La fresa en Huelva: capitalismo heteropatriarcal en estado puro

Yayo Herrero

Trabajadoras temporeras de la fresa

En el pasado mes de mayo, un grupo de trabajadoras temporeras de la fresa en Huelva denunciaron haber sufrido abusos sexuales y amenazas por parte de empleadores o capataces.  Casi de forma inmediata, comenzaron a ser metidas en autobuses de vuelta a Marruecos, sus lugares de origen. El Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), acogió y protegió a estas mujeres para garantizar el ejercicio de sus derechos.

Una vez que saltó el escándalo, se señaló la falta de procedimientos y perspectiva de género,  la opacidad sobre el número de mujeres que trabaja y las condiciones en que lo hace en este sector. Siendo cierto, sin embargo, no estamos solo ante un problema de falta de protocolos. Es un problema estructural que tiene que ver con la noción de producción en el capitalismo globalizado y con la trasformación de la agricultura en un proceso industrial, centrado en la maximización de los beneficios, que explota personas y naturaleza en un contexto patriarcal.

En esta ocasión, fue un reportaje de la revista alemana Correctiv y Buzzfeed News, lo que hizo saltar la liebre de los abusos hacia las jornaleras en España, Italia y Marruecos. No es la primera vez que este tema salta a la esfera pública, aunque sí la que más repercusión ha tenido.

Resulta curioso que en plena efervescencia del #YoSiTeCreo y del movimiento mundial #MeToo, las organizaciones agrarias, diversas ONG y sindicatos reaccionaran, no exigiendo de forma inmediata la investigación de los presuntos abusos y la protección preventiva de las trabajadoras, sino pidiendo a la fiscalía que investigase si el reportaje presentaba indicios constitutivos de delito. Les preocupaba que la generalización de la sospecha de abusos a todo el sector, que compite en el mercado de la fresa con otros países, pudiese provocar pérdidas en el negocio. Solamente el SAT permaneció al lado de las trabajadoras, acompañándolas solidariamente.

Trabajo a destajo en condiciones de semiesclavitud

En 2010, un artículo de Lidia Jiménez y Jerónimo Andreu titulado “Víctimas del oro rojo”, publicado en suplemento dominical de El País, señalaba que los abusos sexuales a las trabajadoras eran “un secreto a voces”, y constataba que, hasta ese momento, nunca habían prosperado las denuncias contra los responsables de una actividad económica competitiva en Europa.

Yo misma tenía experiencia directa del negacionismo sobre la situación de las trabajadoras. Hace ya varios años, en una reunión a la que asistían representantes de organizaciones agrarias, sindicatos, movimiento ecologista y de la administración, se llamó la atención sobre el hecho de que las mujeres temporeras, entonces mayoritariamente de Europa del este,  trabajaban a destajo en condiciones de semiesclavitud. Eran precarias y tenían un salario mísero. Tan ínfimo, que muchas trabajaban con pañal porque no podían permitirse parar ni para ir al baño. La reacción fue muy similar. El representante de la mayor organización agraria exigió muy airado que se retirase la afirmación y algunos de los sindicatos presentes, en principio sindicatos de clase, dijeron amable pero firmemente que no les constaba esta situación y que, de ser cierta, lo que tenían que hacer las jornaleras era denunciar.

Nadie sabía nada. Sin embargo, varios años antes, un equipo investigador de la Universidad de Huelva había realizado un informe titulado “Las mujeres migrantes, la trata de seres humanos con fines de explotación y los campos de fresa de Huelva”  que advertía sobre la situación que ahora se denunciaba.

¿Por qué esa resistencia a investigar? ¿Por qué la negación? ¿Por qué denunciar a quien denuncia? ¿A estas alturas alguien tiene dudas de que es perfectamente probable que trabajadoras extranjeras, solas y pobres, incluso aisladas físicamente, viviendo en las fincas, entre los invernaderos, corren el riesgo de sufrir abusos sexuales? ¿No es un hecho evidente y real que las y los jornaleros migrantes están mal pagados, son explotados y que de forma reiterada han surgido conflictos? ¿No habría que investigarlo, aunque solo fuese para aplicar el principio de precaución?

Producción y economía capitalista

Las fresas sirven para satisfacer una necesidad humana, la de la alimentación. Esa es su función social, su verdadera utilidad como producción. Sin embargo, para la economía convencional, para “el sector”, las fresas, los alimentos, no son importantes por las necesidades humanas que satisfacen, sino por los beneficios económicos que generan.

La economía capitalista ha desconectado la producción de las necesidades humanas. Lo que cuenta, lo que tiene valor, es lo que se factura, independientemente de si lo producido es necesario socialmente o no. Se termina considerando mejor y más competitiva aquella fresa que para ser producida contamina y explota, que la que se pudiese obtener sosteniblemente y de forma justa. “La buena producción” es la que consigue una alta rentabilidad económica abaratando los costes de producción (trabajo e insumos). Los beneficios económicos enriquecen a los intermediario y esconden la explotación y sufrimiento de las trabajadoras, el reforzamiento de los patriarcados, desiguales pero aliados, y los problemas de insostenibilidad, salud y supervivencia futura derivados de contaminar, agotar bienes finitos y cambiar hasta el clima. Tal y como suele decir Gustavo Duch, “el sistema en cuestión ha sido diseñado para producir algo parecido a alimentos, a costes muy bajos, tanto económicos, sociales como ecológicos; pero que puedan producir altos beneficios a quienes se dedican a su comercialización. Los alimentos, lejos de ser considerados como una necesidad y un derecho, se entienden como una mercancía sin más”.

El no saber, el mirar a otro lado, responde a aplicar una especie de omertá no escrita. Lo sagrado es el sector y sus beneficios y proteger lo sagrado exige una lógica sacrificial. Todo merece la pena ser sacrificado con tal de que crezca “el sector”: personas, tierra, dignidad, derechos… “Ojo, no se puede poner en riesgo un sector que factura casi 300 millones de euros”, dicen.

La situación de las jornaleras marroquíes no constituye una mala práctica aislada y puntual, no es un fallo del Sistema y de sus protocolos. Es una expresión del sistema en estado puro. Escondidas, debajo del brillo visible de las cifras y los beneficios, están las consecuencias terribles de esa forma de producir. En los lugares oscuros e invisibles del desarrollo, se viven los efectos sobre territorios concretos y vidas cotidianas de un forma de entender la economía insostenible, capitalista, racista y patriarcal.

Todas esas tensiones se encuentran en el conflicto de las temporeras de la fresa.

Monocultivo de la fresa y ecología

Ecologistas en Acción de Huelva lleva años denunciando que el monocultivo masivo de fresa tiene importantes consecuencias sobre el territorio, entre otros daños se encuentran la deforestación de grandes superficies, la contaminación de acuíferos y el uso generalizado de pesticidas prohibidos.

Con frecuencia, el cambio de uso del suelo se ha realizado sin tener el permiso correspondiente, que se termina concediendo años más tarde bajo la política de hechos consumados. El pacto de silencio reinante en la zona hace que las denuncias caigan en saco roto y se trabaje con total impunidad.

Una vez arrebatado el terreno al pinar, la preparación del suelo para el cultivo se realiza aplicando productos químicos de síntesis, derivados de un petróleo declinante. La desinfección del suelo provoca un empobrecimiento del mismo, así como una grave contaminación de las aguas subterráneas que afectan al acuífero del que se nutre el Parque de Doñana.

Explotación laboral en los invernaderos

La explotación laboral constituye una parte indisociable de este modelo agrario. Los bajos salarios son condición necesaria para que el sector sea competitivo y tenga un “alto valor añadido”. A mayor explotación, mayores beneficios.

En el inicio del despliegue de los cultivos, era la población autóctona la que trabajaba la tierra. Al escalar posiciones y mejorar los ingresos,  dejaron de trabajar directamente en los cultivos y fueron reemplazados, inicialmente, por hombres procedentes de diversos lugares de África. Desde entonces, han sido constantes los conflictos con los trabajadores de los invernaderos. Las duras condiciones del trabajo provocaron conflictos, revueltas, violencia y movilizaciones que trataban de llamar la atención sobre el salario, la dificultad de integrarse en los pueblos cercanos y el confinamiento en barracones y cortijos, a menudo sin agua u otros servicios básicos. Los conflictos fueron respondidos a través de narrativas con tintes racistas y estigmatizadores que legitimaban la explotación y el aislamiento de los temporeros. Todas estas tensiones son bien conocidas y han sido reflejadas en estudios como, por ejemplo, los del antropólogo Ubaldo Martínez Veiga. Para él, son una manifestación del capitalismo tardío que lleva consigo una idea abstracta del trabajo como fenómeno intercambiable que circula, con independencia de las personas materiales de carne y hueso, entre las diversas unidades productivas. Los efectos perversos de este proceso se agudizan cuando los trabajadores son trabajadores extranjeros sin papeles ni derechos.

Explotación e indefensión de las mujeres temporeras

La situación de explotación e indefensión es aún mayor cuando las temporeras son mujeres. De forma más reciente, y a partir de los conflictos con los trabajadores africanos, la contratación ha empezado a desplazarse hacia mujeres procedentes de los países del este de Europa y de Marruecos. Quienes contratan creen que las mujeres dan menos problemas que los hombres. Para no decir que son menos conflictivas, se argumenta con autoridad y convicción que las mujeres son más aptas para la recogida de la fresa porque “tienen los dedos más delicados” – como si los hombres tuviesen dificultades congénitas para ejercer la función prensil sin espachurrar la fresa o las mujeres no fuesen capaces, si lo desean, de espachurrar la fruta– y presentan una morfología que las capacita genéticamente para estar más tiempo agachadas, recolectando.

Muchísimos campesinos en todo el mundo arrancan patatas del suelo y recolectan los frutos de plantas rastreras y matas agachados. Terminarán seguramente deslomados y agotados pero no creo que se hayan planteado jamás que su cuerpo está menos preparado genéticamente para adoptar una postura recolectora, y al vivir de lo que recolectan, tienen buen cuidado de usar sus dedos con cuidado para no destruir el fruto que recogen.

El patriarcado, otra vez más, se alía con el capitalismo. Se contrata a mujeres pobres, jóvenes, que no estén obesas, preferentemente casadas y que tengan hijos a su cargo, menores de 14 años, para asegurar que vuelven a sus países. Se sabe que ellas vuelven a casa si dejaron allí a seres vulnerables de los que hacerse cargo. No es tan seguro que los hombres se vean obligados a volver a casa para hacerse cargo de quienes dejaron allí.

Una vez en su zona de trabajo, solas, sin conocer el idioma, en entornos profundamente machistas, trabajan a destajo y en condiciones duras por un jornal menor que el de los temporeros explotados varones. En ocasiones, acosadas por ”manijeros”, capataces y empleadores que amenazan con apuntar menos kilos de los que recogen y despedirlas si no consienten en ser manoseadas y abusadas.

Las jornaleras de la fresa marroquíes son aplastadas por una alianza perversa entre el capital y diversas formas de patriarcados que se refuerzan entre sí: el que las ve como un cuerpo-máquina con dedos delicados –genéticamente conformado para agacharse–, explotables, sumisas y nada sospechosas de pretender quedarse en España por tener responsabilidades de cuidados; el de los capataces y manijeros, que estando también probablemente explotados, encuentran alguien sobre quien ejercer el poder y ante quien sentirse virilmente dominadores; y el de los hombres de sus propios países, sus maridos, ante los que, dicen las jornaleras, deben esconder los abusos que sufren para no ser repudiadas y poder volver a casa.

Toda esta concatenación de violencias contra los territorios y contra las personas –de clase, de origen, de género– forman parte estructural de una determinada forma de producir. No son casos puntuales o aislados.

Quizás por eso hay tantas resistencias a investigar y denunciar, quizás por eso, en lugar de aplicar el principio de precaución y proteger a las mujeres trabajadoras, primero se duda de ellas y se advierte de los riesgos que puede correr “un sector tan competitivo”. Con la prioridad puesta en los beneficios, todo merece la pena ser sacrificado con tal de que el sector se mantenga y crezca.

Es de agradecer que el SAT y otros colectivos solidarios y feministas estén prestando atención, visibilizando, y acogiendo a estas mujeres, a las que se trata de expulsar para que no denuncien. Hasta para poder denunciar hace falta una comunidad que te sostenga y te apoye. Las mujeres con la cara cubierta se manifestaban gritando  “no bien, no bien”. Emociona que  dos palabras sencillas pueden expresar tanta dignidad, tanto valor. Las temporeras marroquíes no son sumisas ni dóciles.

Son mujeres valientes esas que denuncian, que saben que el precio de las fresas en el mercado no justifica su explotación y su dolor. No compra ni sus dedos, ni su cuerpo.

¿Acaso no soy persona como tú?

Corremos por la playa de callaos y guijarros con todo lo que nos da el cuerpo y el alma, saltando de piedra en piedra a punto de perder el equilibro. La frágil barcaza neumática se mueve de manera errática desde que la avistamos en el point view. A mi lado, Ghias nos alienta con sonoros “come on! Armano di alma! quickly! quickly”. Detrás resoplan varios camarógrafos, sanitarios, socorristas y un grupo multicolor de bienintencionados.

Aunque los escarpines agarran bien, caerse es un riesgo que hay que asumir, pues se trata de una situación que puede conllevar peligro de muerte. La barcaza, sin control, toma rumbo hacia la parte menos accesible de la costa. Finalmente encalla en los riscos, bajo el cantil, con un metro y medio de profundidad. Dentro de la barca hay nervios y el oleaje no ayuda a calmar al grupo de unas setenta personas, formado por bebés, niños y niñas, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos, algún enfermo y un herido.

Espontáneamente, los voluntarios comenzamos a organizar una cadena humana, desde la barca hasta tierra firme, para salvar el inestable y escarpado terreno. Se forma así una serpiente multicolor e internacional de voluntarios, que en un esfuerzo colectivo, poco a poco y uno a uno, va rescatando a todas las personas que acaban de cruzar el mar buscando seguridad y libertad.

Aquel momento no podía ser más especial y emocionante. Allí estábamos decenas de personas de orígenes y condiciones diversas, dispares y distantes que no nos conocíamos, trabajando, codo con codo, para ayudar a otras personas que tampoco conocíamos. Eran momentos de actuar, de sentir. No había juicios, sino un objetivo y una voluntad común. Afloraba el corazón, el entusiasmo, el amor, la entrega, la caridad; lo mejor de la humanidad.

Ocurría esta escena en la costa norte de la isla griega de Lesbos, en el otoño de 2015, en plena crisis migratoria de refugiados sirios, y también afganos, iraquíes, yazidíes, kurdos, iraníes, somalíes o eritreos. Y, al calor de éstos, todo un flujo de inmigrantes de África y Asia.

Hasta allí me desplacé como voluntario independiente, movido por el insoportable impacto de la imagen del niño Aylán, y por una voluntad interior que no soy capaz de acertar a describir. Ese misterioso impulso íntimo e individual, superior a cualquier resistencia, me llevó a unirme a los grupos de rescate y atención a pie de playa de los centenares de personas que cruzaban desde la costa turca, a colaborar en su organización y gestión por distintos puntos de Grecia, a difundir y sensibilizar sobre lo que allí estaba ocurriendo. Aunque, sobre todo, a sentir y dejarme sentir. Porque sin los sentidos y sentimientos, la acción solo es un trámite. Y los trámites se deben dejar para los despachos. Como activista, como voluntario independiente, es necesario sentir a las personas.

¡Qué importante es para un refugiado saberse sentido! Jamás podré olvidar la cara de aquel afgano, que con terror infinito sacaba del interior de la barca a su hijo de apenas un par de años de edad y me lo entregaba para que lo llevara a tierra cuanto antes. Se producía un entendimiento instintivo, un cruce de miradas y gestos, una desesperada complicidad. No podré quitarme la impresión que provocaba ver aquellos niños, de menos de diez años, que no lloraban, pero su cara era de un trauma superior a las lágrimas. Lágrimas que derramaban sin cesar no pocos hombres de porte imponente, que, al pisar tierra, caían derrumbados, a plomo sobre sus rodillas, inconsolables.

Permanecerá en mi memoria tanto agradecimiento; el beso de la mujer siria, que sabía igual que el de una madre; los besos del padre iraní, que sonaban como los de un hermano; los abrazos de la anciana kurda, que se sentían como los de una abuela; y las caricias de aquel señor afgano, ya mayor, vestido con ropa artesana de oscura lana cachemir, que, mientras clavaba sus ojos en los míos, posaba sus manos ásperas en mis mejillas y recitaba en un murmullo, versos y letanías. Siempre recordaré, en los campos informales en el puerto del Pireo o en la frontera con Macedonia, los juegos con los más pequeños, sentarte en aquellos paupérrimos espacios que las familias llenaban de dignidad, las largas tertulias acompañados de un té, las risas, los enfados y la frustración, la escucha y el recuerdo. ¡Qué importante entonces el valor de la comensalidad en su sentido profundo!

Son experiencias en el terreno del encuentro, en la frontera de la dignidad, en el lugar en el que se escribe la Historia, en el espacio que nos da la medida de nosotros mismos, como individuos y como sociedades. Más aún cuando se trata de movimientos de refugiados, pues éstos trascienden las migraciones para conllevar un deber moral, casi sagrado.

Me decía Helal en aquellos días “¿Cuánto vale mi vida? ¿Cuánto mi libertad? ¿Acaso no soy persona cómo tú?”.

Comunicado acerca de la cumbre europea sobre migración

Manifiesto

Ante los acuerdos tomados en materia de migración y asilo en la última cumbre de líderes europeos celebrada los días 28 y 29 de junio, las organizaciones abajo firmantes manifiestan su más firme rechazo al contenido y al fondo de las resoluciones tomadas en un encuentro, del que se esperaba una respuesta necesaria y esperanzadora a la situación vital que están sufriendo miles de seres humanos, empujados a abandonar sus lugares de procedencia.

En dicha cumbre se tomaron acuerdos, que en realidad no acuerdan nada, dando vía libre a que cada país haga lo que quiera; unos acuerdos que reinterpretan el derecho de asilo, modificando normas para maquillar las continuas violaciones al derecho internacional y europeo en temas de asilo y acogida; unos acuerdos tomados desde la óptica del estar tratando con “carne humana”, cediendo así a los planteamientos más regresivos y xenófobos que empiezan a emerger en varios países de la Unión; unos acuerdos que desoyen el clamor de la mayoría de la población que se solidariza con los migrantes o la disposición de cientos de ayuntamientos dispuestos a acogerlos en sus localidades.

Pero quizás lo más vergonzante es que, mientras muchos seres humanos mueren en su intento de cruzar el Mediterráneo, estos líderes europeos centraron su discusión en si creaban “plataformas de desembarco” en el interior de Europa o si lo hacían en terceros países. No hubo ni una autocrítica, ni una reflexión acerca de la responsabilidad que Europa ha tenido en la generación del conflicto; ni un reconocimiento del expolio que Europa ha producido y sigue produciendo en aquellos países de donde proceden los migrantes; ni una revisión a su lucrativa política de invasiones (como miembros de la OTAN) y de venta de armas, que termina abasteciendo a aquellos países en conflictos de los que hoy huye la gente.

Básicamente hablaron de dónde colocar “plataformas de desembarco”, es decir, cárceles para extranjeros o, más acertadamente, campos de concentración, con el objetivo último de devolver a los migrantes a sus precarios países de origen. Es un paso más atroz y deshumanizante en la dirección de los ya cuestionados “Centros de Internamiento para Extranjeros”. Ni dentro ni fuera, Europa no puede torpedear sus cimientos humanistas para ceder a la ultraderecha racista y fascista con una política que vuelve a criminalizar al extranjero, al migrante, al diferente, y a quienes se solidarizan con ellos.

La vida humana es sagrada y, desde el convencimiento de que no habrá progreso si no es de todos y para todos, las organizaciones firmantes instan a los gobiernos europeos a dar una respuesta coherente y urgente tomando medidas como:

  • Desmantelamiento de todos los centros de internamiento para extranjeros, así como el abandono de toda tentativa de crear cárceles para migrantes, en cualquiera de sus formas.
  • Eliminación de ‘vallas’ en distintos países de la Unión.
  • Por el contrario, ir avanzando hacia la eliminación de fronteras, que solo existen para separar a los pobres y no tienen realidad para los capitales y la minoría cada día más escandalosamente rica del planeta.
  • Impedir que los impuestos de los ciudadanos europeos sean destinados a la ‘vigilancia de fronteras’, la ‘externalización’ de las mismas y la creación de ‘plataformas-prisiones’. Proponemos que estos fondos sean destinados a otros aspectos, como la acogida de estos seres humanos que llegan a Europa.
  • No a la criminalización del migrante y del refugiado ¡Ningún ser humano es ilegal!
  • Desistir en la criminalización de ONGs y cooperantes que ponen su esfuerzo en salvar vidas humanas, así como penalizar a aquellos países que entorpezcan su labor (como es el caso de los continuos sabotajes a los barcos humanitarios Aquarius, Lifeline u Open Arms).
  • Qué estas políticas sean investigadas y consideradas crímenes de lesa humanidad.
  • Habilitar vías de ingreso legales a Europa para una real y efectiva lucha contra las mafias que especulan con el comercio de seres humanos. No solamente con la creación de “pasillos humanitarios”, sino, sobre todo, otorgando documentos de entrada legal a Europa.
  • Crear una política de reparación a aquellos países a los que Europa lleva expoliando desde hace centurias.
  • Control exhaustivo de las ventas de armas a países en conflicto, directa o indirectamente desde terceros países.
  • Dejar de seguir los mandatos de EEUU, a través de la OTAN; dejar de ocupar territorios y de bombardear a las poblaciones, que se ven obligadas a huir buscando salvar sus vidas y las de los suyos.
  • El cumplimiento escrupuloso de la Declaración de los Derechos Humanos así como de las leyes internacionales en materia de asilo y migración.

Mientras tanto, alentamos a las poblaciones a mantener ese impulso solidario que entronca con nuestras mejores tradiciones humanistas europeas. Debemos seguir dando esa lección de dignidad a nuestros vergonzantes dirigentes políticos trabajando con las decenas de miles de ciudadanos que están ofreciendo sus casas, o las redes vecinales que se articulan para dar atención urgente a los que llegan a sus ciudades, así como apoyar a los líderes locales de nuevo cuño que asumen desde sus municipios las responsabilidades que los gobiernos nacionales y las instituciones europeas son incapaces de desarrollar.

Madrid, 3 de julio de 2018

Firmado:

Convergencia de las Culturas
Redes Cristianas
Iglesia Evangélica Española
Energia per i Diritti Umani Onlus – Roma
Diritti al Cuore Onlus – Roma
Salute Migrante – Roma
Pressenza International Press Agency
La Asociación Mujeres Humanistas por la Noviolencia
FICNOVA, la Festival Internacional de cine de la noviolencia activa
Humanistas por la Renta Básica Universal

Nos queda la palabra y la proximidad

Manifiesto Éxodo

Nos queda la palabra

…para expresar la posición de Éxodo ante el fenómeno de los migrantes y de los refugiados.

Los seres humanos migran. Buscan refugio. Y lo hacen forzados en origen, al menos en parte, e inducidos por varias circunstancias. Algunas, no pocas, fruto de la globalización y su creencia de que el libre comercio conduce por sí solo e inevitablemente al crecimiento del bienestar humano. Los desequilibrios, el expolio que genera la codicia de las grandes multinacionales, el reparto injusto de los bienes a escala planetaria, las hambrunas sistemáticas, la miseria, la escasez de servicios básicos, etc., constituyen daños colaterales eventuales. A tales causas expulsoras hay que sumar las guerras, las persecuciones políticas, tribales, religiosas, étnicas o por condición sexual, sin marginar la presión ejercida por la densidad demográfica o por los desastres naturales que fuerzan los desplazamientos, ni olvidarnos de la búsqueda de oportunidades y mejores perspectivas por parte de quien emigra o para su familia.

Están los hechos y están los derechos, pues migrar y buscar refugio son derechos humanos. Pues bien, en torno a ellos con frecuencia se emiten mensajes simples cargados de emotividad e incitación que van configurando todo un imaginario de prejuicios que intoxica la salud democrática y a los que es imperativo darles réplica.

El primero o prejuicio nodriza hunde sus raíces en esa zona abisal del cerebro donde reinan los miedos a lo extraño. Este mecanismo de defensa se verbaliza usando categorías y clasificaciones disyuntivas (nosotros/los otros, legales/ilegales,…) que olvidan adrede la igualdad de los seres humanos a la vez que ignoran la dignidad de personas concretas con sus situaciones específicas.

Está luego el prejuicio numérico. Los informes aseguran que cada dos segundos una persona se vio forzada a desplazarse durante 2017 hacia un destino más o menos incierto. La constatación de que la mayoría de los desplazados se queda en regiones limítrofes al país de procedencia como testifican la crisis de los refugiados sirios, iraquíes, yazidíes, kurdos, rohingyas, sudaneses del sur, etc., y de que sólo una minoría afronta el reto de dirigirse hacia Occidente, importan poco. Lo crucial para algunos políticos y no pocos medios es distorsionar la cifra con mensajes-zoom: “invaden nuestra tierra”, “España no puede absorber a millones de africanos”, “no podemos dar papeles a todos”, “se produce un efecto llamada”, “nos suponen un gasto difícilmente asumible”, “hay que garantizar nuestras fronteras” …con el fin de que cale la creencia de que los emigrantes y los refugiados son muchos más de los que en realidad son. Corolario: ante el dilema o ellos o nosotros, nuestro control migratorio se coloca por encima de su derecho a la vida.

Imperioso resulta denunciar, en tercer lugar, la falacia del discurso proteccionista que convierte al emigrante pobre en chivo expiatorio de los males sociales y nacionales. De este modo la xenofobia y la aporofobia se hermanan bajo la máxima de que los emigrantes erosionan el estado del bienestar, compiten con los nacionales para el reparto de recursos, roban los empleos, agotan nuestro sistema de protección al recibir ayudas y subvenciones. No es cierto, sin embargo, que los inmigrantes nos esquilmen, al contrario, tienen, a la larga, efectos positivos demográficos para nuestra sociedad envejecida, aportan riqueza cultural, mejoran a corto plazo el PIB per capita, son garantía para las pensiones y mejoran otros indicadores para el sostenimiento del estado de bienestar.

De igual modo es preciso combatir las generalizaciones infundadas del relato alarmista que imputa a todo el colectivo migrante comportamientos delictivos o acciones censurables asociando la emigración al incremento de la inseguridad ciudadana. Y si a esta burda correlación se añade la sospecha de que los migrantes sirven de camuflaje a los terroristas, ya tenemos el magma donde chapotea la extrema derecha emitiendo consignas con una sorprendente capacidad de filtración.

Este proteccionismo antiinmigración no puede, además, desvincularse del prejuicio identitario: los inmigrantes destruyen nuestra cultura infectando las creencias, los valores, las costumbres, el lenguaje. Hace casi veinte años que Maalouf, A. hablaba de las identidades asesinas aludiendo a la patria, a la religión, a la etnia o a la propia cultura cuando se idolatran o se conculcan en su nombre los derechos de los otros. Y Octavio Paz, por su parte, advertía de que contra el atávico impulso racista que detesta al extraño, no hay mejor remedio que el mestizaje. Porque lo que en realidad se impugna en el racismo y en la evaluación moral que se ejecuta según la pertenencia es el derecho a la igualdad de la diversidad. De ahí nuestra repulsa contra ese supremacismo first que inocula el chovinismo en programas políticos e impulsa actitudes agresivas por parte de los ‘nacionales’ que al sufrir una difícil situación económico social miran al inmigrante como un antagonista.

Contra esta batería de prejuicios nos queda batallar con la palabra. Llevar a cabo un distendido debate social sobre la inmigración cuyo eje tendría que fijarse en si disponemos de instrumentos adecuados para gestionar el fenómeno migratorio y si el primer elemento a considerar ha de ser el de la legitimidad, es decir, tratar la migración y el asilo de conformidad con los principios y reglas del estado de derecho y de la democracia, de tal manera que, en todo momento, brille el reconocimiento y la garantía de los derechos humanos. Sólo después habrá que madurar los dispositivos de eficacia.

Y nos queda la proximidad

…para comprender que los derechos de las personas migrantes y refugiadas se defienden mejor en el encuentro con ellas o cuando sencillamente las miras a los ojos. Es lo que hacen las voluntarias y los voluntarios, las comunidades, los pueblos y las organizaciones que están en primera línea de las fronteras sólidas o líquidas socorriendo, rescatando, salvando, acogiendo dignamente luego, acompañando después.

Ellos son los ojos que nos ayudan a educar nuestra mirada. Ven personas. Prójimos. Dan visibilidad a seres humanos en diáspora. Perciben su ejemplar capacidad de resistir, su ejercida dignidad, sus sueños de libertad, su solidaridad en situaciones límite. También su pavoroso infierno. Las perciben en directo una a una sin necesidad de estereotipos ni categorías excluyentes. Y con eso está ya casi todo dicho.

Ven que las fronteras se han convertido en espacios-de-no-derechos donde el control vale más que la vida, con riesgo añadido para la infancia y para las mujeres que se ven obligadas a poner el dinero y el cuerpo.

Ellos son la piedad en acción para con las familias de los muertos y desaparecidos en ese cementerio atroz del Mare Nostrum, alentando su acceso a la verdad, a la justicia y a la reparación, colaborando con las organizaciones de las comunidades migrantes que se enfrentan al poder de las organizaciones criminales necesarias para el cruce.

Ellos son el compromiso a pie de obra que acoge y trata de facilitar el acceso a la escolarización, a un techo, a un trabajo, a la herramienta de la lengua y a otras formas de incorporación social. Su compromiso nos indica el camino por el que debería transitar una sociedad civil movilizada a fin de obtener el reconocimiento de los derechos básicos de las personas migrantes y superar de ese modo el círculo del voluntarismo, de la caridad y de la compasión. Porque es preciso reclamar una política migratoria más flexible para obtener visado de residencia y trabajo, siquiera dentro de un plazo prudencial.

            Ellos son los testigos, si se quiere profetas, que denuncian las devoluciones en caliente, las detenciones indiscriminadas, la represión en la frontera sur. Ellos reclaman de las administraciones el cumplimiento de sus responsabilidades y sus obligaciones, entre ellas el acuerdo sobre el cupo y el cambio de funciones del Frontex. Ellos inculpan la Ley de Extranjería exigiendo que responda, por estricta justicia, a las demandas de “papeles”, de vivienda y de trabajo. Evidencian la explotación de los migrantes, de las esclavizadas entre fresas… Exigen el cierre de los CIE, esos lugares opacos de sufrimiento inútil, por su déficit humanitario, democrático y jurídico, en los que las ONGs amortiguan la vulnerabilidad de las personas internadas previniendo la violación de sus derechos y tratando de corregir las deficiencias, y piden que se cambien por Centros Abiertos de estancia temporal, en los que se dé orientación sobre el marco jurídico de extranjería a la vez que se proporcionan las primeras herramientas para la integración social. Ellos son los que solicitan que se establezcan rutas seguras con los demás países europeos, acompañadas de medidas concretas y urgentes de acceso legal.

            Ellos son el testimonio de cómo deberían asumirse ciertas responsabilidad para ser coherentes con principios, valores o intuiciones morales, y de este modo responder ante la propia conciencia, ante los demás o ante el Dios que juzga según la norma “porque fui forastero y me hospedaste”.

Ellos son la memoria que alerta de que emigrantes y exiliados los españoles fuimos, de que las identidades se van transformando, que las migraciones conforman flujos cíclicos que no van a detenerse, que vamos hacia la policromía social y cultural, y que resulta preferible prepararse, sensibilizarnos y educarnos para ello a confiar ciegamente en las leyes del mercado.

Ellos son la esperanza de que la tierra prometida se alcanza trabajando por otro mundo posible más mestizo.

Nos queda la palabra y la proximidad: manifiesto de Éxodo.

 

Teologías del Sur. El giro descolonizador

Fernando Bermúdez

Este  libro es una reflexión interdisciplinar sobre los desafíos más importantes que se les plantean hoy a las religiones y a las teologías. El autor, Juan José Tamayo, destacado teólogo de la liberación, se ha adentrado en un nuevo paradigma teológico, cuestionando el eurocentrismo de la teología, en actitud de diálogo con las distintas disciplinas: filosofía, antropología, sociología, psicología, ciencias sociales.

El libro es fruto de varios años de estudio, investigación y viajes del autor por los pueblos del Sur global, muy particularmente en Haití y República Dominicana.

Las páginas introductorias del libro son el pórtico que da acceso al libro y permiten una mejor comprensión del mismo. En ellas el autor ofrece la genealogía del nuevo paradigma. Señala que las religiones, sobre todo las monoteístas, tienden a dar respuestas del pasado a preguntas del presente sin ser conscientes de que cuando sabían todas las respuestas, les cambiaron las preguntas. Si quieren intervenir en los procesos históricos de liberación deben estar atentas a las nuevas preguntas, recreando el pasado.

En el capítulo primero hace un análisis histórico-crítico de las religiones hegemónicas, sobre todo, del cristianismo colonial africano, del cristianismo autista asiático, del  catolicismo romano y de la colonización del mundo islámico, que han impuesto la uniformidad y han anulado  el pluriverso  religioso y cultural de los pueblos. El cristianismo colonial, con raíces en el cesaro-papismo, es marcadamente patriarcal, clerical, autoritario, impositivo,  dogmático, legalista y monopolizador de la verdad. En América Latina, en concreto, la cruz fue imponiéndose por la espada, destruyendo las culturas autóctonas.

Sin embargo, señala Tamayo, dentro de cada credo aparecen, asimismo, movimientos de resistencia en defensa del respeto a la diversidad cultural de los pueblos y a la dignidad de las personas. En América Latina destacan las figuras de Antonio Montesinos, Bartolomé de las Casas y Vasco de Quiroga.  En  las últimas cinco décadas han surgido las teologías de la liberación que reformulan la fe del pueblo creyente latinoamericano en perspectiva emancipadora y orientan a la praxis transformadora de las estructuras coloniales injustas. La teología de la liberación se ubica en el mundo de los marginados y en el horizonte del socialismo humanista, actualmente del socialismo del siglo XXI..

La teología clásica cristiana se limitó al estudio de dogmas y con frecuencia cayó en el dogmatismo, sin tener en cuenta la realidad social o, peor aún, legitimándola. Vivió, por utilizar la expresión kantiana, en una larga minoría de edad –¿culpable?- histórica, étnica, social y patriarcal.  El autor cita al arzobispo anglicano William Temple, invitado por Juan XXIII y Pablo VI como observador al Concilio Vaticano II, quien definía al teólogo clásico como “una persona muy sensata y sesuda que pasa toda una vida encerrada entre libros intentando dar respuestas exactísimas y precisas a preguntas que nadie se plantea”. El paradigma de las Teologías del Sur, por el contrario, no pasa de largo ante los sufrimientos de los seres humanos y de la tierra, sino que busca, como el Buen Samaritano de la parábola evangélíca, aliviarlos a través del doble principio de la compasión y la liberación.

En los siguientes capítulos analiza las teologías emergentes  poscoloniales. Hace un riguroso e interesante  recorrido por las teologías del Sur global: africana y asiática, latinoamericana y negra estadounidense. Ubica cada una de ellas en sus respectivos contextos geoculturales, políticos y económicos y presta especial atención a las corrientes feministas y pos/decoloniales.

Uno de los espacios de diálogo interreligioso e intercultural en el que el autor ha abierto brecha, es la teología y la sociología del mundo musulmán, tema que en occidente es poco conocido. Señala que en algunos países musulmanes y en el seno de las comunidades musulmanas europeas y norteamericanas está surgiendo una teología de la liberación, cuyos ejes temáticos son: la crítica del monoteísmo intolerante, que desemboca en fundamentalismos, la recuperación de los más bellos nombres de Dios, misericordioso, clemente, compasivo y abogado de los pobres, la primacía de la ética de la liberación sobre el dogma y la lectura feminista del Corán.

El último capítulo, “Sumak Kawsay y teología indígena”, es una joya. Nos introduce en la cosmovisión indígena del “buen vivir y convivir” con la naturaleza, el cosmos, los antepasados, la comunidades,  todos los seres humanos. Las personas son parte del ecosistema. La cosmovisión indígena interpreta el mundo como un sistema interrelacionado y con un orden espiritual que demanda respeto y gratitud. Todo lo que está en la Madre Tierra y en el universo es sagrado.

Existe una identificación con la Madre Tierra, la Pacha Mama. El autor trae a la memoria al obispo de Riobamba y defensor de los indios, Leónidas Proaño, como referente de la teología indígena vivida, al sociólogo belga de la liberación François Houtart y su propuesta de defensa de los Bienes Comunes de la Tierra y de la Humanidad,  y al presidente del Estado Plurinacional de  Bolivia, Evo Morales, con sus diez mandamientos.

Las teologías emergentes, que expone aquí Juan José Tamayo con rigor y profundidad, son creadoras de discursos alternativos a las teologías eurocéntricas de carácter colonial, intentan responder a los grandes desafíos de nuestro tiempo, particularmente, a la globalización neoliberal, a la pobreza estructural, a la exclusión social, a la creciente desigualdad, al antropocentrismo depredador de la naturaleza, a la democracia sometida al asedio del mercado, a los fundamentalismos, al patriarcado, a los fenómenos migratorios, al racismo étnico-cultural y epistemológico, al militarismo…

Estas teologías cuestionan en su raíz los sistemas de dominación, presentan nuevas alternativas de carácter liberador y caminan por las sendas del diálogo interreligioso e intercultural, interétnico e interdisciplinar en actitud de búsqueda permanente, y lo hacen en dirección a la Utopía de Otro Mundo Posible, que constituyen la base de este libro.

Es este un libro sugerente y muy recomendable para cuantas personas trabajan por un mundo libre de dominaciones, pero sobre todo para las teólogas y los teólogos de las diferentes tradiciones religiosas y espiritualidades.

Dejar hablar al sufrimiento, condición de toda verdad. Hacia otro modo de ver, pensar y actuar…para que no se repita

Juanjo Sánchez

Estos dos pensamientos no son de Reyes Mate, sino de Adorno, pero son el nervio que atraviesa su último libro. Un libro sorprendente desde el título, El tiempo, tribunal de la historia, pero sobre todo extraño, es decir singular, interpelante… por su contenido. Un atrevido desafío al pensamiento y a la praxis, a la cultura y la política dominantes en nuestro tiempo, en Occidente.

Un libro en completa sintonía con su producción anterior y, a la vez, completamente nuevo. Una obra de madurez y sin embargo sumamente original: vertebrada por la noción de tiempo, más exactamente, por la reivindicación de un tiempo nuevo para nuestro tiempo, un tiempo alternativo, que interrumpa y quiebre la lógica del tiempo dominante, que se haga cargo del desafío del sufrimiento en la historia (y de su expresión máxima en el Holocausto) y tome en serio el deber de recordarlo –el deber de memoria– para que no se repita…, un tiempo “que salve”, como el “ángel de la historia” que evocaba Walter Benjamin…

Ese tiempo nuevo, dice Reyes. es el tiempo bíblico, mesiánico, apocalíptico, tiempo que viene de lejos, y nace “como respuesta al sufrimiento”. Tiempo nuevo que obliga a re-pensar y a pensar de otra manera todo, la historia y el presente, “los problemas de nuestro tiempo”; un tiempo que comporta “otro tipo de racionalidad”, una racionalidad que cuestiona al pensamiento dominante, al conservador pero también al crítico que no es suficientemente radical: un tiempo, “tribunal de la historia”.

El libro lo divide el autor en dos partes: en la primera desnuda y deconstruye el tiempo que finalmente se impuso en la historia sobre el tiempo mesiánico y que ha hecho historia hasta nuestros días: el tiempo del progreso, cuyo éxito fue posible al precio de dar la espalda al sufrimiento en la historia. Por eso en la segunda parte sale “al rescate” del tiempo mesiánico-apocalíptico y del nuevo pensamiento que suscita y alimenta, un pensamiento invertido, el único que puede alumbrar ”otro mundo posible”.

El impulso que lleva a desmontar el tiempo dominante brota, en efecto, de la conciencia del “precio” del progreso: el sufrimiento de las víctimas. El progreso, como ha subrayado Baumann, genera pirámides de “residuos humanos”. Y eso obliga a rebajar los humos del hombre moderno y a remontarse a otros orígenes, más allá de la Modernidad, en busca de inspiración. Reyes no tiene reparo alguno en hacerlo hasta … el mismo “mito”, donde se guarda una sabiduría tan extraña como lúcida: el relato bíblico –recuerda– inicia la historia, el tiempo, con una acción libre, pero transgresora, del ser humano, causa del mal y el sufrimiento. El sufrimiento no es algo natural, sino obra humana, es decir, una injusticia. Y la historia se abre para responder del mismo y al mismo. Ahí radica, como decíamos, el sentido del tiempo mesiánico: reparar el sufrimiento en la historia

Es por eso un mesianismo diferente, pobre, débil… y difícil. Tras el retraso de la llegada del Mesías entró en una crisis profunda y solo fue restablecido al precio de su “espiritualización”. Tal fue la obra, en parte, de Pablo y sobre todo de Marción, que sustituyó el tiempo mesiánico, apocalíptico, por el tiempo gnóstico. Un tiempo que, desinteresándose del mundo, puso paradójicamente las bases para su afirmación. La historia dejó de ser lucha contra el sufrimiento y se convirtió en ideología del progreso.

Y esa fue la idea fuerza que dio origen a las modernas filosofías de la historia y filosofías políticas que se convirtieron en el pensamiento dominante en Occidente: la conversión de la debilidad del mesianismo (y del Dios de Jesús – podríamos añadir) en poder, como denunció con toda lucidez Horkheimer. Y justamente en ese momento histórico el hombre desplaza a Dios de la historia porque no responde al escándalo del sufrimiento humano. Pero ¿y él? ¿responde él, el hombre ilustrado, emancipado, secularizado, al sufrimiento humano? ¿se hace cargo de él? ¿carga con él? ¿lo salva? …Con gran fuerza abre Reyes Mate en los capítulos centrales de esta primera parte del libro esos graves interrogantes y con ellos alcanza su relato toda su hondura y seriedad. Porque, en su opinión, esos interrogantes –en definitiva, la pregunta decisiva por la injusticia del sufrimiento y su futuro– “siguen sin respuesta”.

Y ante ellos no valen excusas ni mítico consuelo, ni recurso a patrones dominantes en nuestra cultura moderna, como la utopía ilustrada, secular, la vuelta a Marx, la ciencia o la reivindicación de los derechos humanos…, que han dado muestras suficientes de fallos y déficits importantes. El caso de Marx es especialmente paradigmático. Marx –observa críticamente Reyes– privilegia al proletariado no tanto por ser el “despojo” de la historia, cuanto por ser la clase ascendente, la fuerza del futuro…

Diferente es, en cambio, para Reyes, el caso Albert Camus. Frente a la mayoría de sus contemporáneos intelectuales, él, Camus, sí cargó con la responsabilidad ante el sufrimiento humano y con “la tarea de la compasión”. Y lo hizo con radicalidad: como “el modo de ser humano”, y de forma incondicional: tomando absolutamente en serio el desafío de la universalidad del sufrimiento. Y de ahí la relevancia para él del sufrimiento de los inocentes y su interpelación a Dios –a la “justicia divina”– precisamente él, el gran agnóstico, junto con Dostoievski…

La figura de Camus se convierte en paradigmática porque estuvo a la altura de la responsabilidad que se pedía a un intelectual ante el sufrimiento: antes del desastre (Auschwitz), ser “avisador del fuego” y después, ser consecuente con el deber de memoria y “re-pensar todo desde la perspectiva de sus víctimas.

Es justamente, como decíamos, a lo que Reyes dedica la segunda parte de su libro: a rescatar la dimensión mesiánica, apocalíptica, del tiempo, y con ella configurar aquel pensamiento nuevo, capaz de alumbrar “otro mundo posible”. Y lo hace en tres pasos.

El primero, un re-planteamiento radical de la relación entre religión y razón, más precisamente, de la génesis y por tanto de la constitución de la racionalidad, labor fundamental que Reyes viene haciendo desde muy pronto en todas sus publicaciones, por lo menos desde La razón de los vencidos, de 1991. Es, sin duda, un nervio y una de las claves de su “nuevo” pensamiento, apoyado en Max Weber, pero sobre todo en Walter Benjamin, su gran inspirador. La primera de sus Tesis sobre la historia, en la que propone la singular y sorprendente alianza entre razón (materialismo histórico) y teología (mesianismo), marca la pauta. No, evidentemente, una “vuelta atrás” al mito, sino un “salto mortale” hacia otra dimensión, hacia el futuro que viene de más atrás, del “pasado de los vencidos”: la “reserva de sentido” guardada en la memoria. Esa que reivindicaba Kafka con toda lucidez ante su padre, tan asentado en la modernidad.

De ese primer paso sigue inmediato el segundo: una visión invertida, alternativa de la historia como “historia de sufrimiento” y de lucha contra él, sostenida por la esperanza en el Mesías, por la “estrella de la redención” (Rosenzweig), cuya luz evocó Adorno tan certeramente.

Y desde estos dos pasos despliega Reyes finalmente algunas de las claves del nuevo pensamiento que surge del tiempo apocalíptico rescatado contra el tiempo gnóstico del progreso. Un pensamiento que exige ante todo un “giro epistémico”: “pensar desde y contra la injusticia del sufrimiento”, es decir, aquella racionalidad alternativa a la razón occidental dominante evocada más arriba, que expresaron de forma lapidaria Horkheimer y Adorno en un aforismo de la Dialéctica de la Ilustración: “solo hay una expresión de la verdad: el pensamiento que niega la injusticia”, y que había adelantado ya lúcidamente Benjamin en su profunda convicción: “La esperanza nos es dada por aquellos que carecen de ella.”

Es este un pensamiento amasado en la memoria del sufrimiento, un pensamiento por eso radicalmente lúcido frente a la tentación de la inocencia y a las trampas de la victimación, y un pensamiento que se expresa y verifica en la praxis de la compasión (“el sufrimiento nos es dado por mor de la compasión”, decía Hermann Cohen), del “hacerse cargo del sufrimiento del otro”, del “hacerse prójimo”, como también decía Jesús, y así, del hacerse sujeto, del hacerse humano.

En cuanto tal, es un pensamiento singular, extemporáneo, pero justo por ello, sumamente actual y necesario. Frente a la religión dominante del capitalismo que lleva “al desastre”, a la negación de lo humano, el pensamiento impulsado por el tiempo mesiánico, apocalíptico, juzga, niega la historia y el presente para afirmar –para “salvar”– lo humano que está en peligro. “Donde hay peligro, allí crece también la salvación”, dijo esperanzado el poeta Hölderlin.

El libro culmina en una evocación, tan excelente como inquietante, de la muerte que, en el horizonte del “tiempo mesiánico”, no podía ser sino “un alegato en pro de una vida antes de la muerte”, es decir, una apuesta decidida, teórica y práctica, por “otro mundo posible”.

Al entregarme su libro para la reseña, Reyes Mate me decía: “Es mi filosofía de la historia”. Lo es, sin duda, pero es mucho más. En este libro, Reyes nos entrega las claves de su obra completa (hasta el momento), la propuesta de aquel modo de pensar diferente, alternativo, que brota del impulso del tiempo mesiánico y que puede poner las bases para hacer realidad esa propuesta. “Si otro mundo es posible –advierte convencido– será porque hay una alternativa al tiempo de nuestro tiempo.” Un libro provocador, sin duda, que dará que pensar.

Recuperando el patrimonio inmatriculado

Coordinadora Estatal Recuperando

RECUPERANDO es la coordinadora estatal que agrupa a una veintena de plataformas y entidades tanto laicas como cristianas, que luchan por la recuperación del patrimonio inmatriculado por la Iglesia Católica.

Con ocasión de la apertura del Año Europeo del Patrimonio Cultural que se celebra el 13 de febrero en Palencia, RECUPERANDO denuncia el expolio del patrimonio realizado por parte de la Iglesia Católica en base a las inmatriculaciones realizadas desde 1946 a 2015 a tenor del artículo 206 de la Ley Hipotecaria y 307 de su reglamento ya derogados, que representa un grave riesgo para el patrimonio cultural en el estado español.

*****

La simbiosis entre la Iglesia católica y la dictadura franquista generó un procedimiento privilegiado por el que decenas de miles de bienes quedaron privatizados. El artículo 206 de la Ley Hipotecaria reformada en 1946 equiparó la Iglesia católica a las administraciones públicas para inmatricular bienes. El artículo 304 del Reglamento Hipotecario establece en 1947 que las certificaciones requeridas para la inmatriculación de bienes por la Iglesia Católica serán expedidas por los obispos respectivos. La Iglesia Católica, acogiéndose a esta vía excepcional y con un coste irrisorio, ha inscrito a su nombre miles de bienes que pertenecen a los pueblos, siguiendo un procedimiento que no conlleva publicidad alguna.

Este privilegio debiera haber desaparecido al aprobarse la Constitución que declaraba el Reino de España como aconfesional, pero se mantuvo vigente hasta 2015.

Desde 1946 hasta 2015 se ha producido en el Estado español un expolio monumental. La Mezquita de Córdoba, la Giralda de Sevilla, la mayoría de las catedrales, miles de iglesias y ermitas, pero también casas curales, cementerios, fincas, e, incluso, frontones, plazas, murallas, etc., con todo lo que contienen en su interior, han sido inscritos en los Registros de la Propiedad por la Iglesia católica con el simple certificado del obispo correspondiente sin acreditar título de propiedad alguno. Se trata, por tanto, de una escandalosa apropiación de bienes de diversa índole.

Uno de los problemas más graves de este proceso es su total opacidad. En algunas Comunidades Autónomas y Ayuntamientos se ha podido disponer de informaciones parciales, pero el Gobierno del PP se sigue negando a dar a conocer el detalle de los bienes inmatriculados. La coordinadora RECUPERANDO presentó el 9 de febrero de 2017 un escrito en el Congreso de los Diputados solicitando esta información. No obstante, en su última respuesta (19/10/2017) el Gobierno declara que “se ha pedido al Colegio de Registradores de la Propiedad una relación de todas las inmatriculaciones llevadas a cabo por vía del artículo 206 de la Ley Hipotecaria, que fue derogado por la Ley 13/2015, de 24 de junio, de Reforma de la Ley Hipotecaria, desde 1998 hasta la citada derogación”.

Fernando Giménez Barriocanal, vicesecretario para Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal Española, reconoció públicamente la existencia de entre 30.000 y 40.000 inmatriculaciones. Sospechamos, además, que se refiere a las realizadas después de 1998. Si a ello añadimos el valor incalculable de muchos de esos bienes, podremos comprender la magnitud de este expolio.

Este patrimonio usurpado exige un costoso mantenimiento que la Iglesia pretende, y muchas veces consigue, que sea financiado por las administraciones públicas. Pero ese patrimonio se convierte en objeto de negocio con las restricciones que su pretendido propietario quiera imponer.

En resumen, la inmensa mayoría del patrimonio histórico-artístico del Estado español está privatizado como consecuencia de las inmatriculaciones. La Iglesia católica impone sus criterios e importes para acceder a los mismos. En otros muchísimos casos, los abandona hasta la ruina. Esta es la amenaza más grave para el patrimonio en España.

*****

Un caso paradigmático en Palencia: el monasterio de Santa Cruz de la Zarza

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) confirmó el 25 de abril de 2017 sus sentencias anteriores condenando al Estado español a abonar una indemnización de 615.600 € por no haber protegido el derecho a la propiedad frente a una inmatriculación de la Iglesia católica. Se ponía fin a un litigio iniciado en 1994.

Como la coordinadora RECUPERANDO afirmó en su día, esa sentencia representa “un varapalo sin precedentes contra el privilegio registral de los obispos y la pasividad del Estado hacia la apropiación de miles de inmuebles”. Por ello, es necesario restaurar la “legalidad conculcada por esta violación continuada y masiva de los Derechos Humanos mediante las inmatriculaciones”.

Pero hay otro aspecto que resulta especialmente relevante en esta inmatriculación: el monasterio de Santa Cruz de Ribas, también llamado de Santa Cruz de la Zarza, de estilo cisterciense-protogótico del siglo XII es hoy un establo en ruinas. Lamentablemente es el destino de muchos de los bienes inmatriculados.

Pero hay más. Esta semana la Iglesia subasta la casa parroquial de Grijota a 6 Km de aquí. Las casas de los curas las levantaron los pueblos y se la dejaban al cura, como le dejaban casas al maestro, al médico, al secretario… La diferencia es que, cuando estos se fueron, dejaron las casas, y cuando se van los curas, los obispos las venden, porque para eso las han inmatriculado.

Por otra parte, la Diócesis de Palencia pretende registrar la propiedad de la iglesia de San Francisco, bien de interés cultural, y sus edificaciones anejas. Sede de las Cortes de Castilla y residencia real, ha conocido desde su fundación en el siglo XIII los más diversos usos.

La apropiación de nuestro patrimonio histórico-artístico no cesa.

defendemos el patrimonio como bien de dominio público.

 

Laicidad y laicismo a la altura de nuestro tiempo

Juanjo Sánchez
  1. Díaz-Salazar, Democracia laica y religión pública, Taurus, Madrid 2007, 206 pp. R. Díaz-Salazar, España laica. Ciudadanía plural y convivencia nacional, Espasa, Madrid 2008, 319 pp.

Estos dos libros de Rafa Díaz-Salazar responden a un contexto de hace ya diez años, pero mantienen una sorprendente actualidad porque el debate que los suscitó en su momento sigue lamentablemente abierto: como reza el título de este número de nuestra revista ÉXODO, “la laicidad sigue siendo un asunto pendiente”. Pero, además, porque su contenido rebasa el debate de aquella coyuntura y aborda el debate más amplio que está en el fondo sobre una concepción de la laicidad a la altura de nuestro tiempo.

Como ha dejado reflejado en la espléndida ENTREVISTA que nos ha concedido en este número, Rafa, sociólogo y cristiano comprometido, conoce como pocos los pliegues de la realidad política, social y moral de nuestro país, así como las complejas relaciones históricas entre la iglesia, el Estado y la sociedad, y por tanto también los entresijos de los planteamientos de la laicidad y de sus debilidades.

Los dos libros forman una obra conjunta y el debate de fondo que en ellos se aborda es el de la relación entre democracia laica y religión pública y, más ampliamente, el de la tensión entre ciudadanía plural y convivencia nacional. Un debate de gran calado que Rafa analiza con todo rigor, con un amplio y bien fundado conocimiento de sus dimensiones y facetas –a la vez que en un lenguaje transparente y ágil–, y con una valentía y lucidez que sorprenden.

En el primero, el autor parte de un dato sociológico: la repolitización de la religión en los países del capitalismo avanzado, y a la vez de una tesis: el carácter público de la religión en la mayoría de esos países. Y a partir de ahí plantea el lugar de la religión en las sociedades democráticas modernas, recabando para ello el apoyo de dos grandes del pensamiento político, Rawls y Habermas, con quien finalmente se identifica más, por dos razones: porque es necesario ir “más allá del liberalismo” y porque con Habermas se concilian claramente tres decisivos principios en este debate de fondo: la laicidad de Estado y sociedad, la autonomía de las leyes y, a la vez, el carácter público de la religión y por tanto su derecho a intervenir en la esfera pública y a que su voz sea escuchada.

Pero, claro está, el debate comienza justamente ahí: cuando no se respeta la conciliación de esos principios. Por ejemplo, cuando la religión deviene en fundamentalismo ético y religioso con implicaciones políticas. Es la peligrosa tendencia que está tomando en varios países, concretamente la sostenida por la jerarquía católica española dominante. El segundo capítulo del libro contiene un análisis riguroso y exhaustivo y una lúcida denuncia de esta perversión del catolicismo en nuestro país y de sus lamentables consecuencias.

Para arrojar luz sobre este drama que tan negativamente afecta al cristianismo, el autor hace también un fino análisis del debate llevado a cabo entre el entonces cardenal Ratzinger y el filósofo crítico Habermas. De donde emanan dos convicciones sustanciales: 1) no cabe diálogo con la razón desde una postura dogmática de la verdad, y 2) la razón crítica, y por tanto, la laicidad, no bebe solo de su propia fuente, y hará por eso bien en escuchar la voz y en estimar la motivación ética que le puede venir, en el ámbito pre-político, de la religión (así como de otras instancias culturales o morales laicas, agnósticas o ateas).

Porque la religión, concretamente el cristianismo, no se agota en modo alguno en el integrismo religioso-político de jerarquía y fieles neo(teo)conservadores que pretenden imponer su verdad a toda la sociedad. Hay un cristianismo laico –recuerda y subraya Rafa– que puede ser, que es efectivamente, una fuente de genuina inspiración y motivación de compromiso en favor de una democracia post-liberal, republicana y socialista. Una fuente que, sin embargo, buena parte del laicismo más radical de nuestro país parece seguir ignorando o desdeñando incomprensiblemente.

Al primer estudio añade por eso Rafa un segundo, España laica, en el que, con la misma clarividencia y razón, analiza las razones históricas e ideológicas de esa mirada sesgada del laicismo español, a diferencia del laicismo europeo, y donde pone las bases para una ciudadanía abierta y plural, para un laicismo incluyente capaz de generar una convivencia más integral, más rica, más justa, más humana.

La actuación integrista de la iglesia neo(teo)conservadora hace más que comprensibles las voces que se alzan frente a ese laicismo incluyente (véase Ramoneda, Flores de Arcais, Savater…). Pero la propuesta de Rafa, que rechaza de plano esa actuación, es de largo alcance y suficientemente lúcida como para ser escuchada y tomada en serio. Y no solo, precisamente, por los creyentes.

Documento de la paz 2017: La igualdad que soñamos

Coordinadora de Crentes Galeg@s

Pues sí, ahora que el siglo xxi se hace mayor de edad, lo declaramos con convicción: soñamos con la igualdad. Tenemos ilusión, no somos ilusas; sabemos de las dificultades, no somos ingenuos. Somos hijos e hijas de una larga tradición humanizadora: la que va desde el profetismo de la antigüedad a los hombres y mujeres revolucionarias de los últimos siglos, la que viene desde el Evangelio hasta la declaración de los Derechos Humanos. Tenemos los pies en la realidad, pero, desde nuestra raíz cristiana, nos convoca y nos moviliza la fe compartida en una humanidad única, aunque no la veamos realizada; nos sentimos llamadas e impulsados por la esperanza en una fraternidad radical, contra toda apariencia, imprudentemente abiertas a un futuro más justo.

Porque la igualdad que soñamos ya está asomando. Es frágil, pero ya está entre nosotros, protegida en el pueblo, en los derechos y en las instituciones históricamente peleadas y conquistadas; está ahí, maravillosamente incompleta. Por eso celebramos –y defendemos– cada pequeña victoria de ese amor en acción que se llama derecho social, sanidad universal, igualdad de género, inclusión del extranjero, coeducación pública o pensión digna.

La igualdad que soñamos la soñamos despiertos porque el avance de los derechos y la igualación en las oportunidades son la expresión política de la ternura, de la ternura de las sociedades y de los pueblos y de las mejores utopías de la humanidad.

La igualdad que soñamos tiene enemigos

Vemos, no obstante, que la igualdad cotiza a la baja. Se llevan más la riqueza impúdica, el marcar las distancias o el defender sin pudor la iniquidad, mantenida con techos y muros de cristal, invisibles. Y también con muros de los otros, obscenos, con concertinas. Tragamos a menudo discursos como que la redistribución de la riqueza, esa que equipara algo a los desiguales y rescata a aquellos que la sociedad desecha, resulta “disfuncional”, un obstáculo para la competitividad y el crecimiento. Y hay quien, instalado en la fortuna o en el enchufismo, elabora finísimos argumentos para distinguir entre pobreza merecida e inmerecida.

Sí, constatamos, con poco margen para la duda, que estamos en tiempos críticos para la igualdad como proyecto colectivo, para seguir soñándola, apretándola, avistándola a pesar de la niebla densa de los discursos y de las propagandas dominantes. Está cuestionada, asediada, despreciada por estudiosos economistas liberales, por modelos sociales agresivos y triunfadores o, incluso, por desgracia, por políticas y movimientos de odio al diferente que resucitan los peores fantasmas de esta vieja Europa.

La igualdad que soñamos sale de la crisis malherida

La recesión y la crisis que vivimos tuvieron mucho de fraude a nuestros sueños colectivos. No admitimos entonces, y no podemos admitir ahora, que salgamos de la crisis mucho más desiguales de lo que entramos. Los indicadores hablan: la diferencia entre la renta media de las familias más ricas y de las familias más pobres se ha disparado; la denominada “intensidad de la pobreza” es mayor, la brecha salarial sigue aumentando. Las mujeres que volvieron a sus hogares con la crisis para cuidar dependientes no están volviendo a ocupar puestos de trabajo y las que lo consiguen es en condiciones más precarias respecto de los hombres. Y, lo que es más significativo, la pobreza se ha incrementado entre los que están en edad de trabajar y entre los jóvenes y se ha feminizado todavía más. Es una constatación unánime: el publicitado crecimiento económico de esta economía “reajustada” no está significando mejoras en la equidad. Es lo que la propia OCDE llama en sus informes “crecimiento en desigualdad”.

Hemos salido de la crisis por la derecha. Los derechos laborales están deturpados, anémicos, se hacen contratos en unas condiciones de precariedad, falsedad e incerteza impensables hace tan sólo quince años. Hoy en día las personas jóvenes, incluso las mejor preparadas, no pueden conducir un proyecto vital con los ingresos y garantías que le ofrece nuestro mercado laboral. Por eso, simplemente, ya no están entre nosotros.

Pagar más de la mitad de tus ingresos para acceder a una vivienda, tener que trabajar los dos miembros de la pareja en turnos imposibles por salarios “híper” mínimos, o trabajar 60 horas para que te coticen media jornada es incompatible con crear una familia. Procrear es una heroicidad que no se compensa con una caja finlandesa, un cheque bienvenida o con propaganda innecesaria en forma de “plan” contratada a empresas amigas sobre la maravillosa experiencia de la maternidad.

La propaganda oficial es especialmente hiriente para las mujeres cuando, en un contexto en el que aguantan despidos improcedentes por embarazo o acoso sexual en el trabajo, siguen percibiendo menos salario por idéntico trabajo; cuando los patrones –nunca mejor dicho– culturales y de comportamiento siguen dando por supuesto que la parentalidad es un trabajo femenino; cuando son ellas, tantas veces en exclusiva, las que cuidan sin reconocimiento ninguno de las personas dependientes, incluso renunciando a su carrera profesional y sin que ese trabajo, una vez “reajustada” la ley, sirva para cotizar a la Seguridad Social. También, más aún, cuando se sigue ejerciendo una violencia machista –alarmantemente vigente en la adolescencia ciberdependiente–  sobre las mujeres o cuando se utiliza el cuerpo de las mujeres como mercancía.

La desigualdad, cuando crece, se ceba en los más vulnerables. Creamos bolsas de exclusión porque la integración parece ser un premio para los perfectos, que, curiosamente, acostumbran a ser familia de los poderosos. Sí, aún hay clases. Incluidos y excluidas. Discapacidades, culturas distintas, minorías, enfermedades mentales… y también parados crónicos, fracasadas escolares, habitantes de los márgenes, sobrevivientes en la jungla urbana. La cultura de la pobreza tiende a consolidarse y reproducirse, de padres a hijos, de madres a hijas. Sólo los servicios públicos de calidad y las prestaciones y pensiones son efectivos para paliar, para coser y cicatrizar las grietas sociales.

La solidaridad interna, ese cemento moral de las sociedades, se resiente. Pero la primera víctima son los extraños, los otros, los diferentes. Es como si nos vacunasen contra el sentimiento de vergüenza. Acogemos a una parte mínima, ridícula, de las familias de refugiados sirios que nos comprometemos a acoger, familias con menores que huyen de una guerra infame… y no sentimos culpa ni vergüenza. Incluso montamos argumentarios sobre el terrorismo infiltrado o, en palabras de obispo, sobre que “no todo es trigo limpio”. Pero deberíamos estar avergonzados. Tanto como si nuestros gobernantes admitiesen sobornos en la adjudicación de contratos o fuesen amigos de narcotraficantes. La vergüenza es condición de la dignidad. Van juntas. Nos resistimos a la desvergüenza. Tenemos razones para indignarnos.

La igualdad que soñamos no es barata

Crecer en igualdad no es un sueño etéreo. Tiene concreción ya, tiene expresión social y tiene política económica.

Sabemos que es fácil decirle al cuerpo electoral lo que quiere oír. Por ejemplo, que la igualdad es barata. Pero no es así.

Crecer en igualdad necesita un plan. Y un plan no es una proclama, no son un montón de eslóganes, no es una rabieta opositora. Tampoco es suficiente con tomar la calle, aunque haga falta empujar la historia y contrapesar la tendencia dominante con nuestras indignaciones. Un plan implica saber cómo y de dónde vamos a obtener los recursos financieros para construir la igualdad que queremos, para deconstruir el desorden económico y social. Un plan implica hacer números y propuestas concretas y formular una fiscalidad más eficiente y justa.

Efectivamente, necesitamos una nueva fiscalidad igualadora y una nueva moral fiscal. No puede ser que el impuesto de sociedades pasase de un 21% de la recaudación total en 2013 a tan sólo un 13% en 2015. No puede ser que se les dé un tratamiento tan favorable a las rentas derivadas de los dividendos (con un máximo de tributación del 21%, con independencia de su volumen), comparado con el trato dado a las rentas del trabajo (que pueden alcanzar el 45%). No es admisible que 34 de las 35 empresas que cotizan en el IBEX tengan sedes en paraísos fiscales.

La igualdad que soñamos es una tarea

Nuestra conciencia fiscal ha ido creciendo. Sabemos ahora de la gravedad del fraude fiscal y de la importancia e inconveniencia de tener un 25% de economía en negro. También de hacerle caneos al IVA. Pero no nos ayuda a mejorar nuestra conciencia fiscal la falta de ejemplaridad de los gobernantes, famosos y grandes empresas. Necesitamos una inspección fiscal eficaz e independiente del poder político. Que vaya de arriba a abajo.

Y necesitamos superar fronteras. El capital ya las superó bien superadas. Las normas que lo controlan y regulan van muy por detrás. No son admisibles los paraísos fiscales, ni la incapacidad de las autoridades globales –comenzando por las europeas– para armonizar los tributos que se deben imponer a las grandes corporaciones y para establecer tasas sobre las grandes operaciones especulativas de capitales –como la conocida tasa Tobin– con las que financiar los programas de solidaridad global que nuestro mundo precisa, esos que mitigarían los grandes flujos migratorios de gente hambrienta o desesperada. Los representantes del pueblo deben tener poder sobre las corporaciones multinacionales, y no a la inversa.

Estamos delante de la revolución de la robótica. Los gobiernos y los legisladores deben anticiparse a sus efectos sobre la clase trabajadora y sobre los sistemas de protección, que son los garantes de la igualdad. No podemos permitirnos una masa de excluidos tecnológicos sin futuro ni lugar en la sociedad. Los incrementos de productividad que producen los robots, expulsando mano de obra, deben tener su propia cotización y tributación fiscal. Es tiempo de retomar en serio el debate de la Renta Básica universal e incondicional. Porque el “trabajo” ya no se reduce al “empleo”. Porque esa renta, en Galicia, unida a incentivos inteligentes a la actividad y residencia rural permitiría políticas de reequilibrio demográfico del territorio que son un desafío inaplazable en nuestra tierra.

Hay mucha dignidad y derechos que devolver a la clase trabajadora, comenzando por jornadas y contratos legales y el derecho al descanso: en sectores feminizados como el comercio, ¿que ha sido del derecho intocable al descanso dominical o del fin de semana, en otros momentos defendido por sindicatos e iglesias?

Queremos llamar la atención sobre la necesidad de una clara apuesta por la coeducación, por una educación que no siga reproduciendo los estereotipos de género, que fomente la igualdad y la no violencia, en las familias, en los centros educativos, en los medios de comunicación social o en la Iglesia. La educación necesita un plan, no se puede improvisar.

Habrá más igualdad, armonía e inclusión social si hay una educación pública de calidad, bien dotada en medios, contenidos y métodos, con los mejores funcionarios –seleccionados bajo los principios de igualdad, mérito y capacidad– y motivadora para el alumnado. Esa es la mejor estrategia para romper el fatalismo de la reproducción intergeneracional de la exclusión social y laboral. Es la mejor vacuna contra la desigualdad.

Es necesario que sigamos defendiendo el sistema de sanidad pública que tanto trabajo costó levantar. No es barato. Es, por ejemplo, incompatible con las bolsas de corrupción, con la distracción de millones de euros públicos hacia los bolsillos privados de los partidos y las cuentas corrientes suizas de los gobernantes. No tenemos dinero para sobornos ni mordidas porque hacen falta para quirófanos y doctoras. Necesitamos ser tan rigurosos en el control del gasto sanitario como en el descontrol del fraude fiscal y de la corrupción.

Las pensiones públicas ejercieron durante la crisis el papel de principal herramienta de igualación y compensación de las bancarrotas familiares. Fueron el principal estabilizador anticíclico. Es necesario, efectivamente, un debate sobre la viabilidad del sistema de pensiones, pero no para privatizarlo ni recortarlo, sino para hacerlo fiscalmente viable.

Los servicios sociales públicos son la expresión de nuestra solidaridad colectiva. Junto con la acción generosa, incisiva y eficaz de las organizaciones sociales solidarias tejen una malla de protección para todos aquellos que están en desventaja. No podemos permitirnos un sistema de servicios sociales anémico porque la atención a los menores en riesgo, a las personas con discapacidad, a las dependientes, a los individuos y minorías excluidas por las más diversas razones son el verdadero termómetro de nuestra conciencia social.

No puede haber igualdad si no se hace ya un pacto de estado contra la violencia de género, si no se legisla para erradicar los abusos sobre la mujer. Habrá igualdad cuando las mujeres puedan caminar por la calle sin miedo, cuando todos los niños y niñas se sientan seguros en su hogar, cuando cualquier mujer, independientemente de la ropa que vista o de sus hábitos sociales, se pueda sentir protegida por la justicia.

Por fin, como comunidad de comunidades cristianas, sabemos que la igualdad comienza por la propia casa. Necesitamos construir comunidades eclesiales igualitarias, fraternas, sin discriminación de funciones en función de género, inclusivas con la diversidad social y de identidades y culturas. Esa es la mejor forma, no hay otra, de comunicar la Buena Nueva, haciéndola realidad cada día, desde dentro, desde lo concreto, desde la cocina de nuestra casa común.

Llamamiento a un proceso constituyente

Miguel Ángel de Prada

Empezando por el Apéndice. El proceso de elaboración del texto

El lector del presente texto se encuentra ante un proceso inusual, puesto que se trata de una obra de elaboración colectiva, acorde con el procedimiento tal como se piensa que deba ser el debate constituyente, donde “el proceso social en el que se decantan las ideas y aspiraciones es más importante que el producto final” (p.84)

Dos revistas, Esbozos y Éxodo, con el apoyo de la Cátedra Tierra Ciudadana de la U. Politécnica de Valencia, convocaron un seminario destinado a profesionales, personas de la academia y activistas sobre tres ejes (el capitalismo actual, los movimientos político-sociales y el proceso constituyente), “donde lo que importaba era que las preguntas estuvieran bien formuladas, de modo que contribuyeran a reconocer una solución y el camino a seguir” (p.82).

El seminario tuvo lugar en Madrid desde enero a septiembre de 2016, en reuniones mensuales.  La metodología combinó dos niveles de participación: en el primero, cada una de las personas implicadas presentó un tema de los propuestos en sesión presencial para ser debatido. El resultado de cada sesión se trasladó al conjunto de participantes no presenciales, segundo nivel, quienes presentaron sus comentarios por internet y fueron incorporados al resumen inicial. Junto a los textos elaborados para el seminario se presentaron otros 9 trabajos ya publicados de los propios participantes.  Todo el material reunido se comenzó a trabajar en pequeños grupos para convertirlo en los borradores de cada uno de los capítulos del libro final, que fueron de nuevo debatidos y corregidos colectivamente. Terminado el primer borrador de los capítulos, un equipo de 5 personas revisó el conjunto entre octubre y noviembre para homogeneizarlo. El resultado se distribuyó de nuevo al conjunto de participantes de ambos niveles y, con la incorporación de sus aportaciones, se llegó al texto definitivo que se publica. Al cuerpo central le precede el prólogo de A. Garzón y lo cierra el epílogo de J.A. Pérez Tapias (en un guiño calculado a dos de los interlocutores posibles en el espacio socio-político actual).

Análisis y propuestas: el cuerpo central del texto

El resultado conseguido es un texto de firma colectiva, contenido riguroso aunque sometido a debate, y lectura ágil con el objetivo de una amplia divulgación. Pero una pretensión parece recorrer los 5 capítulos del texto: establecer una posición clara contra las veleidades del reformismo constitucional como situación inevitable en la España de hoy. La propuesta de un proceso constituyente terminará en mera Reforma si no se afianza la construcción de poder popular por medio de prácticas instituyentes. La tarea de construir mayorías democráticas se torna así en un objetivo central, dado que si se llegara al gobierno sin base social, se fracasará; pero si la base social se encuentra fuera de instituciones que la representen, no se consolidará.

El párrafo final confirma que “este llamamiento a un proceso constituyente no persigue otra cosa que subrayar la necesidad de elaborar colectivamente otro proyecto de país (…), que no puede esperar a que tengamos la fuerza y la capacidad suficiente para llevarlo a cabo, sino que se construye desde ahora mismo…” (p.68). Es un aviso para superar el fatalismo elitista.

Los dos primeros capítulos analizan la Constitución del 78 y el proceso de transición que la soportó como un modelo agotado ya, y el contexto de crisis actual nacional y en la UE que pueden llevar al espejismo de la segunda transición involucionista. Los dos siguientes capítulos presentan los escenarios probables de la reforma constitucional, dada la correlación de fuerzas actual, y la necesidad de construir mayorías para pensar un futuro proceso constituyente. De modo propositivo, el quinto y último desgrana los contenidos estratégicos de una nueva constitución, fruto de un nuevo proceso constituyente. Las líneas sugeridas se encuentran muy abiertas y se expresan con frescura. Así en el tema del ‘Estado en transformación’, se plantea que “la soberanía no puede ser un falso punto de partida, sino una meta a la que sirve la constitución” (p.59), y que “el pueblo español no es una realidad previa inamovible, sino un concepto jurídico que sirve sobre todo a efectos constitucionales”; tanto la República como el Federalismo pueden ser puntos de partida, mas el objetivo final será la articulación de la sociedad bajo la solución que se consensúe. La pregunta clave del proceso constituyente, se dice en la “Arquitectura política y social” (p.60) es ‘qué queremos construir, qué modelo de sociedad queremos dejar sentado en la constitución”: organización política (dejar paso a la democracia participativa, políticas de igualdad y laicismo, municipalismo y Europa en perspectiva internacionalista y solidaria); economía y medio ambiente; derechos sociales (reconocidos y, sobre todo, garantizados contra la ley mordaza, por ejemplo) y nuevos derechos constitucionalizados (el derecho a la alimentación, al agua y la renta básica de inserción). Pero todo este programa quedará vacío sin la condición necesaria, la construcción del sujeto constituyente (p.68) que se forja en las luchas y creaciones alternativas, que se constituye como actor político discutiendo la hegemonía del poder con un proyecto de país que se constitucionaliza.

Llamamiento, no manifiesto ni pronunciamiento

El texto se presenta bajo la forma de ‘llamamiento’, realizado por un grupo de personas no adscritas y dirigido al conjunto del país. No es un manifiesto al que adherirse; no es un pronunciamiento al que seguir obedientemente. ¿Alguien escucha los llamamientos? Nos recuerdan los autores la vigencia de este debate desde las Asambleas ciudadanas constituyentes de Sevilla, en 2011. Pero la cuestión clave no es desde hace cuánto tiempo, sino bajo qué forma se reabre el espacio social: como tiempo de espera hasta nuevas elecciones o como espacio constituyente de los nuevos derechos y deberes (p.51).

Catorce personas han lanzado este llamamiento pero no se trata de la tarea ímproba de catorce personas ‘buenas’. Tal como señalan, “este proyecto de país necesita ser pensado y discutido ampliamente y finalmente quedar plasmado en una nueva constitución” (p.68). El llamamiento es pues a iniciar conjuntamente ese proceso de debate colectivo sobre el que se han ido delineando sus etapas principales. Lector, si has llegado hasta aquí, hay pendiente ante ti un inicio de camino en el que no te encontrarás solo; no hay promesa de llegada a ningún puerto pero se alumbra otra oportunidad para la democracia participativa.