Practicar la justicia

La justicia no es un motivo nuevo en Éxodo. Tanto desde su vertiente económico-política como desde su entramado jurídico-legislativo nos hemos venido ocupando reiteradamente de este importante asunto. Hemos analizado, preguntado y modestamente hemos tratado de responder a preguntas tan inquietantes como “¿A quién está sirviendo la justicia hoy en España, en la Unión Europea, en el mundo?”. Las dos dimensiones señaladas de la justicia son como los dos pies para el caminante. La primera representa al pan, la segunda se refiere a la ley que debe armonizar su acce­so y reparto entre la ciudadanía. Lo más urgente es, evidentemente, el pan; pero, desde que Darwin nos abrió los ojos para ver cómo los más fuertes acaban rebañando todo el pan (vida) a la masa ciudadana, la regulación que establece la ley se hace imprescindible. A esta segunda dimensión de la justicia vamos a dedicar, preferentemente, el presente número de Éxodo  bajo el título “Practicar la justicia”… y ¡desde la indignación!

 

La ciudadanía no está orgullosa del sistema judicial y sus magistrados; está indignada por el abandono y uso político, interesado y partidista, que se está haciendo de este elemento básico para la articulación de la convivencia. Hay que estar muy sordo o ser muy cínico para no escuchar el clamor universal por un sistema de justicia más respetuoso con las mayorías humanas y la vida en la tierra, más igualitario y justo. Un sistema verdaderamente alternativo.

 

En nuestro país el deterioro de la administración de justicia está llegando a unos niveles particularmente graves y hasta escandalosos: se elimina de la carrera judicial a jueces libres y honestos y se coloca en su lugar a otros sospechosos y serviles. La realidad real está desmintiendo a diario aquella solemne y falsa afirmación regia de que “la justicia es igual para todos”. La experiencia nos dice que no es verdad, que los pillos, los caciques y los perversos siguen campando a sus anchas por toda la geografía nacional. Abandonada la ética desde el poder, las mayorías populares se sienten burladas y humilladas. Cada día que pasa va creciendo con mayor fuerza en el pueblo la convicción de que este sistema de justicia es clasista y corporativista, injusto, incapaz de controlar la corrupción escandalosa que anida en todos los estamentos e instituciones del poder. Se tiene la seguridad de que el actual sistema injusto está profundamente ideologizado y politizado. No se entiende cómo se enchirona fácilmente a un pobre raterillo mientras que los grandes ladrones, por todos y todas conocidos, siguen disfrutando libremente en escandalosas mansiones al coste de una mísera fianza.

 

La justicia, abiertamente, no es igual para todos en España. ¿Quién puede entender los miles de personas aforadas, gozando de una justicia a su gusto y medida? ¿Quién puede reconocer en el precipitado aforamiento del antiguo rey un signo de respeto al pueblo y a la democracia? ¿Le dirá algo al actual Gobierno —rapidísimo en este caso y amuermado en tantos otros— lo que está haciendo la justicia francesa con su ex-­presidente Sarkozy? ¿Y cómo entender los indultos que se hacen desde el Gobierno, de forma casi clandestina, si no es como un gracioso reconocimiento, hecho en nombre del Estado, a unos confusos servicios prestados más al partido que gobierna que a la ciudadanía?

Recrear la política

Recrear la política. ¿Lo estamos diciendo en serio? ¿Se trata de una tarea necesaria, urgente?

La realidad no miente. Y la realidad machaconamente está diciendo que cada día somos más pobres, más desiguales, menos libres. Ya hemos alcanzado el triste honor de ser el país más desigual en la (des)UE; hemos conseguido el segundo lugar en pobreza infantil; y, por su parte, el big brother acrecienta el control sobre nuestras vidas y libertades.

Si la política es el mejor medio para organizar razonable y justamente la convivencia en la ciudadanía, es innegable que estamos en las antípodas de lo que podría y debería ser la política. La que estamos soportando no es ni razonable ni justa. Se trata de una forma de política que no evita la corrupción, ese darwinismo tramposo y usurero que está atravesando los tres poderes del Estado (legislativo, administrativo y judicial) y que no se para ni ante sus más altas magistraturas (el Gobierno y la Monarquía); es una forma de política que, contra su misma esencia, está abiertamente sometida a los poderes económico-financieros de la troika y del capital transnacional; es una política, en fin, que no se despierta mirando a las necesidades e intereses de la ciudadanía sino a la evolución de los mercados, a la prima de riesgo y a los movimientos de la bolsa.

Para este estilo de política los movimientos sociales que surgen del malestar social son objeto de sospecha y la democracia, mero formalismo. Aquí sobran las personas y cuentan los mercados. Lo decía de otro modo más rotundo el filósofo y economista austriaco Karl Polanyi a mediados del pasado siglo: “El capitalismo y la democracia han llegado a ser incompatibles entre sí… Básicamente hay dos soluciones: la extensión del principio democrático de la política a la economía o la completa abolición de la esfera política democrática”. Y las élites del capitalismo han optado por la segunda solución. Han decidido acabar con la democracia para salvar el capitalismo. Carlos Fernández Liria ve en esta elección un gesto revolucionario. Porque la revolución de hoy ya no es la de los esclavos contra los señores, la de los sometidos contra los colonizadores. La revolución de hoy es la que han emprendido los ricos contra los pobres, los de arriba contra los de abajo.

Pero esta revolución insólita está levantando verdaderos tsunamis entre los pobres. La indignación va in crescendo. ¿Cómo seguir apoyando un sistema que nos excluye? Y contra la engañosa propaganda del Gobierno (“vamos por el buen camino”; “estamos saliendo de la crisis”), las mareas humanas, que reivindican algo tan básico y de sentido común como el trabajo y la casa, la salud y la educación…, ¡la libertad!, llenan las ciudades. Difícil encontrar hoy una calle importante o una plaza donde no se oiga el clamoroso grito de la dignidad: “no nos representan”, “fuera el Gobierno de la troika”.

Desde Éxodo pensamos que, para mantener la paz social y la democracia, es urgente y necesario recrear la política. Y ante la creciente movida ciudadana hemos sentido la necesidad de su articulación política, hemos explorado la propuesta de algunos de los partidos emergentes y nos hemos preguntado si ha de ir por ahí la alternativa política que estamos necesitando.

El agua, conflicto y vida

Éxodo quiere con este número acercar a nuestros lectores un tema que las Naciones Unidas designó para este año 2013 “Año Internacional de la Cooperación en la Esfera del Agua”.

Hay quien ha destacado la importancia del tema con esta frase: La crisis del Agua definirá el siglo XXI.

El cambio climático nos ha colocado ya en el calentamiento global, el cual nos ha hecho traspasar los límites, pues la temperatura se situará en entre dos y tres grados Celsius más que el promedio actual. La situación impone, por tanto, a la humanidad un cambio de mentalidad colectiva, pues la rueda es imparable: debemos conocer la importancia de la crisis, adaptarnos a ella y buscar la manera de evitar sus efectos dañinos

Por otra parte, y unida a la del calentamiento, está la crisis del agua potable. ¿Tiene que ver y está relacionada la crisis del agua con la crisis de la economía global? ¿Qué conexiones y consecuencias tiene con la pobreza, el hambre, las enfermedades, las desigualdades, la salud y la política vigente?

De toda el agua del mundo, solamente el 3 % es agua dulce, el 97 % es agua salada; y de ese 3 % solamente el 0,7 % es asequible al ser humano. La situación del agua se empeora cada vez más: para uno de cada seis habitantes es un lujo; 2.600 millones de personas no tienen acceso a sistemas de saneamiento elemental.

En los próximos años corremos el riesgo de un cruce de la línea del calentamiento global con la línea de la escasez del agua, lo cual podría producir enormes desastres.

La crisis es global y muestra un nudo esencial en torno a la unión del planeta Tierra con el tema de la Humanidad. Y para que todos los humanos puedan caber y vivir en el planeta Tierra, “Todos debemos, escribe Leonardo Boff, vivir no con una economía de abundancia, sino con una economía de la decencia, que permita a todos tener lo suficiente. Tenemos que intentar un nuevo comienzo, mudar mentes y corazones, ya que en el arsenal de valores y principios de la actual civilización no encontramos soluciones inmediatas que garanticen un futuro de esperanza”.

Modelos de familia hoy

Desde hace tiempo ya no existe un referente único cuando hablamos cotidianamente de la familia: dos o más personas que conviven teniendo o no reconocido ese vínculo. ¿Se trata de un reconocimiento civil y religioso o de sólo uno de ellos o de ninguno? ¿Lo buscan las personas implicadas o pasan del mismo? Por ello las ciencias sociales vienen planteando que el propio concepto de familia se encuentra en busca de definición.

Estos cambios producidos en las modalidades de convivencia interpelan a los resortes educativos para la socialización de los niños, a la normatividad jurídica entre personas convivientes y su regulación y a las concepciones éticas de las relaciones entre personas en la sociedad. Entre los creyentes, particularmente los cristianos, la interpelación llega hasta la interpretación misma del Evangelio.  En ÉXODO nos preguntamos  por estas repercusiones en España hoy y pretendemos aportar algunas reflexiones y experiencias desde los propios protagonistas.

En el lugar de la Entrevista habitual de la revista, en esta ocasión aparecen cuatro voces que nos permiten asomarnos a cuatro situaciones de convivencia muy distintas: pareja tradicional prolífica en hijos y nietos, próxima a las  bodas de oro, en comunidad cristiana de base; familia homoparental de dos mujeres con hijo; pareja de personas gays y cristianas que buscan puentes entre ambas orillas; y pareja de convivencia con hijo común que no busca ningún tipo de reconocimiento externo.

El próximo mes de octubre de 2014 tendrá lugar en Roma el sínodo de los obispos en donde se pondrán sobre la mesa las preocupaciones de miles de católicas expresadas a través del Instrumentum laboris, entre las que se recogen sus opiniones sobre distintos tipos de familia. Los resultados están en consonancia con los de otros miles de ciudadanos sin vinculación religiosa con quienes deben construir conjuntamente modelos de convivencia plurales y sus regulaciones colectivas. Y, en particular, ¿están en consonancia con lo que los miembros del sínodo vienen proclamando como modelo único normativo para sus fieles? Es más, también nos preguntamos si hay en el Evangelio alguna aportación específica para un modelo de familia.

Quizá en pocos temas como este se hace necesaria la apertura y escucha atenta a los diversos planteamientos, así como la reflexión sobre la propia situación. Aprender a convivir lo exige.

¿ES HORA DEL EVANGELIO?

Hora del evangelio, desde que hemos conseguido hacer de la memoria una herramienta de extensión de nosotros mismos, ha sido siempre. En nuestra era, los cristianos que reconocieron “evangelio” en la persona y en los dichos y gestos de Jesús de Nazaret eran muy conscientes de estar enfrentando, con esta apropiación, la teología oficial del imperio que confesaba a Augusto evangelio verdadero. La inscripción de Priene —actualmente en el Museo Pergamon de Berlín— llega a decir que el natalicio de Augusto es una nueva creación: “el comienzo de todo… el comienzo de la vida y del vivir”… porque, “con su epifanía, Augusto salvó al mundo entero de descender al caos y excedió las esperanzas de quienes profetizaron buenas noticias [euaggelia] para el futuro”.

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EL AGUA: CONFLICTO Y VIDA

Exodo120portadaÉXODO quiere con este número acercar a nuestros lectores un tema que las Naciones Unidas designó para este año 2013 “Año Internacional de la Cooperación en la Esfera del Agua”. Hay quien ha destacado la importancia del tema con esta frase: La crisis del Agua definirá el siglo XXI.

El cambio climático nos ha colocado ya en el calentamiento global, el cual nos ha hecho traspasar los límites, pues la temperatura se situará entre dos y tres grados Celsius más que el promedio actual. La situación impone, por tanto, a la humanidad un cambio de mentalidad colectiva, pues la rueda es imparable: debemos conocer la importancia de la crisis, adaptarnos a ella y buscar la manera de evitar sus efectos dañinos.

Por otra parte, y unida a la del calentamiento, está la crisis del agua potable. ¿Tiene que ver y está relacionada la crisis del agua con la crisis de la economía global? ¿Qué conexiones y consecuencias tiene con la pobreza, el hambre, las enfermedades, las desigualdades, la salud y la política vigente?

De toda el agua del mundo, solamente el 3 % es agua dulce, el 97 % es agua salada; y de ese 3 % solamente el 0,7 % es asequible al ser humano. La situación del agua se empeora cada vez más: para uno de cada seis habitantes es un lujo; 2.600 millones de personas no tienen acceso a sistemas de saneamiento elemental.

En los próximos años corremos el riesgo de un cruce de la línea del calentamiento global con la línea de la escasez del agua, lo cual podría producir enormes desastres.

La crisis es global y muestra un nudo esencial en torno a la unión del planeta Tierra con el tema de la Humanidad. Y para que todos los humanos puedan caber y vivir en el planeta Tierra, “Todos debemos, escribe Leonardo Boff, vivir no con una economía de abundancia, sino con una economía de la decencia, que permita a todos tener lo suficiente. Tenemos que intentar un nuevo comienzo, mudar mentes y corazones, ya que en el arsenal de valores y principios de la actual civilización no encontramos soluciones inmediatas que garanticen un futuro de esperanza”.

CINCUENTA AÑOS DESPUÉS DEL VATICANO II

Portada Exodo 121No es poca cosa medio siglo, y eso es lo que ha pasado desde la clausura del concilio Vatica- no II en el 1965. Llegábamos al concilio con no pocos anhelos y avances fraguados en décadas anterio- res. La convocatoria del Papa Juan XXIII alentó nuestras expectativas. Todo parecía indicar que se abría una nueva época, y ese fue el sentimiento que más cundió en la cristiandad.

La pregunta que en este número nos hace- mos es la siguiente: ¿Si se hubieran llevado a cabo el espíritu y las propuestas de reno- vación del Vaticano II hubiéramos entrado en la crisis actual que padecemos? ¿No hay en él elementos que nos hubieran ayudado a entender y superar la crisis?

Ciertamente, antes del concilio venían so- nando voces que exigían la renovación des- de la opción por los pobres. Juan XXIII im- pulsó esa orientación. Pero, por unas y otras razones, este tema no fue central en la agenda del concilio. Sólo una minoría de obispos hizo el pacto de las catacumbas de santa Domitila, pero sin llegar a convertirse en programa para toda la Iglesia. Fue en la asamblea episcopal latinoamericana de Medellín (1968) y en la posterior de Puebla (1972) donde el tema había madurado y se lo asumió como opción fundamental de la Iglesia. Surge entonces una teología donde los últimos son los prioritarios a los ojos de Dios, pues Jesús se encarnó en la pobreza y vaciamiento y se identificó con los pobres de la tierra.

El Papa Francisco ha vuelto a proponer el sueño de una Iglesia pobre y de los pobres. Todo lo cual nos urge a recuperar el poten- cial del Vaticano II, los retos que planteó, pero que, contradiciendo el ritmo de la his- toria, quedaron sin respuesta. Por aludir a uno de esos retos, acaso el fundamental, ¿en qué quedó la autocomprensión de la Iglesia como “pueblo de Dios?” Lejos de provocar transformaciones siguió siendo profundamente desigualitario y gobernado por una estructura clerical y “totalitaria”, como la que, todavía hoy, sigue vigente. ¿Fue el Vaticano II una oportunidad perdi- da? ¿Qué otros temas puso en cuestión, que requerían renovarse y se desvanecie- ron sin convertirse en logros?

En este número verán nuestros lectores có- mo se enuncia el paso de unos paradigmas a otros, del paradigma de los poderes al para- digma de la ciencia, del diálogo y de la cola- boración, de los derechos y libertades.

¿El pueblo soberano?

Evaristo Villar

Éxodo 119 (may.-jun.) 2013
– Autor: Evaristo Villar –
 
CUANTOS consideramos la convivencia social como un propio del ser humano consideramos que la mejor base y garantía para la dignidad y derechos de los ciudadanos es el sistema democrático; en él, el ciudadano es sujeto primordial y soberano. El Estado, con los gobiernos y políticos que nos representan, sería el último baluarte sin el cual desaparecerían nuestra razón y seguridad colectivas.

La crisis actual tiene como característica cuestionar la validez de esta convicción: nuestra autoridad democrática no nos representa, se ha instalado en una esquizofrenia que la somete a un poder extraño y superior (el capital, a quien obedece) y se alza prepotente contra la ciudadanía (a quien aplasta y miente). Un juego perverso.

Somos soberanos y estamos intervenidos. Las conquistas democráticas se evaporan ante nuestros ojos. La situación actual se debate cada vez más entre dos lógicas: la de los indignados y la de la política dominante.

¿En qué queda entonces la soberanía del pueblo y, consiguientemente, la del Estado? ¿Es un mito? ¿Hay que relativizarla y secularizarla? ¿Somos Estado y Pueblo dos sujetos con soberanías limitadas? ¿Será verdad que “ninguna soberanía tendrá todos los atributos de la soberanía” o todo se encamina a aminorar y reducir los elementos democráticos hasta lograr que sean marginales? ¿Nuestras llamadas democracias no son sino dictaduras económicas ataviadas con una fachada democrática?

Son preguntas a las que EXODO intenta responder en este número. Y los autores que colaboran, sin duda desde perspectivas y ámbitos distintos, ofrecen elementos que concitan a revisar y aunar esfuerzos en la dirección de una auténtica democracia.

Y, con respuesta convergente, EXODO promueve la crítica, la denuncia, la solidaridad, el compromiso, la esperanza, las alternativas frente a tanto poder político servil y menguado; y frente a un capitalismo que cada vez ocupa más espacio en este mundo y está en camino de destruirlo.

¿Es hora de otra Iglesia?

Varios Autores

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
– Autor: Varios Autores –
 
¿Es hora de otra Iglesia? ¿Qué es lo que está pasando en esta institución milenaria para que tengamos que hacernos hoy esta pregunta? En las siguientes páginas de Éxodo podrás ir encontrando algunas respuestas a este interrogante.

Es inimaginable la renuncia de un papa y a todo el mundo ha sorprendido la llegada a Roma de alguien que viene “desde el fin del mundo”. Como al paso de una intensa borrasca invernal, comienzan a borrarse los anacrónicos perfiles de un paradigma papal, monárquico y absolutista, a la vez que tímidamente parecen emerger otros nuevos, más acordes con la sensibilidad de nuestro tiempo.

La monarquía papal no es un dato originario que pertenezca a la esencialidad de la tradición de la Iglesia. Se ha venido construyendo en la historia desde el siglo XI con el “dictatus Papae” de Gregorio VII, la teocracia de la bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII (s. XIV) y el dogma de la infalibilidad del Vaticano I (s. XIX). Se trata de una figura con rasgos faraónicos que rayan en la idolatría, y que recoge sin pudor el Código de Derecho Canónico, promulgado por Juan Pablo II en 1983. En este código de leyes, actualmente vigente, se llega a afirmar que el papa y solo él tiene potestad suprema y plena, inmediata y universal, que no puede ser juzgado por nadie y que puede juzgar y condenar, sin apelación, incluso a los jefes de Estado del mundo entero… ¡Y esta figura se ha mantenido intocable hasta la reciente renuncia de Benedicto XVI!

Aun sin datos suficientes para conformarlo, en los gestos y palabras del papa Francisco parece apuntar otro paradigma. El mismo nombre que se ha dado es suficientemente expresivo. ¿Pretende enlazar el papa Francisco con esa tradición empeñada en la renovación de la Iglesia desde la pobreza? En el cauce de esta tradición secular cobran mayor interés algunas de sus primera palabras: “quisiera una Iglesia pobre y de los pobres”. Pudieran ser estas el eco de aquellas que, según San Buenaventura, dirigió Jesús al santo de Asís: “Francisco, ve y restaura mi casa, mira que está en ruinas”

No es necesario acudir a las escandalosas revelaciones del vatileaks, donde el abuso de poder, la pompa y el dinero entre las más altas jerarquías y la pederastia afectando a un elevado número del clero, para caer en la cuenta de las actuales ruinas de la Iglesia. Estas consecuencias, miradas objetivamente, están apuntando a algo más profundo, a la imagen misma de una institución milenaria que hoy, como nunca, está siendo fuertemente cuestionada. Basta echar una mirada a los datos que nos ofrecen los frecuentes sondeos para percatarnos del clamor casi universal por un cambio de paradigma. Según José Juan Toharia (Metroscopia, abril 2013), nueve de cada diez españoles, creyentes o no, quieren ver a la Iglesia del lado de los pobres y excluidos y no de los ricos y poderosos; la quieren más austera tanto en ropajes como en ritos litúrgicos; sin privilegios y al ritmo de los tiempos que estamos viviendo. Curiosamente los zapatos remendados del papa se convierten en un símbolo bien expresivo.

A la vista de todo esto cobra sentido la pregunta que nos hacemos en Éxodo: ¿Ha llegado la hora de otra Iglesia? A nuestro juicio sí y somos conscientes de que, de no aprovechar este momento, la actual ruina seguirá imparable.

LOS DESAHUCIOS

Varios Autores

Éxodo 117 (en.-feb) 2013
– Autor: Varios Autores –
 
!Los desahucios! Difícilmente, encontraremos un tema que, en nuestro país y después de 34 años de democracia, presente rasgos tan lacerantes de desamparo e inhumanidad. Lo más sorprendente es que, deliberadamente y con mayor o menor mentira y ocultamiento, se estaba fraguando la peligrosidad del tema. Alarmas y denuncias se venían produciendo hace algunos años. Pero nuestros poderes públicos, con todos los especuladores arrimados o aliados con ellos, no dudaban en hacernos creer que estábamos siendo ejemplo y envidia para el mundo entero con nuestro modelo de transición democrática y los grados de progreso alcanzados.

Finalmente, desde unos años, despertamos y hemos comenzado a ver la situación real que arrastrábamos y que no pocos financieros y políticos han aprovechado para engañar, robar y enriquecerse. Confundieron la dignidad de la política con la suciedad de su egoísmo e intereses.

Una llama explosiva de esta situación han sido los desahucios. La casa no es un problema, es el problema, porque todos necesitamos hacer y conseguir una casa para superar nuestra indefensión y labrar nuestra formación, personalidad y felicidad. Todo pueblo aspira a que todas las familias tengan una casa propia para vivir tranquilos y asegurar el desarrollo, la convivencia y estabilidad del país.

Pues bien, en España los desahucios, miles en pocos años, han puesto a muchas familias españolas en el más sangriento desamparo. Y en él han colaborado empresarios, jueces, abogados, policías, etc., como si cumplieran una natural, segura y sagrada legalidad. Ahora hemos empezado a descubrir, pensar y concluir que nuestra democracia encubría lagunas, errores y contradicciones intolerables. Intolerable era –y lo hemos permitido- que Andalucía, con sus 87.000 kilómetros cuadrados, sus 1.000 kilómetros de costa, sus tierras y llanuras las más ricas de Europa, con una agricultura para poder cultivar de todo, con sus casi nueve millones de habitantes, haya tenido que sufrir un éxodo de más de dos millones de su gente, después de ver cómo los especuladores se cargaban su costa con miles de edificaciones y tener que afrontar ahora los desahucios de miles de familias, habiendo en Andalucía más de 600.000 casas vacías.

De todo esto se ocupa el presente número de Éxodo. Y lo hace con el testimonio de quienes viven día a día la lucha por el cambio y con expertos que señalan la urgencia de la situación, las causas que la provocan y las propuestas para una más humana y justa solución.