Las mujeres y la teología

“Pues no sois vos, Criador mío, desagradecido para que piense yo daréis menos de lo que os suplican, sino mucho más; ni aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres… ¿No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas e incapaces para que no hagamos cosa que valga nada por vos en público ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez, y no como los jueces del mundo, que como son hijos de Adán, y en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa. (CE 4,11) (Teresa de Jesús.

“Es hora de que la Iglesia que pretende ser portadora de las buenas noticias de Jesús ante el mundo, deje ya de traicionar su propio legado esencial de la igualdad absoluta” (Karem Jo Torjesen).

Un poco de historia…

Estas dos citas podrían ser, entre muchas, el sentir general de las mujeres en la Iglesia. ¿Cómo comenzar a hablar sobre esta persistente realidad? En la Biblia, ya clamaba con indignación Miriam, la hermana de Moisés: “Acaso Dios le ha hablado sólo a Moisés?¿No nos ha hablado también a nosotros?”(Num 12,2).

Desde muy antiguo, las mujeres han experimentado en la sociedad y en el mundo la violencia y la opresión, una lacra que tiene profundas raíces religiosas. La Biblia ha sido norma de conducta para los cristianos. Si bien su mensaje central habla de liberación y de salvación, sus elementos patriarcales han sido utilizados para racionalizar la subordinación de las mujeres[1]. La interpretación literal y tradicional de numerosos textos es una muestra de la raíz de la conciencia de inferioridad y culpabilidad que han tenido las mujeres. Si bien es cierto que Jesús las trató con profundo respeto y dignidad, fuese cual fuese su procedencia o conducta, parece que a sus apóstoles y seguidores, les costó aprender el aspecto esencial de su mensaje y lo olvidaron pronto.

Históricamente las religiones surgen en sociedades fuertemente patriarcales. El feminismo es un movimiento que les llega tarde, aun cuando muchas de las actitudes y comportamientos que forman parte de sus enseñanzas, reconocen la igualdad y entroncan con el pensamiento y la teología feminista (Gal 3, 27-28). Pero, ponerlo en práctica, ya es harina de otro costal. Porque, en general, en la Iglesia todo lo relacionado con las mujeres y la teología produce desconfianza, sospecha, o rechazo. Y los dos ámbitos, el eclesial y el teológico, tienen mucho que decir y entrar en diálogo[2].

Durante siglos la orientación patriarcal y androcéntrica de la Iglesia ha repartido las tareas y vidas de las mujeres y de los hombres (las tareas para las mujeres y las responsabilidades para los hombres). El ámbito público de lo religioso como la presidencia de la comunidad o parroquia, la administración de sacramentos, la dirección del culto, la toma de decisiones, etc., que atañe a toda la comunidad, queda mayormente en manos de varones. La transmisión de la fe y la iniciación de los sacramentos han sido siempre “cosa de mujeres” –expresión ambivalente donde las haya–, e igualmente a ellas les han tocado en este reparto todas las tareas de logística eclesial[3].

Las mujeres vivimos en la Iglesia bajo una organización que no está pensada para nosotras. Y esto hay que reflexionarlo no solo desde la teología, sino desde la propia actividad parroquial. Urge recuperar los ministerios. Echamos de menos espacios eclesiales que permitan enriquecernos de la experiencia de fe de las mujeres[4]. La evangelización, en todas las etapas del proceso de la educación de la fe, desde la catequesis de adultos, la Iniciación a los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía, así como la acción social, objeto del antiguo diaconado femenino del que ahora se vuelve a hablar, por obra y gracia del papa Francisco, ha sido mayoritariamente atendido por mujeres.

Se escuchan bellos sermones y conocemos documentos eclesiales significativos que hablan de derechos humanos, pero las mujeres seguimos esperando que la Iglesia modifique el Derecho Canónico y que se incluyan todos los Derechos Humanos, especialmente los de la mujer.

Somos la base social de la Iglesia, participamos en encuentros, asambleas, seminarios, en los que, con toda seguridad, es un varón célibe quien sustenta la responsabilidad. En cuanto a los símbolos religiosos, la liturgia, los textos bíblicos, las homilías, salvo honrosas excepciones, las mujeres hemos quedado excluidas de la representación del Dios cristiano.

Las mujeres nos ponemos en marcha…

Pero, al hilo de la historia, de la misma manera que experimentaron los infortunios, las mujeres se dan cuenta de su potencial creativo, generador de vida, de resistencia ante las adversidades y con audacia, valentía, e, incluso, valiéndose del engaño ante quienes les niegan sus legítimos derechos, reaccionan y se arriesgan en defensa de los más débiles logrando que el derecho y la justicia no sean liquidados. La historia de la salvación fluye a través de ellas, siendo fieles al plan de Dios en los acontecimientos más importantes del pueblo de Israel.

Con Jesús se convierten en sus más fieles seguidoras, responden a su llamada y a la misión, desde los comienzos en Galilea, hasta el final, al pie de la cruz.

Las mujeres están presentes en todas las cruces del mundo y convierten en resurrección allí donde hay muerte y tumbas vacías. Son portadoras de esperanza, de transformación cuando nada se espera y otros se esconden en los cenáculos seguros, por miedo a los poderosos. Son interlocutoras válidas de la Palabra de Dios, enseñan, crean y recrean nuevas formas de ver, escuchar y actuar, aun sin ser reconocidas por las autoridades del momento histórico que les toca vivir. Están fuertemente vinculadas a la Ruah-Espíritu en un movimiento dinámico liberador, en los Pentecostés de la cotidianidad, y saben esperar y confiar en “que todo terminará bien” (Juliana de Norwich).

Nuestra aportación en la Teología, en la Iglesia y en la sociedad

La teología clásica no tuvo en cuenta la experiencia de fe de las mujeres que, aun formando parte de la comunidad, fueron pronto excluidas de la Palabra y del Magisterio. Las excepciones de alguna Doctora de la Iglesia no logran negar la evidencia.

La Teología Feminista es, pues, una relectura del mensaje cristiano desde la óptica, la situación y la experiencia de las mujeres y reclama hablar de Dios desde el sufrimiento de los/as inocentes. Su finalidad es la liberación de todos los seres humanos –mujeres y varones– de las estructuras injustas que los mantienen en situación de minoría de edad.

Nuestra reflexión teológica tiene mucho que aportar en las cuestiones antropológicas y de género, especialmente en relación al papel de la mujer en las religiones[5].

La subordinación e invisibilización que sufrimos las mujeres ha sido estudiada con rigor por la Antropología feminista[6], que intenta responder a la pregunta “¿Por qué la opresión de las mujeres es universal?”. Henrietta Moore[7], cita a Edwin Ardener como el primero que habla de los “grupos silenciados”, pues los grupos dominantes controlan los modos de expresión. Por eso, la visión masculina se equipara a la visión de toda la humanidad.

La antropología feminista reflexiona sobre el concepto de diferencia en detrimento del de semejanza. Considera que hay tres elementos comunes en cualquier cultura que hacen de la invisibilidad de la mujer un hecho universal:

  • Lo biológico, su cuerpo, el miedo al mismo y el deseo de controlarlo.
  • El papel asignado en la mitología y justificado en todas las religiones.
  • La responsabilidad colectiva en el pecado, el mal.

Los roles de género, es decir, las tareas que una cultura asigna a los sexos, han influido decisivamente en la sociedad y en las religiones. La supremacía masculina se otorga gracias a la exclusividad del poder religioso. En función de ideologías sexuales y con el hábil manejo de mitos y ritos, los hombres consideraron que eran superiores a las mujeres y que éstas eran peligrosas e inferiores.

La mayoría de las teologías insisten en la obediencia y en la sumisión de los cuerpos de las mujeres. Pocos son los que han denunciado las prácticas rituales de mutilación y castración como inhumanas y contrarias a los deseos divinos. Según Amnistía Internacional, “la discriminación es una enfermedad mortal. Diariamente mueren más mujeres y niñas a consecuencia de diversas formas de violencia y discriminación por razón de sexo, que por ningún otro abuso contra los derechos humanos[8].

En definitiva, la construcción de las diferencias sexuales forma parte de un dispositivo de control que construye la sexualidad como medio para ejercer el poder. La sexualidad forma parte de las relaciones sociales, la economía, las creencias, las instituciones, la política e impone destinos a las personas: agrupa, excluye, incluye, permite o prohíbe su acceso al poder y al placer.

La teología feminista no es ajena al dolor. Nuestros encuentros y comunicaciones favorecen una metodología propia, utilizamos un lenguaje teológico claro, inclusivo, creativo y sencillo. Ponemos nombre a lo que vivimos, sentimos y pensamos las mujeres, con una especial sensibilidad hacia la marginación –no olvidemos que la pobreza tiene nombre de mujer– en cualquiera de sus aspectos. Apostamos por el conocimiento que busca la verdad, lejos de entenderla como promesa absoluta de un entendimiento incuestionable, pues eso contradice su fin principal: la búsqueda.

Sandra Harding incluye tres rasgos en la Metodología feminista:

  • La incorporación de la experiencia de las mujeres a la investigación científica.
  • Las mujeres como destinatarias, aunque no exclusivas, de sus investigaciones.
  • La inclusión de la subjetividad de la persona que investiga.

Supone hacer visibles los sesgos de género, es decir, desmantelar la ideología de su propia tarea. Desechar el carácter mítico que subyace en determinados textos y en la teología tradicional, a saber: la objetividad, la neutralidad y la racionalidad.

La Teología[9], como otras ciencias, se origina en un determinado momento de la historia; tiene un carácter coyuntural. La Teología feminista desvela no solo quiénes la hicieron, sino a costa de quiénes, esto es, quiénes fueron excluidos de ella ya que ni intervinieron en su formación ni fueron considerados sus destinatarios.

Hay quienes opinan que el cristianismo no pudo ser inculturado de otra forma a como ha sido, legitimando así los condicionantes como los únicos posibles, relegando a la invisibilidad a muchas personas. La rigurosa bibliografía de historiadoras de las religiones de la antigüedad y de los orígenes cristianos, confirma el error de tal determinismo.

También la Teología moral cristiana y católica necesita de la perspectiva de género y de las teologías feministas para articular una Teología moral universal.

Las teólogas no solo sospechamos de los relatos en que no hay ni rastro de nosotras, sino que consideramos una exigencia ética la crítica de los contenidos porque la teología patriarcal ha tenido y sigue teniendo efectos desoladores para la vida de las mujeres.

El objetivo es romper el silencio de la experiencia moral de las mujeres y transformarlo en palabra pública. Fortalecerlas como “agentes morales” con fuerza y creatividad para influir en nuestra sociedad.

Rechazar el victimismo y poner en el centro la fuerza y el poder colectivo de las mujeres. Situar el lugar de la revelación divina en las personas que luchan contra todo lo que niega la vida, así como la crítica a una moral individualista que ignora la dimensión social y relacional de los problemas morales.

Otro aspecto de la Teología moral es la corporeidad, la superación de las dicotomías y replantearse el papel de los sentimientos en la vida moral; saber integrarlos debidamente. Es vital, pues, la relación y la relacionalidad e interdependencia de toda la realidad. Las mujeres buscan la salvación en lo cotidiano. Sus relatos van más allá de los discursos teológicos interesados, luchan por su dignidad.

La ética o espiritualidad de la resistencia[10] y la ética de la transgresión son caminos de liberación en las historias de las mujeres para lograr justicia, salvación y transgredir los límites establecidos para ellas por la sociedad; lo cual motiva la lucha por el reconocimiento de sus derechos y por la autonomía personal. Esto fomenta sus esfuerzos por responder a la llamada del Espíritu-Ruah que habla en la alteridad. Es la gratuidad en la que viven lo que les capacita para realizarse como personas a través del amor a los demás.

La audacia espiritual es construir el futuro desde el presente “con la transgresión, la insumisión, la misericordia, la solidaridad” (I. Gebara). Es la ética de la resistencia practicada durante siglos junto con propuestas que plantean acciones diferentes de la clásica reivindicación política y social. Lo que comparten casi todas las mujeres es la mística comunitaria de la vida con la ética de la reciprocidad. De ahí ese continuo hacerse cargo de la vida de los otros, ya que nada es más espiritual que descuidar el poder personal para potenciar el colectivo.

La teología de la relación que practican las mujeres, no les hace dejar de lado ni su subjetividad ni su protagonismo; crean redes de relación que interactúan con los otros. La espiritualidad y la fortaleza femenina se expresan en la presencia constante de ser el referente de la vida familiar y social de sus pueblos. Tomar parte en la construcción de un mundo más justo no es sólo tarea femenina, sino de todos. Es el acampar de Dios en la humanidad lo que nos convoca a todos al servicio.

La espiritualidad no es más que la vivencia de la fe que nos exige un comportamiento ético coherente. El encuentro con la persona de Jesucristo da un nuevo horizonte a nuestra vida y una orientación decisiva. Es una relación viva que abarca la vida entera del creyente.

La vida buena y digna por la que trabajan las mujeres rechaza una espiritualidad opuesta a la corporalidad que exalta la renuncia y el sacrificio para salvarse. Dios no quiere el dolor ni el sufrimiento de nadie. La finalidad de la ética es la felicidad y es inadmisible la experiencia de violencia contra las mujeres en todo el mundo. Según datos de UNICEF, la familia es el ámbito normal donde se violan los derechos humanos fundamentales, especialmente de las mujeres y niñas.

El sinsentido del sufrimiento femenino es uno de los grandes retos con los que se enfrenta la ética. La espiritualidad feminista cree en la Ruah-Espíritu que llama a la vida. Ponerse hoy al lado de la vida significa enfrentar al poder político, económico, y religioso con el rescate de las víctimas. Es apelar a una libertad responsable que las convierte en sujetos de su destino. Su capacidad de decidir las convierte en significativas para sí mismas y para los demás. Unir compromiso histórico por la dignificación de las víctimas y dimensión mística es tarea urgente de todos, en especial de la Iglesia.

Las luchas que las mujeres mantienen día a día para sobrevivir son luchas políticas en las que se sitúan como sujetos de derecho. El tomar la palabra desde las víctimas es un ejercicio de espiritualidad y de servicio. Dan razón de su fe y de su esperanza. Su fin es cambiar las estructuras de opresión, elaborando propuestas para resistir, que contribuyan a una justicia social, al fomento del desarrollo social y no sólo el económico: mejora de las estructuras sanitarias, educativas, etc. La espiritualidad de las mujeres dando respuesta al sentido de la vida, ampara y transforma la sociedad.

La ética de la resistencia es una praxis transformadora que vincula lo personal y lo colectivo. En ella, lo central es la persona, el ser humano como sujeto de su historia.

Decíamos más arriba que la espiritualidad es la vivencia de la fe en cada momento concreto. La espiritualidad es la comprensión personal de nuestra vida, de nuestra relación con la Divinidad y de nuestro propósito como seres humanos. La espiritualidad abarca nuestra visión del mundo, de los acontecimientos, cómo asumimos los cambios, las relaciones entre las personas, etc. La espiritualidad es el modo de entrar en relación con el Misterio y darnos cuenta de su presencia en nuestra vida. Acoger el Espíritu-Ruah que “habita” en quien lo reconoce y lo hace “carne de su carne”.

Espiritualidad es el espíritu, la actitud, con la que se afronta lo real, la historia que vivimos en toda su complejidad”[11]. “En su acepción originaria espíritu es aliento, cualidad de todo ser vivo que respira[12]. La espiritualidad nos habla de “la actitud que pone la vida en el centro, que defiende y promueve la vida contra todos los mecanismos de estancamiento y muerte” y “del modo de situarnos ante la vida, de afrontar lo real” en toda su riqueza y complejidad.

En definitiva, “la vida según el Espíritu, es decir, la forma de vida que se deja guiar por el Espíritu de Cristo”. Esto es, qué actitudes necesitamos cultivar para ser fieles al Espíritu de Jesús en nuestra historia. Las mujeres seguimos respondiendo a este enunciado en la cotidianidad de la vida, la nuestra y la de nuestro entorno.

Nuestro ser de mujeres está íntimamente religado a los ciclos de la tierra, a su fecundidad, a su vitalidad. Esta religación favorece en nosotras que sepamos escuchar nuestras entrañas y actuar desde ellas. Descubrimos, también, la necesidad de recuperar una Teología del placer como espacio de revelación de la vida femenina, siempre asociada al sufrimiento y al victimismo[13]. Una espiritualidad que integra la búsqueda de felicidad como un signo del Reino, que sea capaz de dialogar con el modelo cultural en el que nos encontramos y, por tanto, más evangélica[14].

Hemos experimentado la solidaridad de género al vivir relaciones sanadoras y libres, liberadoras y pascuales. Dios se ha hecho presente en las mujeres de nuestra historia para entrelazarnos y hacer avanzar la vida.

Ser espiritual” conlleva vivirnos unificadamente tal como somos: cuerpo espiritual o espíritu corporal. Es decir, hacer de nuestro cuerpo el lugar para verificar nuestra vocación espiritual. Además, supone experimentar que no podremos ser felices al margen de los cuerpos sufrientes, enfermos, desnudos, hambrientos, violentados…[15]

Siempre que dejamos al Espíritu de Dios, que su Palabra se haga cuerpo en nosotras/os, se realiza de nuevo la Encarnación[16]. Ese Espíritu nos cubre con su sombra, nos deja embarazad@s de vida y va gestando en nosotros la novedad, porque “para Dios nada es imposible”.

El cuerpo es nuestra presencia o manifestación de nuestra persona, de nuestros valores, de nuestra fe. Puede mostrarse también como revelación de Dios, signo de su presencia entre los hermanos/as. Es el lugar donde acontece la oración[17], el encuentro con Dios en una comunicación íntima, profunda, silenciosa.

Nuestro mundo necesita mujeres y hombres testigos que a través de sus cuerpos expresen que Dios es amor, compasión, perdón, vida en abundancia, en especial para aquellos que carecen de lo más indispensable. Esa fue la experiencia que vivieron las mujeres y hombres que se encontraron con Jesús y que nos transmitieron los evangelios.

Nuestra orientación

Queremos ser, a la vez, protesta y propuesta, que va gestando una nueva vida y una nueva forma de vivirla. Nos reconocemos en las teologías feministas que tienen un discurso y un método, pero queremos hacer algo más que un discurso: ser y situarnos como mujeres en la sociedad, en el mundo.

Seguimos trabajando por una Iglesia enraizada en el Evangelio: abierta, inclusiva, misericordiosa, igualitaria, justa, profética y comprensiva, a la que todos/as estamos invitados/as. Como mujeres bautizadas y adultas en la fe, no sólo queremos tareas sino también responsabilidades, con todos los derechos y deberes que emanan de ejercerlas, incluso el de equivocarnos. Compartimos nuestra identidad en la reciprocidad, el reconocimiento de nuestro ser mujer y en la unidad, trabajando, codo con codo, con nuestros hermanos y hermanas en la fe.

Tomar la palabra, recuperar la memoria, dar razón de nuestra esperanza y hacernos visibles, es el reto que venimos aportando las mujeres desde hace muchos años, con paciencia y prudencia, pero sin renunciar a hacer una crítica perseverante de todo aquello que falsea las relaciones y deforma las mentalidades. Porque no son las costumbres ni las tradiciones, las que nos harán libres, sino la verdad.

Trabajamos como mujeres que vivimos en plenitud nuestra fe, con todo nuestro cuerpo y nuestras capacidades, haciendo Teología y expresando la realidad más profunda de Dios desde el corazón, desde el hondón, no sólo desde la cabeza. Y la expresamos con una palabra autorizada, con gestos auténticos, decisiones valientes, un caminar libre y comprometido.

La Iglesia debería acoger y aceptar otras formas de relaciones humanas: parejas de hecho, divorciados, familias monoparentales, homosexualidad y colectivos excluidos secularmente, con misericordia, sin juicios, sin condenas. El referente es el mismo Evangelio, en el que apenas hay alusión a la sexualidad y sí, y de forma rotunda y definitiva, al amor, a la com-pasión, al shalom.

Formamos parte de asociaciones, grupos, redes a nivel nacional y también a nivel internacional (ESWTR), en América Latina, mostrando que otro tipo de Iglesia es posible, que el Reino es como una gran casa en la que cabemos mujeres y hombres, en la que podemos ser y vivir como hermanos y hermanas, en el intercambio enriquecedor del amor desde el dinamismo del Espíritu-Ruah.

Nuestros objetivos. Nuestras esperanzas

De-construir, desenmascarar los elementos sexistas en las tradiciones religiosas.

Rescatar la sabiduría alternativa de las mujeres y su huella en lo más profundo de los sistemas religiosos y las tradiciones espirituales.

Reconstruir nuevas relaciones, lenguajes, símbolos, imágenes y contenidos que hagan justicia a la plena humanidad de las mujeres.

Buscar el reconocimiento de nuestra dignidad como mujeres en la sociedad y en las iglesias, especialmente el de las más empobrecidas y excluidas.

Desde hace 30 años venimos trabajando para que la utopía cristiana se haga realidad porque ésta ha sido, para el grupo, dinamismo de cambio.

Soñamos con una Iglesia que reconozca la plena participación de las mujeres en la vida eclesial y el ejercicio de cualquiera de sus ministerios, incluido el diaconado de larga tradición en las primeras comunidades cristianas y la ordenación, adaptada a las exigencias y necesidades de hoy. No queremos reproducir el modelo actual del Presbiterado masculino. Una Iglesia que cuente también con las mujeres en los principales órganos consultivos, de discernimiento y de decisión, en los que hoy estamos ausentes.

Creemos en la fuerza femenina de la vida, de nuestra vida, que nos descubre como mujeres portadoras de fuerza y de luz. Es un camino que nos va revelando la verdad de nuestro existir, nuestro sentido y nuestra esperanza.

Creemos que con nuestro trabajo, junto al de otros grupos cristianos, estamos construyendo una Iglesia que respeta la libertad y la adultez de las personas, que debe recuperar los ministerios y no imponga una moral sexual anacrónica e hipócrita; que establece un diálogo sincero con la ciencia y la cultura; que hace posible un ecumenismo real en una sociedad y en un mundo plural.

Seguimos trabajando en la Iglesia y fuera de ella, tejiendo redes de mujeres, editando libros, colaborando en publicaciones, impartiendo cursos, encuentros, convivencias y seminarios…, como Pueblo de Dios, comunidad de iguales, comprometida con la Justicia, la Paz y la integridad de la Creación.

Par terminar, podríamos concluir:

  • Percibimos que Dios-Abbá establece en la intimidad de cada ser humano una alianza perpetua. En virtud del bautismo descubrimos nuestra filiación como hijas queridas de Dios: “Eres mi hija amada”. Nada ni nadie podrá dañar, ni manipular, la divinidad que nos constituye en nuestro Ser Uno/a con Dios. “El vínculo de unión de Dios con el ser humano no puede romperse nunca”, es uno de los ejes de la reflexión teológica de Juliana de Norwich, Beguina (1342-1416). Nosotras seguimos sus huellas, su espiritualidad radical. “La vía mística comienza propiamente con el despertar del Yo a la conciencia de la Realidad Divina” (Evelyn Underhill).
  • El acontecimiento de Jesucristo, es esencial en la vida de todo cristiano/a. En consecuencia, una espiritualidad que incluye pasión por el Dios revelado en Jesucristo y pasión por el ser humano. Una nueva forma de contemplar al ser humano desde el corazón de Dios, no con la mente sino con la compasión y la capacidad de respuesta que provoca en nosotros/as el sufrimiento de las víctimas.
  • Somos herederas de la enseñanza de Jesús, que “pasó por la vida haciendo el bien, curando enfermos o combatiendo las fuerzas del mal, porque Dios estaba con él”. Su misericordia se concreta en la nueva justicia y su mística tiene consecuencias políticas. Unir la opción preferencial por los excluidos/as y la experiencia fundante de Dios: una espiritualidad profética-política.
  • A través de las mujeres de la Biblia, tanto del Primer como del Nuevo Testamento, constatamos que el Espíritu-Ruah nos impulsa a establecer relaciones de reciprocidad basadas en el respeto mutuo, el compañerismo, la fraternidad-sororidad, el respeto hacia lo diferente, la amistad, la acogida…
  • Un nuevo modelo de Iglesia, comunidad cristiana, donde todos los bautizados tienen la misma dignidad, con diversos ministerios y carismas. Es el Espíritu quien la guía, no el clero. Lograr el reconocimiento efectivo de que todo miembro de la Iglesia es responsable de la misión evangelizadora ya que todos, mujeres y hombres, hemos sido con-vocados para cumplir la misión que Jesús Resucitado ha confiado a sus discípulos/as[18].
  • Las mujeres, haciéndonos eco de esa misión inaplazable, recreamos y participamos en celebraciones diferentes, con otro lenguaje, otros símbolos, formulaciones personalizadas que reflejan la abundancia de la experiencia de Dios en nosotras. No son celebraciones paralelas, sino la expresión de la hondura del Misterio que acontece en todo ser humano en el mundo que nos toca vivir.

[1] Barbazán, P., La situación actual de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia, Málaga, 2004.

[2] Martínez Cano, S., ATE, Mesa redonda VN y mujeres: “Jesús fue un feminista radical”, CES Don Bosco, 2015.

[3] Barbazán, P., Situación actual de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia, Málaga, 2004.

[4] Picó, C., Mesa redonda VN y mujeres: “Jesús fue un feminista radical”, CES Don Bosco, 2015.

[5] Soto Varela, C., Mesa redonda VN y mujeres: “Jesús fue un feminista radical”, CES Don Bosco, 2015.

[6] EFETA, Escuela Feminista de Andalucía, 2004-2009, M. L. Paret.

[7] Moore, H., Antropología y feminismo, Cátedra, 1991.

[8] Informe de Amnistía Internacional, Marzo, 2016

[9] Nos estamos refiriendo a la teología considerada como verdadera, neutral, legítimamente autorizada, que en realidad es patriarcal, androcéntrica, sexista, racista, kiriarcal y colonialista.

[10] Miguel, P. de, Fortaleza femenina y desarrollo, Espiritualidad y fortaleza femenina, DDB, Bilbao, 2006.

[11] Sobrino, J., “Espiritualidad y seguimiento de Jesús” en Mysterium Liberationis, T II, Trotta, Madrid 1990, 449-458.

15 Boff, L. La voz del arco iris, Trotta, Madrid 2003, 123.

[13] Ramos, R., Taller Redes Cristianas, 2007.

[14] Martínez Ocaña, E., Cuando la Palabra se hace cuerpo… en cuerpo de mujer, Narcea 2007.

[15] Cf. Mt 25, 32ss.

[16] Martínez Ocaña, E., Cuando la Palabra se hace cuerpo… en cuerpo de mujer, Narcea, Madrid, 2007,19, 23.

[17] Ibid., 24, 25.

[18] D. Aleixandre, RSCJ

Selección y presentación de libros de teología de y sobre las mujeres

  • Aquino, Pilar, y Támez, Elsa, Teología feminista latinoamericana, Editorial Abya Yala, 1998

Este es un libro de hace ya casi 20 años, pero no podemos hablar de teología feminista y obviar nombrar a teólogas latinoamericanas como Ibone Gebara, Consuelo Vélez y las dos autoras de este libro. En la primera parte, Mª Pilar Aquino, tras situar el marco de la teología feminista en Latinoamérica, sus raíces históricas y momentos claves, presenta las formulaciones de dicho quehacer teológico y sus principios rectores. En la segunda, Elsa Támez hace un recorrido histórico centrándose en la hermenéutica feminista en Latinoamérica desde la década de los 60 y presenta los métodos exegéticos utilizados y las modalidades en la exposición. Teología feminista en Latinoamérica y teología de la liberación van unidas, como queda patente en el libro.

  • Schussler Fiorenza, Elisabeth, Cristología Feminista Crítica, Editorial Trotta, 2000

Hablar de Teología feminista en Europa es hablar de esta teóloga. Es un libro serio y denso académicamente hablando, en el que la autora muestra cómo los relatos y las enseñanzas del Nuevo Testamento fueron desde casi los inicios, revestidos de un lenguaje kyriocéntrico. Sirviéndose de este neologismo –acuñado por ella– como instrumento hermenéutico, la autora desvela el modo en que las identidades cristianas fueron moldeadas desde los comienzos en estructuras masculinistas y excluyentes, y propone un nuevo marco de interpretación. .

  • Navarro Puerto, Mercedes, y Miguel, Pilar de (eds.), Diez palabras clave en Teología Feminista, Editorial Verbo Divino, 2004

Este libro –como se recoge en él– es un foro virtual en exposición, discusión y debate. La mayoría de las teólogas que escriben en él provienen del campo de la Biblia, pero hay alguna especialista en teología sistemática, dogmática y moral. Unas están en el ámbito académico y otras no y la mayoría alimentan su pensamiento de la pertenencia a grupos de mujeres. El orden en que se presentan los diez términos no es arbitrario sino que pone en práctica las claves de la metodología crítica feminista: la experiencia, la historia y el presente abierto.

  • Arriaga Flórez, Mercedes (ed.), Teología Feminista I, Arcibel Editores, 2007

Todo el libro es un mapa que guía sistemáticamente al lector a través de una introducción a la metodología teológica feminista, una antropología feminista, la historia de las teologías feministas, las claves de la exégesis y hermenéutica feminista y una teología sistemática feminista. Como se recoge en sus páginas, la Teología Feminista por muy diversa que sea, comparte el común objetivo de la transformación de las personas, las relaciones y las instituciones en las que vivimos. Intenta llegar donde nos hacemos las preguntas más importantes apelando al saber acuñado por muchas mujeres e impregnado de fuertes experiencias vitales y de fe.

  • Johnson, Elisabeth A., La que es: el misterio de Dios en el discurso teológico feminista, Editorial Herder, 2009

Este libro es una obra de teología en sentido estricto: una llamada original y urgente a la reflexión sobre Dios desde una perspectiva femenina y decididamente feminista. ¿Cuál es el modo adecuado de hablar de Dios a la luz de la realidad de las mujeres? Las ideas sobre Dios son construcciones culturales vinculadas al tiempo y al lugar en que han sido concebidas y el discurso que presenta Johnson en su obra tiene lugar en el seno reactivador de la pura vitalidad de Dios, a la que se refiere con el símbolo LA QUE ES.

  • Forcades i Vila, Teresa, Teología feminista en la historia, Fragmenta Editorial, 2011

Teresa Forcades recupera una serie de figuras femeninas que han vivido la confrontación entre el discurso teológico sobre la mujer y su propia experiencia de Dios. Para ella, la teología feminista es una teología crítica que pone de manifiesto aspectos de la interpretación recibida que generan contradicciones, y ofrece alternativas teológicamente consistentes que permiten superarlas.

  • Manfred, Hauke, La Teología feminista. Significado y valoración, BAC Editorial, Madrid 2013.

Este profesor de teología dogmática en Lugano (Suiza) nos introduce en el movimiento feminista desde los orígenes proporcionando un análisis de todos los aspectos que afectan a la teología y también a la pastoral. Esta reflexión publicada hace sólo tres años está centrada en el área alemana y en la gran influencia de los estudios que se están promoviendo en EEUU y el área anglosajona. No sólo hace una descripción de la Teología feminista sino que expone una valoración crítica que puede ayudar a comprender los postulados de la teología católica en este siglo xxi. Eso sí, esta monografía puede resultar desconcertante para personas poco entendidas en estos temas.

  • Bara Bancel, Silvia (ed.), Mujeres, mística y política. La experiencia de Dios que implica y complica, EVD 2016.

Una espléndida introducción de Juan Martín Velasco sobre el fenómeno místico da pie a una exposición de testimonios de mujeres místicas de distintas épocas, lugares y estados de vida, que nos hace descubrir cómo la mística y la política pueden ir de la mano. Este es el undécimo libro de la colección Aletheia de la Editorial Verbo Divino,  impulsada por la Asociación de Teólogas Españolas (ATE). El término griego aletheia (“verdad”) en su origen alude a la necesidad de evitar que algo quede oculto o sea ocultado, que pase desapercibido o se olvide, que caiga en el silencio. Y a esto se dedica la colección, a sacar a la luz la presencia y la voz de la mujer en los textos bíblicos, en la historia de la Iglesia y en la teología. Por eso, éste y  cualquiera de los diez títulos anteriores son un estímulo para una espiritualidad feminista liberadora en el siglo xxi.

Las mujeres no somos un “complemento”: Una antropología patriarcal que mantiene a una iglesia patriarcal

La violencia sigue siendo estructural, física y simbólica

Que las estructuras patriarcales son injustas se constata por la discriminación y la violencia que provocan. Recientemente hemos sabido que una diputada rusa ha presentado una propuesta al Parlamento de su país para disminuir las sanciones ante las agresiones domésticas. Pedía que la violencia de género deje de ser un delito penal y pase a ser una simple falta administrativa. Si la agresión solo ocurriese una vez al año, el agresor será multado o forzado a realizar 120 horas de trabajo comunitario, pero no se considerará un acto penal. En Rusia mueren a manos de sus maridos o familiares próximos alrededor de unas 14.000 mujeres cada año.

Tampoco nuestro país escapa a la violencia contra las mujeres: en los 6 primeros meses de 2015 –según el Observatorio del Consejo General del Poder Judicial[1] en España se presentaron más de 62.300 denuncias en los juzgados. Hay que saber que el 12,5% de las mujeres,  a partir de los 16 años, han sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida, y si se extrapola el porcentaje a la población femenina de esa edad nos estamos refiriendo a unos 2,5 millones de mujeres. El problema se agrava cuando estas mismas instituciones oficiales no llegan a implementar soluciones prácticas para atajar esta violencia o para condenar a los agresores. Además, debemos considerar que alrededor de un 40% de las denuncias se archivan y no llegan a juicio, y muchas de las amenazas,  acosos y abusos sexuales no llegan ni a denunciarse. A esta violencia directa  hay que añadir la violencia y los abusos de las mafias de tráfico de mujeres y de niñas que mantienen a muchas personas en la indefensión, sin papeles, y en situaciones de vida precarias.

El patriarcado, por eso, se mantiene más allá de la violencia y de las diferencias “naturales” entre varones y mujeres. Existe discriminación objetiva entre mujeres y varones porque existen diferencias de salario por el mismo trabajo; existen diferencias de acceso a la formación y al mercado de trabajo; se producen abusos y marginación. Pero también mantiene al patriarcado la violencia simbólica y política, es decir, aquella que, a través de la cultura, el lenguaje, las costumbres y la forma de entender las relaciones sociales, considera que las mujeres  –o cualquier persona que, atendiendo a su sexo, no se identifique plenamente con el rol social esperado– están menos capacitadas o son menos valoradas que los hombres para desempeñar ciertos roles o tareas.

Así, el patriarcado ha alimentado históricamente un discurso misógino y una homofobia que añade violencia simbólica sobre las personas que no siguen los patrones de comportamiento y relación sexual impuestos por la heteronormatividad. Algunos discursos feministas insisten en ver a las mujeres como víctimas, y a los varones con prerrogativas de elección mayores, pero tanto mujeres como varones reinscribimos unas relaciones desiguales entre nosotros. Tampoco la Iglesia, que históricamente se institucionaliza en el contexto y las estructuras del Imperio romano, escapa a esta mentalidad patriarcal y misógina. El clericalismo y la discriminación de las mujeres en la toma de decisiones, en la academia y la producción teológica y en el acceso al ministerio en la Iglesia católica –aunque el Papa Francisco haya aceptado hablar de la posibilidad de ampliar el diaconato– son ámbitos donde se excluye a las mujeres.

En este sentido, Rahner[2] reconoce que la institución eclesial necesita personas que asuman el anuncio de la Palabra, el servicio de los sacramentos y el liderazgo de la vida socioeclesial, y añade que este conjunto de funciones tienen un carácter de signo del Espíritu libre, de la fe, de la esperanza y del amor al que se enfoca el trabajo de este estamento, pero que no debe identificarse con él. El Espíritu no ha dejado una herencia exclusiva a aquellos que son una autoridad en la Iglesia, así que los ministerios y las funciones eclesiales no son, en esencia, igual que la jerarquía funcional que se necesita para la organización y gestión de la Iglesia como sociedad. Desde un punto de vista eclesiológico y teológico, todos los bautizados y bautizadas comparten la unión con Cristo y con la Iglesia, por lo tanto, no hay diferencias entre los miembros de la Iglesia según el tipo de responsabilidades y compromisos que se asuman.

Esta aportación cuestiona la base esencialista que se da al “cargo” o al “sexo” concreto de la persona para justificar el desempeño de una función o tarea concreta. De ahí deriva la jerarquización entre laicos/ordenados, parecida a la que se sostiene entre varones/mujeres u otras personas no heteronormativas en cuanto a ser “personas libres y completas”. En la Iglesia, como en la sociedad en general, se alternan discursos contradictorios. Escucho un mensaje del papa Francisco diciendo que “es preciso armonizar el binomio justicia-misericordia para que no se conviertan en términos contrarios” (Amoris Laetitia). A su vez, sabemos que se sostienen como intocables las tesis del papa Juan Pablo II sobre la “complementariedad”[3] de los sexos y sobre la ordenación de las mujeres en la Iglesia católica.

En momentos de crisis, los discursos racistas o clasistas se recrudecen y el discurso misógino y homofóbico reaparece con fuerza. Es lo que creo que está pasando en varios países europeos cuando, desde parte del magisterio de la Iglesia o desde campañas de comunicación, se desprestigian los discursos feministas, los discursos de los movimientos LGTBI o queer, o las teorías construccionistas que han contribuido a abrir posibilidades de aceptación, libertad personal y dignidad a todas las personas, sin discriminarlas por razón del sexo o de su identidad sexual. Bajo la expresión “ideología de género” buena parte de la Iglesia institucional está acusando a estos movimientos de abolir las diferencias sexuales entre hombres y mujeres, y en consecuencia, de atacar al núcleo de lo que es el matrimonio heterosexual y la familia. ¿Se trata solo de una alusión despectiva? ¿Qué teología y qué concepción antropológica hay detrás de este desprestigio?

Desde la perspectiva de género

Gracias a lo que se ha llamado “perspectiva de género” ha aumentado la conciencia crítica ante la discriminación y el trato desigual. Con perspectiva de género se ha conseguido implementar políticas de igualdad de oportunidades para las mujeres. Gracias a la perspectiva de género se han equiparado el número de mujeres y varones en los parlamentos, partidos políticos y cargos públicos en las democracias occidentales; se han promulgado leyes más igualitarias, leyes que han tenido en cuenta la situación de las cuidadoras de personas con dependencia, la situación de familias monoparentales o la situación precaria de viudas o mujeres maltratadas.

Gracias a la perspectiva de género, pues, existe un corpus de estudios, discursos y prácticas que cuestionan nuestros marcos epistemológicos previos de tal manera que nos permiten ser críticos y cambiar, de este modo, algunas costumbres y comportamientos uniformizadores que puedan discriminar no solo a las mujeres, sino también a aquellos colectivos que escapan a la lógica cultural, pensada desde una categoría no marcada –habitualmente la “masculina” y la “heterosexual”– e impuesta a todas las personas del grupo.

Y a pesar de todo ello, ¿hasta qué punto se han interiorizado estas prácticas basadas en el ideal de la igualdad? ¿Cómo debe entenderse la perspectiva de género hoy para que sea efectiva la lucha contra la desigualdad en una sociedad patriarcal y para que sea efectiva la lucha para conformar nuestra libertad personal?

El concepto del sistema de “sexo-género” se teorizó a finales de los años 80 en los estudios humanísticos y sociales. Gayle Rubin (1986) distinguió entre una dimensión biológica, corporal –el sexo–, y una dimensión que tiene que ver con el comportamiento y las características de la personalidad –el género–, que es una construcción social[4]. Esta teoría fue enseguida matizada por teóricos y los movimientos feministas y LGTBI. Judit Butler fue más allá cuando se planteó el hecho de que el género no solo dibuja comportamientos y subjetividades, sino que influye en la conformación también de la parte física de cada ser humano. Es decir, que no son las características sexuales biológicas (hormonas, genitales, gónadas…) las que constituyen nuestro género –como piensa la posición biologista–, sino,  al contrario, es el género, con sus discursos y lenguaje propio, el que influye en la configuración del sexo. El género, entendido así, incluye todo el conjunto de modas y técnicas, como por ejemplo, la cirugía estética, la reasignación sexual, el maquillaje y los tatuajes, las prácticas deportivas, la forma de movernos, modos de vestirnos… que aplicamos sobre nuestro cuerpo para que sea comprendido y se exprese dentro del patrón de un género determinado. Según este planteamiento, es el género el que marca los ideales normativos del cuerpo según el sexo.

Ante el dilema de si las diferencias sexuales vienen determinadas por la naturaleza o bien son totalmente fruto de la cultura y el contexto histórico, Gerard Coll-Planas[5] nos alerta del peligro de posicionarnos en un extremo u otro del presupuesto teórico. El binomio varón-mujer no sirve para definir todas las experiencias humanas. A su vez, tampoco podemos olvidar los condicionantes biológicamente dados, ya que no se puede negar la existencia de lo material y hay que partir de ello para no soslayar la realidad (Foucault, 1995).

Los cuerpos sexuados son vulnerables, sufren, pueden enfermarse, pueden gozar y son mortales. El significado que se da al cuerpo sexuado viene determinado por ejes socioculturales como el sexo, la etnia, la clase social, la religión. Así, será importante hablar de cómo se forja nuestra subjetividad y dónde se sustenta nuestra libertad para transformar aquello que nos oprime o nos subyuga, sin que este deseo de libertad suponga la transgresión total de los valores que nos deben sostener como personas en relación con otros. Más allá de “guerras ideológicas”, hay que movilizarse para crear el espacio político necesario para luchar contra la explotación. Politizarnos supone ponernos al lado de las personas que son estigmatizadas, que sufren procesos de cambio de sexo y operaciones para hacer concordar la identidad sexual con el propio cuerpo. Politizarnos supone compartir el objetivo común de cuestionar la violencia que se ejerce en los cuerpos por causa de los patrones de “masculinidad” y “feminidad” definidos socialmente y que acarrean unas relaciones de poder abusivas y desiguales.

Las mujeres no somos un “complemento”

Me remito a las palabras de Arturo Sosa, superior general de la Compañía de Jesús, que decía en un artículo reciente en Vida Nueva: “el debate en la Iglesia tiene que ser libre y con desacuerdos”[6], e instaba a la intelectualidad a hacer un esfuerzo por abrirse a lo imposible en un alegato a favor del cambio y el progreso comunitario. Si como él mismo decía “hay que poder imaginar, esperar y propiciar aquello que parece imposible”, no quiero dejar de soñar, pues, con una Iglesia dispuesta a cambios fuertes basados en una concepción antropológica de la persona que la anime a ser libre y a buscar la plenitud en el amor; a soñar con una Iglesia que profese una concepción relacional del ser humano, que se comprometa a ser testimonio cristiano en el mundo y a crear asambleas de iguales donde se celebre la fe y se trabaje por la justicia.

Ante declaraciones tajantes como las de Monseñor Cañizares este pasado enero del 2017, equiparando la “ideología de género” al fundamentalismo islamista[7], o bien el apocalíptico titular de Monseñor Omella[8], afirmando que “la Iglesia es la última que queda por derribar ante la ideología de género y el aborto”, podemos percatarnos de la tergiversación de sentido del concepto de “género”. La llamada “ideología de género” llegó del contexto norteamericano[9] y, a través de los autores católicos europeos, ha sido bien recibida por la jerarquía eclesiástica local y global, que la ha aceptado como fundamento para justificar teológicamente la diferenciación de los roles tradicionales atribuidos a mujeres y varones. José María Gil Tamayo, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, en septiembre del 2016, señalaba: “la ideología de género no es compatible con la doctrina cristiana sobre la persona humana y sobre el matrimonio y la familia”.

La Iglesia aparece como “resistente” ante una degradación moral y social de la sociedad civil que se ha dejado embaucar por discursos feministas y de la igualdad que, desde la IV Conferencia Internacional de Naciones Unidas de Pekín en 1995, ha colonizado los gobiernos y las políticas públicas. La Unión Europea y también la Conferencia Episcopal Alemana aceptaron entonces la perspectiva de género, entendida como el conjunto de políticas, programas y actuaciones a favor de la igualdad entre varones y mujeres en diferentes ámbitos sociales. Pero una parte de la Iglesia interpreta “género” de forma reaccionaria como la promoción de los derechos de minorías sexuales (homosexuales, transexuales, lesbianas…) y entiende que comporta, además, la promoción de la pedofilia, la poligamia, la relativización de los roles y funciones familiares, y el desapego de las mujeres a la maternidad y a la responsabilidad matrimonial. Desde esta perspectiva, la “ideología de género” estimula el libertinaje, la contracepción, cuestiona las relaciones heterosexuales –entendidas como las únicas “verdaderas” y éticas–, y cuestiona el “orden natural” de las relaciones subalternas entre varones y mujeres[10]. Así, pues, ¿no eleva este discurso a las diferencias sexuales (el binomio varón-mujer) como categorías fijas, inamovibles, que determinan el “ser varón” y el “ser mujer”? ¿No se está manipulando la intención de la perspectiva de género, que pretende propiciar unas relaciones ecuánimes y justas entre varones y mujeres, para convertirla en una práctica moral indeseable?

Cuando la Iglesia usa el término de “ideología de género”, ¿no está también creando una “ideología” de la esencialidad y la determinación natural por el hecho de defender que cada sexo tiene una misión concreta que desempeñar? ¿Se basa esta concepción de la antropología humana en los textos del Génesis de la Biblia? Teresa Forcades[11] comenta las premisas en que se basa el feminismo cristiano y señala el miedo de la mujer y del varón como causa de las relaciones desiguales que establecemos entre nosotros. El cristianismo presupone que las personas hemos sido creadas por un acto amoroso y libre de Dios, que nos constituye también como seres libres, con identidad propia y posibilidad de amar y ser en plenitud (a imagen y semejanza). Esta antropología teológica se basa en los relatos del Génesis, que lejos de instaurar una relación de inferioridad o subordinación entre el varón y la mujer, relatan la invitación de Dios a construir un proyecto relacional. Claro que a algunas interpretaciones patriarcales del texto bíblico de Gn 2,7 y Gn 2, 18-25, donde la mujer en tanto que esposa deriva del varón-Adam, les ha interesado leer una jerarquización y un orden asimétrico entre varón y mujer. Pero, desde una perspectiva teológica relacional, el objetivo de este texto es mostrar la frustración de Dios ante la actitud del varón que se absolutiza a sí mismo y se erige como representante de lo humano en solitario sin contar con la mujer. Es la desconfianza, pues, la que aleja la posibilidad de crear unas relaciones fecundas, respetuosas y en pie de igualdad entre el varón y la mujer; y también de crearlas en comunidad (la ekklesia o asamblea de los y las iguales).

Creo que sigue siendo necesario hablar de “género” porque nos ayuda a entender los patrones que la sociedad occidental patriarcal ha construido culturalmente sobre los cuerpos sexuados, pero, a la vez, hace falta ser conscientes de los condicionantes estructurales, sociales, de formación y lenguaje que ya nos han conformado desde el nacimiento. No es lo mismo encararse al mundo y a la aceptación de la mirada de los otros desde un cuerpo sexuado u otro. Ni los textos bíblicos ni las experiencias de varones y mujeres “nos permiten un análisis simple de las categorías de género o sexo; no podemos afirmar su carácter natural como si fuera inmutable, ni tampoco su carácter exclusivamente cultural como si fueran cambiables a voluntad”[12]. El feminismo cristiano, pues, ha sido –y continúa siendo–, un testimonio vivo de una praxis cristiana enraizada en la más profunda vocación de comprometerse por la justicia y por la dignidad de todas las personas. Tal como expresa Natalia Imperatori Lee,[13] “las mujeres no somos ni queremos ser tratadas como un ‘complemento’”.

[1] Amnistia Internacional; [https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/espana/violencia-contra-las-mujeres/]

[2] Rahner, Karl, “Iglesia desclericalizada”, en Iglesia Viva, nº 266, abril-junio 2016; pp. 123-128. Fragmento extraído de la obra Cambio estructural en la Iglesia. PPC, 2014.

[3] Congregación de la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo (2004) [http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20040731_collaboration_sp.html]

[4] Coll-Planas, Gerard,  La carne y la metáfora. Una reflexión sobre el cuerpo en la teoria queer. Barcelona: UAB-Grup de Recerca Cos i Textualitat, 2012, pp. 41-43.

[5] Coll-Planas, Gerard, La carne y la metáfora. Una reflexión sobre el cuerpo en la teoria queer. Barcelona: UAB-Grup de Recerca Cos i Textualitat, 2012.

[6] Sosa, Arturo, “El debate en la Iglesia tiene que ser libre y con desacuerdos”, en Vida Nueva, nº 3015, 10-16/12/2016. Madrid: 2016; p. 9 [http://www.vidanueva.es/2016/12/09/arturo-sosa-sj-el-debate-en-la-iglesia-tiene-que-ser-libre-y-con-desacuerdos/]

[7]  Monseñor Cañizares, “Cañizares y el nuevo totalitarismo de genero” (5/1/2017) [http://www.larazon.es/opinion/tribuna/canizares-y-el-nuevo-totalitarismo-de-genero-OK12813379]: Decía literalment: “Junto al fundamentalismo islamista, la mayor amenaza a las llibertades es la agenda política de genero, que bajo el titulo inocente de  lucha contra la discriminación, imponent la ideologia de genero en los sectores de la vida pública, empresarial y en el sistema educativo”.

[8] Monseñor Omella, “La Iglesia es la única que queda por derivar” (16/12/2015) – ACI/EWTN Noticias. [https://www.aciprensa.com/noticias/la-iglesia-es-la-unica-que-queda-por-derribar-para-imponer-ideologia-de-genero-y-aborto-82992/]

[9] O’Leary, Dale, “Nociones clave sobre la ideologia de género” (enero de 2009), en Es possible la esperanza [http://www.esposiblelaesperanza.com/index.php?view=article&catid=414:20-autores-dale-oaleary&id=974:nociones-clave-sobre-ideologia-de-genero-dale-oleary]

[10] Jadranka Anic, Rebeka, “Los malentendidos acerca de la noción de genero con ocasión del mensaje de la conferencia episcopal croata”, en Concilium;  y “Gender, Gender Ideology and Cultural War.  A Croat Example”, en Feminist Theology (2015), vol. 24(I), pp. 7-22.

[11] Forcades, Teresa. “Cristianismo, genero y cambio social. Una perspectiva feminista catòlica”, en Iglesia Viva, nº 251, sep-dic 2012, pp. 75-88.

[12] Forcades, Teresa, o.c., p. 87.

[13] Imperatori Lee, Natalia, “Women Priests or not, gendered theology is hurting the church”, in  America. The Jesuit Review; 6/11/2016 [http://www.americamagazine.org/faith/2016/11/06/women-priests-or-not-gendered-theology-hurting-church] Consulta on line 21/1/2017.

Rosa Cursach

Rosa Cursach es teóloga y feminista. Hasta su nombramiento como directora del Institut Balear de la Dona, Rosa Cursach ha sido profesora de Religión y Ética (ESO) y de Filosofía (Bachillerato) en el Colegio Beato Ramon Llul de Inca. Es filósofa, teóloga y fundadora de la entidad Creyentes y Feministas, y, además, ha colaborado con el grupo de Desigualdades, Género y Políticas Públicas de la Universidad de las Islas Baleares. Rosa ha llevado a cabo numerosas investigaciones y publicaciones sobre el feminismo y la igualdad en el ámbito nacional e internacional. 

Rosa, nos gustaría que te presentaras, ¿cuáles son tus orígenes en el feminismo y en el cristianismo feminista y a qué te dedicas actualmente?

Me cuesta situarme para poder explicártelo con una línea cronológica: primero estudié teología en el CETEM (Centro de Estudios Teológicos de Mallorca) y posteriormente Filosofía en la (Universitat de les Illes Balears) UIB. De alguna forma podríamos decir que mi experiencia de toparme con el patriarcado eclesial y teológico me lleva al feminismo y desde de la filosofía me encuentro con el construir una mirada crítica feminista hacia el cristianismo. En estos momentos soy la Directora del Institut Balear de la Dona, en el Gobierno de las Islas Baleares.

¿Dónde te ha resultado más difícil “ser mujer”: en la sociedad, en las instituciones culturales o en la iglesia?

Para mi “ser mujer” no es difícil, siempre que este “ser mujer” no implique preconcepciones estereotipadas, me identifico como mujer, más bien como mujer feminista. Ahora bien, las mujeres estamos “maltratadas” en todos los ámbitos, se nos percibe como intrusas en todos los espacios, públicos e institucionales, y de ahí los esfuerzos del patriarcado para devolvernos al lugar donde éste nos coloca, a lugares de subordinación.

La presencia de las mujeres en los diferentes escenarios (socio-económicos, políticos, culturales, religiosos, etc.), así como los roles y el papel que desempeñan en la toma de decisiones ha cambiado en las últimas décadas. ¿Cuáles son, a tu juicio, esos cambios mayores y qué valoración te merecen?

Es cierto que las mujeres estamos presentes en muchos ámbitos, no en todos, yo no veo las mujeres en puestos de poder en ámbito religioso, por ejemplo. Sí que estamos en gobiernos, en la academia, el mundo de la empresa, etc. Aunque el patriarcado (las élites masculinas, económicas, políticas, religiosas, etc.) se esfuerza, como dije anteriormente, para que no ocupemos estos espacios que considera le pertenecen, y para ello hace un gran trabajo, reforzado por la publicidad y los medios de comunicación, y por descontado, con ayuda de las violencias machistas en todas sus variantes.

En referencia a los avances que hay en la sociedad, quiero detenerme en uno reciente, la Marcha de las Mujeres que hubo en Washington. Yo la veo como culmen de muchas otras marchas como “Ni Una Menos en América Latina” o el “7N en el Estado Español”, y al mismo tiempo como un punto de partida, porque, a mi modo de ver, simboliza un advertir que no hay marcha atrás para lo ya conseguido por las mujeres.

Y ahí enlazo con vuestra pregunta, las mujeres hemos avanzado en libertad, las mujeres somos sujetos de derechos, somos sujetos políticos, etc. Aunque venga Donald Trump con su misoginia, aunque Putin rebaje la violencia doméstica de delito a falta en la ley, etc., hay avances que no tienen marcha atrás. Veo que es necesario confeccionar una agenda común de las mujeres donde nos coordinemos y nos defendamos juntas para que se nos tenga en cuenta en la vida pública.

¿Cómo están afectando estos cambios a las mujeres creyentes? ¿Piensas que se puede hablar, desde la llegada de Francisco, de avances sustanciales tanto en el pensamiento como en la promoción de las mujeres en la Iglesia católica?

Yo estudié teología en el Centro de Estudios Teológicos de Mallorca, como dije anteriormente, soy la última promoción de mujeres que pudieron estudiar con los seminaristas. A partir de entonces a las mujeres se les prohibió estudiar con los seminaristas, podían asistir a estudiar ciencias religiosas, pero no teología, para ello tenías que ir a una Facultad de Teología. En Baleares no hay facultad. El CETEM está adscrito a la Facultat de Teología de Catalunya, una forma fácil de limitar el acceso de las mujeres a la Teología. En referencia a la pregunta, es verdad que en la vida cotidiana los curas siguen vistiendo de negro y las parroquias siguen funcionando como siempre. En ese aspecto yo no veo cambios, pero la verdad es que no estoy cercana al mundo eclesial.

¿Qué juicio te merece la promoción al diaconado de las mujeres católicas, anunciada recientemente por Francisco? Y ¿qué razones les impiden llegar al sacerdocio y al episcopado como ocurre en las iglesias protestantes?

A mí, de entrada, me parece ¡un despropósito! Quiero explicarme. No se trata de dar “migajas”, concesiones a las mujeres, como si fuera un premio, a estas alturas… Me pregunto, ¿por qué diaconisas y no obispas?, ¿por qué basarse en el argumento de la tradición si el fundamento básico de esta situación es la construcción política de la Iglesia? Son razones de poder las que niegan el sacerdocio a la mujer, no la tradición, creo.

Piensas que el movimiento feminista tiene algo que aportar a las comunidades y al movimiento cristiano de base hoy? ¿En qué puede traducirse esa aportación?

El movimiento feminista en toda su pluralidad creo que es el movimiento que más ha aportado y sigue aportando para la consecución de la libertad, de la justicia, de la solidaridad, de la paz, etc. Cualquier vindicación, cualquier intento de avanzar hacia la justicia, hacia la paz, hacia la solidaridad, etc., o es feminista o no será. Yo desearía que en todas las comunidades cristianas se lea o escuche la alocución de Ángela Davis en Washington el pasado 21 de enero, seguro que da muchas pistas más.

¿Cuáles son, a tu juicio, las principales aportaciones que una feminista cristiana puede ofrecer hoy día a la sociedad civil?

Para los medios, las cristianas militantes no existen, no se las llama en los debates, se llama siempre a un hombre, excepto cuando rara vez se trata el tema del sacerdocio femenino. La idea de Iglesia se asimila normalmente con los obispos. Sin embargo, la aportación teológica y eclesial de las teólogas feministas al feminismo ha sido importante. Por ejemplo Elisabeth Schüssler Fiorenza, con su categoría de kyriarcado (Cristología feminista crítica, Trotta, 2000) está aportando la intersección de subordinaciones múltiples, de género, etnia, clase… por un lado, y por otra parte, un análisis del entramado del patriarcado. Porque la teología desvela unos elementos de análisis novedosos para llegar más profundamente a los problemas fundamentales de las estructuras machistas.

Pero creo que las teólogas deben ofrecer más fuera de la Iglesia que dentro de la misma para no quedarse mirándose a sí mismas.

Eugenio Trías hizo esto, es decir, en su última etapa estudió la filosofía de la religión, acertando en el hecho de que necesitamos hacer un análisis crítico de la religión para que la religión no nos devore desde la institución. Es por eso necesario una crítica feminista de la religión, porque es una aportación liberadora para creyentes y no creyentes sin duda.

La violencia machista contra las mujeres, que tanto nos humilla, es como una plaga inextinguible incrustada en el cuerpo social. ¿A qué se debe este fenómeno anacrónico e indigno?, ¿cuáles son sus causas?, ¿existe algún remedio o terapia capaz de extirparla?

La violencia machista es un fracaso social. Que haya varones que consideren que las mujeres somos objetos y que pueden decidir sobre nuestras vidas, sobre nuestros cuerpos, hasta el punto de que puedan decidir quitarnos la vida… esto es un fracaso del género masculino. El género masculino necesita reinventarse y ya pueden espabilar porque nosotras no vamos a esperarles.

Las causas de la violencia son el machismo, las estructuras patriarcales de la sociedad, etc.

Yo antes que me nombraran Directora del Institut Balear de la Dona, me movía en ámbitos feministas, sobre todo académicos y sociales, pensaba que el patriarcado estaba ya más extinguido. Pero, cuando desde el Institut te relacionas con muchos sectores, percibes la diversidad de tentáculos del patriarcado y lo difícil que es sacudir los cimientos. Y aprecio con más facilidad los avances y retrocesos que ha habido en esto.

Fue un gran error eliminar el Ministerio de Igualdad. Teníamos la ley de Igualdad del 2007; y anteriormente del 2004, la ley contra la violencia de género. Y se creó el Ministerio de Igualdad y en dos años se elimina. Fue el primer recorte con la crisis. No sólo se elimina el instrumento para desarrollar ambas leyes, si no que simbólicamente se nos dice que la Igualdad es un lujo y que en tiempos de vacas flacas hay que prescindir de ella.

La única forma de extirpar la violencia hacia las mujeres es que realmente las mujeres gocemos de todos los derechos en todos los ámbitos sociales.

Considero que es muy importante nombrar la violencia de género. En un funeral que estuve de una chica joven, asesinada por violencia de género, el obispo ni menciono la causa de la muerte. La violencia de género se debe nombrar, no se debe negar, no se debe obligar a difuminarla entre otras violencias. Pero no se trata solo de nombrar datos, sino de analizar qué se hace y con qué sentido se hace. Asumir que la violencia de género es un problema social obliga a cambiar estructuras. Para la institución machista es mejor tratarlo como una cuestión privada y no hacer nada y simplemente llevar la contabilidad de cuántas mujeres mueren o denuncian.

¿Cuáles son, desde tu punto de vista, los grandes temas que debe abordar la sociedad civil en el inmediato futuro sobre la participación de las mujeres en la vida pública?

En estos momentos se habla de feminizar la política, yo diría feminizar “feministamente” y no sin mujeres. Y en todos los ámbitos de la sociedad: la política, la economía, la cultura, el deporte, la religión, la comunicación, en las calles y en las plazas, etc. Tenemos que estar en todas partes y hacernos ver y que se nos escuche, tenemos mucho que aportar.

Un tema que veo fundamental es la Educación: tenemos escuela mixta pero no escuela coeducativa, y se educa reproduciendo estereotipos en las familias y en la escuela. No se interviene en las narrativas sociales sobre lo que somos como hombres y mujeres. Este terreno lo posee y lo desarrolla especialmente la publicidad, e institucionalmente pasamos de largo sobre ello. Siendo la nuestra una sociedad de consumo, más que ciudadanos activos, la publicidad debe ser educada, es decir, tomar medidas desde el gobierno y las empresas como un pacto social frente a la violencia machista (es el caso de la campaña www.reaccionen.com que hemos lanzado en Baleares). Pero no desde una postura “salvadora” hacia las mujeres, como culpabilizándolas de su situación, sino dirigido a toda la ciudadanía. Ofrecer gafas violeta, es decir, ayuda a las empresas y a las instituciones para que abran sus ojos ante la publicidad, que crean que transmite estereotipos y se comprometan en crear narrativas igualitarias y justas.

Creo que, si se consiguiera el paro de las mujeres del 8 de marzo —que ya se está moviendo en las redes desde colectivos feministas (http://observatorioviolencia.org/paro-internacional-de-mujeres-8-de-marzo/)— sería es un avance porque nos convertiríamos en un colectivo influyente para los grandes poderes.

Y, desde tu experiencia, ¿cuáles son los temas y tareas más urgentes a poner a punto en la Iglesia de cara a establecer la igualdad y no discriminación de las mujeres?

Si se me permite un chiste muy serio, “dentro de la Iglesia no hay salvación”, jajaja….Es un juego de palabras con la famosa frase ¿verdad? No hay salvación en la Iglesia con una élite masculina que lo domine todo.

Igual sucede en la administración pública, una estructura decimonónica, casi teológica, con unos textos sagrados masculinos que sitúa a los hombres como intérpretes con derecho a la palabra… La obsesión con asegurarse el poder en ambos ámbitos hace olvidar el por qué una institución se crea. La iglesia lo olvida, también la Administración pública.

En el caso de la Iglesia, quien tiene la palabra del magisterio en la Iglesia son los hombres, y en la administración son los jurídicos, hombres. Ser mediación es controlar el poder. Dominas el lenguaje y con ello estás controlando el saber.

Los medios de comunicación a veces marcan la agenda política y la institución se somete al mercado. En este caso, no sucede igual con la Iglesia. La Iglesia tiene un peso cultural, pero tiene un peso residual en la ciudadanía por su reducida presencia pública. Su papel de salvaguarda de determinados esencialismos, que ya a nadie interesan, la hace estar ausente de la sociedad, aunque se perciba que los mensajes de Francisco son diferentes e interesantes para un activismo social.

Es por eso urgente una Iglesia con una estructura no patriarcal.

Desvelar las teologías feministas

Si aletheia (“verdad”, en griego) supone la necesidad de evitar que algo quede oculto o sea ocultado, como recuerda Ana Unzurrunzaga en la selección sobre teología feminista, el presente número de ÉXODO adquiere un sentido verdadero. Por primera vez, todos los trabajos van firmados por mujeres. No debería ser noticia, pero es síntoma de la posición que se ha obligado a mantener a las mujeres en todos los ámbitos. Esperamos que esta aportación suponga un motivo más para la celebración del día internacional de la mujer, el reconocimiento “a las que se atrevieron”.

“Al duro recorrido por la igualdad de las mujeres en España”, a pesar de mostrar avances importantes, le quedan muchos retos hasta conseguir la autonomía personal y el reconocimiento social (Mª José Clavo). Pero “no hay marcha atrás en lo conseguido por las mujeres” (Rosa Cursach); se apuesta por “rozar lo increíble” (Montserrat Escribano-Cárcel), por la coordinación entre las mujeres, porque, aun sabiendo que “vivimos en la iglesia no pensada para nosotras, también sabemos que la historia de la salvación fluye a través nuestro” (Mujeres y Teología). Por ello, recuerdan Silvia Martínez y Neus Forcano, “se abre un tiempo de nueva creatividad eclesial para las mujeres creyentes”: la posibilidad de soñar una iglesia con nuevas relaciones y llegar a una eclesiología de comunión compartida. No se trata de “más participación de las mujeres en la iglesia”, cuando son ya la mayoría en todos los ámbitos (“iglesia con cuerpo de mujer y cabeza de varón”, en expresión de Pilar Yuste), sino de más capacidad de acción; no se trata de “la necesidad de una teología de la mujer” porque ya existe, sino abrirse a su escucha.

Se ha avanzado hacia la visibilización del rostro de Cristo en todos los colores, lenguas y clases, ¿por qué no en la diversidad sexual?, interroga P. Yuste; “las mujeres no somos ni queremos ser tratadas como un complemento”, recoge Neus Forcano. Esa es la práctica del feminismo teológico que ha realizado aportaciones y caminos de liberación para todos los seres humanos, sumando aportaciones de teologías latinoamericanas, la Black theology o la womanista, así como las teologías de la multiplicidad (nombrar a Dios de muchos modos: “polidoxia”). Han sido “propuestas teológicas disruptivas” (M. Escribano-Cárcel) y siguen sus aportaciones sobre las nuevas tecnologías y las ciencias de la vida; propician una cultura del intercambio de las expresiones de la fe sin imponer una forma de pensar y vivirla. Hasta cuándo seguirá considerándose, tal como dijo Teresa de Cepeda y Ahumada  entre 1564-67, que “No hay virtud de mujer que no tengan (los jueces del mundo, todos varones), por sospechosa”.

Celebraciones del 20 cumpleaños de la asociación de Mulleres cristians galegas Exeria y del 30 de Mujeres y Teología; la undécima publicación, impulsada por la Asociación de teólogas española… Si obras son amores, ahí están. Son obras de mujeres feministas teólogas cristianas en España. Solo hay que intentar no cerrar los ojos a esta realidad ya largamente desvelada.

El duro camino que vamos recorriendo las mujeres

Escribir sobre la realidad femenina actual desde el punto de vista de la discriminación sexual en nuestra sociedad es un tema tan amplio que supera con mucho las dimensiones de este artículo, ya que abarcaría la multiplicidad de aspectos que se anudan en la vida de las mujeres, cada uno de los cuales por sí mismo contiene una gran cantidad de información y de interpretaciones por las muchas vertientes que presenta. Por esta razón mi exposición tratará de ofrecer una visión general que necesariamente tiene que ser sintética, y en la que tal vez queden ocultos o no mencionados elementos que sin embargo se encuentran presentes en la vida real.

  1. ¿De dónde venimos?

La discriminación femenina es un hecho constatable en todas las sociedades. Si bien es cierto que esta situación de desigualdad no se presenta con la misma intensidad en todas las culturas, ya que hay algunas en las que las mujeres sufren un grado de sometimiento muy alto, sancionado y legitimado por sus sistemas jurídicos y religiosos, lo cierto es que la desigualdad se encuentra presente en todas, y en todas obedece a las mismas causas.

Las raíces de la desigualdad femenina se encuentran en la presencia del patriarcado. Este es un sistema simbólico y social creado y organizado por los varones,  que vive en los discursos ideológicos y se materializa en las estructuras sociales, cuya característica esencial  consiste en  el ejercicio del poder masculino que afecta directamente a la vida femenina en sus múltiples dimensiones.

La intensidad de la opresión masculina no es la misma en todas las culturas. Concretamente en la nuestra tiene una historia de debilitamiento a causa, entre otros factores,  de las luchas de las mujeres por su liberación, sin embargo estas conquistas son muy recientes y podemos decir que hasta hace algunos pocos años nuestras condiciones de vida se encontraban inmersas en  sociedades fuertemente patriarcales.

Aunque muchas de las ideas que se mencionan aquí ya no actúan de forma extrema en nuestra sociedad, sin embargo estamos convencidas de que se encuentran presentes en el consciente e inconsciente colectivo de muchos de los varones con los que convivimos, y de algunas de nuestras mujeres mayores pertenecientes a sectores conservadores. Por otro lado, este sistema es plenamente actual en otras sociedades no occidentales.

El patriarcado se materializa en modelos de organización social cuyas instituciones y normas son opresoras para la mujer. El sistema, además, genera múltiples mecanismos que mantienen y reproducen las condiciones que aseguran su vigencia y su conservación.

Consideramos los más decisivos la división sexual del trabajo, la imposición desde el poder de medidas sociales androcéntricas sobre la educación, sobre la dificultad de contar con recursos económicos y de participar en los espacios públicos, medidas que sitúan a las mujeres en una posición de inferioridad y dependencia respecto del varón. Esta posición de desventaja social se refuerza a través de la defensa y legalización desde el poder, masivamente masculino, de unas normas sexuales reguladoras de determinadas conductas que obstruyen las posibilidades de desarrollo personal femenino.

La división sexual del trabajo recluye a las mujeres en el espacio privado para desempeñar las tareas de la crianza de los hijos y del cuidado doméstico en exclusiva. Al contraer matrimonio la mujer acepta la supremacía del varón, y las instituciones jurídicas matrimoniales y familiares presuponen y legalizan esa superioridad[1].En España la obediencia al marido y el derecho de este a ejercer la patria potestad sobre los hijos quedaba textualmente recogida en los códigos jurídicos hasta la ley del 2 de mayo de 1975[2].

La educación de las niñas informal y/o formal es entendida como una herramienta imprescindible para que aprendan a desempeñar sus roles de género y a asumir su condición de dependencia e inferioridad. La estructuración sexual tiende a perpetuarse  mediante la transmisión de sus valores  a través de la educación formal e informal del país. Las consecuencias para las niñas, jóvenes y mujeres se concretan en que se les sustrae la posibilidad de desarrollar las capacidades intelectuales, morales, personales y sociales que proporciona la plena educación, y el desarrollo de habilidades técnicas y/o profesionales que constituyen un aporte importante para el desarrollo de cada ser humano; además, contribuyen a que las mujeres, desde niñas, asuman como algo natural su condición de personas subordinadas a personas; y, por otro lado, la sociedad no les proporciona los medios para poder desempeñar un empleo o un trabajo que les permita disfrutar de autonomía económica y reconocimiento social. En nuestro país, hasta la aprobación de la Ley sobre los derechos políticos, profesionales y de trabajo de la mujer el 22 de julio de 1961[3], ésta era excluida del mundo laboral por sustraerle a sus obligaciones de esposa y madre dentro del hogar. Todo ello concurre a lograr que las mujeres se encuentren sin recursos y que no les quede otra posibilidad que depender de un varón si quieren sobrevivir con una cierta dignidad social.[4]

El escaso desarrollo educativo de las mujeres produce en ellas una inseguridad intelectual y moral que las hace dependientes del varón no sólo económicamente, sino también psicológicamente. En muchos países, y,  en el nuestro hasta 1975 como hemos dicho, las mujeres se encuentran tutorizadas por varones y carecen de autonomía personal y económica. Los varones: padres y esposos ostentan la jefatura de la familia.

Desde un punto de vista político se decide que la “naturaleza” de las mujeres y su papel en la sociedad no las hace aptas para asumir estas responsabilidades, que su puesto está en el ámbito privado y su función es la reproducción y el cuidado. El pleno ejercicio de los derechos políticos de las mujeres cuestiona una de las prerrogativas esenciales de los hombres: el  monopolio en la gestión de la cosa pública. Si no existiera discriminación y la participación y representación política fuera indistintamente ejercida por hombres y mujeres, se tambalearía la propia estructura de poder, se ampliaría el contenido del debate político, y se modificaría la naturaleza de muchas de las decisiones. Reconocer a las mujeres como sujetos reales de plenos derechos de ciudadanía significa  una pérdida del poder absoluto e indiscutible del varón.  Las consecuencias de esta situación son trascendentes para las mujeres, suponen la continuación de su subordinación al poder patriarcal, a la discriminación y desigualdad, sus reivindicaciones quedan en manos de “la buena voluntad” de los hombres.

La división sexual del trabajo sitúa a los hombres en la esfera pública económica y política, son ellos los que monopolizan los roles de la élite social. En estos roles se acumulan el poder y la autoridad, las personas que los desempeñan controlan los recursos de sus organizaciones y utilizan su poder, entre otras cosas, para proporcionar oportunidades y recompensas a sus afines, entre los que se encuentran los que pertenecen a su mismo sexo. El acceso de los varones a estos bienes les dota de poder sobre las mujeres, poder en sentido weberiano, es decir, capacidad para decidir sobre su conducta a cambio de proporcionarle los recursos que necesita para desarrollar su vida y de los que ella se ve privada por su falta de  educación y la ausencia de oportunidades de trabajo.

Las élites, además, tienen todos los recursos para imponer unas normas sexuales que refuerzan y legitiman el sistema de estratificación sexual  profundamente androcéntrico. La sexualidad femenina no es autónoma sino que se entiende en función de las necesidades y deseos de dominio y control masculino. En España hasta 1978[5] la mujer casada incurría en delito de adulterio penalizado con prisión menor (hasta 6 años y 1 día de privación de libertad) por una sola infidelidad probada sin consentimiento del marido, mientras que para que el hombre casado incurriera en delito de amancebamiento era preciso que hubiera manceba dentro del hogar conyugal o notoriamente fuera de él y estaba prohibida toda acción directa o indirecta tendente a la investigación de la paternidad. Así mismo, hasta 1978[6] se consideraba delictiva la información, difusión y venta de anticonceptivos, figura penalizada con arresto mayor (hasta 6 meses y un día de privación de libertad) y dentro del matrimonio la violación no era considerada delito.

Este estado de dominación masculina se legitima mediante la construcción de una ideología sexual  que lo justifica. Esta ideología hay que entenderla  como una percepción distorsionada de la realidad construida para servir a los intereses del poder. El patriarcado en realidad es un pacto implícito entre varones, que atraviesa clases, razas y culturas, a los que el discurso cultural, construido por ellos mismos, adjudica una  serie de prerrogativas que se pueden sintetizar en la de pertenecer  al conjunto de los privilegiados que  protagonizan la vida social.

Las consecuencias de este estado social no recaen solamente sobre la conducta de las mujeres sino también sobre su mundo interno.  El sistema contribuye a generar una identidad femenina acorde con sus objetivos. Es inherente a la formación de estereotipos culturales femeninos apoderarse de las heterogeneidades materiales y sociales, de las mujeres en este caso, y producir representaciones en singular del tipo “la mujer” mediante la supresión de las diferentes modalidades de serlo. Acorde con este proceso homogeneizador se transmiten unas ideas cuyas características se pueden concretar en que “la mujer” es pasiva, incapaz de ser autónoma desde un punto de vista personal y material, intelectualmente limitada, ignorante, preparada únicamente para las tareas domésticas de procreación, cuidado y transmisión de la tradición y subordinada al varón. Esta imagen se produce en contraste con la autorrepresentación de los varones esencialmente agentes, autónomos, poderosos, capaces física e intelectualmente, etc.

Los estereotipos forman parte, entonces, del conjunto de dispositivos sociales con que cada colectividad cuenta para controlar las subjetividades y promover una conducta acorde con sus intereses. El proceso presenta claramente una dimensión política y cultural, no es sólo el resultado de un procedimiento de construcción del sujeto sino que, en la medida en que responde a instancias políticas, culturales o sociales:

Es también un espacio en el que se ejerce un poder que actúa sobre las subjetividades controlándolas para que sigan pautas las conducta promovidas por los agentes hegemónicos.[7]

Este esquema del patriarcado se encuentra plenamente vigente en muchas de las culturas musulmanas y también en España hasta el final de la dictadura. Se ha encontrado presente en  los valores, costumbres y creencias sociales, legalizado en el sistema jurídico, materializado en la estructura y funcionamiento de la sociedad española y apoyado con entusiasmo por la Iglesia Católica.

  1. ¿Dónde estamos?

Las transformaciones en Europa y EEUU han sido fuertemente impulsadas por los movimientos feministas que tienen ya una historia de más de dos siglos. Esta lucha se ha realizado a dos niveles: a nivel teórico, mediante el análisis y crítica de la ideología patriarcal, que, “ha dotado a las mujeres de los recursos teóricos y epistemológicos necesarios para visibilizar su propia historia y necesidades”,[8] y a nivel práctico mediante el activismo y la reivindicación en las calles e instituciones llevada a cabo por las asociaciones de mujeres.

Muchas de las leyes que ha utilizado el patriarcado para imponer su orden social se han suprimido y otras se han transformado. Ello es un síntoma de que también lo ha hecho, al menos en parte, la ideología patriarcal, porque los sistemas jurídicos se fundamentan siempre en unos principios ideológicos y un sistema de valores a los que sirven y tratan de preservar.

En 1948 la Asamblea general de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El fuerte movimiento a favor de los derechos de las mujeres que se venía desarrollando desde mediados del S.XIX no dejó pasar la oportunidad que le ofrecía la nueva Declaración. Consiguieron que los problemas femeninos fuesen tratados en una comisión específica, muchas de sus propuestas fueron aprobadas por la Asamblea e incorporadas a la Declaración, así se aprobó que en  el texto del artículo 1 se utilizara la formulación: “Todos los seres humanos”, en lugar de: “Todos los hombres”, de significado evidentemente masculino. En adelante la Declaración evitará en todo momento la palabra “hombre” y cualquier redacción que pudiera ser restrictiva en función del sexo. A partir de entonces, mientras el sujeto del artículo fuera la persona o el individuo (como así fue), las mujeres entraban de lleno en sus consecuencias. En esta Declaración aparecen por primera vez reconocidos los derechos a la igualdad por razón de sexo, a igual salario por trabajo igual, a la igualdad de oportunidades, los derechos de igualdad en el matrimonio, derecho a la dignidad y no discriminación de las madres solteras.

A partir del año 1975 en España, año en que comienza el periodo de transición democrática, se llevan a cabo una serie de reformas legales muy importantes para las mujeres y que comienzan a situarnos a nivel de los logros por la igualdad aprobados en la mayor parte de los Estados de la Comunidad Europea. En 1975[9] se anula la Licencia Marital, una ley indigna para las mujeres, expresión de la subordinación al varón regulada por el sistema, esta ley obligaba a todas las mujeres a obtener un permiso firmado del marido para ejercer derechos tales como firmar contratos de trabajo, cobrar su salario, sacar el carnet de conducir o el pasaporte y abrir e intervenir en cuentas bancarias, etc. Es la más patente negación del derecho de autonomía personal y de libre disposición de la propia vida.

La supresión de la discriminación legal por razón de sexo quedó regulada de forma  general  por la Constitución de diciembre de 1978[10], con artículos específicos que prescriben la igualdad en el matrimonio[11] y en el trabajo[12]. Ese mismo año se despenalizan los anticonceptivos y se eliminan los delitos de adulterio y amancebamiento; en 1980, el Estatuto de los Trabajadores prohíbe toda normativa laboral que discrimine a las mujeres en el empleo[13]; en 1981 se modifica la regulación del matrimonio en el Código Civil y se determina el procedimiento a seguir en las causas de nulidad, separación y divorcio[14].

En los últimos años, tanto en España como  en la Unión Europea y las Naciones Unidas, se van aprobando leyes cuyo objetivo es que la igualdad entre mujeres y hombres no sea únicamente  formal, sino una realidad a todos los niveles.

En España la Ley Orgánica 3/2007 de 22 de marzo para la igualdad efectiva de mujeres y hombres inició una etapa nueva en las políticas de igualdad. Su objetivo fue promover la igualdad real, más allá de la formal, combatiendo las manifestaciones de discriminación por razón de sexo, explícitas o implícitas, y los estereotipos sociales que constituyen importantes obstáculos para la consecución de la igualdad efectiva. Incorporó la llamada “estrategia dual”, presente en las instituciones internacionales, consistente en la regulación de la transversalidad de igualdad de género en todas las políticas públicas y en la puesta en práctica de acciones positivas[15].

La aprobación de estas leyes ha hecho posible una vida muy diferente de la de hace cuarenta años en España para las mujeres. Les han devuelto el derecho a ejercer su autonomía personal, sexual y económica, robado por el patriarcado, y el mismo estatus que el varón en el seno del matrimonio.

En estos años, el número de mujeres que se dedican en exclusiva al cuidado del hogar va disminuyendo, ello se debe a que se van incorporando al mercado laboral. La carrera profesional es una prioridad para muchas de ellas, que aplazan el desarrollo de otros aspectos de su vida, como el matrimonio y la familia, hasta la consecución de sus objetivos profesionales. Esta incompatibilidad entre trabajo y familia, que no es tan intensa en otros estados europeos, se debe a que todavía no está plenamente asumida por los varones la corresponsabilidad en el hogar y, por otro lado, el Estado español no presta apenas ayudas.

Para tratar de resolver esta falta de equilibrio entre las tareas que asumen las mujeres y las que asumen los varones en el seno de la familia, se van tomado diversas medidas, denominadas políticas de conciliación, que van dirigidas a hacer efectiva la corresponsabilidad familiar en la vida real y la compatibilidad entre la vida laboral y la vida familiar.

En cuanto a la educación, la Ley orgánica de Educación y la de la Reforma de Ley orgánica de Universidades prescriben un modelo educativo basado en la igualdad ente niños y niñas, en el que se forme a los alumnos en la adquisición de actitudes igualitarias y en el que se analicen y supriman los estereotipos sexistas. La presencia femenina en los niveles educativos postobligatorios es superior a la de los varones, excepto en determinadas ramas de FP. Ello se debe a que sus aspiraciones profesionales y expectativas son cada vez mayores y sus éxitos académicos superan a los de sus compañeros, si bien es cierto que todavía se perciben diferencias en la elección de los estudios universitarios y ello  determina su futuro profesional.

En el ámbito laboral las conquistas son indudables. Se han suprimido los obstáculos del acceso de las mujeres a profesiones y trabajos considerados hasta hace pocos años exclusivamente masculinos. Es cierto que en el mundo laboral existen todavía muchas desigualdades injustas que hay que combatir, sin embargo se ha logrado la autonomía económica para las mujeres de forma normalizada, con los problemas de empleo coyunturales compartidos con los varones y también, desde luego, con obstáculos específicamente sexistas. A pesar de todo hay cada vez más mujeres que desempeñan tareas profesionales de importancia decisiva para el buen funcionamiento social en al campo de la abogacía, de la medicina, en el ámbito académico, técnico, empresarial, económico, etc.

También se han abierto las puertas de la política para la participación femenina, hay cada vez más mujeres en el espacio público, en las listas electorales de los diferentes partidos políticos, en el Parlamento, en el Senado, en el Ejecutivo y en el Consejo del Poder Judicial, en el Tribunal Constitucional, en el Parlamento Europeo. Sus voces se dejan oír junto a las de sus compañeros en debates, comparecencias públicas, mesas de negociación, portavocías, etc.

Aunque todavía queda mucho camino por recorrer para conseguir la igualdad real, sin embargo, el hecho de que se encuentre recogido en la ley el reconocimiento del derecho de igualdad con todos los dispositivos disponibles para conseguir que sea efectiva, y que en estos momentos la ideología patriarcal sea políticamente incorrecta y socialmente rechazada, ha supuesto un importante cambio de mentalidad en el seno de nuestra cultura. Según la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas del 2010[16] el 95% de los españoles está a favor de su consecución.

  1. ¿Qué nos falta?

Sin embargo, como hemos dicho, se trata de un proceso que está lejos de quedar concluido, porque continúan vigentes estereotipos sociales sobre las mujeres que ejercen una fuerte influencia en  múltiples aspectos de sus vidas. Hay, de hecho, un desajuste entre valores éticos y democráticos, que se defienden teóricamente en el discurso, y las tendencias y conductas reales en las que se expresan actitudes discriminatorias tanto a nivel colectivo como a  nivel individual.

La imagen tradicional de las mujeres es un obstáculo serio, en estos momentos, para la plena realización de aspectos importantes de sus vidas, como hacer efectiva la corresponsabilidad en la vida familiar, sin la cual tienen muchas dificultades para compatibilizar sus aspiraciones profesionales con las familiares; la aplicación del principio de igualdad de oportunidades, cosa que no está ocurriendo, sobre todo en el mundo laboral, en que los varones tienen una posición de ventaja en relación con las mujeres en las contrataciones, la formación permanente, la promoción profesional, la pertenencia a los ámbitos de toma de decisiones y en un mayor salario por la realización de un trabajo igual; en relación al denominado “techo de cristal”, expresión que manifiesta la situación de exclusión de las mujeres de los espacios superiores en los que se toman decisiones de importancia con consecuencias en la colectividad.

No hemos mencionado en este estudio el terrible problema de la violencia de género que nos deja en España alrededor de sesenta mujeres al año asesinadas por sus parejas o exparejas por el hecho de ser mujeres. Son crímenes culturales, punta de un iceberg que se esconde tras ellos, y que nos muestran hasta qué punto el patriarcado continúa vivo en el mundo interno de los hombres, que consideran a las mujeres objetos sobre los que se  tiene derecho de propiedad y, por tanto, derecho  a hacer con ellas lo que uno quiera. No puede haber expresión más clara de la negación de la humanidad al género femenino. 

La complejidad de los procesos de cambio social se manifiesta a veces en una falta de coherencia entre los principios, las representaciones ideales y las actitudes concretas, que pueden derivar de la convivencia de los antiguos esquemas con posiciones más progresistas.[17].

Todas estas marginaciones en la vida real, que responden a los estereotipos femeninos propios del patriarcado, persisten en la vulneración de la dignidad de las mujeres y confirman nuestra sospecha de que en el interior de muchos varones perviven los deseos de continuar ejerciendo un poder sobre nosotras, y de no resignarse a perder su estatus de seres privilegiados que les ha otorgado el patriarcado por el hecho de ser varones.

Lo que las mujeres necesitamos y demandamos es lo que cualquier ser humano necesita y demanda, los ele­mentos imprescindibles con los que una vida humana tiene que contar  para poder realizar una existencia plena a la cual tenemos derecho. De forma sintética estos elementos son autonomía per­sonal y reconocimiento social. Pero nuestra autonomía se ve limitada por la desigualdad de oportunidades con la que nos encontramos en relación con los varones  al tratar de crecer personal y profesionalmente. Esta situación de discriminación hiere nuestra dignidad  y es expresión de una falta de valoración de las mujeres como personas, que es profundamente injusta, y que muestra el déficit de reconocimiento social, que todavía sigue admitiendo que hay distintos grados de humanidad.

Breve apunte sobre la situación de las mujeres en la Iglesia

Si en la sociedad civil, a pesar de que existe igualdad formal, continúa habiendo una brecha importantísima de género en muchos de los ámbitos sociales, económicos, laborales, políticos, etc., en el seno de la Iglesia Católica la discriminación es total. Esta situación, de lesa injusticia, se encuentra recogida en el ordenamiento jurídico que rige esta sociedad eclesial. Uno de los mecanismos más importantes, por no decir el único,  que le permite conservarse y reproducirse como una sociedad de estas características,  es la defensa y legitimación desde el poder, masivamente masculino, de una determinada  ideología de género. Esta ideología tiene como consecuencia obstruir  las posibilidades de opción femeninas en su seno, impidiendo su acceso a los ámbitos de decisión, en los que se establecen las principales actuaciones de la Institución,  de este modo las mujeres quedan en situación de simple acatamiento a lo decidido por las instancias masculinas.

Todas las Constituciones de todos los Estados miembros de las Naciones Unidas recogen entre sus primeros artículos el rechazo  de cualquier clase de discriminación por razón de sexo, raza, nacionalidad, religión, etc. porque entienden que todos los seres humanos somos iguales en nuestros derechos como tales seres humanos. Sin embargo parece que la Iglesia Católica no está de acuerdo con esta declaración de igualdad de derechos ya que no se ha adherido con su firma a la Convención sobre la eliminación de todas formas de discriminación contra la mujer aprobada en la asamblea general de las Naciones Unidas el 18 de diciembre de 1979 y firmada por casi 100 Estados.

Esta situación femenina en la institución eclesiástica católica plantea inevitablemente una serie de preguntas: ¿cómo es posible que las mujeres, que llevamos peleando por el reconocimiento de nuestros derechos desde el S.XVIII en Europa, que hemos conseguido, al menos, una igualdad formal en las Constituciones de la mayoría de los Estados del mundo y, sobre todo y con mucha dificultad, hemos conseguido que culturalmente la desigualdad  sea valorada negativamente entre nosotros/as, seamos sin embargo discriminadas de forma explícita en una institución como la Iglesia Católica? ¿Cómo es posible que la Iglesia, que es una institución plenamente inscrita en nuestra sociedad occidental, cuyos miembros son personas que se han criado y socializado en los valores democráticos,  que  pertenecen a esta cultura que defiende los principios éticos de la igualdad de todos los seres humanos como algo incuestionable, sin embargo defienda sin pudor la inferioridad de las mujeres y recoja esta idea en sus textos legales y doctrinales, así como en su funcionamiento, en el cual las mujeres tienen un lugar secundario en relación con los varones que ostentan un orden patriarcal? ¿Cómo es posible que la Iglesia no haya evolucionado? Y es más,  ¿cómo se dice cristiana una Institución que discrimina unas personas de otras por el simple hecho de haber nacido con un sexo determinado? ¿No es un aspecto nuclear del cristianismo la idea de que todos somos iguales, todos de un enorme y similar valor como seres humanos?

Discriminar, invisibilizar, ignorar, minusvalorar, marginar y, me atrevería a decir, explotar, ya que hay muchas más mujeres que varones trabajando en la Iglesia sin ningún tipo de reconocimiento, son formas de opresión  que forman parte de la experiencia común de todos los oprimidos de la historia: negros, pobres, migrantes, mujeres…

El Dios de los cristianos, a quien la Iglesia pretende representar, siempre se puso del lado de los oprimidos e invitó a todos sus seguidores a colaborar en su proyecto liberador. La Iglesia, que  difunde y defiende este mensaje  en relación con la situación de injusticia social de millones de seres humanos empobrecidos como consecuencia, en gran medida, del sistema neoliberal, sin embargo practica en su seno y sanciona con normas legales una discriminación activa hacia la mitad de la humanidad. Si esta grandísima incoherencia no se corrige, tendremos que pensar que tras su mantenimiento se oculta un oscuro deseo de poder masculino sobre las mujeres.

[1] Alberdi, Cristina, “Análisis de la realidad jurídica en torno a la mujer”, en López Gay, Pina (comp.), La mujer en el mundo actual, Madrid: Universidad Internacional Menéndez Pelayo, 1982, p. 71.

[2] Ley 14/1975 de 2 de mayo Sobre la reforma de determinados artículos del Código Civil y del Código de Comercio sobre la situación jurídica de la mujer casada y los derechos y deberes de los cónyuges. Boletín Oficial del Estado de 5 de mayo de 1975, nº 107.

[3] Ley 56/1961 de 22 de julio Sobre derechos políticos, profesionales y de trabajo de la mujer. Boletín Oficial del Estado de 24 de julio de 1961, nº 175.

[4] Las ideas expuestas en este apartado acerca de la discriminación educativa, laboral y política de las mujeres proceden de uno de mis artículos publicados en la revista Brocar nº 35, titulado “Las mujeres en Pakistán o el poder del patriarcado”, Logroño: Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Rioja, 2011, pp. 287-303.

[5] Ley 22/1978 de 26 de mayo Sobre la despenalización del adulterio y el amancebamiento. Boletín Oficial del Estado de 30 de mayo de 1978, nº 128.

[6] Ley 45/1978 de 7 de octubre Por la que se modifican los artículos 416 y 343 bis del Código Penal. Boletín Oficial del Estado de 11 de octubre de 1978, nº 243.

[7] Clavo, M. J., Inmigración femenina y ética, Actas del VII Congreso sobre Migraciones Internacionales en España, Bilbao, 11-13 de abril de 2012, pp. 3704-3705.

[8] Fernández Fraile, M. E., “Historia de las mujeres en España: historia de una conquista”, La Aljaba, Segunda época, Volumen XII, Universidad de Granada: Instituto de Estudios de la Mujer, 2008, p. 12.

[9] Cit., p. 2.

[10] Constitución española de 1978, art. 14. Boletín Oficial del Estado de 29 de diciembre de 1978, nº 311.

[11] Ibid., art. 32.

[12] Ibid., art. 35.

[13] Ley 8/1980 de 10 de marzo del Estatuto de loa Trabajadores, art. 4 C. Boletín Oficial del Estado de 14 de marzo de 1980, nº 64.

[14] Ley 30/1981 de 7 de julio Por la que se modifica la regulación del matrimonio en el Código Civil y se determina el procedimiento a seguir en las causas de nulidad, separación y divorcio. Boletín Oficial del Estado de 20 de julio de 1981, nº 172.

[15] Para una información más amplia sobre la situación actual de las mujeres en nuestro país se puede consultar el Tercer Informe 01/2011 sobre la Situación de las Mujeres en la Realidad Sociolaboral Española, elaborado por el Consejo Económico y Social (CES) de España.

[16] Centro de Investigaciones Sociológicas. Barómetro de noviembre 2010.

[17]Ob. cit., p. 290.

Aproximación a las teologías feministas

Aproximación a las teologías feministas

Editorial: Desvelar las teologías feministas

Punto de mira: El duro camino que vamos recorriendo las mujeres, MARÍA JOSÉ CLAVO SEBASTIÁN

Entrevista a ROSA CURSACH, SILVIA MARTÍNEZ, JUANJO SÁNCHEZ, EVARISTO VILLAR

A fondo: Las mujeres no somos un complemento: Una antropología patriarcal que mantiene a una Iglesia patriarcal, NEUS FORCANO APARICIO; Iglesia, cuerpo de mujer, PILAR YUSTE; Rozando lo increíble. Horizontes de las teologías feministas, MONTSERRAT ESCRIBANO CÁRCEL; Propuestas teológicas de las mujeres creyentes para un nuevo modelo de comunidad, SILVIA MARTÍNEZ CANO

En la brecha: Las mujeres y la teología, Mª LUISA PARET GARCÍA; Nuestra luz nos iluminará a todas, MARISA VIDAL COLLAZO

Actualidad: Selección y presentación de libros de teología de y sobre las mujeres, ANA UNZURRUNZAGA; Trump, JUAN DIEGO GARCÍA

Creencia en Dios, soberanía humana

Un nuevo libro de Manuel Fraijó, a quien nuestros lectores conocen bien, está siendo noticia desde hace ya unos meses. Su presentación en nuestra revista se estaba retrasando ya excesivamente por no coincidir en el momento un número con una temática de algún modo cercana al contenido y a los interrogantes del mismo: Avatares de la creencia en Dios. Para no retrasarla más, he buscado una vertiente que, si bien no es tema explícito del libro, constituye uno de los hilos rojos que lo atraviesan. La inteligencia y la lucidez con las que Manolo recorre, entrelaza e ilumina los avatares de la creencia en Dios reflejan, en efecto, una convicción sostenida a lo largo y ancho de su libro: la creencia en Dios, cuando es auténtica, constituye una fuente de inspiración, de esperanza y de sentido, es decir, si se me permite la licencia, de empoderamiento y soberanía del ser humano.

Una sola ojeada al índice de contenidos permite constatar una vez más las grandes cuestiones que mueven su pensamiento, desde sus primeros escritos hasta los últimos artículos, dos de los cuales, publicados poco después de la aparición del libro: ¿Solo una hamaca vacía? y ¿Por qué no lo hablamos? merecían sin duda estar en él. Esas cuestiones han tenido siempre que ver con el mal en el mundo y el sufrimiento de los seres humanos y a la vez con la esperanza y el sentido indefectiblemente ligados para él a la creencia en Dios y en la resurrección de Jesús, el Crucificado, que lo revela como un Dios de vivos y no de muertos, de sentido y no de frustración.

Dos de las entrevistas que abren el volumen, una de ellas, la segunda, concedida a nuestra revista ÉXODO, conducen de la mano a los lectores por los propios avatares del autor a lo largo de su trayectoria vital e intelectual, siempre a vueltas con Dios, con la religión y con el sentido de la vida de los humanos y del mundo. Y lo hace, como siempre, a su vez de la mano de los grandes pensadores que ha dado la mejor filosofía y teología, de los que él mismo ha bebido y a los que cita con frecuencia y lucidez, en el momento y el lugar acertados. Su relato se enriquece con ellas y se traba con la vida, convirtiendo su lectura en un recorrido sumamente enriquecedor y por momentos apasionante.

Uno de esos momentos se alcanza, sin duda, con el texto central del libro, que recoge las densas, y a la vez transparentes, reflexiones que Fraijó ofreció en las XXI Conferencias Aranguren. En ellas aborda uno de los temas más actuales y de mayor relevancia y gravedad para las grandes cuestiones planteadas en el libro: la reivindicación y el debate sobre una “religión sin Dios”. Pocos podrían abordar este debate con mayor competencia e imparcialidad que él. Pocos han sondeado con mayor intensidad y rigor, y con más exquisita delicadeza, la cuestión de Dios y sus avatares desde la Modernidad a nuestros días. Desde su tesis doctoral hasta su último artículo, arriba mencionado, ¿Solo una hamaca vacía?, este ha sido su tema. Y en este texto central ofrece una síntesis magistral de ese recorrido.

La actual reivindicación de una “religión sin Dios” no le pilla, ciertamente, de sorpresa. Él sabe muy bien que la “ausencia” de Dios es una experiencia clave en la mejor teología cristiana. Pero el destino de las innumerables víctimas de la historia cuyo grito cayó, histórica y definitivamente, en el silencio de la tierra, es también para él una experiencia demasiado seria que espera imperiosa una respuesta con sentido. Por eso cuestiona un desenlace plano y sin fisuras de la Modernidad en la muerte de Dios o, menos aún, en su ligera y banal negación. “¿A quién encomendar (a las víctimas) –pregunta–, o de quién esperar su salvación?”… No es esta una cuestión de la que se pueda pasar página alegremente: en ella está en juego la dignidad de los humanos, y por tanto su soberanía, no ciudadana, pero sí humana, aquella que tan vigorosamente reclamó el filósofo de la esperanza, Ernst Bloch, a quien por lo mismo Fraijó tanto gusta citar.

En la tercera parte del libro se recogen diversas conferencias que Manolo impartió en diferentes situaciones y momentos. Pero salta a la vista cómo en todas ellas da vueltas a los mismos interrogantes que respondía y a la vez dejaba abiertos en los textos anteriores: el mal, el futuro, la vida y el más allá, la esperanza… Y en todos ellos surge la cuestión de Dios como horizonte que sustenta la esperanza. Como horizonte, no como afirmación dogmática que no conoce la perplejidad y la duda inherentes a la finitud. Pero horizonte sin el cual difícilmente podrá darse una espiritualidad que merezca tal nombre, ni laica ni religiosa.

No podía faltar en este nuevo libro un capítulo dedicado a alguno de sus más próximos y más valorados pensadores: José G. Caffarena, Hans Küng y W. Pannenberg. Pensamiento (filosofía y teología) y biografía siempre estuvieron entrelazados en su reflexión.

El libro se cierra con una serie de artículos en los que se vuelve a escuchar el eco de las cuestiones centrales, ligadas ahora más a los avatares de la actualidad. En uno de ellos, que lleva el mismo título que este libro, Fraijó cita al gran Maestro Eckhart, quien era conocido como “el hombre del ‘sí’ y del ‘no’”, es decir del pensamiento dialéctico, abierto, sobre todo en la cuestión de Dios. Y en su nuevo libro sostiene con no menor lucidez esa misma apertura respetuosa. Leerlo es siempre una amable, pero irresistible, invitación a ese pensamiento abierto de Dios que no aliena nuestra dignidad ni autonomía, sino que las acrecienta, y así nos empodera.

 

 

 

Juan García y Pascual Serrano, Los gobiernos españoles contra las libertades

Hay una conclusión no escrita que recorre las páginas de este necesario y clarificador libro, la convicción de que en la dialéctica entre libertad y seguridad siempre acaba imponiéndose la segunda sobre la primera. Y hay también una ley que brota de forma inexorable cuando ciertos hechos sorprenden al ser humano y golpean violentamente su sensibilidad; la reacción de las sociedades en esos momentos, alimentada por el miedo y/o el deseo de venganza, no considera una pérdida volver sobre sus pasos e hipotecar su libertad. “El Estado entonces, afirman los autores, puede pedirles prácticamente lo que quiera a sus ciudadanos en términos de ataque a las libertades porque estos se lo otorgarán” (p. 7).

Estos comportamientos, que entre nosotros identificábamos más bien con la pasada dictadura, se constata —en este estudio crítico sobre el proceso legislativo desarrollado durante la Transición en España— que ni la Constitución, ni la implantación de la democracia formal han logrado erradicarlos. Todos los gobiernos (desde la UCD pasando por el PSOE hasta recalar en el PP) han mantenido, y a veces incrementado, esos restos de franquismo contra las libertades, insertados en nuestro ordenamiento legislativo y judicial. El ejemplo más elocuente lo tenemos en la creciente protesta social contra la escalada de medidas represivas que ha generado el último gobierno del PP. Añadiendo, además, que las mareas internas contra el recorte de libertades se han sentido secundadas por la denuncia de las más altas instituciones mundiales.

El libro se articula en cinco capítulos en los que sus autores van demostrando, paso a paso y con suficientes ejemplos prácticos, el que parece ser el propósito general del estudio y que resulta evidente a lo largo de todo el libro, es decir, el “retroceso de las libertades en España” que todos los gobiernos de la Transición –con el rechazo de las minorías críticas pero con el silencio de la mayoría social y parlamentaria–, han venido practicando. A este respecto, el título mismo es bien elocuente: “Los gobiernos españoles contra las libertades”.

En el primer capítulo, “Involución legislativa”, se constata que, so pretexto de combatir el terrorismo, los gobiernos, y de forma creciente, además del recorte de las libertades ciudadanas en la legislación, han venido reforzando (y hasta duplicando servicios) tanto los agentes de seguridad (cuerpos policiales y Guardia Civil) como las instancias judiciales (Audiencia Nacional, Tribunal Superior, Tribunal Constitucional). Observando de cerca este proceso de deterioro, uno se percata del “clima de desconfianza” que los gobiernos y sus instancias legislativas y judiciales rezuman con respecto a la sociedad. Más que instrumentos para el servicio de una convivencia pacífica y solidaria, parecen pensados para ponerla a raya por medio de la represión y, a veces, hasta de la tortura.

En el segundo capítulo, titulado “legislando contra el enemigo interior”, se hace un extenso y pormenorizado estudio centrado en las “leyes de seguridad ciudadana” –desde la Ley Corcuera de 1992 o “Ley de la patada en la puerta” hasta la “Ley Mordaza” de Rajoy de 2015–, que, a juzgar por su contenido, más bien parecen inspiradas en “la dialéctica amigo-enemigo” del filósofo y político nazi Carl Schmitt que en la Utopía de Tomás Moro. Se advierte fácilmente en este proceso legislativo cómo se van reduciendo las libertades constitucionales de expresión, información y manifestación y cómo el poder ejecutivo se va imponiendo y eludiendo paso a paso el control judicial.

El tercer capítulo, que se titula “legislando contra el enemigo exterior”, se centra en la política migratoria. Una legislación y unas políticas que, desde la creación en 1995 de los CIEs en aplicación de los acuerdos de Schengen, se han venido recrudeciendo, llegando en los últimos años a aberraciones del calibre de la privación inicial de la asistencia sanitaria, expulsiones en caliente o a las represiones y concertinas en Ceuta y Melilla, etc. Por su parte, la persecución del terrorismo “islamista” o “Yihadista” –sobre todo después de los atentados del 11-S en Nueva York, 11-M en Madrid, 7-J en Londres y 13-N en parís– está llegando al extremo de no distinguir “entre combatientes extranjeros que mantengan conductas ilícitas y aquellos que cometen actos terroristas” (150).

El Capítulo IV, “Cómo oponerse ante la represión de un Estado de derecho”, manifiesta la difícil ruta a seguir en la defensa de los derechos humanos ante las más altas instancias jurídicas tanto en España como en la UE. Es paradigmático, a este propósito, el caso del Tribunal Constitucional en España, dirigido por Francisco Pérez de los Cobos que mantuvo su filiación y militancia en el PP aun siendo magistrado de ese alto tribunal. ¡Qué difícil disipar, con semejante trayectoria, la sospecha de parcialidad en este tipo de dirigentes, cuando se sabe que ha sido impuesto por un partido que ha disfrutado de mayoría absoluta en las dos cámaras! Algo similar ocurre con las instancias jurídicas europeas, impuestas por el poder dominante y conservador.

Resulta casi imposible aceptar que una legislación regresiva para la ciudadanía pueda ser un instrumento útil para hacer frente a la delincuencia y el terrorismo. En su informe anual del 2015/16 Amnistía Internacional ha hecho un estudio de la legislación española en materia de seguridad ciudadana y ha mostrado, desde el punto de vista del respeto a los Derechos Humanos, su preocupación y denuncia. Antes lo habían hecho otras instituciones internacionales de altísimo rango ante la Ley Mordaza, el “régimen de incomunicación”, la “tortura”, la “libertad de expresión”, “las devoluciones en caliente”, etc.

El libro se cierra en su V y último capítulo con el título “El eterno equilibrio entre seguridad y libertad” en el que se aconseja al legislador –además de hacer “pocas normas”, y que la “ciudadanía sea consciente de ellas y las cumpla”, p 178– a moverse con cautela entre el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (que autoriza, por motivos de seguridad, a las Estados firmantes a restringir el ejercicio de algunos derechos) y los Principios de Siracusa de 1985 que señalan los límites de tal restricción. Lo que, en estos últimos años, parece que se ha olvidado en la legislación española donde “se aprecia, a juicio de los autores, una clara tendencia: la de ir incorporando medidas sancionadoras, disminuyendo garantías jurídicas y eliminando libertades” (p. 179).

Se trata de un libro necesario a tener en cuenta para conocer en qué marco jurídico y político estamos viviendo y, sobre todo, para mantener la tensión social hacia una ciudadanía libre y democrática.

Soberanía, poder y populismo: relámpagos en la noche, grietas en las paredes

De aquellos barros estos lodos

Decía recientemente una analista electoral que el enorme fracaso de las encuestas en las elecciones de junio de 2016 tenía que ver con un hecho novedoso: no sabían hacer encuestas fuera del bipartidismo. Algo parecido le pasa al sistema político actual: no sabe salir del juego turnista que ideó Cánovas del Castillo ligado a la Constitución de 1876, ese juego invariable en su esencia que sería falsamente interrumpido por Primo de Rivera en 1923, desterrado en nombre de la democracia por la II República en 1931, ahondado con el partido único el franquismo en 1939 y recuperado en la II (o III) Restauración Borbónica con la Constitución de 1978 y el régimen electoral marcado por la Ley para la Reforma Política de 1976. De aquellos barros estos lodos.

El neoliberalismo tiene una rara virtud: fracasa hacia delante (fail forward), es decir, sale de sus crisis emulando el famoso ejemplo del barón de Münchausen, que salió de un pantano con su caballo tirándose de los pelos hacia arriba con gran éxito. En otras palabras, sale de las crisis recetando más medicina de la misma que nos había enfermado. Las recetas con las que se salió de la crisis de 1973 –explotación de la naturaleza, de las generaciones futuras vía deuda, de los países del sur y de los trabajadores– parece agotada salvo en lo que toca a los trabajadores.

Ser pesimistas esperanzados

Parece que estamos condenados a escoger como salida a la crisis del neoliberalismo entre alguna forma de “gran coalición” guiada por el “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, o bien asumir un populismo de extrema derecha. Surgen preguntas. ¿La crisis de la socialdemocracia, convertida en muleta de los partidos conservadores, nos aboca, como en la noche de los años treinta, a un escenario aterrador de guerra y violencia? ¿Tiene herramientas la ciudadanía para salvarse a sí misma imaginando escenarios alternativos? ¿Es el pesimismo el único lugar de análisis? ¿Por qué si todo es una basura sigue viniendo cada noche la luz de la luna a batir la hierba? La decepción conduce a la deserción. El panorama no invita a grandes alegrías, pero el pesimismo es una forma vergonzante de resignación y rendición. Como en otros momentos de la historia, toca, al fin y al cabo, ser pesimistas esperanzados. Contraponer gramscianamente al pesimismo de la inteligencia el optimismo de la voluntad. Saber que lo que diferencia a una persona progresista de otra conservadora es la confianza en el ser humano. Si has abandonado toda esperanza ya perteneces al escuadrón de los zombies.

Desde finales del siglo XIX, todas las crisis del capitalismo han sido también crisis del parlamentarismo y del liberalismo. De hecho, estas crisis son ángulos de la misma realidad: la economía de mercado (signada por el laissez fair, laissez passer), la filosofía liberal (que expresa el pensamiento de la burguesía como clase en ascenso frente a la monarquía absoluta), y la democracia parlamentaria, que cobró fuerza con las revoluciones inglesa, americana y francesa. La democracia parlamentaria se sostiene sobre la democracia representativa, esto es, sobre la abolición del mandato imperativo que marcó la Constitución francesa de 1793.      

Reclamación de la democracia frente el liberalismo

La filosofía liberal descansa sobre el individualismo posesivo y la propiedad privada, de ahí que la división de poderes y los check and balances –pesos y contrapesos– sean la posibilidad del garantismo que ofrece el estado de derecho. La economía de mercado descansa a su vez sobre la conversión de cada vez más ámbitos de la existencia en mercancías, donde alguien, intercambiándolas, gana un beneficio. Incluidas falsas mercancías que el capitalismo no crea pero las usa hasta convertirlas en fragmentos carentes de sentido colectivo e, incluso, de posibilidad de supervivencia. Así es con el conocimiento, con el dinero, con la tierra y con los seres humanos. Tenía razón Marx cuando planteaba que el capitalismo lleva en su seno su propio sepulturero: sobrevive enajenando cosas que no crea y que devasta. Y la conversión en mercancías de la tierra, de las personas, del dinero y del conocimiento termina por detonar con furia devastadora.

Como el sistema capitalista funciona a base de crisis, cada vez que el reajuste de la tasa de ganancia tiene como resultado el empobrecimiento de las mayorías, los damnificados de las crisis cuestionan el marco político tanto en términos teóricos como en términos prácticos, impugnando a los políticos, los partidos y las instituciones. Ese pueblo enfadado que impugna la quiebra del contrato social se encuentra a sí mismo reflejado en el espejo de su ira, articulándose como soberano, como poder constituyente, como pueblo “en armas”. Es la reclamación de la democracia frente a la reclamación liberal.

La respuesta a las crisis económicas en el ámbito occidental tienen forma de lo que entendemos como “populismo”, esto es, un momento de impugnación de la democracia representativa y de las fallas en la redistribución. Es verdad que el concepto “populismo” es un concepto “nómada” y “vagabundo”, ambiguo, y que pertenece más al ámbito de la pugna política que al análisis. Pero necesitamos una palabra enfriada para entender dónde estamos. Y evitar, como decía Ortega, hacer cierto que lo que nos pasa es que no sabemos qué nos pasa.

El enfado ciudadano con la situación política y económica va a generar dos grandes movimientos con posibilidades electorales: uno de defensa del statu quo, que aglutine a los viejos partidos (las grandes coaliciones), y una respuesta “populista” –identitaria, enemiga de las élites, contraria a la corrupción, que reclama la nación como cemento social– que podrá a su vez tomar dos formas: una que azuza los excesos del sistema para mantener el sistema (el populismo de extrema derecha que crítica los excesos del sistema pero no cuestiona el sistema), y otra que aprovechará el enfado popular con el incumplimiento de los acuerdos democráticos para ahondar en la democracia, en la justicia y la libertad.

Equivocaciones de las izquierdas

El momento populista –que es por definición transitorio, pues la mera impugnación no construye una sociedad alternativa– se alimenta de la incorrección política, apela a las pasiones como sustituto del cemento social que toda sociedad necesita y que ya no otorga ni el poder ni las instituciones cuestionadas. Desde la crisis de los setenta, la izquierda viene equivocándose en tres cuestiones: no asumiendo la derrota del keynesianismo, que fracasó por su propia impotencia para solventar el crecimiento de la inflación al tiempo que aumentaba el desempleo; su renuncia a buscar soluciones hacia delante, sustituyéndolas por una petición llorosa de regreso al pasado; y su conversión en defensora del sistema al regalarle a la derecha todo el campo de la incorrección política, de manera que desde el socialismo o la izquierda transformadora se reclamaba el “patriotismo de la Constitución”, mientras que la extrema derecha confraternizaba con el pueblo dándole herramientas para canalizar su rabia desde una posición que incorporaba las pasiones.

El populismo, pues, es un recordatorio de la democracia prometida y no cumplida. Es un espejo (Panizza) donde la democracia puede mirarse sin las mentiras del espejo de la madrastra de Blancanieves. Nace como un problema de representación, de la incapacidad de las élites de solventar las necesidades del pueblo y sus inseguridades. El populismo es, al fin y al cabo, la expresión de un deseo frustrado de democracia, de igualdad y de seguridad. Y también un momento de autoafirmación. Tiene que ver con aquello que decía Rousseau en El contrato social: que tontos los ingleses, que creen que son libres porque votan, cuando sólo lo son una vez cada cuatro años. No en vano, la Comuna de París de 1871 recuperó la democracia directa y abrió el revocatorio de los mandatos.

 Confluencia actual de dos tradiciones: la liberal y la democrática

Para terminar de entender el momento actual, es necesario considerar antes que la actual democracia viene de dos tradiciones opuestas. Por un lado, la tradición liberal, individualista, firme defensora de la propiedad privada, ligada al pluralismo, defensora de la división de poderes y profundamente desconfiada de las masas y del sufragio universal. Enfrente, la tradición democrática, basada en la soberanía popular y firme defensora de la justitica y la igualdad. A lo largo del siglo XX las dos tradiciones fueron contaminándose mutuamente. El liberalismo se fue haciendo democrático (Cánovas estaba en contra del sufragio universal) y la democracia se fue haciendo liberal (asumió la representación y la propiedad privada). Pero no deja de ser cierto que cada vez que el modelo económico entra en crisis, el liberalismo anula la democracia. Puede hacerlo en dos direcciones. Una, convenciendo al pueblo para que apoye salidas populistas dirigidas por aquellos que, como decíamos, basándose en los excesos del sistema logren un apoyo popular para mantener el sistema. El ejemplo más reciente está en Trump o en el avance de la extrema derecha europea. Si esto falla, el liberalismo fracasado en la tarea de debilitar la tradición democrática tiene siempre la salida extrema del fascismo, sea en su vertiente violenta de los años treinta o en la más moderna y eufemística de lo que Boaventura de Sousa Santos llama “fascismo social”, regímenes fascistas en sus consecuencias bajo ropajes formalmente democráticos. El “fascismo financiero” es el instrumento por excelencia de este fascismo del siglo XXI.

Estamos, sin duda, en un cambio de época. Una parte permanece en el pasado y otra está transitando. Es generacional, pero no sólo. Llevamos décadas hablando del déficit democrático de la UE. El colofón tenía que ser necesariamente el auge de los partidos populistas de derechas. Que se cuelan porque hemos renunciado a conflictuar. Es la época de la política sin adversario, ese “fin de la historia” anunciado por Fukuyama. Como ya no habría conflicto al hundirse la Unión Soviética, se inauguraba la era del consenso donde ya no habría ninguna diferencia estructural que justificase salirse de ese consenso. Nace el tiempo de la gobernabilidad –la lucha contra los “excesos de democracia”– y de la gobernanza –la política sin conflicto–.

Sustitución de la política por la moral

Por eso, el fin de la política tiene como colofón la sustitución de la política por la moral. Desaparecen los análisis y son sustituidos por los anatemas. No es conflicto político sino confrontación moral y, por tanto, no puede gestionarse. Hillary Clinton no quería discutir con Trump sino demonizarlo. Y esa demonización no sirve para casi nada porque carece de herramientas para entender. Si hubiera optado por una crítica política, tendría que hablar de los tratados de libre comercio y de la globalización. Cuando analizas, te encuentras con que Trump es tan neoliberal como Clinton, Rajoy o Rivera, con la diferencia de que no le da vergüenza ir vestido de neoliberal. No olvidemos que Trump le ha robado el discurso de la democracia al Partido Demócrata, que hizo trampas para liberarse de Bernie Sanders. Al que acusaron de populista dentro de sus propias filas. El único que podía haber ganado a otro populista. Cuanto más moralizas, más caes en la pospolítica.

Berlusconi era un consumidor asiduo de prostitutas votado por monjas. Los pobres votan a sus verdugos. Entre los votantes de Ciudadanos hay un 20% de gente sin ingresos. Al PP le han votado ancianos que vacían su cuenta para ayudar a los nietos sin futuro. El miedo congela la política y le abre las avenidas a una moral de brocha gorda. En el reino de la moral, Berlusconi o Aznar no dejan de ser “uno de los nuestros”. En cambio, si hablas de política desaparecen las coartadas. Recuperar la pasión en la política no significa renunciar a la razón y, mucho menos, reducir la política a una confrontación extrema “amigo-enemigo”. La política tiene muchos grados, y entre la gobernanza y la guerra hay muchos grados. La política tiene moral, igual que tiene economía y está sometida a las normas. En la realidad, todo está mezclado. Pero conviene recordar que la política gestiona los conflictos sociales, que existen por la dualidad entre nuestra condición individual y nuestra condición social, y que la herramienta es el poder. Mientras que la moral gestiona la reciprocidad social que construye la integración a través de las normas. Mezclar estos ámbitos es como poner publicidad en un libro de texto o pagar por tener amigos: es confundir ámbitos sociales que tienen diferentes medios de intercambio.

La democracia convertida espectáculo

El populismo está en el corazón de nuestras democracias porque la democracia se ha convertido en espectáculo. Los líderes pueden llegar al pueblo sin la necesidad de la intermediación de los partidos. Esa ausencia de instancias intermedias –los partidos se han convertido en empresas alejadas de la ciudadanía– conecta desde el vientre con los deseos (falsos) de la gente. Por eso las campañas electorales son igualmente un espectáculo. Decía Gerald Ford (aunque seguro que se la escribieron), que tenemos candidatos sin ideas, que contratan asesores sin convicciones para hacer campañas sin contenido.

Regresando a España, es ahí donde se entiende el matrimonio de conveniencia entre los dos principales partidos españoles (y el partido inventado por el Ibex 35 para hacer de muleta del bipartidismo enfermo) y entre el neoliberalismo y el populismo de extrema derecha.

El populismo siempre es una impugnación. Pero puede ser una impugnación desde el plató de Gran Hermano y los clubes de fútbol –recordemos a Jesús Gil– o una impugnación desde las calles (lo que ocurrió con el 15M). No hay que olvidar que, de alguna manera, toda la política se ha hecho populista, entendiéndola como simplista, banal, falsamente cotidiana: los políticos van a los mercados, bailan, tocan el saxofón o la guitarra, se visten de campesinos, se hacen los campechanos.

El sistema será el que reparta qué es de recibo y qué no. Será el que identifique si la apelación populista es sistémica o antisistémica. Esperanza Aguirre se presentó a las elecciones con una hoja de programa. Ahora Madrid no habría podido hacerlo. En los USA Sanders hubiera recibido críticas brutales por decir lo mismo que Trump.

En esa apelación sentimental a la nación, que debe hacer de cemento social una vez que han desaparecido las uniones frías de la ley, de la redistribución económica o de la política institucional, el populismo se muestra impaciente. Y de ahí que sea demasiado fácil que la apelación a la patria como cemento social termine abundando en el racismo y la xenofobia. Y esa urgencia se traduce, de manera inmediata, en alguna forma de odio. En toda protesta popular hay prisa. Es propio de quien viene de fuera de la política y desconoce que las cosas no siempre son tan sencillas. La prisa termina cuestionando a todos los que refrenen los cambios. El populismo solo puede ser un momento, pues de lo contrario se convierte en un infierno. Los pesos y contrapesos liberales tienen mucha inteligencia. El populismo siempre decepciona, porque las instituciones son un invento humano para enfriar las decisiones. Por eso, igualmente, es esencial que cada generación actualice su compromiso con el contrato social discutiendo y votando su Constitución.

Las “grandes coaliciones” son un intento desesperado de mantener un régimen que hace agua por todos lados (en el caso de España, hay que añadir a la crisis económica y del bipartidismo, la crisis territorial y la debilidad de la monarquía tras la abdicación de Juan Carlos I). El neoliberalismo es un sistema que solventa sus crisis, como veíamos, con más de lo mismo: mayor devastación medioambiental, mayor empobrecimiento del Sur, mayor deuda para las generaciones futuras, mayor expropiación de las mayorías y mayores tasas de explotación. Al fallar esos ámbitos, reaparece la ratio última: más guerras.

Sacar conclusiones de todo lo aprendido

El 15M impugnó el relato neoliberal, abrió brechas en la pared, pero la pared sigue firme. El surgimiento de Podemos fue un relámpago en la noche, pero, pese a evidentes éxitos, sigue reinando la oscuridad. Comienza una nueva etapa donde hay que sacar conclusiones de todo lo aprendido. Eso se llama revisitar las calles con la experiencia institucional y llevar a las instituciones la solución a las necesidades populares expresadas y convertidas en conciencia en las calles. Sabiendo que las soluciones no son nacionales sino, como mínimo, europeas. Y que los retos son tan enormes –robotización de la economía, envejecimiento de la población, migraciones, cambio climático– que no vamos a encontrar soluciones que no nazcan participadas en el diagnóstico de la propia ciudadanía. La política emancipadora tiene que volver a ser útil a la gente. Militar en un partido de cambio debe traducirse en estar disponible para ayudar a los que peor les va en el modelo neoliberal.

Sin dicotomía entre la calle y las instituciones

Entre el Partido Popular y el PSOE han perdido más de cinco millones de votos. Pero juntándose, y con la ayuda de Ciudadanos, aún aguantan. Hay grietas, pero queda pared. Sus graneros son zonas rurales, población mayor de edad y gente con escasos estudios. Personas que son susceptibles del discurso del miedo. Y ese miedo tiene también sus razones y hay que respetarlas. Las alternativas tienen que demostrar que traen soluciones donde la esperanza venza al miedo. Por eso es tiempo de calle –para recibir el cuaderno de quejas de las necesidades ciudadanas y solventar problemas concretos de vivienda, luz, comida, necesidades básicas– y también de Parlamento, donde una mayoría tiene que ver a una formación política con capacidad de hacerse con las riendas del Estado. No hay dicotomía entre calle e instituciones. Hay que empezar a construirlas como permanentes vasos comunicantes.

Ha llegado la hora de reinventarnos

En 2016 están antiguos los periódicos, las universidades y las escuelas, los ateneos y los partidos políticos. Su renovación no puede dejarse en manos del mercado, que lo hará con la brutalidad clásica. El mercado quiere que los viejos se mueran antes, que se privatice hasta la última gota de agua, que se patenten hasta los pronombres, que se dispare a los inmigrantes y que la mano de obra que no pueda sustituirse por robot se remunere a precios chinos o se vaya a vivir a los vertederos. Ya ha pasado en varios continentes. Esta realidad inhumana ya ha llegado a Europa. Y por eso también ha llegado la necesidad de reinventarnos. Sin nostalgia y sin un optimismo absurdo. Sabiendo que hay mucha pared y mucha noche. Pero construyendo fuerza desde las grietas y guardando en la memoria los relámpagos para alumbrar el futuro. Por eso, la idea de un proceso constituyente vuelve a emerger con toda su fuerza. Una ciudadanía consciente que se dota a sí misma del contrato social con el que quiere convivir. Un proceso constituyente que obre como una escuela de ciudadanía capaz de superar las heridas que arrastra España desde, cuando menos, el siglo XIX: la herida colonial del irrespeto a América Latina y África y la sumisión a Europa, la herida territorial del desconocimiento de que España es un país de países, la herida social de las desigualdades y la herida ciudadana del país que inventó la picaresca como respuesta a un Estado que daba poco y exigía mucho. Un proceso constituyente que al tiempo esté en las calles solventando problemas. Que esté, al tiempo, orando y con el mazo dando.