El necesario diálogo y algunos temas que la comunidad cristiana de hoy debe tener presente entre su fidelidad a Jesús y si fidelidad a este “signo de los tiempos” que se da en Catalunya

Jaume Botey

Aunque en su origen este texto que ahora incluimos en “La Brecha” no fue pensado por su autor para esa sección, nos ha parecido, sin embargo, que se trata de un texto sumamente apropiado para este lugar. Es un texto breve con el que concluía Jaume Botey su artículo en la sección “A fondo”. Apuesta en él decididamente por restablecer el diálogo y por tender puentes entre las posiciones encontradas, con lo que implica de autocrítica y cambio de actitudes. Y ello, no solo por razones políticas, sino también creyentes: solo la apertura a los otros despeja el camino al Otro, al Transcendente… Hay aquí mucho trabajo “en la brecha” para la comunidad cristiana, como sabe muy bien Jaime Botey y evoca sucinta, pero lúcida y valientemente, en este breve texto.

Es necesario restablecer el diálogo. Necesario desde la perspectiva política para resolver conflictos. No hay otro camino. Esto supone tender puentes y una política clara de corrección de los estereotipos que de manera sistemática se han ido alimentando. Es necesario un cambio de actitudes.

Pero, además, en la construcción del diálogo el cristiano puede tener otro tipo de consideraciones. En la Palabra con los demás, en el reconocimiento sincero del Otro, el cristiano encontrará la dimensión transcendente del Otro, y la posibilidad de una puerta abierta al infinito (Buber, Lévinas…). Negarse al diálogo es negarse a abrir esta puerta del Otro y su misterio, es empobrecerse. Porque el diálogo exige conversión del corazón. Y si por desgracia acaban pesando más los prejuicios, si la negativa a escuchar es firme, aunque se invoque al diálogo sólo quedará frialdad, cálculo, estrategia, fuerza.

Lamentablemente algunas posiciones, tanto en el interior mismo de algunas comunidades como en su relación con otras, se niega el diálogo. Y cuando no hay diálogo, el otro queda anatematizado como culpable y justificada la confrontación. Como dice la hoja parroquial de una humilde comunidad periférica y muy alejada de cualquier planteamiento independentista, “Desde la madurez humana y la coherencia y honestidad cristiana estamos llamados a aprovechar este tiempo histórico para hacer este entrenamiento: reformular criterios, romper moldes, valorar la diferencia, la contrariedad. Es lamentable que unos sencillos cristianos neguemos la dignidad al criterio contrario y a las personas que lo defienden, y admitimos la negación y con ella las mentiras, difamaciones, ridiculizaciones, amenazas, la defensa del uso de la fuerza, del miedo la desinformación” [1].

Para abrir el diálogo es necesario identificar dónde está el conflicto y por qué. Partiendo de la situación de bloqueo al deseo mayoritario de poder hablar en el que el Estado mantiene a Catalunya, me permito algunos apuntes que creo pueden ayudar a deshacer algunos nudos en las comunidades cristianas:

  1. A la Iglesia y a la comunidad cristiana les corresponde anunciar y proclamar los principios éticos, no las soluciones políticas. Se trata del terreno de la moral y de la utopía, donde los matices, el diálogo y el contraste de opiniones puede ser fecundo. La concreción en propuesta política corresponde a cada persona. Muchas de estas opciones, como en nuestro caso el independentismo o el unionismo son perfectamente compatibles con el evangelio. La Iglesia no puede tener nada en contra con ninguna de ellas, pero tampoco puede identificarse con ninguna de ellas: ni con el independentismo, ni con el 155 (como ha hecho el presidente de la CEE), ni con la propuesta de la llamada “equidistancia” política. Es un terreno que no le corresponde. La comunidad cristiana debe poder compartir la misma fe y celebrar el evangelio y la eucaristía con diferentes posturas políticas en su interior, como una riqueza.
  1. Asimismo es vital tener presente la distinción entre lo legítimo y lo legal. Para la comunidad cristiana la dimensión profética es esencial, la posibilidad de infringir la legalidad en nombre de un principio superior. Nadie sabe si es mejor la obediencia a la ley o la objeción de conciencia, aceptar la Constitución como ordenamiento legal u obedecer las demandas del pueblo actualmente no recogidas en la Constitución. Sin embargo, es cierto que Jesús murió por su desobediencia a las leyes del templo, y que la historia ha avanzado gracias a los subversivos. Nadie está llamado a posiciones heroicas de ruptura o de “desobediencia civil” pero, después del discernimiento, la comunidad debe acoger, alegrarse y acompañarlas, si estas posturas nacen en su interior.
  1. En una comunidad ni la mayoría debe imponer su criterio a la minoría ni ésta tiene derecho a vetar el deseo de la mayoría aludiendo al respeto que se debe a la minoría. La votación, además, no acostumbra a arreglar los agravios o sentimientos. Será siempre necesario un esfuerzo de sinceridad, de cordialidad, de apertura, de capacidad de entender las razones ajenas y de esfuerzo por explicarse uno mismo, de diálogo sin imposiciones y sin sospechas, a fin de que las discrepancias no acaben en divisiones. Es imprescindible que la comunión en la fe se mantenga como principio.
  1. Ante violaciones flagrantes de DDHH (negación de libertades, coacciones físicas o morales, golpes, detenciones, sentencias judiciales manifiestamente injustas… ) es obligado estar al lado de quien ha sufrido la violencia, independientemente de si se está o no de acuerdo con los motivos que le llevaron a quebrantar la ley por la cual se le condena. Asimismo, la atención que merece cualquier preso debe ser siempre la misma, sin atender a si la causa de su condena es por delito común o político. Se trata de una exigencia ética y moral, de las bienaventuranzas, previa a cualquier opción política. Las comunidades cristianas deben ser ejemplo de misericordia, de acogida sin distinciones.
  1. Las comunidades cristianas deberían vivir este momento difícil como oportunidad. Muchas ya lo viven así, como una ocasión de maduración. Tienen el tesoro de la fe y la fraternidad vivida durante tanto tiempo en su seno. Deben poder ser ejemplo de diálogo. No podría decirse que vive el mensaje del evangelio quien no viva en paz con su hermano simplemente por cuestiones de concreciones políticas.

[1] Parroquia S. Juan Evangelista, Bellvitge, Hospitalet. Hoja informativa 30 díes. Noviembre 2017.

En la brecha del proceso constituyente

Teresa Forcades

Todo comenzó en un contexto que, en principio, nada tenía que ver con Cataluña ni con un Proceso Constituyente, pero sí en un contexto de denuncia de la injusticia que mueve a las grandes multinacionales.

Esta denuncia tuvo una gran repercusión y me acerca a personas y grupos que se situaban también en una perspectiva crítica frente a esos oscuros intereses y al sistema capitalista que los alienta y sostiene. Poco después, ya en plena crisis, surge de una conciencia crítica similar el movimiento 15M y esa conciencia se generaliza como un clamor de dice “¡Basta ya!”,  que compartimos: Es  hora de actuar: ¿Qué podemos hacer para cambiar esta situación?

Entretanto. surge un nuevo motivo, decisivo, que se añade a los mencionados para alimentar y modular el movimiento social que se estaba gestando: la decisiva y lamentable actuación del Partido Popular, en 2010, contra el Estatuto de Cataluña, aprobado en 2006 por el Parlament y ratificado por las Cortes y el Senado, así como por el pueblo catalán en referéndum, denunciándolo al Tribunal Constitucional, quien finalmente lo deslegitimó, provocando una oleada de manifestaciones de protesta.

La convocatoria de una nueva charla mía a la que acuden más de mil personas, desbordando todas nuestras expectativas, nos hizo conscientes de la enorme energía que había en movimiento contra la injusta situación existente. Y en este contexto me llega una invitación de los anticapitalistas a aprovechar toda esa energía para llevar a cabo una syriza a la catalana que agrupe a todos los partidos para revertir la situación.

Pero mi respuesta a semejante invitación fue indudablemente negativa: yo no tenía interés en la estructura de partido. Yo sí me hubiera sumado, a una rebelión social, por ejemplo, a una huelga general indefinida que pusiera en crisis al gobierno y al sistema dominante, aun cuando semejante idea nos llenaba de interrogantes, que aprovecharon lamentablemente grupos de poder disfrazados y se perdió esa gran oportunidad de generar ese cambio social profundo y duradero.

Y es a partir de aquí que yo pienso el Proyecto Procés Constituent, entendiendo por tal ese debate llevado a nivel popular sobre “cómo debemos, queremos, podemos vivir juntos”. Porque eso es en verdad una constitución: el marco de referencia de nuestra convivencia política como sociedad. De ahí la idea de que en Cataluña se pudiera llevar a cabo un Procés Constituent para articular el poder popular de una forma eficaz, cosa que en la mayor parte de las democracias del mundo queda reducido a una mera democracia formal representativa, no verdaderamente deliberativa, que sigue siendo la asignatura pendiente.

En torno a esta idea convocamos desde el principio a significativas personas, como Arcadi Oliveres, o activistas políticos como Xavier Domenech, Ada Colau, Jaume Assens o Gerardo Pisarello, hasta formar un grupo de unas cuarenta personas de muy diversos ámbitos y sensibilidades, como Justicia y Paz y otros movimientos sociales de base. Y este proceso fundacional culmina en la elaboración del documento o Manifiesto por la convocatoria de un Procés Constituent en Cataluña, que presentamos Arcadi Oliveres y yo en abril de 2013. Y de nuevo nos vimos sorprendidos y desbordados por la respuesta de más de cincuenta mil personas que se adhieren al Procés, convirtiéndose en el mayor movimiento organizado en aquel momento en Cataluña.

Que fuera en Cataluña no significa que fuera un grupo nacionalista cerrado. En absoluto. Esto es muy importante dejarlo claro. Pues lo esencial de este movimiento es un trabajo y un proyecto de justicia, que es esencialmente algo abierto, aunque sí situado y concretado en una comunidad política, En este caso, en Cataluña, por el contexto hostil que había generado la respuesta brutal por parte del poder central al Estatuto de Cataluña.

El Proceso Constituyente, de hecho, tuvo desde el principio y hasta hoy un objetivo esencial que implicaba un cambio profundo de modelo económico, político y social, una transformación de la política desde las bases, radicalmente popular, el logro de una democracia verdaderamente deliberativa, el despertar de los sujetos como subjetividades políticas que toman sus vidas en sus manos y generan así la comunidad política que llamamos nación. La idea de autodeterminación es por eso clave en este Proceso Constituyente, pero entendida rigurosamente en el sentido global indicado, que implica desde un cuestionamiento radical del capitalismo y sus imperativos, que están poniendo en peligro la vida en el planeta y al planeta mismo, hasta la mencionada transformación, no menos radical, de la política dominante.

De la radicalidad de estas propuestas de justicia y bien común, debatidas en una memorable reunión de más de mil personas al inicio de la andadura del Proceso y que conforman desde entonces una especie de Decálogo de reivindicaciones que dan identidad al movimiento han derivado la riqueza del mismo, pero también los momentos de dificultad o frustración por los que atravesado a lo largo de su andadura.

Mención especial merece la dificultad de relación con los partidos, debido sobre todo a su perverso sistema de listas cerradas, que choca frontalmente con la idea básica de una democracia verdaderamente popular deliberativa y popular. De ahí derivaron, en efecto, las mayores fricciones y frustraciones que ha sufrido nuestro movimiento. Una de las más graves, cuando, como consecuencia de las dinámicas que se crean en los partidos dominantes a causa de esa estructura inflexible, el movimiento se partió en dos, justamente en uno de los momentos históricos que en principio mayor oportunidad ofrecía para formar un frente popular y poder abrir un verdadero Proceso Constituyente. Y se frustró uno de sus objetivos principales: el cambio de modelo de política, una nueva política para una sociedad nueva.

Esta experiencia dolorosa dejó nuestro movimiento sensiblemente disminuido, pero no paralizado. A partir de ese momento continuó con nuevas fuerzas como movimiento social intensamente empeñado en lo que en definitiva fue y es su objetivo central: crear el tejido humano, impulsar la transformación de las subjetividades para conseguir finalmente abrir un genuino proceso constituyente desde las bases, que a su vez transforme la sociedad y el mundo. Y la experiencia que hemos hecho ha sido sorprendente: se ha generado una intensa transformación de amplias capas de nuestra sociedad, un despertar de la subjetividad política que se ha traducido en un potente movimiento de implicación y compromiso por cambiar la sociedad, por tomarla en las propias manos, por no dejarla a merced de los poderes que aseguran que “no hay alternativa” para que nada cambie; un despertar contra la resignación y un estallido de ilusión y creatividad,  de “autodeterminación” en su sentido más genuino.

Este potente movimiento de transformación, creatividad e implicación es un acontecimiento que difícilmente se puede entender sin la fuerza generada y desplegada por el proceso constituyente que pusimos en marcha y ha tocado a miles de personas que ahora lo sostienen y llevan adelante. Nos llena por eso de gozo, e incluso de emoción. Lo que se ha movido en estos últimos meses en Cataluña ha sido, aun con sus errores y ambigüedades, una muestra poderosa de la capacidad transformadora de ese Proceso: la enorme e intensa implicación de numerosos grupos en la movilización de la ciudadanía y sobre todo el hecho de que el Procés haya llegado a calar de forma particularmente intensa en las bases populares.

En su sencillez, esa conciencia forma parte de aquel proceso de   “autodeterminación” en el que decidimos “cómo queremos, podemos y debemos vivir juntos” y que de ese modo crea comunidades políticas  desde abajo, desde las bases y sobre bases nuevas: no desde el poder, como los imperios, sino desde la justicia y el bien común, en el sentido del Proceso Constituyente.

Este proceso ha sido y es, por supuesto, enteramente laico, como no podía ser de otro modo al sustentarse en una pluralidad y diversidad de sujetos constituyentes. Ello no obstante, a nivel personal, e incluso de grupos determinados, la religión, más exactamente el evangelio, ha sido una fuente de inspiración importante. Lo cual, aunque en determinados momentos pudo generar desconfianza o sospecha, en general significó también un proceso de aprendizaje y de descubrimiento mutuo entre personas situadas a distancia en el arco de posiciones de creencia, que enriqueció el clima en que se fue gestando el entero Proceso. El que la CUP viniera a pedirme, en los inicios, que liderara este Proceso y que después mi Institución religiosa accediera a liberarme para ello, es otro de los rasgos novedosos y lúcidos o inspirados de este movimiento, que, contra toda frustración y desánimo, se sostiene firme en la esperanza.

 

Hablemos-Parlem: España es mejor que sus gobernantes

Paola Cannata y Guillermo Fernández

Nos lo han preguntado muchas veces: ¿cómo surgió la iniciativa Hablamos? La respuesta es sencilla: nació de la espontaneidad de un grupo de personas (en realidad un grupo de amigos) indignado y desesperado por la situación política creada en Catalunya el día 1 de octubre. Al día siguiente, el lunes 2 de octubre, comentando con vergüenza y rabia lo ocurrido, nos decidimos a hacer algo y comenzamos una cadena de whatsapp llamando a toda la ciudadanía a concentrarse de manera apartidista y enarbolando el color blanco frente a los ayuntamientos de todas las ciudades y pueblos de España. También en el extranjero en torno a las embajadas y consulados. Se trataba, por un lado, de pedir al Presidente del Gobierno y al Presidente de la Generalitat que abandonaran la escalada de tensión; y, por otro lado, de señalar que esta crisis había demostrado que la ciudadanía tenía más responsabilidad y más sentido común que sus gobernantes. O, como escribimos en el manifiesto de convocatoria: que España era mejor que sus dirigentes. De este modo, y en menos de una semana, logramos reunir a miles de personas en todo el Estado: Madrid, Barcelona, Valencia, Coruña, Málaga, Vitoria o Salamanca, tiñendo las plazas de blanco; pero también frente a las embajadas de algunas ciudades europeas como París, Londres, Estocolmo o Berlín.

La respuesta ciudadana fue sorprendente y nos dice algo sobre las ganas que sentían muchas personas de expresar su rechazo al modo como las élites políticas catalanas y españolas estaban gestionando esta crisis territorial. Enfundándose en banderas iban encaminadas a un choque de trenes cuyas consecuencias, siendo imprevisibles, hacían presagiar un desenlace dramático. El problema no era sólo que no hablaran (ni tuvieran intención de hacerlo), sino sobre todo que si España no encontraba una solución civilizada en términos democráticos a este conflicto, la enseñanza que legaba a la cultura política de este país era desastrosa. Ante cualquier problema territorial, sacar las banderas y dar palos. O lo que es peor: despedir a los guardias civiles enviados a Catalunya al grito de “a por ellos”, como si se tratara de una guerra colonial. Como ciudadanos de un país que aspira a un futuro más democrático merecíamos algo mejor.

Lo bonito de la movilización del 7 de octubre no fue solo la oportunidad del momento escogido, sino sobre todo observar cómo la llamada de un pequeño grupo de individuos provocó que muchas personas de lugares muy diferentes la hicieran suya y se auto-organizaran a partir de ella. Por ejemplo, en la misma semana en que lanzamos la convocatoria, nos enteramos por la radio de que una persona de Vitoria, a la que evidentemente no conocíamos, estaba organizando la concentración en esa ciudad. Le había llegado un mensaje al móvil, había leído algo en el periódico y se había puesto manos a la obra junto con un grupo de amigos. Ese era precisamente uno de los objetivos: activar a la ciudadanía indignada y empoderarla de manera horizontal y descentralizada.

Han pasado dos meses del punto álgido de tensión y, sin embargo, el conflicto sigue sin tener una solución pactada, democrática y duradera. Por el camino, la cuestión catalana ha puesto de relieve la necesidad urgente de llevar a cabo reformas de envergadura en nuestro país. Para ello debemos recuperar el inmenso caudal democrático del 15M y los debates, enseñanzas y propuestas que desde el año 2011 los movimientos sociales han puesto encima de la mesa.

Estas reformas en la justicia, en el mundo laboral, en la sanidad, en la educación, en la ley electoral, en la banca, en los mecanismos para perseguir la corrupción, en el sistema de pensiones, en el acceso a la vivienda, así como en el modelo de radiotelevisión pública no solo son justas, sino que son necesarias para salir del inmenso atolladero en el que nos encontramos. España sufre actualmente los efectos de varias crisis que están afectando profundamente a la vida de los ciudadanos. Transformaciones que están cambiando nuestra sociedad y de las que prácticamente no estamos hablando. Es hora de abrir un debate profundo al respecto y adaptar nuestra legislación.

Gran parte de la ciudadanía española lleva años reclamando precisamente esto, reformas universales, de sentido común que repercutan directamente en el bienestar del conjunto de los españoles. Pero, tras el año 2016, parece que todo este caudal de cambio se haya disipado. Que los cientos de propuestas de tantos grupos y colectivos sociales no hubieran existido; que las charlas, reuniones, libros y actos no hubieran ocurrido nunca; y que la labor de concienciación de todo ese tiempo no hubiera servido para nada. No es verdad. Por este motivo debemos empujar para que se reabra el debate constitucional desde abajo y se aborden aquellos asuntos que nos comprometen como sociedad.

Es hora de hablar, de consensuar cómo queremos vivir. Sin miedo, evitando aquel prejuicio tan visible en la derecha política de nuestro país que interpreta la diversidad de España siempre como una amenaza de desintegración en lugar de pensarla como un elemento que nos enriquece. Es hora de entendernos, de ponernos al día, de modernizarnos y de construir el país que queremos y que necesitamos. Y lo seguirá siendo después del 21 de diciembre. Por eso debemos empujar para que el 2018 sea el año del diálogo. Nos lo merecemos como sociedad. Así que, ahora más que nunca: ¿Volvemos a hablar?

Proyecto en marcha en el distrito de Tetuán

Carlos Pereda

El proceso se inicia en octubre de 2016 cuando  la Concejala Presidenta del distrito planteó en el seno de la Mesa contra la Exclusión y por los Derechos Sociales de Tetuán la posibilidad de diseñar desde el principio de forma participada un Proyecto que permitiera salir al paso de las emergencias alimentarias. Para ello se había incluido una partida en el presupuesto municipal de 2017. La Mesa aceptó el reto y se creó una Comisión formada por responsables políticos, profesionales y vecinos afectados.

La primera propuesta partió del departamento de Servicios Sociales de la Junta, que presentó un Pliego de condiciones para licitar un comedor social donde se daría comida a 50 personas adultas. Esta propuesta encontró bastantes pegas y en la siguiente sesión hubo una nueva propuesta por parte de los grupos de la Asamblea 15M de Tetuán (Banco de Alimentos, Stop Desahucios e Invisibles) que obtuvo aprobación por unanimidad. La idea se inspiraba en los principios de la Carta contra el Hambre. La Comisión ha dado hasta ahora los siguientes pasos:

  • Buscar los puntos de reparto existentes en el Distrito de Tetuán e invitarles a trabajar en red en el seno de la Comisión. Para ello, se haría un diagnóstico inicial sobre la insolvencia alimentaria y los recursos existentes en el distrito. Este objetivo se ha cubierto completamente. De la exploración realizada, se deduce que existen en el distrito 19 puntos de reparto de alimentos que atienden a casi 10.000 personas, un 6,4% de la población total. Ningún punto de reparto se ha opuesto al Proyecto y la mayoría ha acudido a las reuniones de la Comisión.
  • Determinar las personas que harían las funciones de “coordinadora-nexo” y “cocinera”. De esta tarea se encargó la propia Junta pero por diversas razones no se logró asignar esos puestos de trabajo. Ante la necesidad de avanzar, la propia Jefa de Servicios Sociales asumió con carácter temporal la función de persona-nexo y se buscaron profesionales de cocina a partir de una contrata ya establecida con el ayuntamiento.
  • Establecer un sistema de tarjetas para adquirir alimentos frescos en el comercio local, que completase la dieta de alimentos no perecederos de los puntos de reparto. Se encargó también la Junta, que llegó a un acuerdo con una empresa financiera especializada, pero las tarjetas no están todavía disponibles por no haberse resuelto algunos detalles técnicos del procedimiento administrativo.
  • Decidir los criterios a tener en cuenta para priorizar la asignación de tarjetas en función del marco presupuestario establecido por el Ayuntamiento. La comisión ha llegado a establecer fórmulas cada vez más precisas en torno a las cantidades a asignar, una Guía con los pasos a dar desde los puntos de reparto y una Hoja de derivación para entregar en los Centros de Servicios Sociales, cuyas profesionales elaborarían el informe social prescriptivo para conceder o denegar la prestación. En este punto desde Servicios sociales se ha frenado el proceso durante varios meses con el argumento de que tienen que hacer consultas internas, lo que ha provocado mucha decepción en el resto de la comisión.
  • Diseñar el trabajo a realizar en el espacio de cultura alimentaria. A partir de un grupo de personas voluntarias se han diseñado y aplicado los primeros talleres con personas receptoras de alimentos en un Centro Social Comunitario del distrito. El proyecto se llama “Yo me lo guiso, yo me lo como” y persigue los siguientes objetivos: 1) generar un espacio de formación y de encuentro para vecinas y vecinos de Tetuán en torno a la Alimentación y la Economía Doméstica; 2) facilitar aprendizajes sobre cocina cotidiana, economía doméstica, empleo y otros temas que el grupo considere prioritarios; 3) favorecer el encuentro vecinal y un espacio de convivencia, autoayuda y sinergia; y 4) favorecer el conocimiento y acceso a recursos comunitarios del Distrito.

En general, medio año después de aprobarse el Proyecto, se han producido avances importantes pero el ritmo de trabajo se ha ralentizado en exceso por la lentitud de la propia Junta en dar salida a sus compromisos concretos. Resulta difícil de comprender que, estando todas las partes comprometidas con la bondad del Proyecto y contando con la partida presupuestaria correspondiente, no se agilicen los últimos pasos para desbloquear su aplicación en beneficio de las familias en situación de emergencia alimentaria.

(Más información en mesaexclusiontetuan.wordpress.com)

Senda de Cuidados. ¿Cómo pensar los cuidados desde otras (pos)verdades?

Débora Ávila

No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están, escribía Herman Melville en Moby Dick. Y, sin embargo, afirmamos sin ninguna duda que África está debajo de Europa, descentrada, con ese cuerno tan característico. El mapa toma el lugar de lo real. Y nos lo muestra como una clara verdad.

Una verdad es aquello que se nos revela como seguro, evidente, incuestionable. Mediante sencillas operaciones descartamos lo falso por oposición de lo verdadero y obtenemos el criterio mediante el cual aprehender el mundo que nos rodea: la guía a partir de la cual nos explicamos lo que conocemos y construimos nuestras certezas. Tal es la seguridad que produce la verdad que cuesta poco asociarla con lo real. Sin embargo, no hay nada más problemático que dicha unión: lo verdadero no es más que una representación de lo real, del mismo modo que un mapa representa un territorio, lo ordena, pero no es el territorio. Como tal representación, toma el lugar de la realidad, pero no como mero espejo de la misma, sino como el resultado (siempre en continua tensión) de un conjunto de intereses y relaciones de poder que producen y mantienen lo que debe ser definido como verdadero.

Sin embargo, estas verdades, para ser eficaces, deben confundirse con lo real, y deben hacerlo de la forma más invisible posible ante nuestros ojos, por eso, lo más problemático de los regímenes de poder no son sus mentiras, sus censuras o sus prohibiciones, sino sus verdades: si una verdad desvela sus intenciones pierde su eficacia, porque muestra que, en realidad, la verdad no es más que una sola verdad de las posibles.

1ª Si partimos de estas premisas, es fácil imaginar que en el trabajo de cuidados también funcionan un conjunto de verdades, encargadas de construir la realidad en la que debe desenvolverse Senda de Cuidados. Ese mapa, que lleva acompañándonos mucho tiempo atrás, adjudica a los cuidados un lugar casi invisible: un paisaje difuso en torno a carreteras principales en las que circula el individuo pensado como autónomo. Así, el trabajo necesario para la reproducción de nuestras propias vidas (preparación de alimentos, limpieza, afectos, etc.) suele pasar desapercibido. Damos por hecho que está, alguien lo hace, y solo cuando falta o nos volvemos más vulnerables y nos sumimos  en el temor, nos damos cuenta de su importancia. Relegados a un papel social secundario y absolutamente desvalorizado, en medio de una retórica que loa y premia la independencia de las personas –los sujetos hechos a sí mismos–, la lucha por garantizar un trabajo de cuidados digno (que pasa por el reconocimiento de su centralidad en la vida, y por una puesta en valor del trabajo que realizan en miles de hogares mujeres, en su mayoría migrantes, que se dejan la piel en el cuidado de nuestros mayores, niños, enfermos y personas más dependientes) no es tarea sencilla. Debe enfrentarse a profundos pilares que sustentan la forma en la que pensamos los cuidados. Debe trastocar las verdades existentes, para que aparezcan otras que nos permitan pensar el cuidado desde otro lugar.

En la denominada era de la posverdad, el panorama se vuelve aún más complejo. La crisis de las verdades, la desafección que las recientes recesiones y convulsiones mundiales han producido con respecto a los marcos de referencia establecidos, no ha hecho emerger nuevas verdades. Lejos de ello, ha desplazado a los conceptos para colocar a los afectos en el centro de nuestra forma de entender y explicar el mundo. En la era de la posverdad, se habla a los sentimientos, se movilizan las pasiones, los datos y las argumentaciones dejan paso a imágenes y eslóganes que remueven las tripas. Pero, lo realmente problemático de esta nueva era, no es tanto la centralidad de los afectos cuanto el carácter de los mismos. Y es que la rabia, la ira, el señalamiento de culpables y el levantamiento de barreras defensivas son los motores que encienden las pasiones. Bien sabemos que las personas migrantes, que sostienen con su trabajo y con la desigualdad impuesta al movimiento de nuestro mundo, se han convertido en diana de esos efectos negativos. Europa para los europeos, se grita desde cada vez más rincones, sin necesidad de plantearse nada más. Hablan las tripas, no las razones, los derechos, la historia ni la justicia.

2ª Así, desde nuestra asociación, sabemos que el reto es doble. Que toca luchar contra la invisibilidad y desvalorización de los cuidados, a la par que contrarrestar una posible extensión del rechazo a todo aquel que no sea considerado como ciudadano legítimo (lo que sin duda, redundaría aún más en la precarización del trabajo de cuidados que tantos y tantos migrantes desempeñan). Lo haremos como lo hemos venido haciendo hasta ahora. Seguiremos formando a nuestras trabajadoras para concienciarlas de la importancia de su trabajo y para garantizar la oferta de unos cuidados dignos. Seguiremos trabajando con las familias que necesitan cuidados para ayudarlas a conseguir los mejores trabajadores y para acompañarlas en todas sus dificultades en esa frágil etapa que atraviesan. Seguiremos luchando por construir discursivamente nuevas verdades que pongan el cuidado y la sostenibilidad de la vida en el centro. Pero, sobre todo, lo haremos contrarrestando la negatividad de los afectos que la posverdad ofrece con la positividad de los afectos que tejemos en nuestro día a día. Lucharemos desde el cuidado y apoyo mutuo, la puesta en valor de nuestras diferencias, la alegría de sabernos juntos, y el empoderamiento que nos da nuestra rebeldía. Les diremos a los viejos mapas y a los nuevos resentimientos que hay otras formas de pensar el mundo. Y lo haremos, sencillamente, materializándolas en nuestro cotidiano, desde las pequeñas grietas que habitamos.

Parroquia Ntra. Sra. de la Guía

Jorge de Dompablo

1ª  Me gustaría comenzar por presentar quiénes somos. Somos, o quizás queremos ser, una comunidad que se empieza a construir en torno a una pequeña parroquia en un barrio obrero de Madrid, el llamado de las 800 viviendas; contamos una asociación para acoger migrantes y otras personas sin hogar, y estamos empezando a desarrollar un proyecto de dinamización social y cultural vecinal, y, por supuesto, nuestras actividades parroquiales, aunque finalmente para nosotros todo se mezcla, la parroquia, los vecinos, los migrantes, etc. En realidad, yo creo que nuestra propuesta se resume en aprender a compartir nuestras vidas. Y este compartir de todos se concreta en una parte muy visible: el compromiso en la acogida a los migrantes.

La palabra migrantes está vinculada a una larga retahíla de posverdades: son delincuentes, nos quitan el trabajo, los migrantes no quieren integrarse… y la más repetida últimamente, si abrimos nuestra puerta se nos puede colar un terrorista.

Lamentablemente, este discurso empieza a proyectar la sombra de la duda en la sociedad, y así se empieza a mirar al otro, primero con prevención, y, después, si no lo evitamos, con abierta hostilidad. Y esa posverdad también afecta a los migrantes que escuchan ese discurso que les culpa y les desprecia, y, en su desconocimiento de nuestra sociedad, llegan a pensar que todos pensamos así, o que son mayoría los que así piensan, y ellos también empiezan a mirar al otro, que somos todos nosotros, con prevención, con desconfianza, para terminar en el rencor. Entonces es cuando la posverdad ha triunfado, ha logrado enfrentar a dos personas que estaban llamadas a convivir, ha creado enemigos donde no los había.

Quizá la posverdad más molesta es la que presenta a los que luchamos contra este absurdo enfrentamiento como gentes “buenistas”, con buenas intenciones, pero finalmente personas idealistas y ajenas a la realidad. Ante esa acusación sí me defiendo, no somos “buenistas”, sabemos de las dificultades, de los costes, de los riesgos de las migraciones.

No somos “buenistas”, pero no nos conformamos con las soluciones que se basan, utilizando palabras de Francisco, en el “descarte” de personas. El rechazo al migrante, sin dar más solución que el férreo cierre de fronteras, es una clara manifestación del descarte de naciones enteras.

Seguramente no sabemos todas las respuestas, pero tenemos claro que las que hoy da nuestra sociedad no son respuestas, pues suponen dolor y sufrimiento para nuestros hermanos, y no solo para nuestros hermanos africanos o sirios, sino que estas mismas  respuestas generan sufrimiento también para el parado o el trabajador precario, y para el que padece pobreza energética, o el anciano dependiente sin prestación alguna. Es doloroso escuchar a un parado de larga duración que, en su desesperación, sugiere que se ayude primero a los de aquí, en ese momento la posverdad ha logrado su objetivo, utilizar el miedo para legitimar el descarte del otro, pero, por desgracia para todos, mañana habrá otra posverdad que tildará de vago al parado de larga duración y le culpará de su situación.

Igualmente doloroso es saber que otro africano se dispone a emprender el camino a Europa ignorando las miserias que, si llega vivo, se verá obligado a pasar en nuestro continente; en este sentido, quizá la gran verdad que debemos oponer a las porverdades sobre la migración sea que el primer derecho de una persona es, no a migrar a otro país, sino precisamente a no migrar, a vivir, trabajar dignamente y morir en su propia tierra.

¿Qué salida le estáis dando colectivamente? Sencillamente continuamos trabajando. Lo cierto es que nuestra pequeñez, nuestra situación de parroquia periférica, hace que no tengamos que dar grandes respuestas, pues no hay altavoz para nosotros y nadie nos escucharía. Así que continuamos respondiendo con nuestro quehacer diario, eso sí, activo y comprometido, acogemos a migrantes africanos en nuestras casas y asociaciones, pero igualmente abrimos nuestras puertas a presos, a toxicómanos, a personas solas o que han tropezado en la vida.

De vez en cuando nos reunimos en el local de la asociación y comemos todos juntos: los africanos que viven en la casa de acogida, los ancianos solos del barrio, los que algún día estuvieron perdidos en el alcohol, la droga o la depresión y hoy han resucitado, y los parroquianos más diversos, de todo tipo y condición. Quizá esta sea nuestra respuesta a la posverdad, el seguir compartiendo nuestra vida con todos, el mezclarnos, el comer juntos… Quizá, aunque no lo hagamos de una manera deliberada, al compartir juntos una misma mesa estamos afrontando la posverdad con nuestra sencilla Verdad, el pan partido y repartido…

Y, mientras tanto, seguimos con nuestros proyectos, acogiendo a personas, preparando un huerto ocupacional, haciendo presentes a los olvidados. Ahora andamos liados organizando un espacio dedicado a la memoria de los migrantes muertos en el Mediterráneo. Se instalará en nuestra parroquia un espacio que no nos permitirá olvidar, que confrontará la posverdad con la verdad desgarradora, injusta, terrible, la verdad de los cadáveres en el mar.

Nosotros no sabemos enfrentarnos a la posverdad, sencillamente oramos por los muertos, intentamos acoger a los que llegan vivos, y procuramos mirar a los ojos del otro para vacunarnos juntos contra ese lento veneno de tópicos y noticias falsas.

Desde San Carlos Borromeo

Javier Baeza

Siendo una palabra que el pasado año entronizó el diccionario “Oxford”[1], parece más que conformaría eufemismos del lenguaje. Seguramente porque, hablar de posverdad, es referirnos a la mentira[2]. Los caminos intermedios despistan y adolecen de coherencia con la realidad. Pero esta convivencia entre verdades, mentiras y medias verdades o medias mentiras, es posible gracias a que, precisamente, la “posverdad es una mentira que ansiamos creer porque confirma nuestro punto de vista”[3]. Esto evidencia que la posverdad es causa y efecto del narcisismo social e individual en que nos movemos.

1ª En el mundo de la exclusión estas situaciones son muy antiguas. Seguro que mucho más arcaicas que la utilización o entronización académica. Quienes habitan los márgenes de la inclusión y la normalización social, han sido sometidos muchas veces a la disociación entre lo que ellos vivían –y cómo se les trata- y aquellos marcos teóricos o normativos que supuestamente defendían su dignidad, prosperidad y bienestar social. Seguimos amparados en el mundo de los “derechos”, sin percatarnos que las personas previamente tenemos “necesidades”[4]. Y mientras estas segundas no sean satisfechas, los primeros serán quimeras sobre las que se asiente el aburguesamiento de nuestras sociedades o sobre los que repose el malestar individual frente a la realidad.

Otro elemento importante de este momento que vivimos es la posesión. Al haberse pontificado como absoluto el capital, la financiarización de la existencia, todo lo que no se posea no existe, no tiene validez. Nuestra relación con los otros no depende de nuestra pertenencia al grupo, colectivo o barrio. Ni siquiera nuestra pertenencia a un club significa vinculación con el mismo. Sólo si tenemos certeza de poseer algo o todo de ello, tendremos sentimiento de dominio sobre la realidad. Por eso es tan importante desvelar –desvelarnos- que la pertenencia “es mucho más rico, más complejo y perfecto que la simple posesión”[5].

2ª Y esta rica pertenencia nos lleva a la solidaridad. Empeñada ésta en hacerse hueco en una sociedad consternada por las tragedias ajenas, pero igualmente hipnotizada ante la imposibilidad real de actuar y acometer transformaciones. Y mientras, en sectores sociales precarios, donde las necesidades perentorias parecen ahogar la existencia, resurgen esos gestos “reales y serios” de complicidad entre iguales que genera redes de solidaridad, ahora llamadas de autoayuda, que colaboran eficazmente en aminorar los destrozos de esta crisis en la que muchos vivimos. Esas relaciones tan asimétricas que pasaron de pedir ayuda a intentar prestarnos ayuda y juntos atisbar otros horizontes.

[1] Rubén Amón, El País, 17-11-2016

[2] Javier Gallego, eldiario.es, 14-12-2016

[3] Javier García Martínez, El Mundo, 10-3-2017

[4] Enrique Martínez Reguera. Cadena Ser, 19-3-2017

[5] Almudena Grandes, El País Semanal, 21-8-16

Las mujeres y la teología

Mª Luisa Paret García

“Pues no sois vos, Criador mío, desagradecido para que piense yo daréis menos de lo que os suplican, sino mucho más; ni aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres… ¿No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas e incapaces para que no hagamos cosa que valga nada por vos en público ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez, y no como los jueces del mundo, que como son hijos de Adán, y en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa. (CE 4,11) (Teresa de Jesús.

“Es hora de que la Iglesia que pretende ser portadora de las buenas noticias de Jesús ante el mundo, deje ya de traicionar su propio legado esencial de la igualdad absoluta” (Karem Jo Torjesen).

Un poco de historia…

Estas dos citas podrían ser, entre muchas, el sentir general de las mujeres en la Iglesia. ¿Cómo comenzar a hablar sobre esta persistente realidad? En la Biblia, ya clamaba con indignación Miriam, la hermana de Moisés: “Acaso Dios le ha hablado sólo a Moisés?¿No nos ha hablado también a nosotros?”(Num 12,2).

Desde muy antiguo, las mujeres han experimentado en la sociedad y en el mundo la violencia y la opresión, una lacra que tiene profundas raíces religiosas. La Biblia ha sido norma de conducta para los cristianos. Si bien su mensaje central habla de liberación y de salvación, sus elementos patriarcales han sido utilizados para racionalizar la subordinación de las mujeres[1]. La interpretación literal y tradicional de numerosos textos es una muestra de la raíz de la conciencia de inferioridad y culpabilidad que han tenido las mujeres. Si bien es cierto que Jesús las trató con profundo respeto y dignidad, fuese cual fuese su procedencia o conducta, parece que a sus apóstoles y seguidores, les costó aprender el aspecto esencial de su mensaje y lo olvidaron pronto.

Históricamente las religiones surgen en sociedades fuertemente patriarcales. El feminismo es un movimiento que les llega tarde, aun cuando muchas de las actitudes y comportamientos que forman parte de sus enseñanzas, reconocen la igualdad y entroncan con el pensamiento y la teología feminista (Gal 3, 27-28). Pero, ponerlo en práctica, ya es harina de otro costal. Porque, en general, en la Iglesia todo lo relacionado con las mujeres y la teología produce desconfianza, sospecha, o rechazo. Y los dos ámbitos, el eclesial y el teológico, tienen mucho que decir y entrar en diálogo[2].

Durante siglos la orientación patriarcal y androcéntrica de la Iglesia ha repartido las tareas y vidas de las mujeres y de los hombres (las tareas para las mujeres y las responsabilidades para los hombres). El ámbito público de lo religioso como la presidencia de la comunidad o parroquia, la administración de sacramentos, la dirección del culto, la toma de decisiones, etc., que atañe a toda la comunidad, queda mayormente en manos de varones. La transmisión de la fe y la iniciación de los sacramentos han sido siempre “cosa de mujeres” –expresión ambivalente donde las haya–, e igualmente a ellas les han tocado en este reparto todas las tareas de logística eclesial[3].

Las mujeres vivimos en la Iglesia bajo una organización que no está pensada para nosotras. Y esto hay que reflexionarlo no solo desde la teología, sino desde la propia actividad parroquial. Urge recuperar los ministerios. Echamos de menos espacios eclesiales que permitan enriquecernos de la experiencia de fe de las mujeres[4]. La evangelización, en todas las etapas del proceso de la educación de la fe, desde la catequesis de adultos, la Iniciación a los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía, así como la acción social, objeto del antiguo diaconado femenino del que ahora se vuelve a hablar, por obra y gracia del papa Francisco, ha sido mayoritariamente atendido por mujeres.

Se escuchan bellos sermones y conocemos documentos eclesiales significativos que hablan de derechos humanos, pero las mujeres seguimos esperando que la Iglesia modifique el Derecho Canónico y que se incluyan todos los Derechos Humanos, especialmente los de la mujer.

Somos la base social de la Iglesia, participamos en encuentros, asambleas, seminarios, en los que, con toda seguridad, es un varón célibe quien sustenta la responsabilidad. En cuanto a los símbolos religiosos, la liturgia, los textos bíblicos, las homilías, salvo honrosas excepciones, las mujeres hemos quedado excluidas de la representación del Dios cristiano.

Las mujeres nos ponemos en marcha…

Pero, al hilo de la historia, de la misma manera que experimentaron los infortunios, las mujeres se dan cuenta de su potencial creativo, generador de vida, de resistencia ante las adversidades y con audacia, valentía, e, incluso, valiéndose del engaño ante quienes les niegan sus legítimos derechos, reaccionan y se arriesgan en defensa de los más débiles logrando que el derecho y la justicia no sean liquidados. La historia de la salvación fluye a través de ellas, siendo fieles al plan de Dios en los acontecimientos más importantes del pueblo de Israel.

Con Jesús se convierten en sus más fieles seguidoras, responden a su llamada y a la misión, desde los comienzos en Galilea, hasta el final, al pie de la cruz.

Las mujeres están presentes en todas las cruces del mundo y convierten en resurrección allí donde hay muerte y tumbas vacías. Son portadoras de esperanza, de transformación cuando nada se espera y otros se esconden en los cenáculos seguros, por miedo a los poderosos. Son interlocutoras válidas de la Palabra de Dios, enseñan, crean y recrean nuevas formas de ver, escuchar y actuar, aun sin ser reconocidas por las autoridades del momento histórico que les toca vivir. Están fuertemente vinculadas a la Ruah-Espíritu en un movimiento dinámico liberador, en los Pentecostés de la cotidianidad, y saben esperar y confiar en “que todo terminará bien” (Juliana de Norwich).

Nuestra aportación en la Teología, en la Iglesia y en la sociedad

La teología clásica no tuvo en cuenta la experiencia de fe de las mujeres que, aun formando parte de la comunidad, fueron pronto excluidas de la Palabra y del Magisterio. Las excepciones de alguna Doctora de la Iglesia no logran negar la evidencia.

La Teología Feminista es, pues, una relectura del mensaje cristiano desde la óptica, la situación y la experiencia de las mujeres y reclama hablar de Dios desde el sufrimiento de los/as inocentes. Su finalidad es la liberación de todos los seres humanos –mujeres y varones– de las estructuras injustas que los mantienen en situación de minoría de edad.

Nuestra reflexión teológica tiene mucho que aportar en las cuestiones antropológicas y de género, especialmente en relación al papel de la mujer en las religiones[5].

La subordinación e invisibilización que sufrimos las mujeres ha sido estudiada con rigor por la Antropología feminista[6], que intenta responder a la pregunta “¿Por qué la opresión de las mujeres es universal?”. Henrietta Moore[7], cita a Edwin Ardener como el primero que habla de los “grupos silenciados”, pues los grupos dominantes controlan los modos de expresión. Por eso, la visión masculina se equipara a la visión de toda la humanidad.

La antropología feminista reflexiona sobre el concepto de diferencia en detrimento del de semejanza. Considera que hay tres elementos comunes en cualquier cultura que hacen de la invisibilidad de la mujer un hecho universal:

  • Lo biológico, su cuerpo, el miedo al mismo y el deseo de controlarlo.
  • El papel asignado en la mitología y justificado en todas las religiones.
  • La responsabilidad colectiva en el pecado, el mal.

Los roles de género, es decir, las tareas que una cultura asigna a los sexos, han influido decisivamente en la sociedad y en las religiones. La supremacía masculina se otorga gracias a la exclusividad del poder religioso. En función de ideologías sexuales y con el hábil manejo de mitos y ritos, los hombres consideraron que eran superiores a las mujeres y que éstas eran peligrosas e inferiores.

La mayoría de las teologías insisten en la obediencia y en la sumisión de los cuerpos de las mujeres. Pocos son los que han denunciado las prácticas rituales de mutilación y castración como inhumanas y contrarias a los deseos divinos. Según Amnistía Internacional, “la discriminación es una enfermedad mortal. Diariamente mueren más mujeres y niñas a consecuencia de diversas formas de violencia y discriminación por razón de sexo, que por ningún otro abuso contra los derechos humanos[8].

En definitiva, la construcción de las diferencias sexuales forma parte de un dispositivo de control que construye la sexualidad como medio para ejercer el poder. La sexualidad forma parte de las relaciones sociales, la economía, las creencias, las instituciones, la política e impone destinos a las personas: agrupa, excluye, incluye, permite o prohíbe su acceso al poder y al placer.

La teología feminista no es ajena al dolor. Nuestros encuentros y comunicaciones favorecen una metodología propia, utilizamos un lenguaje teológico claro, inclusivo, creativo y sencillo. Ponemos nombre a lo que vivimos, sentimos y pensamos las mujeres, con una especial sensibilidad hacia la marginación –no olvidemos que la pobreza tiene nombre de mujer– en cualquiera de sus aspectos. Apostamos por el conocimiento que busca la verdad, lejos de entenderla como promesa absoluta de un entendimiento incuestionable, pues eso contradice su fin principal: la búsqueda.

Sandra Harding incluye tres rasgos en la Metodología feminista:

  • La incorporación de la experiencia de las mujeres a la investigación científica.
  • Las mujeres como destinatarias, aunque no exclusivas, de sus investigaciones.
  • La inclusión de la subjetividad de la persona que investiga.

Supone hacer visibles los sesgos de género, es decir, desmantelar la ideología de su propia tarea. Desechar el carácter mítico que subyace en determinados textos y en la teología tradicional, a saber: la objetividad, la neutralidad y la racionalidad.

La Teología[9], como otras ciencias, se origina en un determinado momento de la historia; tiene un carácter coyuntural. La Teología feminista desvela no solo quiénes la hicieron, sino a costa de quiénes, esto es, quiénes fueron excluidos de ella ya que ni intervinieron en su formación ni fueron considerados sus destinatarios.

Hay quienes opinan que el cristianismo no pudo ser inculturado de otra forma a como ha sido, legitimando así los condicionantes como los únicos posibles, relegando a la invisibilidad a muchas personas. La rigurosa bibliografía de historiadoras de las religiones de la antigüedad y de los orígenes cristianos, confirma el error de tal determinismo.

También la Teología moral cristiana y católica necesita de la perspectiva de género y de las teologías feministas para articular una Teología moral universal.

Las teólogas no solo sospechamos de los relatos en que no hay ni rastro de nosotras, sino que consideramos una exigencia ética la crítica de los contenidos porque la teología patriarcal ha tenido y sigue teniendo efectos desoladores para la vida de las mujeres.

El objetivo es romper el silencio de la experiencia moral de las mujeres y transformarlo en palabra pública. Fortalecerlas como “agentes morales” con fuerza y creatividad para influir en nuestra sociedad.

Rechazar el victimismo y poner en el centro la fuerza y el poder colectivo de las mujeres. Situar el lugar de la revelación divina en las personas que luchan contra todo lo que niega la vida, así como la crítica a una moral individualista que ignora la dimensión social y relacional de los problemas morales.

Otro aspecto de la Teología moral es la corporeidad, la superación de las dicotomías y replantearse el papel de los sentimientos en la vida moral; saber integrarlos debidamente. Es vital, pues, la relación y la relacionalidad e interdependencia de toda la realidad. Las mujeres buscan la salvación en lo cotidiano. Sus relatos van más allá de los discursos teológicos interesados, luchan por su dignidad.

La ética o espiritualidad de la resistencia[10] y la ética de la transgresión son caminos de liberación en las historias de las mujeres para lograr justicia, salvación y transgredir los límites establecidos para ellas por la sociedad; lo cual motiva la lucha por el reconocimiento de sus derechos y por la autonomía personal. Esto fomenta sus esfuerzos por responder a la llamada del Espíritu-Ruah que habla en la alteridad. Es la gratuidad en la que viven lo que les capacita para realizarse como personas a través del amor a los demás.

La audacia espiritual es construir el futuro desde el presente “con la transgresión, la insumisión, la misericordia, la solidaridad” (I. Gebara). Es la ética de la resistencia practicada durante siglos junto con propuestas que plantean acciones diferentes de la clásica reivindicación política y social. Lo que comparten casi todas las mujeres es la mística comunitaria de la vida con la ética de la reciprocidad. De ahí ese continuo hacerse cargo de la vida de los otros, ya que nada es más espiritual que descuidar el poder personal para potenciar el colectivo.

La teología de la relación que practican las mujeres, no les hace dejar de lado ni su subjetividad ni su protagonismo; crean redes de relación que interactúan con los otros. La espiritualidad y la fortaleza femenina se expresan en la presencia constante de ser el referente de la vida familiar y social de sus pueblos. Tomar parte en la construcción de un mundo más justo no es sólo tarea femenina, sino de todos. Es el acampar de Dios en la humanidad lo que nos convoca a todos al servicio.

La espiritualidad no es más que la vivencia de la fe que nos exige un comportamiento ético coherente. El encuentro con la persona de Jesucristo da un nuevo horizonte a nuestra vida y una orientación decisiva. Es una relación viva que abarca la vida entera del creyente.

La vida buena y digna por la que trabajan las mujeres rechaza una espiritualidad opuesta a la corporalidad que exalta la renuncia y el sacrificio para salvarse. Dios no quiere el dolor ni el sufrimiento de nadie. La finalidad de la ética es la felicidad y es inadmisible la experiencia de violencia contra las mujeres en todo el mundo. Según datos de UNICEF, la familia es el ámbito normal donde se violan los derechos humanos fundamentales, especialmente de las mujeres y niñas.

El sinsentido del sufrimiento femenino es uno de los grandes retos con los que se enfrenta la ética. La espiritualidad feminista cree en la Ruah-Espíritu que llama a la vida. Ponerse hoy al lado de la vida significa enfrentar al poder político, económico, y religioso con el rescate de las víctimas. Es apelar a una libertad responsable que las convierte en sujetos de su destino. Su capacidad de decidir las convierte en significativas para sí mismas y para los demás. Unir compromiso histórico por la dignificación de las víctimas y dimensión mística es tarea urgente de todos, en especial de la Iglesia.

Las luchas que las mujeres mantienen día a día para sobrevivir son luchas políticas en las que se sitúan como sujetos de derecho. El tomar la palabra desde las víctimas es un ejercicio de espiritualidad y de servicio. Dan razón de su fe y de su esperanza. Su fin es cambiar las estructuras de opresión, elaborando propuestas para resistir, que contribuyan a una justicia social, al fomento del desarrollo social y no sólo el económico: mejora de las estructuras sanitarias, educativas, etc. La espiritualidad de las mujeres dando respuesta al sentido de la vida, ampara y transforma la sociedad.

La ética de la resistencia es una praxis transformadora que vincula lo personal y lo colectivo. En ella, lo central es la persona, el ser humano como sujeto de su historia.

Decíamos más arriba que la espiritualidad es la vivencia de la fe en cada momento concreto. La espiritualidad es la comprensión personal de nuestra vida, de nuestra relación con la Divinidad y de nuestro propósito como seres humanos. La espiritualidad abarca nuestra visión del mundo, de los acontecimientos, cómo asumimos los cambios, las relaciones entre las personas, etc. La espiritualidad es el modo de entrar en relación con el Misterio y darnos cuenta de su presencia en nuestra vida. Acoger el Espíritu-Ruah que “habita” en quien lo reconoce y lo hace “carne de su carne”.

Espiritualidad es el espíritu, la actitud, con la que se afronta lo real, la historia que vivimos en toda su complejidad”[11]. “En su acepción originaria espíritu es aliento, cualidad de todo ser vivo que respira[12]. La espiritualidad nos habla de “la actitud que pone la vida en el centro, que defiende y promueve la vida contra todos los mecanismos de estancamiento y muerte” y “del modo de situarnos ante la vida, de afrontar lo real” en toda su riqueza y complejidad.

En definitiva, “la vida según el Espíritu, es decir, la forma de vida que se deja guiar por el Espíritu de Cristo”. Esto es, qué actitudes necesitamos cultivar para ser fieles al Espíritu de Jesús en nuestra historia. Las mujeres seguimos respondiendo a este enunciado en la cotidianidad de la vida, la nuestra y la de nuestro entorno.

Nuestro ser de mujeres está íntimamente religado a los ciclos de la tierra, a su fecundidad, a su vitalidad. Esta religación favorece en nosotras que sepamos escuchar nuestras entrañas y actuar desde ellas. Descubrimos, también, la necesidad de recuperar una Teología del placer como espacio de revelación de la vida femenina, siempre asociada al sufrimiento y al victimismo[13]. Una espiritualidad que integra la búsqueda de felicidad como un signo del Reino, que sea capaz de dialogar con el modelo cultural en el que nos encontramos y, por tanto, más evangélica[14].

Hemos experimentado la solidaridad de género al vivir relaciones sanadoras y libres, liberadoras y pascuales. Dios se ha hecho presente en las mujeres de nuestra historia para entrelazarnos y hacer avanzar la vida.

Ser espiritual” conlleva vivirnos unificadamente tal como somos: cuerpo espiritual o espíritu corporal. Es decir, hacer de nuestro cuerpo el lugar para verificar nuestra vocación espiritual. Además, supone experimentar que no podremos ser felices al margen de los cuerpos sufrientes, enfermos, desnudos, hambrientos, violentados…[15]

Siempre que dejamos al Espíritu de Dios, que su Palabra se haga cuerpo en nosotras/os, se realiza de nuevo la Encarnación[16]. Ese Espíritu nos cubre con su sombra, nos deja embarazad@s de vida y va gestando en nosotros la novedad, porque “para Dios nada es imposible”.

El cuerpo es nuestra presencia o manifestación de nuestra persona, de nuestros valores, de nuestra fe. Puede mostrarse también como revelación de Dios, signo de su presencia entre los hermanos/as. Es el lugar donde acontece la oración[17], el encuentro con Dios en una comunicación íntima, profunda, silenciosa.

Nuestro mundo necesita mujeres y hombres testigos que a través de sus cuerpos expresen que Dios es amor, compasión, perdón, vida en abundancia, en especial para aquellos que carecen de lo más indispensable. Esa fue la experiencia que vivieron las mujeres y hombres que se encontraron con Jesús y que nos transmitieron los evangelios.

Nuestra orientación

Queremos ser, a la vez, protesta y propuesta, que va gestando una nueva vida y una nueva forma de vivirla. Nos reconocemos en las teologías feministas que tienen un discurso y un método, pero queremos hacer algo más que un discurso: ser y situarnos como mujeres en la sociedad, en el mundo.

Seguimos trabajando por una Iglesia enraizada en el Evangelio: abierta, inclusiva, misericordiosa, igualitaria, justa, profética y comprensiva, a la que todos/as estamos invitados/as. Como mujeres bautizadas y adultas en la fe, no sólo queremos tareas sino también responsabilidades, con todos los derechos y deberes que emanan de ejercerlas, incluso el de equivocarnos. Compartimos nuestra identidad en la reciprocidad, el reconocimiento de nuestro ser mujer y en la unidad, trabajando, codo con codo, con nuestros hermanos y hermanas en la fe.

Tomar la palabra, recuperar la memoria, dar razón de nuestra esperanza y hacernos visibles, es el reto que venimos aportando las mujeres desde hace muchos años, con paciencia y prudencia, pero sin renunciar a hacer una crítica perseverante de todo aquello que falsea las relaciones y deforma las mentalidades. Porque no son las costumbres ni las tradiciones, las que nos harán libres, sino la verdad.

Trabajamos como mujeres que vivimos en plenitud nuestra fe, con todo nuestro cuerpo y nuestras capacidades, haciendo Teología y expresando la realidad más profunda de Dios desde el corazón, desde el hondón, no sólo desde la cabeza. Y la expresamos con una palabra autorizada, con gestos auténticos, decisiones valientes, un caminar libre y comprometido.

La Iglesia debería acoger y aceptar otras formas de relaciones humanas: parejas de hecho, divorciados, familias monoparentales, homosexualidad y colectivos excluidos secularmente, con misericordia, sin juicios, sin condenas. El referente es el mismo Evangelio, en el que apenas hay alusión a la sexualidad y sí, y de forma rotunda y definitiva, al amor, a la com-pasión, al shalom.

Formamos parte de asociaciones, grupos, redes a nivel nacional y también a nivel internacional (ESWTR), en América Latina, mostrando que otro tipo de Iglesia es posible, que el Reino es como una gran casa en la que cabemos mujeres y hombres, en la que podemos ser y vivir como hermanos y hermanas, en el intercambio enriquecedor del amor desde el dinamismo del Espíritu-Ruah.

Nuestros objetivos. Nuestras esperanzas

De-construir, desenmascarar los elementos sexistas en las tradiciones religiosas.

Rescatar la sabiduría alternativa de las mujeres y su huella en lo más profundo de los sistemas religiosos y las tradiciones espirituales.

Reconstruir nuevas relaciones, lenguajes, símbolos, imágenes y contenidos que hagan justicia a la plena humanidad de las mujeres.

Buscar el reconocimiento de nuestra dignidad como mujeres en la sociedad y en las iglesias, especialmente el de las más empobrecidas y excluidas.

Desde hace 30 años venimos trabajando para que la utopía cristiana se haga realidad porque ésta ha sido, para el grupo, dinamismo de cambio.

Soñamos con una Iglesia que reconozca la plena participación de las mujeres en la vida eclesial y el ejercicio de cualquiera de sus ministerios, incluido el diaconado de larga tradición en las primeras comunidades cristianas y la ordenación, adaptada a las exigencias y necesidades de hoy. No queremos reproducir el modelo actual del Presbiterado masculino. Una Iglesia que cuente también con las mujeres en los principales órganos consultivos, de discernimiento y de decisión, en los que hoy estamos ausentes.

Creemos en la fuerza femenina de la vida, de nuestra vida, que nos descubre como mujeres portadoras de fuerza y de luz. Es un camino que nos va revelando la verdad de nuestro existir, nuestro sentido y nuestra esperanza.

Creemos que con nuestro trabajo, junto al de otros grupos cristianos, estamos construyendo una Iglesia que respeta la libertad y la adultez de las personas, que debe recuperar los ministerios y no imponga una moral sexual anacrónica e hipócrita; que establece un diálogo sincero con la ciencia y la cultura; que hace posible un ecumenismo real en una sociedad y en un mundo plural.

Seguimos trabajando en la Iglesia y fuera de ella, tejiendo redes de mujeres, editando libros, colaborando en publicaciones, impartiendo cursos, encuentros, convivencias y seminarios…, como Pueblo de Dios, comunidad de iguales, comprometida con la Justicia, la Paz y la integridad de la Creación.

Par terminar, podríamos concluir:

  • Percibimos que Dios-Abbá establece en la intimidad de cada ser humano una alianza perpetua. En virtud del bautismo descubrimos nuestra filiación como hijas queridas de Dios: “Eres mi hija amada”. Nada ni nadie podrá dañar, ni manipular, la divinidad que nos constituye en nuestro Ser Uno/a con Dios. “El vínculo de unión de Dios con el ser humano no puede romperse nunca”, es uno de los ejes de la reflexión teológica de Juliana de Norwich, Beguina (1342-1416). Nosotras seguimos sus huellas, su espiritualidad radical. “La vía mística comienza propiamente con el despertar del Yo a la conciencia de la Realidad Divina” (Evelyn Underhill).
  • El acontecimiento de Jesucristo, es esencial en la vida de todo cristiano/a. En consecuencia, una espiritualidad que incluye pasión por el Dios revelado en Jesucristo y pasión por el ser humano. Una nueva forma de contemplar al ser humano desde el corazón de Dios, no con la mente sino con la compasión y la capacidad de respuesta que provoca en nosotros/as el sufrimiento de las víctimas.
  • Somos herederas de la enseñanza de Jesús, que “pasó por la vida haciendo el bien, curando enfermos o combatiendo las fuerzas del mal, porque Dios estaba con él”. Su misericordia se concreta en la nueva justicia y su mística tiene consecuencias políticas. Unir la opción preferencial por los excluidos/as y la experiencia fundante de Dios: una espiritualidad profética-política.
  • A través de las mujeres de la Biblia, tanto del Primer como del Nuevo Testamento, constatamos que el Espíritu-Ruah nos impulsa a establecer relaciones de reciprocidad basadas en el respeto mutuo, el compañerismo, la fraternidad-sororidad, el respeto hacia lo diferente, la amistad, la acogida…
  • Un nuevo modelo de Iglesia, comunidad cristiana, donde todos los bautizados tienen la misma dignidad, con diversos ministerios y carismas. Es el Espíritu quien la guía, no el clero. Lograr el reconocimiento efectivo de que todo miembro de la Iglesia es responsable de la misión evangelizadora ya que todos, mujeres y hombres, hemos sido con-vocados para cumplir la misión que Jesús Resucitado ha confiado a sus discípulos/as[18].
  • Las mujeres, haciéndonos eco de esa misión inaplazable, recreamos y participamos en celebraciones diferentes, con otro lenguaje, otros símbolos, formulaciones personalizadas que reflejan la abundancia de la experiencia de Dios en nosotras. No son celebraciones paralelas, sino la expresión de la hondura del Misterio que acontece en todo ser humano en el mundo que nos toca vivir.

[1] Barbazán, P., La situación actual de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia, Málaga, 2004.

[2] Martínez Cano, S., ATE, Mesa redonda VN y mujeres: “Jesús fue un feminista radical”, CES Don Bosco, 2015.

[3] Barbazán, P., Situación actual de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia, Málaga, 2004.

[4] Picó, C., Mesa redonda VN y mujeres: “Jesús fue un feminista radical”, CES Don Bosco, 2015.

[5] Soto Varela, C., Mesa redonda VN y mujeres: “Jesús fue un feminista radical”, CES Don Bosco, 2015.

[6] EFETA, Escuela Feminista de Andalucía, 2004-2009, M. L. Paret.

[7] Moore, H., Antropología y feminismo, Cátedra, 1991.

[8] Informe de Amnistía Internacional, Marzo, 2016

[9] Nos estamos refiriendo a la teología considerada como verdadera, neutral, legítimamente autorizada, que en realidad es patriarcal, androcéntrica, sexista, racista, kiriarcal y colonialista.

[10] Miguel, P. de, Fortaleza femenina y desarrollo, Espiritualidad y fortaleza femenina, DDB, Bilbao, 2006.

[11] Sobrino, J., “Espiritualidad y seguimiento de Jesús” en Mysterium Liberationis, T II, Trotta, Madrid 1990, 449-458.

15 Boff, L. La voz del arco iris, Trotta, Madrid 2003, 123.

[13] Ramos, R., Taller Redes Cristianas, 2007.

[14] Martínez Ocaña, E., Cuando la Palabra se hace cuerpo… en cuerpo de mujer, Narcea 2007.

[15] Cf. Mt 25, 32ss.

[16] Martínez Ocaña, E., Cuando la Palabra se hace cuerpo… en cuerpo de mujer, Narcea, Madrid, 2007,19, 23.

[17] Ibid., 24, 25.

[18] D. Aleixandre, RSCJ

Mesa por la hospitalidad de Madrid: todos a una

José Luis Segovia Bernabé

De poco ha servido la voz profética del Papa Francisco exhortando a  Europa a la hospitalidad para con los desplazados por los conflictos bélicos, la hambruna o la falta de oportunidades. Sin embargo, si en algún campo concreto puede verificarse la acción unitaria de Iglesia, ese es el de la movilidad humana.

La Iglesia ha acuñado un término, “refugiado de hecho”, que impide olvidarnos de los millones de desplazados forzosos, susceptibles de diversos tipos de protección jurídica internacional (que no se agota en el estatuto de refugiado). Reconoce a los miles personas que aguardan la diletante y angustiosa resolución de sus expedientes en territorio nacional, a las que siguen ruta hacia otros países de Europa o son devueltas por éstos (“dublines”), o a las que son desoídas y devueltas ilegítimamente en caliente en la Frontera Sur, entre otras situaciones de vulneración de derechos.

En la archidiócesis de Madrid, nada más visibilizarse la crisis de los refugiados, el arzobispo Osoro tomó la iniciativa. Una densa Carta Pastoral establecía los criterios fundamentales de actuación: a nadie se debe dar por caridad lo que le es debido en justicia, la responsabilidad directa de los Estados en la cobertura de los derechos de los refugiados o la necesidad de elevar los listones de protección social para evitar agravios comparativos, entre otros. Asimismo, inmediatamente, constituyó la Mesa por la Hospitalidad. Sería una especie de “gabinete de crisis”, observatorio de la realidad, órgano coordinador de la solidaridad y plataforma de concienciación de la comunidad cristiana y de la sociedad. Se articuló trasversalmente, contando con la Delegación Diocesana de Migraciones-Asti, Caritas Madrid, Justicia y Paz, Confer Madrid, y la experiencia del SJM de los jesuitas y de la Comunidad de San Egidio. En este sentido, debe destacarse la “nueva cultura organizacional” que  incipientemente se ha puesto en marcha. A destacar: la “verticalidad cooperativa” que posibilita asumir sin dificultad las líneas estratégicas que se plantean desde la Comisión Episcopal de Migraciones o la Red Intereclesial Migrantes con Derechos y alcanzar, hacia abajo, el territorio a través de la estructura parroquial. La efectiva “coordinación horizontal” da pie al trabajo entre diferentes organismos diocesanos sin competir entre sí y sin otro protagonismo que el de ser la Iglesia diocesana. La misma que reza, catequiza, celebra, apuesta por los pobres y anhela justicia, más allá de los “apellidos”. La “flexibilización formal” posibilita la concurrencia de distintos niveles organizacionales sin someterse a otros criterios de jerarquía o de territorio más que los mínimamente imprescindibles. “El trabajo en red” otorga mayor visibilidad, eficacia y eficiencia a la acción. Igualmente, consciente de que fuera de la Iglesia se echan demonios, es capaz de “generar sinergias” con iniciativas ciudadanas y, por supuesto, se mantiene en permanente diálogo con los poderes públicos, directos responsables de la política de asilo y refugio.

Desde estos criterios, la Mesa acordó abrir una cuenta corriente y que los ofrecimientos de ayuda material y voluntariado se canalizaran a través de Caritas de cada una de las ocho Vicarías territoriales y de Confer Madrid. Igualmente, una representación de la Mesa, en nombre de la diócesis, asiste a las reuniones con las autoridades. Cada cierto tiempo se difunde un sencillo boletín con el fin de informar y sensibilizar a toda la diócesis. Por otra parte, más que por crear recursos paralelos, se ha apostado por el apoyo a los itinerarios generales de inclusión social de Caritas. Igualmente se ha optado por dar soporte al proyecto de Hospitalidad que llevan a cabo los jesuitas para mejorar las condiciones de acogida e integración de las personas en situación de refugio en Madrid y promover una cultura de la hospitalidad en la sociedad civil. Finalmente se avala, con toda la Iglesia española, el empeño de la Comunidad de San Egidio por articular un corredor humanitario que posibilite la llegada de personas refugiadas con alta vulnerabilidad, pendiente en este momento de la –esperemos inmediata– aprobación del gobierno español.

De momento, la Mesa, más que satisfecha de lo poco que ha hecho, se siente agraciada porque la realidad de los refugiados nos ha desinstalado y nos ha hecho “ser” más una Iglesia de puertas abiertas, unida en la diversidad, que quiere hacer creíble y significativo al Dios de Jesucristo que apuesta por la fraternidad universal. Para alcanzarlo, tendrá que recordar a los poderes públicos que, solo para cumplir los ya cicateros compromisos asumidos por los Estados de la Unión a dos años vista, de seguir al presente ritmo de acogida en España, habrá que esperar casi… ¡hasta mediados del siglo que viene! “Estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20). Ojalá no sigamos sordos.

Es criminal una política de fronteras que discrimina a los pobres

Santiago Agrelo

A todos “gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Permitidme, queridos, que robe al apóstol Pablo, no solo el saludo, sino también la acción de gracias “por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo“. Doy gracias a mi Dios por vuestra fe, por vuestro trabajo, por vuestra entrega, por vuestra vida.

  1. Restituir en amor lo que debemos en justicia

Apenas hemos comenzado el año, y a las puertas de esta Iglesia llegan hombres y mujeres con heridas nuevas, testigos de nuevas violencias, víctimas de vejaciones que la reiteración hace insoportablemente renovadas.

El mar de Benzú ha devuelto otro cadáver, otro sin nombre, otro sin padre, sin madre, sin genealogía, otro sin nadie que reclame justicia por otra muerte inicua en la frontera de España.

La pasada noche, la misma frontera ha sido escenario de nuevos despliegues de fuerzas del orden, de nueva violencia con nuevos heridos, con más muertos, como si la única respuesta posible a la tragedia de los inmigrantes fuese la de la fuerza, la de las armas, la del miedo, un ejercicio despiadado, irracional y criminal de intimidación.

Ahora, mientras os escribo, en un aeropuerto de Marruecos, a un joven en tránsito hacia su país, a ciudadano normal, con un pasaporte normal y una tarjeta de embarque normal, a ese joven que, con un cáncer terminal, regresa a la casa familiar para morir entre los suyos, la policía lo ha confinado en dependencias propias, le ha retirado el pasaporte, lo ha aterrorizado, lo ha humillado, y todo ello, mucho me temo, motivado sencillamente porque el joven es negro.

Apenas lo hemos comenzado, y ese amargo anticipo de lo que el año reserva a los pobres se nos hace llamada apremiante del Señor para que esta Iglesia camine con ellos, se solidarice con ellos, cure sus heridas, alivie sus sufrimientos, de modo que les restituyamos en amor lo que les debemos en justicia.

  1. Desde nuestra pobreza

El Señor tu Dios te ha ungido para que seas de Cristo, y te ha enviado para que seas de los pobres: ¡De Cristo y de los pobres!, valga la redundancia. No podemos, queridos, humillar a los pobres haciéndolos partícipes de los desechos de nuestra riqueza.

El altísimo Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, nos mostró el camino por el que hemos de ir, pues él se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza: nació pobre, vivió pobre, murió como un desdichado, como un excluido, como un criminal, como un peligro para la sociedad.

Al decir “pobre”, decimos mucho más que hombre o mujer carente de lo necesario para vivir: Decimos hombre, mujer, despreciados, excluidos, humillados, negados; decimos hombre, mujer, a quienes la iniquidad ha obligado a interiorizar que no tienen derechos, a vivir como si no los tuviesen, a ser como si no fuesen; decimos hombre, mujer, a quienes hemos llevado a dudar de su dignidad humana, de su condición de hijos de Dios.

Es gracia inmensa el que se nos haya acercado a esa condición humillada, haciéndonos así partícipes de la pobreza de Cristo, de su pasión, de su cruz. Es la infinita misericordia de nuestro Dios la que nos puso en camino con los pobres, para que les llevemos una buena noticia, para que sepan que Dios los ama.

  1. Trabajar y orar por los derechos de los pobres: teme la indiferencia y la crueldad con ellos

Supongo que no os sorprende ver una y otra vez confirmadas por la experiencia las palabras del Señor en el evangelio: “Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve”.

Pero habréis observado también que, lo mismo ahora que en tiempos de Jesús de Nazaret, son muchos los que, imitando a reyes y autoridades de los pueblos, se buscan a sí mismos, se yerguen sobre los demás, y se hacen responsables, no sólo de indiferencia ante los que sufren, sino también de crueldad con ellos.

Si esa indiferencia y esa crueldad hubiesen echado raíces en nuestro corazón, serían evidencia de ausencia del evangelio en nuestra vida. Témelas, hermano mío, hermana mía, mucho más de lo que temerías la muerte. Témelas mucho más de lo que temerías el infierno. Témelas, porque los pobres son de Cristo, porque en los pobres vive Cristo, porque si eres indiferente o cruel con los pobres, lo habrás sido también con Cristo, con Dios.

  1. Acércate a ellos

Habrás de hacerlo si quieres acercarte a Cristo, si quieres comulgar con él.
Habrás de bajar hasta los pobres, hasta su mundo, y no tendrás más razón para hacerlo que tu fe, que tu esperanza, que tu amor. Habrás de bajar hasta ellos como Cristo bajó hasta ti: “Él se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres”. Habrás de bajar para que te reconozcan como de los suyos, y no teman asediarte con su indigencia. Habrás de hacerte experto en sufrimiento para que seas, como Cristo, experto en misericordia.

  1. Ama la justicia

Declara ilegal para ti, por injusta, la posesión de lo que no necesitas; declara intolerable a tus ojos, por inicuo, que alguien carezca de lo necesario para la vida. Declara un crimen el hambre, sencillamente porque lo es.

Declara ilegal una política de fronteras que es discriminatoria con los pobres, que viola sus derechos fundamentales, que es violenta con los pequeños de la tierra, que mata sin escrúpulo a hombres y mujeres que sólo buscan un futuro mejor para ellos y para sus familias. Es criminal esa política, son criminales quienes la aprueban, son criminales quienes la aplican.

Si alguna vez lo hemos hecho, ya no podemos permitirnos el lujo de pensar en nosotros mismos: No eres Iglesia para ti, sino para los pobres; no te han hecho sacramento de la grandeza de Dios, sino de su amor infinito a los que piden vivir; no es tu misión sostener el poder ni apoyarte en él, sino defender de sus abusos a los pobres.

Recomendación final

Vuelvo a robar palabras a la inspiración de la Iglesia apostólica: “Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad… Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados como si estuvierais en su carne… Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis, pues él mismo dijo: Nunca te dejaré”.

“Que el Dios de la paz os confirme en todo bien para que cumpláis su voluntad, realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo”.

En Tánger, enero 2016