Nicolás Castellanos

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
 
¿Quién es Nicolás Castellanos?

1935: Nace en Mansilla del Páramo (León). _ 1953: Religioso agustino. _ 1959: Sacerdote. _ 1973: Provincial de los agustinos. _ 1978: Obispo de Palencia. _ 1991: Renuncia a la diócesis de Palencia. _ Marcha como misionero a los barrios pobres de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) _ Crea y preside la Fundación Hombres Nuevos, con y para las poblaciones más desfavorecidas, con el objetivo de erradicar la injusticia y la pobreza que:

- Cuenta con la ayuda de diversos Organismos (Autonomías, Diputaciones, Ayuntamientos, Empresas,…).

- Y gestiona: _ + Más de 100 colegios. _ + Concede becas a 500 universitarios. _ + 1 hospital. _ + 5 comedores infantiles. _ + 2 centros de día para niños trabajadores. _ + 1 hogar para invidentes. _ + 1 vivero de microempresas. _ + Etc.

En 1998 es galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. _ En 2002, la Comunidad de Castilla y León le concede el premio Valores Humanos. _ En 2006, el Gobierno español de Rodríguez Zapatero le otorga la Medalla de Oro al Trabajo.

ALGUNOS LIBROS PUBLICADOS _ – Utopía y Realidad, Hombres Nuevos // PPC, 2001, 2ª Edición. _ – Memoria, Profecía y Liberación hacia el Reino. // Paulinas, 2007. _ – Ser cristiano en el Norte, con el Sur al fondo // PPC, 2011, 2ª Edición. _ – Resistencia, Profecía y Utopía en la Iglesia hoy // Herder– Religión Digital, 2012. _ – Año de la Fe: Creyentes Nuevos, Convertidos // Verbo Divino, 2012. _ – Iniciación al Concilio Vaticano II // Verbo Divino, 2013-04-25.

¿Qué te movió, Nicolás, a hacer la renuncia a la diócesis de Palencia?

Llegó cierto momento en que mi amistad con Jesús me llevó a poner en la práctica lo que siempre había predicado: LA OPCIÓN POR LOS POBRES. Además pesaba en mí el imperativo cordial de Agustín de Hipona: “Sólo preside el que sirve”. No me veía de pastor–obispo, siendo mayor. Mi renuncia a obispo de Palencia es un paso más en mi itinerario, como persona humana, creyente, agustino–sacerdote–obispo. Un paso lógico, progresivo, consecuente con mi pasión por Jesús y pasión por la justicia en el mundo.

Desde 1992 estás en Bolivia (Santa Cruz de la Sierra). ¿Qué has encontrado en esta etapa que no tuvieras en la anterior?

La fe, en donde quiera que se practique, multiplica, enriquece, es un plus, una luz y visión nuevas. Lo mismo en el NORTE, paralizado por la cultura del miedo y de la insolidaridad, que en el SUR, que se desangra entre pobrezas, corrupción, injusticias, desigualdades, narcotráfico. Dios siempre añade, fortalece, pone gracia, nos hace agraciados, mujeres y hombres nuevos, sea en la realidad de pastor o de misionero entre los pobres.

Me sentí feliz de pastor en Palencia y soy dichoso en este barrio marginal del Plan 3000, en Santa Cruz de la Sierra, en el que el 60 % son pobres y el 40 % viven en la miseria. Allí y aquí todo es Don y todo es Gracia.

¿Qué ha supuesto para ti el haber compartido tu ministerio en dos situaciones tan diferentes?

Ha sido enriquecimiento y complementariedad de valores, de visiones, de mundos distintos, ambos con valores y contravalores.

Descubres que en el NORTE vivís bien porque en el SUR malvivimos. Nada más pisar América Latina te surgen dos preguntas: ¿Dónde dormirán esta noche los pobres? ¿Cuándo dejará la pobreza de ser la ignominia de la humanidad?

La pobreza ya no es un problema, sino el problema planetario de la humanidad. ¿Qué son los 38 millones de pobres de la Europa Comunitaria, comparado con los 1.000 millones que viven en condiciones de extrema pobreza? Este problema se resolvería si los países ricos dieran el 1% de su renta.

Desde mi situación, aportaría algunos retos que son deberes a cumplir: 1. Condonación de la deuda externa, “el rostro mortífero del sistema neoliberal”. 2. Apoyar la protección liberal de los países del SUR, que es practicar los derechos humanos, sobre todo, los derechos laborales y sindicales. 3. Creación de un fondo mundial contra la pobreza y de un sistema fiscal mundial del 1% del producto mundial y dedicarlo a la satisfacción de las cinco necesidades básicas: Alimentación, salud, agua potable, educación básica–erradicación del analfabetismo y la vivienda. 4. Reformar y democratizar las Naciones Unidas. 5. Supresión de los paraísos fiscales. 6. Cambio de las reglas del comercio internacional. 7. Pagar la deuda ecológica. 8. Suprimir toda violencia y empeñarse en la cultura de la Paz. 9. Justicia global y diálogo de civilizaciones. 10. Acabar con la corrupción y extorsión.

En tu nueva situación, ¿tiene algo que ver el Evangelio con las tareas culturales, sociales y políticas que manejas?

Por supuesto. Recuerdo a un amigo, Miguel, de Palencia, que había estado siete años en la cárcel, sólo por ser comunista, en tiempos de la dictadura, y me decía: “Estoy contigo, obispo Nicolás, los dos luchamos por el pueblo, tú desde Jesucristo y yo desde Marx, y lo hacemos como amigos”.

La primera exigencia es formar la conciencia social de los cristianos, que incluye el respeto a la persona humana y el servicio a los más pobres y marginados. Como Pueblo de Dios, podemos ayudar a rescatar proféticamente el ejercicio honesto de la política en beneficio del bien común, de los pobres, evitando caer en las simas de la corrupción. Un elemento esencial de toda evangelización es la promoción integral de TODO el hombre y de TODAS las mujeres y hombres. Entonces crear escuelas, hospitales, espacios para el tiempo libre forma parte del anuncio liberador de Jesús de Nazaret.

Tú eres hijo del concilio Vaticano II. ¿Cómo has vivido el inicio PRIMAVERAL que él supuso y la posterior involución programada por el pontificado de Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger?

Los que vivimos ese kairós, el Concilio Vaticano II, quedamos marcados y señalados en actitudes y comportamientos. Recuerdo que cuando me llamó el nuncio Luigi Dadaglio para comunicarme mi nombramiento de Pablo VI como obispo de Palencia, ante mi resistencia habitual, me dijo: “Pablo VI nombra obispos a presbíteros que hayan asimilado las coordenadas del Concilio Vaticano II”.

Lamentablemente en los últimos 35 años: “Se ha difundido la impresión de que el impulso conciliar se ha diluido y frenado en todas direcciones, la reforma litúrgica es mutilada en su horizonte de participación. La elección de los pastores es sustraída a cualquier tipo de implicación de los fieles. La responsabilidad de los obispos reunidos en las Conferencias Episcopales está circunscrita por todas partes, humillando tradiciones venerables y carismas que podían verificar las comunidades”. Así se expresa Giuseppe Alberigo, el mejor conocedor del Concilio Vaticano II.

¿La restauración paralizó e hizo retroceder en América Latina las propuestas y avances del Vaticano II, de Medellín…?

La gran intuición de la Iglesia en América Latina y el Caribe fue la gran Asamblea de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano, reunido en Medellín, en 1968, tres años después del Concilio Vaticano II; seguidas luego de Puebla, Santo Domingo, Aparecida. Allí asumen, disciernen e impulsan el camino pastoral y eclesiológico de Vaticano II, fieles al Espíritu Santo y fruto de su creatividad.

No se puede negar que ha habido muchas persecuciones, presiones, reprimendas, caminos cortados, documentos, como el de “Aparecida” aprobados por la colegialidad de los obispos de Latinoamérica, y sin embargo fueron corregidas y suprimidas algunas afirmaciones por parte de la Curia vaticana. No han faltado acosos a muchos teólogos latinoamericanos. Todo eso es cierto. Pero no hay camino teológico o teologal sin las huellas martiriales de la Cruz, como aconteció con Jesús de Nazaret.

“Medellín es el Pentecostés del Vaticano II en América”. Y Gustavo Gutiérrez señala: “Medellín fue una pronta y creativa recepción de la Asamblea conciliar”. Últimamente, Aparecida sigue la tradición profética de Medellín y nos deja oír la voz de nuestros obispos que nos invitan a ser cristianos y apóstoles con libertad, humildad, valentía y audacia en actitudes de hijos, samaritanos, y nunca esclavos.

¿A qué se debe la frecuente alianza de la Jerarquía con el poder y la derecha?

¿Se da una política que se pueda definir químicamente pura y sobre todo en una política liberadora?

Hoy tenemos tres propuestas:

Primera, la Iglesia tiene que aceptar la autonomía de los poderes temporales y someterse a ellos (Concilio Vaticano II);en consecuencia, hay que ir construyendo una nueva convivencia ciudadana teniendo bien claros los conceptos de laicidad, laicismo, estado laico y también el modo de estar y de actuar de la Iglesia en una sociedad democrática, laica, pluralista.

Segunda, la Iglesia, aunque ya no ejerza roles en la política, puede jugar un gran papel en la democracia. Tiene tarea en los mismos límites de la democracia, toca temas de valores, de sentido, al tomar decisiones en políticas sociales.

No basta la ingeniería social para resolver los casos de soledad de los ancianos, enfermos de sida. Las tradiciones religiosas son las que aportan esa sensibilidad y motivación para la solidaridad, honestidad, generosidad, desprendimiento, gratuidad. Deben saber los políticos y los laicismos excluyentes que la sola política no produce los valores que sostienen la misma democracia: responsabilidad, solidaridad, ética, participación… El estado neutral no ofrece visiones últimas, deja un vacío, y ahí la religión puede aportar algo con su sentido último y totalizante.

Nuestros responsables eclesiales deberían ser los que mejor cuiden de este potencial político ciudadano y los políticos no ignorarlo. Una laicidad ilustrada y responsable sabe que tiene en la Iglesia una aliada para forjar una democracia adulta y madura. Es falso que el estado laico sea ateo o esté en contra de la religión. Eso sería una perversión de la laicidad. Otra cosa es el laicismo, que llamamos excluyente, porque es beligerante, marginador y agresivo.

Por otra parte, la Iglesia tiene que respetar el Estado, sin pedir privilegios, ni mantener controles morales en una sociedad laica y democrática. Siempre existen cuestiones fronterizas, que pueden crear conflictos. No queda más remedio que llegar a un entendimiento sabio entre la Iglesia y el Estado.

Tercera, la Iglesia debe saber estar en la sociedad civil. Ya no tiene poder para intervenir en una sociedad democrática y pluralista, pero sí tiene muchas posibilidades en capacidad educativa en valores, en cuestiones de sentido, de derechos humanos, del cuidado de la naturaleza, de las causas de las justicias y atención a las personas más vulnerables.

Pero es muy importante y decisivo el modo como lo haga: de forma democrática, de igual a igual, ofreciendo y no imponiendo, desde la racionalidad, tolerancia y bondad del corazón.

La sociedad civil tiene un papel emergente. Y en ese terreno debe “jugar” el cristianismo. Si quiere mantenerse lúcido tiene que desembarazarse del mercado y del Estado y “jugar” en la sociedad civil emergente, con libertad y para la justicia; solo así es posible la fraternidad cristiana y solo así es “significativo” lo “diferencial cristiano”.

¿Estarías de acuerdo con Casaldáliga en traansferir del centro eclesial a la periferia el 70 % de las cuestiones?

Por supuesto. Se trata de un imperativo teológico, pastoral y sociológico, que nace de la eclesiología de comunión y del principio inspirador de la colegialidad. Además del Concilio, deberíamos recuperar el gesto asambleario en la Iglesia, que fue normal en los primeros siglos de la comunidad cristiana. “Lo que es de todos, tiene que ser resuelto por todos”, del Derecho Romano que pusieron en práctica hasta los papas medievales más autoritarios, Inocencio III, Gregorio VIII.

Llevado a la práctica este principio deberíamos llegar en la Iglesia a constituir LA ASAMBLEA DE TODO EL PUEBLO DE DIOS, con participación de todos. No hablo de memoria. Así lo practiqué en mis años de obispo de Palencia, con reconocimiento de todos. En “Hombres Nuevos” defendemos que hay que establecer puentes no del centro a la periferia, sino de la periferia al centro.

Hoy la Iglesia no tiene que aparecer excesivamente jerarquizada, clericalizada y centralizadora. Resulta más pedagógico no imponer, sino más bien proponer cambios de estructuras, como pide reiteradamente el documento de “Aparecida”, desarrollar otras formas para devolver el protagonismo a los laicos, a la mujer, a los jóvenes, a los movimientos sociales. Sigue vigente el símbolo Juan XXIII de abrir ventanas, porque la Iglesia huele a viejo.

¿Qué REFORMAS debieran ahora impulsarse bajo la inspiración del Papa Francisco?

Repaso y sugiero algunas de mayor calado.

- Retomar y aplicar el Concilio Vaticano II: el retorno a las fuentes, la eclesiología de comunión, mayor énfasis en el protagonismo de los laicos, que la mujer pueda intervenir a la hora de tomar decisiones en la Iglesia.

- Recuperar la preocupación de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II de dialogar con el mundo, “coger al mundo en su carrera”. Y en este diálogo con el mundo, hacer un discernimiento sobre los nuevos signos de los tiempos: la descentralización del poder, el ecumenismo, el diálogo interreligioso, la escasez de vocaciones sacerdotales, religiosas, de compromiso laical, servicio de la comunidad cristiana en el mundo moderno, ¿y de la parroquia, qué?

- Desde el Concilio Vaticano II tenemos pendiente responder a esta pregunta: ¿Iglesia, qué dices de Dios? La cuestión de Dios tiene que pasar a primer plano. Y la respuesta tiene que ser colegial desde toda la geografía eclesial.

- La Iglesia debe, en opinión de muchos, hacer una hermenéutica integral del kerigma cristiano, desde el logos de la modernidad.

- Desde el SUR estimo que un capítulo fundamental de la agenda pastoral y social del nuevo sucesor de Pedro tiene que ser la JUSTICIA EN EL MUNDO y el PROBLEMA PLANETARIO DE LA POBREZA, IGNOMINIA DE LA HUMANIDAD.

- Como pastor, al obispo de Roma le puede la “Salus animarum”, que empieza con la promoción integral, desde ahora y desde aquí, de TODO el hombre y de TODAS las mujeres y hombres y culmina en el cielo.

- Como pastor bueno y samaritano se pregunta todas las noches: ¿Dónde van a dormir los pobres en esta excluyente civilización? Y no puede menos de reafirmar la opción preferencial por los pobres.

- Será crítico con la economía globalizada del mercado, con la violación de los derechos humanos y defensor del 75% de empobrecidos y excluidos. Todo esto exige ser audaz y valiente como María de Nazaret en el Magníficat.

- Debe pesar más su densidad de pastor que la burocracia de la Curia imponiendo un poder centralizador. Se espera que sea el obispo de Roma, en colegialidad con todos los obispos del mundo, que también son sucesores de los apóstoles.

- Hoy, que se habla de la muerte de las utopías y el fin de la historia, es la gran oportunidad de presentar la oferta gratuita no impuesta de la utopía de Jesús, la mística del Evangelio, libro abierto a la vida, a la personalización y a la más exquisita humanización, alma de esta sociedad de tecnologías punta.

No puede faltar en su agenda promover un ecumenismo real desde las bases eclesiales y en la cúspide, en donde se dé un real diálogo de escucha, compartir y decidir juntos. El diálogo con las grandes religiones pueden servir de antídoto a algunos fundamentalismos reinantes.

Un papa libre, en fidelidad al Evangelio, en esta sociedad cambiante no puede acosar a los teólogos sino instaurar un diálogo y comunión dialéctica, entrañable, crítica y profética. Los jóvenes de hoy le piden que preste atención a los cambios radicales y permanentes de la sociedad para que no se desenganchen de la Iglesia.

En el inicio de su itinerario apostólico tras las huellas de Pedro sería bueno recordar aquel axioma del gran teólogo y cardenal, Y. Congar: “La labor reformadora nace del amor a la Iglesia”.

¿Para cuándo la investigación interdisciplinar en el campo de la bioética, de la familia, de la moral sexual? ¿Por qué sobre estos temas (igualdad de la mujer, lo masculino y lo femenino, homosexualidad, aborto, divorciados dentro de la Iglesia), la Jerarquía impone un pensamiento uniforme al margen de la cultura y paradigmas actuales y se aleja de la ciencia?

El cambio cultural, introducido por la modernidad está reclamando una actualización, iniciada en el Concilio Vaticano II, tanto en la antropología como en la teología, pastoral y praxis pastoral. Las referencias tanto a la Sagrada Escritura como a las ciencias antropológicas son el gran motor de la renovación de la moral sexual.

En los temas de la sexualidad, de género, no podemos seguir anclados en el discurso medieval. Hoy existe una fuerte crisis de la moral sexual cristiana, que está pidiendo un replanteamiento serio y profundo del sentido de la sexualidad y de las normas sexuales. Se espera haya un momento de renovación. Sorprende que la voz ofiecial de la Iglesia se muestre “progresista” en moral social y en cambio, “conservadora” en cuestiones de bioética y moral sexual.

Se espera que el aire renovador del sucesor de Pedro, Francisco, aborde estos temas relacionados con la sexualidad, el tema de los divorciados, presbíteros casados, que lo podían ser aquellos “viri probati”, que durante años han acompañado a la comunidad en la fe, todo menos en celebrar la eucaristía y el sacramento de la reconciliación.

Creo, con Marciano Vidal, que “se puede explicitar en una apretada síntesis, ahora teológicamente, la cosmovisión cristiana de la sexualidad humana, con un conjunto de orientaciones, que constituirían los ‘puntos firmes’ de la visión cristiana sobre la sexualidad”.

Los responsables de la Iglesia no deben estar encerrados sobre sí mismos, sino como los profetas pensar más allá de su propia institución; tienen que “atreverse a pensar”, hablar con libertad, ser voz crítica en la Iglesia. Su fidelidad creativa no les impida hacer preguntas.

¿Cómo ves el resurgir emancipatorio de muchos países latinoamericanos?

Existen muchos signos de esperanzas y de preocupación. Resulta altamente significativo que los indígenas, las culturas originarias, se levanten y adquieran protagonismo esos pueblos y los movimientos sociales recuperen su lugar en la historia.

El objetivo hoy apunta hacia una América Latina y Caribeña unida, reconciliada e integrada; la casa común habitada por un complejo mestizaje y una pluralidad étnica y cultural. Se trata de un proceso lento, que exige mucho discernimiento entre todos, diálogo, escucha, sentarse juntos en la mesa, sin querer imponer tu visión política. Tienen que prevalecer lo que decía Aparecida: “Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos”. Somos la patria grande, pero no llegaremos a serlo del todo hasta que la justicia social llegue a todos los pueblos.

La Iglesia goza de credibilidad en América Latina y el Caribe por tradición y, sobre todo, desde Medellín, ha sido morada de todos los pueblos, la casa de los pobres, sin discriminaciones ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social o pertenencia nacional.

La Iglesia está presente en ese proceso de integración. Pese a muchas ambigüedades políticas, sociales, económicas, la iglesia sigue al pie del pueblo, de los excluidos y empobrecidos, proclamando la justicia social, las libertades, el estado de derecho y la opción por los pobres, hasta derramar su sangre por ellos.

En Bolivia la Iglesia es la institución junto con los Medios de Comunicación que goza de mayor credibilidad.

DIEGO CAÑAMERO

Benjamín Forcano

Éxodo 117 (en.-feb) 2013
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Diego, me alegra mucho poder estar contigo. En los últimos meses, vosotros habéis aparecido mucho en los medios públicos. Bastante gente os descubría por primera vez, como si hubierais surgido de repente. No todos saben de dónde viene Diego Cañamero. ¿Podrías introducirnos un poco en tu inicial biografía para entenderte mejor hoy?

La verdad es que nosotros nacimos, como movimiento, en la década de los 70, es decir, en el año 74-75. Yo recuerdo que tendría 16 años y un grupo de gente de los diferentes pueblos de Andalucía empezamos a conectar unos con otros para analizar la situación que estábamos viviendo. Entre ellos recuerdo perfectamente a nuestro gran amigo Diamantino García. De esas inquietudes que teníamos en los pueblos, gente joven y no tan jóvenes, surgió el Sindicato Obrero del Campo. Nuestro sindicato nace el 1 de agosto del año 76, en Antequera, Málaga y allí nos reunimos 87 representaciones de 87 pueblos.

En aquella época casi todo estaba ilegalizado. Fue entonces cuando comenzamos a dar movida al Sindicato. Su primer congreso se celebró en Morón de la Frontera, en septiembre de 77. En el 78 comenzamos a ocupar la primera finca.

¿Y cuál era esa situación que os movió a uniros y movilizaros?

Nosotros surgimos fundamentalmente al calor del paro de Andalucía, ¡de la situación de miseria de Andalucía! Andalucía tiene dos millones de personas que se fueron de aquí, de una de las tierras más ricas de Europa y se fueron muchos de noche, ¡en esos trenes terribles de la emigración!, buscando Despeñaperros, buscando algún lugar donde ganarse un trozo de pan.

Esos dos millones de personas se fueron hacia el interior de España: Norte y Centro, Cataluña, Valencia, Madrid y también a Europa: Alemania, Francia, Holanda, Bélgica. Las gentes se fueron porque en Andalucía se les negaba esas posibilidades de vivir dignamente, en una de las tierras, repito, más ricas de Europa.

Andalucía tiene ochenta y siete mil kilómetros cuadrados, ocho millones doscientos mil habitantes, representamos el 17% del territorio del Estado español y el 18 % de sus habitantes, tenemos más de mil kilómetros de costa, las mejores de la península; tenemos una agricultura en la que se puede cultivar casi de todo, pasando por cultivos tropicales: chirimoya, aguacate, banana, arroz, cítricos, etc. Tenemos las llanuras más importantes de toda España, que son el triángulo de Rota, Chipiona, Sanlúcar de Barrameda…; tenemos yacimientos mineros y tenemos material humano envidiable, un material humano dispuesto a trabajar en cualquier lugar del mundo.

Un cuadro muy distinto del que pintan algunos políticos…

Algunos políticos intentan desprestigiar al pueblo andaluz, diciendo que aquí la gente no queremos trabajar, porque nos gusta el chiste de Lepe, nos gusta el Rocío y la Feria, pero que no nos gusta trabajar… Fue el señor Durán i Lleida quien dijo que “mientras a los agricultores catalanes se les quedan las cosechas en el campo, en Andalucía los jornaleros cobran el PER y se van al bar”. Al señor Durán hay que contestarle que en Cataluña hay un millón de andaluces, que se fueron a trabajar su tierra, que le hemos ayudado a levantar ese territorio con nuestras manos y nuestro sudor y con esa emigración terrible. Tendría el señor Durán que pedir disculpas por sus desafortunadas palabras.

¿Qué importancia le habéis dado a la reforma agraria en vuestra lucha?

Desde el principio entendimos que el tema capital de nuestra lucha era la reforma agraria. A partir del año 78 empezamos a ocupar la primera finca, pública y privada, defendiendo una reforma agraria no al estilo tradicional, sino apuntando a que la tierra no puede estar en manos privadas de los grandes latifundios. Tiene que ser pública, la tierra no tiene por qué tener dueño. La tierra igual que el agua, la luz, el aire son dones de la naturaleza o dones de Dios, para los creyentes. Por lo tanto, tiene que estar al servicio del ser humano, de las personas.

Y eso es lo que nosotros empezamos a defender en Andalucía, una reforma agraria que estuviera en manos del pueblo para dinamizar la economía de toda esta tierra. Y digo que no – sotros a lo largo de todo este tiempo, como Sindicato Obrero del Campo, hemos luchado por el medio ambiente, por una política agraria comunitaria que favorezca la mano de obra, el respeto a la naturaleza y la defensa de los campesinos.

Durante todo este tiempo hemos luchado por las viviendas, por la paz en contra de la guerra injusta. Hemos hecho una actividad sindical y puesto en marcha un movimiento social que nos ha consagrado en el campo como el sindicato mayoritario, a pesar de que nunca nos hemos presentado a ningunas elecciones sindicales. Somos sindicato mayoritario en Andalucía.

Y en toda esa lucha hemos conseguido frutos importantes, no los que nos hubiera gustado, pero sí frutos importantes. Hemos conseguido cooperativas importantes como la que está en Marinaleda, de mil doscientas hectáreas, donde hay veces que trabajan cuatrocientas personas; o la que tenemos en la parte de Antequera, o en Sierra Yegua, o en Pedrera o en Puerto Serrano o en el Bosque o en Lebrija… Cooperativas que hemos conseguido con nuestro sudor y esfuerzo.

¿Y el PER qué papel juega en toda esta vuestra lucha?

Un papel muy importante. Sin este sindicato no hubiera sido posible, pues no está en otros lugares de España, solamente en Extremadura y Andalucía tenemos este derecho por el que hemos peleado.

Andalucía tiene el ochenta por ciento de todas las cartillas agrícolas, de todos los jornaleros de España, tenemos quinientos trece mil jornaleros en Andalucía con cartillas agrícolas, el 1% es fijo y el 99% es eventual. Bastan las 20 o 30 peonadas para poder tener derecho al subsidio de la renta agraria, reivindicado una y otra vez hasta que nos lo dieron.

¿Vuestro sindicato ha ido evolucionando?

Hemos tratado de darle más vida. A partir del 2007 el Sindicato Obrero del Campo, el SOC, pasó al SAT, al Sindicato Andaluz de Trabajadores. Porque había que darle cobertura a todo el movimiento obrero, que no solamente fueran del campo y porque nos lo estaban pidiendo. Muchos sectores de la población nos decían que por qué no nos convertíamos en un sindicato donde pudieran estar los funcionarios, los trabajadores de la industria, cualquier sector de la producción. Y por eso le dimos vida en el año 2007.

¿En el origen y en ese avance de los sindicatos tuvo algo que ver Diamantino?

Diamantino no sólo tuvo mucho que ver, fue parte fundamental de este sindicato, donde nos hemos educado con la cultura y el espíritu que él introdujo, su comportamiento, su honestidad, su solidaridad, su forma de ser dejó una huella imborrable en este sindicato. Sin Diamantino, este sindicato no sería lo que es hoy. Su testimonio, el de un cristiano de base de verdad, el de un creyente de verdad, impulsor de las ideas de Cristo, dejó una huella en el sindicato muy profunda. Todos los dirigentes del sindicato tienen una parte fundamental de esa doctrina.

¿El sindicato como movimiento político de qué se alimenta?

Diamantino impulsó eso de “los primeros en el sacrificio, los últimos en el beneficio” . El que venga a este sindicato que no venga a por nada, no se va a llevar nada, que venga a aportar todo lo que él sabe, todo su esfuerzo, su cultura, al servicio de los trabajadores. Diamantino fue fundamental y de hecho este sindicato tiene, además de una corriente nacionalista, marxista y anarquista, otra cristiana muy fuerte. Esas cuatro corrientes conviven perfectamente, nunca hemos tenido ningún problema, ninguna división interna, porque son un complemento, se integran y eso le ha dado cuerpo a lo que es el sindicato hoy.

¿Qué ha supuesto para ti la resonancia mediática que, en los últimos meses, ha tenido en toda España el impacto de ciertas acciones vuestras; ocupaciones, marchas y otros gestos públicos?

Nosotros hemos aprendido mucho de todos los acontecimientos, pero sentimos un poco de tristeza, porque lo que llevamos reivindicando desde hace 30 años, hace solamente un mes ha salido a la luz pública, con una fuerza terrible, es cierto, pero también con el intento de desvirtuar nuestra lucha y criminalizar nuestras acciones.

El tema de los supermercados no era ni más ni menos que una acción simbólica para denunciar que en Andalucía hay 400.000 familias con todos los miembros en paro, más de 350.000 familias en que ninguno de sus miembros está cobrando absolutamente nada, para denunciar que hay colas de gente en Caritas, en la Cruz Roja, pidiendo para comer, gente en los servicios sociales, en los sindicatos, en los pueblos, gentes que han vuelto al espárrago, al conejo, a la caza furtiva, a depender de sus padres, gentes que cobran míseras pensiones. ¡Queríamos denunciar eso!

Y lo denunciábamos sustrayendo 10 o 20 carros de artículos de primera necesidad. Y se nos acusa de estar haciendo un asalto, robo. Nosotros no fuimos a robar, porque los que roban evidentemente son otros, que viven en los despachos y pisan la alfombra roja y nunca están en la cárcel, nunca están procesados. ¡Esos son los que roban! Nosotros fuimos a denunciar. Y no fuimos con la cara tapada, ni de noche, no. Fuimos de día, a cara descubierta, con la prensa a la luz pública, diciendo: “Aquí estamos los del Sindicato, que queremos denunciar esto y recoger comida de grandes supermercados”.

Los supermercados por más que digan no colaboran mucho, porque tanto el Mercadona el Carrefour, son culpables de la ruina de los pequeños agricultores, les ofrecen un precio agrario por debajo de los costes de producción y tiran alimentos, incluso sin caducar, sin que vayan a los bancos de alimentos.

Me llamó la atención que en la rueda de contertulios que tenías tú en televisión, algunos, venían incluso con el afán de daros lecciones. “Muy bien, habéis levantado la bandera de la conciencia en Andalucía, pero vuestras acciones atentan contra la propiedad, son peligrosas”.

Sí, claro, éramos conscientes de los “pero”… contra una situación de lucha contra la injusticia. Los “peros” nos los ponen a los que luchamos por la justicia, contra el paro, contra los de – sahucios injustos… Habría que preguntarles el por qué hemos llegado a esta situación. Porque los Bancos se han llevado todo el dinero, los políticos son unos corruptos que no representan al pueblo aunque tengan el voto del pueblo. ¡No lo representan! Porque ningún ciudadano ha votado para que haya 6 millones de parados, ni para que haya desahucios, ni den a los bancos 200.000 millones de euros, ni para que les quiten los 400 euros a la gente que no tienen nada, ni quiten el cheque bebé, ni para que pongan las pensiones a los 67 años, ni para que congelen las pensiones, ni quiten las pagas extras. ¡Nadie ha votado eso! Y, por lo tanto, los partidos políticos que nos gobiernan se sitúan en la ilegalidad ética ante el pueblo.

¿Cómo habéis afrontado el problema de los desahucios desde vuestra experiencia?

Nosotros como sindicato, lo que sí estuvimos planteando es que había que luchar contra el paro y crear una conciencia de rebeldía y actuar contra la injusticia. Y tengo que decir que no sotros en el año 2008 empezamos a ocupar los bancos, denunciando ya a las inmobiliarias por el tema de la vivienda. También denunciando que hay cuatro millones de viviendas en el Estado español vacías, y en Andalucía tenemos 600.000 también vacías, después de que se han cargado casi todo el litoral haciendo vivienda. Y ahora no saben qué hacer con las viviendas, debido a la especulación.

Ocupamos los bancos, para que supieran que no queríamos que se diera dinero a los bancos ni a las inmobiliarias. Ocupamos el Canal Sur Radio, y la Televisión andaluza para que informara realmente de todo lo que pasaba con el pueblo andaluz. Empezamos a hacer marchas y huelgas generales en 20 pueblos de la Sierra de Cádiz y de la Sierra Sur de Sevilla. ¡Todo el mundo a la huelga! Y así el sindicato empezó ya a denunciar toda esta situación.

Claro, cuando veíamos que las viviendas de las familias obreras peligraban, empezamos a plantearnos cómo dar una respuesta a esto. Lo que hicimos nosotros fue oponernos, ocupábamos la vivienda desalojada, si desalojan a una familia se cuela otra en la vivienda. Vivienda que tienen los bancos, vivienda que ocupamos. Hemos hecho una batalla muy fuerte con el sindicato.

Erais, antes de que el tema reventara, una punta de lanza que marcaba el tema. ¿Qué factores han pesado para que la clase política y la ciudadanía no reaccionasen a tiempo ante tan abultada injusticia?

Nosotros estábamos señalando a los culpables y llamamos a la movilización. Después, fundamentalmente desde el 2007 al 2010, estuvimos en lucha constante. Empezamos a ocupar la finca Somontes en Córdoba en marzo de 2012. La Junta de Andalucía quería vender 20.000 hectáreas, fundamentalmente a los terratenientes, porque una tierra no la puede comprar más que un especulador o un terrateniente, no la compra un parado o un jornalero. Entonces nos opusimos a la venta de esa finca, y llevamos ya diez meses trabajando la finca. Todavía no está eso legalizado, pero allí estamos con la finca ocupada.

Ocupamos también la Turquilla, que es una finca administrada por los militares. En julio y el 7 de agosto es cuando ocupamos Mercadona y Carrefour.

El 16 de agosto empezamos las marchas y hemos estado hasta septiembre recorriendo toda Andalucía, las ocho provincias, con las marchas obreras, denunciando toda esta situación.

Lo que pasa es que la prensa mediática, en un momento determinado, lanzó eso, y los voceros de la burguesía empezaron a querer criminalizar esa lucha y desvirtuarla. Nos llamaban a los programas de televisión, estuve incluso en Intereconomía y estaban todos dispuestos a freírme. En Tele 5 y en la 4… Pero claro, nosotros vamos a cara descubierta, no tenemos que ocultar nada. Nosotros no hablamos de la prima de riesgo, ni de la Merkel ni de cosas que la gente no entiende, hablamos de la bombona de butano que de 12 euros ha subido a 17 euros, y hablamos de lo que vale la electricidad y lo que vale realmente una hipoteca, y hablamos de la gente que no tiene trabajo, desde esa realidad conectada con el pueblo.

Yo no soy pro nada, yo soy andaluz y lo que quiero es que la economía esté al servicio del ser humano, de las personas, que las gentes sean felices y no sufran, quiero una sociedad de esas características.

En nuestra Constitución (Cap. II, Art. 47) se afirma: “Los poderes públicos deben regular la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación y hacer efectivo el derecho de todos los españoles a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”. ¿Cómo se compagina esto con el drama a que estamos asistiendo de miles y miles de desahucios en nuestro país?

Creo que si se cumpliera lo que está escrito, no solamente en la Constitución, sino en el mundo…, porque hasta los derechos del niño son conculcados. Te das cuenta que hay países que permiten, cuando secuestran a niños, que se roben sus órganos y los vendan a países ricos. Y cuando se habla de paz, no podemos consentir esas guerras cruentas, donde hay miles de madres que no tienen siquiera lágrimas en los ojos de tanto como han llorado. Y lloran por sus seres queridos, a los que han matado. O cuando hablamos del medio ambiente con toda la contaminación que hay.

Pero estos mismos señores que nos hablan de todos esos derechos universales son los que permiten todas esas cosas, hablan de los emigrantes y vemos los cadáveres flotando en el Estrecho, hablan de paz y vemos la guerra, hablan de una alimentación sana y vemos los transgénicos y cómo modifican nuestra semilla, que es una herencia histórica. Todas esas cosas, el derecho a la vivienda y el derecho al suelo, están en la Constitución Española, pero no las cumplen.

Yo he sido alcalde 10 años y yo en mi pueblo con la ley en la mano decía: –Compro una tierra rústica, la pago como rústico (una hectárea), la recalifico y se la vendo a la gente a precio de costo para que se hagan sus viviendas. Por ejemplo, a 1.200 euros una parcela y no estaba engañando, ni aprovechándome de nada, en absoluto, simplemente comprar al valor real, lo recalificas y se lo vendes a la gente a precio de costo, al pueblo, para que hagan sus propias viviendas. Es decir, que hay fórmulas, pero estamos gobernados por granujas y sinvergüenzas, y ese es el gran problema de esta sociedad. ¡Granujas y sinvergüenzas, que no les importa el pueblo!

¿Qué obstáculos crees que se deben remover y de quiénes sería la responsabilidad de actuar? ¿Hay soluciones?

Yo te digo que en mi pueblo hemos hecho 500 viviendas a renta de promoción pública, de régimen de alquiler de renta venta, donde la gente paga 40 o 50 euros al mes. Hemos hecho un montón de promociones donde a la gente no se le ha quitado ni una vivienda. Ya que las viviendas son públicas, el tema está en que los poderes políticos, al final gobiernan fundamentalmente pensando en los especuladores y en los privilegios que les llegan después de esos especuladores, porque estamos viendo toda la corrupción que hay en el Estado español de nuestros políticos, ¿por qué te crees que es? Por las comisiones, por los empresarios, por la corrupción.

Los responsables de toda esta política son los gobiernos que tienen el Boletín Oficial del Estado en sus manos, que se reúnen todos los viernes en el Consejo de Ministros y tienen que sacar normativas claras en contra de eso. Pero, ya que los gobiernos no lo hacen, el pueblo se tiene que rebelar contra eso. Se tienen que rebelar la policía, los jueces… Porque ante la injusticia se tienen que rebelar. Y por eso es muy importante que el pueblo se rebele, al igual que los ciudadanos en la calle, no permitiendo que a un ser humano lo echen a la calle, porque ese ser humano tiene su familia y si le quitan la casa, se lo quitan todo. Porque si te han quitado el trabajo y encima no tienes casa, ¿dónde te vas? ¡Debajo un puente! Te conviertes en nada y eso no se puede permitir y ante eso hay que rebelarse, decía Jesucristo: “El que lucha contra la injusticia no comete ningún pecado”.

Si afirmamos que “La vida de todo ser humano es sagrada”, ¿por qué sobre ella se sobrepone la salvaguarda de la propiedad y bienes materiales casi como un absoluto?

Creo que el sistema actual es como una carcoma, que nos va devorando, y nos devora el sentimiento, el corazón, el alma, todo porque nos introduce fundamentalmente en la felicidad del dinero, y eso es un error gravísimo. No solamente un error gravísimo, sino una cosa perniciosa maliciosa, que nos está deformando como personas, porque ponemos por encima de todo el valor de los bienes materiales y no el valor del bien espiritual, no ponemos el sentimiento, la solidaridad, la confianza entre las personas. La escuela es el sistema que está deformando a las personas y tendríamos que pelear por un sistema distinto, donde el hombre, los animales, las plantas sean el centro de atención, porque es lo que tiene que perdurar y un sistema que devora a las personas, las plantas y el medio ambiente, es un sistema que está caduco.

Igual que fuimos capaces de dejar atrás la sociedad esclavista y la sociedad feudal, al sistema de libre mercado llamado sistema capitalista, también hay que buscarle una alternativa.

¿Notáis que en vuestro movimiento va aumentando el número de afiliados? En el año 2007 le disteis al sindicato una nueva llamándolo SAT.

Ahora mismo, desde el verano hasta aquí, se han constituido 20 uniones locales nuevas. Unión local en Arriate, en Sierra Yegua, en la parte de Granada, de Córdoba, de Sevilla, en todas las provincias. Y el sindicato se ha convertido en un proyecto de herramienta sencilla y humilde que todo el mundo la puede utilizar. Nosotros no queremos dirigir a la gente, la gente tiene que autodirigirse, organizándose y de hecho al sindicato ahora nos piden una responsabilidad que es dura, de que dirijamos toda la rebeldía y todos los proyectos de movilización de Andalucía. Convocamos una reunión el día 9 de enero, en la sede local que tenemos y acudieron 47 organizaciones de toda Andalucía, es decir, prácticamente todo el mundo a nuestra convocatoria. ¿Para qué? Para convertir esta herramienta en un proyecto de lucha y de rebeldía contra la injusticia en todo el territorio. El día 28 de febrero miles de personas vamos a ocupar nuestro Parlamento en Sevilla, porque sentimos que no nos representan. El Parlamento es del pueblo y por lo tanto queremos ocuparlo para decirles “Ustedes no nos representan”.

Vivimos en una sociedad, mayoritariamente católica. La Iglesia, y en especial la jerarquía católica, ¿la ves en continuidad con la misión de Jesús?

Por desgracia no, ¡es una pena que la Iglesia esté al margen de los valores cristianos, la Iglesia como institución! Otra cosa distinta es que haya personas dentro de la Iglesia, tanto de base como párrocos o curas que realmente están con el pueblo. Pero la Iglesia, la alta jerarquía está muy alejada, no nos acompañan nunca. Pero a nivel de base, de colectivos y de grupos sí notamos que hay una presencia y un comportamiento cercano. De hecho, nos han invitado en diversas partes, centros o parroquias para mejor conocernos y solidarizarse. Pero la alta jerarquía, no.

Creo una cosa, que en una sociedad quien paga manda. Y para que no manden, las cosas tienen que ser del pueblo.

En ese sentido, tú haces una denuncia: “La no libertad de la Iglesia frente al poder”.

¡Está claro! Está económicamente vinculada al poder. Jesús de Nazaret, en el cual yo me siento reflejado, no era así y mucha gente del sindicato también se siente reflejada en ese comportamiento, porque él desafió al poder, estuvo al lado de los pobres y de los ciudadanos a los que les hacía falta, y por eso lo crucificaron, no por otro motivo.

¿Ves dentro de la Constitución condiciones para asentar mayores niveles de igualdad y justicia y asegurar los derechos de todos los ciudadanos?

Soy partidario de que el marco de la Constitución habría que cambiarlo para ir a una sociedad mucho más igualitaria, mucho más justa. En lo que sí podemos estar de acuerdo y convenir es que, dentro de la Constitución Española, si se aplicara realmente todo el contenido, sería distinto. En ella se dice que todos los españoles tenemos derecho a un trabajo, a una vivienda digna, a una igualdad ante la ley y ante la justicia cosas que se dicen pero que quienes nos gobiernan no las aplican. Nos tienen acostumbrados, los partidos políticos se presentan a unas elecciones con un programa y después hacen todo lo contrario, no cumplen con lo que dicen. Eso tiene que estar penalizado, porque no se puede engañar a la gente. Si tú tienes un programa, no te salgas de él, haz menos, pero no te salgas de él, no hagas lo contrario. Por lo tanto, tendrán nuestros votos, pero nunca la legitimación del pueblo. ¡Jamás! Porque el pueblo no vota eso.

Sin negar los avances y logros conquistados, ¿piensas que hay puntos que necesitan una inmediata y radical reforma?

Sí. Una economía tendría que estar al servicio del ser humano. Y no sólo la economía sino la cultura, la sanidad, la educación, ¡esos valores son universales! Igual que el agua, el aire y la tierra. Los especuladores se llevan el dinero y no sabemos dónde lo meten. ¿Hay derecho, por ejemplo, a que haya 60 paraísos fiscales? Andorra, el Peñón, las Caimanes, Suiza… ¡Pero cómo no hay una normativa para que se levanten todos esos paraísos fiscales! Que sepamos dónde está ese dinero, que no lo han tirado, ni lo han quemado, que el dinero existe y, al no circular el dinero, hay un estrangulamiento de la economía. Han especulado con él y se lo han llevado, lo que hace falta es poner dinero en circulación. En un sistema de libre mercado, no estamos hablando del socialismo, sino de una economía capitalista, ¡el dinero tiene que circular! Si no circula, estamos en un estrangulamiento de la economía.

La política es necesaria. ¿Lo es la clase política actual?

Yo no sé si lo que yo hago es política, seguramente será política, porque todo en lo que actúa uno en la vida es política, pero si hablamos de las instituciones, yo he estado de alcalde 10 años y en este tiempo nadie podrá encontrar en el ayuntamiento un solo café, que se tomó Diego Cañamero, pagado con dinero municipal, ¡nunca!, ¡jamás!

Yo, en el ayuntamiento, de los 65 trabajadores era el que ganaba menos, porque yo entendía que la política no era una profesión, es una devoción y está uno ahí para servir al pueblo, servir causas nobles y justas, la política, como los misioneros, como las monjas de mi pueblo, que cuidaban a nuestros abuelos y no piden nada a cambio. La política la tenemos que intentar definir con esas características. Pero, claro, la política no tiene orden establecido ni normas. Tendría que ser: “En un ayuntamiento un alcalde no puede ganar más de mil doscientos euros”, hay que convenir lo justo con los parlamentarios, los ministros, los políticos, todos con un sueldo justo, y entonces se pensaría “eso no da para tanto”. Y con relevo cada cuatro años. Pero claro, cuando tú a un político o a un banquero no les pones límites económicos… Tendría que haber una norma de ”salario máximo” como la hay de una “salario mínimo”.

Cuando un banquero se jubila con tres millones de euros al año, o un político dice “yo represento a”… ¿A quién representas tú? ¿Al gremio de parados, al que no tiene vivienda, al que se tiene que ir a Suiza a trabajar porque aquí no encuentra trabajo? ¿Pero tú cómo vas a representar con un señor piso, con seis mil euros, con secretaria, con coche, a la realidad? ¡Tú no representas a la realidad! Es un insulto.

Hace falta dignificar a la política y para eso tiene que haber una cultura de la política y tener sus correspondientes normas salariales, como convenio. ¿No hay convenio en la construcción, en el campo? Pues convenio también para los políticos. Trabajan para ellos y viven también para ellos, hacen reuniones, grandes congresos, proyectos, pero no se cumplen, se han convertido en charlatanes de feria, en un teatro, hablan y hablan y no hacen nada, con lo que se gasta en la guerra podrían vivir muchas personas bien, ¡no hay derecho! Por el egoísmo del dinero, del poder, del tener, no se trabaja por una cultura de vivencia, por la paz, por la solidaridad, por el crecimiento económico.

La crisis dicen que es económica, no ética. ¿El neoliberalismo tiene ética?

Está claro que el sistema actual lo que busca es la libertad de circulación del capital, del dinero, de la economía que ellos llaman de libre mercado y eso va a tener unas consecuencias tremendas para la humanidad.

Sé que hay países que intentar avanzar en otra dirección, pero la globalización tiene un poderío tremendo. Lo que está pasando en algunos países árabes es tremendo y lo que nos tememos es que esto desemboque en una catástrofe.

Se ha globalizado la economía neoliberal, ¿cuándo se globalizará la dignidad humana?

Ese es el tema, ni la solidaridad, ni la dignidad humana, ni el derecho a la vivienda, ni el derecho al trabajo, ni el derecho a la felicidad y a la paz. ¡Eso no se globaliza!

¿Cómo te sitúas tú en este momento, con esperanza?

Siempre, creo que esto tiene que cambiar y los que tenemos que conseguirlo somos las personas, confío plenamente en eso. Las personas, los pueblos, la gente sencilla y humilde, son los que tienen que hacer cambiar esto, porque no tenemos otro camino ni otra alternativa y porque si no hiciéramos esto estaríamos traicionando todas las perspectivas de nuestras generaciones venideras. Lo tenemos que cambiar y jamás podremos renunciar a los derechos y valores universales del ser humano. Renunciar a eso es renunciar a todo.

Bueno, Diego, veo que vuestra lucha no es de unos días ni por motivos precisamente económicos. Eso tiene un mérito inmenso y os honra.

De hecho, es toda una vida. Este sindicato tiene en estos momentos más de 400.000 euros de multa. Y hemos pagado como… 150.000 ya en los últimos cinco años. Tenemos 500 procesados hoy. Tenemos 1.000 o 2.000 a lo largo de nuestra historia. ¡Y nos piden 50 años de cárcel!, cuando nuestra lucha es pacífica siempre, pero profunda, radical en el fondo, pero en la forma pacífica. Nunca nos hemos enfrentado a la policía. Y nosotros somos como Gandhi y como Jesucristo: lucha activa, pero pacífica, dando donde les duele: en los bancos, en las propiedades, en la corrupción de los políticos. Y por eso hay una represión fortísima. Ahora mismo hemos abierto una cuenta de solidaridad a nivel internacional, para que la gente -la gente como nosotros- pueda aportar algo de dinero y hacer una caja de resistencia para poder afrontar todas las multas que nos están llegando. Ahora mismo tenemos pendiente un juicio donde nos piden tres años de cárcel, yo entre ellos, y hemos tenido que pagar una fianza de 3.400 euros.

¿Cómo es posible que el sistema judicial funcione así?

Porque todo está dirigido por la política. La independencia del poder judicial es muy relativa. Es difícil encontrar a un juez o a un fiscal que realmente juzgue con independencia. Yo me he tenido que salir de algún juicio, le he dicho al juez: “no creo en ti y me voy”. ¡Me he declarado insumiso judicial! Desde hace dos años ya no voy a ninguna parte, me han detenido tres veces ya, porque me llama el juez y no voy, porque no creo, no en la justicia, sino en “Vuestra Justicia”, porque todo es un teatro, y ya estoy condenado y con la multa, sin admitir a nuestros abogados, ni nuestro juicio, no admitís nada de lo nuestro, solamente de lo que dicen ellos.

¿Crees que es una clase que está alejada de la realidad, del pueblo?

Totalmente, te sitúan de una determinada manera ¡y ya está! Dicen: “Estos son los de Gordillo, los de Cañamero, estos son unos radicales” y ya nos tienen juzgados de antemano. El otro día hicimos una marcha a la cárcel de Morón. Íbamos 500, vestidos de presos, los 500 procesados. -“Ya que no podemos pagar las multas, métannos ustedes en la cárcel”.

Creo que tus compañeros y amigos de antaño, Diamantino, estarán contentos con vuestra lucha, que espero continúe.

Donde quieran que se encuentren estarán orgullosos de nuestra lucha, Diamantino fue una persona íntegra y muy comprometida.

JAVIER MELLONI

Juanjo Sánchez y Evaristo Villar

Éxodo 116
– Autor: Juanjo Sánchez y Evaristo Villar –
 
Javier Melloni, jesuita, teólogo y escritor, es miembro de Cristianisme i Justícia y profesor en la Facultad de Teología de Cataluña. Vive en la Cava de Sant Ignasi (Manresa), donde acompaña y reflexiona sobre las diversas manifestaciones de la experiencia de Dios. Está especializado en mística comparada y diálogo interreligioso.

“La búsqueda está en las entrañas del ser humano, de nosotros, animales de profundidades y de anhelos infinitos. Buscamos porque somos seres abiertos y esa apertura no tiene fin, como inacabable es el Misterio”.

Lo tuyo, amigo Javier, es la mística, la espiritualidad… ¿Te interesa con la misma fuerza la “ecología” o es un añadido que has descubierto con el tiempo…?

Si por ecología entendemos la conciencia refleja y reflexionada del cuidado de la tierra y el compromiso con ello, ha venido en un segundo momento, pero si la entendemos como una sensibilidad profunda por la naturaleza como lugar de experiencia de lo sagrado, ha estado en mí desde el comienzo. Salir a caminar en silencio por la naturaleza, el respeto por los animales en su hábitat, así como la fascinación por los bosques frondosos, las montañas nevadas y las dunas del desierto son cuestiones que siempre me han fascinado. Pero entiendo que, en sentido estricto, la ecología nace de esa toma de consciencia de la necesidad y urgencia de preservar el santuario de la naturaleza. Y esto ha ido viniendo con el tiempo, a medida en que todos nos hemos ido sensibilizando de la amenaza que nuestro estilo de vida supone para la tierra.

Parece claro que entre espiritualidad y ecología hay un nexo muy estrecho y lleno de sentido. ¿Se puede decir lo mismo de la relación religión y ecología?

La religión, en cuanto que religación, está intrínsecamente relacionada con el cosmos, como uno de sus tres vértices constitutivos junto con lo trascendente y lo humano. Todas las religiones establecen relaciones muy estrechas con el espacio que les circunda y su calendario está ligado al ciclo de la naturaleza. Es inconcebible una religión al margen de la naturaleza. Todos los ritos tienen tiempos y lugares naturales que las religiones sacralizan y ello es el terreno de lo ecológico.

Hay un pasaje en uno de los relatos de creación en el Génesis que, cuando menos, resulta chocante para una conciencia actual ecológica: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla…” (Gn 1, 28). Muchos críticos de la religión han visto ahí una de las venas de la actitud dominante que está llevando al planeta a la expoliación, al desastre… ¿Qué piensas de ello?

Habría que conocer con exactitud el término original hebreo, porque a veces se traduce también por: “tomad posesión de la tierra”. Como todo, se puede interpretar por su parte más dura, de dominio, explotación, depredación, pero también se puede comprender como una llamada a cuidar de ella, a cultivarla, a preservarla. Israel y en general los pueblos semitas, vivían en un entorno natural severo e ingrato. Ello hace que su instinto de lo sagrado se desplace hacia la trascendencia frente a esa naturaleza adversa, mientras que en otros climas donde la naturaleza es exuberante, se desarrolla más la inmanencia de lo sagrado, como en las zonas tropicales donde hay mucha vegetación, en los bosques de clima continental o en las costas del Mediterráneo, donde la naturaleza, sin ser exuberante, es muy amable. El entorno geográfico y climático condiciona la relación religiosa que se tiene con la naturaleza. Además de esto, el judaísmo y el cristianismo se extendieron primeramente por las áreas urbanas y ello hizo que la naturaleza quedara lejana y se percibiera como adversa. Pagano significa precisamente “habitante del campo”. Paganismo y culto a la naturaleza tendieron a demonizarse en el cristianismo, que es antropocéntrico e inicialmente urbano.

Seguro que hay “otras corrientes de agua”, “otras miradas” distintas, de profundo respeto y cuidado de la naturaleza, en la tradición bíblica… ¿Cuáles se rían, a tu modo de ver?

En primer lugar, todas las religiones llamadas “indígenas” o “aborígenes” tienen una relación muy estrecha con la naturaleza. Se las ha llamado también “teocósmicas”, porque el cosmos es el escenario o manifestación misma de lo divino. El hinduismo y el taoísmo también tienen una relación muy estrecha con ella. Menos, en cambio, el budismo y el confucianismo, que son religiones de la conciencia y de la virtud humana. El Islam tiene una relación peculiar con la naturaleza. Como religión semítica, gira en torno de la trascendencia de Allah, pero a la vez conserva un sustrato preislámico con los elementos naturales, como es la distinción entre alimentos puros y prohibidos, la higiene corporal, el ayuno… Todo ello indica una relación muy estrecha con los elementos del entorno.

Tú conoces muy bien el ancho mundo de las espiritualidades y de las tradiciones religiosas. ¿En cuál o cuáles de ellas ves mayor y más intensa “conciencia” o “sensibilidad” ecológica?

Como decía, hay que referirse en primer lugar a las religiones indígenas o aborígenes. Me gusta más este segundo nombre porque expresa perfectamente lo que son: ab-origen, las que están en el origen de todas las demás y también en nuestros orígenes. El vínculo que tienen con la naturaleza es substancial: se sienten y saben formar parte de ella. La comunidad humana no está separada. Lo más importante de la sensibilidad aborigen es el sentido del equilibrio y de la reciprocidad con la tierra. Perciben la naturaleza como un conjunto de fuerzas, seres y presencias que constituyen un todo del cual se ha de preservar la armonía. El ser humano forma parte de este todo, de modo que su relación con la naturaleza debe participar también de esa reciprocidad. A la tierra no se le puede pedir sin dar, no se le puede tomar nada sin retornar. Esto asegura un equilibro a corto, medio y largo plazo. Dentro de las grandes tradiciones, diría que el hinduismo es la que tiene una mayor sensibilidad con su vínculo con la naturaleza. Toda la India rezuma instinto por lo sagrado, lo cual se manifiesta en su relación con los animales, los árboles, los ríos, las montañas. Todo ello pone un límite a la depredación. El ejemplo de su veneración por las vacas responde a este equilibro, ya que al preservarlas consiguen un equilibrio en la vida de las aldeas y en la economía doméstica, ya que los productos que se derivan de ellas son mucho más importantes que si se las comieran.

¿Se ha convertido esa conciencia o sensibilidad en un compromiso y una praxis real y eficaz, también en una praxis “política” capaz de promover proyectos políticos y culturales de respeto y cuidado del planeta, y de apoyo y solidaridad con las grandes organizaciones ecologistas o verdes?

Todavía hay mucho por recorrer en este terreno. Como los grupos y plataformas interreligiosas son muy plurales, es difícil hacer una generalización. Cuando detrás de una comunidad concreta hay una amenaza real de su hábitat, los grupos interreligiosos se movilizan, pero si no, pueden quedarse más bien a un nivel de reflexión, de diálogo o de celebración, pero no todavía de acción. Con todo, en los dos últimos Parlamentos mundiales de las religiones, este tema ha estado muy presente. En el de Barcelona en el 2004, bajo el lema: “De la sabiduría de la escucha al poder del compromiso”, uno de los cuatro puntos ejes que se abordaron fue la escasez planetaria del agua. En el Parlamento Mundial de Melbourne en el 2009 el tema fue la Sanación y reconciliación con la Tierra.

A estas alturas de la conciencia planetaria, y en este contexto de crisis económica, política y cultural mundial, ¿cuáles serían a tu modo de ver los grandes retos que plantea la conservación y el cuidado del planeta a las religiones y espiritualidades existentes?

Para mí hay tres grandes retos que están interrelacionados: la interioridad, la solidaridad y la sobriedad. La primera abre la vía mística, la segunda la vía ética y la tercera la vía ecológica. Si hay capacidad de interiorización en las personas y conseguimos que nuestra civilización se haga más silenciosa, más calmada, habrá también espacio para escuchar las necesidades ajenas y compartir lo que tenemos en lugar de usurparlo, así como capacidad de contención para vivir con menos y gozar más. Decía Facundo Cabral: “Tener menos para tenerse más”. Insisto, hay una relación intrínseca entre los tres aspectos y el gran reto es cómo se interfecundan.

El diálogo interreligioso, ¿se ocupa de esos retos…, o está más bien centrado (mejor: “autocentrado”) en las propias religiones, en sus asuntos o intereses de familia, en cuestiones dogmáticas o disciplinarias…?

En los encuentros interreligiosos se tratan estos temas, pero es verdad que pueden quedarse sólo en un plano reflexivo o celebrativo y que no llegue a la práctica. Creo que otro de los retos es establecer más puentes entre los movimientos militantes socio-ecológicos y los grupos interreligiosos.

Decía Karl Rahner, poco antes de morir, que el cristiano del futuro, o es un místico o no será. ¿No se podría (¡y debería!) decir también que el cristiano del futuro, o es ecologista convencido y consecuente o no será?

¡Absolutamente! La relación con la naturaleza es una de las dimensiones de nuestra existencia. De lo que se trata es de que vayamos tomando consciencia de que nuestra vida –personal y colectiva- tiene que ver con el modo con que nos relacionamos con todo, comenzando por lo que constituye la base de nuestra supervivencia. La riqueza del diálogo interreligioso consiste en conocer cómo otras tradiciones no han descuidado lo que hemos descuidado nosotros: la veneración de la tierra como madre, tal como se percibe en las culturas indígenas. Pero esto no es sólo ecología, sino lo que Raimon Panikkar llamó ecosofía, “sabiduría de la tierra”. Este término deja más claro que no se trata de imponer o proyectar la razón humana (eco-logos) sobre la naturaleza, sino de ponerse a la escucha de su sabiduría. Es decir, no se trata sólo de una sabiduría sobre la tierra, sino de una escucha de la propia sabiduría que la tierra tiene por sí misma. Tal sería la actitud propiamente mística ante la naturaleza: más ecosófica que ecológica. Con todo, la mística se tiene que combinar con la profecía y ello hace indispensable los movimientos ecologistas militantes y comprometidos con sus denuncias.

Para terminar, ¿podemos preguntarte cómo ves el futuro de la conciencia y sensibilidad ecológica en el planeta? ¿Eres optimista o más bien pesimista? ¿En qué basas tu convicción?

Confieso que me encuentro dividido. Por un lado, es indudable que la conciencia ecológica está cada vez más difundida, y que en las cimas mundiales, los señores de la tierra la tienen presente como uno de los puntos principales de su agenda; esta sensibilidad también está en la calle, a través de la venta de productos donde se explicita si han sido elaborados según criterios ecológicos, o en las campañas de reciclaje de los residuos, etc. Pero, por otro lado, sigue habiendo una gran inconsciencia colectiva y todavía no somos en absoluto capaces de cambiar nuestro estilo de vida por razones ecológicas. Seguimos consumiendo combustible que sabemos escaso y productos que también sabemos que provocan un coste muy elevado a la tierra. No hemos dado pasos civilizatoriamente significativos. La crisis actual puede convertirse en una oportunidad para cambiar hábitos, pero esta reacción todavía sólo se ve en grupos muy minoritarios. Parece que el ser humano sólo reacciona cuando ha tocado fondo. Y eso todavía no ha sucedido.

MANUEL FRAIJÓ

Juanjo Sánchez y Evaristo Villar

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Juanjo Sánchez y Evaristo Villar –
 
Manuel Fraijó (Guadalcázar, Córdoba, España, 1942), teólogo y filósofo español, discípulo y amigo de grandes pensadores en el ámbito de la teología y la filosofía, como K. Rahner, W. Pannenberg, H. Küng, J. Moltmann y J. B. Metz, en Europa, y José Luis López Aranguren, en España.

Uno de los teólogos españoles con más bagaje filosófico y, desde luego, uno de los filósofos con mayor y más profundo conocimiento de la teología, Fraijó es un pensador de frontera entre la teología y la filosofía, entre la fe y la razón, la religión y la cultura, entre la vida con sus dramas y esperanzas, con sus interrogantes abiertos, y la razón atenta al dolor humano y abierta al horizonte ilimitado donde se anuncia el sentido, y con él la esperanza. Su pensamiento es, por eso, tan hondo y riguroso como abierto y sensible a lo que acucia al ser humano, a las esperanzas incumplidas de las víctimas de la historia.

Para abrir boca: con la que está cayendo en esta crisis, ¿no es extraño que se nos ocurra hablar de espiritualidad en lugar de… economía, por ejemplo?

Pienso que es el momento para hablar de espiritualidad, dado que, en nuestros días, se está cumpliendo aquello que decía Bergson, premio nobel de literatura y uno de los referentes espirituales más importantes del pasado siglo: que tenemos un cuerpo muy grande y un alma muy pequeña. Y murió en 1941 pidiendo un suplemento de alma. Es la espiritualidad que estamos buscando. Decía también Bergson que la mecánica exige una mística. Hemos desarrollado mucho la mecánica y nos falta la mística. Por eso es muy apropiado hablar hoy día de este tipo de espiritualidad. De Bergson son importantes, a mi modo de ver, dos cosas: el argumento y el testimonio. Él supo hacer ambas cosas: argumentó, por supuesto, desde la filosofía, desde las fuentes de la moral y de la religión, y dejó un testimonio que, en el campo de la espiritualidad, ha quedado como paradigma.

Procedía del judaísmo, pero, con el paso del tiempo, fue cayendo en la cuenta de que la culminación del judaísmo era el catolicismo. Y quiso convertirse al catolicismo. Pero justamente en ese momento, en el fragor de la Segunda Guerra Mundial, es cuando Hitler estaba machacando a los judíos. Bergson no dio el paso al catolicismo por fidelidad a su pueblo. Antes de su muerte dejó escrita una nota a su mujer diciendo que, llegada esa hora, llamara un sacerdote católico. Advirtiéndole, eso sí, que no se había podido convertir al catolicismo por la situación que estaba atravesando su pueblo. Y, ya anciano y gravemente enfermo, movido por esta opción y sostenido por dos familiares, se puso en cola para registrarse como judío desaprovechando “la indulgencia” de Hitler para con los judíos ilustres que residían en París.

Entiendo la espiritualidad en este sentido bergsoniano: argumento y testimonio. Algo parecido encuentro en la obra La consolación de la filosofía, de Boecio: mientras espera en la cárcel una muerte injusta, fruto de intrigas y calumnias, acude a la filosofía, buscando sentido a lo que le está ocurriendo; buscando, tal vez, el “consuelo” tan ensalzado por nuestro Unamuno (credo quia consolans, creo porque es cosa que me consuela). Es cierto que, como veremos, hay muchas clases de espiritualidad, pero es muy importante, en estos momentos, la que reclama “un suplemento de alma”.

Evidentemente, también nosotros pensamos que es momento para hablar de espiritualidad. Justamente en este tiempo de crisis. La crisis es, sin duda, fruto podrido de una profunda carencia de ética. Pero, bien pensado, ¿no podríamos decir que lo es también de una no menos profunda carencia de espiritualidad, de una falta de aquella “profundidad” de la que hablaba el gran teólogo Paul Tillich?

Sí. Me gustó mucho aquel librito de Paul Tillich titulado La dimensión perdida, que sigue teniendo actualidad. Ahí identificaba él espiritualidad con profundidad. Hablando de la espiritualidad perdida, quisiera decir varias cosas. En primer lugar, para empezar por lo positivo, estoy convencido de que ninguna persona puede vivir sin espiritualidad. La espiritualidad está en todas la personas, en todos los pueblos –todos los pueblos tienen su historia espiritual, hecha de la forma como viven y mueren, hecha de sus filoso – fías y teologías, de su literatura, su ciencia, su arte, etc.– Nadie puede vivir sin espiritualidad. En algún sentido, también la filosofía es espiritualidad. El filósofo, como el teólogo, se inclina sin cesar sobre el misterio de la vida y de la muerte. Es, según Ortega, lo que siempre hizo Dilthey. Evocando lo importante que es el misterio, escribe G. Scholem en su libro Hay un misterio en el mundo: “Si el sentimiento de que el mundo esconde un misterio desaparece alguna vez de la humanidad, todo habrá acabado. No creo, en cualquier caso, que lleguemos tan lejos”.

Precisando un poco más, y dicho de una forma algo simple, entiendo por espiritualidad “el rechazo de la tentación de la obviedad”. Todo lo que nos rodea es misterioso. Poco antes de morir, decía Severo Ochoa: “siento irme de este mundo sin saber exactamente dónde he estado”. Me impresiona que un científico de su importancia llegase a esta conclusión. Pienso, pues, que la espiritualidad es lo contrario de la banalidad. Solía decir y escribir Bloch: “la sola banalidad no salva”. La banalidad no tiene ningún carácter salvífico. El auge de la banalidad corre paralelo con la escasez de ofertas de salvación. El mismo Bloch distinguía entre “Trascender” (con mayúscula) y “trascender” (con minúscula). La Trascendencia, con mayúscula, se refiere evidentemente a Dios, y es patrimonio de los creyentes en su existencia. Pero la otra trascendencia, la escrita con minúscula, es de todos. A través de ella nos elevamos sobre el reino animal, creamos obras de arte y alumbramos el mundo de la ciencia y la técnica. El epitafio que se puede leer en la tumba de Bloch, en el cementerio de la hermosa ciudad de Tubinga, reza: “pensar es trascender”. Trascender, con minúscula, es lo que siempre hizo el gran espíritu que fue Bloch. Hay, por tanto, un trascender con minúscula que es esta apertura del espíritu a la historia, a la ciencia, a la teología, a la filosofía, al arte, a la vida, a la muerte. Entiendo que a ese “trascender” se le puede llamar “espiritualidad”, sin forzar en absoluto el concepto de espiritualidad. Y, si todavía me continuáis pidiendo aproximaciones al concepto de espiritualidad, os remitiría al bueno de Kant. Pienso, como él, que quien eleve sus ojos al cielo estrellado y contemple la ley moral dentro de nosotros es profundamente espiritual. Mirar a los cielos y practicar la “autopercatación” (Ortega) sitúa en el ámbito de la espiritualidad. Hay ya bastantes pensadores religiosos, pero también laicos, el papa actual Benedicto XVI por supuesto, pero también, por ejemplo, el pensador crítico J. Habermas, que hablan de una “secularización descarrilada”, es decir, de una secularización excesivamente plana que está conduciendo al “auge de la banalidad”, como avisaba ya el pensador griego C. Castoriadis. ¿Estarías de acuerdo con este diagnóstico? ¿Lo matizarías, acaso?

Esta pregunta me devuelve a mis recuerdos de estudiante doctorando en la Universidad de Tubinga. Hubo una época en la que, entraras a la clase que entraras (la de Küng, la de Kasper, la de Grainacher, la de Moltmann, la de Käsemann, etc.), en todas se estaba hablando de secularización. Se tenía miedo de que la secularización se convirtiera en secularismo, como temía Gogarten. Todos pensaban que la secularización es un fenómeno muy positivo, que estaba ya en el Antiguo Testamento; que la religión, y el cristianismo en concreto, necesitan la secularización. Pero se temía que ésta derivase en un secularismo que condujera al ateísmo y redujera la religión a un simple gueto.

En cambio, hace unos años, en un seminario sobre la secularización, celebrado no lejos de Tubinga, en el que participaba el teólogo protestante Pannenberg y otros grandes pensadores, no se preocupaban por el futuro de la religión, afectada por la secularización como en los años 70, sino por el futuro de la secularización misma. ¿En qué sentido? Consideraban que, en otro tiempo, la secularización fue una gran ayuda para la religión, pero, en las actuales circunstancias, es la cultura secular la que necesita del apoyo de la religión. Tengo la impresión de que así piensan también Benedicto XVI y Habermas. El título del seminario al que acabo de aludir era “salvemos la secularización”. Y la tesis era esta: las instituciones seculares (la política, la economía, la justicia, etc.) han degenerado tanto que necesitan salvación. Y la religión, en la medida en que pueda, debe ayudarlas. La tesis es que las instituciones seculares están perdiendo hoy día tal grado de legitimidad que están poniendo en peligro el futuro de la sociedad. Y ahí es donde Ratzinger y Habermas quieren introducir el tema de la religión, algo que a mí no me parece disparatado. Porque cualquier cosa que ayude -y la religión también puede hacerlo- será bienvenida. Sería lamentable que la secularización, que tanto nos costó conquistar, se convirtiera hoy en decadencia y fuente de conflictos. Sería dar la razón al islam, que considera a la secularización como la madre de todos los desaguisados. Llenos de orgullo, los musulmanes proclaman que, como ellos nunca estuvieron clericalizados, también se ahorraron la secularización. No es el caso del Occidente cristiano (ni, por cierto, tampoco del islam, pero no entraremos en ese tema) que sufrió los rigores del clericalismo, casi como forma de vida.

¿Urge, pues, una vuelta a la espiritualidad? Nos dirás -o lo pensarás- que todo depende de qué queremos decir con ello… ¿Puedes decirnos en qué consistiría ese retorno? ¿De qué hablamos cuando hablamos de espiritualidad? ¿Cual sería su meollo genuino? ¿Cuáles sus formas perversas?

En la Edad Media se definía la espiritualidad como “extensio animi ad magna” (apertura del espíritu a cosas grandes) que, a mi modo de ver, va muy unida a otras dos palabras: la “humilitas”, tan propia de la Edad Media, y la “curiositas” (curiosidad, búsqueda, afán de saber), convertida casi en lema del Renacimiento. Esta mezcla entre “humilitas” y “curiositas” puede formar parte de la definición de espiritualidad. Ambas continúan en la línea de la profundidad, de la que ya hemos hablado. Heidegger lo dijo muy acertadamente en un pequeño escrito, titulado Gelassenheit y que podríamos traducir como distendimiento, sosiego, serenidad, paz. Su tesis fundamental es que se está dando una huida acelerada del pensar. Y él distingue en el pensar dos vertientes: la que llama “pensamiento calculador” y la que denomina “pensamiento meditativo”. El pensamiento calculador lo necesitamos para vivir, sin él no habríamos accedido a la técnica ni al progreso; pero el pensamiento meditativo, contemplativo, constitutivo de la espiritualidad, lo necesitamos para acceder a la vida buena, al humanismo, a la propia interioridad.

Personalmente, yo tendría también en cuenta la distinción que hace Savater entre creyente y religioso. El creyente es el que se adhiere a un credo, a unos símbolos, a unos ritos determinados. Religioso, en cambio, es algo más difuso, más impreciso. Tiene que ver con el dicho de Goethe: si buscas el Infinito, corre tras lo finito en todas direcciones. Ser religioso es ser sensible a lo que nos supera, a lo que nos coloca al borde de lo desorbitado; es tener antenas para la gratuidad, para el amor, para lo Otro. Se puede, por supuesto, ser religioso sin ser creyente, y uno esperaría que nunca se dé el caso contrario: ser creyente sin ser religioso. Pero desgraciadamente la vida enseña que también esto es posible. Existen, aunque solo como excepción, funcionarios del altar sin mayor sensibilidad para lo religioso. Lo creen todo, pero también les resbala todo. Justo lo contrario de la experiencia que tuvo R. Otto, el gran fenomenólogo de la religión, al entrar en la sinagoga de Tánger y escuchar el tres veces “santo” de Isaías. Allí nació el título de su libro Lo santo, probablemente el libro de teología más leído del siglo XX. Fue allí donde comprendió que la experiencia religiosa posee una doble vertiente: es “fascinante” (asombrosa, iluminadora, cercana a la felicidad), pero también “tremenda” (exigente, rigurosa, próxima al temor).

También considero muy acertada, si me permitís que continúe pidiendo ayuda a los amigos de la tradición filosófico-teológica, la mirada de Walter Benjamin sobre la figura del flaneur: el flâneur es el paseante solitario en el París del siglo XIX, abandonado entre la multitud, que se va fijando en las claraboyas y en el cemento que todo lo invade. Por todas partes se alza el progreso moderno, pero Benjamin echa de menos la experiencia. El concepto de experiencia, el contacto directo con las cosas, piensa Benjamin, es algo que se está perdiendo. Esta falta de sensibilidad se manifiesta también en la ausencia de citas. Citar es un acto de espiritualidad, es tener en cuenta el pasado del que venimos. Él era un coleccionista de citas. La misión de las citas es interrumpir los discursos lineales de la modernidad. Es necesario pararse, mirar hacia atrás, como hace la cita. A esta sensibilidad la llama Benjamin “cultura del corazón”.

Como veis, amplío, tal vez salvajemente, el concepto de espiritualidad; pero soy incapaz de hablar de ella sin rodeos. Y con los rodeos continúo: en un seminario en Tubinga, al que asistió como invitado Gadamer, el gran especialista en hermenéutica, nos lanzó la siguiente pregunta: ¿Y qué entienden ustedes por hermenéutica? Todos, sin gran originalidad, fuimos respondiendo que era una interpretación de los textos, de la música, de la historia, de la vida, etc. Y, concluida la ronda, le espetó al catedrático que tenía a su lado: “¿y quién le interpreta a usted, querido colega, quién nos interpreta a todos?”. Se hizo un silencio que pareció no tener fin… Esto me trae al recuerdo que también nuestro José Luis Aranguren pedía una “última comprensión”, tal vez a la Deidad “ante la cual hayamos existido…”.

Pienso que la espiritualidad no puede ser ajena a todo lo que vengo narrando. Tampoco la considero ajena a las tres experiencias que nos legó el filósofo vienés L Wittgenstein. La primera de ellas es el asombro: uno es espiritual cuando se asombra. Por el asombro comenzó la filosofía. “Vete por el mundo y maravíllate”, escribió nuestro R. Lulio. La segunda experiencia alude al sentirse seguro pase lo que pase. La formula en tiempos de penumbra, en vísperas de partir para un campo de batalla del que no sabe si retornará. Y la tercera experiencia lleva el nombre de sentimiento de culpa. Es inútil exculparse siempre. Algo dentro de nosotros nos dice “ese hombre eres tú”.

Como complemento de la pregunta anterior, ¿nos podrías mencionar algunas de las principales corrientes de espiritualidad hoy y decirnos cuáles de ellas son más auténticas, más ricas y creativas, y cuáles serían más pobres o incluso problemáticas?

Hay una frase del filósofo judío francés Lévinas que siempre me ha impresionado. Escribe: “no hay nada en una gran espiritualidad que esté absolutamente ausente en otra gran espiritualidad”. Hay, pues, un aire de familia entre las grandes espiritualidades. El teólogo suizo Urs von Balthasar distingue tres clases de espiritualidad: la trascendental, que consiste en salir de sí mismo hacia el Absoluto; la activista, centrada en el compromiso con el mundo; y la pasiva, que sería la indiferencia frente al mundo. Tengamos en cuenta que, como afirma K. Rahner, la espiritualidad es una “ciencia no identificada, o no suficientemente identificada”. Caben, pues, muchas aproximaciones a ella.

Personalmente considero que las formas de espiritualidad van muy unidas a sus respectivas religiones. Max Weber hablaba de dos tipos ideales de religión: las proféticas y las místicas. Después de Weber hemos añadido otro tipo: el de las religiones sapienciales. Cuando se habla de la espiritualidad profética -evidentemente con variantes entre judaísmo, cristianismo e Islam, aunque también con mucho en común- se alude a espiritualidades activas, emprendedoras, transformadoras, que se vuelcan en el trabajo y en la acción. En ellas la figura central es el profeta. Cuentan también con una rica herencia dogmática, asertiva; tienen mucho que defender. De ahí que el diálogo con ellas se torne laborioso. Pero, por otra parte, son necesarios los asertos. Decía Lutero: “suprime los asertos y acabarás con el cristianismo”. Ninguna de las religiones proféticas es muda. En la medida en que han perfilado más su capital dogmático, asertivo, etc., y que lo han desarrollado más filosóficamente, como es el caso del cristianismo, es más difícil dialogar con ellas. O, al menos, es más difícil alcanzar acuerdos doctrinales (siempre serán más fáciles los acuerdos operativos). Nietzsche decía que su mayor objeción contra el cristianismo era que los cristianos están “agobiados de convicciones”. Por eso, prefería el budismo (que, además, no insiste en el concepto de pecado).

Siguiendo con nuestra clasificación, el siguiente tipo de religión es el de las religiones místicas, sobre todo el hinduismo y el budismo que son las que nos resultan más familiares. En ellas se cultiva la interioridad, la indiferencia (en el buen sentido) frente al mundo. No ignoro que hay quien acusa al budismo de la pobreza de la India. Justo porque le falta lo que tienen las religiones proféticas: el espíritu transformador, activo. De todas formas, no debemos olvidar que en Japón hay budismo y no hay pobreza. Con todo, es posible que la pasividad de las religiones místicas tenga algo que ver con la pobreza de sus gentes, no lo sé. Ciertamente lo que predomina en ellas es la contemplación, la meditación, la búsqueda de la paz, el sosiego, la tolerancia, la compasión (no son tan agresivas como han sido y siguen siendo las proféticas). Lo que más me impresiona de estas religiones es que tienen una gran confianza antropológica. Creen posible la victoria sobre nuestro agitado mundo interior. Creen que, si nos lo proponemos, podemos alcanzar el “nada te turbe” y convertirnos en señores de nosotros mismos. Hay una gran confianza antropológica en la capacidad del ser humano para conducir su propia interioridad.

En tercer lugar vendrían las religiones sapienciales, el confucianismo y el taoísmo. Hay quien no habla de religiones ni de espiritualidad, sino de sabiduría. Serían más bien filosofías, modos de afrontar la vida. En mi opinión, se puede hablar de una espiritualidad sapiencial. Lo propio de estas religiones o filosofías es el ordenar y organizar la vida de una forma sobria y prudente en todos sus aspectos; organizar la sociedad, la economía, la política, la familia, etc., de forma sabia. Y algo determinante en esta espiritualidad es el culto a los antepasados. Algo que se da también en las religiones tradicionales africanas. En ellas, cuando alguien muere, se le entierra en el propio patio de la casa o se le conduce al lugar donde nació para unirlo a la gran familia de los antepasados. Pues, mientras se recuerda el lugar y el nombre, el difunto no ha muerto del todo, es un muerto viviente. El confucianismo, que es la religión de los funcionarios chinos, es una religión urbana y muy volcada en la transformación de la civilización. En cambio, el taoísmo, que es la religión de los campesinos, desconfía mucho de la civilización y de sus logros, tiene mucho contacto con la naturaleza, desarrolla más la contemplación y la gratuidad. De modo que, más que hablar de otro tipo de corrientes dentro de la espiritualidad, considero que la espiritualidad viene dada por estos tres grandes bloques de religiones y por lo que cada uno de ellos significa.

Sin embargo, la espiritualidad no tendría por qué ser una dimensión, un cultivo reservado a las mujeres y los hombres religiosos…, ¿no te parece? Tú vienes de la teología, pero te mueves en el ancho mundo de las religiones y del pensamiento abierto y crítico. En ese ancho mundo habrás escuchado hablar, seguro, de “espiritualidad laica”. ¿Es una ficción, o acaso, incluso, una ofensa para algunos, o bien una posibilidad, incluso una oportunidad humanizadora?

La espiritualidad no es algo exclusivo de las religiones, pero sí está muy ligada a ellas. En la visita de Benedicto XVI a Francia, Sarkozy le dijo: “prescindir de la religión es una locura, un ataque contra la cultura”. Y Fernando Savater preguntaba a este propósito: “¿quién le ha dicho a Sarkozy que solo se puede buscar la espiritualidad en la religión?”. Pero, en honor a la verdad, Sarkozy solo había dicho que en la búsqueda de la espiritualidad no se debería prescindir de las religiones, algo con lo que estoy fundamentalmente de acuerdo. Debemos tener en cuenta que las religiones lo han configurado casi todo. Habría tal vez que precisar que la espiritualidad va ligada a las religiones, aunque no tanto a las instituciones religiosas. Las religiones han sido el humus, el terreno de cultivo de las culturas en las que ha emergido la espiritualidad. Los grandes sistemas filosóficos de la India coinciden con el surgir de sus grandes religiones, el hinduismo y el budismo. Y aquí mismo, en España, nuestra espiritualidad va muy ligada al cristianismo. Ser enteramente no cristiano, sostenía Kolakowski, sería no pertenecer a esta cultura. Y es que las religiones son también cultura. Son muchos los sociólogos que reconocen su contribución a nuestra concepción del orden, de la normatividad, del sentido.

Pero también hay que poner el acento en la primera parte de la afirmación anterior: la espiritualidad no es algo exclusivo de las religiones. De hecho, todo lo que he dicho hasta ahora es, también, propio de una espiritualidad laica. En otros tiempos, no tan lejanos, en el cristianismo solo se hablaba de una espiritualidad, la monástica. Ni siquiera había una espiritualidad del clero. Pero, volviendo sobre vuestra pregunta: lo que yo entiendo por espiritualidad laica lo dejó reflejado maravillosamente Ignacio Ellacuría, basándose en la filosofía de Zubiri. Ellacuría habla de la espiritualidad de hacerse cargo misericordiosamente de la realidad, algo que constituye un imperativo de la espiritualidad laica. A continuación se refiere a la espiritualidad de cargar con la realidad mediante el compromiso personal. Y, en tercer lugar, habla de la espiritualidad de encargarse de la realidad, de su transformación, de su liberación. Poco tendría yo que añadir a este hermoso credo. Es verdad que Ellacuría añade a continuación que se trata de una espiritualidad que cree en la presencia del Espíritu Santo en la vida de las personas, de las comunidades y de las instituciones. Algo que, por lo demás, no tiene por qué estar ausente de una espiritualidad laica.

Casiano Floristán –me complace tener un recuerdo cariñoso para su memoria– hablaba también de la espiritualidad litúrgica, de la espiritualidad carismática y de la espiritualidad liberadora. Citando a Gustavo Gutiérrez lo resumía todo en dos palabras: “contemplar y practicar o silencio y acción”. Es el silencio al que apelaba Wittgenstein cuando evocaba “lo inexpresable, lo inefable”. Inexpresable, según él, es el mundo, no cómo sea el mundo sino “que el mundo sea”, es decir, el hecho de que el mundo exista, de que exista algo y no nada. Esta ha sido la gran pregunta no solo para Wittgenstein, sino para toda la historia de la filosofía. Inexpresable es también la ética, inexpresable es el sentido del mundo que, según Wittgenstein, está fuera del mundo; e inexpresable es Dios, la supervivencia, la vida…Todo esto forma parte, creo, de experiencias de espiritualidad laica.

A veces, simplificando, se ha entendido por espiritualidad “rezar mucho”. Sin duda, la oración es parte esencial de la vida espiritual, incluso la oración de petición. Mediante ella no se pretende informar a Dios de lo que él ya sabe (la necesidad concreta por la que se atraviesa); el destinatario final de la oración de petición es la persona que ora y suplica. Por medio de la oración se sentirá mejor, se habrá abierto a un Tú bondadoso y personal que le proporcionará paz y sosiego. La oración no es solo, como quería Wittgenstein, “pensar en el sentido del mundo”. Es, también, lenguaje entrecortado, llanto, protesta y, tal vez, aceptación final y serena.

Existe también la espiritualidad de las grandes preguntas. Alguien ha dicho que es un privilegio de la filosofía y de la teología plantear preguntas que carecen de respuesta empírica. Y es que el ámbito de lo significativo es mucho más amplio que el de lo científico. Podría incluso darse el caso (se da) de que, aunque se hubiesen solucionado todos los problemas científico-técnicos, los humanos se siguiesen preguntando por el sentido último de la realidad y de la vida.

Y ahora, después de perfilar qué queremos decir cuando hablamos de espiritualidad y volviendo al inicio, ¿crees que la política está necesitada, hoy sobre todo, de un impulso de espiritualidad, si quieres, como lo expresaba el teólogo político Metz, de mística, una mística, evidentemente, “de ojos abiertos”, como decía él?

Me impresionó mucho que Habermas, al recibir el premio de los libreros alemanes, no tuviese reparos en aludir a la resurrección de los muertos. Ante él se encontraba el gobierno alemán en pleno, con el canciller Schroeder a la cabeza. Y nadie se extrañó (ni protestó). Y es que, cuando la espiritualidad se expone con profundidad, puede tener cabida en la política. Porque, como sostenía el filósofo crítico Max Horkheimer, una política (y una ética) que no conserve en sí un momento de teología se reduce a mero negocio. Quizás de esta separación sea más culpable la religión que la política. Porque no ha sabido llegar a la política de una forma convincente, de una forma inteligible.

En realidad, si uno repasa un poco la historia, pronto cae en la cuenta de que ni Tomás de Aquino, ni Maquiavelo, ni Leibniz, ni Hegel fueron meros catedráticos de gabinete que pasaron de puntillas sobre la configuración social, política, cultural, económica de su tiempo. Fueron auténticos ideólogos e iluminadores de lo que ocurría. Había una fusión entre política y filosofía, entre política y teología. Por ejemplo, no se comprendería hoy la Revolución Francesa sin Voltaire y Rousseau. Por eso, lo primero que hizo la Revolución fue desenterrar sus cadáveres y pasearlos solemnemente por las calles de un París engalanado; el pueblo francés reconocía que estas personas habían estado en la base de la transformación política, económica, social, y también religiosa que había originado la Revolución.

Creo que hay que ir hacia una política culta, que tenga en cuenta todas estas grandes preguntas. Una política exclusivamente economicista es un fenómeno reciente, un regalo envenenado de Bruselas. La historia es testigo de la fecundación mutua entre religión y política. Habría que volver a este tipo de fecundación. Hay un texto evangélico que nadie debería despreciar. Es una página memorable del evangelio de Mateo. Me refiero al capítulo 25 de su evangelio, un capítulo que forma parte de la Biblia del increyente y de la política, de las dos cosas. El texto nos es familiar: en el juicio final se nos preguntará si dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, si acogimos al forastero, si visitamos a quienes están en la cárcel… Si de la Biblia solo pudiésemos salvar una página, sería necesariamente ésta. Jesús no habla ahí del judío, sino del ser humano en general. En tiempos de Jesús había 200 millones de personas sobre la tierra. Y, de esos 200 millones, Jesús se dirigió fundamentalmente a su pueblo, pero esa página está dirigida a todos y, en parte, ha configurado hasta hoy los sistemas axiológicos de Occidente.

La espiritualidad, por tanto, no tiene por qué “distraer” del compromiso por la tierra, por los seres humanos y la historia –en contra de las malas experiencias que llevaron a la crítica radical ilustrada, marxista y tantas otras…

En efecto, yo creo más bien que hay una espiritualidad de la inmediatez. Lo decía Camus: “lo urgente es curar”. Esos cinco millones largos de parados que tenemos en España están reclamando una espiritualidad y una política de la inmediatez. Pero además de esa, como en la Escuela de Frankfurt, existe otra espiritualidad y otra política que se sobrecarga con otro tipo de preguntas sobre el sentido de la vida, sobre el mal y el bien, sobre la felicidad, sobre la justicia final, etc. Creo que la política tendría que estar haciendo las dos cosas a la vez. Desde luego, lo urgente es la inmediatez, pero, al mismo tiempo, no se pueden olvidar, como pone de manifiesto el debate entre Walter Benjamin y Max Horkheimer, las preguntas sobre el futuro de las víctimas, sobre la memoria y el sentido de la historia.

Y, en un plano más concreto, estoy pensando en políticos cristianos, como Aldo Moro, un hombre de mediación, de reconciliación, el hombre que ponía paz, que sabía negociar. Algo de esto puede ofrecer la religión a la política: la cercanía, la bondad, la fiabilidad. Recuerda H. Küng que la Europa actual hubiera sido casi impensable sin el abrazo entre Adenauer y De Gaulle. Abrazo que quedó sellado religiosamente en la catedral de Reims. Ahí se escenificó el perdón entre Alemania y Francia. Sin ese perdón, probablemente no existiría hoy la Unión Europea. Esto quiere decir que el planteamiento de los grandes políticos no tiene que ser meramente burocrático y tecnológico, al estilo de la política de Bruselas, sino ético- religioso. Y aquí las religiones tienen mucho que decir.

Cabe recordar también cómo el entonces obispo de Berlín, Julius Döpfner, en los años cincuenta del siglo pasado, hizo una llamada a la reconciliación entre Alemania y los Estados del Pacto de Varsovia. No tuvo éxito, pero, después, en 1965, la Iglesia Evangélica Alemana publicó un conocido Memorándum, bien fundamentado teológica y políticamente, que puso las bases de la reconciliación entre alemanes, rusos, polacos y checos. Posteriormente se llegaría a los Pactos del Este, pero en toda aquella historia estuvo muy presente la religión. Y todos esos pactos se sellaron definitivamente cuando un gran canciller, que no era creyente pero a lo mejor era religioso, Willy Brandt, cayó de rodillas en Varsovia ante el monumento a las víctimas del nazismo. Un canciller alemán arrodillado era demasiado para muchos alemanes y Alemania se dividió entre partidarios y detractores de aquel gesto histórico. Pero, poco después, le dieron el premio nobel de la paz. ¡Qué pocos nobel de la paz se habrán dado con tanta justicia como aquel!

En definitiva, difícilmente concibo la espiritualidad al margen de las religiones, porque veo que estas lo han moldeado todo, incluida la política. Lo que no quiere decir que se trate de restaurar ahora la Democracia Cristiana o partidos parecidos. Hablo de una política profunda, con sentido, en línea con eso que hemos citado antes: “tuve hambre y me disteis de comer…” Lo que me recuerda inmediatamente aquella frase del ya citado filósofo marxista E. Bloch: “el estómago es la primera lámpara que reclama su aceite”. A pesar de múltiples esfuerzos, la realidad sigue siendo cruel. Un informe de Cristianisme i justicia indica que la escolarización primaria de todos los niños podría hacerse realidad dentro de 33 años; que la nutrición de los niños menores de cinco años podría ser posible dentro de 59 años; que la mortalidad de los niños menores de un año podría desaparecer dentro de 23 años; y, pasados 20 años, es posible que haya agua potable para todos… Estamos lejos del cumplimiento de Mateo 25.

Para concluir, quisiera aludir al libro de L. R. Dodds, Paganos y cristianos en una época de angustia. El autor informa de que los beneficios que acarreaba el ser cristiano no quedaban confinados al otro mundo; no es que la gente se hiciera cristiana para salvar su alma en el otro mundo, sino porque la Iglesia cristiana ofrecía una especie de seguridad social: cuidaba huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados, tenía un fondo común para funerales de los pobres y un servicio para las épocas de epidemia. Y Dodds acaba diciendo que tampoco eso era lo esencial que ofrecía el cristianismo, sino que su principal ayuda consistía en mitigar la soledad. Y cita a Epicteto, que habla del horrible desamparo que puede experimentar el ser humano en medio de sus semejantes. El cristianismo venía a llenar los tres ámbitos: el del alivio de la existencia presente, el del más allá, y el del desamparo y la soledad. ¡Una espiritualidad a la medida de aquellos tiempos!

Hoy, a cincuenta años del 11 del octubre de 1962, estamos recordando la apertura del Vaticano II. ¿Qué te dice la figura del Juan XXIII respecto a la espiritualidad y política de Occidente?

Fue un hito en la historia de la espiritualidad y de la política mundial. Cuando en 1963 se publicó la encíclica Pacem in terris, un canto a la libertad, al amor, a la justicia, fue un acontecimiento saludado y favorablemente acogido en todos los ámbitos políticos. Se convirtió en un vademécum para innumerables personas. Aparte de sus encíclicas, me impresionó mucho la sensibilidad de Juan XXIII frente al sufrimiento. En una ocasión le proyectaron una película sobre el holocausto. Y, al terminar la película y ver aquellos cuerpos destrozados, dijo: “hoc est corpus Christi”, y se retiró a sus habitaciones a rezar. Se comprende así que el gran rabino de Roma, rodeado de muchos otros judíos, se pasara la última noche de Juan XXIII, la que precedió a su muerte, debajo de la ventana del pontífice rezando por él. Sa – bían que era de los suyos. La gente lloraba por las calles de Roma la muerte del papa bueno. Su espiritualidad, sencilla, evangélica, solidaria, nos marcó a todos. La convocatoria del concilio Vaticano II supuso un hito memorable. José Luis López Aranguren afirmó que aquel concilio había sido el acontecimiento más importante del siglo XX. Es una lástima que cincuenta años después aquellas esperanzas se hayan visto radicalmente frustradas. Roma es al cristianismo lo que Bruselas es a la economía: una instancia fría, inmisericorde, desfasada, legalista, y ajena a las verdaderas y candentes necesidades de las personas.

Como última pregunta, nos gustaría una reflexión sobre la vinculación espiritual y política del ser humano con la tierra, la casa común. Algo sobre la relación cosmológica y planetaria del ser humano…

Es verdad que se está volviendo a una espiritualidad sencilla, casi poética y mística de la tierra. El esfuerzo de L. Boff y otros muchos movimientos ecologistas ha sido pionero. No olvidemos que, para los primeros filósofos, junto con el fuego, el agua y el aire, la tierra era uno de los elementos fundamentales. A ella volveremos al término de nuestra travesía por la historia. Estamos, pues, retornando a aquello que los primeros filósofos consideraban fundamental. Creo que esta vuelta es necesaria. Rahner reconocía que algunos símbolos de la creación ya no tienen la fuerza de antaño, pero no podemos sustituirlos arbitrariamente. El agua, el vino, el pan, el aceite tienen larga vida asegurada. No hay recambio simbólico para ellos. Rahner distinguía entre símbolo primario y símbolos secundarios. Símbolo primario es el propio ser humano, caído, indigente, roto, y sometido a las situaciones dramáticas que tan acertadamente describió Karl Jasper. Pero el símbolo secundario (el pan, el agua, el vino, el aceite, la tierra), que no quiere decir que sea menos importante, es el que viene a iluminar esas situaciones duras, amargas. Valoro mucho esta vuelta a la tierra y a los elementos y alimentos que ella produce, aunque lo ignoro casi todo sobre el tema. Tenéis que preguntar a L. Boff y a los movimientos que con entrega y desinterés han comprendido la urgencia e importancia del tema.

IÑAKI GABILONDO

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

Éxodo 114 (may.-jun.) 2012
– Autor: Evaristo Villar y Juanjo Sánchez –
 
Iñaki Gabilondo, una de las voces más creativas, incisivas y laureadas del periodismo español, se asoma por segunda vez a las páginas de nuestra revista (cfr. Éxodo 85, 2006), para ayudarnos a entender el complejo y enmarañado paisaje social, político y económico que estamos atravesando en España y en la Unión Europea.

Adelantando bastante de lo que surgirá en las preguntas que siguen, ¿cómo definirías tú –en un breve retazo- la sociedad en que vivimos actualmente: cuáles serían, a tu juicio, las señas de identidad que imperan en ella?

El haber pasado durante tanto tiempo adorando al becerro de oro se hace notar más ahora que está cayendo el ídolo. Por lo que se refiere a las cosas, estamos viviendo en el imperio de lo financiero, donde todo son elementos contables y donde no pueden ser satisfechos los anhelos de nadie. Importan mucho más las cuentas de los Estados que las de sus habitantes. Es todo un disparate: tomar una parte de la vida, como es la economía, para convertirla en un valor y someterlo todo a ese valor, ha provocado durante unos cuantos años la falsa alegría de estar viviendo en la parte alta de la ola y, de pronto, aparece una sensación de vacío colosal.

Esto está causando una gran avería en la democracia, que está viéndose malherida, maltrecha, perdida y derrotada. Con los partidos políticos igualmente desconcertados y sin saber por dónde andan. Alguien ha dicho que cuando se acabaron las certezas (el comunismo, la religión) se han tenido que ir inventando otros valores cívicos y éticos sustitutorios que aún no se han acabado de construir. Por eso la sociedad está desamparada. Y las articulaciones como la democracia, que venían a sostener al hombre dentro de un esquema de valores o comportamientos en estos momentos, se han venido abajo. Porque la presencia del dinero es como el ácido sulfúrico, que todo lo funde. Llega hasta fundir la propia estructura de la democracia que está muy necesitada de una revisión, sin que parezca que sean conscientes los partidos políticos que son los únicos que parece que no están entendiendo los signos que le está enviando la sociedad. En realidad lo saben, pero nada hacen sabiéndolo. Iñaki Gabilondo Por: Evaristo Villar / Juanjo Sánchez La sociedad está ahora asustada, errática, descreída, entregada a un fatalismo lamentable. Pero en el hombre late un aliento que de ninguna manera puede satisfacer este modelo.

¿Por qué lo que estamos presenciando y sufriendo con asombro e indignación: corrupción, mentira, tijeretazos al estado político, social, laboral, educativo, sanitario, ecológico, etc., no produce una respuesta significativa en las mayorías populares? ¿En qué estamos fallando?

Pasan dos cosas. Primera, que todavía no esté habiendo la reacción necesaria no quiere decir que no haya reacción. Los tiempos de las sociedades no suelen ser los tiempos de nuestras impaciencias. Esta crisis más pronto o más tarde va presentar una novedad. Y, en segundo lugar, no es lo mismo una crisis derivada de otras cosas, que una derivada de un fracaso financiero. Después de una guerra, cuando todo queda destruido, la gente se pone a reconstruir con una determinada vitalidad. Pero el tiempo de la prosperidad ha abotargado a la sociedad. Cuando el dinero es el único valor abotarga a la sociedad, la insensibiliza, la infantiliza. Y es lo que ha sucedido. Este tipo de prosperidad ha infantilizado y entontecido mucho a la sociedad.

España ha sido un país siempre austero. Ha habido ricos, pero eran catorce y el de la moto. Nadie sabía antes nada de la bolsa, ahora hay millones de personas que tienen acciones en bolsa. De pronto, la gente soñó que se habían acabado las dificultades, que no iba a tener nunca problemas, que ya tenía el futuro asegurado. Como si la sociedad se hubiera desclasado. Los hijos de la gente modesta comenzaron a vivir como si fueran los marajás de no sé dónde, la gente consideró normal irse de vacaciones por todo el mundo. El dinero estaba haciendo su gran negocio a base de inyectar en la sociedad ese virus del sueño imposible. Sostenido en el imposible de vender un millón de pisos todos los años. Esto ablandó a la gente y la metió en un sitio donde no estaba su tradición de austeridad. Y al llegar el shock, la gente se ha quedado asustada, anonadada. Y esto ¿qué es? Ha sido la primera generación que se ha creído rica. Y cuando ha llegado el shock se ha encontrado que había perdido la capacidad de austeridad. Se ha encontrado con que se ha acabado el sueño y está psicológicamente destrozada. Este es el estrago que es capaz de producir un orden de valores que consiste en reducirlos todos a uno, el dinero. Y no hay reacción porque la gente está asustada.

Pero esto no quita para que esté habiendo ya un movimiento soterrado y que yo percibo en la gente joven. He estado hablando en casi todos los rincones de España y he percibido que, así como los padres se dejaron embaucar por aquella promesa de futuro halagüeño, los hijos ya han olfateado por dónde vienen las cosas. Esa promesa ya no me la creo. El motor de mi vida no puede ser conseguir un coche más lujoso o un piso más grande. Eso es mentira. El 15M manifiesta, en cierto sentido, ese mismo sentimiento. La gente ha aprendido la lección. No son los políticos los que mandan sino otros que tienen sus propios negocios. En resumidas cuentas, desde el estado catatónico en que nos ha dejado el shock, cada día veo más claro que estamos cerrando un capítulo de nuestra historia, que leerán nuestros nietos, y está naciendo soterradamente otro nuevo.

Yendo más al fondo de la actual crisis sistémica, algunos analistas apuntan a unas causas ético-político-culturales muy preocupantes. Escribía, por ejemplo, Tony Judt: “El estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea, así como la retórica que la acompaña (la obsesión por la creación de riqueza, el culto a la privatización y el sector privado, admiración acrítica hacia los mercados no regulados, el desprecio por el sector público, la ilusión del crecimiento infinito) nos resulta natural”. ¿Estarías de acuerdo con él? ¿Añadirías la quiebra de algunos otros valores?

Toda esa retórica ha estado circulando como grandes verdades, pero ahora ha empezado a quebrarse. Incluso aquella vieja teoría del crecimiento indefinido es físicamente imposible, aparte de que es absurda. No puede haber un crecimiento infinito en un mundo finito. Con el planteamiento de la ideología imperante, estamos en un tren que camina hacia el precipicio. La crisis ha hecho que ese tren, que camina hacia el precipicio, haya descarrilado. Y ahora están todos intentando ponerlo de nuevo en la vía para continuar su viaje hacia el precipicio. Lo que no sé es cómo es ese precipicio. Pero lo que más preocupa después de Lehman Brothers es que no se hayan rectificado las cosas. El problema es que se han ido bajando personas del tren porque todos esos elementos que señaláis se están evidenciando falsos. Empieza a haber contestación a los principios que sostenían el tinglado. Lo que ocurre es que no se está pudiendo hacer mucho más que ver cómo naufraga tu cabeza. Porque, insisto, la gente está asustada. Y como nuestro problema es siempre vivir con perspectiva, porque solemos vivir en el hoy sin más, intuyo que se acerca un cambio. Porque aunque lo estructurado aspira a reconstruir exactamente lo que tenía, parar el tren en la misma vía y seguir el mismo camino, la gente ya se va a acercar a esas posturas con más precauciones, sobre todo los jóvenes. En definitiva, creo que se están produciendo movimientos más importantes de los que aparecen. A lo mejor es mi ilusión, pero…

¿Y ese fanatismo por la privatización? Escucha estas expresiones: “Ya no hay empresas públicas que manejar porque las hemos devuelto a la sociedad. Ya no hay monopolios que proteger, porque los hemos abierto a la competencia. Ya no hay muchas de las reglamentaciones que hace unos años hacían de los gobernantes verdaderos señores de los sectores económicos” (Aznar 2001). Y según Esperanza Aguirre se va a privatizar el Canal de Isabel II “para devolverlo a los ciudadanos”…

Todo esto no tiene nada de malo. Responde a una ideología. El problema está cuando se presenta como una verdad técnicamente irrefutable. La interpretación de esa dialéctica entre lo público y lo privado es una respetable opinión, pero no es una verdad técnica y científica, como se ha estado diciendo (e imponiendo) en los últimos años. Han estado diciendo: “nosotros tenemos una teoría de la vida y de la existencia, que es el neoliberalismo, que es lo objetivamente verdadero. Lo demás está equivocado”. Esto es una mirada ideológica. Las soluciones que están dando a los problemas se presentan como técnicas, pero son ideológicas.

Por ejemplo, se dice que necesitamos reformar la Constitución y un 10 de agosto se reúnen el PP y el PSOE y cambian la Constitución porque Alemania se lo había mandado, y convertimos el déficit en algo inconstitucional, en un perfecto sacramento. Ya había una ley de control del déficit que debería haberse estado cumpliendo. Pero convertir eso en algo sagrado, quitándole al déficit el valor de herramienta que tiene la política para hacer un buen uso de él, es una respuesta ideológica. Una prueba de que se coloca a las cuentas por encima de las personas. Los que así actúan deben admitir que esa no es “la” solución, es “una” solución.

Pongamos otro ejemplo: la ley de dependencia. Dice Rajoy: es que no tengo dinero para atender a la dependencia. Esto es, igualmente, una premisa ideológica. Imagínese que parte usted de la premisa de que la Ley de Dependencia es lo más importante que hay que salvar en España. Entonces no habría dinero para otra cosa, pero sí para la Dependencia. Todo esto está en función de los valores que usted se marque. No es que no haya dinero; el problema es en qué lo invierte usted.

Por tanto, no es que eso sea irrefutable, es simplemente una idea. La reforma de la Constitución, y de la manera como se hizo, fue un día trágico para la democracia en España. Lo que está ocurriendo es el resultado de una teoría política, de una ideología de la acción.

Para Marx, la economía, siendo importante, es solo una parte del sistema capitalista, que, en el fondo, apunta a una cosmovisión basada en una antropología y una filosofía bien precisas. ¿Qué tipo de ser humano se está revelando en esta cosmovisión neoliberal? ¿Piensas que la grave crisis que sufrimos puede ser el revulsivo para que se abra paso una “revolución antropológica y espiritual” contra el imperio de la cultura neoliberal?

El capitalismo es una cosmovisión, es verdad. Pero lo que estamos viviendo nosotros no es la cosmovisión del capitalismos sino su evolución hasta la hipertrofia. En un mundo más contrapesado podría ser otra cosa, pero cuando se desboca, el capitalismo produce una auténtica destrucción de las células sociales. Sin control es un caballo desbocado que acaba en el desastre. Hace personas vacías y débiles.

Yo no tengo actualmente ninguna fe en ideologías muy completas y cerradas. Vivimos en tiempos de confusión. Pero lo cierto es que ahora mismo el capitalismo no tiene contrapeso: desregulado, en su propia lógica más disparatada, está creando verdaderos monstruos. Hasta la década de los ochenta estuvo más o menos sujetado por la otra corriente más social, pero una vez que se ha visto único se ha puesto a cabalgar llevado de su propia lógica, que es cargárselo todo. Y no se trata de la voracidad de los hombres que han cometido errores, sino de algo que le es propio, natural. Es el caso del empleado de banca de origen francés que, buscando la máxima rentabilidad, cayó en la estafa. Estaba siguiendo la lógica del sistema, pero de forma debocada. Ni la socialdemocracia, ni la tercera vía pudieron resistir a esta lógica debocada. Y esto está produciendo tal cantidad de destrozos que no se detienen ni ante la destrucción del planeta.

No quiero ser fatalista, pero no veo cómo puede esto no acabar mal. La suerte es que ya va asomando un pensamiento alternativo. Y esto sin tener que estar asignados ni siquiera a la izquierda. La sociedad misma en su conjunto ya empieza a tener miedo. Y esto, tarde o temprano, va a obligar a los políticos a cambiar.

Vayamos a la “reconstrucción”. ¿No crees que la propia crisis puede haber cuestionado esa imagen neoliberal del homo oeconomicus y sus valores hasta tal punto que puede abrirse paso la esperanza de una imagen nueva?

Por ahí voy yo. Creo que en el hombre late un aliento que de ninguna manera puede satisfacer este modelo. No sé por dónde saldrá, pero seguro que se articulará una mirada, no sé si articulada políticamente o no, pero distinta. Para empezar hay que caer en la cuenta de que este sistema genera un “escombro social” que, de alguna manera, fabricará su propio “modus mirandi”. Por ejemplo, el “precariado”, una nueva clase social. Es la clase que llamará trabajo a los “minijobs”. Esto será el trabajo. Y luego, las virutas del minijobs, los residuos. Es decir, una sociedad que, harta de esperar, acabará aceptando un estilo de vida trabajando cuatro días allí, ya ni siquiera buscando aquello que me gustaba y que tenía que ver con mi vocación. Ahora, lo que salga, acomodando su talla a un “modus tirandi”.

Como creo que el capitalismo no puede traicionarse a sí mismo y que, por mucho que los quiera sujetar, los caballos van a seguir tirando al monte, aflojará solo un poco si teme un reventón social. Pero no va a poder evitar la fabricación de un nuevo precariato. Y esto es la fabricación de un nuevo hombre. Tampoco podemos saber qué va a pasar con una sociedad que está pegando un salto de nivel hacia atrás: la clase media alta en clase baja y ésta está ya a ras de tierra. Este desclasamiento de la clase media es muy determinante. Antes se decía: “el cinturón rojo de Madrid vota masivamente al PSOE”. Pero esto era antes, cuando se había llegado desde el pueblo con la cesta de chorizos y merced a la gestión de la izquierda se había conseguido casa, coche y otras comodidades. Sin darse cuenta los partidos políticos, esta gente ha pasado a otro estatus social. Y los parientes de los que habían llegado de la aldea, desde su nuevo estatus, ya quieren votar al PP. Esa clase media que la izquierda consideraba suya, se ha pegado una gran zarpada. Y ahora se pregunta, ¿dónde estamos? Y el gran éxito del discurso de la derecha ha consistido en convencer a esta gente en crisis que todo esto era consecuencia de la mala política de Zapatero. Estábamos bien y llegó Zapatero. Basta que desaparezca para volver a la bondad anterior. Pero resulta que ahora está cayendo en la cuenta de que el mal no era todo atribuible a Zapatero. Ahora que han llegado los salvadores, se cae la venda de los ojos y la gente se da cuenta de que aquello que consideraba un paréntesis, se perpetúa. Por eso la pregunta ¿pero cuándo va a pasar la crisis? Es una pregunta mal formulada. Cuando entras en un túnel nunca sales por el mismo sitio por donde entraste, sino por otro distinto. Se supone que antes de la crisis se vivía en la normalidad, que la crisis es un paréntesis y que, al final, volveremos otra vez a la normalidad. Pero como eso no va a ocurrir, poco a poco iremos entendiendo que no hay un regreso, sino la llegada de otra cosa. ¿Cuál?

El curita vizcaíno que montó la cooperativa de Mondragón decía: “miren, en esto de la economía solo hay dos cosas: o manda el dinero que busca hombres para ganar más dinero, o manda el hombre que busca dinero para hacer cosas que ayuden a vivir mejor a los hombres”. A él, haciendo la segunda alternativa, le salió muy bien. Pero no es eso lo que está ocurriendo hoy. Aquí manda el dinero, no el hombre. Y ante más del 50% de los jóvenes en paro, no se puede construir un futuro así. Es estar sentado sobre un polvorín. En las universidades donde he estado he visto que la gente tiene ya una mirada más crítica sobre este modelo.

Volvamos a la reconstrucción. ¿Cómo transmitir una educación en valores? Crisis de valores, educación en valores… De eso se trata. El problema es que este discurso está ideológicamente cargado. Hay mucha gente que habla de esto y defiende una sociedad cerrada y dirigida por la religión dominante…

Claro, el problema está en definir qué son los valores. Lo primero que deberíamos pensar es tratar de no entregar a un pensamiento específico el monopolio, la gestión y la utilización de todos los elementos que esta sociedad necesita reforzar. Porque la nación, la patria, la decencia, el trabajo bien hecho, la solidaridad, el respeto a los demás… no son más de ellos que míos. Iba un día con mi hermano a una recepción y una ministra del PP dice: “anda, mira los amiguitos; ahora resulta que vosotros vais a creer en la familia”. Y le respondí: “mira, el día que tu familia se parezca en tan solo la décima parte a mi familia… ese día tendrás derecho a hacerme la pregunta que acabas de hacerme. En materia de familia, no voy a permitir que pretendas darme lecciones”…

Y desde los medios de comunicación, ¿qué valores se están transmitiendo?

Creo que es una batalla perdida. Porque los valores que ahora se pregonan son los dominantes. Hay mucha gente que cree que no puede haber una mirada laica llena de valores… ¡Se reirán los franceses que tienen una sociedad laica desde 1905! Pero la derecha se queja de que la izquierda se proclame propietaria de valores como la solidaridad. Parece un mercadeo. España está marcada por la religión mientras que Francia ya lleva más de un siglo con una sociedad laica. En un momento en que se están imponiendo los valores dominantes de la ultracompetitividad, el desarrollo indefinido, el éxito a cualquier precio, ¿cómo neutralizar el discurso que los sostiene y defiende? Es muy difícil enfrentar ese mundo, pero hay que hacerlo.

Hace unos días se quejaba en el diario El País Soledad Gallego de la desaparición de los intelectuales. En este tipo de debate, una intelectualidad activa está llamada a iluminar un poco a la sociedad. Estamos ante una discusión política y social de gran envergadura. Es un punto determinante. Y no se está oyendo un pensamiento nuevo, alternativo, como si el pensamiento dominante se hubiera adueñado ya de las conciencias y de las cosas.

¿Podría estar ocurriendo que es muy frágil la relación entre cultura y valores? Pasar directamente a los valores sin un suelo cultural puede ser un tránsito frágil… No le podemos pedir a alguien que entienda el valor de la solidaridad…

El asidero de la religión es justamente el que ha ido marcando nuestros comportamientos. Si eso se quita y no se monta una propuesta ética equivalente, se provoca una gran descolocación de la gente. Y eso lo aprovechan los que vienen como poseyendo el verdadero valor. En Francia, desde 1905 los comportamientos republicanos los tienen incorporados al código genético. Pero en este país, como el proceso de educación religiosa no ha sido precisamente brillante, nos encontramos con una sociedad menos preparada. Y como la gente joven se ha incorporado a la sociedad en ese momento en que ha predominado el boom de la prosperidad, se complica más aún todo. Pero, vuelvo a decir, lo que nos va a hacer repensar las cosas es el espectáculo del “los escombros” que genera este modelo. Pues desde ese mismo proceso de prosperidad se deriva un escombro social insoportable. O el sistema cae en la cuenta de que va en picado y pone controles a su misma lógica, fabricando un nuevo pacto social, o nos vamos al precipicio. En una sociedad en la que solo importa la deuda, no las personas, que genera una deuda superior a los recursos del mundo para pagarla, es una locura. O se toma conciencia de esto y el mismo dinero empieza a tener una mayor cintura para acomodarse a una situación más serena, dando algo de oxígeno al personal, o nos vamos a pique.

Hace unos días organizamos en Sevilla un foro sobre el hambre en el mundo al que asistieron muchos expertos de todo el mundo. Y les dije: puede ser que alguien esté pensando: “con cinco millones de parados, ¿qué hacemos aquí hablando del hambre en el mundo?”… Les quiero decir que no tienen ustedes que cambiar de cerebro. Con el mismo cerebro con el que ustedes analizan lo que pasa aquí, esa misma lógica acaba derivando en el hambre del mundo: lo que aquí es paro, allí es hambruna.

El problema está en si desde la democracia, que es el único poder que podría atenuar esa tendencia desbocada del dinero, seremos capaces de doblar el brazo al imperio financiero. Seguro es que esto no se va a producir sin una transformación profunda de los propios principios.

Hablas de la posibilidad de que la democracia pueda torcer el brazo al imperio financiero. Pero las mediaciones, los partidos políticos, sindicatos, etc., están en un enorme descrédito. Las grandes tradiciones utópicas que han movilizado a la sociedad como la tradición de los derechos humanos, del ecologismo…

Yo no entierro todavía a los partidos políticos. Espero que reflexionen y salgan pronto de ese estado de aislamiento y conecten pronto con la sociedad. Mientras tanto, están los movimientos y organizaciones sociales para mantener viva la llama. Se parte de que existe una conciencia general de que esto va por mal camino. Por algún sitio tiene que abrir. Mi esperanza es que el creciente deseo de estas nuevas manifestaciones públicas como los indignados, Greenpeace, etc., pueda ir convergiendo con el despertar de los partidos políticos y un capitalismo más lúcido que trate de atenuar sus insaciables voracidades. Ir caminando hacia un nuevo pacto social. Mientras esto llega, la política es importante. Si estás convencido de que los poderes financieros se han impuesto a la democracia, estás ya obligado moralmente a militar en defensa de la democracia…

Para terminar, ¿ves en esto que se está moviendo alguna aportación interesante de la religión, concretamente de un cristianismo crítico, profético?

No sabría decir. Yo sé que detrás de las grandes transformaciones ha habido siempre una idea, un motor. Y las fes motrices no se detectaban, aparecían de pronto, surgían. Hay demasiados territorios que permanecen escondidos en el misterio y la capacidad del ser humano para moverse en esas aguas es muy grande. Yo no descartaría tampoco nada. Yo creo que las transformaciones que vayan a llegar vendrán acompañadas de un viento más espiritual. Es decir, que el péndulo nos conducirá desde esa corriente ultramaterialista dominante a una organización de las cosas de forma más espiritual. Esa parte rara del ser humano que ahora parece estar anulada por el solo afán de consumir y consumir posiblemente reaparezca en ese movimiento pendular que ponga de manifiesto lo que hay en mí de algo más que una máquina de consumir.

Yo no sé cómo se llegará a concretar esto pero un cierto idealismo necesitamos que nos ayude a salir de este pragmatismo que nos está aplastando. No podemos vivir sin ideales. La historia nos demuestra que esto nunca se acaba, ni cuando parecemos más cortos de ideales. Esos movimientos de conciencia global, que no cuentan en términos materiales, están aún ahí, como un rescoldo… La misma globalización que se ha cosificado en algo meramente financiero, creo que no tardará mucho en hacernos comprender como parte de la tribu universal de una manera nueva. Y esta nueva relación va a provocar situaciones que hoy nos resultan difícil imaginar. Lo que hoy tenemos es como una pista de hielo: está inestable, se mueve, camina hacia otra parte, no sabemos dónde, pero se va. Y cuando me pongo optimista sueño ya en un nuevo pacto social. Porque el mundo corre, vuela. Y la posibilidad de un nuevo encuentro humano me parece más fácil de pronosticar que lo contrario.

CARLOS FERNÁDEZ LIRIA

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Evaristo Villar y Juanjo Sánchez –
 
Profesor titular de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, en el departamento de Metafísica y Teoría del Conocimiento. Su participación en los movimientos de oposición al llamado “proceso de Bolonia”, su libro Educación para la Ciudadanía y su participación en debates internacionales sobre la situación en Venezuela a partir del proceso bolivariano, lo han convertido en uno de los referentes de los movimientos sociales de izquierdas.

“La mejor definición de lo que está ocurriendo la hizo ese magnate de Wall Street, Warren Buffet, cuando dijo que indudablemente había lucha de clases, pero que era la suya la que iba ganando. Galbraith la definió como una revolución de los ricos contra los pobres”.

Cada día es mayor el malestar, el descontento y la indignación ciudadana frente a la praxis política: un mundo desarticulado (en la era de la globalización de las comunicaciones) y dominado por los intereses económicos de unos pocos. ¿Hacia dónde camina la política mundial actual?

No hay política en cualquier condición. Para que haya política, hacen falta algunos requisitos que remiten a eso que fue la polis griega, algo que tiene que ver con la ciudadanía: es preciso un espacio donde los ciudadanos pueden hablar de igual a igual, argumentando y contraargumentando para producir leyes. Esto es necesario para que haya política. Y esto es lo que brilla por su ausencia en el mundo actual. Las condiciones económicas en las que estamos instalados impiden por completo el protagonismo de la voz ciudadana. Nadie puede llamar política a eso que hacen los políticos profesionales actualmente, en España y fuera de España. Estar servilmente pendientes de la autorización y la presión de los mercados para saber lo que tienen que hacer, que el mensaje de los políticos sea siempre “vamos a hacer lo que hay que hacer”, “lo que no tenemos más remedio que hacer”, en vez de “vamos a hacer lo que es justo o conveniente hacer”… eso no es política. Eso es servilismo hacia una autoridad tiránica.

Pero esto, ¿lo ves como una fase de transición? ¿Llegará un momento en que esto va a cambiar o tenemos para rato?

Me disgusta decir que soy bastante pesimista. Mirando la marcha actual de mundo, encuentro que hay muchas más posibilidades de que esto termine en una catástrofe planetaria de que la humanidad logre recuperar las riendas políticas del mundo y hacer algo que se parezca a lo que llamamos el Estado de derecho. El problema está en que el capitalismo, o la estructura económica que gobierna este mundo, va muy rápido; actualmente corre a la velocidad de la luz, de bolsa en bolsa en “tiempo real”, comerciando con el futuro a través de los derivados financieros. Es decir, al capitalismo el presente siempre le sabe a poco. O se le paran los pies al capitalismo o esto no tiene remedio. Creo que el capitalismo acabará con la humanidad y con el planeta en poco tiempo. No sé cuánto: pueden ser doscientos años, cincuenta o veinticinco, no lo sé. Pero lo que sí sé es que un sistema que necesita crecer y crecer, acelerando la marcha todos los días, es incompatible con un planeta finito.

Hay que tener en cuenta que el capitalismo tiene unos pocos siglos de existencia, y eso ha bastado para que el mundo esté a punto de reventar. La humanidad lleva viviendo sobre este planeta medio millón de años. Del hombre de Neanderthal nos separan cincuenta mil años; pero trescientos años de capitalismo y el planeta no resiste. Si soy pesimista es porque la amenaza me parece muy grande. Y aunque veo la posibilidad política de pararle los pies al capitalismo, la veo cada vez más remota.

¿Y qué nos dices de la política de la Unión Europea? ¿Es cierto que la política neoliberal alemana está dominando la UE? Además de esta predominancia de Alemania, ¿en qué se está debilitando la UE para que cada día goce de menor aprecio entre nosotros?

La mejor definición de lo que está ocurriendo la hizo ese magnate de Wall Street, Warren Buffet, cuando dijo que sí, que indudablemente había lucha de clases, pero que era la suya la que iba ganando, y además, por goleada. Galbraith la definió como una revolución de los ricos contra los pobres. Esto está despertando mucha indignación, pero también el sentimiento de impotencia es muy grande. Los ricos han decidido emprender un proceso revolucionario, están dispuestos a destruir todas las instituciones democráticas que ha costado tanto tiempo edificar para proteger el trabajo, la salud, la maternidad, la educación, etc. Todo ello se está viniendo abajo con la revolución declarada por los grandes capitalistas financieros, dueños de capitales que ni siquiera se materializan en ningún proceso productivo. Hay un capital sobrante descomunal en manos de muy pocas personas. Es muy bueno ese lema que ha nacido en Wall Street “somos el 99% y vosotros sois el 1%”. Este 1% es el que ha emprendido esta revolución planetaria que va a transformar a un ritmo vertiginoso la faz del planeta. Se está desmantelando todo el tejido institucional del que Europa ha estado tan orgullosa durante las últimas décadas…

¿Qué puede quedar de Europa entonces…?

No soy economista, pero lo que leo en los economistas a los que más respeto es que Europa quizás siga siendo una potencia mundial, pero que eso es perfectamente compatible con un 80% de su población viviendo en la miseria. Lo que va a desaparecer es eso que se ha llamado la clase media europea, el Estado del bienestar. ¿Seguirá siendo una potencia mundial capaz de competir en el mundo de la globalización con otras potencias mundiales como EE.UU. o China? No lo sé. Pero eso será compatible con una población empobrecida. De hecho este es el modelo estadounidense: una potencia mundial donde hay unos cuarenta millones de pobres. Y el resto de la población tampoco es que haya disfrutado de las prestaciones que han tenido las poblaciones europeas. No hay más que ver el porcentaje de población en la cárcel que hay en EE.UU. Los datos que daba John Gray en su libro Falso amanecer eran escalofriantes. EEUU. es una gran potencia que se sustenta sobre guetos y cárceles. Y eso es perfectamente posible que nos ocurra también a los europeos.

En general, los ciudadanos y ciudadanas de nuestras modernas democracias desconfiamos de unas mediaciones que nos hemos dado para la implantación de la democracia: los gobiernos estatales obedecen a voces ajenas a los propios ciudadanos; los partidos políticos, minados por la corrupción y el clientelismo; el estamento judicial ideologizado y venal; el parlamento, generalmente enmudecido. Crece la convicción de que la política oficial definitivamente no sirve para resolver los problemas reales de la gente. ¿Qué lugar se le reserva al ciudadano en este entramado de intereses -a “la silla vacía” de la que tan certeramente hablabas en tu libro sobre Educación para la ciudadanía-? ¿Está en peligro la democracia?

Sí, está en peligro la democracia porque no queda espacio para el ciudadano. El problema es que esa “silla vacía” a la que te refieres, bajo el capitalismo está siempre ocupada. La ciudadanía es una condición humana que remite a un vacío que se llama libertad, ese agujero en el mundo que permite iniciar una nueva serie causal, inventar algo nuevo que no viene exigido por el curso de las cosas, en suma, intervenir, decidir.

Esa es la voz de la ciudadanía. Que la ciudadanía tome el poder es el viejo proyecto de Sócrates y Platón, de la Ilustración en general: poner en el centro de la ciudad esa “silla vacía” para legislar desde ahí. Los jacobinos lo explicaban diciendo que debían gobernar las leyes y no los hombres. Por supuesto, no se trata de que gobierne Dios, porque entonces gobiernan los sacerdotes. Para garantizar que gobiernen las leyes, tiene que existir un artilugio llamado división de poderes. El poder ejecutivo tiene que obedecer al poder legislativo y éste no debe ser el que juzga. Es la manera de impedir que ciertos hombres, ciertas camarillas, ocupen el lugar de las leyes y se conviertan en tiranos que imponen como leyes sus propios intereses. Eso sí, para que la división de poderes no sea un estafa, no basta con separar el poder legislativo del ejecutivo o el judicial. Es preciso que el poder así dividido sea realmente el poder. De nada vale dividir el poder político allí donde los poderes económicos son mucho más poderosos y permanecen sin civilizar en estado de puro salvajismo. En las condiciones actuales, el lugar de las leyes está siempre secuestrado por poderes salvajes que no responden ni al poder ejecutivo, ni al legislativo, ni al judicial. Son poderes económicos que no responden a ninguna disciplina constitucional. Demasiado grandes para dejarse legislar y para ser juzgados, se imponen al poder ejecutivo. De esta forma, la democracia es una ficción: el “espacio vacío” para que haya ciudadanía está ya ocupado por poderes incontrolables. Bajo el capitalismo la democracia es imposible.

Descendemos al terreno particular de la política en nuestro país. La macro política en España parece estar enfrentándose a una creciente tensión. De una parte la tendencia a debilitar las autonomías y afirmar el centralismo y, de otra, la también creciente tendencia identitaria que apunta a la desintegración. Si esta apreciación fuera cierta, ¿qué no hemos resuelto políticamente en más de treinta años de democracia? ¿Qué etapas no hemos recorrido correctamente y por qué?

Es una pregunta muy difícil. Tampoco estoy muy seguro de tener una respuesta segura a este tema. Hay ciertamente un problema muy serio. Y “quiera Dios” (o quien sea) que esto no se nos convierta en una especie de Yugoslavia. Quizás no sea para tanto. Pero si la crisis nos pone en una situación muy difícil, el Estado va a ver que no tiene más remedio que ahorrar (¿suprimiendo Autonomías?). Por ejemplo, en las próximas elecciones en el País Vasco es posible que gane Amaiur, un partido que proviene de partidos ilegalizados (lo que debería hacer reflexionar mucho sobre dicha ilegalización). Y, si no gana Amaiur, ganará el PNV, y entre Amaiur y el PNV tendrán una mayoría parlamentaria casi absoluta. Si la cosa se pone fea, ellos pueden decir: “España es un territorio que vota fundamentalmente al PP y nosotros no queremos saber nada con eso. Allá os apañéis, que nosotros seguiremos por nuestra cuenta”. ¿Cómo se va a resolver eso? Me da miedo pensarlo por las tensiones políticas espeluznantes que esto va a generar. Yo no tengo una solución. Sí es verdad que si miramos hacia atrás, hacia la época de la Transición, quizás tendríamos que haber optado por un Estado Federal o algo de ese tipo. Pero tampoco estoy seguro de eso.

Interesante. El federalismo ¿pudiera ser una buena alternativa a la actual situación?

No lo sé. Porque el federalismo, en un agravamiento de la crisis económica, también se rompería. No es lo mismo buscar modelos políticos en situaciones económicas normales que en situaciones críticas. En este momento las economías europeas están cerrándose sobre sí mismas y exigiendo soberanía frente a los mercados. Es lo que más se ha oído en la actual campaña electoral francesa: “recuperar la soberanía”. Y lo mismo piden los griegos. Porque en este momento estamos vendidos a una autoridad que nadie sabe dónde está, ni de dónde procede, que son los mercados. En esta situación es lógico que las sociedades comiencen a cerrarse sobre sí mismas. Y me temo que el mapa europeo va a cambiar mucho. Y en España nos vamos a encontrar con un conflicto muy profundo.

Vistas desde la ciudadanía, ni la reforma económica ni la laboral parecen llamadas a atajar a corto plazo los enormes costes que se están echando sobre los sectores medios y más vulnerables de la sociedad. ¿Se puede prever ya hacia dónde nos van a llevar a medio plazo? ¿Se pueden sacar ya algunas consecuencias de la huelga general del pasado 29 de marzo?

Empiezo por la segunda pregunta. En la tradición marxista y anarquista, la huelga general es la mayor manifestación de fuerza que tiene la clase obrera. En este momento, la clase obrera es verdad que tiene muy poca fuerza, con lo cual, la huelga general no da demasiado miedo. Ya dijo Rajoy que la huelga no iba a cambiar en absoluto su política. Pero, sin la huelga general, su política estaría disfrutando de un cheque en blanco. La huelga general es la única llamada de atención que se le ha dado a este gobierno. Es el único medio con el que contamos para expresar nuestro descontento y discrepancia. Es cierto que esta huelga no ha sido como para hacer temblar ni a la CEOE ni al Gobierno, pero sin la huelga general la revolución de los ricos contra los pobres estaría yendo a un ritmo mucho más vertiginoso.

Referente a la primera cuestión, creo que tenemos que hacer un pequeño ejercicio de memoria. Cuando comenzó la crisis, pongamos en el 2008, todos los periódicos dijeron que el capitalismo había fracasado, que había que buscar otro modelo económico, que habría que “refundar el capitalismo” como dijo Sarkozy… ¿Dónde ha quedado todo eso? Nadie ha vuelto a mencionarlo. Al final, resulta que el remedio para salir de la crisis es el mismo que la ha causado. Más de lo mismo. Es una huida hacia adelante. Masacrar más y más la capacidad de consumo de la población, enfriando la economía. No sé qué más pruebas necesitan los economistas actualmente para no darse cuenta de que esta política de contención del déficit no ha conseguido combatir la crisis en ningún sitio. El otro día lo dijo el conocido nobel de Economía, Paul Krugman: “pido a alguien –dijo- que me dé un solo ejemplo de un país que haya solucionado su crisis mediante políticas de contención del déficit”. Entonces, si no hay ni un solo ejemplo, ¿por qué seguimos huyendo hacia delante de esta forma?

El 25 del pasado mes de marzo hubo elecciones autonómicas en Andalucía y Asturias. A la vista de los resultados, ¿se puede pensar en algún inicio de la resurrección de la izquierda en España? ¿Qué le falta a la izquierda política en España, en Europa, para poder articular un proyecto serio e ilusionante de gobierno estatal? ¿Se puede esperar algún proyecto político alternativo al neoliberalismo reinante?

Yo me alegré muchísimo de la derrota del PP en Andalucía y en Asturias. En España tenemos la particularidad de no tener una derecha normal. El PSOE es una derecha normal, europea, civilizada. Pero el PP no lo es. En el Partido Popular se mezcla el neoliberalismo con el franquismo. Para derecha neoliberal ya tenemos al Partido Socialista. El PP, además de neoliberal y franquista, está vendido a la jerarquía eclesiástica más reaccionaria, a las sectas religiosas más peligrosas como el Opus, los Legionarios de Cristo, los Kikos, etc. En esta situación, pararle los pies a esta derecha española me parece siempre un motivo de alegría, que es lo que ha ocurrido en Andalucía y en Asturias. Junto con la huelga general ha sido una buena llamada de atención, un buen aviso al PP. Sin embargo, desde un punto de vista económico, la diferencia que hay entre el PP y el PSOE es prácticamente irrisoria. Los ministros de Economía son intercambiables. Solbes y Rato se estuvieron turnando en el Ministerio de Economía y era muy difícil notar la diferencia. Zapatero decía que tenía que hacer cosas contra su propia voluntad (como bajarles el sueldo a los funcionarios) porque los mercados lo exigían y lo mismo dice y hace hoy el PP. Dicen que están haciendo “lo que tienen que hacer”, “los deberes”, es decir, lo que los mercados les dicen que hagan. Aquí no hay política, son exigencias económicas que tienes que cumplir como un buen gestor. Los partidos socialistas europeos no van a hacer otra cosa que gestionar el mandato de los mercados. Las diferencias con la derecha serán muy pequeñas. Sin embargo, me parece un programa interesante el de Mélenchon en Francia. Él ha dejado las cosas suficientemente claras: bajo las condiciones capitalistas, esto no tiene solución; hay que cambiar el modelo económico; hay que proteger las legislaciones laborales, reforzar las instituciones democráticas, etc. Hay un resquicio de esperanza en este discurso para Europa. No estamos en una situación tan diametralmente distinta de la que se encontraba Europa en los años treinta y entonces nos encontramos con una guerra mundial.

El movimiento de los indignados y el 15 M ¿ha sido algo espontáneo, inesperado, sorprendente o tiene raíces donde entroncar en nuestra historia? ¿Cómo lo ves en el momento actual? ¿Qué futuro le espera?

El 15 M fue el resultado no de la espontaneidad sino de muchos años de trabajo en los movimientos sociales, que han trabajado desde la base, fuera de los partidos institucionales, como el movimiento antiglobalización, las ONG, los ecologistas, las feministas, los luchadores por la diferencia sexual, incluso los cristianos de base. En un momento crítico como el actual todo esto emergió y todos se encontraron en una plaza. Esto convocó a mucha gente más y se convirtió, durante algunos meses, en una gran escuela de formación política. Se creyó que de ahí pudiera salir algo así como una guerrilla de masas sin violencia, pensando que con solo mandar un mensaje por internet podríamos encontrarnos en la calle muchísimas personas, plantarse ante los desahucios, las detenciones de ilegales, en suma, concentrar millares de personas para interrumpir este desastre político en el que nos encontramos. Desdichadamente no ha sido así. Se han parado desahucios, es verdad, pero no de una forma suficientemente significativa; no se ha podido presionar a los bancos, no se han impedido detenciones de inmigrantes por la policía. En fin, el que no haya sido así, no quiere decir que no se vuelva a repetir con otras características. Dependerá de la situación económica en que nos encontremos.

Desde la inspiración cristiana de esta revista, queremos preguntarte por la presencia de los cristianos en la política actual de España y Europa. ¿Siguen teniendo una presencia relevante? ¿Qué sectores o tipo de cristianos? ¿Y en qué lugares? ¿Consideras esa presencia positiva o negativa de cara al equipamiento moral o ético de la ciudadanía y a su cohesión sociopolítica?

Los cristianos de base pueden tener un importante papel político y, de hecho, lo han tenido ya. Si no lo hubieran tenido, no habría sido necesario combatirlos de la manera en que los han combatido. El movimiento de los cristianos de base, englobado en lo que se ha llamado Teología de la Liberación, ha sido combatido muy explícitamente, con mucho dinero, incluso por la CIA. En Latinoamérica se financió a las sectas evangélicas, que fueron impulsadas para contrarrestar el avance de la Teología de la Liberación. No se reparó en medios, dinero, sectas, y a la postre, escuadrones de la muerte que se dedicaron a torturar y matar, a violar monjas, a exterminar civiles, etc. En España también ha tenido mucha importancia la Iglesia de los pobres: las Comunidades Cristianas Populares, los Comités de Solidaridad, la Iglesia de Base, grupos de Vallecas, como el de Enrique de Castro, etc. Mis padres siempre han sido católicos practicantes, pero yo diría mucho más cristianos que católicos. Todo esto no sólo me merece mi mayor respeto sino que lo veo muy esperanzador en cuanto a las posibilidades políticas que laten ahí.

Hay que reparar en que para combatir a la iglesia de los pobres, no sólo se han potenciado las sectas evangélicas. Han surgido sectas de base católicas de extrema derecha, como los Kikos, que también operan a nivel popular, compitiendo en los mismos escenarios pero para anular los efectos de la Teología de la Liberación. Para mí, la más terrible amenaza que existe hoy en el mundo cristiano son cosas tales como los Kikos. Y, por las alturas, el Opus que ha hecho un daño similar entre la gente rica. Luego, o allí donde estas sectas no son suficientes, se recurre a los escuadrones de la muerte.

Hoy hay un gran retroceso del catolicismo frente al evangelismo o las sectas como los Kikos. Pero creo que a la jerarquía eclesiástica le está bien empleado lo que le está pasando, porque tampoco protegió a la iglesia de los pobres. Todo lo contrario, se dedicaron a dictar excomuniones, a silenciar o expulsar a los representantes de un pensamiento liberador. La jerarquía no cuidó lo mejor que tenía en su parroquia, les dieron con la puerta en la narices. Por cierto, con directrices que redactó el actual papa. Porque fue él quien redactó las instrucciones contra la Teología de la Liberación y quien desde la Congregación para la Doctrina de la Fe excluyó a muchos teólogos. Y lo hizo en un momento en que la situación revestía mucha gravedad porque se dejaba a la iglesia de los pobres indefensa ante los escuadrones de la muerte. Muchos fueron asesinados. Fue famoso el gesto de Juan Pablo II señalando con el dedo a Ernesto Cardenal y diciéndole que normalizara su situación con la Iglesia. Es un gesto terrible porque se estaba jugando con fuego. No me da ninguna lástima la jerarquía católica porque lo que le está pasando se lo tiene merecido.

Pero no se trata solo de la presencia del cristianismo. La del Islam no parece que sea menos preocupante. Por ejemplo, en los países de las denominadas revoluciones árabes. ¿Qué piensas al respecto?

Las revoluciones árabes merecen la pena porque han sido contra dictaduras implacables, sanguinarias, criminales y atroces. Ben Ali era un torturador criminal; Josni Mubarak, igual; Basar al Asad es otro sanguinario dictador. Esas revoluciones están legitimadas simplemente por la crueldad de las dictaduras que han echado abajo. Otra cosa son los peligros que puedan encerrar. El protagonismo que está cobrando el islam en estas revoluciones, ¿no lo vamos a pagar muy caro en el futuro? Se está discutiendo mucho al respecto. Santiago Alba, que conoce muy bien la situación, está diciendo que el islam no debe dar miedo mientras sea el equivalente de lo que ha sido la Democracia Cristiana en Occidente. No pasa nada porque gobierne un partido islámico moderado como está pasando en Turquía. En cambio, otro analista mucho más viejo, Samir Amin, piensa que se están abriendo las puertas a un periodo indefinido de islamismo que podría cifrarse en… ¿cincuenta años? Tampoco ha sido ejemplar el predominio de la Democracia Cristiana en Europa. Y el predominio del equivalente de la Democracia Cristiana en Oriente puede ser incluso peor.

Sí quiero, con todo, decir una cosa: el radicalismo islámico tampoco es algo consustancial al islam. Fue muy financiado y construido políticamente por EE.UU. para combatir a la Unión Soviética en Afganistán. Crearon un monstruo que estamos pagando muy caro. Tampoco el islam es el origen de Al Qaeda. Inicialmente Al Qaeda fue una construcción de la CIA.

JOAQUÍN GARCÍA ROCA

José Ramón López de la Osa Y Evaristo Villar

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: José Ramón López de la Osa Y Evaristo Villar –
 
Cuando se leen los trabajos de Joaquín García Roca se percibe inmediatamente que este hombre no es alguien que se haya dedicado al cultivo de la sociología académica, ni tampoco un teólogo al uso. Es un reconocido sociólogo, un gran teólogo y conocedor del mundo filosófico. No en vano tiene un doctorado en cada una de esas disciplinas. Investigador inquieto e incansable, tiene una curiosidad científica infinita pero que él siempre ha filtrado a través de su experiencia vital y su compromiso social, por eso sus temas de estudio y de trabajo han estado siempre relacionados con la solidaridad, las migraciones, la educación, el bienestar social y, también, cómo no (y este es su último trabajo, por cierto, premiado), la Espiritualidad para voluntarios. Es de esas personas que infunden respeto y a las que uno les concede sin ningún reparo la autoridad. No por su lejanía y formalidad sino justo por lo contrario: por su conocimiento de los problemas, su rigor analítico y su competencia, su cercanía y su cordialidad. Pensamos en él, como en tantas otras ocasiones, a la hora de pulsar algunos aspectos del complejo problema de Europa en nuestra revista.

Echando una mirada amplia sobre la UE, vemos que hemos ido del tratado de Maastricht y pasando por la entrada del euro (lo que supuso una de las cesiones más extraordinarias de soberanía que se habían conocido hasta entonces), a una situación de reforzamiento de las políticas nacionales, llegando a un momento como el actual donde tenemos problemas serios para avanzar en formas de soberanía compartida que nos permitan el establecimiento de una Unión Europea con un papel más identificado y relevante en la gobernanza actual. ¿Qué se ha hecho bien y qué se está poniendo en peligro gravemente en este proceso?

En tiempos de la dictadura, Europa era la solución, en tiempos de la democracia, la Unión Europea se ha convertido en una pesadilla. Para una generación de españoles, Europa era más que un territorio, era el lugar por excelencia de la libertad, de los derechos humanos, de la tolerancia, de la acogida de los exiliados y represaliados de la guerra civil. Allí fuimos a ampliar estudios, allí aprendimos otros modos de proyectar el futuro. ¿Qué sucedió para que ese sueño emancipador se haya convertido en un lastre de donde proceden actualmente las malas noticias? Europa exige recortes sociales… demanda más austeridad… requiere sacrificios. La construcción europea tiene graves problemas de diseño. Para unos ese defecto de diseño se reduce a la ausencia de mecanismos para garantizar la productividad y la competitividad, para mí el defecto de diseño es la articulación de los tres generadores cuyas lógicas no han sabido conciliarse: un Mercado Común, un Proyecto político y una sociedad civil europea. La racionalidad del mercado se apoderó de las otras dos racionalidades, y los Estados y los mundos sociales se han sometido a la única racionalidad mercantil, que imposibilitan construir Europa más allá de la racionalidad del mercado, y buscar una salida a sus crisis más allá del mercado. Es el mercado quien inicialmente construyó el ADN de Europa y a quien se le confía la resolución de sus problemas. Todas las instituciones locales, nacionales e internacionales quedan sometidas a la ley del mercado, aunque produzca enormes pirámides de sacrificios, debilite la democracia y desmovilice a la ciudadanía. Este imperio del mercado ahora domina la escena política europea más aplastantemente que nunca. Su última versión es el capital financiero que se reproduce a sí mismo y se independiza del proyecto político y de la sociedad civil europea. Hasta llegar a creer que la solución actual es la provisión de liquidez por parte de los bancos centrales, la estabilidad financiera y el estímulo a la demanda.

¿Cómo es posible que lo que tenía en un principio un aspecto liberador se haya convertido en el mayor productor de incertidumbre y miedo? Cuando Europa se convierte en mercado, la economía devora la noción de persona ya que la reduce a un simple titular de dinero y a los pueblos en simples deudores que concurren en el mercado global. Una moneda única no puede sobrevivir sin un proyecto político, es difícilmente viable con 17 soberanías políticas, económicas y fiscales. Uno de sus arquitectos, J. Delors, lo ha reconocido abiertamente: la crisis financiera mundial ha precipitado la crisis del euro, pero esta hubiera llegado un día u otro debido a la falta de rigor y de coordinación de sus políticas públicas. “Europa se hará por la moneda o no se hará”, decía uno de sus fundadores. Mientras el mercado común se construye como un casino, dispuesto a conseguir un rendimiento espectacular en el plazo más breve posible, la unión política se construye sobre la centralidad de la ciudadanía y la sociedad civil se construye sobre relatos compartidos y sobre la convivencia de tradiciones e historias distintas.

Europa, sin estas energías emancipadoras, podrá ser malamente un mercado que se afirma frente a otras regiones mundiales, más interesadas en salvar la competitividad sobre el dólar y sobre los países asiáticos; pero le falta su alma y su identidad.

Vivimos una situación paradójica: por un lado Europa ha sido la cuna de la democracia, y si con algo nos hemos sentido identificados en nuestra andadura política y social ha sido con esta forma de organización. En cambio, ahora se están reforzando los nacionalismos y la crisis parece ser una de las causas. Hay quien habla incluso de período postdemocrático. ¿Qué democracia nos espera?

Los espacios regionales son los más idóneos para afrontar los desafíos de un mundo único e intercomunicado, pero la UE se ha quedado sin energías utópicas, la Europa de los mercaderes y la Europa burocrática de Bruselas ha agotado aquellas energías que la convirtieron en tierra de asilo, en fermento de los derechos humanos, en cuna del Estado social; su horizonte se ha empequeñecido y se ha teñido de pesimismo. Le importa más ser un fortín que una sociedad abierta y beneficiosa para todos los países del mundo que tienen una necesidad urgente de salir del subdesarrollo. En su diseño original triunfa la lógica económica, que siempre es excluyente frente a terceros, se imponen los más fuertes que crean un núcleo duro (Alemania y Francia), se construye de forma radial (centros y periferias) más que en forma de red.

Ante la falta de energía utópica, los poderes públicos siguen orientados a lo nacional, organizados según el patrón del Estado nacional y territorial. Es imposible entender algunas de sus medidas, sin aludir a sus intereses nacionales, lo que explica el desmedido interés alemán por la deuda ya que son sus bancos los beneficiados, el interés francés por la agricultura. Nos quedamos, de este modo, con el mercado y desplazamos la construcción política y social, que nos incapacita para crear una política unitaria sobre la energía nuclear, sobre el empobrecimiento estructural de los países subdesarrollados, sobre el paro y las desigualdades sociales crecientes en su interior, sobre el deterioro del medio ambiente, sobre la investigación biotécnica. En su célula madre hay una expropiación de la ciudadanía y de la participación interesada en el desarrollo del Estado social, en el control del capitalismo salvaje globalizado, en el respeto a los derechos humanos, en la defensa del asilo y del refugio, en la disposición a compartir el mundo con otros seres humanos ya que como decía Hanna Arendt “son los hombres y no el hombre quien habita la tierra”. son las energías utópicas que la crisis actual ha debilitado.

Un organismo así origina extremismos identitarios que empiezan a tener un amplio apoyo social, y se sostiene sobre una especie de fascismo social, que sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo financiero, promueve la segregación social de los excluidos.

Hay que inventar nuevas y plurales formas de democracia; sin descalificar la democracia electoral, que se sustancia en el voto, ni la democracia liberal que se sustancia en el individuo, es necesario apostar por nuevas formas de democracia participativa e intercultural. Aunque sea difícil de organizar, los movimientos sociales, las diásporas culturales, las minorías étnicas, las regiones y comunidades territoriales, las sociedades pluriculturales deben desempeñar un mayor papel en la organización de la democracia europea.

Recientemente se ha modificado un artículo de la Constitución española para cumplir de forma más rigurosa las medidas de reducción del déficit, como manda el texto del Tratado, pero se echan de menos medidas exigentes para incentivar el crecimiento. Los grandes partidos siguen las directrices de Alemania. Política y socialmente, ¿qué va a suponer esto visto desde la óptica de la ciudadanía?

Como resultado de lo dicho, ha preocupado más crear las condiciones propicias al mercado, que favorecer el uso democrático de los recursos y el reconocimiento de los derechos civiles, políticos y sociales sin los cuales no hay organización humana posible. Sin embargo la Europa del mercado no se ha complementado por una Europa de los ciudadanos, ni la Europa-fortín se ha conciliado con la Europa-asilo. Se posponen otras formas de integración, política, cultural y social. De modo que el vino nuevo se debía conservar en odres viejos: nada sobre los mecanismos de coordinación política, nada sobre la ciudadanía europea, nada sobre el funcionamiento de las instituciones comunes. Bastaría, torpemente, con revisar la Constitución en lo referente a la capacidad de endeudamiento de los Estados miembros, a sus irregularidades contables y a la solvencia de su sistema bancario. El reforzamiento de algunas fronteras ante la circulación de las personas y la discriminación racial que impregna algunas políticas nacionales europeas indican el desinterés por las cuestiones de ciudadanía.

El imperio del mercado comporta, en sus entrañas, una contradicción con el principio democrático ya que como advierte Adam Smith el poder de los ciudadanos (democracia) se concilia mal con el poder de la propiedad (capitalismo).

Parece obvio que hay que tomar medidas en orden a contener el gasto, por lo tanto es justo asumir prácticas de mayor austeridad y para ello se están pidiendo grandes esfuerzos, pero, en cambio, las esperanzas que se ofrecen parecen muy inciertas. ¿Qué se puede hacer por quienes se están quedando en la cuneta? La cantidad de gente que está cayendo en niveles de pobreza absoluta crece por días. ¿En momentos de crisis los derechos humanos se relativizan?

Ante la pobreza, que persiste y se amplía a nivel europeo, hay que activar medidas de redistribución; no existe menos riqueza sino menos igualdad y más diferencia entre los primeros y los últimos. Esta transformación requiere de tres vías: la vía cultural y ética, la vía de presión y movilización social, y la vía política e institucionalización legislativa. De la ruta ético-cultural se espera que introduzca en la realidad una tensión que actúa como un horizonte de expectativas y una especie de utopía-energía para la promoción de alternativas. Es importante una revolución cultural de las expectativas que no se conforme con crecer sino que se pregunte para qué crecer, a costa de quién se crece. No tiene sentido crecer para seguir creciendo. Esta ruta cultural se despliega en la educación de los sentimientos y convicciones morales, en la promoción de virtudes públicas como la colaboración y la solidaridad y en estilos de vida sostenibles.

De la movilización ciudadana se espera que las organizaciones locales e internacionales inauguren nuevas formas de participación, que como frenos de emergencia, se disparen en contacto con el sufrimiento humano, con la exclusión, con la inhumanidad. La construcción europea, en expresión de Walter Benjamin, se ocupó más de los motores del desarrollo que de los frenos de emergencia. Qué son, sino frenos de emergencia, los movimientos sociales que proponen alternativas mundiales a la crisis, las redes internacionales que gritan a favor de la tasa Tobin y del comercio justo, o el clamor de los indignados. Esta movilización ciudadana logra nuevos derechos que permiten conmover y revertir los cimientos de una sociedad en nombre de otro mundo posible, en organizaciones cívicas que promueven la participación ciudadana y en voluntariados que configuran la economía del don.

Pero no basta domiciliar la caridad en los sentimientos morales ni en la movilización ciudadana sino también requiere ser institucionalizada a través de conquistas legales e instituciones públicas. El debilitamiento actual de los sistemas de protección no trae nada bueno a los que están peor situados. Se necesita institucionalizar las tres generaciones de derechos de forma que nadie quede desprotegido mediante conquistas legislativas que puedan ser exigidas vía derecho: la renta de ciudadanía, los servicios sociales, sanitarios y educativos, y en general lo que hemos identificado como estado social.

Nuestras sociedades son plurales y complejas, y Europa hace mucho que camina en esa dirección. La diversidad y el pluralismo pueden ser una vacuna contra el dogmatismo y la intolerancia, pero ese pluralismo demanda unos valores sustanciales comunes y un texto que los recoja. ¿Nos hubiera ayudado en esta coyuntura actual el haber tenido ya la Constitución europea?

Una Constitución es un elemento necesario ya que el Estado nacional resulta un marco demasiado estrecho para afrontar los problemas actuales y los riesgos globales, tanto económicos, sociales, y culturales, sin un proyecto político de gobernanza. Sin embargo no va a ser una constitución lo que funde la identidad europea, en un momento en que las fronteras no están aún fijadas, ni están definidos los derechos de los ciudadanos de los países miembros, ni se ha logrado una política común exterior, policial, medioambiental, social y laboral. La constitución europea, si quiere ser algo más que un texto muerto, que dure al menos cinco años, ha de nacer de un proceso abierto, experimental y plural. La Unión Europea necesita de un largo periodo de experimentación ya que necesita formas mixtas de gobernación, de recreación de las historias nacionales, de articular unidad y diversidad, de reconocimiento de identidades plurales, de la solidaridad nacional que no pueden ser resueltas todavía. Creo que es mejor mantener vivo el poder constituyente que cerrarlo de golpe desde la centralidad de una nación o de una ideología o de unos grupos de poder, como sucedería actualmente. Europa debe ser un proceso constituyente, propicio a la colaboración de abajo arriba, antes que un poder constituido. Tendrán que desaparecer las definiciones excluyentes del extranjero, socializar las historias nacionales que permitan pasar de enemigos a colaboradores, y comprender que ser europeo se puede conciliar con identidades múltiples, ser español, alemán o griego. Incluso que tu historia puede ser tan válida como la mía. Y llegar a entender, como propone el historiador Joseph Fontana en Europa ante el espejo, que una de las pocas lecciones de la historia que parecen tener validez universal es que ninguna muralla protege permanentemente a una colectividad de los invasores que la amenazan, si no consigue establecer alguna forma de pacto con ellos.

La constitución europea tendrá que librarse del sueño nefasto del siglo XX que llevó a muchos Estados europeos a intentar crear naciones culturalmente homogéneas con identidades unitarias. Europa nunca fue una sociedad homogénea ni cultural ni lingüística, ni religiosamente, aunque se intentara por todos los medios.

La población europea ha cambiado mucho en los últimos 50 años, la inmigración ha dibujado un mapa diferente y por ello las religiones ocupan un papel relevante en la nueva configuración. Hay valores, por ejemplo, como los de “libertad religiosa” o “libertad de conciencia” que son básicos en nuestro esquema de libertades. ¿Cómo está cambiando la influencia de las religiones la cultura europea?

Europa se ha construido durante miles de años en oleadas de inmigrantes que ocuparon territorios. Llegaron los romanos y se quedaron, llegaron los fenicios y los celtas y se quedaron, llegaron los árabes y muchos se quedaron, llegaron los pensionistas nórdicos y se quedaron en las costas mediterráneas. Todo el mundo ha venido de algún otro lugar, y cuando llegan los últimos, la bienvenida siempre resulta una tarea exigente. Europa se ha construido como un estrato geológico formado por movimientos migratorios que intercambian y comunican entre ellos. Hoy no buscan espacios ni tierras sino trabajo, bienestar y oportunidades económicas. En contradicción con su propia historia, Europa renuncia a ser tierra de asilo y se sirve de un lenguaje militarista para afrontar los procesos migratorios: invasión, oleadas, expolio. Europa está atrapada en una seria contradicción con respecto a las personas inmigrantes. Por una parte se les necesita como trabajadores y por otra no son aceptados de buen grado como ciudadanos y molestan en los parques, en las discotecas y en los servicios públicos, ya que sobrecargan los presupuestos gubernamentales de bienestar y confrontan el sentido de la propia identidad. Requiesti ma non benvenuti, como dicen los italianos.

La Unión aplica políticas restrictivas a la ampliación de derechos favoreciendo así el miedo al inmigrante, al que atribuyen quitar trabajo, traer enfermedades ya vencidas, disparar la delincuencia y hacer peligrar el Estado de Bienestar. Sin ellos no subsiste el proyecto europeo, y con ellos resulta imposible.

En esta quiebra del proyecto europeo sitúo yo la gran aportación de las religiones. La crisis actual no ha creado condiciones favorables para el ejercicio de la fraternidad, más bien en contexto de escasez el otro es un competidor, las casas se blindan, los extranjeros se reducen a extraños. La experiencia religiosa por antonomasia consiste en reconocer que fuera de la propia tribu existen seres iguales a nosotros, que el mundo alberga a otros seres parecidos pero con igual dignidad y derecho. En la base de la Unión Europea está la responsabilidad no solo por los que pertenecen al mismo círculo sino también por los perdedores, dejándose así afectar por el sufrimiento de las víctimas de esta historia nuestra. Al servicio de esta responsabilidad universal ante el sufrimiento, que concilia el universalismo moral con la solidaridad y la compasión deben estar las religiones en esta hora. Y su gran mensaje hoy es anunciar que se puede y se debe universalizar desde las víctimas de la crisis y no desde los vencedores, desde los marginalizados o excluidos y no desde los banqueros. El lugar de la salida de la crisis son los últimos ya que cuando ellos tienen reconocidos sus derechos los tenemos todos.

Uno de los temas de debate en el proceso de elaboración de la Constitución europea era la mención expresa del origen cristiano de Europa. ¿Qué papel jugará el cristianismo en Europa?

La Unión Europea ha ido construyendo su propio proyecto frente a otros modos de entender el futuro. Como ha señalado Rifkin en El Sueño europeo, mientras la mayoría de los inmigrantes llegados a Estados Unidos optó por olvidar su pasado y sacrificar su presente para obtener futuras recompensas, los europeos quieren preservar y cultivar su herencia cultural, disfrutar de una buena calidad de vida aquí y ahora, y alumbrar un mundo de paz sostenible en un futuro próximo o lejano. En consecuencia, la construcción europea tiene distintas fuentes, distintas tradiciones y distintas sabidurías.

El cristianismo tendrá un papel en Europa en la medida en que respete esta pluralidad y sirva, fomente y proteja la esfera de solidaridad universal. Lo cual compromete al cristianismo en la construcción de la laicidad como característica de un proyecto político europeo de convivencia.

La laicidad, como proceso socio-cultural intenta ampliar la libertad cultural y gestionar la diversidad, que permita a la gente vivir de acuerdo con sus preferencias, escoger entre opciones disponibles y ampliar las alternativas para ser y hacer aquello que valoran en la vida. Impide la exclusión basada en el modo de vida, en elementos étnicos, raciales, sexuales o religiosos. Como realidad política, el principio de laicidad se opone a la imposición de una religión, ideología o pensamiento. El principio de laicidad es un modo de ser Estado ante la configuración plural de la sociedad civil, un modo de proteger la libertad religiosa, la libertad de creer o no creer, de expresar o practicar una fe de forma libre y pacífica.

Los obispos europeos, con ocasión del debate sobre la Constitución de la Unión Europea, afirmaron que “la laicidad es una de las aportaciones que los mismos cristianos deben hacer a la construcción de la convivencia”. Lo cual desautoriza a los que se niegan a construir una cultura laica en el modo de relacionarse el Estado con las confesiones políticas y las diásporas culturales. La laicidad, la religión cristiana y el proyecto político europeo no sólo son compatibles sino que se pueden dinamizar y enriquecer mutuamente. Un proyecto laico europeo acaba con el monopolio de la fuerza física para resolver conflictos, que justificó la venganza privada, la guerra de religiones, la coacción y la violencia. Asimismo, cuestiona el monopolio de cualquier tipo de saber, incluso de saber científico, que desprecia otros conocimientos como la intuición, la poesía, la historia, las culturas populares. Ha sido el gran aprendizaje de la reciente crisis global haber mostrado la debilidad del conocimiento económico y financiero para prever catástrofes. Cuestiona también el monopolio de la religión y de una ética para ordenar la convivencia y promover convicciones, símbolos y buenas prácticas para la construcción de valores comunes y compartidos, sobre lo que no debe volver a producirse en ningún caso (por ejemplo, ninguna cultura reclama legítimamente el derecho a practicar la esclavitud, o la necesidad de una guerra de religiones) o sobre lo que debe preservarse (la paz, la confianza, el respeto, la tolerancia, la libertad religiosa).

Los cristianos tenemos razones suficientes para estimar lo común; cuando se pierde lo común, nos perdemos a nosotros mismos. Es el verdadero sentido de la invocación a la ley natural, que se despliega hoy en los derechos humanos, que son la capacidad moral de la humanidad para descubrir y proteger las condiciones necesarias para la dignidad humana. Al aceptar el premio Nobel de la Paz, Martin Luther King proclamó una “fe audaz” en que “en todas partes la gente pueda tener tres comidas al día para su cuerpo, educación y cultura para su mente y dignidad, igualdad y libertad para su espíritu”.

Creer en la ley natural significa reconocer que en la historia del otro hay también verdad, bondad e inteligencia. Lo extraordinario y difícil en la sociedad laica es reconocer la igualdad, reconocer que fuera de la propia tribu existen seres iguales a nosotros, con igual dignidad y derecho, reconocer que según San Pablo “Dios es todo en todos”.

La eliminación de la Educación para la ciudadanía se ha hecho invocando las Directivas europeas. ¿Consideras, como creen los obispos, que este hecho es una buena noticia?

La invocación a las directivas europeas es un pretexto para justificar una decisión discutible y sumamente ideológica. El ministro del ramo alude por igual al Consejo de Europa y a la “evidencia científica comparada”, ambas estrategias de inmunización. Yo creo por el contrario que la eliminación es una medida ingenua, irracional y contraproducente. Es ingenuo creer que los contenidos doctrinarios circulan por la única vida de la EpC., ya que impregnan, por igual, la historia, las matemáticas, la geografía y la religión. Haría bien la jerarquía comprometiéndose en la lucha contra lo doctrinario en todos los campos, empezando por sus instituciones.

Es irracional sustraer a los jóvenes de una oportunidad educativa de socializar los valores comunes. Es un error preparar a los jóvenes para un universo de medios y secuestrar los fines. Esta debería ser la prioridad de la Iglesia en un momento en que importa más tener trabajo y crecer que saber para qué se trabaja y para qué se crece. Hacer de los jóvenes algo más que un candidato a la producción y al consumo es el gran desafío hoy de la educación. Si en lugar de socializar los valores, nos conformamos con que los jóvenes conozcan las leyes hacemos un flaco servicio al uso público de la razón. Lo denunciaba Hannah Arendt con ocasión del proceso contra el criminal Eichman, a quien, según ella, le aquejaba la falta de reflexión para distinguir lo bueno y lo malo. De este modo nos previno contra ese fenómeno contemporáneo que es “la tendencia a rechazar el juzgar en general. Se trata de la desgana o incapacidad de relacionarse con los otros mediante el juicio… En eso consiste el horror y, al mismo tiempo, la banalidad del mal”.

Es contraproducente identificar la educación cívica con la enseñanza de leyes, constituciones e instituciones nacionales y europeas. Este es el mayor error a largo plazo. Si algún peligro tiene nuestro tiempo es el positivismo de la ley, que identifica los valores éticos con lo legislado y lo instituido, confunde lo ético con la ley. El cardenal Ratzinger en su diálogo con Habermas se pregunta quién podrá alimentar los valores de la sociedad laica. Confía la alimentación de los valores de la sociedad laica a las llamadas minorías creativas, en las que “laicos y católicos, los que creen y los que no creen como las ramas del árbol con muchos pájaros deben andar los unos al encuentro de los otros con una nueva capacidad de apertura. Los creyentes no renuncian nunca de buscar, y quien busca, por otra parte, está tocado por la verdad y como tal no puede ser clasificado como un hombre sin fe o sin principios morales inspirados de la fe cristiana”.

Es la trampa que el presidente del tribunal constitucional de Italia. Zagrebelsky, denunciaba en su diálogo con el teólogo Ratzinger que interese más la Vida que las personas vivientes, más la Familia que las personas que viven en familia. La solidaridad actual permite hablar más de las personas vivientes que de la Vida, más de las personas que viven en familia que de la Familia, más de Educación para la Ciudadanía que de Educación cívica y constitucional. Mientras el derecho es un conjunto de proposiciones legales, que se expresa en códigos y comportamientos abstractos, el ejercicio de la ciudadanía se expresa en concretas actitudes, acciones y hábitos del corazón.

ADELA CORTINA

José Ramón López de la Osa

Éxodo 111 (nov.-dic.) 2011
– Autor: José Ramón López de la Osa –
 
Adela Cortina es una de las voces más autorizadas del panorama ético, no solo español, que lo es sin duda, sino internacional. De ello dan muestra tanto el dinamismo investigador y docente de su departamento en la universidad de Valencia, como su numerosa producción bibliográfica. Tiene esa cualidad, propia de la buena comunicadora y gran docente que es, y que consiste en expresar con terminología muy familiar y accesible lo que es complejo. Quienes trabajan con ella y la conocen en el día a día, dicen que es de esas personas que cree en lo que dice y que vive como piensa. Y además, dicen también que nunca evade un compromiso, y eso lo hemos comprobado, aceptando con delicada exquisitez que invadiéramos su sobrecargada agenda de trabajo y le robásemos el tiempo necesario para responder a nuestras preguntas.

Las formas que adquiere el consumo son unos indicadores privilegiados de las características, tanto del momento histórico que se vive como del tipo de persona que predomina en una sociedad. En nuestras sociedades modernas da la sensación de que “somos lo que compramos”: ¿consumimos para cubrir nuestras necesidades o es el consumo el que dibuja nuestro perfil identitario? ¿Corremos el peligro de ser identidades sin entidad?

Podría parecer que consumimos para satisfacer nuestras necesidades, y en parte es verdad, pero en una parte muy pequeña, porque la forma en la que consumimos tiene unas características que le llevan mucho más allá de la simple satisfacción de necesidades. Y esto no es ni malo ni bueno, sino que es así, pertenece a nuestra forma de ser personas y de relacionarnos entre nosotros. Por eso, como decía Sócrates, lo importante es que nos conozcamos a nosotros mismos, en este caso –diría yo– que conozcamos las características de la acción humana de consumir para que podamos elegir la forma que nos parezca más liberadora y justa. Como decía en Por una ética del consumo, la esencia del ser humano no consiste en ser consumidor, sino en ser libre, y libremente hemos de optar por unas formas de consumo u otras. Pero para hacerlo tenemos que saber que el consumo es, al menos, simbólico, comparativo, comunicativo y social.

Para empezar, el consumo es simbólico, ir vestida es una necesidad, pero la ropa que llevo me incluye en el grupo de los que llevan ese tipo de ropa, y lo mismo pasa con la vivienda, el coche, incluso el tipo de comidas, que me inscriben, lo quiera o no, en grupos determinados, en los que llevan mi mismo estilo de vida. Me contaba un compañero, profesor de Instituto en un barrio marginal de Málaga, que los niños preferían ir a clase sin calcetines que ir sin móvil. Tener móvil significa mucho más que la posibilidad de hablar con otros a través de él, significa pertenecer al grupo de los que tienen móvil.

Pero también el consumo es comparativo, compramos a menudo cosas que no necesitamos porque se las hemos visto a otros, incluso sin darnos cuenta; de pronto nos disgusta lo que tenemos sencillamente porque hemos visto cosas mejores. Es ya un clásico el libro de Veblen La teoría de la clase ociosa, en el que se muestra cómo el afán de emulación es uno de los móviles para consumir que ha hecho crecer la economía. Los angloparlantes hablan del afán de “estar a la altura de los Jones” y yo me he permitido hablar del afán de “estar a la altura de los García”. Que en ocasiones es una estupidez, si bien se piensa, pero en otras es afán de justicia: ¿por qué ellos sí y yo no?

Las acciones de consumo son también comunicativas, de algún modo expresan qué soy, qué quiero y qué pienso. “Dime lo que consumes –ha llegado a afirmarse– y te diré quién eres”, y una gran cantidad de anuncios nos aconseja consumir determinados productos con el señuelo “¡Sé tú misma!”. Pero es que es verdad que expresamos nuestra identidad también en la forma de consumir, porque eso es lo que otros ven en nosotros.

Por último, consumimos socialmente, y no de forma aislada, y eso lo saben bien los productores, sobre todo en lo que se refiere al mundo del regalo, que es todo un circuito prácticamente imposible de cortar. “El que toma a dar se obliga”, y no se puede ir a bodas, comuniones, cumpleaños y ese largo etcétera sin llevar un regalo adecuado y sin organizar después un festejo parecido para corresponder, porque es una forma de estar en sociedad y quien se sale de ella queda como un gorrón o como un marciano.

Todo esto no es ni bueno ni malo, sencillamente tenemos que saberlo para elegir bien.

Acabas de mencionar la dimensión simbólica del consumo y, siguiendo por ahí, nuestros hábitos de consumo se inscriben en el marco cultural de la sociedad: no se entiende la demanda de un bien solo por su valor material sino por el valor simbólico que aporta ese bien en el sistema comunicativo. A principios de los noventa, Galbraith describió estas sociedades nuestras como de Cultura de la satisfacción. ¿Seguiría siendo válida esta descripción? ¿Qué ha cambiado?

En los últimos tiempos, con la realidad inexorable de la crisis, las gentes se ven obligadas a apretarse el cinturón y pensarse mejor en qué gastan. Sería muy recomendable que aprovecháramos la crisis para aprender por lo menos que se puede ser ciudadano en esto del consumo, que podemos decidir libremente qué productos queremos y para qué, sin dejarnos manipular, porque cuando queremos ya nos conformamos con lo más importante. Y en este punto la idea de Galbraith del “efecto dependencia” sigue siendo clave.

Según Galbraith, los productores, para poder vender, crean necesidades en las gentes a través de la publicidad para que sigan consumiendo, porque la producción depende del consumo. Mantener un alto nivel de producción exige entonces crear en las gentes un êthos consumista, hábitos de consumo, de forma que crean que eso es lo natural. Pero si la producción no lleva a satisfacer necesidades, sino que depende de la creación de necesidades, entonces nunca es bastante. Y se da la dolorosa paradoja, creo yo, de un mundo dividido entre los países que nunca tienen bastante porque creen necesarias cosas que no lo son, y los países en que tampoco hay bastante porque no se pueden satisfacer las necesidades más básicas. Esto es lo que nos pasa, y no puede ser más irracional. Haría falta un Pacto Global sobre el Consumo, como defiendo en mi libro, si queremos demostrar un poco de racionalidad y de elemental corazón.

Por qué nos hipotecamos con cosas que no solo nos endeudan constantemente sino que además dejan de captar nuestro interés enseguida, y pasamos a ponerlo en otra diferente. Josep Ramoneda dice que “se existe en el acto de consumir”. Parece dramático, ¿no?

No es tan dramático, simplemente hemos de comprender cómo somos y qué es lo que nos pasa para poder ser dueños de nuestras decisiones. En principio, quien quiera seguir viviendo tiene que consumir, sólo quien opta libremente por una huelga de hambre renuncia al consumo. Pero si no se opta por algo tan excepcional, entonces entramos en ese mundo humano del consumo que tiene sus propias reglas, como por ejemplo, que el afán de novedad es uno de los móviles del consumo. Esto lo saben muy bien los productores y por eso añaden nuevas prestaciones a las mercancías para atraer compradores.

Contaba una religiosa, al regresar de África donde había estado muchos años, que le había llamado la atención sobre todo la gran cantidad de yogures que había, porque cuando se fue sólo los había blancos y se vendían en farmacias. Ahora los hay de todos los colores y sabores posibles. Y es que nos agota la monotonía, nos cansamos de ver siempre el mismo paisaje, los mismos visillos, los mismos sofás, de vernos siempre el mismo pelo o las mismas gafas. Por eso viajamos, reformamos la casa, cambiamos de “look”, con el secreto afán de encontrar algo nuevo que tal vez nos haga más felices.

Cuando el afán de novedad se convierte en innovación fecunda, eso es espléndido, cuando se queda en el consumo indefinido de mercancías de las que ni siquiera se disfruta, es alienante.

Creo que estamos tan preocupados por procurarnos ese cúmulo de cosas tan artificialmente “necesarias” que no tenemos tiempo para dedicarlo a algo tan importante como es estar al día y pensar en lo que ocurre a nuestro alrededor o, también, en dedicar más tiempo, entre otras cosas, a construir relaciones duraderas con los otros. Con frecuencia son muy utilitaristas. ¿Nos falla la formación cívica o hay algo más?

Me temo que lo que nos fallan son la inteligencia y el corazón, nos falla esa “razón cordial” de la que he hablado, porque resulta ser que lo que hace más felices a las personas no es disfrutar de mercancías costosas, sino de la relación con otras personas, llevar adelante tareas compartidas, contemplar la belleza, celebrar buenas noticias sin necesidad de gastos extraordinarios, leer buenos libros, ver películas de calidad, empeñarse en proyectos con sentido que tengan como efecto mejorar la vida de las gentes. Tenía razón Nietzsche cuando decía que los seres humanos tenemos más necesidad de sentido que de felicidad, pero también es verdad, creo yo, que la felicidad depende en muy buena medida de hacer cosas con sentido, y con un sentido que no se acabe en uno mismo.

Mucha gente se plantea el mismo dilema: consumir es una necesidad porque tenemos que satisfacer demandas, pero el consumismo nos enajena. ¿Cómo introducimos el consumo en nuestro estilo de vida de forma que ésta sea humanamente constructiva y satisfactoria?

Pues haciéndolo, como decía en el libro, autónomo, justo, corresponsable y felicitante. Del consumo justo hablamos en la próxima pregunta, en cuanto al consumo autónomo es preciso, en principio, conocer las propias motivaciones y los propios hábitos porque, si no, otros nos llevan donde en realidad no querríamos ir si supiéramos más acerca de nosotros mismos. Y esto vale para el consumo y vale para la política, porque si no nos conocemos, otros manipulan nuestras emociones y ni siquiera nos enteramos. Por eso la heteronomía es moneda corriente y la autonomía, una rara avis. Pero para ejercerla también hace falta saber elegir apropiándose de las mejores posibilidades que tenemos y no “expropiarse”. Es curioso que la palabra “expropiación” se entienda tan bien cuando se aplica a terrenos y se utilice tan poco para hablar de lo que nos pasa cuando dejamos de ser nosotros mismos. Esto es lo peor de las adicciones, sea droga, alcohol, lujo, que la persona ya ha vendido su alma y deja de pilotar su existencia. Por eso algunos autores aconsejan tomar decisiones de consumo que no lleven aparejados unos gastos de los que después no nos podremos librar.

Lo que ocurre es que es muy difícil adoptar formas liberadoras de consumo individualmente, al margen de las demás personas. Por eso me parece muy fecunda la palabra “corresponsable”, porque cambiar los estilos de vida de forma que toda persona pueda llevar una vida digna no sólo exige responsabilidad personal, sino también corresponsabilidad en grupos que bregan por una misma causa. Fortalecer las asociaciones de consumidores es una buena medida, de modo que no sólo exijan que se respeten los derechos de los consumidores, sino también que promocionen el consumo responsable y justo. Pero importa asimismo proponer estilos de vida dignos que puedan universalizarse, que cualquiera pueda adoptar y sean acordes a la dignidad humana.

Y todo ello, claro está, con vistas a conseguir la felicidad personal, que es la meta a la que todos tendemos, aunque parezca mentira si miramos a este mundo que hemos construido en que la felicidad es un recurso tan escaso. Como decíamos antes, compartir con otros una vida plena de sentido es el mejor camino a la felicidad, y un consumo que esté al servicio de este proyecto es un consumo humano.

¿Qué es el consumo justo? ¿Qué tenemos que hacer para que nuestros hijos comprendan que en ello les va toda una forma de comunicarse con los demás y de entender la vida en general?

Suele hablarse de comercio justo y de consumo responsable, pero no de consumo justo y, sin embargo, a mí me parece imprescindible hacerlo. Precisamente porque no consumimos de forma aislada, sino socialmente, mi horizonte no puedo ser yo sola, sino ese universo, que es ya global, en el que unos no hacen sino intentar satisfacer sus deseos, mientras que la inmensa mayoría no puede satisfacer sus necesidades. Según cuentan, en la Cumbre de Río de 1992 los países desarrollados insistieron en hablar del crecimiento demográfico y los países en desarrollo replicaron que de acuerdo, siempre que se tratara también sobre el consumo en el Primer Mundo. Acordaron al final no hablar de ninguno de los dos temas.

Y es que el discurso de los derechos humanos no se sostiene con esta distribución de recursos tan escandalosamente desigual. Por eso sugiero apostar por lo que se ha llamado una clase media global, que permitiría universalizar estilos de vida incluyentes, en los que cualquier ser humano tendría cabida. No se trataría de universalizar formas de vida costosas, que acaban con el medio ambiente, sino de que todos pudiéramos adoptar, si quisiéramos, la forma de vida de las clases medias, cosa que no destruye el medio ambiente y proporciona los medios suficientes como para llevar adelante los planes de vida que tengamos razones para valorar.

Pero para eso habríamos de cambiar la mentalidad y poner la producción al servicio de las necesidades de consumo de las personas y no seguir tratando al consumo como motor de la producción. Esa sería la gran revolución de personas que quieren ser ciudadanos también en la forma de consumir: que quieren consumir lo que eligen de forma autónoma y responsable, codo a codo con los demás seres humanos, porque a fin de cuentas somos ciudadanos del mundo. Ése es el subtítulo del libro: “la ciudadanía del consumidor en un mundo global”. Transmitir a los hijos esta forma de vida con el ejemplo, más que con las palabras, es la llave del futuro.

Ha aparecido un nuevo libro tuyo titulado Neuroética y neuropolítica. Viéndolo, antes de leerlo, surge una pregunta que, creo, se hace mucha gente. Tratamos de construir, defender y potenciar, tanto nuestra libertad como el reconocimiento de los demás, y nos esforzamos por poner eso en normas aplicables a todos. ¿Hay espacios cerebrales que desarrollan especialmente esta labor? ¿Nuestro interés por lo efímero duradero del consumo y nuestro utilitarismo consecuente está como condicionante en nuestro cerebro?

Lo más interesante de nuestro cerebro es que al nacer sólo el 30 % está ya configurado y a lo largo de nuestra vida vamos configurando el restante 70 %, que, como es obvio, es la mayor parte, y además goza de una gran plasticidad; una plasticidad que va decayendo en las últimas etapas de la vida, pero sin desaparecer. Con lo cual, sigue siendo verdad, como decía Ortega, que la vida humana es quehacer y el quehacer ético es quehacerse. Tenemos la apasionante tarea de hacernos a nosotros mismos, junto a otros.

Pero sí que hay unos códigos impresos en el cerebro por la selección natural, como analizo en el libro, unos códigos que nos llevan a cooperar con los parientes y con las gentes más cercanas. Ése es el mecanismo que la evolución ha ido seleccionando para reforzar nuestras posibilidades de supervivencia, más que el egoísmo de quien pretende maximizar su beneficio. No existe el individuo aislado, eso es una ficción. Existimos personas vinculadas, gentes que no podemos desarrollar nuestras potencialidades si no es en cooperación con otros. El homo oeconomicus, el maximizador de beneficios que no necesita a nadie más, no existe, existe el homo reciprocans, el que está dispuesto a dar cuando tiene expectativas de recibir. Por eso en la vida cotidiana es moneda corriente el intercambio de regalos, el afán de parecernos a otros, el deseo de ser acogido en el grupo que lleva adelante un estilo de vida, claves todas ellas que nos constituyen de alguna forma y que, como hemos dicho, están ligadas a nuestro modo de consumir.

Ahora bien, si nuestro cerebro presta lo suficiente como para ir más allá del intercambio de regalos, de favores o de prebendas, si nos inclina a tener también en cuenta a quienes no parecen poder ofrecer nada a cambio, que es lo que da sentido al discurso de los derechos humanos y, por supuesto, al cristianismo, eso es algo de lo que también se trata en el libro. Pero, claro, no voy a desvelar su final, porque entonces pierde atractivo.

JOSÉ ANTONIO MARTÍN PALLÍN

Benjamín Forcano

Exodo 110 (sept.octub.) 2011
– Autor: Benjamín Forcano –
 
José Antonio Martín Pallín, destacado jurista español, conocido por su “insobornable independencia” y por ser “garantista y de izquierdas, sólo comprometido con los valores constitucionales”, ha sido Magistrado del Tribunal Supremo y es Magistrado emérito del mismo Tribunal, miembro de la Comisión Bioética de España y de varias instituciones de juristas, presidente de la Asociación de Derechos Humanos de España, presidente de la Unión Progresista de Fiscales y Portavoz de Jueces para la Democracia, Premio Jurista de la Universidad Complutense de Madrid.

Es un placer, José Antonio, entrevistarte para la revista Éxodo. Sin duda, tus palabras serán de

Comienzo por dos preguntas de actualidad. La primera a propósito de lo que has escrito sobre la última reforma de la Constitución y la segunda sobre el juez Garzón.

Relacionando tu misión de juez, de ciudadano y de político, ¿mantendrías la decisión tomada por el gobierno o mantienes a pesar de todo una postura crítica con lo que ha hecho?

En primer lugar, muchas gracias por tus palabras.

El caso se explica por sí mismo y cuando yo escribí en El País todavía no había salido la sentencia del Tribunal Constitucional alemán, en el sentido de considerar que las ayudas a Grecia eran constitucionales. El problema es muy grave y se ha procedido con una rapidez y una frivolidad impropia de unos gobernantes que tengan sentido de responsabilidad, no solamente en el presente sino en el futuro. Imponer por Constitución un déficit es un brindis al sol. En el caso de que se incumpla, ¿cuál sería la sanción? ¿A esa persona la podríamos considerar como un malversador de caudales públicos? ¡No entiendo nada!

Lo único que podrían decir es: mire, Vd. se ha pasado del déficit constitucional. Otra solución sería: “bueno, Vd. está tergiversando la realidad, porque en definitiva sería el Tribunal Constitucional el que tendría que resolver”. ¡Peor me lo ponen! Porque un tribunal lo que tiene que hacer, con arreglo a unas pautas jurídicas, difícilmente puede echar sobre sus espaldas la política económica de un país, o la política económica de varios países de la Unión Europea. Entonces ¿qué hace el Tribunal Constitucional? Pues hacer como ha hecho Alemania: “¡Hombre, es constitucional, pero la próxima vez reúnan Vds. al parlamento, porque en una democracia hay que reunir al parlamento!”. ¡Vaya avance! Después de todo, creo que ha sido una medida perjudicial, porque al final si se aplica estrictamente en términos políticos, que no jurídicos, el gobierno de turno va a decir: ”los gastos públicos deben llegar hasta aquí, por tanto, tengo que recortar”.

Como te decía, me resulta casi obligatorio preguntarte por quien tendría que haber respondido esta entrevista: Baltasar Garzón. Este juez es considerado a nivel internacional el juez estrella de nuestro país. Tiene a su favor más de 80 premios concedidos. ¿Por qué, sin embargo, parece tener en su contra a la clase judicial española?

Hay varios factores. En primer lugar, su proyección internacional. Garzón ha intervenido en casos de jurisdicción universal, que han tenido repercusión universal. Y, además, han sido tan emblemáticos como el de Pinochet, que según yo creo fue el punto culminante que atrajo la atención de todo el mundo, no solamente jurídica sino también política. Muchos exclamaron entonces: “¡Hombre, pues los dictadores no son tan intocables como, al parecer, nos querían hacer creer los sabios jurídicos de otras épocas!”.

En segundo lugar, dentro de nuestro país ha intervenido en asuntos que han levantado polémica, como el GAL… Es cierto que se podía haber abstenido, pero el GAL ya existía y los hechos son los hechos. Por tanto, fue una aportación que, cuando llegó la causa al Tribunal Supremo, decidimos volviese a repetirlo todo, aunque sabíamos que le iban a atacar por ese lado, sobre todo en Estrasburgo.

Y muchos más temas, de alto contenido económico, como el relacionado con Botín, etc. Y eso ha hecho que mucha gente se haya sentido aludida y ofendida, y se hayan desatado campañas de prensa contra él. Pocas personas han sido tan zarandeadas por los medios de comunicación como el juez Baltasar Garzón. Lógicamente, ese eco tan desproporcionado a unos les ha gustado y a otros les ha molestado. No olvidemos que la Gürtel tiene también su origen en Garzón y por ella le van a exigir responsabilidades. Estos y otros factores explican por qué su caso resulta controvertido y criticado.

Según datos objetivos, el 90% de las causas instruidas por Garzón en 22 años han sido justificadas por el Tribunal Constitucional. ¿Cómo explicas que haya pasado a ser investigado sin consistencia jurídica precisamente por aquellos que debieran homenajearle?

Entramos en un tema que antes no había abordado, la causa por la guerra civil. Aquí no existe una derecha democrática al nivel de Francia o de otros países, es una derecha muy ligada al discurso, que por más de 40 años ha machacado al país, haciéndole creer que todos los asesinatos cometidos por el franquismo estaban justificados y se regían por la ley del “ojo por ojo”. Con esto se ha judicializado un debate histórico y político, al que el juez Garzón trata simplemente de darle forma jurídica. Una infinidad de historiadores habían denunciado que el franquismo fue un régimen genocida. Si en el año 49 o 50 los norteamericanos deciden que el franquismo debe caer porque quieren aquí una democracia, había la posibilidad de que Franco se hubiera sentado en el banquillo de los acusados y esto hubiera tenido graves consecuencias. No fue así, pero eso no justifica que, porque haya durado otros veintitantos años más, todo lo que hiciera fuese una Santa Cruzada.

¿Tú crees que, con posibles fallos, porque todo el mundo los tiene, la actitud fundamental del Juez Garzón se puede considerar imparcial y valiente con su oficio?

Con las explicaciones que hace el juez Baltasar Garzón, pone en marcha formalmente una causa penal contra el franquismo. Es un auto que está ahí. Cualquiera lo puede leer, es algo contundente. Es un auto de casi 10.000 páginas, en las que va detallando muy minuciosamente los hechos. Y repito una vez más que los hechos son los hechos y no se pueden cambiar. Por lo tanto, cualquier discusión de que si el franquismo fue A o fue B, está en el plano de la dialéctica política. Están los hechos, con ejecuciones de farsas jurídicas, como el consejo de guerra y ejecuciones, como la desaparición de personas, de niños, etc.

¿Está en peligro el futuro judicial de Garzón? ¡Se le acusa, creo, de prevaricación en España!

Algunos piensan que debe responder de sus actos como cualquier otro ciudadano.

Han encontrado en el caso Gürtel una base jurídica y práctica, mucho más sólida que en el caso de la Guerra Civil, o de los malos en Nueva York, que no aparecen aun después de haber pasado tanto tiempo… Cualquier otro juez en su caso hubiera dicho: ”yo no puedo seguir investigando más”.

Estas dos causas son las que pueden seguir adelante. Y entonces vamos a entrar en un debate de hechos. Efectivamente, se ordenó las escuchas a letrados relacionados con la trama, pero ¿cuando cambiaron los letrados no actuó con diligencia inmediata? Eliminó el contenido de esas conversaciones de la causa; quizás se descuidó 48 horas.

Si aplicamos este mismo rasero a todos los jueces y juezas españolas, tendríamos un porcentaje de imputados bastante alto.

Tú tienes una larga carrera como fiscal, magistrado y ahora como abogado del Tribunal Supremo. ¿Te ha tocado verte ensalzado o perseguido por incidir con independencia en la solución de intereses en conflicto?

Sí. Por ejemplo, en el caso Banesto, sobre el que ahora Mario Conde tiene acceso a los medios (algunos dicen que ha comprado Intereconomía, no sé si es cierto). La verdad es que, en términos muy correctos, dice que yo también me equivoqué. Bueno, ahí está también mi sentencia, el que tenga humor –porque es un poco larga-, pues que la lea y valore según su contenido.

Después ha habido actuaciones, más que nada derivadas de mi presión sobre la sociedad y los Derechos Humanos, que han sido desagradables al poder del momento. Desagrado del poder político que consideraban mis opiniones sobre el registro, que afortunadamente era en el barrio del Pilar, una cosa surrealista, entrar en un barrio como si fuese una ciudad sitiada, la famosa patada a la puerta, etc.

Esto no me ha creado simpatías. Lógico. Un Ministro del Interior se opuso a que me nombraran Fiscal General de Madrid y, la verdad, me hicieron un favor, porque ser Fiscal General de Madrid hubiera mermado muchas de mis actividades. Además, son cerca de 300 fiscales, y son una piña, con lo cual los problemas ya no son jurídicos sino seguramente administrativos.

Después, aunque con alguna reticencia, he de reconocer que me apoyó gente del Poder Judicial, relacionada con el PSOE. Me nombraron Magistrado del Tribunal Supremo, que supuso la culminación de todas mis aspiraciones. Y hace algunos años la Comisión General de Juristas, una de las Comisiones más antiguas del mundo, que tiene su origen en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, me ha nombrado Comisionado y me ha procurado una actividad en el Exterior Internacional, como en Latinoamérica en que he estado más de 100 veces. Ahora tenemos una especial atención en el área Egipto- Túnez.

¿El poder judicial, qué es para ti: un servicio público, un poder del Estado, un poder al servicio de los ciudadanos?

Yo lo vivo con ilusión, porque creo que el poder judicial es un instrumento insustituible en un Estado de Derecho y una estructura que puede ayudar a los ciudadanos y proporcionar beneficio a la cohesión social y a la paz social: “A cada uno, lo suyo”.

En otros casos, el Estado tiene que ser consciente de que no puede dar a cada uno lo suyo porque la realidad es constructiva, estamos ya, y esto es relativamente reciente, dentro del Poder Judicial y dentro de la Fiscalía en eso que llaman la Cultura de la Mediación. Vamos a procurar solucionar los conflictos antes que desemboquen en un juicio. Por varios motivos: porque se agudizan las tensiones cuando llegas al juicio y porque es más caro. Hay que ahorrar, ahora que estamos en tiempos de crisis y es bueno para todos. Siempre he concebido el poder judicial así, una garantía frente a los abusos del poder, garantizar al ciudadano que no se va a ver sometido a los abusos del poder.

Pienso que no pocas veces esto no es entendido por los ciudadanos, quizás el defecto sea nuestro.

En tu libro “¿Para qué servimos los jueces?”, no dudas en afirmar que el modelo judicial español está agotado, aquejado al parecer de males endémicos. ¿Cuáles?

Trataré de resumirlo. Los constituyentes vieron que el problema radicaba en que nuestros juicios eran procedimientos escritos y reiterativos. Lógicamente la informática ha incurrido en la lentitud y ¡sé lo que digo!, porque se acumulan tantos folios que resulta inmanejable: más de 10.000 folios en el caso Garzón. En un asunto ya inamovible, no se necesita un complemento de información, salvo que el autor del auto, sea Garzón o sea quien sea, diga: “Es que estaba loco cuando lo hice”, que es inverosímil, en cuyo caso termina el material de la declaración y se dice: “bueno, vamos a juicio”, para así no acumular. Este es uno de los males, la falta de la realidad, y lo ven los ciudadanos: repetición innecesaria de papel, superacumulación de pruebas y no llevarlas a juicio oral.

Después hay un segundo mal, aunque se han hecho esfuerzos para tratar de acortar los procedimientos, por ejemplo en el ámbito civil, pero resulta que cuando ya tienes una sentencia favorable y te dicen que tienes derecho a cobrar, 10.000 euros, por ejemplo, tú te vas tan contento del Juzgado pensando “¡hay que ver! Qué bien ha funcionado todo”. Pero, ¿y ahora cómo los cobras? Ese es el problema, la ejecución de la sentencia y ahí tampoco se ha querido hacer nada.

Paradójicamente, aceptamos con naturalidad el hecho de que tanto los Ayuntamientos como la Dirección General de Tráfico, sin darnos opción posible, puedan meterse en las cuentas corrientes para cobrar las multas. Y en un procedimiento judicial eso todavía no se puede hacer. Vamos, que le cuesta mucho al que ha ganado una sentencia cobrarla y eso hace que sea absolutamente desmoralizador.

¿El atraso y carencias del poder judicial son de ahora, de la democracia, o tienen arraigo en tiempos pasados? ¿Qué peso le atribuyes al franquismo y al nacionalcatolicismo?

Al franquismo ninguno y al nacionalcatolicismo le reprocho muchísimas cosas, pero en esto ¡seamos justos! Después de 40 años de dictadura, lo actual resulta una contradicción, tenían que hacer una justicia democrática, respetuosa con los derechos y libertades, todo lo contrario a lo que era el franquismo y, sin embargo, llevamos ya 30 años de democracia y seguimos diciendo: “Tenemos más de cuatro mil jueces y antes teníamos mil. Y ahora necesitamos 500 más”. Esto parece una factoría de jueces. Se han convocado para este año, creo recordar, menos de 100 plazas de Policía Nacional y 400 plazas de Jueces y Fiscales, eso es algo que tendrán que explicar a los ciudadanos.

¿El sectarismo de los partidos políticos pesa y tiene reflejo perverso a la hora de hacer su nombramiento?

No en los jueces en general. Donde se concentra la presión política es fundamentalmente en el nombramiento de Magistrados del Tribunal Supremo y en menor medida en los Tribunales Superiores de Justicia. La influencia se refugia más todavía en la sala segunda, ya que esta sala segunda de lo Penal va a poder exigirle responsabilidades en el sentido de que hay una visión, ya no digo de Estado, que es una palabra muy gastada y además un poco totalitaria, sino una visión democrática, que requiere transparencia y servicio a los ciudadanos.

Aun cuando no puede exigirse a los jueces que dejen a un lado su ideología, ¿ves posible establecer un Estatuto del juez que garantice su independencia? ¿Señalarías algunos de sus rasgos básicos?

El Estatuto ya está establecido, en Naciones Unidas concretamente, la Comisión Internacional de Juristas, de la que yo formo parte, tenemos desde hace muchos años un centro para la independencia de jueces y abogados.

Todos hemos establecido reglas internacionales, de cómo deben ser las características de un juez, en cuanto a su selección, su formación, su retribución y en cuanto a poder actuar libre de presiones de los poderes políticos.

En términos generales, discrepo radicalmente en la formación, es un problema gravísimo. Un juez tiene que tener memoria reflexiva, sensata y tiene que ser capaz de reflejar o abordar la realidad.

¿Cómo ves hoy las luchas entre la España centralista y la España constitucional? ¿La Constitución actual marca un rumbo nuevo para el ejercicio del Poder Judicial?

No creo que tenga que ver con esto el centralismo o las autonomías. Eso es un problema endémico en nuestro país, no se arregló en su momento, creo que perdimos la oportunidad en la primera República, hubiera sido un bien para España, no ha sido así y estamos pagando las tensiones.

Creo que mucha gente ha tergiversado las resoluciones del Supremo y del Constitucional. El Supremo dice lo que puede ser. Pero la educación no es un problema político, es un problema de las Ciencias de la Educación, de la Psicología. Por tanto, dejemos que la política actúe en otro lado. ¿Qué es más razonable y qué está dando magníficos resultados en Cataluña? El catalán, como lengua que se utiliza en colegios. Hay colegios que utilizan el catalán y si el chico o la chica tiene problemas de inmersión, se le pone un refuerzo para que se adapte y esto funciona bien.

Es un poco lo que reconoce el Tribunal Constitucional, habla de la proporcionalidad, de que el sistema funciona bien, lo dice el Tribunal Supremo. ¡Cómo va a decir que el castellano no es lengua vehicular! Si también funciona bien y satisface las necesidades pedagógicas y educativas de niños y niñas. Eso es lo fundamental y no el debate político ancestral, que no tiene nada que ver con lo que dice un Estado moderno.

¿Qué no debiera faltar hoy a ningún juez que presuma de actuar con libertad y ecuanimidad dentro de una democracia: memoria, inteligencia, calidad humana, conocimiento del entorno social…?

En primer lugar, el conocimiento. Ya se decía un poco en la época del franquismo, que las leyes se deben adecuar con arreglo al conocimiento de la realidad social, no aislarse del entorno, acercarse al conflicto de ambas partes, cosa que no se enseña, que no está en los códigos, no hay una regla uniforme escrita, que se pueda aprender de memoria. Al mismo tiempo, un gran sentido de la independencia, y humildad, pues nos podemos equivocar. Para eso están los Sistemas de Recursos y en todo caso, como es una resolución, no debería ser de comprensión exclusiva de los juristas.

¿Hasta qué punto la jurisdicción de la Corte Penal Internacional de La Haya es universal, sin limitaciones, para poder actuar en toda clase de territorio?

Las palabras tienen un profundo significado, se habla de la Corte Penal Internacional, lo cual es exacto, pues la forman muchos países, sólo quedan fuera los que no la han firmado. Si fuese universal sería omnicomprensiva, (entonces, no quedarían fuera Estados Unidos, Rusia, China y algunos otros países que no la han firmado). Se ha hecho una pequeña concesión diciendo: Bueno, todos aquellos países que rechazan algo tan fundamental como que sus ciudadanos sean juzgados por crímenes contra la humanidad, genocidios, tortura, etc., no tienen razones ni argumentos en contra. Entonces, se ha dicho que si el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas lo acuerda por unanimidad, también se puede ir contra los ciudadanos de los países que no lo han firmado. Pero enseguida surge la pregunta: ¿Quién está en el Consejo de Seguridad con derecho a veto? Rusia, China y Estados Unidos.

¿Tú crees que desde el punto de vista éticojurídico, cuando se trata de juzgar esos crímenes contra la humanidad, hay razones serias para que ningún país pueda eximirse?

En absoluto, las razones serí an la prepotencia de los resabiados imperialistas, como cuando los americanos decían: “a mis soldados no los juzgarán extranjeros”. Eso sería también lo que dijo Napoleón en su momento, Luis XV y todos los autócratas que han existido a lo largo de la historia, no hemos avanzado mucho.

¿Qué mal habría que enmendar más urgentemente en el momento presente para, según indicas, “corregir el rumbo que nos está rebajando ante nuestros ciudadanos?”.

La verdad que este cambio de rumbo no se puede hacer de la noche a la mañana, se está empezando a hacer cosas, creo que la autocrítica es muy importante, las asociaciones judiciales hemos hecho un ejercicio de autocrítica que no se ha hecho en otros sectores profesionales, sólo falta que esto se generalice y halle capacidad de transmisión. A veces, los ritmos son opacos y aburridos y esto aleja al ciudadano de la justicia, hay que dar un enfoque correcto y no se va a conseguir de la noche a la mañana.

¿Señalarías como un mal mayor la politización de la justicia desde el emblemático instrumento del Tribunal Constitucional?

Con el Tribunal Constitucional tenemos el mismo problema que con los Magistrados del Tribunal Supremo, a los Magistrados los nombra el Consejo del Poder Judicial, el Consejo a su vez está influenciado por el Parlamento, mejor, no por el Parlamento sino por los partidos políticos, porque esto no se decide en debate libre y abierto en la Comisión de Justicia. Si fuera en el Parlamento, que es al fin y al cabo una soberanía, pero… pero no engañemos al ciudadano, esto se decide en Ferraz y Génova y algunas veces se les da una pequeña tajada a los nacionalistas…, alguna vez a Izquierda Unida, pero eso ya son concesiones de restos.

TERESA FORCADES I VILA

Evaristo Villar

Éxodo 109 (jun.jul.) 2011
– Autor: Evaristo Villar –
 
Acogemos la palabra de la Hna. Teresa Forcades i Vila, religiosa benedictina, doctora en salud pública y teóloga feminista que ha aceptado amablemente dialogar con la revista ÉXODO sobre el retorno de “la cristiandad”.

Su posición como teóloga está avalada por la tesis doctoral en teología fundamental (“Ser persona hoy. Estudio del concepto de persona en la teología trinitaria clásica y de su relación con la noción moderna de libertad”) pero, también, por otras obras como “La teología feminista en la historia”, libro del que dice que lloró al escribirlo cuando fue descubriendo que desde el siglo IV, con Gregorio Nacianceno, ya estaba clara la conciencia de la desigualdad de trato a las mujeres en la Iglesia y sin embargo constatar la resistencia de la institución hasta hoy día para ofrecerles un trato igual.

Comprometida con las mujeres como teóloga feminista y con sectores sociales marginados como los homosexuales, intenta aunar las dimensiones social y espiritual de modo inseparable. Sus posicionamientos de denuncia en la gestión política de la “Gripe A” parten de su análisis del comportamiento de las grandes empresas farmacéuticas; le han valido descalificaciones desde los sectores beneficiarios de las mismas pero no han detenido su voz alta y clara.

Desde una mentalidad abierta, moderna tal como Ud. la entiende, ¿qué es lo que no está yendo bien en la Iglesia católica: su inserción en el mundo, su teología, su administración, su espiritualidad?

Lo más importante creo que es la reforma democrática de las estructuras eclesiásticas, reforma que no está reñida con la constatación de lo que en la Iglesia se llama “gracia de estado”, esto es, reconocer que los ‘cargos’ no se ejercen en la Iglesia simplemente como en una empresa, sino que tienen una dimensión místico-sacramental. Esta parte mística de la comprensión de la estructura eclesial y de sus cargos es fundamental, pero no está reñida con la elección democrática. En mi monasterio, por ejemplo, creemos, tal como nos indica San Benito, que la abadesa actúa “in persona Christi”, pero esto no es impedimento para que la elijamos (también según nos indica San Benito en la regla) de forma democrática, por votación. Ni tampoco impide (otra vez como indica la regla, que es un documento del s. VI) que la abadesa pueda ser destituida por la comunidad. No veo por qué no se puede aplicar este principio tradicional monástico a la comunidad eclesial en su conjunto.

Hay bastantes personas, católicas y agnósticas, que piensan que estamos retornando a una época premoderna, a la época de cristiandad -que ya se consideraba superada-, y, en España, a la “recatolización de lo privado”, como ya advertía Alfredo Fierro. ¿Cuál es su opinión al respecto y a qué se debería?

Creo que existen dos modos básicos de huir de la propia libertad: uno es la alienación bajo una autoridad externa y el otro es la creencia que tengo en mi ser auténtico que tiene derecho a ser reconocido. Me apunto, con el filósofo Karl Jaspers entre muchos otros, al modelo antropológico abierto que reconoce que en última instancia no soy más –ni menos– que “capacidad de ser” y que lo que me hace actualizar esta capacidad es solamente el amor al prójimo. Digo esto porque el “retorno a la Cristiandad” me parece que debe ser leído como reacción a una exagerada afirmación de las identidades atomizadas, como si la noción de bien común fuera cosa del pasado. La añoranza de una sociedad cohesionada no es solamente negativa, pero es obvio que el retorno a una cohesión impuesta desde fuera no es la solución.

Actualmente, la sociedad occidental en esta época de crisis socio-económica está retornando a un neoconservadurismo que ignora las propias reformas alentadas dentro del sistema capitalista en el pasado reciente. Y la jerarquía católica guarda silencio cuando no lo apoya directamente. En su opinión, ¿por qué se da esta asociación con las políticas y partidos conservadores? ¿Existen razones teológicas que justifiquen tal vinculación?

La jerarquía católica en general parece tener miedo, parece no sentirse cómoda en el mundo de la llamada Postmodernidad. Intelectualmente se nos ha escapado el mundo actual, lo hemos mirado con condescendencia por no tener una visión coherente de la realidad, hemos esperado a que se autodestruyera, y vemos con asombro que en lugar de eso se reinventa y aparecen por doquier proyectos de vida que ya no se alimentan de la tradición judeo-cristiana y que parecen hacer felices a las personas. Esta situación es muy buena para el cristianismo y para la Iglesia, pero aún no nos hemos dado cuenta del potencial de purificación que conlleva. ¿Por qué con políticas y partidos conservadores? Supongo que por intereses creados. Supongo que cualquier macroinstitución tiende a ser conservadora. En la Iglesia el milagro no es que sea conservadora, sino que generación tras generación aparezcan en ella verdaderas revoluciones del Espíritu que, contra viento y marea, no dejan de dar sus frutos. Creo que los cristianos debemos tomar seriamente y también sencillamente la afirmación de Jesús: “Seréis perseguidos” y entender que eso se aplica dentro y fuera de la Iglesia. Le pasó a Jesús y le ha pasado a cualquier reformador con mensaje. Las pioneras y pioneros se pelan la nariz. ¿La razón teológica que justifica esto? Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

El papa ha estado recientemente en Santiago y en Barcelona; en agosto vendrá a Madrid. Además de sus consabidos mensajes sobre la familia, la sexualidad y la presencia de la religión en la educación, llamó mucho la atención su calificación de la sociedad española como impregnada de “un laicismo agresivo”. ¿Observa Ud. signos de agresividad contra la Iglesia en España? En caso afirmativo, ¿desde qué sectores y por qué motivos?

Observo signos de agresividad de ciertos sectores de la sociedad contra ciertos sectores de la Iglesia en España; observo signos de agresividad de ciertos sectores de la Iglesia en España contra ciertos sectores de la sociedad y observo signos de agresividad de ciertos sectores de Iglesia contra otros sectores de Iglesia. La convivencia plural es un reto para todos. Dicho esto, creo plausible que exista en los medios de comunicación más influyentes el deseo de desprestigiar a la Iglesia católica como institución e incluso de ridiculizarla, puesto que es la única institución mundial actualmente capaz de oponerse a la cultura hegemónica. Por ejemplo, el convencimiento de que ciertas vidas no vale la pena vivirlas (en estados de deficiencia profunda o no tan profunda, en estados de invalidez…), las teorías de la mercantilización del ser humano y los ataques a la noción de libertad personal que provienen de las (pseudo)neurociencias, encuentran hoy en día su más consistente y a veces su única oposición en teólogos o intelectuales católicos.

En los medios sociales más independientes y en ambientes críticos –también cristianos- se está valorando muy negativamente la confusión que envuelve la figura del papa –viniendo a la JMJ como jefe de Estado y representante de la Iglesia católica, su vinculación con los poderes políticos y económicos, etcétera, mientras brilla por su ausencia la comunidad creyente de la Iglesia como pueblo de Dios-. ¿Consideras estos viajes compatibles con el estilo de Jesús anunciando el Reino de Dios? A tu juicio, ¿son necesarios estos viajes, y, en su caso, cómo se debieran plantear?

Conozco personalmente a jóvenes que han sido transformados muy positivamente por estos encuentros. Conozco también las críticas y creo que tienen fundamento: despilfarro, medidas de seguridad, misas masivas, catolicismo-espectáculo, catolicismo-emocional, catolicismo concentrado en unos pocos días sin compromiso en las parroquias… Sin embargo, no estoy en contra de los macro-eventos, creo que son un signo de los tiempos. Los monjes de Montserrat, nuestros vecinos, son especialistas en organizarlos. Lo importante es cómo se escoge el mensaje, qué se dice, a quién se invita y a quién se excluye… Participé en América Latina, concretamente en Venezuela, en un macro-evento con macro-misa en honor de Óscar Romero y para mí fue una experiencia muy buena.

La mentalidad de Benedicto XVI es bien conocida: habla de una sociedad secularizada en la que se ha impuesto un pluralismo disolvente, cuyas consecuencias más notorias serían el paganismo, el hedonismo y la dictadura del relativismo. ¿Ud., desde su profundización en la teología y la cultura moderna así como en el conocimiento científico médico, considera que tal posición refleja una incapacidad de comprensión de la autonomía del mundo o, tal vez, una oposición desesperada ante el avance del pensamiento científico-técnico?

Creo que la posición y las críticas de Benedicto XVI identifican correctamente ciertas limitaciones de la cultura actual y creo que es muy importante que estas limitaciones se formulen con rigor y libertad de espíritu, por muy políticamente incorrectas que sean. Ahora bien, en los escritos del Papa percibo una incomodidad de conjunto con la sociedad y la cultura actual, una añoranza del tiempo pasado con la que no me puedo identificar. No creo que nuestra sociedad y cultura actuales sean peores que las de hace cincuenta años: las mujeres y las personas homosexuales, por ejemplo, carecían de derechos básicos. Pero tampoco creo que sea mejor: la explotación y la alienación parecen haber crecido, la brecha entre ricos y pobres se ha multiplicado de forma atroz. Creo que cada época histórica tiene sus retos y que no tiene sentido compararlas para decidir cuál es mejor. La nuestra tiene, en el corazón mismo de los límites que le critica el papa, la semilla de su superación. Vuelvo a lo que cité más arriba de las dos formas de alienación: el mundo no se salva ni desde fuera (heteronomía) ni desde dentro (autonomía). El amor es otra cosa. No es lo que decido hacer con mi libertad, puesto que el amor no es posterior a la libertad, pero tampoco es previo. Entrar en esta zona de la libertad amorosa, del tomarse en serio el servicio al prójimo y dejar el juicio a Dios, te transforma la vida y ya no resulta tan importante ir colgando etiquetas a nadie: no a la sociedad contemporánea ni al Papa.

¿En qué ha quedado el espíritu del Vaticano II, su apertura a los signos de los tiempos, tras los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI? ¿Qué está necesitando la Iglesia católica universal y, en particular, la española para entroncar con la modernidad y la democracia? ¿Qué aportaciones vendrían desde un nuevo concilio de tipo tradicional y jerárquico y cuáles desde asambleas participativas de todo el pueblo cristiano?

Creo que la transformación realizada por el Vaticano II es muchísimo más profunda de lo que algunos imaginan y que la Iglesia post-vaticano II no podrá nunca regresar, por mucho que algunos lo intenten, a la situación previa. Ciertas formas severas de clericalismo eran antes del Vaticano II percibidas como normales, hoy siguen existiendo pero son minoritarias: la mayoría del pueblo católico percibe el clericalismo como algo disfuncional. Lo que ocurrió con la recepción de la Humanae Vitae no tiene vuelta atrás. La mayoría de los católicos actuales creen que hay cuestiones que deben dirimir con la propia conciencia. No sé si se producirá un nuevo concilio de tipo tradicional y jerárquico, pero sí sé que las asambleas participativas proliferan y son un descubrimiento para muchos cristianos jóvenes y no tan jóvenes. En cualquier caso, me parece una pérdida de tiempo esperar que las cosas cambien desde arriba. Nunca lo han hecho. Incluso Dios tuvo que hacerlo “desde abajo”.

Desde su encendida defensa de la presencia en igualdad de las mujeres en la sociedad y en la iglesia, ¿observa indicios de que se estén produciendo iniciativas para recuperar en el cuerpo de la iglesia católica aquel estatuto de igualdad y dignidad que se desprende del evangelio y que se acuñó gráficamente en Gálatas 3,28?

Usted es muy optimista con esto de “recuperar”! Creo que no ha existido nunca en la Iglesia ni en la sociedad en su conjunto esta igualdad. Ni en tiempos de Jesús ni en tiempos de San Pablo. Es algo hacia lo que caminar, conscientes de que las dificultades principales para relacionarnos más allá de los estereotipos de género se encuentran en nosotros y no fuera de nosotros. No creo que la sociedad patriarcal sea la sociedad que los varones han construido en contra de las mujeres, porque sin nosotras simplemente no lo hubieran conseguido. Creo más bien que la sociedad patriarcal es la sociedad que mujeres y varones construimos y mantenemos cuando vivimos en la vida adulta en continuidad con nuestra identidad infantil, a saber, la identidad que tiene a la figura materna como referente. Estamos llamados como Nicodemo a nacer de nuevo, no de una mujer, sino del agua y del Espíritu. Y eso nos cuesta. Mientras, en toda mujer tenderemos a ver a una madre y en todo varón a un hijo a quien cuidar. Por eso, las mujeres patriarcales son las que dicen: “Los hombres –se refieren a los varones– son como niños”.

A pesar de todas las dificultades en una época de neoconservadurismo, hemos asistido atónitos al despertar en varios países del mundo árabe y, en nuestras plazas, al grito de los jóvenes “indignados”. ¿Cuál es el futuro que augura a estos movimientos? ¿Supondrán, en algún modo, un despertar nuevo para las comunidades cristianas?

Muchos de estos movimientos de indignados se nutren de personas que pertenecen a comunidades cristianas que no han dejado para nada de estar despiertas. No me resulta fácil separar indignados de cristianos, pero resulta obvio la pluralidad de los indignados y eso es, creo, su mayor valor: no se trata de una propuesta ideológica, sino de una demanda mucho más básica, se trata de reconocer el deterioro de la democracia y la urgencia de revelar que el Emperador hace mucho tiempo que va desnudo. No creo que el sistema actual pueda vehicular las demandas de los indignados: como diría Rosa Luxemburgo, no se puede esperar que una reforma cambie las reglas de juego; para eso hace falta una revolución. Como la que se está dando, por ejemplo, en Venezuela. El futuro del movimiento de los indignados creo que pasa por no tener miedo en establecer alianzas con los países secularmente explotados. Los miramos aún con cierta condescendencia y es ahí, en la resistencia de los hondureños, por ejemplo, donde se está gestando con más fuerza una noción realista y viable de justicia social y económica.

¿Por qué nos resulta tan difícil a los cristianos imaginar tan siquiera otro tipo de Iglesia? ¿Qué nos impide concebir otro tipo de organizar lo mucho bueno que ya se está dando en servicio mutuo y del mundo en el que (y para el que) vivimos? ¿Qué decisiones deberíamos tomar para visibilizar colectivamente nuestra conversión al evangelio y el seguimiento de Jesús de Nazaret?

El motor de las personas cristianas ha sido siempre la relación personal con Jesús de Nazaret. No tener miedo de tratarle, en palabras de Sta. Teresa, como se trata a un amigo. De sentarse un rato al día con Jesús y mirarle en silencio, dejar que nos mire. De observar con calma qué dice y cómo se comporta en los pasajes evangélicos, como aconseja San Ignacio. La oración es la fuente de la creatividad cristiana. Lo que nos mantiene vivas. En la oración percibimos el polo receptivo de Dios, percibimos que espera algo de nosotras, algo personal, algo que es distinto para cada una.