Tierra, casa y pan

Una terna de palabras sencillas que ayuda a identificar las necesidades básicas consideradas por la Declaración Universal de 1948 como derechos fundamentales de los seres humanos, de igual modo que migrante, desahuciado y hambriento aluden a personas que no tienen esas necesidades dignamente cubiertas.
Pues bien, este número de Éxodo se ocupa de quienes se han visto forzados a abandonar su tierra, a salir de su casa y de aquellos que por privación material severa pasan hambre.
Nos preocupan, luego existimos.
Conscientes de que la preocupación ha de incluir los principios de la compasión, de la justicia y el principio de la misericordia, los tres complementarios.
Decía Aristóteles que la compasión es correlativa a la distancia: el sufrimiento de los que están muy cerca resulta aterrador y el dolor de los que están demasiado lejos deviene indiferente. Esa podría ser la causa de que los medios de comunicación espacien calculadamente las informaciones y las imágenes, atroces a menudo unas y otras, de quienes huyendo del infierno buscan refugio o asilo, de los que son arrojados de la casa y de los rostros famélicos cuyos ojos amenazan la calidez de nuestros refugios. Y en cualquier caso, si el foco se pone sobre el desamparo de las Infancias Invisibles como hace Save the Children, resulta más imperioso aún que tales situaciones y personas tienen que seguir en primer plano. Es para preocuparse, ciertamente.
Tzvetan Todorov ha llamado moral de empatía al impulso de identificación e inmersión en las emociones y en el dolor de los otros. Pero la empatía, con sus diversos grados de identificación e inmersión, ha de llevar aparejada una respuesta tan justa como llena de misericordia, esa forma específica de amor que surge ante el sufrimiento ajeno para erradicarlo.
Esa sería la respuesta debida.
Desde ella, por acción u omisión, cabría evaluar la sensibilidad ética (humanidad, justicia, piedad, solidaridad, hospitalidad) de los individuos, de los ciudadanos y de los pueblos para con las personas que se encuentran en circunstancias críticas. También permite valorar la calidad política de las iniciativas y propuestas que pretenden practicar o ya llevan a cabo los estados, sobre todo y por lo que nos concierne, lo que ha hecho, raquítico, sin paliativos, el gobierno de España, ahora en funciones.
La denominada crisis de los refugiados coloca a su vez un interrogante mayúsculo sobre el proyecto europeo de construcción de una comunidad política basada en el Estado de derecho. Los compromisos o cuotas de acogida, incumplidos con generosidad y con frecuencia, las condiciones finales en la que esta acogida se lleva a cabo en algunos países, la burocracia que expele y gestiona las vidas de las personas, los acuerdos de contención o retención con naciones de origen o de tránsito, las devoluciones en caliente, los CETIs, la práctica militarización de las fronteras marítimas en el mar Egeo y de las fronteras selladas con vallas y concertinas tierra adentro, la transformación de los campos de refugiados en campos de detención, esa malversación semántica que asimila emigrantes forzados a refugiados y que sirve de artificio jurídico para el incumplimiento de la Convención del 51.
Resulta preocupante un hecho más. Quienes consiguen llegar a nuestro país encuentran que una parte de la población les considera una amenaza para sus puestos de trabajo, para la forma de vida, socavan el estado de bienestar y otros etcétera no menos inquietantes.
Por todo ello, si este número de Éxodo ayudara a rectificar un grado la creación de esta memoria social de estereotipo que confunde clase con raza, persona con procedencia, desdicha con maldad, dolor con culpa, refugio y asilo con favor, al otro con peligro latente, si ayudara a purificar la atmósfera de tales opiniones, si al menos …..

Democracias real: retos pendientes

Varias son las cuestiones fundamentales que , en este número, presenta EXODO: el trasfondo de las dos guerras mundiales, de alguna manera conectadas con la guerra civil española, los cuarenta años de dictadura del régimen franquista  unida a la batalla  contra el terrorismo de Eta; la Transición del 78 y el nuevo ciclo político generado a partir de la crisis del 2007.

Un pasado complejo, sin cuyo recuento y análisis, resulta difícil entender el momento presente. Unos, por viejos y tradición e  ideología, muy aferrados al sistema vigente y aún hoy opuestos a la  aceptación de nuevas formas de hacer política;  y otros, por juventud, ímpetu innovador y reivindicación del protagonismo del pueblo,  decididos a cambios que acaben con el bipartidismo de  la transición  e inauguren una convivencia más plural, justa, libre  y participativa.

Quizás, las fuerzas de la izquierda han revivido y se hallan más operativas en España que en cualquier otra parte de Europa.  El caso es que, desde el 15 M,  surgieron movimientos con clara, distinta y pública conciencia frente a la democracia establecida, neoliberal, cargada de  desigualdades, injusticias, corrupciones y abusos, incompatibles con  la misma Constitución española. Conciencia y movimientos que dieron lugar a un mapa electoral con resultados totalmente nuevos en las últimas elecciones del 20 diciembre de 2015.

No es fácil, pero hay que partir de que el ayer y el hoy, la transición y el nuevo ciclo político, representan situaciones muy distintas.

A entender lo que está pasando:  la crisis económica, la pérdida de soberanía ante la Troika europea,  el imperio y supremacía de los mercados, el ensalzamiento del poder financiero, el cinismo de los políticos, el empobrecimiento y desastres de sectores mayoritarios de nuestra sociedad, ayudan mucho los   acertados artículos de este número de Exodo.

La nueva situación implica, obviamente, graves desafíos, nuevas soluciones, propuestas alternativas, que el lector podrá ir discerniendo a la luz de las reflexiones de autores que descubren  que  “El cinismo político  es hoy el veneno que se le está inoculando a la vida pública de las sociedades hasta ahora democráticas”.

Volver a Jesús, ¿a qué Jesús y para qué?

ÉXODO afronta en su número 132 el reto de volver la vista a Jesús, a ese Jesús por el que sus contemporáneos apenas se interesaron, como nos ilustra Ariel Álvarez. Solo lo hicieron cuando sus seguidores empezaron a molestar en la sociedad judía o en el imperio.

Y ¿qué es lo que molestó de su vida y mensaje en aquel tiempo? José Laguna arranca su reflexión con la premisa de ‘a quien hace obras de misericordia se le premia no se le crucifica’. ¿Cómo pudo ocurrir una inversión tal de la misma para acabar con Jesús en la cruz? Al parecer no podía molestar algo tan inocuo como hablar del amor al prójimo, del perdón a los enemigos, del servicio a los demás como actitud de vida, de defender a los más pobres… Pero, cuando la compasión por quienes vivían en los márgenes empezó a revestir dimensiones conflictivas, se movilizaron los mecanismos punitivos de los órdenes político y religioso. La vida de Jesús no representa al ‘hombre que hacía el bien’ sin más, sino al que añadía un plus sobre las acciones de los publicanos, al que elegía claramente la misericordia sobre la ley y sanaba en sábado. La misericordia de Jesús fue misericordia conflictiva.

Los primeros seguidores de Jesús fundaban su estilo de vida tanto en su experiencia prepascual como en la experiencia postpascual: en el momento de la resurrección de Jesús experimentaron el saber que el muerto en la cruz estaba vivo y, a la vez, experimentaron que sus pretensiones en vida (el anuncio del Reino) quedaban refrendadas por Dios. De esos seguidores surgió la Iglesia, aunque Jesús sólo predicó el reino, no fundó ninguna religión ni ninguna iglesia, tal como nos recuerdan R. Velasco y J. A. Estrada. Las experiencias fundantes de la vida de los primeros cristianos instituyeron la congregación de los creyentes, la comunidad de la Iglesia. Pero en el devenir de los primeros siglos de estas comunidades se produce una gran escisión que marcará el porvenir eclesial, tal como recuerda R. Velasco: ‘la Iglesia se esfuerza por la situación de los pobres, pero no es capaz de eliminar las causas de la pobreza y acaba por resignarse a ser portadora de una salvación que acontece en la otra vida, al margen de lo que suceda en esta’.

Por supuesto que la historia del cristianismo recoge oposiciones a estas derivas, como el concilio de Constanza y el propio Vaticano II. J. A Estrada lo clarifica “si Dios no salva en la historia, la única que podemos evaluar, resulta poco plausible la esperanza en la vida eterna”.

Es en esta perspectiva donde cobra especial relevancia la hermosa recreación del Evangelio que hace Pedro Miguel Lamet al principio de este número. Volver a Jesús es vivir, morir y resucitar como él. Y esto solo es posible desde los lugares privilegiados del reino, entre los marginados y excluidos. Hoy día, entre los emigrados y refugiados sirios en las costas del Mediterráneo.

Como afirma Pepe Laguna: “el cielo puede esperar para aquellos que en la tierra gozan del favor de una vida resuelta. En el margen, la esperanza es una urgencia. Ante el dolor del margen, no cabe más alternativa que el ejercicio disidente de la misericordia”.

Desigualdad creciente en España

Ya no es una novedad para nadie. Frente a la reiterada voz oficial de la “salida de la cri- sis”, “recuperación económica”, “mayor crecimiento en la UE”, “creación de empleo”… la desigualdad está creciendo en España hasta al- canzar cifras antes inimaginables.

Pongamos unos datos. No se refieren al ancho mundo, son datos de este pequeño y “desarrolla- do” país, España, con unos 46 millones de perso- nas. El resultado –recogiendo solo, para dibujar el panorama, algunos que se dan en estas páginas– es espectacular: 11,7 millones de personas excluidas o descartadas, lo que representa la cuarta parte de la población. Desde unos indica- dores más exhaustivos y ajustados a la realidad, el riesgo de pobreza y exclusión social se eleva a 13 millones, el 29,2 % de la población. Y lo que es más grave, 5 millones están en exclusión severa o porque no tienen empleo (el 77 %) o porque carecen de vivienda (el 62 %) o, bien, porque no tienen acceso al sistema general de salud (el 46%). La fractura social se está ensanchando más que en ningún otro país de la Europa desarrolla- da. Y el crecimiento de la desigualdad es eviden- temente mayor entre los jóvenes (el desplome del empleo entre los menores de 26 años ha sido del 42,3% en las dos últimas legislaturas, redu- ciendo su salario medio el 40,8%) donde ya se puede hablar sin tapujos de “generación hipote- cada”; y entre la población inmigrante cuya pre- carización está poniendo en grave peligro la nun- ca bien planteada política de integración.

Y si nos preguntamos, ¿por qué este éxito oficial que va contra la esencia común del ser humano?, ¿dónde anida el secreto de este incremento ex- ponencial de la desigualdad?, ¿cuál es la fórmula mágica que ha proporcionado tales resultados?

La respuesta está en el conocimiento y hábil utilización clasista de las grandes debilidades y brechas que presenta la articulación social en nuestros días. Se puede decir, en términos generales, que en esta época post-ilustrada –sometida a la hegemonía del discurso técnico científico, dominada por el neoliberalismo económico y financiero y sin el paraguas de una gobernanza mundial respetuosa con toda la comunidad humana– se ha impuesto el paradigma individualista sobre el social, los derechos del individuo sobre los derechos de la colectividad. Hoy día los derechos que sur- gen de la libertad individual –siempre irrenunciable– están mejor protegidos que los que amparan la Igualdad y la solidaridad.

En este contexto desequilibrado y clasista, el derecho a la propiedad privada se ha convertido en algo absoluto, y por eso políticamente intocable, protegido no sólo por los gobiernos neoliberales, sino también por las mismas iglesias con raras ex- cepciones como las recientes encíclicas del papa Francisco. Y el derecho a la identidad particular y los hechos diferenciales de colectividades privilegiadas se imponen sobre aquellos, más radicales, que se nos vinculan como especie y que nos unen al mismo planeta que habitamos. La solidaridad queda relegada a las decisiones meramente subjetivas, lo que la reduce frecuentemente al mero voluntarismo o caridad devaluada. Por es- te camino se va trazando un darwinismo social que va acrecentando, día a día, la desigualdad económica, política y jurídica y social entre las personas y entre las comunidades.

Desde estas páginas vamos a defender la necesidad de volver a la humanidad y a la cordura. Desde una inspiración humana (y evangélica) nos posicionamos contra el individualismo, que acaba convirtiendo al ser humano en clase privilegiada, y a favor de la sociedad universal y planetaria que reconoce la misma dignidad en todos los miembros de la especie humana. Respetamos la diversidad que la misma naturaleza impone, pero nos plantamos frente a cualquier proyecto político o religioso que no se posicione ante la desigualdad económica, política, social y jurídica que el sistema actual está abriendo en el conjunto de la ciudadanía.

LAUDATO SI. Hacia una ecología integral

La preocupación por la salud del planeta Tierra nunca ha gozado, salvo en pequeños reductos, de especial interés en el conjunto de la sociedad mundial. Han sido mayormente los desafíos relacionados con el bienestar y la convivencia los que han reclamado su mayor dedicación y esfuerzo. Y no parece difícil entender este modo de proceder, porque, cuando la necesidad aprieta –hablamos de problemas relacionados con la alimentación y la convivencia–, resulta casi imposible atender a otros reclamos que nos quedan más lejos. Triste condición humana que refleja acertadamente esta afirmación del filósofo Enrs Bloch: “el estómago es la primera lámpara que reclama su aceite”. [Read more…]

Carta contra el hambre

Por más que se la quiera ocultar como palabra maldita, prohibida en el lenguaje políticamente correcto, el hambre es una incómoda realidad que nos interpela cada día. Junto a la guerra, la peste y vecina de la muerte, el hambre vuelve a cabalgar con todo su poder destructor, como los cuatro jinetes del Apocalipsis, sobre los azarosos comienzos del siglo XXI.

Y no es fácil librarse de esta plaga. Porque, entre otras poderosas razones, en una sociedad secularizada como la nuestra, ya no disponemos del fácil concurso de una veleidosa y vengativa divinidad que descarga toda su ira sobre la perversión y egoísmo de los humanos. Las causas reales del hambre, hoy como ayer, se encuentran más a ras de tierra. Y la solución también: es cuestión de repartir con justicia y solidaridad.

Pero, bien miradas las cosas, lo cierto es que, mientras sigamos asistiendo impasibles a la muerte de la democracia en aras de un sistema del capital injusto y despiadado, estaremos asumiendo el empobrecimiento de millones de personas, y, como consecuencia, el hambre.

Contra la sorpresa y posterior silenciamiento de la FAO –no hablamos del mal llamado Tercer Mundo– el hambre ya ha rebasado los poderosos muros de la UE. Madrid, Atenas y Lisboa se han convertido hoy día en capitales de la pobreza en Europa. Y España, según el último informe de Eurostat, es, después de Letonia, el país con mayor desigualdad en el reparto de la renta.

Y lo que resulta más preocupante de una sociedad, que se considera desarrollada y moderna, es que ésta se permita desentenderse institucionalmente del grito de esta injusticia y que vuelque todo el peso de la responsabilidad sobre la espalda de instituciones privadas, filantrópicas y/o religiosas. Desde Éxodo denunciamos esta práctica irresponsable porque consideramos que no es justo ni razonable reservar al voluntariado y a la caridad lo que se debe hacer por derecho.

No deja de ser significativo, a este propósito, que una de las primeras urgencias a que han tenido que atender las nuevas administraciones locales, surgidas del 24 M en España, haya sido, junto a la paralización de los desahucios, la atención a los comedores escolares y al reparto de alimentos en los barrios precarizados. Solo en la Comunidad de Madrid, según la última Encuesta de Condiciones de Vida, se cuentan más de 330.000 personas bajo el umbral de la pobreza severa.

La Carta contra el Hambre, en cuya gestación y difusión ha estado implicada esta revista desde el principio (ver páginas interiores) ha cosechado no solo el apoyo de múltiples instituciones privadas de ámbito local y estatal, sino que ha conseguido también el compromiso por escrito de la práctica totalidad de los nuevos administradores locales en orden a erradicar esta lacra que a toda la sociedad nos humilla. Desde la Plataforma de la Carta contra el Hambre vamos a seguir vigilando para que estos compromisos escritos empiecen a ser, desde ya, una realidad.

Para que otra democracia sea posible. Tú decides

“La llaman democracia y no lo es” gritaba la gente indignada del 15 M mirando al Parlamento —que se dice sede de la soberanía del pueblo—. Era la manifestación pública de un sentimiento muy hondo que está arraigado en la conciencia colectiva: ¡No, no es eso, no es eso!

El sueño colectivo de una convivencia en paz, articulada en base a criterios de equidad, libertad y solidaridad, explotó ante las muchas y muy graves trabas que están impidiendo su realización. Y el primero y principal impedimento, que impregna todas las relaciones y actividades interhumanas y que está impidiendo ese sueño democrático, es la imposición del dinero, de la economía, de la especulación.

Cual nuevo dios del siempre creativo panteón humano, la necesaria pero endiosada economía está sometiendo todas nuestras instituciones y valores bajo su omnímodo poder: somete el Estado a la mano invisible del mercado, los valores humanos al dinero, el planeta tierra a la explotación y el agotamiento, la participación en la gestión de los intereses colectivos a la delegación de lobbies políticos al servicio del capital, la legitimidad y la justicia a la legalidad injusta y partidista.

El resultado de este cambalache salta a la vista: la especulación, la mentira, la corrupción están sumiendo a esta sociedad, dormida y a veces cómplice, en el sometimiento, en la pérdida de la propiedad, uso y gestión de recursos y bienes comunes, en el empobrecimiento general y hasta en el hambre.

Puesta ante el espejo de lo que el presidente Abraham Lincoln consideró como democracia —“Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”—, lo que llamamos democracia, evidentemente, no lo es en ninguno de sus planos: ni en el económico, ni en el político, ni en el jurídico, ni siquiera en el cultural y mucho menos en el religioso.

Pero en la larga historia del proceso humano y de las sociedades no todo está perdido definitivamente, ni nunca es tarde para cambiar de rumbo. En estos momentos críticos, no podemos perder el sentido de la orientación ni dejar por más tiempo la gestión de nuestras vidas en la fría privacidad de esa pandilla del 1% de usureros y ciegos traficantes sin escrúpulo. Necesitamos someter seriamente lo público colectivo, liberado de la intoxicación diaria de la política oficial y los medios generalistas, a un juicio muy crítico. No podemos seguir aceptando la necesidad de tener que ser héroes en este mundo para ser buenas personas, ni herejes o heterodoxos para ser buenos cristianos.

El vuelco, como es lógico, no vendrá por el simple cambio de personas, aunque es necesario expulsar del poder a los corruptos y malos gestores. El vuelco vendrá por la presión colectiva y transformadora de la calle que asume su responsabilidad y decide no delegar irresponsablemente la gestión de las cosas comunes en cualquier mano.

… Si esto no es democracia, de ti y de mí depende, como se dirá a lo largo de este texto, no solo cambiar las reglas sino el tablero mismo de juego.

 

Teresa de Jesús, hoy

Si la máxima de Ortega, “yo soy yo y mis circunstancias” fuera cierta, no lo sería menos referida a la espiritualidad del ser humano. En cualquier circunstancia, una espiritualidad que diera la espalda a la realidad histórica estaría renunciando a un componente muy sustancial de su propia identidad, y, por eso mismo, estaría acumulando sobrados motivos para ser tachada de engañabobos. Pero, a su vez, una espiritualidad religiosa, cristiana, que renunciara a la tras”-des”-cendencia” y “calidez” del misterio, sería, cuando menos, imperfecta y difícil de entender. Uniendo ambas dimensiones, el papa Francisco, desde su llegada al obispado de Roma, no cesa de clamar contra la “cultura de la indiferencia” y de proponer como revulsivo “la revolución de la ternura”.

La espiritualidad en las religiones siempre ha estado tentada por el escapismo o la huida de la realidad, y por refugiarse en mundos imaginarios y fantásticos frecuentemente aberrantes. La historia, como se irá evidenciando en estas páginas, está cuajada de ejemplos en este sentido. Pero simultáneamente se ha venido desarrollando otro tipo de espiritualidad, generalmente incomprendida por las instituciones, que, desde tiempos inmemoriales, se ha ido haciendo cargo de las irritaciones y desafíos de la realidad. Las tradiciones bíblicas —desde los primeros capítulos del libro del Éxodo, pasando por los Salmos, Job y los profetas hasta Jesús de Nazaret— no han cesado de preguntarse, desde el lado oscuro de la historia, “¿dónde está tu Dios?”. Porque el Dios bíblico, descubierto como amor, es también Dios de justicia; siendo la justicia la mejor imagen que representa al Dios que es amor.

Desde el último cuarto del pasado siglo, el teólogo J. B. Metz ha venido calificando este tipo de espiritualidad, profundamente bíblico, como “Mística de ojos abiertos” (cfr. Por una Mística de los ojos abiertos. Cuando irrumpe la espiritualidad). Una espiritualidad samaritana que, en la terminología del mártir Ignacio Ellacuría, se hace cargo de, carga con, y se encarga de la realidad doliente. A juicio de este eminente teólogo de Münster, cofundador de la revista Concilium, se trata de una espiritualidad que, mirando de reojo al juicio evangélico de las naciones (Mt 25), asume como imperativo ético y político la centralidad y autoridad de las víctimas. Pues la búsqueda incesante del ser humano por un más allá —que la teodicea reasume en la pregunta por Dios— solo se justifica plenamente desde el sufrimiento y la justicia debida a las personas que sufren y a las empobrecidas. Se trata entonces de una espiritualidad que sitúa en la encrucijada de la historia humana el conflicto entre la injusticia reinante (que proyecta el ser humano a una tarea mesiánica, liberadora) y la plenitud de la justicia que se espera del futuro.

Dedicamos estas páginas a Teresa de Ávila en el quinto centenario de su nacimiento. Es nuestro pequeño homenaje a esta mujer tan entrañablemente nuestra. Fue la suya una espiritualidad de “ojos abiertos”. Nos sigue cautivando aquel  gracejo del que es ejemplo su disgusto ante el único retrato en su vida, que le hizo fray Juan de la Miseria: “Me habéis hecho fea y legañosa, fray Miseria, ¡Que Dios os lo perdone!”. Nos sigue sorprendiendo la profundidad que una mujer “sin letras” —como ella misma se dice en el Libro de su Vida— llegó a cultivar su propio “huerto” y alcanzar una tal experiencia del ser humano y de la divinidad. Nos sobrecoge, sobre todo, su gran habilidad para moverse al filo de la censura doctrinaria de la institución y sortear las siempre amenazantes llamas de la Inquisición. La riqueza personal, de la que Teresa es plenamente consciente, la empuja a moverse con serenidad y sabiduría entre aquellas aguas turbulentas de la religión de su tiempo. El extraordinario temple de esta mujer singular se refleja plenamente en la confesión que le hizo a un fraile carmelita cuando ya rondaba los cincuenta años: “Sabed, padre, que en mi juventud me dirigían tres clases de cumplidos; decían que era inteligente, que era una santa y que era hermosa; en cuanto a hermosa, a la vista está; en cuanto a discreta, nunca me tuve por boba, en cuanto a santa, solo Dios sabe”.

 

La corrupción, ¡basta ya!

Se dice que la corrupción es tan antigua como la humanidad. Y es cierto. Pero también es verdad que hay momentos en los que la corrupción se muestra más corrosiva. Y este que estamos atravesando parece justamente uno de ellos.

El pillo y el cacique, desde siempre —como nos enseña la literatura—, han sido, igual que el muérdago pegado al árbol, inseparables parásitos  de la buena sociedad española. Pero con la crisis actual, omnipresente y crónica, su presencia está siendo explosiva. Tampoco supone un consuelo saber que el fenómeno de la corrupción está expandido, como mancha de aceite, sobre todo el ancho mundo. Particularmente, la corrupción de aquí está haciendo una España vergonzante, delictiva y miserable.

La corrupción ha superado ya casi todas las líneas rojas. Para el 63,9% de las respuestas del último CIS del 2014, es el mayor problema en España. Aunque aparece habitualmente más ligada a la banca, a la financiación de los partidos políticos y al negocio de la construcción, lo cierto es que, desde la monarquía hacia abajo, las prácticas corruptas están presentes en todas las instituciones del Estado y hasta en las mismas iglesias. Y se mueve hábilmente en ambientes como el soborno, la malversación de fondos públicos, el robo, el fraude, el impago de impuestos, la extorsión, el favoritismo y el nepotismo. Tampoco el comportamiento moral de la sociedad en su conjunto se libra de este azote que pervierte los valores comunes y convierte la articulación sociopolítica, la democracia, en una farsa.

No se puede sino estar de acuerdo con el juicio que hace la ONU sobre esta lacra: “La corrupción es una plaga insidiosa que tiene una amplia gama de efectos corrosivos en las sociedades. Socava la democracia y el estado de derecho, conduce a la violación de los derechos humanos, pervierte los mercados, erosiona la calidad de vida y fomenta el crimen organizado, el terrorismo y otras amenazas contra la seguridad” (Convención de Naciones Unidas contra la corrupción, 2004).

Desde Éxodo, sumamos nuestras voces a la indignación general ante la corrupción y gritamos: ¡Basta ya! Estamos decididos y decididas a no permitir que las manzanas podridas nos arruinen toda la cosecha. La regeneración moral que necesitamos solo podrá llegar por caminos como los siguientes: la educación de la ciudadanía en valores (entre los que destacan el aprecio y el respeto a las personas) y la decidida entrega de los corruptos y corruptas en manos de la justicia. Asegurando previamente que la aplicación de la justicia sea también justa. 

Practicar la justicia

La justicia no es un motivo nuevo en Éxodo. Tanto desde su vertiente económico-política como desde su entramado jurídico-legislativo nos hemos venido ocupando reiteradamente de este importante asunto. Hemos analizado, preguntado y modestamente hemos tratado de responder a preguntas tan inquietantes como “¿A quién está sirviendo la justicia hoy en España, en la Unión Europea, en el mundo?”. Las dos dimensiones señaladas de la justicia son como los dos pies para el caminante. La primera representa al pan, la segunda se refiere a la ley que debe armonizar su acce­so y reparto entre la ciudadanía. Lo más urgente es, evidentemente, el pan; pero, desde que Darwin nos abrió los ojos para ver cómo los más fuertes acaban rebañando todo el pan (vida) a la masa ciudadana, la regulación que establece la ley se hace imprescindible. A esta segunda dimensión de la justicia vamos a dedicar, preferentemente, el presente número de Éxodo  bajo el título “Practicar la justicia”… y ¡desde la indignación!

 

La ciudadanía no está orgullosa del sistema judicial y sus magistrados; está indignada por el abandono y uso político, interesado y partidista, que se está haciendo de este elemento básico para la articulación de la convivencia. Hay que estar muy sordo o ser muy cínico para no escuchar el clamor universal por un sistema de justicia más respetuoso con las mayorías humanas y la vida en la tierra, más igualitario y justo. Un sistema verdaderamente alternativo.

 

En nuestro país el deterioro de la administración de justicia está llegando a unos niveles particularmente graves y hasta escandalosos: se elimina de la carrera judicial a jueces libres y honestos y se coloca en su lugar a otros sospechosos y serviles. La realidad real está desmintiendo a diario aquella solemne y falsa afirmación regia de que “la justicia es igual para todos”. La experiencia nos dice que no es verdad, que los pillos, los caciques y los perversos siguen campando a sus anchas por toda la geografía nacional. Abandonada la ética desde el poder, las mayorías populares se sienten burladas y humilladas. Cada día que pasa va creciendo con mayor fuerza en el pueblo la convicción de que este sistema de justicia es clasista y corporativista, injusto, incapaz de controlar la corrupción escandalosa que anida en todos los estamentos e instituciones del poder. Se tiene la seguridad de que el actual sistema injusto está profundamente ideologizado y politizado. No se entiende cómo se enchirona fácilmente a un pobre raterillo mientras que los grandes ladrones, por todos y todas conocidos, siguen disfrutando libremente en escandalosas mansiones al coste de una mísera fianza.

 

La justicia, abiertamente, no es igual para todos en España. ¿Quién puede entender los miles de personas aforadas, gozando de una justicia a su gusto y medida? ¿Quién puede reconocer en el precipitado aforamiento del antiguo rey un signo de respeto al pueblo y a la democracia? ¿Le dirá algo al actual Gobierno —rapidísimo en este caso y amuermado en tantos otros— lo que está haciendo la justicia francesa con su ex-­presidente Sarkozy? ¿Y cómo entender los indultos que se hacen desde el Gobierno, de forma casi clandestina, si no es como un gracioso reconocimiento, hecho en nombre del Estado, a unos confusos servicios prestados más al partido que gobierna que a la ciudadanía?