EFIGENIO AMEZUA
Número 82 (ener.-febr.’06)
Autor : Benjamín Forcano
Tras abandonar el gran público se dedicó por entero
a la investigación y la docencia en los Estudios
de Posgrado de Sexología, de los que es director y
que desde 1993 realizan en convenio con la Universidad
de Alcalá. Es también director de la Revista
Española de Sexología.
Son bien conocidas sus obras: Ciclos de educación
sexual (Fontanella, 1973), La erótica española en sus
comienzos (Enlace, 1974), Para hacer el amor como
personas (Sedmay, 1975), Guía de los anticonceptivos
(1977), País en pubertad, pareja en crisis (Personas,
1979), Amor, sexo y ternura (Adra, 1978).
Como especialista, cabe señalar algunas de
sus obras, las más recientes por lo menos, publicadas
en Publicaciones de la Española de Sexología:
«La letra pequeña de la sexología»
(1999); «La letra pequeña de la educación sexual
» (2000); «La letra pequeña del asesoramiento
sexológico» (2002); «El libro de los sexos:
libros de texto de educación sexual y guía
del profesorado» (2005)
Desde sus treinta años de actividad científica
y profesional responde a nuestras preguntas
para ÉXODO.
Me llama la atención que, cuando en España apenas
se escribía abiertamente sobre la sexualidad, te
decidieras a cultivar y renovar este campo. ¿Por qué
razones?
Yo lo atribuyo a pura casualidad. Acabé la carrera
de Sexología en la Universidad de Lovaina en 1971,
y cuando llegué aquí lo lógico era trabajar. Muchos
me decían que iba a ser difícil, pero era lo lógico.
A pesar de las dificultades del principio, siempre
ha habido mucho trabajo en este campo. Recuerdo
aquellos primeros años como una
gran ilusión. Como todos yo viví las censuras
y condenas al estilo de los últimos coletazos
del franquismo. Tú lo recuerdas también,
puesto que nos conocimos en aquellas
páginas de la revista Convivencia sexual que
fue objeto de secuestros y procesos diversos;
pero, sobre todo, fue una forma de iniciar
una gran divulgación sexual.
Y así has seguido desde entonces.
Pero en los años ochenta fue otra aventura.
Me aburría cada vez más el discurso de la
represión y la permisividad que se extendía.
Explicar todo por la vía de la represión
me parecía y me parece muy empobrecedor,
muy reductor. No es que no haya habido
represión. Eso está muy claro. Pero no
se puede explicar todo por ella. Por eso dejé
de escribir durante una serie de años que
aproveché para profundizar en algo que me
parecía más aportador.
¿Puedes desarrollar esto un poco más?
Desde que acabé mi tesis doctoral tenía una intriga
personal pendiente que era entrar a fondo en el
legado de las dos generaciones de sexólogos anteriores.
Me refiero a las ideas de los autores de las
primeras décadas del siglo XX (Havelock Ellis, Magnus
Hirschfeld, Iván Bloch, etc.) y los de los años 50
y 60, más conocidos de todos, como eran Kinsey
y Masters y Johnson. Esto pude hacerlo al haberme
dedicado a la investigación y la docencia en el
marco de los Estudios de Posgrado de Sexología que,
como sabes, hacemos desde hace muchos años en
convenio con la Universidad de Alcalá.
Profundizar en estas aportaciones fue para
mí algo crucial porque son un auténtico
foco de innovación. Creo que las polémicas
sobre la represión o no represión -o, como
a veces se dice, entre lo prohibido y lo permitido-
han desviado la atención de estas
aportaciones que yo creo que son de un
enorme interés.
¿Podrías indicar, aunque sea de forma muy
general, en qué consisten estas aportaciones?
El punto central, por decirlo muy rápidamente,
puede ser el axioma de que el sexo
es un valor. No en el sentido ético o moral
del término -que también-, sino, sobre todo, en su
sentido epistemológico. Lo que hicieron de esta forma
fue abrir un planteamiento teórico del sexo en
términos modernos. El sexo en términos modernos
se empezó a plantear tras la Ilustración para indicar
la gran cuestión moderna del continuo de los sexos:
sus identidades en el mismo plano y, sin embargo,
diferenciadas. Y lo que hicieron estas dos
generaciones de sexólogos es tomar el sexo en serio.
Esto tiene muy poco que ver con lo que se ha divulgado
sobre el sexo. A veces, de una manera simple,
hablamos de tres conceptos y no dos: sexo, reproducción y placer son tres conceptos. Y
no dos. Con frecuencia, cuando se habla de
sexo, de lo que se habla es de reproducción
o de placer. El valor del sexo reside en la sexuación.
A partir de ahí todo se ve de otra
manera. Y las consecuencias son muy grandes.
Como dices, esto es algo muy distinto de
la idea que se suele tener del sexo.
Tomar el sexo en términos modernos y en
serio es partir de su concepto. Y desde él establecer
la lógica de su desarrollo que no
son sino las manifestaciones de los distintos
modos, matices y peculiaridades de los sujetos
sexuados. Seguir este cuerpo teórico es apasionante.
Lo primero a lo que nos conduce no es a normativizar
el sexo, sino a conocerlo y considerarlo.
Los sexólogos de la primera generación crearon un
gran número de nociones, como la del continuo de
los sexos, la de intersexualidad -todos somos de
uno y otro sexo, aunque con dosis distintas de rasgos
o caracteres- o la de equilibrio entre los sexos.
De ahí que el principal objetivo del sexo sea sexuar
a los sujetos: hacerlos sujetos sexuados. Y de ahí
también su aportación principal: que los sujetos se
atraen y se comparten, crean relaciones. Los sexos
están estructurados para compartirse. Su diferenciación
es justamente la clave de sus posibles encuentros.
Es este cuerpo teórico el que a mí me parece
de un gran interés. Desde él pueden plantearse
de forma muy distinta los otros conceptos de placer
o reproducción. Pero estas claves explicativas
se pierden cuando se va directamente a los planteamientos
del sexo como sinónimo de placer, antes
para prohibirlo y hoy para permitirlo con unas u
otras normas.
Has dicho que te aburría el discurso de la
represión y la permisividad. ¿No fue ese discurso
de la represión el que produjo la revolución
sexual?
Exactamente. Resulta muy curioso lo mucho
que se ha hablado de la revolución sexual,
tanto en los años treinta como en los
sesenta del siglo XX. El discurso de la represión
y de la permisividad ha preferido seguir
con autores como Freud o Reich (sobre
todo este último) de la revolución sexual.
A mí no me ha interesado tanto la revolución
sexual. Es más, pienso que ésta no fue sino
una excrecencia de la Reforma sexual, que
es la que a mí me parece interesante. La Reforma
sexual es una cadena de acciones iniciadas
en los años veinte por la primera generación
de sexólogos. Y fue un movimiento
organizado para llevar a la sociedad la obra
que se había gestado en estos núcleos de sexólogos.
Se conoce poco de esta Reforma sexual de los sexólogos.
Cuando se estudian las primeras décadas del siglo
XX el gran movimiento de interés es éste. Y sólo como
una forma de neutralizar a éste aparece ese otro
de la revolución sexual animado por la extrema izquierda,
a cuyo trapo entrarán las extremas derechas
con el tradicionalismo. Lo interesante de la
Reforma sexual ha sido su moderación razonable,
su carácter dialogante y desde otros contenidos y
conceptos. Estos contenidos y conceptos es lo más
interesante.
La sección española de la Reforma sexual es un
buen ejemplo de ello con líderes bien conocidos como
Marañón, en plena producción o la jovencísima
Hildegart, que fue el alma de la organización.
Lo mismo que Saldana, Juarros,
Lucenay, etc., que han dejado una gran cantidad
de obras de temática sexológica. Desgraciadamente
la guerra civil acabó con todo,
lo mismo que unos años antes la subida
de Hitler al poder fue liquidando este foco
de la Reforma sexual como tantas otras cosas
razonables. Cuando se radicalizan las
posturas se cierran los debates y la posibilidad
de matizar.
Tienes alguna clave que explique la especial
severidad del Cristianismo con relación
al placer sexual y el pertinaz inmovilismo de
la jerarquía católica?
Sobre la severidad del Cristianismo la perspectiva
histórica ofrece pistas explicativas
fáciles de comprender. Por ejemplo, los griegos
planteaban el valor de la Erótica. Junto
a este valor no les preocupó de forma especial
lo que ellos llamaban porneia (la actual
porno), que es lo que el cristianismo de los
primeros siglos (sobre todo del IV en adelante)
empiezan a tomar como tema especial de
preocupación para condenarla bajo la noción de
fornicatio o vicio de la lujuria. Tengo la impresión
de que hay un estancamiento de ideas impresionante.
Las sociedades modernas necesitan hoy otras
ideas. No se trata de lo de siempre. Ha habido cambios
sustanciales. Y a ellos no creo que se pueda
responder con unas ideas periclitadas.
¿Dispone hoy la juventud de un bagaje cultural
que le asegure una mejor comprensión y vivencia
de la sexualidad o le llegan otros enfoques negativos
perturbadores? ¿Qué mojones les pondrías en el
camino para prevenirles y orientarles?
Las ideas antiguas tienen hoy un riesgo que es el de
quedarse anclado en ellas pensando que el sexo es
una cuestión de follar o no follar como en otro tiempo
lo fue de fornicación o no fornicación. Muchos,
desde esa idea antigua, se conforman con la prevención
de enfermedades o de embarazos no deseados.
A mí me parece imprescindible la educación
sexual, pero no sólo para la prevención, sino
para la promoción de una idea moderna del sexo como
valor.
¿Qué piensas de la preocupación por el
tema de los abusos?
Este tema, hoy muy en candelero, es un
ejemplo de cómo la educación sexual ha ido
convirtiéndose en una asistencia o prevención
en lugar de una promoción del sexo como
valor. Esa reducción ha hecho que se refuerce
más y más la vieja idea de la división
entre lo normal y lo anormal de forma que
todo lo que se salga de lo normal sea considerado
enfermizo y desviado. O, por definición,
peligroso. Es el camino de la criminalización
del sexo. Lo que el sexo necesita es
un horizonte nuevo: otra mirada, otra consideración.
Havelock Ellis escribió en los primeros años
del siglo XX: Entre los sexos se dan más valores
cultivables que problemas tratables. Pero
nos empeñamos en crear más y más problemas
en lugar de explorar los valores del
sexo. A falta de una idea moderna de sexo
estamos entrando al trapo
de un puritanismo
importado con una serie
de persecuciones de conductas
estigmatizadas
por este mismo puritanismo
cada vez más fomentado.
Es una forma
de envenenar las relaciones
y de desconfiar
unos de otros. Si un enfoque
del sexo como valor
ofrece poder conocerlo
y cultivarlo, la
desidia y el poco interés
por una buena educación
sexual constituye un riesgo
que en nuestros días
lleva el nombre de criminalización.
¿Cómo ves el fenómeno de la violencia sexual?
Recuerdo la conferencia del viejo Profesor John Money
en el X Congreso Mundial de Sexología
celebrado en Amsterdam en 1991. Se
dirigió a los europeos para que no siguiéramos
la senda norteamericana de lo que
él llamó «industria de los abusos y agresiones
sexuales». Yo soy, por definición,
contrario a toda clase de guerra o violencia.
Me repugna. Y tal vez por eso sea muy
crítico con el gran montaje que se ha hecho
en torno a esta clase de violencia. Hay
dos nociones que no casan: una es el sexo
y otra es la violencia. Mi hipótesis es
que mientras no se entienda este montaje
que se ha pretendido hacer con la fusión
de esos dos conceptos incasables no entenderemos
lo que sucede. Lo más indicador
de la advertencia del Profesor Money
es el término «industria». La misma que
se usa para la guerra. La violencia entre
los sexos es un asunto más organizado de
lo que ingenuamente suele pensarse cuando
se alude al machismo.
¿Qué impacto ves que puede significar
internet sobre el sexo en nuestros días?
Uno muy bueno de comunicación a todos los niveles:
de conocimientos, de contactos, etc. Y otro
que aún no ha sido evaluado. Me refiero al fenómeno
de la pornografización del sexo. Cuando
digo pornografización no me refiero a la
pornografía, sino a la forma pornográfica de
acercarse al sexo a través de sus representaciones
parciales. Es lo que a veces solemos decir
con la fórmula de que los genitales no dejan
ver el sexo. Es bien sabido que la
pornografía se nutre de un exceso de presencia
de los genitales sobre el sexo, de la excitación
comercial sobre el deseo de encuentro.
Pero el fenómeno no es exclusivo de
internet aunque en este parezca más visible.
Para todo esto es importante una buena educación
sexual.
En el momento actual ¿ves que la Iglesia
Católica y la Sociedad caminan en paralelo
(distantes y contrapuestas) o en diálogo y convergencia?
Yo recuerdo, como todos, el fenómeno que representó
el Concilio Vaticano II en la sociedad
española, especialmente por la necesidad
de cambios y de renovaciones. Y, sobre todo,
de diálogo y debate. De esto han pasado muchos años. Y hoy la Iglesia se ha quedado muy atrás,
muy atrapada en viejos planteamientos, reacia a
dar pasos de diálogo con la sociedad, y por eso la
veo muy separada de lo que se entiende por sexo
en una sociedad avanzada. Lo sucedido en España
con motivo de la aprobación del matrimonio civil
entre personas del mismo sexo puede ser
una muestra de esa divergencia.
A propósito, ¿cómo ves tú el matrimonio
entre personas del mismo sexo?
La ampliación de los derechos para todos en
una sociedad avanzada ha sido la pieza más
importante que se ha planteado. Pero para
mí, como sexólogo y, sobre todo, como historiador
de la Sexología, el punto más interesante
de ese reto es que la sociedad pide
y acepta un nuevo concepto de sexo. O por
decirlo más claro, de sujetos sexuados como
fuente de variedad y diversidad. La sexuación
de los sujetos no se rige ya por las reglas
de la naturaleza, sino por la lógica de
las biografías y sus historias. O, por decirlo
de forma más clara, por sus deseos y posibilidades.
Este punto me parece de un gran
interés para poder replantear y desatascar
una gran lista de fenómenos considerados
tradicionalmente como anormales y que no
son sino formas distintas de esa variedad de
los mismos sujetos por razón de sexo.
Este punto constituye en Sexología un puntal lleno
de sorpresas sobre nociones teóricas nuevas que es
preciso plantear si se quiere no quedarse anclado en
el pasado. Dicho de otra forma, lo que más me ha
interesado es cómo la sociedad hoy ha aceptado
que los homosexuales sean pareja con todas las consecuencias
y, además, constituyan matrimonios
con toda la fuerza de la ley. Es evidente
que la sociedad no se plantea conceptos
intrincados como nos planteamos los sexólogos,
pero la sensibilidad moderna busca
una coherencia nueva. Y este caso es un
ejemplo de ello.
Te has referido en varias ocasiones a la
Educación sexual. ¿Cuál es tu planteamiento
hoy sobre ella?
Yo participé en una forma nueva de hacer
educación sexual a través del formato conocido
como «ciclos de educación sexual».
Lo que se logró entre los años setenta y
ochenta fue cortar el sistema de charlas e
iniciar el de ciclos o series de coloquios abiertos,
luego los han dado el nombre de talleres,
etc. En los últimos años hemos elaborado
un plan que llaman idealista e
imposible. Pero también decían lo mismo,
en su día, del formato de los ciclos. Se trata
de la asignatura optativa de educación de
los sexos.
La asignatura optativa se basa en las ideas y conceptos
y no sólo en las actitudes y, desde luego, no
en la prevención. No quiero decir que no sirva para
la prevención de riesgos. Al revés, incluso son
más eficaces. Pero sucede que en los últimos años
lo que se ha hecho ha sido cada vez más prevención;
y eso, bajo el chantaje de la urgencia,
deja fuera lo más importante que es la educación
de los sexos como un valor.
Lo que plantea la asignatura optativa de la
educación de los sexos como novedad es un
gran cuadro teórico de contenidos que no
son objeto de información, sino de estudio
y de debate. Y es una apuesta por una idea
de sexo pensando en el futuro más que en
el pasado. Por eso se trata de una gran apuesta.
¿Podrías expresar a modo de flash algunos
puntos que te parezcan de interés?
En nuestros medios hablamos a veces de sexologemas
para indicar una serie de axiomas
básicos de la sexología de esta primera
y segunda generación. Expresados con
un poco más de amplitud he aquí algunos.
La antigua concepción del sexo se basó en
el locus genitalis y en la cópula; el moderno
paradigma de los sexos ofrece un nuevo ars
amandi y formas nuevas de relación.
Frente al sexo que se ha divulgado, hecho de miserias,
de miedos y peligros, el sexo que plantean los
sexólogos de la primera y segunda generación es
un campo de riqueza. Y por eso nos invitan
a conocerlo y cultivarlo.
Se ha reducido el sexo a una práctica, una
conducta. Lo que el sexo necesita es más teoría,
más estudio y más conocimiento. Estamos
en un momento apasionante para dar
un paso hacia una forma distinta de ver el
sexo, pero esto requiere un planteamiento
teórico nuevo.
Frente a un sexo de miseria, hecho de moral
y de fisiología, lo que se plantea hoy con
más interés es una epistemología de los sexos.
Y lo mismo que sucede cuando los árboles
no dejan ver el bosque, la obsesión
por los genitalia no deja ver el sexo.
La educación sexual necesita una sacudida
para que no se reduzca a una prevención de
riesgos y peligros sociales o sanitarios. Como
toda educación, ésta tiene por objetivo
principal ofrecer ideas y pistas para comprender
el hecho de ser sujetos sexuados;
conocerlo lleva a valorarlo.

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