INMIGRACIÓN Y ASILO

Éxodo 102 (ener.-febr’10)
Regulación de la Solidaridad
 
¿NECESITA ser regulada la solidaridad? La respuesta está en la historia, que, desde la forma no escrita de las primeras comunidades hasta los actuales movimientos altermundialistas, ha ido no solo regulando la solidaridad con los semejantes, sino abriéndose también a la necesidad de cuidar de un planeta enfermo, causada por la codicia y usura de la acción humana. Si esto es cierto, no deja de ser menos verdad que en el transcurso de la historia la acción política ha ido diferenciando entre nacional y extranjero, llegando “in extremis” a la consideración de éste como enemigo, con el dilema de eliminarlo o de perecer ante él.

En otro plano, el religioso, ha sido propio de algunas corrientes considerar al ‘otro’ como próximo o igual, incluso viendo en el más débil la presencia de la divinidad. Pero estas mismas instancias religiosas han considerado, a su vez, al diferente como peligroso para la propia comunidad y se han arrogado el poder de excomulgarlo (exterminarlo).

La historia y los textos sagrados de las religiones ofrecen muchos ejemplos al respecto. El relato bíblico sobre el pecado de los sodomitas (Gn,19) es suficientemente expresivo. Se suele decir que el pecado nefando bíblico es la sodomización. Y podemos suscribirlo, aunque no suscribamos su interpretación habitual. Como se ha demostrado últimamente desde la Bíblica y la tradición patrística, el pecado de los sodomitas consistió en no acoger al extranjero, en su la falta de hospitalidad (cf. Éxodo 99, pp. 33-37). En este sentido, la nueva reforma de las leyes de Asilo y de Extranjería pretende sodomizar a la ciudadanía para que no invite ni acoja en su casa al extranjero. La invitación podrá ser sancionada hasta con 10.000 euros. A esta criminalización de la hospitalidad ciudadana decimos no.

ÉXODO afronta en este número el proceso normativo y los efectos de dos nuevas leyes que regulan la presencia y el trato a dos figuras clave en el ámbito de la solidaridad: la población demandante de asilo y la población inmigrante. Muchos signos apuntan a restricciones progresivas para acceder a la condición de refugiado en la UE y en España, así como en la regulación de los flujos migratorios.

Recogemos sólo dos ideas de las muchas que pueden leerse en las aportaciones de este número: más del 93% de los 22 millones de desplazados y refugiados reconocidos por el ACNUR permanecen en el Tercer Mundo, aunque sigamos imaginando que la solidaridad con ellos se realiza en el Primero. La mundialización de la globalización está acelerando los intercambios de capitales y pretende lo mismo para las mercancías, pero no para las personas. Se estima que para 2050 haya la misma proporción de personas migrantes que había en 1950 y que la que hubo en 1980 y en el año 2.000, esto es, en torno al 5% de la población mundial. Es decir, en un mundo globalizado, las migraciones de personas continúan siendo una anomalía y la inmensa mayoría sigue viviendo en los lugares de nacimiento.

Ante estos datos, no deberíamos preguntarnos, ¿de dónde surgen las imágenes de invasión y a qué intereses sirven? El lector tiene delante unos materiales para la reflexión y, por qué no, para decidir conjuntamente con muchos otros ciudadanos del mundo otras formas de regular la solidaridad hoy y mañana. La apuesta de ÉXODO es por la regulación de las necesidades humanas desde las nuevas perspectivas de la solidaridad y la emancipación común, del acogido y del acogedor.

MEMORIA HISTÓRICA

Varios Autores

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Varios Autores –
 
AUNQUE hayan pasado ya demasiados años desde el final de la Guerra Civil Española y de la muerte del dictador, la memoria sigue quemando como un ascua, hiriendo la conciencia colectiva de este pueblo diverso y plural. ¿Por olvido de las víctimas o indolencia de los verdugos, por miedo de aquellas o incapacidad de estos, por desinterés de todos? Pero lo cierto es que el proyecto de un pueblo unido y cohesionado no se construye sobre las heridas abiertas del pasado. Necesita restablecer la paz con su historia.

Son varias, a nuestro entender, las razones que se pueden aducir para explicar este vacío o pérdida de la memoria colectiva. En primer lugar, el silencio que impuso la dictadura sobre los perdedores de la Guerra civil y que tuvo su correlato en el miedo de los ciudadanos, solo roto en privado en algunos actos heroicos, a recordar a sus muertos. Por su parte, la transición política, con su peculiar distinción entre ética y oportunidad política, ha arrojado durante demasiado tiempo a los perdedores de la Guerra Civil al anonimato y al olvido, defendiendo en privado una justicia que les era debida y negándose sistemáticamente luego en la esfera pública.

Las consecuencias son evidentes. La amnesia colectiva ha dominado la pulsión social y la expresión política en este país durante las últimas décadas. Ni la dignidad de los combatientes republicanos que defendieron la legalidad democrática ha tenido su justo reconocimiento; ni la crueldad de los consejos de guerra o los lacerantes procesos políticos e ideológicos del franquismo, que llevaron a la expulsión del país o a la muerte a miles de ciudadanos honestos, su implacable rechazo. Tampoco ha habido reparación por la humillación y no apertura de las fosas comunes o la presencia ofensiva de los símbolos franquistas en un contesto democrático. Otros pueblos, con menos recursos, han demostrado mayor humanidad y coraje en rehacer su propia historia.

Si la Ley de la Memoria Histórica (diciembre 2007) tuviera voluntad política de cumplir sus mismos propósitos (“renovar y ampliar derechos a favor de quienes padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas o de creencia durante la Guerra Civil y la dictadura” y “fomentar la reflexión de nuestro pasado para evitar que se repitan situaciones de intolerancia y violación de derechos humanos como las entonces vividas, art. 1,1), aunque tarde, aún estaríamos en camino de recuperar la dignidad como pueblo y de restablecer parte de la justicia debida a “nuestras” víctimas. De lo contrario, será otra ocasión perdida si desde el poder político no se impulsa con decisión el proceso, venciendo los miedos y apostando por recuperar la historia de este pueblo complejo en toda su integridad.

Sobre la jerarquía de la Iglesia católica española, víctima unas veces y verdugo otras, pende una grave responsabilidad. No basta con pronunciar palabras de reconciliación y unidad. Necesita superar pronto ese reduccionismo selectivo que está aplicando en el ensalzamiento a sus propias víctimas y en el olvido de las ajenas. Y, sobre todo, necesita mostrar su capacidad para pedir perdón por su apuesta mayoritaria al lado de los golpistas en aquellos primeros momentos y también durante las largas décadas posteriores de la represión. Pero tampoco se debe silenciar que, a parte de las víctimas civiles, existen las víctimas eclesiásticas que sigue propiciando la propia jerarquía eclesiástica sobre las que nunca ha pronunciado una palabra de reconocimiento ni un gesto de reconciliación.

Porto Alegre 2005

números 78/79 (marzo-junio ’05)
 
La cita en los comienzos de 2005 estuvo en Porto Alegre (Brasil). Bajo un sol penetrante y húmedo se desarrolló, del 26 al 31 de enero, el V Foro Social Mundial (FSM). Simultáneamente y en el marco del mismo foro tuvieron lugar otros cónclaves regionales y temáticos que abarcaron un amplio abanico desde la administración local y el parlamentarismo, desde las prácticas de lucha contra las pobrezas, la ecología, la cultura, la sanidad y la justicia, hasta sectores tan determinantes de la sociedad actual como la juventud, los indígenas, la emigración, etc. Por su novedad y la repercusión mundial que tuvo destacamos el I Foro Mundial dedicado a la teología y la liberación (FMTL), inmediatamente previo al V Foro (21 al 26 de enero) y espiritualmente vinculado al mismo. Lo primero que sorprende en esta cita es la magnitud de acontecimiento mismo: una abigarrada multitud, variopinta, festiva y cordial llenó a todas las horas las 102 hectáreas del “territorio social mundial” situado a lo largo de 5 kilómetros sobre la ribera del río Guaíba. La globalización del colorido de la imagen, de los ritmos musicales, de las múltiples formas de protesta y de fiesta, hasta de los ritos y estilos de celebración religiosa, se apropió durante unos días de esta zona de la bonita y rica ciudad de Porto Alegre.

Mirando más al fondo del fenómeno, se cae pronto en la cuenta de que no se trata de una mera concentración turística. Todo en este evento tiene sentido. Todos los elementos coadyuvan a crear un “espacio acogedor y de encuentro” donde se comparten experiencias y se debaten ideas, donde se intercambian proyectos y se coordinan agendas y plataformas de lucha en vistas a rehacer este mundo maltrecho.

Ausente cualquier tipo de dirigismo vertical, la autogestión alcanza apreciables niveles de articulación y convergencia entre las más de 6.000 organizaciones y movimientos que vienen de tradiciones, prácticas y contextos político-culturales extraordinariamente diversos. Nunca se tiene la sensación de estar atravesando el reino del caos o de la Torre de Babel, sino más bien de estar viviendo una versión moderna de la rica experiencia de Pentecostés. Porto Alegre está abierto como un escenario de “aprendizaje colectivo” para superar el sectarismo y la intolerancia y para asumir “una nueva forma de hacer política”, desprendida de la pretensión de la verdad única, y del modelo/sistema único. Aún una reflexión importante. Más que un evento, Porto Alegre es sobre todo un “eslabón de un proceso” que cuestiona decidida y sólidamente el neoliberalismo y la “globocolonización” (F. Betto) como la única e inevitable concepción social posible para la humanidad. Contra los interesados y falsos profetas del momento, la caída del muro de Berlín no ha traído el “fin de la historia”, ni el mercado libre ha otorgado la salvación. Más bien han sido portadores de una gerontocracia y esclerosis galopante y de un discurso único dógmático y paralizante tanto en la sociedad como en las iglesias.

Pero la historia se ha empeñado en continuar y la salvación está rebasando por todas partes el mercado libre y el control de las iglesias. Cuando, contra lo que se predicaba, las personas comienzan a ser sujetos y no meros objetos de la historia, ésta empieza a recuperar su sentido dialéctico. Y la apuesta por “otro mundo posible” de los FSM de Porto Alegre se convierte en un brillante catalizador de las nuevas energías sociales y esperanzas que están recorriendo el mundo.

En este número doble de la revista presentamos, organizados a nuestro aire, algunos de los materiales más relevantes del V FSM y de I FMTL junto a las opiniones de algunos protagonistas destacados y la propia experiencia de testigos presenciales del equipo de redacción de Éxodo.

LAICIDAD Y RELIGIÓN: del conflicto a la convergencia

Número 80 (sept.-octub. ’05)
 
TE asomas, querido lector, a un tema de enorme actualidad. Vas a tener la satisfacción de manejar un material consistente,valioso y esclarecedor. Es lo que se precisa. Porque en todas estas cuestiones estamos necesitados de poner en cuarentena nuestras propias reacciones, a veces poco cribadas por la historia, el razonamiento y el sosiego. Hay mucha polémica azorada, con escaso fundamento. Y esto vale sobre todo para muchos hermanos en la fe, que a priori descartan y menosprecian a cuantos no se alinean con ellos. Es, sin duda, una peligrosa hostilidad.

Sería loable que todos conociéramos a fondo los temas, pero al no ser posible recurrimos con gozo a quienes pueden aportarnos datos, luces y claridad. Creemos que, en este número, los colaboradores recibirán espontáneo nuestro agradecimiento: dominan las fuentes, cultivan el estudio y la reflexión esmerada.

El tema laicidad y religión es un tema viejo y que, para sorpresa nuestra, veremos que tiene honda raíz y significado en el Evangelio. Sólo que, a lo largo de la historia, fue asumido desde situaciones y factores muy peculiares que lo fueron velando y olvidando y, como consecuencia, distorsionando.

Sin adentrarse en esa trayectoria histórica resulta difícil conocer los intereses y factores que lo guiaron, la impronta que dejaron en la sociedad y en la cristiandad, la manera como fue afrontado en la modernidad y los efectos profundos que quedaron y aparecen hoy en la crucial cuestión de relacionar laicidad y religión.

Hay que admitir como algo elemental que la evolución histórica alcanza en todos los niveles a la sociedad, las religiones y las iglesias y que esa evolución conlleva cambios, revisiones, conflictos, resistencias, nuevas propuestas. El tema laicidad y religión nos demanda a todos dejar los prejuicios y extremismos,el enfrentamiento del doble fundamentalismo laicista y religioso y avanzar hacia la autocrítica, el diálogo, la colaboración y la convergencia.

Por debajo de nuestras parciales visiones o concepciones, está el tema simple de la laicidad que reclama volver a aceptar nuestra fundamental condición de seres humanos, y desde ella, respetando diferencias de una y otra parte, unirnos en el universal consenso de la dignidad humana, para comprometernos en la lucha por una mayor justicia, solidaridad, emancipación,libertad y paz humanas.

LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL A los 40 años del Vaticano II

Número 81 (nov.-dic.’05)
 
Han pasado 40 años desde aquella solemne y alborozada clausura del concilio del año 1965. Los padres conciliares volvían optimistas para sus casas, llevando en sus corazones la vivencia inolvidable del Vaticano II. La Iglesia entera se había puesto a examen y había sabido escuchar los clamores que le demandaban urgentemente un «agiornamento». Comenzaba un nuevo caminar. Eran ciertamente muchos los hábitos heredados,que le forzaban casi a mirar al pasado,pero el espíritu la sacudió poderosamente e impulsó a avanzar sin miedo. Fueron los años primeros,en que se planificó para todos la renovación. Y los frutos no tardaron en aparecer. La Iglesia se descentró,se salió de sí misma y realizó una gran operación de cercanía,de encarnación, de diálogo,de colaboración y de compromiso con el mundo,sobre todo con el mundo de los más pobres.

En el año 85,veinte años después,la Iglesia había hecho por reorganizar,desde su estructura y pensar milenario, inercias y habitudes aparcadas, que no muertas,en su ser. El entonces cardenal Ratzinger sentenció que esos veinte años de posconcilio fueron decisivamente desfavorables para la Iglesia. Era la alarma,el momento del freno y de la estrategia para reavivar las fuerzas conservadoras y meter en cuarentena a las renovadoras. El declive iba en aumento y los ganadores del concilio resultaban, por días,los perdedores. Y así,en un crescendo imparable hasta nuestros días.

El fenómeno de esta grave involución del posconcilio merece un largo estudio si de verdad queremos averiguar lo que está pasando en la Iglesia. Hay quienes,y para ello darán datos y argumentos,lo atribuirán a un relajo y contemporarización de la Iglesia con las fuerzas más negativas del mundo. Habrá parte de eso,pero no es la causa principal.

El concilio fue testigo de un enfrentamiento de dos concepciones o interpretaciones que enfrentaban a dos mundos distintos: el de los que pensaban que estábamos en una época nueva,con problemas,desafíos y soluciones nuevas; y el de los que se empecinaban en mantener incólumes la visión y respuestas del pasado. Este enfrentamiento creció y se ha venido agudizando en los últimos años.

Se trata en el fondo,y es la clave que ofrece este número de Exodo,de un conflicto interno cada vez más indisimulado: los cristianos,y en este caso católicos,dicen todos seguir a Jesús. Pero,la cuestión comienza a delimitarse e ilustrarse cuando se dibuja el perfil y consecuencias de ese seguimiento. No es relajo,infidelidad o indisciplina por ninguna de las dos partes,sino de una mediación o modelo de Cristología, Eclesiología , Teología,Moral,Espiritualidad, Antropología, Cosmología y Saber Humano,con el que vivimos y pretendemos presentarnos al mundo de hoy. De nuevo, pues,el mismo problema: caminar y no ponerse al margen de la historia.

SEXUALIDAD E IGLESIA CATÓLICA

Número 82 (ener.-febr.’06)
 
Hace tiempo que el equipo de Éxodo tenía intención de entrar a tratar el tema de “Sexualidad e Iglesia Católica”. No faltaban razones: la persistencia del tema en las enseñanzas de la jerarquía, el enfoque severo e inmutable de las mismas, la convicción de que también en este punto el Vaticano II había requerido una renovación.

Partimos del hecho grave y manifiesto de la disonancia entre la teoría oficial y la práctica real del pueblo. Las nuevas ideas y planteamientos, con todo el impacto de la revolución sexual, penetraron hace tiempo en la conciencia eclesial que, inevitablemente, demandaban adaptación. Tal demanda fue formulándose justificadamente en escritos de no pocos y notables moralistas católicos, los cuales hubieron de sufrir de un modo especial los efectos de la “restauración”. (Caso último el del jesuita Juan Masiá).

El cambio no era de suponer efecto de una relajación, de una indisciplina o de una arbitrariedad en el saber. Para entender el presente eclesial, era necesario presentar el pasado heredado, con los presupuestos culturales que lo han formado y que explican las normas vigentes y que tanto han influido y siguen influyendo, para pasar luego a registrar las exigencias de un nuevo modelo de sexualidad, sus incidencias positivas y negativas y el ángulo de vista del Evangelio a partir sobre todo de las enseñazas y el mismo comportamiento de Jesús.

El nuevo modelo supone un replanteamiento en muchas cuestiones de viva actualidad y que, desde el viejo paradigma, no reciben respuesta satisfactoria. A algunas de ellas, Éxodo intenta ofrecer respuesta concreta con respeto a la tradición y a las nuevas aportaciones de la ciencia y de la teología.

MEDIOS DE COMUNICACIÓN ALTERNATIVOS

Número 84 (mayo-junio’06)
 
Caminamos a un ritmo vertiginoso, sin tiempo para asentar las ideas, los sentimientos, los comportamientos. La prisa parece ser el leit motiv de esta nueva etapa de la historia que algunos califican ya de tiempo axial o tiempo eje que afecta no sólo al cambio en las formas (metamorfosis) sino a las mismas raíces (cambio de época). Lo cierto es que todo cambia muy deprisa: los ciudadanos, las calles, los pueblos, los países, los paisajes, los continentes, el mundo entero que parece estar obedeciendo a una ley no escrita de movilidad permanente. El “panta rei” de Heráclito, todo fluye como un río incontenible, incrustado en el corazón de la vida, está aflorando por todos los ángulos de ésta: el político, el socioeconómico, el cultural y el mismo religioso. Es el río que nos lleva, que nos arrastra.

También a la información le han llegado las prisas, el cambio. Con las nuevas tecnologías, y sobre todo con la llegada de internet, estamos asistiendo a un verdadero terremoto en este campo. Durante varios siglos la humanidad ha mantenido, de buena o mala gana, como cierta aquella aseveración de Marx sobre el origen de las ideas y la información: “las ideas dominantes (la información) son siempre fruto de la clase dominante”. Mirando en retrospectiva la historia, no es difícil confirmar la veracidad de este aserto. Hace tan sólo diez años un analista tan fino como Eduardo Galeano lo expresaba brillantemente en Le Monde Diplomatique: “La dictadura de la palabra única y de la imagen única, mucho más devastadora que la del partido único, impone en todas partes el mismo modo de vida, y otorga el título de ciudadano ejemplar a quien es consumidor dócil, espectador pasivo, fabricado en serie, a escala planetaria, conforme al modelo propuesto por la televisión comercial norteamericana… En el mundo sin alma que los medios de comunicación nos presentan como el único mundo posible, los pueblos han sido reemplazados por los mercados; los ciudadanos por los consumidores; las naciones por las empresas; las ciudades por las aglomeraciones. Jamás la economía mundial ha sido menos democrática, ni el mundo tan escandalosamente injusto”. Difícil reflejar la situación que estamos viviendo con mayor precisión y realismo. Las grandes corporaciones de la información, el reducido número de sus agencias son mayormente las verdaderas creadoras de la realidad en que hemos vivido, en que aún seguimos viviendo…

No obstante, desde la llegada de las nuevas tecnologías de la comunicación e información tenemos la impresión de que se está abriendo una grieta en este muro. No toda la información la controla ya el dinero, el poder y sus agencias, como tampoco el imperio es capaz de controlar la proliferación de las experiencias nucleares. Algo verdaderamente sorprendente está amenazando la hegemonía y el monopolio de la creación y manifestación de la verdad. La información alternativa -de forma más fresca y versátil, más espontánea y poco mercantil- ofrece otras caras de la realidad que la información oficial oculta o ignora. Se va abriendo camino con dificultad, pero de forma imparable.

En las páginas que siguen se reflejan no sólo el volumen y las identidades diversas de estos medios alternativos, sino también algunos momentos estelares en que han logrado doblegar la “verdad oficial”. El verdadero objetivo de estos medios apunta decididamente hacia la conquista de la hegemonía en una información que aspira a ser más participativa y horizontal, más democrática y verdadera. ¿Estaremos ya entrando en la antesala de ese “quinto poder” del que habla con frecuencia Ignacio Ramonet?

LA SOCIEDAD DIVIDIDA

nº 85 octubre 06
 
De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a un fenómeno creciente de crispación social. Opiniones antagónicas e irreconciliables, debates nada dialécticos donde no se mueve nadie de las posiciones iniciales, descalificaciones personales y de grupo, trifulcas, insultos, etc. La calle, el parlamento y los medios sirven a la vez de fuente y de altavoz a todo esto y van situando a cada persona, a cada colectivo en alguno de los extremos del debate. De este modo, la sociedad se va caldeando, posicionando, crispando, dividiendo. Sin que sean comparables los contextos, si no fuera por los nacionalismos autonómicos, cederíamos fácilmente a la tentación de ver en todo esto otra reedición de las dos Españas de las que hablaba Machado.

En una sociedad cada día más plural y compleja, será siempre muy difícil diagnosticar los verdaderos motivos que explican el fenómeno. Más difícil será aún encontrarle la terapia adecuada… Pero, metodológicamente, se nos antoja mirar todo esto desde esos ventanales mayores que representan las últimas leyes orgánicas o de carácter más social que han ido apareciendo en estos últimos años. ¿Serán esas leyes las verdaderas causas de la actual confusión, de la discordia?

A pesar de su importancia, no creemos que sean estas políticas la causa única de la actual crispación. Tanto más cuanto que, durante el recorrido, todas estas leyes han ido perdiendo peso, se han ido acomodando más a los intereses políticos del legislador que al problema social que trataban de encauzar. Nos referimos a leyes tales como la de los matrimonios homosexuales, la LOE o ley orgánica de Educación, la ley de género o igualdad entre le hombre y la mujer, las políticas de normalización de los inmigrantes, a la ley de la recuperación de la memoria histórica, a la política de pacificación de Euskadi, etc. ¿Son estas leyes causa o excusa para la actual crispación?

No es este el lugar para abordar un asunto realmente tan complejo, pero, más que causa, estas leyes nos parecen un pretexto, una excusa. Nuestra opinión es que la actual situación obedece, más bien, a una estrategia bien montada por unos poderes económico-políticos muy concretos y alimentada y difundida por unos medios poderosos que están al servicio de unos intereses muy particulares. Les podrá resultar acertado o desacertado el envite, pero en ello están invirtiendo muchas energías y creando mucha confusión.

Más al fondo, todo esto es posible por el actual descrédito que se está echando sobre todo lo público colectivo: desde la magistratura a la política, desde la educación a la sanidad, desde los medios de comunicación públicos hasta la misma configuración autonómica del Estado. Y todo esto es peligroso. Se comienza descalificando a los políticos (“todos son iguales, corruptos”, “están ahí para forrarse”), se continua con los partidos (“no buscan más que elpoder”), se desprecia la acción política como servicio a la colectividad y se descalifica la democracia como forma de participación de los ciudadanos. Y es verdad que hay en todo esto mucho criticable, pero ¿es bueno llevarlo hasta el extremo del descrédito? ¿Qué se pretende?

Ha habido épocas en que se ha podido reconocer un cierto paradigma de funcionamiento en las religiones, en las iglesias. Pero, hoy día, dada su organización y funcionamiento piramidal, excluyente y muy poco respetuoso con los derechos de la persona, y dado también su posicionamiento partidista tanto a nivel universal como entre nosotros, en España, parece muy poco lo que estas instituciones pueden inspirar acerca de una práctica sociopolítica justa y equitativa entre los ciudadanos.

Más que una alocada descalificación de toda acción política y eclesial, este número de Éxodo puede llevarte a una reflexión serena y ponderada sobre las actuales mediaciones en que estamos apoyando nuestra ciudadanía, nuestra mundialidad. ¿Qué nos urge reformar, convertir?

LA COSTITUCIÓN EUROPEA: Entre la utopía y el poder del capital

número 77 (febrero ’05)
 
DADA la especialización y el cierto secretismo que ha envuelto su elaboración de cara al ciudadano, no hemos llegado a conocer muy bien las razones por las que Europa necesita hoy más que ayer, no ya ésta, sino simplemente una Constitución. Responde éste a un propósito de macropolítica mundial o es algo exigido por la propia dinámica de la UE, nos resulta difícil precisar. Pero, en cualquiera de los dos supuestos, consideramos que el ciudadano europeo hubiera necesitado una mayor claridad.

POR otra parte, aprobado ya el Tratado por los Jefes de los 25 Estados (Roma, 29 octubre de 2004) y respaldado mayoritariamente por el Parlamento Europeo (12 de enero de 2005), tampoco se entiende muy bien la eficacia que pueda tener un referéndum para su ratificación o el rechazo por parte de los ciudadanos, conociendo de antemano que el resultado, cualquiera que él sea, no va a ser vinculante. Con este preámbulo, no es fácil superar la convicción de que se trata más bien de un maquillaje de política interna de los respectivos Estados que de un verdadero gesto por el que los ciudadanos, en cuanto sujetos soberanos, instituyen unos valores y unas reglas de convivencia en el marco de la Unión. Para el 75% de las personas encuestadas -según un “eurobarómetro” reciente- ni siquiera le resulta comprensible el farragoso título que encabeza el proyecto constitucional. ¿Entonces?

Y, sin embargo, el paso que vamos a dar parece decisivo. No se trata de ningún juego como están entendiéndolo muy bien los ciudadanos. Durante estos dos últimos meses estamos asistiendo -con permiso del llamado “Plan Ibarretxe- a un debate que, al menos en algunos momentos, ha logrado mitigar el efecto de la “telebasura” y los “reality shows”. La confrontación entre los partidarios del sí o del no al proyecto constitucional ha ido ganando un creciente interés. Y de esto nos felicitamos. ¡Ojalá que este debate se hubiera hecho antes! Junto al gobierno se han alistado, en el primer bando, los partidos mayoritarios y los partidos nacionalistas más representativos (¿cómo entienden éstos eso de que la Constitución “”nace… de la voluntas de los Estados”?); en el segundo, se alinean los partidos minoritarios de uno y otro signo, los movimientos sociales críticos, los cristianos de base y otras muchas personas a título individual. Una y otra tendencia nos ha ido situando ante la alternativa de elegir entre la utopía y el poder del capital, es decir, entre elegir más Europa fortaleza o más mundo sin fronteras, más mercado (neoliberalismo económico) o más estado de bienestar (welfare), más espacio para la paz o mayor preparación para la guerra, más ciudadanía (democracia participativa) o más estatalismo burocrático (democracia representativa); entre más igualdad o mayor discriminación a favor de los ya privilegiados, las identidades, la religiones; entre la mayor cuidado del Planeta o su mayor explotación por la competitividad.

LA “directiva Bolkestein” contra el estado de bienestar, el insuficiente “principio de precaución” frente a los atentados al medio ambiente, la “alta competitividad” frente al principio de solidaridad y el mismo “estatuto reconocido a las iglesias y organizaciones no confesionales”, frecuentemente ajenas a los derechos humanos y a la democracia, nos han obligado a acentuar el lado crítico de este proyecto constitucional. Con esto queremos compensar en algo el vacío mediático causado por la abrumadora presencia del discurso mayoritario y oficial.

LEY DE DEPENDENCIA Y ESTADO DE BIENESTAR

Varios Autores

Éxodo 87 (ener.-febr.’07)
– Autor: Varios Autores –
 
JUNTO a la sanidad, la educación y las pensiones, la Ley de promoción de la autonomía personal y atención a la dependencia representa una novedad de enorme calado social porque se presenta con la pretensión de llegar a convertirse en cuarto pilar del estado de bienestar. Y esto merece, de entrada, no sólo una acogida favorable, sino también una mirada reflexiva o crítica.

Porque esta es una ley nueva entre nosotros, impensable si nos retrotraemos sólo algunos años en nuestra historia. Trata de abordar una problemática reciente en la sociedad española, debido el crecimiento de las personas dependientes y al modelo tradicional de atención, basado, fundamentalmente, en el trabajo de la mujer. Se estima que en este año 2007 España cuenta con una población dependiente de unos 2,8 millones de personas: 1.1 millones con una discapacidad (dependencia) severa o total y 1,7 con discapacidad (dependencia) moderada.

El concepto de dependencia, está ligado, como se ve, al de discapacidad. Y éste es un fenómeno muy complejo porque afecta a muy diferentes personas y a un número de facultades diverso en cada una de ellas. La funcionalidad de una persona es distinta según el número y la intensidad de las facultades afectadas. Es más, la disfuncionalidad en alguna facultad (visión, audición, desplazamiento, desarrollo de tareas, relación con los demás, etc.) no tiene por qué impedir el desarrollo y autonomía de la persona.

La sociedad se enfrenta, entonces, al dilema de atender a la dependencia o promover la autonomía. No puede evitar este reto si pretende ser una sociedad justa. Porque, por una parte, las personas dependientes son ciudadanos y ciudadanas que tienen unos derechos, y, por otra, la discapacidad suele arraigar, en mayor medida, entre las capas sociales más vulnerables (familias pobres, mujeres, etc.).

La presencia de la nueva ley de dependencia en la sociedad española nos invita a una doble consideración o mirada. Desde un punto de vista crítico, el vaso aparece medio vacío: más allá del interés electoral y de legitimación de un sistema desigual e injusto (la ley se ha fraguado en un paquete de pactos entre el gobierno, la patronal y los sindicatos mayoritarios), son muchos los síntomas que hacen pensar que los problemas ligados a la autonomía/ dependencia de las personas no se van a resolver tan fácilmente: el trabajo doméstico de las mujeres va a seguir siendo el principal recurso, los empleos en este sector continuarán siendo precarios (a cargo principalmente de mujeres inmigrantes) y las personas dependientes seguirán siendo más bien objeto de atención que protagonistas de su propia vida.

Sin embargo, en la medida que la ley va a afectar a aquellos sectores sociales más frágiles (por edad, enfermedad o accidente) que hasta ahora han sido meramente objetos de misericordia (atención familiar –singularmente de la mujer) o transacción mercantil y pasan a ser sujetos de derechos, el vaso está medio lleno y merece reconocimiento. Al menos, un impulso que nos anime a dar nuevos pasos hacia ese otro mundo posible que queremos construir.