Libros de Éxodo

Benjamín Forcano

José Mª Castillo, El Evangelio marginado, DDB, Bilbao, 2019

El tema abordado por el autor es el siguiente: “Afirmo que la Iglesia vive en una contradicción que es la peor de todas en las que puede vivir. Porque se trata de la contradicción entre la Iglesia y el Evangelio” (p. 11).

La contradicción la experimentó el mismo Jesús al entrar en conflicto con las autoridades religiosas de su pueblo: los sacerdotes: “Los más religiosos y observantes del judaísmo del siglo primero no soportaron a Jesús, lo consideraron como un peligro de muerte para ellos mismos” (p. 16). Pero, según Casillo, el conflicto no acabó entonces, sino que continúa perpetuándose en la Iglesia de hoy (cfr. p. 18).

  1. ¿A qué se renuncia cuando se margina el Evangelio?

Los discípulos de Jesús lo son, primero de todo, porque son llamados a vivir en unión íntima con su persona. Como él, asumen una nueva manera de entender y vivir la vida, que equivale a proclamar el reino de Dios, a desvelar el plan salvador del Padre.

Seguir a Jesús es asumir su proyecto de vida

A la clase sacerdotal de Israel le caracterizaba la alianza con el poder político de Roma, que ellos ejercían desde la enseñanza del poder religioso. Y eso es lo que a Jesús le predisponía en contra, porque el poder crea clases, una, que impone y disfruta, y otra, que debe someterse y soportar toda suerte de sufrimientos (p. 100).

Jesús, con su vida, alteró el orden del imperio y de la religión. Los denunció día a día, pues una minoría social acaparaba la mayor parte de la riqueza. Su estilo de vida era desestabilizador y solía castigarse con el cruel castigo de la crucifixión.

¿Cuándo se inició el desconocimiento y marginación del Evangelio?

Según Castillo: “El primer hecho extraño que ocurrió ya en los orígenes del cristianismo, por lo que se refiere a la relación entre la Iglesia y el Evangelio, consiste en que la iglesia nació, se organizó y empezó a vivir y actuar sin conocer el Evangelio de Jesús” (p. 19).

La Iglesia es mencionada diversas veces por San Pablo en sus Cartas, escritas antes de los años 60. Pero Pablo no habla nada en ellas del Evangelio de Jesús. Por dos razones, porque no conoció personalmente a Jesús y porque los Evangelios no aparecen escritos hasta después de los 70, cuando Pablo ya no pudo conocerlos.

Pablo pensó y organizó la Iglesia sin el Evangelio, es decir, sin destacar el ámbito humano de Jesús, sí el ámbito divino, referido al Hijo de Dios, resucitado de entre los muertos. Lo divino tenía más peso y a lo divino debía supeditarse todo lo humano.

En el pensamiento de Pablo, Jesús murió por nuestros pecados para redimirnos mediante un sacrificio expiatorio de sangre, cambiando así lo que fue la vida de Jesús un recuerdo peligroso, por un sacrificio redentor, llegando a sustituir el sacrificio existencial de Jesús por el sacrificio ritual de los sacerdotes y del templo: “Pablo se atiene más bien al sacrificio ritual, que es el que ha prevalecido en la teología de la salvación, de la liturgia y de la vida de la Iglesia, como si Dios necesitara el “sacrifico” y la “expiación” del Crucificado para redimir al hombre del pecado” (p. 25).

A pesar de todo, nadie puede negar la importancia del apóstol Pablo en los orígenes y expansión de la Iglesia, la cual, gracias a él, logró convertirse en una religión universal.

Pero resulta igualmente cierto que su expansión en la cultura del Imperio tuvo un precio muy alto: “Un precio del que Pablo no pudo darse cuenta por la sencilla razón de que no conoció a Jesús ni se había enterado de su historia en este mundo. De ahí que lo más probable es que Pablo no estuviera informado del enfrentamiento que Jesús vivió con la religión y que le llevó a la muerte en cruz” (p. 41).

Libros de Éxodo

Sergio Álvarez Davó

Michael Löwy, Cristianismo de liberación. Perspectivas marxistas y ecosocialistas, Barcelona, El Viejo Topo, 2019.

En esta obra, Michael Löwy analiza la configuración del cristianismo de liberación. Para realizar este trabajo, revisita en primer lugar el pensamiento sobre la religión de los principales intelectuales marxistas. Más allá de Marx y Engels, otorga especial relevancia a las obras de  tres marxistas innovadores: Ernst Bloch, Walter Benjamin y José Carlos Mariátegui. Ellos se interesaron por un tipo de catolicismo que presentaba una crítica y una “afinidad negativa” con el capitalismo. A estos autores les dedica varios capítulos en los que expone brillantemente la originalidad de sus planteamientos sobre religión y liberación.

Walter Benjamin relaciona teología y marxismo, mesianismo judío y materialismo histórico, lucha de clases y salvación. Desde esta relación efectúa una crítica a la modernidad y al progreso tecno-científico en nombre de valores modernos como la igualdad y la democracia. La influencia de Max Weber en Walter Benjamin se percibe en su concepción del capitalismo como una religión del culto perpetuo al dinero concebido como un “dios Plutón”. Según este autor, el materialismo histórico es incapaz por sí solo de ganar la partida al capitalismo. Por ello, necesita establecer una relación dialéctica con la teología que, aunque resulte “fea” en la modernidad, es la única que puede aportarle un espíritu vivificante. De forma parecida, Ernst Bloch piensa que la religión mesiánica representa la quintaesencia de la utopía. Considera que es necesario hacer inmanentes los deseos religiosos de esperanza. Esto se lograría fusionando las corrientes fría y cálida del marxismo y subordinándolas: el frío análisis debe ponerse al servicio del fervor religioso revolucionario.

Löwy relaciona el pensamiento de Ernst Bloch y Walter Benjamin con el del marxista peruano José Carlos Mariátegui. Aunque este último no conocía las obras de los anteriormente citados, existe un parecido en sus ideas. Esto se debe a que estos autores son herederos del romanticismo, entendido como contracorriente de la modernidad que impugna el advenimiento de la civilización moderna del progreso a toda costa en nombre de valores antiguos y religiosos. Ellos no reivindican una regresión a un pasado idealizado, sino una alternativa hacia un futuro mejor. Este es el sentido de la reivindicación del “comunismo inca” realizada por Mariátegui. Este autor pretendía superar las dicotomías místico/secular e idealista/materialista. Influenciado por Unamuno y Sorel, subraya la dimensión agónica y mítica del socialismo. Un socialismo comprendido como una agonía revolucionaria, una nueva vía de reencantamiento del mundo, un nuevo mito heroico que proporciona sentido a la vida allí donde el capitalismo se lo arrebata.

El pensamiento de Walter Benjamin, Ernst Bloch y José Carlos Mariátegui se cristaliza en América Latina dando lugar a una importante corriente de pensamiento: la Teología de la liberación. Michael Löwy destaca que esta corriente es la reflexión teórico-práctica de un amplio movimiento social latinoamericano mucho más complejo al que denomina “cristianismo de liberación”. Se trata de un movimiento transversal que no se entiende sin la influencia de pensadores heterodoxos socialistas y sin la autoorganización de los laicos cristianos en comunidades eclesiales de base. El cristianismo de liberación afirma que su opción preferencial es la lucha por los pobres, pero no como objetos de caridad, sino como sujetos de su propia liberación, tomando el libro del Éxodo como paradigma.

El análisis de este movimiento cristiano que realiza Löwy nos proporciona un brillante ejemplo de las posibilidades que la religión emancipadora presenta en la esfera pública. Es indudable que la contribución del cristianismo de liberación ha sido imprescindible para la victoria de numerosos movimientos y partidos izquierdistas en América Latina. Asimismo, en las páginas finales de este libro se nos presenta la propuesta ecosocialista defendida por teólogos de la liberación y por el propio Michael Löwy. Forma parte de la implacable crítica del cristianismo de liberación al capitalismo depredador que acaba con la Tierra como Pachamama y con la forma de vida de los pueblos indígenas y campesinos que viven en ella. Sin duda, por el ritmo que lleva este proceso destructor, por el clamor medioambiental que se escucha en diversos lugares del mundo y por las luchas ecologistas existentes, este libro de Michael Löwy deberá ser releído muchas veces en estos tiempos.

Comunidad Santo Tomás de Aquino, Madrid. Una experiencia cristiana en la brecha

Evaristo Villar

Ante lo que nos está pasando en este primer cuarto del s. XXI, muchos pensamos que, tanto desde el plano de la razón como desde la fe, necesitamos “proyectar espacios de esperanza” para recobrar el sentido y no detener violentamente el curso de la historia.

Necesitamos hacer frente a la “posverdad” que se está instalando como táctica en los discursos de nuestros dirigentes políticos y necesitamos deshacer las falacias de los medios y redes de desinformación que están contaminando a la ciudadanía. ¿No es un contrasentido que el coste de estos medios de desinformación esté recayendo, en gran parte, sobre la espalda del honrado contribuyente?

Es necesario hacer oír, también, nuestra voz ante los silencios políticos de las jerarquías religiosas. Porque hay silencios que desconciertan y escandalizan la buena fe de los creyentes. ¿Callarse ante el proceso de exhumación del dictador del Valle de los Caídos y sobre el parasitismo de una familia cobijada bajo las hazañas lucrativas de un abuelo sanguinario? ¿Cómo querer normalizar cristianamente a un golpista que lleva sobre su espalda tantas muertes aun no honradas?

Necesitamos saber si el presidente de la CEE, por ejemplo, se va a reunir en Roma a fínales de este mes de febrero con los titulares de todas las conferencias episcopales del mundo para tratar sobre la pederastia sin haber recibido a las víctimas, como es voluntad del papa. Necesitamos saber qué alcance van a tener los pronunciamientos de algunos jerarcas sobre un sector humano, religiosamente humillado, como el LGTBI. ¿Cómo seguir dogmatizando, por otra parte, la ley eclesiástica del celibato (no hablo del celibato opcional)? ¿O cómo seguir defendiendo, contra la sensibilidad actual, las inmatriculaciones hechas al amparo de una ley franquista?

Me viene a la memoria la decidida postura del Jesús del Evangelio de Marcos frente a las prácticas inhumanas de los dirigentes de su tiempo y, sobre todo, ante su torpeza para discernir los “signos de los tiempos”: “Tienen ojos para ver, dice, y no ven, tienen oídos para oír y no oyen” (Mc 7 y 8).

Y es que hay una imagen del mundo y de las estructuras de las iglesias que está cayendo y otra que está emergiendo. El futuro no es ya una ficción, es una realidad. Por más que la filosofía política y otros intereses quieran amarrar nuestros pies a una realidad que se pretende inamovible, la utopía ya está entrando por la puerta. El cambio de era supone un cambio de página también en la Iglesia. Y la responsabilidad no está solo en los profetas que lo vienen anunciando, sino principalmente en los dirigentes que parecen no “estar en el tiempo”. ¡Hay una Iglesia que se mueve y otra que se muere!

La Comunidad de Santo Tomás de Aquino, un presente con memoria y promesa

Tiene una larga historia. Más de 30 años luchando por reformar la sociedad y la Iglesia. No voy a relatar su largo y laborioso proceso de transformación desde la Parroquia Universitaria de Madrid hasta la comunidad que es hoy. Hay algún libro que hace puntualmente este relato. Me refiero al titulado Una experiencia comunitaria de liberación, editado por Ediciones Khaf del Grupo Editorial Luis Vives en 2012. Me limitaré, por razones de espacio, a recoger la impresión que reflejan sobre esta comunidad dos de los obispos profetas y testigos vivos más destacados entre los cristianos y cristianas españoles y latinoamericanos. Me refiero al obispo claretiano y poeta Pedro Casaldáliga y al obispo agustino Nicolás Castellanos, que renunció a la diócesis de Palencia para irse de misionero en Bolivia. Casaldáliga hace la presentación del libro y Castellanos, el epílogo.

Pedro Casaldáliga. “Este libro es una crónica evangélica y evangelizadora, unos Hechos de los apóstoles, un testimonio de una comunidad viva, adulta, corresponsable, encarnada en la hora y en el lugar, en un proceso a veces conflictivo, pero siempre suficientemente lúcido y esperanzado”… No se trata de una comunidad que vive solo algunas dimensiones cristianas y que podría olvidar otras mayores. El libro recoge los apartados mayores del proceso y reafirma el cultivo diario de la formación permanente, de la dimensión celebrativa y de los compromisos colectivos.

Hay que leer este libro, esta crónica de los hechos de los apostólicos en hora y lugar bien concretos y desafiadores, con voluntad fraterna de compartir su riqueza espiritual ayudando a tejer “la red de comunidades” y cultivando siempre las dos grandes dimensiones de la mística y la militancia. Difícilmente encontraremos otras comunidades con la madurez y la fidelidad con que esta comunidad querida está viviendo el Evangelio.

Yo tengo fuertes lazos afectivos y pastorales con esta comunidad madrileña (y mundial). La solidaridad ha sido siempre y seguirá siendo una especie de sacramento a orillas del camino para esta comunidad solidaria y samaritana. El libro termina apelando a Jesús de Nazaret, nuestro Camino, Verdad y Vida. Porque si algo ha de crecer en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades, es la pasión por el Jesús del Evangelio y por los pobres del Reino”.

Nicolás Castellanos. “La Comunidad de Santo Tomás de Aquino se interroga como nos interrogamos muchos: ¿cómo ser cristiano en una sociedad marcada por la pluralidad social, política, moral. cultural, religiosa?; ¿cómo ser creyente en una Iglesia, al decir de mucha gente conspicua, anquilosada en el pasado, carente de un discurso atractivo para la sociedad de hoy, con crisis demoledora, inmersa en un “invierno eclesial”, escasamente valorada entre las demás instituciones, al menos en España, sin conectar con la nueva cultura del diálogo democrático, de tolerancia y pluralismo?

En su respuesta, se diseña el camino por los raíles del Evangelio y del Concilio Vaticano II, y se muestra el rostro de otra manera de ser Iglesia enamorada, esposa, madre, samaritana, que camina del brazo de Dios en el tiempo y en a historia y se mueve con agilidad en la cultura actual.

Se trata de un relato humano y humanizador, teológico, teologal y pastoral, liberador y transformador. En esta comunidad corre la vida a borbotones, se hace praxis el núcleo fundamental cristiano. Se plasma en el seguimiento y discipulado de Jesús, que expresa la cercanía de Dios Padre, Madre, Ternura, Misericordia, Amor; se experimenta la pasión por el Reino, se vive la opción evangélica por los pobres, y se expresa la profecía y se vive en parresía. Y en este proceso, no han faltado nunca las huellas martiriales. Ya lo decía Peguy: ‘Tener la verdad es empezar a sufrir; defenderla es empezar a morir”.

 

Desde el último banco. Las mujeres en la Iglesia

María José Arana

Situada “en el último banco” de la Iglesia, Lucetta Scaraffia observa atentamente muchos aspectos de la Iglesia Católica. El lugar desde el que se otea el horizonte no es indiferente porque como señalaba Engels, no es lo mismo mirar y sentir la realidad “desde una choza que desde un palacio”, así que “el último banco” descubre muchas cuestiones imperceptibles desde otros lugares.

Lucetta se acomoda ahí para observar y hablar de la realidad de la Iglesia desde su condición de mujer bien asumida que afina su mirada y sensibilidad, y desde su condición de católica, interiorizada, y amada. Y ese amor a la Iglesia, palpita en todo el ensayo y desde él, sólo desde él, mira con esperanza hacia el futuro.

Otra perspectiva importante en la que se sitúa esta historiadora, evidentemente es la de la historia, echando de menos esta dimensión en la práctica y visión eclesiástica: “La Iglesia (Institución), no ama la historia” (p. 20), y es que sin ella se distorsionan y se pierden muchos aspectos, entre ellos los que tienen que ver con la propia identidad eclesial; esta pérdida “significa sustancialmente no saber quién se es” o como diría Bernard Lonergan, olvidar esto es como el que padece “amnesia” y se olvida de quién es; es perder el sentido del desarrollo “en el tiempo y perder el nexo con los contextos culturales y sociales en los que fueron vividas y elaboradas estas cuestiones”, aleja de la realidad, empobrece y deforma la investigación… , y que tristemente la Iglesia ha ignorado.

Así pues, la autora entra a muy grandes rasgos desde la Historia y se fija en puntos tan importantes como la formación, la mística, los ministerios, teología, el reparto de poder, e incluso medioambiente, etc., así como otras desventajas y desigualdades que pesan sobre ellas. También se va “encontrando” en “visita rápida” con algunas mujeres de Iglesia más significativas de distintas épocas, sacando a la luz cuestiones conocidas y menos conocidas de la vida y significado de aquéllas en la Tradición Cristiana y del Evangelio. Ese amor a la Iglesia la lleva a descubrir riquezas muy poco exploradas y promueve entrar en ellas desde una mirada femenina para encontrar respuestas, hoy, ahondando en la Tradición para intentar hallar raíces que orienten el futuro…

Un recorrido ágil que va recogiendo aportaciones de pensamiento, místicas, teológicas e incluso biográficas de estas mujeres a las que sin duda y como ella pone en evidencia, la Iglesia no les ha prestado atención ni oído desperdiciando un precioso bagaje de sabiduría y gracia. . Y lo hace contextualizando bien y teniendo en cuenta la mutación profunda de la Humanidad por caminos sociales y, sin duda, también antropológicos.

Son recorridos valientes que evidencia con claridad la riqueza que se pierde –“tesoro ignorado”–, así como las situaciones de desigualdad e inferioridad que ellas han padecido.

Scaraffia no olvida el ámbito de la espiritualidad e incluso de la santidad al que las mujeres no han dejado de aportar generosamente a la Iglesia y en la Iglesia. Recogerlo es un arte, una filigrana de gran valor que aporta un talante inestimable al texto. Desgraciadamente este ámbito suele olvidarse con excesiva frecuencia. Sería muy interesante continuar entrando y descubriendo lo que la autora insinúa como “la santidad nueva”…

Un asunto de incuestionable centralidad en la vida humana y en la preocupación de la Iglesia y especialmente de las mujeres católicas es el de la sexualidad en sus diversos aspectos, ámbito al que la autora dedica el mayor espacio.

Aborda cuestiones tan candentes como la “revolución sexual”, el aborto y su legalización señalando como el punto más dramático al vincular este “derecho” con el de libertad y emancipación de las mujeres, la píldora y anticonceptivos, con la consiguiente separación entre sexualidad y procreación; se asoma a otras cuestiones como homosexualidad, bioética y reproducción asistida, concepción de la igualdad y consecuentemente de la teoría de género (punto en el que a mi entender quizás haría falta más y diferente aportación y profundización de la que aquí se maneja), consecuentemente aparece la cuestión de la identidad del ser humano… Y, por supuesto, la familia, tema central del Sínodo y cuestión fundamental para la sociedad y para la Iglesia.

En toda esta problemática detecta el exceso de prohibiciones, en muchos casos las carencias y echa de menos una mayor atención a la experiencia y a la voz de las mujeres. Realmente la jerarquía acusa una gran sordera y falta de sensibilidad sobre la aportación de las mujeres tan imprescindible. Pero también subraya los que considera aciertos de la Iglesia.

Lucetta se atreve a entrar, aunque sea rápidamente en algo en lo que normalmente no se suele expresar y es el hecho de que no pocos católicos /as “no siguen las normas de la Iglesia respecto al comportamiento sexual”. De hecho, sabemos que son no “solo no pocos”, sino que la cosa está muy generalizada, y por lo tanto, ¿no será éste un asunto en el que se tendría que entrar desde esta situación? Evidenciar este punto tiene una importancia capital y unas consecuencias a las que, sin duda, habría que atender con urgencia.

Hay que agradecer a Lucetta este pequeño ensayo sencillo pero lleno de sabiduría y profundidad; un trabajo sereno y valiente muy necesario hoy. En él queda bien claro que cualquier renovación de la Iglesia o/y de la sociedad civil, ha de contar plenamente con ellas, las mujeres, porque: “Si la Iglesia no recurre a este tesoro ignorado, a esta riqueza escondida, es difícil, creo yo, que pueda iniciar un plan de renacimiento para el futuro próximo”… (p. 103).

Carta al arzobispo de Madrid

Varios Autores

Señor D. Carlos Osoro Sierra

Arzobispo de Madrid

Archidiócesis de Madrid

Calle de Bailén, 8, 28013 Madrid

Estimado señor.

Hemos conocido con estupor y enorme indignación la propuesta de la familia Franco de que los restos del dictador, una vez exhumados del Valle de Cuelgamuros, sean trasladados, con honores, a la catedral de La Almudena en el centro de Madrid.

Franco fue un general golpista que instauró una dictadura y secuestró la soberanía nacional por la fuerza durante 40 años, y el máximo responsable de un régimen de represión y terror ejercido, de múltiples formas, sobre cientos de miles de personas.

El entierro de Franco en La Almudena, un lugar público a pocos metros de la Plaza de Oriente, donde la dictadura organizaba los actos de exaltación del régimen, supondría una vejación y una humillación para las miles de víctimas del franquismo, para sus familias, y para el conjunto de la sociedad.

Asimismo, si finalmente se enterrase al dictador en La Almudena, la catedral y el centro de Madrid se convertirían en un centro de peregrinación de los nostálgicos del franquismo y de los fascismos europeos, y, como respuesta, en un lugar de movilización antifascista. Ello tendría consecuencias enormemente negativas para la imagen de Madrid, y para la convivencia de los vecinos y vecinas de la ciudad, y sus visitantes.

Una democracia no puede honrar a un dictador, como han expresado reiteradamente los organismos internacionales de Derechos Humanos. Solicitamos de ustedes, desde las diferentes responsabilidades que ejercen actualmente, que tomen las medidas necesarias para que Franco no sea enterrado en la catedral de La Almudena tras su salida del Valle de Cuelgamuros.

Las asociaciones y colectivos firmantes nos oponemos frontalmente a que este hecho se produzca, y hacemos un llamamiento público a la ciudadanía para que exprese su desacuerdo y se movilice, con el fin de impedir que se consume tal escarnio.

Fdo: Julián Rebollo Cuéllar (DNI: 1.055.143 H), en nombre de todos los colectivos y organizaciones firmantes. Tel: 610 25 24 00

Domicilio para notificaciones: C/Carretas, nº 14, 2º H, 28012 Madrid

nivallenialmudena@gmail.com

ADHESIONES a 25-Octubre-2018

Agrupación de Familiares de la Fosa de El Escorial

Agrupación Republicana de Coslada

Agrupación Republicana de Móstoles

Alternativa Sindical de Trabajadores (AST)

Amical de Mauthausen y otros campos

Amical de Ravensbruck

Archivo Guerra y Exilio (AGE)

ARMH Argentina

Asamblea 15-M Prosperidad

Asociación Amigos de las Brigadas Internacionales (AABI)

Asociación Católicas por el Derecho a Decidir

Asociación Española para el Derecho Internacional de los Derechos Humanos (AEDIDH)

Asociación Foro por la Memoria Democrática

Asociación Marcos Ana

Asociación Memoria Histórica de Cartagena (MHC)

Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Valladolid

Asociación Pozos de Caudé (Teruel)

Asociación Todos los Niños Robados son también mis Niños

Asociación Víctimas del Estado (Avices)

Associació de Memòria Històrica Guadassuar per la República

Associació de Veïns i Veïnes del Barri Gòtic de Barcelona

Associació pro–Memòria als Immolats per la Llibertat a Catalunya

Attac-Catalunya

Ateneo Republicano de Carabanchel

Club de Amigos de la Unesco de Madrid (Caum)

Colectivo Al Servicio de la República (ASR)

Colectivo Republicano Tercer Milenio

Comisiones Obreras (CCOO)-Madrid

Convocatoria Cívica

Coordinadora de Redes Cristianas

Coordinadora Mesa de Memoria Histórica del Distrito de Latina (Madrid)

Coordinadora Navarra de Pueblos por la Memoria BIDEKOMITXINGORRIA

Ecologistas en Acción

Encuentro Estatal de Colectivos de Memoria Histórica y de Víctimas del Franquismo

Europa Laica

Farinatos por la Memoria de Ciudad Rodrigo

Federación Asturiana Memoria y República (FAMYR)

Federación de Asociaciones de Memoria Histórica de la Región de Murcia (FAMHRMU)

Federación de Republicanos (RPS)

Federación Estatal de Foros por la Memoria

Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid

Foro para la Recuperación de la Memoria Democrática Las Vegas (Madrid)

Foro por la Memoria de Canarias

Foro por la Memoria de Castilla la Mancha

Foro por la Memoria de Castilla y León

Foro por la Memoria de Guadalajara

Foro por la Memoria de la Comunidad de Madrid

Foro por la Memoria de Segovia

Foro por la Memoria de Toledo

Foro por la Memoria de Zamora

Foro por la Memoria del Alto Guadalquivir

Foro por la Memoria del Bajo Guadalquivir

Foro por la Memoria del Valle del Tiétar y de la Vera

Foro por la Memoria en Argentina

Foro por la Memoria Histórica de Málaga

Foro Social de la Sierra del Guadarrama

Fòrum per la Memòria Popular de Catalunya

Fòrum per la Memòria Popular de Tarragona

Fundación Internacional Baltasar Garzón (FIBGAR)

Ganemos Madrid

Grupo Verdad y Justicia de Valladolid

Iniciativa social Sanfermines78:Gogoan,Herri Ekimena

IRIS-Mémoires d’Espagne (Toulouse)

IU-Distrito Centro

Izquierda Unida

Izquierda Unida de Madrid

Juventud Comunista de España (marxista-leninista)

La Comuna- PresXs del Franquismo

Manifiesto en contra del franquismo en las Fuerzas Armadas

Memoria en Acción

Memòria Històrica i Democràtica del Baix Llobregat (AMHDBLL)

Memoria y Libertad

Mesa del Foro Local de Carabanchel (Democracia Participativa, Laicismo, Transparencia y Memoria Histórica)

Mujeres Republicanas

Partido Comunista de España (marxista-leninista)

Partido Comunista de España (PCE)

Partido Comunista de Madrid

Plataforma contra la Impunidad del Franquismo

Plataforma de Afectados por la Hipoteca- Stop Desahucios Madrid

Podemos

Podemos Comunidad de Madrid

Red Roja

RPG-7 Crew

Socialismo Mostoleño (SOMOS)

Solfónica 15-M

Unión General de Trabajadores (UGT)-Madrid

Unión Republicana (UR)

Yayoflautas Madrid

Lo que nos está pasando. Un comentario

Juanjo Sánchez

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA, Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia, Alianza Editorial, Madrid, 2014, 367 págs.

Esta no va a ser una reseña al uso de un libro. Quiere ser, más bien, tan solo un comentario de algunos puntos o momentos de este excelente libro de Ignacio Sánchez-Cuenca, uno de los analistas más rigurosos y lúcidos de la historia social y política de este país, que ha aceptado, además, regalarnos el primer artículo de análisis, en la sección A fondo, de este número de ÉXODO.

Un comentario de datos y reflexiones que, en mi opinión, iluminan y ayudan a interpretar “qué es lo que nos está pasando”, como decimos en el título de la colaboración del autor en este mismo número de la revista. Porque eso es, justamente, lo que nos interesa, aquí y ahora, de este lúcido libro.

Un comentario, por tanto, claramente situado y motivado por “lo que está pasando” en nuestros días en este país. ¿Y qué es “lo que está pasando”? Está pasando lo que pasa también a nivel europeo e incluso a nivel global: la avalancha de una peligrosa oleada de pensamiento y actitudes autoritarios, cargados de furia y resentimiento, que invaden nuestra sociedad y sus instituciones y están poniendo en peligro las bases y el espíritu de la democracia.

Una oleada autoritaria de extrema derecha que, en nuestro suelo y país, se reviste de la ideología particular que tuvimos que soportar durante más de cuarenta años: un régimen dictatorial, que Franco, su artífice, pensó dejar “atado y bien atado” para la posteridad tras su desaparición.

Y bien, la primera de las tesis o reflexiones que sostiene Ignacio Sánchez-Cuenca es que, como ha expresado genialmente en el título de su libro, ese régimen dictatorial quedó “atado, sí, pero muy mal atado”. Que bastó tan solo un año para que ese nudo atado del franquismo pudiera ser desatado y deshecho.

Pero lo más sorprendente de este hecho –señala el autor– es que no se debió a una revolución o acción violenta de la oposición. El nudo fue desatado por las mismas fuerzas del régimen sucesor de la dictadura, votando a favor de la famosa Ley de Reforma Política el 18 de noviembre de 1976. Lo cual constituyó una decisión de consecuencias absolutamente decisivas: fue, sin duda, afirma Sánchez-Cuenca, el episodio más importante de la transición española a la democracia” (p. 11)

Y es que fue, ciertamente, una decisión singular y difícilmente imaginable. La Ley de Reforma Política, subraya el autor, “significó el suicidio del régimen. Las Cortes franquistas sancionaron una Ley que hacía posible la desaparición del sistema político del franquismo.” (p. 12) Un cambio, sin duda, drástico y profundo, que “supuso, efectivamente, una suerte de suicidio institucional”, una especie de “voladura controlada” (p. 12) una “forma de abdicación colectiva (p. 13) o, como ya entonces políticos y periodistas lo calificaron, un “harakiri” en toda regla.

¿Cómo pudo darse tamaña decisión?, pregunta con toda razón el autor Y añade sin dudar: “A mi juicio, esta es la cuestión fundamental de la transición española”. (p. 14) Extraña por eso sobremanera que no haya encontrado mayor eco entre los historiadores, de forma que aún nadie haya dado a ese decisivo interrogante “una respuesta rigurosa”. A ese objetivo dedicó Sánchez-Cuenca la investigación que recoge este fascinante libro.

¿Cómo interpretar este hecho extrañamente singular? –se imponía, sin duda preguntar. ¿Acaso se trató de una decisión fruto de la magnanimidad del franquismo, o tal vez de una conciencia lúcida de haber llegado la hora de dejar paso a la democracia? Evidentemente, nada más lejos de la realidad. Como señala el autor, “la élite franquista se propuso dirigir y mantener el control sobre el proceso de cambio político”. Y así fue, de hecho, a todo lo largo de la de la andadura hacia la democracia. Porque había que garantizar a toda costa “el continuismo legal” de la transición: “el nuevo régimen tenía que nacer del viejo” (p.13). La legalidad de lo que surgiera debía brotar de la legalidad de lo viejo. Esta función de control sobre el proceso condicionó fatalmente la transición española.

La condicionó desde la propia transición. Ignacio Sánchez-Cuenca pone, con razón, especial énfasis en subrayar este afán controlador, y lo hace con gran originalidad: desmontando el profusamente comentado “mito” de la ejemplaridad de nuestra transición. Lo que aparentemente podría percibirse como “magnanimidad” o grandeza de espíritu: la increíble “singularidad” de la decisión a favor de la Ley de Reforma Política por parte de las Cortes franquistas a costa de su propia existencia, ese impensable suicido institucional del franquismo, se reveló, sobre todo en la “primera transición” (desde la muerte de Franco hasta la aprobación de la Ley de Reforma Política), radicalmente engañosa. El autor lo muestra con acierto y lucidez analizando minuciosamente hasta qué punto el famoso y profusamente encomiado espíritu de diálogo de pacto y consenso entre las fuerzas del régimen y las del cambio político brilló más bien justamente por su ausencia en la mencionada primera fase de la transición. Hasta la aprobación de la Ley de Reforma Política –afirma Ignacio—“nada se negoció” (p. 328) El elogiado consenso es, en verdad, un mito construido proyectando sobre esta primera fase de la transición lo que solo se dio en la segunda fase, a raíz de las primeras elecciones en las que las fuerzas de izquierda lograron un empate con las fuerzas del sistema franquista. Es decir, el consenso no fue obra de la magnanimidad de las fuerzas franquistas, sino fruto de la presión de la oposición, sin la cual, ciertamente, no se habría llegado a un cambio realmente democrático. Mientras lo que hicieron las fuerzas franquistas hasta ese momento fue controlar y torpedear cuanto conducía a ese cambio, ya fuera la aprobación de la decisiva Ley de Reforma Política, la Ley de Amnistía o la legalización de todos los partidos, incluido el Partido Comunista, piedra de toque de una real voluntad democrática.

Pero esta actitud en absoluto magnánima, no de pacto y consenso, sino de control y vigilancia, siguió condicionando, más allá de la transición, nuestra andadura democrática con intentos de interrumpirla o por lo menos de controlarla. ¿No es justamente ese talante lo que heredaron del franquismo los partidos de la derecha intransigente, la arrogancia de afirmarse en la práctica, velada o abiertamente, árbitros de la calidad democrática y el derecho de ser los sujetos naturales del poder político, del gobierno en este país?

¿No es esa actitud, justamente, la que está detrás de “lo que nos ha sucedido” y de “lo que nos está pasando” en nuestros días? ¿No aclara ella la furia con la que se han abordado, desde esas fuerzas extremas (“¡A por ellos!”), importantes acontecimientos de nuestra vida democrática reciente, como, sobre todo, el problema catalán o también la moción de censura al gobierno popular, descalificando a ambos como “golpismo”, pero también, y ya situándose al límite de la Constitución y la democracia, la reacción virulenta contra la exhumación de los restos de Franco y la declaración abierta de adhesión al franquismo?

¿No era y es esto “lo que nos está pasando”? ¿Esto, que hunde sus raíces en aquella historia que Ignacio Sánchez-Cuenca disecciona lúcidamente en este libro?… Aunque tal vez debamos ya decir “lo que nos ha pasado” o lo que nos estaba pasando”, pues tras la aciaga noche pasada del 2 de diciembre, todo puede ser peor… ¡La amenazante oleada autoritaria, aquí con tintes franquistas, nos ha alcanzado de lleno!

La fresa en Huelva: capitalismo heteropatriarcal en estado puro

Yayo Herrero

Trabajadoras temporeras de la fresa

En el pasado mes de mayo, un grupo de trabajadoras temporeras de la fresa en Huelva denunciaron haber sufrido abusos sexuales y amenazas por parte de empleadores o capataces.  Casi de forma inmediata, comenzaron a ser metidas en autobuses de vuelta a Marruecos, sus lugares de origen. El Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), acogió y protegió a estas mujeres para garantizar el ejercicio de sus derechos.

Una vez que saltó el escándalo, se señaló la falta de procedimientos y perspectiva de género,  la opacidad sobre el número de mujeres que trabaja y las condiciones en que lo hace en este sector. Siendo cierto, sin embargo, no estamos solo ante un problema de falta de protocolos. Es un problema estructural que tiene que ver con la noción de producción en el capitalismo globalizado y con la trasformación de la agricultura en un proceso industrial, centrado en la maximización de los beneficios, que explota personas y naturaleza en un contexto patriarcal.

En esta ocasión, fue un reportaje de la revista alemana Correctiv y Buzzfeed News, lo que hizo saltar la liebre de los abusos hacia las jornaleras en España, Italia y Marruecos. No es la primera vez que este tema salta a la esfera pública, aunque sí la que más repercusión ha tenido.

Resulta curioso que en plena efervescencia del #YoSiTeCreo y del movimiento mundial #MeToo, las organizaciones agrarias, diversas ONG y sindicatos reaccionaran, no exigiendo de forma inmediata la investigación de los presuntos abusos y la protección preventiva de las trabajadoras, sino pidiendo a la fiscalía que investigase si el reportaje presentaba indicios constitutivos de delito. Les preocupaba que la generalización de la sospecha de abusos a todo el sector, que compite en el mercado de la fresa con otros países, pudiese provocar pérdidas en el negocio. Solamente el SAT permaneció al lado de las trabajadoras, acompañándolas solidariamente.

Trabajo a destajo en condiciones de semiesclavitud

En 2010, un artículo de Lidia Jiménez y Jerónimo Andreu titulado “Víctimas del oro rojo”, publicado en suplemento dominical de El País, señalaba que los abusos sexuales a las trabajadoras eran “un secreto a voces”, y constataba que, hasta ese momento, nunca habían prosperado las denuncias contra los responsables de una actividad económica competitiva en Europa.

Yo misma tenía experiencia directa del negacionismo sobre la situación de las trabajadoras. Hace ya varios años, en una reunión a la que asistían representantes de organizaciones agrarias, sindicatos, movimiento ecologista y de la administración, se llamó la atención sobre el hecho de que las mujeres temporeras, entonces mayoritariamente de Europa del este,  trabajaban a destajo en condiciones de semiesclavitud. Eran precarias y tenían un salario mísero. Tan ínfimo, que muchas trabajaban con pañal porque no podían permitirse parar ni para ir al baño. La reacción fue muy similar. El representante de la mayor organización agraria exigió muy airado que se retirase la afirmación y algunos de los sindicatos presentes, en principio sindicatos de clase, dijeron amable pero firmemente que no les constaba esta situación y que, de ser cierta, lo que tenían que hacer las jornaleras era denunciar.

Nadie sabía nada. Sin embargo, varios años antes, un equipo investigador de la Universidad de Huelva había realizado un informe titulado “Las mujeres migrantes, la trata de seres humanos con fines de explotación y los campos de fresa de Huelva”  que advertía sobre la situación que ahora se denunciaba.

¿Por qué esa resistencia a investigar? ¿Por qué la negación? ¿Por qué denunciar a quien denuncia? ¿A estas alturas alguien tiene dudas de que es perfectamente probable que trabajadoras extranjeras, solas y pobres, incluso aisladas físicamente, viviendo en las fincas, entre los invernaderos, corren el riesgo de sufrir abusos sexuales? ¿No es un hecho evidente y real que las y los jornaleros migrantes están mal pagados, son explotados y que de forma reiterada han surgido conflictos? ¿No habría que investigarlo, aunque solo fuese para aplicar el principio de precaución?

Producción y economía capitalista

Las fresas sirven para satisfacer una necesidad humana, la de la alimentación. Esa es su función social, su verdadera utilidad como producción. Sin embargo, para la economía convencional, para “el sector”, las fresas, los alimentos, no son importantes por las necesidades humanas que satisfacen, sino por los beneficios económicos que generan.

La economía capitalista ha desconectado la producción de las necesidades humanas. Lo que cuenta, lo que tiene valor, es lo que se factura, independientemente de si lo producido es necesario socialmente o no. Se termina considerando mejor y más competitiva aquella fresa que para ser producida contamina y explota, que la que se pudiese obtener sosteniblemente y de forma justa. “La buena producción” es la que consigue una alta rentabilidad económica abaratando los costes de producción (trabajo e insumos). Los beneficios económicos enriquecen a los intermediario y esconden la explotación y sufrimiento de las trabajadoras, el reforzamiento de los patriarcados, desiguales pero aliados, y los problemas de insostenibilidad, salud y supervivencia futura derivados de contaminar, agotar bienes finitos y cambiar hasta el clima. Tal y como suele decir Gustavo Duch, “el sistema en cuestión ha sido diseñado para producir algo parecido a alimentos, a costes muy bajos, tanto económicos, sociales como ecológicos; pero que puedan producir altos beneficios a quienes se dedican a su comercialización. Los alimentos, lejos de ser considerados como una necesidad y un derecho, se entienden como una mercancía sin más”.

El no saber, el mirar a otro lado, responde a aplicar una especie de omertá no escrita. Lo sagrado es el sector y sus beneficios y proteger lo sagrado exige una lógica sacrificial. Todo merece la pena ser sacrificado con tal de que crezca “el sector”: personas, tierra, dignidad, derechos… “Ojo, no se puede poner en riesgo un sector que factura casi 300 millones de euros”, dicen.

La situación de las jornaleras marroquíes no constituye una mala práctica aislada y puntual, no es un fallo del Sistema y de sus protocolos. Es una expresión del sistema en estado puro. Escondidas, debajo del brillo visible de las cifras y los beneficios, están las consecuencias terribles de esa forma de producir. En los lugares oscuros e invisibles del desarrollo, se viven los efectos sobre territorios concretos y vidas cotidianas de un forma de entender la economía insostenible, capitalista, racista y patriarcal.

Todas esas tensiones se encuentran en el conflicto de las temporeras de la fresa.

Monocultivo de la fresa y ecología

Ecologistas en Acción de Huelva lleva años denunciando que el monocultivo masivo de fresa tiene importantes consecuencias sobre el territorio, entre otros daños se encuentran la deforestación de grandes superficies, la contaminación de acuíferos y el uso generalizado de pesticidas prohibidos.

Con frecuencia, el cambio de uso del suelo se ha realizado sin tener el permiso correspondiente, que se termina concediendo años más tarde bajo la política de hechos consumados. El pacto de silencio reinante en la zona hace que las denuncias caigan en saco roto y se trabaje con total impunidad.

Una vez arrebatado el terreno al pinar, la preparación del suelo para el cultivo se realiza aplicando productos químicos de síntesis, derivados de un petróleo declinante. La desinfección del suelo provoca un empobrecimiento del mismo, así como una grave contaminación de las aguas subterráneas que afectan al acuífero del que se nutre el Parque de Doñana.

Explotación laboral en los invernaderos

La explotación laboral constituye una parte indisociable de este modelo agrario. Los bajos salarios son condición necesaria para que el sector sea competitivo y tenga un “alto valor añadido”. A mayor explotación, mayores beneficios.

En el inicio del despliegue de los cultivos, era la población autóctona la que trabajaba la tierra. Al escalar posiciones y mejorar los ingresos,  dejaron de trabajar directamente en los cultivos y fueron reemplazados, inicialmente, por hombres procedentes de diversos lugares de África. Desde entonces, han sido constantes los conflictos con los trabajadores de los invernaderos. Las duras condiciones del trabajo provocaron conflictos, revueltas, violencia y movilizaciones que trataban de llamar la atención sobre el salario, la dificultad de integrarse en los pueblos cercanos y el confinamiento en barracones y cortijos, a menudo sin agua u otros servicios básicos. Los conflictos fueron respondidos a través de narrativas con tintes racistas y estigmatizadores que legitimaban la explotación y el aislamiento de los temporeros. Todas estas tensiones son bien conocidas y han sido reflejadas en estudios como, por ejemplo, los del antropólogo Ubaldo Martínez Veiga. Para él, son una manifestación del capitalismo tardío que lleva consigo una idea abstracta del trabajo como fenómeno intercambiable que circula, con independencia de las personas materiales de carne y hueso, entre las diversas unidades productivas. Los efectos perversos de este proceso se agudizan cuando los trabajadores son trabajadores extranjeros sin papeles ni derechos.

Explotación e indefensión de las mujeres temporeras

La situación de explotación e indefensión es aún mayor cuando las temporeras son mujeres. De forma más reciente, y a partir de los conflictos con los trabajadores africanos, la contratación ha empezado a desplazarse hacia mujeres procedentes de los países del este de Europa y de Marruecos. Quienes contratan creen que las mujeres dan menos problemas que los hombres. Para no decir que son menos conflictivas, se argumenta con autoridad y convicción que las mujeres son más aptas para la recogida de la fresa porque “tienen los dedos más delicados” – como si los hombres tuviesen dificultades congénitas para ejercer la función prensil sin espachurrar la fresa o las mujeres no fuesen capaces, si lo desean, de espachurrar la fruta– y presentan una morfología que las capacita genéticamente para estar más tiempo agachadas, recolectando.

Muchísimos campesinos en todo el mundo arrancan patatas del suelo y recolectan los frutos de plantas rastreras y matas agachados. Terminarán seguramente deslomados y agotados pero no creo que se hayan planteado jamás que su cuerpo está menos preparado genéticamente para adoptar una postura recolectora, y al vivir de lo que recolectan, tienen buen cuidado de usar sus dedos con cuidado para no destruir el fruto que recogen.

El patriarcado, otra vez más, se alía con el capitalismo. Se contrata a mujeres pobres, jóvenes, que no estén obesas, preferentemente casadas y que tengan hijos a su cargo, menores de 14 años, para asegurar que vuelven a sus países. Se sabe que ellas vuelven a casa si dejaron allí a seres vulnerables de los que hacerse cargo. No es tan seguro que los hombres se vean obligados a volver a casa para hacerse cargo de quienes dejaron allí.

Una vez en su zona de trabajo, solas, sin conocer el idioma, en entornos profundamente machistas, trabajan a destajo y en condiciones duras por un jornal menor que el de los temporeros explotados varones. En ocasiones, acosadas por ”manijeros”, capataces y empleadores que amenazan con apuntar menos kilos de los que recogen y despedirlas si no consienten en ser manoseadas y abusadas.

Las jornaleras de la fresa marroquíes son aplastadas por una alianza perversa entre el capital y diversas formas de patriarcados que se refuerzan entre sí: el que las ve como un cuerpo-máquina con dedos delicados –genéticamente conformado para agacharse–, explotables, sumisas y nada sospechosas de pretender quedarse en España por tener responsabilidades de cuidados; el de los capataces y manijeros, que estando también probablemente explotados, encuentran alguien sobre quien ejercer el poder y ante quien sentirse virilmente dominadores; y el de los hombres de sus propios países, sus maridos, ante los que, dicen las jornaleras, deben esconder los abusos que sufren para no ser repudiadas y poder volver a casa.

Toda esta concatenación de violencias contra los territorios y contra las personas –de clase, de origen, de género– forman parte estructural de una determinada forma de producir. No son casos puntuales o aislados.

Quizás por eso hay tantas resistencias a investigar y denunciar, quizás por eso, en lugar de aplicar el principio de precaución y proteger a las mujeres trabajadoras, primero se duda de ellas y se advierte de los riesgos que puede correr “un sector tan competitivo”. Con la prioridad puesta en los beneficios, todo merece la pena ser sacrificado con tal de que el sector se mantenga y crezca.

Es de agradecer que el SAT y otros colectivos solidarios y feministas estén prestando atención, visibilizando, y acogiendo a estas mujeres, a las que se trata de expulsar para que no denuncien. Hasta para poder denunciar hace falta una comunidad que te sostenga y te apoye. Las mujeres con la cara cubierta se manifestaban gritando  “no bien, no bien”. Emociona que  dos palabras sencillas pueden expresar tanta dignidad, tanto valor. Las temporeras marroquíes no son sumisas ni dóciles.

Son mujeres valientes esas que denuncian, que saben que el precio de las fresas en el mercado no justifica su explotación y su dolor. No compra ni sus dedos, ni su cuerpo.

¿Acaso no soy persona como tú?

Corremos por la playa de callaos y guijarros con todo lo que nos da el cuerpo y el alma, saltando de piedra en piedra a punto de perder el equilibro. La frágil barcaza neumática se mueve de manera errática desde que la avistamos en el point view. A mi lado, Ghias nos alienta con sonoros “come on! Armano di alma! quickly! quickly”. Detrás resoplan varios camarógrafos, sanitarios, socorristas y un grupo multicolor de bienintencionados.

Aunque los escarpines agarran bien, caerse es un riesgo que hay que asumir, pues se trata de una situación que puede conllevar peligro de muerte. La barcaza, sin control, toma rumbo hacia la parte menos accesible de la costa. Finalmente encalla en los riscos, bajo el cantil, con un metro y medio de profundidad. Dentro de la barca hay nervios y el oleaje no ayuda a calmar al grupo de unas setenta personas, formado por bebés, niños y niñas, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos, algún enfermo y un herido.

Espontáneamente, los voluntarios comenzamos a organizar una cadena humana, desde la barca hasta tierra firme, para salvar el inestable y escarpado terreno. Se forma así una serpiente multicolor e internacional de voluntarios, que en un esfuerzo colectivo, poco a poco y uno a uno, va rescatando a todas las personas que acaban de cruzar el mar buscando seguridad y libertad.

Aquel momento no podía ser más especial y emocionante. Allí estábamos decenas de personas de orígenes y condiciones diversas, dispares y distantes que no nos conocíamos, trabajando, codo con codo, para ayudar a otras personas que tampoco conocíamos. Eran momentos de actuar, de sentir. No había juicios, sino un objetivo y una voluntad común. Afloraba el corazón, el entusiasmo, el amor, la entrega, la caridad; lo mejor de la humanidad.

Ocurría esta escena en la costa norte de la isla griega de Lesbos, en el otoño de 2015, en plena crisis migratoria de refugiados sirios, y también afganos, iraquíes, yazidíes, kurdos, iraníes, somalíes o eritreos. Y, al calor de éstos, todo un flujo de inmigrantes de África y Asia.

Hasta allí me desplacé como voluntario independiente, movido por el insoportable impacto de la imagen del niño Aylán, y por una voluntad interior que no soy capaz de acertar a describir. Ese misterioso impulso íntimo e individual, superior a cualquier resistencia, me llevó a unirme a los grupos de rescate y atención a pie de playa de los centenares de personas que cruzaban desde la costa turca, a colaborar en su organización y gestión por distintos puntos de Grecia, a difundir y sensibilizar sobre lo que allí estaba ocurriendo. Aunque, sobre todo, a sentir y dejarme sentir. Porque sin los sentidos y sentimientos, la acción solo es un trámite. Y los trámites se deben dejar para los despachos. Como activista, como voluntario independiente, es necesario sentir a las personas.

¡Qué importante es para un refugiado saberse sentido! Jamás podré olvidar la cara de aquel afgano, que con terror infinito sacaba del interior de la barca a su hijo de apenas un par de años de edad y me lo entregaba para que lo llevara a tierra cuanto antes. Se producía un entendimiento instintivo, un cruce de miradas y gestos, una desesperada complicidad. No podré quitarme la impresión que provocaba ver aquellos niños, de menos de diez años, que no lloraban, pero su cara era de un trauma superior a las lágrimas. Lágrimas que derramaban sin cesar no pocos hombres de porte imponente, que, al pisar tierra, caían derrumbados, a plomo sobre sus rodillas, inconsolables.

Permanecerá en mi memoria tanto agradecimiento; el beso de la mujer siria, que sabía igual que el de una madre; los besos del padre iraní, que sonaban como los de un hermano; los abrazos de la anciana kurda, que se sentían como los de una abuela; y las caricias de aquel señor afgano, ya mayor, vestido con ropa artesana de oscura lana cachemir, que, mientras clavaba sus ojos en los míos, posaba sus manos ásperas en mis mejillas y recitaba en un murmullo, versos y letanías. Siempre recordaré, en los campos informales en el puerto del Pireo o en la frontera con Macedonia, los juegos con los más pequeños, sentarte en aquellos paupérrimos espacios que las familias llenaban de dignidad, las largas tertulias acompañados de un té, las risas, los enfados y la frustración, la escucha y el recuerdo. ¡Qué importante entonces el valor de la comensalidad en su sentido profundo!

Son experiencias en el terreno del encuentro, en la frontera de la dignidad, en el lugar en el que se escribe la Historia, en el espacio que nos da la medida de nosotros mismos, como individuos y como sociedades. Más aún cuando se trata de movimientos de refugiados, pues éstos trascienden las migraciones para conllevar un deber moral, casi sagrado.

Me decía Helal en aquellos días “¿Cuánto vale mi vida? ¿Cuánto mi libertad? ¿Acaso no soy persona cómo tú?”.

Comunicado acerca de la cumbre europea sobre migración

Manifiesto

Ante los acuerdos tomados en materia de migración y asilo en la última cumbre de líderes europeos celebrada los días 28 y 29 de junio, las organizaciones abajo firmantes manifiestan su más firme rechazo al contenido y al fondo de las resoluciones tomadas en un encuentro, del que se esperaba una respuesta necesaria y esperanzadora a la situación vital que están sufriendo miles de seres humanos, empujados a abandonar sus lugares de procedencia.

En dicha cumbre se tomaron acuerdos, que en realidad no acuerdan nada, dando vía libre a que cada país haga lo que quiera; unos acuerdos que reinterpretan el derecho de asilo, modificando normas para maquillar las continuas violaciones al derecho internacional y europeo en temas de asilo y acogida; unos acuerdos tomados desde la óptica del estar tratando con “carne humana”, cediendo así a los planteamientos más regresivos y xenófobos que empiezan a emerger en varios países de la Unión; unos acuerdos que desoyen el clamor de la mayoría de la población que se solidariza con los migrantes o la disposición de cientos de ayuntamientos dispuestos a acogerlos en sus localidades.

Pero quizás lo más vergonzante es que, mientras muchos seres humanos mueren en su intento de cruzar el Mediterráneo, estos líderes europeos centraron su discusión en si creaban “plataformas de desembarco” en el interior de Europa o si lo hacían en terceros países. No hubo ni una autocrítica, ni una reflexión acerca de la responsabilidad que Europa ha tenido en la generación del conflicto; ni un reconocimiento del expolio que Europa ha producido y sigue produciendo en aquellos países de donde proceden los migrantes; ni una revisión a su lucrativa política de invasiones (como miembros de la OTAN) y de venta de armas, que termina abasteciendo a aquellos países en conflictos de los que hoy huye la gente.

Básicamente hablaron de dónde colocar “plataformas de desembarco”, es decir, cárceles para extranjeros o, más acertadamente, campos de concentración, con el objetivo último de devolver a los migrantes a sus precarios países de origen. Es un paso más atroz y deshumanizante en la dirección de los ya cuestionados “Centros de Internamiento para Extranjeros”. Ni dentro ni fuera, Europa no puede torpedear sus cimientos humanistas para ceder a la ultraderecha racista y fascista con una política que vuelve a criminalizar al extranjero, al migrante, al diferente, y a quienes se solidarizan con ellos.

La vida humana es sagrada y, desde el convencimiento de que no habrá progreso si no es de todos y para todos, las organizaciones firmantes instan a los gobiernos europeos a dar una respuesta coherente y urgente tomando medidas como:

  • Desmantelamiento de todos los centros de internamiento para extranjeros, así como el abandono de toda tentativa de crear cárceles para migrantes, en cualquiera de sus formas.
  • Eliminación de ‘vallas’ en distintos países de la Unión.
  • Por el contrario, ir avanzando hacia la eliminación de fronteras, que solo existen para separar a los pobres y no tienen realidad para los capitales y la minoría cada día más escandalosamente rica del planeta.
  • Impedir que los impuestos de los ciudadanos europeos sean destinados a la ‘vigilancia de fronteras’, la ‘externalización’ de las mismas y la creación de ‘plataformas-prisiones’. Proponemos que estos fondos sean destinados a otros aspectos, como la acogida de estos seres humanos que llegan a Europa.
  • No a la criminalización del migrante y del refugiado ¡Ningún ser humano es ilegal!
  • Desistir en la criminalización de ONGs y cooperantes que ponen su esfuerzo en salvar vidas humanas, así como penalizar a aquellos países que entorpezcan su labor (como es el caso de los continuos sabotajes a los barcos humanitarios Aquarius, Lifeline u Open Arms).
  • Qué estas políticas sean investigadas y consideradas crímenes de lesa humanidad.
  • Habilitar vías de ingreso legales a Europa para una real y efectiva lucha contra las mafias que especulan con el comercio de seres humanos. No solamente con la creación de “pasillos humanitarios”, sino, sobre todo, otorgando documentos de entrada legal a Europa.
  • Crear una política de reparación a aquellos países a los que Europa lleva expoliando desde hace centurias.
  • Control exhaustivo de las ventas de armas a países en conflicto, directa o indirectamente desde terceros países.
  • Dejar de seguir los mandatos de EEUU, a través de la OTAN; dejar de ocupar territorios y de bombardear a las poblaciones, que se ven obligadas a huir buscando salvar sus vidas y las de los suyos.
  • El cumplimiento escrupuloso de la Declaración de los Derechos Humanos así como de las leyes internacionales en materia de asilo y migración.

Mientras tanto, alentamos a las poblaciones a mantener ese impulso solidario que entronca con nuestras mejores tradiciones humanistas europeas. Debemos seguir dando esa lección de dignidad a nuestros vergonzantes dirigentes políticos trabajando con las decenas de miles de ciudadanos que están ofreciendo sus casas, o las redes vecinales que se articulan para dar atención urgente a los que llegan a sus ciudades, así como apoyar a los líderes locales de nuevo cuño que asumen desde sus municipios las responsabilidades que los gobiernos nacionales y las instituciones europeas son incapaces de desarrollar.

Madrid, 3 de julio de 2018

Firmado:

Convergencia de las Culturas
Redes Cristianas
Iglesia Evangélica Española
Energia per i Diritti Umani Onlus – Roma
Diritti al Cuore Onlus – Roma
Salute Migrante – Roma
Pressenza International Press Agency
La Asociación Mujeres Humanistas por la Noviolencia
FICNOVA, la Festival Internacional de cine de la noviolencia activa
Humanistas por la Renta Básica Universal

Nos queda la palabra y la proximidad

Manifiesto Éxodo

Nos queda la palabra

…para expresar la posición de Éxodo ante el fenómeno de los migrantes y de los refugiados.

Los seres humanos migran. Buscan refugio. Y lo hacen forzados en origen, al menos en parte, e inducidos por varias circunstancias. Algunas, no pocas, fruto de la globalización y su creencia de que el libre comercio conduce por sí solo e inevitablemente al crecimiento del bienestar humano. Los desequilibrios, el expolio que genera la codicia de las grandes multinacionales, el reparto injusto de los bienes a escala planetaria, las hambrunas sistemáticas, la miseria, la escasez de servicios básicos, etc., constituyen daños colaterales eventuales. A tales causas expulsoras hay que sumar las guerras, las persecuciones políticas, tribales, religiosas, étnicas o por condición sexual, sin marginar la presión ejercida por la densidad demográfica o por los desastres naturales que fuerzan los desplazamientos, ni olvidarnos de la búsqueda de oportunidades y mejores perspectivas por parte de quien emigra o para su familia.

Están los hechos y están los derechos, pues migrar y buscar refugio son derechos humanos. Pues bien, en torno a ellos con frecuencia se emiten mensajes simples cargados de emotividad e incitación que van configurando todo un imaginario de prejuicios que intoxica la salud democrática y a los que es imperativo darles réplica.

El primero o prejuicio nodriza hunde sus raíces en esa zona abisal del cerebro donde reinan los miedos a lo extraño. Este mecanismo de defensa se verbaliza usando categorías y clasificaciones disyuntivas (nosotros/los otros, legales/ilegales,…) que olvidan adrede la igualdad de los seres humanos a la vez que ignoran la dignidad de personas concretas con sus situaciones específicas.

Está luego el prejuicio numérico. Los informes aseguran que cada dos segundos una persona se vio forzada a desplazarse durante 2017 hacia un destino más o menos incierto. La constatación de que la mayoría de los desplazados se queda en regiones limítrofes al país de procedencia como testifican la crisis de los refugiados sirios, iraquíes, yazidíes, kurdos, rohingyas, sudaneses del sur, etc., y de que sólo una minoría afronta el reto de dirigirse hacia Occidente, importan poco. Lo crucial para algunos políticos y no pocos medios es distorsionar la cifra con mensajes-zoom: “invaden nuestra tierra”, “España no puede absorber a millones de africanos”, “no podemos dar papeles a todos”, “se produce un efecto llamada”, “nos suponen un gasto difícilmente asumible”, “hay que garantizar nuestras fronteras” …con el fin de que cale la creencia de que los emigrantes y los refugiados son muchos más de los que en realidad son. Corolario: ante el dilema o ellos o nosotros, nuestro control migratorio se coloca por encima de su derecho a la vida.

Imperioso resulta denunciar, en tercer lugar, la falacia del discurso proteccionista que convierte al emigrante pobre en chivo expiatorio de los males sociales y nacionales. De este modo la xenofobia y la aporofobia se hermanan bajo la máxima de que los emigrantes erosionan el estado del bienestar, compiten con los nacionales para el reparto de recursos, roban los empleos, agotan nuestro sistema de protección al recibir ayudas y subvenciones. No es cierto, sin embargo, que los inmigrantes nos esquilmen, al contrario, tienen, a la larga, efectos positivos demográficos para nuestra sociedad envejecida, aportan riqueza cultural, mejoran a corto plazo el PIB per capita, son garantía para las pensiones y mejoran otros indicadores para el sostenimiento del estado de bienestar.

De igual modo es preciso combatir las generalizaciones infundadas del relato alarmista que imputa a todo el colectivo migrante comportamientos delictivos o acciones censurables asociando la emigración al incremento de la inseguridad ciudadana. Y si a esta burda correlación se añade la sospecha de que los migrantes sirven de camuflaje a los terroristas, ya tenemos el magma donde chapotea la extrema derecha emitiendo consignas con una sorprendente capacidad de filtración.

Este proteccionismo antiinmigración no puede, además, desvincularse del prejuicio identitario: los inmigrantes destruyen nuestra cultura infectando las creencias, los valores, las costumbres, el lenguaje. Hace casi veinte años que Maalouf, A. hablaba de las identidades asesinas aludiendo a la patria, a la religión, a la etnia o a la propia cultura cuando se idolatran o se conculcan en su nombre los derechos de los otros. Y Octavio Paz, por su parte, advertía de que contra el atávico impulso racista que detesta al extraño, no hay mejor remedio que el mestizaje. Porque lo que en realidad se impugna en el racismo y en la evaluación moral que se ejecuta según la pertenencia es el derecho a la igualdad de la diversidad. De ahí nuestra repulsa contra ese supremacismo first que inocula el chovinismo en programas políticos e impulsa actitudes agresivas por parte de los ‘nacionales’ que al sufrir una difícil situación económico social miran al inmigrante como un antagonista.

Contra esta batería de prejuicios nos queda batallar con la palabra. Llevar a cabo un distendido debate social sobre la inmigración cuyo eje tendría que fijarse en si disponemos de instrumentos adecuados para gestionar el fenómeno migratorio y si el primer elemento a considerar ha de ser el de la legitimidad, es decir, tratar la migración y el asilo de conformidad con los principios y reglas del estado de derecho y de la democracia, de tal manera que, en todo momento, brille el reconocimiento y la garantía de los derechos humanos. Sólo después habrá que madurar los dispositivos de eficacia.

Y nos queda la proximidad

…para comprender que los derechos de las personas migrantes y refugiadas se defienden mejor en el encuentro con ellas o cuando sencillamente las miras a los ojos. Es lo que hacen las voluntarias y los voluntarios, las comunidades, los pueblos y las organizaciones que están en primera línea de las fronteras sólidas o líquidas socorriendo, rescatando, salvando, acogiendo dignamente luego, acompañando después.

Ellos son los ojos que nos ayudan a educar nuestra mirada. Ven personas. Prójimos. Dan visibilidad a seres humanos en diáspora. Perciben su ejemplar capacidad de resistir, su ejercida dignidad, sus sueños de libertad, su solidaridad en situaciones límite. También su pavoroso infierno. Las perciben en directo una a una sin necesidad de estereotipos ni categorías excluyentes. Y con eso está ya casi todo dicho.

Ven que las fronteras se han convertido en espacios-de-no-derechos donde el control vale más que la vida, con riesgo añadido para la infancia y para las mujeres que se ven obligadas a poner el dinero y el cuerpo.

Ellos son la piedad en acción para con las familias de los muertos y desaparecidos en ese cementerio atroz del Mare Nostrum, alentando su acceso a la verdad, a la justicia y a la reparación, colaborando con las organizaciones de las comunidades migrantes que se enfrentan al poder de las organizaciones criminales necesarias para el cruce.

Ellos son el compromiso a pie de obra que acoge y trata de facilitar el acceso a la escolarización, a un techo, a un trabajo, a la herramienta de la lengua y a otras formas de incorporación social. Su compromiso nos indica el camino por el que debería transitar una sociedad civil movilizada a fin de obtener el reconocimiento de los derechos básicos de las personas migrantes y superar de ese modo el círculo del voluntarismo, de la caridad y de la compasión. Porque es preciso reclamar una política migratoria más flexible para obtener visado de residencia y trabajo, siquiera dentro de un plazo prudencial.

            Ellos son los testigos, si se quiere profetas, que denuncian las devoluciones en caliente, las detenciones indiscriminadas, la represión en la frontera sur. Ellos reclaman de las administraciones el cumplimiento de sus responsabilidades y sus obligaciones, entre ellas el acuerdo sobre el cupo y el cambio de funciones del Frontex. Ellos inculpan la Ley de Extranjería exigiendo que responda, por estricta justicia, a las demandas de “papeles”, de vivienda y de trabajo. Evidencian la explotación de los migrantes, de las esclavizadas entre fresas… Exigen el cierre de los CIE, esos lugares opacos de sufrimiento inútil, por su déficit humanitario, democrático y jurídico, en los que las ONGs amortiguan la vulnerabilidad de las personas internadas previniendo la violación de sus derechos y tratando de corregir las deficiencias, y piden que se cambien por Centros Abiertos de estancia temporal, en los que se dé orientación sobre el marco jurídico de extranjería a la vez que se proporcionan las primeras herramientas para la integración social. Ellos son los que solicitan que se establezcan rutas seguras con los demás países europeos, acompañadas de medidas concretas y urgentes de acceso legal.

            Ellos son el testimonio de cómo deberían asumirse ciertas responsabilidad para ser coherentes con principios, valores o intuiciones morales, y de este modo responder ante la propia conciencia, ante los demás o ante el Dios que juzga según la norma “porque fui forastero y me hospedaste”.

Ellos son la memoria que alerta de que emigrantes y exiliados los españoles fuimos, de que las identidades se van transformando, que las migraciones conforman flujos cíclicos que no van a detenerse, que vamos hacia la policromía social y cultural, y que resulta preferible prepararse, sensibilizarnos y educarnos para ello a confiar ciegamente en las leyes del mercado.

Ellos son la esperanza de que la tierra prometida se alcanza trabajando por otro mundo posible más mestizo.

Nos queda la palabra y la proximidad: manifiesto de Éxodo.