Acantilados, muros y cumbres. La Europa necesaria

Recrear un proyecto colectivo desde la realidad histórica, sin ensoñaciones ni pragmatismos, lleva consigo establecer un “horizonte de expectativas” que abra posibilidades inéditas sin crear expectativas ficticias; requiere, asimismo, una “energía utópica” que active alternativas en el presente y acredite lo deseado; y no pueden faltar “frenos de emergencia” que se disparen en contacto con la inhumanidad. Los tres dispositivos –horizontes, energías y contenciones– se incubarán en las propias capacidades de los pueblos, con sus anhelos e inercias, contradicciones y atrasos. Amin Maalouf en su libro “El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan” (2009) identificó las tentaciones, que vive la marcha de la historia, a través de la imagen del alpinista que pierde pie al escalar un acantilado. Unos consideran inevitable la caída al precipicio, otros se agarran inmóviles a la pared y hay quienes se conforman con lo alcanzado. Europa ha sido erosionada por las crisis financieras, económicas, políticas y culturales y se ha abierto una brecha, difícil de saldar, entre el proyecto europeo y su realidad, entre los propósitos fundacionales y sus resultados actuales. Su trayectoria, tan prometedora, se ha estancado y necesita recrearse de nuevo ya que Europa es más que la Unión europea

Europa será siempre un proyecto abierto e inacabado y al arraigar en las actuales condiciones sociales, evitará la decepción colectiva de quienes no viven lo que humana, social y políticamente se puede hacer. ¿Es posible recrear los dinamismos europeos en el actual contexto mundial? La Unión, posible y necesaria conoce lentitudes, insolidaridades y egoísmos manifiestos, pero, según la premonición de gran poeta europeo Hölderlin “donde está el peligro, allí está la salvación”.

Acantilados

Muchos europeos sufren la tentación del alpinista que se deja vencer por el precipicio. Hombres y mujeres, grupos sociales y estados nacionales, ante la erosión del proyecto fundacional, saltan al vacío y arrastran en la caída a la cordada entera; hoy representan un gigantesco depósito de energía destructiva. Sienten traicionadas sus expectativas y excluidos de sus beneficios. La expresión más lúcida de esta realidad se expresó en una de las pancartas que presidían las revueltas de las periferias de Paris “A nuestros padres humillasteis y a nosotros cerrasteis las puertas”. Ese grito ofrece los mimbres de la recreación europea, que no podrá basarse en la humillación ni en el descarte. La Unión o será una sociedad decente e inclusiva o no será Europa.

Un segundo precipicio acontece en la eclosión de las soberanías como territorios desgajados del resto. Hay una Unión Europea diseñada por los países ricos para mantener su prosperidad y ganar en competencia frente a otras áreas geográficas de influencia. Una Europa que se sustente exclusivamente sobre el interés y el beneficio se precipitará en el acantilado. El Brexit es solo una señal que arrastrará en su caída a algunos países y grupos que levantan la bandera de los intereses particulares y lealtades nacionales. A esta deriva no se le vence desde el centralismo ni desde la negación de las diversidades culturales e históricas sino, como propone Jeremy Rifkin en “El sueño europeo” (2004), “desde la recreación de unos vínculos comunes sociales, filosóficos, culturales y teológicos, capaces de unir a los pueblos. La creación de un espacio trasnacional y una forma de gobierno en red necesita de una conciencia global compartida”.

Y, en tercer lugar, la Unión se asoma al precipicio cuando convierte la mercantilización en su meta y criterio y pospone la solidaridad real entre los pueblos. Desde sus orígenes, la Unión ha tenido dos almas: el mercado común y la amistad cívica, que no siempre caminan en el mismo raíl. Son distintos los tiempos que necesita la construcción de un Mercado Único, sin fronteras ni distancias, y los tiempos largos que trasforman valores, estilos, y lealtades que fueron amasados en una historia de guerras militares, confrontaciones de intereses, desencuentros culturales y conflictos nacionales. La prueba mayor de esta deriva es la insolidaridad ante los refugiados, que muestra el tamaño del egoísmo de los países ricos ante quienes llaman a sus puertas, siguiendo unas veces la ruta del capital y otras huyendo del terror. El horizonte y la energía europea se recrearán como espacio de hospitalidad, acogida y vínculos solidarios

Michel de Certeau, el llamado caminante herido, solía decir que “más allá del acantilado, solo está el mar” pero hoy sabemos que ese mar es tanto la cuna de la dignidad y de los derechos humanos, como el cementerio de vidas desahuciadas de quienes, venidos de otra parte, buscan pan, techo, trabajo y paz.

Muros

Asimismo, la Unión vive una situación similar al alpinista que al perder pie en lo que parapetarse, buscar refugio, ponerse a cubierta, esperar que pase el peligro. El principal refugio que se busca es el regreso de las fronteras que anteponen la seguridad a cualquier otro valor y dificultan la movilidad de personas. Se espera que los muros defiendan a Europa de aquellos peligros que se cree que vienen de fuera. Y, de este modo, la Unión está atrapada entre la vieja política de los territorios acotados y la nueva economía de los espacios globales. Se niega de este modo el hecho constitutivo de Europa que se ha construido durante miles de años en oleadas de inmigrantes: llegaron los romanos, los fenicios y los celtas y se quedaron, llegaron los árabes y se quedaron: para todos hubo tierras y acomodo. No hay ninguna razón para pensar que en la Unión, los recién llegados no encuentren acomodo, aunque ya no busquen tierra, sino trabajo y bienestar. A futuro, la Europa necesaria y posible no podrá construirse sobre espacios amurallados; aunque solo sea porque, como ha mostrado el historiador Josep Fontana en “Europa ante el espejo”, “una de las pocas lecciones de la historia que parecen tener validez universal es que ninguna muralla protege permanentemente a una colectividad de invasores que la amenazan, si no consigue establecer alguna forma de pacto con ellos”. En la actualidad, empieza a abrirse la convicción de que ninguna frontera defiende de los nuevos riesgos globales, y que el viento de la historia seguirá soplando cada vez más fuerte y veloz contra los territorios auto-suficientes. Sólo una Europa inclusiva y solidaria será segura. Cuando la seguridad y la inclusión se divorcian se inicia una deriva hacia el fortalecimiento de los fronteras y hacia políticas erráticas de extranjería.

Los muros que pretenden defender a la Unión serán por el contrario sus fosas. Si no vienen inmigrantes, Europa morirá por envejecimiento –uno de cada cinco europeos tiene más de 60 años–, y dejará de apostar por un mundo globalizado, ni siquiera podrá mantener los niveles de vida a los que se han acostumbrado sus ciudadanos; pero si vienen ocupan jardines, sobrecargan los presupuestos del bienestar y confrontan el sentido de la propia identidad. Ser aceptado en las fábricas y ser rechazados en las discotecas y en los hospitales no puede marcar el futuro europeo; en este caso, solidaridad e interés se hermanan mutuamente.

Un muro denso se ha construido con las políticas de austeridad, que han situado a Europa entre la espada y la pared; los recortes sociales han erosionado los derechos humanos y llevan camino de convertir a la Unión en un club de privilegiados, más preocupada por la defensa de los fuertes que por el fortalecimiento de los débiles, más por los resultados bancarios que por el rescate de personas y familias. La ruptura del consenso socialdemócrata, que estuvo en los orígenes de la Unión, y el alineamiento con la visión neoliberal ensombrece hoy el futuro de Europa. Ante este panorama cabe recordar la advertencia del papa Francisco: “ante los males y los problemas… es inútil buscar soluciones en conservadurismos y fundamentalismos, en la restauración de conductas y formas superadas que ni siquiera culturalmente tienen capacidad de ser significativas”.

Cumbres

Una parte de la Unión sufre el mal de altura que consiste en creer que ya se ha llegado al lugar donde se podía llegar y en consecuencia no es deseable aspirar a algo distinto de lo conseguido ni justifica iniciar una etapa nueva y distinta. Países que al entrar en el club pretenden cerrar la puerta a quienes vienen detrás. Aplican a los otros lo que nunca quisieron que se hiciera con ellos.

Una forma perversa de la cumbre ha llevado a la Unión a creerse el ombligo del mundo. El eurocentrismo ha distribuido patentes de civilización, y se ha propuesto como la vía única e irreversible de entender la democracia, el desarrollo, la racionalidad, o la forma de vida. Es cierto que el recorrido ha llegado a conseguir beneficios indiscutibles como el cese de las guerras entre Estados y religiones; ha alcanzado altas cuotas de bienestar, salud y educación: ha promovido una clase media que ha sido un importante amortiguador de conflictos y violencias. Incluso ha sido un lugar privilegiado de los derechos humanos, civiles, políticos y sociales. Sin embargo, la cima alcanzada no es una estación-término, sino que es ahora cuando se pueden acometer los verdaderos combates de nuestro siglo: vencer las enfermedades, frenar el envejecimiento, retroceder la muerte natural, liberar de la pobreza y de la ignorancia, crear espiritualidades, respetar el planeta Tierra… Según Maaluof “tales son las únicas conquistas que deberían movilizar las energías de nuestros hijos y descendientes”.

Es ahora cuando la Unión europea está en condiciones de constituirse como una sociedad inclusiva que viva la diversidad como riqueza ya que los recién llegados, en su mayoría, traen consigo su cultura, sus tradiciones, sus lenguas, sus dioses, sus folclores. Llegan con sus apegos y lealtades y están dispuestos a mantenerles; a diferencia de otros modelos, en el que los recién llegados se asimilan rápidamente a la cultura dominante e intentan acomodarse al estilo de vida mayoritario haciendo lo posible por despojarse de su pasado; empezar de nuevo era parte inseparable del sueño americano. La dinámica de la globalización, a causa de la comunicación y los trasportes, permite vivir simultáneamente en mundos diferentes, y mantener frecuentes contactos a través de Internet, telefonía o viajes a bajo coste. Hoy la televisión permite que un africano inmigrante en Europa pueda ver la programación de su país durante todo el día.

La Unión a futuro será un laboratorio de la interculturalidad entre el centenar de nacionalidades que hablan más de ochenta lenguas diferentes. Los intentos de asimilación monolítica e intolerante de esta diversidad no marcan el futuro de la Unión ya que Europa será una realidad multicultural, cosmopolita y plural; y no podrá construirse sobre el desprecio a lo diferente, sobre racismos o xenofobias ni sobre la violencia a las diásporas culturales. Europa no puede sostenerse sobre chivos expiatorios ni sobre víctimas propiciatorias, que tradicionalmente han cohesionado a los Estados-nacionales y sólo sirvieron para crear pirámides de sacrificios, ciudadanos subalternos y grupos a la defensiva. Las distintas culturas y religiones forman parte de Europa y los últimos llegados son ciudadanos europeos dueños de su propia historia; nadie puede vivir permanentemente a la defensiva ni sentirse constantemente amenazado, si eso sucediera se convertirían en la principal amenaza al proyecto europeo.

Por su propia naturaleza, Europa no ha llegado a la cumbre sino que en sus genes está ser una realidad en construcción. No se es Europa sino que se espera serlo. Le pertenece la “historización” de la razón que nunca puede absolutizarse en una sola de sus manifestaciones sino que se realizará como un lugar polifónico de las racionalidades. Es el lugar de la pluralización de los caminos del desarrollo, sólo el eurocentrismo ha podido convertir el camino de la Unión hacia el bienestar como camino a recorrer por todos los pueblos. Cada vez que el sueño europeo se detenga o considere que ha alcanzado la cumbre posible, entrará en caída libre. Los intentos actuales por convertir el Tratado de libre comercio con EEUU de América o la construcción de un área comercial frente a los países emergentes en el techo de Europa marca el tamaño de la deriva de una realidad abierta e imperfecta. La cima es imposible en un proyecto que se ha incubado sobre la voluntad de universalidad. La Unión sólo será Europa si es capaz de reclamar la puesta en marcha, a escala planetaria, de un nuevo contrato social basado en los derechos humanos, en la generalización de la salud y de la educación, en la universalización del bienestar, en la lucha por los objetivos del Milenio. Las esferas de justicia y de solidaridad, que crearon a Europa, se han de extender a toda la humanidad. Esta universalización no vendrá traída por populismos ni será un país de Jauja, cuyas expectativas quedarían de inmediato satisfechas sin demoras ni distancias, como en algún tiempo se creyó que entrar en la Unión ponía al alcance de la mano el bienestar, la democracia, la prosperidad, el crecimiento, la paz entre las naciones. Hoy la universalización será un proceso que anide en la realidad histórica, se incube en las mayorías populares y se sostenga en la conciencia cívica colectiva.

El sueño europeo era un proyecto fundado en criterios igualitarios y universalistas que pleiteaba con las visiones particularistas. La acogida del extranjero, inmigrante o refugiado era la prueba de la universalidad, de quien se esperaba que completara nuestra visión de las cosas y enriqueciera, social y culturalmente, el patrimonio europeo; cuando el extranjero sólo importa porque trae beneficios económicos y laborales, se tambalean los cimientos de la Europa unida. La responsabilidad por la violación de los derechos humanos no acaba en los confines de la Unión, sino que su universalización constituye la misión esencial de Europa; y si no lo hace, como han denunciado los movimientos sociales, organizaciones solidarias e iglesias, “la Unión europea está abriendo un nuevo capítulo oscuro de su historia” Todos ellos, han levantado conjuntamente sus voces para que se abandonen las estrategias represivas y no se destinen los fondos para la lucha contra el hambre y la pobreza a la contención de inmigrantes. Se trata en palabras del papa Francisco de convertir Europa en “la madre de la dignidad”

La Conferencia de las Iglesias europeas quiere servir al proceso de reinventar Europa desde la modestia de quienes son “conscientes del papel ambiguo que la religión ha jugado en Europa a lo largo de los últimos 2000 años: cruzadas, guerras de y entre religiones, inquisiciones, estructuras patriarcales, persecuciones de brujas, colonizaciones, trata de esclavos, racismo y fascismos”. Y desde este reconocimiento, considera los actuales desafíos como un momento de verdad para el futuro de una Europa “caracterizada y fundada sobre identidades múltiples…, más interesada en construir puentes que en fortalecer murallas; no podrá sobrevivir como un faro de esperanza si la ley del mercado es la única guía, necesitará grandes dosis de reconciliación, de perdón, solidaridad y reconocimiento de la dignidad de todos”

La economía política de la “integración europea”, contra la democracia

“No puede haber elección democrática contra los tratados de la UE”, Jean-Claude Juncker, Le Figaro, 11 de febrero de 2015

Que la UE se encuentra en una crisis profunda es un diagnóstico que ya nadie discute, ni siquiera sus principales portavoces, a la vista de la deslegitimación social que está soportando por sus políticas austeritarias, del ascenso de los nacionalismos de Estado xenófobos y la crisis del derecho de asilo y refugio, o del posible “efecto contagio” del Brexit. Discursos y declaraciones como las que en este mes de septiembre han hecho el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, reconociendo que la UE conoce una “crisis existencial”, o el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schultz, según el cual “si continuamos así, destruiremos la UE”, vienen a corroborarlo. La Cumbre de Bratislava ha venido a confirmar la atmósfera de incertidumbre que también reina entre los ya 27 Estados miembros, tan solo unidos en torno a la construcción de una “Europa Fortaleza”, con más muros y vallas.

No me corresponde entrar en el análisis de todos los factores que han podido conducir a esta crisis, pero es evidente que el denominado eufemísticamente “déficit democrático” que caracteriza a la UE ha contribuido a la agravación de la misma y es inseparable de la economía política que ha caracterizado la puesta en pie del “proyecto europeo” desde el principio. Recordemos que la “integración europea” no se inició mediante un proceso constituyente protagonizado por el conjunto de los demoi de los Estados fundadores, sino que fue más bien fruto de un acuerdo por arriba entre las elites políticas y económicas de los grandes Estados. Ocurrió así porque el objetivo común, promovido principalmente por los gobiernos de la República Federal de Alemania y Francia, pero hegemonizado por el “ordoliberalismo” germánico, era muy claro: ir sentando las bases de un nuevo bloque económico y comercial mediante una economía política que fuera modificando la relación de fuerzas favorable a la clase trabajadora que se había establecido en países como Francia e Italia tras la derrota del nazismo y del fascismo.

De sus orígenes elitistas…

En efecto, la historia de la “integración europea”, a partir de la creación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA) en 1951 y, sobre todo, desde el Tratado de Roma de 1957, ha sido en realidad la del proceso de construcción de un espacio-mercado común y luego único al servicio de las élites dominantes en los Estados firmantes de esos acuerdos, siempre en alianza con la gran potencia estadounidense sobre la base de una firme alianza militar en el marco de la OTAN, creada en 1949. En aquel Tratado se apostaba ya por la “libre circulación de mercancías, trabajadores, servicios y capitales” y por eliminar todo tipo de restricciones al comercio y a los intercambios internacionales; simultáneamente, se rechazaba cualquier petición de inclusión de políticas que apostaran por la armonización social entre los países miembros, cuestión que ya fue denunciada entonces por algunos políticos socialistas franceses. Ese proyecto pretendía en realidad ir contrarrestando mediante la progresiva puesta en pie de un “federalismo ejecutivo y posdemocrático”, en palabras que luego emplearía Jürgen Habermas, las tendencias a un “constitucionalismo social” que se iban extendiendo en el plano nacional-estatal.

Por eso mismo, como recuerda Jan Werner Müller, “el aislamiento con respecto a las presiones populares y, de manera más amplia, una profunda desconfianza de la soberanía popular, subyacen no solo tras los comienzos de la integración europea, sino en general tras la reconstrucción política de Europa occidental después de 1945. Lo que Lindseth ha denominado el “acuerdo constitucional de postguerra” consistía realmente en distanciar los sistemas de gobierno europeos de los ideales de la soberanía parlamentaria y en delegar poder en órganos no electos, tales como los tribunales constitucionales, o en el Estado administrativo como tal” (Müller, 2012: 33-34).

Con la entrada en una nueva fase económica iniciada con la crisis monetaria y energética de los años 71-73, las élites promotoras de la “integración europea” (ampliada en 1973 con Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca) dieron nuevos pasos en ese camino, estimuladas además por el famoso informe de la Comisión Trilateral que pronosticaba una “crisis de gobernabilidad” frente a la “sobrecarga de demandas” que había generado el ciclo abierto con Mayo del 68. Esto se pudo comprobar con el frenazo a las veleidades reformistas del gobierno de la “unión de la izquierda” en Francia tras su victoria en 1981 y su intento de aplicar un “keynesianismo de izquierdas”.

Este punto de inflexión en la socialdemocracia europea coincidía ya con la ola abiertamente neoliberal y militarista de Ronald Reagan en EEUU y Margaret Thatcher en Gran Bretaña y la ofensiva de los grandes grupos empresariales agrupados en “lobbies” como la ERT (Mesa Redonda Industrial), fundada en 1982. El Acta Única de 1986 y, luego, el Tratado de Maastricht de 1992 formalizarían nuevos acuerdos hacia una unión económica y monetaria en la que los Estados, sobre todo los dispuestos a incorporarse al euro a partir de 2001, fueran cediendo competencias en esas esferas a las instituciones comunitarias con el fin de dar vía libre al capital financiero transnacional y convertir la lucha contra la inflación en el objetivo prioritario mediante unos “criterios de convergencia” draconianos. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento, adoptado en diciembre de 1996, no haría más que dar continuidad a esas mismas exigencias monetaristas, si bien países como Alemania y Francia se permitirían vulnerarlas en sucesivas ocasiones.

Paralelamente, desde la concepción funcionalista dominante, según la cual a medida que se avanzara en la unificación de los mercados se produciría también una progresiva integración política, se fue potenciando la actividad de instituciones como la Comisión Europea y el Tribunal Europeo de Justicia, si bien subordinadas a los acuerdos que iban alcanzando los gobiernos. Dentro de esa orientación el órgano judicial europeo se mostró especialmente activo como árbitro de las diferencias que fueron surgiendo entre los distintos gobiernos y, sobre todo, como impulsor del principio de “primacía del derecho comunitario” por encima del derecho de los Estados miembros, principio que tendría una relevancia creciente a partir de los años 80 a medida que se fueron introduciendo las políticas neoliberales, en detrimento de los derechos sociales, dentro de lo que será la futura Unión.

Con todo, conviene insistir en que a lo largo de todo este proceso los actores protagonistas han sido los gobiernos de los principales Estados miembros, algo especialmente subrayado por Claus Offe cuando recuerda que “mientras que la capacidad está ya en las instituciones europeas, el mandato corresponde a los gobiernos nacionales” (Offe, 2000: 259). En el marco, eso sí, de la relación asimétrica entre todos ellos y con Alemania, sobre todo a partir de la entrada en vigor del euro, en primer plano. Empero, los propios ejecutivos estatales han preferido siempre “echar la culpa” a “Bruselas” como coartada cuando se ha tratado de dar “malas noticias” (o sea, recortes) a sus poblaciones respectivas o, en el caso alemán, recurrir a su propio Tribunal de Karlsruhe para marcar los límites a la Comisión Europea o al Banco Central Europeo.

…a la “gobernanza” oligárquica 

Con vistas a tratar de superar el “déficit democrático” la Comisión Europea se propuso aplicar también a la Unión, con su libro blanco publicado en julio de 2001, el concepto de “gobernanza”, en boga ya en las instituciones internacionales. En ese libro blanco “el concepto de gobernanza designa las normas, procesos y comportamientos que influyen en el ejercicio de los poderes a nivel europeo, especialmente desde el punto de vista de la apertura, la participación, la responsabilidad, la eficacia y la coherencia” y se propugna la colaboración con las organizaciones patronales y sindicales, así como con las organizaciones y asociaciones de la “sociedad civil”. Pero, en realidad, esta propuesta no fue más que una huida hacia delante y no hizo más que reforzar el papel de los grupos de presión ajenos a los mecanismos democráticos y a las instituciones representativas en el proceso de decisión del Consejo Europeo y de la Comisión Europea, mientras el Parlamento Europeo y los parlamentos estatales seguían relegados a una posición subalterna y de mera ratificación de lo acordado en aquéllas.

Pese al rechazo popular en países clave al nuevo rumbo, se fue forjando un “europeísmo” marcadamente neoliberal justamente en un período histórico en el que la caída del muro de Berlín y la crisis en la exYugoslavia certificaban la desaparición del “enemigo” exterior tradicional y la entrada en la “globalización feliz”. La ampliación de la UE al Este iría acompañada de una transición acelerada al capitalismo mediante una “terapia de choque” –paralela a su incorporación a la OTAN bajo la hegemonía estadounidense– cuyos frutos amargos para esos pueblos se están comprobando ahora.

Así, a medida que se iba vaciando el “modelo social europeo”, se debilitaba también el grado de legitimidad de la UE ante amplios sectores sociales que encontraban un desfase enorme entre la armonización de las políticas económicas, por un lado, y el creciente “dumping” social y fiscal entre los distintos países miembros, por otro.

Llegaría luego, con el inicio del siglo xxi y en medio de la entrada en vigor del euro y de la euforia financiera y especulativa, el proyecto de Tratado Constitucional para Europa. En efecto, como no bastaba una táctica diversificada y había que blindar la “economía competitiva de mercado”, las elites europeas acordaron dar un nuevo paso adelante mediante la constitucionalización a escala de la UE de todo lo que se había ido legislando y aplicando mediante la larguísima lista de directivas aprobadas que forman parte del “acervo comunitario”. Esto se reflejó con mayor claridad en la Tercera Parte de lo que acabaría siendo el frustrado Tratado Constitucional para Europa: no se trataba en este caso de una mera “adición”, como argumentaban los “euroentusiastas” social-liberales sino que en realidad en ella se contenía la verdadera “Constitución económica” que condicionaba lo que retóricamente podía haber de “presentable” en las otras Partes. La ceguera de las elites europeas (incluida la socialdemocracia europea) ante el cambio de percepción popular que se estaba produciendo respecto a la UE no les permitió prever que ese proyecto de Tratado pudiera ser rechazado en referéndum en países fundadores como Francia y Holanda en 2005 y por eso ni siquiera pensaron en un “Plan B”. Pero así ocurrió y tuvieron que modificar el calendario previsto aunque no sus intenciones, tercamente repetidas desde entonces por sus principales portavoces y reflejadas luego en un Tratado de Lisboa que no es sino un disfraz de la Constitución fallida y que, salvo en Irlanda, se logró imponer evitando un nuevo proceso de referendos.

Por eso, si bien se ha ido dando pasos adelante en la “integración europea”, principalmente en el plano agrícola, comercial, monetario y securitario, éstos se han dado al margen no solo de la soberanía popular sino incluso de los propios parlamentos estatales, sustituidos por acuerdos entre los ejecutivos de los Estados miembros. Las nuevas instituciones que han ido surgiendo han sido producto de esos pactos y la “independencia” que se les ha reconocido no ha sido más que la formalización de la delegación de competencias en aquéllas para alejarlas precisamente de la presión popular y de los propios parlamentarios. Se fue así tejiendo un híbrido institucional europeo, un “opni” (objeto político no identificado), que recibía alabanzas desde muy diferentes sectores de opinión y gobiernos de otros países como un proceso original y envidiable, pero que no por ello podía ocultar su carácter elitista, puesto especialmente de relieve en los momentos críticos.

Un estado de excepción financiero y austeritario

Eso es lo que ocurrió precisamente a partir del estallido de la crisis financiera a finales de 2007 y de su progresiva extensión a los países de la UE en los años siguientes. Fue entonces cuando para “salvar” al sistema financiero mediante una “socialización de pérdidas” a cargo de los Estados, se provocó una crisis de la deuda pública que sirvió de coartada para la puesta en marcha unas políticas austeritarias, especialmente en los países del Sur de la eurozona, las cuales condujeron a contrarreformas que han constitucionalizado un verdadero “estado de excepción financiera”. La modificación del artículo 135 de la Constitución española y el Pacto Fiscal firmado posteriormente por los Estados miembros de la eurozona no harían más que formalizar, huyendo de consulta alguna a las poblaciones afectadas, la demolición del “modelo social”.

En medio de ese proceso involutivo, resultado de una nueva vuelta de tuerca en la economía política “ordoliberal” de la UE, pudimos comprobar cómo en el caso griego instituciones como el Banco Central Europeo se erigieron en verdaderos representantes de los intereses de la oligarquía financiera transnacional frente al rechazo que a las políticas austeritarias expresó el pueblo de ese país en el referéndum de julio de 2015 (Ramírez, 2015).

Llegados a este punto, sería ingenuo confiar en un proceso de democratización de la UE. Si desde sus inicios ésta ya no era democrática, a partir de 2008 se caracteriza por un sistema de gobernanza abiertamente oligárquico, en el que solo cabe observar tensiones entrecruzadas entre los Estados miembros –con una polarización relativa entre “centro” y “periferias”, o sea, entre representantes de acreedores y deudores– y, a su vez, de cada uno de ellos con las instituciones supraestatales –con el protagonismo creciente del Banco Central Europeo como órgano de vigilancia presupuestaria sobre los gobiernos-, unos y otras bajo la influencia creciente de un capital financiero transnacionalizado. Tenemos ejemplos de estos intentos de salir del impasse actual en propuestas como el Informe de los 5 Presidentes, conocido como “Informe Juncker” (Albarracín, 2016), el cual aspiraría a otorgar mayores competencias a las instituciones supraestatales frente al peso considerado excesivo de los Estados miembros, mientras que desde Alemania se apuntaría en sentido contrario. En cualquier caso, el miedo a la democracia y el rechazo a la “otredad” (inmigrante “irregular”, refugiado/a, musulmán/a…) les une a todos ellos.

Frente a este sombrío panorama no se trata de renunciar a “otra Europa”, pero ésta tendrá que surgir de la reivindicación de los distintos demoi sin exclusiones que la forman de su soberanía, de su derecho a decidir frente al despotismo oligárquico institucionalizado. Porque “una Europa democrática no es la expresión de un demos abstracto: es una Europa en la cual abundan las luchas populares y obstaculizan la confiscación del poder de decisión” (Balibar, 2014).

NOTAS

Albarracín, D. (2016), “¿La refundación de Europa? El informe de los cinco presidentes”, Viento Sur, 144, pp. 69-78.

Balibar, E. (2014), “Para acabar con la unión de los tecnócratas y los banqueros. Un nuevo aliento, pero ¿para qué Europa”, Le Monde Diplomatique en español, 221, pp. 18-19.

Müller, J-W (2012), “¿Más allá de la democracia militante?”, New Left Review, 73, pp. 33-41.

Offe, C. (2000), “Democracia y Estado del bienestar: un régimen europeo bajo la tensión de la integración europea”, Zona Abierta, 92/93, pp. 243-284.

Ramírez, A. (2015), “Cuando el Banco Central se convierte en el peor enemigo de la democracia y los derechos sociales: anatomía de un instrumento de intimidación ‘monetaria”, sinpermiso, 19/07.

La Europa desencantada: los/as maginados/as del proyecto europeo

A pesar de la riqueza global de la Unión Europea, la pobreza en la UE se encuentra todavía en un nivel relativamente alto. Casi una de cada siete personas están en riesgo de pobreza. Las cifras son aún mayores para algunos grupos como los niños y las personas mayores. Sin embargo, el alcance y la gravedad del problema a menudo no se entienden ni por parte de los políticos o por los ciudadanos. Esto hace que no se dé la suficiente urgencia a su erradicación. A menudo esto se debe a que la gente solo piensa en la pobreza como algo que es tan extremo que amenaza la existencia misma de las personas, por lo cual asocian estas situaciones principalmente con los países en desarrollo. Sin embargo, la realidad es que la pobreza en la UE es un problema muy real que trae miseria a la vida de muchas personas.

El debate sobre la pobreza en la UE suele estar estrechamente asociado con la exclusión social. El término exclusión social se usa para enfatizar los procesos que empujan a las personas a los márgenes de la sociedad, lo que limita su acceso a recursos y oportunidades, reduce su participación en la vida social y cultural normal, lo que les hace sentirse marginados, impotentes y discriminados.

Uno de los problemas con respecto a la pobreza es aclarar lo que significa y cómo se puede definir.

La pobreza absoluta se da cuando las personas carecen de la posibilidad de cubrir las necesidades básicas para la supervivencia. Las personas pobres pueden estar muriendo de hambre, carecen de agua potable, vivienda adecuada, ropa suficiente o medicamentos y su día a día es una pura lucha para mantenerse con vida. Esto es más común en los países en desarrollo, aunque todavía existen personas en la Unión Europea (UE), por ejemplo, las personas sin hogar, muchos inmigrantes o los gitanos en algunos asentamientos, que siguen experimentando este tipo de pobreza extrema.

La pobreza relativa se refiere básicamente a un estado de vida en el que los ingresos de las personas son mucho menores que el nivel general de vida en el país o la región en la que viven. Lo que esto significa variará de un país a otro, dependiendo del nivel de vida de la mayoría. Aun no siendo tan extrema como la pobreza absoluta, la pobreza relativa sigue siendo muy grave y perjudicial para las personas que la sufren y para la sociedad en cuyo seno se da y se mantiene.

Vivir en la pobreza suele significar:

  • Terminar por estar aislado de la familia y los amigos.
  • Una vida carente de esperanza y con una sensación de impotencia y de ser excluido, de poseer poco control sobre las decisiones que afectan a su propia vida.
  • Falta de información sobre las ayudas y los servicios que están disponibles para las personas con carencias.
  • Tener problemas para conseguir tener satisfechas las necesidades básicas, poder llegar a acceder a una vivienda digna, disfrutar de los servicios médicos y de la educación en las escuelas, y elimina las oportunidades de aprendizaje en cualquier etapa de la vida.
  • Vivir en un vecindario inseguro con altos niveles de delincuencia y violencia junto con malas condiciones ambientales o en una zona rural remota y aislada.
  • Prescindir de necesidades muy básicas, ya que puede no ser capaz de pagar los servicios públicos esenciales como el agua, el gas y la electricidad, ni tiene para comprar alimentos saludables o ropa nueva o utilizar el transporte público.
  • No poder permitirse comprar medicinas o visitar al dentista.
  • Vivir día a día sin ahorros o reservas para tiempos de crisis, como la pérdida de un trabajo o si se cae enfermo y, por lo tanto, tener muchas probabilidades de incurrir en deudas.
  • Ser explotados y obligados a trabajar o a vivir en situaciones ilegales.
  • Experimentar el racismo y la discriminación;
  • No poder participar en la vida social y en las actividades recreativas normales, como ir al bar o a eventos deportivos o de cine o a visitar a los amigos o salir a comprar los regalos de cumpleaños para los miembros de la familia.

En general, la realidad de la pobreza en la UE es tal que afecta a muchos aspectos de la vida de las personas y limita el acceso de las personas a sus derechos fundamentales. Por ejemplo, los niños que crecen en la pobreza son más propensos a sufrir problemas de salud, avanzar más lento en la escuela y convertirse en la próxima generación de adultos en riesgo de desempleo y de pobreza a largo plazo.

La medición de la pobreza de ingresos relativa capta solo una parte de la realidad y no describe plenamente la complejidad de la pobreza. También es importante medir otras cosas que puedan reflejar la naturaleza multidimensional de la pobreza. Entre estos se incluyen aspectos tales como el nivel de endeudamiento, el nivel de desempleo y la falta de trabajo, el grado de deterioro de la salud o desventaja educativa, el número de personas que viven en viviendas inadecuadas y malas condiciones ambientales y el grado en el que las personas tienen un acceso inadecuado a los servicios públicos.

En términos de individuos, algunos de los factores clave que se consideran que hacen que una persona esté más en riesgo de caer y permanecer en la pobreza, son:

  • Estar en paro o tener un trabajo de mala calidad (es decir, mal pagados o precarios), porque esto limita el acceso a un ingreso digno y mantiene a la gente fuera de las redes sociales.
  • Tener bajos niveles de educación y formación profesional, porque esto limita la capacidad de las personas para acceder a puestos de trabajo dignos que les permitan desarrollar sus capacidades y participar plenamente en la sociedad.
  • El tamaño y el tipo de familia. Las familias numerosas y las familias monoparentales tienden a estar en mayor riesgo de pobreza porque suponen costes más altos, menores ingresos y mayores dificultades para obtener un empleo bien remunerado.
  • Las mujeres sufren, por lo general, un mayor riesgo de pobreza que los hombres, ya que es más difícil que sean contratadas en un trabajo remunerado, tienden a tener menores pensiones, están más involucradas en las responsabilidades que implican cuidados no remunerados y cuando están en el trabajo, con frecuencia se les paga menos.
  • Discapacidad o mala salud, porque esto limita la capacidad de acceder al empleo y también conduce a un aumento de los costes en el día a día.
  • Ser miembro de los grupos étnicos minoritarios, como los gitanos y los inmigrantes o migrantes indocumentados, ya que sufren particularmente por la discriminación y el racismo, y, por lo tanto, tienen menos posibilidades de acceso al empleo, a menudo se ven obligados a vivir en entornos físicos peores y tienen un menor acceso a los servicios esenciales.
  • Vivir en una comunidad remota o muy desfavorecida, donde es peor el acceso a los servicios.

Todos estos factores crean barreras y dificultades adicionales, pero deben considerarse dentro del contexto general de la estructura de cómo un país en particular elige organizarse para distribuir la riqueza y combatir la desigualdad.

En 2014, 122,3 millones de personas, o el 24,4% de la población en la UE-28 estaban en riesgo de pobreza o exclusión social, en comparación con el 24,5% en 2013.

La cifra para la tasa riesgo de pobreza o de exclusión social para la media de la UE-28, calculada como media ponderada de los resultados nacionales, enmascara variaciones considerables entre los Estados miembros de la UE. En 2014, más de un tercio de la población se encontraba en situación de riesgo de pobreza o exclusión social en tres Estados miembros de la UE: Rumania (40,2%), Bulgaria (40,1%) y Grecia (36,0%). En el otro extremo de la escala, los porcentajes más bajos de las personas que están en riesgo de pobreza o exclusión social se registraron en Finlandia (17,3%), Suecia (16,9%), los Países Bajos (16,5%) y la República Checa (14,8%).

En general, la tasa de riesgo de pobreza ha disminuido ligeramente en al ámbito de la UE-28 entre 2013 y 2014 en 0,1 puntos porcentuales (pp). Se elevó en 1,9 puntos porcentuales en España y 1,3 pp en Finlandia, disminuyendo en 7,9 pp en Bulgaria y 3,5 pp en Lituania.

Con una tasa del 27,8% en la UE-28, los niños estaban en mayor riesgo de pobreza y de exclusión social en 2014 que el resto de la población en 20 de los 28 Estados miembros de la UE. Las brechas más grandes entre los niños y la población total se observaron en Rumanía, Hungría y Malta. La situación era relativamente mejor para los niños que en los adultos en Dinamarca, Chipre, Eslovenia, Alemania, Finlandia, Suecia, Croacia, Estonia, así como en Noruega.

El porcentaje de niños que viven en hogares en riesgo de pobreza o exclusión social varió de 14,5% en Dinamarca, el 15,6% en Finlandia y el 16,7% en Suecia y más del 40,0% en Hungría, Bulgaria y Rumanía. Los principales factores que afectan a la pobreza infantil son la situación del mercado laboral de los padres, que está vinculada a su nivel de educación, la composición del hogar en el cual los niños viven, y la eficacia de la intervención del gobierno a través de apoyo a los ingresos y la provisión de servicios de capacitación. Existen también otros grupos de niños más vulnerables, como son los que tienen padres migrantes, los cuales merecen especial atención.

Las personas mayores enfrentan un menor riesgo de pobreza o exclusión social en 2014 que la población en general, tanto a nivel de la UE-28 (17,8% frente a 24,4%) y en 23 de los 28 Estados miembros de la UE. El riesgo de pobreza o exclusión social que sufren las personas de 65 años o más en 2014 osciló entre el 6,4% en Luxemburgo al 47,8% en Bulgaria. Estas diferencias en la situación relativa de los ancianos dependen de una serie de factores, incluyendo las características de los sistemas de pensiones actuales y la estructura por edad y sexo de la población de edad avanzada, ya que las mujeres de edad avanzada y los muy mayores tienden a enfrentarse a un riesgo mucho mayor en algunos países.

En cuanto a cada uno de los tres elementos que contribuyen a que una persona esté en riesgo de pobreza o exclusión social, el 17,2% de la población en la UE-28 en 2014 estaba en riesgo de pobreza después de recibir transferencias sociales, lo que significa que su renta disponible estaba por debajo de su umbral nacional. La tasa de riesgo de pobreza después de transferencias sociales ha aumentado ligeramente en la UE-28 en comparación con 2013. Las mayores tasas de riesgo de pobreza se observaron en Rumanía y España (25,4% y 22,2%, respectivamente), Grecia (22,1%), Bulgaria y Estonia (ambos 21,8%), y la menor en Finlandia (12,8%), Eslovaquia (12,6%), Dinamarca (11,9%), los Países Bajos (11,6%) y la República Checa (9,7%). Al considerar las situaciones específicas de cada país, donde aumentó más el riesgo de pobreza (después de las transferencias sociales) en 2014 fue en Rumanía (3,0 pp) y donde disminuyó más fue Lituania (–1,5 pp).

En Chipre, a pesar de la caída del 9,3% en el ingreso medio entre 2013 y 2014, la tasa de riesgo de pobreza después de transferencias sociales solamente se redujo en 0,9 pp, de lo que se puede deducir que la situación de las personas por debajo del umbral solo evolucionó ligeramente. El ingreso medio en moneda nacional también se redujo en un 8,3% en Grecia entre 2013 y 2014, al igual que su tasa de riesgo de pobreza. Esto implica que un número de personas en estos dos Estados miembros de la UE que se encontraban alrededor de la línea de pobreza en 2013 se trasladó por encima de ella, aunque de manera significativa su situación no cambió en el año 2014 debido a la disminución del umbral causada por la caída de la renta mediana. Exactamente lo opuesto es cierto para España, para la que el ingreso medio se redujo en un 1,9% mientras que la tasa de riesgo de pobreza se incrementó, lo que implica que el número de personas expuestas en riesgo de pobreza ha aumentado en 2013-2014 y en general su situación –desde una perspectiva de ingresos– ha empeorado.

El análisis de las carencias materiales complementa la imagen de la exclusión social, proporcionando una estimación de la proporción de personas cuyas condiciones de vida se ven muy afectadas por la falta de recursos. La tasa de privación material grave representa el porcentaje de personas que no pueden pagar al menos cuatro de los nueve siguientes elementos:

  • tener atrasos en pagos de hipoteca o alquiler, facturas de servicios públicos, pago de compras a plazos u otros pagos de préstamos;
  • poder permitirse vacaciones anuales de una semana fuera de casa;
  • poder permitirse una comida de carne, pollo, pescado (o equivalente vegetariano) cada dos días;
  • poder afrontar gastos financieros inesperados;
  • poder comprar un teléfono (que puede ser también un teléfono móvil), una televisión en color, una lavadora y/o un coche;
  • tener calefacción en la casa.

En la UE-28, el 9,0% de la población sufrían privación severa de bienes materiales. La proporción de las personas con privación material grave varió significativamente entre los Estados miembros de la UE. Por un lado, el 3,2% en los Países Bajos y Dinamarca, 2,8% en Finlandia, el 1,4% en Luxemburgo y solo el 0,7% de la población se vio gravemente privado de recursos materiales en Suecia. Por otro lado, la tasa de privación fue mayor que 26,3% en Rumanía y que 33,1% en Bulgaria.

Aunque en general, a nivel de la UE, la privación material grave disminuyó en 0,6 pp entre 2013 y 2014, en algunos Estados miembros de la UE la situación era diferente; Grecia aumentó en 1,2 pp, en España en 0,9 pp, en Bélgica en 0,8 pp, en Malta y los Países Bajos en 0,7 pp, en Finlandia un 0,3 pp y en la República Checa un 0,1 pp.

En 2014 el 38,9% de la población de la UE-28 informó de dificultades para hacer frente a dichos gastos inesperados. Hay variaciones considerables entre los Estados miembros de la UE en este aspecto. El porcentaje de personas que informan de tales dificultades varió de 24,0% o menos en Bélgica, Alemania, Austria, Luxemburgo, los Países Bajos y Suecia, y más del 60,0% en Hungría, Letonia y Croacia. En comparación con 2013, la proporción de las personas que han tenido que hacer frente a esos gastos inesperados aumentó donde más en Grecia (+4,7 pp) y Chipre (+5,5 pp). Al mismo tiempo se redujo en sustancialmente en Bulgaria (–14,5 pp) y en más de 2 puntos porcentuales en Estonia (–2,8 pp), el Reino Unido y Lituania (cada uno –2,2 pp) y Letonia (–2,1 pp).

La pobreza y la desigualdad representan un ataque directo a los derechos fundamentales de las personas, limitan las oportunidades que tienen para alcanzar su potencial plenamente, ocasionan un alto costo para la sociedad y constituyen un obstáculo para el crecimiento económico sostenible. La pobreza también refleja los fallos de los sistemas de redistribución de los recursos y de las oportunidades. Estos fallos conducen a desigualdades profundamente arraigadas y es la causa que está en el origen del contraste entre la riqueza excesiva concentrada en las manos de unos pocos, mientras que otros se ven obligados a vivir vidas restringidas y marginadas, a pesar de que han nacido o habitan en una región del mundo que es económicamente rica.

Yannis Varoufakis

El 5 del presente mes de julio se cumplió un año del “Oxi” del pueblo griego a las políticas de austeridad y recortes de la UE, ¿qué ha supuesto para Grecia la adopción posterior, por parte del gobierno de Tsipras, de unas políticas que el pueblo libremente había rechazado?

La repercusión inmediata fue otra vuelta de tuerca a una austeridad autodestructiva y que impulsa la recesión. Además, la gente de Grecia sufrió una considerable pérdida de soberanía, de autoridad sobre sus propias vidas y su propiedad (privada y pública). Con más detalle, la rendición tras el voto al OXI tuvo como consecuencia una mayor austeridad equivalente a más del 5% de la renta nacional y la creación de un fondo de privatizaciones con el objetivo de liquidar todos los bienes públicos restantes, un fondo presidido y controlado por los acreedores.

Ante el grexit y el brexit, las instituciones de poder europeas han mantenido un comportamiento muy diferente, rayano en la imposición dominante en un caso y en el favoritismo vergonzante en el otro. En definitiva, un trato desigual e incluso injusto. ¿Hasta dónde llegó ese trato desigual y en qué razones poderosas se ha apoyado?

Hay ejemplos mucho peores de injusticia en la implementación de las “normas” de la Unión Europea que comparando el grexit y el brexit. Uno de esos ejemplos es la imposición de sanciones a Estados miembros por incumplir los “objetivos”. Por un lado, España, Portugal y Francia, entre otros, se enfrentan a sanciones, pérdida de financiación y reprimendas porque el déficit presupuestario excede los límites del pacto fiscal. Por otro lado, nadie dice ni hace nada para sancionar a Alemania o los Países Bajos por violar el excedente máximo de comercio (o cuenta corriente) permitido a los Estados miembros (que ahora corresponde al 6% del PIB, mientras Alemania ya supera el 8%).

El brexit supone un cambio de tendencia con referencia a la Unión. Años atrás los países se peleaban por entrar. ¿Qué motivos reales están al fondo de la decisión de abandonar la UE por parte del Reino Unido? ¿Qué parte han tenido en esta decisión los euroescépticos y el complejo de superioridad anglosajón? ¿Estamos ante el proceso de desintegración de la Unión Europea que usted viene denunciando si no se acomete una profunda transformación democrática de la misma?

Sí, sin lugar a dudas. No se trata tan solo de un fenómeno británico. Después de todo, incluso hasta hace bien poco tiempo, una gran mayoría de británicos estaba a favor de que el Reino Unido permaneciera en la Unión Europea. Algo ha cambiado. Y ha cambiado por toda Europa, donde hemos visto un gran giro en la opinión pública. En países como Francia, Italia, e incluso en Alemania, la mayoría de ciudadanos ha perdido su confianza en las instituciones de la UE. La razón, obviamente, es la terrible gestión de una crisis cuya explosión estaba garantizada por la mala construcción de nuestra moneda común y nuestro mercado único por parte de la UE.

El brexit ha causado una verdadera conmoción o crisis en la UE. ¿Qué tendría que suceder para que este fenómeno pudiera convertirse en ocasión de esa profunda transformación democrática capaz de evitar la deriva de su propia desintegración?

Necesitamos que los europeos se movilicen para exigir la democratización. Para movilizar a los demócratas europeos necesitamos, en primer lugar, darles esperanzas de que existe un conjunto razonable de políticas alternativas que puedan ponerle fin a la crisis y beneficiar a Europa. En cuanto los europeos vean que estas políticas alternativas existen, y que el establishment actual de la UE se resiste a ellas (como sucede hoy en día), no me cabe duda de que habrá una explosión, una revolución política capaz de democratizar y racionalizar la UE. La dificultad es juntar esas políticas y comunicarlas efectivamente a los europeos. Consideramos que este es el deber del Movimiento por la Democracia en Europa 2025 (DiEM25).

A la vista de los sondeos hechos en los 28 países de la UE, cada día es mayor el número de desencantados con el proyecto europeo. ¿Quiénes son y por qué motivos crece, en tu opinión, el desencanto?

La decepción, y en algunos casos también la ira, es la consecuencia del autoritarismo incompetente de Bruselas, Frankfurt o dondequiera que se tomen las decisiones que empobrecen las vidas de las personas.

Tú que conoces muy de cerca la férrea inmovilidad dominante de la Troika, si tuvieras que enumerar los mayores problemas o desafíos que afectan a la Europa actual, ¿cuál sería tu elenco?

El mayor problema es que se han empeñado en hacer la pregunta equivocada. Cuando se enfrentan a una crisis crucial (la caída de los bancos italianos, la gran deuda privada española, el desastre humanitario en Grecia, los refugiados, etc.) nunca se preguntan “¿cómo podemos enfrentarnos a esta crisis con la mayor eficacia?” En vez de eso, se preguntan: “puesto que la crisis ha expuesto lo inadecuadas que son las “normas” de la UE al tratar con estos asuntos, ¿qué podemos hacer para preservar la presunción de que las “normas” son respetadas?” Parecen capitanes que no se preocupan sobre la navegabilidad de su barco, o sobre si este se hunde o no.

Estos problemas que acabas de enumerar, ¿se deben al diseño del proyecto europeo o a las torpezas de la dirección política actual?

A ambas. El diseño fue terrible –basado en un cártel de la industria pesada que más tarde adquirió una moneda común (el euro) que carecía de los amortiguadores de impactos que las uniones monetarias necesitan para sobrevivir sin aplastar a la gente. Y, entonces, cuando sucedió esa crisis inevitable, y los defectos de su diseño fueron expuestos, el liderazgo de la UE entró en una fase de Gran Negación que echó leña al fuego.

Sumida en el sistema económico capitalista, llevado hasta los extremos por el neoliberalismo político, ¿piensas que, en esta situación, es posible volver a entusiasmar a la ciudadanía europea, especialmente a las clases populares, las más damnificadas de la crisis? ¿Responde a ello tu Propuesta de Democratización profunda de la UE?

Sí y sí. En 2015 experimentamos este entusiasmo en Grecia. Yo fui un ministro de Finanzas que no dio nada en términos de incrementos de ayudas financieras, devoluciones de renta, incremento de salarios o pensiones. Pero, pese a mantener el puño cerrado, fui envuelto en admiración, cariño y apoyo entusiasta por la gente de la calle. ¿Por qué? Porque estaban ansiosos por un gobierno que luchara por ellos, que les devolviera su dignidad, que plantara cara al poder en su nombre. Necesitamos exportar este momento, la llamada Primavera de Atenas, por toda la Unión Europea. Eso es lo que DiEM25 intenta para hacer posibles la democratización y recuperación de Europa.

En pocas palabras, ¿en qué consiste tu/vuestra Propuesta DiEM25? ¿Qué pasos importantes estáis dando ya? ¿Y qué eco está encontrando en la propia UE y sus dirigentes?

El establishment intenta fingir que no existimos. Así es como debía ser. DiEM25 fue creado para enfrentarse a ellos y a su negación. Permanecen ajenos a todo intento de persuasión o comprensión. Nuestra tarea es movilizar a los demócratas europeos para enfrentarnos a sus “líderes” antes de que sea demasiado tarde. Para esto, proponemos tres pasos.

Nuestra prioridad inmediata es la transparencia absoluta en la toma de decisiones. Unos pocos rayos de luz que atraviesen la opacidad del proceso de toma de decisiones de la UE recorrerán un largo camino para prevenir los peores excesos de su autoritarismo. Por esta razón, estamos haciendo campaña para que se emitan en directo todas las reuniones del Consejo, del Ecofin y del Eurogrupo, se revelen los documentos de las negociaciones comerciales como el TTiP y se publiquen las actas del Banco Central. Nuestro siguiente paso es presentar propuestas políticas minuciosas para europeizar, y por tanto para estabilizar, las crisis de deuda pública, banca, inversión insuficiente, crecimiento de la pobreza y migración, a la vez que se acoten los poderes ilimitados de los burócratas y se devuelva el poder a los parlamentos nacionales, los consejos regionales, los ayuntamientos y las comunidades. (Esto no es ninguna contradicción. Es una falacia pensar que europeizar ámbitos como la gestión de la deuda pública y la planificación de inversión agregada deban suponer una mayor pérdida de soberanía nacional). Mirando aún más hacia el futuro, nuestro objetivo a medio plazo, una vez que se hayan estabilizado las diversas crisis de Europa, es convocar una asamblea constitucional donde los europeos deliberen sobre cómo conseguir, para 2025, una auténtica democracia europea, con un parlamento soberano que respete la autodeterminación nacional y comparta el poder con los parlamentos nacionales, las asambleas regionales y los concejos municipales.

Pero. ¿piensas que es posible un funcionamiento democrático real y consecuente en un sistema capitalista?

No. Pero a menos que empujemos en esta dirección, sucederán dos cosas. En primer lugar, el capitalismo se hará más brutal, ruin e inestable –empobreciendo aún más las vidas de la vasta mayoría–. En segundo lugar, las oportunidades de trascender al capitalismo, al usar nuevas tecnologías capaces de crear riqueza suficiente para todos, desaparecerá en el torbellino de la deflación y la miseria que engendraron la crisis actual.

En vuestra propuesta de regeneración democrática ¿qué papel le corresponde a los países del Sur?

Echando la vista atrás, a través de las brumas de la Historia, podemos recordar una época en la que el sur de Europa era fuente de civilización, humanismo y progreso. Entonces llegaron la Edad Media y la Revolución Industrial, que demostraron que el norte tenía mucho que ofrecer a Europa. La rueda de la Historia está girando y uno nunca sabe qué sucederá. Lo que sí sabemos es que, para prosperar, Europa necesita su centro y su periferia, necesita su norte, su sur, su este y su oeste. Nadie puede quedarse atrás, no solo porque sería equivocado, sino porque también sería ineficiente mantener a todas las regiones de Europa, y a poblaciones enteras, en un estado de depresión permanente.

En un contexto de globalización actual, ¿cómo tendría que ser la relación de Europa hacia fuera, hacia más allá de sí misma?

Necesitamos que Europa esté abierta a todas las personas del mundo, que esté lista para interpretar su papel de erradicar la guerra y terminar con la actitud de empobrecer al vecino por parte de las “élites” en lo que respecta a economía, geopolítica y, esto es crucial, el cambio climático.

Por último, en el marco de nuestra revista ÉXODO nos atrevemos a proponerte una última pregunta: ¿Crees que la inspiración “cristiana”, o mejor, “evangélica” puede aportar un impulso importante al compromiso por una democratización regeneradora como la de vuestro proyecto DiEM25?

Todos necesitamos fe. Y lo digo como un ateo convencido que, sin embargo, guarda un profundo respeto hacia las creencias filosóficas y religiosas de los demás. No es solo una cuestión de tolerancia de las creencias ajenas. Comprendo que la Razón analítica y el empirismo, al final, acaban topando con una barrera tras la cual no se puede continuar, incapaces de contestar preguntas básicas sobre ética y política. Nadie puede demostrar que los seres humanos son fundamentalmente buenos, que las políticas progresistas tienen una oportunidad contra pronósticos abrumadores, que Europa puede ser democratizada, que hay una diferencia entre precio y valor, que es racional ser moral. Todas estas son cuestiones de fe. Así que sí, como demócratas, como personas decentes, necesitamos inspiración, unidad espiritual y una determinación a hacer cosas buenas “porque nos dé la santísima gana”.

Rapto de Europa. Regreso necesario al futuro

“¿Hacia dónde se dirige, si es que se dirige a alguna parte, Europa, autonegada en su razón de ser, atascada bajo la tiranía de los poderes económicos, cuestionada desde los nacionalismos xenófobos, escandalosamente paralizada ante la crisis de los refugiados y perpleja ante el Brexit apoyado por una mayoría de británicos y que no deja de proyectar un fuerte cuestionamiento sobre la Unión Europea? Y si todo ello apunta a una Europa que está dejando de ser lo que era, o lo que quiso ser, ¿qué otra Europa cabe después de esa Europa que, moribunda, puede fenecer? [1]

Si el actual proyecto europeo parece insostenible, ¿qué tendría que pasar para que Europa volviera a su mejor legado, a aquello que completó su alma y que en buena medida ha contribuido a dignificar al ser humano? En esta reflexión quiero hacer una breve incursión por las dos actitudes mayores que está despertando en la actualidad el proyecto europeo: de una parte, el desencanto, y, de otra, la urgencia de una transformación que vuelva útil para la ciudadanía.

I. La Europa del desencanto. Otra vez el rapto

I.1. El brexit, síntoma de otra realidad latente. El referéndum celebrado el pasado 23 de junio de 2016 en el Reino Unido (RU) sobre su continuidad en la UE se saldó con el 52% de votos favorables a la salida frente al 48% que afirmó su permanencia. Este es, quizás, el fenómeno de mayor transcendencia que ha ocurrido en la Unión desde sus orígenes y está llamado a marcar un antes y un después en Europa, porque, entre otras cosas de mayor calado, supone ya un recorte nada desdeñable en su misma geografía.

Pero, más allá de lo que pueda suponer como fenómeno puntual, el brexit invita a un análisis serio de lo que está ocurriendo en Europa para no quedarnos en un diagnóstico equivocado. Como el humo señala inequívocamente la presencia del fuego, la salida del RU es un símbolo o síntoma bien expresivo de que algo muy sustancial no va bien en el interior de la UE y que está empezando a reventar ya sus costuras. Para quien sea capaz de mirar este fenómeno con objetividad y sin pasión, tanto entre los que se van como entre los que se quedan, caerá pronto en la cuenta de que el brexit rompe una tendencia muy consolidada en la EU desde su fundación: la atracción que la Unión ha venido ejerciendo, desde sus orígenes, sobre el resto del continente. Ahora, con la salida del Reino Unido, comienza a romperse esa tendencia y a cambiar de orientación. Por más que se quiera minimizar, este regreso es la expresión diáfana de una pérdida de arrastre, de un fracaso, y abre una crisis profunda que, según cómo se enfoque, podrá convertirse en ocasión para una regeneración necesaria o, por el contrario, en deriva hacia su paulatina desintegración.

Contrariamente a lo que generalmente se dice, el mayor desafío del brexit no está tanto en lo que primero nos salta a los ojos, es decir, en el triunfo de los euroescépticos, en la vuelta a los nacionalismos identitarios y soberanos, en la etnofobia y xenofobia frente a las migraciones voluntarias o forzadas (y aun en los megalómanos sueños de un imperialismo decadente y hoy imposible). Todo esto tiene, sin duda, algo de verdad, pero no es toda la verdad. El mayor desafío surge del descontento que el proyecto supranacional que representa la UE está suscitando en la ciudadanía y que es ignorado sistemáticamente por la burocracia de Bruselas. Ahora, con el brexit, todo esto queda palmariamente al descubierto. De ser antes una solución razonable para los problemas del continente, la UE se ha convertido ahora, por la “desorientada” deriva de su gestión, en el problema. El desafío que ahora se nos pone ante los ojos es considerable: o reformular el proyecto de la Unión o resignarse a una vida lánguida que avocará poco a poco en su desintegración.

I.2. Tres premoniciones desoídas. Esta nueva situación explica la emergencia de otros fenómenos premonitorios que la gobernanza europea y sus cómplices medios de comunicación han venido minimizando. Son reveses que, vistos ahora a la nueva luz, recobran todo su sentido. Me refiero fundamentalmente a los tres que considero más significativos: la expansión incontenible del euroescepticismo, el rechazo del Proyecto de Constitución Europea y, sobre todo, el desapego creciente de la ciudadanía.

No se puede minimizar, en primer lugar, la creciente presencia del euroescepticismo incrustado en las mismas instituciones europeas, como en el mismo Parlamento Europeo. En esta tendencia que rechaza el proyecto europeo —por considerarlo no democrático, burocratizado y opresor de los países miembros— llegan a coincidir posiciones políticas tan antagónicas como los “ultraderechistas” del UK Independence Party (UKIP), de Nigel Farage, o el Frente Nacional (FN), de Marine Le Pen, de un lado, y los representantes de la “ultraizquierda” por otro, donde se encuentran, entre otros, partidos como la Izquierda Abertzale y la Candidatura de Unidad Popular (CUP). Junto a esta tendencia radical, existe otro euroescepticismo más moderado que, aceptando la UE como proyecto, se opone radicalmente a sus actuales políticas económica y migratoria. A esta tendencia política —que representa en estos días la postura de otros muchos sectores y movimientos sociales en el continente—, se ha dado en llamar “altereuropeísta”. Aquí se agrupan, entre otros, partidos como Izquierda Unida y Podemos en España[2].

Referente al Proyecto de Constitución Europea del 2005, en los países en los que se celebró referéndum para su aprobación (Francia, Holanda, Luxemburgo), la clase trabajadora —salvo en España, envuelta por aquel entonces en el boom del ladrillo, donde aún no había hecho acto de presencia la crisis— votó en contra [3]. Incluso en países donde no hubo referéndum como en Alemania, Suecia y Dinamarca, las encuestas posteriores demuestran que, de haberse celebrado, la clase trabajadora se hubiera manifestado mayoritariamente contraria.

Más reveladores, si cabe, son los datos de la encuesta realizada por el Pew Research Center [4] de Washington entre los 10 países más grandes de Europa sobre la opinión que tienen de la UE. Las cifras revelan que, salvo en Polonia, en el resto de los países ha descendido considerablemente entre el 2004 y 2016 la visión positiva que se tiene. En Alemania, por ejemplo, se ha pasado del 58% al 50%, en Francia del 78% al 38% y en España del 80% al 48%. El desapego es considerablemente mayor en la periferia mediterránea, más alejada física y políticamente del centro donde se toman las decisiones. En Grecia, tan castigada por la deuda externa y los rescates, las opiniones favorables no superan el 27%. Y con referencia a la impresión que se tiene sobre la gestión de la crisis: la desaprueba un 92% en Grecia, un 68% en Italia, un 66% en Francia y un 65% en España.

Estos indicadores —que hemos llamado premonitorios porque han estado a la vista de todos sin que la burocracia de Bruselas fuera capaz de verlos— justifican la pregunta retórica que el papa Francisco dirigió a la dirigencia europea en la recogida del premio Carlo Magno de este año: “¿Qué te ha sucedido, Europa humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad? […] Sueño, continúa el papa, con una Europa en la que ser inmigrante no sea un crimen. Sueño con una Europa en la que los jóvenes puedan tener empleos dignos bien remunerados. Sueño con una Europa en la que no se dirá que su compromiso con los derechos humanos fue la última utopía” [5]. Unas décadas antes, el escritor holandés Cees Nooteboom se había hecho un cuestionamiento similar: “¿Dónde está la Europa con la que hemos soñado durante tantos años? ¿Dónde ha desaparecido? ¿Quién se la ha llevado? ¿Los especuladores?¿Los políticos impotentes con sus palabras vacías?… ¿Los neofascistas? ¿El Bundesbank? ¿Los euroescépticos ingleses? ¿Dónde está? ¿En Bruselas o en Londres? ¿En Atenas o en Kosovo? ¿O quizá, a pesar de todo, en Maastricht? Si sigue en vida en alguna parte, nos gustaría recuperarla, no la Europa del mercado y de los muros, sino la Europa de los países de Europa, de todos los países europeos” [6].

I.3 El rapto de Europa. Mito y realidad

Cuenta la leyenda que Zeus, enamorado de Europa, decidió seducirla y, transformado en toro blanco, la llevó sobre su espalda nadando hasta la isla de Creta. Los suyos, presa de dolor, se quedaron llorando amargamente su ausencia. Así fue, según una leyenda, el primer rapto de Europa. El bien soñado desapareció porque fue robado y en la población se quedó un gran vacío solo colmado por el dolor y la amargura.

Mirada desde nuestros días, la leyenda se ha convertido en relato de lo que está ocurriendo ahora. Los dioses actuales, los mercados, nos están robando el sueño de aquella Europa del estado de bienestar y de derecho, democrática y laicamente respetuosa, multicultural y acogedora.

Mientras la mayoría ciudadana dormía bajo el sopor de un bienestar privilegiado, aunque siempre frágil y efímero, la clase política o no ha querido o no ha podido resistir la presión de los mercados, de la banca y de las empresas de inversión. Desde la Unión Económica y Monetaria (Tratado de Maastricht 1992), pasando por la liberación del Mercado Financiero, de bienes y servicios (Tratado de Lisboa 2007) y el Tratado de la Reforma (Consejo Europeo de 2010), la Europa de los mercaderes se ha venido imponiendo sobre la Europa política y social. La imposición ha sido de tal calado que, en paralelo a sus política de ajustes y de austeridad, ha abierto las puertas a la liberación completa de los capitales, ha impuesto la convergencia económica desde la reducción de la inflación, el control del déficit y de la deuda pública, y se ha empeñado en la creación de una moneda única encomendando su gestión a una institución que, como el BCE, tiene exclusiva competencia al margen de todo control político y democrático [7]. Los bancos y las agencias de calificación se han convertido, de hecho, en los verdaderos gobernantes de Europa. Para mantener y salvar el capital financiero de la farsa de sus crisis han impuesto sobre la ciudadanía una austeridad tan brutal que han desquiciado hasta límites intolerables los derechos sociales y han deslegitimado el poder político. Cada día crecen más las tensiones entre esta minoría política devaluada y las bases sociales (“no nos representan”, decíamos cuando el 15M) porque, monopolizada por una oligarquía profesionalizada y sometida al poder económico, excluye sistemáticamente la participación de las mayorías. A juicio de los sociólogos J. M. Antentas y Esther Vivas [8], esta democracia liberal es en realidad una democracia oligárquica que una minoría económica (que representa la sección financiera de la burguesía), ha convertido en una plutocracia que somete los intereses colectivos a una minoría privilegiada, que socializa las pérdidas y privatiza los beneficios. Justamente como Robin Hood, pero al revés.

El resultado salta a la vista: crecimiento incontrolado de las desigualdades y extensión alarmante de la pobreza por todo el continente. Poco importa que los dioses raptores del sueño europeo sean hoy Merkel o el imperialismo del Bundesbank, el Consejo de Europa o la omnipotente Troika. La triste realidad es que los banqueros y mercaderes se han apoderado de Europa y, contra el sentir general del pueblo y con la inestimable colaboración de unos políticos mediocres, sumisos y muchas veces corruptos, le han robado su sueño más preciado.

II. Regreso necesario al futuro

El regreso al futuro literariamente es una imagen poderosa. Como un muelle que, replegando sobre sí mismo, se carga de energía para emprender un nuevo impulso. En este caso, el repliegue supone volver a recuperar algo que ha sido muy valioso en la historia para iniciar desde él un plan alternativo. El proyecto europeo ha fracasado, pero la necesidad de Unión en torno a algo distinto en esta Europa multicultural, diversa y desigual es cada día más urgente. En un mundo globalizado tanto los problemas como los desafíos rebasan generalmente las posibilidades de cada país aisladamente tomado. La articulación con el resto ofrece siempre mayores garantías de éxito.

Con la imagen del regreso al futuro quiero expresar dos movimientos complementarios. Uno para reconocer que, como han demostrado suficientemente los euroescépticos y las clases populares, no estamos en el mejor de los mundos posibles. Contra lo que nos vienen repitiendo machaconamente los capataces del neoliberalismo, los neocon, no estamos en aquella idílica sociedad “panglossiana” que ya denunció agudamente Voltaire en Cándido en el siglo xviii: “Está demostrado, decía Pangloss, que las cosas no pueden ser de otra manera que como son […]. Por consiguiente, los que han sentado que todo está bien, han dicho una necedad, pues habían de decir que todo es lo mejor posible” [9]. Los neopanglossianos de hoy nos repetirán a propósito o sin él que “vamos por el buen camino, que hemos superado la crisis, que estamos creando empleo, que la economía se está recuperando…”. No dejarse contaminar por estas soflamas neopanglossianas es un obligado ejercicio de higiene mental y primer paso para ir en la búsqueda de una salida alternativa.

El otro movimiento de regreso nos permite enlazar con el alma o espíritu fundacional de Europa que es anterior a la misma CECA o Comunidad Europea del Carbón y del Acero de los años cincuenta del pasado siglo. Volver a reencontrarse con el alma más noble de Europa, la humanista de Erasmo y Las Casas, la mística y laica de su experiencia espiritual, la de los Derechos Humanos que se convirtió también en sueño universal es el mejor revulsivo frente al proyecto monetarista y burócrata de la Europa actual.

Y para este regreso —como le sucede al senderista, desorientado en la espesura del bosque o bajo una gruesa capa de nieve que ha borrado los senderos— podemos contar también con unos hitos que nos señalan de nuevo la ruta. Me refiero a tres tradiciones o fantasías que han ido construyendo en los siglos pasados el alma de Europa hoy secuestrada por el neoliberalismo: Ulises u Odiseo (s. viii a.C), Don Quijote (s. xvii) y Fausto (s. xix) [10]. Se trata de fantasías distintas, que nacen en contextos socioculturales distintos y que se reproducen en tiempos también distintos, pero que, sin ellas, sería imposible reconocer la verdadera Europa: Odiseo o la mitología clásica, Don Quijote o el despuntar de la modernidad, y Fausto o la entrada en la posmodernidad. Los tres personajes de ficción, a pesar de su diversidad, se dan la mano y se complementan. Hoy día podemos mirarlos como el mejor paradigma del mestizaje europeo.

Odiseo es el viajero o migrante de la nostalgia, siempre regresando al hogar donde Penélope, en un juego de tiempo y espacio, espera tejiendo y destejiendo, como en el mito del eterno retorno, el mismo paño. El Caballero de la Triste Figura viaja por los campos de Montiel “desfaciendo entuertos” y haciendo justicia a todas las personas humilladas y ofendidas [11]. Y Fausto, por su parte, viaja hacia un horizonte siempre huidizo, hacia una utopía inacabada y fecunda, descubriendo en propia carne y contradiciendo a la vez lo que significa desencadenar, como el aprendiz de brujo, una acción sin objetivos humanitarios. Una acción eficaz, sí, pero sin principios éticos.

Desde el retorno a las raíces de Odiseo, la lucha implacable por la justicia de Don Quijote y el seguimiento de la utopía sobre un horizonte siempre cambiante de Fausto estamos llamados a “reorientar o reformular desde sus raíces” el proyecto europeo. El modelo imperialista —iniciado ya en s. viii, con el Imperio Carolingio— y neoliberal, más dominador que humanista, ha fracasado. Nada tiene ya que ofrecer si no es dependencia y sumisión, explotación del ser humano y de la tierra, empobrecimiento y división. Un nuevo proyecto tiene que emerger reinvirtiendo la pirámide del poder y colocando la sociedad y la política por encima de la economía y del capital financiero. Esto supone un cambio profundo de orientación desde la Europa de los mercaderes hacia la Europa humanista; desde la política monetaria a la Europa de los valores y de los Derechos Humanos; desde la Europa casino y fortaleza a la Europa abierta, tolerante y de la acogida de migrantes y refugiados. Una Europa donde la sensibilidad y el calor humano sea capaz de compadecerse del dolor de los semejantes y de la misma tierra esquilmada.

Este retorno supone un cambio sustancial y hasta alternativo a las dos columnas sobre las que se apoya el neoliberalismo imperial: la “propiedad privada” de los bienes comunes y la “imposible participación democrática” de las bases en la articulación de la sociedad. Nunca se han conciliado bien el poder social y el poder del capital, nunca se han compatibilizado satisfactoriamente la democracia y el mercado. Sus lógicas son opuestas y contradictorias, pero ahí está el “imposible necesario” que tenemos como reto.

La propiedad privada, columna básica del tambaleante neoliberalismo, es la piedra angular del sistema capitalista. La propiedad privada se considera un derecho intocable que responde a una inclinación innata. Así entendida, supone una hipoteca sobre la sociedad que legitima todo tipo de acumulación individual sin límites, abre la brecha de las desigualdades y priva de medios de vida a las personas más débiles. Fuera del control social, este principio autoriza a unos pocos el dominio absoluto de la tierra y normaliza el genocidio poniendo las cosas por encima del ser humano. De la propiedad privada nace la necesidad de acumular dinero y poder, de levantar fronteras, de crear armas de destrucción masiva y de la necesidad de ejércitos. Así llegan las grandes plagas que afligen a la humanidad, la violencia, la guerra y el hambre. Esto no es natural, es necesario reinvertirlo.

Bajo esta hipoteca “propietarista” se ha ido construyendo la Europa fortaleza, club de la abundancia, donde se liberalizan los mercados y se cierra la frontera a las personas. Se ha privilegiado el “individuo posesivo” [12], fruto del liberalismo burgués y del neoliberalismo financiero dispuesto a sacrificarlo todo ante el dios mercado. El individuo posesivo profundiza la distancia entre pobres y ricos y vertebra las sociedades desde la desigualdad y la exclusión.

Necesitamos volver a recuperar el alma solidaria de Europa, lo que solo será posible si somos capaces, en primer lugar, de tomar conciencia de los límites a donde nos está llevando la hipoteca propietarista: a la creciente división entre los pocos que se adueñan de todos los medios de vida y las mayorías sociales que se quedan excluidas. Tomar conciencia de esto significa, si no anular —lo que hoy sería una quimera— sí al menos privar de carácter absoluto el derecho de propiedad privada y situarlo jurídica y políticamente detrás de los derechos comunes, necesarios para vivir, que acompañan a todo ser humano. Y desde esta vinculación radical en los derechos comunes, necesitamos elaborar, en segundo lugar, un proyecto solidario en Europa, que esté regido y orientado desde el principio de lo justo. Ya no basta con apelar a la economía del don y de la gratuidad, como frecuentemente hacen personas bienintencionadas. Aquella ensoñación quijotesca sobre “los tiempos dorados” “donde todo era de todos” puede ser un buen referente utópico y reto frente a la codicia del individuo posesivo.

Articulación de la democracia. Es la otra columna necesaria, pero actualmente ruinosa, del proyecto europeo. Lo que estamos palpando a diario es que a medida que el capital financiero crece y extiende su poder, el espacio de la democracia se achica; a medida que el mercado libre extiende su radio de acción disminuyen las libertades ciudadanas y se debilita el poder político de los Estados. La democracia, enfrentada al mercado libre, siempre acaba sacrificada en el altar del capitalismo financiero.

Y de lo que se trata es de establecer un marco político y jurídico capaz de garantizar por igual los derechos y libertades de todos los habitantes de la Unión. Las formas políticas de organizarse las sociedades, sometidas a las posibilidades de cada tiempo, siempre han sido cambiantes. Como ocurrió en los inicios de la Grecia Clásica, también en nuestros días la capacidad de decidir sigue estando en manos de los grupos de presión oligárquicos. Las grandes decisiones las toman los países económicamente más poderosos —en la UE, mayormente Alemania, el resto son mera comparsa—. Y todo esto se acompaña, además, de una complicadísima burocracia que impide la participación a las mayorías. El resultado es una especie de pseudodemocracia, con votaciones de por medio, es verdad, pero donde ni siquiera el papel del Parlamento Europeo, representante del poder de la ciudadanía, aparece claro. Todo se resuelve en el conciliábulo —bien apoyado por el poder mediático— que forman la Troika, el Eurogrupo y el Ecofín. Se trata de una democracia de muy baja intensidad.

Para bien de la democracia en nuestros días, la globalización y las nuevas tecnologías nos están introduciendo en una nueva era que abre nuevas posibilidades en un mundo cada día más pluralista e interconectado. Aprovechar esta nueva oportunidad debería ser la ocasión propicia para abrir la democracia a otras formas de participación política y social. Retornar a aquella sociedad, soñada por nuestros ilustrados, nos va a exigir también un doble movimiento: uno para tomar nota de la “realidad nueva y diversa” en la que ya estamos, y otro para encontrar formas actuales de emocionar la realidad que la nueva era nos está poniendo en manos.

En un primer momento es justo reconocer que estamos asistiendo al final de las sociedades homogéneas y autosuficientes: hoy día predomina la diversidad, es decir, el multiculturalismo y la dependencia. A pesar de los muros y las concertinas, las fronteras entre los países y los continentes son cada día más débiles. Nunca hay frontera, por sofisticada que parezca, capaz de contener las avalanchas migratorias, a las multitudes que huyen del hambre, la guerra y las catástrofes naturales o que buscan otro estatus de vida. Y la lógica de los desplazamientos y migraciones acaba rompiendo la homogénea estabilidad de las sociedades.

Tenemos que reconocer modestamente, en un segundo momento, que la sociedad europea aún no cuenta con la fórmula exitosa para articular, en un espacio común, a los y las diferentes. El proyecto oligárquico ha fracasado y, como afirma García Roca [13], necesitamos “promover otras formas de emocionar la realidad y de moldear sentimientos de simpatía y compasión” capaces de recrear una nueva “identidad intercultural”. Lo que supondrá, contra la miopía de levantar fronteras, abrir espacios a todo lo inter, a la interacción, a la interculturalidad, al mestizaje. La democracia solo será posible desde aquella forma política y jurídica capaz de integrar todos los guetos en un proyecto común. Pero la perspectiva y el desafío van más allá de la misma Europa: hacia una comunidad intercultural y cosmopolita.

[1] Cfr. José Antonio Pérez Tapias, Europa después de Europa, en Público digital, 25 de julio de 2016.

[2] Cfr. Euroescepticismo en https://es.wikipedia.org.

[3] Cfr. Vicenç Navarro, Lo que los medios no dicen sobre las causas del brexit, en la columna “Pensamiento Crítico” en el diario Público, 25 de junio de 2016.

[4] Cfr. Ibídem.

[5] Cfr. W2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2016/may/documents/papa-francesco_2016.

[6] C. Nooteboom, Cómo ser Europeos, 1995, pp. 124-125.

[7] F. Martín Seco, Economía: mentiras y trampas, 2012, p. 48.

[8] Cfr. Éxodo 119, junio 2013.

[9] Voltaire, Cándido o el optimismo. Estudio introductorio y notas de Andrés Castro, Libresa 2004, p. 56.

[10] Cfr. Carlos París, Fantasía y razón moderna. Don Quijote, Odiseo y Fausto, Alianza Editorial 2001.

[11] Es muy elocuente, a este propósito, el siguiente episodio narrado en el capítulo 11 de la primera parte del libro: “Sentado sobre un dornajo y después de haber embaulado un buen tasajo de carne y algunas bellotas avellanadas”, Don Quijote acerca mentalmente a los cabreros a aquellos “tiempos dorados” en que “se ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío” porque “todas las cosas eran comunes”.

[12] Cfr. Demetrio Velasco, “Europa y sus raíces cristianas”, Éxodo 112 (2012) 38-47.

[13] Joaquín García Roca, Las migraciones como propuesta de civilización. Qué hacer ante las migraciones, en Iglesia Vida 205 (2001) p.73 y ss.

Brexit, más allá de Europa

Un titular tan sorprendente como importante ha saltado a los periódicos estos días: la popularidad de la canciller alemana Ángela Merkel cae en picado debido a la temible presencia del terrorismo en nuestra Europa, al mismo tiempo que la incómoda presencia de numerosos refugiados que huyen del mismo infierno del terror y la guerra… Parece que la población no soporta tanta generosidad de la canciller, y por eso crece como la espuma la popularidad de su actual contrincante, jefe del partido bávaro social cristiano, contrario al asilo…

Decisiva noticia, que, sin embargo, ha podido pasar desapercibida bajo la bruma del verano. Lamentable noticia, escandalosa incluso para una Europa que no hace más que unos años reivindicaba con talante fundamentalista sus raíces cristianas frente a los que, con mirada más amplia, apuntaban también a otras fuentes, laicas o religiosas, de su inspiración… Posiblemente los que entonces vociferaban son los mismos (o sus seguidores) que ahora se rompen las vestiduras ante la salida de la Unión Europea por parte de los británicos, que, por supuesto, tampoco es que haya respondido a un arrebato de solidaridad…

El Brexit ha respondido, más bien, a la profunda crisis interna de la propia Unión, a la profunda ambigüedad en la constitución europea y a sus correspondientes políticas injustas y carentes de toda inspiración humanista y cristiana, como denunció en su momento, lúcida y valientemente, el entonces ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, como lo hace de nuevo en este mismo número de nuestra revista ÉXODO, en la entrevista que amable y generosamente nos ha concedido.

La respuesta razonable y coherente al Brexit no puede ser “más de lo mismo”, más dosis de egoísmo e insolidaridad, de rechazo de “los otros”, más políticas de austeridad que se ceban en los miembros más débiles hasta la asfixia… La respuesta razonable, coherente y necesaria es “otra Europa”, un ÉXODO hacia otra Europa más justa, más democrática, más humana…

Esta es la apuesta de nuestra revista en este número, en el que se trazan algunas de las líneas que habría de recorrer con lucidez y valentía. No lo exigen fuerzas extrañas, sospechosamente desintegradoras, tendenciosamente denominadas antisistema, sino los principios más genuinos y propios del proyecto originario de Europa, por lo menos de lo más utópico y salvable del mismo. “¡Otra Europa es posible! ¡Otra Europa es necesaria!”

Brexit, más allá de Europa


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Brexit, más allá de Eurpa

Punto de Mira: Rapto de Europa. Regreso necesario al futuro, EVARISTO VILLAR

Entrevista a YANNIS VAROUFAKIS, EVARISTO VILLAR y JUANJO SÁNCHEZ

A fondo: La Europa desencantada. Los/las marginados/as del proyecto europeo, ANDRÉS G. CASTILLO SANZ; La economía política de la “integración europea”, contra la democracia, JAIME PASTOR; Acantilados, muros y cumbres. La Europa necesaria, JOAQUÍN GARCÍA ROCA; ¿Qué Europas son posibles?, LUIS GONZÁLEZ REYES

En la brecha: Recortes Cero-Grupo Verde. El cambio pasa necesariamente por la redistribución de la riqueza, NURIA SUÁREZ; Caravana a Grecia, ALMUDENA IZQUIERDO, MAR GIMENA, ALBA NAVÍO y NURIA GARCÍA; Papa Francisco: volver a la Europa que soñaron sus fundadores, BENJAMÍN FORCANO

Actualidad libros: Nuevos horizontes, viejas fronteras, JOAQUÍN GARCÍA ROCA

Mesa por la hospitalidad de Madrid: todos a una

De poco ha servido la voz profética del Papa Francisco exhortando a  Europa a la hospitalidad para con los desplazados por los conflictos bélicos, la hambruna o la falta de oportunidades. Sin embargo, si en algún campo concreto puede verificarse la acción unitaria de Iglesia, ese es el de la movilidad humana.

La Iglesia ha acuñado un término, “refugiado de hecho”, que impide olvidarnos de los millones de desplazados forzosos, susceptibles de diversos tipos de protección jurídica internacional (que no se agota en el estatuto de refugiado). Reconoce a los miles personas que aguardan la diletante y angustiosa resolución de sus expedientes en territorio nacional, a las que siguen ruta hacia otros países de Europa o son devueltas por éstos (“dublines”), o a las que son desoídas y devueltas ilegítimamente en caliente en la Frontera Sur, entre otras situaciones de vulneración de derechos.

En la archidiócesis de Madrid, nada más visibilizarse la crisis de los refugiados, el arzobispo Osoro tomó la iniciativa. Una densa Carta Pastoral establecía los criterios fundamentales de actuación: a nadie se debe dar por caridad lo que le es debido en justicia, la responsabilidad directa de los Estados en la cobertura de los derechos de los refugiados o la necesidad de elevar los listones de protección social para evitar agravios comparativos, entre otros. Asimismo, inmediatamente, constituyó la Mesa por la Hospitalidad. Sería una especie de “gabinete de crisis”, observatorio de la realidad, órgano coordinador de la solidaridad y plataforma de concienciación de la comunidad cristiana y de la sociedad. Se articuló trasversalmente, contando con la Delegación Diocesana de Migraciones-Asti, Caritas Madrid, Justicia y Paz, Confer Madrid, y la experiencia del SJM de los jesuitas y de la Comunidad de San Egidio. En este sentido, debe destacarse la “nueva cultura organizacional” que  incipientemente se ha puesto en marcha. A destacar: la “verticalidad cooperativa” que posibilita asumir sin dificultad las líneas estratégicas que se plantean desde la Comisión Episcopal de Migraciones o la Red Intereclesial Migrantes con Derechos y alcanzar, hacia abajo, el territorio a través de la estructura parroquial. La efectiva “coordinación horizontal” da pie al trabajo entre diferentes organismos diocesanos sin competir entre sí y sin otro protagonismo que el de ser la Iglesia diocesana. La misma que reza, catequiza, celebra, apuesta por los pobres y anhela justicia, más allá de los “apellidos”. La “flexibilización formal” posibilita la concurrencia de distintos niveles organizacionales sin someterse a otros criterios de jerarquía o de territorio más que los mínimamente imprescindibles. “El trabajo en red” otorga mayor visibilidad, eficacia y eficiencia a la acción. Igualmente, consciente de que fuera de la Iglesia se echan demonios, es capaz de “generar sinergias” con iniciativas ciudadanas y, por supuesto, se mantiene en permanente diálogo con los poderes públicos, directos responsables de la política de asilo y refugio.

Desde estos criterios, la Mesa acordó abrir una cuenta corriente y que los ofrecimientos de ayuda material y voluntariado se canalizaran a través de Caritas de cada una de las ocho Vicarías territoriales y de Confer Madrid. Igualmente, una representación de la Mesa, en nombre de la diócesis, asiste a las reuniones con las autoridades. Cada cierto tiempo se difunde un sencillo boletín con el fin de informar y sensibilizar a toda la diócesis. Por otra parte, más que por crear recursos paralelos, se ha apostado por el apoyo a los itinerarios generales de inclusión social de Caritas. Igualmente se ha optado por dar soporte al proyecto de Hospitalidad que llevan a cabo los jesuitas para mejorar las condiciones de acogida e integración de las personas en situación de refugio en Madrid y promover una cultura de la hospitalidad en la sociedad civil. Finalmente se avala, con toda la Iglesia española, el empeño de la Comunidad de San Egidio por articular un corredor humanitario que posibilite la llegada de personas refugiadas con alta vulnerabilidad, pendiente en este momento de la –esperemos inmediata– aprobación del gobierno español.

De momento, la Mesa, más que satisfecha de lo poco que ha hecho, se siente agraciada porque la realidad de los refugiados nos ha desinstalado y nos ha hecho “ser” más una Iglesia de puertas abiertas, unida en la diversidad, que quiere hacer creíble y significativo al Dios de Jesucristo que apuesta por la fraternidad universal. Para alcanzarlo, tendrá que recordar a los poderes públicos que, solo para cumplir los ya cicateros compromisos asumidos por los Estados de la Unión a dos años vista, de seguir al presente ritmo de acogida en España, habrá que esperar casi… ¡hasta mediados del siglo que viene! “Estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20). Ojalá no sigamos sordos.

Es criminal una política de fronteras que discrimina a los pobres

A todos “gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Permitidme, queridos, que robe al apóstol Pablo, no solo el saludo, sino también la acción de gracias “por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo“. Doy gracias a mi Dios por vuestra fe, por vuestro trabajo, por vuestra entrega, por vuestra vida.

  1. Restituir en amor lo que debemos en justicia

Apenas hemos comenzado el año, y a las puertas de esta Iglesia llegan hombres y mujeres con heridas nuevas, testigos de nuevas violencias, víctimas de vejaciones que la reiteración hace insoportablemente renovadas.

El mar de Benzú ha devuelto otro cadáver, otro sin nombre, otro sin padre, sin madre, sin genealogía, otro sin nadie que reclame justicia por otra muerte inicua en la frontera de España.

La pasada noche, la misma frontera ha sido escenario de nuevos despliegues de fuerzas del orden, de nueva violencia con nuevos heridos, con más muertos, como si la única respuesta posible a la tragedia de los inmigrantes fuese la de la fuerza, la de las armas, la del miedo, un ejercicio despiadado, irracional y criminal de intimidación.

Ahora, mientras os escribo, en un aeropuerto de Marruecos, a un joven en tránsito hacia su país, a ciudadano normal, con un pasaporte normal y una tarjeta de embarque normal, a ese joven que, con un cáncer terminal, regresa a la casa familiar para morir entre los suyos, la policía lo ha confinado en dependencias propias, le ha retirado el pasaporte, lo ha aterrorizado, lo ha humillado, y todo ello, mucho me temo, motivado sencillamente porque el joven es negro.

Apenas lo hemos comenzado, y ese amargo anticipo de lo que el año reserva a los pobres se nos hace llamada apremiante del Señor para que esta Iglesia camine con ellos, se solidarice con ellos, cure sus heridas, alivie sus sufrimientos, de modo que les restituyamos en amor lo que les debemos en justicia.

  1. Desde nuestra pobreza

El Señor tu Dios te ha ungido para que seas de Cristo, y te ha enviado para que seas de los pobres: ¡De Cristo y de los pobres!, valga la redundancia. No podemos, queridos, humillar a los pobres haciéndolos partícipes de los desechos de nuestra riqueza.

El altísimo Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, nos mostró el camino por el que hemos de ir, pues él se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza: nació pobre, vivió pobre, murió como un desdichado, como un excluido, como un criminal, como un peligro para la sociedad.

Al decir “pobre”, decimos mucho más que hombre o mujer carente de lo necesario para vivir: Decimos hombre, mujer, despreciados, excluidos, humillados, negados; decimos hombre, mujer, a quienes la iniquidad ha obligado a interiorizar que no tienen derechos, a vivir como si no los tuviesen, a ser como si no fuesen; decimos hombre, mujer, a quienes hemos llevado a dudar de su dignidad humana, de su condición de hijos de Dios.

Es gracia inmensa el que se nos haya acercado a esa condición humillada, haciéndonos así partícipes de la pobreza de Cristo, de su pasión, de su cruz. Es la infinita misericordia de nuestro Dios la que nos puso en camino con los pobres, para que les llevemos una buena noticia, para que sepan que Dios los ama.

  1. Trabajar y orar por los derechos de los pobres: teme la indiferencia y la crueldad con ellos

Supongo que no os sorprende ver una y otra vez confirmadas por la experiencia las palabras del Señor en el evangelio: “Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve”.

Pero habréis observado también que, lo mismo ahora que en tiempos de Jesús de Nazaret, son muchos los que, imitando a reyes y autoridades de los pueblos, se buscan a sí mismos, se yerguen sobre los demás, y se hacen responsables, no sólo de indiferencia ante los que sufren, sino también de crueldad con ellos.

Si esa indiferencia y esa crueldad hubiesen echado raíces en nuestro corazón, serían evidencia de ausencia del evangelio en nuestra vida. Témelas, hermano mío, hermana mía, mucho más de lo que temerías la muerte. Témelas mucho más de lo que temerías el infierno. Témelas, porque los pobres son de Cristo, porque en los pobres vive Cristo, porque si eres indiferente o cruel con los pobres, lo habrás sido también con Cristo, con Dios.

  1. Acércate a ellos

Habrás de hacerlo si quieres acercarte a Cristo, si quieres comulgar con él.
Habrás de bajar hasta los pobres, hasta su mundo, y no tendrás más razón para hacerlo que tu fe, que tu esperanza, que tu amor. Habrás de bajar hasta ellos como Cristo bajó hasta ti: “Él se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres”. Habrás de bajar para que te reconozcan como de los suyos, y no teman asediarte con su indigencia. Habrás de hacerte experto en sufrimiento para que seas, como Cristo, experto en misericordia.

  1. Ama la justicia

Declara ilegal para ti, por injusta, la posesión de lo que no necesitas; declara intolerable a tus ojos, por inicuo, que alguien carezca de lo necesario para la vida. Declara un crimen el hambre, sencillamente porque lo es.

Declara ilegal una política de fronteras que es discriminatoria con los pobres, que viola sus derechos fundamentales, que es violenta con los pequeños de la tierra, que mata sin escrúpulo a hombres y mujeres que sólo buscan un futuro mejor para ellos y para sus familias. Es criminal esa política, son criminales quienes la aprueban, son criminales quienes la aplican.

Si alguna vez lo hemos hecho, ya no podemos permitirnos el lujo de pensar en nosotros mismos: No eres Iglesia para ti, sino para los pobres; no te han hecho sacramento de la grandeza de Dios, sino de su amor infinito a los que piden vivir; no es tu misión sostener el poder ni apoyarte en él, sino defender de sus abusos a los pobres.

Recomendación final

Vuelvo a robar palabras a la inspiración de la Iglesia apostólica: “Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad… Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados como si estuvierais en su carne… Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis, pues él mismo dijo: Nunca te dejaré”.

“Que el Dios de la paz os confirme en todo bien para que cumpláis su voluntad, realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo”.

En Tánger, enero 2016

La misericordia, plenitud de la justicia. Llamada urgente y provocadora del papa Francisco

El año pasado convocaba el papa Francisco un Año Jubilar bajo el signo de la misericordia. La Carta con la que abría ese tiempo singular: “El rostro de la misericordia”, es una llamada urgente a una conversión profunda, auténtica, de la Iglesia, es decir, a todos los seguidores de Jesús, a la misericordia como signo de la credibilidad y autenticidad de su fe. Es un documento rico, lúcido y provocador, que puede acompañar y enriquecer la reflexión desplegada en este número de Éxodo.

Su punto de partida es sumamente certero: no se trata tanto de una recomendación moral, cuanto de algo más radical: de una exigencia teológica. La llamada a la misericordia, a la compasión, brota de la misma fe en Dios, en el Dios de Jesús, que no es poder, sino amor, misericordia. La divinidad de Dios no es la omnipotencia, sino el amor, la misericordia, como reconoció lúcidamente santo Tomás de Aquino, a quien cita el papa Francisco y parecen olvidar más de un teólogo y más de un obispo…

Es de esa experiencia de Dios, experiencia teológica, profundamente espiritual y mística, no de otra fuente, de donde brota la exigencia profética “misericordia quiero, no sacrificios” (Os, 6,6), que recoge y proclama también Jesús de Nazaret (Mt 9, 23). Una exigencia que tanto en él como en los profetas y en los salmos no se diluye en un mero sentimiento piadoso, sino que toma cuerpo y se expresa en un compromiso de justicia y solidaridad con los oprimidos, hambrientos, forasteros, refugiados, desahuciados, excluidos y abatidos…

Los textos de la Escritura son inequívocos, y el papa Francisco los cita con gran convicción: “Este es el ayuno que yo deseo: romper las cadenas injustas… compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo, cubrir al desnudo y no abandonar a tus semejantes…” (Is 58,6s.) “El Señor libera a los cautivos…, el Señor protege a los extranjeros…” (Salmo 146, 7-9) “El Señor sana los corazones afligidos y venda sus heridas…” (Salmo 147, 3.6). Y si abrimos los evangelios nos encontramos con Jesús conmovido por “una intensa compasión” al ver las muchedumbres extenuadas y abandonadas a su suerte (Mt 9,36) y mostrando a sus discípulos inequívocamente, aunque en parábolas, el camino del seguimiento: “¿No tenías tú también tener compasión con tu hermano…?” (Mt 18, 33)…

Estos textos que cita el papa Francisco en su Carta muestran claramente que la misericordia implica para él, como primer momento del compromiso del seguimiento, la justicia, la denuncia de la estructuras económicas, políticas y sociales que generan pobreza, inequidad, exclusión y hasta el “deshecho” como “sobrantes” de los humanos expulsados y excluidos… Esas estructuras, especialmente económicas, son profundamente injustas, denunciaba ya en su primera exhortación apostólica Evangelii Gaudium; más contundentemente aún: “esa economía mata” (nº 53). De ahí que el compromiso del seguimiento evangélico conlleve una lucha decidida contra la idolatría del dinero, del poder, del consumo, de la violencia… (nnº 55-59). En otras palabras, la lucha por la justicia.

Este es el primer paso, “necesario e indispensable”, de la llamada de la misericordia a toda la Iglesia, afirma el papa en su Carta del Jubileo. Un paso que no se agota en el sentido de la justicia como como deber, sino entendido en el sentido bíblico de la justicia mesiánica que se desborda en la solidaridad, en la paz y el perdón, es decir, en la misericordia como plenitud de la justicia.

Conviene anotar y subrayar, finalmente, cómo el papa Francisco incide repetidamente, y con gran lucidez, en que ese compromiso con la misericordia como plenitud de la justicia es, en el evangelio, el “criterio”, la señal para discernir quién es realmente discípulo de Jesús, quién es genuinamente creyente en sentido cristiano. Y que, por tanto, de él depende la identidad y la credibilidad de la fe y de la Iglesia.