Aproximación a las teologías feministas

Aproximación a las teologías feministas

Editorial: Desvelar las teologías feministas

Punto de mira: El duro camino que vamos recorriendo las mujeres, MARÍA JOSÉ CLAVO SEBASTIÁN

Entrevista a ROSA CURSACH, SILVIA MARTÍNEZ, JUANJO SÁNCHEZ, EVARISTO VILLAR

A fondo: Las mujeres no somos un complemento: Una antropología patriarcal que mantiene a una Iglesia patriarcal, NEUS FORCANO APARICIO; Iglesia, cuerpo de mujer, PILAR YUSTE; Rozando lo increíble. Horizontes de las teologías feministas, MONTSERRAT ESCRIBANO CÁRCEL; Propuestas teológicas de las mujeres creyentes para un nuevo modelo de comunidad, SILVIA MARTÍNEZ CANO

En la brecha: Las mujeres y la teología, Mª LUISA PARET GARCÍA; Nuestra luz nos iluminará a todas, MARISA VIDAL COLLAZO

Actualidad: Selección y presentación de libros de teología de y sobre las mujeres, ANA UNZURRUNZAGA; Trump, JUAN DIEGO GARCÍA

Creencia en Dios, soberanía humana

Un nuevo libro de Manuel Fraijó, a quien nuestros lectores conocen bien, está siendo noticia desde hace ya unos meses. Su presentación en nuestra revista se estaba retrasando ya excesivamente por no coincidir en el momento un número con una temática de algún modo cercana al contenido y a los interrogantes del mismo: Avatares de la creencia en Dios. Para no retrasarla más, he buscado una vertiente que, si bien no es tema explícito del libro, constituye uno de los hilos rojos que lo atraviesan. La inteligencia y la lucidez con las que Manolo recorre, entrelaza e ilumina los avatares de la creencia en Dios reflejan, en efecto, una convicción sostenida a lo largo y ancho de su libro: la creencia en Dios, cuando es auténtica, constituye una fuente de inspiración, de esperanza y de sentido, es decir, si se me permite la licencia, de empoderamiento y soberanía del ser humano.

Una sola ojeada al índice de contenidos permite constatar una vez más las grandes cuestiones que mueven su pensamiento, desde sus primeros escritos hasta los últimos artículos, dos de los cuales, publicados poco después de la aparición del libro: ¿Solo una hamaca vacía? y ¿Por qué no lo hablamos? merecían sin duda estar en él. Esas cuestiones han tenido siempre que ver con el mal en el mundo y el sufrimiento de los seres humanos y a la vez con la esperanza y el sentido indefectiblemente ligados para él a la creencia en Dios y en la resurrección de Jesús, el Crucificado, que lo revela como un Dios de vivos y no de muertos, de sentido y no de frustración.

Dos de las entrevistas que abren el volumen, una de ellas, la segunda, concedida a nuestra revista ÉXODO, conducen de la mano a los lectores por los propios avatares del autor a lo largo de su trayectoria vital e intelectual, siempre a vueltas con Dios, con la religión y con el sentido de la vida de los humanos y del mundo. Y lo hace, como siempre, a su vez de la mano de los grandes pensadores que ha dado la mejor filosofía y teología, de los que él mismo ha bebido y a los que cita con frecuencia y lucidez, en el momento y el lugar acertados. Su relato se enriquece con ellas y se traba con la vida, convirtiendo su lectura en un recorrido sumamente enriquecedor y por momentos apasionante.

Uno de esos momentos se alcanza, sin duda, con el texto central del libro, que recoge las densas, y a la vez transparentes, reflexiones que Fraijó ofreció en las XXI Conferencias Aranguren. En ellas aborda uno de los temas más actuales y de mayor relevancia y gravedad para las grandes cuestiones planteadas en el libro: la reivindicación y el debate sobre una “religión sin Dios”. Pocos podrían abordar este debate con mayor competencia e imparcialidad que él. Pocos han sondeado con mayor intensidad y rigor, y con más exquisita delicadeza, la cuestión de Dios y sus avatares desde la Modernidad a nuestros días. Desde su tesis doctoral hasta su último artículo, arriba mencionado, ¿Solo una hamaca vacía?, este ha sido su tema. Y en este texto central ofrece una síntesis magistral de ese recorrido.

La actual reivindicación de una “religión sin Dios” no le pilla, ciertamente, de sorpresa. Él sabe muy bien que la “ausencia” de Dios es una experiencia clave en la mejor teología cristiana. Pero el destino de las innumerables víctimas de la historia cuyo grito cayó, histórica y definitivamente, en el silencio de la tierra, es también para él una experiencia demasiado seria que espera imperiosa una respuesta con sentido. Por eso cuestiona un desenlace plano y sin fisuras de la Modernidad en la muerte de Dios o, menos aún, en su ligera y banal negación. “¿A quién encomendar (a las víctimas) –pregunta–, o de quién esperar su salvación?”… No es esta una cuestión de la que se pueda pasar página alegremente: en ella está en juego la dignidad de los humanos, y por tanto su soberanía, no ciudadana, pero sí humana, aquella que tan vigorosamente reclamó el filósofo de la esperanza, Ernst Bloch, a quien por lo mismo Fraijó tanto gusta citar.

En la tercera parte del libro se recogen diversas conferencias que Manolo impartió en diferentes situaciones y momentos. Pero salta a la vista cómo en todas ellas da vueltas a los mismos interrogantes que respondía y a la vez dejaba abiertos en los textos anteriores: el mal, el futuro, la vida y el más allá, la esperanza… Y en todos ellos surge la cuestión de Dios como horizonte que sustenta la esperanza. Como horizonte, no como afirmación dogmática que no conoce la perplejidad y la duda inherentes a la finitud. Pero horizonte sin el cual difícilmente podrá darse una espiritualidad que merezca tal nombre, ni laica ni religiosa.

No podía faltar en este nuevo libro un capítulo dedicado a alguno de sus más próximos y más valorados pensadores: José G. Caffarena, Hans Küng y W. Pannenberg. Pensamiento (filosofía y teología) y biografía siempre estuvieron entrelazados en su reflexión.

El libro se cierra con una serie de artículos en los que se vuelve a escuchar el eco de las cuestiones centrales, ligadas ahora más a los avatares de la actualidad. En uno de ellos, que lleva el mismo título que este libro, Fraijó cita al gran Maestro Eckhart, quien era conocido como “el hombre del ‘sí’ y del ‘no’”, es decir del pensamiento dialéctico, abierto, sobre todo en la cuestión de Dios. Y en su nuevo libro sostiene con no menor lucidez esa misma apertura respetuosa. Leerlo es siempre una amable, pero irresistible, invitación a ese pensamiento abierto de Dios que no aliena nuestra dignidad ni autonomía, sino que las acrecienta, y así nos empodera.

 

 

 

Juan García y Pascual Serrano, Los gobiernos españoles contra las libertades

Hay una conclusión no escrita que recorre las páginas de este necesario y clarificador libro, la convicción de que en la dialéctica entre libertad y seguridad siempre acaba imponiéndose la segunda sobre la primera. Y hay también una ley que brota de forma inexorable cuando ciertos hechos sorprenden al ser humano y golpean violentamente su sensibilidad; la reacción de las sociedades en esos momentos, alimentada por el miedo y/o el deseo de venganza, no considera una pérdida volver sobre sus pasos e hipotecar su libertad. “El Estado entonces, afirman los autores, puede pedirles prácticamente lo que quiera a sus ciudadanos en términos de ataque a las libertades porque estos se lo otorgarán” (p. 7).

Estos comportamientos, que entre nosotros identificábamos más bien con la pasada dictadura, se constata —en este estudio crítico sobre el proceso legislativo desarrollado durante la Transición en España— que ni la Constitución, ni la implantación de la democracia formal han logrado erradicarlos. Todos los gobiernos (desde la UCD pasando por el PSOE hasta recalar en el PP) han mantenido, y a veces incrementado, esos restos de franquismo contra las libertades, insertados en nuestro ordenamiento legislativo y judicial. El ejemplo más elocuente lo tenemos en la creciente protesta social contra la escalada de medidas represivas que ha generado el último gobierno del PP. Añadiendo, además, que las mareas internas contra el recorte de libertades se han sentido secundadas por la denuncia de las más altas instituciones mundiales.

El libro se articula en cinco capítulos en los que sus autores van demostrando, paso a paso y con suficientes ejemplos prácticos, el que parece ser el propósito general del estudio y que resulta evidente a lo largo de todo el libro, es decir, el “retroceso de las libertades en España” que todos los gobiernos de la Transición –con el rechazo de las minorías críticas pero con el silencio de la mayoría social y parlamentaria–, han venido practicando. A este respecto, el título mismo es bien elocuente: “Los gobiernos españoles contra las libertades”.

En el primer capítulo, “Involución legislativa”, se constata que, so pretexto de combatir el terrorismo, los gobiernos, y de forma creciente, además del recorte de las libertades ciudadanas en la legislación, han venido reforzando (y hasta duplicando servicios) tanto los agentes de seguridad (cuerpos policiales y Guardia Civil) como las instancias judiciales (Audiencia Nacional, Tribunal Superior, Tribunal Constitucional). Observando de cerca este proceso de deterioro, uno se percata del “clima de desconfianza” que los gobiernos y sus instancias legislativas y judiciales rezuman con respecto a la sociedad. Más que instrumentos para el servicio de una convivencia pacífica y solidaria, parecen pensados para ponerla a raya por medio de la represión y, a veces, hasta de la tortura.

En el segundo capítulo, titulado “legislando contra el enemigo interior”, se hace un extenso y pormenorizado estudio centrado en las “leyes de seguridad ciudadana” –desde la Ley Corcuera de 1992 o “Ley de la patada en la puerta” hasta la “Ley Mordaza” de Rajoy de 2015–, que, a juzgar por su contenido, más bien parecen inspiradas en “la dialéctica amigo-enemigo” del filósofo y político nazi Carl Schmitt que en la Utopía de Tomás Moro. Se advierte fácilmente en este proceso legislativo cómo se van reduciendo las libertades constitucionales de expresión, información y manifestación y cómo el poder ejecutivo se va imponiendo y eludiendo paso a paso el control judicial.

El tercer capítulo, que se titula “legislando contra el enemigo exterior”, se centra en la política migratoria. Una legislación y unas políticas que, desde la creación en 1995 de los CIEs en aplicación de los acuerdos de Schengen, se han venido recrudeciendo, llegando en los últimos años a aberraciones del calibre de la privación inicial de la asistencia sanitaria, expulsiones en caliente o a las represiones y concertinas en Ceuta y Melilla, etc. Por su parte, la persecución del terrorismo “islamista” o “Yihadista” –sobre todo después de los atentados del 11-S en Nueva York, 11-M en Madrid, 7-J en Londres y 13-N en parís– está llegando al extremo de no distinguir “entre combatientes extranjeros que mantengan conductas ilícitas y aquellos que cometen actos terroristas” (150).

El Capítulo IV, “Cómo oponerse ante la represión de un Estado de derecho”, manifiesta la difícil ruta a seguir en la defensa de los derechos humanos ante las más altas instancias jurídicas tanto en España como en la UE. Es paradigmático, a este propósito, el caso del Tribunal Constitucional en España, dirigido por Francisco Pérez de los Cobos que mantuvo su filiación y militancia en el PP aun siendo magistrado de ese alto tribunal. ¡Qué difícil disipar, con semejante trayectoria, la sospecha de parcialidad en este tipo de dirigentes, cuando se sabe que ha sido impuesto por un partido que ha disfrutado de mayoría absoluta en las dos cámaras! Algo similar ocurre con las instancias jurídicas europeas, impuestas por el poder dominante y conservador.

Resulta casi imposible aceptar que una legislación regresiva para la ciudadanía pueda ser un instrumento útil para hacer frente a la delincuencia y el terrorismo. En su informe anual del 2015/16 Amnistía Internacional ha hecho un estudio de la legislación española en materia de seguridad ciudadana y ha mostrado, desde el punto de vista del respeto a los Derechos Humanos, su preocupación y denuncia. Antes lo habían hecho otras instituciones internacionales de altísimo rango ante la Ley Mordaza, el “régimen de incomunicación”, la “tortura”, la “libertad de expresión”, “las devoluciones en caliente”, etc.

El libro se cierra en su V y último capítulo con el título “El eterno equilibrio entre seguridad y libertad” en el que se aconseja al legislador –además de hacer “pocas normas”, y que la “ciudadanía sea consciente de ellas y las cumpla”, p 178– a moverse con cautela entre el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (que autoriza, por motivos de seguridad, a las Estados firmantes a restringir el ejercicio de algunos derechos) y los Principios de Siracusa de 1985 que señalan los límites de tal restricción. Lo que, en estos últimos años, parece que se ha olvidado en la legislación española donde “se aprecia, a juicio de los autores, una clara tendencia: la de ir incorporando medidas sancionadoras, disminuyendo garantías jurídicas y eliminando libertades” (p. 179).

Se trata de un libro necesario a tener en cuenta para conocer en qué marco jurídico y político estamos viviendo y, sobre todo, para mantener la tensión social hacia una ciudadanía libre y democrática.

Soberanía, poder y populismo: relámpagos en la noche, grietas en las paredes

De aquellos barros estos lodos

Decía recientemente una analista electoral que el enorme fracaso de las encuestas en las elecciones de junio de 2016 tenía que ver con un hecho novedoso: no sabían hacer encuestas fuera del bipartidismo. Algo parecido le pasa al sistema político actual: no sabe salir del juego turnista que ideó Cánovas del Castillo ligado a la Constitución de 1876, ese juego invariable en su esencia que sería falsamente interrumpido por Primo de Rivera en 1923, desterrado en nombre de la democracia por la II República en 1931, ahondado con el partido único el franquismo en 1939 y recuperado en la II (o III) Restauración Borbónica con la Constitución de 1978 y el régimen electoral marcado por la Ley para la Reforma Política de 1976. De aquellos barros estos lodos.

El neoliberalismo tiene una rara virtud: fracasa hacia delante (fail forward), es decir, sale de sus crisis emulando el famoso ejemplo del barón de Münchausen, que salió de un pantano con su caballo tirándose de los pelos hacia arriba con gran éxito. En otras palabras, sale de las crisis recetando más medicina de la misma que nos había enfermado. Las recetas con las que se salió de la crisis de 1973 –explotación de la naturaleza, de las generaciones futuras vía deuda, de los países del sur y de los trabajadores– parece agotada salvo en lo que toca a los trabajadores.

Ser pesimistas esperanzados

Parece que estamos condenados a escoger como salida a la crisis del neoliberalismo entre alguna forma de “gran coalición” guiada por el “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, o bien asumir un populismo de extrema derecha. Surgen preguntas. ¿La crisis de la socialdemocracia, convertida en muleta de los partidos conservadores, nos aboca, como en la noche de los años treinta, a un escenario aterrador de guerra y violencia? ¿Tiene herramientas la ciudadanía para salvarse a sí misma imaginando escenarios alternativos? ¿Es el pesimismo el único lugar de análisis? ¿Por qué si todo es una basura sigue viniendo cada noche la luz de la luna a batir la hierba? La decepción conduce a la deserción. El panorama no invita a grandes alegrías, pero el pesimismo es una forma vergonzante de resignación y rendición. Como en otros momentos de la historia, toca, al fin y al cabo, ser pesimistas esperanzados. Contraponer gramscianamente al pesimismo de la inteligencia el optimismo de la voluntad. Saber que lo que diferencia a una persona progresista de otra conservadora es la confianza en el ser humano. Si has abandonado toda esperanza ya perteneces al escuadrón de los zombies.

Desde finales del siglo XIX, todas las crisis del capitalismo han sido también crisis del parlamentarismo y del liberalismo. De hecho, estas crisis son ángulos de la misma realidad: la economía de mercado (signada por el laissez fair, laissez passer), la filosofía liberal (que expresa el pensamiento de la burguesía como clase en ascenso frente a la monarquía absoluta), y la democracia parlamentaria, que cobró fuerza con las revoluciones inglesa, americana y francesa. La democracia parlamentaria se sostiene sobre la democracia representativa, esto es, sobre la abolición del mandato imperativo que marcó la Constitución francesa de 1793.      

Reclamación de la democracia frente el liberalismo

La filosofía liberal descansa sobre el individualismo posesivo y la propiedad privada, de ahí que la división de poderes y los check and balances –pesos y contrapesos– sean la posibilidad del garantismo que ofrece el estado de derecho. La economía de mercado descansa a su vez sobre la conversión de cada vez más ámbitos de la existencia en mercancías, donde alguien, intercambiándolas, gana un beneficio. Incluidas falsas mercancías que el capitalismo no crea pero las usa hasta convertirlas en fragmentos carentes de sentido colectivo e, incluso, de posibilidad de supervivencia. Así es con el conocimiento, con el dinero, con la tierra y con los seres humanos. Tenía razón Marx cuando planteaba que el capitalismo lleva en su seno su propio sepulturero: sobrevive enajenando cosas que no crea y que devasta. Y la conversión en mercancías de la tierra, de las personas, del dinero y del conocimiento termina por detonar con furia devastadora.

Como el sistema capitalista funciona a base de crisis, cada vez que el reajuste de la tasa de ganancia tiene como resultado el empobrecimiento de las mayorías, los damnificados de las crisis cuestionan el marco político tanto en términos teóricos como en términos prácticos, impugnando a los políticos, los partidos y las instituciones. Ese pueblo enfadado que impugna la quiebra del contrato social se encuentra a sí mismo reflejado en el espejo de su ira, articulándose como soberano, como poder constituyente, como pueblo “en armas”. Es la reclamación de la democracia frente a la reclamación liberal.

La respuesta a las crisis económicas en el ámbito occidental tienen forma de lo que entendemos como “populismo”, esto es, un momento de impugnación de la democracia representativa y de las fallas en la redistribución. Es verdad que el concepto “populismo” es un concepto “nómada” y “vagabundo”, ambiguo, y que pertenece más al ámbito de la pugna política que al análisis. Pero necesitamos una palabra enfriada para entender dónde estamos. Y evitar, como decía Ortega, hacer cierto que lo que nos pasa es que no sabemos qué nos pasa.

El enfado ciudadano con la situación política y económica va a generar dos grandes movimientos con posibilidades electorales: uno de defensa del statu quo, que aglutine a los viejos partidos (las grandes coaliciones), y una respuesta “populista” –identitaria, enemiga de las élites, contraria a la corrupción, que reclama la nación como cemento social– que podrá a su vez tomar dos formas: una que azuza los excesos del sistema para mantener el sistema (el populismo de extrema derecha que crítica los excesos del sistema pero no cuestiona el sistema), y otra que aprovechará el enfado popular con el incumplimiento de los acuerdos democráticos para ahondar en la democracia, en la justicia y la libertad.

Equivocaciones de las izquierdas

El momento populista –que es por definición transitorio, pues la mera impugnación no construye una sociedad alternativa– se alimenta de la incorrección política, apela a las pasiones como sustituto del cemento social que toda sociedad necesita y que ya no otorga ni el poder ni las instituciones cuestionadas. Desde la crisis de los setenta, la izquierda viene equivocándose en tres cuestiones: no asumiendo la derrota del keynesianismo, que fracasó por su propia impotencia para solventar el crecimiento de la inflación al tiempo que aumentaba el desempleo; su renuncia a buscar soluciones hacia delante, sustituyéndolas por una petición llorosa de regreso al pasado; y su conversión en defensora del sistema al regalarle a la derecha todo el campo de la incorrección política, de manera que desde el socialismo o la izquierda transformadora se reclamaba el “patriotismo de la Constitución”, mientras que la extrema derecha confraternizaba con el pueblo dándole herramientas para canalizar su rabia desde una posición que incorporaba las pasiones.

El populismo, pues, es un recordatorio de la democracia prometida y no cumplida. Es un espejo (Panizza) donde la democracia puede mirarse sin las mentiras del espejo de la madrastra de Blancanieves. Nace como un problema de representación, de la incapacidad de las élites de solventar las necesidades del pueblo y sus inseguridades. El populismo es, al fin y al cabo, la expresión de un deseo frustrado de democracia, de igualdad y de seguridad. Y también un momento de autoafirmación. Tiene que ver con aquello que decía Rousseau en El contrato social: que tontos los ingleses, que creen que son libres porque votan, cuando sólo lo son una vez cada cuatro años. No en vano, la Comuna de París de 1871 recuperó la democracia directa y abrió el revocatorio de los mandatos.

 Confluencia actual de dos tradiciones: la liberal y la democrática

Para terminar de entender el momento actual, es necesario considerar antes que la actual democracia viene de dos tradiciones opuestas. Por un lado, la tradición liberal, individualista, firme defensora de la propiedad privada, ligada al pluralismo, defensora de la división de poderes y profundamente desconfiada de las masas y del sufragio universal. Enfrente, la tradición democrática, basada en la soberanía popular y firme defensora de la justitica y la igualdad. A lo largo del siglo XX las dos tradiciones fueron contaminándose mutuamente. El liberalismo se fue haciendo democrático (Cánovas estaba en contra del sufragio universal) y la democracia se fue haciendo liberal (asumió la representación y la propiedad privada). Pero no deja de ser cierto que cada vez que el modelo económico entra en crisis, el liberalismo anula la democracia. Puede hacerlo en dos direcciones. Una, convenciendo al pueblo para que apoye salidas populistas dirigidas por aquellos que, como decíamos, basándose en los excesos del sistema logren un apoyo popular para mantener el sistema. El ejemplo más reciente está en Trump o en el avance de la extrema derecha europea. Si esto falla, el liberalismo fracasado en la tarea de debilitar la tradición democrática tiene siempre la salida extrema del fascismo, sea en su vertiente violenta de los años treinta o en la más moderna y eufemística de lo que Boaventura de Sousa Santos llama “fascismo social”, regímenes fascistas en sus consecuencias bajo ropajes formalmente democráticos. El “fascismo financiero” es el instrumento por excelencia de este fascismo del siglo XXI.

Estamos, sin duda, en un cambio de época. Una parte permanece en el pasado y otra está transitando. Es generacional, pero no sólo. Llevamos décadas hablando del déficit democrático de la UE. El colofón tenía que ser necesariamente el auge de los partidos populistas de derechas. Que se cuelan porque hemos renunciado a conflictuar. Es la época de la política sin adversario, ese “fin de la historia” anunciado por Fukuyama. Como ya no habría conflicto al hundirse la Unión Soviética, se inauguraba la era del consenso donde ya no habría ninguna diferencia estructural que justificase salirse de ese consenso. Nace el tiempo de la gobernabilidad –la lucha contra los “excesos de democracia”– y de la gobernanza –la política sin conflicto–.

Sustitución de la política por la moral

Por eso, el fin de la política tiene como colofón la sustitución de la política por la moral. Desaparecen los análisis y son sustituidos por los anatemas. No es conflicto político sino confrontación moral y, por tanto, no puede gestionarse. Hillary Clinton no quería discutir con Trump sino demonizarlo. Y esa demonización no sirve para casi nada porque carece de herramientas para entender. Si hubiera optado por una crítica política, tendría que hablar de los tratados de libre comercio y de la globalización. Cuando analizas, te encuentras con que Trump es tan neoliberal como Clinton, Rajoy o Rivera, con la diferencia de que no le da vergüenza ir vestido de neoliberal. No olvidemos que Trump le ha robado el discurso de la democracia al Partido Demócrata, que hizo trampas para liberarse de Bernie Sanders. Al que acusaron de populista dentro de sus propias filas. El único que podía haber ganado a otro populista. Cuanto más moralizas, más caes en la pospolítica.

Berlusconi era un consumidor asiduo de prostitutas votado por monjas. Los pobres votan a sus verdugos. Entre los votantes de Ciudadanos hay un 20% de gente sin ingresos. Al PP le han votado ancianos que vacían su cuenta para ayudar a los nietos sin futuro. El miedo congela la política y le abre las avenidas a una moral de brocha gorda. En el reino de la moral, Berlusconi o Aznar no dejan de ser “uno de los nuestros”. En cambio, si hablas de política desaparecen las coartadas. Recuperar la pasión en la política no significa renunciar a la razón y, mucho menos, reducir la política a una confrontación extrema “amigo-enemigo”. La política tiene muchos grados, y entre la gobernanza y la guerra hay muchos grados. La política tiene moral, igual que tiene economía y está sometida a las normas. En la realidad, todo está mezclado. Pero conviene recordar que la política gestiona los conflictos sociales, que existen por la dualidad entre nuestra condición individual y nuestra condición social, y que la herramienta es el poder. Mientras que la moral gestiona la reciprocidad social que construye la integración a través de las normas. Mezclar estos ámbitos es como poner publicidad en un libro de texto o pagar por tener amigos: es confundir ámbitos sociales que tienen diferentes medios de intercambio.

La democracia convertida espectáculo

El populismo está en el corazón de nuestras democracias porque la democracia se ha convertido en espectáculo. Los líderes pueden llegar al pueblo sin la necesidad de la intermediación de los partidos. Esa ausencia de instancias intermedias –los partidos se han convertido en empresas alejadas de la ciudadanía– conecta desde el vientre con los deseos (falsos) de la gente. Por eso las campañas electorales son igualmente un espectáculo. Decía Gerald Ford (aunque seguro que se la escribieron), que tenemos candidatos sin ideas, que contratan asesores sin convicciones para hacer campañas sin contenido.

Regresando a España, es ahí donde se entiende el matrimonio de conveniencia entre los dos principales partidos españoles (y el partido inventado por el Ibex 35 para hacer de muleta del bipartidismo enfermo) y entre el neoliberalismo y el populismo de extrema derecha.

El populismo siempre es una impugnación. Pero puede ser una impugnación desde el plató de Gran Hermano y los clubes de fútbol –recordemos a Jesús Gil– o una impugnación desde las calles (lo que ocurrió con el 15M). No hay que olvidar que, de alguna manera, toda la política se ha hecho populista, entendiéndola como simplista, banal, falsamente cotidiana: los políticos van a los mercados, bailan, tocan el saxofón o la guitarra, se visten de campesinos, se hacen los campechanos.

El sistema será el que reparta qué es de recibo y qué no. Será el que identifique si la apelación populista es sistémica o antisistémica. Esperanza Aguirre se presentó a las elecciones con una hoja de programa. Ahora Madrid no habría podido hacerlo. En los USA Sanders hubiera recibido críticas brutales por decir lo mismo que Trump.

En esa apelación sentimental a la nación, que debe hacer de cemento social una vez que han desaparecido las uniones frías de la ley, de la redistribución económica o de la política institucional, el populismo se muestra impaciente. Y de ahí que sea demasiado fácil que la apelación a la patria como cemento social termine abundando en el racismo y la xenofobia. Y esa urgencia se traduce, de manera inmediata, en alguna forma de odio. En toda protesta popular hay prisa. Es propio de quien viene de fuera de la política y desconoce que las cosas no siempre son tan sencillas. La prisa termina cuestionando a todos los que refrenen los cambios. El populismo solo puede ser un momento, pues de lo contrario se convierte en un infierno. Los pesos y contrapesos liberales tienen mucha inteligencia. El populismo siempre decepciona, porque las instituciones son un invento humano para enfriar las decisiones. Por eso, igualmente, es esencial que cada generación actualice su compromiso con el contrato social discutiendo y votando su Constitución.

Las “grandes coaliciones” son un intento desesperado de mantener un régimen que hace agua por todos lados (en el caso de España, hay que añadir a la crisis económica y del bipartidismo, la crisis territorial y la debilidad de la monarquía tras la abdicación de Juan Carlos I). El neoliberalismo es un sistema que solventa sus crisis, como veíamos, con más de lo mismo: mayor devastación medioambiental, mayor empobrecimiento del Sur, mayor deuda para las generaciones futuras, mayor expropiación de las mayorías y mayores tasas de explotación. Al fallar esos ámbitos, reaparece la ratio última: más guerras.

Sacar conclusiones de todo lo aprendido

El 15M impugnó el relato neoliberal, abrió brechas en la pared, pero la pared sigue firme. El surgimiento de Podemos fue un relámpago en la noche, pero, pese a evidentes éxitos, sigue reinando la oscuridad. Comienza una nueva etapa donde hay que sacar conclusiones de todo lo aprendido. Eso se llama revisitar las calles con la experiencia institucional y llevar a las instituciones la solución a las necesidades populares expresadas y convertidas en conciencia en las calles. Sabiendo que las soluciones no son nacionales sino, como mínimo, europeas. Y que los retos son tan enormes –robotización de la economía, envejecimiento de la población, migraciones, cambio climático– que no vamos a encontrar soluciones que no nazcan participadas en el diagnóstico de la propia ciudadanía. La política emancipadora tiene que volver a ser útil a la gente. Militar en un partido de cambio debe traducirse en estar disponible para ayudar a los que peor les va en el modelo neoliberal.

Sin dicotomía entre la calle y las instituciones

Entre el Partido Popular y el PSOE han perdido más de cinco millones de votos. Pero juntándose, y con la ayuda de Ciudadanos, aún aguantan. Hay grietas, pero queda pared. Sus graneros son zonas rurales, población mayor de edad y gente con escasos estudios. Personas que son susceptibles del discurso del miedo. Y ese miedo tiene también sus razones y hay que respetarlas. Las alternativas tienen que demostrar que traen soluciones donde la esperanza venza al miedo. Por eso es tiempo de calle –para recibir el cuaderno de quejas de las necesidades ciudadanas y solventar problemas concretos de vivienda, luz, comida, necesidades básicas– y también de Parlamento, donde una mayoría tiene que ver a una formación política con capacidad de hacerse con las riendas del Estado. No hay dicotomía entre calle e instituciones. Hay que empezar a construirlas como permanentes vasos comunicantes.

Ha llegado la hora de reinventarnos

En 2016 están antiguos los periódicos, las universidades y las escuelas, los ateneos y los partidos políticos. Su renovación no puede dejarse en manos del mercado, que lo hará con la brutalidad clásica. El mercado quiere que los viejos se mueran antes, que se privatice hasta la última gota de agua, que se patenten hasta los pronombres, que se dispare a los inmigrantes y que la mano de obra que no pueda sustituirse por robot se remunere a precios chinos o se vaya a vivir a los vertederos. Ya ha pasado en varios continentes. Esta realidad inhumana ya ha llegado a Europa. Y por eso también ha llegado la necesidad de reinventarnos. Sin nostalgia y sin un optimismo absurdo. Sabiendo que hay mucha pared y mucha noche. Pero construyendo fuerza desde las grietas y guardando en la memoria los relámpagos para alumbrar el futuro. Por eso, la idea de un proceso constituyente vuelve a emerger con toda su fuerza. Una ciudadanía consciente que se dota a sí misma del contrato social con el que quiere convivir. Un proceso constituyente que obre como una escuela de ciudadanía capaz de superar las heridas que arrastra España desde, cuando menos, el siglo XIX: la herida colonial del irrespeto a América Latina y África y la sumisión a Europa, la herida territorial del desconocimiento de que España es un país de países, la herida social de las desigualdades y la herida ciudadana del país que inventó la picaresca como respuesta a un Estado que daba poco y exigía mucho. Un proceso constituyente que al tiempo esté en las calles solventando problemas. Que esté, al tiempo, orando y con el mazo dando.

Manuel Reyes Mate

REYES MATE es uno de los filósofos más destacados de este país. Impulsor de la creación del Instituto de Filosofía del CSIC y director del mismo hasta 1998, desplegó desde él una línea de investigación en filosofía completamente original y nueva en nuestro país: “Filosofía después del Holocausto”. Ella da idea de su también original posicionamiento ideológico “a contrapelo de la historia”, como pedía Walter Benjamin. Lo que se refleja en la lectura que hace en esta entrevista de la religión, de la política y de la soberanía, tema de este número de nuestra revista ÉXODO. Es –nos diría con Semprún– “deber de memoria”. Nada extraño que recibiera en 2009 el Premio Nacional de Ensayo por su libro La herencia del olvido.

Hemos querido dedicar este número de nuestra revista ÉXODO al tema de la soberanía porque en ella se manifiesta mucho de lo que le está pasando a este país y de los valores que en ello están en juego. La soberanía, ¿está de actualidad o está en crisis? ¿O está de actualidad porque está en crisis?

El concepto de soberanía es polisémico, pero la primera connotación es el soberanismo. La soberanía ocupa un lugar importante en la opinión pública, pero el debate, a mi modo de ver, está en torno al soberanismo. El término es muy sintomático porque hemos pasado en unos años de debatir el tema de la autonomía al soberanismo. Ha habido un desplazamiento nada ingenuo. Debatir sobre la autonomía es debatir sobre el derecho a decidir, mientras que el soberanismo es asumir ya el resultado, en definitiva, la independencia.

Hablemos, pues, del derecho a decidir en primer lugar…

A mi modo de ver, una cosa es lo que está ocurriendo en Cataluña y otra es el concepto como tal. Este es muy equívoco porque, en teoría democrática, el derecho a decidir es absoluto: no hay instancia superior a la voluntad del ciudadano. Pero filosóficamente es otra cosa, no creo que podamos decidir todo. La libertad tiene un límite, que es el sentido de la responsabilidad. Y, desde ella, no tenemos derecho a decir: decido la sociedad que quiero, si no incorporamos inmediatamente la responsabilidad adquirida. Nos encontramos en un mundo que es resultado de un proceso histórico que nos compromete con el pasado. Bartolomé de las Casas decía: los españoles del futuro tendrán que asumir la responsabilidad de este tiempo. A la hora de decidir, llevamos a la espalda una mochila: la responsabilidad. El derecho a decidir no es absoluto.

El filósofo judeoalemán Walter Benjamin hablaba del duelo y de la deuda, lo que significa que, a la hora de decidir, tenemos que asumir el sufrimiento heredado y la deuda que esto conlleva. En este sentido, el relato bíblico de la caída es genial. Dios crea el ser humano perfecto y libre, pero el primer gesto de este hombre perfecto y libre es una trasgresión. Y dice Pablo, por la trasgresión vino el sufrimiento y la muerte. Lo que se está diciendo es que este mundo es el resultado de nuestras acciones. Y esto conlleva una responsabilidad. Creo que necesitamos pensar todo esto, al menos desde dos ángulos, el de la responsabilidad y el del reto de construir una Europa desde el deber de memoria, es decir, como nuevo espacio político sin fronteras, donde sea posible la convivencia.

Vayamos ahora al soberanismo…

La deriva desde el derecho a decidir al soberanismo es un fenómeno muy español. En Europa sería impensable un debate sobre el soberanismo o la independencia en este momento. En España se ha producido en muy poco tiempo por razones muy espurias. Se puede hacer un itinerario que va desde la crisis que supuso el rechazo del Estatuto de Autonomía de Cataluña por parte del Tribunal Constitucional como primer paso; luego, el conflicto brutal que provocó el primer gobierno de Mas con la CUP y finalmente el intento fracasado de negociación con el gobierno español para mejorar la dotación económica de Cataluña. A partir de aquí, se dispara ya el soberanismo como alternativa única. Es decir, aparece el concepto político de Estado-Nación como solución a los problemas políticos.

Según esta evolución, la actualidad de la idea y de la reivindicación de la soberanía, ¿es, a tu parecer, síntoma del vigor y de la seriedad de la democracia o manifiesta más bien otra cosa?

En principio, esto supone un retroceso en Europa, porque, si algo plantea la Segunda Guerra Mundial es la necesidad de repensar la política más allá de los nacionalismos, más allá del Estado-Nación.

Esa evolución es resultado de varios factores. Un primer factor que la explicaría es la mala universalidad que supone la globalización. Mientras ha habido guerra fría, la globalización ha dejado desprotegidos a individuos y comunidades, sobre todo a las clases medias. Y eso produce la reacción: el efecto Trump, efecto populista que significa refugiarse en lo propio negando todo derecho al otro, al extranjero, al emigrante que viene a cuestionar nuestro bienestar. Esto no es síntoma del vigor de la política, de la democracia.

Pero Europa, además, no puede entrar en este juego sin caer en una grave responsabilidad histórica. El concepto de Estado-Nación es muy potente, políticamente hablando, pero es a la vez muy discutible. Encierra en sí, como advirtió Hegel, la guerra, y de hecho llevó a las dos Guerras Mundiales. Fue la conciencia de este peligro lo que puso en marcha el Proyecto de Unión Europea.

Me parece muy importante, por eso, traer a la memoria y leer a Jorge Semprún en estos momentos. En sus ensayos políticos “Pensar Europa” repite la idea de que Europa nace en los campos de exterminio porque ahí se hace experiencia del “mal absoluto”, que él entiende como experiencia totalitaria tanto del comunismo como del nazismo. Eso supone, según él, el deber de crear un nuevo espacio sin fronteras, evocando la “Europa como unidad espiritual” de que hablaba el filósofo Husserl. Y esto no se está teniendo en cuenta por parte de quienes propician el soberanismo político, pensando que es la solución a un problema político.

De hecho, parece innegable que soberanía y ciudadanía expresan tendencias más bien opuestas: nacionalismos, ciudadanía mundial, planetaria…

Desde luego, el deber de memoria implica ante todo repensar la política, repensar el concepto de Estado-Nación… Con el Estado-Nación se produce una secularización de la política: confiere al Estado el poder que antes tenía Dios… El soberanismo significa por eso un retroceso: si queremos superar la violencia y asumir la política como elemento constructivo de la historia, debemos repensar profundamente el Estado y la Nación.

Pero es que, además, significa una enorme ingenuidad política y una irresponsabilidad pensar que lo que ha creado los problemas (el Estado-Nación) va a ser ahora la solución.

La soberanía reside en el pueblo, en la ciudadanía, afirma la Constitución en su artículo 1. ¿No queda ello desmentido, al menos en buena parte, en la realidad? ¿Qué soberanía y qué sujetos políticos están aquí en juego?

Yo creo que tenemos una enorme ambigüedad en nuestra cultura política. ¿Qué queda en definitiva de la soberanía si resulta que aparece recortada por las propias instituciones? Se toca aquí un problema vital que tiene que ver con nuestra cultura política y, en definitiva, con los mismos Derechos Humanos.

La formulación de los Derechos Humanos es profundamente equívoca. Sigo aquí el análisis crítico que hace el filósofo italiano Giorgio Agamben: en la Declaración de 1789 el primer artículo dice: todos nacemos iguales y libres. Ahí tenemos la carta magna de la mentalidad moderna. El ser humano nace con el derecho a ser tratado como igual y a ser libre. Pero avanzamos y en el artículo 3 de la Declaración se afirma que serán los Estados los que reconozcan la igualdad y la libertad. Y aquí reside la terrible ambigüedad. En cualquier debate sobre la ley de emigrantes cualquier político puede decir: bueno, esos derechos humanos ¿los tomamos en consideración o no? Esta es nuestra propia contradicción. Negociamos con los derechos humanos. De una parte, los estamos presentando como la carta magna que debería organizar la convivencia mundial y, por otra, los sometemos a negociación como si se tratara de meras “recomendaciones morales”.

Para que fueran realmente derechos, tendría que haber una instancia mundial que sancionara su aplicación. Hannah Arendt, la conocida filósofa judía-alemana, cuando analizaba el destino de todas esas capas de emigrantes yendo de un lugar para otro –expulsados de Serbia porque eran croatas, de Croacia porque eran serbios, etc.–, decía ya hace años, adelantándose a nuestro tiempo, que mucho más importante que tener derechos es “tener papeles”. Porque vivimos en una sociedad donde lo importante es la ciudadanía que conceden los Estados. La ciudadanía está en estos momentos vinculada a la sangre y a la tierra, no a los derechos humanos. Tú eres ciudadano de un lugar donde has nacido y así te reconoce el Estado. De este reconocimiento, y no del mismo ser humano, nace la ciudadanía. Y el Estado reconoce ciudadanos a los que son de su tierra y de su sangre, como decía el jurista conservador Carl Schmitt.

Este es, a mi modo de ver, el problema de la soberanía. Estamos jugando todos a engañarnos. Tendríamos que reconocer que no existen derechos humanos, que existen, más bien, unas aspiraciones morales. Y el camino para que estas aspiraciones se conviertan en derechos no es que los Estados vayan progresivamente reconociéndolas, sino que deberían estar obligados a respetarlas, no a concederlas. Lo que, evidentemente, no se da.

Volviendo al Deber de Memoria, ¿piensas que la ciudadanía, la mayoría social, de aquí o de Europa, de América o de Cuba, pongamos por caso, tiene conciencia de ese deber y se lo toma en serio, o más bien busca su propio bienestar y no mira más allá?

Nadie se ha tomado en serio el Deber de Memoria, es verdad. Cuando decimos que la memoria es una herramienta para evitar que se repita la catástrofe, la gente se ríe. Yo siempre pongo el mismo ejemplo: cuando acaba la Segunda Guerra Mundial también los aliados estaban muy interesados en no reeditar la catástrofe. Pero ellos no recurrieron a la memoria, sino a unas armas mucho más contundentes, por ejemplo, el Plan Marshall. Y la idea de que, para acabar con el fascismo y con las tentaciones totalitarias, la mejor medicina era una sociedad del bienestar…

Sin embargo, para las víctimas era mucho más importante la memoria, ¿por qué? Porque ellos podían hacerse una reflexión que los demás no podían hacer. Como víctimas de una historia, habían vivido algo inexplicable que ocurrió. Y cuando ocurre lo impensable, lo ocurrido se convierte en lo que “da que pensar”. Y eso es la memoria. Esa gran lección de Auschwitz, del Holocausto, significa que hemos de repensar la política, la ética, la estética a partir de la experiencia del horror, a partir de la experiencia de la idea de que hemos construido la historia sobre víctimas y sufrimiento. Si queremos llegar a las raíces de todo lo que estamos hablando, de una nueva concepción de la política donde el individuo no esté sometido al Estado y sea el principio real de legitimación de las instituciones, tenemos que tomarnos muy en serio la experiencia que ha hecho Europa a principios del siglo XX. Este es el camino para que los derechos humanos puedan ser, en verdad, Derechos Humanos.

No obstante, parece también innegable que la política actual está cruzada por tendencias fuertemente opuestas: vaciamiento de la soberanía nacional y ciudadana en aras de la globalización o de la partitocracia, y a la vez emergencia de nuevos sujetos políticos, conscientes y decididamente críticos con el sistema y sus corrupciones… Nos preguntamos hasta dónde puede llegar ese vaciamiento de la soberanía. Y sobre todo, a qué nos comprometen, en cuanto ciudadanos, estas dos tendencias

Yo creo también que hay dos tendencias opuestas, pero no sé si no son, en el fondo, convergentes. Es decir, por un lado la despolitización de la política en el sentido de que las decisiones políticas no las toman ya los políticos, sino las instancias económicas que producen las grandes crisis y obligan a la política a ir siempre detrás de ellas. La crisis que estamos viviendo desde el 2008 es un ejemplo. Esta despolitización de la política debilita la soberanía de los Estados porque estos tienen que atenerse a las decisiones económicas que se toman fuera de ellos mismos. De ahí la necesidad de crear un espacio como la UE que sí podría constituirse en sujeto político.

Pero esta tendencia de la despolitización de la política va unida a otra contraria, que es la politización de todo. Todo es política. Esto responde, de alguna manera, a la idea de que la vieja política no representa ya a los miembros de la sociedad que sufre la crisis. Esta y otras crisis han tenido un enorme costo social y toda esa parte de la población, lo que el sociólogo Zygmunt Bauman llama “deshechos humanos”, ha quedado sin referentes políticos. De ahí la necesidad de que aparezcan nuevos actores políticos que los representen. Y este es su éxito. Se han presentado como expresión de la indignación. El problema es si van a ser capaces de dar una respuesta política a esta indignación.

Pero tal vez la pregunta más grave atañe a lo que decías hace un momento: ¿Sería exagerado decir que no es en el pueblo, sino en “el ídolo capital” con su lógica inflexible, donde hoy reside la soberanía? ¿No hunde ahí la raíz más profunda de la crisis de soberanía, del vacío o ausencia de soberanía ciudadana, pero también la raíz de la corrupción de la vida política y de los propios sujetos políticos? ¿Hay modo de romper esa lógica fatal?

La política, en efecto, ha sido devorada por el ídolo capital. El breve pero lúcido texto del gran filósofo también judeoalemán Walter Benjamin “El capitalismo como religión” me parece fundamental. Al final, el único valor es el capital. Es un ídolo al que todo el mundo rinde culto, una religión perversa porque es la única que en vez de “salvación” ofrece “condena”. La nueva religión está basada en el concepto de “Schuld”, que significa a la vez culpa y deuda. El nuevo capitalismo es un capitalismo de endeudamiento. Tú no puedes funcionar más que endeudándote. Es lo que está pasando con Grecia: la necesidad de recaudar nuevos fondos para financiar su deuda la hunde más y más. Ese proceso de endeudamiento es un proceso de condena. Por eso habla Benjamin de culpa. Cuando se habla de los países del Sur diciendo: “gastáis más de lo que tenéis”, se está diciendo: sois culpables, vuestro endeudamiento os condena.

Esta idea de capitalismo como religión que en vez de salvar condena, que es una cadena de la que no nos podemos liberar, ese es, ciertamente, el tema. La política se ha transformado, al final, en la religión del capitalismo.

Y la salida de esta situación –el romper su lógica, que decíais– es ahora más difícil porque quien lo promueve cuenta con todos los medios y sabe lo que quiere hacer. Los lugares y las formas de resistencia son menos y más difíciles.

Cuando preguntamos ¿qué soberanía? estamos preguntando ¿qué política? ¿Dónde queda hoy la utopía de la luminosa idea de A. Heller, asumida por la nueva “filosofía política después de la muerte de Dios”, por ejemplo, de los franceses Claude Lefort, Michel Gauchet, y otros, de la necesidad de “la silla vacía que espera al Mesías” esa “silla vacía de poder”, imprescindible para que pueda darse verdadera “soberanía”, verdadera democracia?

También gustaba decir Walter Benjamin que “cada instante es una puerta por la que puede entrar el Mesías”. Yo creo que esa idea tiene que ver mucho con la secularización. Nuestro tiempo es un derivado del proceso de secularización. La secularización supone, por un lado, liberarse de la tutela religiosa, pero, por otra, significa metabolizar o transformar los conceptos teológicos en conceptos políticos. Lo que se plantea Benjamin es que esos conceptos morales o políticos, que son derivados de ese proceso de secularización, se van desgastando, van perdiendo contenido a medida que pierden la relación con su origen religioso. La política no genera conceptos políticos, vive de prestado. De ahí la importancia de mantener “la silla vacía”, de no perder la vinculación con las tradiciones que los generaron.

¿Tiene que ver esa idea con el proyecto de “teología política” que tú has trabajado tanto, siguiendo al teólogo alemán Juan Bautista Metz y en oposición a la teología política autoritaria del citado jurista Carl Schmitt? ¿No está vuestro proyecto, lo mismo que el de la teología de la liberación, perdiendo fuerza y ganándola la teología política de la derecha radical? ¿O hay signos esperanzadores de soberanías liberadoras?

Importa mucho buscar un lugar que te permita ver, desde el que puedas juzgar la situación. Y yo creo que la teología política es un buen observatorio. Pero, efectivamente, no cualquier teología política.

Hay una teología política originaria del judaísmo y del cristianismo que es eminentemente apocalíptica. Y es verdad que parece que esta teología política ha perdido fuerza y se impone la teología política conservadora y autoritaria y también la teología política gnóstica. Y es muy importante distinguir la primera de estas dos últimas.

Lo que caracteriza a la teología política ligada al judaísmo y al cristianismo es la concepción limitada del tiempo. El tiempo es escaso, limitado, y por eso es tan importante. El tiempo es mesiánico, es decir, la felicidad tiene que ocurrir aquí y ahora. Y es escatológica en el sentido de que anticipa el final viviendo fraternalmente.

En cambio, la teología gnóstica es la teología del progreso: del siempre hay tiempo, los recursos son infinitos; lo importante no está en el presente sino en el momento siguiente. El presente solo es combustible para el siguiente. Lo que conlleva la depreciación del aquí y del ahora. Y el miedo se relega al final. El final es catastrófico, no hay que pensar nunca en él. Esta es, en definitiva, la ideología del progreso que es imparable (te tienes que someter a él) e inagotable (lo que lleva a la expoliación de la tierra).

Es importante conocer y reconocer que detrás de esta idea hay una opción: la humanidad ha optado por el progreso, que conlleva la bagatelización del sufrimiento y la renuncia a la felicidad de los individuos en aras de una felicidad futura… y ha relegado la primera opción, la de la teología política apocalíptica del judaísmo y cristianismo. Y ello tiene consecuencias negativas para la política, también para la idea de soberanía y por supuesto para la idea de vida y sociedad humanas. Sobre ellas están llamando la atención pensadores laicos, libres de toda sospecha, como Agamben, Cacciari o Habermas… Es una buena noticia a la que deberíamos prestar atención. Está en juego el futuro de la soberanía y de la política, porque lo está el futuro de la humanidad.

Soberanía ciudadana en las situaciones de crisis de régimen

Nos encontramos ante una crisis de régimen casi comparable a la que sufrió la República de Weimar. Afortunadamente, no parece que esta crisis haya llegado todavía a carcomer los cimientos del propio parlamentarismo y las instituciones republicanas en sí mismas. De momento, la desafección parece enfocarse más contra esas maquinarias burocráticas de poder que son los partidos (sus manejos, sus disciplinas y sus privilegios).

En cualquier caso, las situaciones de crisis de régimen implican siempre una cierta disolución de las “casillas” con las que organizamos las cosas. Las palabras pierden una parte de su poder performativo. La disolución de estos “paquetes” libera a sus elementos (que quedan flotantes), y se abre una  oportunidad para grandes transformaciones. Pero nada garantiza que esas transformaciones sean necesariamente a mejor.

Al menos desde el 15M, quedó claro que la variable “rechazo a los políticos” estaba fuertemente arraigada y era transversal a capas muy amplias de la sociedad. Quien ganara ese elemento para su construcción tenía muchas posibilidades de ganar la partida. La batalla decisiva se jugaba en el trabajo de “empaquetar” esa variable junto a otras: ese elemento flotante podía enlazarse en un mismo “paquete” con el “odio a los banqueros que nos roban”; la “desconfianza frente a las maquinarias mediáticas que nos manipulan” y el “rechazo a las élites económicas que nos explotan”; pero también podía ganarse para otra construcción distinta en la que quedaría emparentado con el “rencor a los inmigrantes que nos quitan el trabajo”, el “desprecio a los funcionarios y empleados públicos que consumen nuestros recursos” o incluso el “rechazo a las instituciones democráticas en general y al parlamentarismo”. Dependiendo de qué modo de enlazar triunfara, podíamos encontrarnos con salidas muy distintas a la situación de crisis en la que nos encontramos. Afortunadamente, el propio 15M (como movimiento popular y espontáneo que pedía más y mejor democracia) introdujo anticuerpos contra el fascismo y nos proporcionó el antídoto contra los modos de enlazar en los que basan su éxito partidos como el Front National, Alternativa por Alemania o Amanecer Dorado.

En  cualquier caso,  la tarea pendiente seguía siendo trasformar en poder político ese nuevo sentido común y esa mayoría social que se reconoció en el 15M. Todo el terreno político estaba repartido hasta entonces entre partidos de izquierdas y partidos de derecha. Esta organización conceptual estaba consolidada por una larga tradición, una historia de lucha con sus victorias y sus derrotas, muertos y mártires por el camino, episodios heroicos y episodios criminales, elementos simbólicos comunes, colores y canciones compartidas.

Una larga historia de desorientación, derrotas y traiciones, había ya producido cambios decisivos que, sin embargo, resultaban en gran medida invisibles por la falta de palabras adecuadas con las que nombrarlos. La palabra “casta” puede considerarse un acierto poético que vino a reorganizar el tablero por completo: su introducción administraba de un modo distinto el sistema de semejanzas y diferencias (relevantes e irrelevantes) con el que pensamos el mundo. Los elementos singulares de los bloques izquierda y derecha eran enormemente heterogéneos entre sí. La lucha por palabras mejores planteaba las siguientes cuestiones: ¿qué es objetivamente más relevante, que se financien con los mismos bancos y se jubilen en los mismos consejos de administración o que cierren sus Congresos con canciones distintas?; ¿qué es más relevante, que usen las mismas tarjetas black, hagan negocios con las mismas constructoras y regalen dinero a las mismas eléctricas o que utilicen colores distintos en su bandera? Los grandes poderes económicos repartían prebendas por igual a izquierda y derecha porque hacían negocios por igual con las burocracias de ambos partidos. Por otro lado ¿qué es más relevante, compartir ciertos símbolos y referencias o tener en común el miedo a perder el trabajo, la casa, a no poder pagar los estudios de los hijos o a que se tengan que ir al extranjero? A las mayorías sociales golpeadas por la crisis nadie les daba amnistías fiscales (por muy de derechas que se sintieran) y las eléctricas o los bancos no nos preguntaban por la filiación política antes de cortarnos la luz o robarnos los ahorros.

La palabra “casta” vino a hacer visibles cosas que hasta entonces no lo eran. Para mucha gente resultó evidente que el nombre que habían usado hasta entonces las cosas “no era el suyo”. Vino a hacer visible que un autónomo o un pequeño empresario (que se encuentra además con mil trabas de la administración para sacar su negocio adelante) se parece más a un funcionario o a un asalariado que a un banquero; que un consejero de Caja Madrid de Izquierda Unida se parece más a un consejero de Caja Madrid del Partido Popular que a un minero asturiano; que un jubilado del PP se parece más a un jubilado del PSOE que a Rodrigo Rato… etc.

Los ciudadanos europeos tenemos una fuerte deuda contraída -¿quién va a negarlo?- con la clasificación previa: cualquier jubilado que cobre una pensión, cualquier enfermo que sea atendido en los mejores hospitales con independencia de su nivel de renta, cualquier trabajador protegido por un convenio colectivo, cualquier persona humilde con acceso a la educación, cualquiera que esté orgulloso de sus derechos civiles y políticos, cualquier ciudadano con derecho a voto; cualquier mujer con derecho a decidir sobre su propio cuerpo, cualquiera que disfrute de un matrimonio civil, de vacaciones o de la separación entre la Iglesia y el Estado, tiene motivos para no olvidar la disputa histórica entre la izquierda y la derecha. Europa la debe a las tradiciones de izquierda la forja de un sentido común y la inserción en nuestro ADN de una dignidad que nos recuerda que no debemos humillarnos ante nadie por muy rico que sea o mucho poder que tenga; la sedimentación de un “instinto de clase” que puede permitir a un jornalero analfabeto saberse más digno que el cacique local y mirarle con desprecio. La mejor prueba de todo lo que le debemos a esta tradición es la velocidad a la que gran parte de las conquistas sociales se están desmantelando desde que, con la caída de la Unión Soviética, las élites económicas occidentales sintieron que desaparecía también el “enemigo interior” y se envalentonaron para recuperar el terreno perdido tras la derrota del fascismo en la II Guerra Mundial.

Sin embargo, los dirigentes de las organizaciones surgidas con estas luchas aceptaron la derrota sin dar la batalla y surgieron las terceras vías, la obsesión por la respetabilidad ante las élites, la vileza de aceptar los espacios de confort que se ofrecían dentro del sistema y el intento de emular las políticas que preconizaba el neoliberalismo triunfante impuesto de la mano de Thatcher y Reagan. No le faltaban buenos motivos a Margaret  Thatcher para decir que, de todo su legado, el fruto que más orgullo le producía era, precisamente, Toni Blair. La tradición socialista y comunista había impuesto, con la derrota del nazismo, un nuevo sentido común dentro del cual estaban obligados a moverse también las fuerzas conservadoras. Este triunfo cristalizó en el constitucionalismo rígido (unas constituciones que blindaban una cantidad importante de derechos, incluidos derechos sociales) del que hemos disfrutado los ciudadanos europeos durante las décadas de mayor prosperidad, bienestar y justicia social que ha conocido el Continente.

Pero las tornas empezaron a cambiar a finales de los años 70, y se fue imponiendo un nuevo sentido común neoliberal que, ante todo, produjo una transformación en la estructura de la distribución de la renta: los ricos iban obteniendo un porcentaje cada vez mayor de la renta nacional en detrimento de las clases medias y los sectores populares. No obstante, las clases medias lograron mantener durante bastante tiempo su poder adquisitivo (o, al menos, la ficción de su poder adquisitivo) por la vía del acceso fácil al crédito y el endeudamiento. Sin embargo, una vez operado este cambio radical en la estructura de distribución de la renta, la burbuja no podía durar para siempre, y hoy estamos pagando la factura de su estallido.

Precisamente por eso es ahora cuando se ha podido poner de manifiesto que las maquinarias burocráticas heredadas de aquellas luchas, aunque hubieran mantenido sus colores y sus símbolos, habían sido cooptadas por los poderosos; hemos sufrido en carne propia la burla de ofrecer a los jubilados hacerse banqueros; hemos constatado con terror quiénes eran realmente los dueños de nuestras casas; hemos comprobado atónitos que las burocracias de izquierda, tanto como las de derecha, aceptaban alegremente que las leyes de la “economía” dejaran a millones de personas sin casa en un país con millones de viviendas vacías (sin sospechar siquiera que ahí hubiera algo mal planteado); hemos tenido que pagar de nuestro bolsillo los excesos de casino y aceptar un cambio constitucional (operado en común por rojos y azules) para que no pueda ser de otro modo…

En esas condiciones, es tan imposible forjar una voluntad general como lo sería en una sociedad estamental en la que los privilegiados pudieran arrebatar al pueblo llano una parte de su riqueza imponiendo corveas, tallas y diezmos. Si un estamento tiene capacidad de apropiarse de una parte de la cosecha o puede imponer la obligación de trabajar gratuitamente en sus tierras varios días a la semana, no hay modo de que, por medio de la deliberación, se alcance ningún tipo de interés común ni voluntad unida de todos. Y a este respecto, no introduce una gran diferencia el hecho de que este sistema de expolio se realice por medios meramente económicos (o recurriendo a la corrupción), sin necesidad de una estructura jurídica que sancione formalmente tales privilegios.

Dada esta situación, es lógico que surgieran voces que exigían redibujar el tablero, recuperar la centralidad del eje “arriba / abajo” y combatir el espejismo que generaba el eje “azul / rojo”. La batalla principal se daba en la capacidad de organizar el campo de juego de un modo distinto. Para conseguirlo, el “lugar de los poetas” (el lugar donde “se ponen las palabras a las cosas”) se convirtió en el campo de batalla decisivo[1].

A este respecto, supuso una batalla decisiva la disputa por el contenido de algunas palabras clave como “libertad”, “corrupción” o “patria”.

Nos habíamos acostumbrado, por ejemplo, a dar por bueno un sentido demasiado estrecho de libertad. El liberalismo siempre ha tenido el mayor interés por reducir el concepto de libertad a la ausencia de coacciones (que nadie te ponga una pistola en la cabeza para obligarte a hacer algo). Sin embargo, como hemos visto, es evidente que cabe luchar por un sentido más amplio: existen también condiciones materiales, en positivo, para el ejercicio de la libertad. La libertad de movimiento, por ejemplo, no se puede separar de la posibilidad efectiva de desplazarte. Aunque nadie te amenace, si no puedes ni comprar un billete de metro, es obvio que tienes una libertad de movimientos reducida. O respecto a la libertad de expresión: es una trampa desconectar el derecho a expresar las propias opiniones del hecho de que sólo un puñado de corporaciones tengan los medios para hacerlo. Pero, además de esto, es imprescindible recuperar el sentido político y republicano de libertad: solo podemos hablar de individuos realmente libres cuando hablamos de ciudadanos, es decir, de individuos que no obedecen más leyes que aquellas de las que ellos mismos son soberanos además de súbditos. Un individuo es libre en un sentido muy determinado solo cuando ocupa la dignidad del legislador, es decir, la posición de quien elabora las leyes a las que va a rendir obediencia. Ese concepto de libertad es, precisamente, el que forja la idea de Ciudadano. Y, por supuesto, alguien no puede ocupar la dignidad del legislador si vive con miedo: con miedo a perder el empleo, con miedo a que sus hijos se vayan al extranjero, con miedo a no poder poner la calefacción o con miedo a ser desahuciado de su propia casa.

También estaba en disputa el sentido de la palabra “corrupción”. La “corrupción” es algo que nadie puede defender (al menos en voz alta). Ahora bien, con esta palabra es posible nombrar cosas muy distintas. Es posible quedar atrapado en un sentido estrecho que llame “corrupción” tan solo al hecho de meter la mano en la caja. Sin embargo, puede llegar a resultar evidente (y es necesario trabajar para conseguirlo)  que hay todo un conjunto de elementos estructurales que, sin violar ninguna ley, sin embargo, son sin duda corrupción: regalar miles de millones de fondos públicos a empresas eléctricas a cambio de que te ofrezcan sillones en sus consejos de administración es legal, pero es corrupción. Trocear la sanidad pública para repartirla entre unos cuantos amigotes puede ser legal, pero es corrupción. Entregar el parque de viviendas públicas a fondos buitres es legal, pero es corrupción. Construir aeropuertos sin aviones o autopistas que no van a ningún sitio con el único objetivo de enriquecer a unas cuantas constructoras es legal, pero es corrupción. Es más, hay algunas cuestiones que no sólo son legales sino que son la ley misma pero que, sin embargo, son corrupción. Por ejemplo, una ley de financiación de partidos que permite a los bancos prestarles dinero y perdonárselo cuando quieran (algo que ha permitido siempre a los bancos tener a la mano el “botón” de liquidar cualquier partido con solo ejecutar la deuda contraída con ellos) es la ley misma, pero es corrupción.

Es evidente que las mayorías sociales siempre quieren acabar con la corrupción. Ahora bien, se persiguen objetivos distintos (y en ese sentido se tienen mayorías sociales distintas, voluntades generales distintas e incluso pueblos distintos) dependiendo de qué se termine imponiendo como el  verdadero sentido de la palabra “corrupción”.

Lo mismo hay que decir respecto a la noción de “patria”, otro de los troyanos que Podemos ha sabido introducir en el tablero político. Qué pueblo somos y qué queremos es una batalla que se libra en el lugar de los poetas. Resulta más fácil verlo cuando se trata de la construcción de la idea misma de “patria”.

Es evidente que los humanos (seres racionales pero finitos) no nos limitamos a ser “razón pura”, y eso tiene consecuencias: no podemos (ni debemos) dejar de sentirnos orgullosos de nosotros mismos, de nuestras cosas y de los nuestros, por el hecho, en gran medida arbitrario (y bastante irracional), de que son “los nuestros”. Ahora bien, eso de la “patria” es algo que se puede rellenar con los contenidos más diversos. Para el caso de España, por ejemplo, es posible rellenarlo de un modo que te haga sentir orgulloso de ser machista, de maltratar animales, de ser grosero, homófobo, intransigente, granuja y defraudador. Pero es igualmente posible construir un concepto de “patria”, y con él un pueblo, que nos haga sentirnos orgullosos se tener uno de los mejores sistemas de sanidad pública del mundo (y vivir como una traición a la patria cualquier intento de desmantelarlo), orgullosos del ejemplo de dignidad y resistencia que el 15M dio al mundo, de ser un país plurinacional y diverso, de ser uno de los países menos homófobos del mundo o de ser un país valiente y fraterno en el que cuando los bancos nos echan a cualquiera de nosotros de nuestras casas, nuestros vecinos se organizan en una Plataforma de Afectados por la Hipoteca para defendernos.

Siempre es posible ser un pueblo mejor. Pero la convicción de que tiene sentido objetivo la diferencia entre “mejor” y “peor” o “progreso” y “retroceso” no es suficiente para librarnos del problema del juicio ni, por lo tanto, de la libre creación y la política. Hay preguntas que no pueden aspirar a una respuesta concluyente, pero no por ello deben renunciar a la objetividad ni a reclamar asentimiento universal:

¿Qué debemos hacer?, ¿qué podemos hacer con las fuerzas que tenemos?, ¿cómo hacerlo?, ¿para qué?, ¿qué merece ser transformado?, ¿qué merece ser conservado?, ¿qué exige ser suprimido?, ¿qué debe ser aplazado?; ¿hay que poner igualmente patas arriba lo económico, lo político y lo antropológico o, como defiende Santiago Alba, conviene más bien ser revolucionario en lo económico, reformista en lo político y conservador en lo antropológico? Pero ¿en lo antropológico hay que conservarlo todo y en lo económico cambiarlo todo?,¿qué sí y qué no? No hay ningún sitio desde el que deducir con certeza reglas tan minuciosas que nos ahorraran el problema del juicio. Las reglas hay que crearlas (creando normas más justas, formas más bellas, palabras más verdaderas) y esa tarea se encuentra con las dificultades con las que se encuentra toda creación. Sin embargo, cabe esperar que, en determinadas condiciones y mediante el ejercicio público del juicio, un pueblo vaya creando palabras realmente más verdaderas, normas verdaderamente más justas y formas objetivamente más bellas, es decir, cabe esperar que un pueblo se pueda ir inventando y mejorando a sí mismo.

En este terreno, el 15M supuso un punto de inflexión: la repolitización de la sociedad que no podía quedar sin efectos. Ese estallido logró que, por primera vez en mucho tiempo, un pueblo entero se sintiera concernido por los asuntos públicos. Todo el mundo discutía por la calle, incluso con desconocidos, sobre la situación general del país. Los asuntos comunes pasaron a ser considerados por cada uno como propios. Quedó claro que, si política no la hacemos todos, la hacen unos pocos a su favor (y en contra de la mayoría). De nuevo logramos vislumbrar todos en nuestro interior la dignidad del legislador. Recuperamos el orgullo ciudadano de quien se sabe libre sólo en la medida en que haya dado consentimiento a las leyes de las que es súbdito. Pudo parecer que todo se disolvía sin dejar rastro, y eso tranquilizó a una clase política que, tan arrogante como imprudente, consideró que nada había pasado.

Sin embargo, una vez saboreada de nuevo la dignidad ciudadana, era cuestión de tiempo que la gente buscase el modo de transformar ese anhelo social en poder político. En los últimos años ha irrumpido una nueva oleada de repolitización del país: durante un tiempo, se volvió a hablar de política en los bares y en las comidas familiares. Todo el mundo se volvió a sentir concernido por los asuntos públicos y, como bien sabía Alexis de Tocqueville, ese es el peor escenario imaginable para los tiranos.

Y, ciertamente, si hay algo que puede hacer temblar a los tiranos son los discursos con pretensión de validez universal. Y esa es la tarea que tenemos por delante hoy: construir un discurso que no se dirija sólo a los pobres y los desarrapados apelando a sus intereses particulares (o a la empatía de los ricos). Acabar con las injusticias que estamos sufriendo nos concierne a todos. Y los más golpeados por ellas tienen derecho a defender que quieren que las cosas cambien porque son injustas y no sólo porque les perjudican a ellos en particular. Hay principios que son por sí mismos una exigencia de la razón: la libertad de todos los hombres y mujeres para perseguir su propia “felicidad por el camino que mejor les parezca”; la igualdad de todos los miembros de la sociedad en tanto regidos por normas comunes; la libertad en sentido ciudadano que, lejos de encerrarnos sin más en nuestros negocios privados, nos permite al menos vislumbrar en nosotros la dignidad del legislador; la grandeza del soberano a la que nos da acceso ese “no sé qué de divino” que reside en cada uno de nosotros (y que no teme enfrentarse a “poderes salvajes” por muy poderosos que sean); las condiciones materiales con alcance universal para el ejercicio de esa libertad (si un sólo conciudadano ve anegado ese “no sé qué de divino” por un desahucio, un despido, una educación insuficiente o una enfermedad curable, perdemos todos en cierto modo nuestra condición de ciudadanos); la fraternidad que nos permita construir una verdadera voluntad general como pueblo y, por lo tanto, fundar un verdadero estado civil…etc. La validez de estos principios no depende de su coincidencia con los intereses de los pobres. Son una exigencia que interpela de un modo insobornable a cualquier ser racional. Y quienes lo han perdido todo (y, por lo tanto, pueden estar dispuestos a defenderlos con mayor entrega y determinación) tienen derecho a no defenderlos en nombre de sus intereses privados sino en nombre de la verdad, la justicia y la belleza.

[1]    Esta cuestión es tratada con detalle (y con el apoyo de Platón, Kant, Shiller y Nietzsche) en el libro de Luis Alegre que, próximamente, publicará la editorial Akal con el título El lugar de los poetas. Un ensayo sobre estética y política.

¿Quién dijo soberanía?

Al hilo de los últimos avatares de la política mundial —con la sorprendente victoria de Trump y el florecimiento de los partidos xenófobos y ultraconservadores—, y, particularmente, de la anómala situación de la política en España y de sus dificultades para conformar una mayoría de gobierno, nos hemos planteado en este número de Éxodo abordar el fenómeno, siempre escurridizo, de la soberanía: ¿Quién dijo soberanía?

No es éste un tema nuevo en la revista. Ya en el nº 119 de junio del 2013 nos preguntábamos, desde el fragor de una crisis global que ponía en cuestión nuestro modelo de sociedad, si “el pueblo era realmente soberano”. Ahora, a tres años de distancia, y más desgastado por los recortes sociales y la mordaza impuesta a las libertades ciudadanas, volvemos sobre el tema, planteando nuevas preguntas del tenor de las siguientes: [Read more…]

¿Quién dijo soberanía?


escanear00011 (1)Editorial: 
¿Quién dijo soberanía?

Punto de Mira: Soberanía ciudadana en las situaciones de crisis de régimen, CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA y LUIS ALEGRE ZAHONERO

Entrevista a MANUEL REYES MATE, JUANJO SÁNCHEZ y EVARISTO VILLAR

A fondo: Soberanía, poder y populismo: relámpagos en la noche, grietas en las paredes, JUAN CARLOS MONEDERO; Hacia una democracia participativa desde una soberanía desmitificada, JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS; Mayorías, minorías y derecho a decidir, JOSÉ LUIS VIEITES; Los mitos económicos que impiden a los gobiernos gobernar, JUAN TORRES LÓPEZ; Soberanía y autonomía, VICTORIA CAMPS

En la brecha: Soberanía alimentaria como concepto político, JOSÉ RAMÓN GONZÁLEZ PARADA¿Dónde queda la soberanía ciudadana?, FERNANDO FLORES GIMÉNEZ; Empleo cooperativo como oportunidad, FERNANDO SABÍN

Actialidad libros: Los gobiernos españoles contra las libertades, EVARISTO VILLAR; Creencia en Dios, soberanía humana, JUANJO SÁNCHEZ

Acantilados, muros y cumbres. La Europa necesaria

Recrear un proyecto colectivo desde la realidad histórica, sin ensoñaciones ni pragmatismos, lleva consigo establecer un “horizonte de expectativas” que abra posibilidades inéditas sin crear expectativas ficticias; requiere, asimismo, una “energía utópica” que active alternativas en el presente y acredite lo deseado; y no pueden faltar “frenos de emergencia” que se disparen en contacto con la inhumanidad. Los tres dispositivos –horizontes, energías y contenciones– se incubarán en las propias capacidades de los pueblos, con sus anhelos e inercias, contradicciones y atrasos. Amin Maalouf en su libro “El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan” (2009) identificó las tentaciones, que vive la marcha de la historia, a través de la imagen del alpinista que pierde pie al escalar un acantilado. Unos consideran inevitable la caída al precipicio, otros se agarran inmóviles a la pared y hay quienes se conforman con lo alcanzado. Europa ha sido erosionada por las crisis financieras, económicas, políticas y culturales y se ha abierto una brecha, difícil de saldar, entre el proyecto europeo y su realidad, entre los propósitos fundacionales y sus resultados actuales. Su trayectoria, tan prometedora, se ha estancado y necesita recrearse de nuevo ya que Europa es más que la Unión europea

Europa será siempre un proyecto abierto e inacabado y al arraigar en las actuales condiciones sociales, evitará la decepción colectiva de quienes no viven lo que humana, social y políticamente se puede hacer. ¿Es posible recrear los dinamismos europeos en el actual contexto mundial? La Unión, posible y necesaria conoce lentitudes, insolidaridades y egoísmos manifiestos, pero, según la premonición de gran poeta europeo Hölderlin “donde está el peligro, allí está la salvación”.

Acantilados

Muchos europeos sufren la tentación del alpinista que se deja vencer por el precipicio. Hombres y mujeres, grupos sociales y estados nacionales, ante la erosión del proyecto fundacional, saltan al vacío y arrastran en la caída a la cordada entera; hoy representan un gigantesco depósito de energía destructiva. Sienten traicionadas sus expectativas y excluidos de sus beneficios. La expresión más lúcida de esta realidad se expresó en una de las pancartas que presidían las revueltas de las periferias de Paris “A nuestros padres humillasteis y a nosotros cerrasteis las puertas”. Ese grito ofrece los mimbres de la recreación europea, que no podrá basarse en la humillación ni en el descarte. La Unión o será una sociedad decente e inclusiva o no será Europa.

Un segundo precipicio acontece en la eclosión de las soberanías como territorios desgajados del resto. Hay una Unión Europea diseñada por los países ricos para mantener su prosperidad y ganar en competencia frente a otras áreas geográficas de influencia. Una Europa que se sustente exclusivamente sobre el interés y el beneficio se precipitará en el acantilado. El Brexit es solo una señal que arrastrará en su caída a algunos países y grupos que levantan la bandera de los intereses particulares y lealtades nacionales. A esta deriva no se le vence desde el centralismo ni desde la negación de las diversidades culturales e históricas sino, como propone Jeremy Rifkin en “El sueño europeo” (2004), “desde la recreación de unos vínculos comunes sociales, filosóficos, culturales y teológicos, capaces de unir a los pueblos. La creación de un espacio trasnacional y una forma de gobierno en red necesita de una conciencia global compartida”.

Y, en tercer lugar, la Unión se asoma al precipicio cuando convierte la mercantilización en su meta y criterio y pospone la solidaridad real entre los pueblos. Desde sus orígenes, la Unión ha tenido dos almas: el mercado común y la amistad cívica, que no siempre caminan en el mismo raíl. Son distintos los tiempos que necesita la construcción de un Mercado Único, sin fronteras ni distancias, y los tiempos largos que trasforman valores, estilos, y lealtades que fueron amasados en una historia de guerras militares, confrontaciones de intereses, desencuentros culturales y conflictos nacionales. La prueba mayor de esta deriva es la insolidaridad ante los refugiados, que muestra el tamaño del egoísmo de los países ricos ante quienes llaman a sus puertas, siguiendo unas veces la ruta del capital y otras huyendo del terror. El horizonte y la energía europea se recrearán como espacio de hospitalidad, acogida y vínculos solidarios

Michel de Certeau, el llamado caminante herido, solía decir que “más allá del acantilado, solo está el mar” pero hoy sabemos que ese mar es tanto la cuna de la dignidad y de los derechos humanos, como el cementerio de vidas desahuciadas de quienes, venidos de otra parte, buscan pan, techo, trabajo y paz.

Muros

Asimismo, la Unión vive una situación similar al alpinista que al perder pie en lo que parapetarse, buscar refugio, ponerse a cubierta, esperar que pase el peligro. El principal refugio que se busca es el regreso de las fronteras que anteponen la seguridad a cualquier otro valor y dificultan la movilidad de personas. Se espera que los muros defiendan a Europa de aquellos peligros que se cree que vienen de fuera. Y, de este modo, la Unión está atrapada entre la vieja política de los territorios acotados y la nueva economía de los espacios globales. Se niega de este modo el hecho constitutivo de Europa que se ha construido durante miles de años en oleadas de inmigrantes: llegaron los romanos, los fenicios y los celtas y se quedaron, llegaron los árabes y se quedaron: para todos hubo tierras y acomodo. No hay ninguna razón para pensar que en la Unión, los recién llegados no encuentren acomodo, aunque ya no busquen tierra, sino trabajo y bienestar. A futuro, la Europa necesaria y posible no podrá construirse sobre espacios amurallados; aunque solo sea porque, como ha mostrado el historiador Josep Fontana en “Europa ante el espejo”, “una de las pocas lecciones de la historia que parecen tener validez universal es que ninguna muralla protege permanentemente a una colectividad de invasores que la amenazan, si no consigue establecer alguna forma de pacto con ellos”. En la actualidad, empieza a abrirse la convicción de que ninguna frontera defiende de los nuevos riesgos globales, y que el viento de la historia seguirá soplando cada vez más fuerte y veloz contra los territorios auto-suficientes. Sólo una Europa inclusiva y solidaria será segura. Cuando la seguridad y la inclusión se divorcian se inicia una deriva hacia el fortalecimiento de los fronteras y hacia políticas erráticas de extranjería.

Los muros que pretenden defender a la Unión serán por el contrario sus fosas. Si no vienen inmigrantes, Europa morirá por envejecimiento –uno de cada cinco europeos tiene más de 60 años–, y dejará de apostar por un mundo globalizado, ni siquiera podrá mantener los niveles de vida a los que se han acostumbrado sus ciudadanos; pero si vienen ocupan jardines, sobrecargan los presupuestos del bienestar y confrontan el sentido de la propia identidad. Ser aceptado en las fábricas y ser rechazados en las discotecas y en los hospitales no puede marcar el futuro europeo; en este caso, solidaridad e interés se hermanan mutuamente.

Un muro denso se ha construido con las políticas de austeridad, que han situado a Europa entre la espada y la pared; los recortes sociales han erosionado los derechos humanos y llevan camino de convertir a la Unión en un club de privilegiados, más preocupada por la defensa de los fuertes que por el fortalecimiento de los débiles, más por los resultados bancarios que por el rescate de personas y familias. La ruptura del consenso socialdemócrata, que estuvo en los orígenes de la Unión, y el alineamiento con la visión neoliberal ensombrece hoy el futuro de Europa. Ante este panorama cabe recordar la advertencia del papa Francisco: “ante los males y los problemas… es inútil buscar soluciones en conservadurismos y fundamentalismos, en la restauración de conductas y formas superadas que ni siquiera culturalmente tienen capacidad de ser significativas”.

Cumbres

Una parte de la Unión sufre el mal de altura que consiste en creer que ya se ha llegado al lugar donde se podía llegar y en consecuencia no es deseable aspirar a algo distinto de lo conseguido ni justifica iniciar una etapa nueva y distinta. Países que al entrar en el club pretenden cerrar la puerta a quienes vienen detrás. Aplican a los otros lo que nunca quisieron que se hiciera con ellos.

Una forma perversa de la cumbre ha llevado a la Unión a creerse el ombligo del mundo. El eurocentrismo ha distribuido patentes de civilización, y se ha propuesto como la vía única e irreversible de entender la democracia, el desarrollo, la racionalidad, o la forma de vida. Es cierto que el recorrido ha llegado a conseguir beneficios indiscutibles como el cese de las guerras entre Estados y religiones; ha alcanzado altas cuotas de bienestar, salud y educación: ha promovido una clase media que ha sido un importante amortiguador de conflictos y violencias. Incluso ha sido un lugar privilegiado de los derechos humanos, civiles, políticos y sociales. Sin embargo, la cima alcanzada no es una estación-término, sino que es ahora cuando se pueden acometer los verdaderos combates de nuestro siglo: vencer las enfermedades, frenar el envejecimiento, retroceder la muerte natural, liberar de la pobreza y de la ignorancia, crear espiritualidades, respetar el planeta Tierra… Según Maaluof “tales son las únicas conquistas que deberían movilizar las energías de nuestros hijos y descendientes”.

Es ahora cuando la Unión europea está en condiciones de constituirse como una sociedad inclusiva que viva la diversidad como riqueza ya que los recién llegados, en su mayoría, traen consigo su cultura, sus tradiciones, sus lenguas, sus dioses, sus folclores. Llegan con sus apegos y lealtades y están dispuestos a mantenerles; a diferencia de otros modelos, en el que los recién llegados se asimilan rápidamente a la cultura dominante e intentan acomodarse al estilo de vida mayoritario haciendo lo posible por despojarse de su pasado; empezar de nuevo era parte inseparable del sueño americano. La dinámica de la globalización, a causa de la comunicación y los trasportes, permite vivir simultáneamente en mundos diferentes, y mantener frecuentes contactos a través de Internet, telefonía o viajes a bajo coste. Hoy la televisión permite que un africano inmigrante en Europa pueda ver la programación de su país durante todo el día.

La Unión a futuro será un laboratorio de la interculturalidad entre el centenar de nacionalidades que hablan más de ochenta lenguas diferentes. Los intentos de asimilación monolítica e intolerante de esta diversidad no marcan el futuro de la Unión ya que Europa será una realidad multicultural, cosmopolita y plural; y no podrá construirse sobre el desprecio a lo diferente, sobre racismos o xenofobias ni sobre la violencia a las diásporas culturales. Europa no puede sostenerse sobre chivos expiatorios ni sobre víctimas propiciatorias, que tradicionalmente han cohesionado a los Estados-nacionales y sólo sirvieron para crear pirámides de sacrificios, ciudadanos subalternos y grupos a la defensiva. Las distintas culturas y religiones forman parte de Europa y los últimos llegados son ciudadanos europeos dueños de su propia historia; nadie puede vivir permanentemente a la defensiva ni sentirse constantemente amenazado, si eso sucediera se convertirían en la principal amenaza al proyecto europeo.

Por su propia naturaleza, Europa no ha llegado a la cumbre sino que en sus genes está ser una realidad en construcción. No se es Europa sino que se espera serlo. Le pertenece la “historización” de la razón que nunca puede absolutizarse en una sola de sus manifestaciones sino que se realizará como un lugar polifónico de las racionalidades. Es el lugar de la pluralización de los caminos del desarrollo, sólo el eurocentrismo ha podido convertir el camino de la Unión hacia el bienestar como camino a recorrer por todos los pueblos. Cada vez que el sueño europeo se detenga o considere que ha alcanzado la cumbre posible, entrará en caída libre. Los intentos actuales por convertir el Tratado de libre comercio con EEUU de América o la construcción de un área comercial frente a los países emergentes en el techo de Europa marca el tamaño de la deriva de una realidad abierta e imperfecta. La cima es imposible en un proyecto que se ha incubado sobre la voluntad de universalidad. La Unión sólo será Europa si es capaz de reclamar la puesta en marcha, a escala planetaria, de un nuevo contrato social basado en los derechos humanos, en la generalización de la salud y de la educación, en la universalización del bienestar, en la lucha por los objetivos del Milenio. Las esferas de justicia y de solidaridad, que crearon a Europa, se han de extender a toda la humanidad. Esta universalización no vendrá traída por populismos ni será un país de Jauja, cuyas expectativas quedarían de inmediato satisfechas sin demoras ni distancias, como en algún tiempo se creyó que entrar en la Unión ponía al alcance de la mano el bienestar, la democracia, la prosperidad, el crecimiento, la paz entre las naciones. Hoy la universalización será un proceso que anide en la realidad histórica, se incube en las mayorías populares y se sostenga en la conciencia cívica colectiva.

El sueño europeo era un proyecto fundado en criterios igualitarios y universalistas que pleiteaba con las visiones particularistas. La acogida del extranjero, inmigrante o refugiado era la prueba de la universalidad, de quien se esperaba que completara nuestra visión de las cosas y enriqueciera, social y culturalmente, el patrimonio europeo; cuando el extranjero sólo importa porque trae beneficios económicos y laborales, se tambalean los cimientos de la Europa unida. La responsabilidad por la violación de los derechos humanos no acaba en los confines de la Unión, sino que su universalización constituye la misión esencial de Europa; y si no lo hace, como han denunciado los movimientos sociales, organizaciones solidarias e iglesias, “la Unión europea está abriendo un nuevo capítulo oscuro de su historia” Todos ellos, han levantado conjuntamente sus voces para que se abandonen las estrategias represivas y no se destinen los fondos para la lucha contra el hambre y la pobreza a la contención de inmigrantes. Se trata en palabras del papa Francisco de convertir Europa en “la madre de la dignidad”

La Conferencia de las Iglesias europeas quiere servir al proceso de reinventar Europa desde la modestia de quienes son “conscientes del papel ambiguo que la religión ha jugado en Europa a lo largo de los últimos 2000 años: cruzadas, guerras de y entre religiones, inquisiciones, estructuras patriarcales, persecuciones de brujas, colonizaciones, trata de esclavos, racismo y fascismos”. Y desde este reconocimiento, considera los actuales desafíos como un momento de verdad para el futuro de una Europa “caracterizada y fundada sobre identidades múltiples…, más interesada en construir puentes que en fortalecer murallas; no podrá sobrevivir como un faro de esperanza si la ley del mercado es la única guía, necesitará grandes dosis de reconciliación, de perdón, solidaridad y reconocimiento de la dignidad de todos”

La economía política de la “integración europea”, contra la democracia

“No puede haber elección democrática contra los tratados de la UE”, Jean-Claude Juncker, Le Figaro, 11 de febrero de 2015

Que la UE se encuentra en una crisis profunda es un diagnóstico que ya nadie discute, ni siquiera sus principales portavoces, a la vista de la deslegitimación social que está soportando por sus políticas austeritarias, del ascenso de los nacionalismos de Estado xenófobos y la crisis del derecho de asilo y refugio, o del posible “efecto contagio” del Brexit. Discursos y declaraciones como las que en este mes de septiembre han hecho el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, reconociendo que la UE conoce una “crisis existencial”, o el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schultz, según el cual “si continuamos así, destruiremos la UE”, vienen a corroborarlo. La Cumbre de Bratislava ha venido a confirmar la atmósfera de incertidumbre que también reina entre los ya 27 Estados miembros, tan solo unidos en torno a la construcción de una “Europa Fortaleza”, con más muros y vallas.

No me corresponde entrar en el análisis de todos los factores que han podido conducir a esta crisis, pero es evidente que el denominado eufemísticamente “déficit democrático” que caracteriza a la UE ha contribuido a la agravación de la misma y es inseparable de la economía política que ha caracterizado la puesta en pie del “proyecto europeo” desde el principio. Recordemos que la “integración europea” no se inició mediante un proceso constituyente protagonizado por el conjunto de los demoi de los Estados fundadores, sino que fue más bien fruto de un acuerdo por arriba entre las elites políticas y económicas de los grandes Estados. Ocurrió así porque el objetivo común, promovido principalmente por los gobiernos de la República Federal de Alemania y Francia, pero hegemonizado por el “ordoliberalismo” germánico, era muy claro: ir sentando las bases de un nuevo bloque económico y comercial mediante una economía política que fuera modificando la relación de fuerzas favorable a la clase trabajadora que se había establecido en países como Francia e Italia tras la derrota del nazismo y del fascismo.

De sus orígenes elitistas…

En efecto, la historia de la “integración europea”, a partir de la creación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA) en 1951 y, sobre todo, desde el Tratado de Roma de 1957, ha sido en realidad la del proceso de construcción de un espacio-mercado común y luego único al servicio de las élites dominantes en los Estados firmantes de esos acuerdos, siempre en alianza con la gran potencia estadounidense sobre la base de una firme alianza militar en el marco de la OTAN, creada en 1949. En aquel Tratado se apostaba ya por la “libre circulación de mercancías, trabajadores, servicios y capitales” y por eliminar todo tipo de restricciones al comercio y a los intercambios internacionales; simultáneamente, se rechazaba cualquier petición de inclusión de políticas que apostaran por la armonización social entre los países miembros, cuestión que ya fue denunciada entonces por algunos políticos socialistas franceses. Ese proyecto pretendía en realidad ir contrarrestando mediante la progresiva puesta en pie de un “federalismo ejecutivo y posdemocrático”, en palabras que luego emplearía Jürgen Habermas, las tendencias a un “constitucionalismo social” que se iban extendiendo en el plano nacional-estatal.

Por eso mismo, como recuerda Jan Werner Müller, “el aislamiento con respecto a las presiones populares y, de manera más amplia, una profunda desconfianza de la soberanía popular, subyacen no solo tras los comienzos de la integración europea, sino en general tras la reconstrucción política de Europa occidental después de 1945. Lo que Lindseth ha denominado el “acuerdo constitucional de postguerra” consistía realmente en distanciar los sistemas de gobierno europeos de los ideales de la soberanía parlamentaria y en delegar poder en órganos no electos, tales como los tribunales constitucionales, o en el Estado administrativo como tal” (Müller, 2012: 33-34).

Con la entrada en una nueva fase económica iniciada con la crisis monetaria y energética de los años 71-73, las élites promotoras de la “integración europea” (ampliada en 1973 con Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca) dieron nuevos pasos en ese camino, estimuladas además por el famoso informe de la Comisión Trilateral que pronosticaba una “crisis de gobernabilidad” frente a la “sobrecarga de demandas” que había generado el ciclo abierto con Mayo del 68. Esto se pudo comprobar con el frenazo a las veleidades reformistas del gobierno de la “unión de la izquierda” en Francia tras su victoria en 1981 y su intento de aplicar un “keynesianismo de izquierdas”.

Este punto de inflexión en la socialdemocracia europea coincidía ya con la ola abiertamente neoliberal y militarista de Ronald Reagan en EEUU y Margaret Thatcher en Gran Bretaña y la ofensiva de los grandes grupos empresariales agrupados en “lobbies” como la ERT (Mesa Redonda Industrial), fundada en 1982. El Acta Única de 1986 y, luego, el Tratado de Maastricht de 1992 formalizarían nuevos acuerdos hacia una unión económica y monetaria en la que los Estados, sobre todo los dispuestos a incorporarse al euro a partir de 2001, fueran cediendo competencias en esas esferas a las instituciones comunitarias con el fin de dar vía libre al capital financiero transnacional y convertir la lucha contra la inflación en el objetivo prioritario mediante unos “criterios de convergencia” draconianos. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento, adoptado en diciembre de 1996, no haría más que dar continuidad a esas mismas exigencias monetaristas, si bien países como Alemania y Francia se permitirían vulnerarlas en sucesivas ocasiones.

Paralelamente, desde la concepción funcionalista dominante, según la cual a medida que se avanzara en la unificación de los mercados se produciría también una progresiva integración política, se fue potenciando la actividad de instituciones como la Comisión Europea y el Tribunal Europeo de Justicia, si bien subordinadas a los acuerdos que iban alcanzando los gobiernos. Dentro de esa orientación el órgano judicial europeo se mostró especialmente activo como árbitro de las diferencias que fueron surgiendo entre los distintos gobiernos y, sobre todo, como impulsor del principio de “primacía del derecho comunitario” por encima del derecho de los Estados miembros, principio que tendría una relevancia creciente a partir de los años 80 a medida que se fueron introduciendo las políticas neoliberales, en detrimento de los derechos sociales, dentro de lo que será la futura Unión.

Con todo, conviene insistir en que a lo largo de todo este proceso los actores protagonistas han sido los gobiernos de los principales Estados miembros, algo especialmente subrayado por Claus Offe cuando recuerda que “mientras que la capacidad está ya en las instituciones europeas, el mandato corresponde a los gobiernos nacionales” (Offe, 2000: 259). En el marco, eso sí, de la relación asimétrica entre todos ellos y con Alemania, sobre todo a partir de la entrada en vigor del euro, en primer plano. Empero, los propios ejecutivos estatales han preferido siempre “echar la culpa” a “Bruselas” como coartada cuando se ha tratado de dar “malas noticias” (o sea, recortes) a sus poblaciones respectivas o, en el caso alemán, recurrir a su propio Tribunal de Karlsruhe para marcar los límites a la Comisión Europea o al Banco Central Europeo.

…a la “gobernanza” oligárquica 

Con vistas a tratar de superar el “déficit democrático” la Comisión Europea se propuso aplicar también a la Unión, con su libro blanco publicado en julio de 2001, el concepto de “gobernanza”, en boga ya en las instituciones internacionales. En ese libro blanco “el concepto de gobernanza designa las normas, procesos y comportamientos que influyen en el ejercicio de los poderes a nivel europeo, especialmente desde el punto de vista de la apertura, la participación, la responsabilidad, la eficacia y la coherencia” y se propugna la colaboración con las organizaciones patronales y sindicales, así como con las organizaciones y asociaciones de la “sociedad civil”. Pero, en realidad, esta propuesta no fue más que una huida hacia delante y no hizo más que reforzar el papel de los grupos de presión ajenos a los mecanismos democráticos y a las instituciones representativas en el proceso de decisión del Consejo Europeo y de la Comisión Europea, mientras el Parlamento Europeo y los parlamentos estatales seguían relegados a una posición subalterna y de mera ratificación de lo acordado en aquéllas.

Pese al rechazo popular en países clave al nuevo rumbo, se fue forjando un “europeísmo” marcadamente neoliberal justamente en un período histórico en el que la caída del muro de Berlín y la crisis en la exYugoslavia certificaban la desaparición del “enemigo” exterior tradicional y la entrada en la “globalización feliz”. La ampliación de la UE al Este iría acompañada de una transición acelerada al capitalismo mediante una “terapia de choque” –paralela a su incorporación a la OTAN bajo la hegemonía estadounidense– cuyos frutos amargos para esos pueblos se están comprobando ahora.

Así, a medida que se iba vaciando el “modelo social europeo”, se debilitaba también el grado de legitimidad de la UE ante amplios sectores sociales que encontraban un desfase enorme entre la armonización de las políticas económicas, por un lado, y el creciente “dumping” social y fiscal entre los distintos países miembros, por otro.

Llegaría luego, con el inicio del siglo xxi y en medio de la entrada en vigor del euro y de la euforia financiera y especulativa, el proyecto de Tratado Constitucional para Europa. En efecto, como no bastaba una táctica diversificada y había que blindar la “economía competitiva de mercado”, las elites europeas acordaron dar un nuevo paso adelante mediante la constitucionalización a escala de la UE de todo lo que se había ido legislando y aplicando mediante la larguísima lista de directivas aprobadas que forman parte del “acervo comunitario”. Esto se reflejó con mayor claridad en la Tercera Parte de lo que acabaría siendo el frustrado Tratado Constitucional para Europa: no se trataba en este caso de una mera “adición”, como argumentaban los “euroentusiastas” social-liberales sino que en realidad en ella se contenía la verdadera “Constitución económica” que condicionaba lo que retóricamente podía haber de “presentable” en las otras Partes. La ceguera de las elites europeas (incluida la socialdemocracia europea) ante el cambio de percepción popular que se estaba produciendo respecto a la UE no les permitió prever que ese proyecto de Tratado pudiera ser rechazado en referéndum en países fundadores como Francia y Holanda en 2005 y por eso ni siquiera pensaron en un “Plan B”. Pero así ocurrió y tuvieron que modificar el calendario previsto aunque no sus intenciones, tercamente repetidas desde entonces por sus principales portavoces y reflejadas luego en un Tratado de Lisboa que no es sino un disfraz de la Constitución fallida y que, salvo en Irlanda, se logró imponer evitando un nuevo proceso de referendos.

Por eso, si bien se ha ido dando pasos adelante en la “integración europea”, principalmente en el plano agrícola, comercial, monetario y securitario, éstos se han dado al margen no solo de la soberanía popular sino incluso de los propios parlamentos estatales, sustituidos por acuerdos entre los ejecutivos de los Estados miembros. Las nuevas instituciones que han ido surgiendo han sido producto de esos pactos y la “independencia” que se les ha reconocido no ha sido más que la formalización de la delegación de competencias en aquéllas para alejarlas precisamente de la presión popular y de los propios parlamentarios. Se fue así tejiendo un híbrido institucional europeo, un “opni” (objeto político no identificado), que recibía alabanzas desde muy diferentes sectores de opinión y gobiernos de otros países como un proceso original y envidiable, pero que no por ello podía ocultar su carácter elitista, puesto especialmente de relieve en los momentos críticos.

Un estado de excepción financiero y austeritario

Eso es lo que ocurrió precisamente a partir del estallido de la crisis financiera a finales de 2007 y de su progresiva extensión a los países de la UE en los años siguientes. Fue entonces cuando para “salvar” al sistema financiero mediante una “socialización de pérdidas” a cargo de los Estados, se provocó una crisis de la deuda pública que sirvió de coartada para la puesta en marcha unas políticas austeritarias, especialmente en los países del Sur de la eurozona, las cuales condujeron a contrarreformas que han constitucionalizado un verdadero “estado de excepción financiera”. La modificación del artículo 135 de la Constitución española y el Pacto Fiscal firmado posteriormente por los Estados miembros de la eurozona no harían más que formalizar, huyendo de consulta alguna a las poblaciones afectadas, la demolición del “modelo social”.

En medio de ese proceso involutivo, resultado de una nueva vuelta de tuerca en la economía política “ordoliberal” de la UE, pudimos comprobar cómo en el caso griego instituciones como el Banco Central Europeo se erigieron en verdaderos representantes de los intereses de la oligarquía financiera transnacional frente al rechazo que a las políticas austeritarias expresó el pueblo de ese país en el referéndum de julio de 2015 (Ramírez, 2015).

Llegados a este punto, sería ingenuo confiar en un proceso de democratización de la UE. Si desde sus inicios ésta ya no era democrática, a partir de 2008 se caracteriza por un sistema de gobernanza abiertamente oligárquico, en el que solo cabe observar tensiones entrecruzadas entre los Estados miembros –con una polarización relativa entre “centro” y “periferias”, o sea, entre representantes de acreedores y deudores– y, a su vez, de cada uno de ellos con las instituciones supraestatales –con el protagonismo creciente del Banco Central Europeo como órgano de vigilancia presupuestaria sobre los gobiernos-, unos y otras bajo la influencia creciente de un capital financiero transnacionalizado. Tenemos ejemplos de estos intentos de salir del impasse actual en propuestas como el Informe de los 5 Presidentes, conocido como “Informe Juncker” (Albarracín, 2016), el cual aspiraría a otorgar mayores competencias a las instituciones supraestatales frente al peso considerado excesivo de los Estados miembros, mientras que desde Alemania se apuntaría en sentido contrario. En cualquier caso, el miedo a la democracia y el rechazo a la “otredad” (inmigrante “irregular”, refugiado/a, musulmán/a…) les une a todos ellos.

Frente a este sombrío panorama no se trata de renunciar a “otra Europa”, pero ésta tendrá que surgir de la reivindicación de los distintos demoi sin exclusiones que la forman de su soberanía, de su derecho a decidir frente al despotismo oligárquico institucionalizado. Porque “una Europa democrática no es la expresión de un demos abstracto: es una Europa en la cual abundan las luchas populares y obstaculizan la confiscación del poder de decisión” (Balibar, 2014).

NOTAS

Albarracín, D. (2016), “¿La refundación de Europa? El informe de los cinco presidentes”, Viento Sur, 144, pp. 69-78.

Balibar, E. (2014), “Para acabar con la unión de los tecnócratas y los banqueros. Un nuevo aliento, pero ¿para qué Europa”, Le Monde Diplomatique en español, 221, pp. 18-19.

Müller, J-W (2012), “¿Más allá de la democracia militante?”, New Left Review, 73, pp. 33-41.

Offe, C. (2000), “Democracia y Estado del bienestar: un régimen europeo bajo la tensión de la integración europea”, Zona Abierta, 92/93, pp. 243-284.

Ramírez, A. (2015), “Cuando el Banco Central se convierte en el peor enemigo de la democracia y los derechos sociales: anatomía de un instrumento de intimidación ‘monetaria”, sinpermiso, 19/07.