EL DIÁLOGO DE LAS RELIGIONES EN PERSPECTIVA

Andrés Torres-Queiruga

Éxodo (spet.-0ct.’09)
– Autor: Andrés Torres-Queiruga –
 
En poco tiempo el diálogo de las religiones ha pasado a primer plano de la teología y ha multiplicado exponencialmente su presencia. Hecho de enorme trascendencia, que supone tras de sí un proceso que ya empieza a dejar ver su perfil histórico.

1. La situación actual

Es cierto que estuvo presente siempre: en realidad la Biblia es un libro profundamente interreligioso: no hace falta llegar a las exageraciones de la Escuela Histórica de las Religiones para comprender que la tradición bíblica sería imposible e incomprensible sin los numerosos y profundos aportes del mundo cultural y sobre todo de las religiones vecinas. Se hizo incluso intensa su llamada con la Ilustración, donde los informes de los misioneros y exploradores, los libros de viajes… e incluso los viajes inventados, impusieron la noticia de otras religiones: a veces, cantando sus excelencias como crítica soterrada a las iglesias y a las deformaciones del cristianismo; otras, incluso con iniciativas lúcidas y valientes como las iniciadas por los jesuitas en la China y en la India.

Pero desde las primeras décadas del siglo XX la atención al estudio de las otras religiones se ha impuesto como necesidad inesquivable, para convertirse cada vez más en urgencia teológica de diálogo fraternal y respetuoso. El Concilio Vaticano II se hizo eco generoso y puso, aunque con clara y comprensible timidez, las simientes de la abundantísima ocupación actual.

Esta mirada a la historia permite ya una visión reflexiva que, de algún modo, cabe calificar de segundo grado, para iniciar una especie de valoración y casi balance, con el fin de descubrir los acentos principales y acaso los puntos de frontera en el avance. Personalmente, le he dedicado una atención bastante sostenida, y lo cierto es que a estas alturas no me encuentro con nada especial que aportar de nuevo. Así que, aprovechando ese sesgo reflexivo, intentaré indicar los aspectos que me parecen de especial relevancia y en los que ha consistido mi deseo de ayudar a su estudio.

En cuanto al hecho mismo de la amplia eclosión del tema es fácil ver que se hacía inevitable por la presión de la realidad. En la vida normal, la facilidad de las comunicaciones y los fenómenos migratorios han hecho que prácticamente todos hayamos estado, y seguramente estemos, en contacto con gentes de otras religiones. El trato y el conocimiento de su vida y conducta hacen imposible seguir pensando que su religión carezca de toda verdad, o que “ninguno de los que existen fuera de la iglesia católica (…) pueden llegar a ser partícipes de la vida eterna”, según declaró el Concilio de Florencia, en 1442; y desde luego, nos resulta inconcebible que todavía en 1960 dijese el Congress on World Mission, en Chicago:

“En los años a partir de la guerra, más de mil millones de almas han pasado a la eternidad y más de la mitad de las mismas han ido al tormento del fuego infernal, sin siquiera haber oído hablar de Jesucristo: quién fue y por qué murió en la cruz del Calvario”.

Por otro lado, basta pensar que en una misma universidad norteamericana pueden estar enseñando, como colegas, profesores de casi todas las grandes religiones, para percatarse de que es ya inconcebible seguir imaginando textos, como los que todavía hemos manejado muchos, que daban por supuesto que Dios sólo se había revelado en la Biblia, dejando a los fieles de las demás religiones en “estado natural”.

El Concilio recogía la nueva sensibilidad y reflejaba lo irrenunciable de la nueva situación con una afirmación verdaderamente programática:

“La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones (no cristianas) hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. (…). Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y la vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio- culturales que en ellos existen”.

Su forma cauta e indirecta llama la atención; pero, en realidad, constituía la generosa señal de salida para una marcha que se iba a hacer múltiple, intensa y de fuerte renovación.

El reconocimiento quedaba sin contornos muy claros. Pero la presencia real y salvadora de Dios en las religiones era afirmada sin vuelta. De entrada, quedaba sin sacar la consecuencia obvia –hay todavía restos dispersos en algunos ambientes que se niegan a sacarla– de que Dios no sólo salva en las religiones, sino también a través de las religiones. 2. Pluralismo asimétrico

Pero este paso implicaba por sí mismo otro ulterior. Hablar de verdad o falsedad en las religiones no puede ser asunto de todo o nada, de verdadero o falso, sino sólo de más y menos, de más o menos verdadero. Y en este sentido, atendiendo a la inevitable limitación de toda realización humana, lo lógico es partir de la constatación de que entonces “todas las religiones —cada una a su manera y en su medida— son verdaderas”, en el sentido de que aquellas personas que las vivan con sinceridad y autenticidad encuentran en ellas a Dios y a su salvación. El sentido de esta afirmación se entiende bien a contrario, contrastándolas con la negación atea, que califica a todas de falsas e ilusorias.

De hecho, en mi primera aproximación sistemática al problema tomé este principio como base de mi reflexión, y debo decir que me ayudó mucho a situar el problema.

Lógicamente, esta afirmación, si quería ser realista, debía tener en cuenta la desigualdad constitutiva de toda realización humana. Igual que ni todos los novelistas son Cervantes ni todos los poetas Rosalía de Castro, tampoco todas las religiones, siendo verdaderas, son sin más igualmente verdaderas. Es el problema que ha dado lugar a clasificaciones múltiples y a veces contrastantes, que intentaban a un tiempo reconocer esa verdad y hacer justicia a la diferencia.

Excluida la tradicional postura exclusivista, reforzada en muchos –demasiados– por el sobrenaturalista “positivismo de la revelación” de Karl Barth, el inclusivismo, especialmente a través del “cristianismo anónimo” de Karl Rahner, supuso un avance tan cordial como notable. La intensificación del diálogo, ayudada por la presencia en primera persona de teólogos de otras religiones, hizo ir más adelante, hacia la concepción de un pluralismo igualitario, abanderado por John Hick: todas las (grandes) religiones son variantes culturales igualmente verdaderas en su verdad y valor religioso.

Personalmente, reconociendo lo que de legítimo y sobre todo de generoso y atractivo hay en esta postura, no me parece realista. Sin alejarme demasiado, he propuesto la categoría de pluralismo o universalismo asimétrico: la realidad muestra que no en todas las religiones se logra objetivamente igual grado de avance en el camino hacia Dios. Muchas veces las diferencias son simplemente de contexto cultural, y eso debe llevarnos a todos a la cautela y al respeto de un pluralismo amplio y legítimo. Pero hay ocasiones en que las diferencias tienen serio alcance religioso, como lo muestra el hecho mismo de que cada religión en su propio contexto cultural está llamada siempre a la autocrítica y al progreso purificador: es lo que siempre han procurado en ellas sus respectivas figuras proféticas. Conviene recordarlo contra toda tentación de soberbia y no olvidar ni las terribles desviaciones en el mismo camino bíblico ni las horribles justificaciones teológicas de hogueras y guerras en la historia cristiana.

Hablar de “pluralismo” o “universalismo” quiere subrayar una doble convicción: a) que todas las religiones son en sí mismas caminos reales de salvación, y b) que lo son porque expresan por parte de Dios su presencia universal e irrestricta, sin favoritismos ni discriminaciones. Añadir “asimétrico” indica que es imposible ignorar el hecho de las diferencias reales entre las religiones. Con todo, hay que insistir en que sucede así no porque Dios discrimine, sino porque por parte del hombre la desigualdad resulta inevitable. (Piénsese en un ejemplo sencillo: unos padres normales y honestos quieren con idéntico amor a todos sus hijos; pero cada uno de ellos recibe y vive el amor a su manera, hasta el punto de que alguno puede incluso no sentirse amado. Recuérdese el ejemplo del film de Hitchcock “Marny la ladrona”, enferma por pensar que su madre no la quería, cuando en realidad había sacrificado toda su vida por ella.)

Por eso me parece importante evitar la categoría de “elección”, frente a la que la misma Biblia siempre mantuvo sus reservas. Se trata, en efecto, no de un “designio” de Dios, que escogería y privilegiaría a unas personas o naciones sobre otras; sino de desigualdades necesariamente impuestas por la finitud creatural. El ofrecimiento divino, en cuanto amor irrestricto, y “sin acepción de personas” (Rm 2, 11), es igualitario; pero su acogida humana se realiza, por fuerza, de manera y en grados distintos, según el momento histórico, la circunstancia cultural o la decisión de la libertad.

Eso significa también que no debemos ver “nuestra” religión como posesión propia y, en cuanto tal, “perfecta”; ni juzgar a las demás como caminos hacia ella. Todas, incluida la nuestra, se nos aparecen en su esencia más íntima como necesitadas de perfeccionamiento y descentradas extáticamente hacia el centro común que las suscita y promueve. Dicho de manera imaginativa: las distintas religiones forman un inmenso haz de caminos en la ladera, que desde distancias y perspectivas distintas convergen hacia la cumbre del Misterio que las atrae y supera; constituyen así fragmentos en los que se difracta la riqueza común e inagotable.

3. Un nuevo presupuesto: la revelación como “mayéutica”

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CRISTIANOS DE BASE POR LA LAICIDAD

Iglesia de Base de Madrid

Éxodo (spet.-0ct.’09)
– Autor: Iglesia de Base de Madrid –
 
1. Por una sociedad laica

Más de treinta años después de la caída oficial del franquismo, cuando todo indicaba que con la caída de la dictadura asistiríamos también al final del nacionalcatolicismo, los cristianos de base enarbolamos de nuevo la bandera de la laicidad tras constatar con gran decepción cómo el Estado español y la jerarquía católica han apostado por una involución en sus relaciones, insospechada décadas atrás.

Reconocemos que en ese proceso de involución también nosotros tenemos alguna responsabilidad por no haber sido capaces de transmitir suficientemente la llama del más radical respeto a la libre conciencia de cada ciudadano –lo que exige el triunfo de la laicidad–, y de impulsar una renovación de la Iglesia católica que abandone su afán por los privilegios y por el poder.

Somos conscientes de que en España, desde que los Reyes Católicos configuraron una unidad nacional basada en el maridaje de Iglesia y Estado, la laicidad siempre se ha sido una tarea compleja inscrita en la dialéctica entre Progreso y Tradición (liberalismo reformista y tradicionalismo), como parte del conflicto de clases. Y que esa dialéctica ha provocado muchodolor y violencia de distinto signo.

Hoy, en medio de una sociedad igualmente dividida en clases, pero plenamente secularizada, ese conflicto de intereses entre poder civil y poder eclesiástico se ha convertido en un anacronismo medieval, que opera en contra de la plena ciudadanía moderna, debilita la realidad del Estado y, a la vez, actúa como gran obstáculo para el futuro del cristianismo. El evangelio de Jesús pierde credibilidad cuando, lejos de testimoniarse desde el barro de la calle, se instala y se difunde desde el trono y el altar, en alianza con el poder del dinero.

Desde el triunfo de la Ilustración en el siglo XVIII, el matrimonio entre trono y altar se divorció en la mayor parte de los países europeos. Cayó el viejo absolutismo monárquico y comenzó a instalarse el paradigma secularizador, democrático y humanista de la revolución ilustrada, con sus principios de libertad, igualdad y fraternidad.

En nuestro país sin embargo nunca triunfó del todo la Ilustración. Tras las tensiones mantenidas a lo largo de todo el siglo XIX, la crisis entre lo nuevo y lo viejo explotó de nuevo durante la II República y, sobre todo, con la Guerra Civil, causando gran destrucción y muerte, sin que hasta el presente se haya conseguido hacer justicia sobre ese infausto período de nuestra historia. En pleno siglo XXI comprobamos cómo todavía sigue pendiente la transición eclesiástica a la democracia, entendida ésta en su doble dimensión de democratización interna de la comunidad cristiana y, sobre todo, de asunción por la Iglesia católica de las responsabilidades que correspondan por su comportamiento en el pasado y de renuncia a cualquier posición actual de privilegio social, económico o político.

A pesar de esas resistencias históricas, los cristianos de base sentimos la urgencia de apostar por la laicidad porque es un principio democrático de igualdad social, que defiende lo común a todos los ciudadanos. Su implantación real, en una sociedad que se caracteriza por la secularización, la racionalidad y el valor de lo diferente y que clama por la solidaridad y acogida con todos los desheredados y las víctimas del sistema social global, cobra especial importancia para nosotros, como ciudadanos y como cristianos.

2. Las parcelas de la laicidad

Lejos de los sectarismos interesados, entendemos la laicidad como un valor articulador de la convivencia ciudadana, que garantiza la libertad de expresión de creencias, cosmovisiones o doctrinas filosóficas de los ciudadanos y, por consiguiente, la plena autonomía del Estado frente a cualquier credo o cosmovisión filosófica, así como sus códigos éticos confesionales. Sobre esa base, cabe distinguir distintas parcelas de aplicación de la laicidad:

LAICIDAD INSTITUCIONAL

Se refiere a la total separación entre la esfera del Estado y la de cualquier confesión religiosa o doctrinal. En el caso español este enunciado tiene su principal aplicación con la Iglesia católica, pero debe rechazar igualmente los intentos de otras confesiones por obtener trato de favor similar. Propugnamos un Estado que sea laico con todas sus consecuencias, y unas Iglesias libres de privilegios y ventajas, desligadas del Estado.

LAICIDAD SOCIAL

La dimensión institucional es imprescindible, pero no lo es todo. Reivindicamos también la laicidad como principio de articulación y desarrollo de nuestra vida social. Si la sociedad pretende avanzar hacia cotas de mayor democratización, habrá de aceptar, respetar y proteger el pluralismo cultural, la multiplicidad de credos, cosmovisiones o principios filosóficos que en su seno afloran y perviven. Somos una sociedad cada día más multicultural en modos de vida y en credos de distinto tipo. El reto de una sociedad democrática es facilitar cauces para que esas expresiones tengan su espacio de crecimiento y se relacionen entre sí, de modo que el contacto y el diálogo cultural haga fermentar nuevos procesos de intercambio o simbiosis intercultural. El interculturalismo es el reto.

En consecuencia con ello, nuestra perspectiva de la laicidad no puede coincidir con esa visión reduccionista que limita la expresión religiosa al ámbito de lo privado, como si las creencias, las cosmovisiones o las filosofías no pudieran tener cauces de expresión social pública.

LAICIDAD INTRAECLESIAL

Y apostamos por la laicidad en el seno de la propia comunidad cristiana. Lo que comporta un tipo de organización interna de los creyentes que permita superar de una vez los ordenes ministeriales de poder. La comunidad cristiana siempre deberá fomentar la multiplicidad de carismas y de servicios o ministerios. Pero asignar a esos ministerios una capacidad de decisión y de mando sobre el conjunto de los creyentes laicos es consolidar un esquema de dominación/subordinación ajeno al evangelio de Jesús.

Las comunidades de base tienen el reto de consolidar estructuras de horizontalidad organizativa plena que hagan visibles la laica fraternidad de los seguidores de Jesús, superando en la práctica la actual división entre el orden sacerdotal y el orden laical. En esta línea se enmarca como objetivo estratégico la plena igualdad de derechos y obligaciones de hombres y mujeres en la vida de las comunidades cristianas.

3. Fundamentos de la laicidad para el creyente

Esta apuesta por la laicidad tiene una doble fundamentación, como cristianos y como ciudadanos:

3.1. COMO CRISTIANOS

Sabemos que Jesús fue un laico, una persona sin ningún tipo de poder religioso, sin jerarquía clerical. No fue sacerdote, ni funcionario de la religión o del Templo. Los cristianos no somos seguidores de un líder religioso, sino que seguimos a un Profeta laico.

Pero Jesús era un creyente, que vivía intensamente la unión con su Padre Dios. Y que también vivía intensamente el amor hacia sus hermanos los hombres. Jesús debió meditar profundamente sobre estos dos grandes amores: Dios y los hombres. Pero el Dios de Jesús es un Dios desplazado de los lugares sagrados. Es un Dios identificado con el ser humano, con su felicidad y con su sufrimiento. El camino para llegar a Dios es el del amor a los hermanos.

Educado en la fe judía y en las tradiciones del pueblo de Israel, pronto se dio cuenta de que esa fe y esas tradiciones no eran suficientes para luchar contra el sufrimiento humano, y que incluso la religión ritualizada y jerarquizada era una de las cargas más pesadas que tenía que soportar el pueblo. Y…. soñó con un mundo nuevo, con el Reino de Dios. Cuando Jesús habla del Reino de Dios se refiere a una situación en la que va a realizarse efectivamente la justicia, es decir, una nueva sociedad en la que finalmente se implante la fraternidad, la igualdad, la solidaridad. Al Reino pertenecerán los que vivan radicalmente los valores de justicia, paz, amor, etc., con los próximos necesitados.

Una de las equivocaciones más peligrosas en que ha incurrido la Iglesia ha sido identificar la fe con la religión y con lo sagrado, con una religiosidad que tiene su centro en lo sagrado, es decir, en lo separado de lo profano y lo laico. Pues Jesús no fundó una nueva religión con clérigos, obispos, sumos sacerdotes, dogmas y ritos… Jesús antepone siempre lo humano y lo laico a lo religioso y lo sagrado. Su mensaje es de carácter ético, de amor sin límites y, por ello, trascendente. Apeló a un comportamiento de justicia y amor hacia los más pobres y marginados, que es común a cualquier ser humano sensible y de buen corazón. En palabras de González Faus, “Jesús dejó sentado que el camino hacia Dios no pasa por el Poder, ni por el Templo, ni por el Sacerdocio, ni por la Ley. Pasa por los excluidos de la historia”.

3.2. COMO CIUDADANOS

Tampoco como ciudadanos que aspiramos a construir una sociedad cada vez más democrática podemos permanecer indiferentes ante la parcialidad privilegiada y ventajista que la organización Iglesia católica tiene frente a cualquier otra asociación ciudadana, creyente o agnóstica.

Una ciudadanía políticamente consciente tiene que reclamar del Estado y demás instituciones públicas el respeto al pluralismo en las formas y en los contenidos, en la letra impresa y en la vida real. Porque hablamos de derechos entre iguales, que no bastan ser reconocidos nominalmente sino respetados de hecho en sus más mínimos aspectos.

O ¿acaso es moral y políticamente justificable subvencionar las iniciativas empresariales educativas de ciertas organizaciones religiosas que sólo atienden a alumnos de estratos sociales elitistas y no financiar servicios públicos de calidad para inmigrantes y trabajadores precarios?

Los principios de igualdad social, libertad efectiva, integración social y participación ciudadana han de imponerse siempre en democracia frente a cualquier pretensión de libertad de conciencia utilizada arteramente para obtener beneficios específicos, sean económicos o de influencia social.

Como ciudadanos conscientes habremos de seguir exigiendo que los mejores valores o principios democráticos recogidos en la Constitución pasen de la retórica formalista a la vida cotidiana de los más desfavorecidos.

La laicidad, además de garantizar el respeto a la conciencia de todos, es un principio articulador para esas políticas públicas que deben mirar siempre a los más excluidos del sistema.

4. Nuestras propuestas

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