JOAQUÍN GARCÍA ROCA

José Ramón López de la Osa Y Evaristo Villar

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: José Ramón López de la Osa Y Evaristo Villar –
 
Cuando se leen los trabajos de Joaquín García Roca se percibe inmediatamente que este hombre no es alguien que se haya dedicado al cultivo de la sociología académica, ni tampoco un teólogo al uso. Es un reconocido sociólogo, un gran teólogo y conocedor del mundo filosófico. No en vano tiene un doctorado en cada una de esas disciplinas. Investigador inquieto e incansable, tiene una curiosidad científica infinita pero que él siempre ha filtrado a través de su experiencia vital y su compromiso social, por eso sus temas de estudio y de trabajo han estado siempre relacionados con la solidaridad, las migraciones, la educación, el bienestar social y, también, cómo no (y este es su último trabajo, por cierto, premiado), la Espiritualidad para voluntarios. Es de esas personas que infunden respeto y a las que uno les concede sin ningún reparo la autoridad. No por su lejanía y formalidad sino justo por lo contrario: por su conocimiento de los problemas, su rigor analítico y su competencia, su cercanía y su cordialidad. Pensamos en él, como en tantas otras ocasiones, a la hora de pulsar algunos aspectos del complejo problema de Europa en nuestra revista.

Echando una mirada amplia sobre la UE, vemos que hemos ido del tratado de Maastricht y pasando por la entrada del euro (lo que supuso una de las cesiones más extraordinarias de soberanía que se habían conocido hasta entonces), a una situación de reforzamiento de las políticas nacionales, llegando a un momento como el actual donde tenemos problemas serios para avanzar en formas de soberanía compartida que nos permitan el establecimiento de una Unión Europea con un papel más identificado y relevante en la gobernanza actual. ¿Qué se ha hecho bien y qué se está poniendo en peligro gravemente en este proceso?

En tiempos de la dictadura, Europa era la solución, en tiempos de la democracia, la Unión Europea se ha convertido en una pesadilla. Para una generación de españoles, Europa era más que un territorio, era el lugar por excelencia de la libertad, de los derechos humanos, de la tolerancia, de la acogida de los exiliados y represaliados de la guerra civil. Allí fuimos a ampliar estudios, allí aprendimos otros modos de proyectar el futuro. ¿Qué sucedió para que ese sueño emancipador se haya convertido en un lastre de donde proceden actualmente las malas noticias? Europa exige recortes sociales… demanda más austeridad… requiere sacrificios. La construcción europea tiene graves problemas de diseño. Para unos ese defecto de diseño se reduce a la ausencia de mecanismos para garantizar la productividad y la competitividad, para mí el defecto de diseño es la articulación de los tres generadores cuyas lógicas no han sabido conciliarse: un Mercado Común, un Proyecto político y una sociedad civil europea. La racionalidad del mercado se apoderó de las otras dos racionalidades, y los Estados y los mundos sociales se han sometido a la única racionalidad mercantil, que imposibilitan construir Europa más allá de la racionalidad del mercado, y buscar una salida a sus crisis más allá del mercado. Es el mercado quien inicialmente construyó el ADN de Europa y a quien se le confía la resolución de sus problemas. Todas las instituciones locales, nacionales e internacionales quedan sometidas a la ley del mercado, aunque produzca enormes pirámides de sacrificios, debilite la democracia y desmovilice a la ciudadanía. Este imperio del mercado ahora domina la escena política europea más aplastantemente que nunca. Su última versión es el capital financiero que se reproduce a sí mismo y se independiza del proyecto político y de la sociedad civil europea. Hasta llegar a creer que la solución actual es la provisión de liquidez por parte de los bancos centrales, la estabilidad financiera y el estímulo a la demanda.

¿Cómo es posible que lo que tenía en un principio un aspecto liberador se haya convertido en el mayor productor de incertidumbre y miedo? Cuando Europa se convierte en mercado, la economía devora la noción de persona ya que la reduce a un simple titular de dinero y a los pueblos en simples deudores que concurren en el mercado global. Una moneda única no puede sobrevivir sin un proyecto político, es difícilmente viable con 17 soberanías políticas, económicas y fiscales. Uno de sus arquitectos, J. Delors, lo ha reconocido abiertamente: la crisis financiera mundial ha precipitado la crisis del euro, pero esta hubiera llegado un día u otro debido a la falta de rigor y de coordinación de sus políticas públicas. “Europa se hará por la moneda o no se hará”, decía uno de sus fundadores. Mientras el mercado común se construye como un casino, dispuesto a conseguir un rendimiento espectacular en el plazo más breve posible, la unión política se construye sobre la centralidad de la ciudadanía y la sociedad civil se construye sobre relatos compartidos y sobre la convivencia de tradiciones e historias distintas.

Europa, sin estas energías emancipadoras, podrá ser malamente un mercado que se afirma frente a otras regiones mundiales, más interesadas en salvar la competitividad sobre el dólar y sobre los países asiáticos; pero le falta su alma y su identidad.

Vivimos una situación paradójica: por un lado Europa ha sido la cuna de la democracia, y si con algo nos hemos sentido identificados en nuestra andadura política y social ha sido con esta forma de organización. En cambio, ahora se están reforzando los nacionalismos y la crisis parece ser una de las causas. Hay quien habla incluso de período postdemocrático. ¿Qué democracia nos espera?

Los espacios regionales son los más idóneos para afrontar los desafíos de un mundo único e intercomunicado, pero la UE se ha quedado sin energías utópicas, la Europa de los mercaderes y la Europa burocrática de Bruselas ha agotado aquellas energías que la convirtieron en tierra de asilo, en fermento de los derechos humanos, en cuna del Estado social; su horizonte se ha empequeñecido y se ha teñido de pesimismo. Le importa más ser un fortín que una sociedad abierta y beneficiosa para todos los países del mundo que tienen una necesidad urgente de salir del subdesarrollo. En su diseño original triunfa la lógica económica, que siempre es excluyente frente a terceros, se imponen los más fuertes que crean un núcleo duro (Alemania y Francia), se construye de forma radial (centros y periferias) más que en forma de red.

Ante la falta de energía utópica, los poderes públicos siguen orientados a lo nacional, organizados según el patrón del Estado nacional y territorial. Es imposible entender algunas de sus medidas, sin aludir a sus intereses nacionales, lo que explica el desmedido interés alemán por la deuda ya que son sus bancos los beneficiados, el interés francés por la agricultura. Nos quedamos, de este modo, con el mercado y desplazamos la construcción política y social, que nos incapacita para crear una política unitaria sobre la energía nuclear, sobre el empobrecimiento estructural de los países subdesarrollados, sobre el paro y las desigualdades sociales crecientes en su interior, sobre el deterioro del medio ambiente, sobre la investigación biotécnica. En su célula madre hay una expropiación de la ciudadanía y de la participación interesada en el desarrollo del Estado social, en el control del capitalismo salvaje globalizado, en el respeto a los derechos humanos, en la defensa del asilo y del refugio, en la disposición a compartir el mundo con otros seres humanos ya que como decía Hanna Arendt “son los hombres y no el hombre quien habita la tierra”. son las energías utópicas que la crisis actual ha debilitado.

Un organismo así origina extremismos identitarios que empiezan a tener un amplio apoyo social, y se sostiene sobre una especie de fascismo social, que sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo financiero, promueve la segregación social de los excluidos.

Hay que inventar nuevas y plurales formas de democracia; sin descalificar la democracia electoral, que se sustancia en el voto, ni la democracia liberal que se sustancia en el individuo, es necesario apostar por nuevas formas de democracia participativa e intercultural. Aunque sea difícil de organizar, los movimientos sociales, las diásporas culturales, las minorías étnicas, las regiones y comunidades territoriales, las sociedades pluriculturales deben desempeñar un mayor papel en la organización de la democracia europea.

Recientemente se ha modificado un artículo de la Constitución española para cumplir de forma más rigurosa las medidas de reducción del déficit, como manda el texto del Tratado, pero se echan de menos medidas exigentes para incentivar el crecimiento. Los grandes partidos siguen las directrices de Alemania. Política y socialmente, ¿qué va a suponer esto visto desde la óptica de la ciudadanía?

Como resultado de lo dicho, ha preocupado más crear las condiciones propicias al mercado, que favorecer el uso democrático de los recursos y el reconocimiento de los derechos civiles, políticos y sociales sin los cuales no hay organización humana posible. Sin embargo la Europa del mercado no se ha complementado por una Europa de los ciudadanos, ni la Europa-fortín se ha conciliado con la Europa-asilo. Se posponen otras formas de integración, política, cultural y social. De modo que el vino nuevo se debía conservar en odres viejos: nada sobre los mecanismos de coordinación política, nada sobre la ciudadanía europea, nada sobre el funcionamiento de las instituciones comunes. Bastaría, torpemente, con revisar la Constitución en lo referente a la capacidad de endeudamiento de los Estados miembros, a sus irregularidades contables y a la solvencia de su sistema bancario. El reforzamiento de algunas fronteras ante la circulación de las personas y la discriminación racial que impregna algunas políticas nacionales europeas indican el desinterés por las cuestiones de ciudadanía.

El imperio del mercado comporta, en sus entrañas, una contradicción con el principio democrático ya que como advierte Adam Smith el poder de los ciudadanos (democracia) se concilia mal con el poder de la propiedad (capitalismo).

Parece obvio que hay que tomar medidas en orden a contener el gasto, por lo tanto es justo asumir prácticas de mayor austeridad y para ello se están pidiendo grandes esfuerzos, pero, en cambio, las esperanzas que se ofrecen parecen muy inciertas. ¿Qué se puede hacer por quienes se están quedando en la cuneta? La cantidad de gente que está cayendo en niveles de pobreza absoluta crece por días. ¿En momentos de crisis los derechos humanos se relativizan?

Ante la pobreza, que persiste y se amplía a nivel europeo, hay que activar medidas de redistribución; no existe menos riqueza sino menos igualdad y más diferencia entre los primeros y los últimos. Esta transformación requiere de tres vías: la vía cultural y ética, la vía de presión y movilización social, y la vía política e institucionalización legislativa. De la ruta ético-cultural se espera que introduzca en la realidad una tensión que actúa como un horizonte de expectativas y una especie de utopía-energía para la promoción de alternativas. Es importante una revolución cultural de las expectativas que no se conforme con crecer sino que se pregunte para qué crecer, a costa de quién se crece. No tiene sentido crecer para seguir creciendo. Esta ruta cultural se despliega en la educación de los sentimientos y convicciones morales, en la promoción de virtudes públicas como la colaboración y la solidaridad y en estilos de vida sostenibles.

De la movilización ciudadana se espera que las organizaciones locales e internacionales inauguren nuevas formas de participación, que como frenos de emergencia, se disparen en contacto con el sufrimiento humano, con la exclusión, con la inhumanidad. La construcción europea, en expresión de Walter Benjamin, se ocupó más de los motores del desarrollo que de los frenos de emergencia. Qué son, sino frenos de emergencia, los movimientos sociales que proponen alternativas mundiales a la crisis, las redes internacionales que gritan a favor de la tasa Tobin y del comercio justo, o el clamor de los indignados. Esta movilización ciudadana logra nuevos derechos que permiten conmover y revertir los cimientos de una sociedad en nombre de otro mundo posible, en organizaciones cívicas que promueven la participación ciudadana y en voluntariados que configuran la economía del don.

Pero no basta domiciliar la caridad en los sentimientos morales ni en la movilización ciudadana sino también requiere ser institucionalizada a través de conquistas legales e instituciones públicas. El debilitamiento actual de los sistemas de protección no trae nada bueno a los que están peor situados. Se necesita institucionalizar las tres generaciones de derechos de forma que nadie quede desprotegido mediante conquistas legislativas que puedan ser exigidas vía derecho: la renta de ciudadanía, los servicios sociales, sanitarios y educativos, y en general lo que hemos identificado como estado social.

Nuestras sociedades son plurales y complejas, y Europa hace mucho que camina en esa dirección. La diversidad y el pluralismo pueden ser una vacuna contra el dogmatismo y la intolerancia, pero ese pluralismo demanda unos valores sustanciales comunes y un texto que los recoja. ¿Nos hubiera ayudado en esta coyuntura actual el haber tenido ya la Constitución europea?

Una Constitución es un elemento necesario ya que el Estado nacional resulta un marco demasiado estrecho para afrontar los problemas actuales y los riesgos globales, tanto económicos, sociales, y culturales, sin un proyecto político de gobernanza. Sin embargo no va a ser una constitución lo que funde la identidad europea, en un momento en que las fronteras no están aún fijadas, ni están definidos los derechos de los ciudadanos de los países miembros, ni se ha logrado una política común exterior, policial, medioambiental, social y laboral. La constitución europea, si quiere ser algo más que un texto muerto, que dure al menos cinco años, ha de nacer de un proceso abierto, experimental y plural. La Unión Europea necesita de un largo periodo de experimentación ya que necesita formas mixtas de gobernación, de recreación de las historias nacionales, de articular unidad y diversidad, de reconocimiento de identidades plurales, de la solidaridad nacional que no pueden ser resueltas todavía. Creo que es mejor mantener vivo el poder constituyente que cerrarlo de golpe desde la centralidad de una nación o de una ideología o de unos grupos de poder, como sucedería actualmente. Europa debe ser un proceso constituyente, propicio a la colaboración de abajo arriba, antes que un poder constituido. Tendrán que desaparecer las definiciones excluyentes del extranjero, socializar las historias nacionales que permitan pasar de enemigos a colaboradores, y comprender que ser europeo se puede conciliar con identidades múltiples, ser español, alemán o griego. Incluso que tu historia puede ser tan válida como la mía. Y llegar a entender, como propone el historiador Joseph Fontana en Europa ante el espejo, que una de las pocas lecciones de la historia que parecen tener validez universal es que ninguna muralla protege permanentemente a una colectividad de los invasores que la amenazan, si no consigue establecer alguna forma de pacto con ellos.

La constitución europea tendrá que librarse del sueño nefasto del siglo XX que llevó a muchos Estados europeos a intentar crear naciones culturalmente homogéneas con identidades unitarias. Europa nunca fue una sociedad homogénea ni cultural ni lingüística, ni religiosamente, aunque se intentara por todos los medios.

La población europea ha cambiado mucho en los últimos 50 años, la inmigración ha dibujado un mapa diferente y por ello las religiones ocupan un papel relevante en la nueva configuración. Hay valores, por ejemplo, como los de “libertad religiosa” o “libertad de conciencia” que son básicos en nuestro esquema de libertades. ¿Cómo está cambiando la influencia de las religiones la cultura europea?

Europa se ha construido durante miles de años en oleadas de inmigrantes que ocuparon territorios. Llegaron los romanos y se quedaron, llegaron los fenicios y los celtas y se quedaron, llegaron los árabes y muchos se quedaron, llegaron los pensionistas nórdicos y se quedaron en las costas mediterráneas. Todo el mundo ha venido de algún otro lugar, y cuando llegan los últimos, la bienvenida siempre resulta una tarea exigente. Europa se ha construido como un estrato geológico formado por movimientos migratorios que intercambian y comunican entre ellos. Hoy no buscan espacios ni tierras sino trabajo, bienestar y oportunidades económicas. En contradicción con su propia historia, Europa renuncia a ser tierra de asilo y se sirve de un lenguaje militarista para afrontar los procesos migratorios: invasión, oleadas, expolio. Europa está atrapada en una seria contradicción con respecto a las personas inmigrantes. Por una parte se les necesita como trabajadores y por otra no son aceptados de buen grado como ciudadanos y molestan en los parques, en las discotecas y en los servicios públicos, ya que sobrecargan los presupuestos gubernamentales de bienestar y confrontan el sentido de la propia identidad. Requiesti ma non benvenuti, como dicen los italianos.

La Unión aplica políticas restrictivas a la ampliación de derechos favoreciendo así el miedo al inmigrante, al que atribuyen quitar trabajo, traer enfermedades ya vencidas, disparar la delincuencia y hacer peligrar el Estado de Bienestar. Sin ellos no subsiste el proyecto europeo, y con ellos resulta imposible.

En esta quiebra del proyecto europeo sitúo yo la gran aportación de las religiones. La crisis actual no ha creado condiciones favorables para el ejercicio de la fraternidad, más bien en contexto de escasez el otro es un competidor, las casas se blindan, los extranjeros se reducen a extraños. La experiencia religiosa por antonomasia consiste en reconocer que fuera de la propia tribu existen seres iguales a nosotros, que el mundo alberga a otros seres parecidos pero con igual dignidad y derecho. En la base de la Unión Europea está la responsabilidad no solo por los que pertenecen al mismo círculo sino también por los perdedores, dejándose así afectar por el sufrimiento de las víctimas de esta historia nuestra. Al servicio de esta responsabilidad universal ante el sufrimiento, que concilia el universalismo moral con la solidaridad y la compasión deben estar las religiones en esta hora. Y su gran mensaje hoy es anunciar que se puede y se debe universalizar desde las víctimas de la crisis y no desde los vencedores, desde los marginalizados o excluidos y no desde los banqueros. El lugar de la salida de la crisis son los últimos ya que cuando ellos tienen reconocidos sus derechos los tenemos todos.

Uno de los temas de debate en el proceso de elaboración de la Constitución europea era la mención expresa del origen cristiano de Europa. ¿Qué papel jugará el cristianismo en Europa?

La Unión Europea ha ido construyendo su propio proyecto frente a otros modos de entender el futuro. Como ha señalado Rifkin en El Sueño europeo, mientras la mayoría de los inmigrantes llegados a Estados Unidos optó por olvidar su pasado y sacrificar su presente para obtener futuras recompensas, los europeos quieren preservar y cultivar su herencia cultural, disfrutar de una buena calidad de vida aquí y ahora, y alumbrar un mundo de paz sostenible en un futuro próximo o lejano. En consecuencia, la construcción europea tiene distintas fuentes, distintas tradiciones y distintas sabidurías.

El cristianismo tendrá un papel en Europa en la medida en que respete esta pluralidad y sirva, fomente y proteja la esfera de solidaridad universal. Lo cual compromete al cristianismo en la construcción de la laicidad como característica de un proyecto político europeo de convivencia.

La laicidad, como proceso socio-cultural intenta ampliar la libertad cultural y gestionar la diversidad, que permita a la gente vivir de acuerdo con sus preferencias, escoger entre opciones disponibles y ampliar las alternativas para ser y hacer aquello que valoran en la vida. Impide la exclusión basada en el modo de vida, en elementos étnicos, raciales, sexuales o religiosos. Como realidad política, el principio de laicidad se opone a la imposición de una religión, ideología o pensamiento. El principio de laicidad es un modo de ser Estado ante la configuración plural de la sociedad civil, un modo de proteger la libertad religiosa, la libertad de creer o no creer, de expresar o practicar una fe de forma libre y pacífica.

Los obispos europeos, con ocasión del debate sobre la Constitución de la Unión Europea, afirmaron que “la laicidad es una de las aportaciones que los mismos cristianos deben hacer a la construcción de la convivencia”. Lo cual desautoriza a los que se niegan a construir una cultura laica en el modo de relacionarse el Estado con las confesiones políticas y las diásporas culturales. La laicidad, la religión cristiana y el proyecto político europeo no sólo son compatibles sino que se pueden dinamizar y enriquecer mutuamente. Un proyecto laico europeo acaba con el monopolio de la fuerza física para resolver conflictos, que justificó la venganza privada, la guerra de religiones, la coacción y la violencia. Asimismo, cuestiona el monopolio de cualquier tipo de saber, incluso de saber científico, que desprecia otros conocimientos como la intuición, la poesía, la historia, las culturas populares. Ha sido el gran aprendizaje de la reciente crisis global haber mostrado la debilidad del conocimiento económico y financiero para prever catástrofes. Cuestiona también el monopolio de la religión y de una ética para ordenar la convivencia y promover convicciones, símbolos y buenas prácticas para la construcción de valores comunes y compartidos, sobre lo que no debe volver a producirse en ningún caso (por ejemplo, ninguna cultura reclama legítimamente el derecho a practicar la esclavitud, o la necesidad de una guerra de religiones) o sobre lo que debe preservarse (la paz, la confianza, el respeto, la tolerancia, la libertad religiosa).

Los cristianos tenemos razones suficientes para estimar lo común; cuando se pierde lo común, nos perdemos a nosotros mismos. Es el verdadero sentido de la invocación a la ley natural, que se despliega hoy en los derechos humanos, que son la capacidad moral de la humanidad para descubrir y proteger las condiciones necesarias para la dignidad humana. Al aceptar el premio Nobel de la Paz, Martin Luther King proclamó una “fe audaz” en que “en todas partes la gente pueda tener tres comidas al día para su cuerpo, educación y cultura para su mente y dignidad, igualdad y libertad para su espíritu”.

Creer en la ley natural significa reconocer que en la historia del otro hay también verdad, bondad e inteligencia. Lo extraordinario y difícil en la sociedad laica es reconocer la igualdad, reconocer que fuera de la propia tribu existen seres iguales a nosotros, con igual dignidad y derecho, reconocer que según San Pablo “Dios es todo en todos”.

La eliminación de la Educación para la ciudadanía se ha hecho invocando las Directivas europeas. ¿Consideras, como creen los obispos, que este hecho es una buena noticia?

La invocación a las directivas europeas es un pretexto para justificar una decisión discutible y sumamente ideológica. El ministro del ramo alude por igual al Consejo de Europa y a la “evidencia científica comparada”, ambas estrategias de inmunización. Yo creo por el contrario que la eliminación es una medida ingenua, irracional y contraproducente. Es ingenuo creer que los contenidos doctrinarios circulan por la única vida de la EpC., ya que impregnan, por igual, la historia, las matemáticas, la geografía y la religión. Haría bien la jerarquía comprometiéndose en la lucha contra lo doctrinario en todos los campos, empezando por sus instituciones.

Es irracional sustraer a los jóvenes de una oportunidad educativa de socializar los valores comunes. Es un error preparar a los jóvenes para un universo de medios y secuestrar los fines. Esta debería ser la prioridad de la Iglesia en un momento en que importa más tener trabajo y crecer que saber para qué se trabaja y para qué se crece. Hacer de los jóvenes algo más que un candidato a la producción y al consumo es el gran desafío hoy de la educación. Si en lugar de socializar los valores, nos conformamos con que los jóvenes conozcan las leyes hacemos un flaco servicio al uso público de la razón. Lo denunciaba Hannah Arendt con ocasión del proceso contra el criminal Eichman, a quien, según ella, le aquejaba la falta de reflexión para distinguir lo bueno y lo malo. De este modo nos previno contra ese fenómeno contemporáneo que es “la tendencia a rechazar el juzgar en general. Se trata de la desgana o incapacidad de relacionarse con los otros mediante el juicio… En eso consiste el horror y, al mismo tiempo, la banalidad del mal”.

Es contraproducente identificar la educación cívica con la enseñanza de leyes, constituciones e instituciones nacionales y europeas. Este es el mayor error a largo plazo. Si algún peligro tiene nuestro tiempo es el positivismo de la ley, que identifica los valores éticos con lo legislado y lo instituido, confunde lo ético con la ley. El cardenal Ratzinger en su diálogo con Habermas se pregunta quién podrá alimentar los valores de la sociedad laica. Confía la alimentación de los valores de la sociedad laica a las llamadas minorías creativas, en las que “laicos y católicos, los que creen y los que no creen como las ramas del árbol con muchos pájaros deben andar los unos al encuentro de los otros con una nueva capacidad de apertura. Los creyentes no renuncian nunca de buscar, y quien busca, por otra parte, está tocado por la verdad y como tal no puede ser clasificado como un hombre sin fe o sin principios morales inspirados de la fe cristiana”.

Es la trampa que el presidente del tribunal constitucional de Italia. Zagrebelsky, denunciaba en su diálogo con el teólogo Ratzinger que interese más la Vida que las personas vivientes, más la Familia que las personas que viven en familia. La solidaridad actual permite hablar más de las personas vivientes que de la Vida, más de las personas que viven en familia que de la Familia, más de Educación para la Ciudadanía que de Educación cívica y constitucional. Mientras el derecho es un conjunto de proposiciones legales, que se expresa en códigos y comportamientos abstractos, el ejercicio de la ciudadanía se expresa en concretas actitudes, acciones y hábitos del corazón.

ADELA CORTINA

José Ramón López de la Osa

Éxodo 111 (nov.-dic.) 2011
– Autor: José Ramón López de la Osa –
 
Adela Cortina es una de las voces más autorizadas del panorama ético, no solo español, que lo es sin duda, sino internacional. De ello dan muestra tanto el dinamismo investigador y docente de su departamento en la universidad de Valencia, como su numerosa producción bibliográfica. Tiene esa cualidad, propia de la buena comunicadora y gran docente que es, y que consiste en expresar con terminología muy familiar y accesible lo que es complejo. Quienes trabajan con ella y la conocen en el día a día, dicen que es de esas personas que cree en lo que dice y que vive como piensa. Y además, dicen también que nunca evade un compromiso, y eso lo hemos comprobado, aceptando con delicada exquisitez que invadiéramos su sobrecargada agenda de trabajo y le robásemos el tiempo necesario para responder a nuestras preguntas.

Las formas que adquiere el consumo son unos indicadores privilegiados de las características, tanto del momento histórico que se vive como del tipo de persona que predomina en una sociedad. En nuestras sociedades modernas da la sensación de que “somos lo que compramos”: ¿consumimos para cubrir nuestras necesidades o es el consumo el que dibuja nuestro perfil identitario? ¿Corremos el peligro de ser identidades sin entidad?

Podría parecer que consumimos para satisfacer nuestras necesidades, y en parte es verdad, pero en una parte muy pequeña, porque la forma en la que consumimos tiene unas características que le llevan mucho más allá de la simple satisfacción de necesidades. Y esto no es ni malo ni bueno, sino que es así, pertenece a nuestra forma de ser personas y de relacionarnos entre nosotros. Por eso, como decía Sócrates, lo importante es que nos conozcamos a nosotros mismos, en este caso –diría yo– que conozcamos las características de la acción humana de consumir para que podamos elegir la forma que nos parezca más liberadora y justa. Como decía en Por una ética del consumo, la esencia del ser humano no consiste en ser consumidor, sino en ser libre, y libremente hemos de optar por unas formas de consumo u otras. Pero para hacerlo tenemos que saber que el consumo es, al menos, simbólico, comparativo, comunicativo y social.

Para empezar, el consumo es simbólico, ir vestida es una necesidad, pero la ropa que llevo me incluye en el grupo de los que llevan ese tipo de ropa, y lo mismo pasa con la vivienda, el coche, incluso el tipo de comidas, que me inscriben, lo quiera o no, en grupos determinados, en los que llevan mi mismo estilo de vida. Me contaba un compañero, profesor de Instituto en un barrio marginal de Málaga, que los niños preferían ir a clase sin calcetines que ir sin móvil. Tener móvil significa mucho más que la posibilidad de hablar con otros a través de él, significa pertenecer al grupo de los que tienen móvil.

Pero también el consumo es comparativo, compramos a menudo cosas que no necesitamos porque se las hemos visto a otros, incluso sin darnos cuenta; de pronto nos disgusta lo que tenemos sencillamente porque hemos visto cosas mejores. Es ya un clásico el libro de Veblen La teoría de la clase ociosa, en el que se muestra cómo el afán de emulación es uno de los móviles para consumir que ha hecho crecer la economía. Los angloparlantes hablan del afán de “estar a la altura de los Jones” y yo me he permitido hablar del afán de “estar a la altura de los García”. Que en ocasiones es una estupidez, si bien se piensa, pero en otras es afán de justicia: ¿por qué ellos sí y yo no?

Las acciones de consumo son también comunicativas, de algún modo expresan qué soy, qué quiero y qué pienso. “Dime lo que consumes –ha llegado a afirmarse– y te diré quién eres”, y una gran cantidad de anuncios nos aconseja consumir determinados productos con el señuelo “¡Sé tú misma!”. Pero es que es verdad que expresamos nuestra identidad también en la forma de consumir, porque eso es lo que otros ven en nosotros.

Por último, consumimos socialmente, y no de forma aislada, y eso lo saben bien los productores, sobre todo en lo que se refiere al mundo del regalo, que es todo un circuito prácticamente imposible de cortar. “El que toma a dar se obliga”, y no se puede ir a bodas, comuniones, cumpleaños y ese largo etcétera sin llevar un regalo adecuado y sin organizar después un festejo parecido para corresponder, porque es una forma de estar en sociedad y quien se sale de ella queda como un gorrón o como un marciano.

Todo esto no es ni bueno ni malo, sencillamente tenemos que saberlo para elegir bien.

Acabas de mencionar la dimensión simbólica del consumo y, siguiendo por ahí, nuestros hábitos de consumo se inscriben en el marco cultural de la sociedad: no se entiende la demanda de un bien solo por su valor material sino por el valor simbólico que aporta ese bien en el sistema comunicativo. A principios de los noventa, Galbraith describió estas sociedades nuestras como de Cultura de la satisfacción. ¿Seguiría siendo válida esta descripción? ¿Qué ha cambiado?

En los últimos tiempos, con la realidad inexorable de la crisis, las gentes se ven obligadas a apretarse el cinturón y pensarse mejor en qué gastan. Sería muy recomendable que aprovecháramos la crisis para aprender por lo menos que se puede ser ciudadano en esto del consumo, que podemos decidir libremente qué productos queremos y para qué, sin dejarnos manipular, porque cuando queremos ya nos conformamos con lo más importante. Y en este punto la idea de Galbraith del “efecto dependencia” sigue siendo clave.

Según Galbraith, los productores, para poder vender, crean necesidades en las gentes a través de la publicidad para que sigan consumiendo, porque la producción depende del consumo. Mantener un alto nivel de producción exige entonces crear en las gentes un êthos consumista, hábitos de consumo, de forma que crean que eso es lo natural. Pero si la producción no lleva a satisfacer necesidades, sino que depende de la creación de necesidades, entonces nunca es bastante. Y se da la dolorosa paradoja, creo yo, de un mundo dividido entre los países que nunca tienen bastante porque creen necesarias cosas que no lo son, y los países en que tampoco hay bastante porque no se pueden satisfacer las necesidades más básicas. Esto es lo que nos pasa, y no puede ser más irracional. Haría falta un Pacto Global sobre el Consumo, como defiendo en mi libro, si queremos demostrar un poco de racionalidad y de elemental corazón.

Por qué nos hipotecamos con cosas que no solo nos endeudan constantemente sino que además dejan de captar nuestro interés enseguida, y pasamos a ponerlo en otra diferente. Josep Ramoneda dice que “se existe en el acto de consumir”. Parece dramático, ¿no?

No es tan dramático, simplemente hemos de comprender cómo somos y qué es lo que nos pasa para poder ser dueños de nuestras decisiones. En principio, quien quiera seguir viviendo tiene que consumir, sólo quien opta libremente por una huelga de hambre renuncia al consumo. Pero si no se opta por algo tan excepcional, entonces entramos en ese mundo humano del consumo que tiene sus propias reglas, como por ejemplo, que el afán de novedad es uno de los móviles del consumo. Esto lo saben muy bien los productores y por eso añaden nuevas prestaciones a las mercancías para atraer compradores.

Contaba una religiosa, al regresar de África donde había estado muchos años, que le había llamado la atención sobre todo la gran cantidad de yogures que había, porque cuando se fue sólo los había blancos y se vendían en farmacias. Ahora los hay de todos los colores y sabores posibles. Y es que nos agota la monotonía, nos cansamos de ver siempre el mismo paisaje, los mismos visillos, los mismos sofás, de vernos siempre el mismo pelo o las mismas gafas. Por eso viajamos, reformamos la casa, cambiamos de “look”, con el secreto afán de encontrar algo nuevo que tal vez nos haga más felices.

Cuando el afán de novedad se convierte en innovación fecunda, eso es espléndido, cuando se queda en el consumo indefinido de mercancías de las que ni siquiera se disfruta, es alienante.

Creo que estamos tan preocupados por procurarnos ese cúmulo de cosas tan artificialmente “necesarias” que no tenemos tiempo para dedicarlo a algo tan importante como es estar al día y pensar en lo que ocurre a nuestro alrededor o, también, en dedicar más tiempo, entre otras cosas, a construir relaciones duraderas con los otros. Con frecuencia son muy utilitaristas. ¿Nos falla la formación cívica o hay algo más?

Me temo que lo que nos fallan son la inteligencia y el corazón, nos falla esa “razón cordial” de la que he hablado, porque resulta ser que lo que hace más felices a las personas no es disfrutar de mercancías costosas, sino de la relación con otras personas, llevar adelante tareas compartidas, contemplar la belleza, celebrar buenas noticias sin necesidad de gastos extraordinarios, leer buenos libros, ver películas de calidad, empeñarse en proyectos con sentido que tengan como efecto mejorar la vida de las gentes. Tenía razón Nietzsche cuando decía que los seres humanos tenemos más necesidad de sentido que de felicidad, pero también es verdad, creo yo, que la felicidad depende en muy buena medida de hacer cosas con sentido, y con un sentido que no se acabe en uno mismo.

Mucha gente se plantea el mismo dilema: consumir es una necesidad porque tenemos que satisfacer demandas, pero el consumismo nos enajena. ¿Cómo introducimos el consumo en nuestro estilo de vida de forma que ésta sea humanamente constructiva y satisfactoria?

Pues haciéndolo, como decía en el libro, autónomo, justo, corresponsable y felicitante. Del consumo justo hablamos en la próxima pregunta, en cuanto al consumo autónomo es preciso, en principio, conocer las propias motivaciones y los propios hábitos porque, si no, otros nos llevan donde en realidad no querríamos ir si supiéramos más acerca de nosotros mismos. Y esto vale para el consumo y vale para la política, porque si no nos conocemos, otros manipulan nuestras emociones y ni siquiera nos enteramos. Por eso la heteronomía es moneda corriente y la autonomía, una rara avis. Pero para ejercerla también hace falta saber elegir apropiándose de las mejores posibilidades que tenemos y no “expropiarse”. Es curioso que la palabra “expropiación” se entienda tan bien cuando se aplica a terrenos y se utilice tan poco para hablar de lo que nos pasa cuando dejamos de ser nosotros mismos. Esto es lo peor de las adicciones, sea droga, alcohol, lujo, que la persona ya ha vendido su alma y deja de pilotar su existencia. Por eso algunos autores aconsejan tomar decisiones de consumo que no lleven aparejados unos gastos de los que después no nos podremos librar.

Lo que ocurre es que es muy difícil adoptar formas liberadoras de consumo individualmente, al margen de las demás personas. Por eso me parece muy fecunda la palabra “corresponsable”, porque cambiar los estilos de vida de forma que toda persona pueda llevar una vida digna no sólo exige responsabilidad personal, sino también corresponsabilidad en grupos que bregan por una misma causa. Fortalecer las asociaciones de consumidores es una buena medida, de modo que no sólo exijan que se respeten los derechos de los consumidores, sino también que promocionen el consumo responsable y justo. Pero importa asimismo proponer estilos de vida dignos que puedan universalizarse, que cualquiera pueda adoptar y sean acordes a la dignidad humana.

Y todo ello, claro está, con vistas a conseguir la felicidad personal, que es la meta a la que todos tendemos, aunque parezca mentira si miramos a este mundo que hemos construido en que la felicidad es un recurso tan escaso. Como decíamos antes, compartir con otros una vida plena de sentido es el mejor camino a la felicidad, y un consumo que esté al servicio de este proyecto es un consumo humano.

¿Qué es el consumo justo? ¿Qué tenemos que hacer para que nuestros hijos comprendan que en ello les va toda una forma de comunicarse con los demás y de entender la vida en general?

Suele hablarse de comercio justo y de consumo responsable, pero no de consumo justo y, sin embargo, a mí me parece imprescindible hacerlo. Precisamente porque no consumimos de forma aislada, sino socialmente, mi horizonte no puedo ser yo sola, sino ese universo, que es ya global, en el que unos no hacen sino intentar satisfacer sus deseos, mientras que la inmensa mayoría no puede satisfacer sus necesidades. Según cuentan, en la Cumbre de Río de 1992 los países desarrollados insistieron en hablar del crecimiento demográfico y los países en desarrollo replicaron que de acuerdo, siempre que se tratara también sobre el consumo en el Primer Mundo. Acordaron al final no hablar de ninguno de los dos temas.

Y es que el discurso de los derechos humanos no se sostiene con esta distribución de recursos tan escandalosamente desigual. Por eso sugiero apostar por lo que se ha llamado una clase media global, que permitiría universalizar estilos de vida incluyentes, en los que cualquier ser humano tendría cabida. No se trataría de universalizar formas de vida costosas, que acaban con el medio ambiente, sino de que todos pudiéramos adoptar, si quisiéramos, la forma de vida de las clases medias, cosa que no destruye el medio ambiente y proporciona los medios suficientes como para llevar adelante los planes de vida que tengamos razones para valorar.

Pero para eso habríamos de cambiar la mentalidad y poner la producción al servicio de las necesidades de consumo de las personas y no seguir tratando al consumo como motor de la producción. Esa sería la gran revolución de personas que quieren ser ciudadanos también en la forma de consumir: que quieren consumir lo que eligen de forma autónoma y responsable, codo a codo con los demás seres humanos, porque a fin de cuentas somos ciudadanos del mundo. Ése es el subtítulo del libro: “la ciudadanía del consumidor en un mundo global”. Transmitir a los hijos esta forma de vida con el ejemplo, más que con las palabras, es la llave del futuro.

Ha aparecido un nuevo libro tuyo titulado Neuroética y neuropolítica. Viéndolo, antes de leerlo, surge una pregunta que, creo, se hace mucha gente. Tratamos de construir, defender y potenciar, tanto nuestra libertad como el reconocimiento de los demás, y nos esforzamos por poner eso en normas aplicables a todos. ¿Hay espacios cerebrales que desarrollan especialmente esta labor? ¿Nuestro interés por lo efímero duradero del consumo y nuestro utilitarismo consecuente está como condicionante en nuestro cerebro?

Lo más interesante de nuestro cerebro es que al nacer sólo el 30 % está ya configurado y a lo largo de nuestra vida vamos configurando el restante 70 %, que, como es obvio, es la mayor parte, y además goza de una gran plasticidad; una plasticidad que va decayendo en las últimas etapas de la vida, pero sin desaparecer. Con lo cual, sigue siendo verdad, como decía Ortega, que la vida humana es quehacer y el quehacer ético es quehacerse. Tenemos la apasionante tarea de hacernos a nosotros mismos, junto a otros.

Pero sí que hay unos códigos impresos en el cerebro por la selección natural, como analizo en el libro, unos códigos que nos llevan a cooperar con los parientes y con las gentes más cercanas. Ése es el mecanismo que la evolución ha ido seleccionando para reforzar nuestras posibilidades de supervivencia, más que el egoísmo de quien pretende maximizar su beneficio. No existe el individuo aislado, eso es una ficción. Existimos personas vinculadas, gentes que no podemos desarrollar nuestras potencialidades si no es en cooperación con otros. El homo oeconomicus, el maximizador de beneficios que no necesita a nadie más, no existe, existe el homo reciprocans, el que está dispuesto a dar cuando tiene expectativas de recibir. Por eso en la vida cotidiana es moneda corriente el intercambio de regalos, el afán de parecernos a otros, el deseo de ser acogido en el grupo que lleva adelante un estilo de vida, claves todas ellas que nos constituyen de alguna forma y que, como hemos dicho, están ligadas a nuestro modo de consumir.

Ahora bien, si nuestro cerebro presta lo suficiente como para ir más allá del intercambio de regalos, de favores o de prebendas, si nos inclina a tener también en cuenta a quienes no parecen poder ofrecer nada a cambio, que es lo que da sentido al discurso de los derechos humanos y, por supuesto, al cristianismo, eso es algo de lo que también se trata en el libro. Pero, claro, no voy a desvelar su final, porque entonces pierde atractivo.

JOSÉ ANTONIO MARTÍN PALLÍN

Benjamín Forcano

Exodo 110 (sept.octub.) 2011
– Autor: Benjamín Forcano –
 
José Antonio Martín Pallín, destacado jurista español, conocido por su “insobornable independencia” y por ser “garantista y de izquierdas, sólo comprometido con los valores constitucionales”, ha sido Magistrado del Tribunal Supremo y es Magistrado emérito del mismo Tribunal, miembro de la Comisión Bioética de España y de varias instituciones de juristas, presidente de la Asociación de Derechos Humanos de España, presidente de la Unión Progresista de Fiscales y Portavoz de Jueces para la Democracia, Premio Jurista de la Universidad Complutense de Madrid.

Es un placer, José Antonio, entrevistarte para la revista Éxodo. Sin duda, tus palabras serán de

Comienzo por dos preguntas de actualidad. La primera a propósito de lo que has escrito sobre la última reforma de la Constitución y la segunda sobre el juez Garzón.

Relacionando tu misión de juez, de ciudadano y de político, ¿mantendrías la decisión tomada por el gobierno o mantienes a pesar de todo una postura crítica con lo que ha hecho?

En primer lugar, muchas gracias por tus palabras.

El caso se explica por sí mismo y cuando yo escribí en El País todavía no había salido la sentencia del Tribunal Constitucional alemán, en el sentido de considerar que las ayudas a Grecia eran constitucionales. El problema es muy grave y se ha procedido con una rapidez y una frivolidad impropia de unos gobernantes que tengan sentido de responsabilidad, no solamente en el presente sino en el futuro. Imponer por Constitución un déficit es un brindis al sol. En el caso de que se incumpla, ¿cuál sería la sanción? ¿A esa persona la podríamos considerar como un malversador de caudales públicos? ¡No entiendo nada!

Lo único que podrían decir es: mire, Vd. se ha pasado del déficit constitucional. Otra solución sería: “bueno, Vd. está tergiversando la realidad, porque en definitiva sería el Tribunal Constitucional el que tendría que resolver”. ¡Peor me lo ponen! Porque un tribunal lo que tiene que hacer, con arreglo a unas pautas jurídicas, difícilmente puede echar sobre sus espaldas la política económica de un país, o la política económica de varios países de la Unión Europea. Entonces ¿qué hace el Tribunal Constitucional? Pues hacer como ha hecho Alemania: “¡Hombre, es constitucional, pero la próxima vez reúnan Vds. al parlamento, porque en una democracia hay que reunir al parlamento!”. ¡Vaya avance! Después de todo, creo que ha sido una medida perjudicial, porque al final si se aplica estrictamente en términos políticos, que no jurídicos, el gobierno de turno va a decir: ”los gastos públicos deben llegar hasta aquí, por tanto, tengo que recortar”.

Como te decía, me resulta casi obligatorio preguntarte por quien tendría que haber respondido esta entrevista: Baltasar Garzón. Este juez es considerado a nivel internacional el juez estrella de nuestro país. Tiene a su favor más de 80 premios concedidos. ¿Por qué, sin embargo, parece tener en su contra a la clase judicial española?

Hay varios factores. En primer lugar, su proyección internacional. Garzón ha intervenido en casos de jurisdicción universal, que han tenido repercusión universal. Y, además, han sido tan emblemáticos como el de Pinochet, que según yo creo fue el punto culminante que atrajo la atención de todo el mundo, no solamente jurídica sino también política. Muchos exclamaron entonces: “¡Hombre, pues los dictadores no son tan intocables como, al parecer, nos querían hacer creer los sabios jurídicos de otras épocas!”.

En segundo lugar, dentro de nuestro país ha intervenido en asuntos que han levantado polémica, como el GAL… Es cierto que se podía haber abstenido, pero el GAL ya existía y los hechos son los hechos. Por tanto, fue una aportación que, cuando llegó la causa al Tribunal Supremo, decidimos volviese a repetirlo todo, aunque sabíamos que le iban a atacar por ese lado, sobre todo en Estrasburgo.

Y muchos más temas, de alto contenido económico, como el relacionado con Botín, etc. Y eso ha hecho que mucha gente se haya sentido aludida y ofendida, y se hayan desatado campañas de prensa contra él. Pocas personas han sido tan zarandeadas por los medios de comunicación como el juez Baltasar Garzón. Lógicamente, ese eco tan desproporcionado a unos les ha gustado y a otros les ha molestado. No olvidemos que la Gürtel tiene también su origen en Garzón y por ella le van a exigir responsabilidades. Estos y otros factores explican por qué su caso resulta controvertido y criticado.

Según datos objetivos, el 90% de las causas instruidas por Garzón en 22 años han sido justificadas por el Tribunal Constitucional. ¿Cómo explicas que haya pasado a ser investigado sin consistencia jurídica precisamente por aquellos que debieran homenajearle?

Entramos en un tema que antes no había abordado, la causa por la guerra civil. Aquí no existe una derecha democrática al nivel de Francia o de otros países, es una derecha muy ligada al discurso, que por más de 40 años ha machacado al país, haciéndole creer que todos los asesinatos cometidos por el franquismo estaban justificados y se regían por la ley del “ojo por ojo”. Con esto se ha judicializado un debate histórico y político, al que el juez Garzón trata simplemente de darle forma jurídica. Una infinidad de historiadores habían denunciado que el franquismo fue un régimen genocida. Si en el año 49 o 50 los norteamericanos deciden que el franquismo debe caer porque quieren aquí una democracia, había la posibilidad de que Franco se hubiera sentado en el banquillo de los acusados y esto hubiera tenido graves consecuencias. No fue así, pero eso no justifica que, porque haya durado otros veintitantos años más, todo lo que hiciera fuese una Santa Cruzada.

¿Tú crees que, con posibles fallos, porque todo el mundo los tiene, la actitud fundamental del Juez Garzón se puede considerar imparcial y valiente con su oficio?

Con las explicaciones que hace el juez Baltasar Garzón, pone en marcha formalmente una causa penal contra el franquismo. Es un auto que está ahí. Cualquiera lo puede leer, es algo contundente. Es un auto de casi 10.000 páginas, en las que va detallando muy minuciosamente los hechos. Y repito una vez más que los hechos son los hechos y no se pueden cambiar. Por lo tanto, cualquier discusión de que si el franquismo fue A o fue B, está en el plano de la dialéctica política. Están los hechos, con ejecuciones de farsas jurídicas, como el consejo de guerra y ejecuciones, como la desaparición de personas, de niños, etc.

¿Está en peligro el futuro judicial de Garzón? ¡Se le acusa, creo, de prevaricación en España!

Algunos piensan que debe responder de sus actos como cualquier otro ciudadano.

Han encontrado en el caso Gürtel una base jurídica y práctica, mucho más sólida que en el caso de la Guerra Civil, o de los malos en Nueva York, que no aparecen aun después de haber pasado tanto tiempo… Cualquier otro juez en su caso hubiera dicho: ”yo no puedo seguir investigando más”.

Estas dos causas son las que pueden seguir adelante. Y entonces vamos a entrar en un debate de hechos. Efectivamente, se ordenó las escuchas a letrados relacionados con la trama, pero ¿cuando cambiaron los letrados no actuó con diligencia inmediata? Eliminó el contenido de esas conversaciones de la causa; quizás se descuidó 48 horas.

Si aplicamos este mismo rasero a todos los jueces y juezas españolas, tendríamos un porcentaje de imputados bastante alto.

Tú tienes una larga carrera como fiscal, magistrado y ahora como abogado del Tribunal Supremo. ¿Te ha tocado verte ensalzado o perseguido por incidir con independencia en la solución de intereses en conflicto?

Sí. Por ejemplo, en el caso Banesto, sobre el que ahora Mario Conde tiene acceso a los medios (algunos dicen que ha comprado Intereconomía, no sé si es cierto). La verdad es que, en términos muy correctos, dice que yo también me equivoqué. Bueno, ahí está también mi sentencia, el que tenga humor –porque es un poco larga-, pues que la lea y valore según su contenido.

Después ha habido actuaciones, más que nada derivadas de mi presión sobre la sociedad y los Derechos Humanos, que han sido desagradables al poder del momento. Desagrado del poder político que consideraban mis opiniones sobre el registro, que afortunadamente era en el barrio del Pilar, una cosa surrealista, entrar en un barrio como si fuese una ciudad sitiada, la famosa patada a la puerta, etc.

Esto no me ha creado simpatías. Lógico. Un Ministro del Interior se opuso a que me nombraran Fiscal General de Madrid y, la verdad, me hicieron un favor, porque ser Fiscal General de Madrid hubiera mermado muchas de mis actividades. Además, son cerca de 300 fiscales, y son una piña, con lo cual los problemas ya no son jurídicos sino seguramente administrativos.

Después, aunque con alguna reticencia, he de reconocer que me apoyó gente del Poder Judicial, relacionada con el PSOE. Me nombraron Magistrado del Tribunal Supremo, que supuso la culminación de todas mis aspiraciones. Y hace algunos años la Comisión General de Juristas, una de las Comisiones más antiguas del mundo, que tiene su origen en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, me ha nombrado Comisionado y me ha procurado una actividad en el Exterior Internacional, como en Latinoamérica en que he estado más de 100 veces. Ahora tenemos una especial atención en el área Egipto- Túnez.

¿El poder judicial, qué es para ti: un servicio público, un poder del Estado, un poder al servicio de los ciudadanos?

Yo lo vivo con ilusión, porque creo que el poder judicial es un instrumento insustituible en un Estado de Derecho y una estructura que puede ayudar a los ciudadanos y proporcionar beneficio a la cohesión social y a la paz social: “A cada uno, lo suyo”.

En otros casos, el Estado tiene que ser consciente de que no puede dar a cada uno lo suyo porque la realidad es constructiva, estamos ya, y esto es relativamente reciente, dentro del Poder Judicial y dentro de la Fiscalía en eso que llaman la Cultura de la Mediación. Vamos a procurar solucionar los conflictos antes que desemboquen en un juicio. Por varios motivos: porque se agudizan las tensiones cuando llegas al juicio y porque es más caro. Hay que ahorrar, ahora que estamos en tiempos de crisis y es bueno para todos. Siempre he concebido el poder judicial así, una garantía frente a los abusos del poder, garantizar al ciudadano que no se va a ver sometido a los abusos del poder.

Pienso que no pocas veces esto no es entendido por los ciudadanos, quizás el defecto sea nuestro.

En tu libro “¿Para qué servimos los jueces?”, no dudas en afirmar que el modelo judicial español está agotado, aquejado al parecer de males endémicos. ¿Cuáles?

Trataré de resumirlo. Los constituyentes vieron que el problema radicaba en que nuestros juicios eran procedimientos escritos y reiterativos. Lógicamente la informática ha incurrido en la lentitud y ¡sé lo que digo!, porque se acumulan tantos folios que resulta inmanejable: más de 10.000 folios en el caso Garzón. En un asunto ya inamovible, no se necesita un complemento de información, salvo que el autor del auto, sea Garzón o sea quien sea, diga: “Es que estaba loco cuando lo hice”, que es inverosímil, en cuyo caso termina el material de la declaración y se dice: “bueno, vamos a juicio”, para así no acumular. Este es uno de los males, la falta de la realidad, y lo ven los ciudadanos: repetición innecesaria de papel, superacumulación de pruebas y no llevarlas a juicio oral.

Después hay un segundo mal, aunque se han hecho esfuerzos para tratar de acortar los procedimientos, por ejemplo en el ámbito civil, pero resulta que cuando ya tienes una sentencia favorable y te dicen que tienes derecho a cobrar, 10.000 euros, por ejemplo, tú te vas tan contento del Juzgado pensando “¡hay que ver! Qué bien ha funcionado todo”. Pero, ¿y ahora cómo los cobras? Ese es el problema, la ejecución de la sentencia y ahí tampoco se ha querido hacer nada.

Paradójicamente, aceptamos con naturalidad el hecho de que tanto los Ayuntamientos como la Dirección General de Tráfico, sin darnos opción posible, puedan meterse en las cuentas corrientes para cobrar las multas. Y en un procedimiento judicial eso todavía no se puede hacer. Vamos, que le cuesta mucho al que ha ganado una sentencia cobrarla y eso hace que sea absolutamente desmoralizador.

¿El atraso y carencias del poder judicial son de ahora, de la democracia, o tienen arraigo en tiempos pasados? ¿Qué peso le atribuyes al franquismo y al nacionalcatolicismo?

Al franquismo ninguno y al nacionalcatolicismo le reprocho muchísimas cosas, pero en esto ¡seamos justos! Después de 40 años de dictadura, lo actual resulta una contradicción, tenían que hacer una justicia democrática, respetuosa con los derechos y libertades, todo lo contrario a lo que era el franquismo y, sin embargo, llevamos ya 30 años de democracia y seguimos diciendo: “Tenemos más de cuatro mil jueces y antes teníamos mil. Y ahora necesitamos 500 más”. Esto parece una factoría de jueces. Se han convocado para este año, creo recordar, menos de 100 plazas de Policía Nacional y 400 plazas de Jueces y Fiscales, eso es algo que tendrán que explicar a los ciudadanos.

¿El sectarismo de los partidos políticos pesa y tiene reflejo perverso a la hora de hacer su nombramiento?

No en los jueces en general. Donde se concentra la presión política es fundamentalmente en el nombramiento de Magistrados del Tribunal Supremo y en menor medida en los Tribunales Superiores de Justicia. La influencia se refugia más todavía en la sala segunda, ya que esta sala segunda de lo Penal va a poder exigirle responsabilidades en el sentido de que hay una visión, ya no digo de Estado, que es una palabra muy gastada y además un poco totalitaria, sino una visión democrática, que requiere transparencia y servicio a los ciudadanos.

Aun cuando no puede exigirse a los jueces que dejen a un lado su ideología, ¿ves posible establecer un Estatuto del juez que garantice su independencia? ¿Señalarías algunos de sus rasgos básicos?

El Estatuto ya está establecido, en Naciones Unidas concretamente, la Comisión Internacional de Juristas, de la que yo formo parte, tenemos desde hace muchos años un centro para la independencia de jueces y abogados.

Todos hemos establecido reglas internacionales, de cómo deben ser las características de un juez, en cuanto a su selección, su formación, su retribución y en cuanto a poder actuar libre de presiones de los poderes políticos.

En términos generales, discrepo radicalmente en la formación, es un problema gravísimo. Un juez tiene que tener memoria reflexiva, sensata y tiene que ser capaz de reflejar o abordar la realidad.

¿Cómo ves hoy las luchas entre la España centralista y la España constitucional? ¿La Constitución actual marca un rumbo nuevo para el ejercicio del Poder Judicial?

No creo que tenga que ver con esto el centralismo o las autonomías. Eso es un problema endémico en nuestro país, no se arregló en su momento, creo que perdimos la oportunidad en la primera República, hubiera sido un bien para España, no ha sido así y estamos pagando las tensiones.

Creo que mucha gente ha tergiversado las resoluciones del Supremo y del Constitucional. El Supremo dice lo que puede ser. Pero la educación no es un problema político, es un problema de las Ciencias de la Educación, de la Psicología. Por tanto, dejemos que la política actúe en otro lado. ¿Qué es más razonable y qué está dando magníficos resultados en Cataluña? El catalán, como lengua que se utiliza en colegios. Hay colegios que utilizan el catalán y si el chico o la chica tiene problemas de inmersión, se le pone un refuerzo para que se adapte y esto funciona bien.

Es un poco lo que reconoce el Tribunal Constitucional, habla de la proporcionalidad, de que el sistema funciona bien, lo dice el Tribunal Supremo. ¡Cómo va a decir que el castellano no es lengua vehicular! Si también funciona bien y satisface las necesidades pedagógicas y educativas de niños y niñas. Eso es lo fundamental y no el debate político ancestral, que no tiene nada que ver con lo que dice un Estado moderno.

¿Qué no debiera faltar hoy a ningún juez que presuma de actuar con libertad y ecuanimidad dentro de una democracia: memoria, inteligencia, calidad humana, conocimiento del entorno social…?

En primer lugar, el conocimiento. Ya se decía un poco en la época del franquismo, que las leyes se deben adecuar con arreglo al conocimiento de la realidad social, no aislarse del entorno, acercarse al conflicto de ambas partes, cosa que no se enseña, que no está en los códigos, no hay una regla uniforme escrita, que se pueda aprender de memoria. Al mismo tiempo, un gran sentido de la independencia, y humildad, pues nos podemos equivocar. Para eso están los Sistemas de Recursos y en todo caso, como es una resolución, no debería ser de comprensión exclusiva de los juristas.

¿Hasta qué punto la jurisdicción de la Corte Penal Internacional de La Haya es universal, sin limitaciones, para poder actuar en toda clase de territorio?

Las palabras tienen un profundo significado, se habla de la Corte Penal Internacional, lo cual es exacto, pues la forman muchos países, sólo quedan fuera los que no la han firmado. Si fuese universal sería omnicomprensiva, (entonces, no quedarían fuera Estados Unidos, Rusia, China y algunos otros países que no la han firmado). Se ha hecho una pequeña concesión diciendo: Bueno, todos aquellos países que rechazan algo tan fundamental como que sus ciudadanos sean juzgados por crímenes contra la humanidad, genocidios, tortura, etc., no tienen razones ni argumentos en contra. Entonces, se ha dicho que si el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas lo acuerda por unanimidad, también se puede ir contra los ciudadanos de los países que no lo han firmado. Pero enseguida surge la pregunta: ¿Quién está en el Consejo de Seguridad con derecho a veto? Rusia, China y Estados Unidos.

¿Tú crees que desde el punto de vista éticojurídico, cuando se trata de juzgar esos crímenes contra la humanidad, hay razones serias para que ningún país pueda eximirse?

En absoluto, las razones serí an la prepotencia de los resabiados imperialistas, como cuando los americanos decían: “a mis soldados no los juzgarán extranjeros”. Eso sería también lo que dijo Napoleón en su momento, Luis XV y todos los autócratas que han existido a lo largo de la historia, no hemos avanzado mucho.

¿Qué mal habría que enmendar más urgentemente en el momento presente para, según indicas, “corregir el rumbo que nos está rebajando ante nuestros ciudadanos?”.

La verdad que este cambio de rumbo no se puede hacer de la noche a la mañana, se está empezando a hacer cosas, creo que la autocrítica es muy importante, las asociaciones judiciales hemos hecho un ejercicio de autocrítica que no se ha hecho en otros sectores profesionales, sólo falta que esto se generalice y halle capacidad de transmisión. A veces, los ritmos son opacos y aburridos y esto aleja al ciudadano de la justicia, hay que dar un enfoque correcto y no se va a conseguir de la noche a la mañana.

¿Señalarías como un mal mayor la politización de la justicia desde el emblemático instrumento del Tribunal Constitucional?

Con el Tribunal Constitucional tenemos el mismo problema que con los Magistrados del Tribunal Supremo, a los Magistrados los nombra el Consejo del Poder Judicial, el Consejo a su vez está influenciado por el Parlamento, mejor, no por el Parlamento sino por los partidos políticos, porque esto no se decide en debate libre y abierto en la Comisión de Justicia. Si fuera en el Parlamento, que es al fin y al cabo una soberanía, pero… pero no engañemos al ciudadano, esto se decide en Ferraz y Génova y algunas veces se les da una pequeña tajada a los nacionalistas…, alguna vez a Izquierda Unida, pero eso ya son concesiones de restos.

TERESA FORCADES I VILA

Evaristo Villar

Éxodo 109 (jun.jul.) 2011
– Autor: Evaristo Villar –
 
Acogemos la palabra de la Hna. Teresa Forcades i Vila, religiosa benedictina, doctora en salud pública y teóloga feminista que ha aceptado amablemente dialogar con la revista ÉXODO sobre el retorno de “la cristiandad”.

Su posición como teóloga está avalada por la tesis doctoral en teología fundamental (“Ser persona hoy. Estudio del concepto de persona en la teología trinitaria clásica y de su relación con la noción moderna de libertad”) pero, también, por otras obras como “La teología feminista en la historia”, libro del que dice que lloró al escribirlo cuando fue descubriendo que desde el siglo IV, con Gregorio Nacianceno, ya estaba clara la conciencia de la desigualdad de trato a las mujeres en la Iglesia y sin embargo constatar la resistencia de la institución hasta hoy día para ofrecerles un trato igual.

Comprometida con las mujeres como teóloga feminista y con sectores sociales marginados como los homosexuales, intenta aunar las dimensiones social y espiritual de modo inseparable. Sus posicionamientos de denuncia en la gestión política de la “Gripe A” parten de su análisis del comportamiento de las grandes empresas farmacéuticas; le han valido descalificaciones desde los sectores beneficiarios de las mismas pero no han detenido su voz alta y clara.

Desde una mentalidad abierta, moderna tal como Ud. la entiende, ¿qué es lo que no está yendo bien en la Iglesia católica: su inserción en el mundo, su teología, su administración, su espiritualidad?

Lo más importante creo que es la reforma democrática de las estructuras eclesiásticas, reforma que no está reñida con la constatación de lo que en la Iglesia se llama “gracia de estado”, esto es, reconocer que los ‘cargos’ no se ejercen en la Iglesia simplemente como en una empresa, sino que tienen una dimensión místico-sacramental. Esta parte mística de la comprensión de la estructura eclesial y de sus cargos es fundamental, pero no está reñida con la elección democrática. En mi monasterio, por ejemplo, creemos, tal como nos indica San Benito, que la abadesa actúa “in persona Christi”, pero esto no es impedimento para que la elijamos (también según nos indica San Benito en la regla) de forma democrática, por votación. Ni tampoco impide (otra vez como indica la regla, que es un documento del s. VI) que la abadesa pueda ser destituida por la comunidad. No veo por qué no se puede aplicar este principio tradicional monástico a la comunidad eclesial en su conjunto.

Hay bastantes personas, católicas y agnósticas, que piensan que estamos retornando a una época premoderna, a la época de cristiandad -que ya se consideraba superada-, y, en España, a la “recatolización de lo privado”, como ya advertía Alfredo Fierro. ¿Cuál es su opinión al respecto y a qué se debería?

Creo que existen dos modos básicos de huir de la propia libertad: uno es la alienación bajo una autoridad externa y el otro es la creencia que tengo en mi ser auténtico que tiene derecho a ser reconocido. Me apunto, con el filósofo Karl Jaspers entre muchos otros, al modelo antropológico abierto que reconoce que en última instancia no soy más –ni menos– que “capacidad de ser” y que lo que me hace actualizar esta capacidad es solamente el amor al prójimo. Digo esto porque el “retorno a la Cristiandad” me parece que debe ser leído como reacción a una exagerada afirmación de las identidades atomizadas, como si la noción de bien común fuera cosa del pasado. La añoranza de una sociedad cohesionada no es solamente negativa, pero es obvio que el retorno a una cohesión impuesta desde fuera no es la solución.

Actualmente, la sociedad occidental en esta época de crisis socio-económica está retornando a un neoconservadurismo que ignora las propias reformas alentadas dentro del sistema capitalista en el pasado reciente. Y la jerarquía católica guarda silencio cuando no lo apoya directamente. En su opinión, ¿por qué se da esta asociación con las políticas y partidos conservadores? ¿Existen razones teológicas que justifiquen tal vinculación?

La jerarquía católica en general parece tener miedo, parece no sentirse cómoda en el mundo de la llamada Postmodernidad. Intelectualmente se nos ha escapado el mundo actual, lo hemos mirado con condescendencia por no tener una visión coherente de la realidad, hemos esperado a que se autodestruyera, y vemos con asombro que en lugar de eso se reinventa y aparecen por doquier proyectos de vida que ya no se alimentan de la tradición judeo-cristiana y que parecen hacer felices a las personas. Esta situación es muy buena para el cristianismo y para la Iglesia, pero aún no nos hemos dado cuenta del potencial de purificación que conlleva. ¿Por qué con políticas y partidos conservadores? Supongo que por intereses creados. Supongo que cualquier macroinstitución tiende a ser conservadora. En la Iglesia el milagro no es que sea conservadora, sino que generación tras generación aparezcan en ella verdaderas revoluciones del Espíritu que, contra viento y marea, no dejan de dar sus frutos. Creo que los cristianos debemos tomar seriamente y también sencillamente la afirmación de Jesús: “Seréis perseguidos” y entender que eso se aplica dentro y fuera de la Iglesia. Le pasó a Jesús y le ha pasado a cualquier reformador con mensaje. Las pioneras y pioneros se pelan la nariz. ¿La razón teológica que justifica esto? Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

El papa ha estado recientemente en Santiago y en Barcelona; en agosto vendrá a Madrid. Además de sus consabidos mensajes sobre la familia, la sexualidad y la presencia de la religión en la educación, llamó mucho la atención su calificación de la sociedad española como impregnada de “un laicismo agresivo”. ¿Observa Ud. signos de agresividad contra la Iglesia en España? En caso afirmativo, ¿desde qué sectores y por qué motivos?

Observo signos de agresividad de ciertos sectores de la sociedad contra ciertos sectores de la Iglesia en España; observo signos de agresividad de ciertos sectores de la Iglesia en España contra ciertos sectores de la sociedad y observo signos de agresividad de ciertos sectores de Iglesia contra otros sectores de Iglesia. La convivencia plural es un reto para todos. Dicho esto, creo plausible que exista en los medios de comunicación más influyentes el deseo de desprestigiar a la Iglesia católica como institución e incluso de ridiculizarla, puesto que es la única institución mundial actualmente capaz de oponerse a la cultura hegemónica. Por ejemplo, el convencimiento de que ciertas vidas no vale la pena vivirlas (en estados de deficiencia profunda o no tan profunda, en estados de invalidez…), las teorías de la mercantilización del ser humano y los ataques a la noción de libertad personal que provienen de las (pseudo)neurociencias, encuentran hoy en día su más consistente y a veces su única oposición en teólogos o intelectuales católicos.

En los medios sociales más independientes y en ambientes críticos –también cristianos- se está valorando muy negativamente la confusión que envuelve la figura del papa –viniendo a la JMJ como jefe de Estado y representante de la Iglesia católica, su vinculación con los poderes políticos y económicos, etcétera, mientras brilla por su ausencia la comunidad creyente de la Iglesia como pueblo de Dios-. ¿Consideras estos viajes compatibles con el estilo de Jesús anunciando el Reino de Dios? A tu juicio, ¿son necesarios estos viajes, y, en su caso, cómo se debieran plantear?

Conozco personalmente a jóvenes que han sido transformados muy positivamente por estos encuentros. Conozco también las críticas y creo que tienen fundamento: despilfarro, medidas de seguridad, misas masivas, catolicismo-espectáculo, catolicismo-emocional, catolicismo concentrado en unos pocos días sin compromiso en las parroquias… Sin embargo, no estoy en contra de los macro-eventos, creo que son un signo de los tiempos. Los monjes de Montserrat, nuestros vecinos, son especialistas en organizarlos. Lo importante es cómo se escoge el mensaje, qué se dice, a quién se invita y a quién se excluye… Participé en América Latina, concretamente en Venezuela, en un macro-evento con macro-misa en honor de Óscar Romero y para mí fue una experiencia muy buena.

La mentalidad de Benedicto XVI es bien conocida: habla de una sociedad secularizada en la que se ha impuesto un pluralismo disolvente, cuyas consecuencias más notorias serían el paganismo, el hedonismo y la dictadura del relativismo. ¿Ud., desde su profundización en la teología y la cultura moderna así como en el conocimiento científico médico, considera que tal posición refleja una incapacidad de comprensión de la autonomía del mundo o, tal vez, una oposición desesperada ante el avance del pensamiento científico-técnico?

Creo que la posición y las críticas de Benedicto XVI identifican correctamente ciertas limitaciones de la cultura actual y creo que es muy importante que estas limitaciones se formulen con rigor y libertad de espíritu, por muy políticamente incorrectas que sean. Ahora bien, en los escritos del Papa percibo una incomodidad de conjunto con la sociedad y la cultura actual, una añoranza del tiempo pasado con la que no me puedo identificar. No creo que nuestra sociedad y cultura actuales sean peores que las de hace cincuenta años: las mujeres y las personas homosexuales, por ejemplo, carecían de derechos básicos. Pero tampoco creo que sea mejor: la explotación y la alienación parecen haber crecido, la brecha entre ricos y pobres se ha multiplicado de forma atroz. Creo que cada época histórica tiene sus retos y que no tiene sentido compararlas para decidir cuál es mejor. La nuestra tiene, en el corazón mismo de los límites que le critica el papa, la semilla de su superación. Vuelvo a lo que cité más arriba de las dos formas de alienación: el mundo no se salva ni desde fuera (heteronomía) ni desde dentro (autonomía). El amor es otra cosa. No es lo que decido hacer con mi libertad, puesto que el amor no es posterior a la libertad, pero tampoco es previo. Entrar en esta zona de la libertad amorosa, del tomarse en serio el servicio al prójimo y dejar el juicio a Dios, te transforma la vida y ya no resulta tan importante ir colgando etiquetas a nadie: no a la sociedad contemporánea ni al Papa.

¿En qué ha quedado el espíritu del Vaticano II, su apertura a los signos de los tiempos, tras los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI? ¿Qué está necesitando la Iglesia católica universal y, en particular, la española para entroncar con la modernidad y la democracia? ¿Qué aportaciones vendrían desde un nuevo concilio de tipo tradicional y jerárquico y cuáles desde asambleas participativas de todo el pueblo cristiano?

Creo que la transformación realizada por el Vaticano II es muchísimo más profunda de lo que algunos imaginan y que la Iglesia post-vaticano II no podrá nunca regresar, por mucho que algunos lo intenten, a la situación previa. Ciertas formas severas de clericalismo eran antes del Vaticano II percibidas como normales, hoy siguen existiendo pero son minoritarias: la mayoría del pueblo católico percibe el clericalismo como algo disfuncional. Lo que ocurrió con la recepción de la Humanae Vitae no tiene vuelta atrás. La mayoría de los católicos actuales creen que hay cuestiones que deben dirimir con la propia conciencia. No sé si se producirá un nuevo concilio de tipo tradicional y jerárquico, pero sí sé que las asambleas participativas proliferan y son un descubrimiento para muchos cristianos jóvenes y no tan jóvenes. En cualquier caso, me parece una pérdida de tiempo esperar que las cosas cambien desde arriba. Nunca lo han hecho. Incluso Dios tuvo que hacerlo “desde abajo”.

Desde su encendida defensa de la presencia en igualdad de las mujeres en la sociedad y en la iglesia, ¿observa indicios de que se estén produciendo iniciativas para recuperar en el cuerpo de la iglesia católica aquel estatuto de igualdad y dignidad que se desprende del evangelio y que se acuñó gráficamente en Gálatas 3,28?

Usted es muy optimista con esto de “recuperar”! Creo que no ha existido nunca en la Iglesia ni en la sociedad en su conjunto esta igualdad. Ni en tiempos de Jesús ni en tiempos de San Pablo. Es algo hacia lo que caminar, conscientes de que las dificultades principales para relacionarnos más allá de los estereotipos de género se encuentran en nosotros y no fuera de nosotros. No creo que la sociedad patriarcal sea la sociedad que los varones han construido en contra de las mujeres, porque sin nosotras simplemente no lo hubieran conseguido. Creo más bien que la sociedad patriarcal es la sociedad que mujeres y varones construimos y mantenemos cuando vivimos en la vida adulta en continuidad con nuestra identidad infantil, a saber, la identidad que tiene a la figura materna como referente. Estamos llamados como Nicodemo a nacer de nuevo, no de una mujer, sino del agua y del Espíritu. Y eso nos cuesta. Mientras, en toda mujer tenderemos a ver a una madre y en todo varón a un hijo a quien cuidar. Por eso, las mujeres patriarcales son las que dicen: “Los hombres –se refieren a los varones– son como niños”.

A pesar de todas las dificultades en una época de neoconservadurismo, hemos asistido atónitos al despertar en varios países del mundo árabe y, en nuestras plazas, al grito de los jóvenes “indignados”. ¿Cuál es el futuro que augura a estos movimientos? ¿Supondrán, en algún modo, un despertar nuevo para las comunidades cristianas?

Muchos de estos movimientos de indignados se nutren de personas que pertenecen a comunidades cristianas que no han dejado para nada de estar despiertas. No me resulta fácil separar indignados de cristianos, pero resulta obvio la pluralidad de los indignados y eso es, creo, su mayor valor: no se trata de una propuesta ideológica, sino de una demanda mucho más básica, se trata de reconocer el deterioro de la democracia y la urgencia de revelar que el Emperador hace mucho tiempo que va desnudo. No creo que el sistema actual pueda vehicular las demandas de los indignados: como diría Rosa Luxemburgo, no se puede esperar que una reforma cambie las reglas de juego; para eso hace falta una revolución. Como la que se está dando, por ejemplo, en Venezuela. El futuro del movimiento de los indignados creo que pasa por no tener miedo en establecer alianzas con los países secularmente explotados. Los miramos aún con cierta condescendencia y es ahí, en la resistencia de los hondureños, por ejemplo, donde se está gestando con más fuerza una noción realista y viable de justicia social y económica.

¿Por qué nos resulta tan difícil a los cristianos imaginar tan siquiera otro tipo de Iglesia? ¿Qué nos impide concebir otro tipo de organizar lo mucho bueno que ya se está dando en servicio mutuo y del mundo en el que (y para el que) vivimos? ¿Qué decisiones deberíamos tomar para visibilizar colectivamente nuestra conversión al evangelio y el seguimiento de Jesús de Nazaret?

El motor de las personas cristianas ha sido siempre la relación personal con Jesús de Nazaret. No tener miedo de tratarle, en palabras de Sta. Teresa, como se trata a un amigo. De sentarse un rato al día con Jesús y mirarle en silencio, dejar que nos mire. De observar con calma qué dice y cómo se comporta en los pasajes evangélicos, como aconseja San Ignacio. La oración es la fuente de la creatividad cristiana. Lo que nos mantiene vivas. En la oración percibimos el polo receptivo de Dios, percibimos que espera algo de nosotras, algo personal, algo que es distinto para cada una.

JOSÉ COMBLIN

Benjamín Forcano

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Benjamín Forcano –
Entrevista
 
“ José Comblin el 27 de marzo se pasó al Padre a raiz de un infarto fulminante en Salvador de Bahía. Tenía 88 años. Lloramos por el amigo, hermano, teólogo de la liberación, profeta y amigo de los pobres y a la vez nos alegramos de que llegó, después de una laboriosa existencia, al Reino de la Trinidad” (Leonardo Boff).

José Comblin es un hombre de Iglesia, pero que habla con libertad. Belga, se ordenó como presbítero el año 1950. Se doctoró en Teología en la Universidad de Lovaina. El año 1958 se instaló en la Universidad Católica de Campiña en Brasil. Desde 1962 a 1965 fue profesor de la facultad de Teología en la Universidad Católica de Santiago en Chile. Regresó a Brasil. Fue allí discípulo del obispo Helder Cámara. Fue expulsado de ese país el año 1972. Se le consideraba subversivo. Se instaló luego en Chile, en Talca, el año 1972 hasta 1980, colaborando con la Vicaría de la Solidaridad. Y también fue expulsado de Chile el año 1980 por la dictadura militar.

Colaboró en las conferencias de obispos de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. Comblin sabía de Obispos y sabía de Iglesia.

Era un maestro en el más pleno y auténtico sentido de la palabra. Su vocación magisterial le nacía de su profunda admiración por el maestro Jesús, a quien dedicó algunos escritos sencillos, buscando esa savia que el caminante de Galilea nos trató de comunicar. Conversaba con autoridad y conocimiento de los evangelios, de las parábolas, de los discursos de Jesús y de todas sus enseñanzas, aplicando siempre el desafío ético y la contextualización de aquello que Jesús nos quiso enseñar.

Dotado de una gran inteligencia y bien formado en la ciencias sociales y naturales, se dedicó a iluminar conciencias e incitar a pensar correctamente y buscar la verdad. La gama de su producción literaria es de por sí impresionante, desde temas bíblicos hasta los teológicos, sociales y políticos, pasando por la historia. José Comblin supo abrir caminos, provocar y lanzar intuiciones en la caminada teológica latinoamericana, abrir espacios para el diálogo y la crítica seria y ponderada.

Fue un teólogo popular, del pueblo y con el pueblo. Proveyó una teología laica liberadora que lo llevó a encarnarse en la situación de las comunidades de base, compartiendo el pan y el vino; las penurias y las alegrías del campesinado brasileño, chileno y ecuatoriano. En muchas ocasiones compartió en Centroamérica con seminaristas, comunidades de base y universidades.

Desde ahí, aparecía el visionario incomodador de dictadores y jerarcas religiosos conservadores. Su pensamiento profético y sus propuestas, muchas veces heterodoxas y avanzadas, lo colocaban frente a esas autoridades en franco desafío, pagando el precio con la marginación, el exilio y la relegación. Pero él sabía medir riesgos y asumirlos con integridad evangélica. No le interesó halagar poderes ni buscar posiciones acomodaticias. Buscó el camino del discipulado en discernimiento y humildad, con profunda ternura cristiana. Se le notaba en su rostro. Sus pausas en el conversar, con una sonrisa diáfana y dulce, proveía el espacio para compartir, aprender y sentirse uno desafiado.

Su estela luminosa se ha quedado con nosotros. Su sabiduría nos ha conmovido y desafiado.

Entresacamos ahora reflexiones suyas, puestas a modo de preguntas, que conectan con el tema central de este número de Éxodo.

¿Cree Vd. que en las democracias actuales se garantiza el derecho a la libertad de expresión?

Eso es lo que nos hacen creer, pero no es así. Un puñado de riquísimos capitalistas, faraones celebrados de manera vergonzosa por sus trabajadores cuasi esclavos, controlan los medios de comunicación.

La economía actual consiguió prácticamente destruir la política y anular la fuerza del Estado. Hoy, las normas son dictadas por las grandes fuerzas económicas. El papel del Estado consiste en aplicar las normas dictadas por las grandes empresas, que crean una infraestructura que les permite operar sin tener que contribuir. Los medios de comunicación colaboran en eso, mostrando que todo está bien.

Su sistema dispone de un aparato de propaganda en los medios: TV, radio, diarios, publicidad, revistas, cursos de economía, etc. Anualmente se reúnen en Davos los conquistadores y vencedores del mundo, junto con los medios de comunicación, a quienes les recuerdan que los dueños son ellos y que deben mostrar total acuerdo. ¿Sabemos de algún importante medio que critique las decisiones del presidente del Banco Central?

Si los espacios públicos los dominan ellos, no queda garantizado el derecho de los ciudadanos a expresarse libre y críticamente.

Vd. sostiene que a la Iglesia no le fue bien desde que se alió con el poder en lugar de aliarse con los pobres.

Ciertamente. Lo cual concuerda con lo que un nuncio me dijo una vez: “Si la Iglesia no tiene apoyo de los gobernantes, no puede evangelizar”. Pienso al revés: que si se tiene al apoyo de los poderes será difícil evangelizar. Este modo de pensar está muy arraigado en la cristiandad. Renunciar a la asociación con el poder es muy difícil. Evangelizar exige renunciar al poder económico, amasado de ordinario con lo robado al pueblo.

Para el pueblo en general la Iglesia es el papa, los obispos, los curas, los religiosos y religiosas… ese conjunto institucional tan bien trabado. Pero, no. La Iglesia son todos los discípulos de Jesús unidos en muchas comunidades por una misma fe. No voy ahora a relatar la historia de la institución eclesiástica y de la acumulación del poder en las manos del papa y del clero. Una historia que llega hasta nosotros y cuyas consecuencias estamos todavía padeciendo. El papa no es un emperador y la Iglesia, con sus actuales estructuras, tiene mucho de imperio y poco de democracia. Esa concentración del poder es un gran obstáculo para la libertad de expresión y para la evangelización.

¿Fue casual que Jesús fuera condenado por los poderes religiosos y políticos de su tiempo?

Jesús terminó con la muerte de cruz, que es una muerte infamante, o sea, una muerte infringida a esclavos desobedientes. Jesús como era un pobre fue tratado como un pobre. Denunció, en medio de los pobres, las mentiras de los grandes, de los poderosos. Y lo hizo sin dinero y poder político, sólo con la fuerza de su palabra. Su misión era transformar este mundo de arriba abajo, pero sin armas. Eso no lo podían tolerar. Y duró poco tiempo.

Son muchos los ejemplos, dados en la historia, de querer anunciar el cristianismo con las armas: emperador Constantino, América Latina, ¿es Dios o el diablo quien da la victoria? ¿Se llega con ello a la verdadera fe? Y esto mismo está ocurriendo actualmente en las guerras de Irak, Afganistán, etcétera. Nosotros somos los buenos porque somos los más fuertes.

Jesús quiso mostrar que el camino es el no-poder y la no-violencia. Jesús mostró que la evangelización va en sentido contrario al del poder, a las grandes obras y construcciones, hechas para atraer.

¿No se puede, por tanto, en la Iglesia actual ejercer el derecho a la libertad de expresión?

San Pablo nos dice en su carta a los Gálatas que los cristianos hemos sido llamados para la libertad. En este sentido, el cristiano no se deja manipular, no se deja empujar, hace no lo que las autoridades esperan por miedo a perder el trabajo o ventajas económicas, sino que ama a todos los seres humanos sin atarse a los propios deseos y necesidades.

Nadie está exento de tener miedo, como el mismo Jesús, pero no se deja impresionar por él y lo vence sin subordinarse a otros valores que lo hacen esclavo. En el cristianismo, miles de cristianos han sabido practicar esta locura de la cruz, de la pobreza afrontando la muerte. En Guatemala, por ejemplo, más de ochenta mil campesinos fueron muertos por las fuerzas de la nación, por el ejército, por la policía solamente porque no querían cambiar, no querían aceptar el sistema y reivindicaban sus derechos de indígenas.

Pero esta llamada a la libertad, ¿no lleva al cristiano a chocar necesariamente con los poderes del Estado?

Del Estado en cuanto tal, no. Porque el Estado puede ser instrumento de una clase dominante, pero también instrumento de los pobres. Sí que lleva a chocar con el Estado cuando se convierte en agente ejecutivo de la voluntad de los poderosos.

Los Estados cuando necesitan convencer a la gente, ahí tienen la televisión y tienen los grandes periódicos. Éstos tratan de explicar que no hay salida, hay que aceptar la situación tal como es. Los discursos son bonitos, muy prometedores, se va a mejorar, dicen, “voten por mí porque soy el mejor”. Pero, ¿qué es lo que van a hacer en concreto, qué medidas reales van a tomar? ¿Y cómo lo hacen? ¿Metiendo a todos en la cárcel (dos millones en Estados Unidos, miles y miles en otros países)? No se puede, se dice, son las estructuras, a mí me toca trabajar, seguir la política de la empresa y callar.

De todas maneras, siempre hay brechas por las que se puede entrar y afirmar la aspiración a una situación nueva sin el recurso a las armas, al dinero, al dinero que dan las empresas. Las empresas dan dinero a veces, pero para mostrar que quieren a los pobres, a la clase trabajadora. Hay unas estructuras injustas que denunciar y combatir, al igual que a personas que son cómplices con esas estructuras.

¿No resulta utópica esta lucha por la libertad en una sociedad como la nuestra?

Bastante, pues hoy estamos bajo la dictadura de unas 300 empresas multinacionales que tienen el poder verdadero. Y los gobiernos tienen que mantenerse dentro de esta línea y controlan todos los medios de comunicación: periódicos, radio, televisión. Todo lo tienen concentrado. Un poder así no necesita más poder militar hoy en día.

¿Cree que la Iglesia puede asumir en esta sociedad la defensa de los derechos humanos, más en concreto el derecho de la libertad de expresión?

Sí, si se atiene a su misión. Ella puede oponerse, denunciar, luchar, juntar fuerzas para disolver ese poder de todo el sistema financiero, de todos los medios de comunicación que divulgan como algo normal la ideología capitalista.

Los niños aprenden a ser capitalistas, viendo todo lo que la televisión muestra, toda esa idea de que la felicidad consiste en comprar más y en gastar más. Llegan, por ejemplo, las fiestas de Navidad y Pascua y ¿qué es lo que ven? Las fiestas de los árboles y de los huevos. Nada que tenga que ver, o apenas, con el cristianismo. Hay todo un poder que enseña una ideología con mucha fuerza, de tal modo que ninguna crítica es posible porque controlan todo.

¿Considera a la Iglesia en condiciones para esa tarea cuando el capitalismo parece convertirse para ella en algo conveniente?

Ese es el problema. Está claro que el Opus y los Legionarios de Cristo con el poder que tienen son supercapitalistas. El libro “Camino” del Opus es el manual del perfecto capitalismo, con su individualismo radical y con la voluntad de poder, de ser el primero, el mejor. Pura ideología capitalista.

Entonces, si la jerarquía está dominada por el capitalismo, ¿quién puede cambiar ese rumbo? Porque los fieles no eligen a los obispos.

Al final todo poder crea escándalos y llega un momento… Los Legionarios de Cristo están ya golpeados.

¿Van a ser entonces los escándalos los que provoquen los cambios en la Iglesia?

Son los que van a provocar la destrucción de ese poder. Todos los poderes en un momento dado se encuentran tan deshumanos y escandalosos que acaban por mostrar todo lo que ocultan.

Creo que la jerarquía no manda, los que mandan son el Opus, los Legionarios de Cristo. Y lo hacen desde un poder oculto, pero viene un momento en que aparece lo que son. O sea, los obispos obedecen, no mandan nunca, obedecen y escuchan lo que les viene de Roma, se limitan a transmitir lo que viene de Roma. No mandan.

¿No cree que todo esto está provocando un gran desconcierto en mucha gente?

Ha habido situaciones anteriores semejantes a esta. Yo recuerdo muy bien cómo Pío XII condenó a todos los teólogos importantes, a todos los movimientos sociales importantes. Estábamos más que desconcertados. El P. Liber, jesuita, profesor de historia en la Gregoriana y confesor del papa, decía: “Hoy la situación de la Iglesia Católica es igual a un castillo medieval, cercado de agua, levantaron el puente y tiraron las llaves al agua. Ya no hay maneras de salir. O sea, la Iglesia está cortada del mundo, no tienen más ninguna posibilidad de entrar”.

Después vino Juan XXIII y ahí, todos los que habían sido perseguidos, de repente son las luces en el Concilio y de repente todas las prohibiciones se levantan. Ahí renació la esperanza. No hay, pues, que perturbarse. Algo vendrá, no se sabe qué, pero algo siempre pasa.

¿Cómo juzga lo que está pasando en la Iglesia?

Nos estamos acercando a la fase final de la cristiandad. Su agonía puede continuar todavía durante algunas décadas o años. Son muchas las señales. ¿Y después de la cristiandad, qué? No lo sabemos a ciencia cierta, pero no nos perturbemos. Ha ocurrido otras veces en la historia, hay que aprender a resistir y a no perder la esperanza.

¿Vd. como teólogo, asigna a la teología alguna tarea importante en todo este cambio?

Una tarea compleja, porque tiene una tarea en el Evangelio y una tarea en la religión. La teología fue durante siglos la ideología oficial de la Iglesia. Su papel era justificar todo lo que dice y hace la Iglesia con argumentos bíblicos, de tradición, liturgia y un montón de cosas que yo aprendí cuando estaba en el seminario. Claro que no lo creía, pero todavía la mayoría lo cree.

Entonces, primero: ¿qué dice el Evangelio? ¿Qué es lo que es de Jesús? La tarea de la teología consistirá en decir qué es lo de Jesús, qué es lo que realmente quiso, lo que realmente hizo y en qué consiste realmente el seguimiento de Jesús.

Históricamente podemos analizar diversas formas culturales y manifestaciones. ¿Dónde podemos reconocer la continuidad de esa línea evangélica? Porque lo que de verdad puede interesar hoy al mundo es el Evangelio y el testimonio evangélico. Nadie va a convertirse por la teología. Por eso, me pregunto: ¿por qué en los seminarios se cree que la formación sacerdotal es enseñar teología? Yo no entiendo. ¿ No hay otra cosa mejor para evangelizar? Por eso, hace 30 años que decidí en presencia de Dios nunca más trabajar en seminarios.

Entonces, Evangelio, vuelta al Evangelio. San Francisco no quería que sus hermanos tuvieran libros. Con el Evangelio basta, no se necesita nada más. Decía: “Lo que yo enseño, no lo aprendí de nadie, ni del Papa; lo aprendí de Jesús directamente por su Evangelio”.

Creo que es eso lo que puede convencer al mundo de hoy, que está en perturbación y se aparta siempre más de las Iglesias antiguas, tradicionales.

¿Y entonces qué hacemos con la religión, qué queda de ella?

Examinar el sistema religioso y ver qué es lo que ayuda a entender y actuar según el Evangelio, examinar qué es lo que todavía vale hoy. ¿Por qué mantener cosas que no tienen ningún significado e incluso provocan rechazo? Hay muchas cosas que revisar: la confesión, la liturgia, la teoría del sacrifico. Que el sacerdote esté dedicado a lo sagrado para ofrecer el sacrificio y que la Eucaristía sea un sacrificio, eso no viene de Jesús. Como no viene la vida ascética tan deshumana que practicaban los monjes irlandeses. Un ejercicio de penitencia que hacían, por ejemplo, era entrar en el río –en Irlanda los ríos son fríos– y quedarse allí desnudos para rezar todos los salmos. Eso no es cristiano.

Todas las congregaciones femeninas saben cuánto hay que luchar para cambiar costumbres, tradiciones que no son evangélicas. Entonces, la tarea de la teología es cambiar, dejar de ser la ideología del sistema romano, progresivamente abandonada y sin porvenir.

En América Latina hemos conocido un nuevo franciscanismo, una nueva etapa de vida evangélica. Nació el 16 de noviembre de 1965, en una catacumba de Roma, donde 40 obispos, incitados por Helder Cámara, se juntaron y firmaron lo que se llamó “el Pacto de las Catacumbas”. Allí se comprometieron a vivir pobres, en la comida, en el transporte, en la vivienda. Se comprometieron; no dicen lo que había que hacer; se comprometen y de hecho lo hicieron después, dejando otras muchas cosas para dedicarse prioritariamente a los pobres y una serie de cosas que van en el mismo sentido. Una herencia que hemos de vivir.

¿Quiénes cree que en este momento van a ser los que evangelicen al mundo?

Para mí, los laicos. Ellos han dejado de ser analfabetos, tienen una buena formación humana y cultural, saben relacionarse, dirigir grupos, comunidades, saben actuar en el mundo.

Puede ocurrir que obispos o párrocos no estén de acuerdo con ellos, pero no por eso deben pensar que ya no pueden hacer nada. Al contrario, tienen capacidad y han demostrado serlo en su vida familiar, social y política. Pueden organizarse y, según el derecho canónico, pueden constituirse en asociaciones independientes del obispo y crear una presencia activa en la sociedad y en la Iglesia.

Son muchos los que quieren hacer algo en la vida, pero si no conocen el Evangelio no van a vivir como cristianos. Hay, pues, que explicar, pero explicar haciéndolos participar en actividades que son realmente al servicio de los pobres. Y que tengan una teología más viva, menos académica, menos escolástica, más abierta al mundo y a los problemas reales. El porvenir depende de estos laicos, reunidos en grupos, que ya existen aunque estén muy dispersos. Es una contradicción que puedan ser adultos en la vida civil y niños en la vida religiosa.

¿Podría no haber sacerdotes?

Jesús nunca pensó en sacerdotes. Incluso la palabra sacerdote ya se abandonó en el Concilio Vaticano II, dice presbítero. Incluso hay un escrito del Papa actual en el que piensa “el futuro” de la Iglesia: “El futuro de la Iglesia será una multiplicidad de pequeñas comunidades. Entonces, todo lo grandioso va a desaparecer; habrá pequeñas comunidades dirigidas por animadores o dirigentes, que serán gente que hacen trabajo profesional y que tienen una vida anormal. Y podrá haber algunos dedicados a tiempo completo que podrían también ser solteros. Esto es la visión que el Papa describió. Entonces, todo lo que recuerda la majaestad del pastor, las grandes ceremonias, todo lo que muestra la televisión, eso es tan arqueológico, es una cosa folclórica, una cosa del pasado que no significa nada para la nueva generación. Lo que se cree aparece en lo que se hace, no en lo que se dice. El testimonio de la vida, eso es lo importante. Y eso es lo que expresa la fe. Que diga que Dios existe o no existe, es secundario, porque la fe verdadera se manifiesta en su acción. ¿Cambió la Jerarquía? Eso es evidente. Juan Pablo II escogió una serie de obispos que fueran administradores de sus diócesis, pero no una voz del mundo.

¿Qué queda de la teología de la liberación?

Los teólogos de la liberación tienen un promedio de edad de 80 años. Y no apareció una nueva generación. La represión fue muy fuerte, terrible y la dictadura del Papa aquí en América Latina fue total y global. Acá se puede criticar a Dios, pero no al Papa. El Papa es más divino que Dios. Cualquier cosa que venga de Europa se aplica radicalmente; por otra parte, el Papa Juan Pablo II nombró toda una serie de obispos disciplinados, sumisos, obedientes, de tal modo que es difícil encontrar en América Latina algún obispo con cierta personalidad, fueron elegidos justamente porque no tenían personalidad. De ahí las consecuencias: sumisos. La teología de la liberación no ha sido bien vista y el Papa ha sido el gran enemigo y adversario. Ni en los seminarios ni en las facultades de teología se puede hablar de eso. Entonces, apareció una nueva generación que considera que eso es ya del pasado, que ya ha muerto, se terminó. No interesa más. Para la nueva generación de obispos y sacerdotes, ya no existe.

¿Y qué le parece que canonicen a Juan Pablo II, como él lo hizo con monseñor Escrivá de Balaguer?

El papado de Juan Pablo II fue catastrófico. Todos los que han hecho su carrera con él han podido ser cardenales, a pesar de su mediocridad personal. No merecían nada pero él los promovió, ¡claro que ahora quieren canonizarlo! Una vez que han canonizado a Escrivá, todo el mundo sabe que se puede ser santo sin tener virtud alguna.

JUAN TORRES

Evaristo Villar/Juanjo Sánchez/Carlos Pereda

Exodo 107 (ener.-febr) 2011
– Autor: Evaristo Villar/Juanjo Sánchez/Carlos Pereda –
Entrevista
 
¿Rehenes del capitalismo? ¿Cómo se explica que “se haya caído todo y no se haya hundido nada”: ni los bancos, ni el sistema de especulación financiera, ni los paraísos fiscales, ni las agencias de calificación…?

He tratado de explicar eso en un libro de casi 300 páginas, de modo que no es fácil resumir mi opinión en unas pocas líneas. Digamos que los de arriba han sido capaces de convencer a los de abajo de que lo que le proponían era lo mejor y que los de abajo no han sido capaces ni de darse cuenta de lo que de verdad estaba pasando ni de poner en marcha procesos que evitaran que los primeros sacaran sus intereses adelante.

Dicho de otra manera, aunque se ha venido abajo el edificio financiero, el del poder del que gozan los grandes amos del mundo apenas se ha resquebrajado gracias, sobre todo, a que disponen de una gran capacidad de convicción porque dominan los medios de comunicación y adoctrinamiento.

¿Es la crisis actual una estafa? ¿Qué es lo que pone en quiebra además de la economía?

Yo creo que sí. O mejor dicho, una sucesión de estafas: cambios legales permitiendo que se acumulara un riesgo impresionante para que se pudiera ganar más en los mercados financieros, complicidad de las autoridades que decían una cosa mientras hacían otra, estafa de las agencias de calificación que han mentido y ayudado a que se cometan los engaños, estafa de los bancos a millones de clientes a quienes han dado gato por liebre… y estafa en las soluciones, que se presentan como las que permiten resolver los problemas que hay sobre la mesa cuando en realidad van a volver a provocarlos porque se orientan a apuntalar el modelo que ha producido la crisis.

¿Qué causas previas la han provocado? ¿Cuál es el cometido fundamental de los bancos y de la banca, de las Agencias rating y los paraísos fiscales en la actual desorganización de la economía mundial?

Es complejo. De modo inmediato, la crisis la ha provocado la masiva difusión de hipotecas basura y de los productos financieros derivados de ellas (muy rentables pero de extraordinario riesgo). Pero eso ha sido posible porque lo han permitido las autoridades, lo que significa que hay una regulación inadecuada. Y, sobre todo, ha podido haber tantos capitales especulativos involucrados en el proceso porque en los últimos tres decenios ha aumentado extraordinariamente la desigualdad. En los ocho años de Bush, el 75% de los ingresos fue a parar al 1% más rico. Y semejante concentración de la riqueza no va al consumo de bienes y servicios, sino al ahorro en los mercados financieros en los que la especulación producía ganancias extraordinarias. Así que no solo debemos quedarnos en las causas inmediatas sino en las que hay detrás de ellas.

¿Por qué la crisis parece tener en España mayor profundidad (alto índice de paro, remisión del flujo migratorio) que en el resto de países “ricos”? ¿Están el capitalismo y el mundo empresarial españoles más volcados en la especulación (inmobiliaria) que en la producción?

Porque, efectivamente, en España ha coincidido la crisis de financiación con el estallido de un modelo que era insostenible, basado en la construcción orientada al mercado especulativo y basado en la generación de deuda.

Eso, a su vez, es el resultado de la “especialización” impuesta a España en los últimos años. Los grandes capitales europeos han comprado nuestros mejores activos (empresas, cadenas de distribución, sectores enteros…). A eso se añade que al estar en el euro y no tener casi capacidad de maniobra, sobre todo devaluando nuestra moneda para defendernos, apenas si nos hemos podido defender. Luego, el estallido de la crisis de la deuda nos ha colocado en una posición especialmente difícil porque los bancos españoles están especialmente expuestos, aunque tardíamente, a esa deuda.

¿Cómo está afectando la crisis a los sectores de mayor riesgo: mujeres, jóvenes, o emigrantes?

Lógicamente, en mayor medida, puesto que afrontan la crisis con peor situación de partida. Las mujeres están sufriendo un notable incremento de las horas de trabajo no pagado y además aunque parece que consolidan su situación en el empleo lo hacen en puestos de trabajo de peor calidad. Además, las medidas de recuperación han estado orientadas a las actividades más masculinizadas y los recortes sociales les van a afectar más directa y negativamente. Los jóvenes registran un desempleo sencillamente escandaloso que está gestando un conflicto social sin precedentes que viviremos en menos tiempo de lo que creemos. A los inmigrantes les está afectando de modo más desigual aunque en ellos se concentran los mayores problemas de exclusión y carencias extremas por la menor disponibilidad de redes familiares.

¿Qué tiene esto que ver con la actual desarticulación o eliminación de la izquierda política?

Tiene mucho que ver porque esto produce mucha menor respuesta. Digamos que es causa y consecuencia. El neoliberalismo desmanteló la resistencia política, inicialmente con gobiernos y represión muy sanguinarios, y más adelante dominando los medios de información y apli- cando una gran actividad de legitimación. Obviamente, también la izquierda política es autorresponsable de su pérdida de peso porque en gran parte no ha sido capaz de superar ese velo dogmático e incluso totalitario que procede de lecturas muy lineales del desarrollo histórico.

¿Por qué causas el neoliberalismo está destruyendo el ecosistema? ¿Cuáles son las raíces desertizadoras de la especulación financiera?

El neoliberalismo desnaturaliza la vida, la convierte en un espacio para la ganancia y por eso también desnaturaliza la naturaleza, valga la redundancia, la convierte en mercancía, o mejor, no la toma en cuenta cuando de lo que se trata es de ganar dinero.

¿Hay salidas a la actual situación? ¿Qué juicio te merecen las reuniones del G-20, el reforzamiento del FMI, las actuaciones de los bancos centrales, las multimillonarias aportaciones de rescate y estímulo de los gobiernos democráticos?

¿Que si hay salidas? Claro que sí. Es tan fácil descubrirlas como preguntarse si se puede seguir siempre por el camino por donde vamos. Hay que darle la vuelta a las cosas. Ya sabemos a dónde lleva dejar plena libertad a los capitales, permitir que los más ricos apenas tributen, que se premie la actividad improductiva y que la actividad empresarial generadora de riqueza tenga encima siempre la losa de la especulación o que nos dejemos llevar por los valores-basura hoy día dominantes. Todo el sistema económico se ha asentado en condiciones orientadas a permitir que ganen más las grandes empresas, las que pueden desplazarse de un sitio a otro y los grandes bancos. Y el resto, que en realidad es el que crea la riqueza real, está supeditado a ello. Hay que restablecer, pues, las condiciones que permitan que la lógica de la vida económica sea la que se orienta a satisfacer las necesidades humanas y sabemos cómo hacerlo, pero la voluntad que predomina es la de quienes solo buscan su propio beneficio.

¿Cómo está afectando el neoliberalismo rampante al proyecto democrático?, ¿hay que volver a un capitalismo socialdemócrata o apostar por la superación del capitalismo?

No es cuestión solo de términos. Lo que hemos visto es que este modo de funcionar destruye las democracias. No valen las preferencias de la ciudadanía sino la de los poderes que están fuera del ámbito de la representación popular. Y hemos visto que es el propio sistema el que falla. Alguien dijo que el problema es que el capitalismo es compatible con la esclavitud, pero no la democracia. Pues ese es el problema, que el capitalismo es compatible con todas estas cosas que están pasando, pero la verdadera democracia que se basa en la auténtica participación de todos, en la satisfacción general, pues no. Y hasta los propios líderes conservadores tuvieron que reconocer que esta crisis no tenía salida dentro del sistema. Otra cosa es el intento banal de conseguirlo pero es imposible. Podremos estar así decenios pero el mundo no tiene solución sobre las bases en las que está organizado este sistema económico.

Las salidas que se están imponiendo ¿son, en verdad, “ineludibles”, “necesarias”, “lo que hay que hacer”…, tal como lo afirman hasta la saciedad los mercados, los bancos centrales, los gobiernos, o son una absoluta tomadura de pelo a la ciudadanía común, a los trabajadores, a la gente de a pie, y más aún a los pobres? ¿No son dignas de una “rebelión social” en toda regla? ¿Hay indicios y condiciones para ella?

¿Qué van a decir? La mejor prueba de que no lo son es que no toman las que dicen que van a tomar (acabar con los paraísos fiscales, regular de otro modo…) y que las que toman ni resuelven los problemas ni tienen que ver con las causas que han provocado la crisis.

¿Qué horizonte nos espera a dos, cinco, diez años vista a los países más avanzados? ¿Y por qué crecen, mientras tanto, justamente los países emergentes?

Creo que los próximos años van a ser de incremento de las convulsiones sociales, de los conflictos por la supervivencia. Y los países más ricos sufriremos en mayor medida estos problemas porque es nuestro modo de vida el principal responsable de ellos. Estamos ante una encrucijada histórica, o avanzamos hacia la justicia o se impone un desorden brutal e ingobernable, no solo entre nosotros sino entre los seres humanos y la naturaleza. Y queda poco tiempo para que nos decidamos a dónde queremos llegar.

JOSÉ ARREGI

Benjamín Forcano y Miguel A. de Prada

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Benjamín Forcano y Miguel A. de Prada –
 
Es mucho lo que se ha escrito, en poco tiempo, sobre este franciscano, ahora ya “sin hábito”. Son 47 años los que ha pasado en la Orden Franciscana desde que, a los 10 años, ingresó en ella. Y ha tenido que arrancarse ahora, contra su voluntad, de esa “su familia y hogar, que le ha dado enteramente forma a su ser”. Es superconocido su conflicto con el obispo José Ignacio Munilla, quien pidió a su Superior Provincial que lo hiciese callar y lo desterrase a América Latina, “por ser agua sucia que contamina a los de dentro y los de fuera”.

El caso de Arregi no es el primero, –él lo sabe– dentro de un sistema eclesiástico anacrónico y que puede ser a menudo inhumano. Tan inhumano que a él le ha llevado al extremo de tener que hacer una elección difícil y dolorosa, por ser fiel a sí mismo, a su conciencia y a su misión: dejar la Orden Franciscana y el Sacerdocio. Pero él relativiza su conflicto y dolor, pues dice: “¡Son muchísimos los que a diario tienen que asumir decisiones arriesgadas, mucho más dolorosas!”. Él va a seguir trabajando por lo de siempre, para que “la Iglesia sea terapéutica y no patógena, fermento de aquella humanidad justa y fraterna que soñó Jesús y no la pesada máquina burocrática que ha llegado a ser”. En el pueblecito guipuzcoano de Arroa, en un piso, “seguiré formando parte de esa gran Iglesia de hombres y mujeres, que viven de mil maneras el consuelo y la esperanza del Evangelio. Es mi casa. Y en ella nadie excluye a nadie”. Este Arregi, públicamente notorio por su postura y planteamientos doctrinales, es más bien reciente y no parecía haberse mostrado hasta ahora con semejante fuerza. Lo cierto es que un gran sector de la sociedad cristiana, en Euskadi sobre todo, le sigue con entusiasmo.

¿A qué se debería esta creciente adhesión a la proyección de tu labor teológica, cuando en otros lugares campa la pasividad y rutina?

Supongo que estas cosas tienen que ver, ante todo, con el eco mediático tan coyuntural y aleatorio. Mi ámbito de trabajo ha sido muy restringido, y siempre fuera de los grandes círculos o circuitos de la teología. Empecé a escribir muy tarde, y he escrito sobre todo en vasco o en revistas teológicas de poca importancia. En el año 93 empecé a enviar por e-mail los temas de formación teológica que durante años venía dando de manera presencial a un grupo bastante numeroso en Pamplona. La difusión aumentó, fue creciendo considerablemente. Supongo que ese hecho puede ser mirado, a escala local y reducida, como indicio de que hay mucha gente que necesita y busca nuevos lenguajes espirituales y teológicos. Supongo también que, como efecto colateral, empecé a estar en el punto de mira de la institución eclesial.

En cuanto a lo que me dices de la “pasividad y rutina” en otros lugares, pues no sé, creo que el cansancio y el desengaño son evidentes y crecientes por todas partes. La actividad teológica está perdiendo fuelle alarmantemente entre nosotros, diría que en todo el mundo. Muchos grandes pensadores y renovadores de la teología conciliar y postconciliar o bien fallecieron o van siendo mayores. La inmensa mayoría del clero joven y buena parte de los jóvenes profesores de teología son muy conservadores, cuando no claramente restauracionistas. Tienen en su mano todo el poder y todos los medios. El futuro institucional a corto plazo les pertenece. Esto está trayendo la ruina de la teología –sobre todo en el campo de la teología sistemática o dogmática– y todo indica que seguirán así las cosas en las dos próximas décadas. El precio está a la vista: el alejamiento cada vez mayor entre el lenguaje teológico y la sociedad actual, por un lado, y el desaliento general entre los cristianos más inquietos y abiertos por otro.

Muchos parecen ver en ti una imagen de la Iglesia vasca, zarandeada y humillada o, por lo menos, desautorizada en el caminar de su trayectoria posconcliar, coincidente en parte con la transición democrática. ¿Qué explicación tienes para la crisis que está atravesando la Iglesia de Euskadi?

No me considero en absoluto zarandeado, menos aún humillado. Desautorizado sí, pero es el caso de infinidad de cristianas y cristianos –sean o no profesores de teología– que han soñado con una Iglesia acorde con Jesús y con nuestro tiempo, con una fe mística y liberadora para el mundo contemporáneo, con una teología razonable y comprensible en el lenguaje de hoy. Desde el nombramiento de Juan Pablo II en 1979 hasta hoy, la cúpula eclesiástica se ha esforzado por enterrar el sueño del Vaticano II y, en buena medida, han logrado enterrarlo: la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe ha retirado la facultad de enseñar a muchísimos teólogos, el Vaticano ha invertido el perfil del episcopado universal nombrando en todas partes obispos tradicionalistas o incluso integristas, han lanzado el anatema sobre nuevos planteamientos cristológicos, eclesiológicos y morales…

En la Iglesia del País Vasco (en sus seminarios, en sus centros de enseñanza teológica, en sus programas pastorales diocesanos) son muy palpables los efectos de esta trayectoria, pero esta es básicamente la misma en todo el Estado español, más, en toda la Iglesia católica en realidad. Sin duda, en el País Vasco ha tenido además un componente político específico: el nacionalismo español exacerbado de Rouco, Cañizares y otros se ha cebado con el nacionalismo vasco, con Setién, con Uriarte, incluso con Ricardo Blázquez…; me parece innegable que el nombramiento de Munilla y de Iceta responde también en parte a esa motivación; y dicen que quieren “despolitizar” a la Iglesia vasca… De todos modos, no creo que la cuestión del nacionalismo sea el factor decisivo, ni mucho menos, en el nombramiento de los últimos obispos. Lo decisivo es el proyecto restauracionista que es general en toda la Iglesia y que en el Estado español lo promovió primero Suquía y luego Rouco al frente de la Conferencia Episcopal Española.

Han pasado 60 años del concilio Vaticano II. Y, después de él, hemos vivido la restauración de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, y la llamada transición democrática. ¿Condicionan –y en qué medida– estos tres factores la presente situación de la Iglesia española?

Los dos primeros factores son comunes a toda la Iglesia católica, el tercero afecta en particular al episcopado español. Creo efectivamente que la transición democrática, con el pluralismo y la aconfesionalidad que le son inherentes, transición que el cardenal Tarancón promovió decididamente, sufrió un grave parón o retroceso en la época en que primero Suquía y luego Rouco han presidido la Conferencia Episcopal Española. Esa transición democrática deja aún mucho que desear en buena parte dentro del actual aparato eclesial. Y me parece claro que la cúpula episcopal española tiene un fuerte cariz político partidista; ha hecho causa común en demasiadas causas con la derecha española más agresiva; hay obispos que han llamado explícitamente a no votar a ningún partido de izquierda ni a ningún partido nacionalista periférico. Han adoptado unas posiciones mucho más cerradas y agresivas que la gran mayoría de los episcopados europeos.

Una buena parte de los teólogos, peritos y artífices del Vaticano II han experimentado la censura, la marginación y hasta la condena. ¿Herejes o víctimas?

¿Qué es ser “hereje”? Si se entiende “herejía” como negación de la fe y como ruptura de la comunión eclesial, ¿alguien es realmente hereje por unas ideas? ¿Se niega la fe por interpretarla de otra forma? Creo que la peor herejía es el miedo y el no vivir las bienaventuranzas. Todavía no hemos asumido algo que ya lo afirmó Santo Tomás de Aquino: que la fe no se juega en las explicaciones y en las fórmulas. ¿Se rompe la comunión eclesial por entender y expresar la fe en unos paradigmas y con unos conceptos distintos a los tradicionales, distintos al lenguaje del Catecismo Universal? ¿No es también el Catecismo una interpretación de la fe, muy distinta por cierto a la interpretación del Nuevo Testamento? ¿No hay acaso grandes diferencias dentro del Nuevo Testamento? ¿No ha habido en la Iglesia demasiadas declaraciones de herejía y condenas de supuestos herejes que luego la misma Iglesia ha tenido que revisar y corregir y pedir perdón?

Y hay otra cuestión fundamental: ¿Quién decide lo que es herejía y lo que no lo es, quién es hereje y quién no lo es? ¿Lo decide un obispo elegido por un papa elegido a su vez por unos cardenales elegidos a su vez por el papa? Es normal que en la Iglesia, que es comunidad hermenéutica o interpretativa, exista una regulación del lenguaje, hace falta algún lenguaje común. Pero esa regulación no es aceptable si no representa la fe de la Iglesia, y para que esa representación se dé es preciso que todos los ministerios eclesiales se reorganicen o funcionen de acuerdo a criterios democráticos.

¿Exegetas y teólogos están agrietando la Iglesia o son parte de su jerarquía que la agrietan por rechazar aportaciones hoy innegables a la luz de los avances científicos? Hace unas semanas, un arzobispo, como si quisiera poner en cuarentena los avances bíblico-teológicos, me decía que la investigación histórica no puede aportar nada a la fe. ¿Piensas que se está re- sucitando la antinomia de “ciencia contra fe” o de la “racionalidad contra el dogma”?

La grieta abierta en el seno de la Iglesia católica entre el magisterio episcopal y el sentir de buena parte de la comunidad eclesial tiene proporciones enormes y además está creciendo. No hay cisma declarado, ni creo que lo vaya a haber ni deseo que se dé, pero la distancia entre la jerarquía y una gran parte de la base eclesial está ampliándose. Las posturas de la jerarquía no representan el sentir de la Iglesia en general, y esa quiebra rompe la condición fundamental de la comunión eclesial. ¿Cómo puede la jerarquía apelar a la comunión cuando el sistema autoritario todavía vigente –en contra, por cierto, de la praxis de las primeras generaciones cristianas– constituye uno de los obstáculos fundamentales de la comunión?

No son las diferencias, ni siquiera las contradicciones doctrinales, las que hacen imposible la comunión eclesial, sino la negación o la condena del que piensa o vive de otra forma; es indispensable crear condiciones para que puedan ampliarse muchísimo los márgenes de coexistencia de las diferencias. Vivimos en una época en que el pluralismo de opiniones ha adquirido carta de naturaleza en el campo del sentido, de los valores, de la política, de la filosofía; se ha roto definitivamente la ilusión de la verdad única; ha estallado el saber, la información aumenta de manera incontrolable en todos los campos. Todo obliga a ser más humildes y respetuosos, más dialogantes. Es absurdo que en estos tiempos alguien reivindique la “infalibilidad” para sí, que el magisterio episcopal pretenda tener la última palabra, que se censure la libertad de investigación y de expresión de la teología. El salto cualitativo que constituye la información universal e instantánea que es Internet ha hecho que el magisterio central tenga más peso que nunca en la Iglesia, que cada vez sean más estrechos los márgenes para el pluralismo, que la uniformidad del pensamiento teológico sea cada vez mayor. Seguramente nunca ha habido en la Iglesia católica tan poco reconocimiento para el pluralismo teológico, y eso es absurdo. Pero Internet ha vuelto también mucho más frágil y caduco el modelo del magisterio jerárquico centralista y único. Es impensable que la interpretación y el lenguaje del “Catecismo de la Iglesia universal” se imponga como único modelo válido. En un tiempo de transición cultural como el que vivimos, es necesario que varios paradigmas teológicos puedan coexistir en diálogo y respeto. De otra forma, la Iglesia no podrá presentarse a la sociedad como sacramento de nueva humanidad.

El temor de la Iglesia al cambio y la renovación parece ser una constante en su caminar histórico. ¿Fidelidad al Evangelio o identificación con modelos (paradigmas) anacrónicos del pasado?

Efectivamente, da la impresión de que la institución eclesial está empeñada en seguir anclada en un paradigma cultural del pasado. Crece la sima entre el lenguaje teológico oficial y la cultura occidental, al menos en Europa. Aquella reconciliación entre la Iglesia y el mundo moderno que el Concilio hizo soñar se está viendo impedida, y eso es lamentable. Los movimientos de izquierda, los intelectuales, los jóvenes en masa… siguen sintiendo que la Iglesia jerárquica con su doctrina y sus pautas prácticas está en otra galaxia, y se van, se van silenciosamente. Una fe en ruptura con el lenguaje, las ciencias, la cosmovisión de cada época es insostenible a la larga, deriva en gueto y en secta, y creo que hoy está sucediendo algo de eso con el cristianismo institucional representado por el episcopado. Y, efectivamente, la raíz del problema es seguramente el miedo.

¿El miedo de la Jerarquía es a los pensadores de la sospecha (Freud, Marx, Nietzsche…) o más bien a los resultados de la recuperación del Jesús histórico que cuestiona planteamientos, modelos de actuación y procedimientos muy arraigados en la trayectoria de la Iglesia?

El cristianismo fue en sus orígenes un movimiento, el “movimiento de Jesús”, un movimiento de reforma e incluso de revolución de valores, un movimiento con un enorme potencial de transformación social, religiosa, teológica. Los primeros siglos de la Iglesia con su dinamismo y con su pluralismo ilustran muy bien ese impulso de renovación y de cambio que animaba a Jesús. Luego, la institución se fue instalando, aunque la búsqueda de lo nuevo y la energía transformadora siguieron manifestándose siempre, a menudo en los márgenes de la institución. No es coherente apelar a las raíces cristianas de la cultura europea, y olvidar las transformaciones que se han ido dando y que hoy se están dando en el seno de esta misma cultura. ¿Por qué no pensar que la fe evangélica y la esperanza mesiánica han de conllevar tensión, cambio, transformación? ¿Y cómo olvidar que algunas de las mejores transformaciones de la cultura europea (libertad religiosa, democracia, racionalidad crítica, derechos humanos, lucha por la justicia…) se han ido abriendo camino contra la institución eclesial recelosa siempre de la pluralidad y del cambio? Sobre todo, como sugieres, ¿cómo seguir dando la espalda a la novedad de Jesús, a su sueño de renovación del mundo, a su espíritu de libertad y de liberación? Difícilmente se puede apelar a Jesús y olvidar que fue un profeta judío profundamente provocador, original, transformador. No es extraño que la institución eclesiástica se resista a descubrir al histórico más allá del Jesús del culto. Por supuesto, el Jesús histórico no está en contradicción con el Jesús divino del culto, pero el Jesús divino del culto se vuelve irreal y alienante si se separa y se aleja del espíritu profético, libre y rebelde de Jesús.

¿Qué condiciones consideras indispensables para que la Iglesia vuelva al mundo, tras su huida y aislamiento, y pueda hacerse creíble en esta sociedad tan pluriforme: materialista y a la vez acogedora de movimientos solidarios universales; racional y secularizada a la vez que militantemente crédula o atea; y contradictoriamente tan fascinada por el resplandor tecnocrático del progreso como por movimientos religiosos fanatizados?

Lo primero sería reconocer efectivamente que vivimos en un mundo complejo, y no pocas veces contradictorio, como señalas. La multiplicación de la información está en el origen de esta complejidad y de no pocas contradicciones. Creo que es indispensable partir de ese diagnóstico, y superar esa lectura simplista que insiste en el indiferentismo, el relativismo, el hedonismo. La Iglesia no puede seguir presentándose como madre y maestra que tuviera las soluciones para todos los problemas y todas las preguntas. También la Iglesia participa de la complejidad, las dudas y las contradicciones de la cultura actual y es preciso que así lo reconozca.

En segundo lugar, creo que los cristianos debemos redescubrir el núcleo evangélico, místico y liberador, de nuestra fe. Y eso requiere ir más allá de nuestra obsesión por las doctrinas y por las normas morales. El mundo de hoy no espera de nosotros creencias (a menudo trasnochadas, expresadas en un paradigma obsoleto) ni normas morales (obsesivamente centradas en todo lo relativo a la sexualidad, el comienzo y el final de la vida individual). Lo que espera de nosotros es inspiración y aliento para recuperar la paz interior, la armonía con la naturaleza, el potencial utópico, la energía para enfrentarse a la injusticia y para impulsar otro modelo económico y político para este planeta.

Creo que son indispensables también unas reformas estructurales profundas en el seno de la Iglesia, en el sentido de la democratización, la descentralización, la aceptación del pluralismo…

Y para que todo eso sea posible es necesaria mucha humildad. Humildad personal y humildad institucional, para aceptar que no poseemos la verdad, que no somos dueños del bien, que estamos lejos de Jesús, que el Evangelio nos juzga a todos empezando por nosotros mismos, que el Reino es don y tarea de todos más allá de todas las fronteras religiosas…

Hay una profunda crisis eclesiológica, moral, espiritual y pastoral. ¿La quiebra y decepción es del Evangelio de Jesús o de un modelo de cristianismo y de Iglesia? ¿No tendrán todas ellas una misma raíz?

Creo que estamos viviendo una época de transición histórica, de gran metamorfosis cultural, a un ritmo impresionante. En los 58 años que tengo, ya estoy conociendo el tercer estadio o modelo cultural: en mi infancia viví de lleno el modelo agrario; en mi juventud y primera adultez tuve que adaptar mi cosmovisión y el lenguaje de mi fe a la modernidad propia de la era industrial; desde hace 15 años, trato de mirar el mundo, de vivir mi fe y de decirla en el paradigma postmoderno de la era industrial de la información globalizada. Como todos los de mi generación, he pasado de utilizar pizarras de mano y el tintero de la mesa con papel secante a escribir a máquina y luego en ordenador (compré mi primer ordenador en el año 88 mientras trabajaba en mi tesis; el que utilizo ahora es ya el quinto…). No sólo estamos viviendo una época de cambios, sino también un cambio de época, y eso a un ritmo muy veloz y en aceleración permanente. Nos sentimos desbordados por los cambios científicos, tecnológicos, médicos… Las certezas duran poco, nos preguntamos a dónde vamos. Y nos siguen estremeciendo los gritos de los pobres y los gritos de la Tierra.

En esta situación, tenemos que redescubrir el mensaje sanador y renovador del Evangelio de Jesús, su potencial místico y liberador. No podemos quedarnos anclados en el pasado. No podemos aferrarnos a lenguajes, a imaginarios, a lenguajes anacrónicos, a imágenes milenarias de Dios pertenecientes a la cultura agraria (el Dios separado, el Dios legislador, el Dios castigador del sacrificio y de la expiación, de la elección y de la exclusión, el Dios que interviene desde fuera cuando quiere haciendo “milagros” que rompen las “leyes de la naturaleza”…). No podemos seguir apelando a una supuesta “ley natural” inmutable como fundamento moral… No podemos seguir manteniendo unas instituciones eclesiásticas (ministerios…) arcaicas y obsoletas. Es muy posible que el cristianismo tradicional como religión “plausible” en la cultura occidental esté tocando a su fin. Pero el Evangelio sigue siendo inspiración para redescubrir a Dios como misterio de consuelo y transformación, de confianza y compasión, de belleza y ternura en el corazón de la realidad y de todos los seres. El Evangelio sigue siendo motor para seguir soñando y liberando. Ese cristianismo tiene futuro.

Sé , y sabemos todos, que la Institución te ha señalado blanco de una exclusión cruel sistemática. Tú, franciscano, hijo y hermano del cosmos y de la naturaleza, libre y desprendido de todo, ¿qué armas exhibes para suscitar tanto miedo y perturbación? ¿A quién y a qué amenazas? ¿Qué valores cuestionas y cuáles enalteces?

Creo que exageras, Benjamín. No creo que yo sea el blanco de ningún proyecto institucional, ni una amenaza para nada ni nadie. De verdad, no me creo tan importante. No lo soy. Simplemente, se ha dado la conjunción de algunos factores que han hecho que se haya formado un cierto revuelo en torno a mi caso. Pero dejemos eso. No interesa. Sí interesa que, dentro de la Iglesia, vaya tomando cuerpo un movimiento de envergadura, un movimiento cohesionado y coordinado que diga: “Somos Iglesia y queremos seguir siéndolo. Somos discípulos de Jesús y queremos vivir hoy lo que él vivió hace 2.000 años. Queremos buscar y encarnar un nuevo paradigma teológico y eclesial para vivir y decir nuestra fe en Dios, en Jesús, en el Evangelio, en el futuro del planeta. Queremos vivir y proponer el Evangelio en un paradigma ecológico, interreligioso, pluralista, místico, liberador, aconfesional… Creemos que el cristianismo ha de transformarse desde su núcleo inspirador místico y comprometido. Creemos que el Evangelio de Jesús puede ser luz, sal, levadura para el mundo de hoy, pero junto con otros, sin exclusión ni inclusión, más allá de todas las fronteras religiosas y confesionales, en reciprocidad y diálogo”. En todo eso creo junto con innumerables cristianos y cristianas. A eso quiero aportar mi granito de arena como tantísimos y tantísimas creyentes.

Hay que estar dentro de tu piel para sentir el dilema planteado por un tal conflicto en medio de este mundo, tan distinto al anterior. Te has debatido entre el amor a tu vocación franciscana, sacerdotal, teológica y la presión ejercida desde distintas instancias hasta arrancarte de ella. ¿Cuál ha sido tu delito? ¿En la resolución del conflicto has puesto condiciones indignas para tratarte con dignidad en un diálogo abierto, fraterno, metodológicamente adecuado, movido por tu gran amor a la Iglesia y, en el fondo, por quien la inspira y sustenta?

Sí, creo que amo a la Iglesia y amo a Jesús. Creo que amo el Amor y la Belleza que sustentan el cosmos en lo infinitamente grande y en lo infinitamente pequeño. Por supuesto, no quiero plantear ninguna batalla contra nadie. Lo único que he reivindicado es un espacio de libertad, ”un lugar en la Iglesia para mi error”, si fuera error. ¿Quién puede decir en teología: “Esto es verdad, esto es error”? Todos los pronunciamientos en ese sentido, a distancia, todos han resultado falsos o claramente parciales. ¿Para qué seguir, pues, en ese registro, si es seguro que tanto quien afirma como quien niega hablan cada uno desde una perspectiva parcial? Si esto es así en las ciencias, mucho más lo es en filosofía, y mucho más en teología, pues Dios es siempre más grande, y como han dicho San Agustín y Santo Tomás y todos los grandes teólogos: “Si comprendes, no es Dios; eso que comprendes, no es Dios”. Sigue, pues, buscando.

En la Iglesia hay lugar para la ambición, la codicia, el autoritarismo, el orgullo, resulta que hay tanta pederastia… ¿Por qué no va a haber lugar para unas opiniones teológicas, aunque parezcan erradas? Lo único que se debiera impedir es que nos hagamos daño. De acuerdo, alguien puede considerar que determinadas ideas son no sólo erróneas, sino también perjudiciales (por eso justificaban San Agustín y Santo Tomás la tortura y la pena de muerte para el hereje: es mayor, decían, el mal que hace el hereje con su herejía que el mal que se le hace al hereje matándole). Bien, si a uno le parece que una opinión es errónea, que lo diga, y que argumente, que trate de convencer del error al que lo enseña o escribe, que convenza a la gente para que nadie le haga caso ni le oiga ni le lea. Pero que no recurra al poder, la condena, la exclusión. Que se abran espacios amplios de tolerancia, de contraste de opiniones, aunque sean contradictorias. Y que, si hace falta, haya tribunales representativos del sentir amplio de la Iglesia que puedan juzgar y decir la última palabra, aunque ¡ojalá nadie necesite decir nunca la última palabra! La Iglesia será tanto más sana y sanadora cuanto más amplio sea el margen de pluralidad y de tolerancia en su seno.

Eso es lo que yo pedía dentro de la institución religiosa y del estamento clerical, pero no fue posible. Me encontré sin el espacio que yo consideraba necesario para seguir desempeñando mi misión allí donde estaba. Y tuve que optar: o bien dejar de ser y de hacer lo que era y hacía para seguir siendo franciscano y sacerdote, o bien dejar la Orden y el sacerdocio para seguir siendo lo que soy y lo que creo que debo aportar. He optado para seguir mi camino en nombre de lo que entiendo que me pide la conciencia, la comunidad eclesial, el mundo de hoy, y –me atrevo a decirlo con todos los reparos– Dios.

¿Cómo has procedido en todo este calvario y qué conclusiones has sacado que puedan aprovecharnos a todos?

Tengo que decir que, al menos hasta ahora, no puedo hablar realmente de calvario. Calvario es lo que viven Haití, Palestina, Etiopía, el Congo. Calvario es lo que viven los inmigrantes sin papeles, de administración en administración o de vuelta a sus países. Calvario es lo que viven los parados haciendo fila a las puertas del Inem. Y los pequeños o inmensos calvarios de los que viven enfermos, deprimidos… Yo soy muy frágil en todos los sentidos, pero en todo este tiempo me he sentido bien, en paz, y muy acompañado en medio de la soledad. No sé cómo me sentiré mañana, pero pienso que debo procurar que los pasos dados sean para bien. Seguro que he cometido errores en este tiempo, y a lo mejor he tomado decisiones importantes con demasiada celeridad, pero no quiero mirar atrás demasiado, quiero seguir adelante en humildad y en paz.

¿Qué conclusiones saco de todo esto? Pues en primer lugar, que la vida es muy imprevisible, pero que siempre puede haber una salida. Hace un año me hubiese angustiado mucho pensar que iba a encontrarme donde ahora me hallo, ni me lo imaginaba, pero me encuentro bien, en medio de inseguridades e interrogantes. En segundo lugar, aunque esto pueda sonar a autojustificación y quizá lo sea, saco la conclusión de que no merecía la pena prolongar aquella situación de impasse en que me metí o me metieron cuando me impusieron el silencio para un año hace justo 11 meses o cuando me obligaron a callar definitivamente hace 6 meses; lo que hayas de hacer, hazlo pronto… En tercer lugar, lo más importante ahora: no merece la pena gastar energías en conflictos personales, crispaciones intraeclesiales…; tenemos que cuidarnos de esa tentación y tratar de crear alternativas con respeto, con lucidez, en cooperación. Y tal vez, en ese sentido, saco una cuarta conclusión: es preciso coordinar iniciativas y fuerzas para ir creando plataformas eclesiales alternativas; andamos muy dispersos y desconectados; no se trata de formar ninguna iglesia paralela, ni una nueva estructura rígida y centralista, pero es necesario buscar formas y estructuras comunes para empujar de manera más eficaz la causa que movió a Jesús.

ANTONIO G. SANTESMASES

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

Exodo 105 (sept.-Oct. 20101)
– Autor: Evaristo Villar y Juanjo Sánchez –
 
Después de la muerte de Dios y en el creciente contexto de secularización que recorre el mundo occidental, asistimos hoy a un “revival” o vuelta de las religiones, a la “venganza” de Dios, como ha dicho el politólogo Kepel. ¿Cómo interpretas tú este giro?

A mí me impresionó mucho el planteamiento de Kepel por como iba situando fenómenos muy diversos. Desde fenómenos como Comunión y Liberación hasta los que se estaban dando en el Este. Al publicar su primer libro, todavía no se había producido al Caída del Muro. Él estaba centrado en la interpretación de lo que significaban fenómenos como Solidarnosc, el Fundamentalismo islámico, etc. A partir de ese planteamiento, se abre una perspectiva que nos costaba bastante ver en la sociedad española porque nuestros problemas remitían a una historia distinta. En estos temas es necesario diferenciar nuestra historia de la de otras sociedades. Si queremos interpretar lo que ocurre en EE.UU. Irán o Brasil sin tener en cuenta el factor religioso vemos que es imposible. No se puede interpretar un fenómeno como el de Obama, o el de Lula o la vuelta del fundamentalismo a Irán, sin tener en cuenta ese factor religioso.

Desde el punto de vista geopolítico es claro el acierto de Kepel al considerar que no es posible pensar en una evolución de la sociedad en la cual la racionalidad científico-técnica provoque la desaparición de todo elemento religioso. Tanto en sociedades que han vivido la experiencia dictatorial (por ejemplo en los países del Este) y vieron que el elemento religioso era un elemento decisivo de cara a plantear la identidad nacional (caso de Polonia frente a lo que había sido la experiencia del estalinismo o el propio nazismo), como en sociedades más desarrolladas, como sería el caso de la sociedad norteamericana (donde ha seguido habiendo confesiones religiosas y la religión sigue siendo un elemento decisivo en el debate entre los blancosanglosajones- protestantes con los hispanos), la experiencia es similar: la religión no ha desaparecido.

Desde una perspectiva sociopolítica internacional, no podemos entender la modernidad sin comprender el lugar “polívoco” que juegan las religiones tanto en las sociedades europeas laicas (con la inmigración) como en sociedades donde la religión es un factor decisivo de cara a construir la identidad nacional, o en sociedades donde está vinculada a una identidad reactiva frente a la agresión de la civilización occidental.

Me parece claro que ese giro que Kepel analizó se ha ido confirmando desde el año 79 con la llegada de Wojtyla, de Reagan y de Thatcher. Pero también con la caída de los países del Este. Otra cosa es saber si eso es lo que ha ocurrido en la sociedad española (habría que matizar mucho) y si ese tipo de religión que ha retornado es compatible con los valores de un proyecto ilustrado.

¿Tendría esto algo que ver con el retorno del pensamiento conservador o una especie de revancha frente a la invasión del pensamiento científico-técnico? ¿O las dos cosas a la vez?

Con las dos cosas. Ratzinger es un ejemplo claro de neoconservadurismo por el diagnóstico que hace del impacto del 68, al interpretar la década de los 60 como una década esperanzada con Juan XXIII, Martin Luther King, el Vaticano II. Si cogéis el libro Introducción al cristianismo y leéis el prólogo a la edición del 2000, veréis que está muy bien reflejado este pensamiento. Llega a decir: nosotros creíamos, teníamos esperanza en que esta apertura y modernización nos iba a permitir mayor relevancia o presencia pública de la religión; pero lo cierto es que esto nos ha ido llevando a la pérdida de presencia pública institucional porque se ha impuesto el neopaganismo, propiciando la llamada dictadura del relativismo. Un elemento muy importante en su diagnóstico en relación al marxismo, al que define como un mesianismo alternativo que obligaba al mundo religioso a estar alerta. Ahora, en el 2000, lo que se está explicitando es un enorme vacío espiritual. Es decir, que, como las religiones van perdiendo poder institucional, lo que hay es una enorme “anomia”, nos hemos quedado más o menos en un mercado religioso, en un consumo de ideas, de gustos, de preferencias, etc., donde cada uno hace lo que quiere y donde la moral no sólo queda erosionada por este “pluralismo disolvente” sino que, a la vez, se produce un pluralismo religioso que es lo que hace que la gente se vincule a lo que él llama “religión a la carta”. Frente a ese modelo —viene a decir—, aunque seamos pocos tenemos que mantener una identidad clara. Por eso hay que resistir al hedonismo, al paganismo, etc., siendo una minoría pero una minoría, dispuesta a jugar a contracorriente. Pienso que esta caracterización como minoría ha conectado mucho con una parte de las sociedades europeas y una parte de la sociedad española. Por este camino se vuelve a lo que Fierro denominaba “la recatolización de lo privado”, es decir, la religión operando fundamentalmente con la familia y la escuela.

Todo este proyecto se refleja y plantea problemas en la vida política institucional. ¿No es así?

En efecto, ahora mismo, el partido que puede estar más cerca de este sector neoconservador es el Partido Popular; pero cuando se hace un debate de la nación nunca alude a estos temas decisivos para el sector católico tradicional; y no lo hace porque no quiere enajenarse los apoyos de una mayoría electoral. La estrategia neoconservadora no puede imponer sus posiciones, lo que puede hacer como minoría —si quiere tener incidencia en la política institucional— es conectar con planteamientos económicos afines desde una perspectiva neoliberal o con planteamientos de identidad nacional también afines desde la recuperación de un cierto nacionalismo español. Lo que han descartado es la creación de un partido confesional que recogiera todas las aspiraciones del catolicismo tradicional.

Sin embargo, no debemos olvidar que hay otras perspectivas dentro de las sociedades occidentales, aun sin entrar en el problema del islam. Es la perspectiva, por ejemplo, que representan Obama o el propio Lula (sobre todo Lula, vinculado desde el principio al PT y a las comunidades de base). Aquí es al revés, en esta perspectiva la religión opera (por decirlo en el lenguaje de González Faus y Javier Vitoria en su último libro) como símbolo de fraternidad, logrando conectar con grupos sociales solidarios y liberadores. Yo creo que no se puede ignorar esta segunda perspectiva: ha habido un sector conservador, es verdad, pero también han existido los otros elementos liberadores.

En el caso español, el sector neoconservador ha tenido mucha fuerza, pero tampoco se puede olvidar la enorme importancia que ha tenido la vinculación de la religión con el tema de la identidad nacional en las naciones sin Estado. Las declaraciones del abad de Montserrat diciendo que él estaba a favor de la posición de Cataluña con el Estatut, el enfrentamiento con la Iglesia centralista de Rouco en relación a la Cope y otros elementos reflejan una identidad muy fuerte vinculada a la religión. No es una broma que lo primero que hace el presidente del Barça sea ir a Montserrat. Por tanto, no se puede decir que el catolicismo en España sea totalmente neoconservador: hay otros elementos vinculados a un cristianismo de resistencia, mesiánico, más éticoprofético, y otros vinculados a los nacionalismos.

La historia está llena de desencuentros entre la religión y la ciencia (Galileo, Darwin…). ¿Cómo ves esta relación en el momento actual? ¿Qué formas adopta hoy este conflicto, particularmente en nuestro país?

Siempre he pensado que si algún sentido tiene la filosofía es mediar entre la religión y la ciencia. Y aquí lo que hace falta es filosofía. Para plantear el problema con algún rigor, hay que profundizar en la vigencia del proyecto ilustrado, en los hijos no queridos de la Ilustración y en las patologías de la Ilustración. Habría que situarse en una perspectiva que no sea la pura ciencia pero que tampoco sea la magia. No podemos olvidar que la religión tiene mucho que ver con la identidad y los sentimientos. A mi generación nos cuesta mucho entenderlo porque, al estar vinculados a una formación más cercana a la cultura ilustrada, socialista o marxista, estamos más en la línea del marxismo como heredero de la religión, el que apostaba por hacer realidad esas utopías. Pero lo que ha ido heredando ese tipo de religión, o mejor, donde se ha ido desplazando es a acontecimientos que tienen mucho más que ver en unos sitios con la nación, en otros con símbolos vinculados a las competiciones deportivas, etc., donde aparecen muchas metáforas de tipo religioso como “de aquí a la eternidad”, “San Iker”, “por fin hay ejemplos morales en los que la sociedad se puede reconocer”… Es decir, se va produciendo una relación entre una identidad dura, que es la que produce la racionalidad científico- técnica, y después, fuera de ese mundo, proliferan lugares donde aparecen los sentimientos, las emociones, las aspiraciones, las expectativas de vida, las identidades, y ahí es donde juega un papel el ocio, el consumo y las nuevas formas de religiosidad.

¿Cuál es el peligro? El peligro estriba en que la filosofía tenía la misión de establecer algún tipo de mediación entre los imperativos científico-técnicos y los sentimientos. Hacía un papel de criba. Y, al desaparecer esa instancia, corremos el peligro de que por un lado vaya la racionalidad científico-técnica y por otro vaya el mundo del pluralismo religioso, que en ocasiones lleva al esoterismo, a la magia, etc. Es decir, que ni siquiera mantengan la racionalidad que tenían las instituciones religiosas clásicas. Se necesitaría un tipo de filosofía que se acercara un poco a la sociología o ciencias de la religión (que es lo que yo vengo defendiendo desde hace años). Sería muy importante que los centros de enseñanza públicos tuvieran ese tipo de materia donde a la gente se le explicara qué ha significado la secularización, qué significa la presencia religiosa en sociedades multiculturales, qué significa el vacío o la ausencia de ciertos tipos de religión, por qué la ciencia es imprescindible pero nunca suficiente, cómo se articula todo esto con la identidad…

En un país eminentemente religioso y cristiano (por convicción o por decreto) como el nuestro, llama poderosamente la atención que cada día estén creciendo las deserciones y apostasías. ¿Cómo se puede interpretar esto?

Esto tiene mucho que ver con la revitalización del laicismo. El problema de la especificidad del modelo español es que el pacto constitucional del 78 tiene unos límites. Y el punto de partida es que los constituyentes pensaron: vamos a procurar no volver a reabrir los debates que se dieron en los años 30. Y la fórmula que encuentran en los años 77-78 es un Estado que no sea confesional, que es una perspectiva que ya había aceptado también la Iglesia católica, pero tampoco ir a un Estado laico. Es decir, se aprueba un Estado sin confesión religiosa pero en el que se le da una primacía a la religión católica, se insta su colaboración y luego se hacen paralelamente los Acuerdos con la Santa Sede, que tienen un gran impacto sobre todo en temas como el lugar de la religión en la fuerzas armadas, en los servicios sanitarios, y, sobre todo, en el campo educativo.

Por otro lado, una parte del sector conservador insiste en afirmar que la inmensa mayoría de la sociedad española es católica. Y, al insistir tanto en que es católica, arguye que formalmente no ha dejado de serlo, aunque materialmente saben que ha dejado de serlo. En este sentido el sector neocatólico juega con una doble estrategia: cuando opera como analista sociopolítico reconoce que los católicos tradicionales son una minoría en una sociedad neopagana; pero cuando se ponen a negociar políticamente, afirman que la sociedad española es mayoritariamente católica.

La apostasía se explica como una respuesta reactiva ante la beligerancia de estas posiciones que continuamente, un día sí y otro también (estoy pensado en personas de gran predicamento mediático, como Luis Mª Ansón, que goza de su columna en el diario El Mundo, de un digital en el Imparcial etc.) afirman sin pudor que Zapatero nunca ha entendido que la inmensa mayoría de la sociedad española es católica, apostólica y romana.

Esta beligerancia es lo que produce este tipo de reacción. En fin: sociológicamente se reconoce que el catolicismo tradicional es una minoría, pero en la negociación política se quiere presentar como mayoría. Y aquí está la contradicción que provoca todo esto. Hay una minoría que quiere explicitar que ellos no son católicos, que no les cuenten, que se quieren borrar.

Pero ¿es este laicismo el único legítimo y el que habría que desarrollar?

Esa es otra cuestión. Yo pienso que un laicismo que hiciera bandera del anticlericalismo, del ateísmo y de la religión como asunto meramente privado sería un laicismo que no ha aprendido las lecciones de la historia del siglo XX. Ese tipo de laicismo lleva a la intolerancia y a la exclusión. Lo que no quiere decir que estos laicistas no estén hablando como respuesta a una intolerancia y exclusión históricas muy fuertes. Pero esto mismo nos pasa con los nacionalismos, por ejemplo cuando afirman: respondemos a lo que el Estado ha hecho con nosotros en la historia pasada. Pero no es de recibo continuar con los mismos vicios del pasado. Hay que buscar fórmulas que no nos lleven al mismo callejón sin salida.

He tenido alguna experiencia sobre estos asuntos con el tema de la Memoria Histórica. Después de trabajarlo en estos últimos años y dar conferencias sobre el tema, he llegado al convencimiento de que para entender lo que te dice el otro hay que hacer paréntesis de lo que tú has vivido y ponerte a la escucha de lo que él ha vivido. Después veremos si nos podemos entender. Cuando tú le explicas a gente que sufrió el primer franquismo que fue decisivo como elemento de deslegitimación del franquismo el papel que jugaron determinados sectores de la Iglesia católica, sin los cuales hubiera sido muy difícil crear una oposición antifranquista (que implicó la recuperación de una cultura que era muy difícil en situación de dictadura; había personas que venían de un mundo que se fue encaminando a un socialismo de inspiración marxista con Sacristán o con Tierno Galván, otros que venían de una inspiración claramente cristiana como Valverde o Aranguren, o el Movimiento Obrero con la presencia de HOAC vinculada a Comisiones o la creación de la USO o los mismos cuadros de la UGT etc.), no lo entienden, les cuesta mucho admitirlo, no responde a su experiencia.

Por eso es importante el tipo de laicismo: si se va por el lado de un laicismo más anticlerical y ateo, intolerante o intransigente o si se va hacia un tipo de laicidad más plural, más inclusiva, según cuál sea la opción el resultado será muy diferente. Sería deseable un laicismo que pudiera hacer principalmente dos cosas: una, que todo el mundo tenga en la escuela pública un estudio científico, filosófico, sociológico del hecho religioso, haciéndose cargo de toda su pluralidad; y, dos, que no se repita más la frase de que la religión es un asunto meramente privado, que es uno de los errores mayores que existen. Es cierto que la religión tiene una parte privada que remite a la intimidad de la conciencia, pero tú no puedes pretender que haya manifestaciones a favor del orgullo gay que llenen las calles y luego que no haya manifestaciones a favor de la familia tradicional. Las dos pertenecen a la sociedad democrática. Lo que se necesita es que la opinión pública sea plural y que, a partir de ahí, las decisiones las tome el Parlamento. Necesitamos acostumbrarnos a pensar que la religión es un hecho público, que tiene relevancia pública, aunque no sea estatal. Pero entre el Estado y la conciencia individual está la presencia pública que es plural. Y si esto no lo entendemos, nos va a costar entender la identidad de otras culturas que se incorporan a nuestro país con otras experiencias de vida. Hay que buscar la forma de que cada vez haya un vínculo más allá de los símbolos e identidades que cada uno tiene.

A la vista de este panorama descrito, ¿qué “Ley de libertad religiosa” necesita este país?

Yo creo que sin una renegociación de los Acuerdos con la Santa Sede puede ser una ley fallida. Porque el tema decisivo, a mi entender, es entrar en el campo de la educación. Esa frase de los acuerdos de que se dará la clase de religión al nivel del resto de las asignaturas “fundamentales”… , este adjetivo ha creado todos estos años problemas enormes. Por ejemplo, el que hay que darla en horario escolar. Pero, además, ese segundo elemento de que el profesorado será elegido por las autoridades diocesanas que son “el ordinario del lugar” genera otro problema muy fuerte. Porque nos lleva a esta situación que hemos vivido. Por un lado, la gran ignorancia de muchos estudiantes que les priva de elementos para poder entender muchos fenómenos del mundo artístico y literario, y también del mundo geopolítico (es muy difícil ser ciudadano sin tener alguna idea de lo que ha significado o está significando Israel, el Islam o el problema palestino, las culturas monoteístas, las causas de la Reforma Protestante y por qué eso generó en España un tipo de Contrarreforma que ha marcado profundamente nuestro país). Y por otro lado, porque es un símbolo público, está el problema de la regulación del espacio público; y aquí sí, la ley de libertad religiosa puede hacer mucho porque ya sabemos los problemas que hay en muchos sitios de conectar las costumbres arraigadas en nuestra cultura con la presencia de las mezquitas, el problema que ya han vivido otros países, por ejemplo Francia, de cómo articular la presencia del Islam con los valores de la República. Hay muchos que están convencidos de que en la mezquita al menos existen. Si estas mediaciones públicas se pierden, se rompe el ascensor social, desaparece la compensación de las desigualdades y entramos en una regresión identitaria.

No podemos pensar que la calle se puede utilizar para unos elementos y no para otros. Para mí lo más positivo del modo de utilizar los símbolos en la calle es lo que ocurre el 12 de octubre en Madrid: contrastar la fiesta nacional por la mañana y la celebración de las culturas por la tarde. Si tiramos del imaginario esto da mucho de sí: ¿cuál es la historia de este país? Pero ¿cuál es la historia de esos países que han venido (Ecuador, Bolivia, Colombia, etc.), qué culturas traen? Me ha impresionado mucho la noticia en la prensa de una señora de 84 años, que viene todos los años a España a ver sus nietos, y esta vez no la han dejado pasar en Barajas. Al otro lado estaba su hijo reclamándola y los agentes le decían: es que no han hecho una carta de invitación. Y él decía, pero si soy su hijo. Es que no sabemos si tiene recursos para vivir, replicaban. Y él respondía, si va a vivir con mis hijos, sus nietos… Escandaloso. Y la señora se tuvo que volver. Ese tipo de crueldad tiene consecuencias. Y eso tiene que ver con la cultura y con la religión.

Mientras hablabas, me estaba acordando de Mardones. ¡Qué pronto murió Mardones!

Mardones tenía ese tipo de obsesión. Yo siempre se lo dije: todos tus libros, sean sobre el neoconservadurismo o la posmodernidad, el mesianismo o el neoliberalismo, son capítulos de uno solo. En su cabeza cabían todos esos elementos. Le echo mucho de menos.

¿O acaso necesita este país un paso por el silencio de Dios, por el ateísmo, para volver a limpiar las imágenes y las tradiciones de tanta ganga acumulada por la historia o el silencio nos llevaría a caer, por el contrario, en una gran frivolidad?

Yo creo que se está cayendo ciertamente en una gran frivolidad porque entre la religión y la ciencia no hemos tenido el cuidado de introducir un poco de filosofía. Si tú tienes al menos la mediación de la filosofía que estudió nuestra generación, la de intentar conectar el cristianismo con la filosofía de la sospecha o la segunda lectura de la ilustración, ese planteamiento del silencio parecía decisivo para depurar imágenes, para depurar fronteras entre creencia e increencia. Ahora bien, si oponemos rígidamente el mundo científico-técnico y pragmático y el mundo de las emociones, de los sentimientos, de las expectativas (ocio, consumo, deporte y elementos de religión), sin ningún tipo de mediación racional, no hay verdadero puente. Sin mantener la perspectiva de ir introduciendo la ilustración como algo insuficiente y la necesidad de hallar un lugar para las tradiciones, la memoria (y en las tradiciones de la Memoria siempre es necesaria la depuración) no es posible el silencio. Por otra parte, en cuanto se comienzan a pensar los grandes problemas que han ocurrido en el siglo XX, inmediatamente aparece el silencio de Dios. Auschwitz, Hiroshima, las guerras fratricidas…

Estamos ante un tema querido por las minorías ilustradas. Porque la respuesta neoconservadora tiende a esquivar ese tipo de preguntas. Ellos parten de la seguridad de que ya tienen la respuesta. No necesitan plantear más estas preguntas. Tampoco tienen muchas preocupaciones teóricas los que llevan la religión a un campo eminentemente emocional…

¿Y qué piensan los cristianos de izquierda?

Les cuesta mucho sintonizar con las bases sociales de la izquierda. Y ¿por qué les cuesta? Porque se sitúan tan en el margen, en la exclusión, que les puede resultar frustrante. Se lo comentaba a un grupo de jesuitas en alguna ocasión: es que vosotros tenéis una experiencia que es: o la pura élite o la pura exclusión, o los colegios de élite o la exclusión de los sin techo. Pero, hombre, es que en medio está todo (Baracaldo, San Boix y Fuenlabrada), donde no se vive en la exclusión pero tampoco en la opulencia. Les cuesta mucho conectar con ese mundo.

¿No ocurre a veces que el silencio despierta en una explosión de confesionalidades, de religiones, de prácticas de todo tipo? ¿No existen casos, como en Cuba, donde el silencio les ha llevado a un despertar de la religión…?

Una cosa es el silencio impuesto desde arriba, el ateísmo oficial, que en ocasiones ha provocado el revival nacionalista como reacción, o el sincretismo, y otra cosa es el silencio purificador. No sé si visteis la película “Camino”. Sería un buen punto de partida para un debate de este tipo. Refleja muy bien la dualidad del padre y la madre ante el dolor inesperado y terrible de que su hija está amenazada de muerte. Refleja muy bien este dolor y las consolaciones que le da el Opus (y que la madre asume) de que ese dolor la va a convertir en una santa ejemplar y tiene que estar contenta. Pero refleja también la perplejidad del padre que no sabe cómo hacerse cargo de todo aquello. Porque la pregunta para el creyente es cómo compatibilizas la existencia de Dios con el mal. El ateo ya parte de la hipótesis de que no existe Dios. Yo no responsabilizo a nadie, puesto que no existe. El agnóstico de Tierno, el que no echa nada de menos, tampoco a Dios, porque “se ha instalado perfectamente en la finitud “, el que cree que sólo desde el humanismo se puede lograr un futuro distinto para la humanidad… Pero, claro, ante un dolor desgarrado como éste, ¿qué respuesta se puede dar a este tema? Más allá de la resignación, de que tiene que aceptar estoicamente el dolor, que ha tenido un mal fario, un mal demiurgo que le ha tenido que tocar a él precisamente en lo que más quería, en su hija… ¿qué hacer? Creo que aquí aparecen las dos dimensiones: no sólo la pregunta del creyente por la presencia del mal, sino también la del no creyente que se pregunta qué tipo de esperanza hay ante el mal…

¿Puede vivir el ser humano sin algún tipo de creencia? ¿Te vale aquello de “Dime cuál es la fe de los ateos y te diré yo cuál es el ateísmo de los creyentes”? ¿Quieres aportar alguna experiencia personal a esta serie de interrogantes?

Hombre, en el ateísmo más fuerte, de tipo hegeliano- marxista, se abría un futuro mesiánico tan grande y prometedor que, de alguna manera, heredábamos lo mejor de la religión. Por más que le demos vueltas, el proyecto de Marx era eso. Y probablemente es la perspectiva en la que está una gran parte del movimiento obrero hasta terminar la Segunda Guerra Mundial. Pero es una perspectiva tan terriblemente dura la que se vive a lo largo de las primeras décadas del siglo veinte con la Primera Guerra Mundial, el avance del fascismo, el holocausto, que, a partir de ahí, ese tipo de energía tan utópica va cayendo y se va a otro tipo de modelo distinto: de acuerdo social, de pacto (se hablaba de la tecnocracia, del final de las ideologías) y ya no se ve que tenga tanta fuerza el proyecto racional como para hacerse con toda esa carga de pasado, ni el proyecto político para conseguir esa capacidad emancipadora tan grande. En esa situación, lo que se va es a una cierta privatización del sentido y a un cierto ateísmo de masas en una cultura que ya no está vinculada a lo que había sido la cultura marxista ni tampoco al gran debate existencial posterior a los años de la Guerra Mundial (Camus, por ejemplo). Es una cultura mucho más pragmática que se va haciendo más epicúrea. Una mezcla entre estoicismo y epicureísmo, el gusto por los placeres inmediatos, cierta aceptación de la fatalidad como elemento constitutivo de la identidad humana.

Claro, a los que venimos de esa tradición nos cuesta mucho aceptar lo que hoy se entiende por ateísmo. Cuando se lee esa proclama que dice “Probablemente Dios no existe, no te preocupes, disfruta”, nos rechina. Porque nos recuerda a la sociedad capitalista consumista donde todo da lo mismo. Donde todo depende del gusto de cada uno. Donde se propicia que cada uno haga lo que le da la gana. Pero ese no era el planteamiento que venía de la gran tradición. Si cada uno hace lo que le da la gana, entonces será la guerra de todos contra todos. Si no hay ningún tipo de políticas que erradiquen la desigualdad y la exclusión, esto llega a la ferocidad y a la crueldad. Porque, en realidad, exista o no exista Dios, tendré que acabar con este mundo desigual. Y ese tipo de ateísmo del autobús no pasa de ser un ateísmo trivializado, de una sociedad de consumo, donde la gente no se quiere hacer cargo de nada porque le han achicado tanto su humanidad (a lo que Tierno llamaba “la humanidad reducida”, es decir, al individuo vinculado al consumo, privatizado) que entiende que la libertad consiste en no interferir en la vida de los otros y nada más.

¿Y en tu caso personal?

En mi caso, yo he estado vinculado a la tradición de la teología política de Metz, de la teoría crítica de Habermas, etc. He tenido eso muy típico de la gente de mi generación junto a un tipo de angustia existencial mayor, probablemente por influjo de mi maestro José Gómez Caffarena. Las preguntas metafísicas siempre me resultaban preguntas muy relevantes que no se podían contestar desde la perspectiva marxista. Hoy, sin embargo, tiendo, quizás porque va quedando más atrás el marxismo y el existencialismo, a un tipo de análisis más socio-político. Cada día me interesa más el desplazamiento de los símbolos religiosos hacia otras esferas donde la gente busca la sacralidad. Es decir, en qué elementos emocionales busca (para poder después evaluarlo racionalmente), porque me cuesta mucho pensar que una regresión neoliberal como la que estamos viviendo pueda darse sin que haya protesta. Pienso que antes o después esto va a provocar conflictos sociales agudos en las sociedades europeas porque, en última instancia, va a afectar a toda la cultura política y a la democracia. Y así me parece que ese tipo de vacío de sentido se está llenando con algo. Y esta es mi preocupación actual: con qué elementos culturales se está intentado tapar estos agujeros. Pero claro, en mi caso, como ya he escrito otras veces, lo mío era más un agnosticismo a lo Horkheimer que a lo Tierno…

¿Cuál es la imagen de Dios que un ateo, un agnóstico, un no creyente no puede soportar y cuál sería una imagen de Dios que le daría que pensar, que incluso le cuestionaría o fascinaría aunque no la compartiera?

Hombre, las imágenes que no puede soportar son las que se relacionan con el Dios de la imposición, de la jerarquía, pero ese es un Dios que ya no sintoniza con nuestra generación. Ese es el Dios de la condenación y del castigo. Comprendo que muchos lo hayan vivido pero yo con quince años fui a unos ejercicios espirituales con los jesuitas donde de lo que nos hablaron fue de la película del “Graduado”. Para los que veníamos de familias conservadoras la religión fue muy importante para hacernos antifranquistas. Esa fue la sorpresa de un tío mío exiliado, que un día me preguntó cómo me había hecho socialista. Su sorpresa era enorme al hablarle del papel de la religión en el proceso de deslegitimación del franquismo. No era desde luego lo que él había vivido en los años treinta, pero forma parte de la historia de mi generación.

Ese componente antifranquista es decisivo y la preocupación teórica también lo es. Yo me había quedado con la imagen, recibida de Caffarena, de un Dios misterio amoroso, de un Dios a pesar del mal, del que aparece en situaciones límite. El Dios de la fascinación que explicaba muy bien Tornos, es decir un Dios fascinante que tenía mucho de ruptura con lo instrumental y lo inmediato, con la vida cotidiana, con la imagen completamente misteriosa que te envolvía. Era una imagen mucho más atractiva. Lo que pasa es que Caffarena explicaba tan bien, tan noblemente las raíces de la increencia, la posición de Camus, de Bertrand Russell, de Garaudy que algunos acabábamos haciéndonos increyentes. Esa es la imagen que yo recuerdo siempre. Probablemente, el primer maestro es el que más te impacta y Caffarena en su libro “Cristianos hoy”, sobre todo en sus cuatro primeros capítulos, me marcó para toda la vida. Como sabemos, en su libro estudiaba el impacto de la revolución científico- técnica y de la secularización, las raíces culturales de la increencia y los distintos tipos de ateísmo. Desde ahí Caffarena pasa a explicar la respuesta cristiana.

Pero a mí me gustaban, sobre todo, esos primeros capítulos que los considero una introducción magnífica a la filosofía: porque, según él mismo interpretaba desde Ortega, el que es creyente, si quiere ser filósofo, tiene que poner a prueba su propia creencia ante las preguntas que le vienen desde la filosofía. Porque pueden llegar a tener razón algunas filosofías frente a las respuestas seguras de la religión. Y quizás por eso, al quedarme en los cuatro primeros capítulos, opté desde entonces por la filosofía frente a la religión. Y ahí está probablemente la razón última de mi agnosticismo.

JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO

Juanjo Sánchez y Evaristo Villar

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Juanjo Sánchez y Evaristo Villar –
 
Tu último libro, “La trastienda de la crisis”, lo subtitulas “lo que el poder económico quiere ocultar”. Y esta es precisamente la pregunta: ¿qué es lo que el poder económico quiere ocultar en la trastienda de la crisis?

El poder económico quiere ocultar lo de siempre, que hay intereses muy concretos que se disfrazan de necesidad económica. Se dice que esto es así, que no se puede cambiar, que está en la naturaleza de las cosas, cuando lo que hay son intereses del capital, de los flujos financieros y de las grandes fortunas. Lo que vengo a mantener en “la trastienda de la crisis” es que, al margen de las hipotecas “subprime” y de las quiebras de los bancos –que es la cáscara–, lo que hay son 30 años de neoliberalismo económico. Que, aparte de llevar a tasas de crecimiento más reducidas y a un incremento brutal de la desigualdad en la renta de las riquezas, crean unos desequilibrios tan fuertes que antes o después tienen que abocar la crisis.

En realidad lo único que ha hecho este neoliberalismo económico ha sido desregular todo el sistema económico y dejar en total libertad a la bestia, a los flujos financieros, al capital. Y esto lleva a la crisis por los grandes desequilibrios que crea. Hasta ahora las crisis se daban preferentemente en la periferia, en América Latina por ejemplo o el sudeste asiático. Con la quiebra de los bancos en EE.UU., Japón y China la crisis es global, sistémica. Hemos puesto los mismos principios que en el siglo XIX y principios del XX, que condujeron a la debacle del 1929, y es normal que, desde los mismos postulados ideológicos y económicos, lleguemos a los mismos resultados.

Como economista, ¿qué piensas de los ajustes propuestos por el Gobierno Zapatero para salir de la crisis y reactivar la economía en España?

En líneas generales, aquí se han seguido las mismas zozobras de la política económica mundial. En los primeros momentos de la crisis se apostó por políticas keynesianas que parecían lógicas para parar la crisis. Lo inmediato era invertir y tratar de que el sector público viniese en apoyo de la economía privada que se estaba hundiendo y con ella todo el sistema económico. Esta política la defendió Obama en EE.UU. y los participantes en el G-20. En todos los países se practicaron planes de estímulo económico. Esa era la tesis general para salir de la crisis.

Pero cuando la crisis todavía está en marcha, se cambia totalmente el discurso. Ahora lo que se impone es políticas de ajuste, restrictivas, que son peligrosísimas porque van a hacer que la recesión continúe y el principio de la reactivación se alargue. Sencillamente porque el déficit, que se ha incrementado con la crisis, tiene su origen en la bajada brutal de los impuestos y pérdida de recaudación fiscal ocasionados por la caída de la actividad. Pues cuando el crédito falta en las empresas lo primero que dejan de ingresar, antes de la nómina a sus empleados, es el dinero a Hacienda. Pero todo eso podría haber sido perfectamente asumible –y más en España que tenía un nivel de deuda muy bajo– con tal de que se hubiera hecho lo posible por reanimar la economía a corto plazo.

¿Y por qué esto no se ha hecho?

Aquí en Europa se ha debido a la presión de Alemania y Holanda, que son los países que se están beneficiando de la unión monetaria. Alemania ha exigido unos ajustes brutales a países del Sur de Europa sin estar dispuesta a contribuir a la unión monetaria, de la que se beneficia en gran medida, con las contrapartidas que debería hacer. Es inconcebible que el Gobierno español haya admitido este trato humillante que implica pérdida de soberanía. Porque no hay ninguna razón para pensar que España no va a poder pagar su deuda pública. Eso es absurdo. Y si hay unos ataques especulativos contra el euro, no es justo cargárselos a la parte más débil, Grecia y España. Porque lo que están poniendo en evidencia los mercados y los flujos financieros es que el euro está en una gran debilidad porque se ha hecho una unión monetaria sin unión política. Y esto no es viable como hemos venido diciendo ya desde que se aprobó en el 89 en Maastricht. Con lo cual es muy posible que, si no se pone remedio, el euro se tenga que deshacer y la unión monetaria desaparecer. Para que esta amenaza no llegue a cumplirse todos los Estados de la unión monetaria, comenzando por Alemania, deberían hacer el máximo esfuerzo.

Esto parece muy grave. ¿Es que no hay en el resto de Europa fuerza, imaginación…?

Deberíamos aprender en esto de los países latinoamericanos. Durante mucho tiempo han vivido pisoteados por el FMI. Este organismo los sometía a unos ajustes brutales a condición de prestarles dinero. Y cuando se lo prestaba, ese dinero se iba directamente a los bancos de fuera; es decir, los países se hundían, los que ganaban eran los bancos. Hoy día hay un problema en Grecia, es verdad, pero es mayor el problema de los bancos prestatarios alemanes y franceses. El ajuste que se le exige a Grecia es para poder pagar a esos bancos extranjeros. No es, pues, sólo un problema de Grecia, Irlanda, Portugal o España –los malos de la película–, es principalmente un problema de toda la unión monetaria que tendrá que plantearse si quiere hacer algo por sobrevivir.

¿Y qué cabe esperar en estas condiciones?

Con esas condiciones absurdas lo que cabe esperar es que se empeore la situación. Y nuestro Gobierno absurdamente se ha plegado a ellas. Así se explica la imagen bochornosa de un Gobierno que un día dice una cosa y al día siguiente dice la contraria. Tendría que haberse plantado en la reunión del Ecofin y haber dicho claramente: si el problema real es de la fragilidad del euro y el euro es de la unión monetaria y los países fuertes no queréis defenderlo, pues que se hunda. Más que yo, más que mi país, vosotros os estáis beneficiando de esta Unión. A mi país, junto al resto de países más débiles, nos ha quitado la posibilidad de “depreciar” en una situación como esta nuestra moneda, lo que hubiera fortalecido más las vuestras y os crearía muchas dificultades de producción y de exportación.

En este número de ÉXODO estamos abordando el espinoso tema de la “regeneración de la política”. Hablemos, pues, más directamente de política. ¿Piensas que el capitalismo como sistema es compatible con una democracia horizontal y participativa, o sólo es posible una democracia representativa y delegada?

Como estamos viendo, al menos una forma de capitalismo, el que hemos llamado liberalismo económico, el que se ha impuesto a partir de los años 80 con Reagan y Thatcher, está demostrando que es totalmente incompatible con la democracia. Lo que se está jugando en esta crisis es fundamentalmente la democracia. Porque se está demostrando que eso que llaman mercado está por encima de los poderes políticos democráticos de los Estados, una supra-valoración del capital frente al poder político. Y esto supone el fin de la democracia.

En mi libro tengo un capítulo que titulo “la paradoja de la libertad” porque, a mi modo de ver, ahí está, desde el punto de vista filosófico, el origen de la crisis. Porque, así como en la vida civil y política nadie admite que la libertad sea absoluta, sin ningún límite, porque eso sería la anarquía, eso no ocurre en el campo económico. Aquí lo bueno, como se ha defendido, es la libertad absoluta. De este modo el Estado ha ido perdiendo competencia, y, al final, lo que llaman mercado se ha impuesto al poder político. La prueba la tenemos en esto que hemos hablado antes sobre el ajuste. Está claro que el Gobierno Zapatero puede estar dando bandazos, ser un desastre, etcétera, pero él no quería hacer este ajuste. Y, sin embargo, se le ha impuesto. Y tampoco los países fuertes dicen que se deben hacer estos ajustes porque ellos quieran castigar a los más débiles, sino porque los mercados lo están exigiendo. Ya en la década de los 90 el entonces presidente del Bundesbank, T. Mayer, lo dijo claramente: “Los Estados tienen que acostumbrarse a someterse a los dictados de los mercados”. Esto es justamente lo contrario de lo que se ha decidido en la última reunión de Laos cuando los mercados estaban asfixiados y necesitaron de la protección de los Estados.

¿Y qué es eso de los mercados, qué se está escondiendo detrás de…?

Los mercados son poderes totalmente flotantes, son intereses, flujos financieros, son bancos, etcétera que no sólo producen desequilibrios y desigualdades que hacen imposible una política justa. Hay algo más, lo que producen es el caos. El gran Karl R. Popper en su libro clásico La sociedad abierta, criticando sistemas como el marxismo y las construcciones autoritarias de ingeniería social, dice: lo que afirma Marx es y fue muy cierto en determinadas circunstancias; pero eso ya no es así porque hay un poder político democrático que se impone al poder económico. Es decir, que el poder económico tiene que estar sometido al poder político. Y el poder político no es el consejo de administración del capital, el poder político es democrático. Y cuando se da, entonces el poder económico está sometido al poder político. Pero, claro, el problema es que en estos momentos ha habido una completa sublevación y el poder económico se ha impuesto al político. Y mientras el neoliberalismo económico continúe, la democracia será una pantomima.

En cualquier otro sistema de economía mixta, capitalismo de la posguerra, capitalismo social, etcétera, la democracia también ha tenido sus crisis, pero justamente en esa economía mixta ha encontrado un equilibrio entre los derechos económicos, los sociales y los políticos. Y ha dejado espacios para la democracia. Pero en el actual sistema es impensable la democracia porque todo cae bajo el poder económico. Y en esto está jugando un papel muy importante la prensa y los medios de comunicación como correas de transmisión de esta ideología neoliberal a la sociedad.

¿Y la corrupción política tiene su raíz expresamente en el neoliberalismo o es, como se ha dicho, un acompañante natural de toda política? ¿Dónde tiene la corrupción sus raíces?

Evidentemente los hombres no somos ángeles. Montesquieu, que lo conocía muy bien, pensaba: si los gobernantes son buenos, mejor; pero no podemos confiar en que todos sean buenos. Necesitamos crear un sistema político y económico equilibrado de juego de poderes que haga que, si no son buenos, se les obligue a serlo. El mismo sistema acabará depurando las excepciones.

Pero, claro, ese equilibrio actualmente no existe. Eran otros tiempos pero la idea de Montesquieu de encontrar un equilibrio de poderes que impidan los abusos es rescatable. Porque lo que actualmente se está dando es una especie de maridaje entre el poder económico, poder político y poder mediático que están creando unas oligarquías que desequilibran brutalmente al Estado. Y para justificarse el sistema saca de vez en cuando algunos casos de corrupción. Pero el problema es mucho más profundo. No se trata tanto, aunque también, de la corrupción de “los tres trajes”, sino, más al fondo, de los intereses que están moviendo a los gobernantes que nos gobiernan. En EE.UU. no hay confusión, los presidentes llegan al poder con el apoyo financiero de los grandes trust o corporaciones financieras. Desde este origen será muy difícil que puedan tomar decisiones libres, de acuerdo con lo que la sociedad necesita sin lesionar los intereses de las grandes corporaciones que los han aupado. Cuando la mayoría de nuestros políticos dejan un cargo importante en el sector público y se van al sector privado les surge la pregunta por lo que han estado haciendo en el sector público para que ahora en el privado se los rifen de esa manera. ¿No será por los contactos y conexiones que se han ido forjando mientras han estado gobernando lo público? En definitiva, un sistema poco democrático conduce inevitablemente a la corrupción.

Además del dios mercado, del imperio de la economía y la corrupción, se percibe un malestar general y un descrédito de la acción política. Quizás las causas vengan desde más al fondo, desde la misma democracia. ¿Qué piensas sobre la actual articulación de la democracia, es decir, sobre el corporativismo de los partidos, en el bipartidismo, las listas cerradas, la actual ley de elecciones, etcétera?

Aquí hay muchos elementos. Es verdad que se está llegando a un descrédito de la política. Y se debe a muchas causas. Quizás la primera sea el que hay muchos intereses creados en desacreditar la política, y principalmente lo público. Cada vez creo menos en las creencias sociales innatas. En una sociedad mediática como en la que vivimos la mayoría de las creencias están generadas de forma intencionada. Obedecen a intereses concretos. Por ejemplo, se prefiere el sector privado frente al sector público, se piensa que todos los políticos son corruptos y sin embargo los grandes señores que están gestionando los bancos no lo son, son gente honesta. Hay una intención clara por parte de los medios mayoristas en desacreditar la política como contrapeso al sector privado.

También es cierto que los políticos se lo están ganando a pulso. Pero si mirásemos a algún otro colectivo, seguramente está ocurriendo lo mismo. Lo que pasa es que no hay intereses en desacreditarlo. Si te fijas en la prensa, por ejemplo, es probable que encontremos más motivos para desacreditar a los periodistas que a los políticos. Lo mismo los financieros o los directivos de las grandes empresas o las grandes corporaciones… Pero lo cierto es que parece que el descrédito recae sólo sobre los políticos.

Dejando Europa y España por un momento, ¿qué juicio te merece el actual proceso político en América Latina?

América Latina dio un paso de gigante cuando se independizó del FMI. Muchos países latinoamericanos estaban bajo su bota neoliberal. Recordad las famosas dolorizaciones tan nefastas para Argentina como para Ecuador. Pero llegó el momento en que hicieron como dice el chiste: si yo debo a un banco 100.000 euros tengo yo un problema, pero si lo que le debo son 500 millones el que tiene un problema es el banco. Entonces le dicen al FMI: no me prestes más, porque con tales condiciones no voy a poder devolvértelo en la vida. Y poco a poco se fueron independizando y ensayando políticas divergentes del neoliberalismo económico. De tal manera que, antes de estallar la crisis, el FMI se había quedado sin trabajo. No tenía ningún cliente más que Turquía. Y entonces tuvo que hacer una regulación de empleo, incentivar bajas indemnizando a todos los que se quisieron ir durante bastantes meses porque se había quedado sin trabajo. Paradojas de la vida. Llega la crisis y de pronto le empiezan a dar trabajo…

No soy particularmente experto en América Latina, pero creo que en ese independizarse del neoliberalismo económico, de plantarse ante las empresas extranjeras que estaban haciendo su agosto, de rechazar la dolorización de la propia moneda que los estaba llevado al desastre, et17 cétera, ha preservado a América Latina de ser fuertemente sacudida por la actual crisis. Porque se trata de una crisis propia del neoliberalismo económico.

Finalmente, ¿piensas que en estos momentos de incertidumbre política y de crisis económica las confesiones religiosas tienen algo que ofrecer a una sociedad laica y desnortada?

Creo que en España tienen poco que ofrecer. La sociedad está llegando a una secularización muy grande y, por otra parte, la Iglesia católica se ha enrocado en unas ofertas éticas que ya no practica nadie. Pienso que culturalmente las procesiones seguirán existiendo. Pero… sería importante conocer el número de vocaciones que aún tiene en este momento. Porque son la forma de mantener su estructura.

Sin embargo, ¿no crees que las confesiones religiosas están representando un gran potencial político?

Yo creo que cada vez menos. Y aquí porque están unidas a una parte del PP y se están apoyando en los movimientos más ultras de la Iglesia. Pero tienen poca fuerza. Hay que tener en cuenta que la Iglesia en España ha estado siempre amparada en el Estado, lo que quiere decir que las cosas se han impuesto a la sociedad por métodos civiles y políticos. La Iglesia ha pretendido imponer siempre desde el Estado, como forma legal y coactiva, su moral (el aborto por ejemplo). No abortar porque está civilmente prohibido, no a los matrimonios gays porque el Estado prohíbe la homosexualidad, nada de la píldora de antes o del día después por las mismas razones. Incluso hasta su propia autofinanciación: no se basa en el convencimiento de los fieles por mantener a su Iglesia como se hace en cualquier otra sociedad. El mismo sistema de financiación que se ha impuesto ahora es coactivo porque al contribuyente no le cuesta nada poner la cruz en la declaración de la renta. En ningún club privado se paga la asignación desde los impuestos que tengo que pagar a la hacienda pública. En este sentido, la Iglesia, cuando menos la oficial, po- co puede ofrecer a una sociedad que es más democrática.

Pero desde el Evangelio, desde la religión en sentido más antropológico y teológico, ¿puede llegar algo, digamos motivaciones, impulsos para una regeneración ética o motivacional de la política?

Indudablemente que la religión va muy unida a la ética. Dostoyevsky decía en uno de los personajes de Los hermanos Karamázov: “si Dios no existe todo está permitido”. La sociedad hoy día se ha hecho mucho más racionalista y es mucho más difícil mantener un tema ético. Pero la prestación religiosa es más complicada porque va a depender de si crees o no crees. Pero yo tengo para mí que la religión a lo largo de la historia siempre ha sido ambivalente. Por una parte ha servido de potencial de desarrollo y crecimiento humano y por otra ha sido un instrumento brutal de represión. Y esto se ha dado en todas las religiones

JUANTXO LÓPEZ URALDE

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Evaristo Villar y Juanjo Sánchez –
Entrevista
 
Director ejecutivo de Greenpeace España: “Hemos ido viendo cómo el mundo, de la mano de las entidades financieras, ha caído en una profunda crisis. Esta crisis, que tiene claras ‘raíces ambientales’, se ha ido extendiendo como una mancha de aceite y afectando a casi todos los sectores económicos. Hemos sido testigos de la rápida reacción de los gobiernos para cubrir los agujeros que la rapiña financiera ha producido… Entretanto, la crisis ambiental continúa galopante ante la indiferencia de los mandatarios mundiales, incapaces de responder con el mismo interés a la mayor crisis a la que nos enfrentamos: el cambio climático”.

¿Qué ha significado lo que hicieron con vosotros en Copenhague?

Cuando un Estado decide actuar de esa manera, lo que pretende es acallar un tipo de acción o activismo. No es la primera vez que nos pasa. Ya nos pasó en Francia en los años 80, cuando volaron el Rainbow Warrior. Pero el efecto que se consigue es el contrario al que pretenden. Cuando un Estado se pasa con la represión ante activistas pacíficos se produce una mayor movilización porque se causa doble efecto: desmovilizador del miedo y movilizador de apoyo.

A grandes rasgos, ¿qué es lo que pasó contigo en realidad?

Necesitamos situarnos en la Cumbre del Clima en Copenhague que está yendo hacia el fracaso. A mitad de la Cumbre, deciden retirar las credenciales a las ONG porque en la fase final van a llegar 120 jefes de Estado. En este escenario, desde nuestra organización nos planteamos hacer un último intento por llegar a los jefes de Estado y darles el mensaje de que deben hacer algo, nuestra pancarta decía: “Los políticos hablan, los líderes actúan”.

Este gesto ya lo habíamos ensayado con éxito la semana anterior en Bruselas. Entonces, nos colamos con tres vehículos en la caravana de los jefes de Estado como una delegación más. Tres de nosotros llegamos hasta el “Photo-call” de los periodistas y allí desplegamos las pancartas. Es una medida extrema para tratar de salvar la cumbre. Y nos detienen. A partir de aquí entramos en un éxodo por las distintas cárceles de Dinamarca que todavía no ha terminado porque estamos pendientes de que nos llamen para el juicio.

Proceso desde Kioto a Copenhague: ¿qué aportaciones positivas y negativas destacas como más importantes?

Ahora mismo la situación es bastante crítica. Sólo hay un proceso contra el cambio climático en la ONU, que es el único marco desde el que se puede abordar eficazmente este tema. Comienza en la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, cuando los jefes de Estado hacen un llamamiento a la lucha contra el cambio climático. En el año 97 se firma el Protocolo de Kioto, que es el primer intento de abordar el problema. Pero EE.UU, que es el principal emisor de contaminantes, no lo firma. Tampoco lo firman los países emergentes. El Protocolo de Kioto termina en 2012 y la pregunta es, ¿y ahora qué? Los jefes de Estado, reunidos en Bali (Indonesia) en el 2007, acuerdan negociar durante dos años para llegar a un acuerdo global. El acuerdo de Copenhague tenía el objetivo de dar continuidad al de Kioto. Pero Copenhague fracasa porque no sale un acuerdo vinculante, sino sólo una declaración política en la que lo único que se dice es que se reconoce que hay que darle solución a este tema, poniendo sobre la mesa los compromisos de reducción a que haya llegado cada país. Y esos compromisos se quedan muy cortos.

Entonces ¿ya no se trata sólo de China?

No. No sólo el problema fue China. Es más, China y los países emergente agrupados en una coalición BASIC (Brasil, Suráfrica, India y China) jugaron su papel en medio de la mediocridad y la falta de compromiso del resto. Fueron los emergentes los únicos que demostraron voluntad de avanzar y de reducir emisiones. En cambio, EEUU, responsable del 30% de las emisiones, no quiere moverse. Su responsabilidad es muy grande. Porque se esperaba que Obama, al recibir el Nobel, diera un paso adelante en este tema, Y, al no producirse, es cuando se empieza a derruir el castillo de naipes de Copenhague. Tampoco se mueve la UE. La causa del fracaso está en que todo el mundo está mirando a ver qué hace el otro, es decir, todos están más preocupados por sus intereses industriales que por enfrentar el cambio climático. Un rotativo titulaba así el resultado de la Cumbre de Copenhague: “más miedo al acuerdo que al cambio climático”.

En concreto, ¿en qué consiste realmente el cambio climático?, ¿cuáles son los elementos esenciales a tener en cuenta?

El problema es muy sencillo. El ciclo del carbono está alterado y emitimos más carbono que el que la naturaleza puede absorber. Esto hace que se esté acumulando cada vez más carbono en la atmósfera y las temperaturas se estén incrementando por el aumento del efecto invernadero. Éste es un efecto natural que permite que en la tierra haya vida porque es la retención de la radiación solar por la atmósfera. Pero en la medida en que la atmósfera se va densificando, por la retención de más gases, retiene más calor y produce ese calentamiento.

Las consecuencias las estamos notando. Alguien habla ya de “la venganza de la naturaleza” por la acumulación de efectos no conocidos antes, al menos de la misma forma: mayor cantidad de lluvia en los últimos años, mayor sequía, etcétera. Lo cual es un pequeño adelanto de lo que puede ser un cambio verdaderamente catastrófico. Además, la mayor incidencia se va a cebar otra vez en los más desfavorecidos, porque son los que están menos preparados para hacer frente a este tipo de catástrofes naturales.

Esto es en síntesis el problema del cambio climático. Digamos que es en realidad sólo un síntoma del impacto que la actividad humana está teniendo sobre el planeta. Es la alteración de los ciclos naturales y el modo de reajustarse que hace el planeta ante esas alteraciones.

Ante esta situación, ¿se están dando alternativas de gestión de la tierra fuera de la civilización industrial-capitalista? Y en caso afirmativo, ¿qué importancia están teniendo las sabidurías tradicionales ante el reto del cambio climático?

Hablando de la hipótesis Gaia de Lovelock que la tierra funciona como un organismo vivo, alguien la presentaba como una novedad. Un asiático, presente, dijo: “bueno, eso será nuevo para vosotros, nosotros ya llevamos hablando de eso desde hace mucho tiempo”.

La civilización occidental se ha ido alejando mucho de la naturaleza. El volver a mirar cómo integrar nuestras actividades en el entorno natural es uno de nuestros retos. Tenemos muchas cosas que aprender de las culturas que han mantenido mayor cercanía a la naturaleza en muchos aspectos, sobre todo en la producción agrícola. Hoy día se está volviendo a la agricultura ecológica, que empieza a ser cada día una alternativa más sólida.

Un caso muy visual es el tema de las basuras, de los residuos. En la naturaleza no hay basuras porque todo es utilizable. Nuestro comportamiento debería imitar en esto a la naturaleza. Hay muchos elementos aprovechables en ella de los que debemos aprender.

La lógica de la producción industrial capitalista todo lo avasalla. Sin embargo, las energías renovables van teniendo cada día más consistencia y se presentan como una alternativa global. Amayuelas, por ejemplo, uno piensa que eso es lo que tendría que ser. Pero es una pequeña isla. Tiene incidencia, ¿pero qué peso representa en la conciencia general?

Es cierto que se ha avanzado mucho en la conciencia. Mucha gente sabe que lo que estamos haciendo no augura precisamente gran optimismo. Pero lo que a nosotros nos preocupa es que no se está dando el paso a la acción. Eso es lo que queríamos manifestar con nuestra pancarta “los líderes actúan”. Falta liderazgo en este sentido. Se hacen pequeñas cosas: las energías renovables, la agricultura ecológica, etcétera, pero la clase política sigue estando más cercana a los intereses de las corporaciones que a las alternativas de cambio. La semilla está sembrada en la tierra, pero le está costando mucho brotar.

¿Qué representa Greenpeace en la lucha contra el cambio climático? ¿Quiénes sois en el mundo, en España? ¿Cuál es, en lo fundamental, vuestro programa?

Es una organización internacional que nace en el año 1971 con unos principios que aún mantenemos, como, en primer lugar, la independencia política y económica. Sólo nos mantenemos con las cuotas de nuestros asociados. En segundo lugar, la globalidad, es decir, aspiramos a esa relación íntima entre el hombre y su entorno. Y finalmente, la utilización de la acción no violenta, o no violencia activa, como forma de llamar la atención sobre los problemas ambientales.

En el mundo tenemos unos tres millones de asociados y muchos más simpatizantes. Y en España somos más de cien mil. Toda esta gente apoya los valores específicos de Greenpeace: el pacifismo (lo que no significa que no seamos activos), el ecologismo (luchamos por una nueva relación entre el hombre y el entorno), somos activistas y buscamos la implicación de las personas en la lucha por el medio ambiente.

¿Cuál es nuestro programa? Pues, aunque nuestra lucha ha estado muy vinculada a los océanos, ahora mismo estamos haciendo un mayor esfuerzo en el cambio del paradigma energético. Creemos que la raíz de los problemas a los que nos enfrentamos hoy día está en la revolución industrial, cuando empezamos a quemar masivamente combustibles fósiles, carbón y petróleo. Y, por tanto, solo un cambio del paradigma energético puede sacarnos de la crisis ambiental. En este sentido, denunciamos las energías sucias, también las falsas soluciones como la energía nuclear, el almacenamiento de carbono, etcétera. Y promovemos las energías renovables. A esto es a lo que estamos dedicando actualmente nuestra energía y nuestros recursos.

Has tocado un tema de rabiosa actualidad, la energía nuclear. ¿Qué posición mantenéis vosotros ante la nueva apuesta por la “energía nuclear” y los cementerios de residuos nucleares (el debatido ATC)?

Existe un impulso mediático para volver a la energía nuclear. Esto no se puede ignorar. Los presuntos avances aún no se han dado. La energía nuclear sigue siendo lo que fue desde sus comienzos. No ha resuelto sus problemas originales, como son los residuos radiactivos. Hablan de transmutación, es decir, que los residuos podrán ser en el futuro aprovechados. Pero eso actualmente no existe. Es una teoría. La realidad es que los residuos están actualmente ahí y que no se sabe qué hacer con ellos. El actual debate sobre los cementerios nucleares lo está poniendo de manifiesto.

Para nosotros la energía nuclear es fundamentalmente una estafa. Además de los problemas de seguridad y los generados por los residuos radiactivos y de su alto coste, si analizamos el ciclo nuclear en España, lo que aparece es que en los años 80 cuando el gobierno socialista decide la “moratoria nuclear” lo hace no por una convicción antinuclear, sino porque las empresas eléctricas españolas se habían metido en una deuda de tal calibre que ya no podían continuar con los proyectos nucleares. Ante esta dificultad, el gobierno dice: bueno, racionalizad estos proyectos y desde el gobierno os ayudamos a pagar la deuda nuclear. Así, a través de la tarifa eléctrica, durante 25 años hemos estado pagando la deuda nuclear de las empresas eléctricas. Una vez amortizadas, el beneficio se lo han quedado las centrales eléctricas. Por eso las nucleares de ahora dicen, que el kilovatio es más barato. Claro, porque ya lo hemos amortizado entre todos y ahora el beneficio que produce el kilovatio es prácticamente limpio para las eléctricas.

Pero hemos llegado ahora al final de la fiesta. Y las centrales eléctricas vuelven a pedir auxilio a la sociedad para meter los residuos, es decir, que nos hagamos cargo de una herencia que se va a quedar con nosotros durante miles de años, un coste imposible de cuantificar porque no se sabe cómo van a evolucionar esos residuos en los próximos 10.000 años. Para hacernos una idea, si el hombre de Altamira hubiera tenido centrales nucleares, todavía hoy tendríamos cementerios nucleares creados por él.

Otro tema que con la crisis está cobrando mayor relieve entre los defensores de una economía alternativa es el “decrecimiento”. Una buena gestión de la tierra ¿implica, según vosotros, la exigencia del “decrecimiento”?

Globalmente no hemos entrado en esa discusión. Pero digamos que el sistema se apoya sobre la base de un crecimiento continuado y sobre una base física que es química. Por eso, o bien lo paramos de alguna manera o colapsa. Hasta ahora existen determinados parámetros que hemos considerado como medios del desarrollo y no deben serlo. Por ejemplo, el aumento en el consumo de energía, el aumento en la generación de residuos, o del consumo de recursos. Todo esto se sigue considerando como progreso. Esto hay que cambiarlo. Porque es más progreso generar menos residuos.

El decrecimiento lo entiendo como una forma alternativa de progreso. Y esto es necesario porque, si pretendiéramos equiparar las emisiones que hace el europeo o el americano medio las que hace del africano u oriental medio el planeta no lo aguantaría. Luego tenemos que reducir nuestras emisiones.

Pero parece que hay poca voluntad política…

Bueno, lo que la gente quiere son los servicios que le dan calidad de vida. Que esto se consiga de forma distinta a como se está haciendo, no tiene por qué tener impacto negativo sobre el ciudadano. Muchos estudios demuestran que no hay una relación entre el nivel de consumo y la felicidad. Por eso, podemos vivir con la misma calidad de vida, ser igual de felices, consumiendo menos. Pero, ciertamente, es más complicado para quienes tienen que tomar las decisiones, que son los políticos.

Según las expediciones realizadas en el marco del API (Año Polar Internacional 2007- 2008) el calentamiento global en las regiones polares (Groenlandia y la Atlántida) se ha incrementado hasta el punto de que los polos están perdiendo masa y se está elevando el nivel del mar. ¿Estamos aún a tiempo y en camino de evitar el calentamiento medio de la tierra hasta los 2°C, umbral más allá del cual peligra la vida?

Es difícil porque lo que se ha emitido ya está ahí y lo estará durante bastante tiempo. Lo que la gente no es consciente es de que el CO2 que emitimos a la atmósfera va a permanecer durante mucho tiempo. Y, por tanto, ya se ha hecho el daño.

No obstante, yo creo que sí estamos a tiempo, pero no estamos en camino. Y aquí el tiempo es importante. Cada año que se pierde, necesitaremos hacer un esfuerzo mayor para reducir los efectos negativos. Lo que nos dice el IPCC (organismo de las Naciones Unidas para el Cambio Climático) es que, a partir del año 2015, para llegar a tiempo, las emisiones globales deberían llegar a bajar de manera sistemática. Y no vemos que se esté avanzando por ese camino. Creo que estamos perdiendo el tiempo.

Además de Chico Mendes (premio Global 500 de la ONU y asesinado en 1988), de la hermana Dorothy Stang (representante popular, defensora de un Desarrollo Sostenible de la Amazonia y asesinada), del obispo Fray Luiz Carpio (dos huelgas de hambre contra el trasvase del río San Francisco), ¿quiénes son hoy día los testigos más representativos de la lucha contra el cambio climático?

Este asunto de los referentes es muy relevante. Personalmente a mí me influenció mucho la lectura del libro sobre Chico Mendes de Javier Moro, “Senderos de Libertad”. Un libro magnífico, que yo no me canso de recomendar. Hay mucha gente trabajando en esa dirección.

¿Qué piensas de Al Gore?

No tengo un juicio ni tan peyorativo como algunos ni tampoco tan positivo como otros. Me quedo en aguas intermedias. Al Gore ni es el diablo, ni tampoco un ángel. Después de perder las elecciones a la presidencia de EEUU, centra su discurso sobre estos temas precisamente en EEUU donde lo predominante es un discurso negacionista. Por eso tiene su valor. Y hay que valorarlo allí precisamente, aunque, para los europeos, su forma sea poco entendible. Creo que es un fenómeno americano para los americanos. Ahí es donde hay que valorarlo.

¿Y qué representa el negacionismo de Aznar y de todo ese grupo que cuenta con medios tan poderosos?

Sí, es un discurso que tiene detrás mucho dinero. Como dijo alguien, “los negacionistas del cambio climático perdieron el debate científico, perdieron el debate político, perdieron el debate moral, pero tienen las maletas llenas de dinero”. Esto los define muy bien. Cuando se pregunta desde la ciencia si es el ser humano el causante del cambio climático o si la actividad humana tiene un impacto significativo sobre el mismo, el 60% de la opinión mundial, según encuesta de Gallup de 2008, responde afirmativamente. Y cuando se hacen las mismas preguntas a los climatólogos que están investigando el tema, la respuesta afirmativa sube hasta el 97,5%. Es decir, en el campo científico específico del clima, la unanimidad es casi total.

Entonces el peso que tiene ese discurso tipo Aznar en los medios de comunicación y su influencia sobre la opinión pública no es equiparable al que tiene en los resultados científicos. En este campo, nadie serio lo niega. Es para pensar el peso que tiene el dinero sobre la opinión pública. Se trata de esconder la cabeza como el avestruz y pensar que aquí no pasa nada. Eso mismo nos pasa con cualquier otra realidad que nos incomoda, como el hambre, por ejemplo. Nos resulta más fácil decir que los africanos son unos vagos o unos corruptos que asumir el papel de la injusticia en este tema…

Sin embargo hay cierta preocupación ante lo que está pasando en la tierra en estos días. Me vino el hijo de unos amigos para decirme: me dijo mi madre que “a ver si haces algo porque esto tiene muy mala pinta”.

¿Qué piensas de la postura de la Iglesia católica sobre este tema? ¿La consideras digna heredera de San Francisco de Asís?, ¿y en los movimientos socio-ecologistas?

No. La Iglesia, en todo esto es una voz ausente. Me refiero a la Iglesia oficial, porque también hay muchos religiosos que, en lugares de conflicto, asumen valientemente un liderazgo a favor de los indígenas. En el Amazonas, por ejemplo, hay muchos casos como el de Casaldáliga en Sao Félix do Araguaia, Brasil, o Leonardo Boff a nivel mundial. Pero la Iglesia oficial, con el peso que hubiera tenido en una Cumbre como la de Copenhague, no está en estas batallas… y se echa de menos.

¿Conoces la propuesta de Boff/D’Escoto sobre declarar la Tierra y la Humanidad “bienes comunes” y, como tales, globalmente protegidos?

No la conozco, pero son principios que nosotros compartimos. A veces se nos acusa de proteger sólo a las ballenas. No, nosotros, lo que pretendemos es salvar la humanidad. Porque en la tierra va a continuar, sin duda, la vida, de eso no nos cabe duda. Pero el problema es qué tipo de vida va a continuar. Qué especies van a poder adaptarse y cuáles no. Finalmente, nuestro trabajo es para salvar a la humanidad. Estamos, pues, en la misma línea.