¿A QUIÉN SIRVE LA JUSTICIA?

Varios Autores

Exodo 110 (sept.octub.) 2011
– Autor: Varios Autores –
 
In memoriam de JULIO LOIS, compañero en la redacción de Éxodo, que mantuvo la opción preferencial por los pobres en su vida y en su obra. Agradecemos tu aportación y mantenemos tu recuerdo.

Hoy como ayer la injusticia campa a sus anchas en el mundo pero, también, el ansia de justicia resiste en los corazones y la memoria colectiva. El presente número de ÉXODO ¿A quién sirve la justicia? quiere sumar su palabra a la corriente que reclama un vuelco contra la injustica. Manuela Carmena reclama la urgencia de reivindicar la justicia y el derecho para las grandes mayorías populares, precisamente ahora que la crisis económica las está privando de un estado de bienestar necesario y conseguido con esfuerzo. Ariel Álvarez retoma la figura profética de Amós, quien en el siglo VIII antes de Jesús, en una época de prosperidad económica profetizó la destrucción de Israel porque estaba edificada sobre la pobreza de muchos. Reyes Mate, por su parte, plantea que el recurso a la memoria como última arma de las víctimas se ha convertido en clave de interpretación de los conflictos más agudos de nuestro tiempo. La memoria de las víctimas resulta tan peligrosa porque, en palabras de W. Benjamin, “reabre expedientes que el derecho considera archivados”. Ambas figuras, la antigua profecía y la moderna cultura de la memoria, ven algo que escapa a la historia y a la ciencia: las víctimas tienen significación y es obligado hacerles justicia.

Con José Antonio Martín Pallín repasamos en la Entrevista el ejercicio de la justicia en España. Martín Pallín termina discrepando con la formación que reciben los jueces porque, en su opinión, un juez tiene que tener memoria reflexiva, sensata y ser capaz de abordar la realidad. Y con Diana Galindo y Amparo Barbero asistimos, desde la Comunidad de Madrid, al colapso diario de la administración de justicia ordinaria. Por su parte, Joaquín Urías plantea la peligrosa deriva del Tribunal Constitucional a raíz del escandaloso comportamientos de los partidos políticos mayoritarios en su pretensión de controlarlo. La importancia del Tribunal Constitucional es indudable porque es la última garantía para el respeto de los derechos de la ciudadanía. Recuperar esta función de “garante” de la democracia es lo que solicita el autor.

Ángel Luis Ortiz se plantea si existe una justicia para ricos y otra para pobres, para concluir que, en el ámbito de la vigilancia penitenciaria, se administra justicia casi exclusivamente para pobres. Un sistema de sanciones penales ligado estrechamente a la exclusión social, en un país donde, paradójicamente, baja la tasa de delincuencia pero se saturan los juzgados y las prisiones; el Barómetro Social de España nos recuerda que España es uno de los países de Europa con menor tasa de delincuencia y mayores tasas de personas en prisión.

¿Qué hacer en esta situación? José Luis Segovia sugiere que Otro derecho penal es posible: frente a la justicia retributiva del castigo se apuesta por la justicia restaurativa, que permita compensar el daño y restituir la paz propiciando el conocimiento y la confrontación del sufrimiento del otro, de la víctima, la gran olvidada de la justicia. Esta perspectiva alienta fórmulas de mediación penal y penitenciaria, facilitar a víctimas e infractores procesos personales de integración y favorecer la progresión de grado en las prisiones. Nuevas perspectivas que tienen que venir en paralelo con una profundización de la democracia, tal como apunta el incremento de asociaciones de orientación cívico-crítica y reivindicativa.

¿RETORNO A LA CRISTIANDAD O CONVERSIÓN AL EVANGELIO?

Varios Autores

Éxodo (junio- julio) 2011
– Autor: Varios Autores –
 
¿Retorno a la situación de cristiandad o conversión a las exigencias del Evangelio? Desde los movimientos de Iglesia de Base no cabe alternativa: la cristiandad es una forma histórica que ha adoptado la institucionalización eclesial; el Evangelio es el mensaje programático. Pero la dificultad, como casi siempre, está en la práctica. Confesamos de entrada que cuando hablamos de la Iglesia no excluimos nada de su cuerpo social, aunque, por el peso institucional y mediático que acapara, tengamos que referirnos mayormente a la jerarquía.

Hoy día se habla, más que nunca, de la vuelta de la Iglesia no al Evangelio, sino a sus cuarteles de invierno. El filósofo y analista Paolo Flores d’Arcais quiere ver en un gesto aparentemente rutinario, como el traslado del cardenal Angelo Scola desde Venecia a Milán, un paradigma de lo que se quiere en el vaticano para la Iglesia actual: de una parte, el papa Ratzinger trata de presentar a Scola como su legitimo heredero de cara a la sucesión (una especie de investidura), y, de otra, pretende fortalecer en la Iglesia los movimientos más integristas –como los catecumenales, los carismáticos y Comunión y Liberación– precisamente en Milán donde aún aletea el espíritu de apertura conciliar impulsado por el cardenal Martini. Más al fondo, apunta de nuevo el objetivo malogrado en Ratisbona de crear con los sectores más conservadores del monoteísmo judío e islámico una triple Santa Alianza contra la modernidad secular y atea, que, según la mentalidad de Benedicto XVI, está paganizando y sumiendo en el relativismo cultural y el vacío espiritual a la sociedad occidental.

Por su parte, la jerarquía eclesiástica española no ha dejado de dar señales en las últimas décadas de su particular deriva nacionalcatólica. No en vano la “transición religiosa” se sigue considerando una de las asignaturas pendientes de la transición democrática en España. Algunos datos de última hora junto a otros de la pasada década confirman suficientemente esta impresión: su posicionamiento moral frente a leyes aprobadas en el Parlamento (matrimonio homosexual, educación para la ciudadanía, interrupción voluntaria del embarazo, muerte digna, etc.); manifestaciones en las calles presididas por los obispos donde se defiende abiertamente un modelo único de familia, la presencia de la religión católica en la escuela pública, la subvención estatal de la misma Iglesia; reiterados viajes de Benedicto XVI, subvencionados en su mayor parte por el erario público, con el intento de recatolizar desde España la secularizada sociedad europea y latinoamericana; mantenimiento de medios de comunicación sectarios y oscurantistas (Cope, tv13), mientras se silencia la voz de la disidencia y se guarda silencio ante la crisis o la corrupción política.

A la vista de este panorama, la conversión al Evangelio es urgente y condición necesaria de supervivencia de la comunidad eclesial. La sangría creciente que supone el abandono juvenil es alarmante: según el Instituto de la Juventud, en los diez últimos años se ha reducido del 30 al 10% el número de jóvenes que se considera practicante; y, según Metroscopia (julio 2011), la confianza que inspiran los obispos en la ciudadanía es la más baja de todas las instituciones del país.

En estas páginas vamos a defender la vuelta directa al Evangelio desde la situación histórica que estamos atravesando: secularizada, multicultural y posmoderna; en búsqueda constante del sentido de la vida y la muerte pero reivindicando firmemente los mayores logros de modernidad, reflejados en las distintas generaciones de los derechos humanos, y aplicados con actitud compasiva. Otra Iglesia, ya esbozada en la teología de la liberación y las comunidades de base, que se reclama seguidora de Jesús de Nazaret y de su Evangelio, a contracorriente de una Iglesia secuestrada por una jerarquía, cada vez más aislada, que parece haber perdido el rumbo del mensaje de Jesús.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN HOY

Varios Autores

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Varios Autores –
 
Wikileaks y el soldado Bradley Mauning (actualmente en prisión), Liu Xiaobo (Nobel de la Paz al que se le impidió viajar para recoger el premio), Ai Weiwer (entre rejas por su discrepancia política), la Ley de Libertad Religiosa prometida y continuamente desplazada, la “ley Sinde” recurrida, etc., están poniendo en candelero el espinoso tema de la Libertad de Expresión.

En la era de la globalización de los mercados y la economía financiera, la universalización de las comunicaciones representa uno de los mayores fenómenos de nuestros días. El mando a distancia y la antena parabólica, la telefonía sin hilos y el ordenador que permite el acceso a internet y las redes sociales están produciendo una verdadera revolución mediática. La desterritorialidad que estos medios producen nos acerca un poco más a la famosa “aldea global”… Y es en este contexto donde debemos plantear hoy día el derecho a la libertad de información y de comunicación.

Porque a pesar de los impresionantes logros de la tecnología –que no se puede menos que saludarlos como un avance o nuevo paradigma cultural la sociedad posmoderna no ha logrado sortear los graves peligros que afectan a la Libertad de Expresión misma, es decir, al derecho que asiste a toda la ciudadanía a expresar libremente su opinión, a recibir informaciones veraces y a difundirlas “sin limitación de fronteras” como define la Declaración Universal de Derechos Humanos (art. 19). Un reducido número de agencias en conexión con unas 300 multinacionales se han hecho con el control mundial de la información y tienen en sus manos los hilos que mueven la opinión pública. El poder de estas corporaciones mediáticas es tan grande que les está llevando a practicar una especie de darwinismo selectivo que encubre y silencia, censura y recrea la realidad de acuerdo a sus particulares intereses. De este modo, el poder mediático y económico de unos pocos se impone sobre los intereses comunes y sobre el poder político de los mismos gobiernos, lo que está debilitando –y pervirtiendo– el significado radical de democracia.

Son muchas las voces que se levantan frente a este oligopolio mediático y a favor del control social de los medios de información. No se puede seguir manteniendo la Libertad de Expresión como un fuero aparte, desvinculada del resto de libertades que completan la imagen de dignidad del ser humano y que brotan desde ese núcleo ético universalmente reconocido en los Derechos Humanos. La libertad de comunicación y de acceso a la información, asociadas a las libertades de pensamiento y de conciencia, son la piedra angular sobre la que levantar el edificio de una verdadera democracia.

Desde aquí, Éxodo apuesta por otras formas de información que ya están brotando con fuerza incontenible desde todas las esquinas del planeta. Una información alternativa a los oligopolios mediáticos actuales, que contribuya a reforzar la construcción de otros mundos posibles en liberad, justicia y solidaridad.

¿REHENES DEL CAPITALISMO?

Exodo 107 (ener.-febr) 2011
 
Ante los fenómenos que está produciendo esta crisis holística de principios del tercer milenio y que afecta principalmente al mundo occidental, muchas personas se están preguntando: ¿estamos llegando al final del capitalismo? La tesis de Manuel Wallerstein, planteada hace ya muchos años, se pone de actualidad porque el sistema toca ya unos límites, económicos y ecológicos, que son infranqueables.

La crisis está acelerando el desmantelamiento del Estado de Bienestar: se limitan los derechos civiles y sociales (empleo, educación, salud, pensión, vivienda); se incrementa el apoyo a los mercados y al sector financiero (libertad plena del capital y creciente fragilidad del sector laboral); se degrada la práctica política reduciéndola a mera gestión de la economía y las finanzas privadas; repunta la extrema derecha; se rechaza a los inmigrantes y otras minorías marginadas. La ciudadanía se estremece ante estas transformaciones pero se encuentra perpleja y perdida, acosada por unos medios de comunicación domesticados por el poder.

Por otra parte, esta situación está invirtiendo los valores. El individualismo se impone sobre el sentido social y comunitario de la vida; el consumo abusivo sobre la necesidad y la utilidad; el mercantilismo sobre la gratuidad y el respeto a la Tierra; la corrupción, la usura y la doble moral sobre la ética; el poder y el armamentismo sobre la igualdad y la paz; el vivir bien, en definitiva, sobre el buen vivir.

Ante un sistema así, profundamente inhumano e inmoral, que pone al capital por encima del trabajo y al dinero por encima de las personas, la tesis del final del capitalismo suena bien. Pero ese sueño, al menos a corto plazo, se está debilitando. Nuevamente comienza a cundir el fantasma de que el capitalismo tiene una inmensa capacidad de resistencia y de camuflaje, de adaptación y supervivencia.

¿Rehenes entonces del capitalismo? ¿Hasta cuándo? Cometeríamos un grave error si limitáramos esta nueva embestida del neoliberalismo al solo ámbito financiero o de la economía. Su rancia ofensiva afecta muy sustancialmente al proyecto político, y fundamentalmente al proyecto democrático. ¿Cómo explicar, fuera de este vendaval, la actual desarticulación o eliminación no solo de los movimientos sociales críticos y ciudadanos, sino de la misma izquierda política, precisamente cuando más se los necesita?

Nos preguntaremos también desde Éxodo por qué esta ofensiva está teniendo tintes tan dramáticos en España. ¿Es que nuestro sector laboral es menos eficaz, el mundo empresarial más especulador que productivo y nuestros políticos más mediocres?

Un panorama sombrío que es preciso iluminar con la fe y la esperanza de que otra situación no sólo es posible, sino que ya está en marcha en tantas y tantas experiencias que surgen de la creatividad invencible de la gente, ríos pequeños y grandes que necesitan confluir en un caudal poderoso de justicia y libertad.

EDITORIAL

Varios Autores

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Varios Autores –
 
Pretendemos con este número de ÉXODO suscitar en nuestros lectores el interés y actualización de un tema apasionante: la vuelta a Jesús de Nazaret, porque al fin y al cabo en Él encontramos “lo más radical y original de nuestra fe cristina”.

No deja de ser sintomático que muchos de los teólogos actuales abunden en esta opinión: “Volver a Jesús es la conversión que más necesitamos hoy en la Iglesia” (José Antonio Pagola). ”Recuperar a Jesús de Nazaret es lo que hoy necesitamos, porque no es lo mismo el ‘Cristo’ en quien se puede creer a la novedad de Jesús, a quien hay que seguir” (Jon Sobrino). “No es extraño que la institución eclesiástica se resista a descubrir al histórico más allá del Jesús del culto, por supuesto el Jesús histórico no está en contradicción con el Jesús divino del culto, pero el Jesús divino del culto se vuelve irreal y alienante si se separa y se aleja del espíritu profético, libre y rebelde de Jesús” (José Arregi).

¿Por qué esta vuelta?

Lo explican las palabras que el inquisidor, en la obra de Dostoievski Los hermanos Karamazov, echa en cara a Jesús: “Muchas gracias por haber venido hace 1500 años, pero ahora no te necesitamos y, en realidad, nos estorbas: vete y no vuelvas más”. Respuesta que más en nuestros días confirma nuestro teólogo, recientemente fallecido, José María Díez-Alegría: “Pienso que la Iglesia en su conjunto ha traicionado a Jesús. Esta Iglesia no es la que Jesús quiso sino la que han querido a lo largo de la historia los poderosos del mundo”.

Volver a Jesús, porque sin Él desaparece lo central del cristianismo. Y, desaparecido, pueden idearse imágenes de El “que no quitan el sueño a los bienvivientes del planeta”. Tampoco es casual que la involución eclesial niegue o quite importancia a la investigación histórica: “La involución conciliar se refleja también en los estudios cristológicos y en ciertos ambientes se descalifican los esfuerzos de la investigación histórica de estos últimos 30 años y se llega a negarle toda relevancia teológica”.

Estamos convencidos de que el Jesús real no deja a nadie indiferente. Y debemos felicitarnos por los numerosos estudios y publicaciones que hoy nos permiten acercarnos con más seguridad a ese Jesús y entender mejor el sentido de su vida, de su misión, de su gran anuncio del Reino, de su cruz y resurrección.

ÉXODO con este número quiere, haciendo suyas las palabras de Garaudy, contribuir modesta pero decididamente a que se hagan realidad aquellas sus palabras: “Hombres de Iglesia, devuélvanros a Jesús”.

EL ATEÍSMO: DESAFÍO Y OPORTUNIDAD

La increencia religiosa, el agnosticismo o el denominado ateísmo no son ningún fenómeno nuevo. Como la religión, éste hunde sus raíces en la historia de la humanidad y en la experiencia más íntima de cada persona. No obstante, algunos acontecimientos recientes lo han puesto en el candelero. Aún no se ha apagado la honda impresión que produjo en muchos ambientes la campaña emprendida por el “autobús ateo” con la leyenda: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Por su parte, en la reciente visita que hizo el papa al Reino Unido llegó a señalar al ateísmo no sólo como raíz del laicismo y del relativismo que está desfondando peligrosamente a las sociedades democrático-avanzadas, sino que también fue, a su juicio, origen del nazismo. La respuesta del conocido etólogo Richard Dawking tampoco se hizo esperar afirmando que, en cualquier caso, Hitler había sido católico y que el papa, por haber ocultado la pederastia, se había convertido en “enemigo de la humanidad”. Más cerca de nosotros, se han multiplicado en estos últimos años las declaraciones públicas de “apostasía” de la iglesia católica, hasta el punto de crear oficinas civiles expresamente para poder apostatar oficialmente. ¡Lo nunca visto en estos lares!

En este contexto, se pregunta Éxodo si el actual fenómeno del ateísmo “es un desafío” ontológica y existencialmente serio a la fe del creyente o se puede, más bien, convertir en “oportunidad” para desmitologizar imágenes sospechosas de la divinidad y separar de las creencias religiosas tantas ideologías idolátricas como se le han venido pegando a lo largo de la historia. No se puede ignorar el hecho de que si ciertas manifestaciones del nuevo ateísmo resultan a veces agresivas y reivindicativas (y tienen muy poderosas razones para ello), tampoco la “revancha de Dios” que se está evidenciando tras del actual “revival” de las religiones le va a la zaga. Ambos discursos extremos se han instalado en un fundamentalismo excluyente sin la serenidad necesaria para poder escuchar libremente al contrario. Ambos “creen disponer” de una verdad absoluta que no están dispuestos a dejarla cuestionar.

En esta situación se puede volver a apostar por aquellos “maestros de la sospecha” que, abordando en profundidad las grandes cuestiones que han desafiado siempre al ser humano (¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?), reivindicaban el más serio agnosticismo/ ateísmo en nombre del ser humano y de la fidelidad a la tierra. Tampoco los grandes teólogos de la desmitologización, entendiendo la modernidad como efecto de la secularización exigida por la más genuina fe cristiana, se alejaron de esos nobles propósitos al apostar por un cristianismo superador de la misma religión. Y todo esto porque, como dejó acertadamente dicho E. Bloch, “sólo un ateo puede ser un buen cristiano y solo un cristiano puede ser un buen ateo”.

Éxodo pretende mirar la actual proposición del agnosticismo/ateísmo como una oportunidad no sólo para el debate y el encuentro con otros discursos y sensibilidades, sino también para desfundamentalizar y desidolatrar la propia creencia religiosa. Ya lo señaló acertadamente hace casi cincuenta años el Vaticano II: “en la génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de la vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (G.S. 19). Cada cual, pues, con su apuesta de sentido de la vida y todos ante la problemática general del mundo (ecologismo, feminismo, opción por la justicia, etc.), tenemos un punto de encuentro en la ortopraxis y una tarea ante el difícil diálogo para la construcción de un mundo más justo y una ética universal conjunta.

REGENERACIÓN DE LA POLÍTICA

Éxodo 104 (may.-jun)
 
CADA día va quedando más en evidencia que la grave crisis económico-financiera que se nos ha venido encima es todo menos inocente. No es una crisis reducida y delimitada en la economía y las finanzas. Esa es la alucinación en la que asombrosamente nos tienen envueltos los responsables del sistema y de la catástrofe que ha desencadenado. Asombra, en efecto, que no se haya producido un levantamiento masivo, una rebelión en toda regla de la ciudadanía contra el cinismo repugnante, pero vestido de seriedad y elegancia, de los que nos quieren convencer, es decir, engañar, de que esta crisis solo es económica y no se supera, por ello, con más, sino con menos política.

Pero tal vez no debamos asombrarnos. Lo que tenemos que hacer es analizar lúcidamente lo que ha pasado, hacer memoria, y pensar seriamente en sus consecuencias: a dónde puede conducirnos, está ya conduciéndonos.

Son ya muchos analistas lúcidos y críticos que lo están diciendo bien alto: esta crisis está asestando un duro golpe al Estado de Bienestar alcanzado en nuestras sociedades democráticas avanzadas y terminará afectando gravemente a nuestras propias democracias. “Es la democracia, estúpidos”, recordaba con toda razón, y con seria preocupación, hace unos días uno de los colaboradores más asiduos de nuestra revista en un artículo de periódico.

Pero la verdad no es solo que esta crisis terminará minando nuestra democracia. La verdad entera es que esta crisis ha sido posible porque ya se le había dado un golpe mortal a la democracia en la oleada de neoliberalismo económico que invadió nuestras democracias tras el derrumbe del socialismo soviético. El mercado fue dejado a su aire, sin control democrático, político, y, convertido en ídolo, terminó sofocando y sometiendo a la propia democracia.

La vergonzosa perversión y corrupción de la vida política y social que nos invade son lodos que vienen de aquellos polvos. No son inocentes y meramente coyunturales, como tampoco lo es la crisis que padecemos. Son serias y graves. Por eso, es profundamente engañoso –cínico y provocador– pensar que esta crisis se atajará con medidas económicas y financieras pensadas y promovidas por los mismos responsables de aquella intolerable negación de la política. Por algo algunos se opusieron tan fanáticamente a un programa serio de educación para la ciudadanía.

Urge una regeneración profunda de la política, de la democracia, una reivindicación insobornable del control democrático de la economía por parte de la soberanía del pueblo. Es hora de una renovación radical del impulso, del ethos y del compromiso democrático. A ello quiere contribuir, modestamente, este número de nuestra revista.

GRITO DE LA TIERRA

Varios Autores

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Varios Autores –
 
Hasta hace poco se pensaba que la hambruna que sufren más de un millar de millones de personas era consecuencia de la injusta distribución de los recursos de la Tierra que hace el mercado capitalista neoliberal. Y los datos que arroja el PNUD 2007 confirman esta verdad: mientras un 20% de la población mundial absorbe el 82,4% de la riqueza, el 20% de los más pobres recibe sólo el 1,6%. El sistema capitalista neoliberal ha creado un archipiélago de riqueza, rodeado de un mar de miseria.

Pero esta escandalosa constatación no explica toda la realidad que nos afecta. Siendo cierta la codicia en la distribución de los recursos, el fenómeno de la precariedad de alimentos va más al fondo, afecta a las raíces de la misma producción. La Tierra, origen de los recursos para la vida, está siendo sometida por la acción humana a la misma lógica de explotación irracional que se hace sobre la persona humana y los pueblos sometidos. Nuestro Planeta azul ha llegado al límite de su capacidad de reposición de los recursos necesarios para la vida. Si la acumulación y la usura van agrandando cada día la brecha entre ricos y empobrecidos, la explotación irracional e interesada de la Tierra está siendo causa del ecocidio que provoca el cambio climático y trastrueca el equilibrio conseguido para su propia regeneración. ¿Cómo no ver en todo esto la consecuencia de la desvinculación con las fuentes de la vida que ha causado la era de la globalización del capital?

Los datos que nos van ofreciendo los científicos que siguen día a día el estado del Planeta son realmente preocupantes. De una parte, en 2008 la Tierra sobrepasó en un 30% su capacidad de reposición normal de recursos, lo que, según la Global Foot Print Network, supone que se necesita ya más de una Tierra para atender a la misma demanda total. Por otra parte, según el informe de IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) el calentamiento es irreversible y la Tierra ya no consigue autorregularse. Si no se interrumpe esta creciente tendencia, el calentamiento global de la Tierra puede superar en el presente siglo los 2ºC, lo que, como afirman los expertos de la API (Año Polar Internacional 2007-2008), pone en peligro todas las vidas, también la humana.

La situación a la que hemos llegado es debida, en parte, al mito del desarrollo ilimitado y a la neurosis del consumo desenfrenado de los países más ricos que condenan al desahucio a la mayoría de la humanidad. Es necesario preguntarnos si la racionalidad y la solidaridad radical no han abandonado definitivamente al ser humano. Cuando a este ritmo nos estamos jugando la vida de la especie humana y de todas las especies que diversifican y embellecen la Tierra es urgente pararse para rectificar el rumbo y preguntarnos si no tendrán razón los cada día más partidarios del decrecimiento. Sin querer encontrarle más similitudes que la pura anécdota, nos viene a la memoria la célebre reacción del alcalde de Móstoles, el 2 de mayo de 1808; el grito pudiera ser hoy de aquesta guisa: “la tierra, casa común y madre de la vida, está en peligro. Hombres y mujeres del mundo, acudid a salvarla”.

Contra el fracaso y la desilusión de la Cumbre de Copenhague-2010, nos unimos desde ÉXODO a los movimientos que surgen en todos los rincones del Planeta para escuchar y articular el clamor colectivo para salvar la Tierra. Se trata de un asunto que pertenece y afecta a esta generación y a las siguientes. ¡Entreguemos a los descendientes una vida en el Planeta tan viable como la que nos transmitieron las generaciones pasadas!

INMIGRACIÓN Y ASILO

Éxodo 102 (ener.-febr’10)
Regulación de la Solidaridad
 
¿NECESITA ser regulada la solidaridad? La respuesta está en la historia, que, desde la forma no escrita de las primeras comunidades hasta los actuales movimientos altermundialistas, ha ido no solo regulando la solidaridad con los semejantes, sino abriéndose también a la necesidad de cuidar de un planeta enfermo, causada por la codicia y usura de la acción humana. Si esto es cierto, no deja de ser menos verdad que en el transcurso de la historia la acción política ha ido diferenciando entre nacional y extranjero, llegando “in extremis” a la consideración de éste como enemigo, con el dilema de eliminarlo o de perecer ante él.

En otro plano, el religioso, ha sido propio de algunas corrientes considerar al ‘otro’ como próximo o igual, incluso viendo en el más débil la presencia de la divinidad. Pero estas mismas instancias religiosas han considerado, a su vez, al diferente como peligroso para la propia comunidad y se han arrogado el poder de excomulgarlo (exterminarlo).

La historia y los textos sagrados de las religiones ofrecen muchos ejemplos al respecto. El relato bíblico sobre el pecado de los sodomitas (Gn,19) es suficientemente expresivo. Se suele decir que el pecado nefando bíblico es la sodomización. Y podemos suscribirlo, aunque no suscribamos su interpretación habitual. Como se ha demostrado últimamente desde la Bíblica y la tradición patrística, el pecado de los sodomitas consistió en no acoger al extranjero, en su la falta de hospitalidad (cf. Éxodo 99, pp. 33-37). En este sentido, la nueva reforma de las leyes de Asilo y de Extranjería pretende sodomizar a la ciudadanía para que no invite ni acoja en su casa al extranjero. La invitación podrá ser sancionada hasta con 10.000 euros. A esta criminalización de la hospitalidad ciudadana decimos no.

ÉXODO afronta en este número el proceso normativo y los efectos de dos nuevas leyes que regulan la presencia y el trato a dos figuras clave en el ámbito de la solidaridad: la población demandante de asilo y la población inmigrante. Muchos signos apuntan a restricciones progresivas para acceder a la condición de refugiado en la UE y en España, así como en la regulación de los flujos migratorios.

Recogemos sólo dos ideas de las muchas que pueden leerse en las aportaciones de este número: más del 93% de los 22 millones de desplazados y refugiados reconocidos por el ACNUR permanecen en el Tercer Mundo, aunque sigamos imaginando que la solidaridad con ellos se realiza en el Primero. La mundialización de la globalización está acelerando los intercambios de capitales y pretende lo mismo para las mercancías, pero no para las personas. Se estima que para 2050 haya la misma proporción de personas migrantes que había en 1950 y que la que hubo en 1980 y en el año 2.000, esto es, en torno al 5% de la población mundial. Es decir, en un mundo globalizado, las migraciones de personas continúan siendo una anomalía y la inmensa mayoría sigue viviendo en los lugares de nacimiento.

Ante estos datos, no deberíamos preguntarnos, ¿de dónde surgen las imágenes de invasión y a qué intereses sirven? El lector tiene delante unos materiales para la reflexión y, por qué no, para decidir conjuntamente con muchos otros ciudadanos del mundo otras formas de regular la solidaridad hoy y mañana. La apuesta de ÉXODO es por la regulación de las necesidades humanas desde las nuevas perspectivas de la solidaridad y la emancipación común, del acogido y del acogedor.

MEMORIA HISTÓRICA

Varios Autores

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Varios Autores –
 
AUNQUE hayan pasado ya demasiados años desde el final de la Guerra Civil Española y de la muerte del dictador, la memoria sigue quemando como un ascua, hiriendo la conciencia colectiva de este pueblo diverso y plural. ¿Por olvido de las víctimas o indolencia de los verdugos, por miedo de aquellas o incapacidad de estos, por desinterés de todos? Pero lo cierto es que el proyecto de un pueblo unido y cohesionado no se construye sobre las heridas abiertas del pasado. Necesita restablecer la paz con su historia.

Son varias, a nuestro entender, las razones que se pueden aducir para explicar este vacío o pérdida de la memoria colectiva. En primer lugar, el silencio que impuso la dictadura sobre los perdedores de la Guerra civil y que tuvo su correlato en el miedo de los ciudadanos, solo roto en privado en algunos actos heroicos, a recordar a sus muertos. Por su parte, la transición política, con su peculiar distinción entre ética y oportunidad política, ha arrojado durante demasiado tiempo a los perdedores de la Guerra Civil al anonimato y al olvido, defendiendo en privado una justicia que les era debida y negándose sistemáticamente luego en la esfera pública.

Las consecuencias son evidentes. La amnesia colectiva ha dominado la pulsión social y la expresión política en este país durante las últimas décadas. Ni la dignidad de los combatientes republicanos que defendieron la legalidad democrática ha tenido su justo reconocimiento; ni la crueldad de los consejos de guerra o los lacerantes procesos políticos e ideológicos del franquismo, que llevaron a la expulsión del país o a la muerte a miles de ciudadanos honestos, su implacable rechazo. Tampoco ha habido reparación por la humillación y no apertura de las fosas comunes o la presencia ofensiva de los símbolos franquistas en un contesto democrático. Otros pueblos, con menos recursos, han demostrado mayor humanidad y coraje en rehacer su propia historia.

Si la Ley de la Memoria Histórica (diciembre 2007) tuviera voluntad política de cumplir sus mismos propósitos (“renovar y ampliar derechos a favor de quienes padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas o de creencia durante la Guerra Civil y la dictadura” y “fomentar la reflexión de nuestro pasado para evitar que se repitan situaciones de intolerancia y violación de derechos humanos como las entonces vividas, art. 1,1), aunque tarde, aún estaríamos en camino de recuperar la dignidad como pueblo y de restablecer parte de la justicia debida a “nuestras” víctimas. De lo contrario, será otra ocasión perdida si desde el poder político no se impulsa con decisión el proceso, venciendo los miedos y apostando por recuperar la historia de este pueblo complejo en toda su integridad.

Sobre la jerarquía de la Iglesia católica española, víctima unas veces y verdugo otras, pende una grave responsabilidad. No basta con pronunciar palabras de reconciliación y unidad. Necesita superar pronto ese reduccionismo selectivo que está aplicando en el ensalzamiento a sus propias víctimas y en el olvido de las ajenas. Y, sobre todo, necesita mostrar su capacidad para pedir perdón por su apuesta mayoritaria al lado de los golpistas en aquellos primeros momentos y también durante las largas décadas posteriores de la represión. Pero tampoco se debe silenciar que, a parte de las víctimas civiles, existen las víctimas eclesiásticas que sigue propiciando la propia jerarquía eclesiástica sobre las que nunca ha pronunciado una palabra de reconocimiento ni un gesto de reconciliación.