Mesa por la hospitalidad de Madrid: todos a una

De poco ha servido la voz profética del Papa Francisco exhortando a  Europa a la hospitalidad para con los desplazados por los conflictos bélicos, la hambruna o la falta de oportunidades. Sin embargo, si en algún campo concreto puede verificarse la acción unitaria de Iglesia, ese es el de la movilidad humana.

La Iglesia ha acuñado un término, “refugiado de hecho”, que impide olvidarnos de los millones de desplazados forzosos, susceptibles de diversos tipos de protección jurídica internacional (que no se agota en el estatuto de refugiado). Reconoce a los miles personas que aguardan la diletante y angustiosa resolución de sus expedientes en territorio nacional, a las que siguen ruta hacia otros países de Europa o son devueltas por éstos (“dublines”), o a las que son desoídas y devueltas ilegítimamente en caliente en la Frontera Sur, entre otras situaciones de vulneración de derechos.

En la archidiócesis de Madrid, nada más visibilizarse la crisis de los refugiados, el arzobispo Osoro tomó la iniciativa. Una densa Carta Pastoral establecía los criterios fundamentales de actuación: a nadie se debe dar por caridad lo que le es debido en justicia, la responsabilidad directa de los Estados en la cobertura de los derechos de los refugiados o la necesidad de elevar los listones de protección social para evitar agravios comparativos, entre otros. Asimismo, inmediatamente, constituyó la Mesa por la Hospitalidad. Sería una especie de “gabinete de crisis”, observatorio de la realidad, órgano coordinador de la solidaridad y plataforma de concienciación de la comunidad cristiana y de la sociedad. Se articuló trasversalmente, contando con la Delegación Diocesana de Migraciones-Asti, Caritas Madrid, Justicia y Paz, Confer Madrid, y la experiencia del SJM de los jesuitas y de la Comunidad de San Egidio. En este sentido, debe destacarse la “nueva cultura organizacional” que  incipientemente se ha puesto en marcha. A destacar: la “verticalidad cooperativa” que posibilita asumir sin dificultad las líneas estratégicas que se plantean desde la Comisión Episcopal de Migraciones o la Red Intereclesial Migrantes con Derechos y alcanzar, hacia abajo, el territorio a través de la estructura parroquial. La efectiva “coordinación horizontal” da pie al trabajo entre diferentes organismos diocesanos sin competir entre sí y sin otro protagonismo que el de ser la Iglesia diocesana. La misma que reza, catequiza, celebra, apuesta por los pobres y anhela justicia, más allá de los “apellidos”. La “flexibilización formal” posibilita la concurrencia de distintos niveles organizacionales sin someterse a otros criterios de jerarquía o de territorio más que los mínimamente imprescindibles. “El trabajo en red” otorga mayor visibilidad, eficacia y eficiencia a la acción. Igualmente, consciente de que fuera de la Iglesia se echan demonios, es capaz de “generar sinergias” con iniciativas ciudadanas y, por supuesto, se mantiene en permanente diálogo con los poderes públicos, directos responsables de la política de asilo y refugio.

Desde estos criterios, la Mesa acordó abrir una cuenta corriente y que los ofrecimientos de ayuda material y voluntariado se canalizaran a través de Caritas de cada una de las ocho Vicarías territoriales y de Confer Madrid. Igualmente, una representación de la Mesa, en nombre de la diócesis, asiste a las reuniones con las autoridades. Cada cierto tiempo se difunde un sencillo boletín con el fin de informar y sensibilizar a toda la diócesis. Por otra parte, más que por crear recursos paralelos, se ha apostado por el apoyo a los itinerarios generales de inclusión social de Caritas. Igualmente se ha optado por dar soporte al proyecto de Hospitalidad que llevan a cabo los jesuitas para mejorar las condiciones de acogida e integración de las personas en situación de refugio en Madrid y promover una cultura de la hospitalidad en la sociedad civil. Finalmente se avala, con toda la Iglesia española, el empeño de la Comunidad de San Egidio por articular un corredor humanitario que posibilite la llegada de personas refugiadas con alta vulnerabilidad, pendiente en este momento de la –esperemos inmediata– aprobación del gobierno español.

De momento, la Mesa, más que satisfecha de lo poco que ha hecho, se siente agraciada porque la realidad de los refugiados nos ha desinstalado y nos ha hecho “ser” más una Iglesia de puertas abiertas, unida en la diversidad, que quiere hacer creíble y significativo al Dios de Jesucristo que apuesta por la fraternidad universal. Para alcanzarlo, tendrá que recordar a los poderes públicos que, solo para cumplir los ya cicateros compromisos asumidos por los Estados de la Unión a dos años vista, de seguir al presente ritmo de acogida en España, habrá que esperar casi… ¡hasta mediados del siglo que viene! “Estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20). Ojalá no sigamos sordos.

Es criminal una política de fronteras que discrimina a los pobres

A todos “gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Permitidme, queridos, que robe al apóstol Pablo, no solo el saludo, sino también la acción de gracias “por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo“. Doy gracias a mi Dios por vuestra fe, por vuestro trabajo, por vuestra entrega, por vuestra vida.

  1. Restituir en amor lo que debemos en justicia

Apenas hemos comenzado el año, y a las puertas de esta Iglesia llegan hombres y mujeres con heridas nuevas, testigos de nuevas violencias, víctimas de vejaciones que la reiteración hace insoportablemente renovadas.

El mar de Benzú ha devuelto otro cadáver, otro sin nombre, otro sin padre, sin madre, sin genealogía, otro sin nadie que reclame justicia por otra muerte inicua en la frontera de España.

La pasada noche, la misma frontera ha sido escenario de nuevos despliegues de fuerzas del orden, de nueva violencia con nuevos heridos, con más muertos, como si la única respuesta posible a la tragedia de los inmigrantes fuese la de la fuerza, la de las armas, la del miedo, un ejercicio despiadado, irracional y criminal de intimidación.

Ahora, mientras os escribo, en un aeropuerto de Marruecos, a un joven en tránsito hacia su país, a ciudadano normal, con un pasaporte normal y una tarjeta de embarque normal, a ese joven que, con un cáncer terminal, regresa a la casa familiar para morir entre los suyos, la policía lo ha confinado en dependencias propias, le ha retirado el pasaporte, lo ha aterrorizado, lo ha humillado, y todo ello, mucho me temo, motivado sencillamente porque el joven es negro.

Apenas lo hemos comenzado, y ese amargo anticipo de lo que el año reserva a los pobres se nos hace llamada apremiante del Señor para que esta Iglesia camine con ellos, se solidarice con ellos, cure sus heridas, alivie sus sufrimientos, de modo que les restituyamos en amor lo que les debemos en justicia.

  1. Desde nuestra pobreza

El Señor tu Dios te ha ungido para que seas de Cristo, y te ha enviado para que seas de los pobres: ¡De Cristo y de los pobres!, valga la redundancia. No podemos, queridos, humillar a los pobres haciéndolos partícipes de los desechos de nuestra riqueza.

El altísimo Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, nos mostró el camino por el que hemos de ir, pues él se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza: nació pobre, vivió pobre, murió como un desdichado, como un excluido, como un criminal, como un peligro para la sociedad.

Al decir “pobre”, decimos mucho más que hombre o mujer carente de lo necesario para vivir: Decimos hombre, mujer, despreciados, excluidos, humillados, negados; decimos hombre, mujer, a quienes la iniquidad ha obligado a interiorizar que no tienen derechos, a vivir como si no los tuviesen, a ser como si no fuesen; decimos hombre, mujer, a quienes hemos llevado a dudar de su dignidad humana, de su condición de hijos de Dios.

Es gracia inmensa el que se nos haya acercado a esa condición humillada, haciéndonos así partícipes de la pobreza de Cristo, de su pasión, de su cruz. Es la infinita misericordia de nuestro Dios la que nos puso en camino con los pobres, para que les llevemos una buena noticia, para que sepan que Dios los ama.

  1. Trabajar y orar por los derechos de los pobres: teme la indiferencia y la crueldad con ellos

Supongo que no os sorprende ver una y otra vez confirmadas por la experiencia las palabras del Señor en el evangelio: “Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve”.

Pero habréis observado también que, lo mismo ahora que en tiempos de Jesús de Nazaret, son muchos los que, imitando a reyes y autoridades de los pueblos, se buscan a sí mismos, se yerguen sobre los demás, y se hacen responsables, no sólo de indiferencia ante los que sufren, sino también de crueldad con ellos.

Si esa indiferencia y esa crueldad hubiesen echado raíces en nuestro corazón, serían evidencia de ausencia del evangelio en nuestra vida. Témelas, hermano mío, hermana mía, mucho más de lo que temerías la muerte. Témelas mucho más de lo que temerías el infierno. Témelas, porque los pobres son de Cristo, porque en los pobres vive Cristo, porque si eres indiferente o cruel con los pobres, lo habrás sido también con Cristo, con Dios.

  1. Acércate a ellos

Habrás de hacerlo si quieres acercarte a Cristo, si quieres comulgar con él.
Habrás de bajar hasta los pobres, hasta su mundo, y no tendrás más razón para hacerlo que tu fe, que tu esperanza, que tu amor. Habrás de bajar hasta ellos como Cristo bajó hasta ti: “Él se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres”. Habrás de bajar para que te reconozcan como de los suyos, y no teman asediarte con su indigencia. Habrás de hacerte experto en sufrimiento para que seas, como Cristo, experto en misericordia.

  1. Ama la justicia

Declara ilegal para ti, por injusta, la posesión de lo que no necesitas; declara intolerable a tus ojos, por inicuo, que alguien carezca de lo necesario para la vida. Declara un crimen el hambre, sencillamente porque lo es.

Declara ilegal una política de fronteras que es discriminatoria con los pobres, que viola sus derechos fundamentales, que es violenta con los pequeños de la tierra, que mata sin escrúpulo a hombres y mujeres que sólo buscan un futuro mejor para ellos y para sus familias. Es criminal esa política, son criminales quienes la aprueban, son criminales quienes la aplican.

Si alguna vez lo hemos hecho, ya no podemos permitirnos el lujo de pensar en nosotros mismos: No eres Iglesia para ti, sino para los pobres; no te han hecho sacramento de la grandeza de Dios, sino de su amor infinito a los que piden vivir; no es tu misión sostener el poder ni apoyarte en él, sino defender de sus abusos a los pobres.

Recomendación final

Vuelvo a robar palabras a la inspiración de la Iglesia apostólica: “Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad… Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados como si estuvierais en su carne… Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis, pues él mismo dijo: Nunca te dejaré”.

“Que el Dios de la paz os confirme en todo bien para que cumpláis su voluntad, realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo”.

En Tánger, enero 2016

La misericordia, plenitud de la justicia. Llamada urgente y provocadora del papa Francisco

El año pasado convocaba el papa Francisco un Año Jubilar bajo el signo de la misericordia. La Carta con la que abría ese tiempo singular: “El rostro de la misericordia”, es una llamada urgente a una conversión profunda, auténtica, de la Iglesia, es decir, a todos los seguidores de Jesús, a la misericordia como signo de la credibilidad y autenticidad de su fe. Es un documento rico, lúcido y provocador, que puede acompañar y enriquecer la reflexión desplegada en este número de Éxodo.

Su punto de partida es sumamente certero: no se trata tanto de una recomendación moral, cuanto de algo más radical: de una exigencia teológica. La llamada a la misericordia, a la compasión, brota de la misma fe en Dios, en el Dios de Jesús, que no es poder, sino amor, misericordia. La divinidad de Dios no es la omnipotencia, sino el amor, la misericordia, como reconoció lúcidamente santo Tomás de Aquino, a quien cita el papa Francisco y parecen olvidar más de un teólogo y más de un obispo…

Es de esa experiencia de Dios, experiencia teológica, profundamente espiritual y mística, no de otra fuente, de donde brota la exigencia profética “misericordia quiero, no sacrificios” (Os, 6,6), que recoge y proclama también Jesús de Nazaret (Mt 9, 23). Una exigencia que tanto en él como en los profetas y en los salmos no se diluye en un mero sentimiento piadoso, sino que toma cuerpo y se expresa en un compromiso de justicia y solidaridad con los oprimidos, hambrientos, forasteros, refugiados, desahuciados, excluidos y abatidos…

Los textos de la Escritura son inequívocos, y el papa Francisco los cita con gran convicción: “Este es el ayuno que yo deseo: romper las cadenas injustas… compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo, cubrir al desnudo y no abandonar a tus semejantes…” (Is 58,6s.) “El Señor libera a los cautivos…, el Señor protege a los extranjeros…” (Salmo 146, 7-9) “El Señor sana los corazones afligidos y venda sus heridas…” (Salmo 147, 3.6). Y si abrimos los evangelios nos encontramos con Jesús conmovido por “una intensa compasión” al ver las muchedumbres extenuadas y abandonadas a su suerte (Mt 9,36) y mostrando a sus discípulos inequívocamente, aunque en parábolas, el camino del seguimiento: “¿No tenías tú también tener compasión con tu hermano…?” (Mt 18, 33)…

Estos textos que cita el papa Francisco en su Carta muestran claramente que la misericordia implica para él, como primer momento del compromiso del seguimiento, la justicia, la denuncia de la estructuras económicas, políticas y sociales que generan pobreza, inequidad, exclusión y hasta el “deshecho” como “sobrantes” de los humanos expulsados y excluidos… Esas estructuras, especialmente económicas, son profundamente injustas, denunciaba ya en su primera exhortación apostólica Evangelii Gaudium; más contundentemente aún: “esa economía mata” (nº 53). De ahí que el compromiso del seguimiento evangélico conlleve una lucha decidida contra la idolatría del dinero, del poder, del consumo, de la violencia… (nnº 55-59). En otras palabras, la lucha por la justicia.

Este es el primer paso, “necesario e indispensable”, de la llamada de la misericordia a toda la Iglesia, afirma el papa en su Carta del Jubileo. Un paso que no se agota en el sentido de la justicia como como deber, sino entendido en el sentido bíblico de la justicia mesiánica que se desborda en la solidaridad, en la paz y el perdón, es decir, en la misericordia como plenitud de la justicia.

Conviene anotar y subrayar, finalmente, cómo el papa Francisco incide repetidamente, y con gran lucidez, en que ese compromiso con la misericordia como plenitud de la justicia es, en el evangelio, el “criterio”, la señal para discernir quién es realmente discípulo de Jesús, quién es genuinamente creyente en sentido cristiano. Y que, por tanto, de él depende la identidad y la credibilidad de la fe y de la Iglesia.

La UE pierde su alma ante los efugiados

Uno de los relatos más antiguos sobre refugiados ocupa las páginas de la Biblia (Génesis, 3, 24): Adán y Eva son expulsados –aunque no perseguidos– del paraíso en que vivían, por desobedecer las órdenes de su Creador y dueño. Algunos siglos después, y con todos los matices que se deban añadir, los europeos vivimos en lo que, de acuerdo con muchos índices objetivos, puede ser calificado como el paraíso, al menos para el resto del mundo: Europa, la UE, reúne al grupo de sociedades más prósperas y felices de la historia de la humanidad. También las más seguras, al menos en la acepción amplia de seguridad humana. Pero en este paraíso hay grietas, desuniones, incluso clases, de Grecia, Portugal, España, al Reino Unido, Dinamarca, Alemania o Suecia. Y, por si fuera poco, tratan de alcanzarlo algunos centenares de miles de extraños: inmigrantes y refugiados. De unos y otros se puede decir que casi nunca llegan en el momento oportuno ni en la medida justa/deseada, sobre todo en opinión de quienes les ven llegar y temen por el mantenimiento del alto standing que disfrutaban en exclusividad antes de ver sacudidas las puertas del club por semejantes parias.

 

 

  1. ¿Crisis de refugiados?: categóricamente, no. Refugiados en crisis ante la indiferencia de la U.E

 

En efecto, a lo largo de 2015 se ha propagado la tesis engañosa de que Europa vive una aguda crisis de refugiados. Responsables (¿) políticos de la UE y de los Estados miembros y una buena parte de los medios de comunicación nos insisten todos los días en ello y en las dificultades que provoca este fenómeno, al parecer, imprevisible y desproporcionado en relación con nuestros recursos. Pero hay que decir que casi nada en ese discurso se ajusta a la verdad.

 

Ante todo, porque los refugiados siempre han vivido en crisis: la noción misma de refugiado, tal y como lo define el artículo 1º de la Convención de Ginebra sobre los refugiados (de la que todos los Estados europeos son parte y, por tanto, sus preceptos les obligan jurídica, y no sólo política o moralmente) así lo reconoce.

 

Pero, además, es falso que asistamos a una ola, un tsunami incontenible e imprevisible. Ante nuestros ojos, durante más de 5 años en el caso sirio y en los de Afganistán, Eritrea o Mali por más tiempo, se ha desarrollado una guerra civil, con muertes y persecuciones feroces que provocan que millones de personas se vean en el estado de necesidad de huir se sus hogares. Por citar un caso del que apenas se habla, en el sureste asiático, en 2015, la comunidad musulmana rohyngia (asentada y perseguida en la antigua Birmania casi desde el siglo VII), sufrió un nuevo embate que obligó a la huida de decenas de miles de personas que salieron de Birmania, sin que país alguno (salvo Bangla Desh) les acogiera. Lo mismo sucede en Sudán del Sur, un Estado fallido, en Mali y en tantos otros países en todo el mundo. El ACNUR cifra en más de 60 millones los refugiados y desplazados a finales de 2015.

 

Frente a esa realidad, en la mayoría de los casos, no sólo no hemos hecho nada (el pecado de indiferencia del que habla el papa Francisco), sino que hemos conseguido negociar con los conflictos (dividendos de la industria de armamento, por ejemplo) o hemos sacado provecho de circunstancias extremas que están en el origen de la huída de una buena parte de los refugiados (desertificación, sequías, hambrunas que no siempre son producto de fenómenos “naturales”, sino también de la mano del hombre, de la rapiña del mercado: sobre-explotación de recursos, fracking, contaminación insoportable): debemos fijarnos en esas causas que subyacen, la venta de armas, ganancias en materias primas, además de los negocios de la política de fortificación de fronteras analizados por ejemplo por Claire Rodier (Xenophobie Business. A quoi servent les controles migratoires?) o Ruben Andersson (Illegality, Inc.: Clandestine migration and the business of bordering Europe). Por supuesto, calificarlos de tsunami o invasión incontenible carece de todo fundamento.

 

¿Crisis de refugiados? No. Como he tratado de explicar en otros trabajos (singularmente en Mediterráneo: el naufragio de Europa, Valencia, Tirant lo Blanch 2015), los europeos hablamos de crisis porque creemos estar amenazados por una extraordinaria ola de refugiados que desbordaría todos nuestros recursos (¿!) Recordaré que si España recibiera un número de refugiados sirios equiparable a los que viven en Líbano (donde 1 de cada 4 habitantes es un refugiado), estaríamos hablando aproximadamente de 10 millones de refugiados. Las debatidas cifras de acogida, en la propuesta de la Comisión Europea lanzada en mayo de 2015 (Nueva Agenda europea de inmigración y asilo) y pensada para procesos de reubicación en la UE de los refugiados llegados a Italia y Grecia y luego procesos de reasentamiento de quienes desbordan (en esos casos sí, los campos de acogida en Jordania, Líbano, Iraq o Turquía), no alcanzan un total de 160.000.

 

 

  1. La crisis de los refugiados es la crisis del proyecto europeo

 

No: lo que esta “crisis de refugiados” ha sacado a la luz es la crisis del proyecto europeo, de un verdadero espacio de libertad, justicia y seguridad presidido por el imperio del Estado de Derecho, al servicio del reconocimiento e igual garantía de los derechos humanos. Con su actitud al negar –peor que olvidar– sus obligaciones jurídicas con los refugiados, los europeos renunciamos a cuanto de más válido hay en la UE y hacemos tristemente real el veredicto del presidente Juncker en el debate de septiembre de 2015 sobre el estado de la UE: “una Europa sin Unión, una Unión que no es europea”. Hemos renunciado a poner en pie un verdadero sistema europeo de asilo, común y obligatorio. En lugar de hacer más asequible y seguro el asilo a quienes tienen derecho a recibirlo, nos empeñamos en incrementar las dificultades y externalizar la tarea de recibir a los refugiados, comprando a Turquía para que se encargue y despreocupándonos de si lo hace con respeto o no de los derechos de esos millones de personas.

“No podemos hacer otra cosa”, nos dicen. No es verdad. La UE, sus Estados miembros, puede, y sobre todo debe ofrecer otras respuestas. Permítanme recordar tres de ellas.

Lo primero, sería contar con una Autoridad o Agencia específica europea para la gestión del sistema de Asilo y Refugio y de la protección subsidiaria (con especial atención a los programas de reasentamiento). No basta a mi juicio con la FRA (Agencia Europea de derechos fundamentales) ni, evidentemente, con FRONTEX, ni aun en su modalidad de verdadera policía de fronteras propuesta por la Comisión en su comunicación del 15 de diciembre.

En segundo término, hay que incrementar la implementación de vías legales para la solicitud de asilo y en particular garantizar la posibilidad de pedir asilo en embajadas y consulados en los países de origen, limítrofes y tránsito y que se abra así el expediente de asilo, sin que sea necesario llegar a territorio europeo para hacerlo. De manera proporcional a los recursos diplomáticos de cada Estado, la UE debe multiplicar las oficinas diplomáticas y consulares, sobre todo en los países limítrofes a aquellos en los que existen situaciones de conflicto que generan desplazamientos de refugiados. Es ingenuo pensar en hacerlo en Siria, Afganistán o Eritrea. Pero no en Jordania, Líbano. Iraq o Turquía, por referirnos sólo a ejemplos que afectan los refugiados sirios.

Además, en tercer lugar, se trata de hacer realidad la Directiva 2001/55CE del Consejo de Protección Temporal activando el mecanismo contemplado para hacer frente a emergencias humanitarias, para lo que se cuenta con el Fondo Europeo para refugiados. La directiva provee iniciativas para hacer seguro y equitativo el deber de solidaridad entre los Estados miembros de la UE. Entre esas medidas se incluye eliminar la exigencia del visado de tránsito para aquellas personas que proceden de países en conflicto y mejorar los programas de reunificación familiar.

Por supuesto, hay muchas otras medidas. Habría que hablar, por ejemplo, de otro modelo de política de reasentamiento que haga efectivo un compromiso obligatorio y proporcionado por parte de todos los Estados miembros.

En su mayoría, estas medidas como es fácil advertir, suponen una concreción de los aspectos más positivos de la Agenda migratoria europea, presentada por la Comisión el 13 de mayo de 2015 –Com (2015) 240 final– (http://ec.europa.eu/dgs/home-affairs/what-we-do/policies/european-agenda-migration/background-information/docs/communication_on_the_european_agenda_on_migration_es.pdf), que se basaba en 4 ejes: salvar las vidas en peligro; ayudar a los dos países de la UE que se encuentran en primera línea (Italia y Grecia) y compartir la carga mediante políticas de reasentamiento y reubicación; colaborar con los países de origen de los flujos migratorios; luchar contra las redes mafiosas d tráfico de personas.

La Agenda fracasó por la oposición de buena parte de los Estados miembros a la puesta en marcha del elemento más importante de esa Agenda, un sistema común y obligatorio de Asilo, que implicaba en una política complementaria de reubicación y reasentamiento de refugiados, distribuida de modo proporcional entre los 28, conforme a cuatro criterios objetivos (tamaño de población; PIB; tasa de paro y número de solicitudes recibidas). Esa oposición hace patente la tendencia a la renacionalización que está minando el proyecto europeo y cuyo extremo es la posición permanente del Reino Unido que hoy ha llegado al escenario Brexit.

Con todo, el objetivo prioritario de la nueva agenda europea era asegurar el salvamento y rescate de quienes arriesgan sus vidas. Sin embargo, la política de la propia Comisión ha sido poco coherente con ese objetivo declarado. Desde el principio, alegando una mala razón que roza la apología del delito de omisión del deber de socorro, como proclamaron sin vergüenza alguna ministros del Gobierno Cameron (Theresa May), o del Gobieno Rajoy (Fernández Díaz, García Margallo) , se rechazó sustituir la operación Mare Nostrum, auténtica operación de salvamento y rescate mantenida por el gobierno italiano durante 2014 con un coste de algo más de 110 millones de euros, con el argumento expreso de que esa operación ¡“provocaría efecto llamada”! Hoy, la UE mantiene dos operaciones de control y vigilancia de fronteras (no de salvamento y rescate), una en el canal de Sicilia y otra en el Egeo, donde junto a los efectivos de FRONTEX y de toda la UE está actuando ya, lo que envía el desastroso mensaje simbólico de que no ya el orden público, la policía de fronteras, están amenazados, sino que está en juego la seguridad y defensa de la propia UE. Cuando lo que está en juego es la garantía de la vida de los refugiados e inmigrantes. Los mismos que están llenando ya de nuevo de cadáveres la ruta del canal de Sicilia (se cifra en más de 3.000, por más de 14.000 personas rescatadas) en los últimos 10 días, después de que las mafias se hayan aprovechado del cierre de la ruta turco-griega para vender de nuevo su mercancía: barcos que lleven a los desesperados hacia las islas italianas, desde Egipto o, sobre todo, la destruida e ingobernable Libia.

 

 

  1. Refugiados con derechos: “personas con la muerte a su espalda y un muro ante su rostro”

 

En todo caso, lo importante es entender que hablamos de derechos de los refugiados, derechos que nos hemos comprometido a reconocer y garantizar ante el Derecho internacional, al ratificar la Convención de Ginebra de 1951 y el Protocolo de Nueva York de 1967. Pero no. La contribución de la UE a esos refugiados es la segunda parte de esa definición de refugiados propuesta por el Alto Comisionado de la ONU para derechos humanos, el jordano Zaid Ra’ad Al Hussein: “refugiados son personas con la muerte a su espalda y un muro ante su rostro”. Frente a los refugiados, personas que necesitan protección internacional para poder tener el derecho a tener derechos que les niegan los países de los que huyen (sus patrias), nuestra respuesta es el rechazo, la contención mediante muros y alambradas y, en el colmo, su internamiento en campos que ya no son de acogida: son campos de detención (como si fueran criminales, delincuentes) o fábricas abandonadas, sin techo, luz ni agua, como han encontrado los expulsados del campo de Idomeni. Aún peor, no contentos con ese rechazo y esa criminalización, hemos retorcido el Derecho internacional de refugiados y aun el específicamente europeo (Directivas 32 y 33/2013) para acordar un pacto de deportación de Grecia a Turquía, comprado a base de 6000 millones de euros y ventajas de exención de visado y rebajas comerciales a Turquía que, bajo el régimen de Erdogan es cada vez más claramente un país no seguro, sobre todo para todos estos refugiados, ya que no considera refugiados a los no europeos.

El incumplimiento de lo que da sentido al proyecto de la UE, esto es, ser una comunidad bajo la extensión del imperio de la ley, del Estado de Derecho, su falta de respeto a los derechos humanos universales, a los ojos del mundo, de los ciudadanos que siguen mirando a Europa como un paraíso de libertad, justicia y seguridad, nos sitúa como no fiables. Mucho menos realmente fiables que cuando incumplimos una tasa de déficit o retrasamos el pago de la deuda. Debemos elegir si preferimos que aún sueñen y quieran ser como los europeos, o que nos teman y nos desprecien.

En Memoria de mi. La comensalidad de los discípulos de Jesús

Alcance y dificultad del tema

  Al comenzar este tema, confesamos que nos acompañan dos sentimientos importantes: primero, que no vemos que dentro de la cristiandad haya una disponibilidad general Entender la Cena de Jesús –que hoy llamamos Misa o Eucaristía– tal como Él la vivió y nos la quiso transmitir. Y segundo que, de ser esto verdad, el reto que se nos plantea es enorme: cómo reintroducir en los ámbitos de la vida cristianas la visión originaria deJesús.

Si uno está un poco familiarizado con la liturgia eucarística verá enseguida dos cosas: que es tema obsesivo el del sacrificio y el de que Jesús se convierte en altar, víctima y sacerdote. La Última Cena se reduce a “sacrificio”, siendo Jesús la víctima santa e inmaculada, que nos redimió del pecado original y queda, por tanto, como víctima preparada por el Padre para la Iglesia.

Creemos que transcurre por ahí el meollo de la cuestión: la ideología de sacrificio. Y la pregunta inevitable entonces es ésta: ¿Si la Última Cena no es sacrificio, por qué y cómo se ha reducido históricamente a esa categoría? ¿Qué significa propiamente esa reducción? ¿Cómo habría que entenderla y qué reformas serían necesarias?

 

Cuatro consideraciones previas

 

  1. La Cena pascual de Jesús

 

La pascua judía coincide con aquel mes de Nissan (marzo-abril) en que la naturaleza se libera de las cadenas del invierno y que el israelita asimila con la esclavitud, cadenas que los padres tuvieron que soportar en Egipto durante siglos.

Esclavitud y liberación son, pues, las piedras fundantes de Israel, una experiencia que requiere una continua travesía, de manera que ninguno olvide la alianza que Dios quiso establecer con un pueblo de esclavos. La cena pascual es la madre de todas las fiestas. El Éxodo de Egipto indica la necesidad de una liberación permanente.

Jesús, en su pueblo de Nazaret, revivía cada año en familia esta fiesta de la liberación del Faraón. La celebran en casa, sentados, en torno a una mesa con parientes y amigos, con los elementos que les llevan a recordar la historia de la liberación. Tal comida no se celebraba en la sinagoga ni el templo, ni contaba con sacerdotes, ni con lecturas estandarizadas, gestos ritualmente definidos, hábitos o útiles “sagrados”.

Hoy, sin embargo, la Eucaristía presenta una articulación estricta y meticulosa según el canon de cuanto en ella se desenvuelve. Y esto de manera uniforme, una y mil veces, por uno y mil sacerdotes, en todos los rincones de la tierra, y aunque se trate de una variedad infinita de personas, edades, situaciones, pueblos y culturas distintas.

La manera monóloga y ritualizada de entender la Eucaristía explicaría el hecho de que después de millones de Misas celebradas semanalmente en los cinco continentes, no acaezca nada nuevo en la sociedad, mientras la cena pascual de Jesús, teóricamente idéntica, ha marcado una vertiente en la historia de las religiones.

 

  1. El Sacrificio de Jesús en el rito, clave de bóveda que sostiene el modo celebrativo de la Eucaristía actual

 

El concepto de sacrificio aplicado a la Eucaristía, subyace como base de un proceso histórico de la Iglesia, que condiciona la desigualdad entre sus miembros con la división entre clérigos y laicos y la sacralización de un poder destinado a mantener un orden y clases sociales.

Basta con recordar algunos textos del Magisterio eclesiástico hasta el concilio Vaticano II: La comunidad de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales” (Constitución sobre la Iglesia, Vaticano I, 1870). Por su misma naturaleza, la Iglesia es una sociedad desigual con dos categorías: la jerarquía y la multitud de fieles; sólo en la Iglesia Jerarquía reside el poder y la multitud no tiene más derecho que el de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores” (Pío X, Vehementer, 12.)

 

Estas ideas han arraigado profundamente en la cristiandad. Tan profundamente que aún hoy son guía y criterio de muchos.

 

La Cena del Señor centro de la liturgia de la Iglesia

 

1º) La Cena de Jesús como sacrificio

 

El concepto de sacrificio reaparece como centro de la oración de la liturgia. He aquí tan sólo unos textos: –“Oh, Señor, que te sea agradable nuestro sacrificio que hoy se cumple delante de ti”. –“Padre clementísimo, te suplicamos que aceptes estos dones, este santo e inmaculado sacrificio”. –“En este sacrificio, oh Padre, nosotros tus ministros y tu pueblo santo, celebramos el memorial de la santa pasión del Cristo tu hijo”. –“Mira con amor, oh Dios, la víctima que tú mismo has preparado para la Iglesia” (SC, 7).“Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios Padre todopoderoso”.

El mismo concilio Vaticano II recoge esta tradición, aun cuando luego la modifique y enriquezca profundamente: “Nuestro salvador, en la última Cena, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con que perpetuara por los siglos , hasta su vuelta, el Sacrificio, memorial de su muerte y resurrección, y así confiara a su esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección; signo de unidad, vínculo de caridad , banquete pascual, en el cual se come a Cristo” (SC, 47).

 

2º) La interpretación dada a la Cena como sacrificio

 

Admitamos que la Última Cena sea un Sacrificio, ¿pero en qué sentido?

La historia de lo que le ocurrió a Jesús es muy simple: Él es un profeta, se opone a toda ley inhumana, repudia el rumbo exhibicionista de una religiosidad interesada en las apariencias, propone una nueva imagen de Dios como Bondad sin fin y sin discriminaciones, ataca el objeto más sagrado para el israelita, el Templo, asociado a mercado y cueva de bandidos, hace el bien en modo y tiempos no oficiales, atestigua con autoridad que en el Reino del Padre entran primero los samaritanos que los fariseos, las prostitutas primero que los justos, los que han padecido primero que los que han gozado, los bondadosos de corazón primero que los poderosos, los operadores de la paz y de la justicia primero que los mojigatos que sacrifican animales.

Ciertamente, Jesús no dice que va a morir por los pecados del mundo, sino que es espiado, perseguido y condenado por blasfemo y sedicioso. Se ha hecho hijo de Dios y es un revolucionario político que pone en peligro la legitimidad del Gobernador romano. Y, para estos casos, las autoridades reservan la crucifixión.

 

) El sacrificio de los fieles

 

La ideología del sacrificio deforma ciertamente la figura histórica de Jesús y también de los congregados en su nombre en la asamblea de los fieles.

En la Cena última, Jesús trata de que los discípulos aprendan a hacer lo que él hizo, volviéndose disponibles y serviciales para que otros se beneficien. Es una cena pedagógica, internamente estimuladora.

La Eucaristía de hoy es, por lo general, impositiva, hay que limitarse a escuchar, repetir y hacer mecánicamente cuanto está reglamentado. La relación entre el sacerdote y la asamblea es vertical. Un único actor en escena, varón y ordenado, célibe, sentado sobre un trono, separado de los “súbditos”, y detrás del altar sacrificial, incapaz de intercambiar con los otros sus experiencias, por lo que lógicamente acaban por sentirse extraños los unos a los otros. La imagen del celebrante arriba y de los fieles abajo, visibiliza la separación de ambos polos. A través del rito se sanciona, en nombre de Dios, la disyunción irreparable entre quien retiene el poder de la palabra y quien está privado de ella; entre quien ordena y obedece; entre quien está sobre y quien está abajo; entre quien está sentado en un trono y quien es siervo.

 

5º) ¿Tran-sustanciación del pan o de los cristianos?

 

Primero. El concilio de Trento es taxativo: “En la Eucaristía, después de la consagración del pan y el vino, Jesucristo se contiene verdaderamente, realmente y sustancialmente bajo la apariencia de esas cosas sensibles”.

Son dos las condiciones para que Jesús descienda a la Asamblea: 1.Que esté la materia (pan y vino de uva). 2. Y que haya un celebrante (ordenado, célibe y varón).

Si el sacramento no es administrado por un sujeto “ordenado” tal sacramento no se da. Paradójicamente, la Misa es nula si se celebra por una comunidad reunida en nombre del Señor pero sin un sacerdote. Y es válida si se celebra por un célibe “consagrado” de una forma absolutamente privada.

En buena lógica, es así: si la Eucaristía es sacrificio y no Cena en recuerdo del Nazareno, entonces puede bastar el celebrante-sacrificante, dado que los sacrificados no tienen ninguna importancia. Una misa, en esta perspectiva, se considera válida aun con ausencia de los fieles. Un poco como si Jesús hubiera celebrado la “Cena de pascua” en soledad monacal. Queda así desfigurada la memoria de la Cena del Señor.

Cuando, sentado a la mesa, Jesús toma el pan y el vino y dice a sus amigos: cuando os reunáis en mi nombre, haced memoria de mí, de lo que ha sido mi vida y mi proyecto, salid dispuestos a perpetuar esta mi forma de vida, mi forma de entender a Dios y de trataros los unos a los otros: “También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros, como yo os los he lavado”.

Segundo: Se trata, por tanto, de saber no cómo ni cuándo se verifica la trasformación de la sustancia del pan y del vino en la del cuerpo y de la sangre del Señor, ni quién tiene autoridad para hacerlo, ni vivir pendientes de si la transustanciación se ha realizado en las condiciones debidas y si bajo la apariencia externa del pan y del vino está Jesús realmente y podemos adorarlo permanentemente.

A Jesús, no le interesa mínimamente modificar de un modo omnipotente un trozo de pan, ni que los fieles de medio mundo se reúnan para un rito semanal sin modificar la propia existencia. En continuidad con los profetas, recuerda que el Padre odia los sacrificios y le agradan sólo las plegarias seguidas de una cuidadosa atención hacia los necesitados y excluidos, porque ´La santidad habita en quienes de verdad escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica´” (Lc, 11, 27-28).

De la vida de Jesús es difícil deducir que tuviera mucho interés en que la hostia estuviera consagrada por un erudito representante. Su invitación es que los discípulos se saluden, se hablen con sinceridad, estén ligados con vínculos de amistad. Que sean una prolongación de la naturaleza amorosa de Dios.

Tercero: Si a base de repetir el rito del Sacrifico llegamos a convencernos de que ya estamos redimidos, en lugar de examinar en qué medida estamos cumpliendo su mandato “En esto conocerán todos que sois discípulos míos en que os amáis unos a otros”, no es difícil entonces concluir que nuestras eucaristías pasan a ser una idealización del amor, sin sospechar que a lo mejor estamos traicionando el sentido original de la eucaristía, pues en lugar de unidos, nos sentimos extraños; en lugar de pan para compartir una Cena asistimos a un sacrificio; en lugar de pan para compartir sólo hay “hostias” preparadas industrialmente; en lugar de presentar y distribuir bienes sólo se alcanza a dar alguna limosna.

Pese a esta constatación, el clero sigue validando la celebración de la Eucaristía sin que se cuestionen la necesidad de renovarla (cfr. SC, 11,14, 21,37).

Con razón escribe José Antonio Pagola: “La crisis de la misa es, probablemente, el símbolo más expresivo de la crisis que se está viviendo en el cristianismo actual. Cada vez aparece con más evidencia que el cumplimiento fiel del ritual de la eucaristía, tal como ha quedado configurado a lo largo de los siglos, es insuficiente para alimentar el contacto vital con Cristo que necesita hoy la Iglesia.

El alejamiento silencioso de tantos cristianos que abandonan la misa dominical, la ausencia generalizada de los jóvenes, incapaces de entender y gustar la celebración, las quejas y demandas de quienes siguen asistiendo con fidelidad ejemplar, nos están gritando a todos que la Iglesia necesita en el centro mismo de sus comunidades una experiencia sacramental mucho más viva y sentida. Sin embargo, nadie parece sentirse responsable de lo que está ocurriendo.

Somos víctimas de la inercia, la cobardía o la pereza. Un día, quizás no tan lejano, una iglesia más frágil y pobre, pero con más capacidad de renovación, emprenderá la transformación del ritual de la eucaristía, y la jerarquía asumirá su responsabilidad apostólica para tomar decisiones que hoy no nos atrevemos a plantear”.

 

La misa no es un sacrificio

 

  1. ¿Qué es lo que caracteriza el sacrificio de culto?

 

El que ofrece el sacrificio a la Divinidad pretende ofrecerle un bien, grangearse su favor, hacerle intervenir en su provecho o aplacarle por crímenes cometidos. “Sacrificar es ofrecer algo a la Divinidad como don y, por consiguiente, perder lo que se ofrece, pero siempre bajo el principio del do ut des, te doy para que tú me des, es decir, para ganar algo, para recibir algo mejor que lo que se ha ofrecido o perdió. Y esto que es mejor es la ayuda de la Divinidad, su favor, su perdón” (Roger Lenaers, Otro cristianismo es posible, Ed. Ab-yayala, 2088, p. 186).

Quien procede así con la Divinidad es porque cree que a Dios le falta algo y se lo quiere dar. ¿Le ofrecemos a Dios un sacrificio porque es ávido de cosas materiales: animales, oro, plata, joyas, vino, aceite, incienso, etc. o más bien porque queremos demostrar su reconocimiento supremo dando o destruyendo en su honor lo que poseemos?

El sacrificio de expiación serviría para aplacar a un Dios que se siente enojado. Si Dios es justo y obra según razón y derecho, ¿qué es lo que lo que esperamos cuando le ofrecemos sacrificios de intercesión: que cambie, que revoque algo que no nos conviene, que se deje sobornar…?

Resulta extraño que estas prácticas hayan calado en la comunidad cristiana, contra la imagen que Jesús nos da de Dios. Jesús fue crítico con el culto sacrificial: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,13). “A pesar de ello, una manera de pensar y de hablar cercana a la sacrificial no sólo revivió con fuerza en la Iglesia y penetró toda la piedad, sino que se impuso como interpretación oficial y exclusiva incluso de la muerte de Jesús, así como del culto central de los cristianos, la eucaristía. Esta interpretación de la muerte en cruz de Jesús y de la eucaristía creció íntimamente unida con la tradición cristiana y por eso pretende ser valedera” (Idem, p. 189).

 

 

  1. La Eucaristía no es el sacrificio de la cruz

 

La muerte de Jesús no se la puede seguir interpretando como un sacrificio y menos como un sacrificio de expiación y, sin embargo, todavía se presenta la sangre de Jesús como un precio de rescate exigido por Dios.

El concilio de Trento interpreta la eucaristía como la representación del sacrificio de la cruz y aún, en el mismo Vaticano II, se nos dice que Jesús está presente en el sacrificio de la Misa: “Cristo está presente en el Sacrificio de la Misa “(SC, 7); ”Los trabajos apostólicos se ordenan a que todos participen en el Sacrificio y coman la cena del Señor” (Idem, 10).

 

  1. 3. Seguimos con la idea de la Misa como sacrificio

 

Creemos, en primer lugar, que debemos comenzar por abandonar el lenguaje de sacrificio tan presente en nuestra liturgia y hay que introducir otras interpretaciones más válidas y con otras palabras. Se puede. La eucaristía no es la representación incruenta del sacrificio de la cruz y que tiene un valor infinito. Porque si es un una representación, no es un sacrificio verdadero. Y si es una representación, tampoco se lo vuelve a hacer presente, pues un hecho histórico es irrepetible. La muerte de Jesús ni se repite ni se la sustituye.

En segundo lugar, la eucaristía no es sacrificio porque ni hay víctima (la cual sería Jesús) ni él es el sacerdote que la inmola (sería autoinmolación). Jesús es víctima, ciertamente, pero “víctima de la alianza entre la razón del Estado romano y el odio de la Casta sacerdotal judía”.

En tercer lugar, ¿cuál pudiera ser el sentido de repetir constantemente un sacrificio de un valor infinito? ¿Es de valor infinito y se limita a liberar las almas del purgatorio? ¿En qué consistiría su eficacia infinita?

Cuando decimos ofrecer este sacrificio a Dios, ¿qué es lo que sacrificamos? ¿Queremos reafirmar que es Jesús mismo quien se sacrifica y pedimos a Dios que lo acepte? ¿Pero no lo aceptó ya? ¿Vamos a regalar algo a Dios cuando Él nos ha regalado todo? “Todo el ámbito semántico del sacrificio se nos ha vaciado de contenido y tal lenguaje no puede ser auténtico”. (Roger Laeners).

Hablemos , pues, de la eucaristía, pero desde otra interpretación.

“La última Cena es el aspecto privilegiado en el que Jesús , ante la proximidad de su muerte, recapitula lo que ha sido su vida y lo que va a ser su crucifixión. En esa Cena se concentra y revela de manera excepcional el contenido salvador de toda su existencia: su amor al Padre y su compasión hacia los humanos, llevado hasta el extremo. Por eso es tan importante una celebración de la eucaristía. En ella actualizamos la presencia de Jesús en medio de nosotros. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto de su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento a Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino. Hemos de escuchar con más hondura el mandato de Jesús: “Haced esto en memoria mía” (José Antonio Pagola).

 

En la Misa hacemos memoria de Jesús y, con él y como él, tratamos de realizar juntos nuestro compromiso por la unidad, la justicia, la fraternidad, el amor, el cuidado por los más pobres. Y tomamos aliento de la vida de tantos seguidores suyos, recordando su vida, testimonios y enseñanzas. Y esa memoria resulta inquietante, subversiva, comprometedora.

Cuando el Concilio se propuso la reforma de la liturgia, era consciente de que en la Liturgia se habían adherido muchos elementos históricos inapropiados, y así trató de procurar una reforma que hiciera comprensible la liturgia al pueblo, para lo cual era prioritaria la educación litúrgica del clero. Y señaló como contrarias a esa reforma una pretendida uniformidad en la liturgia que no respetara las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos, la negación de variaciones y adaptaciones legítimas a cada lugar, así como que los cristianos asistieran a la misa como extraños y mudos espectadores.

 

Epílogo: recuperar el único y común sacerdocio de Jesús

 

Tras dos mil años de historia, la Iglesia de Jesús ha seguido sus huellas, nunca perdió su razón de ser, que era vivir y anunciar el Reino de Dios –el proyecto de Dios Padre– para fundar una familia universal, de hermanos, viviendo en igualdad, justicia, solidaridad y paz.

Lo que en un principio expresó y aseguró este proyecto, fue la vida misma de Jesús, libre ante otros proyectos, judíos y paganos, que lo desnaturalizaban con jefes, leyes, ritos y costumbres que establecían clases, desigualdades, discriminaciones y privilegios entre unos y otros.

  1. Jesús no vino a encuadrar su vida bajo el marco de ningún poder religioso o civil, que lo pudieran apartar del Reino de Dios. Anunciaba lo más sencillo y primordial: todos éramos criaturas humanas, hechura de Dios, iguales en dignidad, valor, derechos y corresponsabilidad.
  2. Esta igualdad primordial se desvaneció poco a poco apelando al mismo Dios, estableciendo entre Él y la Sociedad una mediación sacerdotal, elevada a clase superior, dotada con poderes especiales sobre los demás, y que los diferenciaba esencialmente.
  3. Jesús, con su vida, estableció otro camino para conocer, tratar y llegar a Dios. No exhibió títulos, cargos u honores que lo colocasen por encima de nadie, por eso no dejó de ser lo que era, un ser humano –el hijo del hombre por excelencia– igual que todos, un laico o ciudadano normal, que se proponía reivindicar lo que en las instituciones religiosas y civiles, respaldadas o no por Dios, aparecía en gran parte pospuesto y despreciado: el valor sagrado de todo ser humano y, en especial, de los que menos contaban para el Sanedrín y el Imperio: los empobrecidos y marginados. Esa iba a ser su preocupación básica, no permitir que a nadie se le arrebatase esa su dignidad y se lo sometiera a ninguna opresión o discriminación, por ser, precisamente los más necesitados y desfavorecidos, los preferidos de Dios.
  4. Gran parte de la evolución de la Iglesia reposa sobre la extraña e histórica división que en ella se hizo entre clérigos y laicos, razón para justificar que la Iglesia es una sociedad de desiguales. Urge, por tanto, volver a la comensalidad fraterna, igualitaria y servicial de la Eucaristía para recuperar el significado auténtico del sacerdocio de Jesús, común y propio de todos sus seguidores y entender que la comunidad eclesial, toda ella es sacerdotal, y es ella la que en cada momento y situación debe determinar las tareas o ministerios que le incumben.
  5. Para llevar a cabo esta su misión, él no fue ni se hizo llamar sacerdote al estilo judío ni de otra religión oriental. Él iba a fundar un nuevo sacerdocio, más adecuado a la voluntad y modo de ser de Dios: desvivirse hasta el extremo para que nadie fuera menos que nadie, que nadie fuera esclavo, pobre, subordinado de nadie. Y, en su coherencia, le tocó enfrentarse con los guardianes del poder religioso y civil, que le exigían dejar de lado su ”heterodoxia”, su manera revolucionaria de presentar a Dios como Padre y valedor de los más pobres, demoledor a la par del poder, la soberbia, hipocresía y privilegios de los que decían representarle. Si algo se declaraba él era ser misericordioso y servidor de los más pobres, de los últimos. Su destino –obviamente– aparecía irremisible: sería crucificado.
  6. Jesús, tras dejar expuesto y realizado en sí el plan de Dios –su Reino, su proyecto–, convocó a otros a que le siguieran e hicieran lo mismo. Y se lo dijo, después de vivir y ser acompañado por ellos, con entrañables palabras en la Cena de despedida: “Cuando os reunáis en mi nombre, haced todo esto en memoria de mí”. Que ese reuniros para compartir el pan y el vino, en una misma mesa, sirva para recordar el camino que con vosotros he recorrido, las enseñanzas que os he dado, aquello por lo que yo he vivido, luchado y por lo que he sido odiado, perseguido y crucificado. Solo así seréis comensales míos, auténticos comensales de la cena a mi lado hoy celebrada, y podréis transmitirla a otros muchos que quieran hacer suya nuestra causa: el Reino de Dios.

El principio-misericordia

  1. El principio-misericordia

Por “principio-miericordia” entendemos aquí un específico amor que está en el origen de un proceso, pero que, además, permanece presente y activo a lo largo de él, le otorga una determinada dirección y configura los diversos elementos dentro del proceso. Este “principio-misericordia” –creemos– es el principio fundamental de la actuación de Dios y de Jesús, y debe serlo de la Iglesia.

  • “En el principio estaba la misericordia”

Es sabido que en el origen del proceso salvífico está una acción amorosa de Dios: ”He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos y he bajado a liberarlos”( Ex. 3,7s). Dios escucha los clamores de un pueblo sufriente, y, por esa sola razón, se decide a emprender la acción liberadora.

A esta acción del amor así estructurada la llamamos “misericordia”. Y de ella hay que decir: a) que es una re-acción ante el sufrimiento ajeno interiorizado, que ha llegado hasta las entrañas y el corazón propio, y b) que esta acción es motivada solo por el sufrimiento.

A su vez, la misericordia se convierte en principio configurador de toda la acción de Dios, porque a) permanece como constante fundamental en todo el Antiguo Testamento; b) desde ella cobra lógica interna tanto la historización de la exigencia de la justicia como la denuncia de los que producen injusto sufrimiento; c) a través de esa acción y de sucesivas acciones de misericordia se revela el mismo Dios; y d) la exigencia fundamental para el ser humano y, específicamente para Su pueblo es que rehagan esa misericordia de Dios para con los demás y , de ese modo, se hagan afines a Dios.

 

  • La misericordia según Jesús

Esta primigenia misericordia de Dios es la que aparece historizada en la práctica y mensaje del misereor super turbas de Jesús, lo que configura su vida y misión y le acarrea su destino. Y es también lo que configura su visión de Dios y del ser humano.

  1. a) Cuando Jesús quiere hacer ver lo que es un ser humano cabal, cuenta la parábola del buen samaritano. Pues bien, ese ser humano cabal es aquel que vio a un herido en el camino, reaccionó y le ayudó todo lo que pudo. Lo único que nos dice es que lo hizo “movido a misericordia”.

La misericordia –como re-acción– se torna la acción fundamental del hombre cabal. Ser un ser humano es, para Jesús, reaccionar con misericordia ; de lo contrario , ha quedado viciada de raíz la esencia de lo humano, como ocurrió con el sacerdote y el levita, que “dieron un rodeo”.

Esa misericordia es también la realidad con la que en los evangelios se define a Jesús, el cual hace con frecuencia curaciones tras la petición: “ten misericordia”, y actúa porque siente compasión con la gente. Y con esa misericordia se describe también a Dios en otra de las parábolas fundantes: el Padre sale al encuentro del hijo pródigo y, cuando lo ve –movido a misericordia– reacciona, lo abraza y organiza su fiesta.

  1. b) La misericordia es el amor, pero hay que añadir que es una forma específica del amor. El amor práxico que surge ante el sufrimiento ajeno injustamente infligido para erradicarlo. La misericordia es lo primero y lo último: no existe nada anterior a la misericordia para motivarla, ni existe nada más allá de ella para relativizarla o rehuirla.

El samaritano es presentado por Jesús como ejemplo consumado de quien cumple el mandamiento del amor al prójimo; pero en el relato de la parábola no aparece para nada que el samaritano socorra al herido para cumplir un mandamiento, por excelso que sea, sino, simplemente, “movido a misericordia”.

De Jesús se dice que hace curaciones, pero no para recibir agradecimiento ni para que llegaran a pensar en su peculiar realidad o en su poder divino, sino “movido a misericordia”.

Del Padre celestial se dice que acogió al hijo pródigo y que actuó simplemente “movido a misericordia”. Misericordia es, pues, una actitud fundamental ante el sufrimiento ajeno, en virtud de la cual se reacciona para erradicarlo, por la única razón de que existe tal sufrimiento y con la convicción de que, en esa reacción ante el no-deber-ser del sufrimiento ajeno, se juega sin escapatoria posible, el propio ser.

  1. c) En la parábola se ejemplifica cómo la realidad histórica está transida de falta de misericordia –expresada en el sacerdote y el levita– lo cual es ya espantoso para Jesús; pero, además los evangelistas muestran que la realidad histórica está configurada por la anti-misericordia activa, que hiere y da muerte a los seres humanos y amenaza y da muerte también a quienes se rigen por el “principio-misericordia”.

Por ser misericordioso –no por ser un liberal– Jesús antepone la curación del hombre de la mano seca a la observancia del sábado. Sin embargo, sus adversarios –descritos, por cierto, con términos antiéticos a Jesús: “la dureza de su corazón” (v. 5)– no solo no quedan convencidos, sino que actúan contra Jesús: “En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos contra él, para ver cómo eliminarlo”(v. 6).

Cuando la misericordia es elevada al principio y subordina el sábado a la erradicación del sufrimiento, entonces la antimisericordia reacciona. Por trágico que pueda parecer, Jesús murió ajusticiado por ejercitar la misericordia consecuentemente hasta el final.

  1. d) A pesar de eso, Jesús proclama: “¡Dichosos los misericordiosos!”. La razón que da Jesús es que quien vive según el “principio-misericordia” realiza lo más hondo del ser humano, se hace afín a Jesús –el homo del dogma– y al Padre celestial. Jesús quiere que los seres humanos sean felices, y el símbolo de esa felicidad consiste en llegar a estar unos con otros, en la mesa compartida. Pero mientras no aparezca en la historia la gran mesa fraternal del reino de Dios, hay que ejercitar la misericordia y eso –dice Jesús– produce gozo, alegría, felicidad.

1.3.   El “principio misericordia”.

En la actuación de Jesús, siempre aparece como trasfondo el sufrimiento de las mayorías, de los pobres, de los débiles, de los privados de dignidad, ante quienes se le conmueven las entrañas. Y esas entrañas conmovidas son las que configuran todo lo que él es: su saber, su esperar, su actuar y su celebrar.

Así, su esperanza es la de los pobres, que no tienen esperanza y a quienes anuncia el reino de Dios. Su praxis es en favor de los pequeños y los oprimidos. Su “teoría social”, está guiada por el principio de que hay que erradicar el sufrimiento, masivo e injusto. Su alegría es júbilo personal cuando los pequeños entienden y su celebración es sentarse a la mesa con los marginados. Su visión de Dios, por último, es la de un Dios defensor de los pequeños y misericordioso con los pobres. En la oración por antonomasia, el “padre nuestro” es a ellos a quienes invita a llamar Padre a Dios.

Que la misericordia está en el origen de lo divino y humano y que no es pura reconstrucción especulativa se ve bien claro en el decisivo pasaje de Mt. 25: quien ejercita la misericordia “se ha salvado”, ha llegado a ser para siempre el ser humano cabal. La vida de los humanos se decide en virtud de la respuesta al clamor de los oprimidos.

  1. La iglesia de la misericordia

Este “principio-misericordia” es el que debe actuar en la Iglesia de Jesús; y el pathos de la misericordia es lo que debe informarla y configurarla. Si la Iglesia no está transida –por cristiana y humana– de la misericordia de la parábola, si no es antes que nada, buena samaritana, todas las demás cosas serán irrelevantes y podrán ser incluso peligrosas si se hacen pasar por principio fundamental.

  • Una Iglesia des-centrada por la misericordia

Es problema fundamental para la Iglesia determinar cuál es su lugar. Pues bien, el ejercicio de la misericordia es lo que pone a la Iglesia fuera de sí misma y en un lugar bien preciso: allí donde se escuchan los clamores de los humanos. El lugar de la Iglesia es el herido en el camino –coincida o no este herido, física y geográficamente, con el mundo intraeclesial–; el lugar de la Iglesia es “otro”, la alteridad más radical del sufrimiento ajeno, sobre todo el masivo, cruel e injusto.

Ponerse en ese lugar no es nada fácil para la llamada “iglesia institucional”, pero tampoco lo es para la llamada “iglesia progresista” ni para los puramente progresistas dentro de ella. Si es urgente, justo y necesario exigir el respeto a los derechos humanos y la libertad dentro de la Iglesia, tiene prioridad no obstante preguntarse cómo andan los derechos de la vida y de la libertad en el mundo. Este segundo enfoque está regido por el “principio-misericordia” y cristianiza lo primero, pero no necesariamente a la inversa. El cristianismo “misericordioso” puede ser progresista, pero éste, a veces, no es misericordioso. Es primario que la Iglesia se piense desde el exterior, desde “el camino” en que se encuentra el herido. Es urgente que el cristiano, el sacerdote y el teólogo, por ejemplo, reclamen su legítima libertad en la Iglesia, hoy coartada; pero es más urgente reclamar la libertad de millones de seres humanos que no la tienen simplemente para sobrevivir ante la pobreza, para vivir ante la represión, ni siquiera para pedir justicia o una simple investigación de los crímenes de que son objeto.

Todo sufrimiento humano merece absoluto respeto y exige respuesta, pero ello no significa que no haya que jerarquizar de alguna forma las heridas del mundo de hoy. Pero ya que la Iglesia es una y católica –según se dice de la verdadera Iglesia– hay que ver, ante todo, cómo anda ese herido que es el mundo en su totalidad. Cuantitativamente, el mayor sufrimiento, en este planeta, lo constituye la pobreza, que lleva a la muerte y a la indignidad que le es aneja, y ésta sigue siendo la herida mayor. Y esa gran herida aparece con mucha mayor radicalidad en el Tercer Mundo que en el Primero. Los humanos en el Tercer Mundo tienen muchísima menos vida y muchísima menos dignidad que los que han nacido en Estados Unidos, en Alemania, o en España.

Y si es verdad que en cada iglesia local hay heridas específicas y todas ellas han de ser sanadas y vendadas, las del Tercer mundo son la herida mayor para cualquier iglesia local. Si una iglesia local no atiende a esa herida mundial, no podrá decirse de ella que está regida por el “principio-misericordia”.

A todas las heridas hay que atender con misericordia, pero sin hacer pasar a segundo plano lo que es primero, e incluso preguntándose si una parte de la raíz de ese sinsentido –del malestar de la cultura– no proviene, consciente o inconscientemente, de la corresponsabilidad de haber generado un planeta mayoritariamente herido por la pobreza y la indignación.

  • La misericordia consecuente hasta el final

Cuesta mantener la supremacía de la misericordia sobre el egocentrismo, que inevitablemente acaba en egoísmo. De ahí, el “rodeo” del sacerdote y del levita. Pero cuestas mantenerla, sobre todo, cuando, por defender al herido, se enfrenta con los habitualmente olvidados de la parábola, los “salteadores”, y cuando estos reaccionan.

En este mundo se aplauden o se toleran “obras de misericordia” pero no se tolera a una Iglesia configurada por el “principio-misericordia”, el cual le lleva a denunciar a los salteadores que producen víctimas, a desenmascarar la mentira con que cubren la opresión y a animar a las víctimas a liberarse de ellos.

Cuando eso ocurre, la Iglesia –como cualquier otra institución– es amenazada, atacada y perseguida, lo cual a su vez verifica que la Iglesia se ha dejado regir por el “principio-misericordia”, y no se ha reducido simplemente a las “obras de misericordia”.

En América Latina, ambas cosas aparecen con toda claridad. La Iglesia configurada por el “principio misericordia” va más allá de las “obras de misericordia” y entonces es también tocar los ídolos, “los dioses olvidados”, lo cual no significa que sean ya los dioses superados, pues siguen bien presentes, aunque encubiertos. Así lo hizo y experimento Monseñor Romero. Comenzar y mantener la misericordia le supuso dolorosos conflictos intraeclesiales y arriesgar su anterior prestigio eclesial, su fama, su cargo de arzobispo y hasta su propia vida. Pero le supuso arriesgar algo todavía más difícil e infrecuente de arriesgar: la institución.

A nadie le meten a la cárcel ni lo persiguen simplemente por realizar “obras de misericordia”, y tampoco lo habrían hecho con Jesús si su misericordia no hubiera sido, además, lo primero y lo último. Pero cuando lo es, entonces subvierte lo valores últimos de la sociedad, y ésta reacciona en su contra.

A quienes ejercitan la misericordia les llaman hoy de todo. En América Latina los llaman –lo sean o no– “subversivos”, “comunistas”, “liberacionistas”… Y hasta los matan por ello.

La Iglesia de la misericordia debe, pues, estar dispuesta a perder la fama en el mundo de la anti-misericordia; debe estar dispuesta a ser ”buena”, aunque por ello le llamen “samaritana”.

 

  • La Iglesia de la misericordia se hace notar como verdadera Iglesia de Jesús

La Iglesia regida por el “principio-misericordia” muestra que su fe es, ante todo, una fe en el Dios de los heridos en el camino, Dios de las víctimas. Su liturgia celebrará la vida de los sin-vida, la resurrección de un crucificado. Su teología será intellectus misericordiae (iustitiae, liberationis), y no otra cosa es la Teología de la Liberación. Su doctrina y practica será un desvivirse téorica y prácticamente, por ofrecer y transitar caminos eficaces de justicia. Su ecumenismo surgirá y prosperará –y la historia demuestra que así ocurre– alrededor de los heridos en el camino, de los pueblos crucificados, los cuales, como el Crucificado, lo atraen todo hacia sí.

Para terminar, tres cosas. La primera, que todo lo dicho hasta ahora no es más que reafirmar la opción por los pobres que debe hacer la Iglesia. Nada nuevo, por tanto. La segunda, que la misericordia es también una bienaventuranza; y, por ello, una iglesia que siente gozo y por eso puede mostrarlo anunciando el eu-aggelion, una buena noticia que es verdad y produce gozo. Y la tercera y la última, que una iglesia de la misericordia “se hace notar” en el mundo de hoy. Y se hace notar, de manera específica, con credibilidad. Con credibilidad en el ejercicio de la libertad en su interior y en la exposición razonable de su mensaje.

Y creemos que hacer esto en la totalidad del mundo supone la máxima credibilidad de la misericordia consecuente, precisamente porque ésta es lo más ausente en el mundo de hoy. Entre los aburridos de la fe, los agnósticos y los increyentes, esa Iglesia hará al menos respetable el nombre de Dios y éste no será blasfemado por lo que hace la Iglesia. Entre los pobres de este mundo, esa Iglesia suscitará aceptación y agradecimiento.

Una Iglesia de la misericordia consecuente es la que se hace notar en el mundo de hoy, y se hace notar “como Dios manda”. Por ello, la misericordia consecuente es “nota” de la verdadera iglesia de Jesús.

 

 

*Este artículo es un resumen esmerado hecho por Benjamín Forcano de la publicación del autor, Jon Sobrino, hecha en Sal Terrae, 927.

Personas que huyen de la violencia, las guerras y el hambre

Ámbito

La realidad de personas que, en distintas situaciones legales, llegan o pasan por España son muy variadas. Quizás las distinciones que se hacen responden más a la definición que pretende exonerar nuestra responsabilidad sobre esas personas que al intento de dar respuestas a sus circunstancias; al margen de las condiciones de estancia en nuestro estado o las maneras de haber llegado aquí. Así se ha hablado de “refugiados”, “migrantes irregulares”, “reubicados”, migrantes económicos”…

Por tanto, más allá del intento de definir dicha realidad, no podemos obviar que quien pone su vida en “jaque”, abandona su cultura, se desarraiga de su familia y abandona su país… son personas en huida: del hambre, las guerras, la violencia…

Esos augurios catastróficos que asimilan la migración al efecto llamada, están tremendamente equivocados cuando lo que está ocurriendo es precisamente lo contrario.

Esta realidad de las migraciones nos ha puesto en la encrucijada más radical de este comienzo de siglo: apostamos por la humanidad, por una sola humanidad o agudizamos las diferencias entre seres humanos anquilosándonos en la cultura del “descarte” que dice el Papa Francisco.

Si bien la llegada de personas en busca de vida ha sido una constante “llamativa y mediatizada” en nuestro país desde comienzos de este siglo, no es menos verdad que la dureza y crueldad con que se les ha tratado ha sido inversamente proporcional al aseguramiento de sus derechos.

Leyes de extranjería cada vez más severas y criminalizadoras, medidas físicas de contención en frontera Sur altamente “lesivas y crueles” personas en expresión de Amnistía internacional, fiereza irracional en los controles policiales sobre población “con aspecto migrante”, aumento del tiempo de privación de libertad por faltas administrativas en los CIE, espacios donde los derechos y la legalidad parecen un sueño…

Y todo este incremento persecutorio y criminalizador de quienes huyen de los no-espacios de vida, lo han sumado al hecho de la crisis en nuestro país, dando como resultado el resurgimiento de políticas y leyes contra los otros, los migrantes, contra aquellos que han sido y son utilizados con fines laborales en trabajos mal remunerados que nadie “autóctono” quería realizar. Se habla de los migrantes como mano de obra “necesaria” regulando los oficios no cubiertos por los nacionales y, expandiendo a toda la clase obrera, que la necesidad obra milagros. Así entramos en una veloz carrera de disminución de derechos a toda la sociedad y de abajamiento de las condiciones dignas de los trabajadores. Todo cínicamente tramado por el gran capital de la mano de gobernantes más preocupados en no molestar o seguir enriqueciendo a la banca que en mantener los derechos ciudadanos y asegurar el precario estado de bienestar existente.

Así se ha ido consolidando, en muchos de nuestros barrios, esa “guerra silenciosa” de los pobres contra los pobres. La migración como catalizador del inconformismo de la clase media trabajadora. Pero cuya denuncia, en muchas ocasiones, no tiene como objetivo a los responsables de las actuales políticas.

Muchos viejos vecinos fueron migrantes, hoy nuestro país lleva años siendo lugar de llegada, puerta de entrada a Europa… país de migración. Y esta realidad hecho entrar a muchos en dinámicas de rechazo al otro. Como si en el otro no nos jugáramos nuestro propio ser, personal y colectivo.

Propuesta de acción

Mes de mayo de 2015. Un joven palestino aparece por San Carlos Borromeo, preocupado por la situación en que se encuentran otros paisanos. Llevan meses en Madrid, nadie les atiende, solo otros jóvenes que, acogidos en pisos por distintas entidades, comparten con ellos la comida, el dinero de bolsillo y, en algún caso excepcional (y sin que se enteren los responsables de dicha entidad) les han dado cobijo nocturno, sobre todo en el duro invierno madrileño.

Comenzamos trasladando a este muchacho el desconocimiento de dicha realidad y el ofrecimiento del apoyo que estimemos, entre todos, puedan necesitar. Así él se encargará de citar a los jóvenes a quien conoce y nosotros a quienes estamos dispuestos a echar una mano. Se pone en marcha la rueda de la solidaridad. Esa que nos ocupa e implica en las situaciones que vamos conociendo o nos van llegando.

Esta solidaridad espontánea, generosa y creativa, hace que comiencen a aparecer no solo jóvenes susceptibles de asilo, y por tanto objeto de la prestación social y de acogida que nuestro Estado dice poseer y ofrecer a cuantos ciudadanos soliciten dicho estatuto: refugiado; sino también muchas familias. Estaban por nuestra ciudad, vagando sin apoyo, sin futuro y con una vida “muy cansada”…

Las primeras asambleas se tornan en una ocasión de encuentro y en un ejercicio ciudadano de corresponsabilidad. Unas familias se ofrecen a acoger a algunos jóvenes… Siguen las asambleas semanales y aparecen, cada día, nuevas situaciones y más personas abandonadas a su “mala” suerte o presas de la burocracia que esclerotiza cualquier atención pública, por buena que esta sea.

La realidad nos desborda y, además, no podemos dejar que quienes son responsables directos de semejante atrocidad sigan viviendo en su torre de marfil. El bienestar individual suele estar reñido con el bien colectivo de quienes más soportan la exclusión. Así, en asamblea, descubrimos que no hay mejor manera de ejercitar la solidaridad que comenzar por destrozar esos estereotipos que a unos nos hacen ayudadores y a otros ayudados. Como decía Galeano, “es horizontal e implica respeto mutuo”.

Pues junto a ese espléndido ejercicio humanizador de la solidaridad acogiendo a personas y familias e intentar ofrecer aquello que necesitan para poder acceder a otros derechos, surge la necesidad de visibilizar esta realidad y, sobre todo, el silencio cómplice de una administración empeñada en el no reconocimiento de la misma. Lo que no reconozco no existe.

La propia asamblea donde la mezcla es evidente, dispone hacer algo más. Recordar a quienes nos gobiernan que sus responsabilidades no puede acabar en su control y persecución, sino que también conlleva la atención y cumplimiento de las leyes de acogida y refugio. En pleno mes de julio, nos concentramos ante la Secretaría de Estado de Migración para que escuchen la realidad de las personas migrantes abandonadas y la de la ciudadanía solidaria que exigimos responsabilidad.

Fruto de estos encuentros, con sus asambleas, el ejercicio de responsabilidad de quienes sufren la migración y la corresponsabilidad de quienes nos consideramos ciudadanos del mundo provocó que los responsables escuchasen, intentasen enmendar una situación provocada por su ceguera y tuviesen claro que la solución puntual de algunas circunstancias no nos callaría la boca a la hora de seguir reclamando derechos.

Es preciso además constatar que esta desatención ha sido también denunciada por el Defensor del Pueblo cuando señala: “esta institución considera que el sistema de acogida para solicitantes de protección internacional no se ha reforzado suficientemente, ni con la necesaria rapidez, lo que ha provocado que algunas personas se hayan encontrado en una situación de desprotección” [1].

Reflexión

Constatamos la realidad de las migraciones, en sí y para quien quiera estar cercana a ella, como conflictiva. Porque son muchos los intereses que causan las mismas. Y conflictiva porque no podemos estar mirando solo las responsabilidades de quien tiene poder, sin escudriñar nuestras parcelas “intocables”.

El impacto mediático que tiene la muerte “evitable” del niño Aylan en una playa turca no puede dejarnos impasibles. Cuántos Aylan pueblan hoy ese gran cementerio en que se ha convertido el Mediterráneo. Si antaño fue lugar de vinculación entre culturas que lo bañan, hoy es el espacio trágico de la desolación a la que hemos abocado a miles de personas. Camposanto creado por las políticas que han impuesto, no solo en los estados particulares, sino en aquel gran sueño que fue la construcción europea. El cierre de fronteras, la inversión millonaria en sistemas de detección de personas, la financiación de tapones en países “¿amigos?” para la retención de personas migrantes y la amenaza económica de no ayudar a quienes no se sometan a estas inhumanas políticas, hacen que –de manera silenciosa– estemos asistiendo a una tercera guerra mundial contra personas, familias y pueblos.

Frente a esa irracionalidad en la que se pretende convertir el trato a las personas migrantes, no podemos olvidar nuestra misión como ciudadanos y creyentes (al menos en mi caso las dos pretendo que converjan): la acogida. Cuando dejamos que la realidad nos aprese, no podemos dejar de ejercer la protección. Y esta concretarla en la acogida de personas migrantes con dificultad. Sabiéndonos compañeros de una misma travesía en la que hoy el salvavidas puede estar en mi cuello, pero ¿y mañana?

Esta acogida debe prevalecer sobre leyes, normas y protocolos. En el mundo de lo social se lleva mucho la protocolización. Esto es que el otro se desnude (cuente toda su vida) y yo (desde mi atalaya) valore si lo que ofrezco es lo que le conviene.

Reconocer al otro –migrante– que es igual de persona que yo. Que además de necesidades materiales tiene otras necesidades que no se ven, imperceptibles. Que podemos intuir por su rostro, sus silencios o quebradizas seguridades. Para detectarlas hace falta tiempo, confianza y fidelidad. Precisamente el mundo de los sentimientos es tan sagrado, que la entrada en él requiere unas disposiciones muy determinadas y determinantes.

Por eso tenemos que cuidarnos. Porque la acogida no es un ejercicio unidireccional. Acojo si me dejo acoger. Me acogen si soy capaz de disponerme a la acogida. Esos cuidados recíprocos son los que nos constituyen como comunidad [2]. Y lo comunitario es lo que nos obliga.

Termino recordando a Adela Cortina [3]: “Hay una “obligación” que nace cuando descubrimos que estamos ligados unos a otros y por eso estamos mutuamente ob-ligados.»

Acogida, cuidados, comunidad, obligación, gratuidad… adjetivos que pueden hacer la vida algo completamente diferente…

[1] Respuesta en Nº Expediente: 15009618, de 28 de Diciembre de 2015

[2] Luis García Montero, “El valor de los cuidados“, Público, pp. 9-10-11.

[3] “Alianza y Contrato. Política, ética y religión” Madrid, Trotta, 2005, p. 171.

Isaac Rosa

Isaac Rosa, escritor nacido en Sevilla, ha sido columnista en el diario Público y en la revista satírica El Jueves. Actualmente colabora habitualmente en Eldiario.es, en la revista mensual La Marea y en la Cadena Ser.

Escritor de gran imaginación y claridad, ha sido premiado en diferentes ocasiones por su producción novelística, alcanzando en este género un gran reconocimiento. Destacamos dos de sus novelas más conocidas: El vano ayer, Premio Rómulo Gallegos en 2005 y El país del miedo en 2008, ganadora del VIII Premio Fundación José Manuel Lara. 

Hablar de justicia hoy, en este ligero clima posmoderno y débil… ¿no resulta extraño, extemporáneo? ¿No pertenece –diría alguien– al siglo XIX?

No. Es una exigencia fundamental. Porque lo que nos caracteriza, entre otras cosas, especialmente en España, es la impunidad. Y esto en todos los sentidos: político, económico, social, etc. Por supuesto que la justicia sigue siendo una exigencia.

De acuerdo, sigue siendo una exigencia. Pero cuando, en el contexto actual, los gobiernos plantean el desafío que suponen los desahucios, los refugiados, el hambre, etc., ¿lo hacen como exigencia moral, de justicia, o más bien como temas de agenda política, que han de abordarse solo desde las leyes o estatutos vigentes?

Si lo que queréis decir es que estos graves problemas no están actualmente en el debate, es verdad, no están en el primer plano político, ni en el social, ni en el económico. Esto puede dar la impresión de que se trata de temas del pasado siglo. Pero, insisto, esta sería una grave equivocación, porque la justicia es, ante todo, la exigencia de reparar a las víctimas, a todas las víctimas. Y víctimas son hoy las personas refugiadas, las desahuciadas o todas las afectadas por la crisis en general. Todas ellas son víctimas de nuestros días.

Cuando, ante estos graves problemas de justicia, se está anteponiendo el miedo al terrorismo, el rechazo al diferente, o el racismo, la xenofobia, etc., ¿qué puede estar pasando en la conciencia moral de la ciudadanía?

Desde hace ya algunos años se está apreciando una fuerte desconexión entre la ciudadanía y los dirigentes políticos, tanto nacionales como europeos. Que Europa va sin rumbo, en una cierta inercia –desde antes ya de la misma crisis– no resulta difícil captarlo a cualquier observador medianamente interesado. Algo similar está ocurriendo entre nosotros. Y, en esta deriva de la política, la ciudadanía ha sentido que la tierra le tiembla bajo los pies. Entonces crece el sentimiento de vulnerabilidad e inseguridad, de incertidumbre y de inquietud por el futuro. La ciudadanía se siente desamparada por Europa y por sus gobiernos precisamente en el peor momento de la crisis. Y este sentimiento de inseguridad y desamparo acaba siendo el mejor terreno donde arraigan todos estos discursos y prácticas de rechazo a los diferentes, de xenofobia y de racismo. Lo acabamos de ver ahora en Austria; pero ese país, como sabemos, nos es el único en la UE donde todo esto está ocurriendo.

Tú estás comprometido en movimientos y foros sociales en los que enfrentáis estos grandes problemas sociales y humanos. ¿Qué experiencia estás haciendo en ellos? ¿No choca vuestra lógica de actuación con los imperativos de la política dominante, incluso con la indiferencia de la sociedad?

Yo intento ser optimista. Que hay indiferencia en la masa social, es cierto. Años atrás fue distinto: hubo conciencia de resistencia ciudadana. Estaban de actualidad, por ejemplo, las huelgas, las mareas, las marchas de la dignidad y muchas otras formas de lucha organizada. Pero, de unos años acá, está cundiendo la sensación de haber tocado techo. Como si se pensara: si hemos hecho todo lo que podíamos y no hemos logrado parar los recortes ni la contrarreforma, ¿qué se puede seguir haciendo ahora que los recortes nos han robado tantas energías?

Y da la sensación de que toda esa energía de entonces se ha desplazado hacia las instituciones políticas (partidos nuevos), hacia las corporaciones administrativas (ayuntamientos), etc. Yo intento quedarme con la parte positiva de todo esto. Y me refiero a todos esos núcleos de resistencia que siguen haciendo cosas por pequeñas, por insignificantes o efímeras que sean. No se puede ignorar que, pese al contexto adverso, se están introduciendo notables cambios en los barrios, en las ciudades, en las comunidades autónomas. Yo creo que sí están cambiando muchas cosas.

Desde hace cuatro o cinco años la mentalidad de mucha gente ya no es la misma de antes: la vuelta al pasado o el regreso a antes de la crisis. Lo que queríamos y pensábamos, incluso en el 15M, era volver a donde habíamos estado. Esto ya ha cambiado en mucha gente. Está convencida de que no se puede volver al 2007… Hay experiencias muy positivas que, aunque minoritarias y pequeñas, son semilla de algo que, a medio plazo, nos va a ir cambiando como sociedad.

A la vista de esas experiencias de resistencia y oposición del poder a políticas alternativas de justicia y derechos humanos, de reconocimiento y acogida, incluso de misericordia, ¿no resulta preocupante que los movimientos sociales y la ciudadanía en general no estallen en una rebelión social?

En torno al 2012, después del primer año de gobierno del Partido Popular –con el rescate bancario y la profundización de la crisis–, cuando me llamaban diferentes medios extranjeros para hacer sus reportaje sobre España, siempre me preguntaban lo mismo: ¿por qué la calle no estalla en España, por qué no está pasando nada a la vista de los escandalosos índices de paro y los recortes que se están llevando a cabo?

Yo tenía entonces la sensación, como decía antes, de que no se quería romper nada porque se tenía la esperanza de volver atrás, de reconstruir el pasado, de recuperar el bienestar perdido. Pero, a mi modo de ver, todo empezó a cambiar cuando la ciudadanía más activa empezó a caer en la cuenta de que la movilización había tocado techo, cuando empezó a experimentar que las marchas de la dignidad acaban mayormente no alcanzando el cambio de las justas reivindicaciones, sino en enfrentamientos con las fuerzas del orden. Entonces se da un vuelco muy importante en la actividad social. Quiero decir que la energía y el descontento social se desplazan de la calle hacia lo electoral. La gente ya no está deseando salir a la calle para reivindicar derechos recortados, sino que empieza a pensar en las urnas. La imagen gráfica de la gente con la papeleta entre los dientes para acudir a las urnas puede ser un buen testimonio de este cambio. Y esto ya ha ocurrido. Una gran parte del descontento popular y de la indignación del 15M ha recalado finalmente en expresiones políticas concretas.

Y este desplazamiento hacia las instituciones, ¿qué juicio te merece?, ¿lo ves acertado?

Esta es, sin duda, la parte de la actual situación que a mi más preocupa. Si digo la verdad, yo nunca he tenido tantos amigos concejales o diputados como ahora. Muchos de mis amigos que antes estaban en movimientos, agitando la calle hacia las transformaciones sociales necesarias, ahora están en las instituciones. Pero, claro, si llegado a las instituciones sigues teniendo capacidad para cambiar el rumbo de las cosas, el viaje habrá sido un acierto; pero si las instituciones siguen mostrándose tan tercas que acaban convirtiéndose en un agujero negro que absorbe toda tu energía y toda tu actividad, entonces habrás errado el viaje. Y, lo que es peor, este error puede llevar al desencanto y al desaliento a la ciudadanía.

En definitiva, si es verdad que con el paso de la calle a las instituciones se ha evitado el estallido y la rebelión social, no es menos cierto que, en este cambio de rumbo, nos hemos jugado o acallado también muchas otras cosas. Por eso yo pienso que la ida a las instituciones no puede ser una solución o camino único; es preciso seguir manteniendo la movilización social, que actualmente está bastante desactivada.

A la vista de lo que ha ocurrido en Grecia, Brasil, Argentina, Venezuela, etc., ¿confías en que ese activismo social que ya ha llegado a las instituciones –comenzando por su presencia en los gobiernos locales– va a ser capaz de introducir nuevos valores en la política y hacerlos valer frente a los imperativos de la política dominante?

No es fácil de adivinarlo. Podemos, por ejemplo, aparece a principios de 2014 en un momento de cansancio del activismo social. Esta formación política aparece al ver que no se han podido parar los recortes y privatizaciones y que la resistencia no ha dado los resultados esperados. Hay entonces un cierto desconcierto: ¿y ahora qué? Lo hemos hecho todo: huelgas, marchas, mareas, lucha contra los desahucios, etc. Pero, a la vista de los escasos resultados obtenidos, ¿cuál debería ser el siguiente paso? Y es en este momento cuando se produce ese desplazamiento hacia las instituciones.

Pero a mí me preocupa también no solo el viaje a las instituciones, sino el cambio de la propia agenda. En estos momentos se ha dejado de hablar de la grave crisis social y económica que seguimos teniendo y se habla más de la crisis política de los partidos. Los medios son un reflejo exacto de este cambio de tendencia. Hubo un tiempo en que las tertulias televisivas estaban llenas de economistas, ahora los que triunfan no son los sociólogos o los economistas, sino los politólogos de pizarra, los que saben de las tendencias demoscópicas. El rumbo está claro, hemos dejado de hablar de la crisis social, que sigue estando ahí, y hemos pasado a ocuparnos de la crisis política. Y este cambio es bien revelador. Y, a mi modo de ver, esto es grave.

Y, en concreto, ¿cómo ves la gestión de los nuevos ayuntamientos?

Los nuevos ayuntamientos, que llegaron haciendo bandera de una serie de reivindicaciones y generando muchas expectativas, se encuentran ahora con la cruda realidad. Llegaron luchando contra los desahucios en materia de vivienda, exigiendo el rescate ciudadano en materia de precariedad y pobreza, etc. Pero se están topando con la cruda realidad. Por una parte, no cuentan con la mayoría suficiente para desarrollar su propio programa político. Ni Ada Colao ni Manuela Carmena tienen mayoría suficiente para sacar adelante la política que quisieran. Pero, por otra parte, la realidad es limitada y tampoco son autosuficientes, como necesitarían, para cumplir el propio programa. El mismo gobierno estatal, sin ir más lejos, sigue teniendo por encima el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea. Ni siquiera España, como Estado, tiene soberanía económica. Desde aquí, ya no soy tan optimista, ya no estoy tan convencido de que se puedan cambiar tan rápidamente las cosas.

Tú acabas de publicar un valiente y lúcido cómic sobre y contra los desahucios: Aquí vivió: Historia de un desahucio. ¿Puedes incorporar a esta entrevista dos o tres intuiciones y propuestas que sugieres allí para enfrentar seriamente ese drama humano?

Lo que hemos tratado en este comic más que sobre los desahucios es sobre la lucha contra los desahucios. Lo que nos importaba sobremanera era dar a conocer una de las mejores noticias de estos últimos años que, a mi juicio, ha sido la lucha contra los desahucios. Yo suelo decir que los desahucios son la peor cosa que nos ha pasado en las últimas décadas y la lucha social que se ha desarrollado en contra, una de las mejores. Ver a esa gente que, después de pasar por una experiencia tan dramática, es capaz de rehacerse, organizarse, construir un colectivo para defender lo suyo y lo de los demás, es algo admirable.

Sobre todo, queríamos mantener este tema en el centro de la agenda política. Porque no queremos que, con el cambio de los ayuntamientos y del ciclo político en general, todo esto se crea resuelto y se dé por cerrado. Esto no es cierto. Sigue habiendo desahucios y esto sigue siendo grave.

Pero, si la crisis continúa, ¿por qué te han interesado expresamente los desahucios?

Sí, hay un motivo especial por el que a mí me interesa este fenómeno tan hondamente humano. Me interesan los desahucios porque son quizás el mejor catalizador de todo lo que nos ha pasado y nos sigue pasando aún hoy día. En cada desahucio está viva la crisis en todos sus términos. En una familia, que por una ejecución hipotecaria se ha quedado sin casa, si lo miras de cerca, de repente lo ves todo, ves la crisis en toda su dimensión: la pobreza, el desempleo, ves la desigualdad, la mala política de vivienda que nos ha traído hasta aquí, ves el sector financiero con toda la parte hipotecaria y la parte de rescate, ves la protesta ciudadana y la represión en torno a los activistas… En fin, por todo esto me interesan a mí los desahucios. Son un observatorio desde el que lo ves todo.

Junto a la justicia reivindicamos en este número de nuestra revista la misericordia. No ignoramos que tiene mala prensa en nuestras sociedades laicas y en buena parte por culpa de la propia religión. Pero nosotros la reivindicamos justamente en el sentido de aquella palabra del profeta, que reclamó Jesús de Nazaret: “Misericordia quiero y no sacrificios”. ¿No tendría un sentido crítico muy actual reivindicar una política con entrañas de misericordia frente a tanta política falsamente piadosa?

La palabra misericordia me huele a mí muy asociado al catolicismo. Y en España, por mucho que el papa esté proponiendo otro tipo de discurso más humanista, aquí seguimos teniendo al obispo de turno que habla de la cruzada, o contra lo que han calificado de “imperio gay”. Entiendo el concepto y me parece loable, pero sé que, en muchos ambientes, puede provocar incomprensión. Y, en este sentido, no estoy muy seguro del recorrido que le espera. Para mí, en concreto, Misericordia es la novela, por cierto muy actual, de Galdós.

La plataforma contra el Hambre ha desarrollado, con gran éxito de público y de gestión, la I Conferencia contra el Hambre. Casi todos los partidos que se presentaron el 24 de mayo de 2015 a las elecciones del Ayuntamiento de Madrid asumieron llevar en su programa los contenidos mayores de la Carta contra el Hambre. A la distancia de un año de las elecciones, la Plataforma está organizando ya la II Conferencia contra el Hambre. ¿Qué puede significar esto?

Yo lo decía antes. Y es la parte que me preocupa del momento actual. Estemos a finales de mayo de 2015, un año después de las elecciones municipales y casi medio año después de las generales, y solo estamos hablando de elecciones. Hemos perdido de vista la crisis social que sigue siendo devastadora y que va a dejar un daño social para muchísimo tiempo. Muchas familias que han caído en la exclusión, aunque desapareciera un día la crisis, ellas no van a poder salir ya de esa postración.

Pero, en pequeña escala, también se están haciendo cosas. En mi barrio de Hortaleza, por ejemplo, hay una serie de colectivos que están trabajando por visibilizar a todas esas familias que viven al límite por tener que seguir pagando una hipoteca. Familias que no pueden abordar un imprevisto económico porque difícilmente llegan a fin de mes. La existencia de estos grupos solidarios es una prueba de que la crisis social no se ha terminado, por más que intenten convencernos de lo contrario. Y que las conferencias contra el hambre siguen teniendo sentido lo confirman los espantosos niveles de desigualdad a que estamos llegando. Dentro de algunos años, mirando hacia atrás, sentiremos mucha vergüenza.

¿Qué pensar de esas docenas de refugiados que estamos recibiendo en estos días, ¿se trata de un paripé, de un mero trámite o tenemos derecho a esperar algo más?

A mí, en este tema, me preocupa también la indiferencia ciudadana. Hace siete u ocho meses estábamos todos llorando por un niño muerto en la playa, pero luego han seguido muriendo niños en las playas, familias enteras, y nos pillan insensibles, ya no nos conmueven. De vez en cuanto vemos alguna imagen en el telediario y momentáneamente nos conmueve, pero no estamos asumiendo que sea un problema nuestro.

Las migraciones son ciertamente un problema mundial. Personas que son forzadas a dejar sus países, ciudades y pueblos son signo evidente de un problema mundial humanitario y de justicia. Y se van no solo porque haya violencia en los lugares donde viven, sino porque se hace violencia para que se vayan. Este problema mundial de la movilidad forzada, unido al cierre de fronteras, nos está salpicando a toda la humanidad.

Finalmente, ¿moderado optimismo y pesimismo de cara al futuro?

Yo tiendo a quedarme con la parte positiva de las cosas. Frente a una visión pesimista general del momento en el que estamos, yo me quedo con esos pequeños focos que estoy viendo. Para mí lo decisivo no es que el PP o el PSOE pierdan más votos y los nuevos partidos los ganen. Me parece más importante que exista el grupo de gente que se está reuniendo en mi barrio para resolver ellos mismos los problemas que no le van a resolver las administraciones. Esta gente que se autorresponsabiliza está poniendo una semilla que, más allá de los resultados que pueda conseguir en el momento, está cambiando de mentalidad. No se trata de quitar a unos para poner a otros, lo que se está anunciando es un cambio en profundidad. Y esto es lo positivo. Esos activistas se están dedicando a apagar fuegos, a tapar los agujeros que han dejado abiertos las administraciones.

Esta participación de la ciudadanía es la que abre cauce a la esperanza. Cada vez hay más gente que está cambiando de mentalidad. Están surgiendo brotes de cuidados y de vida en común que van cargados de vida. Como este huerto vecinal, lleno de niños y de flores, donde estamos charlando tranquilamente mientras la tarde va cayendo…

Derecho a la alimentación

La emergencia alimentaria, que afecta en el conjunto del Estado Español a dos millones de personas (año 2014), no tenía ni presencia ni visibilidad en las intensas movilizaciones populares contra la crisis. Para poner en la agenda política y reclamar el derecho a la alimentación surge la Carta contra el Hambre, plataforma que agrupa a más de 40 organizaciones sociales, exigiendo a las administraciones públicas que garanticen a la población su derecho a disfrutar de una alimentación adecuada, e insistiendo en que “la solidaridad ciudadana no debe servir de excusa para no abordar el problema de fondo y, mucho menos, para acostumbrar a la administración a la privatización de la ayuda”. Pero todavía quedaba un largo camino por recorrer: llevar a la práctica, materializar los compromisos.

Sin embargo, no resultó fácil llegar a un propósito común sobre cómo abordar el problema, pues nos encontrábamos con una fundada crítica: que centrarse en eso es una operación reduccionista, ya que nos quedamos en las ramas y no abordamos el meollo de la cuestión. La respuesta frente a esta crítica es que partimos de una realidad concreta formulando nuevas posibilidades para la acción que contribuyan a cambiar la situación, no para hacerla más funcional al sistema, sino para darle la vuelta. Se analiza y conoce el impacto de la desnutrición en la población, sus efectos sociales y económicos. Se identifica bien la naturaleza política del problema del hambre. Pero no se acaba de hacer un diagnóstico sobre el impacto social y político de las respuestas a la emergencia alimentaria que atraviesa el país. No existe contradicción entre reclamar la renta básica u otras medidas semejantes, con la intervención en la adquisición de alimentos y con la organización del acceso a los mismos por parte de la población que hoy hace cola en centros religiosos y de las ONGs. Desde la perspectiva de un servicio social más, no es asistencialismo pretender que la emergencia alimentaria sea tratada desde políticas públicas, pretender mejorar en cantidad y calidad la dieta de los que ahora dependen del reparto de alimentos.

Tras un año de reuniones y preparativos –en el que más de una vez surgió la duda de que lo que hacíamos era pura teoría ajena a las necesidades de la gente– cristalizan en un resultado bien concreto, la Primera Conferencia contra el Hambre y el Pacto contra el Hambre. La Conferencia, celebrada el día 10 de Abril de 2015 en la sede de la Unión Europea de Madrid, que cedió sus locales a la Carta contra el Hambre, reunió a representantes de Caritas, Banco de Alimentos, Cruz Roja, Mensajeros de la Paz, e iniciativas populares como las Despensas Solidarias, Pan para Todos o el Banco Popular de Alimentos de Tetuán, en un salón atiborrado de público, en el que se dio espacio para testimonios de familias receptoras de alimentos. El impacto político de la Conferencia será casi inmediato, y se concretó en la firma del Pacto contra el Hambre –coincidiendo con la campaña a las elecciones municipales y autonómicas de mayo del 2015– firmado por los principales partidos madrileños, a excepción del PP.

Desde altos cargos del PP de Madrid se venía negando sistemáticamente el problema alimentario, en ocasiones hasta con expresiones despectivas hacia los padres de los niños desnutridos. Era por tanto necesario combatir el negacionismo, reclamando por el contrario que los poderes públicos están obligados según el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, a “Cumplir el derecho a la alimentación de forma directa cuando existan individuos o grupos incapaces, por razones que escapen a su control, de disfrutar el derecho a la alimentación adecuada por los medios a su alcance”, poniendo desde la Administración los medios necesarios para identificar la situación real, base imprescindible para el diseño de las medidas necesarias, atendiendo a la necesidad de seguir aportando alimentos a la población afectada.

EL ACCESO A LOS ALIMENTOS EN LA POLÍTICA MUNICIPAL

Concretamos esta idea en la promoción de una Iniciativa Legislativa Municipal, (prevista en la Ley 6/1986, de 25 de junio, de la Comunidad de Madrid) cuya finalidad es regular la responsabilidad de los Ayuntamientos y la Comunidad en la provisión de un servicio social para paliar la insolvencia alimentaria que sufren muchas familias (dentro del conjunto de necesidades que se derivan de la situación de creciente pobreza). En el momento de redactar este artículo apoyan la iniciativa los ayuntamientos de Leganés, Fuenlabrada, Collado Villalba y Velilla de San Antonio, estando a la espera de otros ayuntamientos que lo llevarán al Pleno Municipal, entre ellos el Ayuntamiento de Madrid.

Con el Ayuntamiento de Madrid preparamos también la II Conferencia contra el Hambre, para aunar criterios y mejorar la intervención municipal en pro del derecho a la alimentación. Y seguimos trabajando en iniciativas que sirvan para mejorar el sistema de reparto de alimentos, una de las cuales es el proyecto de Centro Municipal de Cultura Alimentaria, una idea que parte de considerar que los centros de distribución de alimentos deberán a su vez ser nodos de organización social y potenciadores de conciencia crítica. El reparto de alimentos es también un laboratorio que busca una transformación de la vida social. Pasar de un espacio físico en el que se distribuyen alimentos a un espacio social, donde el derecho a la alimentación y la soberanía alimentaria sea el instrumental con el que operen unos y otros, que ya no son beneficiarios y benefactores, sino actores unidos por una misma necesidad de cambiar el estado de cosas.

Un espacio no exclusivo de los receptores de alimentos, sino también abierto a los vecinos que quieran, donde acceder gratuitamente a alimentos no es ningún estigma, y donde como en cualquier mostrador de nuestro pequeño comercio comparten charla y adquisición de alimentos el que paga con dinero y el que paga con un bono. Pero a la vez un centro de organización social y proveedor de otros servicios, una escuela de aprendizaje colectiva, y una experiencia de cogestión popular/municipal. Y, por último, una actividad económica que no compite con el comercio de proximidad, sino que lo refuerza. Este centro no quitará clientes al comercio local, como ocurre cuando se instala una gran superficie, sino que le aporta un cliente más, en la medida en que ciertos productos pueden ser ofrecidos por los pequeños comerciantes que se ubican en los mercados tradicionales.

EL DERECHO A LA ALIMENTACIÓN

Si partimos del derecho a la alimentación como una columna básica de la justicia social, facilitar el acceso a los alimentos de la gente empobrecida –bien sea de forma directa, bien mediante algún mecanismo compensatorio– deja de ser una tarea privada relegada a la solidaridad de los particulares, y pasa a formar parte de las políticas públicas que combaten la exclusión social. Y cuando esto existe –políticas públicas contra la exclusión– entonces abordar el problema del acceso a los alimentos, junto con los itinerarios a medio plazo, se impone también como tarea urgente en los servicios sociales municipales; pues efectivamente al defender el derecho a la alimentación defendemos también un municipalismo activo y participativo. Una política social que debe atender a preservar la dignidad de los afectados, incorporándolos como sujetos activos que tienen algo que decir sobre su situación y sobre las acciones que se toman a cabo.

La asistencia alimentaria –mientras no sea resuelta definitivamente como una política pública– seguirá dependiendo de la aportación de trabajo voluntario de la solidaridad popular, pero esta aportación no debe ser excluyente del objetivo de participación directa de los afectados ni de la defensa del derecho a la alimentación. En la organización del reparto de alimentos está también el germen del cambio social, pero, claro, no como se hace ahora.

La carencia de respuesta desde los servicios públicos se compensa socialmente con la transferencia de responsabilidad voluntaria al sector privado empresarial, que puede hacer donaciones masivas y además contribuir logísticamente en el acopio y reparto. Las organizaciones filantrópicas son intermediarios imprescindibles que acaban ocupando el espacio de lo público, reconstruyendo un modelo de sociedad civil plenamente compatible con la destrucción del estado de bienestar. Esta inversión social vuelve la responsabilidad a los individuos en cuya mano está apoyar a estas instituciones privadas.

La responsabilidad de los individuos debe ser colectiva, reclamando y presionando para que las instituciones públicas actúen, criticando su inhibición, solidarizándose de forma activa con los que sufren la pobreza, pero sin fiar a la acción espontánea –inestable en el tiempo y circunscrita a una acción paliativa muy localizada– la solución de un problema de naturaleza política, y la pobreza lo es, que demanda la mediación institucional.

Tierra, casa y pan

Una terna de palabras sencillas que ayuda a identificar las necesidades básicas consideradas por la Declaración Universal de 1948 como derechos fundamentales de los seres humanos, de igual modo que migrante, desahuciado y hambriento aluden a personas que no tienen esas necesidades dignamente cubiertas.
Pues bien, este número de Éxodo se ocupa de quienes se han visto forzados a abandonar su tierra, a salir de su casa y de aquellos que por privación material severa pasan hambre.
Nos preocupan, luego existimos.
Conscientes de que la preocupación ha de incluir los principios de la compasión, de la justicia y el principio de la misericordia, los tres complementarios.
Decía Aristóteles que la compasión es correlativa a la distancia: el sufrimiento de los que están muy cerca resulta aterrador y el dolor de los que están demasiado lejos deviene indiferente. Esa podría ser la causa de que los medios de comunicación espacien calculadamente las informaciones y las imágenes, atroces a menudo unas y otras, de quienes huyendo del infierno buscan refugio o asilo, de los que son arrojados de la casa y de los rostros famélicos cuyos ojos amenazan la calidez de nuestros refugios. Y en cualquier caso, si el foco se pone sobre el desamparo de las Infancias Invisibles como hace Save the Children, resulta más imperioso aún que tales situaciones y personas tienen que seguir en primer plano. Es para preocuparse, ciertamente.
Tzvetan Todorov ha llamado moral de empatía al impulso de identificación e inmersión en las emociones y en el dolor de los otros. Pero la empatía, con sus diversos grados de identificación e inmersión, ha de llevar aparejada una respuesta tan justa como llena de misericordia, esa forma específica de amor que surge ante el sufrimiento ajeno para erradicarlo.
Esa sería la respuesta debida.
Desde ella, por acción u omisión, cabría evaluar la sensibilidad ética (humanidad, justicia, piedad, solidaridad, hospitalidad) de los individuos, de los ciudadanos y de los pueblos para con las personas que se encuentran en circunstancias críticas. También permite valorar la calidad política de las iniciativas y propuestas que pretenden practicar o ya llevan a cabo los estados, sobre todo y por lo que nos concierne, lo que ha hecho, raquítico, sin paliativos, el gobierno de España, ahora en funciones.
La denominada crisis de los refugiados coloca a su vez un interrogante mayúsculo sobre el proyecto europeo de construcción de una comunidad política basada en el Estado de derecho. Los compromisos o cuotas de acogida, incumplidos con generosidad y con frecuencia, las condiciones finales en la que esta acogida se lleva a cabo en algunos países, la burocracia que expele y gestiona las vidas de las personas, los acuerdos de contención o retención con naciones de origen o de tránsito, las devoluciones en caliente, los CETIs, la práctica militarización de las fronteras marítimas en el mar Egeo y de las fronteras selladas con vallas y concertinas tierra adentro, la transformación de los campos de refugiados en campos de detención, esa malversación semántica que asimila emigrantes forzados a refugiados y que sirve de artificio jurídico para el incumplimiento de la Convención del 51.
Resulta preocupante un hecho más. Quienes consiguen llegar a nuestro país encuentran que una parte de la población les considera una amenaza para sus puestos de trabajo, para la forma de vida, socavan el estado de bienestar y otros etcétera no menos inquietantes.
Por todo ello, si este número de Éxodo ayudara a rectificar un grado la creación de esta memoria social de estereotipo que confunde clase con raza, persona con procedencia, desdicha con maldad, dolor con culpa, refugio y asilo con favor, al otro con peligro latente, si ayudara a purificar la atmósfera de tales opiniones, si al menos …..