BIOTECNOLOGÍA: UN DESAFÍO A LA ÉTICA

Diego Gracia

Éxodo 90 (sept-oct.’07)
– Autor: Diego Gracia –
 
Técnicas que permiten manipular la vida. Ésas son las únicas que, en el rigor de los términos, cabe llamar biotecnologías. Sin embargo hoy suele darse a ese término un sentido más restrictivo, de modo que no se refiere más que a los cambios operados en el código genético de los individuos o las especies a través de las técnicas de biología molecular.

Esta precisión terminológica es importante, porque, en el primer sentido, biotecnologías ha habido siempre. Cuando los labradores de todos los tiempos han seleccionado semillas, o han injertado árboles, o cuando los ganaderos han intentado perfeccionar las razas animales mediante la selección de aquellos que tenían determinadas cualidades, o al cruzar animales de especies distintas, ¿qué otra cosa estaban haciendo sino manipulando la herencia de especies biológicas, vegetales o animales? Todos añoramos el sabor de ciertas frutas que comíamos en nuestra juventud, hoy abandonadas por su poca producción, o por resistir poco tiempo maduras, etc. Han desaparecido a favor de otras que no tienen un sabor tan exquisito pero resisten más las plagas, son más duraderas, etc. ¿Acaso no es eso biotecnología?

En lo que sigue analizaré el tema en dos pasos sucesivos. Primeramente me plantearé una cuestión que es fundamental para entender otras muchas, la de las relaciones entre técnica y ética. Y después, en una segunda parte, abordaré el tema concreto de biotecnología y ética.

TÉCNICA Y ÉTICA

¿Qué es la técnica? Esto siempre ha constituido un problema filosófico. Basta abrir las obras de Aristóteles para darse cuenta de hasta qué punto le preocupó el tema. La téchne tiene en su filosofía un estatuto propio, que consiste en la modificación de los accidentes de las sustancias, sin alterar la naturaleza de éstas. Hubo quienes quisieron hacer esto último, los alquimistas, y por ello mismo fueron perseguidos y condenados. Para la mentalidad antigua y medieval, la “transubstanciación”, la transformación sustancial de las cosas no puede ser objeto de la técnica ni estar al alcance del ser humano. Es y debe de ser prerrogativa divina. Todo proceso de transubstanciación se ve como un milagro. Eso es lo que sucedería en la consagración eucarística, pero también en los cambios sustanciales, por ejemplo, los que ocurren en los procesos de generación y corrupción. El origen de la vida ha sido tradicionalmente visto como un milagro. Y su final, si no como un milagro, sí como un misterio.

Esto, como es bien sabido, cambió drásticamente en el mundo moderno. La técnica actual es capaz de producir artificialmente productos naturales, o incluso de generar sustancias inéditas hasta ahora en los anales de la naturaleza. Los seres humanos somos capaces de producir, o si se prefiere, crear sustancias nuevas. Surge así la conciencia del poder omnímodo sobre la naturaleza, de la absoluta capacidad de dominio. El ser humano se ve a sí mismo, como ya dijera Leibniz, como “un pequeño Dios”. Esto llevaría a Kant a concluir que nosotros tenemos la condición de “fines”, en tanto que los seres de la naturaleza son meros “medios”, y que la función de la técnica es poner los medios al servicio de los fines.

Eso se dice a finales del siglo XVIII, cuando el poder de la técnica era aún muy pequeño. Después han pasado muchas cosas. Algunas, terribles. El siglo XX, en efecto, ha puesto a punto técnicas capaces no sólo de producir o modificar sustancialmente cosas concretas, sino de modificar el curso entero de la naturaleza. Es el caso de las llamadas armas de destrucción masiva, que pueden poner en jaque la vida sobre el planeta, o de los desechos físicos y químicos que hoy tienen la capacidad de alterar de modo radical el medio ambiente, o de técnicas como el ADN recombinante, que permiten alterar los códigos de la vida. Estas técnicas suponen un nuevo salto cualitativo respecto de todo lo anterior. Si la técnica antigua se limitaba a las transformaciones llamadas accidentales, y si las modernas asumían las transformaciones sustanciales, pero de elementos concretos, ahora hemos subido un peldaño y estamos en un nuevo nivel, el de las transformaciones que cabe llamar radicales, aquellas que tienen el poder de cambiar la estructura de la naturaleza entera, y que por tanto afectan al conjunto de los seres vivos presentes y futuros.

Se comprende que ante este panorama se disparen las alarmas y se nos meta el miedo en el cuerpo. Pocos documentos filosóficos más significativos a este respecto que las reflexiones de Heidegger sobre la técnica, en buena medida provocadas por la irrupción del que he descrito como tercer nivel del asalto del hombre a la naturaleza a través de la técnica. La técnica ha hecho que el ser humano se limite a ver las cosas como entes, ocultando la dimensión auténticamente radical, la dimensión del Ser. Éste es el gran peligro de la técnica, que para Heidegger ha generado la etapa más oscura de toda la historia de la humanidad. “El desvelamiento según el cual la naturaleza se concibe como una conexión de efectos de fuerzas calculables puede permitir, ciertamente, constataciones exactas; pero, precisamente a través de estos resultados, persiste el peligro de que en todo lo exacto se retraiga lo verdadero”, escribe en La pregunta por la técnica. Y en otro texto suyo titulado La cosa se ve hasta qué punto estas reflexiones, ciertamente pesimistas, tienen que ver con la aparición de las armas de destrucción masiva: “El saber de la ciencia –forzoso en su campo, el de los objetos– ha aniquilado a las cosas en cuanto cosas ya mucho antes de que estallase la bomba atómica, cuya explosión es solamente la más brutal de todas las brutales ratificaciones del aniquilamiento, acontecido hace mucho tiempo, de la cosa: el que la cosa en cuanto cosa se quede en nada”.

Pienso que Heidegger ha sabido contactar perfectamente con una especie de vago y oscuro presentimiento que todos tenemos respecto de la técnica, especialmente en sus últimas y más comprometedoras manifestaciones. Por más que no sepamos bien formularlo, todos estamos seguros de que algo anda mal, muy mal, y de que en ello tiene mucho que ver la técnica, los desarrollos de la técnica y la especie de soberbia que su poder ha introducido en los seres humanos. Y de ello concluimos, inmediatamente, que en el fondo de todo esto hay, más que una cuestión filosófica o metafísica, un problema de ética.

Yo no dudo de las consecuencias éticas de la manipulación de la naturaleza, pero pienso que aún se necesita un poco de más claridad a propósito de eso que llamamos técnica. Para ello vamos a recordar algunos simples conceptos de teoría evolutiva. Darwin explicó la evolución de las especies a través del concepto de “selección natural”. La naturaleza, es decir, el medio, selecciona a los individuos que viven en ella, exterminando a todos aquellos con rasgos biológicos no adecuados a ese medio. Los seres vivos, o se hallan adaptados al medio en que viven, o perecen. Es el principio de “supervivencia del más apto”, donde apto significa adaptado al medio. Adviértase, por lo demás, que quien selecciona es el medio, no el ser vivo, ni en genoma, como a veces tiende a pensarse. El genoma no es ningún código intocable, sino el simple resultado de la selección realizada por el medio sobre los seres vivos. Conviene no olvidarlo.

El ser humano es un animal sometido, en principio, a las mismas leyes que todos los demás. Y los biólogos tienen claro que, caso de que se le hubieran aplicado en toda su puridad, su especie, la especie humana, habría desaparecido hace ya mucho tiempo. Las cualidades biológicas de los seres humanos son tan pobres, que hubiera sido difícil su supervivencia en cualquiera de los medios conocidos. Si ha conseguido un relativo éxito, al menos hasta ahora, es porque tiene una cualidad o propiedad que le diferencia drásticamente de todas las especies anteriores. Esa cualidad suele llamarse inteligencia, pero sin poner excesivo énfasis en el término. Se trata de una capacidad que le permite adaptarse al medio, pero por una vía nueva y distinta a la anterior. Si el animal se rige por el principio de “adaptación al medio” (de tal modo que es el medio el que selecciona quién está adaptado y quién no), en el ser humano rige otro sensiblemente distinto, el de “adaptación del medio”. Ahora no es el medio quien selecciona, sino el hombre. Más aún, no sólo selecciona el medio, sino que lo “elige”. Y esa selección y elección se realizan mediante la “transformación” del medio en beneficio de la especie humana, es decir, “adaptándole”. Lo que ahora se adapta no es el ser vivo sino el medio. Es un cambio de ciento ochenta grados. Todo lo que hace el hombre sobre la tierra, por pura necesidad biológica, es transformar el medio natural. El resultado de esa transformación es lo que llamamos “cultura”. De ahí que el ser humano no viva nunca en pura naturaleza. Él no puede vivir sin transformar la naturaleza, y esa transformación hace del “medio” “natural” algo muy distinto, un “mundo”, el mundo de la “cultura”. Comenzando por la más básica, la “agri-cultura”.

Pues bien, ahora podemos definir la técnica. Técnica es el nombre que damos a ese proceso de transformación del medio en mundo, de la naturaleza en cultura. Lo cual significa que la técnica es consustancial al ser humano. Sin técnica nuestra vida sería imposible. Todo lo que hacemos sobre la faz de la tierra es esto, “añadir valor” a las cosas de la naturaleza a través de su transformación técnica. Por eso el mundo humano, el mundo de la cultura, es el propio de los “valores”. En la naturaleza hay hechos; en la cultura, valores. Y por eso mismo somos sujetos morales. No hay que olvidar que la ética, que es también una necesidad biológica de nuestra especie, consiste en la realización del mundo de los valores. Nuestra obligación es siempre la misma: realizar valores. La ética es inseparable de la técnica. Y por eso mismo la técnica es rigurosa y necesariamente un asunto ético.

Suele decirse que la técnica es moralmente “neutra”. No es verdad. La técnica es moral o inmoral, pero nunca puede ser amoral. Y ello por una razón elemental.

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