EVANGELIO Y EVOLUCIÓN DE MODELOS DE LA MORAL SEXUAL
Número 82 (ener.-febr.’06)
Autor : Benjamín Forcano
1. ¿Por qué la jerarquía eclesiástica se opone al cambio de la moral sexual?
La pregunta es pertinente. Llevamos décadas
esperando el cambio. El concilio
Vaticano II dio razones para el cambio. Investigaciones
y publicaciones de muchos
téologos formularon exigencias y aplicaciones
de ese cambio. El pueblo (los simples
fieles) ha contemplado con impaciencia
ese cambio y, al final, ha visto
con casancio y hasta con decepción cómo
se reafirmaban las normas de siempre.
La pregunta, ciertamente, apunta a la
jerarquía eclesiástica, porque es ella la
que sella, al parecer como inmutables,
las normas recibidas, se empeña en hacerlas
cumplir y vela para que no se altere
el depósito de la ortodoxia católica.
Crece así la opinión de una jerarquía
dogmática, insensible, poco menos que
incompetente para abordar temas que
requieren una respuesta actualizada.
No habría mayor dificultad en admitir
que la jerarquía procede así, llevada de
su celo por conservar la verdad, ya que lo
contrario significaría para ella apartarse
de la tradición y ser infiel al Evangelio.
Pero, con no menos seguridad se puede
afirmar que su posicionamiento es, en
buena parte, infundado y desfasado.
En cuestiones morales importantes, de
poco sirve empeñarse en caminar ciega
o impositivamente. Vivimos, es cierto, en
un mundo contradictorio y mil veces incoherente,
pero al que no se le puede argumentar
con tópicos, abstracciones o
recomendaciones. Necesita razones.
La realidad empuja a no zafarse sino a
dar la cara y comprobar la consistencia
de las propuestas morales.
Las encuestas nos dicen que en un
porcentaje, que va del 60 al 75 %, las acciones
y conducta de los cristianos de a
pie, -el pueblo fiel- no se acomoda a la
normativa oficial. En relación con el control
de la natalidad, las relaciones sexuales
prematrimoniales, la indisolubibilidad
matrimonial, la masturbación, la homosexualidad,
el uso del preservativo en el
caso del sida, la valoración del placer se-
xual, el estatuto de inferioridad de la mujer,
etc., por una parte va la normativa oficial
y por otra la vida. Hay una disociación.
2. Heredar el pasado no equivale a seguirlo ciegamente
Este hecho delata un desajuste, una disfunción
grave, que no es razonable desatender.
Cuando una persona muestra
síntomas de desarreglo, su salud cae bajo
sospecha y enseguida inicia estudios
sobre esos síntomas para poder establecer
el diagnóstico y luego el tratamiento.
La Iglesia es como un organismo vivo,
en el que los órganos dirigentes forman
parte de él y a los que no les puede resultar
indiferente el estado de su funcionamiento.
Lo dice el mismo concilio Vaticano
II: “Hay instituciones, mentalidades,
normas y costumbres heredadas del pasado
que no se adaptan bien al mundo de hoy.
De ahí la perturbación en el comportamiento
y aún en las mismas normas reguladoras
de éste” (GS, Nº 7).
¿Se puede sostener, hoy en día, científica,
antropológica, filosófica, teológica
y bíblicamente que el matrimonio es un
contrato exclusivamente para procrear;
que el goce sexual es, por sí mismo, antinatural
e ilícito; que la relación sexual
cobra razón de ser sólo en su subordinación
a la procreación; que el grado de
acercamiento a Dios depende del grado
de apartamiento y renuncia de la sexualidad;
que la masturbación es objetivamente
pecado grave; que la homosexualdiad
es una desviación y que su actuación
es una perversión; que la indisolubilidad
del matrimonio es un valor absoluto, que
nunca y por ningún motivo se puede derogar;
que todo bautizado casado, que se
recasa civilmente, vive en un estado de
concubinato y de pecado público; que el
condón no puede usarse ni siquiera en caso
de sida, etc.?
Frente a esta disociación entre la normativa
oficial y la vida real, se dan dos
posiciones: una más dura, conservadora
y pegada al pasado; y otra, más flexible,
progresista y abierta al futuro.
La tensión existe y, lejos de disminuir,
parece aumentar, decantándose hacia la
derecha en escalada progresiva. Dos posturas,
de externa y aparente tolerancia,
pero de activa y secreta intransigencia.
3. O se admite el hecho del cambio o no habrá renovación
¿Es imposible una solución?
Como otros muchos, pienso que sí hay
solución, pero a condición de que se quiera
reconocer el hecho del cambio. O se
admite el cambio y entonces habrá renovación;
o no se lo admite, y entonces las
cosas seguirán como siempre.
Y me apresuro a decir
que es aquí donde está la
cuestión. Porque nos encontramos
en el siglo XXI,
cuya situación no podemos
parangonar con la
de siglos anteriores. Este
siglo viene precedido
de un hecho que marca
la civilización occidental:
la modernidad. Y la modernidad
significa igualdad,
democracia y pluralismo.
Pero la Iglesia se
atrincheró en la Edad
Media y se puso a la defensiva
contra la modernidad.
Por lo que la Iglesia
se opuso a la ciencia, la libertad, los
derechos humanos y el progreso. Todo un
corte, que distanciaba y contraponía, y que
hacía que al cristianismo se lo considerara
como sinónimo de reaccionario, integrista
y antirrevolucionario.
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EVANGELIO Y EVOLUCIÓN DE MODELOS DE LA MORAL SEXUAL
TAMBIÈN LES AGRADECERÈ ME ENVÌEN ESTE ARTÌCULO COMPLETO...
GRACIAS MIL.
HUGO OTTO
escrito por :Hugo Paz | 2007-06-01 18:57:43
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