VIVIR (BIEN) CON MENOS. SOBRE SUFICIENCIA Y SOSTENIBILIDAD

Juanjo Sánchez

Éxodo 97 (ener.-febr.’09)
– Autor: Juanjo Sánchez –
 
El contexto: “todos contra el hambre”. Cifras, hechos y declaraciones

Del hambre a las hambrunas. En 2006, a los diez años de la Cumbre Mundial sobre Alimentación (Roma, 1996), que lanzó el objetivo de acabar con el hambre en el mundo para 2015, en la presentación del Informe de la FAO “El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo”, el presidente de la FAO (Jacques Diouf) dijo: “Lamento profundamente informar que la situación sigue siendo intolerable e inaceptable. En 1996 había 800 millones de hambrientos y hoy, diez años después, suman 23 millones más. Pero aún hay remedio si se toman las medidas adecuadas: desarrollo rural y agrícola a pequeña escala, inversión en los lugares más desfavorecidos, transparencia y buen gobierno, cambios en las reglas del comercio internacional que las hagan más justas para los pobres, redes de contención para los grupos más vulnerables, y un incremento en el nivel de ayuda oficial, hasta llegar al 0,7% del PIB prometido”.

Esta misma propuesta ha sido repetida en la Cumbre de Madrid (2009) por el mismo presidente de la FAO: “se necesita un cambio drástico en el modelo de gobernación del hambre. Hoy hay 963 millones de personas que no comen”. Es urgente actuar, pero el mismo J. Diouf se encargó de recordar que de los 22.000 millones de dólares comprometidos en Roma en 2006, sólo se habían desembolsado 2.200 el 10%. Y las promesas no sirven para dar de comer. El desafío actual ya no sólo es dar de comer a casi mil millones de hambrientos, sino lograr producir alimentos para conseguir la seguridad alimentaria de 9.000 millones de personas en 2050.

¿Qué ocurre, si se conocen los costos y los obstáculos?, ¿por qué no se actúa para acabar con el hambre en el mundo?. J. Diouf lo tiene claro: falta “voluntad política”, dado que los mismos gobiernos que crearon la FAO en 1945 (“cada país un voto”) han creado la Organización Mundial del Comercio (“cada dólar, un voto”) y han introducido la alimentación en el comercio mundial. Se trata de una guerra declarada entre intereses y organismos creados para representarlos. Estos agentes estuvieron presentes en la Cumbre de Madrid (enero, 2009): la FAO repitió sus argumentos; el “lobby” neoliberal, los suyos, pero también surgió la alternativa de Vía Campesina, que agrupa a organizaciones altermundialistas de 56 países, con la proclama “contra la inseguridad alimentaria, soberanía alimentaria”.

La propuesta neoliberal ha sido liderada por Sarkozy, como portavoz del G-8, y pretende crear una Alianza Global por la Seguridad Alimentaria que abra las puertas a las corporaciones trasnacionales y fundaciones privadas a decidir sobre alimentación y agricultura al mismo nivel que los gobiernos y las organizaciones campesinas; un paso más en la política de la OMC de dejar a los países pobres a merced del mercado. Esta estrategia se suma a las anteriores propuestas neoliberales de crear el Programa Mundial de Alimentos (PMA) o el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), como medio de contrarrestar el poder de la FAO, a la vez que reducen cada año el presupuesto de la misma. Por el contrario, Vía Campesina propone que los gobiernos controlen la producción de alimentos, que la alimentación salga de la OMC; fomentar la pequeña producción y parar a las grandes transnacionales que sistemáticamente desplazan al campesinado de sus tierras con grandes monocultivos que contaminan el agua, el aire y a la población local, condenando a la miseria y al hambre a mil millones de personas. “La soberanía alimentaria, como única salida”.

Como podemos observar, ya estamos bastante lejos del “no des un pez, enseña a pescar”. Ahora hay que cuidar también el medio ambiente además de la producción y plantearse el sentido del progreso, aunque se califique de sostenible. También ha saltado sobre el tapete el tema del “decrecimiento” y no sólo para que los países en desarrollo no acaben con los recursos del planeta si acceden a nuestro nivel de consumo, sino también porque debe imponerse en el núcleo del primer mundo.

El texto seleccionado enfrenta los nuevos planteamientos: desafíos teóricos y propuestas de acción

Tres autores ofrecen sus aportaciones para la reflexión y el compromiso. Manfred Linz, investigador del Instituto Wuppertal, aporta dos textos breves sobre el concepto básico de suficiencia: “Sobre suficiencia y vida buena” (ponencia del Seminario “Ciencia y tecnología para una sociedad sostenible” (2006) y “¿Qué pasará con la economía? Sobre suficiencia, crecimiento económico y desempleo”. El autor diferencia entre la eficiencia, la coherencia y la suficiencia como tres caminos para alcanzar la sostenibilidad; pero sin la suficiencia, los otros dos caminan sin rumbo. Si el crecimiento económico, tal y como lo entendemos, no ha sido la solución sino parte del problema, hay que explorar los mecanismos de la suficiencia, incidiendo en la reducción del sobreconsumo y la sobreproducción, al tiempo que se incentivan los mecanismos de reparto y distribución (también del tiempo de trabajo). Pero el autor matiza bien el concepto de “decrecimiento”, dado que si se camina hacia la suficiencia se podrá crecer en todo lo que fomente la sostenibilidad y la calidad de vida, y tendrá que decrecer lo que favorezca el sobreconsumo. ¿Qué pasará con la economía, si se pone en marcha este nuevo paradigma?, el autor muestra que no sólo no será una catástrofe productiva, sino que abrirá nuevos sectores de actividad, preservará los fundamentos naturales de la vida y contribuirá a la justicia ecológica mundial. En suma, y así termina el segundo texto, “vinculará el trabajo remunerado y la autoactividad, desactivará el desempleo masivo mediante el reparto solidario del trabajo”. Parece que puede merecer la pena intentarlo.

El segundo autor, Joaquim Sempere, profesor de sociología medioambiental en la Universidad de Barcelona, aporta también la ponencia presentada en el seminario citado con el provocador título: “¿Es posible la austeridad voluntaria en un mundo que se hunde en la insostenibilidad ecológica?”. La respuesta del autor es clara, a escala social y no meramente individual, “la austeridad impuesta es la única austeridad viable”. Un momento, por favor, lectores, no se les desaten los demonios del colectivismo por la fuerza. El autor propone que la sociedad puede llegar por convicción a autoimponerse medidas de austeridad decididas mediante mecanismos democráticos; es lo que él llama “una voluntad de segundo grado”, se trata de una austeridad no espontáneamente voluntaria sino voluntariamente autoimpuesta de modo democrático por la sociedad. El autor avanza algunas formas que puede adoptar la austeridad, y algunos principios para guiar la acción; todo para pasar de ser consumidores a ciudadanos responsables con el planeta y con la sociedad. Dejamos al lector que repase tales propuestas.

Jorge Riechmann, el tercer autor, ya conocido por los lectores de Éxodo, es en suma el coaligador de los dos anteriores, dado que fue el coordinador del Seminario en el que ambos expusieron su ponencia. De modo poético y aforístico, en 50 puntos expone sus reflexiones. Plantea que se necesita recuperar la idea de “situación límite” para poder afrontar el momento actual y esto en varios sentidos: ‘no sólo para no transgredir límites ecológicos básicos, sino para respetar el espacio del otro, para dejar existir al otro. La idea no pertenece sólo a la ética ecológica, sino también a la ética social”. Los cambios requeridos hacia una sociedad más austera y suficiente obligarán a tomar nuevos caminos pero también a hacer lo de siempre de otra manera e, incluso, como propone el autor “no hacer, dejar de hacer”. La vida buena tendrá que ser más lenta y trabajada, “en contra de la mentalidad del consumidor que sólo busca la satisfacción inmediata, al coste que sea. Y uno de los costes es la devastación de la bioesfera”. Termina el autor recordando un diálogo mantenido con el Che Guevara en Ginebra, 1964: “Comandante, quiero ir con usted a Cuba”; respondió: “Has nacido en el cerebro del monstruo; es aquí donde tienes que trabajar y combatir”. Parece un buen programa, aunque no sea un buen lugar; ¿qué haremos los lectores de Éxodo?

PERE CASALDÁLIGA

Benjamín Forcano

Número 83 (marz.-abril’06)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Es raro en nuestro mundo occidental que a un obispo católico se le conceda un “premio internacional”. Ha ocurrido ahora con Pedro Casaldáliga. Pedro, apodado el “Che” por capitanear entre los claretianos la trinchera renovadora después del Vaticano II, tenía encantamiento entre los más jóvenes por su apertura, su compromiso con la justicia y los más marginados, su sensibilidad poética y su capacidad de dialogar con los problemas de la cultura moderna.

Un día, al regreso de unos Cursillos de Cristiandad dados en Guinea, Pedro escribió: “Siento furiosa la realidad y la llamada del Tercer Mundo. Traigo para siempre en mi corazón, confusamente, como un feto, África, el Tercer Mundo, y esa nueva Iglesia -la Iglesia de los pobres- que diríamos luego a partir del concilio”.

Ya en el Mato Grosso, en uno de sus primeros entierros -los sepultados eran cuatro niñitos de prostitutas- dijo a su compañero Manuel Luzón: “O nos vamos de aquí inmediatamente, o nos suicidamos, o hallamos una solución para todo esto”.

El radicalismo de Pedro proviene de dentro, como de un río secreto que irrumpe cuando circunstancias adversas tratan de desviarlo, pararlo, acallarlo. Cuenta Pedro: “Una vez, tras enterrar a uno de esos peones asesinados, cogí un puñado de tierra de su sepulcro, lo puse sobre el altar y excomulgé a esas haciendas. Pero fue un acto contra las haciendas, no contra las personas”. Y, ante la presión de ciertos latifundistas muy “cristianos”, que lo invitaban a celebrar misa en las capillas de sus haciendas, escribió: “El Evangelio es para los ricos, pero contra su riqueza, sus privilegios, su posibilidad de explotar, dominar y oprimir. Si cada semana voy a la casa de un rico y no pasa nada, no digo nada, no sacudo aquella casa, no sacudo aquella conciencia, ya me he vendido y he negado mi opción por los pobres”.

A los dos años de encontrarse en Brasil, Pedro, nombrado ya obispo, firmó el informe-denuncia (secuestrado por la policía) que recogía en letanía trágica “los casos en carne viva de peones engañados, controlados a pistola, golpeados o heridos o muertos, cercados en la floresta, en pleno desamparo de la ley, sin derecho alguno, sin humana salida. Hasta el Nuncio me pidió que no lo publicase en el extranjero y uno de los mayores terratenientes me advirtió que no debía meterme en esos asuntos. Pero ahora debemos aplicar nuestra opción: no podíamos celebrar la eucaristía a la sombra de los señores, yo soy incapaz de presenciar un sufrimiento sin reaccionar. Nunca me he olvidado de que nací en una familia pobre. Yo me siento mal en un ambiente burgués. Siempre me pregunté que si puedo vivir con tres camisas por qué voy a necesitar tener diez en el armario. Los pobres de mi prelatura viven con dos, de quita y pon”.

No es habitual que un obispo no visite Roma, cuando tiene obligación de hacerlo cada cinco años; no es habitual oirle decir que él no viaja porque los pobres no viajan y él es un pobre (ni siquiera cuando murió su madre vino a España); no es habitual que un obispo no tenga vacaciones, pero él ha dicho que “las tendrá bajo los parrales de la gloria”; no es habitual que a un obispo católico lo visiten, lo lean y le pregunten ateos, agnósticos, periodistas, científicos, gentes de otras religiones; no es habitual que alce su voz para corregir al Papa y denunciar los pecados del sistema eclesiástico: “A Juan Pablo II, escribe, al requerirme para que lo visitara, le hablé con mucho cariño, pero con mucha libertad, ejerciendo el derecho de mi corresponsabilidad eclesial y de mi colegialidad apostólica”.

Resulta esclarecedor lo que comenta acerca de la teología de la liberación: “La teología de la liberación nos obliga a analizar la trágica situación de los dos tercios de la humanidad, señalarla como contraria a la voluntad de Dios y asumir compromisos prácticos. Sólo a los enemigos del pueblo no les gusta la teología de la liberación. ¡Celebrarían tanto que los cristianos pensasen sólo en el cielo… despreciando la tierra!”.

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HUMANIZAR LA HUMANIDAD PRACTICANDO LA PROXIMIDAD

Pedro Casaldáliga

Número 83 (marz.-abril’06)
– Autor: Pedro Casaldáliga –
 
Querido Presidente de la Generalitat, Pascual Maragall, mi presidente. _ Querida Sra. Diana Garrigosa. _ Querida comitiva de la Presidencia y del Jurado del Premio Internacional de mi Cataluña. _ Querido hermano Leonardo. Queridas hermanas y hermanos.

Es mucha deferencia del Gobierno de Cataluña y del jurado venir hasta São Félix do Araguaia para entregarme su Premio Internacional. Me siento abrumado, por eso, y porque este Premio está asociado a personalidades extraordinarias de la filosofía, de la ciencia, de las artes, de la promoción social. Y yo continúo siendo un “fill de Cal Lleter”, un “hijo de la casa del lechero”, de Balsareny, a la orilla del Llogregat, un pequeño arroyo puesto al lado de este Araguaia majestuoso.

Esta deferencia de la Generalitat es motivo, a la vez, para mi gratitud, recibiendo el Premio, y para renovar en la vejez la identidad catalana con sus carismas. “Quan més anem, més tornem”: avanzando en la vida, las personas regresan a los orígenes; el arco de las vivencias se cierra en paz. Nuevo motivo también para reasumir las causas por las cuales, dice el jurado, me otorgan, nos otorgan, este galardón singular.

Las causas de los derechos de las personas y de los pueblos, sobre todo de las personas y pueblos marginados y hasta prohibidos. Causas mías, pero causas de todos nosotros, causas de esta pequeña iglesia de São Félix do Araguaia, que por ellas ya dio sudor y hasta sangre. Causas específicamente de Nuestra América: la tierra, el agua, la ecología; las naciones indígenas; el pueblo negro; la solidaridad; la verdadera integración continental; la erradicación de toda marginación, de todo imperialismo, de todo colonialismo; el diálogo interreligioso, e intercultural; la superación de ese estado de esquizofrenia humana que es la existencia de un primer mundo y un tercer mundo (y un cuarto mundo también) cuando somos un solo mundo, la gran familia humana, hija del Dios de la vida.

Siendo la primera vez que se otorga el Premio a alguien que reside en América Latina, yo, abusando de osadía sentimental, hago cuestión de recibirlo también como “representante adoptivo” de Nuestra América. Mi paisano de Verdú, San Pedro Claver, apóstol de los negros en Colombia, y mi paisano de Sallent, San Antonio María Claret, fundador de mi congregación y arzobispo de Santiago de Cuba, aprobarán sin duda esta osadía.

Nosotros, como Iglesia, lógicamente, abrazamos esas causas a la luz de la fe cristiana, en el seguimiento de Jesús y de su Evangelio: el Evangelio de los pobres, el Evangelio de la liberación.

El Premi Internacional de Catalunya 2006 es nuestro, pueblo mío de la Prelatura de São Félix do Araguaia, nuestra es la gratitud a la Generalitat, nuestro debe ser el renovado compromiso. La danza mayor de Cataluña es la sardana, danza en comunión de un pueblo entero dándose las manos. En la Prelatura, la corresponsabilidad es nuestra danza de celebración y de compromiso. Juntos hemos luchado, juntos recibimos el Premio, juntos seguiremos respondiendo.

El objetivo y la mediación de todas esas causas nuestras se pueden formular en este postulado: Humanizar la Humanidad, practicando la proximidad. ¿Es una utopía? ¡El Evangelio es una utopía mayor! Adaptando la palabra del poeta, titulé así mi última circular: “Utopía necesaria como el pan de cada día”. No la utopía quimérica que arribaría a un “no-lugar”, sino un proceso esperanzado que navega hacia un “lugar-otro”, ¡un “buen-lugar”, eu-topía!

Porque no aceptamos la fatalidad de ese sistema de capitalismo neoliberal que nos imponen, hecha mercado la vida, cuadradas las cabezas en un pensamiento único, bajo un macro-imperialismo político, económico, militar, cultural.

“Es preciso reinventar una economía de convivencia”, pedía Edgar Morin, recibiendo este mismo Premio en 1994. El pueblo guaraní habla de la “economía de la reciprocidad”. Y el pequeño pueblo myky, en este Mato Grosso, proclama como uno de sus dogmas básicos que “vivir es convivir”. Sin prepotencias, sin exclusiones. Todas y todos siendo reconocidos como personas en la radical dignidad de la “raza humana”. Los pueblos indígenas, normalmente, en su autodeterminación, se clasifican como “gente”, como “humanidad”; después viene el nombre, la designación particular de cada pueblo, de cada cultura, de cada historia. Identidades colectivas que configuran la Humanidad una y plural.

La globalización actual, con todos sus pecados, graves, tiene como contrapartida la virtud de hacer que hoy, como nunca, la Humanidad se sienta “una”. Estamos descubriendo, por necesidad, que navegamos en un mismo barco. “El choque de civilizaciones” o “la alianza de civilizaciones” son la alternativa inevitable. Como ahora nos encontramos todos con todos, debemos optar o por chocar unos contra otros, en la intolerancia y en la agresión, o por abrazarnos en la comprensión y en la complementariedad. “Las naciones son contenido, no fronteras”, afirma Baltasar Porcel en la presentación de los discursos de los galardonados con el Premi Internacional de Catalunya. Muros, “vallas”, cercas, leyes de intolerancia, no son la solución humana. Los “bárbaros del sur” acabarán rompiendo las fronteras de la separación. “El hambre no tiene fronteras”, gritaba el superviviente de una “patera” africana. Esos nuevos bárbaros acabarán invadiendo la tierra, la casa, la mesa, el alma de los privilegiados de un mundo primero: ¿primero en malgastar; primero en insensibilidad?

La más esencial tarea de la Humanidad es la tarea de humanizarse. Humanizar la Humanidad es la misión de todos, de todas, de cada uno y cada una de nosotros. La ciencia, la técnica, el progreso, solamente son dignos de nuestro pensamiento y de nuestras manos si nos humanizan más. Frente a ciertos jactanciosos progresos, las estadísticas anuales de ese profeta laico que es el PNUD deberían provocarnos una indignada vergüenza.

“Otro mundo es posible”, proclaman los foros de la alternatividad. Otro mundo es necesario. Hacer real lo posible es el título del último libro del economista y educador Marcos Arruda: “Una reflexión creativa y propositiva sobre economía…, la praxis de otra economía, ya en marcha, fundada en la cooperación y en la solidaridad y la prospectiva de otra globalización, que valoriza cada persona, cada cultura y cada pueblo. Buscando un proyecto común de Humanidad a partir de la valorización y de la complementariedad de las diferencias”. El Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias, Pastor Samuel Kobia, resumía así el tema y el propósito de la IX Asamblea del Consejo, realizada en Porto Alegre, en este mes de febrero: “Transformar el mundo juntos”. El pequeño mundo del propio corazón, del propio hogar, de la vecindad, y el gran mundo de la política y de la economía y de las instituciones internacionales. Otra ONU es posible y necesaria.

Ya es un consenso universal que sólo habrá paz en el mundo si hay paz entre las religiones. Y que sólo habrá paz entre las religiones si hay diálogo entre las religiones. Un diálogo interreligioso, pero que sea generador de Humanidad. Porque no se trata de sentar a las religiones en una tertulia narcisista y aséptica, fuera del mundo de la pobreza, del hambre, de la guerra, del racismo, de la marginación, del miedo. El contenido central de ese diálogo interreligioso ha de ser también humanizar la Humanidad, en nombre de Dios. Nuestro Joan Maragall, el gran poeta humanohumanista de Cataluña, formulaba lúcidamente un principio para toda fe religiosa: “Home sóc i és humana ma mesura/per tot quant pugui creure i esperar” (“Hombre soy y es humana mi medida/para todo cuanto yo pueda creer y esperar”).

Para nuestra fe cristiana el propio Dios tomó la dimensión humana del hombre Jesús de Nazaret. Infelizmente, durante siglos, y todavía hoy, las religiones vienen siendo, con demasiada frecuencia, fundamentalismo, división y hasta guerra. Es hora de creer en plural unidad en el Dios de la vida y del amor y de practicar la religión como justicia, servicio y compañía. Un Dios que separa la Humanidad es un ídolo mortífero.

Esa tarea primordial y común de humanizar la Humanidad se hace practicando la proximidad. El Evangelio de Lucas (10, 25-37) nos ofrece la parábola paradigmática para esa praxis humanizadora. El maestro de la ley responde correctamente a la pregunta de Jesús sobre los mandamientos. Sabía el catecismo, por lo menos en su letra. Pero “para justificarse” el doctor en religión pregunta a su vez: “¿Y quién es mi prójimo?” La respuesta de Jesús es desconcertante y provocadora; para el doctor de la ley, para todo el pueblo que escucha “en aquel tiempo” y también para nosotros que la escuchamos hoy, aquí. Prójimo es aquél o aquélla a quien yo me aproximo y, en primer lugar, los caídos en el camino, las personas al margen, las mujeres violentadas y sometidas, los emigrantes sospechosos, los extraños de quien no quiero ni saber, ocupado como estoy en mis negocios o tal vez con mi culto…

Yo me debo hacer prójimo descubriendo al prójimo, buscándolo, acogiéndolo, dando y donándome en su servicio. Sin hacer acepción de personas. Sin miedo de contaminarme con un samaritano heterodoxo. Solamente amo al prójimo en la medida en que salgo, libre, abierto, solidario, al encuentro del prójimo, aproximándome a él, aproximándolo a mí.

No se humaniza la Humanidad con máquinas y formulaciones (útiles en su tiempo y a su debido modo), sino con la aproximación humana de cada uno y cada una, de cada persona y de cada pueblo. Humanizar la Humanidad, practicando la proximidad. La Teología de la Liberación nos ha recordado que la verdadera ortodoxia se verifica en la ortopraxis. El propio ser de Dios “consiste en estar amando”, nos dice en el Nuevo Testamento la primera carta de Juan (4, 8-16).

Haber salido de Cataluña, de España, de Europa, pasar por África y venir a vivir definitivamente en este brasileño Mato Graso de esta Nuestra América, me ha universalizado el alma. Y el contacto apasionado con la causa indígena y la causa negra me han ayudado a redescubrir la identidad de las personas y de los pueblos como alteridad y como complementariedad. Aproximarme “al poder de los sin poder” (Václav Havel), en la opción por los pobres, en el movimiento popular, en las comunidades de base y en las pastorales sociales, me despertó definitivamente a la indignación y al compromiso; y también a la esperanza.

Agradeciendo de corazón este Premi Internacional, quiero pedir a mi Cataluña que continúe siempre abierta al mar; que, desde el alero de la casa solariega (des de l’eixida pairal), se abra siempre más al infinito mundo. Dentro y fuera de casa; con “els altres catalans” y con los emigrantes que van llegando y con toda la Humanidad. Siendo ella, libre, justa, humanizada y haciéndose proximidad de todos los pueblos de la tierra. “La clau i la lletra” de la escultura del maestro Tàpies es también una parábola de apertura y de comunicación; llave para abrir, letra para hablar.

Humanicémonos siempre más, humanicemos siempre, practicando la proximidad. Muchas gracias.

São Félix do Araguaia, 9 de marzo de 2006

DESINFORMACIÓN.CÓMO LOS MEDIOS OCULTAN LA REALIDAD

Evaristo Villar

Éxodo (spet.-0ct.’09)
– Autor: Evaristo Villar –
De Pascual Serrano
 
¿Necesitamos sacrificar nuestros dioses para vivir en libertad? Referente a los medios de comunicación masiva así lo ha visto Pascual Serrano. Nos es preciso buscar otras fuentes alternativas de información para acercarnos a una realidad medianamente fiable porque los medios comerciales desinforman, velan la realidad.

Esta es la tesis dominante de un voluminoso libro de más de 600 páginas. Tras de un minucioso análisis de los acontecimientos más relevantes de los últimos años, se puede llegar con Pascual Serrano a la conclusión de que nada fue de lo que nos contaron o al menos tal y como nos lo contaron. Y no se agota esta tesis en la invasión de Iraq o en las delirantes ensoñaciones en torno al 11 M. Con mirada incisiva y crítica, el autor va desentrañando el funcionamiento que mueve a los grandes medios de comunicación de masas para conformar la opinión pública a sus intereses en todos los temas que tocan.

Este libro –catálogo exhaustivo de hechos, datos, ejemplos– tiene tres partes bien marcadas: Una descripción de la técnica de la desinformación (de la que vamos a presentar algunos rasgos), una película de cómo se cumple esa fórmula en los distintos contextos y continentes (sólo haremos un recuento de sus grandes capítulos), y, finalmente, una propuesta práctica de técnicas y hábitos de lectura para conseguir una información resistente a la manipulación y más cercana a la realidad.

1. Los medios desinforman. La primera parte de este libro crítico y bien informado se centra en el desarrollo de la tesis general: los medios desinforman. Desinforman porque están al servicio de unos intereses muy concretos y, por lo tanto, no son libres. Esta práctica aparece bien clara en la cita que encabeza esta sección, un fragmento del diálogo entre Alicia y Humpty Dumpty, tomada del famoso libro de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas:

- Cuando digo una palabra –dijo Humpty Dumpty–, ésta quiere decir lo que quiero que diga, ni más ni menos.

- La pregunta es -insistió Alicia- si se puede hacer que las palabras puedan decir tantas cosas diferentes.

- La pregunta –dijo Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda… eso es todo.

“El que manda” impone unos criterios que no son otra cosa que la censura que impone el poder, que en democracia, contra la forma brusca de los totalitarismos, es por acumulación de noticias. Hay una inflación que lo domina todo. Pasa como con la alimentación (Ramonet, p. 14): desde la penuria se pasó a la acumulación, pero con transgénicos y pesticidas, claro. La censura, además, está maquillada por la manipulación. La prensa misma es la censura del poder. “El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han apoderado del mundo” (Chesterton, p. 15). Convertida la información en mercancía, ahora se rige por las leyes del mercado (p. 23). Hasta la misma prensa gratuita aumenta la dependencia del mercado por la publicidad (p. 21). Y el poder de estos medios- censura-mercancía, apoyado en la instantaneidad que facilita la nueva técnica, ha cambiado la profesión del periodista y está vaciando de contenido la democracia.

No se llega al fondo de las cosas. Los asuntos que se tratan –elegidos según la línea ideológica del medio– nunca aparecen con las verdaderas causas sociales que los provocaron: “La información se presenta descontextualizada… se ofrecen unas cifras, pero se callan otras. Se presentan determinados hechos y no se presentan los motivos” (V. Romano, p. 44). Lo que se consigue es estar informados de todo, sin enterarse de nada.

Esto genera dos tipos de ciudadanos: el que consume sin más crítica y el que sabe comprender las claves del mundo. Entre estos segundos unos la utilizan para aprovecharse ellos mismos y otros para vivir con la impotencia de ver que su mensaje no llega a la ciudadanía. W. Lippmann clasifica también dos tipos de ciudadanos según las funciones que representan: los informados que toman las decisiones ejecutivas y los desinformados que forman parte de ese rebaño espectador, que no sabe bien lo que está pasando y que, delegada su responsabilidad ciudadana en los primeros, se vuelve a su butaca de espectador (p. 593).

2. Micropelícula de la desinformación. Con la excepción del capítulo dedicado a EE.UU. –por aquello de que “quien manda manda” y de que el criterio principal del periodismo occidental está en si la información o el Estado en cuestión es amigo/enemigo de Washington–, la micropelícula se desarrolla por continentes. “Desde ahora en adelante nadie podrá decir que no sabía… Pascual Serrano establece de modo definitivo la prueba del ADN de que los medios desinforman” (Ramonet, p. 11).

Las primeras escenas de la película se ruedan en Europa, que “no conoce lo que pasa en casa”: se mitifican y ocultan las deficiencias de la Unión en todos los ámbitos, pero es más llamativo en casos tan polémicos como la Constitución Europea, el Tratado de Lisboa o el Proceso de Bolonia. Luego se traslada a América Latina, “¡Que viene el populismo!” desde el acoso a Venezuela y la conjura contra Cuba hasta las caricias a la Colombia de Uribe. Las escenas de Asia están enfocadas particularmente en el doble rasero que domina la agenda de la “guerra contra el terrorismo” (el eje del mal y los defensores de la libertad): el islam, los musulmanes y los árabes; el desequilibrio palestino-israelí; Iraq, Afganistán, Líbano y la gran amenaza China. La clave de estas escenas asiáticas está modulada sobre el apoyo a la invasión y el silencio sobre la resistencia. En África, no podría ser otra la óptica, se mira como “el Gran olvidado”. La clave que arropa todas estas escenas africanas es el silencio: Ante el genocidio del Congo y Rwanda, ante la invasión de Somalia, los olvidados del Sáhara, la explosión de odio étnico en Kenia, etc.

3. Pero cada día crece más la “sospecha ciudadana” de que los grandes medios nos están ocultando la realidad y manipulan la verdad. El derecho a recibir información veraz está amparado por los Derechos Humanos (art. 20) y la Constitución española. Consecuentemente está creciendo exponencialmente desde la llegada de internet la presencia de medios alternativos que disienten de los medios de masas y propugnan una información más libre y real. Cada día se hace más necesaria en este campo de la información la convicción expresada en los Foros Mundiales de Porto Alegre: ¡Otra información es posible!

Necesitamos dotarnos de algunas técnicas y hábitos de lectura que garanticen la naturalidad de la información. Y aquí es donde P. Serrano se muestra realmente pródigo en propuestas. Desde las preguntas que nos debemos hacer ante la presencia de cualquier medio, sea audiovisual o gráfico (p. 559), pasando por la sospecha ante los grandes medios y las satanización que hacen de lugares, países y personas, hasta las formas de protesta y de participación (p. 582).

Un libro de indudable interés para ir por la vida con los ojos bien abiertos. Como dirá acertadamente el autor: “No es objeto de este libro convencer al lector de poseer la verdad, sino de intentar que no se la conceda a nadie, y menos a esos medios que están acabando con la capacidad de crítica y de análisis del individuo” (p.596).