CARTA AL CARDENAL ROUCO

Foro de Curas de Madrid

Éxodo 93 (marz.-abril.’08)
– Autor: Foro de Curas de Madrid –
 
A Don Antonio, nuestro hermano y Pastor en la Iglesia que peregrina en Madrid.

La celebración de la Pascua ha dejado en todos nosotros la certeza de que el Señor, rebosante de vida, está siempre a nuestro lado, nos explica las Escrituras, parte para nosotros el pan y nos calienta el corazón.

En este caminar pascual, como Foro de Curas de Madrid nos dirigimos a Ud. para compartirle nuestros sentimientos ante el VIII Encuentro de comunicadores sociales organizado por la Delegación Pastoral Diocesana de Medios de Comunicación Social y el Consejo Diocesano de Laicos en el marco de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales.

Con sorpresa hemos visto que la primera conferencia: “Libertad y opinión pública” será impartida por el director y presentador de “La mañana” de la COPE, Federico Jiménez Losantos. La tarde comenzará con una mesa redonda sobre “Medios de comunicación social y opinión pública”, en la que intervendrán Benigno Blanco, presidente del Foro de la Familia; Ignacio Villa, director de los Servicios Informativos de la Cadena COPE; Cristina López Schlichting, directora y presentadora de “La tarde con Cristina”, de la Cadena COPE; Eva Galvache, redactora jefe de programación Socio-Religiosa de la Cadena COPE, y Elsa González, redactora jefe del área de Sociedad de la Cadena COPE. La jornada concluirá con la conferencia “Claves para interpretar la opinión pública”, impartida por César Vidal, director de “La Linterna”, de la Cadena COPE.

Se supone que estas jornadas se organizan con la finalidad de orientar a los católicos sobre la utilización de los medios de comunicación en la tarea evangelizadora ya que, como dice el mensaje de Benedicto XVI para la Jornada de este año: “Los medios de comunicación se han convertido en parte constitutiva de las relaciones interpersonales y de los procesos sociales, económicos, políticos y religiosos”. Se supone que los ponentes serán personas que, por su manera de comunicar, su trayectoria profesional y sus conocimientos pueden ayudar en esa tarea evangelizadora y que los medios de comunicación en que trabajan, por sus mensajes y sus formas, van en ese mismo sentido.

El mensaje del Papa expone, entre otras cosas, que: “Los medios de comunicación pueden y deben ser instrumentos al servicio de un mundo más justo y social”… “Sufren el riesgo de que se transformen en sistemas dirigidos a someter al hombre a lógicas dictadas por los intereses dominantes del momento. Es el caso de una comunicación usada con fines ideológicos”… “Para favorecer la así llamada audiencia, a veces no se duda en recurrir a transgresiones, a la vulgaridad y a la violencia”… “Se proponen y mantienen modelos de desarrollo que aumentan en vez de reducir la distancia entre países pobres y ricos”… “Sobre algunos hechos los medios no se usan en su papel adecuado de informar, sino para “crear”, los propios eventos inducidos por una visión funcional para intereses económicos y políticos determinados”.

Cuando nos hemos encontrado con esta lista de ponentes, con la exclusiva presencia de la COPE en estas Jornadas, nos hemos convencido, una vez más, de la nula voluntad del Arzobispado por cuidar los objetivos pastorales de los medios de comunicación ni por tener en cuenta el pluralismo de la comunidad eclesial madrileña. La COPE se ha destacado en estos últimos años en el panorama mediático por sus mensajes y maneras agresivas, insultantes, calumniadoras en algunos casos. Es evidente su alineamiento exclusivo, en las últimas semanas, no sólo a favor del Partido Popular, como venía haciendo, sino, en la lucha al interior del Partido, por los intereses y estrategias de una de sus facciones: la que representa Esperanza Aguirre.

Para no pocos sectores de la Iglesia y la sociedad madrileña, entre los que nos contamos, los mensajes y las formas de transmitirlos de la Cadena COPE están muy alejados del Evangelio y de estas orientaciones de la doctrina social de la Iglesia. Son numerosas las personas e instituciones católicas que lo vienen repitiendo en los últimos años y a las que no se les presta la más mínima atención. Aducen Uds., para justificar la situación, explicaciones poco convincentes como que “ha crecido la audiencia”; “respetamos la libertad de los profesionales que ahí trabajan”; “no podemos condicionar el desarrollo de un medio generalista como es la COPE”… Sin entrar en las contradicciones que se esconden detrás de tales razones, con esta Jornada del día 20 se da un paso más: se invita de manera exclusiva a los periodistas de la COPE para orientar pastoralmente a los católicos de nuestra Diócesis y se proponen a sus personajes más conflictivos como orientadores y ejemplos de los comunicadores católicos.

Consideramos legítimo y necesario que, en la creación de opinión, cada grupo político pueda difundir y defender sus posturas, pero no podemos comprender que en nuestra Diócesis la Iglesia se identifique y promueva a cualquier precio, no sólo los intereses de un partido, sino los de una facción concreta de ese partido; y que los principales representantes de esa operación sean propuestos por Uds. como ejemplos a seguir y sus orientaciones sean servidas como si fueran la doctrina social de la Iglesia en este campo.

Entre los ponentes hay algunos que se han reconocido públicamente –honradamente por su parte– como agnósticos o protestantes. No tenemos ningún inconveniente en que trabajen en una institución católica; nos parece un signo de diálogo y apertura. Lo que nos parece contradictorio es que sean ellos los que marquen su línea editorial, sus mensajes y sus formas. ¿Dónde queda la identidad católica de la institución? Por ellos lo que la COPE promociona hoy en la sociedad española no es una línea editorial libre, ni sus orientaciones son las de la doctrina social de la Iglesia, sino unos mensajes y unas formas que están al servicio del neoliberalismo económico y el conservadurismo político.

Para importantes sectores sociales y eclesiales –entre los que nos movemos– resulta sencillamente incomprensible y escandaloso. Coincidimos con el abad de Montserrat cuando recientemente declaraba que para él resultaba un misterio por qué esta situación no cambia. Constatamos cómo no sólo no cambia, sino que cada vez se consolida más.

Honestamente creemos que, en el panorama mediático de la sociedad española, la COPE no sólo no funciona según las orientaciones del mensaje del Papa, sino que podríamos presentar una amplia documentación para demostrar que lo hace en sentido contrario, tanto en los mensajes que transmite como en sus formas de comunicar. Desde la sensibilidad de las comunidades cristianas, de las que somos responsables, y desde nuestra propia opinión, no podemos aceptar que sean estos ponentes los que monopolicen la imagen de “católicos en la vida pública”. Tenemos el sentimiento de que pretenden acaparar, privatizar y recluir la imagen de la Iglesia católica en un sector y excluir, en la práctica, de la comunión eclesial al que no se identifica con una determinada postura socio política demasiado reducida.

Esta crítica está formulada desde el desconcierto y el desacuerdo, pero también desde el deseo de seguir construyendo juntos una Iglesia comunión, de todos y para todos. Como tales esperamos que sean acogidas por Ud., así como por el delegado de Medios de Comunicación de la Diócesis. Unidos en Cristo Resucitado.

José Antonio Pérez Tapias, Del bienestar a la justicia. Por una ciudadanía intercultural

Antonio García Santesmases

Éxodo 92 (ener.-feb.’08)
– Autor: Antonio García Santesmases –
Trotta, Madrid, 2007
 
La obra de José Antonio Pérez Tapias Del bienestar a la justicia tiene como subtítulo Por una ciudadanía intercultural. Todo autor tiene que optar por algún título que dé sentido al libro que publica. En pocas ocasiones he visto mejor realizado este objetivo y ello por varias razones.

Estamos en un momento en que debatimos en la filosofía política actual acerca del individualismo, del comunitarismo y del republicanismo; estamos en un momento en que discutimos en la vida política acerca de las ventajas y de los inconvenientes del modelo multicultural y acerca de los límites y las posibilidades futuras del modelo republicano. Para profundizar en ambos debates es de gran utilidad la obra que comentamos.

En primer lugar porque José Antonio Pérez Tapias aúna su tarea profesional como profesor de filosofía con la condición adquirida recientemente de parlamentario socialista. Creo que puede ser muy fructífera esta combinación en unos momentos en que el debate político se ha desplazado a temas que afectan a los sentimientos, las emociones, las raíces culturales, las costumbres morales y a lo que se ha denominado una querella por los valores. En muchas ocasiones estos debates han adquirido tal virulencia que todas las antiguas discusiones acerca de los intereses socio-económicos parecen haber desaparecido. Es como si el pensamiento único hubiera triunfado en el campo económico y el debate político se centrara únicamente en problemas que afectan a la familia, la escuela, las tradiciones religiosas, las identidades culturales y los sentimientos de pertenencia. ¿Qué hacer ante esa situación?

Lo primero y fundamental no olvidar que cuando hablamos de problemas de valores no podemos olvidar las diferencias socioeconómicas, pero tampoco queremos reducir todos los problemas a la vieja cuestión social y minusvalorar las cuestiones derivadas del reconocimiento de la identidad, de las identidades.

Es y espero que sea muy fructífera en el futuro la combinación entre el filósofo y el político en el caso de Pérez Tapias porque no cabe duda que encima de la mesa nos esperan una enorme cantidad de temas que han removido el imaginario colectivo como no había ocurrido desde hace treinta años. Pensemos en todas las polémicas acerca de la educación para la ciudadanía, el matrimonio homosexual, la nación de naciones, la ley de memoria histórica y la política de alianza de civilizaciones. Todo ello requiere de un nuevo relato que replantee muchos de los silencios, de las omisiones, de los agravios, de las heridas mal cicatrizadas de la transición política española.

El lector de esta obra no encontrará en este libro ese relato. No es la pretensión del autor. Pero me atrevo a afirmar que no se podrá construir ese relato con alguna consistencia sin tener en cuenta aportaciones como las que aquí aparecen. Pérez Tapias se lanza al intento, apasionante y discutible (por ello mismo hay que decir que merece ser discutido) de intentar aunar dos paradigmas muy diferentes a la hora de diagnosticar los problemas de esta sociedad posmoderna, multicultural, líquida en la que vivimos. Por un lado recoge la tradición ilustrada a la hora de actualizar lo mejor del pensamiento habermasiano y su esfuerzo por preservar las conquistas del Estado social. Hasta ahí su planteamiento no sorprenderá a los lectores de izquierda.

Sí causará, sin embargo, cierto asombro, cuando no extrañeza, el intento de aunar ese legado con el pensamiento de Levitas. Detrás está el esfuerzo por hacer compatibles elementos centrales en el diagnóstico de Marx y de Nietzsche.

Esa difícil fundamentación metafísica encuentra su mejor aplicación en los esfuerzos por hacerse cargo de la diversidad cultural, de la laicidad y del retorno de las religiones. Juega aquí Pérez Tapias con la ventaja de su gran conocimiento de los temas educativos, con la experiencia acumulada de sus muchos encuentros con la realidad iberoamericana y finalmente con una finísima sensibilidad teológica absolutamente excepcional en el universo de la izquierda política española.

Por todo ello distintos lectores podrán disfrutar con esta obra. Tanto los pedagogos que vean una ocasión para profundizar en los problemas de la educación intercultural, como los políticos que deseen profundizar en la alianza de civilizaciones, como las personas interesadas por el debate entre laicidad y pluralismo religioso.

Sólo me queda desear a los lectores que disfruten ante una obra ardua, y que no se desanimen; en una obra que requiere tiempo, silencio, meditación reflexiva porque no es una obra coyuntural que se pueda leer en una tarde; requiere evitar la premura porque remite a los fundamentos metafísicos del quehacer religioso, educativo y político. Y sólo me queda desear también al autor larga vida política por bien del proyecto socialista y del suyo propio, porque pocas cosas son tan atractivas para un gran metafísico como la de sumergirse en el combate político cotidiano, para poder observar en vivo y en directo la dificultad de combinar los paradigmas, para percibir los claroscuros de cualquier decisión política relevante, para evaluar cómo las decisiones más queridas conllevan consecuencias indeseables de la acción.

EL PRE-JUICIO EN POLÍTICA

Benjamín Forcano

Éxodo 87 (ener.-febr.’07)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
La vida política es un campo privilegiado para descifrar la condición y pasiones del ser humano. Yo hace tiempo que, cuando me asomo a un programa de televisión , me interesa primero de todo los nombres de los que intervienen. De muchos, sabemos algo de su biografía. Y he llegado a la decisión de cerrar o desconectar sin son nombres que intervienen en nombre de los partidos.

Prescindo de ellos porque ya sé lo que me van a decir –llevan consignas y estrategia preparadas– y porque me resulta insoportable su irracionalidad. Irracionalidad que proviene de no hablar por sí mismos, de no valorar los razonamientos del contrario, de no proyectar análisis de la realidad, de no preocuparse por los derechos de la mayoría, de intentar ante todo contradecir y desacreditar al opositor. Un ejercicio éste pre-racional, prehumano (porque lo racional es lo específicamente humano) dictado por la adhesión al propio partido o bandera y con el único objetivo de que el propio partido salga invicto.

Guían esta irracionalidad intereses individuales o de partido, no del pueblo. Porque los intereses del pueblo –el único que delega el poder y tiene derecho a que se le represente con honestidad, obediencia y eficacia–, son siempre los mismos, se trate del partido que sea. No es consecuente, por tanto, que los políticos se ataquen obstinadamente como si de intereses distintos se tratara. En unos o en otros, o en ambos a la vez, reside la voluntad enceguecida de hacer de la política un coto de intereses privados, intentando, eso sí, recabar la legitimación del pueblo.

Esta postura es hoy común, inalterable y pestilente en ciertos debates políticos. El televidente capta rápido: ¡Ya hieden! No van a informar, a reconocer lo bueno o lo malo, a dialogar, sino a denigrar y triturar, contra toda evidencia. Y, encima, los hay que, tachonados de oportunismo, no tienen pudor en acudir una y otra vez como si de modelos a seguir se tratara.

En el ámbito de la convivencia, la perduración de esta dialéctica partidista produce confusión y malestar y subrepticiamente va inoculando fobias de exclusión y menosprecio. El fenómeno no por ser cotidiano deja de ser preocupante. Un clima democrático no debiera ofrecer en sus instituciones cancha a estos falsos maestros de la política y de la convivencia. La misma ciudadanía debiera retirarles audiencia y demostrarles que la boca por la que ellos hablan no es altavoz del alma del pueblo.

Desgraciadamente, muchos ciudadanos piensan por lo que algunas de estas personas dicen en estos programas. Es hasta cierto punto lógico cuando el canal informativo es siempre el mismo. Pero es que la cosa va hasta el extremo de que, aún siendo evidente la falsedad, se les presta incondicional y regocijado asentimiento. Algo pasa ahí, que hace posible ese pacto, sellado sin razones, comportamiento típico del que procede con pre-juicio,es decir, sin criba de la razón.

Sería bueno, no obstante, no confundir el cinismo de los que proceden a sabiendas de ocultar y mentir, con la acrítica receptividad de muchos televidentes. Es inevitable que, en nuestro interior personal, aniden las ideas, pautas y sentimientos que desde diversas instancias se nos fueron introyectando. No todos han dispuesto luego de medios y circunstancias adecuadas que les permitieran valorar ese contorno, despojándolo de elementos exagerados, unilaterales e incluso falsos.

Dicho esto, considero escandaloso y un atentado contra la salud pública esa mediocraciapolítica, en la que se mueven ciertos periodistas, como investidos para pontificar sobre todo. Distorsionan la realidad y no tienen como deber primario informar lealmente, es decir, sin pre-juicios, y alimentan el tanque de visiones obsesivamente partidistas y rencorosas. Esta mediocraciapolítica ha olvidado que su misión no es halagar ni dar alas a un poder político desnaturalizado, sino acompañarlo críticamente, con apertura de reales alternativas posibles.

La insolencia, además de estúpida, es antidemocrática, y arranca de profesar que tan solo tal o cual partido es vehículo de verdad y de soluciones. Insolencia que trastueca hechos básicos como son los de pensar que sólo la derecha define bien la realidad de España, sólo la derecha asume y respeta la religión, sólo la derecha garantiza los valores morales, sólo la derecha gobierna y legisla de acuerdo a la herencia cultural de la católica España; o, por el contario, que sólo la izquierda es sospechosa de todos los males.

Vamos a ser sinceros, en este pre-juicio se agita el fantasma de las dos Españas: la de que por ser español hay que ser de derechas (neoliberal), la de que por ser de derechas hay que ser católico y la de que por ser católico hay que rechazar toda izquierda (socialismo). Esta división dual pura, apriorística , es la que está en la base del pre-juicio. Por las venas de muchos españoles corren todavía los miedos de enfrentamientos seculares, vividos casi siempre entre tradición y avance, imperialismo políticoreligioso y proyecto social revolucionario, entre sociedad premoderna y sociedad abierta pluralista.

Los tiempos no están ya para guerras fratricidas. Hemos avanzado, pero renacen los fantasmas, porque hay quien los agita.

Los católicos estamos aprendiendo a sentir y demostrar que, no por ser españoles, debemos ser católicos y que no por no ser católico se deja de ser verdadero español. Confesamos que hemos coaccionado muchas veces hasta imponer la fe y hemos prostituido el Evangelio legitimando intereses de los más ricos y poderosos, callando ante la injusticia e induciendo a resignación al pueblo. Eso no es la Buena Nueva del Evangelio. Han pasado décadas donde ha quedado claro que la libertad religiosa es un derecho de toda persona: cada uno es libre de ser creyente o ateo. Una buena o mala convivencia no depende de ser creyente o ateo, sino de ser un mal creyente o un mal ateo.

Los no católicos y, entre ellos los que sean ateos, deben admitir que la religión católica en sí, tal como brota del Evangelio, no es alienante, ni es opresora, ni cómplice del precapitalismo, del capitalismo o de ninguna otra suerte de neoliberalismo, sino defensa y lugar nato de los más pobres: los preferidos y auténticos vicarios del Dios de Jesús. Eso explica precisamente que los mismos católicos podamos denunciar y combatir todo desvío eclesiástico en contra.

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Manuel García Guerra, LA RAZÓN MESTIZA. AGENDA INTERCULTURAL

Redacción de Éxodo

Éxodo 94 (may-jun.’08)
– Autor: Redacción de Éxodo –
 
La diversidad aportada por la inmigración es uno de los fenómenos sociales más complejos y dinámicos de las últimas décadas. Supone, en realidad, una efectiva mutación que trasciende el plano meramente económico y afecta, entre otros, a los presupuestos culturales y morales de la sociedad receptora y de los inmigrantes, a los modelos para organizar y gestionar la res publica y a la forma de llevar a cabo la acción educativa. Un fenómeno de este calibre suscita lógicas, sensibilidades y actitudes diferentes en cada uno de esos ámbitos.

Para afrontar esta situación, Manuel García Guerra nos propone una “agenda” en La Razón Mestiza. El texto consta de dos partes. La primera es analítica y descriptiva, y lleva por título Espacios de diversidad. En ella nos presenta el trabajo de campo realizado para detectar las actitudes que genera la circunstancia pluricultural en uno de los entornos más afectados, el escolar. Aborda, a continuación, algunos de los ámbitos más poderosos a través de los que se expresa la diversidad cultural, (la Red, por ejemplo), los modos de gestionar dicho pluralismo, sin olvidar las lógicas que suelen generarse en torno a la alteridad, cuáles son las emociones y los sentimientos que las alimentan. Toda la segunda parte del libro discurre en torno a la pregunta siguiente: ¿Cómo proceder en contextos de diversidad cultural? Se trata, por tanto, de un ejercicio de razón práctica que se desglosa en cuatro movimientos: se recurre a las investigaciones de la sociobiología para indagar las condiciones de la conectividad entre los seres humanos. En un segundo momento, se examinan los modelos de gestión de la diversidad cultural en la res pública. El boceto de ética intercultural aborda la posibilidad de establecer unos mínimos morales en contextos multiculturales, así como los procedimientos para lograrlo. En el cuarto movimiento, el texto vuelve al ámbito escolar, ya que es en la acción educativa donde la vertiente especulativa y la intención práctica se aproximan con más nervio, la primera para desmontar los prejuicios existentes en el imaginario escolar, la segunda para el fomento de las zonas inter en los centros.

La propuesta explícita de una agenda intercultural

Hasta aquí la estructura de La razón mestiza. Su tesis de fondo es que la interacción y el diálogo entre sujetos pertenecientes a diferentes culturas resulta más útil para la convivencia que los planteamientos y las actitudes sustentadas por el etnocentrismo (xenofobia, racismo, exclusión o asimilación), por los modelos mul- ticulturales (respeto, autonomía, integración) o por el relativismo cultural (tolerancia, etc). Estamos, por lo tanto, ante un planteamiento procedimental, una profundización en las formas de indagar y establecer principios, criterios, valores y prácticas comunes por parte de quienes vivimos inmersos en situaciones de diversidad cultural. “Mestiza”, aplicado a razón, refiere, en consecuencia, a la “alteridad” de los sujetos implicados, pero significa sobre todo las formas de aprender a pensar y a sentir la diferencia a fin de encontrar opciones deseables para convivir y principios que orienten dichas opciones. Un proceder ajustado a determinadas condiciones y al que le convienen las notas de participativo (no excluyente), dialogal (no doctrinal), efusivo (no etnocéntrico), emocional (no apático), responsable (no paternalista), crítico (no dogmático) y público. Tales notas hacen de La razón mestiza una razón práctica, una pesquisa de lo preferible. De ahí que los capítulos de la segunda parte concluyan con apartados dedicados a formular propuestas.

La urgencia es precisar entre todos un nuevo paradigma, interactivo e integrador que supere la tolerancia y el reconocimiento de quienes no desean asimilarse a la cultura central del país, y favorezca, a pesar de las objeciones y las dificultades, la apertura, el diálogo y la interacción entre las culturas y el consiguiente enriquecimiento mutuo. Y para el autor es en la escuela en donde deben practicarse las actitudes y fomentarse los valores sobre los que se fundamenta la sociedad democrática, instrumento básico de la justicia social y agente crítico de las relaciones basadas en la dominación y en la falta de iguales oportunidades.

Ahora bien, tal propuesta rebasa las paredes del aula e incluye una pedagogía social. Formulada en términos de prevención: la educación intercultural habrá de orientarse a impedir que la diferencia social, cultural y étnica se constituya en condicionante del fracaso escolar y éste en antecedente de la exclusión social. Y formulado en positivo, nos dirá el autor, el núcleo de la perspectiva intercultural de La razón mestiza lo constituye el hecho de ser iguales en dignidad y en derechos, lo que lleva aparejado el convencimiento de que somos más iguales que diferentes siendo la diferencia, no obstante, lo que nos enriquece. Esta propuesta de pluralismo interactivo consiste no sólo en formar e informar al alumnado, sino en transformarse con él en la persecución de una convivencia enriquecedora. Pero sería incompleta la presentación de esta obra si olvidáramos su vertiente crítica. Manuel García Guerra nos dice que es pesimista, aunque no escéptico. Un pesimismo que tiene su origen en la comprobación de la artificial concentración de los “diferentes” en el sistema escolar público, que nos avisa de una grave dualización en dicho sistema. Y esto es un claro síntoma de la marginación social que puede consolidarse en el futuro. También aquí hay que aplicar la agenda propuesta y apostar decididamente por ella. A todos nos convoca el autor con su lúcida reflexión en la Razón mestiza.

LIBROS DE ÉXODO

Juanjo Sánchez

Número 80 (sept.-oct.’05)
– Autor: Juanjo Sánchez –
 
Hace tiempo que esperaba su presentación en la revista el último libro de uno de sus colaboradores asiduos, MANUEL FRAIJÓ, Dios, el mal y otros ensayos. No aparecía el número oportuno donde hallar su lugar. Pero al fin lo encuentra de pleno en éste, dedicado a la tensión entre religión y laicidad. Porque Fraijó es, como pocos, un teólogo de y para la laicidad. Un autor de frontera entre fe y razón, entre teología y filosofía, entre… religión y laicidad. Y en este último libro vuelve a confirmarlo con fascinante lucidez y sutileza.

En efecto, Fraijó es un “teólogo laico”. Teólogo, ciertamente, que no se anda por las ramas, sino que aborda, en este como en la mayoría de sus libros, las cuestiones centrales del cristianismo: Dios, el sentido y el mal; Jesús, la resurrección y la esperanza posible. Pero, a la vez, teólogo “laico” donde los haya: situado en la frontera, incluso en la “otra orilla”, lejos de todo dogmatismo, abierto a la crítica histórica, a la búsqueda honrada de las fuentes y del argumento limpio y convincente, a la verdad sobria que no elude la duda ni, en más de un momento, el silencio. Y un teólogo, al mismo tiempo, interpelado siempre hondamente por el clamor de la tierra, por los interrogantes que se elevan desde el sufrimiento y la desesperanza de los hombres excluidos y abatidos, desde el mundo de las víctimas, la otra cara de la laicidad.

Por eso Dios, que es tema central de todos sus libros, nuncaaparece en ellos, tampoco en éste que presentamos, desligado de esos interrogantes que atormentan a los seres humanos. Sobre todo del mal, del sufrimiento y la muerte que truncan la esperanza de las víctimas. Algún pensador del ágora le colgará el sambenito del victimismo, pero lejos de él semejante talante. Lo que para él está en juego en esa conexión no es la causa propia, sino la esperanza “de los otros”. Y ahí, como afirma con toda razón, nadie está legitimado a acallar su incansable anhelo de “otra” justicia ni tampoco a renunciar, en su nombre, “a un posible escenario futuro donde se haga justicia a su causa.” (p. 88).

En una apasionante “conversación epistolar” -que abre el libro- con su amigo Javier Muguerza, filósofo increyente pero defensor, como él, de causas perdidas, se arriesga por eso a “estirar” la pregunta por la realización de aquel anhelo “más allá de lo que una razonable filosofía permite” (p. 71). Lo achaca él a su “condición de teólogo”, pero más bien, creo yo, se debe a la misma razón que llevó ya a Kant a postular, más allá de la ilustrada razón, laexistencia de Dios, a saber: la imposibilidad, que diría Adorno, de “pensar la desesperación”, de que ese anhelo termine al fin en … la nada. Con ello, sin embargo, no traspasa Fraijó la “frontera” para hablar como teólogo. Desde luego, no como teólogo afirmativo, dogmático. A lo sumo, de nuevo, como teólogo “de frontera”, única posibilidad aceptable para él. La realidad de Dios, si existe, es misterio, realidad “problemática”, sostiene de nuevo aquí como lo ha hecho en sus escritos anteriores.

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Democracia laica y religión pública

Juanjo Sánchez

Éxodo 92 (ener.-feb.’08)
– Autor: Juanjo Sánchez –
Taurus, Madrid, 2007
 
Dos libros que forman una obra conjunta sobre un debate crucial, abierto y sostenido con gran tensión a lo largo de los últimos cuatro años, y que está alcanzando en este momento, de cara a las próximas Elecciones Generales, un preocupante climax de intensidad, incluso de virulencia. Me refiero, por supuesto, como se expresa en los títulos de ambos libros, al debate entre democracia laica y religión pública y, más ampliamente, a la tensión entre ciudadanía plural y convivencia nacional.

El interés de estos libros, como el propio debate, rebasa, evidentemente, la coyuntura electoral actual. Se trata de un debate de fondo, de gran calado, y Rafa lo analiza con todo el rigor que se merece, con un amplio y bien fundado conocimiento de sus dimensiones y facetas -a la vez que en un lenguaje transparente y ágil-, y con una valentía y lucidez que sorprenden.

En el primero, el autor parte de un dato sociológico: la repolitización de la religión en los países del capitalismo avanzado, y a la vez de una tesis: el carácter público de la religión en la mayoría de esos países. Y a partir de ahí plantea el lugar de la religión en las sociedades democráticas modernas, recabando para ello el apoyo de dos grandes del pensamiento político, Rawls y Habermas, con quien finalmente se identifica más, por dos razones: porque es necesario ir “más allá del liberalismo” y porque con Habermas se concilian claramente tres decisivos principios en este debate de fondo: la laicidad de Estado y sociedad, la autonomía de las leyes y, a la vez, el carácter público de la religión y por tanto su derecho a intervenir en la esfera pública y a que su voz sea escuchada.

Pero, claro está, el debate comienza justamente ahí: cuando no se respeta la conciliación de esos principios. Por ejemplo, cuando la religión deviene en fundamentalismo ético y religioso con implicaciones políticas. Es la peligrosa tendencia que está tomando en varios países, concretamente la sostenida por la jerarquía católica española dominante. El segundo capítulo del libro contiene un análisis riguroso y exhaustivo y una lúcida denuncia de esta perversión del catolicismo en nuestro país y de sus lamentables consecuencias.

Para arrojar luz sobre este drama que tan negativamente afecta al cristianismo, el autor hace también un fino análisis del debate llevado a cabo entre el entonces cardenal Ratzinger y el filósofo crítico Habermas. De donde emanan dos convicciones sustanciales: 1) no cabe diálogo con la razón desde una postura dogmática de la verdad, y 2) la razón crítica, y por tanto, la laicidad, no bebe sólo de su propia fuente, y hará por eso bien en escuchar la voz y en estimar la motivación éticaque le puede venir, en el ámbito pre-político, de la religión (así como de otras instancias culturales o morales laicas, agnósticas o ateas).

Porque la religión, concretamente el cristianismo, no se agota en modo alguno en el integrismo religioso-político de jerarquía y fieles neo(teo)conservadoresque pretenden imponer su verdad a toda la sociedad. Hay un cristianismo laico –recuerda y subraya Rafaque puede ser, que es efectivamente, una fuente de genuina inspiración y motivación de compromiso en favor de una democracia post-liberal, republicana y socialista. Una fuente que, sin embargo, buena parte del laicismo más radical de nuestro país parece seguir ignorando o desdeñando incomprensiblemente.

Al primer estudio añade por eso Rafa un segundo, España laica, en el que, con la misma clarividencia y razón, analiza las razones históricas e ideológicas de esa mirada sesgada del laicismo español, a diferencia del laicismo europeo, y donde pone las bases para una ciudadanía abierta y plural, para un laicismo incluyente capaz de generar una convivencia más integral, más rica, más justa, más humana.

La actuación integrista de la iglesia neo(teo)conservadora hace más que comprensibles las voces que se alzan frente a ese laicismo incluyente (véase Ramoneda, Flores de Arcais, Savater…). Pero la propuesta de Rafa, que rechaza de plano esa actuación, es de largo alcance y suficientemente lúcida como para ser escuchada y tomada en serio. Y no sólo, precisamente, por los creyentes.

MÁS ALLÁ DE LA CRISPACIÓN: RECUPERAR LA JUSTICIA

Juanjo Sánchez

nº 85 octubre 06
– Autor: Juanjo Sánchez –
 
El viernes, 23 de junio, moría inesperadamente JOSÉ MARÍA MARDONES. La noticia nos dejó a todos sin palabras, sin aliento. Dura noticia, la pérdida de un creyente auténtico y de un pensador infatigable, que derrochó toda su energía precisamente en tender puentes entre la fe y la razón, entre el cristianismo y la cultura en que irremisiblemente se halla encarnado. Una labor imprescindible de diálogo, de autocrítica y de crítica constructiva, de mediación y reconciliación, de la que tan necesitados andamos justamente en estos momentos de dura crispación e incluso división en la sociedad española. La ausencia de esa labor, de ese trabajo callado, riguroso, constante y esperanzador, difícilmente podrá compensarse.

Pero su memoria nos incita a seguir trabajando en los caminos que dejó abiertos para “otro mundo posible”, para una sociedad justa y reconciliada.

Al pensar en algún libro que pudiéramos presentar en este número de ÉXODO, dedicado a la crispación y la división en nuestra sociedad española, en un momento de lucidez nos vino al recuerdo uno de los últimos que nos dejó MARDONES y que ya presentamos en la revista con motivo de la temática, cercana a la que en este número nos ocupa, de las difíciles relaciones entre religión y la laicidad. Me refiero al libro Recuperar la justicia. Religión y política en una sociedad laica (Sal Terrae, Santander 2005).

Volver a comentar este libro adquiere hoy el sentido de un homenaje de reconocimiento y gratitud a JOSÉ MARÍA MARDONES por su generosa y rica colaboración con nuestra revista. Pero tiene sentido hacerlo, además, porque frente a la situación de crispación y polémica permanente, estratégicamente inducidas, Chema señalaba con lucidez y valentía a la cuestión esencial, al imperativo que debiera ocupar y preocupar verdaderamente tanto a creyentes como a laicos, a políticos como al resto de ciudadanos, si es que de verdad les mueve, como diría Kant, el interés por la humanidad: recuperar la justicia. Este imperativo atañe, en verdad, tanto a la política como a la religión. La política –denunciaba Mardones- ha perdido en gran medida su pasión por la justicia, ha sufrido un adelgazamiento o vaciamiento democrático que la reduce peligrosamente a mero ejercicio pragmático de poder o que la lleva a abordar preferentemente las cuestiones culturales, de identidad o religiosas dejando intactos los problemas de fondo como son la economía capitalista globalizada, el trabajo precario, la injusticia y el sufrimiento que origina a las mayorías empobrecidas y excluidas. Algunas medidas que se han tomado últimamente obligarían a matizar esta crítica, pero el diagnóstico sigue siendo en lo esencial certero.

Esta situación se agrava, según Mardones, porque a la misma responde la religión con otra miopía imperdonable, de graves consecuencias. La religión, el cristianismo, ha perdido en no menor medida su pasión mesiánica por el reino de la fraternidad, el compromiso recio por la justicia y una genuina praxis de transformación del mundo, de lucha por una sociedad justa y humana, por “otro mundo posible”, y se ha refugiado en una falsa religiosidad, en un viraje hacia la intimidad y el sentimiento, combinada con una velada –o descaradamente abierta- lucha por recuperar no tanto la justicia cuanto el poder perdido.

Nada debe extrañarnos por eso –comentaba ya entonces Mardones que nuestra sociedad esté irritada, crispada, por cuestiones que cada parte se permite magnificarlas como diferencias que definen lo progresista o lo genuinamente religioso, tales como aquellas sobre las que inciden justamente las que en este número denominamos las “leyes de la discordia”. Si Chema hubiera podido escribir en este número de ÉXODO, posiblemente hubiera endurecido su juicio crítico sobre algunas actitudes y actuaciones de partidos, medios de comunicación e iglesia institucional. Sobre todo de ésta, por lo que a ella le unía como creyente comprometido. Con respeto, pero con lucidez y valentía, denunciaba abiertamente: “Produce pena advertir la insistencia de nuestros obispos y grupos tradicionales en las cuestiones de degradación moral de nuestra sociedad y no señalar el vínculo existente entre el capitalismo consumista y la degradación de la moral que deploran… Si se advirtiera la estrecha vinculación de unos fenómenos y otros… quizá fuéramos menos estentóreos en las acusaciones de algunos aspectos morales y más proféticos en la denuncia de otros que se ocultan o pasan inadvertidos” (pág. 261).

Recuperar la justicia, abordar las grandes cuestiones, los grandes problemas que aquejan a los humanos, sería la genuina respuesta evangélica que conduciría a superar la actual situación de crispación de nuestra sociedad. El diagnóstico crítico y las propuestas de JOSÉ MARÍA MARDONES siguen plenamente vigentes.

N.B. A los que quieran bucear en las raíces históricas de la actual crispación y división de la sociedad española, de esas “dos Españas” –“una muerta, hueca y carcomida y otra nueva, afanosa y aspirante, que tiende hacia la vida”-, que, como dijo en su momento Ortega, “están trabadas en una lucha incesante”, nos atrevemos a recomendar la lectura del excelente estudio de Santos Juliá, Historia de las dos Españas (Taurus, Madrid 2004).

FRENTE A LA GLOBALIZACIÓN ARMADA. FORO SOCIAL DE SEVILLA 2007

Ángel Villagrá

Éxodo 87 (ener.-febr.’07)
– Autor: Ángel Villagrá –
 
Por la disolución de la OTAN

Entre las distintas corrientes o frentes de lucha que los Movimientos antiglobalización vienen desarrollando en el mundo, hay dos que están arraigando en los países europeos de forma especial: el ‘frente ecologista’ de carácter crítico-radical, es decir, aquél que, superando el horizonte meramente ‘conservacionista’, pone el punto de mira en el modelo mismo de producción y consumo; y el ‘movimiento contra la guerra’ que ha pasado del rechazo puntual, frente a tal o cual guerra (conflicto de los Balcanes, guerras de Oriente Medio, Afganistán, Palestina, etc.), a entender que la naturaleza de las guerras de nuestro tiempo está inserta en la lógica misma de Globalización neoliberal. La violencia militar organizada, las invasiones, las guerras desatadas bajo el eufemismo de lucha contra el terrorismo, son la expresión más brutal de un mismo, único y complejo proceso, el de la dominación neocolonial de los países imperialistas del Norte sobre los empobrecidos pueblos del Sur, es decir, el de la globalización capitalista. De ahí que los analistas más comprometidos hayan comenzado ya a caracterizar el fenómeno como un proceso de ‘globalización armada’.

En esa dinámica hay protagonistas de distinto nivel; pero todos los actores navegan al son de la misma música. La OTAN pertenece al primer nivel de protagonismo. Junto con el Banco Mundial, el G8, la OMC, y el FMI, forma parte de una arquitectura institucional que diseña y ejecuta la militarización del mundo al servicio de una maquinaria de beneficio y expolio que tiene siempre los mismos beneficiarios y el mismo tipo de víctimas; es un poderoso instrumento militar al servicio de los intereses de las grandes potencias occidentales y, con ellas, de las empresas transnacionales que en ellas han florecido. La OTAN ejemplifica, a las claras, la brutalidad de la globalización capitalista neoliberal que somete, expolia y empobrece a los pueblos y destruye la naturaleza.

En efecto, si bien la OTAN fue concebida, allá en 1949, como una alianza defensiva contra la URSS, en el marco de la llamada guerra fría, lejos de disolverse tras la desaparición del Pacto de Varsovia, se fue ampliando gradualmente hasta más que duplicar hoy el número de los países miembros originales. En la actualidad, engloba ya a 26 países, incluidos algunos que anteriormente pertenecieron al Pacto de Varsovia, como Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia y otros en las antípodas del Atlántico Norte: Japón, Australia, Nueva Zelanda y Corea del Sur y, próximamente, Israel. Del Atlántico Norte hasta el Pacífico Sur, cualquier zona del planeta puede ser objeto de su intervención.

Su evolución en los últimos quince años ha tenido consecuencias nefastas, a la vista de todos. Así, _ * la Alianza Atlántica se ha afincado en Europa como instrumento central de la lógica imperial de Estados Unidos, que la UE ha hecho propia, sirviendo, entre otras cosas, para asentar el proyecto de una Europa fortaleza y de mercaderes; _ * ha desarrollado múltiples operaciones de injerencia y agresión: en la guerra de Yugoslavia, donde ha llegado a emplear armas radiactivas, y en Somalia; en las actuales campañas de limpieza étnica en Afganistán y, secundariamente, en el propio Iraq. A la vez, es llamativo cómo no ha movido un solo dedo para defender los pisoteados derechos del pueblo palestino, aunque sólo fuera por razones humanitarias. Por el contrario, la OTAN no ha dudado en apuntalar las posiciones del Estado de Israel en ese espacio geográfico; _ * ha propiciado un escandaloso crecimiento del gasto militar, a nivel conjunto y en cada uno de los países miembros. El presupuesto OTAN (alrededor de 600.000 millones de dólares/año) supone el 70% del gasto militar mundial. Bajo esa influencia, en España, el gasto militar en 2007 alcanzará la cifra de 23.052,07 millones de euros (61 millones diarios), un 6% más que en 2006, lo que representa en términos presupuestarios 13 veces más que el gasto en Agricultura, 18 veces más que en Vivienda, 26 veces más que en Sanidad, 32 veces más que en Cultura. La investigación militar obtiene el doble de inversión pública que la investigación civil en las universidades, y 5 veces más que la investigación sanitaria; _ * ha contribuido significativamente al descrédito del sistema de Naciones Unidas, al menos desde que en su reunión de Washington, en 1999, decidió que «en adelante las acciones militares OTAN no tendrán por qué vincularse con resoluciones específicas del Consejo de Seguridad». Es decir, la OTAN decide dónde, cuándo y cómo interviene en el mundo, siguiendo instrucciones del Pentágono.

Por todo lo anterior, concluía el Manifiesto ciudadano de Sevilla, «sobran los motivos para reclamar la inmediata disolución de la OTAN y, con ella, el final de las guerras de agresión por ella acometidas al servicio de la globalización capitalista… y sobran razones para exigir que el Estado español abandone la Alianza Atlántica y que su gobierno proceda a denunciar los convenios de defensa hispano-norteamericanos y demande el desmantelamiento de las bases de utilización conjunta”.

La agenda de la Contracumbre

Siendo así las cosas, los movimientos de resistencia global no podían permanecer pasivos ante la cita de Sevilla donde los ministros de Defensa de los países OTAN anunciaban una cumbre para los días 8 y 9 de febrero, en la que se pretendía reforzar su presencia militar en Afganistán y diseñar nuevos frentes de intervención en un futuro próximo, especialmente Oriente Medio y África (Sudán).

Convencidos de que la OTAN es el brazo armado de la globalización capitalista, y de que sólo la rebelión de la ciudadanía puede detener esta locura imperialista, declaraban su veredicto en uno de sus comunicados: «Quienes estamos empeñados en crear condiciones para ese ‘Otro mundo posible’ que anhelamos, denunciamos en este final de 2006 lo mismo que ya afirmábamos en 1986: que la OTAN, lejos de las beatíficas misiones de paz que le atribuyen los gobiernos de turno, es una organización al servicio de la violencia y la inseguridad internacional, que actúa contra los derechos de los pueblos y frente a sus esfuerzos por vivir en paz, que sostiene un sistema socioeconómico de violencia global en el que unas minorías se aprovechan de los recursos de todo el planeta sumiendo en la miseria a la mayoría de la humanidad, que impide el tan deseado desarme nuclear y que es causa de la guerra global que nos amenaza».

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POR QUÉ SOY CRISTIANO

José Antonio Marina

Éxodo 88 (marz.-abril’07)
– Autor: José Antonio Marina –
José Antonio Marina
 
Cuando escribo estas líneas está en plena efervescencia el conflicto planteado por la decisión del arzobispado de Madrid de cerrar la emblemática parroquia de San Carlos Borromeo. ¿Cómo se ha podido llegar a “esto” en la Iglesia? Por supuesto que “esto” tiene un contenido muy distinto según el ángulo desde el que se mire. Desde la óptica conservadora, “esto” es el hecho inaudito de que unos ministros de la Iglesia se salten a la torera las normas litúrgicas y desobedezcan abiertamente a su sagrado pastor. Desde el campo progresista, “esto” es el escándalo de que los pretendidos sucesores de los apóstoles pongan el ritual por encima del Evangelio. Precisamente para comprender cómo se ha podido llegar a “esto”, el libro de José Antonio Marina que reseñamos nos presta una ayuda muy valiosa.

Antes de dar razón de su opción religiosa, por qué soy cristiano, lo que hace Marina es tratar de comprender ese cristianismo que arranca de una figura perturbadora e intensa, un judío enigmático que no pasó de reunir un puñado de discípulos en los aproximados tres años que duró su predicación, que no salió de un apartado rincón del Imperio Romano, que no dejó ni una palabra escrita y que acabó de una manera desastrosa, pero que supuso la conmoción seguramente más fuerte experimentada por la humanidad en todo su devenir.

Afirma Marina que «El cristianismo, como todas las creaciones culturales, no tiene esencia, sino historia, y no es posible comprenderlo sin conocer su genealogía ». En el estudio de esa genealogía nos introduce con una mirada sencilla y profunda. La genealogía arranca de unos pescadores y campesinos galileos abrumados y desconcertados por el final dramático de su maestro, pero que a continuación irrumpen en el mundo proclamando con absoluta firmeza que Jesús está vivo y en él está la salvación.

Los recuerdos del maestro, la huella que dejó en sus vidas, la profunda, indecible experiencia que les llevó a la fe en la resurrección, la fuerza del Espíritu que les empuja, todo eso quieren transmitirlo a los hombres de su mundo, anunciarles la buena noticia de Jesús, y lo hacen como pueden, con los recursos narrativos propios de su cultura. «Unos Hombres trastornados por una experiencia que no acaban de comprender, pero que les relaciona de nuevo con Jesús, tienen que explicarla a los demás. Y lo hacen, inevitablemente, acudiendo a los modelos, a las ideas vigentes en su mundo cultural, e intentando acomodarse a las creencias aceptadas por las sociedades en las que quieren penetrar». Sus continuadores recogen el testigo, se esparcen por el mundo y se enfrentan a otras culturas. En este agitado ambiente va tomando cuerpo «el cristianismo». Para Marina «Los dos primeros siglos de nuestra era fueron un intenso y decisivo periodo en la historia de la humanidad».

Pronto empiezan los relatos más pintorescos y las interpretaciones más diversas del mensaje de Jesús. Los evangelios apócrifos son una buena muestra. Una de las desviaciones más fuertes con que tiene que lidiar la naciente Iglesia es el gnosticismo. Marina señala que, en su oposición a las corrientes gnósticas, la misma Iglesia cayó en una cierta deriva gnóstica. Se procuró ante todo asegurar la “verdad” en vez de practicar el “bien”.

El libro, en una página interior, lleva como subtítulo: teoría de la doble verdad. Expone la distinción entre verdades privadas, derivadas de una experiencia personal, que pueden tener una importancia decisiva en la vida de cada uno, pero no pueden reivindicar el estatus de verdades universales que deben ser aceptadas por todos. Esta distinción tiene una gran importancia en la reflexión sobre el papel de la verdad en las religiones. La Iglesia no tuvo en cuenta que «Jesús “reveló la verdad”, pero esa verdad no era gnóstica, sino práctica, no llamaba a la contemplación sino a la acción». La consecuencia es un giro en la orientación del mensaje de Jesús, de la “ortopraxia” se pasa la “ortodoxia”, defensa de verdades absolutas. Y cuando la ortodoxia se une al poder el resultado es muy triste.

Sólo en las últimas páginas da cuenta de la cuestión planteada en el título: Por qué soy cristiano. Su respuesta se mueve en el terreno de esas verdades privadas que no se pueden demostrar, ni menos imponer a nadie, pero pueden ser las más decisivas en la vida de una persona. Es una respuesta breve, pero optimista y luminosa. Es la admiración ante la capacidad humana para la creatividad y la bondad lo que abre al más allá. Y el cristianismo expresa la culminación de esa calidad humana.

John Hick, La metáfora de Dios encarnado. Cristología para un tiempo pluralista

José María Vigil

– Autor: José María Vigil –
 
Por fin llega al ámbito teológico de lengua castellana, europeo y latinamericano principalmente, este libro de John Hick, tan esperado.

No se trata de un libro teológico más, sino una “obra de referencia”; porque representa emblemáticamente una postura teológica que hoy día ya no se puede ignorar: la de una “cristología para un tiempo pluralista”, como reza el subtítulo de la obra. En este sentido, este libro es la obra que se ha hecho ya “clásica” para expresar esta postura. Las demás son complementarias.

Es también una obra “de actualidad”, porque el debate del “pluralismo” en cuanto paradigma teológico (o sea, la aceptación sincera de la pluralidad religiosa con todas sus consecuencias) está en el candelero de la investigación y del diálogo teológico. Ya hace años que el pluralismo religioso se ha constituido en el “nuevo tema”, un tema que no desplaza a los anteriores, sino que los obliga a confrontarse con él y a reformularse integralmente. Un tema que ha venido para quedarse y que promete un inminente e intenso futuro… Estamos pues de enhorabuena con la aparición en castellano de este libro de John Hick, que es a la vez una obra de referencia y una obra de actualidad con mucho futuro.

John Hick es un teólogo presbiteriano, de Birmingham, angloestadounidense, que ya está coronando su largo y fecundo trabajo teológico. El tema que aborda en esta obra lo lanzó a la palestra teológica –como él mismo nos contará en las primeras páginas- en 1977, y suscitó una tremenda reacción, no sólo en los medios teológicos, sino en los medios eclesiásticos de Inglaterra y hasta en los medios de comunicación. Un encendido debate se suscitó en la sociedad y en las iglesias, con mucha pasión y hasta con ira. Una larga serie de libros se sucedieron sobre el tema, desde todas las posturas participantes en la discusión, incluida la del propio Hick. Dieciséis años más tarde nuestro autor consideró que ya las aguas estaban más claras y que cabía reelaborar las primeras expresiones en una formulación más matizada, más serena y más coherente. Y éste que presentamos es el libro en que nos dio su posición definitiva, la que tantos llaman “postura hickeana”, aunque con frecuencia la toman de libros anteriores, no de este su libro “definitivo” en este sentido. Los estudiantes de teología harán bien en no aprender la postura del pluralismo hickeano bebiendo resúmenes ajenos o citaciones antiguas e inmaduras, o tal vez radicales, sino acercándose directamente a la postura del autor en este libro tan autorizado como asequible.

Harán bien en leerlo, también, los que critican el “pluralismo hickeano” como escépticamente relativista, como obsesivamente igualitarista frente a las religiones o como corrosivo del sentido. Centrada en el tema cristológico, esta obra permite verificar que el autor pretende precisamente purificar el sentido, volver a su originalidad prístina, la que tenía antes de su mixtificación con la metafísica. Hick no niega la metáfora, sino su confusión con la metafísica. No la considera inútil ni de segunda categoría -como lo hace la metafísica- sino imprescindible y elocuentísima. Liberada del encorsetamiento ontológico, la metáfora es para Hick un modo de expresión insustituible, necesario, único para expresar aquello que ninguna otra forma de lenguaje tiene el poder de vehicular. Nada pues de relativismo o de nihilismo en esta obra de madurez, definitiva, que desplaza y que pide desconsiderar a las anteriores.

Dicho esto, hay que decir también que no es un libro cualquiera, ni para cualquiera. Toca un tema demasiado grave, con implicaciones profundas y decisivas para todo el conjunto de la comprensión del cristianismo, por lo que su lectura no es recomendable para “menores de edad” en teología. Éstos deberían leerlo sólo con asesoramiento. Los demás debieran leerlo tanto con sentido crítico… como con desapasionamiento. De entrada, cuando uno/una no se ha planteado nunca el tema, la primera impresión es un choque o una conmoción como la que causó en Inglaterra en 1977 aquel primer libro-proclama de Hick.

Cuando ya se ha estudiado el tema, y cuando se lo lee dentro de una comprensión un tanto avanzada de la actual “teología de las religiones”, todo el conjunto se reviste de una plausibilidad teológica que, al menos infunde un cierto respeto. Cuando se vuelve a leer desde una visión crítica de la historia del cristianismo y desde una sintonía cordial con la diversidad de las religiones, se reconoce que la “hermenéutica de la sospecha” que inspira a Hick es legítima e indispensable.

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