura – es  el problema y  Europa – la Europa de las libertades y de la democracia – es la solución es en los años setenta y a comienzo de los ochenta del pasado siglo. Se vuelve a recuperar el proyecto de la generación del 14 formulado por Ortega.  Hay que incorporarse a Europa porque Europa ha logrado la paz tras dos guerras mundiales; ha conseguido extender el bienestar a grandes mayorías de la población  y ha posibilitado una superación de los conflictos religiosos y de los extremismos ideológicos. Europa es la democracia. Una democracia unida al bienestar, a la paz y a la laicidad.

Si hoy nos preguntan por la diferencia entre uno y otro momento histórico no cabe duda que es enorme;   hoy la situación  en Europa es muy distinta. Nos basta con abrir   la prensa para  leer que “estamos en guerra”;  para recordar que “el modelo del bienestar no se puede mantener” y  para advertir que  “la religión ha vuelto en su cara más agresiva y fundamentalista”. ¿Puede sobrevivir la democracia ante estos tres retos?; ¿puede hacerlo en países como España donde unido a estas tres encrucijadas nos vemos abocados a preguntarnos si podremos sobrevivir como nación? Estos son los desafíos  con los que nos enfrentamos.

Aquel mundo de la transición era un mundo donde había dos bloques militares, donde tenían un gran peso los partidos comunistas en Francia y en Italia y  donde en España parecía que el gran problema era el papel que iba a jugar el Pce en la nueva democracia.  Hoy no existe la Unión soviética y, tras la caída del comunismo, son  los nacionalismos por un lado y  los fundamentalismos por otro los que ponen en cuestión el orden europeo.

Existe también una contestación social articulada desde una nueva izquierda. Una nueva izquierda muy  minoritaria en la mayor parte de los países europeos. No así en España donde ha tenido los mejores resultados en toda la democracia y constituye un motivo de esperanza.

El  hecho es que el actual orden europeo no sabe cómo gestionar la pluralidad cultural y religiosa y  no tiene los recursos de antaño para garantizar la lealtad de las poblaciones. La desigualdad ha ido aumentando, la pobreza ha resurgido y ante las nuevas formas de exclusión social y de precariedad hay una demanda constante de sentido, de encontrar un sentido a la propia vida, aunque para algunos la vía pueda llegar a ser- por duro y sorprendente que nos parezca-  inmolarse en un atentando terrorista.

II- EUROPA COMO PROBLEMA.

Para todos los derrotados en la guerra civil española Europa era la gran esperanza. Abandonados por las potencias democráticas, al optar Francia e Inglaterra por la política de no intervención, toda su aspiración se centraba en conseguir que los aliados, los triunfadores sobre Hitler y Mussolini, se hicieran cargo de su error y remediasen aquel crimen. Querían que Franco corriera la suerte de los derrotados en la guerra mundial y que España se pudiese vincular al proceso posterior a la segunda guerra mundial. Si hubiera sido así  los españoles hubiéramos podido gozar de   los treinta años de la edad de oro donde hubo crecimiento económico y pleno empleo, redistribución de la riqueza y sindicatos fuertes, economía mixta y acceso a la educación como un mecanismo decisivo para asegurar la movilidad social. España quedó fuera y eso marcó nuestra historia; los vencidos en la guerra civil volvían a ser olvidados por los vencedores en la segunda guerra mundial.

Hoy –  y aquí está la gran novedad de los últimos años – las noticias que llegan de Europa no trasmiten esperanza, no permiten colmar las aspiraciones a una vida digna. Y este es el  mensaje que reciben las nuevas generaciones para las que la transición queda muy lejos. Todo lo que llega de Bruselas son malas noticias:  imposiciones, restricciones, llamadas a la austeridad, a no vivir por encima de las posibilidades, a restringir el gasto público, a reformar la legislación laboral, a debilitar el poder de los sindicatos, a poner coto a la función pública y al empleo estable.

Cuando oímos hablar de flexibilidad, de precariedad, de desregulación nos echamos a temblar. En seguida asociamos la flexibilidad, no a pensar libremente y sin ataduras, sino a las manos libres del empresario para contratar y despedir; cuando oímos la palabra precariedad no pensamos en  la necesidad de asumir la fragilidad existencial inherente a toda vida humana,  sino que en seguida pensamos en políticas económicas que impiden planificar la propia biografía  ; cuando, en fin, aparece la desregulación no pensamos en acabar con regulaciones obsoletas sino en un capital financiero que no quiere impedimentos en su desarrollo ni controles fiscales por parte de los poderes públicos. Es como si el lenguaje filosófico más complejos se utilizara para hacer realidad los principios más simples del neoliberalismo.

¿Qué ven las nuevas generaciones? No sólo una perversión del lenguaje. Ven que  la realidad europea actual remite a un mundo de austeridad impuesto que impide el afianzamiento, el fortalecimiento, la pervivencia de las instituciones y las prácticas democráticas. Y a partir de ahí  desconfían de la política porque no  ven cómo  impedir este proceso de imposición de la austeridad. Cada vez  que alguien osa intentarlo    es conminado (pensemos en Grecia) a aceptar los dictados de los mercados si quiere  obtener financiación para seguir pagando las pensiones y los sueldos de los funcionarios.   En ese contexto de incertidumbre, de angustia, de no saber cuanto durará este proceso de desmantelamiento del Estado del bienestar Europa emite otros dos mensajes   que hablan de otras dos amenazas: la primera es que estamos en guerra, en  una guerra especial donde no hay ejércitos sino acciones terroristas masivas e imprevisibles;   la segunda es que los que ejecutan estos crímenes, los que  pretenden acabar con nuestros valores y con nuestras vidas están entre nosotros. Hay que afrontar un doble  reto y permitir que el Estado contribuya a las acciones bélicas que sean necesarias y  recurra a medidas excepcionales para garantizar nuestra seguridad. El Estado del bienestar no se puede mantener y el Estado de derecho debe ser puesto en cuestión ante los imperativos bélicos, impera la razón de Estado.  ¿Sin Estado del bienestar y sin Estado de derecho podemos hablar de democracia?

III- ESTAMOS EN GUERRA.

Por guerra los españoles siempre hemos pensado   en la guerra civil española; hemos estado ausentes de la primera y de la segunda guerra mundial. No hemos vivido guerras como la de los norteamericanos en Vietnam o batallas como la de los franceses en Argelia o la de los rusos en Afganistán.

No hemos vivido guerras pero sí hemos sufrido años y años la lacra del terrorismo etarra.  Y lo que ahora vemos es todavía peor. El terrorismo etarra era sanguinario pero tenía objetivos militares o policiales; con el tiempo fue extendiendo sus objetivos para – de nuevo la importancia del lenguaje, en este caso macabro – “socializar el sufrimiento”. En el caso del yihadismo la socialización de ese sufrimiento no tiene límites y puede ocurrir en un aeropuerto, una estación de metro, o en un estadio deportivo; tomando un café en una terraza o acudiendo a un concierto. Toda la población se convierte en objetivo.

Tras cada uno de los atentados nos bombardean con un doble mensaje. Los dirigentes políticos condenan la atrocidad, llaman a la unidad de las fuerzas democráticas y afirman que es la hora de actuar con contundencia. Invitan a la población a mostrar la repulsa ante lo ocurrido y a preservar en la defensa de nuestros valores. Inmediatamente aparecen los expertos que nos dicen que estamos ante un problema gravísimo; que debemos hacernos a la idea de que es cuestión de tiempo que afecte a nuestras ciudades  y señalan que los terroristas están entre nosotros porque no se han integrado en el modelo europeo, sea éste el modelo republicano francés o el modelo multicultural británico. Y añaden que  están dispuestos a perder sus vidas con tal de posibilitar  la victoria del Islam  sobre  Occidente.

Si a cualquiera de los constituyentes del 78 les dicen que no va a haber conflicto entre los bloques militares, que la Unión soviética va a desaparecer, que la unidad alemana se va a producir y sobre todo que estamos ante un choque de civilizaciones no lo hubieran creído, hubieran pensado que una hipótesis de ese tipo era pura alucinación. Por ello solo  contrastando ambos momentos- el que vivíamos en 1.978 y el que vivimos en este 2.016-  se puede entender la perplejidad del europeo actual, que se pregunta una y mil veces cómo hemos podido llegar a esta situación.

Para responder a esta cuestión  hay que partir, al menos, del fracaso de la primavera árabe;  tras lo vivido parece como si sólo fuera posible transitar de unas dictaduras militares y policiales corruptas a un resurgir  del islamismo radicalizado  para volver otra vez  a la dictadura. Lo ocurrido en Egipto da que pensar: dictadura de Mubarak, caída del dictador tras la primavera árabe, triunfo de los hermanos musulmanes y nuevo golpe militar.

El nuevo terrorismo tiene una base territorial muy potente, una base que Occidente combate teniendo que cargar con aliados que desmienten todos sus valores; sea el presidente de Siria o el líder de Rusia.

La conexión de la guerra  de Siria con los atentados en las ciudades europeas y los desplazamientos de refugiados que huyen de esa misma guerra y quieren penetrar en suelo europeo forman un cuadro espeluznante que el europeo medio vive lleno de  miedo y de  perplejidad. Cada nuevo atentado llena los informativos, concentra los titulares y nos confirma lo que llevamos años sospechando: que   el mundo internacional lleva desbocado desde hace muchos años. Si la guerra es inevitable ¿cabe hablar de democracia?

IV – DEMOCRACIA Y LAICIDAD.

También aquí el contraste no puede ser más abrupto. Al producirse la transición española la fuerza del marxismo aparecía como el gran reto para el cristianismo. Había que buscar el camino de hacer real las promesas religiosas buscando las mediaciones económicas, políticas y sociales más efectivas. La primacía del pobre, del excluido, del olvidado, hacía necesaria una estrategia efectiva para acabar con la acumulación de riqueza. Hoy esa acumulación ha continuado, la austeridad se ha impuesto, las desigualdades se han incrementado pero el nuevo malestar es recogido por grupos que ponen en cuestión los valores de la república, de la laicidad, de la ciudadanía. Es todo el proyecto ilustrado el que está puesto en cuestión. ¿Cabe democracia sin Estado social, sin Estado de derecho, sin ilustración?

De nuevo aquí es imprescindible ser conscientes del lenguaje que empleamos. Oímos hablar de espiritualidad, de libertad  de conciencia, a muchos líderes políticos que a  la vez que  defienden un modelo económico que pone en cuestión todos estos valores. Por ello hay que evitar dos peligros. El primero es considerar que nuestro modelo está tan asentando, es tan superior, que de nada tenemos que arrepentirnos. Los neoconservadores nos advierten del peligro de  caer en el relativismo y  poner en tela de juicio nuestros valores, sucumbiendo a  un escepticismo pernicioso que hace el juego a los terroristas; basta de buenismos bienintencionados  la contundencia bélica es imprescindible; ellos o nosotros. Los neoconservadores proclaman que hay que acabar con una izquierda acomplejada incapaz de comprender que no se puede bajar la guardia, que no se pueden buscar motivos en mentes asesinas, que nuestros valores no pueden ser equiparados con los suyos. Hay que poner encima de la mesa nuestros principios y afianzar nuestros sistemas educativos. Sólo así preservaremos nuestros valores y seremos capaces de vencer.

Todas estas proclamas, difundidas con gran estridencia,  no quieren admitir que existe una conexión entre la exclusión social y la violencia; no están dispuestas a aceptar que el neoliberalismo en economía y  el neoimperialismo en política exterior  constituye una combinación explosiva; una combinación que se visualiza en la manera como se pasa  del choque de civilizaciones a la guerra contra el terrorismo  a toda velocidad.

Hay que recuperar la distancia y la perspectiva.  No se puede tolerar la caza del disidente a la que asistimos;  caracterizar como cobardes, acomplejados y  relativistas a todos aquellos analistas  que se atreven a  hacer  preguntas incomodas es una temeridad para nuestras democracias. Bien es cierto que en la guerra la primera víctima es la verdad pero hay que rebelarse frente a ello o nuestra democracia sufrirá un serio retroceso.

Pero también existe  otro peligro. El peligro que acecha a muchas personas de izquierda  al  pensar que todo se reduce a un conflicto económico por defender los intereses estratégicos de las grandes potencias. Para entender los acontecimientos que estamos viviendo tenemos que asumir  que los valores de la republica, de la laicidad y de la ciudadanía, hoy   no están asegurados y no lo están porque es el mismo  proyecto ilustrado  el que tampoco está asegurado. La razón es obvia: por mucho que lo intente el mundo educativo poco pueden hacer  los valores ilustrados ante el mercado neoliberal y ante los integrismos religiosos.

Los docentes pueden intentar compensar la desigualdad, pueden defender una laicidad inclusiva, pueden  difundir una educación para la ciudadanía pero estos valores culturales poco peso tienen  frente a la fuerza de las armas,  al poder del dinero y a la capacidad de seducción de los integrismos religiosos.

V- LOS RETOS Y EL CASO ESPAÑOL

El lector que haya llegado hasta aquí pensará  que es tal la catarata de desafíos  que parece no faltar nada: ni guerras ni políticas de austeridad, ni pérdida de sentido ni falta de identidad y eso que todavía  no hemos llegado a profundizar en el  problema español.  En el caso español compartimos con los europeos el desmantelamiento del Estado del bienestar y los efectos del reto terrorista sobre el Estado de derecho y sobre los valores laicos pero además estamos ante otra encrucijada.

Ante la crisis del modelo europeo son ya muchos los países  que han reaccionado  reafirmando  su identidad nacional. Una identidad, en unos casos, de un nacionalismo de Estado que trata de preservar su especificidad y hacer,  como ocurre en el caso alemán, que más que una Alemania que se va haciendo europea contemplemos la realidad de una Europa  que se quiere someter al dictado alemán. Pero a la vez asistimos al intento de las naciones sin Estado por romper sus vínculos con los Estados de origen y provocar una secesión  hasta conseguir  un Estado propio, como ocurre en el caso de Cataluña.

Esto choca también con el modelo del 78. En aquel momento se pensaba que el proceso de integración europeo permitiría ir relajando las pretensiones independentistas al diluirlas dentro de un proyecto supranacional donde las soberanías fueran compartidas. ¿Para qué reclamar un Estado propio cuando ya los Estados no son soberanos? Muchos  pensábamos  que la gran mayoría compartía esta relativización  de la soberanía y que por ello   la apuesta nacionalista iría diluyéndose.

No ha sido así. Ni los nacionalismos de Estado ni las naciones sin Estado están por la labor. No existe una identidad europea que permita superar las querencias de los Estados; éstos tratan de  recuperar el control de las políticas que tienen que ejecutar. Tampoco   ha disminuido la pulsión de los que prefieren formar un todo aparte antes que seguir siendo partes de un todo superior.

La democracia  española necesita perentoriamente rehacer las fracturas en el proceso territorial interno para lograr que la nación no se rompa, para lograr que las partes colaboren en un todo armónico donde sea posible conciliar la diversidad con la solidaridad, la diferencia con la fraternidad, la peculiaridad con la cohesión. Si esto no se logra la democracia española pasará por una dura prueba.

A este proceso de unir lo diverso, de hacer compatibles tradiciones y sentimientos, se une la necesidad de reformular el proyecto europeo.  Esto no  es posible sin  aprender de los  errores cometidos y apostar por un nuevo contrato social.  La autonomía concedida a los poderes económico-financieros ha provocado una disminución del poder político y de las instituciones democráticas. Estas no son capaces de garantizar la lealtad de las poblaciones ni la integración de las minorías culturales. Los sistemas educativos y las políticas de inclusión tampoco son suficientes. ¿Cómo salir de esta situación?

Hay que entrar en el mundo económico y en el mundo de las religiones. No es posible que perviva la democracia aceptando  la supremacía de los mercados y  que sea vencido el fundamentalismo perpetuando  un positivismo incapaz de asumir los límites del proyecto ilustrado.

No basta con decir que deseamos más Europa o con predicar que queremos más ilustración. Las dos cosas son imprescindibles para revitalizar la democracia pero si se trata de dar más poder a la  Europa económico- financiera o de seguir inmersos en una  ilustración positivista poco habremos aprendido y poco habremos avanzado.

Necesitamos recuperar la Europa social frente a los mercados, la Europa laica frente a los integrismos y  la Europa federal frente a los nacionalismos. Para que esta propuesta tenga sentido hay que matizar, que precisar, que depurar las palabras.  Entre otras cosas porque para  las nuevas generaciones  estas formulaciones remiten  a un lenguaje tan vacío como el de la propia transición española.

Algo hemos vivido los últimos meses en España que puede ser importante para comprender los desafíos ante los que nos enfrenta mos. Son muchos los miembros de la generación de la transición  que se sienten injustamente tratados  porque piensan que aquel fue un paso adelante muy importante y no soportan el adanismo  de las nuevas generaciones. Es muy humano, es muy comprensible pero es inevitable. Hay generaciones que matizan el modelo vigente,  que procuran complementar el cuadro hegemónico, que buscan la manera de aportar sin poner en cuestión el marco dominante.

Pero existen también las generaciones disruptivas, las  que se sienten llamadas a dar una patada al tablero y cambiar los temas de la conversación. Los que hemos vivido el modelo anterior no podemos aferrarnos a él como si fuera insuperable y no pudiera ser modificado. Se trata de entrar en diálogo con la nueva generación  partiendo de un hecho inexorable: las experiencias de unos y otros son muy distintas  y  muchos de estos jóvenes viven un mundo que  para ellos comenzó en el 2.008 y  desde entonces han visto una naturalización del espanto de tal intensidad, que todo el marco  se tambalea.  Si a eso añadimos que  han encontrado que alguien de su generación ha hecho en público las preguntas que ellos se hacían y ha puesto en cuestión las supuestas  verdades que nos han traído hasta aquí podemos comenzar a entender lo que nos pasa.

No es  el menor reto de la democracia el propiciar  la conveniencia de fomentar un diálogo intergeneracional donde se puedan recordar los sueños que se frustraron, las promesas que no se cumplieron y los principios que se abandonaron. Sólo tras una prueba de veracidad cabe retomar el proyecto y darle nueva vida. Este es el punto de mira del que debemos partir. Hay crisis económica, hay crisis política, hay crisis cultural pero también  asistimos a  una ruptura generacional.

Un diálogo que está enmarcado en el otro conflicto que  conforma el día a día de nuestra democracia. El que afecta a nuestro propio ser como nación. No se trata  sólo de  plantear si incrementamos  el gasto en sanidad, en educación, en pensiones o en la cobertura de desempleo, si invertimos en infraestructuras o en investigación científica, si mantenemos un modelo de crecimiento urbano o rompemos con un modelo depredador del medio ambiente. Todo ello es decisivo pero la pregunta esencial para un país es previa, o si se quiere paralela, y remite a la cuestión de si podemos/ si queremos vivir juntos: las distintas generaciones y las distintas naciones que conforman el Estado.  Esa es la gran cuestión que hay que decidir y a la  que el reto del independentismo catalán nos aboca inexorablemente: Hay que decidirlo  en los procesos electorales o con una consulta, pero según como sea nuestra respuesta encaminaremos nuestros pasos en una o en otra dirección. Si queremos vivir juntos decidiremos repartir nuestros beneficios y asumir nuestros costes entre todos, porque todos nos sentiremos partes de un proyecto de vida en común. Si decidimos romper porque ya no podemos convivir, porque no soportamos al otro, porque preferimos caminar a nuestro aire, sin cortapisas ni dependencias, formaremos un proyecto que de sentido a muchos, quizás a la mayoría, pero que romperá  la convivencia de años y dejará heridas en unos y otros.

Tenemos que saber que no estamos únicamente ante  un problema de carpintería  constitucional, de encontrar la ley que nos permita pactar los porcentajes que justifiquen una secesión y los tiempos para repetir el proceso si la mayoría a favor de la secesión no se produce. Tenemos que pensar que un proceso de este tipo – por más leyes de la claridad a la canadiense que apliquemos – afecta a los sentimientos, a la formas de vida, a las experiencias y ese proceso no es posible sin provocar fracturas emocionales,  sin que haya vencedores y vencidos.

No se trata solo de manifestar lo que uno prefiere, sino de analizar lo que puede ocurrir.  En mi caso prefiero la España federal en una Europa federal, antes que una España sin Cataluña en una Europa en proceso de renacionalización.  Es una apuesta que considero deseable pero comprendo que muchos otros no la comparten y que cualquier proyecto  tendrá que cargar con un mundo de pasiones desatadas que será muy difícil articular, encauzar y  controlar. Y esa es la primera tarea de la política democrática: evitar que las pasiones estallen encauzando los sentimientos. Sin sentimientos no hay tensión vital y sin esa tensión la democracia perece. Pero si los sentimientos los llevamos a la incompatibilidad radical la convivencia se hace imposible. Imposible porque  las minorías culturales o religiosas no se ven incluidas en el proceso democrático e imposible porque las naciones no se viven parte del mismo Estado.

Un evangelio de ahora mismo. El día en que Jesús visitó un campo de refugiados

Pedro Miguel Lamet

El viento huracanado zarandeaba la arenisca de la playa de Lesbos. A una milla de distancia diversas zodiacs hinchables luchaban contra un mar embravecido, donde familias de refugiados sirios se debatían entre la vida y la muerte. Un puñado de pescadores griegos lanzó un cabo desde su barcaza a uno de los botes a punto de desinflarse y ser engullido por una ola gigantesca. Gritaban:

–¡Salvadnos, que perecemos!

El patrón, de barba negra y ojos profundos, vestido con un chaleco color butano y un gorro de punto calado hasta las cejas, exclamó:

–¡Vamos, remad más fuerte!

A duras penas consiguieron arrastrar la débil embarcación hasta la playa. La imagen que se encontraron no podía ser más desoladora: Jóvenes voluntarios de Médicos del Mundo practicaban la respiración artificial a un naufrago, mientras otros cubrían con mantas los cadáveres de varios niños que no lograron superar el desembarco.

Exhaustos, después de una agotadora jornada, los doce pescadores encendieron una fogata junto a una casa en ruinas. El patrón les dijo:

–Roto el timón, sin agua y sin alimentos, veo a estas gentes como navegantes sin rumbo, ni norte ni puerto. ¿Qué puedo decir de esta generación? ¡Ay de quienes los han arrojado a tal estado! ¡Ay de ti, Europa, que les cierras las puertas y les niegas la vida! Yo envié en un tiempo a estas playas a mis primeros apóstoles para sembrar la Buena Noticia de amor y bienaventuranza. Me construisteis iglesias, sí, pero también fundasteis naciones para enriqueceros, y después de luchar entre vosotros, acabasteis entregados al dios que llamáis “estado del bienestar”. Habéis convertido el continente en un castillo inexpugnable, un recinto cerrado con muros y empalizadas, un mercado pendiente de los movimientos de la bolsa y las primas de riesgo, en función de vuestro propio egoísmo. Creasteis una moneda única para engrosar vuestras arcas, pues almacenáis en bancos el dinero de todos, o promover multinacionales que explotan a los más desfavorecidos de los países pobres. Pero ¿de qué os servirán vuestras abultadas cuentas bancarias cuando se presente el implacable ladrón en la noche?

Un marinero llamado Andrés preguntó:

–Pero, ¿no tienen al Papa y los obispos para recordarles lo que tú les enseñaste en tu primera venida?

–Ay, Andrés, muchos se han olvidado del mar, la pesca y las noches de brega. Y al actual sucesor de Pedro, que, fiel a mí, clama por estos desvalidos, no le hacen caso. Es una voz que grita en el desierto del consumismo. O bien le llaman “populista” y “comunista”. Ha pedido que se reciba a los refugiados, pero Europa hace oídos sordos, se limita a poner parches a tamaña tragedia. Ha criticado sin rodeos un sistema que “descentró a la persona”, colocando en el centro al “dios dinero”, y ha abogado porque la Iglesia no se cierre en sí misma. “Si una iglesia, una parroquia, una diócesis, un instituto vive cerrado en sí mismo, enferma”. Está en contra de convertir los monasterios vacíos en hoteles para obtener recursos, cuando estas gentes no tienen donde reclinar la cabeza o mueren como perros en estas playas.

Los discípulos cuchichearon entre ellos sobre algunas críticas que hacían del Papa: “Vive en la residencia de Santa Marta, en vez del palacio vaticano”, “usa un utilitario”, “se acerca a los enfermos y visita las cárceles, habla con los mendigos de la calle y dice que no es quién para juzgar a los homosexuales”. “No es un teólogo exquisito, y, para colmo, se le entiende todo”.

–¿No me reconocéis en estas palabras de Francisco? –añadió el Maestro–: “Cada vez con mayor frecuencia, las víctimas de la violencia y de la pobreza, abandonando sus tierras de origen, sufren el ultraje de los traficantes de personas humanas en el viaje hacia el sueño de un futuro mejor… Más que en tiempos pasados, hoy el Evangelio de la misericordia interpela las conciencias, impide que se habitúen al sufrimiento del otro, e indica caminos de respuesta que se fundan en las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad, desplegándose en las obras de misericordia espirituales y corporales”.

Una voluntaria de ACNUR, de las que le seguían habitualmente, preguntó:

–Pero dinos, Jesús, ¿por qué hemos de recibir a los inmigrantes y refugiados? También entre nosotros hay mucho paro, y niños que pasan hambre, falta de vivienda digna y de derechos fundamentales.

Jesús extendió su mano en dirección a las tiendas que habían montado los cooperantes para cobijar a los refugiados, que seguían desembarcando por cientos.

–Miradlos, son pedazos nuestros, hermanos e hijos del Padre, y no tienen donde ir. Ayudad a los que tenéis cerca, pero no os olvidéis de los que están lejos. Contemplad a esos niños muertos. Miraban la vida con la ilusión que les daba estar viendo continuamente el rostro de mi Padre. ¿Cuentan ellos algo en los despachos de los dueños de este mundo, en las asambleas de los políticos, en las previsiones de Wall Street? “Mira, que estoy a la puerta y llamo”, repetiré una y mil veces. El que recibe o cobija a uno de estos refugiados a mí me recibe.

–Sin embargo, algunos obispos dicen que hay que tener mucho cuidado porque esto conlleva sus riesgos. Después de los recientes atentados de París, hay quien asegura que se cuelan entre ellos terroristas, miembros de la Yihad.

–La yerba mala crece en todas partes. Pero ¿debe el segador cortar la cizaña junto al trigo? Si estáis pendientes de todos los riesgos al hacer vuestras buenas obras, no saldríais de casa, os quedarías todo el día viendo la tele y comiendo palomitas. Si el que recibe una limosna tuya te desvalija, no te arrepientas de haberle ayudado, pues tu Padre que ve en lo secreto conoce tu intención y premiará tus esfuerzos.

Entonces se acercó un bombero voluntario de Sevilla.

–Pues a nosotros nos metieron en la cárcel por ayudar a esta gente.

–Por haber echado una mano a estos hermanos que han dejado sus hogares y se la juegan por huir de una guerra injusta hacia su libertad, vuestros nombres están escritos en la libro de la vida.

Como cada vez se unían más personas al corro de los que querían escuchar a Jesús, los discípulos sacaron algunas latas de conserva y un queso con pan que llevaban en la bodega de su barco de pesca. En esto se levantó un hombre joven, de unos veinticinco años, con pantalón vaquero, gafas redondas y desgreñada melena.

–Maestro, ¿has visto alguna vez los programas de la televisión? ¿Tienes teléfono móvil? ¿Estás en twitter o en facebook? ¿Qué piensas del boom tecnológico?

Jesús sonrió. Luego sacó un Smartphone del bolsillo de atrás y dijo:

–En mi primera venida tenía que subirme a un monte o un tejado, a veces alejarme en barca para que las multitudes me pudieran oír. No tenía más vehículo que estas dos piernas, que me condujeron por los caminos de Galilea y Judea, donde prediqué la Buena Noticia. Les hablaba en parábolas de siembra, viñas, higueras, bodas, panes y remiendos. ¿De qué os hablaré ahora? ¿Del chip y el disco duro, del whatsapp y el skype? Os diré que esta generación vive colgada del teléfono celular, gastan megas y gigas en comunicarse, pero andan solos y tristes como buitres en el desierto. Abarrotan los grandes supermercados durante los fines de semana, pero son incapaces de satisfacer su corazón amontonado compras. En los países del Norte desperdician y arrojan la comida que les sobra, mientras los niños del Sur perecen de hambre. Ahítos de sexualidad y pornografía barata, se han olvidado del amor que se esconde en un lirio y de cómo mi Padre alimenta y viste a un gorrión.

–Entonces –interrumpió el joven universitario–, ¿no son esos medios formidables púlpitos para proclamar la Palabra?

–Esta generación ha embotado sus oídos y cegado sus ojos de tanto oír y mirar. Si desde que te levantas enciendes la tele y no la apagas hasta acostarte; si no te quitas los auriculares todo el día y no paras de teclear en el móvil, es que no sabes estar solo y eres incapaz de escuchar el silencio. Tú, cuando quieras alcanzar tu mejor yo, cierra la puerta y tu Padre que ve en lo escondido te hablará y te transformará por dentro hasta encontrar la senda que salta a la vida eterna. El hombre planta y riega, construye hermosos edificios, crea máquinas admirables, computadoras, autos, aviones, naves espaciales, vacunas, robots y hasta espacios virtuales, pero no puede añadir un codo a su estatura, ni prolongar indefinidamente su vida. Y nada de cuanto hace puede hacerlo sin el concurso del Padre. Pero ¡ay de los que idolatran todas estas creaturas convirtiéndolas en absoluto! Se transforman en los cacharros que adoran, que en poco tiempo pasan de moda y van derechos a cementerios de chatarra que contaminan el planeta.

Jesús se había quitado su gorra de marinero y el viento de la noche agitaba su melena. Con tono solemne añadió:

–Sin embargo, todo el que encarna la Palabra brillará con luz propia e iluminará a sus hermanos. Así que no escondáis la luz en la sombra de su vuestros apartamentos u oficinas, sino ponerla en alto sobre las cadenas de comunicación de este mundo, para que todos las vean y las escuchen y alaben a vuestro Padre que está en los cielos. Eso sí, no encontraréis mejor criba que los propios destinatarios de vuestra verdad, que al cabo sabrán distinguir la moneda auténtica de la falsa, el que vive de veras la Palabra, y el que no pasa de ser una campana que retiñe o un altavoz vocinglero. Porque la luz brilla también en las tinieblas, repletas de negatividad, de vuestros informativos, redes sociales, telefilms o telediarios.

Felipe, uno de sus discípulos que era pastor protestante, tomó la palabra. Todos aguzaron su atención, pendientes de lo que iba a decir:

–Señor: no sabes cuánto nos alegra que hayas vuelto al mundo. Pero ya ves, estamos hechos un lío: estas víctimas que estamos rescatando del mar son refugiados sirios de religión musulmana. Aquí hay voluntarios católicos, ortodoxos, protestantes, judíos, e incluso agnósticos o gente que duda de todo. Han pasado veintiún siglos desde que tú viniste y es como si no hubieras venido. Todos creemos tener la verdad. Y mira, hasta hay creyentes que se convierten en hombres-bomba en nombre de Dios. Otros que insisten que sólo en la Iglesia católica está la salvación. La fe en ti, al cabo de los siglos, en vez de unirnos, ¿no nos ha enfrentado a base de actitudes dogmáticas que excluyen y rediles religiosos enfrentados?

El Maestro reflexionó en silencio e indicó a sus pescadores que repartieran los restos de pan y las pocas latas de caballa y berberechos que quedaban en la bodega.

–Pasad también la bota de vino –sugirió.

Luego, se acercó a la lumbre y alimentó el fuego con trozos de madera de restos de embarcaciones naufragadas. Su rostro cobró tonos rojizos a luz de la lumbre, envuelto por la columna de humo que se perdía entre nubes deshilachadas con fulgores de luna.

–Hijos míos, guardaos de algunos líderes que han convertido la religión en un centón de normas, un catálogo de prohibiciones, un inexpugnable redil de fanáticos. Han deformado el rostro de mi Padre, transformándolo en el de un ogro, un maestro de escuela que azota a sus alumnos, o un dictador sin entrañas de cualquier república bananera que excluye y condena. Cargan fardos insoportables sobre vuestras espaldas y se llenan la boca con palabras bonitas. Se hacen llamar padres, pero solo hay un Padre, que está en los cielos y en aquellos que cumplen su voluntad. Destruyen las obras de arte o atenazan el conocimiento científico, la investigación y otras creaciones humanas castrando el pedazo de infinito que ha puesto Dios en el corazón del hombre. No; yo vine a poner el amor por encima de la ley, y arremetía contra los fariseos, porque ellos se habían encerrado en la letra para apagar el espíritu y conservar su tinglado que también era su negocio. ¿Cómo es posible que muchos sigan convirtiendo la fe en guarderías de adultos, fortines de defensa, o se protejan con ritos, ropajes y códigos?

El pastor protestante se levantó e insistió.

–No has respondido a mi pregunta. Vivimos en un mundo donde todos exponen sus ideas libremente, mientras reina la confusión. Dinos de una vez: ¿Cuál es la religión verdadera? Defínete: ¿Con quién estás? ¿Con el Vaticano de los católicos, con los ortodoxos, la comunidad anglicana, los protestantes, la Nueva Era?

Jesús se alzó y se movió en dirección del mar.

–Dime: ¿de quién es el mar? ¿Has visto los documentales sobre la riqueza zoológica submarina? Después de tantos siglos de historia, el hombre no conoce ni la décima parte de su fauna y flora. Mirad el firmamento: los astrónomos, con sus potentes telescopios, aún son incapaces de adivinar los miles de astros y estrellas que pueblan los espacios siderales, y rusos y americanos apenas han realizado cortos viajes interplanetarios. ¿Y queréis encerrar a Dios en un matraz para analizarlo? Sólo rompiendo vuestros ridículos vasos de comprensión podréis llenarlos del verdadero Dios. La verdad no es algo estático, como un cuadro o una diapositiva. Ni se puede contener en un solo libro. La verdad es como un manantial que está escrita en el corazón del hombre y que va creciendo hasta convertirse en río y en mar. ¿Qué queréis, encapsular la realidad en un bote de cocacola, y venderla por un dólar o un euro? Yo soy el camino, la verdad y la vida. Pero nunca dije que seguirme equivaliera a cumplir un catálogo de prescripciones, como contentarse con ir a misa, comulgar en domingo o poner la crucecita en la declaración de la renta. Hablé de un agua que salta a la vida eterna, pero no de estanques exclusivos para unos cuantos privilegiados que lucen los colores de una camiseta. ¿Sabéis a lo que se parecen? A equipos de fútbol enfrentados, a miopes partidos políticos a los que no les interesa el bien de la gente, sino que triunfen sus siglas y enriquecerse ellos mismos.

Entonces llamó a un chaval sirio que se arropaba tiritando bajo una manta. Lo sentó a su lado y le frotó los hombros para calentarlo.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó.

–Sibel –respondió el niño.

–En verdad os digo, mi verdad se llama Sibel, y cualquiera de estos pequeños que mendigan en las calles de Kabul o Río de Janeiro. La verdad es recibir a Sibel como a mí mismo y a cuantos sufren marginación y hambre, son maltratados por la injusticia de un mundo dominado por el pensamiento único de una veintena de millonarios, sus multinacionales y unos cuantos políticos. A los niños-soldados, a las mujeres apaleadas y maltratadas por el machismo, a las criaturas destrozadas por la pederastia y a las adolescentes explotadas por el turismo sexual. Di mi vida por ellos y volveré a darla ante un pelotón de fusilamiento o ametrallado por sus sicarios en cualquier carretera, si hace falta.

Una mujer musulmana con velo se levantó temblorosa:

–¿Y los que nos han hecho huir de nuestras aldeas? ¿Y los que nos matan en nombre de Alá? ¿Tú has dicho que amemos a nuestros enemigos? Mahoma nos convocó a la yihad.

–En verdad os digo que los que a hierro o disparos matan, a hierro y ráfagas de metralleta morirán. Están en el error y se les pagará con la misma moneda. Pero os aseguro que aun los terroristas y asesinos son hijos del Padre. También he dado mi sangre por ellos. Los perdoné desde el árbol de la cruz. Así mismo vosotros debéis perdonarlos para que se conviertan y vivan. No hay otra yihad que luchar para crecer por dentro y no ser como ellos, que hacer un mundo mas justo en el que quepan los empobrecidos hijos del Islam. Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Porque el que ama a sus amigos, ¿qué merito tiene? No es tan difícil acercarse a mi verdad. Sobran todas las disquisiciones teológicas y las cátedras de los sabios, si no aprendéis esto.

Un hombre anciano de barba blanca se presentó como sacerdote, capellán de un grupo de voluntarios, y se dirigió a Jesús emocionado:

–Señor, me llamo Manolo, te he dedicado toda mi vida, a proclamar tu Evangelio. Durante muchos años fui párroco en un pueblo y luego en una gran ciudad. Me he esforzado por tu causa. Pero mi gran enemigo ha sido la rutina. Preparaba con mucho estudio y dedicación mis homilías; llevaba con gran cuidado la Cáritas Parroquial, organizaba la catequesis, los grupos de confirmación y los movimientos de Acción Católica. Intentaba orientar con misericordia en el confesonario y despertar a los que acuden a los bautizos, bodas y funerales. Pero, ¿sabes, Señor?, apenas he logrado pastorear a algunas ovejas del redil, católicos de toda la vida. Sentía que mi iglesia no pasaba de ser algo más que un despacho de sacramentos y un refugio de beatas. No conseguía mucho más. La mayoría de habitantes de mi barrio pasaban de la Iglesia. Solo estaban preocupados de conservar su trabajo, ir de compras y salir de excursión los fines de semana. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué tu Evangelio no interesa? ¿Por qué todo parece gris, y ya casi nadie cree que la felicidad está en ti?

Jesús se levantó y, acercándose, puso sus dos manos sobre los hombros del anciano sacerdote.

–Gracias, Manolo. Quizás tú no lo sabías, quizás por las noches tenías dudas de fe o te sentías inútil y terriblemente solo. Pero yo estaba a tu lado. Es más, cuando partías el pan y la palabra, era yo mismo quien lo hacía por tu medio. Yo, mejor que nadie, sé que tu semilla ha caído muchas veces en buena tierra y ha dado su fruto, aunque tú no lo supieras. Es cierto también que vivís ahora en un mundo muy secularizado, que solo valora la materia, lo palpable, y no es capaz de apreciar lo que tantas veces os he repetido: que el reino es como un grano de mostaza o de trigo, o como una pizca de levadura. El marketing y las estadísticas se han metido en mi Iglesia como un demonio revoltoso que todo lo cuantifica en cifras, edificios, fundaciones y resultados. Yo amo lo pequeño, la moneda de la viuda, una sola oveja perdida, un frasco de perfume derramado con amor, una plegaria escondida en la penumbra del templo. A los demás les he llamado siervos, a ti, Manolo, te he llamado amigo.

Manolo se enjugó con el reverso de la mano una lágrima que le corría por su mejilla. Cuando se repuso, replicó:

–Sin embargo, Maestro, he de confesarte algo. De mil maneras he predicado tus bienaventuranzas, pero después de tantos años de vida pastoral yo mismo no sé qué es la felicidad. Es más, veo que todo el mundo la busca de mil maneras y no la encuentra.

–¿Cuántas veces repetiré que os falta fe? Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá. El mundo de hoy se hunde porque, como mi apóstol Pedro, no se atreve a caminar sobre las aguas. Piensa que seguirme es apretar los puños y cumplir ciertas prácticas para tranquilizar su conciencia. Lo dije entonces y lo repito ahora: El que no se niega a sí mismo, coge su cruz y me sigue no es digno de mí. Esta frase horroriza a una sociedad centrada en el bienestar del hombre y la “autorrealización”. Y es que pocos la han entendido bien. Algunos de vuestros pensadores y filósofos han escrito que yo he predicado la autodestrucción del hombre. Nada más lejos de mí. Confunden su yo mezquino, afincado a cuatro cosas de esta vida como el éxito, el dinero, el poder, con su verdadero yo más profundo. Centrarse en conquistas mundanales nos arrebata la paz, que es la felicidad posible del hombre. Casi siempre habláis de mi cruz y muy poco de mi resurrección. Resucitar es caer en la cuenta de que “el reino de Dios dentro de vosotros está”, de que ya lo tenéis todo en el que os conforta, como dijo mi apóstol Pablo. Querido Manolo no busques resultados, no te contagies de los balances empresariales y su miedo al déficit. Sé tú mismo, el que ha salido bien hecho de manos de Dios, entra en tu interior y resucitarás conmigo, aunque mientras vas de viaje y en vaso de barro, seguirás sufriendo algunos miedos, sombras e incertidumbres, pues no puedo ahorraros la cruz. Pero regocijaos porque os he preparado un lugar, y el que cree en mí tiene vida permanente.

Sin apenas caer en la cuenta, todos los presentes advirtieron que ya había pasado la noche y un rosáceo resplandor despuntaba en el horizonte anunciando el amanecer. De las tiendas salieron los primeros responsables de algunas ONGs para organizar las comitivas de refugiados, que iniciaban sus caminatas hacia los Balcanes, Alemania, Suecia y otros países europeos con sus exiguos pertrechos. Hacía frío, pero cuantos se habían alimentado con la Palabra, sentían un rescoldo en sus corazones y una renacida esperanza brillaba como una leve centella en sus pupilas.

Algunos pescadores y otros voluntarios regresaron al mar a rescatar a nuevos refugiados. Jesús se puso en camino rodeado de niños y sus padres, que acababan de oír en la radio tristes noticias, como que en su marcha se encontrarían con nuevas barreras de alambre, soldados, trenes abarrotados y fronteras clausuradas. En lontananza despuntaban siluetas de múltiples frágiles zodiacs en su incesante lucha por desembarcar y salvar sus vidas. Ya era de día.

La desigualdad en España: análisis, retos y propuestas

Sebastián Mora Rosado

I

De la invisibilidad a la precariedad

En 2007, antes del inicio de la última gran recesión, casi el 20% de los españoles se encontraban por debajo del umbral de la pobreza, aunque nuestro imaginario colectivo estaba sobrado de síntomas que situaban a nuestro país en la senda del crecimiento económico. Aquella era una época de bonanza, donde el dinero se prestaba a un precio inferior a lo acostumbrado, abundada la liquidez para el aumento creciente del consumo, no había atisbos de inestabilidad monetaria en el marco de un euro aparentemente poco vulnerable y eran muchas las posibilidades de movilidad social, aun con limitaciones estructurales… Se presumía, incluso, de haber superado a Italia en términos de P.I.B. o de registrar unas cifras de empleo desconocidas en nuestro período democrático, donde el acceso al crédito para el consumo, tanto de particulares como para empresas, no parecía complicado. Era, en suma, un escenario donde poner el foco en la situación de las personas que se quedaban entre bambalinas era considerado una muestra de desconocimiento profundo de la situación real de nuestro país.

Podría decirse que, en esa etapa, existía una necesidad tácita de invisibilizar a quienes se encontraban en peor situación. Tanto es así que resultaba hasta normal incidir, por ejemplo, en los problemas de precariedad laboral sin que a casi nadie se le rasgaran las vestiduras.

Merece la pena, para adquirir conciencia de lo que realmente sucedía entonces, refrescar la memoria sobre el análisis de la realidad que ponían sobre la mesa ciertos referentes de la investigación social en nuestro país.

“No se sostiene un modelo de bienestar entendido sólo como crecimiento económico, ni es de recibo un proceso de crecimiento económico sin distribución… una sociedad con un 19,7% de personas bajo el umbral de riesgo de pobreza, o con un 3,9% de pobreza severa; una sociedad con un 17,2% de hogares en situación de exclusión o con un 5,3% de exclusión severa, deben considerar estas situaciones como retos ineludibles de su propio modelo”.

Esto es lo que se constataba en la presentación del VI Informe sobre Exclusión y Desarrollo Social en España que la Fundación FOESSA publicaba en 2008 y en el que, una vez más, se aportaba una diagnosis exhaustiva sobre la situación de las personas que se encuentran en las bolsas de pobreza, temporal o estructural, en contextos como el nuestro, un país desarrollado de rentas altas, donde es difícilmente compatible esta situación con la existencia de un proceso de desarrollo social.

En aquel momento se alertaba que casi la mitad de la población española (un 44%) sufrió, en algún momento durante los siete años analizados (2000-2007), algún periodo de pobreza. En términos de privación material, el nivel subía hasta el 51,8 de nuestros conciudadanos que vivía en hogares que habían padecido alguno de los indicadores de privación.

Fiel a una tradición que acompaña a estos informes de suscitar, desde sus inicios, la polémica con la Administración de turno, independientemente de su color político, las críticas desde el Gobierno tampoco se hicieron esperar en esa ocasión. Y es que cuando la mirada se construye desde la realidad que encarnan los que más están sufriendo el embate de la desigualdad y la inequidad económica, los poderes públicos no suelen aceptar con facilidad la cuota de responsabilidad que les corresponde en la persistencia de esas injusticias.

Siete años después nos encontramos en una situación que, desde el punto de vista de las personas excluidas, comparte ese factor de invisibilidad que se constaba en 2008. De hecho, el discurso de la recuperación comienza a instalarse en la sociedad o, al menos, en esa parte de la sociedad a la que le ha ido menos mal a lo largo de este extenso período de recesión.

En la construcción actual de ese discurso se pasa por alto el hecho de que dos tercios de las personas que están en situación de exclusión social vienen de antes de la crisis. Eran entonces invisibles y los siguen siendo ahora. Y lo que ahora está sucediendo es que este grupo está creciendo y se están acumulando los problemas que padece.

Así las cosas, el fin de la recesión económica, que no de la crisis social, supondrá que los datos de pobreza se estabilicen o reduzcan ligeramente. Desde Cáritas y FOESSA estamos constatando que la fractura social en España se está ensanchando. La población excluida representa ya la cuarta parte del total estatal, o lo que es lo mismo más de 11,7 millones de personas. Y lo que es más grave, de ellas, 5 millones se encuentran en exclu­sión severa. Hablamos de hogares donde no es solo la economía lo que ha empeorado, sino que padecen un deterioro social en ámbitos como la vivienda y la salud, entre otros.

No basta ya con preservar, sino que urge recuperar el capital humano que hemos destruido: De las 11.746.000 de personas en exclusión, más del 77 % sufren exclusión del empleo, casi el 62 % exclusión de la vivienda y el 46% exclusión de la salud.

La crisis no nos ha afectado a todos por igual. En términos de renta, han sido las personas con ingresos más bajos las que han tenido una mayor pérdida de poder adquisitivo. Y son las familias de mayor tamaño las que más afectadas se han visto. Familias excluidas en las que hay muchos niños y muchos jóvenes.

Se multiplica de manera generalizada la vulnerabilidad de la juventud: tanto jóvenes recién emancipados como jóvenes que viven en hogares excluidos y jóvenes desocupados que están fuera del sistema educativo. Podríamos hablar de una “generación hipotecada”.

Por otro lado, la creciente vinculación de los procesos de exclusión social con la diferencia étnica pone en el objetivo la viabilidad de un modelo de integración (tanto de la inmigración como de la comunidad gitana) que había sido puesto como ejemplo en Europa.

Si se analiza la distribución territorial de la exclusión social en las Comunidades Autónomas, esta no se distribuye de la misma forma que lo hacen la producción y la distribución de la riqueza. En territorios con niveles de riqueza similar, se producen diferencias notables en la incidencia de la exclusión.

Abundando en la tesis de que no todo crecimiento económico se traduce en desarrollo social, puede decirse que en nuestro país existe una escasa correlación entre el desarrollo económico con el nivel de integración social de los ciudadanos.

En este escenario, las consecuencias de la crisis se han visto amortiguadas por dos mecanismos de protección que han funcionado con cierto éxito: las políticas sociales, que desde el cambio constitucional están viendo cómo sus efectos beneficiosos se erosionan, y la solidaridad familiar y las redes de ayuda, que están mostrando una admirable capacidad de resistencia, pero que empiezan a mostrar síntomas de debilitamiento ante la prolongación en el tiempo de las situaciones de precariedad.

Este contexto de debilitamiento no es un fenómeno exclusivo de España. Compartimos, de hecho, con el conjunto de nuestros socios europeos una serie de rasgos referidos a las diversas funciones del gasto social que hablan de una franca regresión de las políticas sociales.

La desigualdad cada vez más profunda en el acceso a las rentas primarias se está convirtiendo en el signo del nuevo modelo social. Es un proceso que se traduce en una falta de oportunidades para muchos sectores de población en diferentes dimensiones, y donde la precariedad material es una de sus manifestaciones.

El contrato social que se mantenía como la base de la estructura del bienestar se ha quebrado y está teniendo lugar un tránsito convulso de un modelo de “integración precaria” a un modelo de “privatización del vivir social”. ¿Cuál es la principal consecuencia de esta crisis? Un proceso de dualización social creciente.

La agenda reformista que se aplica desde hace años está haciendo que, de forma simbólica, nuestro “contrato social” se trasmute en un “contrato mercantil”. Como resultado, quienes siguen siendo invisibles en la conciencia social colectiva –los “descartados” a los que se refiere el papa Francisco–, quienes malviven en un entorno de derechos deteriorados u obstaculizados, y que no cuentan con una fuente de acceso a la renta suficiente, serán los destinatarios de una protección social cada vez más asistencialista, que los expulsa de un sistema que los considera prescindibles y no destinatarios de los mecanismos de solidaridad colectiva.

Precariedad material y círculos viciosos de la exclusión

La renta de la que disponen las familias para satisfacer sus necesidades básicas no ha parado de bajar, hasta alcanzar niveles inferiores a lo que sucedía hace una década y media. La renta media de los hogares ha pasado de 30.045€ en 2009 a 26.154€ durante el año 2014. Esta reducción, próxima al 13%, ha supuesto un impacto especialmente intenso en la capacidad de consumo de los hogares, cuyo gasto medio se ha reducido más del 10% desde el año 2006.

Dos son las fuentes principales de renta de los hogares en peor situación: las rentas del trabajo y las rentas provenientes de los sistemas de protección social. En el caso de las primeras, diversos indicadores confirman una devaluación salarial, básicamente de los trabajadores en peor situación, y la pérdida de peso de los salarios en los contratos temporales frente a los indefinidos.

Asimismo, se registra un aumento del grupo de trabajadores que percibe el salario mínimo interprofesional, o incluso se encuentran por debajo del mismo, respecto al volumen global de asalariados; y un incremento de la desigualdad salarial en un 7,5% desde 2008.

Estamos ante unos datos que hablan de la precariedad que caracteriza no solo a la recuperación actual, sino a la estructura salarial que venimos padeciendo desde hace muchos años. De hecho, el mercado de trabajo español tiene unas deficiencias estructurales especialmente negativas.

Respecto a los subsidios por desempleo, su capacidad protectora viene disminuyendo progresivamente desde el año 2010. Los datos oficiales muestran una tasa de cobertura de prestaciones por desempleo del 57,6% en diciembre de 2014, un descenso de más de 20 puntos porcentuales desde el máximo del año 2010. Si en vez de los datos del Servicio Público de Empleo Estatal, nos encontraríamos con una tasa de protección de parados del 30,1%. Ambas cifras no son comparables porque no miden lo mismo; sin embargo las dos proporcionan una misma fotografía: cada vez son más las personas en situación de desempleo que no perciben ninguna ayuda del sistema y la tendencia sigue siendo descendente.

Junto a ello, de forma creciente se tiende a incluir en los análisis relacionados con la pobreza y la exclusión otros elementos relacionados con el conjunto de las funciones protectoras de los Estados de Bienestar, como son los recortes de gasto en Sanidad y Educación y que acaban derivándose hacia la capacidad individual que tengamos para satisfacer una necesidad en estos ámbitos.

Un ejemplo: los recortes en el sistema de becas de comedor en los colegios o de becas para las matrículas universitarias tienen que ser satisfechos por las propias familias. De hecho el gasto en educación, junto con el de vivienda, al que nos referiremos más adelante, se han convertido en las dos únicas partidas de gasto familiar que se han incrementado durante el periodo de crisis; en el resto de los con­ceptos de gasto (alimentación, ocio, ropa, comunicaciones…), éste se ha reducido. En este sentido las familias han valorado la inversión en educación como una de las estrategias de respuesta a la situación de búsqueda de oportunidades. O al menos algunas familias… porque las más pobres ni siquiera han tenido esta opción.

Algunos autores calculan que la inversión en los ámbitos de salud y educación por parte del Estado reduce un 20% la desigualdad entre los ciudadanos. Sin embargo, la inversión per cápita en ambas partidas no ha dejado de caer desde el año 2010.

Una vez descrita la situación de las fuentes de ingreso, ¿cuáles han sido, entonces, las consecuencias para los hogares en términos de deterioro material? Los datos más recientes nos ofrecen una imagen de diferentes tendencias que conviven en estos momentos.

El riesgo de pobreza y exclusión social ha sufrido el mayor aumento de los últimos seis años, alcanzando al 29,2% de la población. Más de trece millones de personas se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión social. Estos datos son más elevados que los que ofrecimos al principio de la Encuesta FOESSA. Esto es debido a que ésta, al explorar más de 35 indicadores, entiende la exclusión desde un punto de vista más estricto al considerar necesario la acumulación de más elementos aparte del de la renta, que es lo que define al indicador europeo.

Desde un punto de vista territorial la población en riesgo de pobreza o exclusión social ha aumentado en 13 de las 17 CC.AA.

La tasa de riesgo de pobreza relativa (pobreza económica) ha reiniciado un proceso de extensión, tras los dos años anteriores de ligera contención, y ha aumentado hasta el 22,2% de la población.

La lectura conjunta de los indicadores sugiere, además de una extensión de la pobreza, una intensificación de la misma, al producirse un incremento de la tasa de pobreza, a pesar de que el umbral de pobreza continúa descendiendo desde el año 2009. El umbral de pobreza ha caído de 8.887 € (740,5 € al mes) en el año 2009 a 7.961 € en el 2014 (663 € al mes). Además, el riesgo de pobreza se incrementa desde el 22,2% general, hasta el 30,1% en el caso de la población menor de 16 años.

Si nos fijamos en el colectivo de trabajadores, debemos señalar que el empleo no siempre es la puerta de salida de la pobreza. Ya son más de 2.400.000 los trabajadores que la sufren, lo que significa el 14,2% sobre el total de la población activa empleada en 2014, una proporción que ha aumentado desde el 11,7% del año anterior.

El número de hogares con todos sus miembros activos en paro ha pasado de 380.000 en el año 2006 (2,6%) a más de 1.793.600 en el primer trimestre de 2015 (9,8%).

La privación material severa afecta ya al 7,1% de los hogares en España, que es el dato más alto de los últimos seis años. Se ha producido una intensificación de la carencia material severa, hasta alcanzar a más de 1,2 millones de familias durante el año 2014.

El INE nos ofrece algunos otros datos que describen la precariedad material. Si nos referimos a la capacidad de los hogares para llegar a fin de mes, observamos a nivel nacional un empeoramiento de la situación. En el año 2009 el 32,2% tenían dificultades, en el 2014 han aumentado hasta el 37,3%. Hay CC.AA donde más de la mitad de las familias se encuentran en esta situación, como en Andalucía.

Por último, gracias a un módulo especial de análisis que ha realizado el INE en 2014, podemos comparar con la situación de 2009 algunos aspectos materiales que normalmente no se investigan. En 2014 aumenta en un 4,5% el número de hogares que no puede permitirse sustituir muebles estropeados respecto del 2009. El 41,3% los hogares afirmaba que no podía permitirse sustituir sus muebles estropeados o viejos en 2014, frente al 36,8% en 2009.

Los hogares con niños que no pueden disponer de ropa nueva han aumentado del 3,8% al 6,5%; y del 1% al 1,2% donde no comen fruta fresca o verdura; o donde no llegan a tomar carne, pollo o pescado (o su equivalente vegetariano) cada dos días del 0,7% al 2,5%, en 2009 y 2014 respectivamente.

 

De los círculos viciosos de la exclusión a los sistemas integrales de atención

La vida de las personas y las familias a lo largo de estos años es también un recorrido de vicisitudes ante las diversas situaciones que han tenido que enfrentar, que van desde algunos ajustes en gastos y actividades, en el mejor de los casos, hasta una profunda transformación de los estilos de vida, sin posible vuelta atrás y en medio de una incertidumbre per­manente, en el peor de ellos.

Ha sido profundo y grave el deterioro de los círculos vitales de las personas y familias a lo largo de estos años, donde han sido muchos las decisiones: reducción de gastos, cambio de vivienda o de la situación de convivencia, cese de actividades, recortes en la inversión en bienes materiales, pérdida de empleo, bajada drástica de ingresos y ahorros, pérdida de relaciones y espacios de socialización vinculados al trabajo, crisis afectivas.

Muchas veces no se perciben los efectos finales de estas decisiones. Cuando alguien se va sumergiendo en el terreno de la exclusión social, va perdiendo la noción del futuro, de los proyectos de vida, y va adquiriendo mayor relevancia la necesidad de supervivencia, la inmediatez. Este cambio tiene consecuencias en el medio y largo plazo que estamos empezando a percibir. Por ejemplo, cómo la disminución de nuestros ingresos nos puede provocar una renuncia voluntaria al ocio, a las vacaciones, a quedar con los amigos. Esta pérdida va reduciendo los contactos con otras personas y se van debilitando los vínculos. Comienza entonces a producirse problemas de aislamiento, un incremento de la soledad que en algunos casos podría devenir en tensiones y conflictos.

En todo este tránsito, las personas y las familias cambian. Una mejora en el empleo, en la obtención de ingresos es condición necesaria pero no suficiente en cualquier proceso de recuperación. El capital social dilapidado es probable que se haya ido por un sumidero del cual no es posible apenas recuperarlo. Es necesario un esfuerzo en reconstruir esta parcela.

La crisis no sólo ha hecho aumentar el número de personas y hogares en situación de precariedad material, sino que ha provocado intensos procesos de acumulación de problemas. Cada vez más personas y familias acumulan más dificultades. Y además se alargan en el tiempo. Estos tres aspectos –extensión, intensidad y cronicidad– sólo pueden ser abordados desde estrategias integrales.

II

Cáritas (y la Iglesia) ¿qué dice?

La realidad que vivimos es, como se ha visto, contradictoria en el ámbito de lo económico y lo social. La experiencia de lucha contra la pobreza es una realidad también paradójica. Por un lado, vivimos el dolor insoportable que están sufriendo millones de hermanos y hermanas nuestras. Pero, al mismo tiempo, vivimos desde la Esperanza que brota de lo débil y marginal.

Es tiempo de Dios, es tiempo de una penetrante irrupción de Dios en la historia desde las personas, las comunidades y parroquias comprometidas por los hermanos y hermanas más frágiles. Las acciones, los proyectos, los estudios que hacemos desde Cáritas y FOESSA son presencia y palabra crítica desde la experiencia del Dios de Jesucristo al mundo.

 “Caritas un corazón que ve”[1]

Nuestra identidad como cristianos nos hace querer buscar otro centro, otro lugar en el mundo. Ese centro, que brota del evangelio, no es otro que “los gozos y los sufrimientos” de las personas frágiles y empobrecidas. Es la ‘opción preferencial por los pobres’, que es una opción cristológica (Cfr: 2 Col 8,9), como ha recordado el Papa&[2] varias veces, y no ideológica.

Esta opción es parte constitutiva y esencial en la historia de la Iglesia tal como nos recuerda S. Juan Pablo II en su magisterio: “Quiero señalar aquí la opción o amor preferencial por los pobres. Esta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. Se refiere a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de Cristo, pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales y, consiguientemente, a nuestro modo de vivir y a las decisiones que se deben tomar coherentemente sobre la propiedad y el uso de los bienes”&[3] .

Desde esta ubicación experiencial una acción necesaria consiste en afrontar una estimativa encarnada de la realidad. Necesitamos nuevas gramáticas sobre la realidad que manifiesten y den significado a la lucha de las personas empobrecidas para construir un nuevo mundo. Estamos forzados, como acto de caridad, a ponderar y analizar la realidad. No es un simple análisis de investigación social, sino un esfuerzo narrativo que otorgue sentido a las luchas y compromisos de las personas y comunidades que se complican en la construcción de un mundo más humano. Pero esas narrativas necesitan un suelo firme para solidificar sus historias, que procede de dos vías complementarias y que se requieren la una a la otra; la experiencia real y concreta, porque la “realidad precede a la idea” (Papa Francisco), y el análisis desde las ciencias sociales.

Eso hemos intentando desde los diversos estudios y análisis de la Fundación Foessa y los Observatorios de la realidad de Cáritas Española&[4], cuyos datos se han explicado antes. Han sido estudios rigurosos, coherentes y consistentes con la realidad, pero al mismo tiempo, análisis amasados desde la experiencia del compromiso de voluntarios, comunidades y profesionales que se han gastado y desgastado todos estos años. Estas investigaciones sociales no son un añadido retórico a la acción caritativa, sino parte esencial de la misma, que reconoce que la razón y la experiencia van de mano.

“Cáritas es la caricia de la Iglesia a su pueblo” (Papa Francisco)

Acompañar vidas es una clave esencial de la dimensión caritativa. La experiencia fontanal que tienen las personas voluntarias y contratadas en Cáritas es el encuentro profundo con las personas excluidas. Este encuentro trasluce lo más profundo de lo humano y lo divino posibilitando la construcción de un camino común.

Los agentes en Cáritas no son meros “repartidores” de bienes o técnicas de intervención, sino que son personas que se implican y complican en una relación dialógica con los otros. En estos años de intensa crisis hemos podido caer en acciones de asistencialismo estético más que de encuentro liberador profundo. Por ello debemos ser una instancia crítica desde la cercanía, propositiva desde el camino compartido y compasivo desde la caricia infinita de Dios a su pueblo.

En este proceso la clave es el acompañamiento de las personas. Como dicen nuestros obispos “el acompañamiento a las personas es básico en nuestra acción caritativa. Es necesario ´estar con´ los pobres –hacer el camino con ellos– y no limitarnos a ´dar a´ los pobres recursos (alimento, ropa, etc.). El que acompaña se acerca al otro, toca el sufrimiento, comparte el dolor. Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo. La cercanía es auténtica cuando nos afectan las penas del otro, cuando su desvalimiento y su congoja remueven nuestras entrañas y sufrimos con él. Ya no se trata sólo de asistir y dar desde fuera, sino de participar en sus problemas y tratar de solucionarlos desde dentro. Por eso, si queremos ser compañeros de camino de los pobres, necesitamos que Dios nos toque el corazón; sólo así seremos capaces de compartir cansancios y dolores, proyectos y esperanzas con la confianza de que no vamos solos, sino en compañía del buen Pastor”&[5].

Por ello no podemos perder de vista el horizonte de los Derechos Humanos y en especial, en nuestro caso, de los Derechos Sociales. Un criterio significativo, no único, para nuestra presencia socio-caritativa es exponerla al “examen de la consolidación, solicitud o construcción” de derechos sociales para las personas pobres y excluidas. Nuestra acción, que es oferta de salvación en Jesucristo, transciende los derechos y la justicia pero son un hito irrenunciable en nuestro horizonte de trabajo.

Comunidad de memoria y resistencia

En la actualidad vivimos los llamados espacios de flujos. El famoso “mundo líquido” de Bauman es una realidad constatable cotidianamente. Mundo que liberado de anclajes axiológicos enaltece al individuo aislado como horizonte y meta. En este contexto, la presencia de nuestras comunidades cristianas debería constituirse como contraste a la sociedad desigual e individualista. La exclusión social daña los vínculos y destruye las comunidades de sentido. Recrear las comunidades es un factor esencial del desarrollo social y tejer vínculos no es solo un ejercicio paliativo sino un contraste profético de lo que está por venir. El paso decisivo es no sólo ser comunidades que ayudan a los pobres, sino que nuestras comunidades sean espacios significativos de sentido y relación para las personas más pobres y excluidas.

“Y constituiréis mi pueblo y Yo seré vuestro Dios´ Ez 36,26”. El reinado de Dios acaece, de manera germinal, allí donde el pueblo de Dios, las comunidades cristianas, son transformadas radicalmente y los modos propios de Dios se hacen manifiestos.

Pero no sólo debemos construir comunidad a los adentros eclesiales, sino que estamos llamados a tejer sociedad y edificar redes comunitarias con otros movimientos sociales y civiles. La Iglesia en salida misionera, que es el horizonte que nos marca el Papa Francisco, necesita encarnarse desde la acción caritativa en redes sociales de propuestas y protestas. Hacerse presente en medio del mundo con absoluta osadía e infinita humildad. Siendo testigos y constructores de una sociedad de acogida para todas las personas independientemente de su credo, procedencia o creencias.

El horizonte de la justicia

“Trabajamos por la justicia” es uno de los lemas que suele asociarse a la imagen gráfica de Cáritas Española. Sabemos que la caridad trasciende la justicia y la transforma con nuevos sones. Como afirmaba el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el Apostolado de los laicos, no podemos “brindar como ofrenda de caridad lo que ya se debe por título de justicia” (nº 8).

“La justicia es la medida mínima de la caridad” (Pablo VI) y su primera vía de realización (Benedicto XVI). No podemos ni debemos asentarnos solo en la ayuda personal, sino que debemos encarar los problemas estructurales de la pobreza y la exclusión. El Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” y en su encíclica “Laudatio si” hace un continuo llamamiento a un profundo cambio estructural. No podemos caer en una caridad des-politizada que no asume el peso de lo estructural.

La caridad política (Pío XII) “no es menos cualificada e incisiva” que la caridad en su dimensión individual. Por eso, aunque la caridad desborda la justicia, no puede estar de espaldas a ella. “No podemos olvidar que la Iglesia existe, como Jesús, para evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos y que, evangelizar en el campo social, es trabajar por la justicia y denunciar la injusticia”&[6].

[1] Benedicto XVI, “Deus caritas est” nº 31.

[2] Francisco, “Evangelii Gaudium” nº 198.

[3] Juan Pablo II, “Solicitudo rei sociales” nº 42.

[4] Disponibles en www.foessa.es y www.caritas.es

[5] Conferencia Episcopal Española, Iglesia servidora de los pobres. Instrucción Pastoral, abril 2015, nº 47. Creo que es un documento esencial y profético en la situación actual de España.

[6] Conferencia Episcopal Española, Iglesia servidora de los pobres. Instrucción Pastoral, abril 2015, nº 42.

El gemido de nuestra casa común

Helena Caballero

“Al observar la puesta del sol, noche tras noche, a través de la niebla sobre las aguas envenenadas de nuestra tierra natal, debemos preguntarnos seriamente si realmente queremos que algún futuro historiador del universo, en otro planeta, diga sobre nosotros: «Con toda su inteligencia y toda su habilidad, se quedaron sin previsión, sin aire, ni alimentos, ni agua y sin ideas”. U Thant, Secretario General, dirigiéndose a la 7ª Asamblea General, Nueva York, 1970.
“La humanidad del período post-industrial quizás sea recordada como una de las más irresponsables de la historia”. Encíclica Laudato Si. Papa Francisco, Roma 2015 [Read more…]

El capital remonta el vuelo y se empobrecen las condiciones de vida de la mayoría

Carlos Pereda y Miguel Ángel de Prada

Una característica estructural del modelo social capitalista es la desigualdad en el reparto de los recursos económicos y en la distribución del poder. Una situación que provoca profundos desequilibrios y da lugar a crisis periódicas que permiten reajustar el modelo. El último período de crisis, iniciado en 2008, formaría parte de la onda larga neoliberal iniciada a mediados de la década de 1970, momento en que se pasó en los países centrales del capitalismo “fordista” de postguerra a las políticas desreguladoras y privatizadoras aplicadas con mayor o menor intensidad en las últimas décadas. La desaceleración de la productividad se salda con el estancamiento o disminución del salario real en casi todos los países [1], en paralelo con un incremento correlativo de la tasa de ganancia del capital.

Se pasa de la etapa dorada del Estado de bienestar, con sus implicaciones de reforma social y democratización política, al neoliberalismo conservador, que se asienta sobre el individualismo consumista, la desregulación laboral y financiera, los recortes sociales y la privatización de los servicios públicos. Estas medidas se habían aplicado en toda su extensión en determinados países periféricos en los años 80-90 del siglo pasado (consenso de Washington, crisis de la deuda externa, planes de ajuste auspiciados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, etc.). En el contexto español, en cambio, su introducción fue más pausada y no lineal, hasta que estalló la crisis actual y los sucesivos gobiernos, al dictado de la troika y de los mercados financieros, han decidido aplicar la receta también en los países centrales. En expresión de Eric Toussaint, estamos ante “la mayor ofensiva realizada desde la segunda guerra mundial a escala europea por el Capital contra el Trabajo”.

El capital sale de la crisis

El valor del capital empresarial se puede medir en términos de renta y de patrimonio. Por una parte, en términos de renta, el capital se apropia de una parte de la producción anual generada por la actividad económica (“excedente bruto de explotación”, en la terminología de la Contabilidad Nacional de España). Por otra, la cotización o valor monetario de las acciones empresariales sube y baja de acuerdo con la lógica de la oferta y la demanda de cada momento.

En 2013, último año con datos oficiales, el capital se apropió del 43,7% del Producto Interior Bruto del país (458.590 millones de euros), correspondiendo el resto al conjunto de la masa salarial (46,7%) y a los impuestos a la producción y las importaciones (9,6%). En los primeros años de crisis (2008-2010) los beneficios se redujeron a un ritmo tres veces mayor (–6,2%) que la masa salarial (–1,9%), pero en los tres años siguientes (2011-2013) los salarios bajaron cuatro veces más (–15,5%) que los beneficios (–4%). De esta manera las políticas económicas de los tres últimos años han provocado que el peso de los beneficios en relación al PIB haya subido 2,5 puntos mientras los salarios han bajado 3,4 (un punto de PIB en 2013 equivale a 10.500 millones de euros).

En segundo lugar, el valor monetario de las acciones empresariales –tanto las cotizadas en Bolsa como las no cotizadas, registradas por el Banco de España– creció de manera extraordinaria entre 1994 y 2007, pasando de 0,4 a 2,7 billones de euros, a precios constantes, lo que multiplicó por siete su precio de mercado (ritmo interanual medio del 16%). Al llegar la crisis, las acciones perdieron el 18,6% de su valor entre 2008 y 2014 (497.000 millones de euros), aunque las mayores pérdidas se concentraron sólo en el primer año del ciclo (2008) con una bajada de las cotizaciones del 27%. Entre 2009 y 2012 el descenso interanual medio fue del 3% para volver a revalorizarse un 18% en el bienio 2013-2014. La revalorización de estos dos últimos años equivale a 331.000 millones de euros lo que, unido al auge de los beneficios empresariales antes aludido, permite atraer de nuevo capital extranjero a nuestro país en busca de rentabilidad. Para la minoría social detentadora del capital que opera en España, resulta incuestionable que se ha salido de la crisis.

Empeoran las condiciones de vida de la mayoría

En contraste con la revalorización del capital, el salario medio de la población trabajadora quedó casi congelado entre 1994 y 2007 (aumento del 1,9% en euros constantes) y se ha reducido un 10% entre 2008 y 2013. No obstante, el conjunto de la masa salarial hasta 2007 creció el 81% debido al extraordinario incremento de la ocupación (de 12 a 20 millones, según la EPA entre 1994 y 2007), para reducirse después en un 22% entre 2007 y 2013 como consecuencia de la destrucción de empleo. De este modo, la participación de los salarios en la renta nacional, que había descendido continuamente durante el último ciclo de crecimiento, ha vuelto a caer con la adopción de políticas “de ajuste” desde 2010. En suma, se está perpetuando una tendencia estructural a la redistribución regresiva de la renta.

Según Eurostat, España es, después de Letonia, el país con mayor desigualdad en el reparto de la renta, situación que se ha agudizado en los últimos años en coincidencia con las últimas reformas laborales y la política de recortes sociales iniciada por el gobierno del PSOE en la primavera de 2010 y profundizada en los años siguientes por el Partido Popular.

La desigualdad en el reparto de la renta remite a un modelo social cada vez más jerarquizado en el que la rentabilidad de las grandes empresas tiene como correlato el estancamiento o disminución de los salarios y la pérdida de derechos sociales. Frente a la opinión mayoritaria de que “la distribución de los ingresos en España es injusta” (siempre por encima del 80% en las encuestas del CIS), la política económica adoptada por los sucesivos gobiernos ha favorecido el incremento de dicha desigualdad a favor de la banca y de las grandes empresas y en contra de la mayoría de la población.

El efecto más grave de la crisis ha sido la destrucción de 3,6 millones de empleos entre 2008 (primer trimestre) y 2014 (primer trimestre), llevando la tasa de paro al record histórico del 26% de la población activa. Se trata del problema social más sentido por la población española según los barómetros mensuales del CIS, que sitúan a España junto a Grecia como farolillos rojos de la Europa comunitaria en esta materia. En el último año (del 2º trimestre de 2014 al 1º de 2015) se han creado 504.000 empleos, una cifra sin duda importante peo que sólo representa el 13,7% de los empleos perdidos en los seis años anteriores.

Tanto la creación de empleo antes de la crisis como su destrucción posterior han tenido lugar con una intensidad mucho mayor que en el resto de la Unión Europea: en 2005 y 2006 la tasa española de desempleo llegó a situarse en la media comunitaria, para pasar a ser más del doble en la actualidad (Gráfico 1). Ello se debe principalmente a la elevada tasa de temporalidad y a la precariedad de los puestos de trabajo en sectores muy sensibles al ciclo económico (construcción, comercio, servicios no cualificados, etc.), donde se aplicó un modelo de explotación extensiva de la mano de obra que afectó en mayor medida a la juventud y al colectivo inmigrante.

Las políticas antisociales adoptadas para abordar la crisis han generado graves problemas para un amplio sector de la clase trabajadora, muy especialmente para quienes se encuentran en paro, sobre todo si no reciben ninguna prestación de desempleo (3,2 millones de personas) o cuando todos los miembros de su grupo de convivencia se encuentran sin trabajo (uno de cada diez hogares). A partir de 2010 la renta disponible de los hogares cae a ritmo creciente y el reparto de esa renta escasa es cada vez más desigual, lo que provoca un aumento de las tasas absoluta y relativa de pobreza. Las subidas del IVA, de la luz o del transporte, junto a la congelación de las pensiones, contribuyen por su parte a reducir el nivel de vida de la mayoría de la población.

El INE ha publicado en junio de 2015 la última Encuesta anual de Condiciones de Vida, con un módulo de Carencia Material, sólo aplicado en 2009 y 2014. Esta fuente confirma con toda claridad el deterioro de las condiciones de vida, en especial de los segmentos más frágiles:

    • La renta anual media por persona ha perdido el 16% de poder adquisitivo entre 2008 y 2013, al pasar de 12.400 a 10.400 euros (en valores constantes, con base en 2013) [2]. En el caso de las personas en paro, la reducción de poder adquisitivo de sus hogares ha sido del 26,3%, y en el caso de extranjeros no comunitarios del 22,1%.
    • La tasa de riesgo de pobreza (renta inferior al 60% de la mediana de ingresos de los hogares), que mide la desigualdad relativa de los ingresos, se ha situado en torno al 20,5% entre 2008 y 2012, subiendo de repente 1,8 puntos en 2013 (22,2%). Esto supone que en un solo año 821.000 personas han cruzado la línea roja del riesgo de pobreza, sumándose a los 9,6 millones de años anteriores. Entre los colectivos más afectados están de nuevo las personas en paro (45,1% en riesgo de pobreza en 2013, 5,2 puntos más que el año anterior) y las personas extranjeras no comunitarias (55,4% y 7,6 puntos más, respectivamente).
    • El descenso de ingresos provoca que cada vez sean más los hogares que llegan con dificultad a fin de mes. En 2007, al final del ciclo de crecimiento, se encontraban en esa situación 12,7 millones de personas (28% de la población); en 2014, son 18,4 millones (39,1%), es decir, casi seis millones más. El agobio por no llegar a fin de mes es mucho mayor en el 10% de hogares más pobres (decil con renta anual más baja): tres cuartas partes llegan a fin de mes con dificultad (23,2%) o mucha dificultad (49,4%). Por su parte, el 60% de los hogares de las personas en paro llega con dificultad en 2014 a fin de mes (en 2007 el 47%), mientras padece esa situación también el 60% de la población extranjera no comunitaria (en 2007 el 44,6%)

 

    Entre las carencias materiales recogidas por la Encuesta del INE, destacan las que tienen que ver con la vivienda, la alimentación, el uso de la calefacción y la capacidad para afrontar gastos imprevistos. En todos estos casos se observa un empeoramiento general, que se ha acelerado en los últimos años y afecta con mayor intensidad a los colectivos más frágiles:

    • Los retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, agua, comunidad…) han pasado del 6,6% en 2007 al 11,7% en 2014. En los hogares de personas en paro, los retrasos en 2014 afectan al 23,9% y en el colectivo de extranjeros no comunitarios al 29,2% (en 2007 la tasa era del 13,9 y 16,5%, respectivamente). Pero el colectivo con mayores carencias en este punto es el decil de hogares más pobres que en más de un tercio de los casos no puede afrontar dichos pagos (35% en 2014, 26% en 2008).
    • Subalimentación: 1.555.000 personas (3,3% de la población) no podían permitirse en 2014 una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días. En 2009 este colectivo no llegaba al millón (2,1%), lo que supone que se ha incrementado en torno al 50% en sólo cinco años. La insuficiencia alimentaria afecta en mayor proporción a los colectivos frágiles recogidos por el INE (8% entre los extranjeros no comunitarios; 7,5% los parados; 7,1% los hogares monoparentales con hijos dependientes) y, sobre todo, a los hogares más pobres, situados en los deciles bajos de renta. En 2014 se encontraría subalimentado el 13,2% del decil con menos ingresos y el 7% del segundo decil de ingresos; hace cinco años, esas tasas eran del 7,1 y 3,9%, respectivamente. Teniendo en cuenta que un decil representa a la décima parte de la población, podemos aplicar las anteriores tasas a las cifras de población de 2009 y 2014 para saber con más precisión el aumento de personas que se encuentran subalimentadas en los dos deciles con menos ingresos: en 2009 eran 515.000 y habrían pasado a 952.000 en 2014. O sea, entre la población más pobre del conjunto de España la incidencia del hambre habría experimentado un crecimiento del 85%.
    • Algo más de la décima parte de las personas (11,1% en 2014) no puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada, es decir, padece “pobreza energética”. Este problema afectaba cinco años antes al 7,2%, lo que supone un incremento del 54%. En los hogares más pobres (decil con menos renta), la prevalencia de pobreza energética entre 2009 y 2014 ha pasado del 20 al 27%, y del 11 al 21% en el segundo decil. Por su parte, los hogares de las personas en paro que no ponen la calefacción han pasado del 13 al 21% y en los que viven extranjeros no comunitarios del 19 al 26%.
    • Casi la mitad de la población residente en España reconoce no poder afrontar gastos imprevistos, una carencia que en 2007 afectaba al 31%, en 2009 al 37% y en 2014 al 42,6%. Como en los casos anteriores, los grupos más frágiles padecen esta limitación con mucha más frecuencia, llegando al 81% en el decil de hogares más pobres y al 75% en el segundo decil, al 72% entre los extranjeros no comunitarios, al 68% en los hogares donde hay parados y al 63% en las familias monoparentales con hijos dependientes. En todos estos casos se ha producido un importante bajón del nivel de consumo con respecto al inicio de la crisis, en 2008, cuando tales tasas eran del 68, 62, 60, 50 y 47% respectivamente.

 

    El Módulo de Carencia Material, aplicado en 2009 y 2014, recoge información sobre algunas privaciones cotidianas, en las que también se observa un significativo descenso del nivel de vida en los últimos años:

 

  • La proporción de hogares con niños en los que éstos no pueden disponer de ropa nueva ha crecido del 3,8% en 2009 hasta el 6,5% en 2014, llegando al 17,4% en los hogares pobres (deciles 1º y 2º de ingresos) y al 19% en los de extranjeros no comunitarios. En la misma línea, los hogares en los que viven los niños que no pueden celebrar su fiesta de cumpleaños con los amigos por falta de recursos ha pasado del 6,5% al 10,4% (27% en los hogares pobres, 35% en los de extranjeros no comunitarios).
  • La proporción de personas adultas que no pueden permitirse reunirse con amigos o familia para comer o tomar algo al menos una vez al mes ha pasado del 6,6 en 2009 al 11,8% en 2014. Una tasa que sube del 15 al 30% en los hogares más pobres, del 14 al 26% entre los parados y del 18 al 28% entre los extranjeros no comunitarios.

La política de recortes incrementa el malestar social

Los impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social son la base de las políticas sociales públicas que constituyen el salario indirecto de los hogares. Tales políticas constituyen el principal mecanismo de redistribución social y suponen para los hogares una importantísima vía de ingresos, sea en prestaciones dinerarias (como las pensiones o las prestaciones de desempleo) o no dinerarias (como la sanidad o la educación públicas. Desde una perspectiva histórica el gasto social experimentó un importante crecimiento en los 25 primeros años de régimen democrático (1975-1990), al pasar del 16 al 23% del PIB, para estabilizarse después entre el 25 y el 30% en función del ciclo económico. No obstante, el gasto social de España en relación al PIB ha sido siempre inferior a la media de la Unión Europea, incluso después de la ampliación a 28 países.

La evolución en euros constantes del gasto público por persona creció a un ritmo interanual del 3,4% entre los años 2000 y 2007, pasando al llegar la crisis por dos fases: crecimiento interanual del 6% en 2008-2009 y bajada en picado en el trienio siguiente (-0,6% en 2010, -3,4% en 2011 y -5,5% en 2012) a raíz del cambio de rumbo introducido por el gobierno del PSOE en junio de 2010.

La tesis oficial de los últimos gobiernos ha sido que las políticas sociales están sobredimensionadas en relación a la capacidad económica de la hacienda pública y que, por tanto, es imprescindible introducir recortes en las prestaciones y servicios, así como procesos de privatización que impliquen una reducción del gasto. Entre otras medidas, ha quedado sin efecto el Pacto de Toledo sobre Pensiones, se aplican drásticos recortes en sanidad, educación y servicios sociales, se da marcha atrás a la ley de dependencia, se bajan los salarios del funcionariado, se privatizan servicios públicos, incluso aquellos que son rentables como la canalización y distribución del agua, etc. Por otra parte, se amplían los impuestos indirectos que afectan a toda la población y se llevan a cabo sucesivas reformas laborales que frenan la negociación colectiva y favorecen los despidos con baja indemnización, a la vez que se proporciona dinero público y avales del Estado para salvar a la banca. En definitiva, se despliega sin restricciones el modelo social de capitalismo neoliberal y la crisis se aprovecha para profundizar en esta estrategia.

En este contexto crece el malestar social que se manifiesta en el rechazo de la clase política (considerada el tercer problema del país en los sondeos mensuales del CIS, por detrás del paro y los problemas económicos) y en las movilizaciones de amplios sectores de la sociedad (mareas de los diversos colores, cumbre social, dos huelgas generales, diversos frentes críticos), que reclaman otros escenarios para salir de la crisis. Entre otras medidas, se plantea la necesidad de orientar los recortes hacia el gasto militar (uno de los que generan más deuda por las inversiones en armamento e I+D) e incrementar los ingresos públicos, recuperando o ampliando impuestos derogados (de sociedades, a las grandes riquezas, de sucesiones), evitando el fraude y los paraísos fiscales, e introduciendo nuevos impuestos (al turismo, ecológico), etc.

Surgen también movimientos de base como el 15M o partidos y plataformas electorales que plantean un cambio de paradigma en la economía y en el ejercicio de la política, y reclaman una participación directa de las poblaciones en los asuntos que les conciernen, a la vez que se reabre un debate instituyente que parecía cerrado en torno a las causas estructurales que impiden el desarrollo de una democracia real y una economía socialmente justa, en armonía con la naturaleza y solidaria en el plano internacional.

[1] Colectivo Ioé forma parte del grupo cooperativo Tangente y es autor del Barómetro Social de España.

[2] OIT (2012): Informe Mundial sobre Salarios 2012-2013. Ginebra; y OCDE (2012): “Partage de la valeur ajoutée entre travail et capital: Comment expliquer la diminution de la part du travail?. En Perspectives de l’emploi (Chapitre 3).

[3] La publicación de la ECV por parte del INE recoge la evolución en euros corrientes de cada año, lo que altera la evolución real del poder de compra pues no tiene en cuenta la inflación. En euros corrientes el descenso de la renta por persona sería exactamente la mitad (-8,1%) que si se tiene en cuenta la inflación (-15,9%).

Escenario sociopolítico en el que entran los ciudadanos, actores del futuro de España

Benjamín Forcano y Carlos Peresa

1. Primero de todo diagnosticar la realidad de la crisis

Lo peor para iniciar una alternativa, es la falta de diagnóstico sobre la realidad que pretendemos cambiar.

Nuestro país, hoy, se mueve en el siguiente escenario: Nunca hemos dispuesto de tantos recursos y riqueza para ser un país moderno y próspero, con índices de bienestar que permitan vivir con dignidad a toda la población.

Esa riqueza tiene como sujeto al pueblo español, quien la genera, desarrolla y sustenta. Cuando hablamos de riqueza nos referimos al patrimonio que incluyen los hogares españoles en su doble componente de Activos reales (viviendas, garajes, solares, fincas, naves, tiendas, oficinas y hoteles) y de Activos financieros (cuentas, depósitos bancarios, créditos pendientes a favor de los hogares).

Pues bien, en el 2011, los activos reales representaban el 84% del total, y los financieros el 16% restante. Por su parte, las deudas pendientes representaban en 2011 el 11,5% del patrimonio bruto.

Desde estos datos, reviste especial interés ver cómo ha evolucionado esta riqueza de los hogares españoles en la primera década del siglo xxi. En conjunto, la media de riqueza neta de los hogares españoles creció un 40% entre 2002 y 2011, una tasa que casi dobla el crecimiento del PIB en esos años (21%).

Sin embargo, el reparto de esa riqueza fue asimétrico, pues el 25% de los hogares más ricos aumentó en un 45%; el 25% de los hogares más pobres se redujo en un 5%; en tanto que el 50% de los hogares intermedios aumentaron en un 31%. Comparando ahora los dos polos (el más rico y el más pobre), la desigualdad subió de 33 en 2002 a 51 en el 2011; y la desigualdad entre el 10% más rico y el 25% más pobre pasó de 54 en 2002 a 87 en el 2011.

Cabe destacar la evolución de la renta entre unos y otros grupos y las consecuencias para el grupo más pobre. Si bien la diferencia de renta entre el 10% de los hogares que más ganan y el 20% con menos ingresos pasó de 12 en 2002 a 14 en 2011, el diferencial de riqueza pasó de 54 a 87. Es decir, que en los más ricos la riqueza creció tres veces más por encima de la renta. El patrimonio de los más ricos se revalorizó en más de un billón de euros.

El grupo de las familias más pobres (4,3 millones de hogares, doce millones de personas en 2011), disponen de un patrimonio medio de 14.200 euros, pero la mediana se sitúa en 7.400 euros, lo que equivale a decir que la mitad de esos hogares (2,15 millones) dispone de un patrimonio neto inferior a esa cantidad. La Encuesta Financiera de las Familias (EFF) registra que las deudas pendientes del 25% de hogares más pobres representaban en 2011 el 88% de su riqueza neta; y las cuotas anuales que tenían que pagar para amortizarlas absorbían el 46% de sus ingresos anuales, quedando inexorablemente obligadas muchas de ellas al impago y cuadros de pobreza y exclusión social.

Lo descrito lleva a muchos a hacer estas preguntas: ¿por qué algunos consiguen continuamente acumular sus ingresos? ¿Es ésta una característica de la economía neoliberal de nuestra época? ¿Puede ser menos injusta la distribución de la riqueza?

Estudios realizados por el economista Piketty y otros, muestran que con una política no neoliberal la desigualdad e injusticia podrían aminorarse. No son efecto de una casualidad, sino de unas estrategias y decisiones políticas impulsadas en su beneficio por las élites europeas y españolas.

En España, hacia los años 75, los asalariados recibían el 72% de la renta nacional. Siguió creciendo la riqueza y, sin embargo, 40 años después (2013) esa renta bajaba a un 62,2%.

Son varios los factores que lo explican: desde entonces (Estatuto de los Trabajadores) se van introduciendo cambios continuos en la legislación laboral, que preparaba nuevas formas de precariedad. Y, a pesar del deterioro de los ingresos de la población trabajadora, la recaudación de impuestos recae particularmente sobre sus hombros. ¿Qué aportan los trabajadores y qué aportan los empresarios?

 

Período 2008-2013

Impuesto de sociedades, que grava las ganancias empresariales: aporta un 2% al PIB.

– Impuesto del IRPF, sostenido principalmente por los trabajadores: aporta un 6,6%.

Impuestos indirectos, se paga lo mismo, sea cual sea el nivel de ingreso de la persona: 4,8%.

 

A esta situación acompaña un déficit fiscal que se cubre con emisiones de deuda pública (un billón de euros en 2014, la misma cantidad que el 10% de hogares más ricos acumuló en una década). Añádanse los intereses de esta deuda (más de 30.000 millones de euros en los últimos ejercicios) y que es una de las principales partidas del gasto público y una vía de negocio para el capital financiero.

La contradicción entre lo que podemos y lo que de verdad se está haciendo nos lleva a concluir que el resultado se debe a unas estructuras, socioeconómicas y de gobierno, que no sirven para garantizar los derechos del pueblo –esa franja amplia de nivel intermedio y pobre, un 90%–. Nuestra forma de democracia y de gobierno no reúne las condiciones requeridas para un proyecto de convivencia más justo y democrático.

Por lo tanto, se hace ineludible una transformación si se quiere lograr de verdad otra forma de democracia y de gobierno que sirvan a los intereses de la mayoría.

Desde el capitalismo neoliberal vigente se propone con la boca pequeña atajar la corrupción y las inversiones especulativas y, sobre todo, promover una economía más productiva y redistributiva.

Desde una posición socialdemócrata crece la conciencia de que el capitalismo neoliberal y la crisis ambiental son insostenibles, y se propone una vuelta al capitalismo social, regulado por el Estado.

En tercer lugar, otros sectores plantean un modelo de organización política y económica cuyo principio sea la democratización real, tanto de la política como de la economía, desde claves de horizontalidad, cooperación y solidaridad opuestas a la lógica del modelo capitalista.

  1. Una radiografía de la situación actual: datos

España ocupa el 13º lugar dentro de las mayores economías del mundo y, a pesar de la recesión de los últimos años, la capacidad de generar nueva riqueza se ha ampliado notablemente en las dos últimas décadas, dando lugar a una riqueza acumulada de los hogares que se estima en 4,6 billones de dólares (Credit Suisse), mayor que el PIB de Alemania. En 2012 nuestro PIB per cápita era de 26.800$, ocupando el puesto 26 a nivel mundial, justo por detrás de Francia e Italia.

Sin embargo, la potencia macroeconómica está mal repartida y presenta muchos problemas desde el punto de vista del equilibrio y la justicia social:

– Tenemos 5.457.000 parados (4º trimestre 2014). El repunte del empleo en 2014 es positivo, pero de peor calidad (temporalidad, salarios más bajos, etc.).

– 731.000 hogares no tienen ningún ingreso (4º trimestre 2014).

– Nuestra tasa de paro juvenil es la mayor en Europa después de Grecia. En lo que va de esta legislatura, el PP ha destruido el 25% de empleo joven. ¡Cómo no van a marcharse los jóvenes de España! De 956.100 (2011, 4º trimestre) a 756.000 (2014, 4º trimestre).

– España cerró el 2013 con 37.093 millones de ingresos menos de lo previsto en su presupuesto, lo que tiene que ver con la baja presión fiscal (de las más bajas de Europa) y con un sistema de impuestos regresivo que beneficia a los que más tienen. En cambio, los recortes en partidas sociales han supuesto ya más de 100.000 millones de euros en el conjunto de las administraciones públicas. Los millones y millones que se han entregado a la Banca para el rescate los han pagado todos los españoles. Si el Estado recuperara el dinero, ¿de cuántos millones podrían disponer al año para gastos sociales?

– La recaudación por impuestos de sociedades apenas llega al 12% de los beneficios empresariales; bancos y empresas no pagan ni una décima parte de lo que deberían. Con aplicarles no más que el doble del impuesto que se aplica a pequeñas y medianas empresas, el Estado recaudaría más de 60.000 millones de euros al año. Por otra parte, un recorte del 30% de los gastos innecesarios del Estado supondría un ahorro de otros 60.000 millones de euros al año.

– Como consecuencia de todo lo anterior, si en 2007 la deuda externa del gobierno español era de 398.734 millones de euros, en 2014 (4º trimestre) era de 1.033.857 millones de euros.

– En los años 2012-2014 del PP no ha mejorado ni uno solo de los muchos capítulos económicos y sociales, todos han empeorado. La brecha de la desigualdad y la injusticia, lejos de aminorarse, se ha agrandado y consolidado.

– En el plano económico, un problema estructural de España es su dependencia energética de fuentes externas –del petróleo y del gas sobre todo– nos supone una factura anual de más de 56.000 millones de euros, un 22,4% de las importaciones españolas.

– Desde que comenzó la crisis, han desaparecido 234.945 empresas (pequeñas y medianas) y son 400.000 los autónomos que han cerrado sus negocios. Por el contrario, en intereses de deuda pública, Caixa, Popular y Sabadell han obtenido 37.924 millones de euros desde 2010.

– En 2013 ocupamos el número 13 en la producción de automóviles en el mundo, produciendo 2,16 millones de vehículos. Pero, un porcentaje muy alto de la fabricación –y por tanto de los beneficios– está en manos de capital extranjero. El grueso de los vehículos exportados se vende a Francia, Italia, Inglaterra y Alemania. Para colmo, exportamos un 80% de los coches a Europa y nosotros tenemos que importar gran parte del parque automovilístico de los centros de producción con más valor añadido del centro de Europa.

– Entre 2010 y 2013, las mayores multinacionales y monopolios han tenido 83.000 millones de euros de beneficio. En cambio, en los mismos años, cada familia española ha tenido que pagar una media de 7.000 euros para salvar a los bancos en crisis (españoles y extranjeros).

  1. La Constitución de 1978 raptada por malos políticos

La Constitución Española diseña “un Estado social y democrático de Derecho que propugna como valores superiores la justicia y la igualdad” (Art. 1), dentro del cual se asigna a nuestra vida individual y colectiva una digna calidad de vida. Y son los poderes públicos precisamente quienes “deben promover las condiciones necesarias para que la igualdad del individuo y de los grupos sea real y efectiva” (Art. 9,2).

Entre otros principios, la Constitución establece los siguientes principios:

– “Todos los españoles son iguales ante la ley” (Art. 14), y “Tienen derecho a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia” (Art. 35,1).

– “El respeto a los derechos de los demás es fundamento del orden político y de la paz social” (Art. 10,2).

– “Queda prohibida la arbitrariedad de los poderes públicos (Art. 9,3), y “Los poderes públicos podrán realizar privaciones de bienes y derechos por justificación de utilidad pública o de interés social” (Art. 33,3).

Frente a estos principios, casi a diario podemos comprobar la befa a que es sometida la Constitución. El gobierno podrá dar todas las explicaciones que quiera, pero los hechos pregonan una contradicción intolerable. Nos hablan de la salida de la crisis y de haber dejado atrás la ruta amarga de la recesión. Y, sin embargo, la realidad es otra, en general y en casos particulares como los de Antonio Brufau, presidente de REPSOL, quien decide recortar la mitad de su sueldo, que aun así le queda en 2,5 millones de euros, es decir, más de un millón de pesetas diario. O el de Teddy Bautista, denunciado y defenestrado de la SGAE (Sociedad General de Autores) después de 30 años de gestión, por delito continuado de apropiación indebida y administración fraudulenta e impedir a los socios el derecho de información y participación, que recibe alborozado la noticia del Juzgado de Primera Instancia nº 9 de Madrid desestimando las alegaciones de la Aseguradora, de las Asociaciones y de la misma SGAE que lo denunciaron y sentenciando que recupere la pensión vitalicia pactada (26.269€ mensuales) y también las mensualidades no cobradas desde junio del 2012 (183.886€).

El Estado de Derecho, la Constitución, la ética natural, las normas básicas del buen vivir, la solidaridad y el sentido común dictan que situaciones como estas son intolerables y que los poderes públicos (administrativos, jueces, políticos…) no deben dejar impunes estos escándalos de lesa justicia y humanidad, que ponen en grave riesgo el orden económico y social de nuestra sociedad.               

  1. Un modelo de crecimiento injusto y dependiente. Algunas propuestas

El modelo injusto de crecimiento de la economía española lo explican tres factores:

  1. La oligarquía española establece alianza, por una parte, con los principales proyectos de Estados Unidos. Y, por otra, da pleno apoyo a los principales proyectos de la oligarquía financiera franco-alemana.
  2. Este alineamiento le permite integrarse en el proceso expansivo de la oligarquía norteamericana y la más monopolista de Europa. Como contrapartida, EE. UU. permite a España por los años 90 participar aceleradamente en el proceso económico globalizado de Iberoamérica, su patio trasero.
  3. La expansión se financia mediante: a) la privatización de los antiguos monopolios estatales de la luz, la energía o las telecomunicaciones; b) la ampliación de capital de bancos y monopolios españoles por capital extranjero; y c) la financiación de la gran banca internacional. Esta expansión, una vez asegurada en 2001 la implantación de la moneda única, se dirige hacia Europa y es suministrada en exclusiva por préstamos de los grandes bancos de las oligarquías financieras francesa y alemana.

Estos factores explican el carácter absolutamente frágil del modelo de desarrollo español y la velocidad de vértigo con que se vio inmersa en las peores consecuencias de la crisis, abocada a un proyecto de degradación, intervención y saqueo. El crecimiento estaba basado en un endeudamiento exterior que ya en 2008 llevó a España a poseer proporcionalmente una de las mayores deudas privadas del mundo.

Como responsables de todo esto, habría que destacar la alianza de “políticos y banqueros”, tal como sintetizó en sus inicios el movimiento de indignados surgido en la Puerta del Sol en mayo de 2011:

1º) El Estado, que se ha sometido a convertir en deuda pública buena parte de la deuda impagable del sistema bancario español y se ha arrodillado ante el mandato de Merkel de reformar la Constitución y establecer la deuda pública como primera prioridad de pago en los gastos de Estado.

2º) La oligarquía española, que en parte ha tenido que vender al capital extranjero –casi siempre a precios inferiores a los que los compraron– activos de sus bancos y monopolios tanto dentro como fuera del país para hacer frente al vencimiento de sus deudas. Y, encima, hay que contar con el aumento en los intereses que hay que pagar por la deuda.

En este contexto resulta indispensable la necesidad de crear una banca pública como base que permita disponer de los recursos para resolver los principales problemas. Ella, con nuestro dinero, será uno de los grandes motores para la inversión productiva. Siendo público el dinero, tiene que estar en manos públicas. De lo contrario, veremos cómo venden a precio de saldo los recursos de que disponen la gran banca nacional y extranjera, y serían varias las generaciones que habrían de pagar el coste de nuevos rescates bancarios.

La nueva banca pública podría disponer de un volumen de depósitos de 300.000 millones de euros, convirtiéndose en el mayor Banco Español. Sería la palanca para invertir en industrias y sectores estratégicos de la economía y reactivar el crédito destinado a la inversión y el consumo y, al mismo tiempo, reduciría el paro y crearía empleos sostenibles y de calidad.

La segunda palanca sería la reforma fiscal de los impuestos de sociedades (bancos y multinacionales pagarían un 50% de impuestos) y del IRPF (las grandes fortunas pagarían el 75% de sus rentas personales). Quien más tiene, que más pague. Si se devolviera todo lo que se ha robado por estos conceptos, se resolvería de un plumazo el problema de la deuda pública.

Las economías encadenadas al sistema de dominio norteamericano se hunden, excepto Alemania y EE.UU. Las desenganchadas, crecen y crecen, como pasa con varias economías de Iberoamérica, liberadas de la tradicional dependencia del FMI, el Banco Mundial y Wall Street. La clave es elaborar una economía para servir a los intereses de la mayoría.

Sin Soberanía política y económica no se puede rescatar y disponer de la propia riqueza. Para conseguirlo, hay que desarrollar una fuerza política organizada, con programas que garanticen la redistribución de la riqueza y la implantación de una democracia participativa que defienda la soberanía de la población.

El problema, en el caso de España, no está en la extrema derecha de Rajoy, sino en la oligarquía yanqui, alemana y española. Urge denunciar y combatir la magnitud de este proyecto degradante que tiene como núcleo sustentador una concepción egolátrica de la convivencia, que establece como ley suprema el egoísmo, donde prevalece la astucia y prepotencia de los más fuertes, tanto a nivel individual, como nacional e internacional.

Esa ley sustantiviza el pensamiento neoliberal, concentrado hoy globalmente en centros económicos de máximo poder, que le permiten emanar directrices y normas que controlan el destino de los pueblos, con absoluto menosprecio y subyugamiento de los intereses y derechos de las mayorías.

Liberarse es, pues, la condición primera si queremos que haya redistribución de la riqueza para poner al servicio del país y del pueblo los enormes recursos de que dispone la economía española, y no para que estén en manos y al servicio de banqueros y oligarcas de aquí y fuera. Reforzar la democracia exige que nos unamos el 90% de la población afectada por su actual política de saqueo, lo que requiere no sólo defender enérgicamente las libertades ya conseguidas, sino ampliarlas mucho más. Porque ninguno de los problemas fundamentales de nuestro país pueden tener solución mientras España no se libere completamente de su actual dependencia de Washington y Berlín.

…………………………..

NB. Este texto se basa principalmente en dos fuentes: Colectivo IOÉ, “La desigualdad de la riqueza se dispara un 60% en la primera década del siglo XXI”, en www.barometrosocial.es, 2015; y el “Documento d apoyo” elaborado por el Movimiento Social y Político “Recortes cero”.

Una imagen realista de Teresa de Ávila

Jesús Sánchez Adalid

San Luis Beltrán animó a Teresa de Jesús a llevar adelante su proyecto de reformar la Orden del Carmen, adoptando la regla primitiva: el desprendimiento y la contemplación, dando cabida a la actividad apostólica. Su intención era restituir la antigua observancia de la regla del Carmelo, atenuada en 1432 por el papa Eugenio IV. Teresa tomó como modelo la reforma franciscana de Cisneros, basada en la práctica de la oración y del ayuno, en no poseer rentas ni propiedades, ni en común ni particularmente, en guardar silencio y en descalzarse. En todo esto influyó mucho que conociera a san Pedro de Alcántara. Teresa se “descalza” el 13 de julio de 1563, cambiando los zapatos que usaba en el Monasterio de la Encarnación por unas alpargatas de cáñamo. La seguirán en esto las demás monjas y más tarde los carmelitas varones, que se conocerán como los “descalzos” para distinguirse de los “calzados”, que se siguen rigiendo por la regla mitigada.

Contemporánea de Erasmo de Rotterdam, Martín Lutero, Teresa de Ávila fue plenamente consciente de los acontecimientos de su tiempo. Nos encontramos ante una mujer verdaderamente excepcional, dotada de una inteligencia despierta, de una voluntad intrépida y de un carácter abierto y expansivo. Su chispa y simpatía se ganaban a cuantos la trataban. Fray Luis de León nos dice de ella: “Nadie la conversó que no se perdiese por ella”. El P. Pedro de la Purificación escribió: “Una cosa me espantaba de la conversación de esta gloriosa madre, y es que, aunque estuviese hablando tres y cuatro horas, tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca tan llena de alegría, que nunca cansaba y no había quien se pudiera despedir de ella”. Semejante es el testimonio de la Hna. María de S. José: “Daba gran contento mirarla y oírla, porque era muy apacible y graciosa”. Se granjeó toda clase de relaciones y de amistades incondicionales: obispos, teólogos, grandes damas, nobles, hidalgos, mercaderes, arrieros e incontables y anónimas gentes sencillas por toda la geografía que, de manera incansable, recorrió. Teresa repetía: “cuanto más santas, han de ser más conversables”, “un Santo triste es un triste Santo”, “un alma apretada no puede servir bien a Dios” y “Tristeza y melancolía, no las quiero en casa mía”.

Pensemos que una manera de pensar y vivir como esta, en el siglo XVI, no estaba exenta de grandes dificultades y peligros. Muchos no admitían que las mujeres fueran letradas, que tuvieran una vida activa de relaciones personales y, mucho menos, que se dedicaran a escribir. La mujer era considerada como propiedad del padre o del esposo, y su función se limitaba al trabajo casero, ser madre y cuidar y satisfacer las necesidades sexuales del marido. Teresa tuvo que demostrar su valía humana e intelectual y hubo de enfrentarse inagotablemente a los que dogmatizaban diciendo, por ejemplo, que “la oración mental no es para mujeres, que les vienen ilusiones; mejor será que hilen; no han menester esas delicadezas; bástalas el Pater Noster y el Ave María…” (CE 35,2). Era muy consciente de las sospechas que recaían sobre una mujer que escribía y necesitó utilizar constantes justificaciones y descargos para que sus obras no acabaran prohibidas o quemadas y ella misma condenada por la Inquisición. Insiste una y otra vez en que escribe “por obediencia” a sus confesores y “con su licencia”. Dice como excusa: “me lo han mandado… mucho me cuesta emplearme en escribir, cuando debería ocuparme en hilar… de esto deberían escribir otros más entendidos y no yo, que soy mujer y ruin… como no tengo letras, podrá ser que me equivoque… escribo para mujeres que no entienden otros libros más complicados…”. No obstante, y a pesar de sus empeños, en los márgenes de sus escritos podemos encontrar anotaciones de los censores. A pesar de todo, constantemente expresa su deseo de escribir y su convencimiento de que tiene algo valioso que decir. Desde el presente, su vida y sus escritos constituyen una permanente defensa del derecho de la mujer a pensar por sí misma y a tomar decisiones. Esto, sin duda, es algo absolutamente novedoso en aquella época y un signo más de la singularidad y el valor humano de la figura de Teresa.

Los letrados, siempre varones, no sólo van a leer los escritos teresianos sino que los van a juzgar, revisar y, en su caso, mandar que sean destruidos. El padre Diego Yanguas, confesor de Santa Teresa, le ordena quemar su comentario sobre los pasajes del Cantar de los cantares de Salomón, leídos en las oraciones matinales de las Carmelitas; porque no se podía consentir una interpretación de la Sagrada Escritura hecha por mujer; y mucho menos tratándose de versos con cierto contenido erótico.

Contra lo establecido, ella afirma que, en el campo de la oración, las mujeres llegan a ser mejores que los varones: “Hay muchas más que hombres a quien el Señor hace estas mercedes, y esto oí al santo fray Pedro de Alcántara (y también lo he visto yo), que decía aprovechaban mucho más en este camino que hombres, y daba de ello excelentes razones, que no hay para qué las decir aquí, todas a favor de las mujeres” (V 40,8).

El Nuncio del Papa, Filippo Sega, amonesta a Santa Teresa por la vida pública que lleva en los años de sus fundaciones: “…femina inquieta, andariega, desobediente i contumaz, que a título de devoción inventaba malas dotrinas, andando fuera de la clausura, contra el orden del Concilio Tridentino i Prelados: enseñando como maestra, contra lo que San Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen.”

Un letrado censor de la época tachó con tal furia un escrito sincero y espontáneo de Teresa, que gracias a la tecnología actual ha podido ser rescatado y leído, ayudados por los rayos X, aunque algunas líneas no se pueden descifrar: “No aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres. Antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres… No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas… que no hagamos cosa que valga nada por vos en público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa. No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez y no como los jueces del mundo, que –como son hijos de Adán y, en fin, todos varones– no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa… que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres” (CE 4,1).

Los inquisidores nunca se fiaron ni de la obra fundadora ni de los escritos de Santa Teresa. De hecho, ella temía constantemente ser delatada: “Iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores”, escribe en El libro de la vida. No obstante este cuidado, sus primeros problemas empezaron muy pronto, en 1559, cuando se publica el Índice de Libros Prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés. Los inquisidores registraron por entonces la pequeña biblioteca que Teresa tenía en el monasterio de la Encarnación y requisaron obras de Fray Luis de Granada, San Juan de Ávila o San Francisco de Borja. Ella escribe: “Cuando se quitaron muchos libros de romance, yo lo sentí mucho”. A partir de este percance los censores empezaron a examinar con lupa sus escritos y dejaron abundante constancia de sus correcciones: tachan párrafos de sus libros, le hacen arrancar páginas enteras o rehacerlas, como se decía entonces, de “sana planta”. Uno de los censores, refiriéndose a sus disertaciones sobre el amor, anota al margen la siguiente advertencia: “Váyase con tiento”. Le obligaron a rehacer entero el Camino de perfección. Y ella, sumisa, obedeció el mandato; pero conservó en una arquilla del convento de San José de Ávila el cuaderno primero, que hoy se guarda en El Escorial.

Teresa escribió, además de muchas cartas y poemas, cuatro grandes obras: El libro de la Vida, Camino de perfección, Castillo interior y el Libro de las Fundaciones. El más cuestionado por la Inquisición fue el primero de ellos, la autobiografía de la Santa, por tratar de “cosas místicas”. La Inquisición la consideró sospechosa de ser “alumbrada” y “dejada” y Santa Teresa de Jesús tuvo que comparecer ante uno de sus tribunales.

En 1575 tuvo que comparecer ante la Inquisición en Sevilla, tras haber sido denunciada por una beata expulsada del convento. No se conserva el informe oficial que se presentó con las acusaciones. Pero por los despachos enviados al Tribunal de Madrid se puede saber algo de su contenido. Se acusa a Teresa de Jesús de practicar una doctrina nueva y supersticiosa, llena de embustes y semejante a la de los alumbrados de Extremadura. Los inquisidores investigan sobre el Libro de la Vida; están seguros de que contiene engaños muy graves para la fe cristiana. El documento está fechado en Triana, en el castillo de San Jorge, el 23 de enero de 1576.

Por orden del inquisidor apostólico general, don Gaspar de Quiroga, el padre Domingo Báñez, prestigioso teólogo de Salamanca redacta así su censura del libro: “Y en todo él no he hallado cosa que a mi juicio sea mala doctrina”. Las únicas observaciones se refieren a la abundancia de revelaciones y visiones: “las cuales siempre son mucho de temer, especialmente en mujeres, que son más fáciles en creer que son de Dios y en poner en ellas la santidad”. Y concluye con un veredicto final: “Esta mujer, a lo que muestra su relación, aunque ella se engañase en algo, a lo menos no es engañadora”.

Santa Teresa fue interrogada, molestada, amenazada y estuvo a punto de ir a prisión, según nos refieren los escritos del padre Gracián. Él mismo le notificó a Teresa que pensaban acusarla a la Inquisición y que probablemente la encarcelarían; se sorprendió al ver que ella ni se inmutaba, ni experimentaba disgusto en ello, antes bien, se frotaba las manos.

Finalmente, en un determinado momento, los inquisidores se dieron cuenta de que la denuncia de aquella testigo, María del Corro, eran patrañas infundadas, tejidas por su imaginación enfermiza. Dice María de San José: “Vino un inquisi­dor, y averiguada la verdad y hallando ser mentira lo que aquella po­bre dijo, no hubo más. Aunque como éramos extranjeras y tan recién fundado el monasterio y en tiempo que se habían levantado los alumbrados de Llerena, siguiéronse hartos trabajos”. Como dice el P. Gracián, “todo acabó en quedarse ellas con más crédito y dar los inquisidores una muy buena mano a aquel clérigo que andava zar­ceando estas cosas”.

Un tribunal compuesto por tres letrados jesuitas recogió las declaraciones de Teresa. Se conservan dos Cuentas de conciencia, que son los escritos que ella hizo en su defensa, en 1576. La sentencia definitiva se desconoce; pero hay que suponer que ésta existió.

Aunque las acusaciones contra la madre Teresa y sus escritos eran infundadas, constituyen hoy un hecho real que está ahí, que pertenece a la historia; y que durante mucho tiempo se quiso ocultar tal vez para no empañar la figura y la obra. En cambio, hoy día podemos presentar a una Teresa de Jesús más humana y realista, metida de lleno en las corrientes espirituales de su tiempo y teniendo que sufrir las consecuencias de aquella época. Otros grandes personajes también sufrieron aquellas consecuencias: recordemos a fray Luis de León y al arzobispo Carranza, que estuvieron en las cárceles de la Inquisición.

 

Corrupción: que salten las alarmas

Ignacio Sánchez Cuenca, Universidad Carlos III

1. Corrupción a la española

Desde la llegada de la democracia, los escándalos de corrupción se han concentrado en dos periodos de tiempo muy definidos: la crisis económica de la primera mitad de los noventa y la actual crisis económica, mucho más duradera y de la que tanto está costando salir. No es que la crisis sea un momento propicio para la corrupción. Es más bien al revés: durante las dos crisis de nuestra historia reciente han salido a la luz los abusos que se cometieron a lo largo de los años buenos, los años de euforia, crecimiento, enriquecimiento rápido y oportunidades de negocio.

La mayor parte de los escándalos que se han descubierto en estos últimos tiempos (financiación ilegal del PP, la red Gürtel, los ERE en Andalucía, la operación Púnica, etc.) corresponden a episodios y tramas de los años dorados de la burbuja y del dinero fácil. Que salgan a la superficie en época de crisis no es casual. Cuando las condiciones económicas empeoran y no se materializan los beneficios que los miembros de las tramas corruptas esperaban conseguir, se producen traiciones, denuncias y delaciones. La información llega entonces hasta los medios y se acaba destapando el escándalo.

Puesto que la burbuja de los primeros años del siglo XXI no ha tenido parangón en nuestra historia reciente, no debería sorprender que la magnitud de los escándalos sea mayor que en el pasado. En este sentido, puede decirse que el único aspecto positivo de la aparición de tantos escándalos es que estamos adquiriendo, a marchas forzadas, un conocimiento muy preciso sobre sus causas y funcionamiento.

A tenor de lo que hemos ido viendo en los últimos tiempos, cabe decir que la corrupción se localiza en dos ámbitos especialmente, la financiación de los partidos políticos y las operaciones urbanísticas. Por descontado, no son dos ámbitos independientes, pues muchas veces se entrelazan, utilizándose la especulación del ladrillo para conseguir donaciones ilegales para el partido (esta parece ser una de las especialidades del Partido Popular). En principio, pues, la corrupción tiene una naturaleza esencialmente política, centrada en los partidos, sin que afecte demasiado a la Administración. Así como en muchos países en vía de desarrollo la corrupción se infiltra por todo el sistema circulatorio del Estado, llegando hasta el último rincón de la Administración, de manera que los servicios públicos, desde la seguridad policial hasta la educación, pasando por una licencia de importación, se mueven mediante sobornos y amiguismo, en España, hasta el momento, la Administración se ha mantenido al margen de la corrupción. En las encuestas internacionales que prepara Transparencia Internacional, el porcentaje de ciudadanos que declara haber recurrido en alguna ocasión al soborno es extremadamente bajo. Esto hace que la corrupción no afecte demasiado a la vida del ciudadano.

Es probable que a medida que vayamos sabiendo más sobre la corrupción urbanística de la burbuja de la construcción, nos veamos obligados a revisar este juicio sobre la incidencia esencialmente política de la corrupción en España. Los datos revelados sobre la operación Púnica, por ejemplo, revelan que funcionarios municipales participaron en la trama a través de recalificaciones de terrenos. Con todo, la información de la que disponemos parece indicar que el problema está situado sobre todo en las prácticas de los partidos políticos.

2. La reacción ciudadana ante la corrupción

Durante los últimos años de la burbuja ya se descubrieron numerosos casos de corrupción municipal ligados al ladrillo. Sin embargo, cuando se celebraron las elecciones municipales y autonómicas de 2011, la prensa contó un montón de historias de alcaldes imputados o procesados que no perdían apenas apoyo electoral con respecto a las anteriores elecciones. Parecía, pues, que la corrupción no llevaba aparejada un castigo electoral por parte de la ciudadanía. Este resultado es especialmente desmoralizador, ya que, de ser cierto, mostraría que los españoles son más bien indiferentes antes los episodios de abuso de poder.

En realidad, las cosas son algo más complejas. Según una investigación exhaustiva realizada por Pablo Barberá, Pablo Fernández y Gonzalo Rivero (de próxima aparición en la revista académica Political Science Research & Methods) a propósito precisamente de las elecciones municipales de 2011, la corrupción política se disculpa cuando produce beneficios generales al vecindario. Si la expansión urbanística se traduce en nuevos puestos de trabajo y una revalorización de la propiedad inmobiliaria, todo el mundo gana y la corrupción queda disculpada. Por el contrario, cuando los beneficios de la corrupción se quedan en unos pocos, sin que la ciudadanía participe de los mismos, los votantes castigan al partido protagonista del abuso de poder. Así se explicaría, al menos en parte, por qué tantos alcaldes salen reelegidos aunque su participación en prácticas corruptas sea bien conocida.

Desde este punto de vista, los escándalos recientes que afectan especialmente al Partido Popular, tanto los de la trama Gürtel como la contabilidad paralela y el fraude fiscal del PP (papeles de Bárcenas) deberían recibir un fuerte correctivo en las urnas, puesto que los beneficios de estas prácticas se quedaban en unas pocas manos. De hecho, las encuestas muestran una caída sin precedentes en el apoyo al Partido Popular, un partido que tradicionalmente tenía una fidelidad de voto extraordinaria. En estos momentos, menos de la mitad de los votantes del PP en noviembre de 2011 declaran estar dispuestos a revalidar su confianza en este partido. Debe reconocerse que la erosión del PP ha sido muy lenta: cuando Rajoy ganó las elecciones generales de 2011 con mayoría absoluta, los medios de comunicación habían informado abundantemente sobre las tropelías de la trama Gürtel, que tocaba muy de cerca al núcleo duro del Partido Popular. En aquella ocasión, el electorado más conservador disculpó las malas artes del PP, probablemente porque tenían la esperanza de que Rajoy sería capaz de formar un Gobierno que sacara a España de la crisis. El incumplimiento de algunas de las promesas centrales de la campaña electoral de 2011 (como el compromiso de no subir el IVA), sumado a la falta de buenos resultados económicos, ha creado el caldo de cultivo para que los ciudadanos reaccionen airadamente ante los escándalos que atraviesan el PP.

La corrupción tiene efectos deletéreos sobre el sistema político que van más allá del castigo electoral. En general, la ciudadanía pierde confianza en los partidos y las instituciones. Los indicadores de encuesta ponen de relieve que las únicas instituciones en las que confían los ciudadanos son las no políticas (como el Ejército o la Policía). Las instituciones representativas o políticas están hundidas en su valoración ciudadana (partidos, sindicatos, patronal, parlamento nacional, parlamentos autonómicos, tribunal constitucional, etc.). Evidentemente, esta crisis de legitimidad no es sólo debida a los escándalos de corrupción: los malos resultados económicos y las políticas tan injustas que se han llevado a cabo durante las dos recesiones vividas desde 2008 han contribuido crucialmente al desprestigio del sistema. La combinación de crisis económica y corrupción generalizada es un coctel explosivo para la legitimidad de nuestra democracia.

Un efecto no previsto de la crisis ha sido el elevamiento de los estándares con los que la ciudadanía juzga a la clase política. Lo que hace diez años era admisible, hoy muchas veces resulta intolerable. Los políticos no parecen ser plenamente consciente de este cambio, lo que hace que vayan con varios pasos de retraso con respecto a la sociedad. Por ejemplo, los viajes personales del senador José Antonio Monago a Canarias, sufragados por las Cortes y opacos al escrutinio público, no hubieran causado un escándalo tan fenomenal durante los años de crecimiento. Ahora, sin embargo, la exigencia es mucho mayor y eso hace que los políticos con frecuencia se sientan desconcertados al ser juzgados hoy por acciones pasadas que en su momento no constituían motivo de escándalo.

3. El debate sobre la corrupción

En España, el debate sobre la corrupción está dominado por la perspectiva jurídica y económica. Ambas tienen en común el supuesto de que los políticos actúan en función de incentivos positivos y negativos. Por tanto, para evitar que se corrompan es preciso endurecer los incentivos negativos que se asocian con el descubrimiento de un caso de corrupción, así como aumentar el riesgo de que los corruptos sean descubiertos. La conclusión que se saca de estos planteamientos es que necesitamos mayor transparencia (lo que redundará en un mayor riesgo de descubrimiento) así como mayores controles y castigos.

Estoy convencido de que buena parte de este diagnóstico es correcto, sobre todo por lo que toca a la transparencia. Resulta inexplicable, por ejemplo, que algunos de los contratos más controvertidos que firmó la Generalitat valenciana con Bernie Ecclestone (Fórmula 1) o con Santiago Calatrava no sean accesibles para el público. Es solo un ejemplo, desde luego, pero revelador de los agujeros negros que continúa habiendo en la Administración española. Cuanto más transparente sea el sistema, más difícil resultará a los políticos abusar del poder que se les otorga.

Ahora bien, me gustaría recordar que los niveles de corrupción no dependen solamente del marco regulativo en el que operan los políticos y la Administración. Aunque apenas se mencione en nuestro debate público, hay también fuertes determinantes sociales de la corrupción. El tipo de sociedad que tenemos explica también en parte los niveles de corrupción existentes.

Los estudios comparados han demostrado que el principal predictor del nivel de corrupción de los países es la circulación de periódicos por 1.000 habitantes. En aquellos países en los que los ciudadanos están atentos a lo que dice la prensa, la corrupción es más baja que en aquellos otros con un público desinformado y apático. España, en este sentido, tiene indicadores muy bajos dentro del mundo desarrollado en cuanto a lectura de periódicos. Con el tipo de sociedad civil que tenemos, nos corresponde un grado elevado de corrupción.

En un estudio realizado por Elena Costas-Pérez, Albert Solé-Ollé, Pilar Sorribas-Navarro (publicado en 2012 en el European Journal of Political Economy) se demuestra que los casos de corrupción son electoralmente castigados cuando la prensa da cuenta de ellos. Por supuesto, el castigo será tanto mayor cuanto mayor sea el porcentaje de gente que lee la prensa. Una ciudadanía atenta y vigilante es un requisito fundamental para que los políticos eviten prácticas corruptas.

Alguien podría pensar que en realidad la relación es la inversa, de modo que en países dominados por la corrupción, la gente se siente asqueada y deja de leer periódicos. No es imposible que suceda así, pero la objeción resulta un poco artificial. En España, por ejemplo, observamos justo lo contrario: nunca la corrupción había sido tan alta y nunca había habido un interés tan profundo por los asuntos políticos.

Atacar la corrupción sólo desde el prisma de la regulación es probablemente insuficiente. La corrupción tiene que ver con el funcionamiento de la Administración y del sistema político, pero también con la articulación de la sociedad civil, su grado de información política y su actitud vigilante.

4. Remedios

Hablando de tendencias generales, la corrupción se da principalmente en países que sufren elevados niveles de desigualdad social, con poca confianza o capital social, y con niveles de desarrollo bajos (sobre todo con bajos niveles educativos). En un estudio muy provocativo, Bo Rothstein y Eric Uslaner demuestran que hay una asociación sorprendentemente sólida entre los niveles de corrupción en la actualidad y el porcentaje de la población con estudios secundarios en 1870. Conociendo el grado de educación de la población en 1870 podemos predecir con bastante precisión el nivel de corrupción hoy día. Una lección que puede extraerse de este hallazgo tan chocante es que la corrupción no se elimina rápidamente y, desde luego, no mediante decreto. No basta con modificar las leyes: también se requiere cambiar hábitos sociales muy enraizados en el país.

En España debemos aspirar a un nivel de corrupción mucho más bajo que el actual. Pero no podemos engañarnos pensando que solo cambiando las leyes conseguiremos erradicar el problema. Es necesario, desde luego, introducir mayor transparencia en el sistema, así como establecer mecanismos horizontales de control entre políticos y funcionarios, pero también reducir la desigualdad social, incrementar los niveles educativos, fomentar la confianza social y conseguir niveles superiores de información política a través de la lectura.