PROFUNDIZAR LA DEMOCRACIA

Éxodo 89 (may.-jun’07)
 
“CUANDO te parezca que las cosas van mejor, es que se te ha pasado algo por alto”, nos advierte un corolario de Murphy. Y la oposición política española, secundada por la jerarquía católica, se lo han tomado tan en serio que cada día nos obsequian con alguna solícita advertencia del tenor siguiente: estad alerta, porque “nada es tan malo nunca como para que no pueda empeorar”. Quizás lleven algún punto de razón, pero no es bueno pasarse de la raya porque te pueden tomar, como ya está ocurriendo, por el aguafiestas de turno. Pues, en situaciones como esta, la gente tiende mayormente a dar crédito a la filosofía del propio Murphy que dice: ” no discutas nunca con un tonto, puede que la gente no aprecie la diferencia”.

“Profundizar, como pretendemos, la democracia” en nuestro país cuando los comportamientos y las instituciones se están devaluando, parece una tarea ímproba y urgente. Ímproba porque, instalados como estamos en la bronca permanente, esto nos va a exigir un esfuerzo sobrehumano para vencer las resistencias y urgente porque una buena terapia como la que socialmente estamos necesitando no se puede aplazar “sine die” sin poner en peligro la misma convivencia.

Un buen diagnóstico de lo que nos está pasando nos encamina directamente a las causas. Y en este camino no valen atajos que, frutos de la ideología o de la pasión, nos impidan un análisis riguroso. Partir apresuradamente de la convicción de que el deterioro actual de la democracia se debe exclusivamente a los “cuadros dirigentes”, por mayoritario que parezca, no deja de ser un mal punto de partida. Ni todos los dirigentes son iguales ni todos buscan exclusivamente su propio interés.

Tampoco se explica la crispación y malestar actual echando la culpa a la imperfección de “las mediaciones institucionales”. Es verdad que todo colectivo político o religioso tiende por naturaleza a institucionalizarse y a convertir los nobles fines que inspiraron su nacimiento en defensa de su propia permanencia. En este sentido, no se puede disimular fácilmente el lamentable espectáculo que en ocasiones ofrecen los partidos políticos, los sindicatos y las mismas iglesias defendiendo casi borreguilmente intereses corporativos.

Las mediaciones constitucionales sobre las que se asienta la democracia necesitan evidentemente un bautismo transformador para ponerse al ritmo de las exigencias y cambios sociales. Esto es verdad. Y quizás los obispos también necesiten alguna pasada por el Evangelio.

Pero, ¿es esto todo? ¿Explican estas cusas toda la realidad? Creemos que no. Los síntomas están apuntando a un mar más de fondo. Muy brevemente, digamos que la terapia política o religiosa, aplicada en otros tiempos y en otras situaciones, ya no basta. Ni valen ya los acuerdos que hicieron posible la instauración de la democracia, ni en la Iglesia los intentos de renovación surgidos al calor del Vaticano II son hoy suficientes. La nueva realidad, surgida después de treinta o cuarenta años, está exigiendo otro tipo de respuestas. Se acabó el continuismo, es preciso poner en marcha la imaginación.

Traigamos ante los ojos tres síntomas que, a nuestro modo de ver, apuntan a la base de la actual debilidad de la democracia y del conflicto ideológico existente: el rescate de “la memoria histórica”, tanto en la sociedad como en la Iglesia, para hacer justicia a los que sucumbieron defendiendo la legalidad y la dignidad de la conciencia, en primer lugar. Ya no se puede escribir hoy la historia de este país sin integrar la memoria de nuestros vencidos. Por otra parte, tampoco será posible construir un proyecto político o religioso que sirva para todos y todas sin “integrar las diversas identidades” que reclaman un reconocimiento en el marco estatal o eclesial. Y, finalmente, “nuestras alianzas políticas o religiosas” con el mundo exterior ya no pueden establecerse de espaldas a la justicia y a la paz.

Porque a estas alturas, ni el imperio, ni el Vaticano, dada su trayectoria, merecen sin más nuestra confianza.

DIÁLOG INTERCULTURAL

Éxodo 83 (marzo-abril’06)
 
Antes de ser reconocida como un valor o una carencia, la diferencia es una realidad. No hay más que abrir los ojos, despertar el oído, para percibir lo que está sucediendo en el hogar, en la ciudad, en las iglesias, en la tierra toda. Y esta diversidad aparece como pantalla (o como un río subterráneo) antes de cualquier movimiento hacia la unidad o emprender un camino hacia el encuentro. Desde la diversidad aparecen las diferencias de género y de sexos, las diferencias sociales y económicas, las diferencias culturales y religiosas. Y también desde la diversidad es posible y necesaria la política, que, en su noble acepción, nos convoca a construir un hogar, una ciudad y una tierra donde sobreviva la riqueza de la pluralidad.

A regañadientes (algunos convencidos) hemos tenido que ir descubriendo que nuestro país nunca ha sido aquella “unidad de destino en lo universal” que proclamaban nuestros “salvadores” de antaño. No es necesario escarbar muy hondo en nuestras raíces para descubrir la falacia de ese eslogan. Frecuentemente, en aras de una unidad forzada, hemos pasado sobre muchas diferencias e identidades que nos hacían más ricos y más realistas. Basta con echar una mirada a la necesidad inicial y la normalidad general de funcionamiento de las Comunidades Autonómicas para demostrarlo. Vivimos más seguros y tranquilos cuando somos capaces de asumir políticamente nuestras diferencias. Es más, frente a la monotonía de un centralismo dominante y angosto el país nos parece hoy un mosaico más rico y más hermoso. Porque, como en el arco iris, la belleza radica en todos los matices que expresan el color.

Nuestra diversidad se ha acrecentado en estos últimos años con la llegada masiva de extranjeros. Según se afirma en el “Punto de Mira” la cifra se acerca ya a los 4 millones (más del 8,4% de la población total). Procedentes de distintas partes del mundo, estos flujos migratorios traen marcadas en la piel, llegan cargando sobre sus hombros sus propias diferencias. Tampoco son un bloque, también son diferentes. Evocan nuestro propio modo de convivir con las diferencias y nos provocan y emplazan ante nuevas políticas de convivencia para evitar que lo diverso no sea el germen de la desigualdad.

Ni siquiera la religión puede sobrevolar sobre las diferencias. Pasó ya el tiempo del patriarcalismo y el quiriarcado de las religiones. Se está imponiendo, contra viento y marea, el estatuto de la igualdad. Desde la Constitución del 78 y su reconocimiento de la libertad religiosa, el Estado ha recobrado su a-confesionalidad. Todas las religiones, aunque diferentes en su propuesta ética y espiritual, son legítimas. La base de esta legitimidad está en el reconocimiento de la laicidad fundamental y de la ciudadanía de todas las personas. Las diferencias tampoco tienen derecho a mantener o propiciar las desigualdades en el propio ámbito religioso.

Será necesario “abrir bien los ojos” y la inteligencia para diseñar un nuevo paradigma de convivencia donde tenga cabida la pluralidad en la que estamos, o, mejor, la diversidad en la que somos. El mestizaje, la participación, la inclusión y la integración serán líneas de fuerza en este proyecto ético y político que, más allá de respeto y la tolerancia, apueste por un diálogo intercultural en que no haya ausentes.

EDUCAR PARA LA CIUDADANÍA

Éxodo 94 (may-jun.’08)
 
LAS recientes tensiones mantenidas en torno a la asignatura de “Educación para la ciudadanía” han puesto de manifiesto una actividad generalmente polémica en cualquier tipo de sociedad abierta. Nos referimos al hecho mismo de educar: ¿educar para qué?, ¿cómo hacerlo?, ¿quiénes han de intervenir más directamente en la educación?

Se trata, como es fácil de entender, de una tarea de la máxima importancia para evitar la deriva del individualismo neoliberal y establecer sobre fundamentos sólidos la convivencia entre los ciudadanos. Una tarea que será siempre de imperiosa actualidad dada su urgencia y complejidad. Urgencia porque tanto el punto de partida (los sujetos que intervienen, la pedagogía que se aplica) como el punto de llegada (la socialización, la construcción de la ciudadanía) están sometidos a un proceso de cambio y transformación constante. Y complejidad porque el escenario donde se desarrolla la acción educativa siempre aparece atravesado por tendencias contrapuestas entre lo particular y lo universal, lo uniforme y lo diverso que lo convierten en un espacio dinámico y difícil para articular en él un proyecto común.

La trayectoria seguida en España desde la implantación de la Constitución de 1978 es suficientemente elocuente al respecto. Con diferentes resultados, la urgencia y la complejidad atraviesan, como dos hilos conductores, no sólo las diferentes propuestas de educación escolar, sino también las leyes que, fuera de este ámbito, afectan a la organización de la convivencia y cohesión social. El esfuerzo por educar en la ciudadanía para convivir en un mismo espacio común tiene que enfrentarse y remontar con frecuencia comportamientos atávicos y “males educaciones” que llegan incrustados en lo que algunos pueden considerar la propia idiosincrasia o el imaginario colectivo.

Y no basta con superar los malos comportamientos heredados del pasado, la preocupación por el futuro exige algo más. No sería bueno ni realista un proyecto educativo que, iniciado en la escuela y continuándose en los hilos que entretejen el entramado social, se construyera hoy al margen de las grandes tendencias que dominan la cultura mundial. La irrupción en el Primer Mundo de las migraciones intensas que vienen del Sur ha agudizado en este campo la dialéctica entre globalización y diversidad, entre lo privado y lo público, entre la tendencia a la homogeneización y la defensa de las propias identidades.

En una sociedad cada día más compleja como la nuestra, será pretensión imposible construir sin violencia una ciudadanía desde extremos como la asimilación de lo diverso a la cultura hegemónica o la apática tolerancia ante la multiculturalidad existente. Los criterios de igualdad y justicia nos empujan, más bien, a ir tejiendo, con sensibilidad y respeto, un espacio común de interacción y diálogo, de interculturalidad, donde puedan reconocerse, insertarse y compartir los grandes valores morales que aporta cada una de las diversas identidades. Educar hoy para la ciudadanía deberá partir de la idea de que se trata, como la misma democracia, de un “proyecto siempre inacabado” dispuesto a enriquecerse críticamente con las nuevas aportaciones que supone la diversidad.

A este tema de palpitante actualidad, con sus tensiones, desafíos y propuestas de solución imaginativas y alternativas, queremos dedicar las siguientes páginas de Éxodo.

CRISIS DE CREDIBILIDAD DE LA IGLESIA CATÓLICA

Varios Autores

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Varios Autores –
 
HISTÓRICAMENTE hablando, la Iglesia acumula una larga historia y experiencia. Desde ella llegó al Vaticano II y, al parecer, con fuertes ímpetus de cambio y renovación. El concilio fue, de hecho, una primavera de esperanza, no sólo la Iglesia sino el mundo lo recibió alborozado.

Hoy, a casi cincuenta años de celebrarse, el panorama ha cambiado: aparecen largas sombras de cansancio, crítica y desencanto. Y también una enconada coexistencia de tendencias contrapuestas: las renovadoras y las conservadoras.

No hay duda de que el período posconciliar es un período apasionante, transcurrido entre la renovación y la esperanza y la restauración y el desencanto. Y, ciertamente, vemos demasiado claro que las cosas no ocurren al azar. Y menos, las que provienen de un recorrido histórico eclesial, largo, rico y polémico.

Desechando, como nos es habitual, el fatalismo y derrotismo, nosotros apostamos por llevar a cabo los propósitos y metas del concilio. Por eso, necesitamos analizar, esclarecer y saber para dar acertadamente con el diagnóstico de la situación actual y pasar con esperanza a los caminos reales que se nos abren para el avance.

Cierto que el posconcilio no ha seguido el itinerario renovador prometido, que ha continuado con el desfase ante los nuevos saberes, que hay una cierta vuelta al anatema, que del pluralismo, diversidad y profecía hemos pasado al monopolio de un poder dogmático, que se ha reafirmado la desigualdad y exclusión de la mujer, que ya son muchos los que se están planteando la posibilidad de un cristianismo sin Iglesia, etc, etc.

No obstante, EXODO, en este número, ofrece elementos, pistas y alternativas para no apartarse resignadamente del espíritu y metas del concilio y avanzar con seguridad en nuevas acciones y compromisos. Estamos por la renovación y la esperanza.

EDITORIAL

Éxodo 91 (nov.-dic.’07)
 
EL neoliberalismo en el que vivimos ya comienza a flaquear. Aunque beneficioso y eficaz para unos pocos, nunca ha sido “el dorado” ni para la sociedad ni tampoco para el planeta que habitamos. Apoyado en la lógica del capitalismo, ha resultado abiertamente contrario a la deseable lógica de la humanización. Usa los enormes medios científicos y técnicos que él mismo ha creado, pero los está utilizando con fines partidistas y corporativos en detrimento de la colectividad. No es de extrañar que, visto desde los excluidos y empobrecidos, sea calificado abiertamente como “sistema perverso”. Y aunque en este número de Éxodo vamos a centrarnos específicamente en la economía, tampoco deberíamos olvidar la arbitrariedad con que el neoliberalismo organiza el poder, ni la desorientación que afecta a su tabla de valores.

Pero, si el sistema comienza a resquebrajarse, ¿disponemos ya de algún repuesto inspirado en una lógica alternativa? Desde el ángulo de la economía no parece fácil poner en funcionamiento otro sistema de producción, distribución y consumo que pueda ser globalizado. Indudablemente que se han dado y se están dando muchos intentos que pretenden racionalizar un poco más las cosas. Pero cabe preguntarse si estos nobles esfuerzos llegan a superar la dinámica individualista y mercantil del actual sistema o no son, en última instancia, más que loables intentos de reforma. Porque tenemos la sensación de que el capitalismo es el big brather a cuyo control hegemónico nada se escapa, o como el dios griego, Cronos, que acaba devorando siempre a sus propios hijos.

Las alternativas que se nos ofrecen para una vida humanamente digna y éticamente consecuente parecen encerrarse en esta disyuntiva : o reforma en profundidad del actual sistema o apuesta decidida por una revolución que lo vuelva patas arriba y empiece, con paciencia y humildad, a cultivar algo que nos resulte más coherente con los recursos de la tierra y más honesto con las necesidades de los humanos. En este sentido, nos hacemos preguntas como las siguientes: ¿qué pasaría en el mundo si, por consenso universal, decidiéramos un día abolir el sacrosanto derecho de la propiedad privada, al menos en ese nivel que afecta a los medios de producción?; ¿qué pasaría en el mundo si decidiésemos conjuntamente socializar los recursos económicos, que son de tod@s, para ponerlos a disposición de su verdadera dueña, la humanidad?; ¿soportaría este mundo nuestro esa propiedad colectiva y sabría organizarla de forma rentable y respetuosa con los limitados recursos del planeta?

Sin ir quizás tan lejos, las reflexiones de este número tratan de entrar por esas grietas que está dejando un sistema que se está resquebrajando y situarse en esas zonas desde donde aún es posible mantener con la dignidad la tensión utópica y unas prácticas éticas que intentan caminar hacia la alternativa. ¿Reformismo transitorio?

Elecciones 2008, otra política es posible

Éxodo 92 (ener.-feb.’08)
 

Nadie a estas alturas debería ignorar la innegable trascendencia de este gesto ciudadano. De nosotros y nosotras va a depender el reforzamiento de un marco de convivencia más justo y compasivo donde se encuentre adecuadamente representada la rica pluralidad cultural, política, territorial, moral y religiosa de este país. Donde, frente a todo partidismo corporativista y el descarado recorte y privatización de los servicios públicos, se garanticen los derechos básicos de todos los ciudadanos y ciudadanas, singularmente de aquellos sectores más frágiles y desprotegidos.

No podemos abordar, en el reducido espacio de estas páginas, todos los aspectos que hacen de esta convocatoria electoral un acontecimiento singular e irrepetible. Hemos tenido que elegir, dejando en la CPU del ordenador, capítulos importantes que nos hubiera gustado tratar con mayor detenimiento, como la Ley de Elecciones, tan injusta y desequilibrada, (¡cómo seguir confiando nuestro destino, a estas alturas del s XXI, a unos criterios de representatividad tan partidísticamente desproporcionados como los que sustentan la Ley d’Hont, o la inseguridad que, en el fondo, respira el sistema de listas cerradas!), o como el mismo balance que se merece la última legislatura, al menos desde sus leyes sociales más emblemáticas.

Pero, con ser importante todo esto, nos ha parecido más urgente y original centrar nuestra reflexión en “algo que es previo” y que está a la base del mismo proceso electoral. Nos referimos justamente en esa realidad compleja y problemática que ha sido convocada a elecciones. Es decir, nos referimos a esa realidad cotidiana, pegada firmemente a la vida de todas las personas, que, por debajo de cualquier proceso electoral, sigue tozudamente lanzando sus retos y desafíos tanto a la convivencia ciudadana como a la iniciativa programática de cualquier política partidista.

En esta ocasión, vamos a asomarnos a esta realidad desde un doble ángulo. En primer lugar, desde la luz que proyectan las ciencias socioanalíticas sobre algunos indicadores esenciales de la sociedad en que vivimos como son la renta y la pobreza, el trabajo y el empleo, el gasto público, la sanidad, la educación y la vivienda, la seguridad y la justicia. Y, en segundo lugar, desde algunos criterios básicos que nos permitan enjuiciar esta situación en el presente y proyectarla hacia el futuro, entre los que nos parecen determinantes la participación ciudadana y la opción por lo público, los Derechos Humanos, el cambio climático y la presencia del fenómeno religioso.

Esperamos, desde este enfoque, contribuir a crear una mayor honestidad con la realidad en que vivimos y a acrecentar la participación ciudadana en la solución de los problemas que a todas y a todos nos afectan.

RELACIONES IGLESIA-ESTADO

Éxodo 92 (marz.-abril.’08)
 
LAS relaciones Iglesia/ Estado están atravesando en España una situación cuando menos confusa. Por extraño que parezca, cuando la Iglesia católica española está gozando, a juicio de muchos analistas, de un trato político y económico difícilmente antes superado, se da la extraña paradoja de tener que asistir a diario a un inusitado enfrentamiento de la cúpula eclesiástica contra los actuales gobernantes socialistas que, por mandato de las urnas, están en el poder. En anteriores situaciones menos favorables para la Iglesia los obispos españoles se han mostrado más silenciosos. Paro ahora las cosas han cambiado. Y bastará asomarnos a los mensajes emitidos en la multitudinaria concentración en “defensa de la familia cristiana”, del 30 de diciembre de 2007 en la madrileña Plaza de Colón, o echar un vistazo a la “Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española ante las Elecciones Generales”, del 30 de enero de 2008, o recordar las incesantes descalificaciones episcopales de la asignatura de Educación para la Ciudadanía para ver certificado este cambio de rumbo. ¿Qué puede estar pasando?

Ya es suficientemente conocida la tesis de que la jerarquía eclesiástica no ha encontrado aún su lugar en la democracia. Y este deslocamiento la está empujando a liderar demasiadas batallas contra el progreso que, en definitiva, suponen caminar en persecución de una verdadera quimera. ¿Pretenden los obispos volver a recuperar el poder político perdido durante la modernidad? ¿Aspiran a seguir modelando desde la educación y tutelando desde la ética una sociedad crecientemente secularizada que ya ha abierto la espita de la apostasía de todas las instituciones e iglesias que se oponen a su emancipación y autonomía? ¿Qué pueden aportar a una sociedad que lucha contra la desigualdad, la injusticia y la negación de los derechos humanos unas instituciones que, como las iglesias, no pueden ofrecer desde sí mismas estos valores?

Pero, miradas las cosas desde el otro lado, ¿qué está pasando entre tanto con el Estado aconfesional dibujado en la Constitución? ¿No están los actuales poderes públicos mostrándose excesivamente torpes en su interpretación o demasiado débiles y timoratos en el cumplimiento del mandato constitucional? ¿Cómo entender y justificar la condescendencia estatal con una institución privada que raya en el privilegio y el favoritismo frente al resto de instituciones que se sienten comparativa y justamente agraviadas? ¿Es justo y razonable seguir manteniendo o incrementando desde el Estado democrático actual unas prácticas, surgidas en un contexto totalitario, que la nueva situación ya ha felizmente superado?

No, no es buena la actual situación ni para la sociedad civil que la soporta con disgusto ni para la comunidad cristiana que la mira con preocupación. Muchos cristianos, conscientes de que la secularización es en gran parte fruto del cristianismo, miran con nostalgia el respeto del Vaticano II por la autonomía secular, y la mayoría de la sociedad civil está exigiendo del gobierno socialista un mayor esfuerzo en defensa de un Estado laico que sea, a su vez, respetuoso y acogedor con las propuestas liberadoras que provienen desde instituciones de sentido como son las religiones.

Éxodo apuesta, desde estas páginas, por la necesidad y la urgencia de otro planteamiento político y religioso de las relaciones Iglesia/Estado, denuncia como inconstitucionales, los actuales Acuerdos con la Santa Sede y apuesta por la supresión del actual marco de financiación de la Iglesia y de la enseñanza confesional de la religión en la escuela pública.

LA CRISIS, ¿MÁS ALLÁ DEL CAPITALISMO?

Varios Autores

Éxodo 96 (nov.-dic.’08)
– Autor: Varios Autores –
 
TAMBIÉN ésta fue una crisis anunciada, pero solo por una minoría crítica, la de los sin poder. Los del poder, los señores del sistema, los que viven de él y exprimen su jugo, dando rienda suelta a la ambición y la codicia, la negaron o la mantuvieron oculta hasta que estalló a los ojos de todos y… peligró el mismísimo sistema. Solo entonces saltó la alarma.

Para entonces ya se habían encendido muchas luces rojas que indicaban que el sistema fallaba, que el capitalismo no era el “fin de la historia”, como anunciaba el ideólogo del poder, sino más bien la historia del fin: del fin de muchos seres humanos condenados al hambre, la miseria, el abandono, la enfermedad sin vacuna, la sed o el paro sin remedio. Y el fin, también, como amenaza del planeta, de la sostenibilidad y la vida, el cambio climático, el agujero de ozono, de la deforestación… Pero estas luces de alarma no inquietaron a dirigentes y especuladores. Algunos se atrevieron incluso a bagatelizar las llamadas de atención sobre las mismas.

Y ahora, cuando se agrieta el sistema y peligra el negocio, esos mismos dirigentes y especuladores, ultraliberales defensores del mercado sin cortapisas, reclaman y promueven, sin pestañear y sin vergüenza, la intervención del Estado, del dinero público. Es decir, piden que sean los de siempre, los de abajo, los trabajadores, los que arrimen el hombro y paguen los platos rotos. En la Europa del siglo XXI se quería volver poco menos que al horario laboral del siglo XIX y, bien cerca entre nosotros, los ultraliberales reclaman como salida a la crisis el recorte… no de ganancias, sino de gastos sociales.

De este modo, si los mismos responsables y beneficiarios del sistema son los que proponen y dictan las medidas para salir de la crisis, ¿puede acaso ésta conducir más allá del origen del desastre, más allá del capitalismo sin control, sin razón ética ni social? Difícilmente. Se harán los cambios suficientes para que no cambie nada sustancial. Ya es todo un síntoma de ello el que, tras de la que está cayendo, nadie haya reconocido públicamente responsabilidad o culpa alguna.

Como decía Jesús de Nazaret, no se puede servir al dinero y a la vez a Dios, es decir, a la dignidad, a la humanidad, a la fraternidad. Pero, ¿quién cree –aúnen este mensaje, en esta advertencia evangélica? ÉXODO, nuestra revista, está convencida de su verdad.

EL HAMBRE EN EL MUNDO

Éxodo 97 (ener.-febr.’09)
 
DESDE la atalaya del mundo civilizado y opulento, decir ‘hambre’ es de mala educación: los ricos no comen, se alimentan. Desde el abismo del hambre, Occidente se enriquece con el hambre de los pobres.

Malas noticias. “Lamento profundamente informar que la situación sigue siento intolerable e inaceptable”. Con estas palabras el Presidente de la F.A.O, J. Diouf presentó el informe de la organización sobre ‘El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo’ en la Cumbre Mundial sobre Alimentación’ (Roma, 2006). En enero de 2009, en Madrid, el mismo presidente de la FAO proclama que “se necesita un cambio drástico en el modelo de gobernación del hambre. Hoy hay 963 millones de personas que no comen (…). El desafio actual ya no sólo es dar de comer a casi mil millones de hambrientos, sino lograr producir alimentos para conseguir la seguridad alimentaria de nueve mil millones de personas en 2050”.

¿Cómo es posible esta situación en un mundo de despilfarro, tan harto como nunca de productos y riqueza?, nos preguntamos tantos ciudadanos lejos del otro mundo del hambre.

¿Existe la buena nueva?

La lucha de interpretaciones ha estado presente en la Reunión de Alto Nivel de Madrid, 2009: el clamor de las víctimas del mundo frente al interés del comercio mundial, ante la mirada atónita de millones de ciudadanos-consumidores, meros espectadores del debate y ante la inoperancia declarada de las Organizaciones de la ONU como la FAO.

Desde la proclamación de “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán hartos” han ido surgiendo nuevas proclamas en la marcha por la dignidad de los pueblos, como soberanía alimentaria, ética ecológica o suficiencia que se oponen a sobreproducción, sobreconsumo o desarrollo insostenible. La hartura en el siglo XXI intenta compaginarse con la austeridad, sea ésta voluntaria o impuesta democráticamente como ejercicio responsable para evitar lo inevitable: la destrucción del hábitat en el planeta.

Nos encontramos con grandes desafíos en horizontes nuevos, donde la ética ecológica es ya ética social. Recuperada la idea de situación de límite, la humanidad se enfrenta colectivamente a la tarea de no transgredir los límites ecológicos y de respetar el espacio de los otros. Es una tarea compartida, sea por propio egoísmo o por ideal ético; sólo existe el objetivo de salvarnos juntos o perecer todos. Llegar a estar ‘hartos de justicia’ podría traducirse por comportarse amigablemente con el planeta y con todos sus habitantes y, quizá también, ser considerados hijos de Dios y parteros esforzados de un futuro no asegurado.

EL ABORTO

Varios Autores

Éxodo 98 (marz.-abr’09)
– Autor: Varios Autores –
 
No por mayor ruido, la multiforme crisis que nos golpea en esta primera década del milenio anula otros problemas graves que viene arrastrando la sociedad española desde la segunda mitad del pasado siglo. Uno de ellos es el aborto o interrupción voluntaria del embarazo (IVE).

Según datos del Ministerio de Sanidad, las cifras se han incrementado en los últimos diez años: de 53.847 abortos en 1998 se ha pasado a 112.138 en 2006; en el primer año, la cifra supuso una tasa de 6 por cada mil mujeres, y en el último la tasa fue de 11,4.

La actual legislación, que data de 1985, se está mostrando insuficiente. Parcialmente despenalizadora y bajo control judicial, es una ley que deja fuera de norma reguladora los embarazos que suponen grave riesgo para la integridad física o psíquica de la madre o del feto y los que son consecuencia de violación. Comparada con las legislaciones europeas que se han ido adaptando a las recomendaciones de organismos internacionales como la ONU, la OMS o el Consejo de Europa, la legislación española, además de dejar sin protección jurídica a las mujeres y a los profesionales de la medicina, está encubriendo prácticas alegales. Su indefinición del aborto terapéutico y del eugenésico está siendo el paraguas que ampara una práctica cada día más laxa. Por otra parte, la ausencia de una política sanitaria coherente está llevando a la sanidad pública a la hipocresía de empujar a realizar fuera de nuestras fronteras lo que no se atreve a realizar en la red de hospitales públicos.

Por exigencia social u oportunidad política el Gobierno ha iniciado el proceso de reforma de la ley, encomendando su estudio a una Comisión de Expertos que ha aconsejado una fórmula mixta: interrupción voluntaria del embarazo durante las primeras catorce semanas y, hasta las 22 , en caso de grave riesgo para la salud de la mujer o graves anomalías del feto. También ha puesto en candelero la incongruencia de la apreciación legal sobre los 16 años de la mujer: autónoma para unos casos y dependiente para otros, como hasta ahora ante la IVE.

Los sectores antiabortistas están haciendo gala del fundamentalismo que les caracteriza, llegando hasta exigir la anulación de la misma ley del 1985. Entre estos, la Conferencia Episcopal Española, amparándose en una supuesta ley natural, ha recrudecido su postura más política que evangélicamente compasiva y respetuosa con la autonomía del saber científico. Los movimientos cristianos de base críticos no se sienten representados en esta postura de la jerarquía eclesiástica.

Desde Éxodo apostamos por un tratamiento de la IVE que asuma al menos algunos criterios como los siguientes: el papel predominante de las mujeres; la distinción de planos jurídico y ético, científico y religioso; y abrir un amplio espacio de debate social sobre esta materia en toda la ciudadanía.