Confieso que he vivido largamente

Éxodo 154

Confieso que he vivido largamente, y que siendo aún un niño ya firmaba Rufino Velasco CMF, Cordis Mariae Filius, la marca registrada de la congregación claretiana, para luego, al cabo de los años, ampliar horizontes hacia un estilo laico impregnado, decían sotto voce mis colegas, de los secos modales y los aires templados a los que habría que añadir el repertorio, corto, de vicios y virtudes que, al parecer, retratan a un castellano viejo.

Confieso que he tratado de servir a corazón abierto allí donde estuviera, empeñado más que nada en trabajar conceptos teológicos que más adelante enunciaré, y confieso asimismo que, sin salir de mi asombro, como una fibra al borde de la música o la palabra al borde del silencio, mi existencia tembló muy a menudo al borde de mis versos.

Confieso, ya lo he dicho, que ejercí de teólogo. Escritos, reflexiones, clases en la academia, diálogos, lo típico, ya sabes, hasta hilvanar, al cabo, y disculpa el remedo del lenguaje kantiano,  los puntos cardinales de una eclesiología  práctica, evangélica, fundamental, nada dogmática, en la estela de aquel  providencial Juan XXIII, bendito sea, que convocó un concilio a fin de responder a la pregunta ‘Iglesia de Dios,  ¿qué dices de ti misma?’, y el concilio, atendiendo a esa interpelación del buen Papa Roncalli, vinculó su respuesta con estas  condiciones, a saber: la exigencia de una reforma interna de la Iglesia, la apertura a la unión de todos los cristianos y una apuesta decidida por la presencia profética de la Iglesia en el mundo. Tras resistencias varias  que no vienen al caso, empeñé potencias y sentidos en pensar, divulgar y en llevar a la práctica el modelo de Iglesia que alentaban los aires conciliares, el modelo de una iglesia horizontal, una Iglesia, comunidad de comunidades, más participativa que jerárquica, alejada de aquella  consideración de sociedad perfecta, una Iglesia de bases, donde todos los miembros se reconocen portadores del mismo espíritu, se relacionan con vínculos de fraternidad, forman el nuevo pueblo de Dios, compuesto por mujeres y hombres que, ejerciendo el sacerdocio común de los creyentes, lo despliegan en ministerios y servicios varios. Que sean otros quienes desarrollen en las páginas que siguen los pilares de esa Eclesiología práctica. Por mi parte, mantuve como enseña estas dos convicciones: que el lugar natural del teólogo es la comunidad de base; y segunda, que la gracia se encuentra en la dinámica concreta de este mundo, y, por tanto, si la Iglesia no es fermento evangélico en medio de esa historia real, no es nada.

Confieso que me hice protestante. No se me malentienda, por favor. Protestar, reformar (Ecclesia  semper reformanda), constituye una actitud crítica esencial, pues implica que la comunidad  local donde nos encontramos practica la conversión continua en su compromiso con todos aquellos asuntos que tienen que ver con la buena vida y la existencia digna de los seres humanos, con la defensa, en suma, de sus derechos básicos.

Confieso que he sufrido bastante, aunque no me he quejado ante nadie de nadie.

Confieso que, en la cumbre de mis alegrías y a pesar de todos los pesares, mantuve la esperanza de que una Iglesia presidida por el espíritu de Jesús y la fidelidad de cada uno de sus miembros al mensaje de las bienaventuranzas iniciaría la realización de un hombre nuevo.

Confieso que he creído en el Dios de aquel Jesús de Nazaret que anunció la liberación de los pobres y que exigía el mismo compromiso radical a quien deseara seguirle. Muy pronto comprendí, no obstante, que en la liberación anida la utopía, aunque sólo utópica y esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección. Así lo declaraba el mártir Ignacio Ellacuría, y lo mismo profesa mi hermano y amigo Pedro Casaldáliga, teólogos, con otros, de la liberación que unieron su suerte a la de los desheredados de la tierra.

Y confieso que creo en la Resurrección. Amén. Al final del camino, sin embargo, he mirado mis ojos y, mirándolos contemplando su último secreto, he sentido, de pronto, que es la muerte lo más absurdo y cierto.

En cualquier caso, compañeras y compañeros en la causa por el Reino de Dios, gracias por recordarme,

Rufino Velasco, imaginado definitivamente en Éxodo

Religión y poder en América Latina

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Éxodo 153
– Autor:  –

El pensamiento emancipador latinoamericano siempre ha tenido presencia en Éxodo, desde la teología de la liberación a cuestiones como la situación de la Amazonía a propósito del Sínodo Amazónico, el problema de la tierra, los movimientos sociales en el Foro Mundial Social de Porto Alegre, así como desde los pensadores latinoamericanos que han colaborado puntualmente con la revista a lo largo de nuestra ya dilatada trayectoria, Leonardo Boff, Enrique Dussel, Franz Hinkelammert, entre otros.

Por primera vez dedicamos un número monográfico a la América Latina, indígena y mestiza, Abya Yala, desde la mirada de las relaciones entre el poder político y las diversas confesiones de un continente profundamente religioso. Desde las antiguas y nuevas alianzas entre el poder y las iglesias cristianas y desde los movimientos de emancipación con un hondo sentido místico y espiritual. Solo por citar un par de ejemplos, entre la pléyade de intelectuales y maestros que se alinearon con la justicia y la liberación recordamos en el espacio católico al obispo ecuatoriano Leónidas Proaño, precursor de la teología de la liberación, y entre los marxistas al peruano Carlos Mariategui, al que debemos una excelente síntesis del sentimiento religioso y la mística revolucionaria.

Este número monográfico, preparado con antelación a las medidas de confinamiento debidas a la pandemia planetaria —la profundidad de cuyas consecuencias aún desconocemos y que afectarán y mucho al continente—, no tiene como objetivo la realidad sociopolítica o económica, pero difícilmente podemos abstraernos del problema que hoy acapara las noticias internacionales y que se planea en algunos de los artículos que componen este número. No podemos dejar pasar por alto cómo dirigentes políticos en algunos países –Brasil, Ecuador, México, Nicaragua, y a la cabeza de todos Trump— recurren a la credulidad de la gente y manipulan los sentimientos religiosos, poniendo en grave riesgo la ya maltrecha salud de los pueblos de América.

Abre este número un artículo de Marcos Villamán, sociólogo y teólogo de la República Dominicana, que analiza, desde una perspectiva continental, “La realidad social latinoamericana y el hecho religioso-eclesial”. Tras un diagnóstico del proceso socio-económico y político y de la aparición de nuevas clases medias llega el autor a la pregunta clave, ¿está Latinoamérica en una nueva situación política, en la perspectiva de una democracia política sin horizonte de transformación social? Una disyuntiva a la que no es ajeno el hecho religioso que sigue siendo un factor de relevancia en la realidad social de la región latinoamericana, aunque su presencia se ha diversificado de manera importante. Una mirada que se amplía en la entrevista con el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel. En ella Pérez Esquivel va desgranando el papel de la religión en los procesos de autodeterminación, las conexiones entre el fundamentalismo religioso –instalado en lo que él llama iglesias electrónicas— y el fundamentalismo del mercado, los tímidos pasos dados por el Sínodo Amazónico (ver Éxodo nº 152) y los desafíos de la descolonización y el papel de los pueblos originarios.

La sección “A fondo” ofrece puntos de vista desde Brasil, Ecuador y Bolivia. Se abre con una reflexión de la brasileña Ivone Guevara, teóloga y feminista, sobre la connivencia entre el poder político y poder religioso en América Latina, frente a la que reclama el empoderamiento de los el movimiento feminista, el movimiento negro, el movimiento indígena, el movimiento sin-tierra y sin-techo, el movimiento LGBTQ, y defiende el diálogo interreligioso no institucional. Desde Ecuador, pero con dimensión continental, NIDIA ARROBO RODAS, de la Fundación Pueblo Indio, nos habla de la vida, la espiritualidad y la producción de los pueblos indígenas, de su cosmovisión, de la Pachamama, y de la originalidad y actualidad del pensamiento tradicional indígena en las relaciones entre la sociedad y la naturaleza, un ser vivo. Y concluye, es de las raíces de donde proviene la fuerza para renacer, florecer y fructificar, es la oportunidad de reinventar el mundo. Y el jesuita Víctor Codina, desde su larga experiencia en Bolivia, nos deja un detallado relieve de la presencia actual de la Teología de la Liberación en el continente Latinoamericano —no exenta de autocrítica: la teología de la liberación ha sido elaborada por varones, dice— a través de sus grandes temas. Las profundas transformaciones habidas en el continente a lo largo de los 50 años transcurridos desde los primeros textos fundacionales de este pensamiento teológico, también influyen en el las concepciones religiosas, y aboga por una renovación más simbólica, popular, religiosa, incluso más femenina.

Completamos la presencia y transformación de las relaciones entre el poder político y religioso en América Latina presentando en la sección en la brecha otros testimonios recogidos en diferentes países del continente. El investigador César Moya plantea la creciente articulación de los evangélicos con el poder en Colombia consolidado aún más en los pasados comicios. El teólogo protestante y agrónomo Ematel Benance aborda el impacto de la pandemia en Haití y trae a colación la fuerza cultural-resistente del Voudou, en términos de liberación, componente predominante de la cultura haitiana. Pablo Urquiaga, párroco de la Iglesia de la Resurrección en Caricuao, Caracas, habla de los dos posicionamientos de la iglesia venezolana: la que está en la jerarquía, cómplice de los partidos de oposición al gobierno legítimo de Maduro, y la que está en el pueblo, comprometida con las Misiones Sociales gubernamentales en salud,, educación, cultura y servicios sociales. Por su parte, el periodista cubano Félix Sautié Medero hace una breve historia de las relaciones entre el Estado y las confesiones religiosas presentes en la isla, que finalmente culmina con la proclamación del Estado laico y la normalización de las relaciones entre las iglesias y la actual dirección de la Revolución.

Cierra este número la sección de actualidad con dos colaboraciones: una de Evaristo Villar, pegada a la pandemia que estamos atravesando, con el sugerente título de Espiritualidad en tiempos de fragilidad. Esa cosa que no tiene nombre, y otra de María Laín presentando la edición póstuma, hecha por Salvador López Amal y Jordi Mir García, de los escritos de Francisco Fernández Buey sobre la obra, siempre sorprendente de Simone Weil.

Por una muerte con sentido

Como casi todos los avances humanos, el compromiso y la lucha por el derecho a morir con sentido, a una muerte digna y buena, ha tenido que abrirse camino contra duras y a veces feroces resistencias. Es verdad que ese derecho a la denominada eutanasia es especialmente delicado porque en él está en juego la vida y la muerte. Pero justamente por lo mismo, porque está en juego en él la vida y la muerte, es un derecho sumamente decisivo.

Y por esa razón hay una larga historia de mujeres y hombres que han comprometido su vida por el reconocimiento de ese derecho. Una historia de mujeres y hombres que han sabido muy intensa y dolorosamente por qué derecho luchaban, pues una mayoría de ellas y ellos lo han experimentado en sus propias carnes, en sus cuerpos, teniendo que “marchar”, al fin, sin que les concedieran el alivio de una muerte con sentido, digna, buena, incluso feliz, como la reivindica en nuestros días el reconocido teólogo católico Hans Küng.

Por eso, ahora que parece llegado el momento para el reconocimiento de ese derecho, es de justicia hacer memoria de su compromiso y expresar la impagable gratitud que la humanidad les debe por ello. Valgan tan solo unos cuantos nombres para cumplir este importante deber de memoria y gratitud:

Pionero fue el de todo conocido doctor Luis Montes desde el servicio de anestesia y reanimación en el hospital Severo Ochoa de Leganés. Como pionero tuvo que soportar la feroz y vergonzosa embestida de los fanáticos de turno, que carecen de sensibilidad para el sufrimiento de los demás y del mínimo sentido para la verdad. Pero él se mantuvo hasta el final acompañando a los pacientes a una buena muerte.

Pionero fue también Ramón Sampedro, aquejado de tetraplejia desde los 25 años, en la lucha por el efectivo reconocimiento del denominado “suicidio asistido”, con una lúcida conciencia del momento cumplido de su muerte, como pone de relieve Diego Gracia en su breve pero penetrante artículo desde la filosofía y la Bioética, que publicamos en este mismo número en la sección “En la brecha”, y compartiendo responsablemente con su compañera el peso de la ley existente, las consecuencias de su determinada voluntad de morir.

Merece también traer a la memoria el caso de Andrea, la niña de 12 años con una enfermedad terminal, cuyos padres asumieron también, en 2015, retirarle la alimentación que la sostenía. Un caso bajo el signo del sufrimiento de los inocentes, de la piedad y de la discreción.

Y evocamos finalmente el caso más reciente de María José Carrasco, enferma de esclerosis múltiple durante 30 años, quien a partir de un momento pidió a su esposo insistentemente poner fin a su vida insoportable, como dejó plasmado en un video para dejar constancia de esa inequívoca voluntad, lo que no le ahorró a su marido tampoco tener que cargar con el peso de la ley.

Su dolor es un inquietante testimonio de cómo los grandes avances en la humanidad solo se logran con el sufrimiento de las propias víctimas. Los que no pasamos por esos trances no deberíamos olvidar jamás que disfrutamos de la vida y la felicidad solo a costa de ese precio: increíblemente costoso e increíblemente valioso. Los dogmáticos y fanáticos nunca lo reconocerán. Pero las víctimas lo asumieron en la esperanza de una vida y una humanidad más luminosas.

Cerramos este editorial evocando dos testimonios en esa dirección:

Cuando ya estábamos confeccionando el presente número, el reconocido experto en Bioética Diego Gracia nos enviaba un texto por si nos interesaba publicarlo en este número. Lo tuvimos que recortar por falta de espacio, pero no pudimos dejarlo fuera: era excelente para perderlo. Su título era La autogestión de la muerte. Un lúcido y valiente alegato en favor de la autonomía y la libertad en la vida y… ¡en la muerte! Sin ellas dejamos de ser humanos. Y, como consecuencia, una nueva visión de la muerte como una fase de la vida. De ahí que “lo mismo que hay de obligación de personalizar la vida, la hay también de personalizar la muerte”.

Y el otro testimonio nos llega también de la mano de otro, de un libro no menos luminoso, incluso más cálido e incisivo por su carga existencial. Se trata del último libro del mundialmente reconocido teólogo católico Hans Küng Una muerte feliz, donde abiertamente sale en defensa del derecho a la eutanasia, fundándolo en una visión de la vida en profundidad, abierta a la realidad última. De ahí que reclame “morir con la dignidad que ha vivido, siendo plenamente un ser humano, sin verse reducido a una existencia vegetativa.” Y argumenta: “Un tránsito feliz a la muerte está fundado en el respeto profundo hacia la vida infinitamente valiosa de toda persona.” Para dejar abierta la pregunta: “Si todos tenemos una responsabilidad sobre nuestra vida. ¿Por qué vamos a renunciar a ella en la etapa final?”

Hay quien ve en esta valoración el signo de un cambio de paradigma en la actitud ante el final de la vida. El compromiso y el sufrimiento de los testimonios que hemos evocado aquí son, sin duda, un argumento de peso en favor de un final con sentido, de una muerte digna, incluso feliz, como la espera Küng.

Sínodo amazónico. Cuidar la casa común

En esta ocasión centramos la reflexión de Éxodo en la Amazonía. Pero no para abordar directamente su realidad física o sociocultural, su ecosistema o su riquísima biodiversidad con su esencial aportación al equilibrio climático en el planeta. Nuestro propósito es distinto. Queremos centrar la reflexión en el acontecimiento que, por diferentes y diversos motivos, ha mantenido durante bastante tiempo la atención mediática de gran parte de la Comunidad Internacional.

Nos referimos al Sínodo Amazónico, celebrado en Roma durante el pasado mes de octubre 2019. Un evento que levantó grandes expectativas no sólo sobre los posibles y necesarios cambios que afectan a la estructura interna de la iglesia, sino también, y sobre todo, en la esperada postura oficial de ésta frente a la gravedad del cambio climático y su repercusión en la ecología del planeta.

La Amazonía, debido a sus características medioambientales, socioeconómicas, estratégicas y políticas, representa un lugar emblemático, cuidadosamente elegido por los estrategas de la Iglesia católica para lanzar, a nuestro juicio, un doble mensaje al mundo y a la propia institución eclesial: la urgente necesidad de encontrar alternativas sistémicas para salvar la vida en el planeta y la necesidad, también urgente, de hacer cambios sustanciales en la estructura organizativa de la propia Iglesia católica para responder a su actual crisis y a los nuevos retos del mundo de hoy.

En las páginas que siguen ofrecemos, de entrada, un relato-reportaje bien ajustado al recorrido que ha seguido este Sínodo religioso desde sus inicios hasta su clausura (Crónicas del Sínodo, lo titula el periodista Jesús Bastante, su autor). Este relato se completa con la entrevista in situ a Willian Lucitante que, desde la Reserva Ecológica de Kofan, en Ecuador, nos trae las luchas de los pueblos indígenas defendiendo su hábitat contra las explotaciones petroleras y madereras que desertizan la selva y contaminan sus aguas. Luego, penetrando a fondo en el entramado conceptual y pastoral del documento final del Sínodo, ofrecemos cuatro miradas críticas y complementarias desde los ojos de una mujer, de un ecologista, de un teólogo y de un economista político.

María Luisa Berzosa, participante en tanto que Consultora de la Secretaría General del Sínodo, comienza destacando el gran impacto causado por el discurso inaugural del papa para centrar luego su reflexión en la desigualdad y la enorme desproporción que existe en la visibilidad y toma de decisiones en la Iglesia católica entre la jerarquía y el resto de los fieles. Desproporción que es aún más llamativa tratándose de las mujeres.

Santiago Álvarez Cantalapiedra, director de FUHEM ecosocial, centra su bien fundamentada reflexión en las consecuencias de la producción a gran escala y de los mercados globales para la Amazonía: el extractivismo, la deforestación y el desplazamiento de los pueblos originarios, están causando un verdadero ecocidio y etnocidio en la zona. Frente a estas prácticas agresivas o “modo de vida imperial” el autor hace un llamado urgente, siguiendo el espíritu de Sínodo, a respetar las culturas campesinas e indígenas capaces de frenar la destrucción de la vida en esta región del planeta.

El teólogo Xabier Pikaza descubre el contraste profundo que existe entre los dos sínodos recientes, amazónico y alemán, y la posición doctrinal de un cualificado represente de la jerarquía eclesiástica como el cardenal Müller. Contra la opinión del purpurado, Pikaza ve en ambos sínodos la superación de la crisis actual de la Iglesia no por la vuelta a la Iglesia imperial, colonizadora y asentada sobre la “ontología del poder”, sino por la vuelta a las aguas del Jordán para rescatar el espíritu originario de Jesús y de su evangelio y el establecimiento de la autonomía de las iglesias desde la igualdad de las personas y la comunión desde los pobres.

Carlos Sánchez Mato, profesor de Economía aplicada, considera un acierto del Sínodo al poner el foco en la dramática destrucción de la Amazonía, verdadero pulmón del planeta y se pregunta directamente “cómo abordar la emergencia climática”. La respuesta, a su juicio, debe partir desde el “sitio adecuado” que ya no puede ser el capitalismo mundializado y depredador de la vida y el planeta, que está mostrando sobradamente sus límites sistémicos y estructurales, sino desde la “ecología integral” defendida en la Laudato si y afirmada abiertamente por el Sínodo Amazónico.

Recogemos además en la tercera sección de la revista, en la brecha, tres aportaciones directamente relacionadas con el tema:  la reactualización, 54 años después, del Pacto de las Catacumbas por una iglesia sierva y pobre, realizado entonces por 42 participantes en el Concilio Vaticano II; en esta ocasión un nutrido grupo de integrantes del Sínodo Amazónico regresaron a las catacumbas para renovar aquel pacto por una iglesia con rostro amazónico, pobre y servidora, profética y samaritana.

Por su parte, el obispo, poeta y profeta Pedro Casaldáliga, nos invita, con su Proclama Indígena, a volver la mirada a esa Amerindia, pródiga y olvidada, maestra inevitable de nuestra ciencia fracasada y profeta de nuestra suficiencia sin salida.

Y desde la región caribeña, Marcos Villamán, teólogo y sociólogo, refleja, con matices propios, la centralidad de esta propuesta ecológica del Sínodo tanto en la reflexión actual como en el ámbito de la fe de las personas y de sus instituciones.

Cerramos este número de Éxodo con la presentación que hace Miguel A. de Prada del libro de Santiago A. Cantalapiedra, La Encrucijada, crisis ecosocial y cambio de paradigma; un breve y bien articulado texto que nos permite penetrar en los grandes retos que nos presenta este tema y en las posibles salidas a esta gran encrucijada.

Feliz año 2020.

Para lanzarnos al “éxodo”, tras la justicia

Malos tiempos corren para el éxodo. Malos para la experiencia del éxodo, pero paradójicamente “oportunos” para nuestra revista ÉXODO, que quiere ser memoria y profecía. “Donde acecha el peligro, allí se anuncia también la salvación”, decía certeramente el poeta Hölderlin.
Alcanzar los treinta años y los 150 números es una prueba de la idea esperanzadora expresada por el poeta en su memorable frase. Echando la mirada hacia atrás, recorriendo su azarosa, pero consciente y confiada historia, a uno le embarga el asombro y la gratitud: de la experiencia de las dificultades, de la oposición y el desánimo, del sufrimiento y la noche oscura, que dirían los místicos, brotaron una y otra vez la fe en el sentido del camino emprendido –del éxodo– y las energías para alimentar la resistencia y la perseverancia hasta la fecha que ahora celebramos.
No obstante, esta celebración está hoy traspasada, no de pesimismo, pero sí de preocupación: es verdad que “corren malos tiempos para el éxodo”. Preocupación, no tanto por las dificultades o las oposiciones, por el cansancio o el desánimo, sino por razones de más peso. Preocupación por el curso de la historia, por la deriva de los tiempos, por las prioridades y los poderes que se imponen en nuestros días, que son radicalmente opuestos al sentido del éxodo y al anhelo de justicia. Preocupación porque con ello se va cerrando el horizonte de un futuro humano.
Un rostro encarna esa desgraciada y preocupante deriva de los tiempos: Carola Rackete, la capitana naval alemana, a punto de ser condenada a 20 años de prisión por salvar vidas humanas… Y en nuestra propia casa, la retirada de la luminosa pancarta que pendía en la fachada del Ayuntamiento de Madrid dando acogida a los refugiados anunciaba igualmente la quiebra de la lógica del éxodo en favor de una oscura deriva que imponen los poderes emergentes.
¿Hacia dónde nos lleva semejante deriva? Sin duda, en una dirección diametralmente contraria al viento del éxodo… El Éxodo arrancó de aquella ardiente y sorprendentemente nueva experiencia de un Dios que no habla con poder y terror, sino más bien impactado ante el sufrimiento de los seres humanos: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces…” (Ex.3, 7). Y un Dios que deja el trono y “baja a liberarle de la esclavitud” (Éx. 3,8). De esa experiencia arranca el envío de Moisés –el éxodo– con la misión de “sacar a su pueblo de Egipto” (Éx.,10), de la esclavitud. La nueva experiencia del Dios bíblico va íntimamente unida a la experiencia del sufrimiento de los seres humanos, y de ella brota la interpelación, el mandato, la ética, el compromiso por la liberación. Ese es el viento y el impulso, esa es la lógica y la dinámica del éxodo, que ahora los nuevos oscuros poderes amenazan con quebrar, no sabemos hasta cuándo… Por eso corren malos tiempos para el éxodo.
Pero no es nuestra revista ÉXODO proclive al desaliento, a los brazos caídos. Todo lo contrario. Como decíamos más arriba, al alcanzar los 150 números nuestra revista quiere renovar y revitalizar el que fue desde el número 1, en 1989, su lema y su horizonte: ser memoria y profecía. En esta encrucijada nos aferramos al pensamiento de Hölderlin, arriba mencionado: “Donde acecha el peligro, allí se anuncia también la salvación”.
Y haciendo memoria, recordamos los sencillos, pero clarividentes textos de los inicios de la cultura humana, anteriores incluso al libro del Éxodo, como el memorable Código Hammurabi que abre con las palabras: “He hecho justicia con la viuda, el huérfano, el pobre y el extranjero.” Un Código que legisla “para que el fuerte no oprima al pobre, para hacer justicia al huérfano y a la viuda.” O también el más cercano Libro de los Muertos: “Di pan al hambriento, agua al sediento, vestí al que estaba desnudo y una barca al náufrago…” Luminosos textos que inspirarán más tarde a los grandes profetas de Israel: como en la denuncia de Isaías: “No defienden al huérfano, no se encargan de la causa de la viuda…” (Is. 1,23) o en la insistencia del Deuteronomio: “Hace justicia al huérfano… ama al extranjero y al inmigrante…” (Dt. 10,18-19) y representan una verdadera cima de humanidad. Justamente la misma humanidad de la que arranca el éxodo y la que impulsa y sostiene su dinamismo, pero también justamente la misma que los nuevos oscuros poderes amenazan hoy con quebrar, imponiendo la ley del más fuerte y el imperio del egoísmo, la frialdad y la apatía ante el sufrimiento del débil, del Otro, del inmigrante, el refugiado, el pobre y el oprimido.
Con esta quiebra, la humanidad ha vuelto a retroceder. Pero nuestra revista ÉXODO no solo hace memoria, sino saca de ella vigor para la resistencia e inspiración para la profecía, para la mística y el compromiso. Alcanzar el número 150 queremos que sea motivo “para lanzarnos al éx-odo tras la justicia”, como escribía nuestro compañero José Antonio Pérez Tapias en uno de los mejores artículos que han aparecido en la última etapa de nuestra revista. Tras la justicia, para revertir el curso de la historia y despejar de nuevo el horizonte de la utopía: la liberación del éxodo.

Carta contra el Hambre en Madrid versus hambre a la carta

Podemos preguntar si no “vivimos en Jauja”, observando las estanterías llenas de los súper, las apetitosas tapas de los bares o la variada oferta de cartas de restaurantes étnicos en nuestras calles, tal como nos dice Santiago Álvarez Cantalapiedra en su aportación. Los datos no dejan mucho margen a la duda cuando la FAO vuelve a señalar que, después de unos años de estancamiento, desde 2014 vuelve a repuntar la situación del hambre en el mundo. Actualmente más del 11% de la población mundial está subalimentada, esto es, unos 821 millones de personas. Un ejército de famélicos, en medio de la abundancia, mayor que la población de la UE y EE.UU. juntas.

Y la conclusión más repetida por expertos y analistas es que el hambre no es resultado de la falta de alimentos, sino de la desigualdad en el acceso. Y que tan importante como garantizar el acceso es la lucha por la forma de producirlos. Por ello, ya desde el principio hay que aventar la lucha soterrada que ha planteado el modelo de desarrollo del agro-negocio capitalista contra la producción de alimentos del campesinado tradicional. Aquel produce alimentos para todos (los que pueden pagar) y a precio más barato que éstos, pero despuebla el medio rural, no tiene en cuenta la calidad, y daña el medio ambiente. Ante este dilema, ¿qué tenemos que decir desde el mundo auto-considerado desarrollado? ¿No es hora de actuar?

El modelo de desarrollo actual genera subdesarrollo a escala global, y no solo en los márgenes del mismo. En la Comunidad de Madrid, la región más rica de España, más de 740 mil personas muestran insuficiencia alimentaria, de acuerdo con el mapa de Inseguridad Alimentaria en Madrid. La existencia de “bancos de alimentos” en todas nuestras ciudades, muestra claramente el fracaso del modelo actual en el mundo desarrollado. Sendas afirmaciones las refrendaron el catedrático Carlos Berzosa y el investigador social Carlos Pereda en sus intervenciones durante la III Conferencia contra el Hambre en Getafe, 3 de abril de 2019.

Valentía para avanzar hasta el “Derecho al río”

Sabemos que el mundo actual es interdependiente. Los países desarrollados demandan productos alimentarios a los subdesarrollados, es decir, nuestro sustento depende de ellos. Pero, a la vez, la agricultura industrial que se les impone les empobrece y expulsa de sus tierras. Arruinados, emigran a las ciudades o al primer mundo. En el tránsito, unos pierden la vida y los que llegan se convierten en legión de nuevos pobres hambrientos en los países ricos. ¿No es hora de romper este círculo diabólico?

La siempre lúcida mirada de Pedro Casaldáliga apunta una salida: “el derecho al río”. Comenta que el hambre no espera: a quien tiene hambre, hay que darle de comer y, luego, vendrá lo de la caña y enseñarle a pescar,  pero más allá y más importante todavía es afirmar su “derecho al río”. Este planteamiento supone dignificar hasta la recogida de alimentos, dado que no se reparten/reciben por conmiseración sino por justicia restitutiva de tantos derechos que se les han confiscado injustamente durante tanto tiempo: derecho a trabajo digno, derecho a la vivienda, derecho a una alimentación suficiente y de calidad, etc. Dignidad de ciudadanía proclamando derechos. Esta ha sido la línea de trabajo de la P.A.H: desahuciados luchando con dignidad por el derecho ciudadano a la vivienda. Algo que no ha conseguido todavía la plataforma de la Carta contra el Hambre en su movilización de las bases sociales.

¿Para cuándo una Carta contra el Hambre en Madrid?

En estas fechas termina la legislatura 2015-2019 en la CM. Tiempo de trabajo frenético para la iniciativa social de La Carta contra el Hambre, que ha concluido en abril de 2019 en la III Conferencia contra el Hambre, en Getafe. Muchos esfuerzos se centraron en la elaboración de la Iniciativa Legislativa Municipal (I.L.M) de Garantía del Derecho Básico a la Alimentación en la Comunidad de Madrid, aprobada por cinco grandes Ayuntamientos (Madrid, Fuenlabrada, San Fernando de Henares, Móstoles y Getafe) y presentada en la Asamblea de la Comunidad de Madrid. Por un voto de diferencia (suma de PP y Cs frente a PSOE y UNIDOS PODEMOS) no se admitió ni a debate. ¿El resultado ha merecido tanto esfuerzo?

Sí, si atendemos al camino y a los aprendizajes realizados. El primero, la apertura que ha supuesto el contacto y el trabajo conjunto con otros actores sociales que se han ido sumando al proyecto, aunque no formen parte formalmente de la Plataforma de la Carta contra el Hambre. Así, la relación con el movimiento agro-ecológico ha supuesto un enriquecimiento mutuo: a éste le ha permitido introducir en su estrategia el “derecho a la alimentación”, y la propia plataforma de la Carta ha introducido la perspectiva agro-ecológica como elemento imprescindible que da forma y, a la vez, transciende el “derecho a la alimentación”. También los Consejos de Salud, como el de Carabanchel, ya consideran la malnutrición como un objetivo de intervención comunitaria. Repiten, casi como lema, que la acción conjunta puede aportar iniciativas que abren perspectivas de cambios efectivos en salud y alimentación.

En segundo lugar, la III Conferencia contra el Hambre ha mostrado un amplio consenso sobre la necesidad de aprobar una ley de Garantía Alimentaria, tanto por eficacia normativa como por la novedad que supondrá en la Unión Europea para afrontar esta lacra tan extendida.

Retos futuros

También el fracaso en la presentación de la I.L.M ha permitido aprender del funcionamiento institucional y sus plazos. Y rescatar dos elementos de la propuesta de Ley que pueden empezar a trabajarse sin la aprobación de la misma: la puesta en marcha del Observatorio de la Alimentación y de los Centros de Cultura Alimentaria. Ambas perspectivas son las que han dado forma a la III Conferencia contra el Hambre en el mes de abril y suponen el rearme de las iniciativas sociales para la nueva legislatura.

Junto a la recomposición de los actores y las dos líneas de intervención, ha ido cobrando importancia la reelaboración de las perspectivas estratégicas, centradas en el “derecho a la alimentación” y la “soberanía alimentaria”. Están siendo introducidas en el debate social y político, aun cuando han sido categorías bastante alejadas de la agenda política española por el momento. Esta será otra gran aportación de la Carta contra el Hambre.

ÉXODO se comprometió desde el inicio en la puesta en marcha de la Plataforma contra el Hambre. Ha publicado los resultados de la I y la II Conferencias contra el Hambre (nº 129 y 139). El presente, nº 149, recoge las aportaciones de la III Conferencia, celebrada en Getafe el 3 de abril de 2019. La ruta de estos años ha sido larga, difícil, con decepciones y logros, tal como relata E. Villar, y aún le queda recorrido. Animamos a los lectores de ÉXODO a sumergirse en las reflexiones de las diversas colaboraciones recogidas en el número y, sobre todo, a dar los pasos que se consideren impelidos para conseguir no sólo el ‘derecho a la alimentación’, sino también el “derecho al río”, en donde resuena lo de “no sacrificios, sino justicia”. Pero para eso hay que mojarse.

LIBERACIÓN. Por un cambio radical

Como se dice en alguna de las colaboraciones de este número, “algo muy serio debe de estar sucediendo en el mundo y en el seno de la Iglesia para que personas no creyentes, y además de izquierdas,  sientan la necesidad de pronunciarse públicamente en defensa de un Papa”. Dejemos que el lector descubra por su cuenta ese “motivo tan serio” y valore personalmente los argumentos que obligan a estos intelectuales a defender  la labor que está haciendo el papa Francisco.

Por nuestra parte y a la vista de los destrozos que el neoliberalismo sin frenos está causando en las clases sociales más frágiles, ante la destrucción planetaria que estamos haciendo del medio ambiente y frente a la represión que la política oficial ejerce diariamente sobre los movimientos sociales, pensamos que ha llegado el momento de emprender un cambio de rumbo.

Esto nos ha llevado a pensar un número especial, singular. Su temática es la crisis global de la política, pero en él se habla tanto o más de religión, de cristianismo. Y esto  no se debe a una repentina conversión neoconservadora, sucumbiendo a la ola que sopla en estos tiempos con furia inusitada a nivel planetario. Evidentemente, no. Más bien todo lo contrario.

Este número de ÉXODO quiere ser, como se dice en el subtítulo, un alegato por un cambio radical de la política que englobe  la economía, la ecología y la religión. Radical, porque, pensamos, estamos en una hora decisiva de la humanidad. Y la radicalidad requerida les puede venir, como sugiere con gran convicción Michael Löwy en su entrevista, del “cristianismo de liberación”. Porque tanto la política como la religión son liberadoras, o no son. De ahí el título global del número,  LIBERACIÓN.

No valen ya, pues, las medias tintas. Ante todo lo que nos está pasando, es preciso radicalizar la política, las políticas democráticas constantemente recortadas y agredidas y la defensa del sistema tierra cada día en mayor peligro de extinción. Con las frágiles armas de los Derechos Humanos necesitamos enfrentar la lógica de un sistema como el nuestro, el capitalismo, poderosísimo e “intrínsecamente perverso” (como advierte Löwy), que todo lo convierte en mercancía y cuya religión está exigiendo a diario, como el dios Moloc, insaciables  sacrificios humanos. En su último ritual, sobre el altar de Mercado, exige abiertamente  la inmolación del mismo planeta.

El reto es de enormes proporciones, pero en ello está en juego la esencia misma de nuestra libertad.  Vamos a necesitar  mucho valor, constancia y compromiso con el presente y el futuro para defender al ser humano sobre una tierra habitable. Somos conscientes de que nos estamos enfrentando a la mayor religión del planeta que expande su doctrina a través de unos medios de comunicación poderosísimos y unas “iglesias” que bendicen la acumulación, el consumo y la sumisión del ser humano como signos de la bendición del dios Mercado.

Para hacer frente a este reto, se necesitan todas las manos para ir trazando entre todos, creyentes y no creyentes, un camino de salida al sistema actual. De poco nos sirven las quejas cuando hacemos tan poco para salir del atolladero. Y tenemos brillantes recuerdos de hasta dónde podemos alargar juntos el camino cuando, al esfuerzo de la ciencia y de la técnica por cambiar las cosas, le añadimos un suplemente de espíritu.

Particularmente los cristianos, junto a tantas otras cosas que es preciso olvidar, llevamos en la mochila dos fuerzas de enorme importancia. La memoria de tantos espacios donde se ha apostado, desde los comienzos,  por la liberación del ser humano y el reto permanente por liberar el Evangelio de tantas adherencias —entre ellas,  como se dirá en este número, la misma religión dogmatizada y ritualista— como se le van pegando en la historia.

Aportaciones de las mujeres a la transformación de la Iglesia

Escribir de forma crítica sobre la Iglesia católica, rebasando la apologética, siempre corre el riesgo de caer en el infierno. A la conciencia cristiana le será difícil olvidar etapas de especial oscurantismo contra la razón… censuras de libros, excomuniones,  suspensiones “a divinis”, etc. Todo el mundo solemos tener algún momento de locura en la vida. Y la Iglesia católica, en su larguísima historia, tampoco se ha visto libre de esta amenaza. No siempre ha tenido en cuenta el sabio aserto de Erns Bloch, forjado en el contexto del diálogo cristiano-marxista –surgido en el pasado siglo a raíz de las encíclicas Pacem in Terris (Juan XXIII), Ecclesiam Suam (Pablo VI) y, sobre todo, el Vaticano II y la Teología de la Liberación–. Dijo entonces Bloch, a la vista del discurso cristiano sobre el momento cultural que estaba atravesando el mundo occidental: “solo un ateo puede ser un buen cristiano”; (lo que el teólogo Moltmann completó en forma lapidaria: “solo un cristiano puede ser un buen ateo”). Bien entendido, separando adecuadamente la fe de su siempre frágil y liquido envoltorio, hubiera evitado muchos infiernos a tanto “hereje” y “heterodoxo” que, finalmente, suelen acabar siendo acreditados por la misma Iglesia que antes los condenó. ¿Se podría afirmar hoy, nos preguntamos,  algo semejante sobre la Iglesia católica a la vista de la situación que está atravesando? ¿Nos expondremos a caer una vez más en el infierno?

Viene a cuento esta reflexión por cuanto la Iglesia católica, como todo aquello en que los humanos ponemos nuestras manos, siempre ha tenido y sigue teniendo un haz y un envés. Su lado más brillante y positivo pegado al otro que ya no lo es tanto. Y con el agravante de que, en ocasiones como la actual y en este país,  su lado oscuro es el que más se quiere ver. Reconocerlo es un signo de salud mental y no tiene porqué demonizar la otra cara que, durante más de dos milenios –¡solo la eternidad de antes duraba tanto!–,  ha aportado talento y contenido de conciencia a la experiencia  humana.

Misterio y visibilidad, promesa e historia a la vez, a la Iglesia católica le resulta difícil evitar el drama que, como manifestación de su propia experiencia, dejó reflejado Unamuno en el mito de Prometeo y el buitre: ante el afán de inmortalidad, los picotazos del buitre en las entrañas que  sujetan a la historia y te impiden levantar el vuelo. ¿Se necesita ser crítico en la Iglesia de hoy para defender lo defendible de su historia y abrir brecha hacia el futuro?

Porque los picotazos del buitre en las entrañas están en el ambiente, no es preciso inventarlos. Pretender cerrar los ojos ante la pederastia y las inmatriculaciones, la subvención estatal y la clase de religión en la escuela pública, las vinculaciones con ideologías anacrónicas y éticas partidistas que rompen la dignidad de todos los seres humanos… sería una ceguera rayana en la locura. No querer ver el  vaciamiento de los templos, la ausencia de horizontalidad entre los fieles, la falta de igualdad con el varón  en las posibilidades de las mujeres y del sector LGTBI supondría un fideísmo eclesiástico que nada tiene que ver con la ética del Evangelio. Guardar silencio ante la corrupción y la mentira en que algunos líderes populistas están convirtiendo la política,  la defensa de la democracia y la Memoria Histórica es un signo de debilidad moral y una pérdida de credibilidad ante el pueblo.

Afortunadamente en este monográfico de Éxodo sobre “Las mujeres y su aportación a la transformación de la Iglesia”, hecho enteramente por ellas, sin dejar de lado los picotazos del buitre, van a presentarnos  otra imagen de Iglesia, la que podría haber sido y la que puede llegar a ser Iglesia de Jesús desde sus aportaciones de antes y de ahora; de su esfuerzo intelectual y práctico en la edificación de la comunidad cristiana, de la riqueza que supone la comprensión de género en la Iglesia; nos hablarán también de la necesidad del cambio en los símbolos y del mismo leguaje y hasta de su aportación a la economía responsable y participativa en la Iglesia. ¡Vamos a disfrutar con sus aportaciones!

Memoria, justicia y reparación

No podríamos pasar de lado ante lo que está siendo en estos días motivo de crispación en el país. Nos referimos al anuncio hecho por el Gobierno, previa aprobación del Parlamento, de la exhumación de los restos del dictador Franco de su encumbrado sepulcro en el Valle de los Caídos. La amenaza posterior de su posible traslado a la cripta de la Almudena en el centro de Madrid ha levantado olas de protesta que, ante el incomprensible silencio de la Iglesia, ha sacado a las calles de la capital a miles de personas, dispuestas a impedir semejante humillación pública.

A pocas personas en España le está dejando indiferente este asunto. Para un sector minoritario, nostálgico de las victorias guerreras del pasado y muy a gusto con la paz impuesta por el silenciamiento del enemigo, hay que dejar las cosas como están, porque la apertura de la fosa va “a abrir las heridas de una contienda que ya tenemos olvidada”. Es la injustificada respuesta que han dado siempre quienes, desde la muerte del dictador genocida, se han mantenido fervorosamente pegados al poder y sus aledaños.

Para el sector mayoritario, que ya no ha conocido la guerra pero sí sus consecuencias amargas, este gesto no debería representar más que el primer paso de un camino que está obligada a recorrer una sociedad –que por miedo, comodidad o por olvido se ha mantenido en silencio durante 40 años– para poder reconciliarse consigo misma y su reciente pasado. Limpiar la propia historia de sus inhumanidades y vergüenzas es una condición necesaria para poder vivir con honestidad el presente y encarar con libertad el futuro. Y, en este esfuerzo por blanquear la historia pasada, el golpe militar del 1936 contra la República y el genocidio de los oprobiosos años de dictadura representan manchones demasiado fuertes que siguen proyectando su macabra sombra sobre nuestros días.

Pero con ser importante esta noticia sobre la suerte futura del dictador, no es de menor calibre –aunque con menos presencia mediática– esta apuesta que indirectamente se está dando a la sociedad. Nos referimos a la otra cara de la moneda. Al final, y después de tantas falacias y patrañas producidas para ocultar la historia verdadera, se va a poder oír abiertamente en nuestras plazas el grito desgarrador de las víctimas. Un grito –sepultado ante las tapias de los cementerios o en las cunetas de las carreteras– siempre silenciado por los poderes políticos y religiosos que han mandado en este país. Por más que lo pretenda, ningún pueblo puede ignorar para siempre su historia, la lleva pegada como la sombra al cuerpo. Y, por más que se las quiera ocultar, la memoria y la verdad de la historia esperan siempre el momento oportuno para salir a flote.

La tragedia ha querido unir tan indisolublemente al victimario y a las víctimas que no sería posible conocer el perfil exacto del primero, sin la presencia de las segundas. Desde Éxodo saludamos como buena noticia la exhumación del dictador y no podemos ocultar la alegría que nos produce el camino que se abre para el reconocimiento de la verdad, la justicia y la reparación de las Víctimas.

Respuestas ciudadanas a las migraciones y búsqueda de asilo

Dedicamos este número de Éxodo a las respuestas ciudadanas que se están dando ante el fenómeno de las migraciones y el asilo a las personas que buscan refugio. Son estas respuestas, sin lugar a dudas, el territorio donde la cuota de racionalidad y de humanidad raya a mayor altura.

El fenómeno es vergonzante, alarmante… Según el PNUD 2017, cada dos segundos una persona se ve forzada a abandonar, por diferentes motivos, su lugar de residencia. Las cifras siguen exponencialmente creciendo. Actualmente superan los 68.5 millones —lo que supone el 0,93% de la población mundial— con un millón cruzando el Mediterráneo. ¡Estamos ante la mayor crisis de desplazamiento forzoso desde la II Guerra Mundial!

Y hay algo en todo esto que se nos impone con deslumbrante clarividencia: la humanidad no se está cuidando de sí misma; miradas las cosas objetivamente, la sociedad humana está dejando en la cuneta, entregada a su mala suerte, a su parte más débil, a la que se desplaza porque se ve empobrecida.

En esta situación, resulta difícil hablar de lo que debería ser una evidencia y se nos está quedando en mero sueño: que somos de la misma especie, que corre la misma sangre por nuestras venas y los mismos sueños pueblan nuestro cerebro, que pertenecemos a una misma comunidad cosmopolita, que nos asisten los mismos Derechos Humanos, Sociales y Políticos…

No obstante, nuestras instituciones mundiales, europeas, nacionales se muestran incapaces ante este desafío, forzado mayormente por el hambre, los desastres naturales y las guerras. Ni el cierre de las fronteras ni la externalización de su gestión sirven para frenar la avalancha humana que huye de la miseria y la violencia; tampoco las detenciones indiscriminadas, ni la reclusión en los CIE o las devoluciones en caliente —antidemocráticas e inconstitucionales—.

Con independencia de las personas que, con mayor o menor talento y sensibilidad dirigen nuestras instituciones oficiales, hay que decir que el mayor obstáculo en este asunto no son las instituciones sino, previamente, el diagnóstico al que pretenden responder y los objetivos que se persiguen. Se ha pensado en unas herramientas para salir del paso, como si se tratara de una mera coyuntura, y la realidad es que el problema es de mayor calado: las migraciones afectan directamente a la lógica del sistema.

En este sentido y salvando las distancias, estamos repitiendo en nuestros días una actitud similar a la que denunciaba en la sociedad y los dirigentes de su tiempo, hace ya la friolera de treinta siglos, el profeta Isaías: “tienen ojos para mirar y no ven, tienen oídos para oír y no escuchan, ni entienden…” (Is 6,9-10).

Por suerte, hay mucha ciudadanía con los ojos abiertos para ver y el corazón educado para sentir. Hay mucha sociedad que, al margen de las instituciones oficiales, a veces contra sus mismas leyes, se organiza para hacerse cargo de la proximidad, acoger, alojar, alimentar y educar.

A esta ciudadanía organizada hemos prestado las páginas de Éxodo. Porque, además de ser los brazos y pies para el encuentro y la acogida, ella es “los ojos que nos ayudan a educar la mirada”, la conciencia de una nueva sensibilidad que nos llama a superar prejuicios infundados y la clamorosa exigencia a un cambio radical de nuestras leyes e instituciones.