Para que otra democracia sea posible. Tú decides

“La llaman democracia y no lo es” gritaba la gente indignada del 15 M mirando al Parlamento —que se dice sede de la soberanía del pueblo—. Era la manifestación pública de un sentimiento muy hondo que está arraigado en la conciencia colectiva: ¡No, no es eso, no es eso!

El sueño colectivo de una convivencia en paz, articulada en base a criterios de equidad, libertad y solidaridad, explotó ante las muchas y muy graves trabas que están impidiendo su realización. Y el primero y principal impedimento, que impregna todas las relaciones y actividades interhumanas y que está impidiendo ese sueño democrático, es la imposición del dinero, de la economía, de la especulación.

Cual nuevo dios del siempre creativo panteón humano, la necesaria pero endiosada economía está sometiendo todas nuestras instituciones y valores bajo su omnímodo poder: somete el Estado a la mano invisible del mercado, los valores humanos al dinero, el planeta tierra a la explotación y el agotamiento, la participación en la gestión de los intereses colectivos a la delegación de lobbies políticos al servicio del capital, la legitimidad y la justicia a la legalidad injusta y partidista.

El resultado de este cambalache salta a la vista: la especulación, la mentira, la corrupción están sumiendo a esta sociedad, dormida y a veces cómplice, en el sometimiento, en la pérdida de la propiedad, uso y gestión de recursos y bienes comunes, en el empobrecimiento general y hasta en el hambre.

Puesta ante el espejo de lo que el presidente Abraham Lincoln consideró como democracia —“Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”—, lo que llamamos democracia, evidentemente, no lo es en ninguno de sus planos: ni en el económico, ni en el político, ni en el jurídico, ni siquiera en el cultural y mucho menos en el religioso.

Pero en la larga historia del proceso humano y de las sociedades no todo está perdido definitivamente, ni nunca es tarde para cambiar de rumbo. En estos momentos críticos, no podemos perder el sentido de la orientación ni dejar por más tiempo la gestión de nuestras vidas en la fría privacidad de esa pandilla del 1% de usureros y ciegos traficantes sin escrúpulo. Necesitamos someter seriamente lo público colectivo, liberado de la intoxicación diaria de la política oficial y los medios generalistas, a un juicio muy crítico. No podemos seguir aceptando la necesidad de tener que ser héroes en este mundo para ser buenas personas, ni herejes o heterodoxos para ser buenos cristianos.

El vuelco, como es lógico, no vendrá por el simple cambio de personas, aunque es necesario expulsar del poder a los corruptos y malos gestores. El vuelco vendrá por la presión colectiva y transformadora de la calle que asume su responsabilidad y decide no delegar irresponsablemente la gestión de las cosas comunes en cualquier mano.

… Si esto no es democracia, de ti y de mí depende, como se dirá a lo largo de este texto, no solo cambiar las reglas sino el tablero mismo de juego.

 

Teresa de Jesús, hoy

Si la máxima de Ortega, “yo soy yo y mis circunstancias” fuera cierta, no lo sería menos referida a la espiritualidad del ser humano. En cualquier circunstancia, una espiritualidad que diera la espalda a la realidad histórica estaría renunciando a un componente muy sustancial de su propia identidad, y, por eso mismo, estaría acumulando sobrados motivos para ser tachada de engañabobos. Pero, a su vez, una espiritualidad religiosa, cristiana, que renunciara a la tras”-des”-cendencia” y “calidez” del misterio, sería, cuando menos, imperfecta y difícil de entender. Uniendo ambas dimensiones, el papa Francisco, desde su llegada al obispado de Roma, no cesa de clamar contra la “cultura de la indiferencia” y de proponer como revulsivo “la revolución de la ternura”.

La espiritualidad en las religiones siempre ha estado tentada por el escapismo o la huida de la realidad, y por refugiarse en mundos imaginarios y fantásticos frecuentemente aberrantes. La historia, como se irá evidenciando en estas páginas, está cuajada de ejemplos en este sentido. Pero simultáneamente se ha venido desarrollando otro tipo de espiritualidad, generalmente incomprendida por las instituciones, que, desde tiempos inmemoriales, se ha ido haciendo cargo de las irritaciones y desafíos de la realidad. Las tradiciones bíblicas —desde los primeros capítulos del libro del Éxodo, pasando por los Salmos, Job y los profetas hasta Jesús de Nazaret— no han cesado de preguntarse, desde el lado oscuro de la historia, “¿dónde está tu Dios?”. Porque el Dios bíblico, descubierto como amor, es también Dios de justicia; siendo la justicia la mejor imagen que representa al Dios que es amor.

Desde el último cuarto del pasado siglo, el teólogo J. B. Metz ha venido calificando este tipo de espiritualidad, profundamente bíblico, como “Mística de ojos abiertos” (cfr. Por una Mística de los ojos abiertos. Cuando irrumpe la espiritualidad). Una espiritualidad samaritana que, en la terminología del mártir Ignacio Ellacuría, se hace cargo de, carga con, y se encarga de la realidad doliente. A juicio de este eminente teólogo de Münster, cofundador de la revista Concilium, se trata de una espiritualidad que, mirando de reojo al juicio evangélico de las naciones (Mt 25), asume como imperativo ético y político la centralidad y autoridad de las víctimas. Pues la búsqueda incesante del ser humano por un más allá —que la teodicea reasume en la pregunta por Dios— solo se justifica plenamente desde el sufrimiento y la justicia debida a las personas que sufren y a las empobrecidas. Se trata entonces de una espiritualidad que sitúa en la encrucijada de la historia humana el conflicto entre la injusticia reinante (que proyecta el ser humano a una tarea mesiánica, liberadora) y la plenitud de la justicia que se espera del futuro.

Dedicamos estas páginas a Teresa de Ávila en el quinto centenario de su nacimiento. Es nuestro pequeño homenaje a esta mujer tan entrañablemente nuestra. Fue la suya una espiritualidad de “ojos abiertos”. Nos sigue cautivando aquel  gracejo del que es ejemplo su disgusto ante el único retrato en su vida, que le hizo fray Juan de la Miseria: “Me habéis hecho fea y legañosa, fray Miseria, ¡Que Dios os lo perdone!”. Nos sigue sorprendiendo la profundidad que una mujer “sin letras” —como ella misma se dice en el Libro de su Vida— llegó a cultivar su propio “huerto” y alcanzar una tal experiencia del ser humano y de la divinidad. Nos sobrecoge, sobre todo, su gran habilidad para moverse al filo de la censura doctrinaria de la institución y sortear las siempre amenazantes llamas de la Inquisición. La riqueza personal, de la que Teresa es plenamente consciente, la empuja a moverse con serenidad y sabiduría entre aquellas aguas turbulentas de la religión de su tiempo. El extraordinario temple de esta mujer singular se refleja plenamente en la confesión que le hizo a un fraile carmelita cuando ya rondaba los cincuenta años: “Sabed, padre, que en mi juventud me dirigían tres clases de cumplidos; decían que era inteligente, que era una santa y que era hermosa; en cuanto a hermosa, a la vista está; en cuanto a discreta, nunca me tuve por boba, en cuanto a santa, solo Dios sabe”.

 

La corrupción, ¡basta ya!

Se dice que la corrupción es tan antigua como la humanidad. Y es cierto. Pero también es verdad que hay momentos en los que la corrupción se muestra más corrosiva. Y este que estamos atravesando parece justamente uno de ellos.

El pillo y el cacique, desde siempre —como nos enseña la literatura—, han sido, igual que el muérdago pegado al árbol, inseparables parásitos  de la buena sociedad española. Pero con la crisis actual, omnipresente y crónica, su presencia está siendo explosiva. Tampoco supone un consuelo saber que el fenómeno de la corrupción está expandido, como mancha de aceite, sobre todo el ancho mundo. Particularmente, la corrupción de aquí está haciendo una España vergonzante, delictiva y miserable.

La corrupción ha superado ya casi todas las líneas rojas. Para el 63,9% de las respuestas del último CIS del 2014, es el mayor problema en España. Aunque aparece habitualmente más ligada a la banca, a la financiación de los partidos políticos y al negocio de la construcción, lo cierto es que, desde la monarquía hacia abajo, las prácticas corruptas están presentes en todas las instituciones del Estado y hasta en las mismas iglesias. Y se mueve hábilmente en ambientes como el soborno, la malversación de fondos públicos, el robo, el fraude, el impago de impuestos, la extorsión, el favoritismo y el nepotismo. Tampoco el comportamiento moral de la sociedad en su conjunto se libra de este azote que pervierte los valores comunes y convierte la articulación sociopolítica, la democracia, en una farsa.

No se puede sino estar de acuerdo con el juicio que hace la ONU sobre esta lacra: “La corrupción es una plaga insidiosa que tiene una amplia gama de efectos corrosivos en las sociedades. Socava la democracia y el estado de derecho, conduce a la violación de los derechos humanos, pervierte los mercados, erosiona la calidad de vida y fomenta el crimen organizado, el terrorismo y otras amenazas contra la seguridad” (Convención de Naciones Unidas contra la corrupción, 2004).

Desde Éxodo, sumamos nuestras voces a la indignación general ante la corrupción y gritamos: ¡Basta ya! Estamos decididos y decididas a no permitir que las manzanas podridas nos arruinen toda la cosecha. La regeneración moral que necesitamos solo podrá llegar por caminos como los siguientes: la educación de la ciudadanía en valores (entre los que destacan el aprecio y el respeto a las personas) y la decidida entrega de los corruptos y corruptas en manos de la justicia. Asegurando previamente que la aplicación de la justicia sea también justa. 

Practicar la justicia

La justicia no es un motivo nuevo en Éxodo. Tanto desde su vertiente económico-política como desde su entramado jurídico-legislativo nos hemos venido ocupando reiteradamente de este importante asunto. Hemos analizado, preguntado y modestamente hemos tratado de responder a preguntas tan inquietantes como “¿A quién está sirviendo la justicia hoy en España, en la Unión Europea, en el mundo?”. Las dos dimensiones señaladas de la justicia son como los dos pies para el caminante. La primera representa al pan, la segunda se refiere a la ley que debe armonizar su acce­so y reparto entre la ciudadanía. Lo más urgente es, evidentemente, el pan; pero, desde que Darwin nos abrió los ojos para ver cómo los más fuertes acaban rebañando todo el pan (vida) a la masa ciudadana, la regulación que establece la ley se hace imprescindible. A esta segunda dimensión de la justicia vamos a dedicar, preferentemente, el presente número de Éxodo  bajo el título “Practicar la justicia”… y ¡desde la indignación!

 

La ciudadanía no está orgullosa del sistema judicial y sus magistrados; está indignada por el abandono y uso político, interesado y partidista, que se está haciendo de este elemento básico para la articulación de la convivencia. Hay que estar muy sordo o ser muy cínico para no escuchar el clamor universal por un sistema de justicia más respetuoso con las mayorías humanas y la vida en la tierra, más igualitario y justo. Un sistema verdaderamente alternativo.

 

En nuestro país el deterioro de la administración de justicia está llegando a unos niveles particularmente graves y hasta escandalosos: se elimina de la carrera judicial a jueces libres y honestos y se coloca en su lugar a otros sospechosos y serviles. La realidad real está desmintiendo a diario aquella solemne y falsa afirmación regia de que “la justicia es igual para todos”. La experiencia nos dice que no es verdad, que los pillos, los caciques y los perversos siguen campando a sus anchas por toda la geografía nacional. Abandonada la ética desde el poder, las mayorías populares se sienten burladas y humilladas. Cada día que pasa va creciendo con mayor fuerza en el pueblo la convicción de que este sistema de justicia es clasista y corporativista, injusto, incapaz de controlar la corrupción escandalosa que anida en todos los estamentos e instituciones del poder. Se tiene la seguridad de que el actual sistema injusto está profundamente ideologizado y politizado. No se entiende cómo se enchirona fácilmente a un pobre raterillo mientras que los grandes ladrones, por todos y todas conocidos, siguen disfrutando libremente en escandalosas mansiones al coste de una mísera fianza.

 

La justicia, abiertamente, no es igual para todos en España. ¿Quién puede entender los miles de personas aforadas, gozando de una justicia a su gusto y medida? ¿Quién puede reconocer en el precipitado aforamiento del antiguo rey un signo de respeto al pueblo y a la democracia? ¿Le dirá algo al actual Gobierno —rapidísimo en este caso y amuermado en tantos otros— lo que está haciendo la justicia francesa con su ex-­presidente Sarkozy? ¿Y cómo entender los indultos que se hacen desde el Gobierno, de forma casi clandestina, si no es como un gracioso reconocimiento, hecho en nombre del Estado, a unos confusos servicios prestados más al partido que gobierna que a la ciudadanía?

Recrear la política

Recrear la política. ¿Lo estamos diciendo en serio? ¿Se trata de una tarea necesaria, urgente?

La realidad no miente. Y la realidad machaconamente está diciendo que cada día somos más pobres, más desiguales, menos libres. Ya hemos alcanzado el triste honor de ser el país más desigual en la (des)UE; hemos conseguido el segundo lugar en pobreza infantil; y, por su parte, el big brother acrecienta el control sobre nuestras vidas y libertades.

Si la política es el mejor medio para organizar razonable y justamente la convivencia en la ciudadanía, es innegable que estamos en las antípodas de lo que podría y debería ser la política. La que estamos soportando no es ni razonable ni justa. Se trata de una forma de política que no evita la corrupción, ese darwinismo tramposo y usurero que está atravesando los tres poderes del Estado (legislativo, administrativo y judicial) y que no se para ni ante sus más altas magistraturas (el Gobierno y la Monarquía); es una forma de política que, contra su misma esencia, está abiertamente sometida a los poderes económico-financieros de la troika y del capital transnacional; es una política, en fin, que no se despierta mirando a las necesidades e intereses de la ciudadanía sino a la evolución de los mercados, a la prima de riesgo y a los movimientos de la bolsa.

Para este estilo de política los movimientos sociales que surgen del malestar social son objeto de sospecha y la democracia, mero formalismo. Aquí sobran las personas y cuentan los mercados. Lo decía de otro modo más rotundo el filósofo y economista austriaco Karl Polanyi a mediados del pasado siglo: “El capitalismo y la democracia han llegado a ser incompatibles entre sí… Básicamente hay dos soluciones: la extensión del principio democrático de la política a la economía o la completa abolición de la esfera política democrática”. Y las élites del capitalismo han optado por la segunda solución. Han decidido acabar con la democracia para salvar el capitalismo. Carlos Fernández Liria ve en esta elección un gesto revolucionario. Porque la revolución de hoy ya no es la de los esclavos contra los señores, la de los sometidos contra los colonizadores. La revolución de hoy es la que han emprendido los ricos contra los pobres, los de arriba contra los de abajo.

Pero esta revolución insólita está levantando verdaderos tsunamis entre los pobres. La indignación va in crescendo. ¿Cómo seguir apoyando un sistema que nos excluye? Y contra la engañosa propaganda del Gobierno (“vamos por el buen camino”; “estamos saliendo de la crisis”), las mareas humanas, que reivindican algo tan básico y de sentido común como el trabajo y la casa, la salud y la educación…, ¡la libertad!, llenan las ciudades. Difícil encontrar hoy una calle importante o una plaza donde no se oiga el clamoroso grito de la dignidad: “no nos representan”, “fuera el Gobierno de la troika”.

Desde Éxodo pensamos que, para mantener la paz social y la democracia, es urgente y necesario recrear la política. Y ante la creciente movida ciudadana hemos sentido la necesidad de su articulación política, hemos explorado la propuesta de algunos de los partidos emergentes y nos hemos preguntado si ha de ir por ahí la alternativa política que estamos necesitando.

El agua, conflicto y vida

Éxodo quiere con este número acercar a nuestros lectores un tema que las Naciones Unidas designó para este año 2013 “Año Internacional de la Cooperación en la Esfera del Agua”.

Hay quien ha destacado la importancia del tema con esta frase: La crisis del Agua definirá el siglo XXI.

El cambio climático nos ha colocado ya en el calentamiento global, el cual nos ha hecho traspasar los límites, pues la temperatura se situará en entre dos y tres grados Celsius más que el promedio actual. La situación impone, por tanto, a la humanidad un cambio de mentalidad colectiva, pues la rueda es imparable: debemos conocer la importancia de la crisis, adaptarnos a ella y buscar la manera de evitar sus efectos dañinos

Por otra parte, y unida a la del calentamiento, está la crisis del agua potable. ¿Tiene que ver y está relacionada la crisis del agua con la crisis de la economía global? ¿Qué conexiones y consecuencias tiene con la pobreza, el hambre, las enfermedades, las desigualdades, la salud y la política vigente?

De toda el agua del mundo, solamente el 3 % es agua dulce, el 97 % es agua salada; y de ese 3 % solamente el 0,7 % es asequible al ser humano. La situación del agua se empeora cada vez más: para uno de cada seis habitantes es un lujo; 2.600 millones de personas no tienen acceso a sistemas de saneamiento elemental.

En los próximos años corremos el riesgo de un cruce de la línea del calentamiento global con la línea de la escasez del agua, lo cual podría producir enormes desastres.

La crisis es global y muestra un nudo esencial en torno a la unión del planeta Tierra con el tema de la Humanidad. Y para que todos los humanos puedan caber y vivir en el planeta Tierra, “Todos debemos, escribe Leonardo Boff, vivir no con una economía de abundancia, sino con una economía de la decencia, que permita a todos tener lo suficiente. Tenemos que intentar un nuevo comienzo, mudar mentes y corazones, ya que en el arsenal de valores y principios de la actual civilización no encontramos soluciones inmediatas que garanticen un futuro de esperanza”.

Modelos de familia hoy

Desde hace tiempo ya no existe un referente único cuando hablamos cotidianamente de la familia: dos o más personas que conviven teniendo o no reconocido ese vínculo. ¿Se trata de un reconocimiento civil y religioso o de sólo uno de ellos o de ninguno? ¿Lo buscan las personas implicadas o pasan del mismo? Por ello las ciencias sociales vienen planteando que el propio concepto de familia se encuentra en busca de definición.

Estos cambios producidos en las modalidades de convivencia interpelan a los resortes educativos para la socialización de los niños, a la normatividad jurídica entre personas convivientes y su regulación y a las concepciones éticas de las relaciones entre personas en la sociedad. Entre los creyentes, particularmente los cristianos, la interpelación llega hasta la interpretación misma del Evangelio.  En ÉXODO nos preguntamos  por estas repercusiones en España hoy y pretendemos aportar algunas reflexiones y experiencias desde los propios protagonistas.

En el lugar de la Entrevista habitual de la revista, en esta ocasión aparecen cuatro voces que nos permiten asomarnos a cuatro situaciones de convivencia muy distintas: pareja tradicional prolífica en hijos y nietos, próxima a las  bodas de oro, en comunidad cristiana de base; familia homoparental de dos mujeres con hijo; pareja de personas gays y cristianas que buscan puentes entre ambas orillas; y pareja de convivencia con hijo común que no busca ningún tipo de reconocimiento externo.

El próximo mes de octubre de 2014 tendrá lugar en Roma el sínodo de los obispos en donde se pondrán sobre la mesa las preocupaciones de miles de católicas expresadas a través del Instrumentum laboris, entre las que se recogen sus opiniones sobre distintos tipos de familia. Los resultados están en consonancia con los de otros miles de ciudadanos sin vinculación religiosa con quienes deben construir conjuntamente modelos de convivencia plurales y sus regulaciones colectivas. Y, en particular, ¿están en consonancia con lo que los miembros del sínodo vienen proclamando como modelo único normativo para sus fieles? Es más, también nos preguntamos si hay en el Evangelio alguna aportación específica para un modelo de familia.

Quizá en pocos temas como este se hace necesaria la apertura y escucha atenta a los diversos planteamientos, así como la reflexión sobre la propia situación. Aprender a convivir lo exige.

¿ES HORA DEL EVANGELIO?

Hora del evangelio, desde que hemos conseguido hacer de la memoria una herramienta de extensión de nosotros mismos, ha sido siempre. En nuestra era, los cristianos que reconocieron “evangelio” en la persona y en los dichos y gestos de Jesús de Nazaret eran muy conscientes de estar enfrentando, con esta apropiación, la teología oficial del imperio que confesaba a Augusto evangelio verdadero. La inscripción de Priene —actualmente en el Museo Pergamon de Berlín— llega a decir que el natalicio de Augusto es una nueva creación: “el comienzo de todo… el comienzo de la vida y del vivir”… porque, “con su epifanía, Augusto salvó al mundo entero de descender al caos y excedió las esperanzas de quienes profetizaron buenas noticias [euaggelia] para el futuro”.

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EL AGUA: CONFLICTO Y VIDA

Exodo120portadaÉXODO quiere con este número acercar a nuestros lectores un tema que las Naciones Unidas designó para este año 2013 “Año Internacional de la Cooperación en la Esfera del Agua”. Hay quien ha destacado la importancia del tema con esta frase: La crisis del Agua definirá el siglo XXI.

El cambio climático nos ha colocado ya en el calentamiento global, el cual nos ha hecho traspasar los límites, pues la temperatura se situará entre dos y tres grados Celsius más que el promedio actual. La situación impone, por tanto, a la humanidad un cambio de mentalidad colectiva, pues la rueda es imparable: debemos conocer la importancia de la crisis, adaptarnos a ella y buscar la manera de evitar sus efectos dañinos.

Por otra parte, y unida a la del calentamiento, está la crisis del agua potable. ¿Tiene que ver y está relacionada la crisis del agua con la crisis de la economía global? ¿Qué conexiones y consecuencias tiene con la pobreza, el hambre, las enfermedades, las desigualdades, la salud y la política vigente?

De toda el agua del mundo, solamente el 3 % es agua dulce, el 97 % es agua salada; y de ese 3 % solamente el 0,7 % es asequible al ser humano. La situación del agua se empeora cada vez más: para uno de cada seis habitantes es un lujo; 2.600 millones de personas no tienen acceso a sistemas de saneamiento elemental.

En los próximos años corremos el riesgo de un cruce de la línea del calentamiento global con la línea de la escasez del agua, lo cual podría producir enormes desastres.

La crisis es global y muestra un nudo esencial en torno a la unión del planeta Tierra con el tema de la Humanidad. Y para que todos los humanos puedan caber y vivir en el planeta Tierra, “Todos debemos, escribe Leonardo Boff, vivir no con una economía de abundancia, sino con una economía de la decencia, que permita a todos tener lo suficiente. Tenemos que intentar un nuevo comienzo, mudar mentes y corazones, ya que en el arsenal de valores y principios de la actual civilización no encontramos soluciones inmediatas que garanticen un futuro de esperanza”.

CINCUENTA AÑOS DESPUÉS DEL VATICANO II

Portada Exodo 121No es poca cosa medio siglo, y eso es lo que ha pasado desde la clausura del concilio Vatica- no II en el 1965. Llegábamos al concilio con no pocos anhelos y avances fraguados en décadas anterio- res. La convocatoria del Papa Juan XXIII alentó nuestras expectativas. Todo parecía indicar que se abría una nueva época, y ese fue el sentimiento que más cundió en la cristiandad.

La pregunta que en este número nos hace- mos es la siguiente: ¿Si se hubieran llevado a cabo el espíritu y las propuestas de reno- vación del Vaticano II hubiéramos entrado en la crisis actual que padecemos? ¿No hay en él elementos que nos hubieran ayudado a entender y superar la crisis?

Ciertamente, antes del concilio venían so- nando voces que exigían la renovación des- de la opción por los pobres. Juan XXIII im- pulsó esa orientación. Pero, por unas y otras razones, este tema no fue central en la agenda del concilio. Sólo una minoría de obispos hizo el pacto de las catacumbas de santa Domitila, pero sin llegar a convertirse en programa para toda la Iglesia. Fue en la asamblea episcopal latinoamericana de Medellín (1968) y en la posterior de Puebla (1972) donde el tema había madurado y se lo asumió como opción fundamental de la Iglesia. Surge entonces una teología donde los últimos son los prioritarios a los ojos de Dios, pues Jesús se encarnó en la pobreza y vaciamiento y se identificó con los pobres de la tierra.

El Papa Francisco ha vuelto a proponer el sueño de una Iglesia pobre y de los pobres. Todo lo cual nos urge a recuperar el poten- cial del Vaticano II, los retos que planteó, pero que, contradiciendo el ritmo de la his- toria, quedaron sin respuesta. Por aludir a uno de esos retos, acaso el fundamental, ¿en qué quedó la autocomprensión de la Iglesia como “pueblo de Dios?” Lejos de provocar transformaciones siguió siendo profundamente desigualitario y gobernado por una estructura clerical y “totalitaria”, como la que, todavía hoy, sigue vigente. ¿Fue el Vaticano II una oportunidad perdi- da? ¿Qué otros temas puso en cuestión, que requerían renovarse y se desvanecie- ron sin convertirse en logros?

En este número verán nuestros lectores có- mo se enuncia el paso de unos paradigmas a otros, del paradigma de los poderes al para- digma de la ciencia, del diálogo y de la cola- boración, de los derechos y libertades.