Acantilados, muros y cumbres. La Europa necesaria

Joaquín García Roca

Recrear un proyecto colectivo desde la realidad histórica, sin ensoñaciones ni pragmatismos, lleva consigo establecer un “horizonte de expectativas” que abra posibilidades inéditas sin crear expectativas ficticias; requiere, asimismo, una “energía utópica” que active alternativas en el presente y acredite lo deseado; y no pueden faltar “frenos de emergencia” que se disparen en contacto con la inhumanidad. Los tres dispositivos –horizontes, energías y contenciones– se incubarán en las propias capacidades de los pueblos, con sus anhelos e inercias, contradicciones y atrasos. Amin Maalouf en su libro “El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan” (2009) identificó las tentaciones, que vive la marcha de la historia, a través de la imagen del alpinista que pierde pie al escalar un acantilado. Unos consideran inevitable la caída al precipicio, otros se agarran inmóviles a la pared y hay quienes se conforman con lo alcanzado. Europa ha sido erosionada por las crisis financieras, económicas, políticas y culturales y se ha abierto una brecha, difícil de saldar, entre el proyecto europeo y su realidad, entre los propósitos fundacionales y sus resultados actuales. Su trayectoria, tan prometedora, se ha estancado y necesita recrearse de nuevo ya que Europa es más que la Unión europea

Europa será siempre un proyecto abierto e inacabado y al arraigar en las actuales condiciones sociales, evitará la decepción colectiva de quienes no viven lo que humana, social y políticamente se puede hacer. ¿Es posible recrear los dinamismos europeos en el actual contexto mundial? La Unión, posible y necesaria conoce lentitudes, insolidaridades y egoísmos manifiestos, pero, según la premonición de gran poeta europeo Hölderlin “donde está el peligro, allí está la salvación”.

Acantilados

Muchos europeos sufren la tentación del alpinista que se deja vencer por el precipicio. Hombres y mujeres, grupos sociales y estados nacionales, ante la erosión del proyecto fundacional, saltan al vacío y arrastran en la caída a la cordada entera; hoy representan un gigantesco depósito de energía destructiva. Sienten traicionadas sus expectativas y excluidos de sus beneficios. La expresión más lúcida de esta realidad se expresó en una de las pancartas que presidían las revueltas de las periferias de Paris “A nuestros padres humillasteis y a nosotros cerrasteis las puertas”. Ese grito ofrece los mimbres de la recreación europea, que no podrá basarse en la humillación ni en el descarte. La Unión o será una sociedad decente e inclusiva o no será Europa.

Un segundo precipicio acontece en la eclosión de las soberanías como territorios desgajados del resto. Hay una Unión Europea diseñada por los países ricos para mantener su prosperidad y ganar en competencia frente a otras áreas geográficas de influencia. Una Europa que se sustente exclusivamente sobre el interés y el beneficio se precipitará en el acantilado. El Brexit es solo una señal que arrastrará en su caída a algunos países y grupos que levantan la bandera de los intereses particulares y lealtades nacionales. A esta deriva no se le vence desde el centralismo ni desde la negación de las diversidades culturales e históricas sino, como propone Jeremy Rifkin en “El sueño europeo” (2004), “desde la recreación de unos vínculos comunes sociales, filosóficos, culturales y teológicos, capaces de unir a los pueblos. La creación de un espacio trasnacional y una forma de gobierno en red necesita de una conciencia global compartida”.

Y, en tercer lugar, la Unión se asoma al precipicio cuando convierte la mercantilización en su meta y criterio y pospone la solidaridad real entre los pueblos. Desde sus orígenes, la Unión ha tenido dos almas: el mercado común y la amistad cívica, que no siempre caminan en el mismo raíl. Son distintos los tiempos que necesita la construcción de un Mercado Único, sin fronteras ni distancias, y los tiempos largos que trasforman valores, estilos, y lealtades que fueron amasados en una historia de guerras militares, confrontaciones de intereses, desencuentros culturales y conflictos nacionales. La prueba mayor de esta deriva es la insolidaridad ante los refugiados, que muestra el tamaño del egoísmo de los países ricos ante quienes llaman a sus puertas, siguiendo unas veces la ruta del capital y otras huyendo del terror. El horizonte y la energía europea se recrearán como espacio de hospitalidad, acogida y vínculos solidarios

Michel de Certeau, el llamado caminante herido, solía decir que “más allá del acantilado, solo está el mar” pero hoy sabemos que ese mar es tanto la cuna de la dignidad y de los derechos humanos, como el cementerio de vidas desahuciadas de quienes, venidos de otra parte, buscan pan, techo, trabajo y paz.

Muros

Asimismo, la Unión vive una situación similar al alpinista que al perder pie en lo que parapetarse, buscar refugio, ponerse a cubierta, esperar que pase el peligro. El principal refugio que se busca es el regreso de las fronteras que anteponen la seguridad a cualquier otro valor y dificultan la movilidad de personas. Se espera que los muros defiendan a Europa de aquellos peligros que se cree que vienen de fuera. Y, de este modo, la Unión está atrapada entre la vieja política de los territorios acotados y la nueva economía de los espacios globales. Se niega de este modo el hecho constitutivo de Europa que se ha construido durante miles de años en oleadas de inmigrantes: llegaron los romanos, los fenicios y los celtas y se quedaron, llegaron los árabes y se quedaron: para todos hubo tierras y acomodo. No hay ninguna razón para pensar que en la Unión, los recién llegados no encuentren acomodo, aunque ya no busquen tierra, sino trabajo y bienestar. A futuro, la Europa necesaria y posible no podrá construirse sobre espacios amurallados; aunque solo sea porque, como ha mostrado el historiador Josep Fontana en “Europa ante el espejo”, “una de las pocas lecciones de la historia que parecen tener validez universal es que ninguna muralla protege permanentemente a una colectividad de invasores que la amenazan, si no consigue establecer alguna forma de pacto con ellos”. En la actualidad, empieza a abrirse la convicción de que ninguna frontera defiende de los nuevos riesgos globales, y que el viento de la historia seguirá soplando cada vez más fuerte y veloz contra los territorios auto-suficientes. Sólo una Europa inclusiva y solidaria será segura. Cuando la seguridad y la inclusión se divorcian se inicia una deriva hacia el fortalecimiento de los fronteras y hacia políticas erráticas de extranjería.

Los muros que pretenden defender a la Unión serán por el contrario sus fosas. Si no vienen inmigrantes, Europa morirá por envejecimiento –uno de cada cinco europeos tiene más de 60 años–, y dejará de apostar por un mundo globalizado, ni siquiera podrá mantener los niveles de vida a los que se han acostumbrado sus ciudadanos; pero si vienen ocupan jardines, sobrecargan los presupuestos del bienestar y confrontan el sentido de la propia identidad. Ser aceptado en las fábricas y ser rechazados en las discotecas y en los hospitales no puede marcar el futuro europeo; en este caso, solidaridad e interés se hermanan mutuamente.

Un muro denso se ha construido con las políticas de austeridad, que han situado a Europa entre la espada y la pared; los recortes sociales han erosionado los derechos humanos y llevan camino de convertir a la Unión en un club de privilegiados, más preocupada por la defensa de los fuertes que por el fortalecimiento de los débiles, más por los resultados bancarios que por el rescate de personas y familias. La ruptura del consenso socialdemócrata, que estuvo en los orígenes de la Unión, y el alineamiento con la visión neoliberal ensombrece hoy el futuro de Europa. Ante este panorama cabe recordar la advertencia del papa Francisco: “ante los males y los problemas… es inútil buscar soluciones en conservadurismos y fundamentalismos, en la restauración de conductas y formas superadas que ni siquiera culturalmente tienen capacidad de ser significativas”.

Cumbres

Una parte de la Unión sufre el mal de altura que consiste en creer que ya se ha llegado al lugar donde se podía llegar y en consecuencia no es deseable aspirar a algo distinto de lo conseguido ni justifica iniciar una etapa nueva y distinta. Países que al entrar en el club pretenden cerrar la puerta a quienes vienen detrás. Aplican a los otros lo que nunca quisieron que se hiciera con ellos.

Una forma perversa de la cumbre ha llevado a la Unión a creerse el ombligo del mundo. El eurocentrismo ha distribuido patentes de civilización, y se ha propuesto como la vía única e irreversible de entender la democracia, el desarrollo, la racionalidad, o la forma de vida. Es cierto que el recorrido ha llegado a conseguir beneficios indiscutibles como el cese de las guerras entre Estados y religiones; ha alcanzado altas cuotas de bienestar, salud y educación: ha promovido una clase media que ha sido un importante amortiguador de conflictos y violencias. Incluso ha sido un lugar privilegiado de los derechos humanos, civiles, políticos y sociales. Sin embargo, la cima alcanzada no es una estación-término, sino que es ahora cuando se pueden acometer los verdaderos combates de nuestro siglo: vencer las enfermedades, frenar el envejecimiento, retroceder la muerte natural, liberar de la pobreza y de la ignorancia, crear espiritualidades, respetar el planeta Tierra… Según Maaluof “tales son las únicas conquistas que deberían movilizar las energías de nuestros hijos y descendientes”.

Es ahora cuando la Unión europea está en condiciones de constituirse como una sociedad inclusiva que viva la diversidad como riqueza ya que los recién llegados, en su mayoría, traen consigo su cultura, sus tradiciones, sus lenguas, sus dioses, sus folclores. Llegan con sus apegos y lealtades y están dispuestos a mantenerles; a diferencia de otros modelos, en el que los recién llegados se asimilan rápidamente a la cultura dominante e intentan acomodarse al estilo de vida mayoritario haciendo lo posible por despojarse de su pasado; empezar de nuevo era parte inseparable del sueño americano. La dinámica de la globalización, a causa de la comunicación y los trasportes, permite vivir simultáneamente en mundos diferentes, y mantener frecuentes contactos a través de Internet, telefonía o viajes a bajo coste. Hoy la televisión permite que un africano inmigrante en Europa pueda ver la programación de su país durante todo el día.

La Unión a futuro será un laboratorio de la interculturalidad entre el centenar de nacionalidades que hablan más de ochenta lenguas diferentes. Los intentos de asimilación monolítica e intolerante de esta diversidad no marcan el futuro de la Unión ya que Europa será una realidad multicultural, cosmopolita y plural; y no podrá construirse sobre el desprecio a lo diferente, sobre racismos o xenofobias ni sobre la violencia a las diásporas culturales. Europa no puede sostenerse sobre chivos expiatorios ni sobre víctimas propiciatorias, que tradicionalmente han cohesionado a los Estados-nacionales y sólo sirvieron para crear pirámides de sacrificios, ciudadanos subalternos y grupos a la defensiva. Las distintas culturas y religiones forman parte de Europa y los últimos llegados son ciudadanos europeos dueños de su propia historia; nadie puede vivir permanentemente a la defensiva ni sentirse constantemente amenazado, si eso sucediera se convertirían en la principal amenaza al proyecto europeo.

Por su propia naturaleza, Europa no ha llegado a la cumbre sino que en sus genes está ser una realidad en construcción. No se es Europa sino que se espera serlo. Le pertenece la “historización” de la razón que nunca puede absolutizarse en una sola de sus manifestaciones sino que se realizará como un lugar polifónico de las racionalidades. Es el lugar de la pluralización de los caminos del desarrollo, sólo el eurocentrismo ha podido convertir el camino de la Unión hacia el bienestar como camino a recorrer por todos los pueblos. Cada vez que el sueño europeo se detenga o considere que ha alcanzado la cumbre posible, entrará en caída libre. Los intentos actuales por convertir el Tratado de libre comercio con EEUU de América o la construcción de un área comercial frente a los países emergentes en el techo de Europa marca el tamaño de la deriva de una realidad abierta e imperfecta. La cima es imposible en un proyecto que se ha incubado sobre la voluntad de universalidad. La Unión sólo será Europa si es capaz de reclamar la puesta en marcha, a escala planetaria, de un nuevo contrato social basado en los derechos humanos, en la generalización de la salud y de la educación, en la universalización del bienestar, en la lucha por los objetivos del Milenio. Las esferas de justicia y de solidaridad, que crearon a Europa, se han de extender a toda la humanidad. Esta universalización no vendrá traída por populismos ni será un país de Jauja, cuyas expectativas quedarían de inmediato satisfechas sin demoras ni distancias, como en algún tiempo se creyó que entrar en la Unión ponía al alcance de la mano el bienestar, la democracia, la prosperidad, el crecimiento, la paz entre las naciones. Hoy la universalización será un proceso que anide en la realidad histórica, se incube en las mayorías populares y se sostenga en la conciencia cívica colectiva.

El sueño europeo era un proyecto fundado en criterios igualitarios y universalistas que pleiteaba con las visiones particularistas. La acogida del extranjero, inmigrante o refugiado era la prueba de la universalidad, de quien se esperaba que completara nuestra visión de las cosas y enriqueciera, social y culturalmente, el patrimonio europeo; cuando el extranjero sólo importa porque trae beneficios económicos y laborales, se tambalean los cimientos de la Europa unida. La responsabilidad por la violación de los derechos humanos no acaba en los confines de la Unión, sino que su universalización constituye la misión esencial de Europa; y si no lo hace, como han denunciado los movimientos sociales, organizaciones solidarias e iglesias, “la Unión europea está abriendo un nuevo capítulo oscuro de su historia” Todos ellos, han levantado conjuntamente sus voces para que se abandonen las estrategias represivas y no se destinen los fondos para la lucha contra el hambre y la pobreza a la contención de inmigrantes. Se trata en palabras del papa Francisco de convertir Europa en “la madre de la dignidad”

La Conferencia de las Iglesias europeas quiere servir al proceso de reinventar Europa desde la modestia de quienes son “conscientes del papel ambiguo que la religión ha jugado en Europa a lo largo de los últimos 2000 años: cruzadas, guerras de y entre religiones, inquisiciones, estructuras patriarcales, persecuciones de brujas, colonizaciones, trata de esclavos, racismo y fascismos”. Y desde este reconocimiento, considera los actuales desafíos como un momento de verdad para el futuro de una Europa “caracterizada y fundada sobre identidades múltiples…, más interesada en construir puentes que en fortalecer murallas; no podrá sobrevivir como un faro de esperanza si la ley del mercado es la única guía, necesitará grandes dosis de reconciliación, de perdón, solidaridad y reconocimiento de la dignidad de todos”