Cristianismo, religión secular. Una mirada al Nuevo testamento

Desde un judaísmo secular. En principio, judaísmo y cristianismo son religiones seculares, pues no crean poderes sagrados, ni instauran una jerarquía de mediadores divinos sobre el pueblo y separan ni sacralizan espacios de Dios, por encima de la vida, sino que descubren y expresan su propuesta en la misma vida real secular (personal, social y económica) del hombre. No tienen ni ritos separados ni templos, pues el hombre como tal es rito y templo, como ratifica el Concilio de Calcedonia (451 d. C.), al decir que Cristo es divino siendo humano.

El judaísmo había superado el culto de los sacrificios a través de una larga historia de rupturas creadoras que empezaron tras la primera “destrucción” de su templo (587 a.C.) y culminaron en la segunda (70 d. C.). En esa línea, a lo largo de ese tiempo se fue convirtiendo en religión de la Ley y Vida humana, de forma que cesaron los sacrificios, y su religión se hizo religión de laicos, dirigida y representada por padres de familia y estudiosos de la Ley.

La comunidad israelita se convirtió en federación de sinagogas donde los rabinos (maestros laicos) expandieron una religión de la Palabra, que sustituyó a la del Templo. Siguió existiendo un ritual, centrado en ceremonias signos de paso y comunión que marcan la identidad de los judíos (circuncisión, baños purificadores, fiestas, etc.), pero un ritual secular, identificándose con la misma vida del pueblo, sin dominio político-sacral de unos sobre otros: Cada padre es “sacerdote” de familia; cada miembro de la sinagoga es ministro de la Palabra leída y comentada; cada judío, un elegido de Dios.

El judaísmo ha corrido sin duda el riesgo de sacralizar al propio pueblo (frente a las naciones paganas o no judías), pero desde su misma raíz ha iniciado, fecundado y potenciado el mayor proceso de secularización universal de la cultura y vida de occidente, que no podría haberse dado sin hombres como Marx y Freud, Polanyi o Adorno.

El cristianismo de Jesús, es también una religión secular, pero en sentido universal, como expresión de una esperanza profética abierta a todos, partiendo de los pobres. Jesús no fue sacerdote, sino laico, en la línea de los profetas y pretendientes mesiánicos, de los sanadores carismáticos y los sabios populares de su entorno. Tampoco fue un gobernante o mesías político, empeñado en tomar e imponer un poder sagrado, como querían algunos celotas políticos, y como habían logrado ser los macabeos, siglo y medio antes, para imponer su religión de un modo sacral.

A lo largo de su ministerio no se enfrentó de un modo directo con sacerdotes y celotas, sino que hizo algo más hondo: Les dejó de lado (en especial a los sacerdotes), para proclamar e iniciar una religión de pueblo, sin imposición de sacral o política. No se atribuyó títulos de honor, pues títulos y honores los tenían otros (sacerdotes y emperadores/reyes), sino que actuó como un simple ser humano (hijo de hombre), sin tareas oficiales, ordenaciones jurídicas, ni documentaciones acreditativas, pues lo más grandes (signo de Dios) es el mismo ser humano.

Había sido por un tiempo discípulo de Juan Bautista, profeta del juicio de Dios que actuaba en el desierto (allende el Jordán), impartiendo un bautismo de conversión a quienes quisieran resguardarse de la catástrofe inminente. Pero a Juan le mataron, y Jesús tuvo la certeza de que el tiempo de prueba y desdicha se había cumplido, y que Dios le impulsaba a proclamar y adelantar la llegada del Reino de Dios, que es el Reino de los Hombres, en justicia, perdón y concordia, a partir de los enfermos, marginados y excluidos de Israel (judíos), para abrirse después por medio de ellos (se estaba abriendo ya) hacia todos los hombres y mujeres de la tierra.

Se sintió mesías, enviado de un Dios Abba, creador y amigo de los hombres, pero no como superior a los demás e imponerse sobre ellos, de un modo sagrado, sino para poner en marcha un camino de vida y comunión, no para someterse a Dios, sino para ser presencia de Dios desde la misma vida. Era laico o seglar, predicador espontáneo, sin estudios oficiales, al interior de las tradiciones de Israel (en línea profética), pero sin asumir ni imponer unas instituciones sacrales que también formaban parte de su pueblo; no fue mesías de templo o de mando superior, no quiso imposición social ni religiosa de unos sobre los otros).

Creía en Dios, Padre de todos, y así promovió un proyecto de sabiduría (conocimiento), curación integral (salud) y comunión universal, a partir de los marginados (cf. Mt 5, 3; 11, 5; Lc 6, 20; 7, 22), a quienes iba despertando, acompañando y animando para recibir y expandir el Reino, pues ellos eran sus destinatarios y herederos

Por estado y vocación, era un marginal. Estaba convencido de que sólo desde fuera de las instituciones del sistema se podía extender la obra de Dios, la verdadera humanidad, porque el Reino se identifica con los mismos hombres, no viene desde poderes superiores No apeló a medidas de separación clasista, como algunos en su entorno. No adiestró a un posible grupo de guerreros (como los celotas posteriores), ni fundó una agrupación de especialistas de la ley, un «resto» de puros, separados (como los esenios), unos sacerdotes mejores que los de aquel Templo.

No apeló al dinero, ni educó un plantel de funcionarios, sino que inició su movimiento directo de Vida en el espacio abierto de la vida. No buscó poderes, ni edificios propios, ni funcionarios a sueldo, ni una doctrina especial, sino que habló con imágenes que todos podían entender (imaginar) y actuó con gestos que todos podían asumir, abriendo cauces personales de solidaridad desde los excluidos y necesitados, como sanador y exorcista, amigo de los pobres. Compartió la comida a campo abierto con aquellos que iban y venían, buscando salud, compañía o esperanza, ocupándose en especial de los niños, enfermos y excluidos de la sociedad.

No fue hombre del sistema, pero tampoco un outsider utópico, como algunos apocalípticos y bautistas de su entorno, sino profeta y hombre carismático, al margen del poder sagrado (romano o judío), pero en el centro de la gran plaza de la vida, en nombre de un Dios de todos, a quien concibió como perdón, libertad y concordia directa entre hombres. Se dirigió a las gentes de Israel (era judío), pero, al centrarse en los pobres, tanto su enseñanza (Sermón de la Montaña) como su acción (sanaciones, comidas) se abrieron de hecho a todos los pueblos.

No estableció discursos de universalidad teórica, ni creó instituciones administrativas internacionales, sino que fundó una experiencia universal de humanidad, desde las zonas campesinas donde habitaban los excluidos del orden establecido. De esa forma volvió a los orígenes de la vida humana (en la línea del libro del Génesis), de manera que en su mensaje podían caber (con el Israel de los pobres) todos los hombres y mujeres de la tierra.

Los primeros destinatarios de su proyecto fueron pobres, publicanos y prostitutas, hambrientos y enfermos, expulsados del sistema (huérfanos, viudas, extranjeros de la tradición judía), pero tenía simpatizantes y amigos de las clases medias, y también con ellos inició un camino de Reino, instituyendo a Doce como signo del nuevo Israel universal, pero sin hacerles autoridad administrativa o sacral. Ni él ni sus primeros seguidores fueron sacerdotes, sino laicos y como tales establecieron una vinculación comunitaria centrada en el valor del ser humano, sin templos y ceremonias sacrales, de forma que los romanos pudieron llamarles ateos, pues carecían de culto religioso externo, expresado de un modo político, junto al palacio de los gobernadores y el ágora de los comerciantes.

Sus signos (bautismo, eucaristía) eran en principio seculares. Su evangelio no necesitaba templo, ni sacrificio expiatorio, ni funcionarios separados, de manera que en su grupo no podían elevarse unos escribas separados por su sabiduría de libro, ni unos funcionarios destacados por su poder sacral, como sigue diciendo en el siglo II la Carta a Diogneto: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. No tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto…» (Diog 4-5).

Resacralización. A pesar de eso, desde finales del siglo II y a lo largo del III-IV el cristianismo se hizo religión sagrada y pública, a través de un triple cambio que ha marcado la historia de occidente:

  • Retorno sacerdotal. Los rabinos judíos de la Misná abandonaron desde el siglo I d.C. el culto sacral con sacerdotes. Los cristianos, en cambio, recrearon en el siglo III d.C. un tipo de sacralidad semi-judía, con sumos sacerdotes (obispos), sacerdotes y levitas (presbíteros y diáconos), organizando una jerarquía de tipo vétero-judío y helenista, desde la perspectiva de una filosofía de los “grados” de ser y de una jerarquización sagrada de la autoridad.
  • Hegemonía en vez de fraternidad. Así sacralizaron un tipo de orden jerárquico pagano, en el que Dios aparece como cima de una pirámide sacral más que como impulso original de vida, partiendo de los pobres. Así dice ya Ignacio de A. en el II d. C. «Como el Señor no hizo nada sin el Padre, ni por sí, ni por sus apóstoles, así vosotros nada hagáis sin contar con el Obispo y los presbíteros… Someteos al Obispo y unos a los otros, como Jesucristo al Padre según la carne, y los apóstoles a Cristo y al Padre… para unidad corporal y espiritual» (Mag 7, 1; 13, 2).
  • Toma de poder social. Tras el edicto de tolerancia de Constantino (313 d.C.), los responsables de la administración cristiana, antes perseguidos, acabaron re-sacralizando el orden del imperio, de forma que el cristianismo se convirtió en Religión del Estado y así ha definido la vida de Europa hasta la Ilustración (siglo XVIII) y aún después, hasta el siglo XX.

Nueva secularización. Desde el Renacimiento, con la Reforma Protestante y, en especial, desde la Ilustración (siglo XVIII) se ha producido un intenso proceso de secularización, que, en un sentido, tiene rasgos negativos, pues se ha vinculado de hecho con un fuerte poder colonial imperialista y con un capitalismo que puede destruir las mismas bases de la vida humana, pero que en otros sentidos ha sido y puede ser muy positivo.

En general, las iglesias se han opuesto a su marcha, quizá por miedo a perder sus privilegios político-económico-sacrales. Pero ese proceso resulta inseparable del judeo-cristianismo (con otros impulsos como el pensamiento griego y la racionalidad jurídica romana), de manera que, por su bien, para recuperar su impulso original, el cristianismo debe no sólo recuperar sino animar los elementos más significativos del proceso de secularización, para formar una sociedad laica, es decir, humana, sin la “tutela” de poderes exteriores, pues, por principio, como he dicho, el Dios cristiano se expresa en la misma vida humana.

Según eso, la Iglesia ha de promover el surgimiento de una sociedad que sea plenamente laica, es decir, humana, sin injerencia de poderes y principios extra-humanos, aunque recordando que no todos los impulsos y opciones de los hombres se sitúan en la línea de la igualdad fraterna de todos. En ese contexto, el cristianismo puede y debe ofrecer su germen o semilla de humanidad, desde el evangelio de Jesús, no para mantener o imponer un neo-sacralismo, sino para aportar su experiencia.

Conclusión. En ese contexto pueden, y quizá deben, ponerse de relieve los siguientes rasgos. (a) A favor de la esperanza. Frente a los fracasos y los miedos de la modernidad, el cristianismo debe mantener su “apuesta de futuro”, por una libertad y comunión más alta, en línea secular, no neo-sacral. Frente a los agoreros que dicen que “la historia ha terminado”, que no hay más futuro que el capitalismo, los seguidores de Jesús han de seguir aportando su experiencia de utopía, en apertura al Reino de Dios. (b) A favor de la comunicación. Muchos piensan que los hombres y mujeres del siglo XXI son incapaces de comunicarse. Pues bien, en contra de eso, el cristianismo puede y debe apostar por versión “mesiánica” de razón dialogal, en la línea de Jesús, poniendo de relieve la apertura del hombre hacia su prójimo, en línea de gratuidad, sin buscar el poder o supremacía sacral el propio grupo, sin el despliegue secular de todos.

En esta perspectiva pueden destacarse tres principios: (a) En plano teológico, debemos recordar que Jesús es logos y que el Dios trinitario es diálogo. Por eso, creer en Dios significa creer en la comunicación universal, pues los hombres son imagen de Dios y así pueden abrirse en gratuidad unos a otros. (2) En plano simbólico, la iglesia debe presentarse como mediación humana (social) de ese diálogo fundante (sin al poder sacral ni al capital superior), como instancia secular de diálogo universal. (3) Este diálogo cristiano se puede y debe estructurar en forma personal, social y política, buscando las mediaciones necesarias en los diversos planos, pero siempre desde (y a favor) de los débiles, como muestra Jesús en el evangelio.

Según eso, cristianismo sólo tiene sentido en la medida en que pone de relieve el valor de cada uno de los hombres en su aspecto personal (individual), destacando su responsabilidad y su dignidad inalienable, pero siempre en apertura de escucha y de diálogo con todos. En esa línea podemos decir que el futuro del hombre implica una fuerte “fe” en los hombres. O creemos unos en otros, o nos destruimos todos como humanos.

Europa laica, una trayectoria de lucha por el laicismo

Europa Laica viene funcionando desde el año 2001. Los fundadores fuimos personas que, desde uno u otro campo, entroncábamos con la lucha por el laicismo que desde el siglo XIX se viene persiguiendo en España y en muchos países europeos y en la idea que la persistencia del confesionalismo estatal y la alianza del trono y del altar ha contribuido a un atraso finisecular en la historia de España y sobre todo ha significado una violencia extraordinaria sobre la libertad de conciencia de las personas simbolizadas por hechos tan trágicos como el asesinato por la inquisición del maestro Ripoll en Valencia en 1821 o el asesinato de Ferre y Guardia en 1909 o el nacionalcatolicismo durante el franquismo, con todo lo que ello ha significado en la manipulación de las conciencias por la Iglesia Católica y el Estado fascista.

Entre las personas fundadoras de Europa Laica caben destacar, por su relevancia, Gonzalo Puente Ojea el que fuera embajador de España en la Santa Sede y depurado por la democracia a instancias del Vaticano o Francisco Gonzalez Barón –primer presidente de asociación– o la profesora Emma Rodríguez o Fernando Orbaneja entre otras muchas personas; al cabo de unos meses se sumaron personas valiosísimas por su fortaleza y tenacidad como el que fuera presidente, hasta hace unos meses, Francisco Delgado Ruiz que provenía del ámbito político ya que fue diputado y senador y ya más recientemente personas como Fermín Rodríguez, responsable de educación, con amplia trayectoria política y de activismo social o el profesor , la feminista y escritora Teresa Galeote o el profesor especializado en la cultura árabe y en el islam político Waleed Saleh. Ello ha significado que Europa Laica tenga hoy cerca de mil quinientos asociados y mantenga un amplio círculo de amigos y amigas con gran influencia en los países latinoamericanos y gracias a nuestro portal digital laicismo.org nos hemos convertido en la primera referencia digital sobre laicismo en las redes. La fortaleza de Europa laica reside en el núcleo duro del laicismo, la libertad de conciencia de las personas lo cual exige la separación estricta de las iglesia y el Estado y la configuración de un ámbito público de libertad. Una distinción radical entre Nación y Estado y entre sociedad pública y sociedad civil también está en nuestro ADN. La tan cacareada libertad religiosa no está garantizada sino existe una garantía de la libertad de conciencia para todos y por consiguiente un ámbito público libre de las injerencias religiosas y particularmente en algunos campos como la enseñanza. Una de las primeras campañas que lanzamos fue precisamente “La religión fuera de la escuela!” sobre el adoctrinamiento religioso en las educación y en favor de la escuela pública y laica, el primer servicio público universal que se estableció en Europa. La escuela laica no es solamente la escuela sin religión tiene que ser una escuela racional y critica y es la única escuela que integra todas las pertenencias. En nuestro país conseguir una Escuela laica es una aspiración que, desgraciadamente, cada día está más lejos ya que el sistema político esta coaligado en seguir financiado a la escuela católica. Y más allá de la Escuela esta la amenaza que se cierne sobre multitud de servicios públicos universales por ese nuevo sacro que es el mercado neoliberal. Particularmente denunciamos el desmantelamiento de los precarios servicios sociales que o bien están siendo privatizados o bien se están asumiendo por la caridad católica.

Campañas contra los Acuerdos de la Santa Sede del año 1979 (que prolongaron alguno de los privilegios económicos y políticos que tuvo la iglesia durante el franquismo) o contra la financiación pública de la iglesia católica son actividades también permanentes. En la actualidad, junto a otras plataformas, apoyamos la campaña contra las inmatriculaciones ilegales realizadas por la Iglesia católica y exigimos en los tribunales en los medios públicos y en la calle que la simbología católica deje de ser, como es, la simbología cuasi oficial del Estado. Desde el primer momento comprendimos que la Constitución de 1978 no estableció un estado aconfesional como proclama y que en verdad dejó la puerta a lo que nuestro primer presidente de honor denominó un criptoconfesionalismo católico.

Europa Laica, está relacionada con asociaciones europeas humanistas y librepensadoras con el fin de hacer presión política en Europa. Y así somos miembros de la Asociación Internacional de Libre Pensamiento, vinculada al laicismo histórico francés, socialista y republicano y somos observadores en la Federación humanista europea en la que están encuadradas más de 80 organizaciones humanistas de libre pensamiento, ateas, contra el irracionalismo etc y que buscan una Europa laica y donde está también encuadradas organizaciones de países de tradición religiosa protestante. En España, mantenemos relaciones con asociaciones similares a la nuestra y pretendemos siempre confederarnos con ellas (Movimiento hacia un Estado laico, Asturias Laica etc) Fundación Pi y Margal, asociaciones civiles y sindicatos en favor de la enseñanza pública y movimientos sociales en favor de la igualdad social y sexual. Con Redes Cristianas mantenemos muy buenas relaciones. También es conveniente aclarar que Europa Laica no solicita ni acepta, por estatutos, subvenciones públicas y vive exclusivamente de las cuotas de sus socios y de donaciones privadas y ningún cargo es asalariado.

El laicismo, para Europa laica, significa una fuerte convicción en la garantía de la libertad de conciencia y enarbola la bandera de una presión permanente popular por los ideales de la Republicanos de libertad, igualdad y fraternidad; ideales que no son una utopía y que desde la Revolución francesa han inspirado todos los movimientos de progreso en Europa y en el mundo.

* Es autor de la “La iglesia católica y otras religiones en España”, y de numerosas publicaciones sobre derechos fundamentales de las personas. En la actualidad publica habitualmente en Diario 16, Viento Sur, Rebelion.org y Laicismo.org

Las claves de una ética cívica y laica

En este artículo voy a tratar de exponer brevemente los elementos conceptuales que considero esenciales para la construcción de una nueva ética cívica de carácter laico que pueda servir de soporte para vertebrar la convivencia en las actuales democracias. La vocación universalista de esta ética cívica y laica me lleva a pensar que este tipo de principios y valores éticos deberían ser puestos en práctica en cualquier tipo de sociedad, aunque considero que hoy día es mucho más difícil implantarlos en sociedades autoritarias que poseen elementos teocráticos muy definidos en su configuración política y cultural.

Por lo tanto, es evidente que la construcción de una ética cívica laica es algo que está todavía por elaborar y más aún por implantar en todas las sociedades democráticas, a pesar de que el proceso de secularización de la sociedad y de la política es un hecho innegable en las democracias occidentales. El problema, como veremos a continuación, reside en que se debe hacer un gran esfuerzo por distinguir la ética individual de la ética pública y la esfera de lo político frente a la esfera de lo social y cultural. La laicidad y el laicismo no pueden convertirse en ningún caso en una ideología más entre otras muchas y cuya finalidad fuese pretender imponerse por la fuerza a todos los miembros de la sociedad frente a las creencias religiosas de cada persona, sino que en realidad es la condición de posibilidad de una convivencia pacífica en el marco de una sociedad que respeta el pluralismo político, moral y religioso. Por eso el análisis de la ética laica siempre debe hacerse en el ámbito de la esfera política; es decir, en el ámbito del funcionamiento de las instituciones democráticas y públicas que nos representan a todos los ciudadanos. Las sociedades como tales no son laicas ni laicistas, sino plurales; más bien son los Estados y los gobiernos democráticos los que tienen ante sí la ardua tarea de implantar la laicidad en las leyes civiles que obligan a todos los ciudadanos, respetando la libertad de conciencia de todos.

  1. Libertad de conciencia y neutralidad del Estado laico

La configuración de la laicidad y del laicismo no consiguió abrirse paso en las sociedades occidentales hasta el siglo XIX y en cada país tuvo una implantación diferente. En el caso español fue el liberalismo progresista del siglo XIX el que mejor planteó el significado político y jurídico de la neutralidad del Estado en materia de religión y moral y también el que mejor elaboró una filosofía de la laicidad. Fue sin duda el gran maestro F. Giner de los Ríos el mejor exponente de ese liberalismo laicista e ilustrado con su creación de una organización como la Institución Libre de Enseñanza (1876) cuya finalidad esencial era educar a todos los niños y adolescentes españoles en el exquisito respeto a la conciencia moral de cada persona. En un país como España en el que el adoctrinamiento religioso había sido una constante histórica, el laicismo escolar supuso una auténtica revolución social y cultural. Las palabras del fundador de la ILE son una clara muestra del significado real del laicismo en la escuela. Por lo dicho se comprende, sin gran dificultad, que, no sólo debe excluirse la enseñanza confesional o dogmática de las escuelas del Estado, sino aun de las privadas, con una diferencia muy natural, a saber: que de aquellas ha de alejarla la ley; de éstas el buen sentido de sus fundadores y maestros. Así es que la práctica usual en muchas naciones de Europa, y en general, donde existe una religión oficial, incluso entre nosotros, de establecer escuelas particulares para los niños de los cultos disidentes, católico, protestante, hebreo, etc. ha producido y producirá siempre los más desastrosos resultados, dividiendo a los niños, que luego han de ser hombres, es castas, incomunicadas desde la cuna [1].

Es evidente que todo el sistema educativo debe ser, por tanto, neutral y no debe adoctrinar ni en el campo religioso ni el político. La escuela debería ser un lugar de encuentro y de convivencia en medio de un clima de mutuo respeto a las diferencias y nunca un lugar de exacerbación de los particularismos y de las diferencias religiosas o políticas. Esta advertencia del maestro Giner sigue siendo de total actualidad, pues toda la reciente polémica sobre la asignatura de “Educación para la ciudadanía y los derechos humanos” se debe en gran parte a que no se ha sabido interpretar que la escuela debe educar en unos valores cívicos comunes que sean compartidos por todos y que hoy podrían ser sintetizados en los Derechos Humanos.

Junto a la libertad de conciencia, el otro gran principio laicista es la neutralidad del Estado en materia de creencias morales y religiosas. En la época actual eso se debe traducir en que ningún Estado tiene que ser de carácter confesional, en que ninguna Constitución debe otorgar privilegios a ninguna religión concreta ni tampoco discriminar a nadie por sus creencias religiosas. En ese sentido se puede afirmar que el Estado es laico e indiferente a las religiones. Eso no significa que la acción de los gobiernos no deba tener en cuenta cuáles son las creencias mayoritarias de la sociedad para la que legislan y esto plantea a veces cuestiones muy delicadas. Las tradiciones culturales y morales de cada sociedad ejercen una poderosa influencia en la configuración de las leyes y, sin embargo, los gobiernos democráticos deben respetar también el pluralismo moral y religioso y no pueden imponer nunca una moral única a toda la población.

  1. Ética pública y privada

Uno de los temas más polémicos en el ámbito de la filosofía moral y política es el de la diferencia entre la ética pública y la privada y el de los límites que se pueden establecer para la expresión de la libertad de conciencia y de religión en el seno de una sociedad. Es cierto que en la vida real de los individuos no hay dos modos de conducta totalmente separables pues todos vivimos en sociedad, pero también es evidente que los escenarios públicos y privados en los que no movemos tienen exigencias éticas diferentes.

Se entiende por ética pública aquella que analiza y señala los principios y valores éticos que deben regir la conducta de los dirigentes políticos y de los funcionarios públicos en el ejercicio de sus funciones. Tanto los gobernantes de cualquier nivel como todos los funcionarios son servidores públicos y están sujetos a una deontología, a un código de conducta que en caso de incumplimiento puede acarrear sanciones de tipo jurídico. La relación de la ética pública con la laicidad y el laicismo se basa en que un servidor público debe actuar siempre en función del bien común de todos los ciudadanos y por tanto debe ser neutral respecto a las creencias morales o religiosas propias y de los demás. Se trata de que el código de ética pública por el que todo servidor público debe regirse se base en el respeto a la legalidad vigente y a los valores de igualdad y justicia recogidos en los Derechos Humanos y en la Constitución de cada país.

En ese sentido se puede decir que toda ética pública es laica porque no puede apoyarse en las creencias morales o religiosas íntimas de cada funcionario público ni tampoco privilegiar o discriminar a los ciudadanos en función de sus creencias. La conducta moral de los servidores públicos debe ser imparcial, neutral y no obedecer a las pautas particulares de una determinada religión, sino a principios éticos universales de igualdad y de justicia. Estas apreciaciones no están exentas de graves dificultades en la práctica, pues resulta difícil que una persona sea capaz de separar sus convicciones morales y religiosas más profundas cuando actúa en el escenario público y cuando actúa en al ámbito privado.

Por su parte la ética privada es la que analiza los principios y valores éticos que rigen la conducta moral en el escenario privado e íntimo de cada persona. En ese escenario pueden darse conductas que no se manifiestan en el ámbito público y político y por eso puede hablarse también de la oposición entre “vicios privados y virtudes públicas” y de “vicios públicos y virtudes privadas”. Ese juego de oposiciones entre la moralidad pública y privada puede llevar al extremo de una esquizofrenia ética en la que el discurso público es moralmente correcto y la conducta privada sin embargo es inmoral. Así ha sido en los terribles casos de pederastia que en los últimos años han sido conocidos en el seno de la Iglesia católica y en los que algunos jerarcas del catolicismo han tenido que confesar finalmente sus acciones e incluso indemnizar a sus víctimas con dinero.

La ética privada no tiene por qué someterse a los principios de la laicidad pues es totalmente libre de expresarse conforme a sus creencias y valores morales. La dificultad reside en fijar unos límites a la expresión de la ética privada en el escenario público puesto que, según algunos autores, la libertad religiosa no debe impedir a los creyentes salir de “las sacristías” para expresar sus creencias en el espacio público. Si por escenario público se entiende los medios de comunicación, la calle y cualquier otro foro público es evidente que los creyentes religiosos tienen los mismos derechos que los ateos o agnósticos a exponer sus principios y valores morales. Otra cosa es que en el ejercicio de una función pública al servicio de todos los ciudadanos los creyentes de cualquier religión actúen para imponer a los demás sus propias creencias. El intento de convertir una ética privada de un grupo religioso particular en la moral de todos los ciudadanos socava un principio fundamental de las democracias: el pluralismo moral. Como señalaba acertadamente Gregorio Peces-Barba, este pluralismo es imposible cuando una concepción del bien o una filosofía comprehensiva pretenden ser el núcleo de la razón pública, es decir, cuando intentan que su ética privada, su idea de la virtud, de la felicidad, del bien o de la salvación, es decir, su núcleo de verdad, se conviertan en la ética pública de la sociedad. La disolución de la ética privada en ética pública es propia de las filosofías totalitarias [2].

  1. Democracia y laicidad

Es uno de los temas más controvertidos de la filosofía de la laicidad, puesto que afecta a uno de los ejes esenciales de la convivencia democrática: la tolerancia y el respeto al pluralismo moral y religioso. Los defensores del concepto de libertad religiosa insisten mucho, sobre todo en nuestro país, en que los católicos tienen derecho a influir en la política y a exponer en el Parlamento sus propias convicciones morales y religiosas sin tener que esconderse de nada ni de nadie. Según ellos, la mayoría de la sociedad española se siente católica y por ello las leyes deberían reflejar los valores morales propios del catolicismo. Pero a mi parecer eso no es acorde con la laicidad del Estado democrático que debe mantener la neutralidad en materia de creencias religiosas y elaborar leyes respetuosas con el pluralismo moral de la sociedad. Una cosa es tener derecho a mantener unas creencias morales y religiosas católicas y otra muy distinta querer trasladar esas creencias a leyes obligatorias para todos los ciudadanos

El debate que han mantenido algunos pensadores como P. Flores d’Arcais, J. Habermas y Ch. Taylor sobre el papel de las religiones en el ámbito de lo público es muy interesante. Aunque se debe reconocer que históricamente las grandes religiones también han contribuido a generar en todas las sociedades el respeto a la dignidad de los seres humanos y que han influido en la mejora de las costumbres de la sociedad, también es cierto que las instituciones religiosas no se pueden convertir en democracia en un poder político paralelo que pretenda imponer a todos los ciudadanos sus propias normas morales. En mi opinión, en una sociedad democrática la soberanía reside en el pueblo como conjunto de todos los ciudadanos y no puede proceder la legitimación del poder democrático de ninguna autoridad divina. En ese sentido la democracia se opone totalmente a la teocracia y es atea porque por su misma definición solamente reconoce la soberanía al poder que emana de los votos de sus ciudadanos.

Y en ese sentido, tiene razón Flores d’Arcais cuando señala lo siguiente: La fe cuando aspira a inmiscuirse en el debate político, se transforma en autismo identitario, en una forma de “ghetización” y apartheid de las opiniones, que paraliza el dia-logos y condena a la discusión democrática a morir antes incluso de haber comenzado. Dios y la fe, como posibles argumentos, deben, por tanto, quedar proscritos de la vida pública [3]. Los ciudadanos deben usar sus argumentos racionales en los foros públicos y en el Parlamento para debatir acerca de las propuestas legislativas que afectan a la vida de los ciudadanos, pero no pueden refugiarse en concepciones dogmáticas basadas en misteriosas interpretaciones de la voluntad divina. Asimismo, tampoco sería válido como razonamiento lógico el argumento de autoridad que consiste en citar a un político o a un filósofo para convencer a los legisladores de la bondad de una norma democrática. La democracia no puede ser una teocracia ni un despotismo autoritario, sino un sistema de convivencia basado en la deliberación racional de los ciudadanos representados en sus asambleas legislativas y en el respeto a las leyes aprobadas en los Parlamentos.

Esa definición de “democracia atea” no impide ni prohíbe que las comunidades religiosas puedan expresar públicamente sus opiniones en todos los ámbitos sociales y culturales en los que consideren oportuno, pero nunca tratando de argumentar en nombre de un dios o unos dogmas revelados que no se someten al escrutinio de la razón filosófica y científica. Las leyes en una democracia se pretende que sean una construcción racional que facilite a todos los ciudadanos el ejercicio de sus libertades y derechos individuales, sociales y económicos; por eso esas leyes tienen que poner entre paréntesis todas las concepciones metafísicas y sustantivas acerca del bien y de la virtud, privilegiando de modo realista el bienestar integral de sus ciudadanos.

Por otro lado,  conviene señalar algo acerca de una virtud esencial para la construcción de una ética laica. Me refiero a la tolerancia. Esta virtud sobre la que algunos filósofos escribieron preciosos tratados (J. Locke, Voltaire), está siendo objeto hoy de ciertas interpretaciones que tergiversan su contenido real. En una democracia nadie puede arrogarse el monopolio de la Verdad o del Bien, o, mejor dicho, nadie puede pretender imponer su metafísica particular a todos los ciudadanos, sino que todos debemos aceptar que la verdad y el bien son una construcción intersubjetiva e histórica. Esta aceptación del pluralismo epistémico y moral es una condición necesaria para la convivencia democrática y se traduce en la exigencia de la virtud de la tolerancia; pero la tolerancia en sentido positivo, como señalaba Giner de los Ríos, quiere decir ante todo respeto a las personas por su dignidad y al mismo tiempo humildad para reconocer que nadie está en posesión de la Verdad absoluta. Para Giner la realidad de las diferencias ideológicas o religiosas entre las personas no debe llevar nunca a la violencia ni al fanatismo. Somos diferentes y por eso podemos discrepar racionalmente sin tener que exterminarnos unos a otros.

Hoy en día, esta actitud de tolerancia tiene un límite que viene marcado por aquellas acciones y actitudes de violencia y fanatismo que socavan las bases fundamentales de la convivencia. Es decir, que se puede y se debe ser intolerante con todas aquellas conductas que no respetan la dignidad humana y que eliminan el derecho fundamental de todo ser humano, como es el derecho a la vida. En ese sentido, hay que señalar que no todo es tolerable en una democracia y que no toda conducta se puede permitir, ya que la democracia siempre tiene que resolver sus discrepancias y conflictos de modo pacífico y en el marco del respeto a los Derechos Humanos y al Estado de Derecho.

Los valores esenciales de una ética cívica laica están recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948): la libertad, la igualdad y la justicia. Esta ética laica universalizable se basa en una lectura intercultural de los derechos humanos; es decir, en una visión del ser humano que debe ser considerado en todas las culturas como portador de una dignidad inalienable que demanda un respeto de todos los gobiernos a cada ser humano con independencia de su condición religiosa, social, cultural, racial o sexual. La ética laica prescinde de la adscripción religiosa de cada individuo para centrarse en lo común a todos los seres humanos, en la igual dignidad de todos por su simple condición humana. La ética laica es una exigencia de dignificación real de la vida humana de todos y cada uno de los miembros de la Humanidad. Y al mismo tiempo esa ética laica y cívica está vinculada a todos los procesos de democratización política que hay en el mundo, ya que el “démos” y el “láos” significan en griego el pueblo como comunidad de aquellos individuos que no son ni los dirigentes políticos ni la jerarquía religiosa; es decir, que la laicidad alude al pueblo como conjunto de individuos como sujetos últimos de la soberanía democrática, como ciudadanos capaces de participar y decidir de modo autónomo y racional sobre los asuntos públicos.

En fin, la ética cívica laica es la mejor expresión de una ciudadanía democrática plena ya que sus valores morales y cívicos garantizan el pluralismo moral y religioso, manifiestan lo más profundo de la condición humana (libertad, igualdad y justicia) y la exigencia de compartir lo más esencial de cada vida humana: la dignidad de cada persona junto al cumplimiento de los derechos individuales y sociales reconocidos en todas las Constituciones democráticas del mundo.

Breve bibliografía

Baubérot, J. (2007), Les laïcités dans le monde. Paris: PUF.

Camps, V. (1990), Virtudes públicas, Madrid: Espasa Calpe.

Cifuentes, L. M. (2005), ¿Qué es el laicismo? Madrid: Laberinto.

Flores d’Arcais, P. (2014), Por una democracia sin Dios. Madrid: Trotta.

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[1] Giner de los Ríos, F. (2004), Obras selectas (edición de Isabel Pérez-Villanueva). Madrid: Austral-Summa. pp. 296-297.

[2] https://elpais.com/diario/2001/11/27/opinion/1006815608_850215.html (consultado el 26/1/2018).

[3] Flores d’Arcais, P. (2014), Por una democracia sin Dios. Madrid: Trotta, p. 49.

Recuperando el patrimonio inmatriculado

RECUPERANDO es la coordinadora estatal que agrupa a una veintena de plataformas y entidades tanto laicas como cristianas, que luchan por la recuperación del patrimonio inmatriculado por la Iglesia Católica.

Con ocasión de la apertura del Año Europeo del Patrimonio Cultural que se celebra el 13 de febrero en Palencia, RECUPERANDO denuncia el expolio del patrimonio realizado por parte de la Iglesia Católica en base a las inmatriculaciones realizadas desde 1946 a 2015 a tenor del artículo 206 de la Ley Hipotecaria y 307 de su reglamento ya derogados, que representa un grave riesgo para el patrimonio cultural en el estado español.

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La simbiosis entre la Iglesia católica y la dictadura franquista generó un procedimiento privilegiado por el que decenas de miles de bienes quedaron privatizados. El artículo 206 de la Ley Hipotecaria reformada en 1946 equiparó la Iglesia católica a las administraciones públicas para inmatricular bienes. El artículo 304 del Reglamento Hipotecario establece en 1947 que las certificaciones requeridas para la inmatriculación de bienes por la Iglesia Católica serán expedidas por los obispos respectivos. La Iglesia Católica, acogiéndose a esta vía excepcional y con un coste irrisorio, ha inscrito a su nombre miles de bienes que pertenecen a los pueblos, siguiendo un procedimiento que no conlleva publicidad alguna.

Este privilegio debiera haber desaparecido al aprobarse la Constitución que declaraba el Reino de España como aconfesional, pero se mantuvo vigente hasta 2015.

Desde 1946 hasta 2015 se ha producido en el Estado español un expolio monumental. La Mezquita de Córdoba, la Giralda de Sevilla, la mayoría de las catedrales, miles de iglesias y ermitas, pero también casas curales, cementerios, fincas, e, incluso, frontones, plazas, murallas, etc., con todo lo que contienen en su interior, han sido inscritos en los Registros de la Propiedad por la Iglesia católica con el simple certificado del obispo correspondiente sin acreditar título de propiedad alguno. Se trata, por tanto, de una escandalosa apropiación de bienes de diversa índole.

Uno de los problemas más graves de este proceso es su total opacidad. En algunas Comunidades Autónomas y Ayuntamientos se ha podido disponer de informaciones parciales, pero el Gobierno del PP se sigue negando a dar a conocer el detalle de los bienes inmatriculados. La coordinadora RECUPERANDO presentó el 9 de febrero de 2017 un escrito en el Congreso de los Diputados solicitando esta información. No obstante, en su última respuesta (19/10/2017) el Gobierno declara que “se ha pedido al Colegio de Registradores de la Propiedad una relación de todas las inmatriculaciones llevadas a cabo por vía del artículo 206 de la Ley Hipotecaria, que fue derogado por la Ley 13/2015, de 24 de junio, de Reforma de la Ley Hipotecaria, desde 1998 hasta la citada derogación”.

Fernando Giménez Barriocanal, vicesecretario para Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal Española, reconoció públicamente la existencia de entre 30.000 y 40.000 inmatriculaciones. Sospechamos, además, que se refiere a las realizadas después de 1998. Si a ello añadimos el valor incalculable de muchos de esos bienes, podremos comprender la magnitud de este expolio.

Este patrimonio usurpado exige un costoso mantenimiento que la Iglesia pretende, y muchas veces consigue, que sea financiado por las administraciones públicas. Pero ese patrimonio se convierte en objeto de negocio con las restricciones que su pretendido propietario quiera imponer.

En resumen, la inmensa mayoría del patrimonio histórico-artístico del Estado español está privatizado como consecuencia de las inmatriculaciones. La Iglesia católica impone sus criterios e importes para acceder a los mismos. En otros muchísimos casos, los abandona hasta la ruina. Esta es la amenaza más grave para el patrimonio en España.

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Un caso paradigmático en Palencia: el monasterio de Santa Cruz de la Zarza

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) confirmó el 25 de abril de 2017 sus sentencias anteriores condenando al Estado español a abonar una indemnización de 615.600 € por no haber protegido el derecho a la propiedad frente a una inmatriculación de la Iglesia católica. Se ponía fin a un litigio iniciado en 1994.

Como la coordinadora RECUPERANDO afirmó en su día, esa sentencia representa “un varapalo sin precedentes contra el privilegio registral de los obispos y la pasividad del Estado hacia la apropiación de miles de inmuebles”. Por ello, es necesario restaurar la “legalidad conculcada por esta violación continuada y masiva de los Derechos Humanos mediante las inmatriculaciones”.

Pero hay otro aspecto que resulta especialmente relevante en esta inmatriculación: el monasterio de Santa Cruz de Ribas, también llamado de Santa Cruz de la Zarza, de estilo cisterciense-protogótico del siglo XII es hoy un establo en ruinas. Lamentablemente es el destino de muchos de los bienes inmatriculados.

Pero hay más. Esta semana la Iglesia subasta la casa parroquial de Grijota a 6 Km de aquí. Las casas de los curas las levantaron los pueblos y se la dejaban al cura, como le dejaban casas al maestro, al médico, al secretario… La diferencia es que, cuando estos se fueron, dejaron las casas, y cuando se van los curas, los obispos las venden, porque para eso las han inmatriculado.

Por otra parte, la Diócesis de Palencia pretende registrar la propiedad de la iglesia de San Francisco, bien de interés cultural, y sus edificaciones anejas. Sede de las Cortes de Castilla y residencia real, ha conocido desde su fundación en el siglo XIII los más diversos usos.

La apropiación de nuestro patrimonio histórico-artístico no cesa.

defendemos el patrimonio como bien de dominio público.

 

Laicidad y laicismo a la altura de nuestro tiempo

  1. Díaz-Salazar, Democracia laica y religión pública, Taurus, Madrid 2007, 206 pp. R. Díaz-Salazar, España laica. Ciudadanía plural y convivencia nacional, Espasa, Madrid 2008, 319 pp.

Estos dos libros de Rafa Díaz-Salazar responden a un contexto de hace ya diez años, pero mantienen una sorprendente actualidad porque el debate que los suscitó en su momento sigue lamentablemente abierto: como reza el título de este número de nuestra revista ÉXODO, “la laicidad sigue siendo un asunto pendiente”. Pero, además, porque su contenido rebasa el debate de aquella coyuntura y aborda el debate más amplio que está en el fondo sobre una concepción de la laicidad a la altura de nuestro tiempo.

Como ha dejado reflejado en la espléndida ENTREVISTA que nos ha concedido en este número, Rafa, sociólogo y cristiano comprometido, conoce como pocos los pliegues de la realidad política, social y moral de nuestro país, así como las complejas relaciones históricas entre la iglesia, el Estado y la sociedad, y por tanto también los entresijos de los planteamientos de la laicidad y de sus debilidades.

Los dos libros forman una obra conjunta y el debate de fondo que en ellos se aborda es el de la relación entre democracia laica y religión pública y, más ampliamente, el de la tensión entre ciudadanía plural y convivencia nacional. Un debate de gran calado que Rafa analiza con todo rigor, con un amplio y bien fundado conocimiento de sus dimensiones y facetas –a la vez que en un lenguaje transparente y ágil–, y con una valentía y lucidez que sorprenden.

En el primero, el autor parte de un dato sociológico: la repolitización de la religión en los países del capitalismo avanzado, y a la vez de una tesis: el carácter público de la religión en la mayoría de esos países. Y a partir de ahí plantea el lugar de la religión en las sociedades democráticas modernas, recabando para ello el apoyo de dos grandes del pensamiento político, Rawls y Habermas, con quien finalmente se identifica más, por dos razones: porque es necesario ir “más allá del liberalismo” y porque con Habermas se concilian claramente tres decisivos principios en este debate de fondo: la laicidad de Estado y sociedad, la autonomía de las leyes y, a la vez, el carácter público de la religión y por tanto su derecho a intervenir en la esfera pública y a que su voz sea escuchada.

Pero, claro está, el debate comienza justamente ahí: cuando no se respeta la conciliación de esos principios. Por ejemplo, cuando la religión deviene en fundamentalismo ético y religioso con implicaciones políticas. Es la peligrosa tendencia que está tomando en varios países, concretamente la sostenida por la jerarquía católica española dominante. El segundo capítulo del libro contiene un análisis riguroso y exhaustivo y una lúcida denuncia de esta perversión del catolicismo en nuestro país y de sus lamentables consecuencias.

Para arrojar luz sobre este drama que tan negativamente afecta al cristianismo, el autor hace también un fino análisis del debate llevado a cabo entre el entonces cardenal Ratzinger y el filósofo crítico Habermas. De donde emanan dos convicciones sustanciales: 1) no cabe diálogo con la razón desde una postura dogmática de la verdad, y 2) la razón crítica, y por tanto, la laicidad, no bebe solo de su propia fuente, y hará por eso bien en escuchar la voz y en estimar la motivación ética que le puede venir, en el ámbito pre-político, de la religión (así como de otras instancias culturales o morales laicas, agnósticas o ateas).

Porque la religión, concretamente el cristianismo, no se agota en modo alguno en el integrismo religioso-político de jerarquía y fieles neo(teo)conservadores que pretenden imponer su verdad a toda la sociedad. Hay un cristianismo laico –recuerda y subraya Rafa– que puede ser, que es efectivamente, una fuente de genuina inspiración y motivación de compromiso en favor de una democracia post-liberal, republicana y socialista. Una fuente que, sin embargo, buena parte del laicismo más radical de nuestro país parece seguir ignorando o desdeñando incomprensiblemente.

Al primer estudio añade por eso Rafa un segundo, España laica, en el que, con la misma clarividencia y razón, analiza las razones históricas e ideológicas de esa mirada sesgada del laicismo español, a diferencia del laicismo europeo, y donde pone las bases para una ciudadanía abierta y plural, para un laicismo incluyente capaz de generar una convivencia más integral, más rica, más justa, más humana.

La actuación integrista de la iglesia neo(teo)conservadora hace más que comprensibles las voces que se alzan frente a ese laicismo incluyente (véase Ramoneda, Flores de Arcais, Savater…). Pero la propuesta de Rafa, que rechaza de plano esa actuación, es de largo alcance y suficientemente lúcida como para ser escuchada y tomada en serio. Y no solo, precisamente, por los creyentes.

El laicismo como base de un proyecto ético colectivo

Hace aproximadamente tres siglos y medio, en las frías tierras de Inglaterra, un filósofo se erigía como uno de los valientes pioneros de la modernidad al defender la tolerancia como proyecto colectivo de un Estado moderno que ha de garantizar la libertad de toda la ciudadanía, independientemente de sus creencias particulares. Fue John Locke, que se atrevió incluso a incluir la palabra en sus dos obras Ensayo sobre la tolerancia (1666) y Carta sobre la tolerancia (1689). Sin embargo, Locke aún estaba muy lejos de atisbar el ideal político de la laicidad del Estado. Locke fue uno de los pioneros a la hora de justificar la separación entre lo que concierne al poder del Estado y lo que concierne a los derechos de los individuos. Pero lo hacía desde una posición histórica determinada, a saber, la de un hijo de la Reforma (era protestante), devoto feligrés de la Iglesia de Inglaterra que hasta el día de hoy tiene su cabeza visible en un monarca que siquiera nominalmente ejerce autoridad suprema sobre los fieles. Lo que Locke va a proponer no es, como pudiera parecer, una ética de la tolerancia basada en los principios universales de la libertad de conciencia y la igualdad de trato de todos los ciudadanos independientemente de sus adscripciones ideológicas o religiosas, sino más bien una política de la tolerancia, que se ejerce desde arriba, en la que la autoridad político/religiosa decide a quién se debe tolerar y a quién no, utilizando criterios pragmático-políticos. Su posición queda clara cuando después de argumentar que no hay religión verdadera sino para aquel que en su conciencia particular así la considera, declara legítima la intolerancia en primer lugar a los católicos (a los que llama “papistas”) por el riesgo de insumisión política que suponían debido a su sometimiento a una “potencia extranjera” (el Vaticano), y a los ateos, en quienes pretende ver un nihilismo que puede ser fuente de comportamientos incompatibles con la vida civil. Esta vida civil, Locke no deja de considerarla una vida regida por los criterios de la religión del Estado, que en su caso es el protestantismo. Es a esta misma política de la tolerancia a la que se oponía el ilustrado Kant en su opúsculo Respuesta a la pregunta ¿qué es la Ilustración? (1784), considerando que la tolerancia no puede ser un don otorgado en virtud de una relación de poder vertical, entre alguien que tiene poder para tolerar o no tolerar según convenga y quien solo puede esperar ser tolerado.

  1. El ideal laico es un ideal político

Por eso Locke no puede ser considerado nunca un precursor del ideal laico del Estado. Kant nos advierte, en cambio, del peligro de fundar los principios políticos del Estado moderno en dogmas de carácter religioso, sean los que sean. El principio de la laicidad del estado es un ideal político basado en tres principios democráticos: la libertad de conciencia que posee todo individuo perteneciente al “laos” (en griego, “pueblo”, entendido como una unidad indivisible), la igualdad de trato de todo/a ciudadano/a independientemente de su convicción ideológica o espiritual, y la referencia al interés general como única razón de ser del Estado. Dos mecanismos se derivan de la observancia del ideal laico del Estado: en primer lugar, la necesaria separación entre el ámbito público, que es el ámbito de lo universal, de lo que nos concierne a todos/as como “laos”, y el ámbito privado, que es lo que concierne a los individuos como sujetos de derechos en los que el Estado no puede ejercer de árbitro. En segundo lugar, la necesaria neutralidad del Estado en materia religiosa. Ninguno de estos principios, a pesar de lo que pueda parecer, fue contemplado por Locke, que seguía considerando a la autoridad política un árbitro en materia de creencias.

La laicidad del estado no es un ideal de exclusión, sino más bien un ideal de concordia. Es la base para hacer compatibles nuestras diferencias particulares sin perder la referencia ético-política de lo que nos une. Más allá de las diferencias, la humanidad es una, y por ello en el laicismo late un ideal de fraternidad que pretende superar la pretendida inconmensurabilidad de los diferentes particularismos culturales, religiosos o económicos de nuestros días.

  1. Ni relativismo, ni nihilismo, ni universalismo abstracto

La pregunta que se nos plantea a continuación es si este ideal político de la laicidad conlleva un modelo ético. Hemos visto que Locke tachaba a los ateos de nihilistas, y a los católicos de potenciales traidores. Si analizamos con detenimiento todos los juicios de valor que se han hecho desde las diferentes opciones espirituales a lo largo de la historia, nos damos cuenta de que todos critican al que tiene creencias distintas por las mismas cosas: relativistas, nihilistas, traidores… Es la lógica de la exclusión que emerge cuando no hay un proyecto ético común. Precisamente eso es lo que propone el ideal laico.

Sin embargo, también a los defensores del laicismo se les ha tachado injustamente de relativistas, nihilistas, e incluso de fundamentalistas (quien escribe estas líneas en alguna ocasión ha escuchado que se le tachaba de “fundamentalista laico”). También se ha despreciado el ideal laico supuestamente por pretender erigirse sobre una especie de universalismo abstracto en lo que concierne al modelo de ciudadanía que defiende.

En primer lugar, tan solo una persona que se sitúa en una posición de beneficiario de privilegios públicos en función de sus creencias particulares y que no quiere perder tales privilegios, puede llamar fundamentalista a un defensor del laicismo (que puede perfectamente asumir personalmente las mismas creencias particulares de quien le critica). El defensor del laicismo aboga por la eliminación de todo tipo de discriminación, ya sea negativa o positiva, en función de creencias. En definitiva, solo un fundamentalista clerical se atreve a criticar de fundamentalista a quien se opone a los privilegios públicos de una opción espiritual particular en virtud del principio de igualdad.

Paradójicamente, a veces los mismos que critican al laicismo de fundamentalismo lo tachan igualmente de nihilista, entendiendo por tal que niega todo tipo de valor fuerte. La crítica está totalmente desenfocada en primer lugar porque defender el laicismo no significa abandonar las creencias particulares o los estándares morales que cada cual en su vida privada quiera seguir. Así, un creyente fundamentará sus valores morales en una instancia trascendente, mientras que un ateo encontrará el fundamento de los valores morales que asuma para su vida no necesariamente en una instancia trascendente, sino inmanente. Pero uno y otro pueden defender igualmente el ideal laico del Estado, como el único modelo político donde ambos pueden convivir sin negar sus diferencias particulares. En segundo lugar, el laicismo en sí mismo tiene su base en el respeto de los derechos humanos y en la confianza en que es posible establecer unas bases éticas comunes sobre las que cimentar la paz, la justicia y la ausencia de todo tipo de discriminación. El universalismo ético que late en el fondo del ideal laico justo es lo contrario del nihilismo. Frente a la ausencia de valores morales, afirma la preeminencia de unos valores humanos fuertes, muy alejados de la modernidad líquida o postmodernidad que denunciaba el recientemente fallecido Zygmund Bauman. Esa posmodernidad que parece haber renunciado a un sustrato ético firme y universal. Para el laicismo, con base en la filosofía de la Ilustración, hay actos intolerables que hay que denunciar y castigar, como por ejemplo cualquier versión de la violencia o la utilización de personas para fines económicos o políticos. El trabajo infantil o la violencia machista, por poner ejemplos, nunca podrían justificarse desde el ideal laico.

Precisamente por eso, el laicismo tampoco es una suerte de “todo vale” relativista. El expontífice Joseph Ratzinger, en un libro titulado Sin raíces. Europa, relativismo, cristianismo, Islam (2004), denunciaba la deriva relativista que estaba tomando la sociedad europea arrastrada por los cantos de sirena del laicismo, entre otras cosas. Consideraba el expontífice que el laicismo es cómplice de una suerte de multiculturalismo que niega todo valor ético, y por tanto, abre la caja de Pandora que puede dar pie, entre otras cosas, a la destrucción de la religión. Daba voz así al presupuesto falso de que el laicismo pretende aniquilar las religiones, cuando lo que pretende es justo lo contrario: establecer su estatuto propio como testimonio libre de la conciencia, sustentado en la defensa de la libertad de conciencia individual de las personas, dentro del ámbito que le corresponde, que es el ámbito privado que excluye toda injerencia de los poderes público. En realidad, Ratzinger, que sí era fundamentalista en tanto que no aceptaba que la sociedad pudiera ser legítimamente plural, se negaba a renunciar a los privilegios políticos y económicos de la Iglesia católica. Y por eso trataba de denunciar al laicismo con cierta mala fe. Por cierto, no es banal que en ese mismo libro trate igualmente de demonizar a otras creencias, no solo a los ateos, como hacía Locke, sino también a los musulmanes. Llega incluso a justificar una “guerra santa” contra el Islam: “Para los pueblos, la guerra es un hecho de la historia y de la convivencia, al igual que, para los hombres, la muerte es un hecho de la biología y del crecimiento. Tampoco se puede decir que la guerra sea un hecho inmoral, equivaldría a decir que la muerte es inmoral (… ¿no justifica acaso la guerra el propio cristianismo cuando esta se hace en defensa legítima?)” (Pera y Ratzinger, 2006, p. 90-91). Desde mi punto de vista, no hay mayor alegato contra la libertad de conciencia que justificar una guerra contra unas creencias que no son las propias.

Podemos advertir, por tanto, la inconveniencia de la crítica de relativismo que se ha dirigido al ideal de la laicidad desde el momento en que tenemos en cuenta los tres principios fuertes sobre los que se asienta dicho ideal. La neutralidad del Estado laico no implica una relativización de cualquier concepción del bien, sino una búsqueda de los principios comunes a todos que permiten el libre desarrollo de todas las particularidades sin negarlas. Como dice el filósofo de origen tunecino Yves Charles Zarka, “hay concepciones del bien y culturas que son compatibles con la estructura de base de una sociedad democrática y otras que no lo son. La neutralidad del Estado no significa indiferencia con respecto a unas y a otras, sino la exigencia para toda visión del mundo religiosa o filosófica de respetar los valores fundamentales de libertad, autonomía, dignidad e igualdad” (Zarka, 2004, p. 89).

Por otra parte, cuando se critica al laicismo por ser un universalismo abstracto que no se preocupa de las culturas particulares, se está cayendo en una falacia muy habitual entre algunos pensadores comunitaristas. Se trata de la asimilación implícita de la protección de las culturas minoritarias con la protección de las especies de animales. Esta identificación es ilegítima por una razón fundamental: una cultura no existe más que cuando los individuos que se adhieren a ella la reconocen como constitutiva de su identidad. Dicho de otra forma, una forma cultural muere cuando los individuos que la hacen vivir se desprenden de ella, pero los individuos no desaparecen por ello. No ocurre lo mismo con los animales: la desaparición de un grupo o una especie significa la desaparición de todos los individuos. Sirva la aclaración de esta falacia, de la que no se libraron ni siquiera algunos reputados pensadores liberales como Kymlicka, para hacer notar que la laicidad no se sitúa en el nivel de los hechos sociales sino en un nivel trascendental, en el sentido kantiano del término. La laicidad pretende instaurar las condiciones de posibilidad de la coexistencia, no de los individuos que de hecho existen con sus diferencias particulares, sino de las libertades individuales que han de ser reconocidas en régimen de igualdad a cualquier ciudadano posible, al margen de sus diferencias particulares. En este sentido, la filósofa francesa Catherine Kintzler advierte de que el laicismo no es un pacto entre partes preexistentes que lo suscriben. Es más bien un acto de constitución originario de la esfera pública en el que no hay ninguna parte suscriptora previa. Por otra parte advierte de que “el laicismo tampoco es una corriente de pensamiento: no se puede decir ‘los laicos’ como se dice ‘los católicos’. No es una manera de opinar sobre cuestiones de creencia, no es una metafísica, porque precisamente la profesión de fe laica consiste en decir que no hay lugar para hacer profesión de fe cuando uno se ubica en el punto de vista del poder público” (Kintzler, 2005, p. 28). Se trata pues de un principio político al que no afecta ni la crítica de relativismo ni la de universalismo abstracto despreocupado de las particularidades.

  1. La ética laica

¿Qué tipo de ética se desprende de los principios que sostienen el ideal de la laicidad? Algunas notas se nos aparecen de inmediato: debe ser una ética universalista, no excluyente y no relativista. Pero ¿cuál es el objeto de una ética laica?

Hemos argumentado que lo que caracteriza a la laicidad es la búsqueda racional de lo universal, de lo que nos une a todos sin negar nuestras diferencias. Esta búsqueda de lo universal va inevitablemente unida al civismo, virtud política fundada, según Montesquieu, en el amor de las leyes y de la igualdad. La ética laica ha de fundarse sobre un civismo que, desde el momento en que manifiesta el lazo entre el interés general y el desarrollo personal, puede fecundar el comportamiento moral de las personas en sociedad. No se trata de fundar una política sobre una moral de buenos sentimientos que a menudo permanece inoperante ante las causas de la miseria social, sino de conjugar civismo y ciudadanía ilustrada, a través de la exigencia moral de la reflexión crítica comprometida. Karl Popper ha resaltado la importancia del humilde papel del racionalismo crítico para el progreso moral: “Cualquier persona razonable, y por ello –espero– cualquier racionalista, sabe bien que la razón desempeña un papel muy modesto en la vida humana: es el papel del examen crítico, de la discusión crítica. Lo que quiero decir cuando hablo de la razón o el racionalismo no es más que mostrar la convicción de que podemos aprender mediante la crítica, es decir, mediante la discusión racional con los demás y mediante la autocrítica: que podemos aprender de nuestros errores” (Popper, 1994, p. 260).

Así pues, la ética laica ha de ser eminentemente crítica, no puede nunca estar fundamentada en dogmas ajenos a la crítica e incuestionables. Pero tampoco puede quedarse en una mera ética formal que se preocupe únicamente de extender los mecanismos de la democracia formal sin atender a las condiciones y límites de tal extensión. La ética laica se deriva de unos principios que han de asegurar las condiciones para la igualdad de todos los ciudadanos ante el derecho y el ejercicio efectivo de sus inalienables libertades particulares. Tampoco puede tratarse de una ética de corte enteramente consecuencialista, que descuide la formación moral cívica de los ciudadanos con tal de que se alcancen los objetivos de la paz y la seguridad del Estado (tal era la propuesta de Locke). La ética laica no es una ética empírica que se base en lo dado, en las relaciones efectivas entre los distintos grupos de una sociedad, para determinar las condiciones de la coexistencia pacífica de tales grupos. Una vez más, recordamos que la función principal de una ética laica es determinar los contenidos morales a priori que aseguren la coexistencia de las libertades individuales. Estas condiciones morales a priori coinciden por tanto con las bases morales sobre las que se fundamenta la democracia, que son la libertad, la igualdad y la dignidad de todas las personas.

¿Cómo se puede caracterizar por tanto una ética laica? Victoria Camps, en su libro Virtudes públicas (2003), ha puesto de manifiesto un hecho singular en nuestro país. Vivimos en un país cuya democracia es todavía excesivamente joven. La mayor parte de la población actual española ha sido formada bajo las estrictas directrices morales del nacionalcatolicismo de la época franquista. El programa moral de aquella época, que aún hoy se deja notar con notoriedad en muchos aspectos, estaba basado en un hecho peculiar: la hipertrofia del ámbito de lo privado provocando el olvido de las virtudes que son genuinamente características de la dimensión pública de lo moral. No me resisto a reproducir la reflexión de Camps:

 

“Ciertas sociedades –y la española es paradigmática– poseen una tradición de moralismo pacato y mojigato con una clara tendencia a olvidar la moralidad pública en beneficio de la privada. O, mejor, con la tentación de convertir lo privado en público –tentación que, dicho sea de paso, sigue arremetiendo con ímpetu–. La noción de virtud, para nosotros, permanece asociada a la represión de los pecados capitales: la ira, la envidia, la gula, la pereza, el orgullo. La moderación de los vicios propiamente dichos, como el beber, fornicar, comer bien o, sencillamente, divertirse. Todo aquello que desequilibraba la medida establecida. Pues bien, precisamente por ello es necesario dirigir a la ética hacia esa zona de lo general, de lo que concierne a todos, para corregir una falsa idea de moralidad. A nuestro país le ha sobrado –y me temo que aún le sobra– una buena dosis del moralismo que se ceba en juzgar y corregir las vidas privadas, olvidando por entero los asuntos que componen el supuesto bien común” (Camps, 2003, p. 23-24)

La ética laica ha de ser, pues, una ética que recupere esa dimensión pública de la moral, sin inmiscuirse en las concepciones particulares del bien que cada cual abraza libremente en su foro privado. Ha de ser así una ética de las virtudes públicas que respete los contenidos de la moral cívica de la esfera pública, sin inmiscuirse en las diferentes orientaciones de la vida personal de los individuos. Esto es lo que ha caracterizado desde Maquiavelo, Rousseau y Condorcet a la tradición cívico-republicana del concepto de ciudadanía, que otorga una mayor relevancia a los deberes cívicos que a los derechos, al contrario de lo que ha sostenido la tradición liberal, especialmente en su vertiente economicista. En este sentido, la ética laica ha de recuperar virtudes públicas que han sido particularmente olvidadas por el pensamiento moral occidental como la solidaridad, la responsabilidad o la tolerancia, que articulan y contribuyen a la formación moral del ciudadano de acuerdo con las exigencias de los principios de la laicidad. Al fin y al cabo, corresponde a una ética fundada en la distinción entre lo público y lo privado recuperar el término más fundamental de la ética, la areté de los griegos, y restituir el papel de la paideia en la formación ética de la persona, que, no lo olvidemos, es formación del carácter en tanto que ciudadanos de un mismo cuerpo político. El principal objetivo de una ética laica es fomentar la formación de una ciudadanía democrática libre y responsable a partir del reconocimiento de las libertades individuales y la igualdad inalienable de todos los seres humanos. Por ello, son las virtudes públicas, que contribuyen a la formación de esa ciudadanía democrática libre y responsable, el objeto genuino de la ética laica.

Dostoievski había considerado que no hay ética posible más allá de la religión. Afirmaba, a través de uno de sus personajes, que “si dios no existe, todo está permitido”. No tenía razón. La ética laica no tiene un fundamento religioso, sino estrictamente humano. Por supuesto que cualquier opción espiritual, religiosa o no, puede asumir como propia una ética laica, pero la ética laica no necesariamente tiene que encontrar su fundamento teológico. Cuando la ética se funda en la teología, se pueden justificar las cosas más nobles, como por ejemplo la defensa de la humanidad de los indios por Bartolomé de las Casas, pero también las más infames, como la justificación de la persecución de los impíos de Agustín de Hipona o Tomás de Aquino que terminaría con la consagración de la Santa Inquisición. Frente a Dostoievski, cabe afirmar en este sentido con Esperanza Guisán (2009, p. 48) que “si Dios existe, la ética ha muerto”. Considera Guisán que “el aspecto más inmoral de la doctrina católica, apostólica y romana ha sido su insistencia en la obediencia al ‘líder’” (p. 53), y que tal obediencia ciega al magisterio de la Iglesia es incompatible con el desarrollo de la autonomía moral y la responsabilidad cívica que promueve la ética laica. Pero una cosa es la postura oficial de la Iglesia, y otra son las personas que se sientan o no católicos. El laicismo le habla a las personas, no a la asociación de la Iglesia, y menos a su versión más anacrónica. La ética laica afirma la libertad de conciencia de toda persona, y por tanto su autonomía moral para adaptar el dogma a sus propios criterios morales. De ahí que sea un error contraponer laicismo y religión, igual que lo es identificar laicismo y ateísmo. Antes bien, el ideal laico es la condición de posibilidad para que todas las personas puedan vivir sobre la base de unos principios éticos compartidos sin tener que renunciar a sus creencias particulares. Y por eso el laicismo es la única base posible, con visos de universalidad, de un proyecto ético común.

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Rafael Díaz-Salazar

Rafael Díaz-Salazar es profesor de Sociología y Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense. Rafael se ubica intelectualmente a la izquierda de la socialdemocracia. Su tesis doctoral sobre Gramsci la efectuó con la dirección de Francisco Fernández Buey y conoce muy bien el pensamiento de la escuela de Manuel Sacristán y la obra de Luis Gómez Llorente.

Esa inspiración en el marxismo la conecta perfectamente con un gran conocimiento de la teología política (su maestro fue Alfonso Álvarez Bolado) y de la sociología de la religión. Con ese bagaje conoce muy bien todo el mundo en torno a los grupos cristianos de izquierda y a los debates en el marco de la izquierda política y sindical.

A través de sus tres libros sobre el laicismo ha investigado profundamente las distintas versiones del laicismo en España en contraste con los debates europeos: El factor católico en la política española. Del nacionalcatolicismo al laicismo (PPC); Democracia laica y religión pública (Taurus) y España laica (Espasa).

¿Cómo está actualmente la laicidad en nuestro país? ¿Ha avanzado la secularización? ¿Estamos dando pasos regresivos hacia un catolicismo tradicional y, con el conflicto con Cataluña, incluso con tintes nacionalistas?

Laicidad y secularización son dos realidades distintas y no siempre están relacionadas. Existen países con mucha secularización y muy escasa laicidad del Estado; por ejemplo, Reunido Unido y varios países nórdicos. En las constituciones de las secularizadas Alemania y Suiza se hace referencia a Dios. En India y Estados Unidos, que son países muy religiosos, existe una laicidad constitucional. Hay diversos tipos de laicidad. No son idénticos los modelos francés, canadiense, belga, finlandés o alemán. Todo esto tiene que ver con lo que sucede en nuestro país. Todavía no hemos sido capaces de articular un modelo específico de laicidad para España. No vamos más allá de disputas puntuales sobre algunas cuestiones relacionadas con los Acuerdos Iglesia-Estado, la enseñanza de la religión y poco más.

La laicidad no tiene que ver sólo con la religión, las iglesias y la legislación. Es una cultura cívica, una forma de relacionarnos y dialogar entre quienes somos diferentes. La cuestión catalana nos está fotografiando muy bien. El déficit de cultura laica impide ponernos en el lugar del otro y repensar la identidad española y catalana desde el reconocimiento de la diversidad que evita la imposición en Cataluña y en España de una única identidad excluyente.

No vamos hacia un catolicismo tradicional o nacionalista. Caminamos a un mayor pluralismo cultural religioso y no religioso. Hay más secularización, pero la religión persiste y no hay indicios de que vaya a convertirse en algo irrelevante y residual; por eso, en sociología hablamos de la postsecularización en las sociedades modernas. Casi el 70% de los españoles se identifican como católicos, un 9% afirman ser ateos, un 17% no creyentes y un 3% pertenecen a diversas confesiones religiosas. Son los datos más recientes del CIS.

¿Laicidad o laicismo? ¿Podrías distinguir y aclarar lo que tienen en común una y otro y lo que los diferencia?

El laicismo es el movimiento organizado para conseguir la laicidad en el Estado, la legislación, la cultura y las relaciones sociales. Es un instrumento para un fin. La laicidad es defensa de la libertad religiosa y la libertad de conciencia. Propugna la neutralidad cosmovisional del Estado y la autonomía de los ámbitos jurídicos, políticos, éticos y religiosos. El cimiento de la laicidad es la tolerancia activa que favorece la amistad cívica entre quienes tenemos identidades diferentes y hace posible la autocrítica y el aprendizaje de culturas religiosas e irreligiosas distintas a las que consideramos como nuestras.

El laicismo no se reduce a cuestiones religiosas y confesionales. Es un movimiento por la libertad entendida como `no dominación’. Históricamente nace para luchar contra el clericalismo político, intelectual y moral, para acabar con las guerras de religión y hacer posible el pluralismo religioso. Sin embargo, la dominación de las castas sacerdotales no es la principal que existe en una sociedad. La opresión de clase es mucho más relevante. Por eso, es fundamental distinguir entre el laicismo burgués del progresismo y el laicismo socialista del antiguo proletariado y del nuevo precariado con conciencia de clase. En España no se distinguen ni en la teoría ni en las propuestas.

¿Es necesario un laicismo militante? ¿Es posible un laicismo que no sea excluyente, sino tolerante y compatible con las religiones?

Sin laicismo organizado y militante ningún país alcanza la laicidad. Hay una tendencia histórica a uniformar a las sociedades en torno a una única religión o ideología. La España nacionalcatólica y la URSS nos muestran los obstáculos para la laicidad y lo valiosa que es para las libertades civiles.

Existen diversos tipos de laicismos. Uno de ellos es una forma de ateísmo militante y de nuevo anticlericalismo. Su finalidad última es privatizar al máximo a las religiones y a las iglesias, excluyéndolas de la vida pública. Las organizaciones de ateos son estimables, pero no hay que utilizar el laicismo para disfrazar o hacer más presentable el ateísmo, una cultura tan digna como la religiosa.

Frente a este tipo de laicismo excluyente, existe un laicismo inclusivo, según la acertada expresión de Luis Gómez Llorente. Este laicismo constata que la religión tiene una dimensión pública y que las diversas confesiones religiosas constituyen una parte muy relevante de la sociedad civil. Las religiones ilustradas y de liberación realizan muchas aportaciones a la emancipación humana. La laicidad es, ante todo, diálogo intercultural y el diálogo con las religiones es una parte importante de la práctica de la interculturalidad.

En la historia y en la actualidad también podemos constatar la existencia de un laicismo religioso o de inspiración religiosa, especialmente en el mundo protestante. La sociología nos muestra que en la mayor parte de los países del mundo la religiosidad es intensa y la secularización no existe. Y en todos los países la laicidad es imprescindible. Por eso es tan relevante el laicismo religioso para el avance de la laicidad en el sistema-mundo. Esta perspectiva es una de las muchas cuestiones que ignora el laicismo excluyente.

¿Qué opinas de la tesis sostenida por muchos desde posiciones ilustradas y laicistas, según la cual la religión es un asunto privado y no debe interferir en el debate público? ¿No es compatible la laicidad, incluso el laicismo, con una intervención crítico-profética de las religiones en favor de la justicia y con una oferta de sentido sin pretensión alguna de poder? ¿No se daría ahí una convergencia entre un cristianismo y una izquierda política genuinamente laica?

Afirmar que la religión es una cuestión privada es un disparate y una manifestación de ignorancia sociológica. Evidentemente, la religiosidad es una cuestión íntima, personal y comunitaria. Pero también tiene una dimensión pública. Además, la libertad religiosa es mucho más que la libertad de culto. Con motivo de los debates sobre Cataluña, pero también en otros, diversos intelectuales y periodistas han afirmado que las convicciones religiosas no deben intervenir en los debates públicos y que las comunidades religiosas han de centrar sus intervenciones en su ámbito intracomunitario. Estas afirmaciones causan vergüenza ajena y muestran la muy limitada cultura que sobre estos asuntos existe en España. En Democracia laica y religión pública, dialogando con el pensamiento de Rawls y Habermas, dos destacados pensadores ateos, he rebatido estas tesis y he defendido la legitimidad de las intervenciones de las personas y comunidades religiosas en los debates públicos y, sobre todo, en la acción colectiva por sociedades más justas, dialogantes e interculturales. Las culturas religiosas y las comunidades de fe religiosa son culturas públicas y actores sociales relevantes en la sociedad civil. Jeremy Corbin, el líder laborista británico, ha constatado este hecho y ha destacado la contribución de estas comunidades a la lucha contra la injusticia. Algo distinto es la pretensión de algunas iglesias de apoderarse directa o indirectamente del Estado y confesionalizar la legislación. Esto es intolerable y no debe permitirse.

Respecto a la relación entre la izquierda y el cristianismo profético he de afirmar que, a diferencia de Europa y América Latina, ahora no existe en España, salvo escasas excepciones. El PCE e IU abandonaron hace años la política hacia el mundo cristiano que mantuvieron desde mediados de los años cincuenta y la fundación de IU. El PSOE ni la ha tenido ni la quiere tener. Podemos tiene un discurso y una práctica algo distinta, más abierta a ese mundo, pero tampoco la ha formulado y articulado. Estos hechos revelan una inadecuada concepción de la laicidad en la izquierda española.

El fundamentalismo religioso se ha convertido en uno de los males de nuestro tiempo. Pero, ¿es el fundamentalismo un fenómeno únicamente religioso? ¿No existe también un fundamentalismo laico de consecuencias no menos perversas: un fundamentalismo económico, político, ideológico? ¿Y cómo calificar al laicismo militante que absolutiza la negación sin matices de toda religión?

El fundamentalismo ha sido y es una parte esencial de los proyectos para uniformar a las sociedades y dirigirlas desde una única religión o ideología. En estos proyectos se persigue la disidencia y la libertad de conciencia. Con motivo del centenario de la revolución bolchevique de 1917 he leído bastante sobre las luchas internas en el PCUS, los fusilamientos de los comunistas disidentes y la aniquilación de los anarquistas. Mis lecturas juveniles sobre los asesinatos entre diversas tendencias en la Revolución Francesa me advirtieron del peligro que tiene todo proyecto de convertirse en fundamentalista.

Actualmente existen dos grandes fundamentalismos. El más grande es el capitalismo que se ha constituido en una especie de religión fundamentalista atea. Con mucha lucidez Walter Benjamin llamó la atención sobre esta dimensión del capitalismo. Quienes gobiernan la Unión Europea han mostrado muy bien este fundamentalismo: `fuera del capitalismo, no hay salvación`. En su política con Grecia, en el disciplinamiento de Tsipras y de Syriza, en la condena de Varoufakis como el gran hereje han manifestado el rostro de un fundamentalismo muy peligroso. De paso, le han lanzado una advertencia a Podemos. El laicismo español no ha percibido que esto tiene mucho que ver con la laicidad, pero su visión unilateral y reduccionista de ésta le impide activar el modelo de laicismo socialista.

El segundo fundamentalismo es el vinculado a diversos integrismos religiosos que están generando muerte y represión. Para vencerlo se requiere, a la vez, modernización religiosa y laicismo militante organizado.

No por proclamarse laicista se es laico. En España hay laicismos con un importante componente fundamentalista y dogmático. Les falta un análisis más complejo de la religión y las iglesias. Como afirma Regis Debray, hay que pasar de una ´laicidad de ignorancia´ a una ´laicidad de entendimiento y conocimiento´ de los hechos religiosos

¿Qué sería lo original y específico de una laicidad genuinamente cristiana, inspirada en el Evangelio?

Jesús de Nazaret ha sido uno de los mayores críticos de la religión. Estuvo en permanente conflicto con los sacerdotes, con el Templo, con las leyes religiosas que oprimían. Fue acusado de blasfemo y, por ello, crucificado. El anticlericalismo y la crítica de la religión opresora son consustanciales a la identificación con Jesús que para los cristianos es la revelación de un Dios muy peculiar.

Jesús fue un laico, un profeta. Max Weber mostró muy bien en su sociología de los actores religiosos que profetas y sacerdotes suelen ser antagónicos en todas las religiones. Sociológicamente, el cristianismo es una religión profética, no una religión sacerdotal. Los sacerdotes han constituido una casta que ha dominado y domina en muchos países las conciencias y las leyes que impiden la libertad. Ellos son el armazón de las teocracias contra las que se levantó y levanta el laicismo. Jesús y la iglesia originaria fueron antiteocráticos, distinguieron entre Dios y el César, entre el reinado del dinero y el reinado de Dios. Mundanizaron la salvación eterna estableciendo una conexión entre adoración de Dios y hambre y sed de justicia: fui emigrante y me acogiste, estaba desnudo y me vestiste, tuve hambre y me diste de comer.

En los Evangelios, en la vida y en el mensaje de Jesús hay elementos imprescindibles para una cultura de la laicidad: la libertad como guía de la vida, la obediencia a la propia conciencia, la persona por encima de las leyes, la liberación como primacía de los últimos, los `pecadores, publicanos y prostitutas` son los preferidos, el Dios encarnado en los desdichados de este mundo, la crítica del poder y del dinero, el Dios que se propone y nunca se impone. Al escuchar vuestra pregunta, recuerdo que Savater, que ejerce de Voltaire español, destacó con clarividencia las raíces cristianas del laicismo en un artículo que publicó en El País [ Nuestras raíces cristianas].

¿Son compatibles los Acuerdos del Estado con la Santa Sede con la aconfesionalidad que se afirma en la Constitución? ¿Son tratadas todas las confesiones con igualdad por parte del Estado? ¿Qué decir de la financiación de la Iglesia católica o de la enseñanza de la religión en la escuela?

Los Acuerdos deben ser derogados, pues son incompatibles con la laicidad. Hoy las minorías religiosas están discriminadas. Esos acuerdos deben ser sustituidos por otros en el marco de unas nuevas relaciones del Estado con las confesiones religiosas. El Estado ha de tener una política específica en ese ámbito. Las confesiones religiosas tienen derecho a recibir subvenciones del mismo modo que las reciben otras instituciones y asociaciones. Ni más ni menos. A lo que más relevancia le doy en vuestra pregunta es a la enseñanza de las religiones. Me opongo con la misma rotundidad a la enseñanza confesional de la religión como a la desaparición de cualquier tipo de enseñanza de la religión en la escuela pública. Defiendo una enseñanza laica de las religiones como una asignatura específica y obligatoria para todos los alumnos. El analfabetismo sobre cuestiones relacionadas con la religión no hace un país más laico, sino más ignorante.

Para terminar, ¿qué queda de aquella lúcida intuición del gran teólogo Dietrich Bonhoeffer que afirmaba que en el cristianismo lo sagrado se da en lo profano, incluso en lo “más profano”: en la cruz, en la pobreza, en la periferia del mundo? ¿Exageraba Bonhoeffer cuando decía que es Dios mismo el que nos emplaza a “vivir como si Dios no existiera”? ¿Dónde se toma en serio hoy esta laicidad que nos hace “honestos y mayores de edad”?

Es significativo que Bonhoeffer, un teólogo ajusticiado por su lucha contra el nazismo y por su oposición a Hitler, sea incluido por diversos especialistas internacionales como un autor fundamental para la cultura de la laicidad. Recuerdo la afirmación exacta de Bonhoeffer porque ha marcado mi vida: “ante Dios y con Dios estamos sin Dios”. El Dios de Jesús es impotente y libertario y refuerza la autonomía humana. Nos deja el mundo en nuestras manos y lo que nos pide es que construyamos justicia desde los empobrecidos y para los empobrecidos. La laicidad que no pone en el centro la liberación de la injusticia está desorientada.

Laicidad, en la antesala del 2020

Balance y causas de las carencias en laicidad, dentro el entramado político y del tejido social de la España actual

I. A modo de preámbulo

Los pueblos que constituyen el actual Estado español han estado sometidos, durante siglos, a “practicar” una determinada religión obligatoria: “la católica y romana”. Ello ha marcado, profundamente, nuestra historia, cultura, tradiciones… en materia de religión y/o secularización. Y también nuestra convivencia social, leyes, libertades, grado de democracia…

La unidad católica de España, se remonta al III Concilio de Toledo del año 589, con el abandono del arrianismo por parte de los reyes godos. Se afianza durante la Reconquista y con el poder absoluto de los Reyes católicos en el siglo XV, continúa con el establecimiento de la Inquisición (que duraría –de facto– hasta la mitad del siglo XIX), durante el Imperio de Carlos I y Felipe II y, posteriormente, con la colonización y cristianización de América y otros territorios. A España apenas llega la Reforma protestante, ni los principios de la Ilustración. Con el inicio del siglo XIX se aprueba una Constitución liberal (la de 1812), pero que afianza el catolicismo político indisoluble y “eterno” de la nación española, prohibiendo cualquier otro culto o convicción.

A lo largo de este convulso siglo XIX, sectores liberales tratan de establecer la libertad de culto, restar poder a la Iglesia católica romana, se producen varias desamortizaciones de bienes muertos propiedad de la Iglesia católica, que se re-venden a la nobleza, sobre todo para sanear las deprimidas arcas del Estado y sus deudas.

Sin embargo en la línea marcada por los Concordatos de 1418, 1737 y 1753, se firma el Concordato isabelino de 1851 (base ideológica y política de los actuales Acuerdos concordatarios de 1979), en donde (muy resumidamente):

  1. Se re-establecen las relaciones preferenciales del Estado (monárquico-isabelino) español con la Santa Sede, después de varias rupturas en el siglo XIX, como consecuencia, por un lado de las desamortizaciones de Mendizábal (entre otras) y también por las desavenencias entre el Estado central español y el papado por su respaldo al Carlismo, que por entonces apoyaba diversos procesos secesionistas.
  2. Se declara que la única religión del Estado es la católica y romana, quedando prohibidas otras religiones, en la línea que marcó la Constitución “liberal” de 1812.
  3. Se concede a la Iglesia católica amplios poderes para incidir ideológicamente en la Enseñanza y su capacidad para censurar obras escritas que no estuvieran de acuerdo a la moral católica.
  4. Se les subvencionará el culto y el clero de forma oficial y obtienen exenciones tributarias de todo su patrimonio y negocios mercantiles.

Un siglo después (1953), la dictadura franquista actualizará (después de un costoso proceso de desencuentros con la Curia romana) el Concordato, (con el Papa Pío XII), ratificando los enormes privilegios políticos, tributarios, económicos, simbólicos, jurídicos y en materia de Enseñanza y Servicios sociales.

En medio de todo ese proceso histórico, surgió un muy breve y muy convulso “oasis democráticodurante los años de la II República española, que trató de establecer el Estado laico (es decir, la libertad de culto y la libertad de conciencia), la Enseñanza única y laica, que eliminó los privilegios simbólicos, jurídicos, políticos, fiscales y económicos de cualquier entidad religiosa o de otra naturaleza ideológica.

La II República no llegó a durar una década, el fascismo internacional y las potencias liberales se encargaron, directa o indirectamente, de atacar los valores republicanos y laicistas… con la “falacia” de que la República caería en manos del comunismo internacional.

También una gran parte del clero católico, ya antes de proclamarse la República, la atacaron y luego fueron aliados del golpe de Estado de 1936 y de la represión franquista (durante y posterior). Aunque es cierto que algunas revueltas populares y políticas, que surgieron durante el periodo republicano, atacaron al clero y a sus bienes, generando odios y dolor innecesario.

Constitución de 1978

En 1977, se establecía una democracia formal, después de cuatro décadas de un régimen totalitario que cometió diversidad de atropellos contra personas y grupos no “adictos” al Régimen”, en lo que se puede considerar como “crímenes de lesa humanidad” y en donde y hasta 1967 (Ley de libertad religiosa) estuvieron prohibidas otras religiones o convicciones que no fueran las que proclamaba la católica romana. Y ello con un potente apoyo del aparato de jerarquía católica oficial.

En diciembre de 1978 se aprueba una Constitución que (aun en su ambigüedad) declara el Estado como no confesional. Sin embargo, unos días después (enero de 1979), un Gobierno interino (con el Parlamento disuelto) firma cuatro Acuerdos concordatarios con la Santa Sede (de muy dudosa constitucionalidad) y en la línea ideológica de los concordatos isabelino (1851) y franquista (1953), antes mencionados, en los que se vuelven a establecer enormes privilegios simbólicos, jurídicos, económicos, tributarios y en materia de Enseñanza. Acuerdos hoy, cuatro décadas después, vigentes, que –en mi opinión– son de muy dudosa constitucionalidad y que –además– han quedado muy obsoletos.

Estos Acuerdos están suponiendo un enorme lastre para poder avanzar en libertad de conciencia y en laicidad institucional. Además de que no hay suficiente voluntad política para adecuar el Estado a una realdad plural y secular de una inmensa mayoría de la ciudadanía.

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II. Secularización de la ciudadanía, frente a una tendencia a la confesionalidad, tanto política, como institucional

En la diversidad de territorios que conforman (hoy) el Estado español existe una potente secularización de la sociedad, (incluso por encima –en algunas cuestiones– de la media europea) y AFORTUNADAMENTE se han aprobado y están vigentes derechos civiles, en la línea de cualquier Estado democrático europeo de nuestro entorno.

Sin embargo, desde los poderes del Estado, se mantienen unas relaciones muy privilegiadas con El Vaticano y, en los últimos tiempos se tiende a una especie de multi-confesionalidad, por parte de casi todo el espectro político de cualquier ideología y en cualquier región y municipio.

Según últimos estudios del CIS (que coinciden con otros estudios sociológicos de diversas universidades o y organismos públicos) a finales de 2017 el 68,7% de la ciudadanía se declaran católic@s, cuando hace algo más de dos décadas rondaban el 90%.

El CIS se refiere a encuestados de todas las edades. Pero, si lo desglosamos por franjas de edad que basculen entre los 20 y los 40 años, las cifras descienden por debajo del 50%.

Es más (y esto es lo importante) cuando preguntan a ese casi 69% si cumple con los preceptos católicos, como se puede observar –en el cuadro adjunto– son sólo algo más del 16% los que habitualmente asisten a misa u otros rituales.

Un indicativo, muy fiable, son las personas que señalan la casilla en la Declaración del IRPF, para que se financie la Iglesia católica, año tras año, no pasan del 35%.

Las personas que se declaran ateos, agnósticos o no creyentes, ya superan el 26% y entre los menores de 40 años superan el 40%.

Otro dato interesante es que –según datos de la Memoria anual de la Conferencia Episcopal Española–, en 2013 se bautizaron sólo al 58% de los niños que nacieron. A pesar de ser un rito de paso muy arraigado popularmente, es decir que hay más de un 40% de los nacidos que (ya) no se bautizan.

En cuanto a matrimonios civiles, estos superan (con creces) los que se hacen por ritos de carácter religioso. Los últimos datos es que de media, en el conjunto del Estado, aproximadamente dos de cada tres matrimonios se realizan por el ritos civiles (juzgado o ayuntamiento) y en algunos territorios como Euskadi y Catalunya los números a favor de los ritos civiles son mucho más altos.

Si ello lo trasladamos a la Enseñanza, a pesar de las presiones (más o menos encubiertas) que se ejercen en (algunos) centros sobre las familias, para que éstas matriculen a sus hijos e hijas en religión, en el curso 2015-16, el número de alumnado que asistía a clase de religión (en el conjunto de las etapas y del Estado, en los centros de titularidad pública) no pasaba del 45%. Si nos atenemos a toda la Enseñanza, incluida la católica las cifras aumentan, lógicamente. Y si nos centramos en el alumnado de secundaria (cuando los chavales pueden decidir por ellos mismos), las cifras descienden muchísimo.

Un interesante estudio (muy reciente) hecho en Andalucía (territorio que nos viene ofreciendo en las encuestas del CIS una media más alta en cuanto a religiosidad católica, entre la ciudadanía adulta) es muy elocuente:

“Investigadores del Departamento de Pedagogía de la Universidad de Granada, dentro del grupo Valores Emergentes, Educación Social y Políticas Educativas”, han llevado a cabo el estudio entre los meses de mayo y junio de 2017 en todas las universidades de Andalucía.

Entre las conclusiones y sugerencias, la investigación ha puesto de manifiesto que la “descristianización” de la sociedad (en Andalucía) es un hecho evidente, y de modo progresivo, en todas las capas sociales.

Los jóvenes, desde hace años, se encuentran alejados de la Iglesia y, actualmente, la religión para muchos de ellos ocupa los últimos lugares en una escala de valoración de las cosas importantes de la vida (16%) y ya sólo un 40% se define como católico.

Los promotores del estudio explicaron que “lo más grave” es que la propia Iglesia católica, como institución, es (ahora) un elemento activo más de colaboración en esta “descristianización” de la sociedad española.

Se trata por tanto de una contradicción con su misión evangélica, pues no sólo no contribuye a que los jóvenes encuentren a Dios, sino que es un obstáculo para muchos de ellos.

Estos datos, entre otros, reafirman el avance de la secularización de la sociedad española, aunque solo sean análisis cuantitativos.

Sin embargo la cuestión de la laicidad, hoy por hoy, no forma parte de las AGENDAS POLÍTICAS de forma nítida y clara. Sólo se aprecian ciertos escarceos, pequeñas iniciativas y denuncias, algunas declaraciones de intenciones… y muy poco más

Y lo más grave es que la inmensa mayoría de las y los responsables políticos –hoy en activo– tienen un enorme desconocimiento de lo que para las libertades y la democracia representa un proyecto laicista de Estado.

Para ser claros: la mayoría de políticos y políticas en España, (incluidos los más jóvenes) confunden laicismo, con ateísmo, anti-religiosidad…

…o, incluso, se confunde (interesadamente) con multi-confesionalidad o diálogo inter-religioso (muy de moda desde algunos años), aunque en España (todavía), como se observa por la encuesta del CIS reseñada anteriormente, las religiones minoritarias representan el 2,8% de la población. Pero, desde el ámbito político, suelen utilizarlo como coartada para mantener los privilegios de la Iglesia católica, apelando a una errónea e interesada forma de interpretar la libertad religiosa.

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III. Neoliberalismo y religiones

A los estragos sociales que está causando, en las últimas décadas, el neoliberalismo, es decir una nueva forma de capitalismo y ciber-capitalismo depredador e insaciable hay que sumar la alianza con las diferentes corporaciones religiosas, entre ellas “El Vaticano”, que tratan de imponer sus dogmas en contra de derechos civiles varios y que apoyan la privatización (en su favor) de los Servicios Públicos, con la finalidad de hacer negocio mercantil e ideológico, sobre todo en la Enseñanza.

Pero también (y cada vez más) a través de la privatización de la Sanidad y de los Servicios Sociales comunitarios (infancia, pobreza, personas mayores…), se organizan verdaderas multinacionales religiosas de la caridad… y así en todo el Planeta, los gobiernos “ceden” a éstas una parte más o menos importante de la atención sanitaria, educativa, social… que debería de ser una prioridad pública, por aquello de la justicia social y el Estado compensador.

Y en este nuevo escenario de una renovada complicidad de la política con la religión corporativa (y viceversa) aparecen nuevos grupos y corrientes neo-fascistas y xenófobas, ciertas formas de nacionalismos patrióticos con un fuerte componente emocional y excluyente, que encuentran un adecuado espacio de poder en toda Europa, de forma muy peligrosa.

Ello constituye (a medio y largo plazo) un enorme peligro para las libertades, los derechos civiles, la igualdad de género e, incluso, la destrucción de fuertes Estados democráticos, sociales, redistributivos y de Derecho, tal y como la Ilustración los concebía.

Ya lo están siendo con planteamientos xenófobos los cada vez más potentes grupos neo-cristianos de fuerte componente fascista en todo Centroeuropa al impedir, desde el poder político al que han llegado, la entrada de inmigrantes y refugiados, por ejemplo… pero más adelante exigirán la eliminación de otros derechos.

El muy reciente “fenómeno Trump” (un gran aliado del poder religioso) o la posición privilegiada en el poder de los neo y pentecostales en Brasil son un ejemplo, pero hay más. Por ejemplo, la oposición religiosa a la libertad de las mujeres, en cuanto a decidir sobre su maternidad o su sexualidad, está generando enormes problemas en toda América latina, algunos de los cuales están inmersos en procesos revolucionarios o han salido de ello. También en el ámbito de la Enseñanza, se están perdiendo avances en laicidad como en Méjico y Uruguay.

La religión que en algunos Estados europeos se había relegado (en parte), a lo largo del siglos XIX y XX a los ámbitos privados que le corresponde por su naturaleza, hoy –sin embargo– ocupa, de nuevo, espacios de poder político, caso de Francia o del centro y del este europeo, especialmente las diversas iglesias cristiano ortodoxas, que están acumulando un enorme poder político, patriótico y económico en Rusia, Grecia, Bulgaria, Rumanía y hasta en Serbia.

En este entramado, los sectores islámicos (moderados) también “sacan tajada”, exigen compensaciones políticas en la línea del mal entendido como diálogo inter-religioso, que comenzó –al inicio de este siglo– concretamente en Turquía y propiciado por un presiente español (Zapatero) empeñado en ello, en mi opinión, con una estrategia muy errónea, con la intención de contrarrestar al islamismo radical y criminal… pero ha sido en vano. Sólo hay que observar la deriva islamista de Turquía, con una terrible pérdida derechos (sobre todo de las mujeres y la infancia, también la libertad de de expresión de los medios de comunicación) y la caída (de facto) del Estado laico, tan importante en esa parte de Europa a lo largo del siglo XX.

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IV. Importancia de la laicidad y de la libertad plena de conciencia para asentar una democracia y los derechos civiles

La laicidad debe formar parte de todo proyecto jurídico y político de un Estado Democrático, Social y de Derecho, y por tanto también de las organizaciones de ámbito superior que los pueblos europeos acuerden libremente construir para extender y unificar sus conquistas sociales y democráticas.

La laicidad no es ninguna “religión”, ni tampoco la “religión” de los no creyentes o de los ateos, agnósticos, indiferentes…. la laicidad es un principio democrático de funcionamiento político e institucional que no niega ninguna identidad, tampoco la religiosa, ni está en contra de las creencias particulares, sino que respeta la libertad y derechos de cualquiera de ellas, al establecer principios básicos que permiten garantizar su articulación en el ámbito común de una sociedad que es plural.

La laicidad se asienta en tres principios intrínsecos a la propia democracia y a los Derechos Humanos:

  • La libertad de conciencia.
  • La igualdad de derechos sin privilegios, ni discriminación.
  • La universalidad de las políticas públicas.

Lo que implica la clara distinción entre el ámbito público y el privado y la estricta separación entre la política y las religiones u otros particularismos ideológicos.

Sin embargo, en el conjunto europeo, como en el anterior capítulo poníamos de relieve, se percibe una situación acelerada de pérdida de derechos y libertades cívicas en casi todos los campos.

Ideologías, como las religiosas oficiales y las neoliberales, imponen sus formas excluyentes de entender el mundo y las relaciones interpersonales, su moral y dogmas particulares y sus políticas sociales desiguales al conjunto de la ciudadanía, generando, con ello, enormes desigualdades sociales y económicas y recortes de derechos a la mayoría de la población y especialmente a los grupos más desfavorecidos por razón de clase social, sexo, orientación sexual, origen étnico o nacional, capacidades funcionales, etc.

Se hace, por tanto, necesario impulsar el laicismo como movimiento a favor de la laicidad en todo el ámbito europeo. Por ello Europa Laica propuso a la sociedad civil y a sus organizaciones de base, a los partidos políticos, a los diferentes gobiernos y a las instituciones europeas en el año 2014 una “Carta Europea por la Laicidad y la Libertad de Conciencia”, que fue entregada oficialmente en el Parlamento Europeo (Bruselas), a su Presidencia y a los Grupos Parlamentarios y, también, en el seno del Consejo de Europa con sede en Estrasburgo (que lo componen 47 países de todo el Continente) y a su Presidencia y Secretaría General… como recordatorio y a modo de Tratado anexo a la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y a la legislación internacional sobre los Derechos de la Infancia.

Esta Carta, se puede leer en:

https://laicismo.org/2014/05/carta-europea-por-la-laicidad-y-la-libertad-de-conciencia/61735/

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V. Expectativas a medio plazo

Una parte de la sociedad española viene proponiendo una reforma (más o menos profunda) de la actual Constitución, hay quienes reclaman un “nuevo proceso constituyente”. Pero en ambos casos dependerá, claro está, de las mayorías y minorías políticas y hasta dónde llegará, realmente, la “soberanía popular”… en un mundo global, cuyo “sistema capitalista depredador” lo inunda todo, desde la base social, hasta el poder. Salvo que asistamos a un nuevo proceso revolucionario, en “clave s.XXI”, que modifique, radicalmente, la forma de organización social y política de la sociedad. Y no parece que a medio plazo vaya a suceder.

Los principios de la Ilustración, basados en aumentar los derechos de la persona, considerarlas ciudadanas y no siervas… se fueron afianzando a los largo de décadas en una gran parte de Europa y del continente americano, aunque de forma muy lenta y con mucho esfuerzo.

Al mismo tiempo que las sociedades se iban secularizando, también los Gobiernos y las instituciones de los Estados, se iban desprendiendo –poco a poco– del poder de las iglesias. Pero como hemos ido reflexionando anteriormente esta situación, desgraciadamente, está comenzando a cambiar en este inicio del s.XXI y no precisamente para bien.

Ciñéndonos a los territorios que actualmente, jurídica y administrativamente, conforman el Estado español, una determinada moral, el boato y costumbres de la religión católica, siguen casi intactas e incrustadas en una parte amplia de las estructuras del Estado.

Como ya se ha comentado en el primer capítulo, unos Acuerdos concordatarios con la Santa Sede vienen a certificar las históricas prebendas que la Iglesia católica mantenía en materia tributaria, en financiación directa, en el ámbito escolar y en los servicios sociales, en cuestión del patrimonio artístico, en el ámbito de las fuerzas armadas… etc.

Pero por si esto era poco, los diversos gobiernos de la democracia (en los tres ámbitos: estatal, local y autonómico) han aumentado parte de estas prebendas con aun más financiación, mayor alcance de los tributos, aumento de los conciertos educativos para financiar la enseñanza dogmática católica, privatización de servicios sanitarios, educativos y sociales de todo tipo a favor de órdenes religiosas, asociaciones, etc.

Al inicio de este 2018, estamos ante nuevo escenario. Para muchos, las viejas estructuras políticas están en cuestión, han aparecido nuevos líderes, aparentemente nuevas formas de participación, también los viejos y “menos viejos” partidos pretenden renovarse, pero ello sucede cuando una parte importante del tejido social sólido NO religioso se ha ido desvaneciendo, poco a poco y el antiguo activismo sindical se ha ido corporativizando y perdiendo prestigio social.

Aunque, ¿por qué no confiar… que en esta nueva etapa, con una sociedad realmente muy secularizada, una nueva forma de hacer política, vaya a cambiar ¡por fin! las actuales relaciones caducas y preferenciales de las instituciones del Estado, con la Iglesia católica y también las que comienzan a darse con otras religiones.

En ese caso: ¿cuáles podrían ser los tres ejes principales de actuación a corto y medio plazo?:

  1. Garantizar la independencia efectiva del Estado con respecto a cualquier confesión religiosa, asegurando –así– la neutralidad ideológica de las administraciones públicas.
  2. Eliminar cualquier tipo de privilegio o discriminación en el trato económico y fiscal para todas las entidades de carácter privado, sean religiosas o no, con el fin de asegurar el principio democrático de la igualdad de derechos ante la Ley y la separación de los ámbitos público y privado.
  3. Asegurar una Educación laica, como derecho universal, igual e integrador, dentro de un proyecto común de ciudadanía.

Para ello hay que modificar algunos preceptos de la Constitución de 1978; denunciar y derogar los Acuerdos concordatarios con la Santa Sede y diversos acuerdos de cooperación con otras confesiones; reformar diversas leyes de carácter tributario, generar leyes y normas de secularización institucional (a través de una Ley de Libertad de Conciencia), pero, sobre todo, modificar actitudes y conductas de los poderes públicos y de los responsables políticos, normalizando una real separación del Estado de la religión, ya sea la católica o cualquier otra.

Es un error confundir la laicidad de las instituciones con el del diálogo inter-religioso o tratar de mezclarlo, como en los último años se pretende hacer en algunos Ayuntamientos y CCAA.

Tratar de mezclar laicidad institucional con el Diálogo Inter-religioso no tiene sentido alguno ya que entre ambos no hay temas comunes que tratar, a diferencia de los que serían propios entre las distintas confesiones sobre lo religioso, su contenido espiritual, entendimiento o confluencias. Poner en un mismo nivel ambos temas es confundir asuntos de distinto plano y categoría conceptual y social.

Las confesiones religiosas (todas) deben ser tratadas como organizaciones privadas de fieles sujetas al derecho común, como cualquier otra Asociación o Entidad privada. Ser católico, evangelista, judío, musulmán, o nada, o de cualquier otra identidad o convicción particular, resulta irrelevante para el contenido de universalidad que deben tener las políticas públicas y normas de convivencia.

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VI. A modo de conclusión

Nos encontramos en la antesala del año 2020 y parece que el siglo XXI comenzó “ayer” e incluso la aprobación de la Constitución de 1978, ahora tan denostada por una parte de la sociedad, como si ésta (ella sola) tuviera la culpa de algunos de los graves desmanes políticos cometidos en estos años… aunque hay que reconocer los errores que se cometieron en 1977 y 78, que hay que solucionar lo antes posible, siempre que seamos capaces.

Pero sin embargo hay que ser conscientes de que se han dado enormes pasos en derechos civiles, desde 1978, algunos de ellos con oposición muy firme de la cúpula católica y de otras religiones minoritarias: como la posibilidad del divorcio, la interrupción voluntaria del embarazo, derechos de las mujeres y de la infancia, diversidad de modelos de familia, matrimonios de personas del mismo sexo… y hay más.

Sin embargo en cuanto a laicidad de las instituciones del Estado, de la Enseñanza… se ha avanzado muy poco o nada e, incluso, en algunas cuestiones se ha retrocedido… Por ello la meta que nos debemos proponer para la próxima década 2020-2030… Es tratar de romper esa barrera, hacer la Transición en esta cuestión… Más allá de que se reforme la Constitución o se abra un verdadero proceso constituyente.

La actual secularización de la sociedad propicia avanzar hacia el Estado laico.

Aunque podría suponer un cierto obstáculo el repunte internacional de una involución en materia de laicidad y de derechos civiles. Y ello tenemos que tenerlo muy en cuenta cuando se marquen estrategias. Porque no sólo es necesario hacer acertados diagnósticos y mantener vivo el deseo, sino elegir el camino y la estrategia más adecuada para conseguir un objetivo.

Ya que a nivel planetario, la desigualdad social y económica, impuesta por un capitalismo depredador insaciable (lo que algun@s denominan neoliberalismo, creo que de forma muy suave) está minando los principios más elementales de las democracias, allá donde se estaban asentando o estaban de forma muy incipiente, incluso democracias consolidadas en mayor o menor grado. Como consecuencia de ganando la tesis de que es mejor que el mercado opere ciegamente (la religión del s. XXI) y ello está propiciando, además de enormes desigualdades sociales, crisis tremendas que afectan a los derechos y libertades.

Por ello es tan difícil articular un tejido social sólido y organizado, sobre todo en el ámbito de la izquierda sociológica y política clásica. Situaciones últimas tenemos varias, por ejemplo en los procesos revolucionarios que han surgido hace unos años en el norte de África, que –por ahora– han desembocado en nuevas dictaduras religiosas y en reinos de taifas, también tenemos algunos ejemplos en América latina y en otros lugares del Planeta.

La situación en el horizonte del 2020 es muy compleja, de ahí que habrá que articular renovadas fórmulas de acción colectiva, social y política…

… y quizá aprovechando que en este año (2018), se cumple el 60 aniversario de la proclamación de la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, 50 años del asesinato, de M Luter King, como consecuencia de sus ideas y de la defensa radical de los Derechos Civiles y 40 años de la aprobación de la Constitución de 1978, que aun con los errores cometidos, nos permitió salir de cuatro décadas de totalitarismo y oscurantismo político nos de aliento y fuerza para reflexionar sobre cómo abordar –con rigor– el futuro en materia de Laicidad y de Derechos y Libertades.

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Francisco Delgado (*)

Tipógrafo y diplomado en Psicología Industrial. Fue diputado en 1977 y senador en 1979, durante 5 años presidente de la Confederación española de AMPAS, miembro del Consejo Escolar del Estado, durante 15 años y entre los años 2008 y 2017, presidente de Europa Laica.

Autor de diversas publicaciones, la última: “La cruz en las aulas” (Akal-2015)

Localizar en:

fdelgado@franciscodelgado.es

facebook: Francisco Delgado (Albacete)

@Fdelgado2017

La laicidad, nuestra asignatura pendiente

Observando detenidamente la relación del Estado español con la religión (todas las iglesias y especialmente la católica) es difícil evitar la perplejidad.

De una parte, la Constitución del 78 parece abogar globalmente por una la separación de las esferas civil y religiosa. Y, en esta dirección, el Tribunal Constitucional, que tradicionalmente ha definido el Estado español como “aconfesional”, en su sentencia 46/2001 del 15 de febrero, declara que el art.16.3 introduce constitucionalmente una idea de “aconfesionalidad o laicidad positiva”. Dejando aparte de momento la calificación que se hace de la laicidad, deberíamos concluir que, jurídicamente hablando, el Estado español es laico. Lo que armoniza bien con los últimos datos que nos proporciona la sociología sobre el comportamiento religioso de la sociedad española que, en pocos años, se ha puesto a la cabeza de la secularización en Europa (cfr. Razón y fe, 1416 octubre 2916). Secularización que, sin embargo, no se traduce luego, como veremos a continuación, en instituciones y prácticas laicas del Estado.

Pero, por otra parte, no podemos cerrar los ojos ante lo que estamos viendo y los medios alternativos están denunciado a diario: que el Estado español está subvencionando a la Iglesia católica y a las otras religiones e iglesias de “notorio arraigo”, que el Estado mantiene, y el Gobierno del PP incrementa, la presencia institucional de la religión en la escuela pública, que subvenciona económicamente la asistencia religiosa a las Fuerzas Armadas, que introduce la religión en los actos civiles institucionales, que mantiene y no reacciona en contra de la inmatriculación religiosa de inmuebles públicos, etc.

La mayoría de los movimientos sociales y de los partidos políticos de izquierda (cuando están en la oposición parlamentaria) apuestan por la derogación de la base jurídica de estas prácticas “confesionales”: los Acuerdos del Estado Español con la Santa Sede del 79. Pero es más llamativo y provocativo que la denuncia arranque también desde Redes Cristianas y otras instituciones que nunca han renunciado a su pertenencia a la Iglesia católica.

Ante la perplejidad que nos deja este estado de cosas, ÉXODO se pregunta, desde diferentes claves, por lo que nos está faltando para alcanzar un Estado verdaderamente democrático y laico en España. Y esto tiene mucho que ver con el concepto filosófico y político de una laicidad que consideramos aún pendiente.

La laicidad se basa en principios intrínsecos a la democracia y a los Derechos Humanos, tales como la libertad de conciencia, la igualdad de derechos sin privilegios ni discriminación y la universalidad de las políticas públicas. Con ese enfoque, Francisco Delgado hace balance y analiza las causas de las carencias en laicidad de nuestro entramado político y social. Pero el suyo es también un ‘punto de mira’ propositivo basado en tres ejes de actuación: garantizar la independencia efectiva del Estado con respecto a cualquier confesión religiosa (neutralidad ideológica de las administraciones), eliminar todo privilegio o discriminación en el trato económico, jurídico y fiscal para las entidades de carácter privado, sean religiosas o no (igualdad de derechos ante la Ley y separación de los ámbitos público y privado), y garantizar una Educación laica como derecho universal, igual e integrador, dentro de un proyecto común de ciudadanía

Para la entrevista de este número pensamos sin dudar en Rafa Díaz-Salazar, quien nos ha regalado unas espléndidas respuestas. Su amplio y profundo conocimiento de las diversas facetas y problemáticas, así como de las complejas relaciones de esta temática con los más importantes ámbitos de la cultura, con el cristianismo profético o con los partidos políticos, de la derecha y particularmente de la izquierda, ha hecho posible este intercambio de opiniones que hemos juzgado de espléndido.

Desde la crítica a la tesis del filósofo John Locke sobre la tolerancia que, sin abandonar la fundamentación religiosa, defendió más bien una “política” que una ´”ética” de la tolerancia, “ejercida desde arriba” y que llega a considerar legítima la intolerancia contra católicos y ateos, César Tejedor, siguiendo la siempre fecunda inspiración de Kant, defiende el ideal político del laicismo basado en los tres principios que constituyen la razón de ser del Estado moderno: la libertad de conciencia, la igualdad de trato de todos los/as ciudadanos/as y la referencia al interés general. Después de defender la ética laica de las críticas de relativismo, nihilismo y universalismo abstracto, Tejedor concluye afirmando que el principal objetivo de esta ética no es otro que el fomento de una ciudadanía democrática, libre, y responsable a partir del reconocimiento de las libertades individuales y la igualdad inalienable de todos los seres humanos.

La ética laica es la mejor expresión de una ciudadanía democrática plena, afirma Luis Mª Cifuentes. Es universal y sus valores morales y cívicos garantizan el pluralismo moral y religioso, manifiestan lo más profundo de la condición humana y la exigencia de compartir lo esencial de cada persona: la dignidad, junto al cumplimiento de los derechos individuales y sociales reconocidos en los DD.HH. La neutralidad del Estado y el esfuerzo por distinguir entre la ética individual de la pública convierten la laicidad en la condición de posibilidad de una convivencia pacífica en el marco de una sociedad que respeta el pluralismo político, moral y religioso. La democracia, concluye Cifuentes, se opone a la teocracia; y la conciencia democrática implica la tolerancia cuyos límites están en la violencia y el fanatismo.

Tanto el judaísmo como el cristianismo, su heredero en parte, son, a juicio de Xabier Pikaza, religiones laicas que han fecundado y potenciado el mayor proceso de secularización de Occidente. A través de sucesivas rupturas, el judaísmo llegó a superar el culto a los sacrificios y ritos sacrales del templo hasta convertirse en religión de la Palabra, de la Ley y de la Vida humana. Por su parte, la mayor inspiración laica del cristianismo arranca desde su mismo fundador, Jesús de Nazaret, que no fue sacerdote ni obispo sino laico. Predicó el Reino de Dios (una forma de sociedad alternativa, articulada desde la justicia, el perdón y la concordia) que no baja desde poderes superiores sino que está y se identifica en forma de protesta con la vida misma de los seres humanos, especialmente desde los pobres y publicanos, prostitutas, hambrientos, enfermos y excomulgados de la sinagoga. A pesar de la resacralización que se hizo de su mensaje ya desde los primeros siglos, el cristianismo sigue estando llamado a animar procesos de secularización hasta la utopía de una sociedad laica, es decir, humana, liberada de toda tutela exterior.

No obstante esta llamada, la sombra del nacionalcatolicismo se alarga hasta nuestros días. Amplios sectores cristianos, aún después del Vaticano II y la teología de la liberación, mantienen, como afirma Benjamín Forcano, una mentalidad eclesiástica antimoderna, contraria a la laicidad. Una visión imperialista de la religión que, como reacción, está haciendo posible la reivindicación más firme de la laicidad en otros sectores más críticos del cristianismo.

ScanEdotiarial: LA LAICIDAD, nuestra asignatura pendiente

Punto de mira: La laicidad, en la antesala del 2020, FRANCISCO DELGADO

Entrevita: RAFAEL DÍAZ-SALAZAR, JUANJO SÁNCHEZ, EVARISTO VILLAR, ANTONIO G. SANTESMASES

A fondo: El laicismo como base de un proyecto ético colectivo, CÉSAR TEJEDOR DE LA IGLESIA; Las claves de una ética cívica laica, LUIS MARÍA CIFUENTES PÉREZ; Cristianismo, religión secular. Una mirada al Nuevo Testamento, XABIER PIKAZA; Actuar cristianamente en una sociedad laica, BENJAMÍN FORCANO

En la brecha: Europa Laica, una trayectoria de lucha por el laicismo, ANTONIO GÓMEZ MOVELLÁN; Círculo PODEMOS de espiritualidad progresista, ISABEL CASTELLANOS CARPINTERO; La laicidad en la tradición protestante, ALFREDO ABAD; Ritos de Paso cívicos, ENRIQUE RUIZ DEL ROSAL

Actualidad: Recuperando el patrimonio inmatriculado, PLATAFORMA “RECUPERANDO”

Actualidad-libros: Laicidad y laicismo a la altura de nuestro tiempo, JUANJO SÁNCHEZ

http://www.exodo.org/4606/