Porto Alegre 2005

números 78/79 (marzo-junio ’05)
 
La cita en los comienzos de 2005 estuvo en Porto Alegre (Brasil). Bajo un sol penetrante y húmedo se desarrolló, del 26 al 31 de enero, el V Foro Social Mundial (FSM). Simultáneamente y en el marco del mismo foro tuvieron lugar otros cónclaves regionales y temáticos que abarcaron un amplio abanico desde la administración local y el parlamentarismo, desde las prácticas de lucha contra las pobrezas, la ecología, la cultura, la sanidad y la justicia, hasta sectores tan determinantes de la sociedad actual como la juventud, los indígenas, la emigración, etc. Por su novedad y la repercusión mundial que tuvo destacamos el I Foro Mundial dedicado a la teología y la liberación (FMTL), inmediatamente previo al V Foro (21 al 26 de enero) y espiritualmente vinculado al mismo. Lo primero que sorprende en esta cita es la magnitud de acontecimiento mismo: una abigarrada multitud, variopinta, festiva y cordial llenó a todas las horas las 102 hectáreas del “territorio social mundial” situado a lo largo de 5 kilómetros sobre la ribera del río Guaíba. La globalización del colorido de la imagen, de los ritmos musicales, de las múltiples formas de protesta y de fiesta, hasta de los ritos y estilos de celebración religiosa, se apropió durante unos días de esta zona de la bonita y rica ciudad de Porto Alegre.

Mirando más al fondo del fenómeno, se cae pronto en la cuenta de que no se trata de una mera concentración turística. Todo en este evento tiene sentido. Todos los elementos coadyuvan a crear un “espacio acogedor y de encuentro” donde se comparten experiencias y se debaten ideas, donde se intercambian proyectos y se coordinan agendas y plataformas de lucha en vistas a rehacer este mundo maltrecho.

Ausente cualquier tipo de dirigismo vertical, la autogestión alcanza apreciables niveles de articulación y convergencia entre las más de 6.000 organizaciones y movimientos que vienen de tradiciones, prácticas y contextos político-culturales extraordinariamente diversos. Nunca se tiene la sensación de estar atravesando el reino del caos o de la Torre de Babel, sino más bien de estar viviendo una versión moderna de la rica experiencia de Pentecostés. Porto Alegre está abierto como un escenario de “aprendizaje colectivo” para superar el sectarismo y la intolerancia y para asumir “una nueva forma de hacer política”, desprendida de la pretensión de la verdad única, y del modelo/sistema único. Aún una reflexión importante. Más que un evento, Porto Alegre es sobre todo un “eslabón de un proceso” que cuestiona decidida y sólidamente el neoliberalismo y la “globocolonización” (F. Betto) como la única e inevitable concepción social posible para la humanidad. Contra los interesados y falsos profetas del momento, la caída del muro de Berlín no ha traído el “fin de la historia”, ni el mercado libre ha otorgado la salvación. Más bien han sido portadores de una gerontocracia y esclerosis galopante y de un discurso único dógmático y paralizante tanto en la sociedad como en las iglesias.

Pero la historia se ha empeñado en continuar y la salvación está rebasando por todas partes el mercado libre y el control de las iglesias. Cuando, contra lo que se predicaba, las personas comienzan a ser sujetos y no meros objetos de la historia, ésta empieza a recuperar su sentido dialéctico. Y la apuesta por “otro mundo posible” de los FSM de Porto Alegre se convierte en un brillante catalizador de las nuevas energías sociales y esperanzas que están recorriendo el mundo.

En este número doble de la revista presentamos, organizados a nuestro aire, algunos de los materiales más relevantes del V FSM y de I FMTL junto a las opiniones de algunos protagonistas destacados y la propia experiencia de testigos presenciales del equipo de redacción de Éxodo.

EDITORIAL

Éxodo 90 (sept-oct.’07)
 
A nuestros suscriptores y electores de Éxodo, ofrecemos un número de enorme actualidad. Es un hecho el avance de la tecnología y el impacto que está realizando en el campo de la vida. Desde hace escasas décadas el hombre ha adquirido inmensos poderes científicos que puede aplicar para el mejoramiento de la vida.

Esto es un comienzo feliz, lleno de esperanza, pero se presenta también como un reto ético. Hoy se vive más y mejor, pero no disponemos de los arsenales culturales y espirituales que nos ayuden a enfrentar, entender y compartir mejor la enfermedad, el sufrimiento, la muerte. Nos parece que todo mortal es el primero que muere, nos escandaliza el hecho de morir, lo ocultamos e imponemos silencio. Y, por eso, aunque hoy se vive más, uno de nuestros colaboradores afirma que se muere peor, hemos hecho de la muerte un tabú. ¿Qué significa y qué exige el morir con dignidad?

La biotecnología nos abre las puertas a mil cuestiones nuevas: cuándo y cómo es el proceso de la vida naciente, cuándo hay vida individual en ese proceso, qué remedios aplicar para la infertilidad, la eugenesia; cómo son vistos la fecundación in vitro, la reproducción asistida, el alquiler de útero, la clonación terapéutica, la experimentación con células madre, etc.; cómo se vive entre nosotros el proceso de la enfermedad y del sufrimiento, y qué papel queda en todo ello a los médicos, al paciente, a los familiares, a la cultura circundante, a la ética.

Los interrogantes se plantean con no menor fuerza en el ámbito económico y político; las multinacionales de la salud o las industrias con ella relacionadas ¿buscan de verdad el cuidado y mejoramiento del ser humano –de todos y, en primer lugar, de los más pobres y necesitados–, o atienden más bien al puro negocio? ¿Los políticos sabrán regular con perspectiva y cautelas éticas los nuevos aspectos que, con audacia, se están planteando en el mundo técnico de la ciencia? ¿Todo lo que es posible técnicamente es válido éticamente?

Nuestros colaboradores muestran gran sensibilidad al tema, lo conocen, descifran muchos de los equívocos y malentendidos que le acompañan y ofrecen pautas lúcidas, que contribuirán a esclarecer y asegurar decisiones de claro y sabio comportamiento ético.

JESUCRISTO CUESTIONADO

Varios Autores

– Autor: Varios Autores –
 
EL ser humano experimenta actualmente cambios profundos, producidos por una realidad, cada vez más dinámica y vertiginosa, que pone en cuestión de manera constante los fundamentos sociales, económicos y políticos, en los que se sustenta la convivencia. Tal circunstancia lleva aparejada la necesidad de formular un replanteamiento de los presupuestos morales y religiosos en los que sostenemos nuestra realidad cultural. Ésta se ve sometida al dictado, por un lado, del llamado “pensamiento único”, que procura dar uniformidad a todo conjunto social, allá donde se desarrolle, para facilitar así las estructuras de flexibilidad necesarias que posibiliten la explotación de los recursos económicos. Pero, al mismo tiempo, esta misma dinámica pone en contacto realidades culturalmente muy diversas, cuya vivencia está provocando un proceso de interculturalidad irreversible y que pone de relieve multitud de problemas.

Este espacio de pluralidad y de intercambio que supone hoy la sociedad multicultural es el marco para la formulación de una pregunta, que sin duda ha sostenido una buena parte de la reflexión teológica: ¿Es Jesucristo el único mediador de la salvación de Dios? Con certeza, proponer una respuesta viene siendo un ejercicio de audacia para todos aquellos y aquellas que han puesto en el camino un planteamiento al respecto. Pero tratar de hacerlo desde los presupuestos de una realidad social que vive, cada vez con más fuerza, un presente de diversidad cultural y religiosa, supone una aventura en nada desdeñable.

Mirar la figura de Jesús, como Mediador, formulando los problemas que esto supone, desde las cuatro grandes tradiciones religiosas, judía, cristiana, musulmana y oriental es un elemento imprescindible para abordar el tema del diálogo interreligioso, cada vez más trascendente en el marco que describimos. No porque sea necesario salvar aquellos aspectos dogmáticos en los que poder alcanzar un consenso, sino por señalar elementos de identidad en los que el hombre y la mujer puedan reconocerse. En esta reflexión se pondrán de manifiesto aquellos elementos culturales presentes en cada una de las construcciones teológicas de las grandes religiones y que sin duda configuran matices diversos, que debemos tomar muy en cuenta para promover avances reales en dicho diálogo.

Proponer a Jesús, cuestionado en estos términos, supone revitalizar una buena parte del legado que lo muestra como el Profeta que anunció un nuevo tiempo, ése al que de ninguna manera podemos volver la espalda.

LEY DE DEPENDENCIA Y ESTADO DE BIENESTAR

Varios Autores

Éxodo 87 (ener.-febr.’07)
– Autor: Varios Autores –
 
JUNTO a la sanidad, la educación y las pensiones, la Ley de promoción de la autonomía personal y atención a la dependencia representa una novedad de enorme calado social porque se presenta con la pretensión de llegar a convertirse en cuarto pilar del estado de bienestar. Y esto merece, de entrada, no sólo una acogida favorable, sino también una mirada reflexiva o crítica.

Porque esta es una ley nueva entre nosotros, impensable si nos retrotraemos sólo algunos años en nuestra historia. Trata de abordar una problemática reciente en la sociedad española, debido el crecimiento de las personas dependientes y al modelo tradicional de atención, basado, fundamentalmente, en el trabajo de la mujer. Se estima que en este año 2007 España cuenta con una población dependiente de unos 2,8 millones de personas: 1.1 millones con una discapacidad (dependencia) severa o total y 1,7 con discapacidad (dependencia) moderada.

El concepto de dependencia, está ligado, como se ve, al de discapacidad. Y éste es un fenómeno muy complejo porque afecta a muy diferentes personas y a un número de facultades diverso en cada una de ellas. La funcionalidad de una persona es distinta según el número y la intensidad de las facultades afectadas. Es más, la disfuncionalidad en alguna facultad (visión, audición, desplazamiento, desarrollo de tareas, relación con los demás, etc.) no tiene por qué impedir el desarrollo y autonomía de la persona.

La sociedad se enfrenta, entonces, al dilema de atender a la dependencia o promover la autonomía. No puede evitar este reto si pretende ser una sociedad justa. Porque, por una parte, las personas dependientes son ciudadanos y ciudadanas que tienen unos derechos, y, por otra, la discapacidad suele arraigar, en mayor medida, entre las capas sociales más vulnerables (familias pobres, mujeres, etc.).

La presencia de la nueva ley de dependencia en la sociedad española nos invita a una doble consideración o mirada. Desde un punto de vista crítico, el vaso aparece medio vacío: más allá del interés electoral y de legitimación de un sistema desigual e injusto (la ley se ha fraguado en un paquete de pactos entre el gobierno, la patronal y los sindicatos mayoritarios), son muchos los síntomas que hacen pensar que los problemas ligados a la autonomía/ dependencia de las personas no se van a resolver tan fácilmente: el trabajo doméstico de las mujeres va a seguir siendo el principal recurso, los empleos en este sector continuarán siendo precarios (a cargo principalmente de mujeres inmigrantes) y las personas dependientes seguirán siendo más bien objeto de atención que protagonistas de su propia vida.

Sin embargo, en la medida que la ley va a afectar a aquellos sectores sociales más frágiles (por edad, enfermedad o accidente) que hasta ahora han sido meramente objetos de misericordia (atención familiar –singularmente de la mujer) o transacción mercantil y pasan a ser sujetos de derechos, el vaso está medio lleno y merece reconocimiento. Al menos, un impulso que nos anime a dar nuevos pasos hacia ese otro mundo posible que queremos construir.

OTRA ESPIRITUALIDAD ES POSIBLE

Varios Autores

Éxodo 88 (marz.-abril’07)
– Autor: Varios Autores –
 
HACER hoy día una reflexión seria y serena sobre la espiritualidad parece un empeño delicado y complejo. Delicado porque supone, para quienes están en posesión pacífica de una idea suficientemente clara en este tema, levantar una tormenta de incertidumbres y descalificaciones del agresor. Delicado también porque la misma palabra espitualidad, amén de las sospechas que levanta en ciertos sectores por su historia, se muestra insuficiente para abarcar toda la semántica que la nueva visión proyecta sobre esta dimensión del ser humano. No obstante, nos vemos forzados a seguir utilizando este vocablo hasta que otro nuevo llegue a ser capaz de sustituirlo.

Pero, además de delicado, se trata también de un intento ciertamente complejo. Raíz fontal de toda civilización y fundamento esencial de las culturas diversas, la espiritualidad casi siempre se ha presentado estrechamente vinculada a las religiones. Éstas le han prestado a la espiritualidad una visibilidad concreta de la que ella carece; le han dado, además, verticalidad y horizontalidad y han proyectado sobre ella diversas axiologías y hasta una teodicea. En contrapartida, la espiritualidad le ha prestado a las religiones arraigo y fundamento en el ser humano sin lo cual serían imposibles, y le ha proporcionado historicidad y la posibilidad de ir relativizando, con el cambio propio del ser humano, sus creencias más cerradas y paralizantes.

Durante muchos siglos se ha mantenido este matrimonio casi indisoluble que se ha mostrado socialmente eficaz, aunque no siempre humanamente ventajoso y justo. Con la llegada de la modernidad y el acelerado ritmo de la ciencia y los saberes actuales este matrimonio secular ha entrado en crisis. La nueva racionalidad ha ido bajando a la religión desde la cumbre de la aceptación social hasta sumirla en la perplejidad y la incertidumbre. Sólo para el 34% de los españoles, según el último eurobarómetro sobre la Realidad Social Europea, la religión es importante, lo que representa el porcentaje más bajo entre los 25 miembros de la UE, exceptuadas Dinamarca y Suecia . Por más que algunos diagnósticos quieran ver en la floración de expresiones religiosas, surgidas del pentecostalismo protestante y del carismatismo católico, un “retorno a lo sagrado”, los analistas más críticos descubren, más bien, un crecimiento constante del ateismo y de nihilismo, es decir, del abandono de la religión.

Pues bien, si la crisis de la religión es tan cierta como parece, será legítimo que nos preguntemos por la suerte que está corriendo su contraparte, la espiritualidad. Y por una serie de indicadores, como veremos, la situación en este campo se muestra más halagüeña.

Para aclararnos sobre estos temas de enorme importancia hemos añadido a la clave meramente especulativa o racional, en la que generalmente nos movemos, otra que, siendo muy real, le va muy bien a este tema: el sentir o la emoción, la experiencia. Por esta ruta, vamos a preguntarnos sobre el sentir al otro como experiencia de lo sagrado; sentir la tierra como casa común y madre de la vida; sentir el cuerpo como vía para recuperar el gozo, el placer y la ternura; sentir las religiones como maestras del camino a seguir hacia la Realidad. Ante la dificultad de hacer con nuestros medios un diagnóstico completo y acabado sobre un problema tan delicado y complejo como el que abordamos, sólo pretendemos apuntar modestamente hacia el foco u origen del desconcierto actual.

PROFUNDIZAR LA DEMOCRACIA

Éxodo 89 (may.-jun’07)
 
“CUANDO te parezca que las cosas van mejor, es que se te ha pasado algo por alto”, nos advierte un corolario de Murphy. Y la oposición política española, secundada por la jerarquía católica, se lo han tomado tan en serio que cada día nos obsequian con alguna solícita advertencia del tenor siguiente: estad alerta, porque “nada es tan malo nunca como para que no pueda empeorar”. Quizás lleven algún punto de razón, pero no es bueno pasarse de la raya porque te pueden tomar, como ya está ocurriendo, por el aguafiestas de turno. Pues, en situaciones como esta, la gente tiende mayormente a dar crédito a la filosofía del propio Murphy que dice: ” no discutas nunca con un tonto, puede que la gente no aprecie la diferencia”.

“Profundizar, como pretendemos, la democracia” en nuestro país cuando los comportamientos y las instituciones se están devaluando, parece una tarea ímproba y urgente. Ímproba porque, instalados como estamos en la bronca permanente, esto nos va a exigir un esfuerzo sobrehumano para vencer las resistencias y urgente porque una buena terapia como la que socialmente estamos necesitando no se puede aplazar “sine die” sin poner en peligro la misma convivencia.

Un buen diagnóstico de lo que nos está pasando nos encamina directamente a las causas. Y en este camino no valen atajos que, frutos de la ideología o de la pasión, nos impidan un análisis riguroso. Partir apresuradamente de la convicción de que el deterioro actual de la democracia se debe exclusivamente a los “cuadros dirigentes”, por mayoritario que parezca, no deja de ser un mal punto de partida. Ni todos los dirigentes son iguales ni todos buscan exclusivamente su propio interés.

Tampoco se explica la crispación y malestar actual echando la culpa a la imperfección de “las mediaciones institucionales”. Es verdad que todo colectivo político o religioso tiende por naturaleza a institucionalizarse y a convertir los nobles fines que inspiraron su nacimiento en defensa de su propia permanencia. En este sentido, no se puede disimular fácilmente el lamentable espectáculo que en ocasiones ofrecen los partidos políticos, los sindicatos y las mismas iglesias defendiendo casi borreguilmente intereses corporativos.

Las mediaciones constitucionales sobre las que se asienta la democracia necesitan evidentemente un bautismo transformador para ponerse al ritmo de las exigencias y cambios sociales. Esto es verdad. Y quizás los obispos también necesiten alguna pasada por el Evangelio.

Pero, ¿es esto todo? ¿Explican estas cusas toda la realidad? Creemos que no. Los síntomas están apuntando a un mar más de fondo. Muy brevemente, digamos que la terapia política o religiosa, aplicada en otros tiempos y en otras situaciones, ya no basta. Ni valen ya los acuerdos que hicieron posible la instauración de la democracia, ni en la Iglesia los intentos de renovación surgidos al calor del Vaticano II son hoy suficientes. La nueva realidad, surgida después de treinta o cuarenta años, está exigiendo otro tipo de respuestas. Se acabó el continuismo, es preciso poner en marcha la imaginación.

Traigamos ante los ojos tres síntomas que, a nuestro modo de ver, apuntan a la base de la actual debilidad de la democracia y del conflicto ideológico existente: el rescate de “la memoria histórica”, tanto en la sociedad como en la Iglesia, para hacer justicia a los que sucumbieron defendiendo la legalidad y la dignidad de la conciencia, en primer lugar. Ya no se puede escribir hoy la historia de este país sin integrar la memoria de nuestros vencidos. Por otra parte, tampoco será posible construir un proyecto político o religioso que sirva para todos y todas sin “integrar las diversas identidades” que reclaman un reconocimiento en el marco estatal o eclesial. Y, finalmente, “nuestras alianzas políticas o religiosas” con el mundo exterior ya no pueden establecerse de espaldas a la justicia y a la paz.

Porque a estas alturas, ni el imperio, ni el Vaticano, dada su trayectoria, merecen sin más nuestra confianza.

DIÁLOG INTERCULTURAL

Éxodo 83 (marzo-abril’06)
 
Antes de ser reconocida como un valor o una carencia, la diferencia es una realidad. No hay más que abrir los ojos, despertar el oído, para percibir lo que está sucediendo en el hogar, en la ciudad, en las iglesias, en la tierra toda. Y esta diversidad aparece como pantalla (o como un río subterráneo) antes de cualquier movimiento hacia la unidad o emprender un camino hacia el encuentro. Desde la diversidad aparecen las diferencias de género y de sexos, las diferencias sociales y económicas, las diferencias culturales y religiosas. Y también desde la diversidad es posible y necesaria la política, que, en su noble acepción, nos convoca a construir un hogar, una ciudad y una tierra donde sobreviva la riqueza de la pluralidad.

A regañadientes (algunos convencidos) hemos tenido que ir descubriendo que nuestro país nunca ha sido aquella “unidad de destino en lo universal” que proclamaban nuestros “salvadores” de antaño. No es necesario escarbar muy hondo en nuestras raíces para descubrir la falacia de ese eslogan. Frecuentemente, en aras de una unidad forzada, hemos pasado sobre muchas diferencias e identidades que nos hacían más ricos y más realistas. Basta con echar una mirada a la necesidad inicial y la normalidad general de funcionamiento de las Comunidades Autonómicas para demostrarlo. Vivimos más seguros y tranquilos cuando somos capaces de asumir políticamente nuestras diferencias. Es más, frente a la monotonía de un centralismo dominante y angosto el país nos parece hoy un mosaico más rico y más hermoso. Porque, como en el arco iris, la belleza radica en todos los matices que expresan el color.

Nuestra diversidad se ha acrecentado en estos últimos años con la llegada masiva de extranjeros. Según se afirma en el “Punto de Mira” la cifra se acerca ya a los 4 millones (más del 8,4% de la población total). Procedentes de distintas partes del mundo, estos flujos migratorios traen marcadas en la piel, llegan cargando sobre sus hombros sus propias diferencias. Tampoco son un bloque, también son diferentes. Evocan nuestro propio modo de convivir con las diferencias y nos provocan y emplazan ante nuevas políticas de convivencia para evitar que lo diverso no sea el germen de la desigualdad.

Ni siquiera la religión puede sobrevolar sobre las diferencias. Pasó ya el tiempo del patriarcalismo y el quiriarcado de las religiones. Se está imponiendo, contra viento y marea, el estatuto de la igualdad. Desde la Constitución del 78 y su reconocimiento de la libertad religiosa, el Estado ha recobrado su a-confesionalidad. Todas las religiones, aunque diferentes en su propuesta ética y espiritual, son legítimas. La base de esta legitimidad está en el reconocimiento de la laicidad fundamental y de la ciudadanía de todas las personas. Las diferencias tampoco tienen derecho a mantener o propiciar las desigualdades en el propio ámbito religioso.

Será necesario “abrir bien los ojos” y la inteligencia para diseñar un nuevo paradigma de convivencia donde tenga cabida la pluralidad en la que estamos, o, mejor, la diversidad en la que somos. El mestizaje, la participación, la inclusión y la integración serán líneas de fuerza en este proyecto ético y político que, más allá de respeto y la tolerancia, apueste por un diálogo intercultural en que no haya ausentes.

EDITORIAL

Éxodo 91 (nov.-dic.’07)
 
EL neoliberalismo en el que vivimos ya comienza a flaquear. Aunque beneficioso y eficaz para unos pocos, nunca ha sido “el dorado” ni para la sociedad ni tampoco para el planeta que habitamos. Apoyado en la lógica del capitalismo, ha resultado abiertamente contrario a la deseable lógica de la humanización. Usa los enormes medios científicos y técnicos que él mismo ha creado, pero los está utilizando con fines partidistas y corporativos en detrimento de la colectividad. No es de extrañar que, visto desde los excluidos y empobrecidos, sea calificado abiertamente como “sistema perverso”. Y aunque en este número de Éxodo vamos a centrarnos específicamente en la economía, tampoco deberíamos olvidar la arbitrariedad con que el neoliberalismo organiza el poder, ni la desorientación que afecta a su tabla de valores.

Pero, si el sistema comienza a resquebrajarse, ¿disponemos ya de algún repuesto inspirado en una lógica alternativa? Desde el ángulo de la economía no parece fácil poner en funcionamiento otro sistema de producción, distribución y consumo que pueda ser globalizado. Indudablemente que se han dado y se están dando muchos intentos que pretenden racionalizar un poco más las cosas. Pero cabe preguntarse si estos nobles esfuerzos llegan a superar la dinámica individualista y mercantil del actual sistema o no son, en última instancia, más que loables intentos de reforma. Porque tenemos la sensación de que el capitalismo es el big brather a cuyo control hegemónico nada se escapa, o como el dios griego, Cronos, que acaba devorando siempre a sus propios hijos.

Las alternativas que se nos ofrecen para una vida humanamente digna y éticamente consecuente parecen encerrarse en esta disyuntiva : o reforma en profundidad del actual sistema o apuesta decidida por una revolución que lo vuelva patas arriba y empiece, con paciencia y humildad, a cultivar algo que nos resulte más coherente con los recursos de la tierra y más honesto con las necesidades de los humanos. En este sentido, nos hacemos preguntas como las siguientes: ¿qué pasaría en el mundo si, por consenso universal, decidiéramos un día abolir el sacrosanto derecho de la propiedad privada, al menos en ese nivel que afecta a los medios de producción?; ¿qué pasaría en el mundo si decidiésemos conjuntamente socializar los recursos económicos, que son de tod@s, para ponerlos a disposición de su verdadera dueña, la humanidad?; ¿soportaría este mundo nuestro esa propiedad colectiva y sabría organizarla de forma rentable y respetuosa con los limitados recursos del planeta?

Sin ir quizás tan lejos, las reflexiones de este número tratan de entrar por esas grietas que está dejando un sistema que se está resquebrajando y situarse en esas zonas desde donde aún es posible mantener con la dignidad la tensión utópica y unas prácticas éticas que intentan caminar hacia la alternativa. ¿Reformismo transitorio?

Elecciones 2008, otra política es posible

Éxodo 92 (ener.-feb.’08)
 

Nadie a estas alturas debería ignorar la innegable trascendencia de este gesto ciudadano. De nosotros y nosotras va a depender el reforzamiento de un marco de convivencia más justo y compasivo donde se encuentre adecuadamente representada la rica pluralidad cultural, política, territorial, moral y religiosa de este país. Donde, frente a todo partidismo corporativista y el descarado recorte y privatización de los servicios públicos, se garanticen los derechos básicos de todos los ciudadanos y ciudadanas, singularmente de aquellos sectores más frágiles y desprotegidos.

No podemos abordar, en el reducido espacio de estas páginas, todos los aspectos que hacen de esta convocatoria electoral un acontecimiento singular e irrepetible. Hemos tenido que elegir, dejando en la CPU del ordenador, capítulos importantes que nos hubiera gustado tratar con mayor detenimiento, como la Ley de Elecciones, tan injusta y desequilibrada, (¡cómo seguir confiando nuestro destino, a estas alturas del s XXI, a unos criterios de representatividad tan partidísticamente desproporcionados como los que sustentan la Ley d’Hont, o la inseguridad que, en el fondo, respira el sistema de listas cerradas!), o como el mismo balance que se merece la última legislatura, al menos desde sus leyes sociales más emblemáticas.

Pero, con ser importante todo esto, nos ha parecido más urgente y original centrar nuestra reflexión en “algo que es previo” y que está a la base del mismo proceso electoral. Nos referimos justamente en esa realidad compleja y problemática que ha sido convocada a elecciones. Es decir, nos referimos a esa realidad cotidiana, pegada firmemente a la vida de todas las personas, que, por debajo de cualquier proceso electoral, sigue tozudamente lanzando sus retos y desafíos tanto a la convivencia ciudadana como a la iniciativa programática de cualquier política partidista.

En esta ocasión, vamos a asomarnos a esta realidad desde un doble ángulo. En primer lugar, desde la luz que proyectan las ciencias socioanalíticas sobre algunos indicadores esenciales de la sociedad en que vivimos como son la renta y la pobreza, el trabajo y el empleo, el gasto público, la sanidad, la educación y la vivienda, la seguridad y la justicia. Y, en segundo lugar, desde algunos criterios básicos que nos permitan enjuiciar esta situación en el presente y proyectarla hacia el futuro, entre los que nos parecen determinantes la participación ciudadana y la opción por lo público, los Derechos Humanos, el cambio climático y la presencia del fenómeno religioso.

Esperamos, desde este enfoque, contribuir a crear una mayor honestidad con la realidad en que vivimos y a acrecentar la participación ciudadana en la solución de los problemas que a todas y a todos nos afectan.

RELACIONES IGLESIA-ESTADO

Éxodo 92 (marz.-abril.’08)
 
LAS relaciones Iglesia/ Estado están atravesando en España una situación cuando menos confusa. Por extraño que parezca, cuando la Iglesia católica española está gozando, a juicio de muchos analistas, de un trato político y económico difícilmente antes superado, se da la extraña paradoja de tener que asistir a diario a un inusitado enfrentamiento de la cúpula eclesiástica contra los actuales gobernantes socialistas que, por mandato de las urnas, están en el poder. En anteriores situaciones menos favorables para la Iglesia los obispos españoles se han mostrado más silenciosos. Paro ahora las cosas han cambiado. Y bastará asomarnos a los mensajes emitidos en la multitudinaria concentración en “defensa de la familia cristiana”, del 30 de diciembre de 2007 en la madrileña Plaza de Colón, o echar un vistazo a la “Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española ante las Elecciones Generales”, del 30 de enero de 2008, o recordar las incesantes descalificaciones episcopales de la asignatura de Educación para la Ciudadanía para ver certificado este cambio de rumbo. ¿Qué puede estar pasando?

Ya es suficientemente conocida la tesis de que la jerarquía eclesiástica no ha encontrado aún su lugar en la democracia. Y este deslocamiento la está empujando a liderar demasiadas batallas contra el progreso que, en definitiva, suponen caminar en persecución de una verdadera quimera. ¿Pretenden los obispos volver a recuperar el poder político perdido durante la modernidad? ¿Aspiran a seguir modelando desde la educación y tutelando desde la ética una sociedad crecientemente secularizada que ya ha abierto la espita de la apostasía de todas las instituciones e iglesias que se oponen a su emancipación y autonomía? ¿Qué pueden aportar a una sociedad que lucha contra la desigualdad, la injusticia y la negación de los derechos humanos unas instituciones que, como las iglesias, no pueden ofrecer desde sí mismas estos valores?

Pero, miradas las cosas desde el otro lado, ¿qué está pasando entre tanto con el Estado aconfesional dibujado en la Constitución? ¿No están los actuales poderes públicos mostrándose excesivamente torpes en su interpretación o demasiado débiles y timoratos en el cumplimiento del mandato constitucional? ¿Cómo entender y justificar la condescendencia estatal con una institución privada que raya en el privilegio y el favoritismo frente al resto de instituciones que se sienten comparativa y justamente agraviadas? ¿Es justo y razonable seguir manteniendo o incrementando desde el Estado democrático actual unas prácticas, surgidas en un contexto totalitario, que la nueva situación ya ha felizmente superado?

No, no es buena la actual situación ni para la sociedad civil que la soporta con disgusto ni para la comunidad cristiana que la mira con preocupación. Muchos cristianos, conscientes de que la secularización es en gran parte fruto del cristianismo, miran con nostalgia el respeto del Vaticano II por la autonomía secular, y la mayoría de la sociedad civil está exigiendo del gobierno socialista un mayor esfuerzo en defensa de un Estado laico que sea, a su vez, respetuoso y acogedor con las propuestas liberadoras que provienen desde instituciones de sentido como son las religiones.

Éxodo apuesta, desde estas páginas, por la necesidad y la urgencia de otro planteamiento político y religioso de las relaciones Iglesia/Estado, denuncia como inconstitucionales, los actuales Acuerdos con la Santa Sede y apuesta por la supresión del actual marco de financiación de la Iglesia y de la enseñanza confesional de la religión en la escuela pública.