La democracia ayer y hoy

Desde hace años asistimos a una impugnación de la democracia establecida. Son muchos los que ponen en cuestión los procedimientos y los resultados de los regimenes políticos vinculados a la democracia liberal. En el caso  de España se concreta esta crítica en una puesta en cuestión del régimen constitucional del 78 y en la necesidad de proceder a una segunda transición que logre superar las deficiencias, los errores y las carencias de la transición producida en los años setenta. Intentaré en este artículo exponer los parámetros de la transición del 78 y mostrar los nuevos elementos que aparecen a partir de la crisis económica del 2.007; centrándome  especialmente en lo ocurrido a partir de la llegada a la esfera pública de una nueva generación que vive en un contexto muy distinto al que tuvieron que afrontar los dirigentes políticos que lideraron el consenso de 1.978.

I- LA TRANSICION DEL 78  Y EUROPA COMO SOLUCION.

La transición a la democracia remite a un proceso que comienza con la muerte del dictador y concluye con la victoria del Partido socialista el 28 de octubre del 82.  La salida de la dictadura tenía una serie de condicionantes y de límites,  que fueron respetados escrupulosamente por las fuerzas políticas de la oposición. El fundamental tuvo que ver con la pervivencia de la institución monárquica para establecer una continuidad entre la dictadura y la democracia sin que hubiera ruptura con la legalidad establecida;  la pervivencia de la monarquía  permitió el triunfo de la reforma política y poder transitar de la ley a la ley, como defendían entonces los reformistas del franquismo,  protagonistas principales de aquel proceso.

Salvada la permanencia de la monarquía había una serie de temas que habían dividido a los españoles que había que intentar solventar; fundamentalmente la articulación del poder territorial, la cuestión religiosa y el sistema electoral. La posición que mantenían los reformistas del régimen franquista era evitar la republica como forma de Estado, impidiendo  la recuperación del laicismo y  la puesta en cuestión de la unidad nacional. La monarquía parlamentaria, el Estado de las autonomías y el Estado aconfesional  fueron las fórmulas que permitieron el consenso constitucional. Atrás quedaban las propuestas de una república laica y  el reconocimiento del derecho de autodeterminación de las nacionalidades.

La ley electoral aprobada permitía asegurar un bipartidismo corregido que ha funcionado durante años; es cierto que ha sido un bipartidismo donde han jugado un papel muy relevante los partidos nacionalistas. Hoy asistimos a la emergencia de nuevas fuerzas que ponen en cuestión el modelo y nos permiten experimentar las paradojas  del multipartidismo. Si por democracia entendiéramos solo la competencia por el liderazgo político este sería el tema esencial. Pero la democracia era entonces y es hoy algo más;  en el caso español estaba muy vinculada a la aspiración a encontrar un lugar  en el mundo europeo; hoy a sobrevivir ante la crisis del propio modelo europeo.

El proceso de la transición se produce en un momento en el que la inmensa mayoría de las fuerzas políticas coinciden en que es el momento de   conseguir la incorporación al proyecto europeo. Si en algún momento de nuestra historia aparece con inequívoca claridad que España  – la España de la dictadura – es  el problema y  Europa – la Europa de las libertades y de la democracia – es la solución es en los años setenta y a comienzo de los ochenta del pasado siglo. Se vuelve a recuperar el proyecto de la generación del 14 formulado por Ortega.  Hay que incorporarse a Europa porque Europa ha logrado la paz tras dos guerras mundiales; ha conseguido extender el bienestar a grandes mayorías de la población  y ha posibilitado una superación de los conflictos religiosos y de los extremismos ideológicos. Europa es la democracia. Una democracia unida al bienestar, a la paz y a la laicidad.

Si hoy nos preguntan por la diferencia entre uno y otro momento histórico no cabe duda que es enorme;   hoy la situación  en Europa es muy distinta. Nos basta con abrir   la prensa para  leer que “estamos en guerra”;  para recordar que “el modelo del bienestar no se puede mantener” y  para advertir que  “la religión ha vuelto en su cara más agresiva y fundamentalista”. ¿Puede sobrevivir la democracia ante estos tres retos?; ¿puede hacerlo en países como España donde unido a estas tres encrucijadas nos vemos abocados a preguntarnos si podremos sobrevivir como nación? Estos son los desafíos  con los que nos enfrentamos.

Aquel mundo de la transición era un mundo donde había dos bloques militares, donde tenían un gran peso los partidos comunistas en Francia y en Italia y  donde en España parecía que el gran problema era el papel que iba a jugar el Pce en la nueva democracia.  Hoy no existe la Unión soviética y, tras la caída del comunismo, son  los nacionalismos por un lado y  los fundamentalismos por otro los que ponen en cuestión el orden europeo.

Existe también una contestación social articulada desde una nueva izquierda. Una nueva izquierda muy  minoritaria en la mayor parte de los países europeos. No así en España donde ha tenido los mejores resultados en toda la democracia y constituye un motivo de esperanza.

El  hecho es que el actual orden europeo no sabe cómo gestionar la pluralidad cultural y religiosa y  no tiene los recursos de antaño para garantizar la lealtad de las poblaciones. La desigualdad ha ido aumentando, la pobreza ha resurgido y ante las nuevas formas de exclusión social y de precariedad hay una demanda constante de sentido, de encontrar un sentido a la propia vida, aunque para algunos la vía pueda llegar a ser- por duro y sorprendente que nos parezca-  inmolarse en un atentando terrorista.

II- EUROPA COMO PROBLEMA.

Para todos los derrotados en la guerra civil española Europa era la gran esperanza. Abandonados por las potencias democráticas, al optar Francia e Inglaterra por la política de no intervención, toda su aspiración se centraba en conseguir que los aliados, los triunfadores sobre Hitler y Mussolini, se hicieran cargo de su error y remediasen aquel crimen. Querían que Franco corriera la suerte de los derrotados en la guerra mundial y que España se pudiese vincular al proceso posterior a la segunda guerra mundial. Si hubiera sido así  los españoles hubiéramos podido gozar de   los treinta años de la edad de oro donde hubo crecimiento económico y pleno empleo, redistribución de la riqueza y sindicatos fuertes, economía mixta y acceso a la educación como un mecanismo decisivo para asegurar la movilidad social. España quedó fuera y eso marcó nuestra historia; los vencidos en la guerra civil volvían a ser olvidados por los vencedores en la segunda guerra mundial.

Hoy –  y aquí está la gran novedad de los últimos años – las noticias que llegan de Europa no trasmiten esperanza, no permiten colmar las aspiraciones a una vida digna. Y este es el  mensaje que reciben las nuevas generaciones para las que la transición queda muy lejos. Todo lo que llega de Bruselas son malas noticias:  imposiciones, restricciones, llamadas a la austeridad, a no vivir por encima de las posibilidades, a restringir el gasto público, a reformar la legislación laboral, a debilitar el poder de los sindicatos, a poner coto a la función pública y al empleo estable.

Cuando oímos hablar de flexibilidad, de precariedad, de desregulación nos echamos a temblar. En seguida asociamos la flexibilidad, no a pensar libremente y sin ataduras, sino a las manos libres del empresario para contratar y despedir; cuando oímos la palabra precariedad no pensamos en  la necesidad de asumir la fragilidad existencial inherente a toda vida humana,  sino que en seguida pensamos en políticas económicas que impiden planificar la propia biografía  ; cuando, en fin, aparece la desregulación no pensamos en acabar con regulaciones obsoletas sino en un capital financiero que no quiere impedimentos en su desarrollo ni controles fiscales por parte de los poderes públicos. Es como si el lenguaje filosófico más complejos se utilizara para hacer realidad los principios más simples del neoliberalismo.

¿Qué ven las nuevas generaciones? No sólo una perversión del lenguaje. Ven que  la realidad europea actual remite a un mundo de austeridad impuesto que impide el afianzamiento, el fortalecimiento, la pervivencia de las instituciones y las prácticas democráticas. Y a partir de ahí  desconfían de la política porque no  ven cómo  impedir este proceso de imposición de la austeridad. Cada vez  que alguien osa intentarlo    es conminado (pensemos en Grecia) a aceptar los dictados de los mercados si quiere  obtener financiación para seguir pagando las pensiones y los sueldos de los funcionarios.   En ese contexto de incertidumbre, de angustia, de no saber cuanto durará este proceso de desmantelamiento del Estado del bienestar Europa emite otros dos mensajes   que hablan de otras dos amenazas: la primera es que estamos en guerra, en  una guerra especial donde no hay ejércitos sino acciones terroristas masivas e imprevisibles;   la segunda es que los que ejecutan estos crímenes, los que  pretenden acabar con nuestros valores y con nuestras vidas están entre nosotros. Hay que afrontar un doble  reto y permitir que el Estado contribuya a las acciones bélicas que sean necesarias y  recurra a medidas excepcionales para garantizar nuestra seguridad. El Estado del bienestar no se puede mantener y el Estado de derecho debe ser puesto en cuestión ante los imperativos bélicos, impera la razón de Estado.  ¿Sin Estado del bienestar y sin Estado de derecho podemos hablar de democracia?

III- ESTAMOS EN GUERRA.

Por guerra los españoles siempre hemos pensado   en la guerra civil española; hemos estado ausentes de la primera y de la segunda guerra mundial. No hemos vivido guerras como la de los norteamericanos en Vietnam o batallas como la de los franceses en Argelia o la de los rusos en Afganistán.

No hemos vivido guerras pero sí hemos sufrido años y años la lacra del terrorismo etarra.  Y lo que ahora vemos es todavía peor. El terrorismo etarra era sanguinario pero tenía objetivos militares o policiales; con el tiempo fue extendiendo sus objetivos para – de nuevo la importancia del lenguaje, en este caso macabro – “socializar el sufrimiento”. En el caso del yihadismo la socialización de ese sufrimiento no tiene límites y puede ocurrir en un aeropuerto, una estación de metro, o en un estadio deportivo; tomando un café en una terraza o acudiendo a un concierto. Toda la población se convierte en objetivo.

Tras cada uno de los atentados nos bombardean con un doble mensaje. Los dirigentes políticos condenan la atrocidad, llaman a la unidad de las fuerzas democráticas y afirman que es la hora de actuar con contundencia. Invitan a la población a mostrar la repulsa ante lo ocurrido y a preservar en la defensa de nuestros valores. Inmediatamente aparecen los expertos que nos dicen que estamos ante un problema gravísimo; que debemos hacernos a la idea de que es cuestión de tiempo que afecte a nuestras ciudades  y señalan que los terroristas están entre nosotros porque no se han integrado en el modelo europeo, sea éste el modelo republicano francés o el modelo multicultural británico. Y añaden que  están dispuestos a perder sus vidas con tal de posibilitar  la victoria del Islam  sobre  Occidente.

Si a cualquiera de los constituyentes del 78 les dicen que no va a haber conflicto entre los bloques militares, que la Unión soviética va a desaparecer, que la unidad alemana se va a producir y sobre todo que estamos ante un choque de civilizaciones no lo hubieran creído, hubieran pensado que una hipótesis de ese tipo era pura alucinación. Por ello solo  contrastando ambos momentos- el que vivíamos en 1.978 y el que vivimos en este 2.016-  se puede entender la perplejidad del europeo actual, que se pregunta una y mil veces cómo hemos podido llegar a esta situación.

Para responder a esta cuestión  hay que partir, al menos, del fracaso de la primavera árabe;  tras lo vivido parece como si sólo fuera posible transitar de unas dictaduras militares y policiales corruptas a un resurgir  del islamismo radicalizado  para volver otra vez  a la dictadura. Lo ocurrido en Egipto da que pensar: dictadura de Mubarak, caída del dictador tras la primavera árabe, triunfo de los hermanos musulmanes y nuevo golpe militar.

El nuevo terrorismo tiene una base territorial muy potente, una base que Occidente combate teniendo que cargar con aliados que desmienten todos sus valores; sea el presidente de Siria o el líder de Rusia.

La conexión de la guerra  de Siria con los atentados en las ciudades europeas y los desplazamientos de refugiados que huyen de esa misma guerra y quieren penetrar en suelo europeo forman un cuadro espeluznante que el europeo medio vive lleno de  miedo y de  perplejidad. Cada nuevo atentado llena los informativos, concentra los titulares y nos confirma lo que llevamos años sospechando: que   el mundo internacional lleva desbocado desde hace muchos años. Si la guerra es inevitable ¿cabe hablar de democracia?

IV – DEMOCRACIA Y LAICIDAD.

También aquí el contraste no puede ser más abrupto. Al producirse la transición española la fuerza del marxismo aparecía como el gran reto para el cristianismo. Había que buscar el camino de hacer real las promesas religiosas buscando las mediaciones económicas, políticas y sociales más efectivas. La primacía del pobre, del excluido, del olvidado, hacía necesaria una estrategia efectiva para acabar con la acumulación de riqueza. Hoy esa acumulación ha continuado, la austeridad se ha impuesto, las desigualdades se han incrementado pero el nuevo malestar es recogido por grupos que ponen en cuestión los valores de la república, de la laicidad, de la ciudadanía. Es todo el proyecto ilustrado el que está puesto en cuestión. ¿Cabe democracia sin Estado social, sin Estado de derecho, sin ilustración?

De nuevo aquí es imprescindible ser conscientes del lenguaje que empleamos. Oímos hablar de espiritualidad, de libertad  de conciencia, a muchos líderes políticos que a  la vez que  defienden un modelo económico que pone en cuestión todos estos valores. Por ello hay que evitar dos peligros. El primero es considerar que nuestro modelo está tan asentando, es tan superior, que de nada tenemos que arrepentirnos. Los neoconservadores nos advierten del peligro de  caer en el relativismo y  poner en tela de juicio nuestros valores, sucumbiendo a  un escepticismo pernicioso que hace el juego a los terroristas; basta de buenismos bienintencionados  la contundencia bélica es imprescindible; ellos o nosotros. Los neoconservadores proclaman que hay que acabar con una izquierda acomplejada incapaz de comprender que no se puede bajar la guardia, que no se pueden buscar motivos en mentes asesinas, que nuestros valores no pueden ser equiparados con los suyos. Hay que poner encima de la mesa nuestros principios y afianzar nuestros sistemas educativos. Sólo así preservaremos nuestros valores y seremos capaces de vencer.

Todas estas proclamas, difundidas con gran estridencia,  no quieren admitir que existe una conexión entre la exclusión social y la violencia; no están dispuestas a aceptar que el neoliberalismo en economía y  el neoimperialismo en política exterior  constituye una combinación explosiva; una combinación que se visualiza en la manera como se pasa  del choque de civilizaciones a la guerra contra el terrorismo  a toda velocidad.

Hay que recuperar la distancia y la perspectiva.  No se puede tolerar la caza del disidente a la que asistimos;  caracterizar como cobardes, acomplejados y  relativistas a todos aquellos analistas  que se atreven a  hacer  preguntas incomodas es una temeridad para nuestras democracias. Bien es cierto que en la guerra la primera víctima es la verdad pero hay que rebelarse frente a ello o nuestra democracia sufrirá un serio retroceso.

Pero también existe  otro peligro. El peligro que acecha a muchas personas de izquierda  al  pensar que todo se reduce a un conflicto económico por defender los intereses estratégicos de las grandes potencias. Para entender los acontecimientos que estamos viviendo tenemos que asumir  que los valores de la republica, de la laicidad y de la ciudadanía, hoy   no están asegurados y no lo están porque es el mismo  proyecto ilustrado  el que tampoco está asegurado. La razón es obvia: por mucho que lo intente el mundo educativo poco pueden hacer  los valores ilustrados ante el mercado neoliberal y ante los integrismos religiosos.

Los docentes pueden intentar compensar la desigualdad, pueden defender una laicidad inclusiva, pueden  difundir una educación para la ciudadanía pero estos valores culturales poco peso tienen  frente a la fuerza de las armas,  al poder del dinero y a la capacidad de seducción de los integrismos religiosos.

V- LOS RETOS Y EL CASO ESPAÑOL

El lector que haya llegado hasta aquí pensará  que es tal la catarata de desafíos  que parece no faltar nada: ni guerras ni políticas de austeridad, ni pérdida de sentido ni falta de identidad y eso que todavía  no hemos llegado a profundizar en el  problema español.  En el caso español compartimos con los europeos el desmantelamiento del Estado del bienestar y los efectos del reto terrorista sobre el Estado de derecho y sobre los valores laicos pero además estamos ante otra encrucijada.

Ante la crisis del modelo europeo son ya muchos los países  que han reaccionado  reafirmando  su identidad nacional. Una identidad, en unos casos, de un nacionalismo de Estado que trata de preservar su especificidad y hacer,  como ocurre en el caso alemán, que más que una Alemania que se va haciendo europea contemplemos la realidad de una Europa  que se quiere someter al dictado alemán. Pero a la vez asistimos al intento de las naciones sin Estado por romper sus vínculos con los Estados de origen y provocar una secesión  hasta conseguir  un Estado propio, como ocurre en el caso de Cataluña.

Esto choca también con el modelo del 78. En aquel momento se pensaba que el proceso de integración europeo permitiría ir relajando las pretensiones independentistas al diluirlas dentro de un proyecto supranacional donde las soberanías fueran compartidas. ¿Para qué reclamar un Estado propio cuando ya los Estados no son soberanos? Muchos  pensábamos  que la gran mayoría compartía esta relativización  de la soberanía y que por ello   la apuesta nacionalista iría diluyéndose.

No ha sido así. Ni los nacionalismos de Estado ni las naciones sin Estado están por la labor. No existe una identidad europea que permita superar las querencias de los Estados; éstos tratan de  recuperar el control de las políticas que tienen que ejecutar. Tampoco   ha disminuido la pulsión de los que prefieren formar un todo aparte antes que seguir siendo partes de un todo superior.

La democracia  española necesita perentoriamente rehacer las fracturas en el proceso territorial interno para lograr que la nación no se rompa, para lograr que las partes colaboren en un todo armónico donde sea posible conciliar la diversidad con la solidaridad, la diferencia con la fraternidad, la peculiaridad con la cohesión. Si esto no se logra la democracia española pasará por una dura prueba.

A este proceso de unir lo diverso, de hacer compatibles tradiciones y sentimientos, se une la necesidad de reformular el proyecto europeo.  Esto no  es posible sin  aprender de los  errores cometidos y apostar por un nuevo contrato social.  La autonomía concedida a los poderes económico-financieros ha provocado una disminución del poder político y de las instituciones democráticas. Estas no son capaces de garantizar la lealtad de las poblaciones ni la integración de las minorías culturales. Los sistemas educativos y las políticas de inclusión tampoco son suficientes. ¿Cómo salir de esta situación?

Hay que entrar en el mundo económico y en el mundo de las religiones. No es posible que perviva la democracia aceptando  la supremacía de los mercados y  que sea vencido el fundamentalismo perpetuando  un positivismo incapaz de asumir los límites del proyecto ilustrado.

No basta con decir que deseamos más Europa o con predicar que queremos más ilustración. Las dos cosas son imprescindibles para revitalizar la democracia pero si se trata de dar más poder a la  Europa económico- financiera o de seguir inmersos en una  ilustración positivista poco habremos aprendido y poco habremos avanzado.

Necesitamos recuperar la Europa social frente a los mercados, la Europa laica frente a los integrismos y  la Europa federal frente a los nacionalismos. Para que esta propuesta tenga sentido hay que matizar, que precisar, que depurar las palabras.  Entre otras cosas porque para  las nuevas generaciones  estas formulaciones remiten  a un lenguaje tan vacío como el de la propia transición española.

Algo hemos vivido los últimos meses en España que puede ser importante para comprender los desafíos ante los que nos enfrenta mos. Son muchos los miembros de la generación de la transición  que se sienten injustamente tratados  porque piensan que aquel fue un paso adelante muy importante y no soportan el adanismo  de las nuevas generaciones. Es muy humano, es muy comprensible pero es inevitable. Hay generaciones que matizan el modelo vigente,  que procuran complementar el cuadro hegemónico, que buscan la manera de aportar sin poner en cuestión el marco dominante.

Pero existen también las generaciones disruptivas, las  que se sienten llamadas a dar una patada al tablero y cambiar los temas de la conversación. Los que hemos vivido el modelo anterior no podemos aferrarnos a él como si fuera insuperable y no pudiera ser modificado. Se trata de entrar en diálogo con la nueva generación  partiendo de un hecho inexorable: las experiencias de unos y otros son muy distintas  y  muchos de estos jóvenes viven un mundo que  para ellos comenzó en el 2.008 y  desde entonces han visto una naturalización del espanto de tal intensidad, que todo el marco  se tambalea.  Si a eso añadimos que  han encontrado que alguien de su generación ha hecho en público las preguntas que ellos se hacían y ha puesto en cuestión las supuestas  verdades que nos han traído hasta aquí podemos comenzar a entender lo que nos pasa.

No es  el menor reto de la democracia el propiciar  la conveniencia de fomentar un diálogo intergeneracional donde se puedan recordar los sueños que se frustraron, las promesas que no se cumplieron y los principios que se abandonaron. Sólo tras una prueba de veracidad cabe retomar el proyecto y darle nueva vida. Este es el punto de mira del que debemos partir. Hay crisis económica, hay crisis política, hay crisis cultural pero también  asistimos a  una ruptura generacional.

Un diálogo que está enmarcado en el otro conflicto que  conforma el día a día de nuestra democracia. El que afecta a nuestro propio ser como nación. No se trata  sólo de  plantear si incrementamos  el gasto en sanidad, en educación, en pensiones o en la cobertura de desempleo, si invertimos en infraestructuras o en investigación científica, si mantenemos un modelo de crecimiento urbano o rompemos con un modelo depredador del medio ambiente. Todo ello es decisivo pero la pregunta esencial para un país es previa, o si se quiere paralela, y remite a la cuestión de si podemos/ si queremos vivir juntos: las distintas generaciones y las distintas naciones que conforman el Estado.  Esa es la gran cuestión que hay que decidir y a la  que el reto del independentismo catalán nos aboca inexorablemente: Hay que decidirlo  en los procesos electorales o con una consulta, pero según como sea nuestra respuesta encaminaremos nuestros pasos en una o en otra dirección. Si queremos vivir juntos decidiremos repartir nuestros beneficios y asumir nuestros costes entre todos, porque todos nos sentiremos partes de un proyecto de vida en común. Si decidimos romper porque ya no podemos convivir, porque no soportamos al otro, porque preferimos caminar a nuestro aire, sin cortapisas ni dependencias, formaremos un proyecto que de sentido a muchos, quizás a la mayoría, pero que romperá  la convivencia de años y dejará heridas en unos y otros.

Tenemos que saber que no estamos únicamente ante  un problema de carpintería  constitucional, de encontrar la ley que nos permita pactar los porcentajes que justifiquen una secesión y los tiempos para repetir el proceso si la mayoría a favor de la secesión no se produce. Tenemos que pensar que un proceso de este tipo – por más leyes de la claridad a la canadiense que apliquemos – afecta a los sentimientos, a la formas de vida, a las experiencias y ese proceso no es posible sin provocar fracturas emocionales,  sin que haya vencedores y vencidos.

No se trata solo de manifestar lo que uno prefiere, sino de analizar lo que puede ocurrir.  En mi caso prefiero la España federal en una Europa federal, antes que una España sin Cataluña en una Europa en proceso de renacionalización.  Es una apuesta que considero deseable pero comprendo que muchos otros no la comparten y que cualquier proyecto  tendrá que cargar con un mundo de pasiones desatadas que será muy difícil articular, encauzar y  controlar. Y esa es la primera tarea de la política democrática: evitar que las pasiones estallen encauzando los sentimientos. Sin sentimientos no hay tensión vital y sin esa tensión la democracia perece. Pero si los sentimientos los llevamos a la incompatibilidad radical la convivencia se hace imposible. Imposible porque  las minorías culturales o religiosas no se ven incluidas en el proceso democrático e imposible porque las naciones no se viven parte del mismo Estado.

Democracias real: retos pendientes

Varias son las cuestiones fundamentales que , en este número, presenta EXODO: el trasfondo de las dos guerras mundiales, de alguna manera conectadas con la guerra civil española, los cuarenta años de dictadura del régimen franquista  unida a la batalla  contra el terrorismo de Eta; la Transición del 78 y el nuevo ciclo político generado a partir de la crisis del 2007.

Un pasado complejo, sin cuyo recuento y análisis, resulta difícil entender el momento presente. Unos, por viejos y tradición e  ideología, muy aferrados al sistema vigente y aún hoy opuestos a la  aceptación de nuevas formas de hacer política;  y otros, por juventud, ímpetu innovador y reivindicación del protagonismo del pueblo,  decididos a cambios que acaben con el bipartidismo de  la transición  e inauguren una convivencia más plural, justa, libre  y participativa.

Quizás, las fuerzas de la izquierda han revivido y se hallan más operativas en España que en cualquier otra parte de Europa.  El caso es que, desde el 15 M,  surgieron movimientos con clara, distinta y pública conciencia frente a la democracia establecida, neoliberal, cargada de  desigualdades, injusticias, corrupciones y abusos, incompatibles con  la misma Constitución española. Conciencia y movimientos que dieron lugar a un mapa electoral con resultados totalmente nuevos en las últimas elecciones del 20 diciembre de 2015.

No es fácil, pero hay que partir de que el ayer y el hoy, la transición y el nuevo ciclo político, representan situaciones muy distintas.

A entender lo que está pasando:  la crisis económica, la pérdida de soberanía ante la Troika europea,  el imperio y supremacía de los mercados, el ensalzamiento del poder financiero, el cinismo de los políticos, el empobrecimiento y desastres de sectores mayoritarios de nuestra sociedad, ayudan mucho los   acertados artículos de este número de Exodo.

La nueva situación implica, obviamente, graves desafíos, nuevas soluciones, propuestas alternativas, que el lector podrá ir discerniendo a la luz de las reflexiones de autores que descubren  que  “El cinismo político  es hoy el veneno que se le está inoculando a la vida pública de las sociedades hasta ahora democráticas”.

Democracias real: retos pendientes

Democracias real: retos pendientes

Punto de mira: La democracia ayer y hoy,  ANTONIO GARCÍA SANTESMASES

Entrevista: Enmanuel Rodríguez, MIGUEL ÁNGEL DE PRADA y CARLOS PEREDA

A fondo: Redescubriendo el municipalismo, ADOLFO RODRÍGUEZ GIL; Domocracia, representación, participación, FELIPE AGUADO HERNÁNDEZ; Cómo conjugar la igualdad y la diversidad, ALICIA MUÑOZ SÁNCHEZ; La insoportable contradicción de una democracia cínica, JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS. 

En la brecha: Presupuestos participativos en Madrid, CARLOS PEREDA; XV Dictamen del Observatorio Estatal de la Dependencia, ANTONIO JIMÉNEZ LARA; CIMAS y las democracias participativas, CARMEN ESPINEL.

Actualidad: La crisis española, JUAN DIEGO GARCÍA.

Libros: Este país merece la pena. M. Ángel Revilla, BENJAMÍN FORCANO.

Algunos libros interesantes sobre la figura del Jesús histórico

  1. Gnilka, Jesús de Nazaret. Historia y mensaje, Editorial Herder, Barcelona 1993.

Joaquín Gnilka es un teólogo católico alemán y renombrado exegeta. Aunque esta obra ya tiene sus años, sigue siendo actual en muchos puntos. Se sitúa en la línea de la crítica histórico-literaria de la tradición alemana. Se trata de un manual para teólogos y también para estudiantes de teología. Mesurado, quizá un poco aséptico en su visión de Jesús.

Gnilka sitúa la investigación histórica de Jesús en el contexto del mundo político, religioso y social de su tiempo. Trata de centrarse en la afinidad y en las tensiones que experimentó Jesús con su entorno cultural. En su momento abrió muchos caminos de investigación, y significó un gran aporte para conocer mejor la personalidad y la autoridad de Jesús, así como el conflicto que estalló entre él y las autoridades de su tiempo.

A lo largo de doce capítulos, va analizando, entre otros temas, la investigación sobre Jesús, la situación política de Israel en su tiempo, la situación espiritual y religiosa, su mensaje, sus discípulos, sus enseñanzas, el conflicto final, su proceso y ejecución, y culmina con un epílogo pascual.

 

  1. D. Crossan, Jesús. Vida de un campesino judío, Editorial Crítica, Barcelona 1994.

John Dominic Crossan es un exegeta, historiador y publicista estadounidense de origen irlandés. Ha sido monje católico, de los hermanos Servitas, pero dejó el sacerdocio para dedicarse con más libertad al estudio de la vida de Jesús, viviendo y trabajando en USA. Ha tenido gran éxito mediático con la difusión de sus escritos e ideas.

Se siente cómodo dentro de la llamada “tercera ola” de la investigación de la historia de Jesús, y forma parte del Jesus Seminar, un grupo académico interdisciplinar e interconfesional de estudiosos que se dedican a analizar la historia de Jesús. Crossan ve a Jesús de Nazaret como sabio y carismático ambulante, amigo de la mesa compartida y testigo de la gratuidad divina. Ha unido, y sigue uniendo, la visión de un Jesús contra-cultural y “sabio”, al estilo de los cínicos de su tiempo, con una intensa crítica social, que proviene de la tradición profética de Israel, en la línea de un catolicismo liberal y liberador, de anglosajón de origen irlandés. Sus aportaciones al estudio de la historia de Jesús siguen siendo importantes.

Crossan ha sido fuertemente criticado por numerosos exegetas, ya que, en su esfuerzo inicial por desacreditar la imagen de Jesús que ofrece el fundamentalismo bíblico, termina por considerar tardíos todos los Evangelios canónicos, incluyendo el Evangelio de Marcos (considerado por la mayoría de los estudiosos de alrededor del año 70), y además, llega a devaluar el Evangelio de Juan a tal punto que no le atribuye casi ninguna importancia para el estudio del Jesús histórico.

El libro Jesús. Vida de un campesino judío está dividido en tres partes. La primera, dedicada a la situación política que imperaba en la Palestina de Jesús. La segunda, sobre los distintos esfuerzos y reacciones del pueblo judío  para afrontar aquel yugo imperial. La tercera, centrada en la figura de Jesús de Nazaret.

Años después Crossan publicó un resumen dirigido a un público más amplio de este libro, titulado Jesús: biografía revolucionaria, Editorial Grijalbo, Barcelona 1996.

 

  1. P. Meier, Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico Vol. I-IV, Editorial Verbo Divino, Estella 1998-2012.

John P. Meier es un jesuita norteamericano, exegeta e historiador, de origen católico. Actualmente quizá sea el autor que ha estudiado de manera más completa y detallada la figura de Jesús de Nazaret, en los últimos decenios. Comenzó escribiendo algunos libros sobre el evangelio de Mateo y el origen del cristianismo, pero después se centró en la elaboración de su obra Un judío marginal. Se trata de una obra monumental, a la que se viene dedicando desde hace más de veinticinco años.  De ella ha publicado ya cuatro volúmenes.

El primero, sobre el encuadramiento histórico y las raíces de la persona de Jesús. En él plantea el problema de los hermanos de Jesús como otros hijos de María. También la cuestión del nacimiento de Jesús en Nazaret, y no en Belén.

El segundo volumen, es sobre el mensaje del Reino. En la edición española, debido a su gran tamaño, este volumen ha sido editado en dos tomos. El 2/1, sobre la figura de Juan Bautista, y el 2/2, sobre los milagros. En el primero de ellos estudia el período desconocido del discipulado de Jesús entre los seguidores de Juan el bautista.

El tercer volumen, es sobre los compañeros de Jesús y los competidores que tuvo. Investiga los diferentes grupos de personas que siguieron o rodearon al Maestro: los Doce, los discípulos, los seguidores, las multitudes ocasionales, las mujeres. Luego detalla la relación de Jesús con los fariseos, los saduceos, los esenios y otros grupos.

El cuarto volumen, se centra en la interpretación de la Ley y el mensaje del amor anunciado por Jesús. Analiza cómo interpretaba Jesús ciertas cuestiones legales judías como el sábado, los alimentos impuros, los juramentos, el divorcio, y la ley del amor.

En el original inglés, la obra todavía no ha sido terminada. Meier anunció que aún le quedan por abordar temas importantes, como el de las parábolas, los títulos de Jesús, y sobre todo el juicio, pasión y muerte de Jesús.

La obra de Meier es quizás la más significativa e influyente de los últimos decenios, no sólo entre los católicos, sino también entre los protestantes y los agnósticos. Actualmente esta obra es considerada un punto de referencia básico para el estudio de la vida histórica de Jesús de Nazaret, y un texto ineludible para quien quiera hoy adentrarse seriamente en este tema.

A lo largo de su obra, Meier presenta a Jesús como un pretendiente mesiánico, maestro sabio y carismático asesinado. Está escrita de forma clara, atractiva y apasionada, y en ella estudia, de un modo crítico y muy detenido, todos los temas básicos sobre el mensaje y la vida de Jesús, como profeta del reino de Dios (en la línea de Elías) y como pretendiente mesiánico (en la línea de David).

 

  1. Theissen – A. Merz, El Jesús histórico, Editorial Sígueme, Salamanca 1999.

Gerd Theissen es un teólogo de origen alemán, de tradición protestante, y profesor de Nuevo Testamento. Ha sido y sigue siendo el mejor analista social de la vida de Jesús y del cristianismo primitivo. Es psicólogo y sociólogo, y un pensador de fondo. Y tiene el mérito de haber sido uno de los primeros en haber abordado el estudio del Nuevo Testamento desde una perspectiva sociológica.

La coautora de esta obra, Annette Merz, es una teóloga protestante alemana, y profesora de Nuevo Testamento. Ambos se han unido para producir este excelente libro. Escrito en 1996, es un compendio escolar, casi enciclopédico, sobre el marco social y la identidad del mensaje y la vida de Jesús de Nazaret.

El libro consta de cuatro partes. La primera, sobre las fuentes del estudio del Jesús histórico. La segunda, sobre el marco histórico de la vida de Jesús. La tercera, sobre su actividad y predicación. Y la cuarta, sobre su pasión y trágico final.

Los autores presentan a Jesús como profeta carismático, maestro y poeta. Esta obra es quizás el mejor estudio de conjunto, de tipo escolar pero a la vez ampliamente abarcador, sobre el marco social del mensaje y la vida de Jesús. Los autores, de un modo sistemático, han buscado situar a Jesús en el contexto de la cultura económica, política, social y religiosa de su tiempo. Creen que la vida y el mensaje de Jesús sólo se entiende si se lo sitúa en el trasfondo del despliegue cultural, social y religioso de la humanidad, en el Antiguo Oriente.

Theissen ha popularizado muchas de sus aportaciones, en forma novelada, en una obra titulada La sombra del Galileo, de Editorial Sígueme, Salamanca 1985.

 

  1. Vidal, Los tres proyectos de Jesús y el cristianismo naciente, BEB 110, Editorial Sígueme, Salamanca 2003.

Senén Vidal es un crítico textual, exegeta e historiador católico español, y uno de los mejores conocedores de san Pablo en el ámbito español. Su obra sobre los tres proyectos de Jesús es un estudio original, profundo y excelente sobre la evolución mental y vocacional del profeta de Nazaret. Tiene el mérito de asumir, de un modo más crítico que J. P. Meier, el esquema de fondo de la personalidad de Jesús. Distingue de una forma realista y bien fundamentada, los tres momentos de su biografía profética. Primero: sostiene que fue por un tiempo profeta apocalíptico de conversión, en el ambiente de Juan el Bautista, cuyo bautismo recibió e impartió, en el desierto de la ribera oriental del Jordán. Segundo, tras la prisión de Juan, y viendo el fracaso del bautista en su tarea de inaugurar el Reino, Jesús asume su vocación de mensajero y profeta del Reino de Dios en su tierra de Galilea. Tercero: expone el momento en que Jesús se presentó al final de su vida como pretendiente mesiánico, lo cual lo llevó a ser en Jerusalén.

Su planteo es muy lúcido y valioso, sobre todo en las dos primeas partes del libro. En la tercera, su postura es un poco más tradicional e influida por la dogmática cristiana posterior.

Vidal ha realizado una versión resumida, sin notas tecinas y más divulgativa en su libro: S. Vidal, Jesús el Galileo, Editorial Sal Terrae, Santander 2006.

 

P. Sanders, Jesús y el judaísmo, Editorial Trotta, Madrid 2004 (original de 1985).

Es un protestante norteamericano, profesor de Nuevo Testamento, y uno de los más importantes investigadores contemporáneos del Jesús histórico, el cual ha contribuido de manera efectiva y decisiva a la visión de que Jesús era miembro de un movimiento de renovación religiosa del judaísmo.

Alejado de las “etiquetas” de la “tercera ola” y del Jesus Seminar, se confiesa agnóstico respetuoso.

El libro se divide en tres secciones. La primera, aborda la cuestión fundamental de la teología de la restauración de Israel. La segunda trata sobre el Reino de Dios y los distintos aspectos en el ambiente judío. La tercera, sobre el conflicto final que lo llevó a la muerte.

En su obra presenta a Jesús como profeta escatológico, testigo de la gratuidad de Dios, mensajero, preparador y testigo de un Reino inminente, que ha de manifestarse a partir del pueblo de Israel (simbolizado por el grupo de Los Doce, de Jesús) hacia todas las naciones. No lo considera un profeta político, en el sentido militar. Tampoco considera que haya sido condenado por rechazar las estructuras económico-sociales, sino más bien por haber anunciado el fin de toda política institucional, expresada en términos de poder, tanto la de Roma, la de los sacerdotes jerosolimitanos, y los posibles celotas judíos. Sostiene que anunció y preparó la llegada de un Reino distinto del de los sacerdotes y políticos de sus tiempos, y que por ello fue condenado. Este llamado de atención sobre el Jesús judío religioso, ofrecido precisamente por un agnóstico confeso como Sanders, quien es sin duda el mejor conocedor del judaísmo de su tiempo, constituye una de las aportaciones básicas al conocimiento de la historia de Jesús en la investigación contemporánea.

 

E. Brown, La muerte del Mesías I-II, Editorial Verbo Divino, Estella 2004-2006 (original de 1994).

Raymond Eduard Brown es un teólogo católico norteamericano, y experto en exégesis bíblica de fama mundial. Ha sido uno de los primeros académicos católicos en aplicar el método histórico-crítico a las Sagradas Escrituras.

Es ampliamente conocido en el ambiente bíblico por su Comentario al Evangelio de Juan, hoy convertido en una obra clásica. Esta obra monumental es uno de los estudios más detallados y completos que existen sobre la pasión y muerte de Jesús de Nazaret. En él recoge y evalúa los distintos temas del conflicto de Jesús con su entorno.

En su análisis estudia simultáneamente los relatos de la pasión y muerte de Jesús confrontando a la vez la narración de los cuatro evangelistas. Desde esta perspectiva, intenta descubrir los respectivos mensajes evangélicos de los autores canónicos, y a la vez detectar el trasfondo histórico de aquellos sucesos. Al articular las cuatro narraciones evangélicas en un solo relato unificado, pero destacando sus diferencias, este comentario es una herramienta sumamente útil para descubrir las características literarias y teológicas de los autores de los Evangelios. Todo esto en un lenguaje comprensible para el lector moderno, a la vez que erudito y exhaustivo.

En el volumen primero, analiza los hechos que van desde el prendimiento de Jesús en Getsemaní hasta el momento previo a la crucifixión. Allí estudia su captura en el monte de los Olivos, la posibilidad del juicio ante el Sanedrín, las vejaciones de la guardia judía, el proceso ante el gobernador Poncio Pilato, el suicidio de Judas, y el escarnio y maltrato por parte de las autoridades romanas. En el volumen segundo estudia los detalles de la crucifixión, los acontecimientos posteriores a la muerte de Jesús, la reacción de los presentes, y la sepultura de Jesús.

 

­R. Aguirre – C. Bernabé – C. Gil, Qué se sabe de Jesús de Nazaret, Editorial Verbo Divino, Estella 2009.

Los autores son profesores españoles de Nuevo Testamento en la Universidad de Deusto, y combinan el estudio, la docencia y la divulgación de cuestiones en torno a Jesús, el Nuevo Testamento y el cristianismo primitivo.

Esta obra aborda casi todos los temas importantes en torno a la vida, el mensaje, la misión y la muerte en la cruz de Jesús de Nazaret.

Comienza con una breve historia de la investigación, desde sus orígenes a fines del siglo XVIII hasta el presente. Sigue luego un análisis del contexto de la vida de Jesús. Los orígenes familiares, su educación, y su relación con Juan el Bautista. Estos autores, a pesar de ser católicos, se abren a la posibilidad de que los hermanos de Jesús fueran realmente hermanos carnales

El capítulo siguiente está dedicado a la enseñanza de Jesús. El él se analiza el anuncio de Jesús sobre el reino de Dios, aunque no menciona el hecho de que este reino de Dios, tal como lo imaginaba Jesús, iba a cumplirse aquí en la tierra, y concretamente en la tierra de Israel. A continuación, sigue un estudio sobre los hechos de Jesús, las sanaciones y exorcismos que realizaba. Los autores eliminan como no históricos los llamados “milagros contra la naturaleza”. El siguiente apartado es sobre las relaciones de Jesús, es decir, los destinatarios del Reino, los discípulos en general, el grupo de los Doce, y las mujeres. Cuando abordan los últimos días de su vida, su condena y su muerte, aceptan que Jesús fue condenado por el poder romano por considerarlo culpable de un delito político.

Una obra muy recomendable por su amplitud, su claridad y su poder de síntesis, de parte de los autores.

Rufino Velasco

Sé, querido Rufino, lo que ha supuesto para ti el investigar, estudiar y esclarecer la realidad de la Iglesia católica, que nace de Jesús. Muchos interrogantes te envolvían y era objetivo tuyo no cesar hasta lograr una comprensión, que fuera guía y, al mismo tiempo, discernimiento de una realidad bimilenaria, enormemente compleja, para desde ella empeñarse por seguir y construir lo que de verdad respondía a la originaria enseñanza del Nazareno.

Sin Jesús, no hay Iglesia. Y es natural que nos preguntemos cómo surgió, cómo fue su desarrollo, si siempre fue depositaria del Evangelio, si lo esquivó o traicionó, si se anquilosó, retrocedió o avanzó, o se transformó en formas de hacer y gobernar que se alejaban de sus marcas primordiales.

De todo esto, nos vas a hablar (desde el prisma de tu gran libro La Iglesia de Jesus, EVD, 1992, 456 pp., traducido al portugués por indicación de Leonardo Boff), hoy, que se ha cobrado conciencia del retorno a Jesús, acaso porque con el correr del tiempo quedó eclipsado o tergiversado en la Iglesia. Dicho esto, mi primera pregunta es:

¿Fue preocupación fundamental de Jesús fundar la Iglesia?

      La preocupación fundamental de Jesús fue la venida del Reino de Dios a Israel. Esa fue su predicación y su práctica y a eso obedeció la elección de los Doce, como representantes de las doce tribus de Israel. Jesús tiene la confianza de que su pueblo, a pesar de sus infidelidades, puede poner en práctica ese Reino y volver a ser el verdadero pueblo de Dios. Lo que Él quería implantar era el Reino de Dios. Para nada piensa en una Iglesia nueva.

Conviene recordar que el texto de Mt. 16, 18 ss, en opinión de la mayoría de los exegetas, está colocado fuera de lugar, narra la primera aparición de Jesús a Pedro, y sólo Mateo narra cómo Simón recibe el nombre de Roca o Pedro por estar relacionado con las apariciones del Resucitado. Y no sirve para probar desde él, que la Iglesia queda fundada sobre sus dirigentes Pedro y los demás apóstoles.

¿Entonces, cuál sería, si es que existe, la explicación correcta?

      Hay que abordar la cuestión desde dos experiencias fundamentales de los discípulos, que se grabaron muy a fondo en su conciencia y son el fundamento de lo que ellos experimentan más tarde como Iglesia.

¿Cuáles son esas experiencias?

      Dos: las experiencias prepascuales y la experiencia pascual.

Por la primera, ellos se sienten llamados y congregados a participar en el movimiento de Jesús y dentro de él inaugurar el Reino de Dios. Es en ellos donde se va a poner en práctica lo que significa que está cerca el Reino de Dios, cerca para los pobres: “Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios” (Lc 6,20).

Para entrar en el movimiento de Jesús y seguirle, hay que empezar por ser pobre y elegir ser pobre: “Dichosos los que eligen ser pobres, porque estos tienen a Dios por Rey” (Mt 5,3). Y hay, además, que tener hambre y sed de justicia, es decir, entregarse con toda el alma para la liberación de los pobres según exige el Reino de Dios (Mt 5,6).

      Por la segunda, los discípulos afrontan de cerca la muerte de Jesús, la entienden como un fracaso que les hace huir y dejar a Jesús en la soledad absoluta cuando más los necesitaba. Natural era pensar entonces en la dispersión y no en la formación de una Iglesia a partir de ellos mismos.

¿Entonces, de dónde nace la Iglesia?

      Justo en el momento, para ellos inaudito, en que ocurre la resurrección de Jesús. En el saber que el muerto en la cruz está vivo, experimentan que las pretensiones de Jesús quedan refrendadas por Dios, no así las de los dirigentes de Israel, que enseñaban y actuaban en su nombre. En ese momento, los discípulos comienzan a creer de una nueva forma en Jesús y a entender ser verdad su anuncio liberador de los pobres. Es un salto cualitativo en sus vidas.

Juntos perciben la novedad de lo que le ha acontecido a Jesús, de alguna manera se sienten co-resucitados con él para una nueva forma de existencia, asumiendo todo lo que ya habían compartido con él. Congregados, se sienten unidos y surge la ek – klesia, llamada desde entonces la Iglesia.

¿Y es a partir de estas experiencias compartidas cuando comienza a caminar la Iglesia?   

Sí. No son unos dirigentes los que fundan la Iglesia como si a ellos se debieran las comunidades posteriores. No, sino que el impacto de la resurrección ha sido tal, que a todos los posee y todos se sienten unidos en un plano de igualdad y se ponen a actuar en una actitud diaconal (servicial). Es Jesús mismo quien se hace presente en ellos con la fuerza de la experiencia pascual.

      Y ya inmediatamente crecen y se concretan diversas comunidades cristianas. En cada una de ellas, hay uno de los discípulos que acompañaron a Jesús durante toda su vida. Y así suelen enumerarse cuatro comunidades principales: la marcada por la tradición paulina, la correspondiente al discípulo amado, la de Pedro y la de Santiago. Cuatro tradiciones, que arraigan por distintos países conocidos de entonces, con versiones plurales pero basadas siempre en las mismas y originarias experiencias.

Pablo se opone a los judaizantes y da al traste con la ley del mundo judío, más en concreto con la ley de la circuncisión.

Frente a los que pensaban que lo más importante era que Jesús había instituido los doce apóstoles, que nombraban “sucesores” para seguir su obra, las comunidades del discípulo amado piensan que la categoría de “discípulo” es “la categoría primera cristiana”, sobre la que se apoya la igualdad de todos los creyentes. La necesidad de sucesores, la suple el “Paráclito”, que es el verdadero maestro que enseña y guía ((Jn 14,26; 16,13). Nadie se sale de esto por ocupar un puesto o tener un cargo en la Iglesia, ni nadie se coloca por encima de esto. Previo a esto, y como algo común a todos, se da la experiencia de la fe en Jesús y del amor a Jesús.

¿Según esto, sería correcto afirmar, como siempre se ha hecho, que Jesús funda la Iglesia?

Jesús, al poner en marcha su movimiento en medio de su pueblo, no piensa en fundar su Iglesia como una realidad nueva dentro de Israel. Son las experiencias, que hemos dicho, la fuerza concreta que congrega a los discípulos en ek-klesia. La Iglesia nace como parte integrante de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Este es el punto de partida y otra cosa es la forma que va adquiriendo en sus diversas tradiciones. Desde el principio se dan distintas maneras de entender a Jesús y de vivir su seguimiento.

¿Esta diversidad no acabó con la comunión entre las distintas “iglesias”?

La Iglesia ha tenido en su historia diversos momentos y modos de desarrollo. En el primer milenio aparece la comunión como punto central que une a la totalidad de la Iglesia. En el segundo, se crea como principio primero de la institución eclesiástica, la jerarquía. Pero, en uno y otro, a pesar de todas las contradicciones, la Iglesia se presenta como convocada en torno a la comunión eclesial.

¿Podrías especificar brevemente los pasos de esta Iglesia en los primeros siglos?

               – En el primer siglo, el despegue del judaísmo y la apertura hacia el mundo pagano supuso una crisis profunda dentro de versiones normativas y organizativas distintas. Pero era mucho más urgente la transmisión del Evangelio vivido y practicado que la forma de organizarse los dirigentes de la Iglesia, quienes, Pablo a la cabeza, se consideraban los sirvientes de las comunidades. “¿Quién es, pues, Apolo? ¿Quién es Pablo?… ¡Sirvientes, por medio de los cuales habéis creído!” (Cor 3,5-7). Las comunidades cristianas, por su experiencia de fe, son la gran novedad que penetra en la historia.

               – En los siglos II y III, la Iglesia se va extendiendo poco a poco. Pero manteniendo el protagonismo de las comunidades locales dentro de la Iglesia. Se reunían en torno a un obispo, que tenía la misión de ser supervisor de un gran sector de la Iglesia, así, por ejemplo, Ignacio mártir, único obispo en Siria; Policarpo en el Asia Menor; Ireneo en las Galias; Clemente en la región de los romanos, y más tarde Cipriano en la región de África. Pero eran las comunidades las artífices de su propia vida y fuente de las iniciativas para poner en acto el Evangelio en el lugar que les ha tocado vivir. Son ellas las que afrontan y resuelven sus problemas, por mayoría, reunidas en común con su Obispo; lo hacen sabiéndose portadoras de la tradición recibida de los primeros Apóstoles de Jesús; y con la conciencia de que ejercen un servicio =“diaconía” que asegura la comunión=“koinonia”.

De esta manera, se entiende que los obispos no proceden aislados de sus comunidades, sino que vinculados con la fe de todo el pueblo creyente pueden representar la verdadera fe contra las herejías. Sólo impregnado por la fe de la comunidad puede el obispo responder de la ortodoxia de todo el pueblo creyente. Dentro de esta profunda comunión, el sentir común del pueblo se reconoce en unos escritos y no en otros y se llega a determinar qué libros pertenecen al Antiguo Testamento y cuáles al Nuevo, fijando así el canon de las Escrituras.

¿Quieres decir entonces que la elección de los obispos era obra y decisión de las comunidades?

      La ordenación del obispo se hacía mediante un gesto constitutivo previo, que era la “mano alzada”, confirmada luego por la imposición de manos. Elección de tradición apostólica y por tanto de origen divino. El pueblo que va a ser presidido por el obispo, afirma Cipriano, debe ser elegido por él. Es el pueblo quien tiene poder para elegir obispos dignos y recusar a los indignos. Y prescindir del deseo del pueblo es salirse de la “comunión eclesial”.

Hasta el siglo III, las comunidades celebraban las eucaristías en “la casa”. Hay un hermano que preside, pero sin precisar si es el “presbítero”, “el obispo” u otro miembro cualquiera de la comunidad. Existe la conciencia de que quien celebra la eucaristía es toda la comunidad. Interesa menos determinar quién la preside.

Pero en el siglo III se produce un cambio importante: se introduce el culto cristiano en la Iglesia, las celebraciones adquieren un rango particular, el primero que las preside es el obispo, a quien por primera vez se le da en la Iglesia la categoría de “sacerdote”. Esto no aparece nunca en el Nuevo Testamento y sin embargo pasa a ser normal llamar “sacerdotes” a los dirigentes (obispos y poco después a los presbíteros como suplentes suyos). Con esta nueva conciencia de sacerdotalizar a obispos y presbíteros, aparece la categoría del clero, pero no por ello la Iglesia se divide en dos sectores: los clérigos, con poder y los laicos, sin él. Todavía estamos en una Iglesia formada simplemente por cristianos.

¿Este todavía quiere decir que pronto dejará de existir el protagonismo de las comunidades cristianas?

      Al aplicar a obispos y un poco después a los presbíteros lo que se decía del “pueblo sacerdotal”, se va haciendo más común la sacerdotalización de obispos y presbíteros y la designación de los lugares sagrados, hasta producirse en el siglo IV la implantación de la Iglesia como religión oficial del Imperio por parte del emperador Constantino.

¿Consideras que este cambio histórico afecta profundamente a la Iglesia en su primer milenio?

No tengo más remedio que ser esquemático. Y lo voy a hacer aludiendo a cinco aspectos:

Primera novedad: se establece una alianza entre el Imperio y la Iglesia. El Imperio se entromete en los asuntos internos de la Iglesia y declara no sólo oficial sino obligatoria la religión cristiana. La Iglesia, por su parte, ve el camino abierto para consolidar el cristianismo a todo lo ancho del Imperio.

Segunda novedad: en el Imperio rige una doble autoridad, la de los sagrados pontífices y la potestad imperial, alternando según las circunstancias el cesaropapismo o la hierocracia.

Tercera novedad: se da por supuesto que todo el mundo es cristiano, sin que interese mucho la cualidad de la fe. Si antes se era cristiano por convicción, ahora apenas y se da la masificación y banalización de la vida cristiana.

Cuarta novedad: el protagonismo de las comunidades pasa a los dirigentes de la Iglesia, sobre todo de los obispos. Comienza a funcionar con normalidad la distinción entre clérigos y laicos, unos con poderes, otros sin ellos, unos activos y otros pasivos. La liturgia lo expresa plásticamente: los verdaderos celebrantes son los clérigos, los laicos son meros asistentes. La Eucaristía ya no es celebración de toda la comunidad reunida.

Quinta novedad: sin embargo, eso no disuelve la participación de las comunidades en las cuestiones importantes: además de participar en la elección de los obispos, logran integrarlos dentro de la comunidad sin que puedan proceder aislados de ella. No se olvida la condición del “pueblo sacerdotal”, sujeto celebrante de la eucaristía. La división entre clérigos y laicos no será real hasta el segundo milenio.

Como en el Imperio, que apenas cuenta con emperadores “cristianos”, se acrecientan las diferencias en ricos y pobres, la grandeza imperial se construye a base de impuestos castigando sobre todo a los más débiles, reduciéndolos muchas veces a esclavos.

      La Iglesia se mueve dentro de ese sistema de injusticia, que no se puede romper, por más que muchos Padres de la Iglesia critiquen duramente la fastuosa e injusta vida de los ricos. La Iglesia se esfuerza por la situación de los pobres, pero no es capaz de eliminar las causas de su pobreza, y acaba por resignarse a ser portadora de una salvación que acontece en la otra vida, al margen de lo que suceda en “esta vida”. El reino de Dios proclamado por Jesús es el lugar ultraterreno hacia el que camina la Iglesia, y deja de ser un proyecto de transformación del mundo desde los pobres.

A esto hay que añadir el influjo del platonismo, presente en muchos Padres, que inclina a que la Iglesia debe atender a las cosas eternas y no a las temporales, y que obtiene fuerte propagación en la Edad Media y llega hasta nosotros.

Tras el primer milenio, sostienes que la Iglesia comienza una gran reforma que marca un giro acaso el mayor que haya conocido la eclesiología católica.

Así es. Esa reforma fue obra de Gregorio VII, y por eso se llama reforma gregoriana. Esta reforma requiere, si se la quiere comprender, analizar el significado que tiene por entonces el imperio carolingio y el imperio romano-germánico. Carlomagno se considera investido como “rey y sacerdote” para realizar las obras propias de la Iglesia, una especie de enviado de Dios. El sacerdocio eclesial representa únicamente a Cristo, por lo que ocuparía un segundo lugar. Carlomagno es el soberano que gobierna a todos los cristianos. Surge una auténtica teocracia, con subordinación absoluta del papa y los obispos al emperador, quien puede poner y deponer al papa.

Se da entonces la cuestión de que los príncipes y los señores feudales se apoderan de las diócesis y son los que nombran obispos, a merced de sus deseos e intereses.

¿Y cómo afronta Gregorio VII este grave problema?

Se propone acabar con este tipo de teocracia, que sustenta las injerencias del poder temporal en la Iglesia: el orden querido por Dios en el mundo, cuenta con el poder espiritual, propio de la Iglesia y con el poder temporal, propio del emperador. Pero, quien realiza propiamente ese orden es la autoridad espiritual, que determina lo que es conforme a derecho y justicia; la autoridad temporal sirve a la realización de ese orden, pero subordinada a la autoridad espiritual de la Iglesia.

Es entonces cuando surge la institución de los cardenales como principio elector del papa, dando fin a las investiduras y asegurando el sometimiento de todos los señores temporales a las órdenes del papa.

Pero este cambio parece desatender si no estar en contra del recorrido anterior de la Iglesia.

Bueno, es verdad que con el papa Gregorio VII comienza otra etapa muy diferente en la Iglesia. La reflexión teológica ya no se centra en la Iglesia como comunión, sino como sociedad desigual. Este estatuto de desigualdad es el que ha prevalecido hasta nuestros días, según el cual la Iglesia es desigual porque a unos les es dado el poder de santificar, enseñar y gobernar (los clérigos) y a otros no (los laicos): “La multitud no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores” (Pío X).

Si en el primer milenio lo que impera es la igualdad fundamental de todos, derivada de nuestra condición de creyentes, a partir de ahora pasan a primer plano la institución eclesiástica con los diferentes puestos o rangos que cada uno ocupa dentro de la Iglesia. El estatuto constitutivo pasa a ser la jerarquía, como realidad aislada y autosuficiente, dando lugar a la división entre clérigos y laicos como dos géneros de cristianos e identificando la Iglesia con la jerarquía; la palabra Iglesia deja de significar el pueblo creyente.

¿Entonces, en qué queda la tradición anterior de que la comunidad cristiana es el sujeto propio de la celebración eucarística?

Queda en que la misa cae absolutamente en manos del clero: sólo el cura dice misa y tiene el poder de consagrar, cosa que le viene a través del “orden”. Además, lo que se decía de la Iglesia de ser el verdadero cuerpo de Cristo, se lo aplica al cuerpo físico y real de Cristo, que se transustancia en la fórmula de la consagración y así el sacerdote tiene poder sobre el verdadero cuerpo de Cristo. En consecuencia, la misa pasa a ser propiedad del sacerdote y puede celebrarla él solo.

Todo lo que dices suena a un gran cambio en la Iglesia: los dirigentes más que sirvientes pasan a constituirse en una estructura de poder.

De poder, sí, cuya plenitud reside en el papa: “Someterse al romano pontífice es para toda humana creatura absolutamente necesario para la salvación” (Bonifacio VIII).

¿Y no hubo manera de cuestionar este tipo de poder concentrado sobre todo en el papa?

Sí, lo hizo el concilio de Constanza, que reactiva una conciencia de siempre: la Iglesia no está jamás en manos del papa solo. La Iglesia está siempre en manos de sí misma, del sentir de todo el pueblo convocado por Dios y en este contexto hay que entender el concilio como mayor que el papa y hay que entender también su ministerio y de toda autoridad en la Iglesia.

Y lo hizo también a su manera el principio protestante con la reforma, que sometió a revisión toda realización histórica de las Iglesias cristianas, aun cuando se quedó a medias.

¿Pero, a pesar de la reforma, no crees que persistieron las estructuras medievales, que parecían llamadas a desaparecer?

Persistieron y se prolongaron prácticamente hasta la llegada del Vaticano II. Esas estructuras le hicieron parapetarse como una fortaleza frente a tres hechos principales: la Ilustración, la Revolución francesa y los socialismos, principalmente el marxismo.

Uso sin trabas de la razón que se emancipaba frente a toda autoridad especialmente religiosa; implantación de los principios democráticos y exclusión de la religión como factor estructurante de la nueva sociedad; enfrentamiento con los movimientos sociales, señalando al marxismo como un “proyecto ateo” y que hizo que las Iglesias perdieran la conciencia de que “la causa de los pobres es causa de la Iglesia” y se la arrebatara, como se ha dicho , Marx; fueron factores determinantes de una mentalidad contra la que fue directamente el Vaticano II.

¿Quieres decir que el Vaticano II supuso un cambio histórico de gran envergadura que le llevaba a cerrar una etapa histórica de la Iglesia y a abrir otra nueva?

Sí, ese es precisamente el punto de partida, que muestra la autonomía del concilio y que comenzó por rechazar los esquemas previos elaborados por una comisión central de la Curia. Rechazo que apoyó la mayoría y otras propuestas que se centraban en el tema de la Iglesia, en su constitución o manera de entender a sí misma y de relacionarse con el mundo actual, tal como quedó escrito en dos documentos: la Lumen Gentium y la Gaudium et Spes.

Sé que esto es lo fundamental, y te voy a pedir que explanes los más importante de estos documentos porque desgraciadamente pronto quedaron menospreciados u olvidados, en el posconcilio.

Me planteas un desafío. Pero voy a intentarlo.

La nueva comprensión de la Iglesia, según el concilio, lleva a entenderla primero de todo como Pueblo de Dios. Esto quiere decir que el concilio pone en el primer plano de interés nuestra condición común de creyentes, recuperando de esta manera, una eclesiología de comunión tan propia del primer milenio de la Iglesia.

En la constitución de la Iglesia hay dos realidades: una sustantiva y otras relativas. La sustantiva es en la que todos coincidimos, todos somos cristianos, sin más. En ese ser cristianos, hay una acción gratuita de Dios, del que procede todo cuanto somos. Somos fruto de una acción de Dios que nos convoca no a salvarnos aisladamente, “sino constituyéndonos en Pueblo”. En ese ámbito comunitario acontece la fe, cada uno es con-vocado, la experiencia de fe nadie puede realizarla a solas: “Solus christianus, nullus christianus”. Esta es la eclesialidad primera, o como la llama el Nuevo Testamento la koinonia=comunión.

Por otro lado, está la eclesialidad segunda o las llamada diakonias, (servicios o instancias necesarias para realizar la koinonia). No es, pues, lo más importante la jerarquía o la vida religiosa, sino esa sustantiva comunión.

Igualmente, es esencial el concepto de que, si todos somos con-vocados, todos somos sujeto del con-sensus fidei, del sentir y consentir la fe, “excitado y sostenido por el Espíritu de la verdad”, y que precede y fundamenta toda “inteligencia de la fe“ que es la teología. En este segundo plano, se mueve siempre la Biblia, la teología, el magisterio y todo sometimiento a lo que enseña la autoridad. Una cosa es nuestra experiencia de fe y otra la conciencia refleja que de ella se tiene en la Iglesia. De este modo, el concilio contribuyó a devolver al Pueblo lo que le había sido secuestrado.

¿EL concilio concreta cómo devolver al pueblo este protagonismo perdido?

Pues sí, y muy claramente. Quien lea la LG (10, 12, 39-42) podrá comprobar que esta devolución supone un devolver al Pueblo el sacerdocio, la infalibilidad, el profetismo, la vocación universal a la santidad, la opción por los pobres. Temas que bien merece un comentario más extenso, pero no ahora en una entrevista.

¿Y aporta algo nuevo el concilio a la hora de entender su relación con el mundo?

¡Vaya si aporta! Consiste en que el concilio entiende el mundo como “lugar teológico”, es decir, como lugar en el que se constituye la revelación como revelación hecha al hombre. Lo cual, a un nivel histórico, significa que el Vaticano II fue hijo de su tiempo, dejándose influir en sus formulaciones por el optimismo del los años sesenta. Por otra parte, el concilio se mueve en ese entonces desde una perspectiva eurocéntrica, hablando del mundo como del Primer Mundo.

No obstante, leído el concilio a un segundo nivel o el de sus prensiones básicas, se descubre que hace un replanteamiento nuevo: el de cerrar una era en la historia de la Iglesia y de abrir otra nueva. La nueva era no puede hacerse presentando Iglesia y mundo como dos mundos contrapuestos, que luego hay que relacionar, sino entendiendo que, desde esa nueva relación, la Iglesia forma parte de la historia humana como pueblo de Dios. La Iglesia no es, originariamente, otra cosa que el mundo. Ambos convergen en una previa y sola humana realidad.

Obviamente, para esta nueva relación de la Iglesia con el mundo hay que poner fin a la llamada “situación de cristiandad”, es decir, renunciar a todo modelo político-religioso que pretenda darse cobertura ideológica con una determinada dogmática religiosa. Hay lugares en la sociedad que no debe ocupar la Iglesia.     Es igualmente importante que la Iglesia “aprenda a escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio” (GS, 4).

Finalmente, el concilio recuerda que hay que responder al doble desafío del humanismo laico y antropocéntrico de la cultura moderna, sin darle la espalda, tratándolo con una actitud samaritana y con la convicción de que es portador de valores como la autonomía del mundo, de la razón y de la ciencia y la democratización de la sociedad. Esta perspectiva llamada pastoral es precisamente la que constituye un auténtico progreso dogmático y le hizo producir efectos operativos muy profundos.

¿Cuál es, al final, tu conclusión?

Que el concilio cierra una etapa histórica y tiene por delante otra en que lo principal le queda todavía por hacer. El Vaticano II, tras el duro peso de involución y restauración sufrido, es la cuestión pendiente. Hemos entrado en el tercer milenio de la Iglesia y es hora de empujarla hacia lo que Jesús quiere de ella, una forma nueva de hacerse presente en la historia.

¿Qué significado ha tenido, sigue teniendo, Jesús de Nazaret en tu vida?

 

Esta sección de Éxodo, que normalmente dedicamos a experiencias y proyectos en marcha tanto de colectivos como de personas individuales, queremos en esta ocasión centrarla en torno a un único tema: la experiencia de Jesús hoy.

Un puñado de personas, muy vinculadas a la revista y generalmente bien conocidas por nuestros lectores, se han dig- nado responder positivamente a nuestra invitación. Todos somos conscientes de la gran dificultad que solemos tener cuando alguien te pide, nos pide, que expresemos cara al público nuestras convicciones más íntimas. Y pienso que la relación personal con Jesús forma parte de esas experiencias íntimas que solemos guardar para nosotros mismos. Nos resulta más fácil decir lo que intelectualmente podemos expresar de un tema que volcar hacia fuera nuestra propia vivencia del mismo. Es de agradecer, pues, a estas personas su generosidad al poner en nuestras manos parte de su propia conciencia.

Por orden de aparición en las siguientes páginas, las personas son estas: el P. Ángel García, fundador y presidente de la Fundación Mensajeros de la Paz; Gloria Cavanna, militante cristiana de base y presidenta, durante muchos años, de la Asociación de Vecinos de Valle Inclán, la Prospe, Madrid; Pedro Casaldáliga, poeta y escritor, obispo emérito de Sao Félix de Araguaia, Mato Grosso, Brasil; Cristina Ruiz, reciente madre de familia, militante cristiana desde organizaciones como Redes Cristianas y actual directora del periódico madrileño Alandar; y Nicolás Castellanos, es- critor y obispo emérito de Palencia, fundador y presidente de la Fundación Hombres Nuevos.

A las cinco les hemos hecho esta misma pregunta: ¿Qué significado ha tenido, tiene, Jesús en tu vida? Una pregunta abierta a su propia experiencia, sin ningún agarradero para la respuesta más que su propia vida. Al menos, cuando Jesús pregunta a sus discípulos, camino de Cesarea de Filipo, “¿quién decís que soy yo?”, les allana   un poco el camino dirigiéndoles previamente esta otra “¿quién dice la gente que soy yo?” (Mc 8, 27-30). Porque es más fácil decir, en este tipo de preguntas directas e íntimas, lo que otros han dicho que lo que tú mismo piensas. A pesar de todo, solo, como señala Marcos, Pedro se arriesga y responde; los otros discípulos se quedaron mudos. Nosotros les hemos formulado directamente, sin rodeos, la pregunta y estas buenas personas, haciendo gala de su gran calidad, no han tenido especial duda en responder, lo que añade un tanto más a su ya contrastada valía personal.

Condicionados siempre por el espacio, solamente les pusimos un límite a su respuesta: no deberían exceder las 3.500 pulsaciones. Y, la verdad, es que han sido casi ejemplares. Lo más gratificante es la frescura y actualidad de sus respuestas, la ternura y compasión que refleja su experiencia hacia las víctimas y descartados de la historia. E, indudablemente, una vivencia que prolonga la identidad de Jesús de Nazaret hasta nuestros días. Son un brillante himno a la permanencia misteriosa de Jesús en la historia. Éxodo os queda muy agradecido.

P. Ángel García,Mensajeros de la Paz

Querido Evaristo,

Ante la pregunta que me haces, ¿Qué es para mí Jesús?, la res-puesta es:

Todas aquellas personas que, con su manera de hacer y de acariciar, practican la ternura y la misericordia con los pobres. Esas son un Jesús viviente. Alberto Iniesta, por ejemplo, o el papa Francisco, que han experimentado y saben lo que es sufrir y comprenden a los que sufren y a los que no piensan como ellos. Estas personas bendicen y no condenan. Todas ellas son hoy para mí un Jesús viviente”.

 

Gloria Cavanna, Asociación de Vecinos Valle Inclán

Ante la pregunta de ¿qué significa Jesús de Nazaret para ti? espontáneamente contesto:

Muy poco y Todo. Intento explicarme.

He crecido en el nacionalcatolicismo, en el seno de una familia liberal, en la que primaban los valores humanos, de justicia y solidaridad, que agradezco profundamente a mi madre. Educada en un colegio de monjas fui creciendo en el conocimiento y adhesión a Jesús. Desde muy niña, como hija única, en mis relaciones me llamaban especialmente la atención el por qué había niños que vivían peor que yo. Desde los catorce años, la celebración de la Pascua ha sido una fecha importante.

Estudié con beca, que me concienció a devolver a la sociedad lo que gratuitamente me había dado. Quise estudiar medicina, “cirugía plástica”. Entendía era un medio de atender a los que por enfermedad u otras causas pudieran sentirse rechazados. Por distintas circunstancias no pudo ser y acabé estudiando farmacia. Mi interés, no obstante, era seguir descubriendo a ese Jesús “capaz de dar la vida por sus amigos”, amar como amaba Él.

Durante los años de facultad, tuve una profunda crisis de fe. Me costó aceptar que la fe no dependía solo de mí. La lectura, amistades, “rostros significativos” y las clases de voluntariado que daba, me ayudaron a recuperar la confianza en ese “Dios inmanejable”.

Comencé a trabajar en un laboratorio farmacéutico como directora de fabricación en contacto directo con la clase obrera, a la que tanto debo, y hacerme cargo económicamente de mi madre, que acababa de ser despedida de su trabajo. En aquella época no entró en mis planes constituir una familia.

El descubrir y decidirme a formar parte de una comunidad cristiana, el profundizar en la Teología de la liberación, con la opción por los pobres como exigencia fundamental, el Vaticano II, el surgir de la Iglesia de Base y los comienzos de un cambio en la sociedad española, me descubrieron el compromiso sociopolítico como forma de cambiar las estructuras, causa de la injusticia y exclusión social. Con una actividad incesante, tuve que asumir riesgos profesionales. Mi compromiso sindical evidenció con quienes estaba. Recuerdo mis revisiones de vida, a altas horas de la noche, y una oración muy frecuente de: “Solo te pide Iahvé practicar la justicia, amar con ternura y caminar humildemente con tu Dios” (Miq 6,8).

Me costaba tomar partido sin rencor, intentar luchar con ternura… Llegué a denunciar a la empresa por “discriminación sindical”. Fue testigo Marcelino Camacho. Mientras declaraba tuve la experiencia de que “todo se había cumplido, había merecido la pena”. Por entonces mi compromiso era también político, en el barrio.

Después de dejar la empresa, de pasar por el paro y una cooperativa, al jubilarme me incorporé activamente a la Asociación de vecinos de Valle- Inclán, en la Prospe. Desde el año 2000 es la que me ocupa y me preocupa, el poder trabajar en red con otros colectivos para construir un barrio en el que quepamos todos, en el que la solidaridad, el cumplimiento de la justicia y el cuidado del medio ambiente, rompa las desigualdades y permita vivir a todos dignamente.

En el trascurrir diario, como decía Diez Alegría: “sé que estoy en las manos de Dios, aunque sé que Dios no tiene manos”. Con esta experiencia, en circunstancias muy difíciles, espero, también, saberme en sus manos al final. “Ante la contundencia de lo real, sólo tenemos una frágil promesa”, palabras que agradecí a Javier Vitoria y recuerdo en la muerte de mi madre.

Es un largo proceso. Necesito pararme, escuchar e ir despojando mi fe de muchas aspectos míticos. Supone seguir analizando y optando. Lo que hoy me impulsa, me urge es la realidad, los otros, con la confianza de que no estoy sola: “saber de quién me he fiado”.

Agradezco a los que desde diversas situaciones me han trasmitido la fe, y la búsqueda de actuar como Jesús, junto con la comunidad de creyentes y no creyentes, el sostenernos en la fe y esperanza de que otro mundo es posible, en donde nada se pierde, aunque no lo lleguemos a ver “pero habrá que forzarlo para que pueda ser” (Labordeta).

t r , j t l i r t
r t , l t r l f r tr i l ,
i r , l ll r r r f r rl r
r ( r t ).

 

 

Pedro Casaldáliga, Obispo y poeta

¡Creo en Jesucristo y lo adoro. Lo amo. Vivo de Él, por Él. Me gustaría dar por Él la vida. Espero, en todo caso, morir en Él para vivir eternamente!

¡Creo en este Amigo que me presentaron mis padres, la Iglesia: Dios hecho hombre, nacido en Belén, de la casa de David venida a menos, hijo verdadero de María, judío y obrero, natural de un pueblo colonizado; Hombre que ama, sufre y muere, perseguido y condenado por el poder de los hombres; Resucitado por el Poder de Dios, Hombre Hijo de Dios, misteriosamente igual al Padre, “en quien habita corporalmente la plenitud de la Divinidad”, cuyo espíritu anima a la Iglesia, Camino, Verdad y Vida, Salvador de los Hombres, el Señor!

Muertos los ídolos y los fantasmas, creo firmemente en Él, el Dios Hombre que ha asumido la historia humana, y es el Rostro verdadero del Dios vivo y el Rostro primogénito del Hombre Nuevo”.

JESÚS DE NAZARET

¿Cómo dejarte ser solo Tú mismo

sin reducirte, sin manipularte?

¿Cómo creyendo en í no proclamarte

igual, mayor, mejor que el cristianismo?

Cosechador de riesgos y de dudas,

debelador de todos los poderes,

Tu carne y Tu cruz en cruz, desnudas,

contradicción y paz, ¡eres quien eres!

Jesús de Nazaret, hijo y hermano,

viviente en Dios y pan en nuestra mano,

camino y compañero de jornada,

Libertador total de nuestras vidas,

que vienes, junto al mar, con la alborada,

las brasas y las llagas encendidas.

 

 

Cristina Ruiz, directora de Alandar

Un hombre y un reto

A la hora de describir mi vivencia personal de Jesús, honestamente, poco me importan las disquisiciones teológicas y la teoría. Me sitúo más bien como una de las mujeres que le acompañaron durante sus años de vida pública. Mujeres sencillas de las tierras palestinas de entonces, sin saber leer, sin un sitio en los lugares importantes del templo o de la política, entregadas al cuidado, al trabajo manual y doméstico

Me siento una de ellas que, fascinada por su figura, decide seguirle, escucharle y comprender la profundidad de sus enseñanzas porque, al fin y al cabo, sus palabras hablan de amor. Me imagino mirándole a los ojos, sirviéndole la comida, descubriendo si le gusta más el cordero o el pollo, viendo su lado más humano

y, a la vez, descubriendo su lado más profundo. Me visualizo a su lado y, muy a menudo, la oración me lleva a sentirme al pie de la cruz, arrodillada, casi hecha un ovillo en el suelo, llorando por su tortura y su muerte mientras todos los discípulos han huido y solo quedamos allí unas cuantas mujeres

Veo su lado profundamente humano, que me lleva a comprender mucho mejor su mensaje, a atisbar apenas qué significa eso de ser hijo de Dios. Entiendo a Jesús, por tanto, como esa figura fascinante a quien escuchar con profundidad, por el que dejarse llevar, aquel que me descubre que la vida es mucho más sencilla de lo que pensamos y que, al final, se trata solamente de amar, de entregar el corazón.

Es también el que me impulsa a comprometerme con las situaciones complicadas, a escuchar al que sufre, a quedarme al pie de las cruces cuando otros se van. A quedarme ahí, aunque muchas veces no pueda hacer gran cosa para aliviar a la persona en su sufrimiento, aunque no pueda resolver la situación, pero quedarme a su lado.

Jes es quien me impulsa a todo ello, pero también a alzar la voz contra las injusticias como él lo hacía, a anunciar que se puede ser feliz, que Dios lo hace todo nuevo, que se puede llevar una vida mejor. Ese impulso profundo de esperanza es lo que me mueve, aunque me quede mucho por aprender y por hacer, aunque mi compromiso se quede pequeño más a menudo de lo que quisiera. Jesús es aquel que me impulsa a conocer y entender más a los seres humanos y a querer dedicar mi vida a procurar que esas personas sean más felices

 

Nicolás Castellanos Franco, obispo. Fundador de Hombres Nuevos

Todo es don. En el camino, nos encontramos con Jesús y, por pura gracia, le damos nuestra adhesión personal y libre, que se va haciendo cada día más consciente. Y nos vamos dando cuenta de que Jesús vino al mundo para compartir la alegría (Jn 15, 11). “Los discípulos se llenaron de alegría al ver a Jesús” (Jn.20,20).

Vamos descubriendo que podemos ser felices, dichosos, lo cual no excluye el dolor, ni las contradicciones ni contrariedades. Y desde la madurez humana y la esperanza, fruto del Resucitado, surge cierta alegría personal y comunitaria, que se hace compromiso en la vida real; y en contacto con el Jesús histórico nos comprometemos con los empobrecidos, excluidos, “lo sobrante”, “lo descartable”.

Y también nos ocurre que, cuando fallamos, Jesús nos sorprende con la alegría del perdón y de la reconciliación

Desde mi juventud en el Seminario Agustino de Santa María de la Vid (Burgos), me han rondado dos pasiones: La pasión por Jesús, y, en consecuencia, por la justicia en el mundo

Hoy describo mi pasión por Jesús.

1. La persona de Jesús, marca referencial, distintiva, aparece tempranamente en mi vida. Te insistían mucho en el hijo de Dios, algún pedagogo excelente te presentaba la figura original de Jesús de Nazaret, concreto, histórico, el Mesías, el Cristo al que la Iglesia debe su existencia

No me costó identificarme con este pensamiento lúcido de un teólogo eminente. “El nombre de Jesús es como el ‘hilo dorado’ en el gran tapiz de la historia de la Iglesia. Aunque, a menudo, el tapiz aparece deshilachado y mugriento, ese hilo vuelve siempre a penetrar en la tela”.

2. Discípulo, en seguimiento de Jesús. En ese proceso está presente Jesús, no triunfante, sino doliente. El Mesías actúa, sana, cura y cuida las relaciones humanas. Se identifica con las víctimas. Él mismo es víctima. Realiza su misión entre golpes y humillaciones, pero Jesús no se queda en el victimismo. La solidaridad con las victimas es fecunda y fuente de vida. Como profeta se ubica en medio de los pobres y se ocupa de ellos con misericordia, con pasión y ternura, dejándoles ser protagonistas.

Y desde esa pasión sentida por Jesús, voy intuyendo y descubriendo las nuevas presencias y escenarios: Migrantes, refugiados, prófugos…

No es difícil ir descubriendo la “eclesialidad de frontera”, que se traduce en otro modo factible de ser Iglesia, con otro estilo, otras lógicas significativas en los nuevos espacios culturales, sociales, muy complejos y diferentes. No se puede evangelizar hoy con los medios de ayer.

3. En el camino te sorprende lo central del mensaje de Jesús: La dicha y la bienaventuranza. El verdadero bienaventurado crea bienaventuranza. Te hace feliz. El Señor es la bienaventuranza. Él convierte el despojo en gracia y a los despojados en agraciados, porque ya tienen Padre, ya tienen familia, ya tienen mesa, ya tienen amino.

La bienaventuranza es la misericordia de las manos de Jesús. La bienaventuranza es la misericordia de las manos de Jesús que pasa a mis manos. Lo acojo esa ternura en mis manos y se la paso a los hermanos, mientras Jesús sostiene mis manos.

4. Desde los dichos y hechos de Jesús, he ido descubriendo al Dios de Jesús. Un Dios padre-madre, ternura, compasión, volcado sobre nosotros para que nosotros seamos de verdad felices.

5. Para desencadenar la tierra hay que cuidar la mirada sobre la realidad y no hay otra mirada que la mirada de Jesús, una mirada llena de ternura, compasión, saber sufrir con el otro, que refleja el rostro de Dios.

6. La espiritualidad llega a su culmen en ese encuentro diario con Jesús, sacramento originario del encuentro del hombre y de la mujer con Dios. Y así empiezas a vivir la experiencia profunda de Dios, sin desengancharte de la historia, en sus alegrías y tristezas, esperanzas y angustias; y sin querer, desenmascaras el ateísmo del ritualismo y de todas las formas religiosas que no producen frutos de amor, justicia y bondad. Pero por ahí siempre te amenaza la huella martirial.

7. Para mí lo más maravilloso del encuentro vivido, alimentado, celebrado y saboreado con Jesús de Nazaret, estriba en poder estrenar vida todas las mañanas y ser capaz de aceptar la vida, no como un fardo pesado, sino como un reto, un camino abierto al compartir y a la solidaridad.

Lo que es Jesús para mí en ese encuentro paz, alegría, ganas de vivir…, eso mismo tengo que ser yo para los demás. Eso te permite “estar fresco” en la vida, que es muy distinto de ser fresco.

En definitiva, para mí Jesús de Nazaret se traduce en una experiencia de fiesta, libertad y alegría, a pesar de todas las noches oscuras

Jesús y su proyecto de sentido

Desde el pasado siglo se ha venido hablando del final de la religión en las sociedades modernas Se impuso la idea de que el progreso y la ciencia llevarían a una sociedad emancipada, próspera y llena de sentido. La idea religiosa de salvación se desplazaba a lo terreno, como una posibilidad histórica, y la referencia al más allá pasaba a un segundo plano, sustituida por las utopías de una vida larga y satisfactoria. Desde esta perspectiva, se pueden comprender algunos anuncios de que ya hemos llegado al modelo final de la historia: la sociedad de mercado; la democracia parlamentaria; la revolución científico técnica y una sociedad consumista serían las claves del nuevo paradigma occidental. Queda detrás la era mítica y religiosa, y también la filosófica, como pronosticó Comte. A partir de ahí se ofrece un proyecto de sentido a los ciudadanos: una vida larga y saludable, y el disfrute consumista y sexual. ¿Basta con esto para una vida con sentido?

Las anti utopías del siglo xx (Huxley, Orwell, Bradbury, etc.) han mostrado la cara negativa de este proyecto, todavía hoy hegemónico en las sociedades desarrolladas. También han aumentado los avisos sobre los peligros de la revolución científica, que es la clave de esta propuesta: problemas ambientales y ecológicos; aumento de la desigualdad socio-económica; mundialización de las crisis, que impiden a los países cerrarse en sí mismos; aumento del terrorismo e incremento de las posibilidades de una guerra nuclear, etc. El siglo xix fue el de las luces y las esperanzas en el progreso; el siglo xx ha mostrado las dos caras del proceso; y el xxi aumenta el cuestionamiento del plan de sentido que se anunciaba como la meta última de la historia. ¿Qué pueden aportar las religiones, y en concreto el cristianismo, a esta situación? ¿Se puede confiar en la ambigua vuelta de las religiones, a pesar de las amenazas del fundamentalismo religioso, que no renuncia a la violencia? ¿Pueden ofrecer las religiones la fe en Dios como la base de otra forma de vida, compatibles con los logros de la modernidad?

La fe tradicional ha quedado tocada, porque ponía el acento en el más allá, en la vida después de la muerte, en lo sobrenatural contrapuesto a lo natural, en lo divino como exterior a lo humano. El humanismo científico y el progreso no solo canalizan el ansia humana de superación, sino que también bloquean las mediaciones religiosas, carentes de validez por falta de referencias empíricas. La crisis del lenguaje de fe ha culminado la “muerte cultural de Dios” en la sociedad europea. El sobrenaturalismo tradicional está erosionado y las especulaciones teológicas sobre el más allá (los novísimos y la concepción de la vida divina) han perdido credibilidad y plausibilidad. A esto se une la crítica ilustrada, que acusa al cristianismo de opio para el pueblo; de conformismo resignado ante los males históricos; de preocupación por la vida de los no nacidos y de los muertos, mucho menos que luchar por los vivos empobrecidos, que viven en condiciones indignas. La superioridad de la gracia sobre la naturaleza, del alma sobre el cuerpo, de Dios sobre el hombre, han llevado a una devaluación de la vida humana real que todos conocemos, en nombre de una salvación en clave de más allá. Cuando esto ocurre, la religión deja de ser plausible, creíble y atractiva, ya que el ser humano no sólo busca la salvación tras la muerte, sino antes de ella. Todos queremos ser felices y vivir una vida realizada, que merezca la pena, que tenga sentido. Por eso, la negativización de la vida presente aleja la fe religiosa de las preocupaciones cotidianas.

La pérdida de significado para lo sobrenatural es la otra cara del empirismo de la ciencia. Creemos en lo que vemos, en lo que podemos comprobar, en lo observable y constatable. Y Dios no lo es, como nos recuerdan los ateos y los agnósticos. No sabemos si Dios existe, aunque creamos en él, y mucho menos podemos demostrar su experiencia. Incluso cuando afirmamos tener experiencias de Dios, ¡y quién puede afirmar que las ha tenido!, surge el interrogante sobre si no son ilusiones y proyecciones de la subjetividad humana. Por eso aumenta la incredulidad y las dudas entre los mismos creyentes, cuestionando la definición tradicional de la fe (“creer en lo que no se ve”). La fe tradicional languidece ante los embates de la sociedad laica, emancipada de la religión. Cuando esto ocurre, muere la fe en Dios, y los templos se convierten en sus sepulcros, como predijo Nietzsche.

¿Qué puede hacer un cristiano ante la decadencia de la fe en Dios? ¿En qué seguir creyendo cuando se diluye la misma imagen de Dios? Las iglesias tienen que revisar sus sistemas de creencias, preservando su identidad, pero asumiendo el cambio histórico. No pueden perder su concepción global de la vida, para adaptarse a la imagen del mundo actual. Pero tampoco, mantenerla al margen de las transformaciones socioculturales. El cristianismo necesita una reforma profunda después del bloqueo con la modernidad. Pero en el post concilio se favoreció a la teología más conservadora y se excluyó a los teólogos que buscaban nuevos caminos. Persistía el miedo y se rechazaron propuestas como las de Bonhoeffer, con su exigencia de vivir como cristianos en una era secular (etsi Deus non daretur). Él planteó la mística y la experiencia de Dios en una época marcada por su silencio y su ausencia cultural No se puede eliminar el lenguaje comunicativo, simbólico y mítico de las religiones, pero sí asumir que no se pueden interpretar literalmente sus tradiciones, que exigen una actualización. Pero se optó por mantener incólumes las certezas del pasado y atenerse a su literalidad, en lugar de buscarles nuevo sentido.

Hay que atender a la crisis de Dios en la sociedad actual. El Dios bíblico tradicional no es creíble. No se puede mantener la estructura dualista de lo natural y de lo sobrenatural. Tampoco es posible conservar las imágenes antropomórficas de la divinidad, que persisten hasta hoy. Dios no puede ser el “Altísimo”, que está arriba. Tampoco, un “tú” que interviene desde fuera, como un interlocutor. Ni un ser que desciende y asciende dando mercedes a los hombres. Hay que replantear el significado del “padre nuestro que estás en los cielos”, como un simbolismo de la trascendencia, que relativiza todas las imágenes sobre Dios. Ha cambiado la concepción espacial y temporal, y con ella el significado de las expresiones antropomórficas religiosas. No es posible seguir comprendiendo tradicionalmente predicados del imaginario cristiano, como omnipotente, providente, omnisciente, etc. Mantener atributos tradicionales cuando estos han cambiado de significado, como ocurre con “persona y naturaleza”, bloquea la inteligibilidad del cristianismo.

Lo que está en crisis es la fe en Dios1. Lo que le da significado no es una definición abstracta, sino el proyecto de vida que deriva de ella. ¿Qué decimos, cuando hablamos de Dios? ¿En qué creemos los cristianos? El término está semánticamente vacío, porque el imaginario tradicional no resulta comprensible ni creíble, y no hemos sido capaces de renovar su contenido. Su vaguedad permite que haya un consenso nominal entre los cristianos, aunque en la realidad concreta se tenga una visión diferente de lo que significa Dios y ser cristiano. No es el credo doctrinal el vínculo último que une, sino una forma de vida y unos proyectos concordantes. Es necesario replantear los viejos tratados divinos, como la unidad y trinidad de Dios, ya que las formulaciones tradicionales son hoy ininteligibles. Y cuando se comprenden resultan a veces poco creíbles. Esta reforma de las imágenes divinas está vinculada a lo que es el centro mismo del cristianismo, la fe en Jesucristo. La fe en Dios está mediada por la fe en Cristo, sin la segunda pierde significado la primera. No se cree en abstracto, ni se pretende haber alcanzado la divinidad, cuyo misterio defienden las religiones. Lo que se afirma es que la fe en Jesucristo es la primera y la que media para creer en Dios.

La historia de Jesús es lo decisivo y los evangelios tienen más importancia que los otros escritos del Nuevo Testamento, incluidos los paulinos. Para hablar de la muerte y resurrección de Cristo hay que partir de su vida, de sus luchas, de su esfuerzo por construir el reinado de Dios en la sociedad, de su intento de reformar la religión, de la nueva imagen paternal de Dios que ofrece. La fe en el Dios que se hace presente en la muerte, tiene que ser avalada por la del Dios que buscó cambiar la vida del hombre, aquí y ahora, ofreciendo un proyecto de salvación, una oferta de sentido antes de la muerte. Creer en Jesús es asumir su proyecto de vida, luchar contra el mal y el pecado, ya que la teodicea está mediada por la antropodicea. La fe en la resurrección está mediada por el compromiso de fe con una forma de vida, la de Jesús el Nazareno: Los títulos cristológicos expresan el significado de su vida y de su relación con Dios, antes y después de la muerte. Jesús no busca fundar una religión y una iglesia, aunque ambas surgieron a partir de él, tras su muerte, sino que ofrece un proyecto de vida con sentido y valores humanos, con los que podemos dar contenido a la imitación y seguimiento de Cristo.

Se llega a la divinidad desde la humanidad de Jesús, en lugar de partir de una representación previa de la divinidad, la que ofrecen la cultura y la religión, para luego encajar en ella a Jesús. Su historia determina los contenidos de la fe. Todo lo que se diga luego sobre Dios y sobre el mismo Cristo resucitado, tras su muerte, tiene que ser compatible con la vida y obra del hombre Jesús. Y no hay que olvidar que, en cuanto personaje histórico, está marcado por su cultura, tradiciones y contexto histórico. Hay que distinguir siempre la intencionalidad y significado de lo que dice, de su forma de expresarlo, condicionada culturalmente. Por eso, no se trata de copiar los hechos que se relatan, sino de inspirarse en ellos y actualizarlos. Se hace de una persona histórica real el mediador para encontrar lo divino. Todas las cristologías que se centran en la resurrección y en la filiación divina hay que someterlas al test de su concordancia con el proyecto de sentido que ofrece su vida.

La tentación católica ha consistido en devaluar su humanidad para defender mejor su divinidad. Pero hablar del hijo de Dios, marginando que es el hijo del hombre, falsea el cristianismo y cae en el idealismo. Según la cristología, así la teo-logía, y ambas dependen de la “jesu-logía”. Cristo resucitado no puede desplazar a Jesús y convertirse aisladamente en el núcleo del cristianismo. Las cristologías dan significado al hombre Jesús, cuya vida es tan fundamental como los juicios sobre su muerte y resurrección. El cristianismo no es una religión post mortem, cuya validez se muestre en el más allá. Hay que centrar el cristianismo en su humanidad y en la interpretación que ofrece de la vida, con la que nos enseña a ser personas. Solo desde ella se puede hablar de la esperanza de salvación ante la muerte, de los crucificados de este mundo. El anuncio de la resurrección corresponde al ansia de supervivencia, al sinsentido de la vida y al déficit de justicia que experimentamos. La teodicea sigue siendo un problema crucial, con preguntas no resueltas. Es el concepto global de salvación el que ha cambiado, que ya no se centra en el más allá de la muerte, sino en cómo contribuyen las religiones a los proyectos de vida.

Si Dios no salva en la historia, la única que podemos evaluar, resulta poco plausible la esperanza en la vida eterna. La contribución a la salvación actual del ser humano es determinante. El anuncio de la resurrección confirma el proyecto de Jesús, su significación en nuestro momento cultural. Creer en Dios es siempre inverificable, pero no lo es la forma de vida que adoptan los cristianos, inspirándose en Cristo. Salvarse se actualiza como un proyecto de vida, el cual se puede analizar y evaluar. Desde ahí tiene que irradiar en la cultura, conjugando la esperanza ante la muerte, con el compromiso ético y un proyecto de sentido. El cristianismo es también una religión del más acá y debe contribuir al progreso humano. Si la fe en Dios no genera salvación en el aquí y ahora, difícilmente puede tenerse fe en que la ofrezca después de la muerte.

La fe es una opción libre, cobra significado cuando genera una forma de vivir. Lo más determinante no son los contenidos relativos a prácticas, ritos, doctrinas y disciplinas, en su casi totalidad obra de la Iglesia, aunque se inspiren en el Nuevo Testamento. El punto clave es el plan de vida que se adopta y las experiencias en que se basa. Las motivaciones de Jesús, sus luchas, sus valores, humanos y divinos, y su visión del mundo, siguen inspirando a sus seguidores. Jesús inspiró una forma de vida que sigue siendo actual. Puede jugar un papel relevante en la sociedad actual e irradiar sobre ella. Una religión que no se hace presente en la vida, y que no tiene consecuencias sociales, culturales y políticas no tiene validez. Más que los problemas que conlleva la creencia en un Dios trascendente y no verificable, hay que insistir en la validez del proyecto de Jesús para desde él cambiar la religión cristiana y la Iglesia. El cristiano es ateo de todos los dioses que son incompatibles con esa manera de vivir que asumió Jesús a costa de su muerte, confirmada en la resurrección. Desde ahí podemos entender la filiación divina y humana de Jesús, que nos enseñó a ser hijos de Dios sin dejar de ser hijos del hombre.

1 Estrada, Juan A., ¿Qué decimos cuando hablamos de Dios?, Madrid, Trotta, 2015; De la salvación a un proyecto de sentido. Por una cristología actual, Bilbao, Desclée, 2013.

En busca del Jesús de la historia

 

Un pleito desconcertante

En el año 2002, el ingeniero agrónomo Luis Cascioli se presentó ante la justicia italiana en Viterbo, para denunciar a su párroco. ¿Por cuál delito? Por hablar todos los domingos de Jesús de Nazaret. Como, según Cascioli, no hay pruebas de que él haya existido, el sacerdote había violado dos leyes penales italianas: la de “abuso de credibilidad popular” (enseñar cosas falsas) y la de “sustitución de persona” (inventar la existencia de un personaje irreal).

Los jueces le respondieron que los Evangelios prueban la existencia de Jesús. Pero según Cascioli, esos libros se contradicen, con lo cual pierden toda credibilidad. Además, fueron escritos por creyentes, de manera que no son una prueba objetiva de su existencia. Los jueces entonces citaron al párroco para que demostrara la existencia de Jesús. Pero el pobre sacerdote no pudo hacerlo. Finalmente los jueces desestimaron la demanda, y dieron por terminado el pleito judicial.

Pero una duda quedó flotando: ¿se puede demostrar la historicidad de Jesús? Fuera del Nuevo Testamento, ¿hay algún autor contemporáneo que lo nombre o lo mencione?

Como piedra en el océano

Solemos pensar que Jesús de Nazaret, el fundador de la religión más importante y numerosa de occidente, debió de haber sido muy conocido en su tiempo; que durante su vida llamó la atención de las multitudes; que con sus extraordinarias enseñanzas y sus increíbles milagros mantuvo fascinada a la sociedad entera; que su fama se extendió incluso a los que no lo conocieron personalmente; y que preocupadas por estos hechos, las más altas autoridades gubernamentales, incluido el Emperador de Roma, ordenaron su arresto y su muerte, en el año 30.

Es decir, creemos que el impacto de Jesús en la sociedad de su tiempo fue semejante al de un cometa que choca contra la tierra, y que podemos hallar numerosos testimonios históricos sobre él.

Sin embargo, no existe ni un escritor, ni un autor, ni un historiador, ni un cronista, ni un ensayista, ni un poeta, ni un contemporáneo suyo, que hable de él. Nadie parece haber reparado en su existencia; ni para criticarlo ni para alabarlo. El impacto de Jesús en su sociedad más bien se asemejó a una piedrita arrojada en el océano.

El primer escritor

Si extendemos nuestra investigación a las décadas siguientes a su muerte, tampoco encontramos mención alguna de Jesús. En los años 50, 60, 70 y 80, hay un completo silencio sobre su figura. Debemos esperar a los 90 para hallar la primera referencia de un documento no cristiano. Es del historiador judío Flavio Josefo. En sus Antigüedades Judías, obra en 20 tomos, compuesta en torno al año 93, menciona dos veces a Jesús.

La primera, en el tomo 18. Dice: “Por aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio (si es que se le puede llamar hombre). Fue autor de hechos asombrosos, y maestro para quienes reciben con gusto la verdad. Atrajo a muchos judíos y griegos. (Él era el Mesías). Y cuando Pilatos, debido a una acusación hecha por nuestros dirigentes, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. (Él se les apareció al tercer día, vivo otra vez, tal como los profetas habían anunciado de Él, además de muchas otras cosas maravillosas). Y hasta hoy los cristianos, llamados así por él, no han desaparecido”.

Este texto, conocido como “el Testimonio Flaviano”, provoca sorpresas. ¿Cómo un judío religioso no cristiano, puede confesar que Jesús era el Mesías, que resucitó al tercer día, que se apareció vivo ante la gente, y que era más que un simple ser humano? Hoy los especialistas sostienen que este texto contiene tres pasajes añadidos por una mano cristiana anónima. Son los pasajes puestos entre paréntesis. Si los eliminamos, el resto sería auténtico de Flavio Josefo.

De esta referencia se desprende que: a) existió en Palestina un hombre llamado Jesús: b) era un sabio; c) realizó prodigios; d) la gente lo escuchaba con gusto; e) atraía a muchos judíos y griegos; f) las autoridades judías lo acusaron; g) Pilatos lo condenó a muerte; h) murió crucificado; i) sus seguidores se llaman cristianos en honor a él; j) el movimiento que él fundó siguió existiendo después de su muerte.

Por el asesinato de Santiago

Lo que vuelve más creíble el Testimonio Flaviano es que no se trata de un texto neutral, sino negativo sobre Jesús. Figura en el contexto de una lista de personajes nefastos para el pueblo judío, que por sus ideas mesiánicas provocaron la sublevación, y la posterior destrucción de Jerusalén. Incluso al terminar su descripción sobre Jesús, Flavio Josefo continúa: “Y otro terrible mal (además de la aparición de Jesús) le ocurrió a nuestro pueblo…” No puede ser, pues, un añadido cristiano.

La segunda mención de Josefo aparece en el tomo 20 de su obra. Al contar cómo mataron a Santiago, primer obispo de Jerusalén, en el año 62, dice: “Mientras tanto subió al pontificado Anás. Era feroz y muy audaz. Pensando que había llegado el momento oportuno, porque (el procurador) Festo había muerto y Albino aún no había llegado, reunió al Sanedrín y llevó ante él al hermano de Jesús, que es llamado Mesías, de nombre Santiago, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley, y los entregó para que fueran apedreados”.

Esta segunda referencia afirma que: a) existió un hombre llamado Jesús; b) tenía un hermano llamado Santiago (lo cual coincide con lo que dice Marcos 6,3 y Gálatas 1,19); c) algunos lo consideraban el Mesías.

Las dos citas constituyen la primera prueba (fuera de la Biblia) de que Jesús de Nazaret realmente existió. Además, demuestran que Flavio Josefo disponía de bastante información sobre la persona de Jesús, en el momento de escribir.

Un volumen que falta

Tenemos un segundo escritor que menciona a Jesús. Es el historiador romano Tácito. Su obra más importante es Anales, compuesto en el año 117. En ella, al hablar de la persecución de Nerón a los cristianos de Roma, dice: “Nerón sometió a torturas refinadas a los cristianos, un grupo odiado por sus horribles crímenes. Su nombre viene de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio fue ejecutado por el procurador Poncio Pilatos. Sofocada momentáneamente, la nociva superstición volvió a difundirse no sólo en Judea, su país de origen, sino también en Roma, a donde confluyen todas las atrocidades de todo el mundo. Primero, los inculpados que confesaban; después, denunciados por estos, una inmensa multitud, todos fueron convictos, no tanto por el crimen de incendio sino por el odio del género humano”.

Hallamos aquí varios elementos importantes para situar históricamente a Jesús. Dice que: a) existió un hombre al que llamaban Cristo; b) su patria era Judea; c) su muerte ocurrió cuando Tiberio era emperador (o sea, entre los años 14 y 37) y Poncio Pilatos gobernador (entre los años 26 y 36); d) Pilatos lo mandó a matar, lo cual implica que lo crucificaron, pues el castigo normal de las autoridades romanas en Judea era ése; e) antes de morir, Jesús ya había formado un grupo de seguidores.

Otros candidatos abolidos

Los estudiosos suelen citar a otros dos escritores romanos que, según dicen, hablarían también de Jesús: Plinio el Joven y Suetonio. Pero ninguno de ellos habla de Cristo, sino de los cristianos que creían en la existencia de Jesús. Por lo tanto, no sirven como fuentes para afirmar la realidad histórica de Jesús.

En conclusión, estos dos escritores, Flavio Josefo y Tácito, son los únicos testimonios no cristianos conocidos, que hablen de la existencia histórica de Jesús de Nazaret. Ninguna otra fuente no cristiana, anterior al año 130 (o sea, en un período de cien años desde la muerte de Jesús), menciona al iniciador del cristianismo. Sin embargo, los historiadores están de acuerdo en que esos dos textos bastan para probar, de manera concluyente y definitiva, su existencia histórica.

Primero, porque tenemos dos autores muy antiguos que de manera imparcial, objetiva y desinteresada afirmaron su existencia.

Segundo, porque hay muchos otros textos cristianos más antiguos, que hablan de Jesús, como las cartas de Pablo (escritas alrededor del año 50, que reflejan una tradición de los años 40), que si bien fueron compuestos por un creyente en Jesús, pretende remontarse a un personaje real. Y negar su existencia histórica traería más dificultades que aceptarla.

No podemos negar a los otros

Tercero, porque en la antigüedad ningún adversario de los cristianos, por más encarnizado que fuera, puso en duda la existencia de Jesús. Sí cuestionaron que fuera el Mesías, o el Hijo de Dios, pero jamás que hubiera existido. Las primeras dudas sobre su existencia histórica surgieron recién en el siglo xviii.

Cuarto, porque los textos del Nuevo Testamento hacen interactuar a Jesús con otros personajes históricos, cuya existencia está demostrada por documentos arqueológicos y literarios no cristianos, como Juan el Bautista, Poncio Pilatos, Herodes el Grande, Herodes Antipas o Caifás.

Y quinto, porque si los evangelistas hubieran inventado a Jesús de la nada, lo habrían hecho de un modo tal que no produjera tantas dificultades y dolores de cabeza a los lectores. Y hoy no habría ninguna diferencia entre el Jesús de los Evangelios y el Jesús histórico. El hecho de que los evangelistas hayan reinterpretado su figura, demuestra que están tratando de contar la vida de un personaje real.

Escasa atracción

Cuando buscamos en la antigüedad los datos sobre la existencia histórica de Jesús, descubrimos con asombro que sus contemporáneos no dijeron casi nada de él. Que su vida fue absolutamente insignificante en el plano de la escena mundial. Esto demuestra que Jesús durante su vida fue un judío marginal, que fundó un movimiento marginal, en una aldea marginal, de una provincia marginal del imperio romano. Su vida y su muerte fueron el acontecimiento menos importante de la historia romana de ese tiempo, y sus contemporáneos ni siquiera le prestaron atención.

Por eso, lo asombroso no es que nadie hable de él. Lo asombroso hubiera sido que algún historiador de la época se hubiera interesado en él. Sería una casualidad increíble que los escritores de ese tiempo se sintieran atraídos por contar la ejecución de un carpintero palestino. Lo más natural del mundo es que ningún contemporáneo lo recuerde ni mencione. Sin embargo, y a pesar de ello, tenemos varias referencias de él. Más aún: hay más información sobre Jesús de Nazaret que sobre otros personajes de la historia cuya existencia nadie cuestiona. Por eso, su existencia constituye hoy un hecho histórico cierto e irrefutable.

Pero sus contemporáneos se interesaron poco en él. Sólo se habló de su persona cuando los cristianos comenzaron a “molestar” en la sociedad. Cuando sus seguidores empezaron a hablar del amor al prójimo, del perdón a los enemigos, del servicio a los demás como actitud de vida, de no criticar, de defender a los más pobres.

Hoy el interés por la figura de Jesús ha vuelto a ser escaso. Tal vez porque los cristianos hemos dejado de “molestar”. Ya no somos un ejemplo llamativo de amor ante la sociedad. No somos los testigos y representantes de la doctrina más asombrosa que oyó la humanidad. Quizás si volviéramos a encarnar su mensaje, los historiadores, pensadores, filósofos y periodistas, se sentirían otra vez atraídos por el carpintero de Nazaret.

Un evangelio de ahora mismo. El día en que Jesús visitó un campo de refugiados

El viento huracanado zarandeaba la arenisca de la playa de Lesbos. A una milla de distancia diversas zodiacs hinchables luchaban contra un mar embravecido, donde familias de refugiados sirios se debatían entre la vida y la muerte. Un puñado de pescadores griegos lanzó un cabo desde su barcaza a uno de los botes a punto de desinflarse y ser engullido por una ola gigantesca. Gritaban:

–¡Salvadnos, que perecemos!

El patrón, de barba negra y ojos profundos, vestido con un chaleco color butano y un gorro de punto calado hasta las cejas, exclamó:

–¡Vamos, remad más fuerte!

A duras penas consiguieron arrastrar la débil embarcación hasta la playa. La imagen que se encontraron no podía ser más desoladora: Jóvenes voluntarios de Médicos del Mundo practicaban la respiración artificial a un naufrago, mientras otros cubrían con mantas los cadáveres de varios niños que no lograron superar el desembarco.

Exhaustos, después de una agotadora jornada, los doce pescadores encendieron una fogata junto a una casa en ruinas. El patrón les dijo:

–Roto el timón, sin agua y sin alimentos, veo a estas gentes como navegantes sin rumbo, ni norte ni puerto. ¿Qué puedo decir de esta generación? ¡Ay de quienes los han arrojado a tal estado! ¡Ay de ti, Europa, que les cierras las puertas y les niegas la vida! Yo envié en un tiempo a estas playas a mis primeros apóstoles para sembrar la Buena Noticia de amor y bienaventuranza. Me construisteis iglesias, sí, pero también fundasteis naciones para enriqueceros, y después de luchar entre vosotros, acabasteis entregados al dios que llamáis “estado del bienestar”. Habéis convertido el continente en un castillo inexpugnable, un recinto cerrado con muros y empalizadas, un mercado pendiente de los movimientos de la bolsa y las primas de riesgo, en función de vuestro propio egoísmo. Creasteis una moneda única para engrosar vuestras arcas, pues almacenáis en bancos el dinero de todos, o promover multinacionales que explotan a los más desfavorecidos de los países pobres. Pero ¿de qué os servirán vuestras abultadas cuentas bancarias cuando se presente el implacable ladrón en la noche?

Un marinero llamado Andrés preguntó:

–Pero, ¿no tienen al Papa y los obispos para recordarles lo que tú les enseñaste en tu primera venida?

–Ay, Andrés, muchos se han olvidado del mar, la pesca y las noches de brega. Y al actual sucesor de Pedro, que, fiel a mí, clama por estos desvalidos, no le hacen caso. Es una voz que grita en el desierto del consumismo. O bien le llaman “populista” y “comunista”. Ha pedido que se reciba a los refugiados, pero Europa hace oídos sordos, se limita a poner parches a tamaña tragedia. Ha criticado sin rodeos un sistema que “descentró a la persona”, colocando en el centro al “dios dinero”, y ha abogado porque la Iglesia no se cierre en sí misma. “Si una iglesia, una parroquia, una diócesis, un instituto vive cerrado en sí mismo, enferma”. Está en contra de convertir los monasterios vacíos en hoteles para obtener recursos, cuando estas gentes no tienen donde reclinar la cabeza o mueren como perros en estas playas.

Los discípulos cuchichearon entre ellos sobre algunas críticas que hacían del Papa: “Vive en la residencia de Santa Marta, en vez del palacio vaticano”, “usa un utilitario”, “se acerca a los enfermos y visita las cárceles, habla con los mendigos de la calle y dice que no es quién para juzgar a los homosexuales”. “No es un teólogo exquisito, y, para colmo, se le entiende todo”.

–¿No me reconocéis en estas palabras de Francisco? –añadió el Maestro–: “Cada vez con mayor frecuencia, las víctimas de la violencia y de la pobreza, abandonando sus tierras de origen, sufren el ultraje de los traficantes de personas humanas en el viaje hacia el sueño de un futuro mejor… Más que en tiempos pasados, hoy el Evangelio de la misericordia interpela las conciencias, impide que se habitúen al sufrimiento del otro, e indica caminos de respuesta que se fundan en las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad, desplegándose en las obras de misericordia espirituales y corporales”.

Una voluntaria de ACNUR, de las que le seguían habitualmente, preguntó:

–Pero dinos, Jesús, ¿por qué hemos de recibir a los inmigrantes y refugiados? También entre nosotros hay mucho paro, y niños que pasan hambre, falta de vivienda digna y de derechos fundamentales.

Jesús extendió su mano en dirección a las tiendas que habían montado los cooperantes para cobijar a los refugiados, que seguían desembarcando por cientos.

–Miradlos, son pedazos nuestros, hermanos e hijos del Padre, y no tienen donde ir. Ayudad a los que tenéis cerca, pero no os olvidéis de los que están lejos. Contemplad a esos niños muertos. Miraban la vida con la ilusión que les daba estar viendo continuamente el rostro de mi Padre. ¿Cuentan ellos algo en los despachos de los dueños de este mundo, en las asambleas de los políticos, en las previsiones de Wall Street? “Mira, que estoy a la puerta y llamo”, repetiré una y mil veces. El que recibe o cobija a uno de estos refugiados a mí me recibe.

–Sin embargo, algunos obispos dicen que hay que tener mucho cuidado porque esto conlleva sus riesgos. Después de los recientes atentados de París, hay quien asegura que se cuelan entre ellos terroristas, miembros de la Yihad.

–La yerba mala crece en todas partes. Pero ¿debe el segador cortar la cizaña junto al trigo? Si estáis pendientes de todos los riesgos al hacer vuestras buenas obras, no saldríais de casa, os quedarías todo el día viendo la tele y comiendo palomitas. Si el que recibe una limosna tuya te desvalija, no te arrepientas de haberle ayudado, pues tu Padre que ve en lo secreto conoce tu intención y premiará tus esfuerzos.

Entonces se acercó un bombero voluntario de Sevilla.

–Pues a nosotros nos metieron en la cárcel por ayudar a esta gente.

–Por haber echado una mano a estos hermanos que han dejado sus hogares y se la juegan por huir de una guerra injusta hacia su libertad, vuestros nombres están escritos en la libro de la vida.

Como cada vez se unían más personas al corro de los que querían escuchar a Jesús, los discípulos sacaron algunas latas de conserva y un queso con pan que llevaban en la bodega de su barco de pesca. En esto se levantó un hombre joven, de unos veinticinco años, con pantalón vaquero, gafas redondas y desgreñada melena.

–Maestro, ¿has visto alguna vez los programas de la televisión? ¿Tienes teléfono móvil? ¿Estás en twitter o en facebook? ¿Qué piensas del boom tecnológico?

Jesús sonrió. Luego sacó un Smartphone del bolsillo de atrás y dijo:

–En mi primera venida tenía que subirme a un monte o un tejado, a veces alejarme en barca para que las multitudes me pudieran oír. No tenía más vehículo que estas dos piernas, que me condujeron por los caminos de Galilea y Judea, donde prediqué la Buena Noticia. Les hablaba en parábolas de siembra, viñas, higueras, bodas, panes y remiendos. ¿De qué os hablaré ahora? ¿Del chip y el disco duro, del whatsapp y el skype? Os diré que esta generación vive colgada del teléfono celular, gastan megas y gigas en comunicarse, pero andan solos y tristes como buitres en el desierto. Abarrotan los grandes supermercados durante los fines de semana, pero son incapaces de satisfacer su corazón amontonado compras. En los países del Norte desperdician y arrojan la comida que les sobra, mientras los niños del Sur perecen de hambre. Ahítos de sexualidad y pornografía barata, se han olvidado del amor que se esconde en un lirio y de cómo mi Padre alimenta y viste a un gorrión.

–Entonces –interrumpió el joven universitario–, ¿no son esos medios formidables púlpitos para proclamar la Palabra?

–Esta generación ha embotado sus oídos y cegado sus ojos de tanto oír y mirar. Si desde que te levantas enciendes la tele y no la apagas hasta acostarte; si no te quitas los auriculares todo el día y no paras de teclear en el móvil, es que no sabes estar solo y eres incapaz de escuchar el silencio. Tú, cuando quieras alcanzar tu mejor yo, cierra la puerta y tu Padre que ve en lo escondido te hablará y te transformará por dentro hasta encontrar la senda que salta a la vida eterna. El hombre planta y riega, construye hermosos edificios, crea máquinas admirables, computadoras, autos, aviones, naves espaciales, vacunas, robots y hasta espacios virtuales, pero no puede añadir un codo a su estatura, ni prolongar indefinidamente su vida. Y nada de cuanto hace puede hacerlo sin el concurso del Padre. Pero ¡ay de los que idolatran todas estas creaturas convirtiéndolas en absoluto! Se transforman en los cacharros que adoran, que en poco tiempo pasan de moda y van derechos a cementerios de chatarra que contaminan el planeta.

Jesús se había quitado su gorra de marinero y el viento de la noche agitaba su melena. Con tono solemne añadió:

–Sin embargo, todo el que encarna la Palabra brillará con luz propia e iluminará a sus hermanos. Así que no escondáis la luz en la sombra de su vuestros apartamentos u oficinas, sino ponerla en alto sobre las cadenas de comunicación de este mundo, para que todos las vean y las escuchen y alaben a vuestro Padre que está en los cielos. Eso sí, no encontraréis mejor criba que los propios destinatarios de vuestra verdad, que al cabo sabrán distinguir la moneda auténtica de la falsa, el que vive de veras la Palabra, y el que no pasa de ser una campana que retiñe o un altavoz vocinglero. Porque la luz brilla también en las tinieblas, repletas de negatividad, de vuestros informativos, redes sociales, telefilms o telediarios.

Felipe, uno de sus discípulos que era pastor protestante, tomó la palabra. Todos aguzaron su atención, pendientes de lo que iba a decir:

–Señor: no sabes cuánto nos alegra que hayas vuelto al mundo. Pero ya ves, estamos hechos un lío: estas víctimas que estamos rescatando del mar son refugiados sirios de religión musulmana. Aquí hay voluntarios católicos, ortodoxos, protestantes, judíos, e incluso agnósticos o gente que duda de todo. Han pasado veintiún siglos desde que tú viniste y es como si no hubieras venido. Todos creemos tener la verdad. Y mira, hasta hay creyentes que se convierten en hombres-bomba en nombre de Dios. Otros que insisten que sólo en la Iglesia católica está la salvación. La fe en ti, al cabo de los siglos, en vez de unirnos, ¿no nos ha enfrentado a base de actitudes dogmáticas que excluyen y rediles religiosos enfrentados?

El Maestro reflexionó en silencio e indicó a sus pescadores que repartieran los restos de pan y las pocas latas de caballa y berberechos que quedaban en la bodega.

–Pasad también la bota de vino –sugirió.

Luego, se acercó a la lumbre y alimentó el fuego con trozos de madera de restos de embarcaciones naufragadas. Su rostro cobró tonos rojizos a luz de la lumbre, envuelto por la columna de humo que se perdía entre nubes deshilachadas con fulgores de luna.

–Hijos míos, guardaos de algunos líderes que han convertido la religión en un centón de normas, un catálogo de prohibiciones, un inexpugnable redil de fanáticos. Han deformado el rostro de mi Padre, transformándolo en el de un ogro, un maestro de escuela que azota a sus alumnos, o un dictador sin entrañas de cualquier república bananera que excluye y condena. Cargan fardos insoportables sobre vuestras espaldas y se llenan la boca con palabras bonitas. Se hacen llamar padres, pero solo hay un Padre, que está en los cielos y en aquellos que cumplen su voluntad. Destruyen las obras de arte o atenazan el conocimiento científico, la investigación y otras creaciones humanas castrando el pedazo de infinito que ha puesto Dios en el corazón del hombre. No; yo vine a poner el amor por encima de la ley, y arremetía contra los fariseos, porque ellos se habían encerrado en la letra para apagar el espíritu y conservar su tinglado que también era su negocio. ¿Cómo es posible que muchos sigan convirtiendo la fe en guarderías de adultos, fortines de defensa, o se protejan con ritos, ropajes y códigos?

El pastor protestante se levantó e insistió.

–No has respondido a mi pregunta. Vivimos en un mundo donde todos exponen sus ideas libremente, mientras reina la confusión. Dinos de una vez: ¿Cuál es la religión verdadera? Defínete: ¿Con quién estás? ¿Con el Vaticano de los católicos, con los ortodoxos, la comunidad anglicana, los protestantes, la Nueva Era?

Jesús se alzó y se movió en dirección del mar.

–Dime: ¿de quién es el mar? ¿Has visto los documentales sobre la riqueza zoológica submarina? Después de tantos siglos de historia, el hombre no conoce ni la décima parte de su fauna y flora. Mirad el firmamento: los astrónomos, con sus potentes telescopios, aún son incapaces de adivinar los miles de astros y estrellas que pueblan los espacios siderales, y rusos y americanos apenas han realizado cortos viajes interplanetarios. ¿Y queréis encerrar a Dios en un matraz para analizarlo? Sólo rompiendo vuestros ridículos vasos de comprensión podréis llenarlos del verdadero Dios. La verdad no es algo estático, como un cuadro o una diapositiva. Ni se puede contener en un solo libro. La verdad es como un manantial que está escrita en el corazón del hombre y que va creciendo hasta convertirse en río y en mar. ¿Qué queréis, encapsular la realidad en un bote de cocacola, y venderla por un dólar o un euro? Yo soy el camino, la verdad y la vida. Pero nunca dije que seguirme equivaliera a cumplir un catálogo de prescripciones, como contentarse con ir a misa, comulgar en domingo o poner la crucecita en la declaración de la renta. Hablé de un agua que salta a la vida eterna, pero no de estanques exclusivos para unos cuantos privilegiados que lucen los colores de una camiseta. ¿Sabéis a lo que se parecen? A equipos de fútbol enfrentados, a miopes partidos políticos a los que no les interesa el bien de la gente, sino que triunfen sus siglas y enriquecerse ellos mismos.

Entonces llamó a un chaval sirio que se arropaba tiritando bajo una manta. Lo sentó a su lado y le frotó los hombros para calentarlo.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó.

–Sibel –respondió el niño.

–En verdad os digo, mi verdad se llama Sibel, y cualquiera de estos pequeños que mendigan en las calles de Kabul o Río de Janeiro. La verdad es recibir a Sibel como a mí mismo y a cuantos sufren marginación y hambre, son maltratados por la injusticia de un mundo dominado por el pensamiento único de una veintena de millonarios, sus multinacionales y unos cuantos políticos. A los niños-soldados, a las mujeres apaleadas y maltratadas por el machismo, a las criaturas destrozadas por la pederastia y a las adolescentes explotadas por el turismo sexual. Di mi vida por ellos y volveré a darla ante un pelotón de fusilamiento o ametrallado por sus sicarios en cualquier carretera, si hace falta.

Una mujer musulmana con velo se levantó temblorosa:

–¿Y los que nos han hecho huir de nuestras aldeas? ¿Y los que nos matan en nombre de Alá? ¿Tú has dicho que amemos a nuestros enemigos? Mahoma nos convocó a la yihad.

–En verdad os digo que los que a hierro o disparos matan, a hierro y ráfagas de metralleta morirán. Están en el error y se les pagará con la misma moneda. Pero os aseguro que aun los terroristas y asesinos son hijos del Padre. También he dado mi sangre por ellos. Los perdoné desde el árbol de la cruz. Así mismo vosotros debéis perdonarlos para que se conviertan y vivan. No hay otra yihad que luchar para crecer por dentro y no ser como ellos, que hacer un mundo mas justo en el que quepan los empobrecidos hijos del Islam. Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Porque el que ama a sus amigos, ¿qué merito tiene? No es tan difícil acercarse a mi verdad. Sobran todas las disquisiciones teológicas y las cátedras de los sabios, si no aprendéis esto.

Un hombre anciano de barba blanca se presentó como sacerdote, capellán de un grupo de voluntarios, y se dirigió a Jesús emocionado:

–Señor, me llamo Manolo, te he dedicado toda mi vida, a proclamar tu Evangelio. Durante muchos años fui párroco en un pueblo y luego en una gran ciudad. Me he esforzado por tu causa. Pero mi gran enemigo ha sido la rutina. Preparaba con mucho estudio y dedicación mis homilías; llevaba con gran cuidado la Cáritas Parroquial, organizaba la catequesis, los grupos de confirmación y los movimientos de Acción Católica. Intentaba orientar con misericordia en el confesonario y despertar a los que acuden a los bautizos, bodas y funerales. Pero, ¿sabes, Señor?, apenas he logrado pastorear a algunas ovejas del redil, católicos de toda la vida. Sentía que mi iglesia no pasaba de ser algo más que un despacho de sacramentos y un refugio de beatas. No conseguía mucho más. La mayoría de habitantes de mi barrio pasaban de la Iglesia. Solo estaban preocupados de conservar su trabajo, ir de compras y salir de excursión los fines de semana. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué tu Evangelio no interesa? ¿Por qué todo parece gris, y ya casi nadie cree que la felicidad está en ti?

Jesús se levantó y, acercándose, puso sus dos manos sobre los hombros del anciano sacerdote.

–Gracias, Manolo. Quizás tú no lo sabías, quizás por las noches tenías dudas de fe o te sentías inútil y terriblemente solo. Pero yo estaba a tu lado. Es más, cuando partías el pan y la palabra, era yo mismo quien lo hacía por tu medio. Yo, mejor que nadie, sé que tu semilla ha caído muchas veces en buena tierra y ha dado su fruto, aunque tú no lo supieras. Es cierto también que vivís ahora en un mundo muy secularizado, que solo valora la materia, lo palpable, y no es capaz de apreciar lo que tantas veces os he repetido: que el reino es como un grano de mostaza o de trigo, o como una pizca de levadura. El marketing y las estadísticas se han metido en mi Iglesia como un demonio revoltoso que todo lo cuantifica en cifras, edificios, fundaciones y resultados. Yo amo lo pequeño, la moneda de la viuda, una sola oveja perdida, un frasco de perfume derramado con amor, una plegaria escondida en la penumbra del templo. A los demás les he llamado siervos, a ti, Manolo, te he llamado amigo.

Manolo se enjugó con el reverso de la mano una lágrima que le corría por su mejilla. Cuando se repuso, replicó:

–Sin embargo, Maestro, he de confesarte algo. De mil maneras he predicado tus bienaventuranzas, pero después de tantos años de vida pastoral yo mismo no sé qué es la felicidad. Es más, veo que todo el mundo la busca de mil maneras y no la encuentra.

–¿Cuántas veces repetiré que os falta fe? Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá. El mundo de hoy se hunde porque, como mi apóstol Pedro, no se atreve a caminar sobre las aguas. Piensa que seguirme es apretar los puños y cumplir ciertas prácticas para tranquilizar su conciencia. Lo dije entonces y lo repito ahora: El que no se niega a sí mismo, coge su cruz y me sigue no es digno de mí. Esta frase horroriza a una sociedad centrada en el bienestar del hombre y la “autorrealización”. Y es que pocos la han entendido bien. Algunos de vuestros pensadores y filósofos han escrito que yo he predicado la autodestrucción del hombre. Nada más lejos de mí. Confunden su yo mezquino, afincado a cuatro cosas de esta vida como el éxito, el dinero, el poder, con su verdadero yo más profundo. Centrarse en conquistas mundanales nos arrebata la paz, que es la felicidad posible del hombre. Casi siempre habláis de mi cruz y muy poco de mi resurrección. Resucitar es caer en la cuenta de que “el reino de Dios dentro de vosotros está”, de que ya lo tenéis todo en el que os conforta, como dijo mi apóstol Pablo. Querido Manolo no busques resultados, no te contagies de los balances empresariales y su miedo al déficit. Sé tú mismo, el que ha salido bien hecho de manos de Dios, entra en tu interior y resucitarás conmigo, aunque mientras vas de viaje y en vaso de barro, seguirás sufriendo algunos miedos, sombras e incertidumbres, pues no puedo ahorraros la cruz. Pero regocijaos porque os he preparado un lugar, y el que cree en mí tiene vida permanente.

Sin apenas caer en la cuenta, todos los presentes advirtieron que ya había pasado la noche y un rosáceo resplandor despuntaba en el horizonte anunciando el amanecer. De las tiendas salieron los primeros responsables de algunas ONGs para organizar las comitivas de refugiados, que iniciaban sus caminatas hacia los Balcanes, Alemania, Suecia y otros países europeos con sus exiguos pertrechos. Hacía frío, pero cuantos se habían alimentado con la Palabra, sentían un rescoldo en sus corazones y una renacida esperanza brillaba como una leve centella en sus pupilas.

Algunos pescadores y otros voluntarios regresaron al mar a rescatar a nuevos refugiados. Jesús se puso en camino rodeado de niños y sus padres, que acababan de oír en la radio tristes noticias, como que en su marcha se encontrarían con nuevas barreras de alambre, soldados, trenes abarrotados y fronteras clausuradas. En lontananza despuntaban siluetas de múltiples frágiles zodiacs en su incesante lucha por desembarcar y salvar sus vidas. Ya era de día.

Volver a Jesús, ¿a qué Jesús y para qué?

ÉXODO afronta en su número 132 el reto de volver la vista a Jesús, a ese Jesús por el que sus contemporáneos apenas se interesaron, como nos ilustra Ariel Álvarez. Solo lo hicieron cuando sus seguidores empezaron a molestar en la sociedad judía o en el imperio.

Y ¿qué es lo que molestó de su vida y mensaje en aquel tiempo? José Laguna arranca su reflexión con la premisa de ‘a quien hace obras de misericordia se le premia no se le crucifica’. ¿Cómo pudo ocurrir una inversión tal de la misma para acabar con Jesús en la cruz? Al parecer no podía molestar algo tan inocuo como hablar del amor al prójimo, del perdón a los enemigos, del servicio a los demás como actitud de vida, de defender a los más pobres… Pero, cuando la compasión por quienes vivían en los márgenes empezó a revestir dimensiones conflictivas, se movilizaron los mecanismos punitivos de los órdenes político y religioso. La vida de Jesús no representa al ‘hombre que hacía el bien’ sin más, sino al que añadía un plus sobre las acciones de los publicanos, al que elegía claramente la misericordia sobre la ley y sanaba en sábado. La misericordia de Jesús fue misericordia conflictiva.

Los primeros seguidores de Jesús fundaban su estilo de vida tanto en su experiencia prepascual como en la experiencia postpascual: en el momento de la resurrección de Jesús experimentaron el saber que el muerto en la cruz estaba vivo y, a la vez, experimentaron que sus pretensiones en vida (el anuncio del Reino) quedaban refrendadas por Dios. De esos seguidores surgió la Iglesia, aunque Jesús sólo predicó el reino, no fundó ninguna religión ni ninguna iglesia, tal como nos recuerdan R. Velasco y J. A. Estrada. Las experiencias fundantes de la vida de los primeros cristianos instituyeron la congregación de los creyentes, la comunidad de la Iglesia. Pero en el devenir de los primeros siglos de estas comunidades se produce una gran escisión que marcará el porvenir eclesial, tal como recuerda R. Velasco: ‘la Iglesia se esfuerza por la situación de los pobres, pero no es capaz de eliminar las causas de la pobreza y acaba por resignarse a ser portadora de una salvación que acontece en la otra vida, al margen de lo que suceda en esta’.

Por supuesto que la historia del cristianismo recoge oposiciones a estas derivas, como el concilio de Constanza y el propio Vaticano II. J. A Estrada lo clarifica “si Dios no salva en la historia, la única que podemos evaluar, resulta poco plausible la esperanza en la vida eterna”.

Es en esta perspectiva donde cobra especial relevancia la hermosa recreación del Evangelio que hace Pedro Miguel Lamet al principio de este número. Volver a Jesús es vivir, morir y resucitar como él. Y esto solo es posible desde los lugares privilegiados del reino, entre los marginados y excluidos. Hoy día, entre los emigrados y refugiados sirios en las costas del Mediterráneo.

Como afirma Pepe Laguna: “el cielo puede esperar para aquellos que en la tierra gozan del favor de una vida resuelta. En el margen, la esperanza es una urgencia. Ante el dolor del margen, no cabe más alternativa que el ejercicio disidente de la misericordia”.